Buscar por relevancia Buscar por título
Enviar este artículo por e- mail
cerrar

Añadir un comentario a este artículo
cerrar

Enlazar con este artículo
cerrar

Simón Bolívar (Versión para imprimir)

De Mienciclo E-books

Share/Save/Bookmark
Esta es la versión para imprimir de Simón Bolívar.

Si imprimes esta página, o eliges la opción de Vista preliminar de impresión en tu navegador, verás que desaparecen este cuadro, los encabezados y los elementos de navegación.
Pulsando antes en Refrescar esta página te asegurarás que dispones de la última versión del libro, antes de imprimirlo.

En Roma, después de su experiencia española y francesa, juró romper las cadenas y ya sólo vivirá para la causa de la independencia. Titánica empresa en la que dejará no sólo sus mejores deseos y sus más elevadas intenciones, sino su vida misma. Tiene que luchar en el campo de batalla y tiene que librar las batallas de la política interna y de la internacional. Tiene que luchar, sobre todo, contra la traición, contra una red de malas intenciones que llegarán hasta el atentado.

Entre victorias y descalabros, se escriben páginas heroicas, se fraguan escenas de una suprema crueldad y se vive en continuo sobresalto. durante largos años la guerra es casi total en las antiguas colonias españolas.

Bolívar se encuentra muchas veces solo y otras muchas se siente moralmente derrotado. y cuando la suerte le vuelve la espalda, busca un refugio para reflexionar, para encontrar la forma de llevar adelante un movimiento que ya es irreversible.

Empujado por las circunstancias, encuentra ese refugio en jamaica, en donde tiene tiempo para reflexionar y llega a muy importantes conclusiones, en las que queda perfectamente reflejado el punto concreto en que se encontraba la entonces todavía problemática situación de hispanoamérica y su no menos problemático futuro, partiendo de la lúcida constatación de que «no somos indios ni europeos». por otra parte, se planteaba el grave, casi insalvable, problema de definir la propia identidad: qué era y cómo podía organizarse aquel conglomerado de pequeñas o grandes nacionalidades que se habían ido decantando con el correr de los años y que tampoco encontraban su peculiar idiosincrasia.

El programa político de bolívar apunta hacia la superación de las diferencias en aras del objetivo común. la historia ha confirmado los temores del libertador. se consiguió la independencia, a pesar de todo, pero se rompió la unidad: las apetencias de sus lugartenientes, de sus colaboradores de un tiempo y de otros cabecillas se centran en asegurarse una parte de la herencia aunque para ello tengan que atentar a veces contra la vida del hombre que había acaudillado la lucha por la independencia.

¡Cuánto lamentaría hoy bolívar ver en gran parte confirmada esta profética apreciación suya: «yo considero el estado actual de la américa como cuando, desplomado el imperio romano, cada desmembramiento formó un sistema político conforme a sus intereses y situación o siguiendo la ambición particular de algunos jefes, familias o corporaciones...»!



-

Contenido

Introducción

EL día 25 de julio de 1822, el vigía de la isla de Puna informa que al amanecer ha fondeado la goleta Macedonia. La ciudad de Guayaquil se conmociona y es tema obligado de conversación en todos los niveles sociales. Parecería que el tiempo se hubiera detenido y desde los señores con capa hasta los indios que llevan su mercancía multicolor al mercado, acuden a contemplar la nave que trae desde el Perú al general José de San Martín.

Una visita inesperada

La llegada del general argentino parece haber sorprendido al mismísimo Simón Bolívar, quien ordena a su edecán Torres que se persone ante él y entregue al Protector del Perú la siguiente carta: «He tenido la muy satisfactoria sorpresa de saber que había llegado a aguas de Guayaquil… Mi satisfacción está turbada, sin embargo, porque no tendremos tiempo para preparar a vuestra excelencia una mínima parte de lo que se debe al héroe del sur, al Protector del Perú… Yo me siento extraordinariamente agitado del deseo de ver realizar una entrevista que puede contribuir en gran parte al bien de América Meridional, y que pondrá el colmo a mis vivas ansias de estrechar con los vínculos de una amistad íntima al padre de Chile y el Perú».

Aunque San Martín recibe esta carta, no se decide a desembarcar, contrariado por la actitud de Bolívar, que había incorporado por la fuerza Guayaquil a Colombia, desoyendo sus consejos que proponían que dicha integración surgiera del voto espontáneo de los ciudadanos.

A consecuencia de la reticencia de San Martín a abandonar la nave, Bolívar envía otra carta más expresiva y afectuosa. «Es con suma satisfacción, dignísimo amigo y señor, que doy a usted por primera vez el título que mucho tiempo ha mi corazón le ha consagrado. Amigo le llamo a usted y este nombre será el que debe quedarnos por vida, porque la amistad es el único vínculo que corresponde a hermanos de armas, de empresas y de opinión; así, yo me doy la enhorabuena, porque usted me ha laureado con la expresión de su afecto… Tan sensible me será que usted no venga hasta esta ciudad como si fuéramos vencidos en muchas batallas; pero no, usted no dejará burlada el ansia que tengo de estrechar en el suelo de Colombía al primer amigo de mi corazón y de mi patria.»

El muelle de la ciudad, aquel 26 de julio, se halla embanderado. Las salvas de artillería en honor del visitante impregnan el aire ecuatoriano con su olor a pólvora, recuerdo de batallas de la América toda. Hay un hombre erguido, frente a la comitiva que ve llegar el buque. El rostro serio, la cabeza en alto, una capa española le cae sobre los hombros y el viento juguetea con sus cabellos. Simón Bolívar aguarda. En sus ojos la América desfila, paisajes de contrastes, cordilleras y llanos. Las sofocantes selvas inviolables. Los ríos tumultosos y las suaves colinas. Horizonte de piedras trabajadas por indios misteriosos y sabios. Simón Bolívar espera a ese otro hombre aclamado por el pueblo presente. Ya la nave ha atracado en el humilde puerto. Ya San Martín desciende y es como si con él medio continente caminara a jugarse su destino. Los dos hombres se abrazan.

La casa de los Luzurraga, tradicional familia ecuatoriana, fue el lugar donde se desarrollaron los agasajos al Protector del Perú y a su comitiva. Al recibirle en ella, Bolívar le dice: «Al fin se cumplieron mis deseos de conocer y estrechar la mano del renombrado general San Martín». El paso de las delegaciones que querían saludar al ilustre visitante era incesante; una de ellas, la de las damas de Guayaquil, intentó por medio de la bellísima Carmen Garaicoa coronarlo con una tiara de laureles. San Martín se mostró contrariado y, rechazando el grato homenaje, se limitó a decir: «Yo no merezco semejante demostración».

El pueblo, los humildes de Guayaquil se agolparon frente a las puertas de la residencia y vitorearon su nombre. San Martín apareció en los balcones y agradeció que estuvieran allí. Es este día, 26, cuando se produce el primer diálogo entre los dos libertadores, como en los subsiguientes, la conversación fue a solas y a puerta cerrada.

El día 27, a la una de la tarde, el Protector del Perú entra en la casa de Bolívar. Las puertas del despacho de éste se cierran y sólo vuelven a abrirse a las cinco. Durante cuatro horas, los dos hombres más importantes en esta hora de la historia del continente americano hablan a solas. El secreto de la reunión se ha intentado desvelar muchas veces desde entonces. Se han hecho diversas conjeturas, pero ninguna de ellas ha podido ser comprobada fehacientemente, y otras, francamente malintencionadas y absurdas, han servido a fines políticos diversos.

A las cinco de la tarde, San Martín y Bolívar abandonan el despacho. La casa se ha visto invadida por los 50 invitados al banquete en honor del visitante. El comedor ha sido preparado con suntuosidad. De los muros cuelgan pesados tapices y la platería reluce sobre la mesa de noble madera. Se suceden los brindis «a los héroes de América», «a sus libertadores», «por la Federación Americana del Sur». Entre aquel rebullir de figuras, San Martín se acerca a los ventanales. Le sigue su edecán Rufino Guido. Con la mirada puesta más allá del cielo ecuatoriano, le encomienda preparar la nave para la partida.

Bolívar baila en el gran salón. Sus modales europeos revelan al hombre de mundo. Todos ríen. Nadie sospecha que el destino de América ha sido sellado minutos antes.

San Martín y sus edecanes parten disimuladamente. A las 12 de la noche, Bolívar llega a despedirle al puerto. La Macedonia navega río abajo, hacia el mar. Sobre la cubierta, un hombre mira las titilantes luces de la ciudad que se aleja.

En tierra, Simón Bolívar piensa en las palabras que ese hombre le ha dicho al despedirse: «Ahora le queda a usted, general, un nuevo campo de gloria, en el que va usted a poner el último sello a la libertad de América».

Una nave se pierde en la noche rumbo al mar. San Martín piensa en su nuevo destino. Bolívar queda solo. En su mente, la imagen del Monte Sacro y de su juramento ante él surge nítida y cercana.

El misterio no se desvela del todo

Una carta del general San Martín, escrita cinco años después en el exilio, dirá, refiriéndose a las causas de la histórica entrevista: «En cuanto a mi viaje a Guayaquil, él no tuvo otro objeto que el de reclamar del general Bolívar los auxilios que pudiera prestar para terminar la guerra del Perú, auxilios que una justa retribución, prescindiendo de los intereses generales de América, los exigía, por lo que el Perú tan generosamente había prestado para libertar el territorio de Colombia. Mi confianza en el buen resultado estaba tanto más fundada, cuanto el ejército de Colombia, después de la batalla de Pichincha, se había aumentado con sus prisioneros, y contaba con 3.600 bayonetas, pero mis esperanzas fueron frustradas al ver que en mi primera entrevista el Libertador me declaró que, haciendo todos los esfuerzos posibles, sólo podía desprenderse de tres batallones, con la fuerza de 1.070 plazas. Estos auxilios no me parecieron suficientes para terminar la guerra, pues estaba convencido de que el buen éxito de ella no podía esperarse sin la activa y eficaz cooperación de todas las fuerzas de Colombia; así es que mi resolución tomada en el acto, creyendo de mi deber el último sacrificio, en beneficio del país… dije al Libertador que, habiendo dejado convocado el Congreso para el próximo mes, el día de su instalación sería el último de mi permanencia en el Perú». Y añade: «Ahora le queda a usted, mi general, un nuevo campo de gloria en el que va usted a poner el último sello de la libertad de la América». En la carta prosigue diciendo: «Me embarqué, habiéndome acompañado Bolívar hasta el bote, y entregándome su retrato como una memoria de lo sincero de su amistad…». Hemos considerado útil transcribir esta carta de San Martín, ya que en base a este documento se han elaborado varias teorías.

Según Vicuñas Mackenna, en la entrevista se trataron tres puntos capitales: 1) Guayaquil; 2) Monarquía o República, y 3) medios para proseguir la emancipación. El criterio de este historiador señala a San Martín como el vencido del encuentro: 1) porque Guayaquil quedó integrado a Colombia; 2) Perú y Bolivia se resuelven por el gobierno republicano, desbaratando el plan de San Martín de instaurar una monarquía, y 3) no consigue los auxilios al Perú, debido a la pretensión de Bolívar de acaudillar él mismo las tropas en calidad de jefe absoluto.

Bartolomé Mitre, que fue presidente de Argentina y el más importante biógrafo de San Martín, agregará: «San Martín, como vencido, quedó mortificado y era un asunto del que no le era grato hablar, habiéndose impuesto, por otra parte, el silencio como un deber de patriotismo para no dar armas al enemigo, según lo dijo él mismo al Libertador después de la conferencia. Bolívar, por su parte, no debió quedar satisfecho de sí mismo: el Protector le había vencido moralmente con su abnegación, y su silencio constituye el mayor elogio que podía hacer a su elevación de sentimientos».

Vicente Lecuna, eminente historiador venezolano, se apoya en los informes sacados de las cartas de Pérez (secretario de Bolívar) a los gobierno de Perú y Chile, donde ofrece a los mismos los efectivos que sean necesarios, asegurando, asimismo, que San Martín pidió refuerzos a Colombia, ¿por qué no los pidió a Chile?, ¿por qué no los pidió a las Provincias Unidas del Río de la Plata? Para esto no necesitaba tratados. ¿No se hallaba de director supremo de Chile su antiguo lugarteniente, el general O’Hings? ¿No tenía acaso la República del Plata grandes deberes con el hombre que le. había dado tanta gloria? ¿No los tenía Chile con su eximio Libertador…? Todo comprueba lo ya expuesto. Que el general San Martín no creía necesarios nuevos auxilios para asegurar la independencia del Perú y por esto no los pidió ni a Colombia ni a Chile ni al Río de la Plata».

Hasta aquí las opiniones encontradas, esgrimidas por uno o por otro bando de partidarios. Con todo, cierto es que el misterio de este encuentro aún subsiste y será muy difícil desvelarlo.

Seguidamente dirigiremos nuestra atención a aquel extraordinario momento histórico que era el telón de fondo de la transcendente entrevista de Bolívar y San Martín.

Inglaterra quiere América del Sur

En 1759, el trono español está ocupado por Carlos III. En ese momento, las armas británicas se imponen en Norteamérica y en Asia. La corona española, temerosa de que el equilibrio de poder en Europa se rompa, logra aliarse con Francia, y en 1762 declara la guerra a Gran Bretaña. Grave error. Podemos afirmar que éste es el comienzo de la declinación del todopoderoso imperio de Castilla. España pierde Menorca y Florida, y desaparece la presencia francesa en el norte de América.

Hay un factor que determina este enfrentamiento. La expansión de los productos industriales británicos está modificando la política de Londres. Los grandes mercados compradores constituyen ahora su primordial finalidad. El conseguir fuentes estables de materias primas, que significaba nuevas colonias, había pasado a un segundo plano. Gran Bretaña aparece en el mundo como la primera potencia industrial: puede abastecer a grandes mercados a bajos precios. Su superior capacidad de comerciar, sus mayores recursos financieros, su producción en gran escala, no admite competencia ni de España ni de Francia. El destino del imperio español se encuentra en el aire. Su sepulturero son las fábricas inglesas, más que sus flotas y sus ejércitos.

El establecimiento de puertos libres y de bases a corta distancia de la costa y alrededor del imperio español es el objetivo principal de la política exterior inglesa. Invasiones como las realizadas en 1806 y 1807 en el Río de la Plata, que culminan en fracasos, son episodios excepcionales.

En 1779, España, si bien fracasa en recuperar Gibraltar, toma Menorca, Florida y las Bahamás. Ademas, expulsa a los británicos de sus campamentos fortificados en Honduras. Estos resonantes triunfos no pueden ser consolidados. La absoluta prohibición de comerciar con Gran Bretaña no puede ser respetada. El virrey del Río de la Plata, Juan José de Vértiz y Salcedo, informa a Madrid que «la ruina del comercio en estas partes, por la guerra con la Gran Bretaña, tiene detenido el giro de los necesarios efectos de Europa». La respuesta no tarda. Se autoriza comerciar con Brasil, es decir, comprar allí los productos británicos.

Desde el fin de la guerra de la independencia norteamericana hasta los estallidos en Sudamérica a fines de la primera década del siglo XIX, la penetración inglesa crece sin cesar. No sólo amenaza de muerte al poder español. Lo paradójico es que éste depende de los comerciantes ingleses para su propio funcionamiento. El contrabando, si bien es clandestino y oficialmente castigado, se realiza a niveles imposibles de disimular. Las fuerzas inglesas conquistan Trinidad, al precio de una sola baja. Pero el propio comandante de la operación, sir Ralph Abercromby, llega a la conclusión de que no sería fácil realizar otras conquistas emprendidas abiertamente a expensas de España. Abercromby opina que el camino más seguro y menos costoso es el de fomentar una nuevo orden liberal en las colonias españolas, pues esto significaría para Gran Bretaña acaparar las nueve décimas partes del comercio de la América española.

Con la política de Castlereagh y Canning, Londres se decide resueltamente a apoyar los cambios revolucionarios en territorios españoles de ultramar. En vísperas de su derrota, la España imperial se parece más al Imperio romano que a sus contemporáneos británico o francés. La España peninsular, pobre en población, fenómeno que se acentúa en los siglos XVII y XVIII, y con un comercio basado en el oro y la plata de sus colonias, está condenada.

A partir del triunfo de los movimientos de independencia nacional y el establecimiento del libre comercio, los ingleses ganan rápidamente posiciones. El lugar de los españoles y Portugueses no es ocupado, fundamentalmente, por los criollos, sino por los ingleses, franceses, norteamericanos y holandeses.

Entre los años 1825 y 1854, Gran Bretaña negocia tratados que garantizaban Is derechos de residencia y tráfico con 12 Estados latinoamericanos. Los países que cerraron sus puertas al libre comercio, como Paraguay, deberán pagarlo con una sangrienta guerra. Inglaterra se había convertido en la celosa guardiana de la autonomía de las nuevas repúblicas por su cuenta y razón.

Consecuencias históricas de la entrevista de Guayaquil

Bolívar y San Martín tienen todavía, en vísperas de la entrevista de Guayaquil, que tomar el último, pero poderoso bastión español en América: Perú, centro de gravedad, durante tres siglos, del poderío español. Con la caída de Lima, los españoles, dirigidos por el virrey, se retiran a las montañas. Allí se organizan y están dispuestos a dar batalla sin cuartel a los criollos. Les alienta el auxilio que pueda prestarles la metrópoli. Pero en Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824, las tropas americanas comandadas por Sucre, lugarteniente de Bolívar, derrumban las últimas esperanzas españolas. Toda la América hispánica se independiza. Sólo Cuba y Puerto Rico, favorecidas por el hecho de ser insulares, quedan en poder de España.

Si Guayaquil significa unir a los dos ejércitos libertadores, esta unión militar triunfante en Ayacucho no podrá traducirse en unidad política. Poco tiempo después de la Declaración de Monroe, el Congreso de Panamá, reunido en el Istmo en 1826, por iniciativa de Bolívar, fracasará. El sueño de Bolívar de una América Latina reunida en un solo Estado, lo que, por otro lado, es también el deseo de San Martín, se evapora. La guerra por la independencia había dado vida propia a una serie de Estados, los cuales, por intereses políticos y económicos, no están dispuestos a renunciar a su plena autonomía. Además, los hombres más ilustres de la época no comprenden que las nuevas tierras emancipadas del dominio español son codiciadas por otras potencias. Ya nadie intentará en gran escala someterlos formalmente a situación colonial, pero sus riquezas les serán arrebatadas y cualquier reclamación que hagan tendrá por respuesta el sabotaje comercial o la amenaza militar. Bolívar comprende que una segunda independencia latinoamericana debe asegurar la primera. San Martín, cuando ingleses y franceses bloquean el Río de la Plata en 1845, enviará su sable a Rosas como prueba de su solidaridad en contra de la injerencia imperialista.

Todos los Estados americanos fueron convocados a la conferencia mediante diplomáticos enviados por Bolívar, pero con la hostilidad declarada de Inglaterra, a la que no convenía, bajo ninguna forma, que Latinoamérica se reunificara. A esto hay que sumar la desconfianza de los Estados Unidos, que rehusaron conceder plenos poderes a sus delegados. Finalmente, cada núcleo dirigente regional, fortalecido en la lucha por la independencia, manifiesta aspiraciones muy concretas que les impiden renunciar a lo que consideran su absoluta soberanía recién conquistada. Este proceso, con muchas variantes, se va a repetir en Africa en el siglo XX.



-

Introducción

Patio de la casa natal de Bolívar, en Caracas.
Patio de la casa natal de Bolívar, en Caracas.

SIMÓN Bolívar, el hombre al que le tocó protagonizar el papel más destacado en los primeros años de la vida independiente de Latinoamérica, nació en Caracas, el 24 de julio de 1783.

Ese día, en la vieja casona colonial, la actividad es incesante: los esclavos se deslizan por las amplias galerías silenciosos y preocupados. Un hombre deambula por los patios, la mirada fija en las rojas baldosas: de pronto, el llanto de un niño: el eco de los salones lo multiplica. La fiel Hipólita abandona la habitación en la cual ha permanecido junto a la comadrona asistiendo a su ama, doña María de la Concepción Palacios. La esclava negra avanza hacia el señor de la casa. Don Juan Vicente Bolívar y Ponte recibe sonriente la noticia del nacimiento de su cuarto hijo: Simón.

Una ilustre familia

Los antepasados de Bolívar se cuentan entre los primeros en llegar a Venezuela, y se calcula que este hecho se produce alrededor de 1559. Todas las generaciones que le precedieron, de noble raigambre española, se mantuvieron fieles a la corona, llegando incluso a ocupar cargos militares y administrativos. Trasladaron a estas nuevas tierras el bagaje cultural europeo e intentaron reproducirlo; la próspera familia sigue manteniendo las costumbres de la península y se rodea de un refinado marco cultural. La opulencia en la que se mueven proviene de la tierra, una mina de cobre y muchos esclavos.

Se comenta que los antepasados de Bolívar, también su padre, eran aficionados a las cazas amorosas y que por las venas del futuro Libertador corrían gotas de sangre negra, producto de los amores de un bisabuelo con una bella mulata.

Muchos autores han visto en esta circunstancia —no probada fehacientemente— la causa de las tensiones y los conflictos internos que agitaron la vida de Simón Bolívar. De ser cierto, este hecho se presentaría como un símbolo del ensamble de las dos culturas predominantes en Venezuela: la negra y la española.

Al llegar a América, el negro encontró un hábitat apropiado para continuar su antigua cultura: clima, suelo, sentido y color de la madre naturaleza. Pudo desarrollar entonces su concepto mágico y vital del universo aliviando tal vez, aunque fuera en parte, las ásperas condiciones en que se le obligó a trabajar dentro del régimen esclavista. El español encontró allí un inmenso territorio donde imponer su cultura, su cruz, sus leyes y su espada. Muchos años más tarde, Simón Bolívar, frente al recurso de sus esclavos, diría: «Tengamos presente que nuestro pueblo no es el europeo ni el americano del norte, que más bien es un compuesto de Africa y Europa».

La familia de Simón es representativa de aquellas que al llegar a América lograron riqueza, poder social y privilegios. Don Juan Vicente Bolívar y Ponte era coronel del Batallón de Milicias de Blancos Voluntarios de los Valles de Aragua, como así también comandante de la Compañía de Volantes del río Yarucay. Habitaba, junto con su esposa y sus cuatro hijos: María Antonia, Juana, Juan Vicente y Simón, en la solariega estancia de San Mateo, herencia de su antepasado Simón II, quien la obtuvo por real concesión en el año 1593. En esa estancia transcurrieron los primeros años del que más tarde encabezaría las luchas por la independencia del continente. En la amplia biblioteca figuran las obras predilectas de su padre: Las ordenanzas militares y los dramas de Calderón de la Barca. A los dos años, SimóuJBolívar ya poseía una considerable fortuna personal, heredada de un tío suyo, don Juan Félix Jerez Aristeguieta y Bolívar, sacerdote que le bautizó el 8 de diciembre de 1784.

Referente a este hecho y con ocasión de inaugurarse en el año 1921 la casa de Bolívar como monumento histórico, el presbítero doctor Carlos Borges pronunció el siguiente discurso: «Desde hoy y para siempre Simón Bolívar es cristiano: hierve el hogar en regocijo, cuanto brilla en Caracas por la nobleza o por la fortuna se encuentra aquí presente. Revienta, de pronto, en el zaguán, con resonante júbilo, la magnífica orquesta de la Academia de Blandín. Así saluda el padre Sojo la entrada triunfal de su sobrino en el camino de la cruz. En la exaltación del entusiasmo, se alzan, plenos de vino, vasos y corazones. Son viejos vinos españoles, color de sangre y oro como la bandera de la conquista. Vinos de altar y trono, topacios y rubíes que fulguran gloriosamente en las copas en círculo, cristalina corona de la fiesta. Desde las ventanas de par en par abiertas, los padrinos tiran puñados de monedas a la chiquillería insaciable que aturde las calles con sus vivas. En el fondo del último patio, al son de arpas y maracas, los esclavos bailan la zamacueca. Y lejos del grupo servil, en el centro del señorío, más que todos alegres y orgullosa, Hipólita desempeña sus funciones de aya. Vedla qué mona y qué galante con más adornos que la palma del Arzobispo el Domingo de Ramos».

La reconstrucción de este hecho tiene algo más que un puro valor descriptivo. Sin proponérselo, el sacerdote nos muestra claramente la situación de privilegio de la familia Bolívar y, en consecuencia, nos presenta un espejo que refleja en forma cabal a las adineradas familias criollas, verdaderos señores feudales de las nuevas tierras, que recibían el nombre de Mantuanos por los mantones de Italia que únicamente podían lucir las damas ricas.

El legado de su tío, el religioso don Juan Félix Jerez Aristeguieta y Bolívar, convirtió al futuro Libertador en un adinerado terrateniente cuando sólo contaba dos años. La herencia se componía de los siguientes rubros: una casa en Caracas, una hacienda de 25.000 árboles de cacao en el Valle del Tuy de Yare, otra de 40.000 árboles de cacao en el Valle de Taguaza, otra de 30.000 en el Valle de Macayra, así como otras que pudiesen corresponderle como único heredero de su madre doña Luisa Bolívar, hermana del padre de Simón.

Sin padre y sin madre

A poco de cumplir Simón Bolívar los tres años, muere su padre (19 de enero de 1786), dejando a la viuda la administración de sus bienes y el cuidado de los niños. La viuda, mucho más joven que su esposo, parece haber tenido un fuerte temple y un profundo sentido práctico que le permitió hacerse cargo de la gran fortuna heredada, que consistía según el testamento en: 258.000 pesos en dinero; dos plantaciones de cacao cerca de Caracas; cuatro casas en Caracas, con los esclavos, muebles y joyas correspondientes; nueve casas en La Guaira; objetos de plata valorados en 46.000 pesos; casa de campo a orillas del mar; casa y finca fuera del recinto de Caracas; la finca de San Mateo, con más de mil esclavos y dos trapiches azucareros; un rancho de producción de índigo cerca de San Mateo, en el valle de Aragua; tres extensos ranchos de vacuno en los llanos, hacia el Orinoco; el valle de Arroa, con minas de cobre, y las minas de Cocorote.

La personalidad de la joven viuda se refleja en algunas cartas que se conservan aún y que revelan su temperamento: «No hay que precipitarse en esto de comprar esclavos, que es menester que sean muy buenos, para dar por ellos el dinero que piden; es un dolor dar 300 pesos por unos esclavos que apenas pueden servirte ocho años, y la negra que ni parir puede mucho». Esta correspondencia que hoy puede aterrarnos era común en la época de la colonia. Por eso debemos estimar el esfuerzo enorme, la pugna interna que debió sufrir Bolívar en su futura actividad política.

El 6 de julio de 1792 muere doña Concepción Palacios; la reemplaza, en su carácter de responsable de la familia, don Feliciano Palacios. El niño, a los nueve años, sin sólidos lazos de autoridad, sólo tiene un afecto profundo; paradójicamente es una mujer de color, Hipólita, aquella negra que le atendió y amamantó desde su nacimiento. El recuerdo de Hipólita siempre se mantuvo vivo en el corazón de Bolívar. En 1825 escribe a su hermana: «Te mando una carta de mi madre Hipólita para que le des todo lo que ella quiera, para que hagas por ella como si fuera tu madre: su leche ha alimentado mi vida, y no he conocido otro padre y madre que ella.»

A la muerte de su madre, Simón queda a cargo de su tío Feliciano Palacios, quien le lleva a su casa y se constituye en tutor. El niño extraña la libertad del campo, los juegos con sus hermanos, las tardes de pesca junto al mayordomo; pero le apena aún más la ausencia de la mano cariñosa que le calmaba cuando el sueño se negaba a venir en las noches de tormenta.

En esos años los clérigos eran los depositarios de los conocimientos culturales, y el tío de Bolívar enmienda a uno de ellos su educación. Es así como comienza a introducirse en el árido mundo de las matemáticas y la botánica. En estos primeros años no se muestra muy inclinado al estudio y le fastidian la diaria asistencia a misa y las continuas advertencias sobre los peligros de pecado. Añora las historias que contaban los viejos esclavos en la casa de campo, allá en los valles de Aragua, entre los altos picos de las montañas. Aquellas narraciones fantásticas, con acentos africanos, despertaban en su alma anhelos de aventura.

El tío, que le ama entrañablemente, al verle decaer día a día comprende que esa disciplina escolástica anula en el pequeño su personalidad. Por tanto, decide contratar los servicios de un joven preceptor, de concepciones modernas y revolucionarias: Simón Rodríguez es su nombre.

Simón Rodríguez Carreño nació en Caracas sólo doce años antes que su alumno. Sin embargo, a diferencia de éste, no tuvo ni riquezas ni blasones: pertenecía a una familia de la pequeña burguesía, en cuyo seno la discordia era la norma. Muy joven, quedó huérfano y con sólo catorce años marchó a Europa. Recorrió el continente a pie, tratando de grabar en su retina las huellas de la historia de la humanidad presente en cada callejuela, en cada piedra. En Francia estableció contacto con el pensamiento de Rousseau y Montesquieu y se transformó en ferviente admirador y difusor del Contrato Social y del Emilio. Adquiere el convencimiento de la dicotomía existente entre el orden natural y el orden social. Reviviendo las desigualdades sufridas en carne propia, decide que su vida sólo tendrá sentido en la lucha contra esas diferencias.

Venezuela, su patria, el lujurioso país de los contrastes, de las selvas vírgenes, de los llanos y las altas montañas, le atrae como un imán. No sospechaba el joven romántico que, al volver a ella, un niño llamado como él, de profunda mirada, sería el vehículo que el destino pondría en su senda para realizar sus planes.

Hay algo de fatal y de misterioso en la elección que de preceptor hace su tío. Rodríguez no reúne los requisitos mínimos para hacerse cargo de la educación del pequeño. Por el contrario, se sabe que es profundamente anticlerical; su vida privada tampoco es un dechado de virtudes y propugna la ruptura de los moldes clásicos de convivencia; además, es un enfervorizado lector de los ilustrados y propagandista de las ideas que convulsionan a Europa y que aterran a la sociedad clasista venezolana. Sin embargo, con la fuerza de sus veinte años y la experiencia de sus viajes, el joven maestro atraviesa el portal de la noble casa y toma bajo su tutela intelectual al hijo de aquel poderoso señor Bolívar y Ponte, al heredero de enormes extensiones de tierra, de fecunda tierra productora de añil y cacao que era llevado en carruajes hacia Guaira y de allí, en veleros, hacia las Antillas; al dueño de centenares de esclavos que extraían de las profundidades rocosas los valiosos metales; al pequeño huérfano que le sonríe amistoso desde la profundidad de su mirada.

El niño comienza a reponerse nuevamente; admira a su maestro y proyecta en él la imagen del padre que le falta; pero sin las características solemnes de aquél, que, desde la pintura magníficamente enmarcada, preside el salón. No, Simón Rodríguez es un padre afectuoso, comprensivo, compañero de juegos, casi un hermano mayor, sabio, conocedor del mundo y sus placeres.

El preceptor, enemigo declarado de la cultura escolástica, de sus métodos pedagógicos, invita a su alumno a largas caminatas: una piedra, hoy; un pájaro mañana, tal vez el torbellino de las aguas o el cielo estrellado en la noche impregnada de azahares y jazmines serán los elementos que utilizará para despertar el interés del pequeño. Este, por su parte, ha de sacar sus propias conclusiones, debe establecer las relaciones de causa a efecto que producen los fenómenos y comprobar el equilibrio de las fuerzas naturales, la armonía del cielo y de la tierra.

El mundo, entonces, adquiere ribetes insospechados, se le presenta claro en su conjunto: la naturaleza regida por las fuerzas celestes, las mareas que ascienden y descienden, todo perfecto en su eterno equilibrio. Y ante ese mundo nuevo, el otro, el cotidiano, el contrapuesto, aparentemente más real que el verdadero: un mundo con dogmas caprichosas, con esclavos doblados sobre el surco y señores en literas doradas; un mundo de fiestas con valses de Haydn y carnets de baile; un mundo en el cual había nacido Simón Bolívar y al cual debía pertenecer por cuna y clase.

Un día, frente al emblema familiar, Rodríguez explicaría al niño el significado del mismo. El escudo nobiliario tiene en su centro un molino de viento; el apellido Bolívar significa «Pradera del molino»: un molino en la pradera vasca. Desde ese paisaje partió el primer Bolívar, y en estas tierras nuevas desempeñó tareas de notario; en cierta ocasión llegó a rechazar la implantación de nuevas tasas de impuestos y fue encarcelado por ello. El niño permanece absorto: ¿qué son esas historias?, ¿sus parientes habíanse sublevado contra la autoridad y sufrido cárcel por esa causa? Nunca se lo habían dicho antes; hasta ese momento el rey se presentaba ante sus ojos como el compendio de todas las virtudes, y cuanto emanara de él debía respetarse como palabra santa. Pero existían hombres que se revelaban contra él; uno de su misma sangre lo había hecho: el joven reflexiona, Rodríguez se cuida muy bien de facilitarle el trabajo. Las conclusiones deben surgir de él mismo.

De las Termópilas a Viracocha

Bolívar cabalga junto a su preceptor por los senderos, reconociendo los pájaros por sus trinos, aprendiendo los nombres de ciudades lejanas, las costumbres de sus gentes, las epopeyas que forjaron sus destinos.

Simón Rodríguez hace aparecer ante sus ojos la historia de la humanidad: hay un desfiladero, allá en la antigua Grecia; un grupo de espartanos, un reducido batallón lo proteje del invasor persa; se tornan invencibles y sólo les aniquila la traición. El niño se conmueve con el relato. Se estremece ante el heroísmo. En su febril imaginación se ve protagonista de hechos similares. Pero Grecia es el pasado lejano y luminoso, un rincón en los siglos habitado por dioses e hijos de dioses, por columnas de mármol y figuras desnudas y mutiladas.

América no es eso. Con su enmarañada selva y su gente primitiva, ha sido para el niño, hasta entonces, sólo un lugar de paso: un sitio donde crecen el prestigio y la fortuna, que luego han de lucirse allá en Europa. La Europa que, en realidad, nunca ha sido abandonada y que signa todos los actos familiares desde el símbolo nobiliario finamente bordado en un tapiz.

El preceptor prosigue su trabajo y esta vez ya no habla de Grecia, ni de los héroes de las Termópilas. Ahora encamina, como en un cuento, la imaginación del pequeño hacia un enorme templo, con nueve puertas y paredes labradas en la piedra; el mismísimo Fidias sentiría envidia ante tanto esplendor, ante tanta maestría artesanal, ante tanta belleza en perfecta armonía con la naturaleza que le rodea.

¿De qué templo se trata? ¿Dónde se encuentra esa maravilla? ¿Qué cultura pudo producirla? Simón Bolívar pregunta, y Rodríguez pausadamente le habla de un lugar, al cual se llega sin cruzar los mares, habitado durante siglos por seres semejantes a aquellos que veía al salir de la iglesia, cruzando la plaza con sus canastas llenas de frutos y con sus mantas multicolores.

Existe un territorio al sur de Cuzco con un hermoso valle rodeado por altos y escarpados picos con nieves eternas. Su clima es muy frío debido a la altura y a la cercanía de los cerros nevados de Vilcanota, de cuyas minas se extrae plata: muchas piezas de la vajilla que reluce en los días de fiesta sobre la mesa de nogal del tío Feliciano provienen de esa mina cercana al valle de Tinta. Este es un punto de vital importancia para las comunicaciones, ya que por él serpentea el río Pilcomayo. Allí se asienta una importante cultura indígena, orgullosa de su pasado glorioso, en la que destaca especialmente el templo de Viracocha (dedicado a la divinidad fundadora del imperio de Tahuantinsuyo), el enorme imperio que los incas crearon y en el cual alcanzaron un esplendor que aún asombra.

En esta región, doce años antes del relato de Rodríguez a Bolívar, un descendiente de los incas, un noble de la realeza india, se dirige por intermedio de un pariente a la corte de Madrid y ruega al rey la derogación de ciertas normas de esclavitud a las que se veía sometido su pueblo. El gobierno de la metrópoli responde ordenando su encarcelamiento. Una vez libre el inca, promueve un levantamiento que, si no hubiera sido saboteado por la traición, pudo haber llevado al éxito y al poder al heredero del imperio incaico: José Gabriel Condorcanqui, quien pasaría a la historia con el nombre de Tupac Amaru. Pero el movimiento fracasó y su promotor fue apresado y condenado a muerte el 17 de mayo de 1781, junto con su mujer y compañeros. El documento que registra la sentencia es por demás elocuente e imaginamos el efecto que pudo producir en Bolívar al escucharlo de los labios de su joven guía: «El viernes, 18 de mayo (de 1781), salieron de la Compañía de Jesús, donde fueron mantenidos presos, nueve sujetos que fueron los siguientes: José Verdejo, Andrés Castelo, Antonio Oblitas, Antonio Bastidas, Francisco Tupac Amaru, hijo del traidor, y el insurgente José Gabriel. Todos venían con sus grillos y esposados, metidos en unos zurrones, y arrastrados a la cola de un caballo aparejado. Acompañados de los sacerdotes que les auxiliaban y custodiados por la correspondiente guardia, llegaron todos al pie de la horca y por medio de dos verdugos se dio muerte a Verdejo, Castelo y Bastidas: ahorcados. A Francisco Tupac Amaru, tío del insurgente y a su hijo Hipólito se les cortó la lengua antes de arrojarles de la escalera de la horca. Y a la india Condemaita se le aplicó garrote… El indio y su mujer presenciaron los suplicios, hasta los que se propinaron a su hijo Hipólito, último en subir a la horca, a quien le siguió la india Micaela, a quien, en presencia de su marido, se la cortó la lengua y se la dio garrote. El rebelde José Gabriel cerró el siniestro episodio. En medio de la plaza, el verdugo le cortó la lengua y le pusieron en suelo, atándole los pies y las manos con cuatro lazos asidos a la cinta de cuatro caballos tirados por cuatro mestizos hacia cuatro direcciones distintas. Porque los caballos no eran demasiado fuertes, o porque el indio era de hierro, no pudieron dividirle… El visitador, movido de compasión por el padecimiento de aquel infeliz, despachó una orden para que se le cortase la cabeza. Y así se hizo. Después, se le condujo debajo de la horca, donde se le arrancaron los brazos y los pies. Eso mismo se ejecutó con su mujer. Los cuerpos del indio y su mujer se llevaron a Picchu, donde se había erigido la hoguera en que fueron arrojados. De este modo, acabaron José Gabriel Tupac Amaru y Micaela Bastidas; cuya soberbia y arrogancia llego a tanto que se denominaron reyes del Perú, Chile, Quito, Tucumán y otras partes con locuras de ese tono.»

El relato conmueve a Bolívar. Rodríguez percibe la inquietud que le sacude; ya nada será igual. La América, ese continente en el cual ha nacido y al cual pertenece, encierra historias de valor y de sangre, de creación y de muerte. También tiene sus propios dioses, dormidos, pero no muertos, prontos a renacer como el volcán.

Si los habitantes del Olimpo, aquellos mitológicos seres, intervenían en los asuntos de los hombres a su favor o en su contra, aquí, entre los Andes, desde las salamancas, el espíritu de la Pachamama reacciona asombrando a los hombres de otra civilización. Rodríguez le comenta el episodio mágico. Nosotros, incapaces de recrearlo, nos limitamos a transcribir la crónica de la época: «Suceden algunas cosas que el diablo las trama y dispone para confirmar a estos indios en sus abusos, agüeros y supersticiones. Dígolo, porque habiendo hecho un tiempo muy seco y días muy serenos, aquél amaneció tan atoldado que no se le vio cara al sol, amenazando por todas partes a Hover y a hora de las doce, en que estaban los caballos estirando al indio, se levantó un fuerte refregón de viento y tras éste un aguacero que hizo que toda la gente, y aun los guardias, se retiraran a toda prisa.»

En las montañas nevadas, bajo una manta de llama que poco a poco va fundiendo sus colores con los de la roja tierra, una anciana implora a los antepasados, sentada en cuclillas, junto a un caldero humeante. Lo que asombra al cronista no es secreto para ella, pues sabe que la lluvia que cae sobre los cerros es el llanto de la Pachamama, que lamenta la muerte de su hijo, Tupac Amaru. Su gemido se une al canto de las quenas. Doce años después, el mismo silbo llenará los oídos de un muchacho de Caracas.

Primeros vientos de independencia

Allí en San Mateo, en la hacienda de los Bolívar, transcurrieron los primeros años de Simón en compañía de su preceptor y amigo. Rodríguez cultivaba su mente hablando al niño de un mundo de ideas y sentimientos nuevos, y poco a poco le fue presentando en forma simple los principios ilustrados. Le habló de la democracia, del liberalismo, del radicalismo, a la vez que le incitaba a desarrollar su gusto por la naturaleza. Todas estas narraciones se transformaban en cosa viva, en realidad concreta.

Un día, el maestro informa a su alumno de que en la vecina Nueva Granada se había producido un levantamiento contra la autoridad española. El origen de la revuelta había que buscarlo en la difusión que hiciera Nariño de la Declaración de los Derechos del Hombre. Las copias de dicho documento, que costó a su propagandista la cárcel, se repartieron desde México al Río de la Plata, provocando honda impresión entre los sectores intelectuales y progresistas.

Simón Rodríguez se entusiasma ante la perspectiva de repetir la experiencia en Venezuela y comienza a conspirar junto a varios amigos. Algunos historiadores opinan que, dados los profundos lazos de amistad que unían al preceptor y a su joven alumno, éste debía estar al tanto, aunque fuera superficialmente, de los planes de la insurrección.

Bolívar contaba a la sazón quince años, pero las enseñanzas de Rodríguez le habían aportado una lucidez superior a su edad. El complot fue descubierto y sus cabecillas detenidos. Algunos de ellos condenados a muerte, otros sufrieron prisión. Simón Rodríguez logra escapar. Bolívar escucha los ataques familiares a su preceptor y se indigna. De nuevo ha quedado solo; los días se le hacen interminables y le inquieta la suerte sufrida por su amigo. Pero también el fracaso de la insurrección en la que estaba comprometido el preceptor le ha desilusionado profundamente.

Los años siguientes los pasará estudiando junto a otro prominente venezolano, Andrés Bello, representante máximo de la poesía de su país, el autor de Silva a la agricultura de la zona tórrida. Gracias a él se introduce en el estudio de la literatura, especialmente de la poesía.

Ya la niñez había quedado atrás. Los ideales de Rodríguez se le figuraban como utopías. Simón Bolívar decide acceder a los deseos del tío y en 1799 ingresa en el ejército, luciendo pronto el uniforme militar con el grado de subteniente. En 1800 parte hacia España con diecisiete años recién cumplidos y su rango militar recién adquirido.

El navio que zarpa rumbo a España aleja a Bolívar de su tierra, del recuerdo de la fiel Hipólita y de las febriles pláticas con su preceptor. El asombro ante el viaje y lo inesperado llena toda sus horas. El barco, antes de cruzar el océano, efectúa una escala en México. Conocidos de su tío le aguardaban en el muelle. Esa noche, invitados por ellos, conocerá al virrey de Nueva España. Corre una leyenda sobre este encuentro que parece creada por sus defensores para agigantar el mito. Según la misma, Bolívar manifiesta al virrey sin ningún tipo de reticencia las ideas inculcadas por Rodríguez, incluso la de la independencia. Nuestra opinión es que, faltando todo tipo de documentación que acredite la veracidad del hecho, debemos considerarlo como una especulación intencionada de sus seguidores.



-

Introducción

MADRID era en 1800 el centro del mundo, su ombligo. España, dueña del más importante imperio colonial, no sospechaba que su ocaso estaba próximo. La clase dirigente prefería ignorar la auténtica situación dedicándose a los placeres mundanos. Simón Bolívar se instaló en casa de un influyente tío, que rápidamente le introdujo en el seno de los más selectos ambientes hasta llegar a la corte. El joven criollo no tardó en adaptarse a su nueva vida y demostrar cualidades de hombre mundano que le convierten en motivo de atención de la aristocracia madrileña.

Es de imaginar el cambio operado en el adolescente: de la quieta Caracas provinciana a la ruidosa y esplendorosa corte española. El noble americano atraviesa los jardines de Aranjuez, participa de los juegos con el mismísimo príncipe. La reina observa con simpatía junto a otras damas, pero de pronto Bolívar golpea al príncipe al efectuar un mal tiro de croquet. El futuro Fernando VII se enfurece y casi se trenzan en lucha, cosa que la reina impide.

Bolívar habita en la casa de uno de sus ricos parientes, el marqués de Ustariz. Este personaje, que es un notable estudioso de la filosofía y de la historia, percibe en su sobrino una perspicaz inteligencia. Capta inmediatamente la educación que ha recibido e intenta contrarrestarla llenando aquellas lagunas de conocimiento que el desprecio de Rodríguez por los métodos pedagógicos escolásticos había provocado. Es así como Bolívar perfecciona su gramática, corrigiendo su escritura plagada hasta entonces de errores ortográficos.

También el tío trata de combatir su radicalismo, y le informa de las intenciones españolas de dar más participación y libertad a sus colonias en la vida política. Fomenta en él la tolerancia, asegurándole que los cambios bruscos sólo producen mayores penurias a los pueblos que los intentan. El joven duda; los intereses contrapuestos de su noble pariente y su preceptor le sumen en una aguda crisis ideológica.

El amor en el jardín

Una tarde en que Bolívar volvía de cabalgar por las cercanías de la casa de su tío, creyó ver paseando por el jardin de la residencia a una hermosa joven, que luego cuando fueron presentados supo que se trataba de María Teresa del Toro, hija de un noble venezolano. Según una miniatura de época, era alta y delgada, con largos rizos que caían sobre sus hombros.

Impresionado Simón por la joven, y sabiéndose correspondido, envía una carta a su tío Feliciano Palacios solicitándole la autorización para desposarla. El padre de ella impone un plazo de un año para que la unión se concrete. Simón se siente feliz, plenamente feliz por primera vez en su vida.

Un acontecimiento inesperado, sin embargo, le obliga a abandonar España y a marchar a Francia. Cerca de la Puerta de Toledo, Bolívar cabalga a galope tendido: el frío viento le azota la cara; de pronto advierte que un grupo de jinetes se lanza en su persecución. El joven fustiga a la cabalgadura, pero pronto le dan alcance y le rodean. Es una patrulla de guardias que intercepta su paso y pretende registrar las alforjas que lleva consigo. Esto indigna al joven americano, que reacciona violentamente increpando a los guardias. Desenvaina su espada y da a conocer su origen y relaciones. Finalmente, el asunto se arregla, pero sus familiares y amigos le aconsejan abandonar Madrid hasta que el episodio sea olvidado. Con dolor, por tener que abandonar a María Teresa, un atardecer de octubre de 1801, Simón Bolívar resuelve marcharse a París.

París le recibe en plena efervescencia. Un nombre está en los labios de todo el mundo: el del cónsul Napoleón Bonaparte. Esos días quedarán grabados en el joven venezolano de dieciocho años de edad. Apenas se publica el Código napoleónico, el futuro libertador lo lee con atención. Redactado por Jean Jacques Cambacéres, este Código refleja la nueva situación existente en el mundo después de la revolución francesa. El orden feudal sufre un feroz golpe. Un historiador contemporáneo francés dirá que Napoleón lleva la contrarrevolución en la espada, pero en las alforjas la revolución. Los derechos del hombre, o al menos algunos de ellos, son oficialmente reconocidos. Crueles leyes de la monarquía de Luis XVI son ignoradas, y ciertos hechos dejan de ser delitos. Bolívar siente la más sincera admiración por Napoleón: ve en él al representante de los ideales que le ha inculcado su preceptor. Siente que la emancipación americana es posible en este nuevo mundo que nace.

Pero su estancia en París le resulta penosa, aunque está interesado en el proceso político francés. Su corazón le empuja a retornar a España para reunirse con María Teresa. Cumplidos los requisitos legales respecto a la autorización de su tutor y del padre de su prometida, y con la venia real y eclesiástica, Bolívar recibe a su novia en matrimonio ante Dios y los hombres vistiendo el uniforme militar.

Corta luna de miel

Los dos jóvenes parten rumbo a Venezuela. Es un día diáfano. La tierra se perfila a lo lejos. En los brazos de Bolívar se cobija su esposa.

Los senderos de San Mateo, sus ondulantes palmeras, los ven transitar en plácidas caminatas. Las montañas de los valles de Aragua son mudos testigos de su amor. Pero la vida privada de uno de los hombres más notables de América está signada por la inestabilidad, por pérdidas irreparables. María Teresa muere al año de su llegada a Venezuela, víctima de una fiebre tropical. A los diecinueve años, Bolívar enviuda. Este duro revés le trastorna. Se desentiende de sus asuntos y se recluye en su hacienda. La presencia de su hermano logra arrancarle de su postración. Bolívar le encarga la administración de sus bienes y parte nuevamente rumbo a España.

La historia se habrá preguntado repetidas veces qué hubiera sido de la vida del futuro libertador sin este desdichado suceso. Quien, en todo caso, le hubiera reemplazado. Simón Bolívar diría más tarde:

Sin la muerte de mi mujer no hubiera hecho mi segundo viaje a europa, y es de creerse que en caracas o en san mateo no me hubieran nacido las ideas que adquirí en mis viajes. la muerte de mi mujer me puso muy temprano en el camino de la política y me hizo seguir después el carro de marte en lugar de seguir el arado de Ceres.

Pero pensemos, si así nos acomoda, que este hombre había sido elegido por la historia. Desde joven recibió una educación que, para la época, puede ser considerada revolucionaria. Su magnífica posición social le permite acceder a placeres, pero también conocer los vericuetos del poder, y recorre el mundo como un embajador de un imaginario país. Se identifica con Europa, pero América surge en él como una patria que desea poderosa e independiente. Es que las patrias son como las madres que nos crían. Pero hay otro factor que influye: poderoso en América, en el Vaticano es considerado por el papa como un joven indiano, como un ciudadano de segunda categoría. Las humillaciones no pueden ser perdonadas por este hombre indómito, acostumbrado a galopar por imperios sin límites y a ser mirado por sus esclavos como un dios. Hay otro factor que le empuja a evadirse del marco de lo hogareño y de los negocios privados: su preceptor le inculcó que el mundo podía cambiar, y había visto a Napoleón, aclamado por el pueblo, encabezar una verdadera cruzada.



-

Introducción

CUANDO Bolívar inicia su segundo viaje a Europa, ya es un hombre que ha conocido las durezas del sufrimiento en carne propia. Pero tiene veinte años y ve en aquellas lejanas tierras la oportunidad de hallar consuelo y evasión. Al llegar a España, no tardó en volver a gozar de los encantos que la vida mundana le ofrecía. Es así como vemos al joven criollo alternando en los salones en compañía de hermosas mujeres.

Hacia fines de 1803, los sudamericanos cayeron en desgracia con la Corona, y se pidió a gran parte de ellos que abandonaran el país. El pretexto esgrimido fue la falta de aprovisionamientos, pero la verdadera causa estaba originada en la actividad revolucionaria que desplegaban algunos compatriotas de Bolívar.

En París otra vez, atento a todo

De allí partió a París, donde se encontró con una prima lejana, Fanny Du Villars, con la que vivió como amante y confidente, y que fue el vehículo por el cual conoció a las más importantes personalidades de la sociedad parisina.

La capital francesa vivía bajo el esplendor de los triunfos de Napoleón, que conquistaba país tras país, trayendo a la par que gloria una, hasta entonces, desconocida abundancia.

Corría 1804 y, en ese París alegre y disipado, Bolívar formaba parte de los jóvenes ociosos. Sus noches las pasaba en las tabernas y los salones de baile. En la alta sociedad era muy conocido y su imagen de gentleman criollo gozaba de la admiración de las mujeres.

Si bien era fuerte su afición a la bebida y la danza, no lo era menos su gusto por el juego, dejando fortunas en las mesas de París. Pero aunque la vida parisina parecía colmar todos sus deseos, Bolívar no dejaba de estar atento a los problemas políticos de su época.

Veía cómo Napoleón, el coloso al que había admirado sólo dos años antes, echaba por tierra los principios de libertad e igualdad y pretendía convertirse en emperador, como si fuera un nuevo César.

En su habitación, al retornar de una de sus tantas juergas, cavilaba sobre su vida. Y una de esas noches decidió abandonar el juego para recuperar su afición a la lectura. De esa época es la siguiente carta que dirige a Fanny:

El presente no existe para mí, es un vacío completo donde no puede nacer un solo deseo que deje alguna huella grabada en mi memoria. será el desierto de mi vida apenas tengo un ligero capricho, lo satisfago al instante, y lo que yo creo un deseo, cuando lo poseo sólo es un objeto de disgusto. los continuos cambios son el fruto de la casualidad. ¿reanimarán acaso mi vida lo ignoro; pero si no sucede esto, volveré a caer en estado de confusión.

Se puede establecer un parangón, tal vez arbitrario, pero que creemos correcto, entre Simón Bolívar y los personajes de las tragedias griegas a los que el destino imponía los pasos a seguir. Vemos cómo, en el transcurso de su existencia, se suceden episodios insólitos que lo determinan.

El propio Bolívar tenía ese convencimiento y lo expresaba así:

...Nosotros somos los juguetes de la fortuna; a esta gran divinidad del universo, a la única que reconozco, es a quien es preciso atribuir nuestros vicios y nuestras virtudes. Los placeres me han cautivado, pero no largo tiempo. La embriaguez ha sido corta, pues se ha hallado muy cerca del fastidio... Yo no soy un hombre como todos los demás y París no es el lugar que puede poner término a la vaga incertidumbre de que estoy atormentado.

Las contradicciones de Napoleón

Si hay alguien que influyó en la vida de Simón Bolívar, alguien que determinó sus actos más que ningún otro ser, ese fue Napoleón Bonaparte. Dos años antes había llegado a Francia, en el momento de la publicación del Código y de sus más famosas victorias militares. El joven se sintió muy impresionado por la veneración y adulación que Francia brindaba a su nuevo líder. La gloria y la fama que circundaban al emperador conquistaron su corazón y comenzó a pensar a menudo en la adoración y estima que se ganaría quien liberara la América española. Por otra parte, Bolívar participaba de la hostilidad que sentían hacia Napoleón sus enemigos. Ya se manifestaba el conflicto interno que más tarde se le haría patente. Por una parte, rendía culto apasionado a los principios de libertad y odio a todo lo que implicara dictadura. Por la otra, la pasión por la gloria y la fama, y la fascinación que estos elementos ejercerán sobre él. En la dúctil edad de los veintiún años, Bolívar se halló envuelto en la aureola del nombre y el prestigio de un hombre al que respetaba y admiraba, odiaba y envidiaba, que le atraía y le repugnaba, que le fascinaba y le disgustaba, pero al que le era imposible ignorar.

Esta mezcla de sentimientos enfrentados, contradictorios, surge nítidamente en la correspondencia de Bolívar con el cuñado de Fanny Du Villars, importante militar, admirador incondicional del hombre que regía los destinos de Francia:

...Yo no concibo que nadie sea partidario del primer cónsul, aunque vos, querido coronel, lo pongáis por las nubes. yo admiro, como vos, sus talentos militares, ¿pero no véis que el único objeto de sus actos es adueñarse del poder este hombre se inclina al despotismo.

No sólo comenta al militar sus impresiones contra Napoleón, sino que se manifiesta en contra de éste en cuanta ocasión se le presenta. Esta actitud le crea toda clase de problemas entre las personalidades de la época, que comienzan a rehuirle a fin de no perjudicarse. Hay en la actitud de Bolívar algo de infantil, de ingenuo. Su aparente reto encierra en el fondo mucho de envidia y de descontento con su propia persona. El mismo dirá:

Hoy no soy más que un rico, lo superfluo de la sociedad, el dorado de un libro, el brillante de un puño de la espada de Bonaparte, la toga de un orador. No soy un hombre político… No mando un ejército y no estoy obligado a inspirar confianza a los soldados; no soy ni sabio… No soy bueno más que para dar fiestas a los hombres que valen algo...

Poco tiempo después que Bolívar escribiera esta confidencia, se celebra la coronación de Napoleón en Notre-Dame. Los influyentes amigos del joven le habían reservado un sitio de honor para presenciar la magnífica ceremonia. Bolívar rehúsa el privilegio. Su alma ambiciosa y disconforme no hubiera soportado el espectáculo. Muchos años más tarde le dirá a su edecán O’Leary:

Yo adoraba a napoleón como al héroe de la república, como al genio de la libertad. en el pasado yo no había conocido nada que se le igualase, no prometía el porvenir producir un semejante. se hizo emperador y desde aquel día le miré como a un tirano hipócrita, oprobio de la libertad y obstáculo al progreso de la civilización. me imaginaba verle oponiéndose con éxito a los generosos impulsos del género humano, que se adelanta hacia su felicidad, y derribando la columna sobre la que estaba colocada la libertad, que no volvería a levantarse. desde entonces no pude reconciliarme con él; su gloria misma me parecía un resplandor del infierno, las lúgubres llamas de un volcán destructor cerniéndose sobre la prisión del mundo. miraba sorprendido a francia, cambiando por una corona el gorro de la libertad.

Sin embargo, es indudable que aquel solemne acto debió maravillar al joven criollo, no tanto por el esplendor de su pompa, como por la efusión con que el pueblo francés vitoreaba el nombre del flamante monarca. El futuro Libertador reflexiona:

La corona que se puso napoleón sobre la cabeza, la miré como una cosa miserable y de moda gótica; lo que me pareció grande fue la aclamación universal y el interés que inspiraba su persona.

Las acciones futuras de Bolívar parecen estar destinadas a mostrar al mundo que él no era tan sólo el brillante de un puño de la espada de Bonaparte.

Un sabio europeo le enseña América

En la flamante imperial París, aún resonaban claramente los ecos de la coronación de Napoleón. Sin embargo, un día los cenáculos culturales de la Ciudad Luz dejaron de comentar el suceso para dar pábulo a la llegada de un sabio que retornaba de su viaje de investigaciones por América. Sus aportaciones científicas eran invalorables en aquella época.

Había estado cinco años trabajando en el Nuevo Mundo. El científico aclamado era Humboldt, que regresaba a Francia acompañado de su colaborador Bonpland.

Gracias al sabio alemán, América, y particularmente Venezuela, son conocidas en Europa. Traía consigo una colección de piezas de gran valor arqueológico y una selección de plantas que posibilitarían sus futuros hallazgos en el campo de la etnografía, geografía, geología, climatología, zoología, etc. Será autor de Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente, Cuadros de la naturaleza, Viajes asiáticos y Cosmos o Descripción física del mundo.

Pero junto a todos esos hallazgos, el científico era portador de algo más, ese algo más que tal vez buscará Bolívar sin poder hallarlo. Humboldt es consciente de las enormes posibilidades que América poseía en potencia, pero considera que para poder desarrollar esas posibilidades debía independizarse del dominio español, que las limitaba y recortaba sistemáticamente. Afirmaba, además, que aquellos países estaban ya maduros para la revolución, pero que lamentablemente no existían las personas capacitadas para guiar los destinos de estos posibles nuevos Estados.

En París se organizó una exposición con las piezas aportadas por el sabio. A la inauguración asiste Bolívar y es en esta ocasión cuando conoce al hombre de ciencia. Humboldt y el joven venezolano simpatizan inmediatamente. El sabio le habla de la impresión que le ha causado Venezuela y de la buena acogida que le tributaron sus habitantes. Le habla de las maravillas americanas que ha presenciado en su viaje de nueve mil millas por el continente. Es así como Bolívar ve desfilar ante sus ojos el paisaje perdido de su infancia. Las palabras del científico son por demás elocuentes: «Me parecía habitar un castillo de hadas. Un parque grande y hermoso, surtidores, bosques, estatuas y ruinas pintorescas sirvieron de escenario…»

Luego le transmite su opinión sobre los cambios políticos que, a su entender, deberían producirse para que América empiece a transitar el camino que se merece. No es exagerado decir que Humboldt descubre América para Bolívar.

Hacia Roma

Rodríguez llegó a París llamado por su antiguo alumno. Aquel hombre que tanto tuvo que ver en la formación de Bolívar se hallaba viviendo en Viena al servicio de un aristócrata. Había cambiado su nombre y se hacía llamar ahora Simón Robinsón. Viendo el estado de confusión de su querido discípulo, le propone realizar una de las experiencias aconsejadas por Rousseau, y los dos hombres marchan a pie hacia Italia.

Les guía el único propósito de admirar las bellezas naturales y conversar de cualquier cosa que se les ocurriera. Una vez más, Rodríguez contribuyó decididamente a presentar nuevos mundos a los ojos del joven, al mismo tiempo que refrescaba en su memoria las ideas progresistas que le había inculcado en el pasado. Durante el viaje, Rousseau está continuamente presente en las charlas de ambos. Rodríguez no cesó de hablar de la democracia, del republicanismo, de los derechos del hombre. Bolívar se mostró durante todo el viaje poco comunicativo y hasta huraño; parecía que nada de lo que su amigo hacía para despertar su interés fuera eficaz.

Corre el año 1806, y los dos jóvenes llegan a Milán. En esta ciudad presenciarán la segunda coronación napoleónica. El destino le enfrenta nuevamente al hombre admirado y odiado:

Yo ponía toda mi atención en napoleón y sólo a él veía entre toda aquella multitud de hombres que había allí reunidos ¡qué estado mayor tan numeroso y tan brillante tenía napoleón y qué sencillez en su vestido! todos los suyos estaban cubiertos de oro y ricos bordados, y él sólo llevaba sus charreteras, un sombrero sin galón y una casaca sin ornamento alguno; esto me gustó.

Como distinguido americano noble y adinerado, Bolívar no tuvo ningún inconveniente en lograr una audiencia con el Papa. Este episodio, curiosamente poco resaltado por los biógrafos, reviste aristas de honda significación y nos permite profundizar un poco en la psicología del Libertador. Hemos visto cómo los principios liberales fundamentaron su educación desde temprana edad. Conocemos su aversión hacia las dignidades eclesiásticas y el anticlericalismo fomentado por su preceptor. Sin embargo, le vemos solicitando audiencia en el Vaticano. ¿Qué le impulsa a ello? Probablemente los mismos motivos que le llevaron a rechazar el sitio de honor en la primera coronación de Napoleón.

Bolívar, ataviado con su uniforme del ejército español, penetra en la sala de audiencias del Vaticano en compañía del embajador de España. Les recibe el sonriente Pío VII. El embajador español se inclina y besa las sandalias del sucesor de Pedro. Bolívar rehúsa altivamente. Su acompañante, ante lo embarazoso de la situación se lo reprocha. Pío VII, sin dejar de sonreír, gana la partida diciendo: «dejad al joven indiano hacer lo que guste».

Bolívar intentará justificar su actitud con el siguiente discurso:

Muy poco debe estimar el papa el signo de la religion, cuando lo lleva en sus sandalias, mientras los más orgullosos soberanos de la cristiandad lo colocan sobre sus coronas.

Lo cierto es que el joven americano, guiado nuevamente por sus contradicciones, había protagonizado un episodio insólito que le convierte en el comentario del momento de la sociedad romana.

El juramento

Desde el Monte Aventino, la ciudad de Roma se divisa en toda su grandiosidad. Simón Rodríguez observa a su alumno, que se pasea ausente. De pronto, comienza un largo discurso, una reflexión en voz alta, como si estuviera ante un auditorio imaginario:

¡Juro delante de usted, juro por el dios de mis padres, juro por ellos; juro por mi honor y juro por la patria, que no daré descanso a mi brazo ni reposo a mi alma hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español!

El futuro caudillo ya tiene conciencia de haber hallado, por fin, su verdadero camino. Desea fervientemente retornar a Venezuela. Recoge ávidamente toda la información relacionada con los sentimientos de independencia nacional que están creciendo en la que él ya llama su patria. Sabe que Miranda está en América con el fin de ponerse a la cabeza de una sublevación.

A comienzos de 1807, emprende el viaje hacia Venezuela. Antes escribiría a su amante en París:

Voy a buscar otro modo de existir; estoy fastidiado de europa y sus viejas sociedades; me vuelvo a América...

Antes de tocar tierra venezolana, pasa por los Estados Unidos y queda sumamente impresionado por el nuevo sistema institucional allí vigente: un presidente y un parlamento elegidos democráticamente. Se entusiasma ante la efectividad del gobierno, el pujante desarrollo económico y el sistema de educación. Seguramente imagina el traslado de todo esto —tan distinto de la pesada maquinaria colonial—, a su propio país, y más aún, al conjunto de la América Latina.

A su llegada a Venezuela, se entera del fracasado intento de Miranda y se convence de que aún no ha llegado la hora para la revolución. Se ocupa de sus asuntos, pero simultáneamente toma contacto con los grupos subversivos, con los que discute sus proyectos, aunque éstos aún no son concretos.

Bolívar tiene en este momento veintitrés años. Es fundamentalmente un idealista carente de experiencia política y militar, pero abraza la causa de la independencia llevado por sus sentimientos y educación, más que por razones pragmáticas o posibilidades más o menos claras. Siente la independencia como algo inaplazable. Su vida de ocio y frivolidad en los salones europeos parece haberse evaporado, como si el juramento le hubiera marcado con el deber que sabrá cumplir en medio de las peores vicisitudes.


-

Introducción

UN año antes del regreso de Simón Bolívar a la patria, se había producido el fracasado intento revolucionario de Miranda. Francisco Miranda era considerado en ese momento la figura más prominente no sólo de Venezuela, sino de toda América. Su vida, con ribetes novelescos, nos le presenta como el precursor de las ideas liberales que agitaban a Europa, amenazando introducirse en las colonias. Había nacido, al igual que Bolívar, en el seno de una familia heredera de la más pura cepa hispana, y se comenta que poseía títulos de nobleza que en varias ocasiones intentó reivindicar ante la Corona. Desde muy joven supo del fragor de la lucha, de los avatares militares en los más diversos frentes. Le vemos así combatiendo a orillas del Mississippi y en las Antillas inglesas sirviendo a la causa norteamericana. Su intervención en estas acciones le llevaron a conocer al propio Washington en Filadelfia.

De su estancia en Europa corren anécdotas que con el paso de los años se confunden con la leyenda. Sin embargo, la crónica objetiva y documentada le señala como huésped de honor de Federico II, en Postdam, y de nobles alemanes y franceses; y, lo más notorio, como amante de la zarina Catalina la Grande en San Petersburgo. Esta le nombra coronel del ejército ruso y le convierte en su favorito. ¿Cuánto hay de verdad y cuánto de ficción? Difícil será dilucidarlo. Una vez más, el mito oculta al hombre que lo motiva. Poco sabemos de su peregrinar por Turquía y Egipto o de su prisión de año y medio en Francia, bajo Robespierre. En París toma contacto con Nariño y con grupos masónicos que comienzan a entrever la posibilidad de promover la rebelión en América. Es en esta ciudad donde conocerá a Napoleón e intimará con él, siendo este último asiduo asistente a los banquetes ofrecidos por el americano. El que fuera el hombre más poderoso del orbe dirá refiriéndose al compatriota de Bolívar: «¡Miranda! Un Don Quijote, pero no está loco. ¡Ese atrevido tiene un fuego sagrado en el alma!» Pero los intereses políticos no tardarían en enfrentarles como consecuencia del tratado firmado en 1796 entre el Directorio francés y la Corona española. Miranda ataca violentamente al gobierno de París y a Bonaparte. Es apresado y se proponen deportarle a Cayena. Amigos influyentes logran liberarle, y huye a Londres.

Pidiendo ayuda en Londres

En enero de 1798, un hombre desembarca en Dover. Aún conserva la peluca y los anteojos que le permiten pasar desapercibido entre los viajeros. Sus facciones son muy conocidas en Europa, especialmente en Francia, de donde ha tenido que partir apresuradamente utilizando un pasaporte ruso a nombre de un tal Mirandov. ¿Qué trae a Inglaterra a Francisco Miranda? Su intención es concertar una entrevista con William Pitt e interesar por su intermedio al gobierno británico en los planes de la independencia americana.

La entrevista se realizó en la casa del primer ministro inglés, en el distrito de Holliwood, en Londres. Miranda se presentó ante Pitt en nombre y representación de una denominada Junta de Representantes Hispanoamericanos que, de contar con la ayuda inglesa, establecería un gobierno similar al del Gran Bretaña, con una Cámara de los Lores, otra de los Comunes y un Inca hereditario. Se extendería desde el Mississippi hasta la Tierra del Fuego, exceptuando la Guayana inglesa. El ministro inglés prestó su conformidad al proyecto, y comenzó a trazarse una acción conjunta políticomilitar, que trataría de incorporar a criollos de las clases más encumbradas residentes en las colonias españolas.

Este plan suponía una acción de carácter continental. Miranda asegura que, una vez triunfante el movimiento independentista, América sería gobernada provisionalmente por los Cabildos Abiertos, los cuales enviarían representantes a un Congreso, encargado formalmente del gobierno del continente colombiano, como él lo llamaba. El régimen definitivo, al parecer, sería federal, para que cada Estado o provincia de Hispanoamérica tuviera a su vez un gobierno y una asamblea autónoma con diputados ante lo que sería el Consejo Colombiano, única instancia facultada para dictar leyes territoriales. El poder ejecutivo estaría constituido por dos ciudadanos con el título de Incas y la capital del joven y tan extenso Estado se instalaría en el istmo de Panamá, llevando por nombre el de Ciudad Colombo.

Es sabido que Miranda, como la mayoría de los patriotas de la época, soñaba con destruir los lazos de dominación que ataban a la América latina con las coronas europeas, pero a su vez, deseaba que se mantuviera la unidad lograda por los españoles en la conquista y formación de los virreinatos. Aunque parezca una utopía, diversos elementos ofrecían sólida base para ello: la lengua, la cultura, la religión, y, particularmente, el dominio español durante siglos. Asimismo, los particularismos regionales, los intereses contrapuestos y los deseos de los distintos grupos locales de mantener su hegemonía lugareña, eran por esta fecha sólo vagas e imprecisas amenazas, que luego, con el correr de los años y de los acontecimientos futuros, harían trizas todo intento de unidad.

Con objeto de evitar las protestas del embajador español por la presencia de Miranda en Londres, William Pitt pide a éste que cambie de nombre y se mantenga en la clandestinidad más absoluta.

Aunque el gobierno inglés apoya los proyectos independentistas, sus intereses políticos internacionales retrasan la ayuda efectiva. Así, vemos a Miranda dirigiéndose a los EE. UU. a fin de lograr los medios que diplomáticamente se le regatean en Londres. Ya en 1790, en ocasión de un anterior contacto con Inglaterra y su primer ministro, el americano había escrito el agregado de la embajada rusa, Barteuer: «Pitt es un monstruo que no parece tener más guía que El Príncipe de Maquiavelo.»

La primera ayuda es norteamericana

En su viaje a los EE. UU., Francisco Miranda logra interesar a Jefferson en su proyecto revolucionario; éste, con anuencia de Madison, le facilita, aunque no en forma oficial, el dinero para comprar y equipar un barco de guerra.

El navío, llamado Leander, partió de Nueva York el 26 de enero de 1806 rumbo a Venezuela; el 27 de abril, el improvisado grupo intentó desembarcar en las cercanías de Puerto Cabello. La pésima organización y lo precario del armamento motivaron el fracaso del intento. Los españoles capturaron cincuenta hombres, diez de los cuales fueron fusilados. El Cabildo de Caracas condenó la actitud de Miranda y entre las voces que se alzaron contra él, una merece aquí especial mención: la de Juan Vicente Bolívar, hermano del Libertador.

Miranda logra huir hacia Trinidad, pero la nave que le conduce es capturada por la goleta inglesa Lily y llevada a Granada, donde el fracasado revolucionario es muy bien recibido por el gobernador inglés, quien le comunica la muerte de William Pitt y le promete ayuda para una nueva tentativa.

El 3 de agosto de 1806, la fragata Leander, la goleta Lily, y los navíos Empress, Attentive y Provost desembarcan en la costa venezolana, en un paraje denominado la Vela del Coro, y se apoderan del puerto de Coro e izan la bandera colombiana.

Sin embargo, no logran granjearse la confianza de los habitantes, quienes evacuan la ciudad. Permanecen en Coro cinco días y pronto se ven sitiados por las tropas españolas venidas desde Caracas. En la noche del 9 de agosto comienzan a reembarcar y se alejan derrotados.

El cronista de la expedición, James Biggs, definió los resultados de la frustrada incursión en los siguientes términos: «No tienen la menor intención de aceptar nuestras proposiciones de libertad; ni nosotros la fuerza para obligarles a tomarlas.»

Miranda es desconocido en su patria. Le consideran un intruso de quien hay que huir o a quien hay que destruir. No le ven como a un libertador bienvenido. Con el peso de su doble fracaso sobre sus hombros, Francisco Mirada parte nuevamente hacia Londres.

Allí permaneció varios años elaborando su proyecto independentista, transformándose en el nexo de todos los disconformes de Hispanoamérica que viajaban por Europa.

Existe una anécdota que obliga a reflexionar sobre la importancia que este precursor tuvo en la formación de los jóvenes revolucionarios criollos. Cuenta Bernardo O’Higgins que cuando oyó a Miranda exponer su teoría, se arrojó en sus brazos llamándole padre revolucionario y le pidió permiso para besar sus manos. Pocos años después, su retórica habría de conmover a Simón Bolivar con ocasión del encuentro de ambos hombres en Londres.


-

Introducción

BOLÍVAR retorna a Venezuela en junio de 1807 y se entera rápidamente del fracaso de Miranda y de las causas que lo motivaron. Un amplio sector del patriciado criollo considera el frustrado desembarco como un equivalente venezolano de la invasión inglesa en el Río de la Plata, producida en junio de 1806. En efecto, en esa fecha una escuadra inglesa procedente del Cabo de Buena Esperanza, en Africa, se apodera de la ciudad de Buenos Aires. El virrey Sobremonte huye, dejando desguarnecida la plaza, y sir Home Popham se instala en el fuerte izando la enseña británica y arriando la española. La patriótica y valiente reacción de los criollos consigue la reconquista de la plaza y obliga a los invasores ingleses a capitular y marcharse.

Este triunfo se debió exclusivamente al poder organizado por los criollos, que se movilizan con rapidez formando regimientos, uno de ellos el de Patricios. Esta derrota de tropas selectas, capaces de enfrentarse con éxito a Napoleón, convence a las clases patricias de que la posibilidad de autodeterminación no era tan sólo una quimera elaborada en los salones literarios de los jóvenes intelectuales afrancesados.

Algo está pasando en Europa

La llegada a Caracas del joven viajero fue recibida con regocijo por la sociedad venezolana que, ávida de novedades provenientes del viejo mundo, se disputaba su presencia en los salones. Bolívar frecuenta las residencias de los notables y reanuda la amistad con su antiguo profesor Andrés Bello, convertido ya en un prestigioso poeta.

Un acontecimiento similar al de su visita al papa le obligará a confinarse por un breve tiempo en su estancia de San Mateo. El suceso en cuestión es el siguiente: invitado por el gobernador a una fiesta en su residencia, inesperadamente se levanta y brinda por la independencia de América. El rango social que ostenta Bolívar le da cierta inmunidad; de lo contrario, hubiera sido represaliado incluso con el destierro.

Mientras en Caracas reducidos grupos de intelectuales entreveían la posibilidad de un cambio, Europa asistía al apogeo de Napoleón, quien había sometido a Prusia, depuesto al rey de Nápoles, arrestado al papa en Roma y echado de Lisboa a los Braganzas, golpeando a su vez el emporio principal del comercio británico que utilizaba los puertos portugueses para introducir por medio del contrabando sus productos en Francia. Con la caída de Portugal, el 30 de noviembre de 1807, Bonaparte considera la oportunidad de utilizar el derecho de tránsito para eliminar a los Borbones en España, aunque éstos le habían apoyado con servilismo. Un conflicto dinástico entre Carlos IV y el príncipe heredero, Fernando, permitió al emperador, en mayo de 1808, inducir a ambos a encontrarse en Bayona para que renunciaran al trono, designando sucesor a su hermano José. Pero ocurrió un hecho imprevisto: Madrid se levanta el 2 de mayo y España se pone en pie de guerra. El 6 de junio, reunida en Sevilla la Junta Central, declara la guerra a Francia y pone en difícil situación al disperso cuerpo militar galo. El 22 de julio, Dupont se rinde a tropas españolas en Bailén. En esta batalla, primera derrota napoleónica en España, tuvo un destacado papel un joven militar americano, quien se convertirá con el tiempo en uno de los dos libertadores: José de San Martín.

Inglaterra comienza a colaborar con los rebeldes españoles —la necesidad ante el enemigo común les obliga— y es así como el 30 de agosto el general francés Junot pierde Cintra ante los ingleses desembarcados a las órdenes de Wellesley, duque de Wellington.

Napoleón, entusiasmado ante los triunfos conseguidos en Europa, interpreta mal el alcance de lo ocurrido en la península. ¿Qué importancia podían tener estos guerrilleros populares, irregulares, o ese cuerpo expedicionario para un imperio que, desde los Pirineos hasta el Mar Ochotsk, sólo conocía subditos o aliados? Recientemente, en el Congreso de Eyut, había desplegado su impresionante esplendor el nuevo amo de Europa.

El ejército francés avanza en territorio español y el 4 de diciembre estaba en Madrid. Cuatro años después, en Rusia, la historia se repetirá. También tomará la capital del Estado. Moscú será suya, pero deberá retirarse en medio de un ejército diezmado y consumido. El retrato de Palafox, defensor de Zaragoza, adorna las paredes de las habitaciones de muchas personalidades europeas que desean la derrota del corso. La guerra en Europa llega a un punto muerto, pero tiene consecuencias de gran significado para América. Los criollos aprovecharán las circunstancias para rebelarse, y nacerán los nuevos estados independientes. Algunos patriotas inclusive se sublevan en nombre de Fernando VII, que está confinado en Valengçay, los mismos que en 1813, cuando Fernando recupera la corona de manos de Napoleón, se niegan a reconocerle.

Moderados y jacobinos

La situación en España se reproducía en sus colonias de ultramar. Algunos funcionarios se inclinaban a la fidelidad absoluta del rey, otros aceptaban a Bonaparte, y un tercer grupo sufría el desconcierto total. Además, desde el año anterior muchos criollos ricos comenzaron a transformar su insatisfacción en demandas precisas, considerando que había llegado el momento de pasar a la acción. La ciudad de Caracas estaba lejos de la armonía y la fidelidad a la Corona. La clase patricia se dividía a su vez en dos grupos que intentaban imponer su respectiva tendencia. Históricamente serán conocidos como conservadores y reformadores, o bien, como moderados y jacobinos.

Sobre esta diferencia hablaba Bolívar diciendo:

Seguramente la unión es la que nos falta para completar la obra de nuestra generación. sin embargo, nuestra división no es extraña, porque tal es el distintivo de las guerras civiles formadas generalmente entre dos partidos, conservador y reformador. los primeros son, por lo común, más numerosos porque el imperio de la costumbre produce el efecto de la obediencia a las potencias establecidas; los últimos son siempre menos numerosos, aunque más vehementes e ilustrados.

Hay que dejar en claro que este enfrentamiento atañe exclusivamente a los blancos poderosos, ya que los demás grupos criollos, pobres, negros e indios pesaban poco o nada en el plano de las decisiones importantes.

Las colonias se sublevan

En 1809 llegan noticias de los nuevos triunfos de Napoleón y se asegura que una gigantesca flota francesa se dirige a Jamaica, para expulsar de allí a los ingleses, y luego a la costa oriental de América. En medio de estos presagios se produce la llegada a Caracas del gobernador y capitán general enviado por la nueva Junta española. El funcionario, de apellido Emperán, era viejo conocido de Bolívar; les unía una sólida amistad entablada en Europa. Este personaje indulgente y de principios liberales, no desea ser severo con los insurgentes ni tomar en serio la revuelta. Inclusive permite que la situación por la que atraviesa España, de difícil crisis, sea conocida por todos.

En marzo de 1810, un grupo revolucionario, uno de los más radicales, se reúne en la casa de campo de Bolívar. El gobernador se entera y decide el arresto de los conspiradores, pero con la particularidad de que dicha sanción deberá cumplirse en las residencias personales de los castigados.

Finalmente, bajo la presión popular, Vicente Emperán se retira y la Junta de la ciudad se ve libre para formar un gobierno. El Jueves Santo, al repique de las campanas, los notables de la ciudad se reunieron en el Cabildo y formaron la Junta Conservadora de los Derechos de Fernando VII, primera asamblea que se pronuncia con independencia en la América del Sur. A las cinco semanas, el 25 de mayo de 1810, en el Río de la Plata se repite el episodio, estableciéndose la primera Junta de gobierno que, como la de Caracas, ha de gobernar en nombre del rey cautivo. Estos dos pronunciamientos tienen mejor suerte que el de Charcas. Allí, el 25 de mayo de 1809, los profesores de la universidad se oponen al presidente de la audiencia, García Pizarro. Los criollos, en nombre de Fernando VII, detienen a Pizarro. A su vez estalla una conspiración en La Paz, dirigida por Pedro Domingo Murillo, siendo depuestas las autoridades españolas. El virrey Abascal reduce a los sublevados y los condena a la pena capital.

La junta de Caracas

El juramento prestado por los revolucionarios fue el siguiente: «Juro al pueblo soberano verter mi sangre, hasta la última gota, por nuestra santa religión católica apostólica romana, por nuestro querido rey Fernando VII y por la libertad de la patria». El mismo juramento es contradictorio y pone al descubierto el verdadero móvil de la sublevación. Se jura fidelidad al rey, pero al mismo tiempo se afirma que el pueblo es soberano y que la patria es libre. De todas maneras, la Junta de Caracas fue moderada, formada por ricos criollos partidarios de libertades muy limitadas. En conjunto se trató de una facción dispuesta a producir algunos cambios, como el libre comercio, ya que el estricto monopolio español les perjudicaba. Si bien la Junta independiente se consolida en Caracas, no logra imponer el nuevo orden en la campiña que rodea a la ciudad. En las zonas rurales la gente estaba dividida entre realistas, partidarios de España y grupos de patriotas. Las gentes pobres, dedicadas a tareas agrícolas o ganaderas, en su mayoría, eran espectadores mudos ante acontecimientos, que si bien les preocupaban, no llegaban a entender en profundidad, ya que sus patronos, criollos y españoles, no se diferencian en el trato con ellos.

Bolívar no estuvo presente en el Cabildo la noche del Jueves Santo; es evidente su poca simpatía para con los que dominan la situación. Acepta el cargo de coronel, pero no figura entre los miembros del Consejo del Estado.

Así comienza la historia independiente de Venezuela: con una Junta débil y temerosa, y con grandes sectores de la población ausentes del hecho. Pero las ideas progresistas de la época están arraigadas en grupos jacobinos, y empiezan a difundirse los beneficios que reportan las transformaciones que plantea el sistema republicano.

Ante la urgencia de ayuda exterior, la Junta se ve en la necesidad de enviar un representante a Gran Bretaña. La designación recae en Bolívar, quien afronta personalmente los gastos de la misión; esta decisión le asegura cierta independencia en sus gestiones en Londres. Así da comienzo su carrera política. Su gestión no fue precisamente un éxito, ya que Inglaterra no podía reconocer la independencia de Venezuela, aunque la viera con simpatía, por su alianza con España en contra de Napoleón. Bolívar en vez de limitarse a acreditar ante el gobierno británico «en nombre de Fernando VII y de la Junta Conservadora de sus Derechos en Venezuela», pronunció un duro discurso, reclamando el reconocimiento de la independencia de su patria. El ministro inglés, ante esta actitud, aconsejó a Bolívar que su gobierno permaneciera leal a Fernando, pues Gran Bretaña se había comprometido a defender sus derechos.

Durante su permanencia en Londres, Bolívar estudia la constitución inglesa y queda impresionado por los derechos que establece. Su texto, lo mismoque la constitución norteamericana, le servirá como guía en lo que él considera el cuerpo legislativo de los nacientes estados americanos.

La Junta le había recomendado también evitar los encuentros con Miranda. Sin embargo, Bolívar se entrevista con éste y no sólo en privado. Además, le invita a retornar a Venezuela para encabezar la revolución. Este hecho significativo demuestra que no se veía todavía como el jefe del movimiento independentista.

En la casa que el veterano guerrero poseía en Picadilly, se desarrollaron largas conversaciones en las cuales el destino de Venezuela y la América del Sur estuvieron siempre presentes.

La conexión con las logias masónicas y la iniciación de Bolívar en las mismas se produce durante su estancia en Londres, y habrá de tener una incidencia fundamental en todo el activismo político militar de los años venideros. Ambos hombres deciden regresar al país por separado, a fin de evitar roces estériles con los miembros de la Junta. El primero en partir sería Bolívar y dos semanas después lo haría Miranda.

Las tendencias se enfrentan

Mientras tanto, la Junta se niega a reconocer al Consejo Regente de España, y España responde con el bloqueo. El marqués de Toro, amigo de Bolívar, había sufrido la primera derrota ante las tropas españolas del interior del país.

Apenas llegado a Caracas, donde es recibido con frialdad, Bolívar propone concretar la rebelión contra España. La Junta se opone. En el país, especialmente en las provincias, había aún demasiados partidarios de la Corona, y la Junta deseaba evitar por todos los medios el desenlace temido: la guerra civil. La agresividad de los proyectos radicales de Bolívar le llevan al enfrentamiento con la Junta y sus miembros. La verdad es que la mayor parte de sus integrantes no son verdaderos revolucionarios, sino más bien elementos conservadores y monárquicos, favorables a cambios muy limitados en las relaciones con España. Pero los ataques de los realistas, tanto del interior como del exterior, prestan un servicio inestimable a la causa revolucionaria, pues pronto comenzó la agitación hasta en las clases más humildes, que lamentaban la debilidad de la Junta. De esta manera comienza un conflicto de carácter social que separa a la mayor parte de los criollos de las masas populares, lo que fue en gran parte causa del caos político y de la guerra civil que siguieron. Hombres como Bolívar, sin embargo, tomaron partido por los más pobres, fundando la Asociación de los Patriotas, un grupo del que formaban parte los más encarnizados nacionalistas.

Un acontecimiento personal vino a sumarse a la angustia de Simón Bolívar, en momentos realmente críticos. Su hermano, Juan Vicente, embajador en Washington, resulta muerto en el naufragio de la nave que le traía a la patria.

En enero de 1811 se produce la llegada de Miranda a Caracas. Su presencia agravó más aún el clima político. Muchos elementos moderados le temían y se le oponían, mientras que los radicales veían en él su única esperanza.

Se le recibió oficialmente y una noche se le brindó un banquete de honor en la residencia de Bolívar.

Miranda, con casi cuarenta años, avezado en la vida militar, se encontró con que el denominado ejército que venía a dirigir casi no existía y se hallaba constituido por un grupo de hombres sin cohesión alguna, ignorantes de la disciplina militar. El viejo guerrero que se había formado en las filas del ejército norteamericano, en el napoleónico y en el ruso, contempla con angustia a estos grupos ineptos que ya habían conocido la derrota ante las disciplinadas tropas españolas.

Este decepción puede ser la causa que le llevó a menospreciar públicamente a Bolívar, refiriéndose con ironía a su grado de coronel, obtenido por concesión gratuita más que por sus antecedentes militares. Bolívar reacciona aceptando las observaciones de Miranda y se ofrece a servir bajo sus órdenes como soldado raso. Este hecho se registra como el primer enfrentamiento entre los dos hombres, que si bien tenían puntos de coincidencia en lo referente al rumbo político que debía imprimirse a la revolución, discrepaban en cuanto a los modos operativos de la misma.

Para ese entonces se constituye en Venezuela un Congreso de todas las Juntas del país. Este organismo, de carácter conservador, es atacado duramente por Miranda y Bolívar, así como también por los grupos más radicalizados. Se conserva un discurso del futuro Libertador, que puede ser considerado como el primer signo, la primera manifestación de sus proyectos políticos:

Se discute en el congreso nacional lo que debiera estar decidido. ¿y qué dicen que debemos comenzar por una confederación, como si todos no estuviéramos confederados contra la tiranía extranjera. que debemos atender a los resultados de la política de España. ¿qué nos importa que España venda a bonaparte sus esclavos o que los conserve, si estamos resueltos a ser libres pongamos sin temor la piedra fundamental de la libertad sudamericana: vacilar es perdernos.

Finalmente, la Asociación de los Patriotas, a la cual pertenecían los dos proceres, decidió que no se podía seguir esperando y presentó una Carta de los Derechos y una petición de independencia: la Junta se tambaleó y, bajo la presión popular, terminó por dimitir. El 5 de julio de 1811 se votó la separación de España. Los progresistas habían vencido finalmente.


-

Introducción

SI bien la participación de Bolívar en estos hechos no fue decisiva, es necesario remarcar que tuvo su importancia. Pocos fueron los hombres, incluso el propio Bolívar, que comprendieron el alcance total de la declaración de la independencia y los escollos que habría que vencer para consolidarla.

Poco tiempo después, la realidad vendría a demostrar que los enemigos internos eran tan peligrosos como los externos. El balance del primer año de gobierno independiente fue calamitoso: la inexperiencia política marchaba del brazo de las discordias entre los grupos del poder, y los grandes proyectos, en general, parecían quimeras irrealizables.

Muy pronto, sectores del ejército comenzaron a sublevarse en algunas regiones del interior. En el sofocamiento de uno de estos movimientos, el que se produce en la ciudad de Valencia, tuvo su bautismo de fuego Simón Bolívar. Tan heroico fue su comportamiento en la toma de una posición, que el propio Miranda le devolvió sus insignias de coronel.

Aparte del levantamiento militar en tres provincias, surgió el problema de la elección del sistema de gobierno y la forma constitucional que a dicho gobierno se le daría. Se decidió finalmente optar por una confederación libre. La experiencia habría de demostrar que dicha elección no pudo ser menos afortunada para la joven República; poco después se manifestó toda su debilidad. La economía se derrumbó. El pueblo se vio enfrentado a problemas que jamás había tenido bajo los españoles y su lealtad osciló.

En cuanto a la constitución, el cuerpo legal fue extraído casi textualmente de la Constitución de Filadelfia. Como es sabido, el orígen de ésta se encuentra en el Contrato Social de Rousseau, y el Espíritu de las Leyes de Montesquieu. Los patriotas venezolanos creían que las leyes podían ser copiadas y trasladadas de un país a otro, y que esto podía modificar la realidad. No podían entender, cegados por su inexperiencia y por su idealismo, que las leyes deben ser el fruto concreto de una realidad nacional y social concreta.

Una prueba terrible

El Jueves Santo de 1812, Caracas se prepara para dormir su larga siesta tropical. La plaza de la ciudad, engalanada con los colores amarillo, azul y rojo, recuerda el festejo del segundo aniversario del movimiento emancipador.

La plaza está desierta, sólo un mendigo y algunas lagartijas se mueven por ella. De pronto un temblor horroroso sacude la ciudad; los edificios se resquebrajan como si estuvieran podridos. Tal es el pánico, que los más creyentes pensaron que se trataba del fin del mundo; las madres corrían a poner a salvo a sus hijos. Una muchedumbre desesperada marchó hacia la iglesia a purgar sus pecados. Las aves volaron tan alto que parecía intentaban oscurecer con sus alas el cielo.

Simón Bolívar trata de poner orden. Corre por las calles de la ciudad devastada por el terremoto. Lleva en su mano la espada. Atrás ha quedado su casa derruida. Los gritos de dolor y los insultos, la gente de rodillas junto a los escombros y los cuerpos aplastados de familiares, el rostro resignado e impenetrable de los indios, es la dantesca visión con la que tiene que enfrentarse Bolívar.

Hay una aglomeración frente a la iglesia: «¡Castigo de Dios! ¡Malditos jacobinos! ¡Es el castigo de Dios! ¡Es la justicia divina que cae sobre los herejes revolucionarios que se sublevan a su rey, único representante del Señor sobre la Tierra!» Las palabras del sacerdote realista enardecen a Bolívar. Lo aparta de un golpe y se dirige a la multitud: «¡Si la naturaleza se opone, si el mismo Dios se opone a nuestra causa, lucharemos contra ella, lucharemos contra él mismo, pero triunfaremos. Yo os lo prometo!»

El terrible terremoto de 1812 precipitó el caos, y se decidió otorgar a Miranda plenos poderes. Fue nombrado dictador y generalísimo de los ejércitos de tierra y mar de Venezuela. A las pocas semanas, la importante plaza de Valencia caía en poder de los españoles. El norte del país, baluarte realista, no se vio afectado por el seismo, y mantenía sus fuerzas intactas y prontas para seguir avanzando.

Miranda comienza a formar un pequeño ejército para hacer frente a las tropas enemigas estacionadas en Valencia. A sus filas se incorpora un joven que años más tarde daría a América el triunfo definitivo logrado en Ayacucho: Antonio José de Sucre.

A Bolívar se le encomendó la custodia del importante Puerto Cabello. Este nombramiento le enfureció, pues su deseo era ser destinado al frente de batalla. No logra comprender la importancia de la tarea asignada: proteger el puerto principal del país. Cree que Miranda le disminuye deliberadamente. No obstante, obedece sus órdenes.

Traición en Puerto Cabello

El 1.° de julio, Simón Bolívar se sentía tan solo cumpliendo una rutinaria misión en aquel islote desierto, que su corazón naufragaba sin rumbo por el calor de la tarde como una nave fantasma en un mar sin orillas. Su mente navegaba indecisamente, entre una niñez y una juventud añoradas y un presente indefinido y arriesgado. El tronar de los cañones de la fortaleza le devolvieron a la realidad. Comprueba que ha sido traicionado, reúne los pocos hombres que le quedan y pide ayuda a Miranda. Sus tropas se han sublevado y luego de resistir unos días, con muchas bajas, debe retirarse. Le escribe a Miranda: «Mi general: un oficial indigno del nombre de venezolano se ha apoderado, con los prisioneros, del Castillo de San Felipe, y está haciendo actualmente un fuego terrible sobre la ciudad. Si V. E. no ataca inmediatamente al enemigo por la retaguardia, esta plaza está perdida. Yo la mantendré entre tanto todo lo posible».

El sacrificio resulta inútil. Los refuerzos no llegan, y debe retirarse abandonando la estratégica posición. A su llegada a la ciudad de Caracas, se recluye en su casa de campo, incapaz de presentarse ante su jefe:

«… Yo hice mi deber, general, y si un soldado me hubiese quedado con ese habría combatido al enemigo; si me abandonaron no fue por mi culpa. Lleno de una especie de vergüenza, me tomo la confianza de dirigir a usted el adjunto parte; apenas es una sombra de lo que realmente ha sucedido. Suplico a usted me permita un intervalo de poquísimos días para ver si logro reponer mi espíritu. Después de haber perdido la última y mejor plaza del Estado, ¿cómo no he de estar alocado, mi general? No me obligue usted a verle la cara. Yo no soy culpable, pero soy desgraciado y basta…».

Si trazamos un retrato psicológico del Libertador, veremos en un primer plano su temprana orfandad, la cual le empuja a proyectar su necesidad de figura paterna en los personajes masculinos que gravitan en su historia. Primero su preceptor, Simón Rodríguez, quien le deja nuevamente huérfano cuando se ve obligado a abandonar el país; luego Napoleón, el gran emperador del mundo, quien le maravilla, pues es la representación viva de los ideales aprendidos de Rodríguez. Este padre todopoderoso pronto ha de darle la espalda, desilusionándole. Invitado a su coronación, no concurrirá. Y ahora, el último padre, el viejo paladín cargado de honores y aventuras, reconocido por los más poderosos gobernantes, anfitrión del mismísimo Napoleón. El hombre al cual trajo de Inglaterra para brindarle el escenario final de la gloria, la concreción de sus ideas, aquel ante quien se humilló y lloró, ha de abandonarle también. El posterior proceder de Bolívar para con Miranda, el cruel desenlace de la relación entre estos dos hombres que representan una época, hay que rastrearlo, seguramente, en esta profunda herida que en la vida de Bolívar dejaron marcada las repetidas orfandades que hubo de sufrir.

No olvidemos que su madre muere siendo él pequeño. Su esposa fallece poco tiempo después de contraer enlace. Hay una sola persona que va a permanecer junto a Bolívar: su nodriza, la negra Hipólita; pero esta figura, amada y fiel, aunque socialmente inferior como perteneciente a una raza de esclavos, no puede significar el consuelo y el apoyo que el Libertador necesita en aquella coyuntura difícil.

La derrota y el destierro

La pérdida de Puerto Cabello desencadenó la catástrofe. Las tropas españolas se dirigen a Nueva Granada. Miranda decide capitular con los españoles y entregar el poder. El general español Monteverde se compromete a permitir la salida de la ciudad a los jefes republicanos.

El gobierno independiente había caído. Bolívar presencia estupefacto la derrota. Busca un responsable. Le comentan que Miranda partirá rumbo a Nueva Granada con tres cofres de oro, que ya han sido depositados a su nombre, en un barco inglés surto en la rada del Puerto de la Guaira.

Bolívar no duda un solo instante. Con un grupo de amigos penetra en la casa de Miranda, lo apresan y lo entregan a los españoles para que sea juzgado por éstos como un vulgar ladrón.

Miranda es enviado a Puerto Cabello en calidad de prisionero. De allí será conducido a Puerto Rico, y finalmente a una mazmorra en Cádiz, en donde terminó sus días en 1816, encadenado a un muro.

Como extraña paradoja, vemos a Bolívar obteniendo del general Monteverde un pasaporte, que le permite abandonar Venezuela rumbo a la isla de Curasao. Aquí comienza otra historia. En esta posesión británica experimentará por primera vez el sabor del destierro.


-
Entrada de Bolivar en Caracas, el 6 de agosto de 1813.
Entrada de Bolivar en Caracas, el 6 de agosto de 1813.

EL desterrado observa desde su hamaca los movimientos de la anciana negra, junto a una pila de naranjas, el fruto típico de la isla, los frutos que han de producir el licor que lleva el nombre del paisaje: Curasao. Abandona la hamaca y se encamina hacia la playa desierta; la blanca arena antillana y el azul de las aguas son sus compañeros de meditaciones en esta amarga hora del expatriado.

El hombre de casi treinta años de edad está solo, pobre y lejos de su tierra, pero no se siente vencido.

La noche cae sobre el Trópico. Sentado frente a una lámpara, comienza a redactar un informe, su primer análisis detallado sobre el fracaso de la primera república venezolana y sobre la realidad de la América latina. El examen del mismo nos presenta a un Bolívar más maduro, sumamente inteligente y de gran agudeza histórica y política. Las doce hojas del documento están destinadas a los habitantes de Nueva Granada y pasarán a la historia con el nombre de Manifiesto de Cartagena.

Conciudadanos: libertar a la nueva granada de la suerte de venezuela y redimir a ésta de la que padece son los objetos que me he propuesto en esta memoria yo soy, granadinos, un hijo de la infeliz caracas, escapado prodigiosamente de en medio de sus ruinas físicas y políticas, que siempre fiel al sistema liberal y justo que proclamó mi patria, he venido a seguir aquí los estandartes de la independencia, que tan gloriosamente tremolan en estos estados.

El propósito del venezolano es intentar la recuperación de su patria con el apoyo del gobierno de Cartagena. El Manifiesto se constituirá en una de las armas esgrimidas en busca de esa ayuda. Pero independientemente del fin buscado, el documento adquiere enorme importancia por la concepción ideológica que refleja.

La transcripción de algunos de los párrafos más significativos es por demás elocuente. En lugar de someter por la fuerza las ciudades rebeldes, la Junta Suprema las dejó en plena libertad, ante lo cual el Libertador escribe:

Fundando su política en los principios de humanidad mal entendida, que no autoriza a ningún gobierno para hacer por la fuerza libres a los pueblos estúpidos que desconocen el valor de sus derechos. los códigos que consultaban nuestros magistrados no eran los que podían enseñarles la ciencia práctica del gobierno, sino los que han formado ciertos buenos visionarios que, imaginándose repúblicas aéreas, han procurado alcanzar la perfección política presuponiendo la perfectibilidad del linaje humano. por manera que tuvimos filósofos por jefes, filantropía por legislación, dialéctica por táctica y sofistas por soldados la doctrina que apoyaba esta conducta tenía su origen en las máximas filantrópicas de algunos escritores, que defienden la no residencia de facultad en nadie para privar de la vida a un hombre, aún en el caso de haber delinquido éste en el delito de lesa patria. al abrigo de esta piadosa doctrina, a cada conspiración sucedía un perdón y a cada perdón sucedía otra conspiración que se volvía a perdonar; porque los gobiernos liberales deben distinguirse por la clemencia.

En muy pocos años, Bolívar ha dominado el arte de gobernar. ¡Qué lejos está este documento de su proceder ante el gobierno británico cuando le exige lo que los ingleses no pueden conceder! Pero ahora estamos ante un nuevo Bolívar, menos romántico, más práctico, y con un manejo de la realidad que le permitirá transformarla.

Más adelante, reflexiona sobre el problema militar en los siguientes términos:

Igualmente hubo oposición decidida a levantar tropas veteranas y se establecieron innumerables cuerpos de milicias indisciplinadas. ¡porque grecia, roma, venecia, génova, suiza, holanda y recientemente el norte de américa vencieron a sus contrarios sin auxilio de tropas mercenarias, no hacía falta más nada, se decía, para conquistar la libertad! pero hubiera sido necesario un pueblo disciplinado, ejercitado en la guerra, cualidades que nosotros estamos muy distantes de poseer.

Bolívar señala el federalismo como segunda causa de la derrota. No cree ya en un federalismo que no se asiente, como el norteamericano, en bases sólidas. En relación a esto afirma:

Es preciso que el gobierno se identifique, por decirlo así, al carácter de las circunstancias, de los tiempos y de los hombres que lo rodean. si éstos son prósperos y serenos, él debe ser dulce y protector; pero si son calamitosos y turbulentos, él debe mostrarse terrible y armarse de una firmeza igual a los peligros, sin atender a leyes ni constituciones las elecciones populares, hechas por los rústicos del campo y por los intrigantes moradores de las ciudades, añaden un obstáculo más a la práctica de la federación, entre nosotros, porque los unos son tan ignorantes que hacen sus votaciones maquinalmente; y los otros, tan ambiciosos que todo lo convierten en facción por lo que jamás se vio en Venezuela una votación libre y acertada; lo que ponía el gobierno en manos de hombres ya desafectos a la causa, ya ineptos, ya inmorales nuestra división, y no las armas españoles, nos tornó a la esclavitud.

Más adelante, Bolívar dirige duras críticas a la Iglesia por haber aprovechado el terremoto contra la causa de la independencia. En cuanto a los pasos a seguir escribe:

'La Nueva Granada ha visto sucumbir a venezuela; por consiguiente, debe evitar los escollos que han destrozado a aquélla. a este efecto presento como una medida indispensable para la seguridad de la nueva granada, la reconquista de caracas. a primera vista parecerá este proyecto inconducente, costoso y quizá impracticable...

Tiene, además, preparada la estrategia militar adecuada. Los españoles son fuertes en seis ciudades, las cuales controlan; pero temen desplazar tropas, pues podrían producirse levantamientos en la retaguardia, posibilidad a la cual hay que sumar la deserción de los soldados criollos. Bolívar supone que será fácil desplazarse por el país sin toparse con ejércitos españoles. Por ello no es extraño que subraye:

Es una cosa positiva que en cuanto nos presentemos en venezuela se nos agregan millares de valerosos patriotas aprovechemos, pues, instantes tan propicios; no sea que los refuerzos que incesantemente deben llegar de españa cambien absolutamente el aspecto de los negocios, y perdamos, quizá para siempre, la dichosa oportunidad de asegurar la suerte de estos estados.

Bolívar, definitivamente, ha dado el salto que separa a la idea de la práctica; muchos principios han quedado en el camino, muchas fórmulas políticas trabajadas en los laboratorios enciclopedistas deben ser relegadas o modificadas ante la realidad concreta de una sociedad diferente a la europea, con características forjadas en la fragua del colonialismo español.

Llevando consigo los manuscritos de la proclama, abandona Curasao y se dirige a Cartagena.


-

Introducción

SIMÓN Bolívar parte hacia su nuevo destino sin un centavo. Tenía la intención de liberar a Nueva Granada, luego de lo cual utilizaría esa región como base para sus operaciones. Entraría en Venezuela y expulsaría a los españoles.

La región desde la cual piensa iniciar su campaña libertadora ya había sido delimitada en el siglo XVI por los conquistadores y abarcaba las actuales repúblicas de Colombia, Panamá, Ecuador y parte de Venezuela. Es así como vemos que en este siglo se producen las principales fundaciones: Panamá, 1519; Santa Marta, 1525; Cartagena de Indias, 1533; Calé, 1536; Popayán, Bogotá, Mompos y Neiva, 1538; Pasto, Tunja y Vélez, 1539; Antioquía, 1541; Río Negro y Río Hacha, 1545; Barranquilla, 1629; Girón, 1631; Medellín, 1675, y Socorro, 1681.

Comúnmente, las ciudades conservaron sus primitivos nombres indígenas. Muchas de ellas estaban situadas en las alturas de los Andes, como el caso de Bogotá, Popayán, Pasto, Tunja; y otras en el litoral marítimo, como Cartagena de Indias y Panamá. El enorme territorio fue dividido en provincias como las de Panamá y Veragua, que dependían de la Audiencia de Panamá; y Santa Marta, Cartagena y Popayán, dependientes de la Audiencia de Santa Fe. Dichas provincias se unifican administrativamente en 1719 bajo el Virreinato de Nueva Granada.

Al partir de Curasao, Bolívar lleva el propósito de la unificación de Nueva Granada. Las ciudades que componían el extenso territorio se hallaban divididas en dos grandes bandos: las federalistas y las centralistas. Doce juntas de gobierno luchaban enconadamente entre sí por lograr el triunfo de sus criterios. Solamente Cartagena de Indias había decidido romper definitivamente con España y su rey, pero lógicamente no podía subsistir aislada y mantenía contactos y amistad con el sector federalista residente en Tunja, al norte de Bogotá.

La situación se agravaba, pues Nueva Granada hallábase rodeada de enemigos: Venezuela, al oriente, estaba en poder de Monteverde; al occidente y oriente de Cartagena de Indias acechaban los españoles de Panamá y Santa Marta; el sur (lo que hoy es Ecuador) también había caído, y más al sur aún, en el Perú, el virrey de Lima se sentía tan poderoso que amenazaba marchar sobre Chile y el Río de la Plata, donde las Juntas de gobierno, aunque sin someterse al poder de Cádiz, continuaban siendo fieles a Fernando VII.

Llega a Cartagena en 1812, ansioso de comenzar su campaña y lleno de confianza en el triunfo, sin tener en cuenta las dificultades que hallaría, hasta que presenció la anarquía y el caos, la turbulenta escena política, la rivalidad y la competencia entre políticos y generales, las diversas facciones en lucha entre sí. Para conducir a un buen fin sus planes, necesitaba apoyo político y un ejército disciplinado. Debió luchar durante meses para hallar un dirigente político que lo apoyara, le diese poderes y tropas. Durante mucho tiempo dio conferencias y pronunció discursos, tratando de interesar a la gente en su causa y en la lucha por la independencia. Fue entonces cuando publicó el famoso Manifiesto, gracias a la ayuda financiera de Torrices, el presidente de Cartagena, quien además le devolvió su grado de coronel.

A orillas del Magdalena

Luego de muchos intentos fallidos, logra que se le asigne un pequeño contingente de soldados, en su mayoría negros y mulatos. Con ellos se dirige, en la navidad de 1812, hacia Barrancas, un pequeño pueblo a orillas del Magdalena. Su misión es conquistar dicha plaza y esperar allí hasta que se le indique una nueva tarea.

No había elección. Se dispuso a la conquista de Barrancas y obtuvo una fácil y rápida victoria, pero no podía estar satisfecho ya que debía permanecer inactivo, justamente cuando había visto que una acción rápida e inesperada podía lograr el control de todo el importante río.

La disyuntiva es difícil, pero su genio le impulsa a desobedecer; ignorando las órdenes de sus superiores, remonta el Magdalena, asegurándose una ciudad tras otra, y en un tiempo extraordinariamente breve logra controlar todo el curso del río.

Utilizando las silenciosas canoas y al amparo de la noche, llegan a Tenerife. Los españoles huyen abandonando las armas. Luego toma Mompox, donde se le unen 200 voluntarios. Persigue a los españoles hasta Banco y los expulsa de la importante plaza el 1 de enero de 1813. El 8 de febrero llega a Ocaña con un ejército de más de 500 hombres. En sólo dos semanas el coronel desterrado había arrebatado a los peninsulares el control del Magdalena. Fue una acción memorable, sobre todo si se considera que su ejército era pequeño, mal equipado y muchos de sus miembros rehusaban combatir en un paraje cálido y pantanoso, donde eran fáciles víctimas de enfermedades.

Bolívar no deseaba detenerse. Quería entrar rápidamente en Venezuela; pero, para llevar a otro país a los soldados de Nueva Granada, debía obtener el consentimiento del Congreso y esperar hasta que el mismo llegara, si es que llegaba.

Además, sobre su cabeza pesaba la amenaza de un consejo de guerra, motivado por su desobediencia a las órdenes de Cartagena. Pero un hecho determinará que se le conceda la autorización. El general español Correa se dirige con 5.000 hombres hacia Cúcuta, plaza en poder de los patriotas que en un número de 200 son incapaces de resistir. A su memoria posiblemente vuelva el recuerdo de las Termopilas, vivido en el relato de su preceptor.

Se le autoriza entonces, gracias a la presión de su amigo el presidente de la Confederación, a movilizar en las provincias limítrofes de ambos países. Es así como su pequeño ejército atraviesa las montañas que le separan de su país y en su tierra derrota a los españoles. El hecho militar tiene por escenario el lugar llamado Cúcuta. Este triunfo le brindará además una gran cantidad de cañones y pertrechos de guerra.

Nuevos obstáculos

Luego de este triunfo, Bolívar prepara el camino para llegar finalmente a Caracas. El presidente de Cartagena le otorga la nacionalidad neogranadina. Bolívar desea fervientemente la unificación de Venezuela y Nueva Granada en la Gran Colombia. El proyecto de Miranda es hoy su punto de mira.

En la frontera de los dos países, ante el ejército, dirá con su voz henchida de emoción:

Soldados vuestras armas libertadoras han venido hasta venezuela en menos de dos meses habéis terminado dos campañas y habéis comenzado una tercera que empieza aquí y debe concluir en el país que me dio la vida. vosotros, fieles republicanos, marcharéis a redimir la cuna de la independencia colombiana, como las cruzadas libertaron a jerusalén, cuna del cristianismo el solo brillo de vuestras armas invictas hará desaparecer en los campos de venezuela las bandas españolas como se disipan las tinieblas delante de los rayos del sol. la américa entera espera su libertad y salvación de vosotros, impertérritos soldados de cartagena y de la unión corred a colmaros de gloria adquiriéndoos el sublime renombre de libertadores de Venezuela.

Pero la invasión de Venezuela se demora. La causa hay que buscarla en la actitud del general colombiano Castillo, que, posiblemente dolorido por los triunfos del extranjero, sabotea la empresa, moviendo sus influencias. Es entonces cuando el venezolano decide resignar su mando, subordinándose ante su rival con tal de lograr penetrar en su patria. Venciendo su orgullo escribirá al general Castillo haciéndole el ofrecimiento. Castillo, sin embargo, considera que es arriesgada la empresa y que en verdad el pueblo venezolano no desea independizarse de España.

De esta encrucijada, de este callejón sin salida en que se halla Bolívar, viene a recatarlo la acción de un hombre, un político que, como un signo profético, se llamará Camilo Torres, y que va a despejar el camino para que el futuro Libertador entre en su tierra.

Castillo ha sido vencido, las presiones diplomáticas de Bolívar y la actitud de Camilo Torres lo han alejado de la escena; pero es precisamente en este momento cuando aparece la figura de otro protagonista clave de nuestra historia. Nos referimos a Francisco de Paula Santander (1792–1840).

Las tropas criollas se encuentran alineadas, prontas a marchar. Venezuela es la meta; tras las montañas les aguarda el camino a Caracas y la gloria prometida.

Primero es un murmullo en la retaguardia. Los hombres no avanzan. Bolívar advierte la situación y a galope tendido se dirige hacia los escuadrones comandados por Santander. Ya frente al neogranadino, le intimida a marchar; éste se niega a obedecer, pues sigue fiel a Castillo, su antiguo jefe.

—Si usted insiste en que no marche su Cuerpo, yo lo fusilo.

El batallón vitorea a Bolívar, el comandante mayor Santander se queda en Cúcuta. El futuro vicepresidente de Colombia tiene veintiún años y acaba de enfrentarse por primera vez con el Libertador.

Los acontecimientos venideros mostrarán la trascendencia de este episodio.

Rumbo a Caracas

Los elementos de que dispone Bolívar y la situación, cuando emprende esta nueva tentativa, son peores que al iniciar la campaña anterior en el Magdalena. Debía desenvolverse en un terreno difícil, en una zona en la que la población no era favorable a los criollos y que podía no desear incorporarse al ejército americano. El mismo Bolívar no se sentía seguro de sus tropas y tenía problemas con sus oficiales. Con sólo 650 hombres debía enfrentarse a 2.000, organizados y abastecidos. Pero Bolívar era un hombre que de las dificultades extraía vigor y comenzó su misión con entusiasmo. En breve tiempo, y sin mayores esfuerzos, toma la ciudad de Mérida, retirándose los españoles hacia Trujillo. Su táctica depende de la rapidez, la sorpresa y la explotación de todos los elementos favorables. Luego bajó a Trujillo, sometiéndola a un costo ínfimo. En esta ciudad hace un llamamiento a sus compatriotas todavía reticentes a sumarse a la gesta de la independencia:

Venezolanos: reuníos bajo las banderas de la nueva granada que tremolan ya en vuestros campos y que deben llenar de terror a los enemigos del nombre americano ¡levantaos contra vuestros opresores! ¡varones, jóvenes, y hasta los niños si es posible, de uno y otro sexo, desplieguen su justo enojo contra los tiranos! corred a las armas, venezolanos todos, y haceos dignos de la gloria que les espera a los libertadores de la patria.

Ante cada nueva victoria se tornaban las perspectivas más prometedoras y, a medida que avanzaban las tropas de Bolívar, iban nutriéndose de voluntarios y de provisiones.

En este momento, el Libertador recibe la noticia de que en la parte oriental de Venezuela se ha originado una rebelión que ha terminado por constituir un grupo revolucionario dirigido por Nariño, con el cual podría establecerse una relación para atacar conjuntamente a los peninsulares. Entusiasmado por la novedad, se expresará en los siguientes términos: «Temo que nuestros ilustres compañeros de armas de Cumaná y Barcelona liberten nuestra capital antes que nosotros lleguemos a dividir con ellos esta gloria, pero nosotros volaremos, y espero que ningún libertador pise las ruinas de Caracas primero que yo.» Si bien Bolívar aprecia esta colaboración, desde Cumaná y Barcelona arenga a sus tropas para que sean ellas las primeras en lograr el objetivo tan deseado: liberar esa ciudad, que un día amó tanto, cuando en ruinas, la contrarrevolución parecía levantar cabeza. Quizá presienta que la negra que lo crió esté entre el pueblo, ovacionándole.

La única dificultad es que el Congreso de Nueva Granada, del cual dependía, no le autorizaba a avanzar más allá de la plaza conquistada. Las victorias obtenidas en los límites de Colombia impedían el acceso de las tropas españolas. Nueva Granada se hallaba asegurada ante posibles invasiones y, por consiguiente, sus dirigentes preferían destinar sus esfuerzos a consolidar la política interna del país. El proyecto de Bolívar no era vital para las autoridades de Cartagena ni para los intereses de Colombia. Consciente de esta situación, de este juego político, Bolívar desobedece y decide dirigirse a Caracas. Sabiendo que debe enfrentarse a un enemigo poderoso y a sectores conservadores, apela a un recurso que a la luz de la historia habrá de significarle la peor mancha de su carrera, y el cual dará pie a que se forme la leyenda negra sobre su personalidad. Se trata del documento en el que declara «guerra y muerte» o «guerra y exterminio», y afirma ante las naciones del mundo: «… instruidos de que el enemigo quitaba la vida a los prisioneros sin otro delito que ser defensores de la libertad, y darles el epíteto de insurgentes… resolvimos llevar la guerra a muerte perdonando solamente a los americanos, pues de otro modo era insuperable la ventaja de nuestros enemigos… Podríamos ser indulgentes con los cafres de Africa; pero los tiranos españoles, contra los más poderosos sentimientos del corazón, nos fuerzan a las represalias…».

Todos los europeos y los españoles que no colaboraran en forma activa con las tropas independentistas deberían ser muertos; la misma suerte correrían aquellos que eligieran permanecer ajenos a la contienda, en tanto que ningún americano debería ser muerto, cualquiera que fuera su opinión, siempre y cuando no obstaculizara el proceso. Se trataba, pues, de una toma de posición violenta que respondía a una situación también violenta.

Si bien Bolívar esgrimía el terror como arma política para inmovilizar al enemigo, Monteverde, el comandante español, utilizaba los mismos métodos para impedir levantamientos civiles o militares. En su bando, Bolívar tomaba conciencia de una realidad y trataba de crear otra, en la que el motor era el de la creación de una América libre que se opusiera al régimen colonialista; él deseaba que los indígenas se sintieran orgullosos de su propia nacionalidad y que odiaran a los españoles. Una vez declarada su propia línea política, Bolívar avanzó hacia Caracas, a donde llegó el 13 de agosto de 1813, sin haber sostenido ninguna batalla de importancia.

El llanto nubla los ojos de Simón Bolívar. La ciudad de Caracas, su ciudad, le tributa su homenaje. Las figuras que vitorean su nombre se desdibujan, pierden su contorno individual. De pronto un rostro, un oscuro rostro querido se destaca entre la muchedumbre. Bolívar no oculta su sorpresa y se abraza a la vieja y fiel Hipólita, con la emoción de un niño perdido que finalmente encuentra a su madre. Por primera vez experimentó la gloria de un conquistador y el culto que sigue a la victoria y al éxito.


-

Introducción

AHORA le esperan otras tareas. Había prometido a Colombia crear una Federación. Los españoles se hallaban concentrados en Puerto Cabello, y la población campesina ofrecía un cuadro tumultuoso pero incierto. Las fuerzas revolucionarias que se hallaban en el Este bajo la dirección de Nariño, general venezolano, rehusaron apoyar a Bolívar e instituyeron en cambio un gobierno independiente. La victoria de Bolívar debe atribuirse en parte a defecciones y en parte a los errores de Monteverde, que si no le habían resultado fatales es porque tenía a sus órdenes un fuerte ejército y estaba apoyado por un notable favor popular.

Bolívar decide no atacar a los españoles de Puerto Cabello, porque el ejército que comandaba no era el suyo, y deseaba crear primero una única fuente de autoridad. Por lo tanto, se convirtió en promotor de un convenio para discutir la forma de gobierno y manifestó su convencimiento de que sería necesario proclamar un dictador hasta tanto el país fuera liberado completamente y se restableciera el orden. Además, expuso su plan de unión con Nueva Granada y su intención de liberar a toda la América latina. En la primera asamblea constituyente (1814), integrada por notables y eclesiásticos, expone sus planes. Explica que un soldado victorioso no adquiere derecho para mandar a su patria. Después, les invita a elegir los representantes y que éstos sepan que cuentan con «las armas que han salvado la república.»

Trató de ganar el favor de la Iglesia y de los otros grupos que disentían, y de conquistar a la masa de los indiferentes. Envía al exterior delegaciones con la esperanza de obtener ayuda o al menos solidaridad moral. Por otra parte, instituyó una economía de guerra que le permitirá la movilización de un número mayor de fuerzas y un mejor abastecimiento. Trata de concretar la unificación de varios territorios de la República. Instituye la Orden de los Libertadores y distribuye tierras para asegurarse la fidelidad de los soldados.

Puede realizar la mayoría de estos proyectos porque, a pesar de que no desea ocupar la presidencia, cuenta con el apoyo de sectores decisivos. En ese momento su popularidad es indiscutible. Muchos de los fines que se había propuesto se consiguen. Llegan ayuda y voluntarios de Europa y de los Estados Unidos. Reduce el presupuesto y combate eficazmente la corrupción. Sin embargo, todo esto tuvo poca resonancia por motivos que no dependieron de Bolívar y que él mismo no logra comprender.

No tenía adictos fuera de los límites de la ciudad. El resto del país sufre más de lo que había padecido bajo los españoles. Los patriotas de las provincias orientales rehusan toda colaboración atricherados en un localismo intransigente.

Una difícil situación

Bolívar llama a las armas a los ciudadanos de 12 a 60 años de edad. Pero este desesperado llamamiento sólo le permite agrupar a unos pocos miles de soldados, para los cuales no se tiene el armamento necesario. El comandante del puerto de La Guaira le escribe que tiene bajo su custodia a 870 enemigos y no cuenta con fuerzas para asegurar que no suceda lo de Puerto Cabello, cuando por una traición Bolívar perdió la plaza. Luego de intentar siete veces el canje de prisioneros, a lo que Monterverde se niega; el Libertador le ordenará al jefe de La Guaira lo que será la más difícil misión de su vida: «Me impongo de las críticas circunstancias en se encuentra esa plaza, con poca guarnición y un crecido número de presos. En su consecuencia, ordeno a vuestra señoría que inmediatamente se pasen por las armas todos los españoles presos en esas bóvedas y en el hospital, sin excepción alguna.»

Este fusilamiento masivo determinó que muchos acabaran por temerle y considerarle un tirano, mientras las diversas facciones se afirmaban en sus respectivas posiciones. Los monárquicos tenían cada vez más motivos para oponérsele. Mientras tanto, los franceses han sido expulsados de España, y ya es cuestión de tiempo que la metrópoli enviase refuerzos.

Bolívar instala su cuartel general en la ciudad de Valencia, a 160 kilómetros de Caracas. Su plan es atacar a Monteverde, que sigue siendo fuerte en Puerto Cabello, a sólo 50 kilómetros de Valencia. En esta ciudad convocará a sus jefes militares y decidirá sitiar la fortaleza realista.

La responsabilidad de llevar a término la operación recae en el general neogranadino Anastasio Girardot (1791–1814); pero Bolívar, que también está presente en el escenario de la lucha, siente que Puerto Cabello es una cuestión suya, que es el lugar de su primer fracaso, y representa la imagen de Miranda y el exilio.

Es un campeonato de crueldad y sangre. Son veinte días de horror. Los prisioneros criollos son fusilados ante los ojos de las tropas sitiadoras. Los prisioneros españoles son puestos de blanco entre los dos fuegos. La situación mejora para las tropas sitiadas al llegar una goleta española con refuerzos militares. Bolívar se ve obligado a replegarse hacia Venezuela donde organiza una nueva ofensiva. Las tropas realistas y criollas se enfrentan en Barbula y Trincheras. Monteverde es herido de gravedad y Girardot muere. Los españoles de Puerto Cabello han sido derrotados; en un solemne funeral se brindaron honores a Girardot. Se reúne el Ayuntamiento y se nombra a Bolívar «Capitán General de los ejércitos de Venezuela, vivo y efectivo y con el sobrenombre de Libertador. Es un don que le consagra la patria a un hijo tan benemérito».

La revuelta de los llaneros realistas señaló el principio del fin. Estos hombres, que venían de las grandes llanuras del interior, eran rudos y violentos. Combatían guiados no por una ideología, sino por el afán mercenario del botín de guerra. Su jefe era el general Boves (1783–1814), quien durante la República fue condenado por sus andanzas de cuatrero. Este hombre de notable resistencia física era ya en vida una leyenda, violador de doncellas, capaz de batirse con decenas de hombres y vencerlos. Al golpe de sus caballos atravesaba los llanos con sus huestes. De las roncas gargantas de sus hombres surgía el canto como una declaración de principios:

Sobre la yerba la palma,
 sobre la palma los cielos
 sobre mi caballo yo
y sobre yo mi sombrero.

La Legión del Diablo, como los llamaban, secundaba a un jefe y no a una idea: consideraba el saqueo como la recompensa justa. En su mayor parte se trata de hombres procedentes de sectores rurales marginados tanto por los españoles como por los patricios. En Uruguay, estos mismos sectores defienden la independencia, pero allí hay un líder, Gervasio José de Artigas (1764–1850), que los representa cabalmente y considera sus reivindicaciones, especialmente las que se refieren a la necesidad de una reforma agraria, que terminaría con el sistema de explotados y explotadores. No es este el caso de Venezuela, por lo cual resultaría incorrecto analizar el comportamiento social de estos hombres como una simple banda de facinerosos.

La Legión del Diablo comienza la más sanguinaria guerra civil que conocerá el país. Una guerra que Bolívar no podía ganar, ya que todas las desventajas las tenía de su lado: circundado completamente por la Legión, obligado a operar a menudo en un terreno desconocido, con sus bases en la lejana Caracas, no puede oponerse a estos fantásticos jinetes de la llanura. Además, Bolívar tiene la responsabilidad de gobernar, una tarea de por sí casi imposible, sin tener la seguridad de la ayuda militar de Nariño.

José Tomás Boves, asturiano, de la misma edad de Bolívar, tiene su cuartel general en una población a orillas del Guarico llamada Calabozo, a 200 kilómetros al sur de Caracas; Monteverde le había nombrado comandante e impartido la orden de sublevar los llanos, los extremos llanos verdes del Guarico que pronto habrán de teñirse de rojo.

Hemos visto que mientras Bolívar toma Caracas y forma su Gobierno, otra expedición acaudillada por Nariño avanzaba por el oriente logrando importantes triunfos y dominando las ciudades de Cumaná y Barcelona.

Entre ambos ejércitos compatriotas se extendían unos quinientos kilómetros de llanos por donde las guerrillas de Boves se desplazaban veloces. Venezuela, dividida en dos, se desangraba. Bolívar propone a Nariño la unión de ambos ejércitos y la unificación de Venezuela bajo un gobierno central. Por toda respuesta Nariño dirá: «Que haya dos Venezuelas y que cada uno de nosotros mande en cada una de ellas».

Se abre el juego

La ciudad de Caracas se halla amenazada por las tropas de Boves. Bolívar abandona Valencia, donde se encuentra instalado su cuartel general, y marcha a proteger su ciudad natal. El destino hará que sean sus campos, la enorme heredad de San Mateo, el escenario de una de las más decisivas batallas de la cual saldrá triunfador.

Los senderos que ayer transitó junto a su preceptor, hoy le ven correr, organizando sus fuerzas, preparando la estrategia. La noche cae sobre San Mateo; ahora, sobre la vieja mesa se hallan extendidos los mapas de la guerra. Boves aguarda tras el río y las sombras empiezan a diluirse. Nadie puede recoger el instante en que empieza la lucha; la memoria retoca, mejora, rescata un tiempo. Supondremos que el alba surgió sin transiciones. Existe un personaje, que es el que hace la historia. Dirige y le obedecen otros hombres como él, que jamás dirigirán ni serán obedecidos. Sólo figurarán en cifras y es bien sabido que las cifras no lloran, ni aman ni ríen.

En el río de la estancia de San Mateo, la crónica registra 1.300 muertos de ambos bandos.

Boves, herido en una pierna, se aleja a su campamento sumido en la derrota. Pronto llegará la hora de su revancha. En un sangriento tablero de ajedrez los dos hombres juegan la partida.

El 25 de marzo de 1814, tras más de veinte días durante los cuales se sucedieron unas escaramuzas sin importancia, el jefe llanero inicia un nuevo asalto que es desbaratado por Bolívar al precio de numerosas bajas que diezman sus tropas. En esta segunda batalla de San Mateo resaltan gestos de heroísmo suicida. El capitán neogranadino Antonio Ricaurte (1786–1814), se vuela junto con el polvorín amenazado por los llaneros de Boves, decidiendo de esta trágica manera la suerte de la batalla.

Santiago Nariño, convencido finalmente de la imposibilidad de triunfar por separado, decide unir sus tropas a las de Simón Bolívar. Boves se repliega levantando el sitio de Valencia y se dirige hacia los llanos, su refugio natural, el sitio que conoce y que le permitirá reorganizar sus fuerzas.

El encuentro de los dos jefes patriotas es receloso, los dos hombres se miden y estudian. En cambio, las tropas de los dos ejércitos se abrazan en un marco de gritos de alegría: es un abrazo de menesterosos, de sufridos y hambrientos hombres con ropas destrozadas que alrededor de los fogones evocan el amor de sus mujeres lejanas, cantando las canciones de la tierra, al son de una guitarra española.

Bolívar entrega el grueso de las tropas al general Nariño, y éste marcha al sur en busca de batalla. En Aroa se enfrenta con el General Cevallos, el avezado estratega español, quien destruirá gran parte de la caballería patriota poniendo en fuga a las fuerzas de Nariño.

Es el comienzo del fin: Bolívar se entrevista con Nariño y le ordena que aporte el resto de hombres que le quedan en Oriente como único recurso que permitiría salvar Valencia y Caracas. Nariño se niega y permanece en su cuartel de Valencia.

Con el ánimo destrozado, el Libertador desandará los caminos penetrando en su ciudad natal. Caracas le escucha:

La guerra se hace más cruel y están disipadas las esperanzas de pronta victoria. terribles días estamos atravesando; la sangre corre a torrentes; han desaparecido tres siglos de cultura, de ilustración y de industria; por todas partes aparecen ruinas de la naturaleza o de la guerra. parece que todos los males se han desencantado sobre nuestros desgraciados pueblos.

En un último recurso desesperado, decide atacar a los españoles desde Valencia. En la ciudad se halla Nariño con el resto de los hombres. La miseria reina por todas partes. Los civiles se ven obligados a empuñar las armas; muchos soldados desertan y son apresados; doscientos son capturados y formados en una larga fila en la calle de tierra. Son los que no han podido cumplir con el mandato de Simón Bolívar: «un último esfuerzo, venezolanos».

En medio del horror hay tiempo para rituales. Uno de cada cinco desertores será fusilado para ejemplo de los demás; algunos se arrojan al suelo y son levantados por sus compañeros; el azar determina quién debe morir y quién debe vivir.

En la calle de tierra de la ciudad de Valencia, cuarenta cuerpos permanecen sobre el polvo militarmente alineados. De los restantes 160, pocos lograrían salvarse de la muerte en esos días de mayo de 1814.

Boves avanza con sus tres mil hombres, Valencia tiembra: en las puertas de la ciudad comienzan los enfrentamientos. Cuatro horas son suficientes para decidir la batalla. Boves es dueño de la plaza. Simón Bolívar dirá años después: «La pérdida de aquella acción fue causa de la pérdida de la República de Venezuela».

Mientras Bolívar y Nariño huyen con las pocas tropas que les han quedado, el coronel Jalón, del ejército criollo, almuerza con Boves en una suntuosa residencia. El militar ignora que a los postres su cabeza rodará sobre el piso de rojas baldosas, como broche final de la jornada.

El éxodo

A su llegada a Caracas, recibe la noticia de que Cartagena ha decidido unirse a Venezuela y le ha nombrado hijo benemérito de aquel Estado. En la ciudad se impone la ley marcial, y el pánico hace presa de la población. Se convoca una asamblea popular. Durante las deliberaciones, los ánimos de los notables se caldean y abundan los reproches e insultos. En medio de la agitación surge la orden: «Todos los ciudadanos se presentarán antes de tres horas cumplidas después de esta publicación, con sus armas y todas las bestias y monturas que posean, en la Plaza Mayor, donde se les dará destino».

A doce kilómetros de Caracas, Boves amenaza la ciudad; muchos huyen, ya que sólo se cuenta con mil hombres para resistir. Bolívar elige el camino del éxodo.

De la derrota se saca el partido de la reacción, y de la capitulación no se saca otra cosa que entregar hasta los dispersos y perder hasta el derecho de defenderse.

Casi veinte mil personas se ponen en marcha. Son veinte mil desesperados buscando el Oriente, la ciudad de Barcelona donde aún resisten Nariño y Piar. La larga marcha de derrotados deberá afrontar los rigores de la naturaleza. Nadie vuelve la vista atrás. Caracas ha sido perdida.

Los fugitivos llegan a Barcelona. Bolívar se transforma en el subordinado de Nariño; la prueba es dolorosa para el hombre acostumbrado al mando absoluto, pero más dolorosa es esa espera, la incertidumbre de cuánto habrá de producirse el ataque final.

Ha llegado el día. Las tropas llaneras se enfrentan con las criollas. Nariño al frente de las mismas sufre una feroz derrota. La ciudad tiene que ser abandonada. Ahora la meta es Cumaná.

La pequeña ciudad, cuna de Sucre, recibe el aluvión de refugiados. ¡Qué distinta es en esta hora la imagen de la misma! ¡Cuánta diferencia con aquel paisaje que Humboldt pintaba en 1799! «Al pie de una colina sin verdor, la ciudad está dominada por un castillo. Ningún campanario, ninguna cúpula que pueda atraer de lejos la mirada del viajero, sino más bien algunos troncos de tamarindos, cocoteros y datileros que se elevan por sobre las casas, cuyos techos son de azoteas. Las llanuras circundantes, principalmente las del lado del mar, tienen un aspecto triste, polvoriento y árido, al paso que una vegetación fresca y vigorosa manifiesta desde lejos las sinuosidades del río que separa la ciudad de los arrabales. Cuando hacía una bella claridad de luna, colocábamos sillas casi en el agua, vestidos ligeramente hombre y mujeres, como en algunos balnearios del norte de Europa, y reunidos en el río la familia y los extranjeros gastábamos algunas horas fumando cigarros y conversando… Los delfines, que a veces remontaban el río, asustaban a los bañistas… Los niños pasan una parte de su vida en el agua…».

El general Nariño proclama la ley marcial, y se encomienda al general Rivas al mando de las tropas.

Una extraña aventura

En este momento surge un episodio aún no aclarado por los historiadores y que es motivo de hondas controversias. Nariño ordena embarcar en una nave capitaneada por un pirata italiano llamado Bianchi, veinticuatro cajones conteniendo plata y oro, requisado de las iglesias y cuyo fin era el de financiar los gastos de la revolución. Lo cierto es que el mencionado pirata se hizo a la mar con intenciones de apropiarse el tesoro. Los historiadores bolivaristas dan una versión muy poco creíble sobre la participación de Bolívar y Nariño en este lamentable suceso. Según dicha fuente, al descubrir Nariño y Bolívar el propósito de Bianchi, abordaron el buque que, no obstante, partió hacia la isla Margarita; en el transcurso del viaje, siguiendo siempre esta versión, ambos generales lograron dominar la situación y dirigir el barco a tierra.

Mientras tanto, en Cumaná, el general Rivas y el general Piar, ante la ausencia de sus jefes naturales, asumen enteramente la representación de los patriotas y convocan un Congreso que declara traidores a Bolívar y Nariño y por decreto los expulsa de la patria.

A su llegada a la isla Margarita, Bolívar y Nariño se ven imposibilitados de desembarcar y deben dirigirse al puerto continental más cercano. Allí son detenidos por sus propios subalternos. Bolívar se defiende con el siguiente argumento: «Logramos conducir a Margarita a este infame pirata para hacernos justicia, la fatalidad quiso que se hallase el general Piar en Margarita… El general Nariño y yo, jefes de la República, no pudimos desembarcar porque el facioso Piar se había apoderado de la fuerza y nos obligó a ponernos a merced de un pirata».

Los cronistas aseguran que el Libertador logró desarmar a sus custodios y a punta de pistola liberar a Nariño. Esta argumentación nos parece ingenua e interesada; la palabra soborno suele aplicarse a hechos similares.

Los dos altos militares se refugiaron en Cartagena. Bolívar dirá: «Vuestros hermanos y no los españoles han desgarrado vuestro seno».

Mientras tanto, los generales Rivas y Piar resisten durante cinco meses de sangrientas luchas al ataque de Boves y sus llaneros. Precisamente en uno de esos combates, el de Úrica, hallará la muerte el jefe asturiano Boves el día 5 de diciembre de 1814.

Su lugarteniente Morales apresará a Rivas y, luego de ajusticiarle, enviará su cabeza frita en aceite para que sea contemplada en la plaza de Caracas durante dos años.

La suerte de Piar, el otro protagonista de la brutal historia, será sellada años más tarde por el propio Bolívar.

En 1815, Venezuela, deshecha y desangrada por la guerra, estaba nuevamente en manos de los españoles. Bolívar juró que retornaría, pero pasarían muchos años antes de que pudiera hacerlo, y muchos más antes de que Venezuela fuese libre.


-

Introducción

CARTAGENA y Nueva Granada se hallaban entonces en un completo estado de confusión, y no habrían podido ofrecer ninguna ayuda hasta tanto lograran cierta estabilidad. Por tanto, Bolívar se dedicó primero a la obra de restablecer el orden en Nueva Granada. Durante cierto tiempo se puso al frente del ejército esperando poder controlar la situación, pero las miserables rivalidades y los celos le privaron de ayuda concreta por parte de la población. Su situación era muy insegura, y podía ser destituido en cualquier momento. Finalmente, se le acusó de impedir la unificación del país, y se vio obligado a apoyar a una y a otra facción con la esperanza de obtener más ayuda. De esta manera, él mismo se convirtió en causa de la formación de nuevas facciones, pues surgieron agrupaciones tanto para apoyarle como para atacarle. En respuesta a las críticas que se le hacían, diría ante los miembros del gobierno civil de Cartagena: «Para juzgar de las revoluciones y de sus actores, es menester observarlos muy de cerca y juzgarlos muy de lejos. ¿Podré yo dar oídos a la venganza y hacerme sordo a la voz de la razón? ¿Cómo he de desear yo marchitar los laureles que me concede la fortuna en el campo de batalla, por dejarme arrastrar, como una mujer, por pasiones verdaderamente femeninas? Esos señores quieren que mi ejército perezca: mi ejército lo desea pero es con gloria en el campo del honor, combatiendo contra los enemigos, si me dan auxilio, o contra los traidores si me lo niegan».

Una ola de desprestigio se cernía sobre Bolívar. Uno de los argumentos más en boga era el de acusarle de asesino de indefensos prisioneros. El se defiende contestando: «¿Qué debía yo hacer sin guarnición en La Guaira y con cerca de mil españoles en las bóvedas y castillos? ¿Esperaría yo la misma suerte infausta del castillo de Puerto Cabello que destruyó mi patria y me quitó el honor? He aquí mis decantadas crueldades, mi religión y todo lo más que me han hecho el favor de atribuirme los señores que no me conocen o me conocen mal». Pese a todo, se verá obligado a renunciar y embarcarse rumbo a Jamaica. El 8 de mayo de 1815 se despedirá de sus tropas.

Bolívar llegó a Kingston, capital de Jamaica en manos del gobierno inglés, completamente desprovisto de medios para su sostenimiento y sin ningún proyecto definitivo para el futuro, salvo su urgente deseo de retornar lo más pronto posible para recomenzar la lucha. Muy pronto halló amigos y simpatizantes durante el tiempo que permaneció en la isla. Al no tener ninguna batalla que dar, pero demasiado inquieto y fascinado por las circunstancias históricas para permanecer inactivo, Bolívar se dedicó a escribir numerosas cartas, artículos y discursos, con el fin de obtener ayuda para liberar a su patria.

En las cartas dirigidas a personalidades inglesas, trata de lograr el apoyo británico a la causa de la independencia latinoamericana. En una de ellas escribe: «La filosofía del siglo, la política inglesa, la ambición de Francia y la estupidez de España redujeron súbitamente a la América a una absoluta orfandad, y la constituyeron indirectamente en un estado de anarquía pasiva… ¡El equilibrio del universo y el interés de Gran Bretaña se encuentran perfectamente de acuerdo con la salvación de América! ¡Qué inmensa perspectiva ofrece mi patria a sus defensores y amigos! Ciencias, artes, industria, cultura, todo lo que en el día hace la gloria y excita la admiración de los hombres en el continente europeo volará a América. La Inglaterra, casi exclusivamente, verá refluir en su país las prosperidades del hemisferio… Pero no, no es sino la imagen fielmente representada de lo que he visto y de lo que es infalible, si la Gran Bretaña libertadora de la Europa, amiga de Asia, protectora del Africa, no es la salvadora de la América… Si fuese preciso marcharé hasta el polo, y si todos son insensibles a la voz de la humanidad, habré llenado mi deber aunque inútilmente y volveré a morir combatiendo en mi patria».

Nueva situación en Europa

El tono de esta correspondencia está dictado por la nueva situación europea. La caída del imperio napoleónico en abril de 1814 pone una vez más frente a frente a Inglaterra y a España. El enemigo común ha sido derrotado y era ésta la única razón que obligó a ambos estados a aliarse. Gran Bretaña puede mirar nuevamente hacia las colonias españolas en función de las enormes posibilidades que como mercado potencial representan. Simón Bolívar intentará explotar estas diferencias en pro de sus propios intereses: el de la independencia latinoamericana.

El más importante de los escritos de esa época de Bolívar es la llamada Carta de Jamaica, escrita en respuesta a un inglés. En la carta, Bolívar analiza la situación en que se encuentra América latina y el fracaso de las tentativas realizadas para obtener la libertad. Nueva Granada también ha caído en manos de los españoles.

Afirma que América hispánica ya no podrá jamás volver a ser española, porque el ansia de independencia se ha adueñado completamente del país; que aun la fortaleza más sólida de los realistas, el Perú, estará un día en condiciones de conquistar la libertad. En su análisis de la situación concreta por la que atraviesa América latina, dirá:

Nosotros somos un pequeño género humano; poseemos un mundo aparte, cercado por dilatados mares; nuevos en casi todas las artes y las ciencias aunque en cierto modo viejos en los usos de la sociedad civil. yo considero el estado actual de la américa, como, cuando desplomado el imperio romano, cada desmembración formó un sistema político conforme a sus intereses y situación o siguiendo la ambición particular de algunos jefes, familias o corporaciones por otra parte no somos indios ni europeos no obstante que es una especie de adivinación indicar cuál será el resultado de la línea de política que la américa siga, me atrevo a aventurar algunas conjeturas que, desde luego, caracterizo de arbitrarias, dictadas por un deseo racional y no por un raciocinio probable yo deseo más que otro alguno ver formar en américa la más grande nación del mundo, menor por su extensión y riqueza que por su libertad y gloria. aunque aspiro a la perfección del gobierno de mi patria, no puedo persuadirme que el nuevo mundo sea por el momento regido por una gran república; como es imposible, no me atrevo a desearlo, y menos deseo una monarquía universal de américa, porque este proyecto, sin ser útil, es también imposible. no convengo en el sistema federal entre los populares y los representativos, por ser demasiado perfecto y exigir vitudes y talentos políticos muy superiores a los nuestros; por igual razón rehuso la monarquía mixta de aristocracia y democracia, que tanta fortuna y esplendor ha procurado a la inglaterra. no siéndonos posible lograr entre las repúblicas y monarquías lo más perfecto y acabado, evitemos caer en anarquías demagógicas, o en tiranías monócratas. buscaremos un medio entre extremos opuestos, que nos conducirían a los mismos escollos, a la infelicidad y al deshonor.

Hasta aquel momento, solamente algunos estados sudamericanos habían vencido o consolidado su independencia. Argentina continuaba la lucha en el sur del Continente, y aún no estaba claro el resultado final de la contienda: dependía de los gauchos de Güemes. La carta preanunciaba el futuro credo político de Bolívar, para quien solamente un ejecutivo fuerte podía mantener unidos a todos estos nuevos Estados. Hacia 1815 se comienza a apreciar cómo sus concepciones políticas liberales iniciales se van modificando para dar lugar a la idea de un centralismo fuerte.

En la Carta Jamaicana habla del futuro de América latina considerando a los estados individuales separadamente y al continente como a un todo único. Sus previsiones resultarán justas en la mayoría de los casos, pero él se proyectaba demasiado hacia el futuro como para que sus contemporáneos pudieran apreciar sus palabras.

Desea una América unificada que crearía una nueva era en las relaciones internacionales, estableciendo un equilibrio entre las grandes potencias del mundo, con un mercado que modificaría la economía mundial. Para su época es una idea grandiosa. Basándose en el hecho de que todos estos pueblos poseían una cultura común, una lengua y una religión también comunes, esto facilitaría la formación de una confederación de naciones. Compara el istmo de Panamá al de Corinto en Grecia y sueña con ver en él instalado un congreso representativo de todos los pueblos americanos.


-

Introducción

J.J. Olmedo pide a Bolívar que emprenda la liberación de los territorios transandinos del Virreinato del Perú.
J.J. Olmedo pide a Bolívar que emprenda la liberación de los territorios transandinos del Virreinato del Perú.

EN los días que Bolívar da a conocer su famosa Carta Jamaicana, Cartagena se encontraba asediada por las tropas españolas y requirió su presencia para dirigir la resistencia. Se embarca inmediatamente, pero, antes de llegar a su destino, se entera de que la ciudad ha caído en poder del enemigo y decide exiliarse en Haití.

Es en esta isla donde Bolívar encontrará el apoyo que tanto había buscado. El presidente de Haití, Alexandre Pétion, será quien se lo brindará. Su protector en esta hora es un hijo de esclavos, un hombre del mismo color que su nodriza.

Situada en una zona de confluencia de imperios, en el Caribe, Haití es la primera colonia americana (después de las posesiones británicas del norte) que inicia la lucha por su liberación. En la última década del siglo XVIII, el pequeño país —dominado por los franceses— es sacudido por una revolución que presenta, en la superficie, características raciales, y que culmina con la instauración del primer Estado negro en América.

Sin embargo, la lucha tiene un innegable trasfondo económico-social: Haití era, a la sazón, la más fértil de todas las colonias azucareras del mundo y, por tanto, presa codiciada por las potencias europeas.

La sociedad haitiana estaba compuesta por amos blancos y negros esclavos, y una clase intermedia, los affranchis, mulatos y negros manumitidos, que poco a poco habían conseguido enriquecerse gracias a intrigas políticas y circunstanciales alianzas económicas. Cuando amenazados por las ideas igualitarias imperantes en la Francia de 1792, los ricos plantadores locales reclamaban la libertad a los esclavos negros para hacer frente a la invasión. El líder negro Toussaint Louverture debe combatir a los ingleses primero y al affranchi Rigaud después, en una guerra de carácter racial que finaliza con la derrota de este último y que pone al descubierto la voluntad de las masas negras de liberarse de toda dominación extranjera.

Haití, pionera de la independencia

En 1802, Napoleón intenta restablecer la trata y la esclavitud, provocando de ese modo la ruptura total entre la colonia y la metrópoli. Negros y mulatos unidos contra el opresor derrotan a las huestes del francés Rochambeau el 4 de diciembre de 1803 y fundan la primera nación independiente de la América no sajona.

La proeza es realizada por las empecinadas masas nativas. Un negro semianalfabeto, Jean-Jacques Dessalines, sería el continuador. La bandera nacional, azul y roja, exhibe una divisa que sintetiza el sentido de la lucha: Liberté ou Mort.

El naciente país debió sufrir duras contingencias que dividieron al territorio en dos Estados: el Estado del Norte y el Estado del Sur. En este último fue presidente desde los años 1806 a 1818 Alexandre Pétion. El protector de Bolívar presentaba al sector mulato ilustrado, culto, republicano y liberal.

Para Pétion el trabajo voluntario de los ciudadanos era el camino más adecuado para lograr una nación sólida en el aspecto económico y político. Bajo su gobierno, los campesinos no estaban sujetos a la tierra: el gobierno entregó parcelas a los agricultores con su correspondiente documentación. Esta medida que llevaba en forma incipiente el contenido de una reforma agraria es el primer indicio de la justicia social en toda la América Latina.

Los habitantes gozaban de un régimen de benignidad político y social que enaltecía su condición de seres libres.

En esta isla se habían refugiado en masa los representantes más notables del movimiento revolucionario, especialmente aquellos que habían huido de Nueva Granada y de Venezuela. Bolívar, seguro de contar con el apoyo del gobierno haitiano, convoca a un parlamento de los exiliados más influyentes y da a conocer sus planes para la liberación de las colonias septentrionales de la América del Sur. Declaró enseguida que, para obtener la libertad dedeseada, era necesario proclamar un dictador, pero afirmó que él no ambicionaba serlo. Esta parte de sus proyectos halló fuerte resistencia, y la decisión —una solución forzada que tenía en sí misma los elementos que llevarían al fracaso— se debio; al hecho de que un comerciante francés, de nombre Brion, se comprometió a suministrar la mayor parte de los aprovisionamientos, que consistieron en un bergantín, seis goletas y sus respectivos pertrechos. El plan estratégico que entonces preveía utilizar como base la isla Margarita, que era favorable a los criollos, y de allí tomar la costa oriental de Venezuela.

Libertad a los esclavos

En la isla Margarita, Bolívar tratará de pagar, en parte, su deuda con el presidente Pétion. El gobernador de la isla, Arismendi, se puso a sus órdenes y en la iglesia del pueblo se realizó una reunión a la que concurrieron los notables de la isla y las tropas revolucionarias. En este marco Bolívar, esgrimiendo un bastón con puño de oro, se proclamó a sí mismo jefe supremo y dirigió el siguiente llamamiento:

Venezolanos: he aquí el tercer período de la república. la inmortal isla de margarita, acaudillada por el intrépido general arismendi, ha proclamado de nuevo el gobierno independiente de venezuela. vuestros hermanos y vuestros amigos extranjeros no vienen a conquistaros: su designio es combatir por la libertad. como los pueblos independientes me han hecho el honor de encargarme de la autoridad suprema, yo os autorizo para que nombréis vuestros diputados en congreso, sin otra convocación que la presente, confiándoles las mismas facultades soberanas que en la primera época de la república. yo no he venido a daros leyes pero os ruego que oigáis mi voz: os recomiendo la unidad del gobierno y la libertad absoluta.

Además, en este acto declara la libertad de todos los esclavos y los reconoce como hijos beneméritos de la patria agradeciéndoles los servicios que por ella han hecho. Dirá: «La naturaleza, la justicia y la política piden la emancipación de los esclavos. De aquí en adelante, sólo habrá en Venezuela una clase de hombres: todos serán ciudadanos».

Un mal comienzo

El 31 de marzo de 1816 los exiliados en Haití ponen en marcha el tan acariciado plan. En total, son sólo 250 hombres, aunque la expedición estaba equipada para 6.000. Se esperaba que muchos criollos se incorporarían apenas desembarcaran, pero no ocurrió así ni se produjo ninguna insurrección popular en favor de ellos.

Cuando los españoles comenzaron a avanzar y Bolívar propuso un ataque por sorpresa, los marineros se negaron a obedecerle. Después de esto Bolívar eligió una meta imposible: Caracas. Siempre había sido un punto débil de su estrategia la elección de esta ciudad, en lugar de otros sitios más accesibles. La expedición se desintegró, y sólo unos pocos se quedaron con Bolívar.

Bolívar cometería uno de los mayores errores de su vida, como más tarde reconocería. El grueso de la tropa fue copado y el resto huyó hacia las naves, dejando en tierra los fondos y gran parte de las provisiones. No se sabe exactamente qué sucedió. Lo más probable es que ante la deserción de las escasas tropas y teniendo en cuenta el pago ofrecido por su cabeza, Bolívar resolviera abandonarlas a su suerte.

Bolívar debe refugiarse nuevamente en Haití y solicitar de Pétion su protección. Los fracasos de 1815 y 1816 habían servido de lección al Libertador. A comienzos de 1817, gracias a la generosa ayuda suministrada por los haitianos, desembarca por cuarta vez en su país, asumiendo el gobierno provisional. Posterga la conquista de Caracas hasta el fin de la campaña y decide en cambio concentrarse sobre el Orinoco, en Venezuela oriental, un gran curso fluvial importante desde el punto de vista estratégico. También trata de establecer una organización política eficiente, que le permita mantener unido y en actividad a su ejército, y que se muestre en condiciones de administrar los territorios que eran reconquistados a los españoles. Aun antes de que Bolívar llegase, los criollos que se hallaban dispersos comenzaron a movilizarse hacia el oriente para recibirlo. A lo largo del viaje lograron diversas victorias incluso contra los llaneros. Al encontrarse con estas milicias espontáneas, el Libertador hace grandes elogios de los hombres que las componen y trata por todos los medios de atraerlos a su ejército; entienden que sin un mando unificado la campaña se perderá.

Bolívar se propone concentrar los efectivos patriotas en general, incluyendo las fuerzas llaneras de Páez. En 1813 y en 1814 había aprendido la decisiva ventaja que significa apoderarse de las llanuras. Para lograr dicho objetivo, el apoyo de Páez le resulta imprescindible. José Antonio Páez (1790–1873) pudo atraer para la causa patriota a las huestes dispersas de Boves. Sentía los llanos como su medio natural; sus gentes ariscas eran sus iguales y ellos lo reconocían como tal. Seguramente, Bolívar no siente confianza hacia este hombre de carácter indomable y reacio a obedecer órdenes, que como una saeta atraviesa los llanos siguiendo su criterio. La elección de Páez se justifica en los siguientes conceptos vertidos por el Libertador:

«En los primeros tiempos de la independencia, se buscaban hombres, y el primer mérito era el de ser guapo, matar muchos españoles y hacerse temible: negros, zambos, mulatos, blancos, todo era bueno con tal que peleasen con valor; a nadie se le podía recompensar con dinero porque no lo había; sólo se podía dar grados para mantener el ardor, premiar las hazañas y estimular el valor: así es que individuos de todas las castas se hallan entre nuestros generales, jefes y oficiales, y la mayor parte de ellos no tiene otro mérito personal sino que es aquel valor brutal que ha sido tan útil a la República».

Conquista rápidamente el Orinoco inferior y se preocupa por establecer las líneas de abastecimiento. La situación parece favorecer los planes del Libertador, pero pronto surgen las primeras dificultades. Nariño, que se ha quedado en la retaguardia con la misión de controlar los territorios liberados, constituye su propio gobierno y se niega a colaborar con Bolívar. Sin embargo, ante las amenazas de represalias de éste, acatará su voluntad.

Simón Bolívar procede a ocupar los dos grandes puertos de Guyana y Angostura. Estas victorias obtenidas sobre los realistas le permiten controlar todo el Orinoco y la mayor parte de las regiones orientales. Pero esta vez deberá enfrentarse con una seria crisis: otro general, Piar, se subleva. Bolívar asume entonces una drástica decisión. El general es ejecutado. Manuel Carlos Piar (1782–1817) ha sido el primer hombre de color que lograra el grado de general en América. Se había distinguido en los frentes de batalla junto a Miranda, quien lo elevó al grado de coronel; luego actuó junto a Bolívar volviéndose contra él en los días decisivos del enojoso asunto del tesoro. Decidida la suerte de Piar, Bolívar dirá: «Fue un golpe maestro en política, que desconcertó y aterró a los rebeldes, puso a todos bajo mi obediencia, evitó la guerra civil y me permitió crear después la República de Colombia: nunca ha habido una muerte más útil, más política y por otra parte, más merecida». Deberíamos agregar que el Libertador cobró muy cara la humillación del año 1814 y además, gracias a este suceso logró quitarse de encima a Nariño. Este general, disgustado por la suerte corrida por Piar, solicita de Bolívar que le conceda un pasaporte que le permita alejarse hacia la isla Margarita. Bolívar accede, pero expresa: «El general Nariño merecía la muerte como Piar por su defección, pero su vida no presentaba los mismos peligros y por eso la política pudo ceder a los sentimientos de humanidad y aún de amistad por el antiguo compañero».

Corre el mes de septiembre de 1817. Para esta fecha el general San Martín ha cruzado los Andes hacia Chile y derrotado a los realistas en la importante batalla de Chacabuco.

Bolívar pasa a crear las condiciones objetivas que permitan alcanzar una definitiva victoria. Instala hospitales y construye centros para la reconstrucción. Protege a los nativos y a otros grupos minoritarios. Distribuye tierras. Tribunales y fuerzas policiales comienzan a funcionar con cierta regularidad. Considerando el desorden en el que se encuentra el país, no es posible convocar a un parlamento, por lo que decide instituir un consejo de Estado, una especie de cuerpo consultivo que opera bajo su control. Así se crea la III República. Mucho se había andado desde el día de la derrota de Puerto Cabello en 1812. Bolívar ya es un jefe militar experimentado y un hombre político capaz.

Pero simultáneamente coexiste esta situación con problemas de suma gravedad: se carece de la indispensable unidad. No sólo la desorganización administrativa es total en algunas regiones, sino que en otras continúa la resistencia realista.

1818: la consolidación

En 1818 Bolívar cree que ha llegado el momento de poner fin a la guerra de exterminio e inaugura una nueva política que se caracteriza por el espíritu de reconstrucción y benevolencia. A comienzos del año se concede al ejército un descanso; en diciembre ha sufrido una derrota en La Hogaza. En El Semen, las tropas criollas serán nuevamente derrotadas. Los realistas también sufren pérdidas importantes, pero esta acción militar deja malparadas a las fuerzas de Bolívar, quien comprende que, por el momento, no es posible pasar a la ofensiva y que es necesario preparar un nuevo plan estratégico.

Poco tiempo después salva la vida milagrosamente de un atentado perpetrado por los españoles. Agotado, caerá enfermo, posiblemente de tuberculosis, la enfermedad que había causado la muerte de sus padres. A pesar de su delicado estado de salud, se dedica a efectuar ataques relámpago y. retiradas inmediatas, para no sufrir pérdidas y tener al enemigo a la defensiva.

Bolívar prepara dos proyectos, uno de ellos concerniente a las tropas y el otro a sus colaboradores. Había llegado a la conclusión de que las tropas no estaban bien organizadas y que carecía de personal preparado con eficiencia. Entonces se resuelve a reclutar soldados extranjeros con experiencia para que sirvieran de ejemplo y de instructores. Los voluntarios extranjeros afluyen con facilidad, ya que las guerras europeas habían terminado. La presencia de estos avezados soldados, no sólo atraídos por la nobleza de la causa republicana, mejora la calidad del ejército.

El año 1818 fue dedicado, en su mayor parte, a la reorganización y adiestramiento del ejército, pero tampoco son descuidadas las actividades políticas y administrativas. Pero ante las acusaciones de dictador que le hacen sus adversarios, Bolívar se decide a convocar un parlamento. Esto daría un viso legal a la República y la tornaría más aceptable a las otras naciones.


-

Introducción

La batalla de Ayacucho fue el último acto de la lucha por la independencia.
La batalla de Ayacucho fue el último acto de la lucha por la independencia.

LOS 29 delegados procedentes de los territorios liberados se reúnen el 15 de febrero de 1819 en Angostura. En la sesión de apertura Bolívar pronuncia un famoso discurso: promete retirar las tropas apenas se restablezca la paz y pone en guardia a los parlamentarios contra el peligro de una dictadura. Repite que Venezuela tiene necesidad de un gobierno fuerte, como lo habían demostrado los años de anarquía y los fracasos que se habían originado en los mismos, y que el país no estaba preparado para un sistema federal. Los sistemas de gobierno siempre debían adecuarse a las necesidades y a las condiciones en que se encontraba cada país, y Venezuela necesitaba un gobierno centralizado. Además, dice, la democracia, en su significado más profundo, significa igualdad, y los venezolanos no estaban aún dispuestos a reconocer la igualdad completa de todos los hombres. Y subraya: «Yo abandono a vuestra soberana decisión la reforma o la revocación de todos mis estatutos y decretos; pero yo imploro la confirmación de la libertad absoluta de los esclavos, como imploraría mi vida y la vida de la República.»

Luego Bolívar explicó el sistema de gobierno en que había pensado: propuso una asamblea de representantes elegida libremente, sobre todo para satisfacer las solicitudes que recibía, pero con poderes reducidos y secundarios. Para contrabalancear los efectos de la presión popular, propuso la constitución de un senado hereditario. Además, se mostró partidario de un fuerte poder ejecutivo que no tuviera que responder ante el parlamento, un ejecutivo que constituyese la fuerza equilibradora de todo el Estado. El cuarto órgano de gobierno lo constituiría una especie de cuerpo de censores con la obligación de guiar moral y culturalmente al país y enseñar al pueblo a amar la virtud y despreciar el vicio.

Si bien algunas propuestas de Bolívar son utópicas, es evidente el gigantesco esfuerzo que hace el Libertador para reorganizar un mundo que durante cuatro siglos sólo ha conocido una pesada burocracia colonial regida desde España.

Finalmente, propone llegar a la unión de Nueva Granada con Venezuela, y posiblemente con el Ecuador, la abolición de la esclavitud y la concesión de un premio a los patriotas por las pérdidas sufridas durante la guerra.

Ante nuevas campañas de guerra

La grandilocuencia de los discursos contrasta con la precaridad del medio y la condición de los parlamentarios reclutados entre los jefes de su ejército. En realidad, esta asamblea permitió a Bolívar demostrar su autoridad.

Es nombrado presidente, y como vicepresidente, se digna al neogranadino Francisco Antonio Zea (1766–1822). De esta manera pudo dar validez jurídica a su autoridad y convirtió en subalternos al indomable Páez y al general Nariño, que había huido de su destierro en la isla Margarita y nuevamente guerreaba en el continente.

Bolívar consideraba todavía que Nueva Granada era el mejor punto de partida para la liberación de Venezuela y los países del sur. Santander, aquel oficial neogranadino que un día ya lejano le afrentó ante sus tropas, en este año 1818 prepara en las estribaciones de los Andes las fuerzas que han de atravesar el macizo llevando la lucha a Nueva Granada. También Páez participará con sus llaneros, y su apoyo quedará comprometido en una entrevista que mantendrá con Simón Bolívar en una choza junto al río Apuré.

Para llevar a cabo la empresa, el ejército patriota deberá atravesar los Andes, es decir, repetir la epopeya del general San Martín en Chile. Bajo la dirección de Bolívar, los soldados atraviesan grandes llanuras pantanosas plagadas de obstáculos y enfermedades. Los llaneros extrañan en los feroces Andes la suavidad de la llanura tropical. Aun los soldados prácticos en las zonas montañosas tiemblan ante la idea de atravesar la cordillera por los pasos más difíciles y durante la estación de las lluvias. Los caballos resbalan y caen en el lodazal viscoso, despeñándose por grietas y precipicios.

Luego de mil sacrificios, consiguen llegar a los acogedores valles del otro lado. Tras un breve descanso, derrotan a las tropas españolas que salen a detenerlos, liberando así Nueva Granada.

Bolívar bate a los españoles en dos breves encuentros, a pesar de que las tropas enemigas eran superiores en número y en pertrechos bélicos.

Páez no cumple con el mandato de llegar a Cúcuta, demorándose en enfrentamientos aislados; este hecho dificulta la acción de Bolívar, que se ve privado de una ayuda indispensable. El primer encuentro en el Pantano de Vargas no fue una victoria aplastante, ya que sus pérdidas fueron graves, pero en cambio fue una victoria psicológica que supo explotar inteligentemente. Tras este encuentro se producirá la batalla de Boyacá, que terminó con la derrota total de los españoles.

El mérito del triunfo correspondió tanto a Bolívar como a los generales Santander y Anzuategui. La brillante y sorprendente acción del primero logra desbaratar las filas del ejército español a las órdenes del general Barreiro, quien fue hecho prisionero junto a 1.600 de sus hombres.

No hay hora para la clemencia. Bolívar descubrirá entre los prisioneros a un viejo conocido, un rostro que le traía el recuerdo de su primer gran fracaso en Puerto Cabello: Francisco Fernández Vinoni, uno de los sublevados de aquel episodio, está ahora en sus manos. En la madrugada del 8 de agosto de 1819 —un día después del triunfo decisivo de Boyacá— un pelotón de fusilamiento pondrá fin a la vida del oficial español.

El 10 de agosto de 1819, Simón Bolívar entra en Bogotá. Comienza la persecución de las autoridades españolas; el virrey, Juan Samano (1754–1820), logra escapar hacia Panamá, pero el gobernador de Cauca, Domínguez, es fusilado.

La preocupación de Bolívar sigue siendo Venezuela, donde se hallan las tropas de Morillo, que constituyen la mayor amenaza. A esto se le sumarán las continuas desobediencias de Páez. Frente a este cuadro, el Libertador entrega el mando a Santander y marcha hacia Venezuela para entrevistarse con el jefe de los llaneros.

Santander se encarga de la custodia del general español Barreiro y los treinta y ocho hombres que componen su oficialidad. La suerte de los mismos ya está decidida. Asistidos por monjes franciscanos, serán fusilados ante el pueblo de Bogotá reunido en la Plaza Mayor.

A su regreso a Venezuela, Bolívar deberá enfrentarse al caos más absoluto. Arismendi había ocupado el cargo del doctor Zea, quien renunció al mismo con objeto de evitar nuevos conflictos. Por otra parte, Nariño se había proclamado «Jefe» de Oriente.

Para contrarrestar esta tendencia a la disgregación, Bolívar convoca un Congreso y reasume la presidencia dejando fuera de la combinación de mandos a Nariño y Arismendi.

En estas condiciones, el 17 de diciembre de 1819 es proclamada la República de Colombia, estructurada en tres departamentos: Venezuela, Cundinamarca y Quito. En realidad se trataba más de un proyecto que de otra cosa, ya que el territorio todavía no estaba liberado y el general español Pablo Morillo (1778–1837) hacía imposible con sus fuerzas la realización de los proyectos criollos.

Para dirigir la naciente República, Simón Bolívar fue designado presidente y Francisco Antonio Zea vicepresidente, y al frente de cada uno de los tres departamentos figuraría un vicepresidente: Juan Germán Roscio (1769–1821), en el de Venezuela; Francisco de Paula Santander, en el de Cundinamarca, y el de Quito permanecía, de momento, sin designación de autoridades.

El sueño de la gran República boliviana ya está en marcha. Nueva Granada es la primera que envía su adhesión y ratifica lo acordado.

La sublevación de riego favorece a Bolívar

Desde el punto de vista militar, la situación de Bolívar no podía ser más incierta. Pero su decisión se vio facilitada por los acontecimientos de España. Efectivamente, se había producido un levantamiento contra Fernando VII. Este suceso sería conocido con el nombre de la sublevación de Riego. Los liberales exigen la restauración de la Constitución de 1812, y el monarca absoluto termina aceptando la demanda. Como resultado de este suceso, la expedición preparada en Cádiz de veinticinco mil hombres, que deberían reforzar los ejércitos imperiales en América, no sale de España.

Las autoridades coloniales españolas reciben la orden de publicar la Constitución y de iniciar negociaciones con los colonos. Bolívar se muestra favorable, pero a condición de que se aceptara su plataforma de discusión; es decir, negociación entre dos Estados en calidad de soberanos. Para aceptar esta solución, España habría tenido que reconocer la independencia de Venezuela y Nueva Granada. La Corona se niega, pero una serie de victorias patriotas la obligan al reconocimiento de facto.

El gobierno español propone a Bolívar, en su calidad de presidente, un armisticio durante seis meses. El Libertador no tiene demasiadas esperanzas acerca de los resultados de la discusión, pero el armisticio le ofrece la oportunidad de que sus tropas puedan descansar y reorganizarse; por otra parte, constituye una derrota moral para España, pues como él mismo señalará, Colombia se situaba en un plano de igualdad ante el enemigo, es decir, trataba de potencia a potencia.

El jefe de las tropas españolas, el orgulloso general Morillo, debe ir al encuentro del venezolano. Luego de la entrevista, que se desarrolla en un marco de austeridad, Bolívar ofrecerá al español un banquete en el que pronunciará un célebre brindis:

A la heroica firmeza de los combatientes de uno y otro ejército: a su constancia, sufrimiento y valor. a los hombres dignos, que a través de males horrorosos, sostienen y defienden su libertad. a los que han muerto gloriosamente en defensa de su patria y de su gobierno. a los heridos de ambos ejércitos, que han manifestado su intrepidez, su dignidad y su carácter. odio eterno a los que deseen sangre y la derramen injustamente.

La entrevista Bolívar-Morillo ha provocado diversos juicios contradictorios. Algunos han considerado que el Libertador se dejó llevar más por la vanidad que por la eficacia. Otros la juzgan un rapto de orgullo y amor propio. Incluso la paz a cualquier precio y aceptando las condiciones que impusiera España. Sin embargo, los que juzgan con los resultados a la vista, la tildan la jugada maestra ya que, al parecer, lo que Bolívar se proponía era mostrar al mundo que la naciente Colombia podía imponer sus condiciones a la arrogante España.

Todo esto resulta muy discutible. Lo único cierto es que la situación interior de España favorecía a los caudillos independentistas. Para más, después de la entrevista el veterano general Morillo fue reemplazado por el general La Torre, que no podía igualar al anterior en prestigio y conocimiento del terreno que pisaba. Y otro dato a su favor: la situación en el Continente se había modificado con la presencia del general San Martín en el Perú y el levantamiento de Guayaquil.

Mientras los españoles confían

Insuflado por tantos acontecimientos favorables, Bolívar declaró en Bogotá: «Estoy resuelto a terminar la guerra en Venezuela este año». Y, para dar cima a su empresa, dividió el ejército en tres frentes: el del Norte lo confió al mando del general Páez; Rafael Urdaneta (1789–1845) mandaría el del Este, y José Francisco Bermúdez (1782–1831) el del Oeste.

Con la máquina militar bien engrasada, Bolívar prepara la jugada maestra. Mientras el general La Torre sestea confiado en el tratado de paz, Bolívar le comunica que ha decidido romper el armisticio y que en un plazo de cuarenta días reanudará las hostilidades. Y cuando todavía confía el general español en conseguir un arreglo pacífico, el general Bermúdez ataca por sorpresa Caracas y la ciudad, mal guarnecida y peor fortificada, cae en su poder sin ofrecer resistencia.

La noticia corre como reguero de pólvora por los campamentos bolivarianos enardeciendo a los que ya ven próxima la victoria. En el cuartel general de La Torre, las cosas se ven de manera diferente. Sin duda no han aprovechado la tregua. No obstante, el general español, ofuscado por este brillante éxito de Bermúdez, decide la reconquista inmediata de Caracas, lo cual consigue sin apenas esfuerzo, pero al precio de dejar a Bolívar el camino expedito para llevar a cabo su gran maniobra. Pues Bolívar acude inmediatamente a la cita con el grueso de su ejército.

El 24 de junio de 1920 se encuentran frente a frente los ejércitos de La Torre y Bolívar en la llanura de Carabobo. El general Páez, al frente de sus 1.500 llaneros, inicia el combate. Muy pronto se generaliza la batalla. Esta vez Bolívar cuenta con fuerzas superiores a las españolas, las cuales se baten con arrojo, pero nada pueden hacer frente a la embestida conjunta de las tropas mandadas por los generales Plaza y Manuel Sedeño (1789–1821). Ambos generales encontraron la muerte en la batalla, pero su valeroso comportamiento fue decisivo para el triunfo de las armas de los patriotas. A las once y media de la mañana Bolívar se alzaba con la victoria. La Torre y sus hombres habían sido derrotados.

El héroe de la jornada fue Páez, de quien Bolívar diría: «Un llanero tosco y falso y es preciso conocerlo bien para dirigirlo». En estas palabras del Libertador se advierte el conflicto latente. El jefe llanero era un vagabundo sin cultura, un hombre que a los siete años huyó de su hogar para deambular por los llanos en compañía de peligrosos sujetos. A esa misma edad, Bolívar recibía de sus preceptores una cultura enciclopédica, comía en mesas suntuosas y era poseedor de inmensas extensiones de tierra y centenares de esclavos. Sin embargo, el fragor de la guerra y los ideales de liberación habían hecho posible que el siervo y el señor se encontraran en igualdad de condiciones.

Carabobo es el principio del fin de los colonialistas españoles. Seguidamente las puertas de Valencia se abrieron a los patriotas y cuatro días después Simón Bolívar entraba en Caracas con todos los honores del triunfador.

Prácticamente el Imperio español de América hacía aguas por todas partes. El movimiento independentista se había generalizado y los patriotas se iban haciendo dueños de la situación. En el mismo Perú, la plaza del Callao estaba a punto de capitular ante el general San Martín.

Ante la Asamblea de las Provincias Libres

Pensando en la Gran Colombia soñada, y para evitar resquemores y celos provincianos, Bolívar había declarado: «No será Caracas la capital de una República, será sí la capital de un vasto departamento gobernado de un modo digno de su importancia».

El 6 de mayo de 1821, se reúne en Cúcuta la Asamblea de las Provincias Libres de Venezuela y Nueva Granada. Bolívar acoge con beneplácito la unión, pero teme las intrigas y las críticas a su poder. En principio no acepta la presidencia. En el discurso a la Asamblea trata de influenciarla con las ideas que él considera más oportunas en este momento:

...Estoy resuelto a dar el ejemplo de un gran republicanismo, para que este mismo acto sirva a otros de precepto. no conviene que el gobierno esté en las manos del hombre más peligroso; no conviene que la opinión y la fuerza estén en las mismas manos, y que toda la fuerza esté concentrada en el gobierno; no conviene que el jefe de las armas sea el que administre la justicia; porque entonces el choque universal será contra este individuo: y derrocado él, será derrocado todo el gobierno. es menos peligroso que haya dos potestades que una sola: y siempre se me debe suponer una potestad en este país, teniendo un mando militar que, probablemente, debo conservar. todo el mundo sabe que yo tengo enemigos; muchos piensan que aspiro al poder absoluto: ¿no será un gran golpe para la republica que las enemistades y los celos, conspirando contra mí, derriben el gobierno mandando el ejército, colombia me tendrá siempre en la reserva y el gobierno en la vanguardia. sufro una derrota, el gobierno reparará las pérdidas. suponiendo lo contrario, la cabeza del ejército es la cabeza del gobierno. sufriendo todos los tiros, deberá al fin caer y arrastrar con su caída la suerte de la sociedad. estas consideraciones son fuertes, profundas y exactas...

Sin embargo, como en otras oportunidades, el Libertador termina por aceptar el cargo ofrecido y se designa como vicepresidente a Santander. Si bien duda de la solidez de una República tan absolutamente centrada en su persona, aún tenía la sensación de ser el único hombre que podía llevarla al éxito.

La Constitución fue uno de los motivos principales que le impulsan a aceptar. Es bastante buena, a su parecer, pero sabe que solamente resultaría eficaz en condiciones de unidad y cooperación efectivas.

Al otro lado de los Andes

De todas las maneras, piensa que una constitución imperfecta es mejor que nada y está seguro de que bajo su dirección Colombia podrá superar su fragilidad política. En consecuencia, decide ignorar las contradicciones que debe afrontar. Dejando a sus subordinados la realización de la Gran Colombia, parte hacia la liberación del Ecuador y entrevé un proyecto aún más ambicioso: la unificación de todo el continente. En cuanto al Ecuador, intentará incluir este país en la nueva República como posibilidad de extender este primer núcleo de repúblicas a una confederación continental. Dirá en carta dirigida a Santander: «Fórmeme usted un ejército que pueda triunfar al pie del Chimborazo y del Cuzco y que enseñe el camino a los vencedores en Maipú y libertadores del Perú. ¡Quién sabe si la Providencia me lleva a dar la calma a las aguas agitadas del Plata y vivificar las que tristes huyen de las riberas del Amazonas!».

Ya resuelto el problema del Ecuador, Bolívar envía a Sucre al puerto de Guayaquil, que se había declarado independiente. Sucre debía proseguir hasta Quito, pero Guayaquil se convierte en un serio problema. Entonces Bolívar decide dirigirse personalmente a Quito para alcanzar luego el puerto.


-

Introducción

EL problema más grave que se opone a la consecución de los planes del Libertador, lo constituye Guayaquil. Esta ciudad se había levantado contra las autoridades españolas, derrocando al gobernador Vivero y formando una Junta gubernativa a cuyo frente se puso el poeta José Joaquín Olmedo (1780–1847).

América, una y múltiple

La naciente Junta buscó ayuda en el gobierno de Perú presidido por San Martín; éste envía efectivos militares, pero se abstiene en la cuestión referida al tipo de gobierno que ha de darse y al manejo de su política interior. El general argentino dice: «Yo sólo deseo la independencia de América del gobierno español y que cada pueblo, si es posible, se dé la forma de gobierno que crea más conveniente.»

En cambio, Bolívar sostenía que, siendo Guayaquil integrante del Virreinato de Nueva Granada, debería pasar a formar parte del territorio de la Gran Colombia. Con ese fin envía a Sucre a la ciudad con la misión de entrevistarse con el presidente Olmedo y lograr la anexión de Guayaquil. Si bien el cometido no pudo ser cumplido, se logra que la Junta Superior coloque la provincia bajo los auspicios y protección de Colombia reconociendo «todos los poderes a S. E. el Libertador Presidente para proveer a su defensa común y sostén de su independencia, y comprenderla en todas las negociaciones y tratados de alianza, paz y comercio que celebrase con las naciones amigas, enemigas y neutrales.»

El resultado de la gestión no satisface a Bolívar, que estaba convencido de la necesidad de incorporar la ciudad a Colombia y que para lograrlo se debería acudir, si era menester, al uso de la fuerza. Pero la utilización de este medio estaba supeditado al triunfo final de las armas en Ecuador.

El éxito de Ecuador se debió a la acción del joven mariscal Sucre, quien logró asegurar la victoria en el territorio. Bolívar decide tomar personalmente Quito y deja en su ausencia el gobierno de Colombia en manos de Santander.

La guerra en el Ecuador llegaba a su fin. El 21 de abril de 1822 el ejército de Sucre obtiene la victoria en Riobamba. El general argentino Juan Lavalle y el cuerpo de granaderos a caballo, enviado por San Martín desde Lima, tienen una heroica y decisiva intervención. El propio Sucre comenta que cargaron y dispersaron a la caballería española «con una intrepidez de la que habrá raros ejemplos».

La acción definitiva se produjo un mes después de Riobamba, en la zona montañosa de Pichincha. Con esta victoria quedaba asegurado el control de Ecuador por parte de Colombia.

La decisión de San Martín era que el ejército enviado a Sucre quedara junto a éste para servir en lo que fuera necesario. El lugarteniente de Bolívar, considerando que la libertad está asegurada, rehusa el ofrecimiento y escribe al protector del Perú: «Los estandartes que la fortuna ligaron para siempre sobre el Pichincha, es justo se hallen alguna vez siempre unidos y triunfantes en la tierra de los Incas. Dichoso yo, si puedo ser testigo de ese lazo y de todos los lazos que hagan uno solo los intereses del Perú y Colombia, y que nos forme, si puede decirse, una sola patria».

Cambio de rumbo

Bolívar se dirige desde Quito a Guayaquil y entra triunfalmente en la ciudad el 11 de julio de 1822. Su desfile constituye un acontecimiento popular. Los bandos se dividen, y comienza la pugna entre los partidarios de la incorporación a Colombia y los autonomistas. En el aire se respira la tensa atmósfera que precede al golpe de Estado; finalmente, en el mediodía del día 13 es arriada la bandera de Guayaquil y enarbolada la colombiana.

Bolívar, dirigiéndose al pueblo, comunica que se ha hecho cargo del poder político y militar de la provincia como único medio de poner fin a la ineptitud de la Junta.

Desde aquí escribirá a San Martín, solicitando la entrevista que ya hemos analizado en extenso al comienzo del libro. El día 25 de julio de 1822, la goleta Macedonia, llevando a bordo al general San Martín, es avistada por el vigía de la isla de Puna.

Bolívar quedó solo para construir su propio destino, pero cada vez se evidenciaba más su cambio de meta: comenzó a postergar las verdaderas decisiones; regresó a Quito para celebrar la victoria y gozar de momentos de exaltación rodeado por la veneración del pueblo. Rehusó marchar en ayuda del Perú hasta tanto se lo pidieran en forma explícita y se le reconociera como el único libertador posible. Tampoco escuchó las peticiones de Santander en Bogotá; se justificaba afirmando pertenecer a toda la América española, y que su deber lo llevaba lejos de Colombia. La misma justificación dio a Caracas. En realidad, era reacio a participar en los problemas administrativos y en el juego de las rivalidades políticas que no podía resolver. Además, tenía otro motivo para permanecer en Quito: había conocido a Manuela Sáenz, la única mujer a la que parece haber amado realmente.

Manuela

«El guerrero ama el peligro y el juego —dice Nietzsche— y por eso ama a la mujer que es el juego más peligroso». Simón Bolívar, guerrero y jugador, amó a las mujeres, pero ninguna parece haber gravitado tanto en su vida como Manuela Sáenz. En verdad, las mujeres anteriores a ella parecen haber sido simplemente el espejo en el cual se reflejaba su propia vanidad en la admiración que ellas le tributaban como un ser viril, encantador, tierno o cruel, según correspondiera.

Su esposa, a cuyo recuerdo se aferró durante largos años, no se nos presenta ante el análisis como un personaje determinante en su vida. Es más bien el ideal de la mujer niña, a la que debe proteger como a una hija y a la cual se debe llorar como un padre. María Teresa se transforma en el objeto que ha de permitir incorporar a Bolívar la figura paterna. Esta interpretación, arbitraria tal vez, nos parece correcta a la luz de los elementos que la historia nos ofrece.

¡Qué lejos de esta figura habrá de situarse Manuela! A los veinte años la hermosa ecuatoriana decide abandonar a su esposo, un subdito británico con quien está casada desde los diecisiete años, y seguir a Bolívar en su lucha por la independencia de América. Sin embargo, son los prejuicios del Libertador, sus sentimientos de culpa y su respeto por la moral tradicional los que retrasan esta unión: «Cuando tú eras mía yo te amaba más por tu genio encantador que por tus atractivos deliciosos. Pero ahora ya me parece que una eternidad nos separa porque mi propia determinación me ha puesto en el tormento de arrancarme de tu amor y tu corazón. En lo futuro tu estarás sola aunque al lado de tu marido. Yo estaré solo en medio del mundo. Sólo la gloria de habernos vencido será nuestro consuelo. ¡El deber nos dice que ya no somos más culpables! No, no lo seremos más».

Esta mujer capaz de intervenir activamente en la represión de un motín de sublevados en Quito, de montar a caballo y batirse a la par del mejor guerrero, atraía y asustaba al Libertador. Veía con admiración y temor a este personaje que escapaba a los moldes clásicos de su época.

Finalmente, la llama desde Lima, donde recibirá la repulsa de las mujeres de los funcionarios. Además, se suceden las aventuras de Bolívar y las presiones del abandonado marido. Ella contestará reafirmando su autonomía como persona y su ruptura definitiva con los convencionalismos, uniendo su vida a la de Bolívar por encima de éstos.

Hacia la ciudad de los virreyes

Bolívar no podía continuar postergando su marcha a Lima. Sin embargo, temía que los monárquicos peruanos pudieran promover revueltas y tomar nuevamente el poder. Su situación la compara con lo que está sucediendo en México, diciendo: «Eso mismo me debilita el deseo de ir al Perú, no sea que vaya a sufrir una caída como la de mis compañeros, y si algo me retiene después de recibir el permiso del Congreso, es la aprensión de seguir el ejemplo que nos dio San Martín con todos los héroes argentinos, chilenos y mejicanos».

No obstante, sabe que es el único capaz de conseguir la definitiva liberación del territorio, y eso que el gobierno de Colombia se muestra contrario y le acusa de abrigar aspiraciones personales desmedidas. Poseído de su papel de intérprete del destino de América, Bolívar, en vez de regresar a Colombia y consolidar su poder, arriesga el todo por el todo y marcha a Perú.

En septiembre de 1823 entra en Lima. Encuentra el virreinato en un estado de increíble anarquía, con dos presidentes, un parlamento dividido, amplias facciones realistas, un ejército español al mando del virrey La Serna acampado en las montañas y un ejército nacional presa de la incertidumbre: «Este país —escribe— requiere una reforma radical, o más bien una regeneración absoluta. El Congreso tiene la voluntad de hacerlo y, sin embargo, yo no creo que se hará. Yo, por mi parte, no me atrevo más que a proponerla, como se proponen proyectos teóricos, para que nadie o pocos a lo menos se quejen de mí. Este es un caos para un hombre caído del cielo como yo… He llegado a arrepentirme de haber venido, porque temo que mi poca reputación padezca por los infaustos sucesos de nuestras armas en alguna parte».

Pronto los acontecimientos superan sus fuerzas, y cae enfermo. Manuela Sáenz permanece a su lado. Desde Colombia llegaban noticias de pugnas políticas que amenazaban destruir el orden constituido. Bolívar se siente en el límite de sus posibilidades y escribe a un amigo: «Usted no me conocería porque estoy muy acabado y muy viejo… Además, me suelen dar, de cuando en cuando, unos ataques de demencia, aun cuando estoy bueno, que pierdo enteramente la razón, sin sufrir el más pequeño ataque de enfermedad y de dolor… Me voy para Bogotá a tomar mi pasaporte… o sigo el ejemplo de San Martín».

La batalla de Junín

Pero en 1824 decide jugarse el todo por el todo, y amparado en el poder dictatorial que le ha otorgado el Congreso de Perú, inicia su última y más grande campaña. A Santander le escribe lleno de incertidumbre: «… Este es el último sacrificio que voy a hacer por Colombia, que no puede ser mayor, pues que voy a exponer a una pérdida cierta mi reputación ganada en trece años, ¡qué se pueden contar por siglos…! Que no duerman, que no coman, que no descansen, hasta ver a las tropas salir. De otro modo: ¡Adiós Colombia! ¡Adiós libertad!»

Exige para llevar a cabo sus planes la ayuda de Colombia. Santander se había comprometido en el envío de un ejército de 14.000 hombres y dos millones de pesos, pero retrasa el cumplimiento del compromiso, pues considera que, en caso de cumplirlo, Colombia se vería malparada ante la posibilidad de un ataque europeo. Efectúa entonces una contrapropuesta, ofreciendo solamente 4.000 hombres. Bolívar acepta indignado y escribe: «Yo aseguro a usted que semejante demencia no creo que se le pueda ocurrir a nadie, porque dejar abierta una puerta tan grande como la del sur, cuando podemos cerrarla antes que lleguen los enemigos por el norte, me parece una falta imperdonable. Deberíamos emplear nuestras fuerzas en destruir el Perú, para ir después al norte que yo sabría llevar, de grado o de fuerza, pues la fuerza aumenta la fuerza y la debilidad aumenta la debilidad».

La grieta entre Santander y Bolívar se profundizaba.

El 25 de agosto de 1824, contra todos los pronósticos, Bolívar vence al general José Canterac (1787–1835) en el valle de Junín. Los españoles se retiran hacia el Cuzco donde se halla el virrey De la Serna.

La batalla final: Ayacucho

Los destinos de la América del sur fueron sellados en la victoria de Ayacucho. Este triunfo, que asegurará la libertad final del continente, se debió al genio del joven militar Sucre, que derrotó a las tropas del rey y acabó así con la dominación española en América.

Hay dos grandes ausentes en este período: Bolívar y San Martín. Como si el libertador hubiera presagiado el acontecimiento, escribe a Sucre poco antes de Junín: «Estoy pronto a dar una batalla a los españoles para terminar la guerra en América, pero no más. Me hallo cansado, estoy viejo y ya no tengo que esperar nada de la suerte, por el contrario, estoy como un rico, muy avaro, que tengo mucho miedo de que me roben mi dinero: todo son temores e inquietudes; me parece que de un momento a otro pierdo mi reputación, que es la recompensa y la fortuna que he sacado de tan inmenso sacrificio. A usted le ocurrirá otro tanto; sin embargo, puedo observarle que usted es todavía muy joven y tienen mucho a que aspirar».

En una especie de garganta, circundada por profundos barrancos se enfrentan los 9.300 soldados españoles y los 5.780 soldados criollos; una hábil estrategia permitió al joven militar balancear la desigualdad numérica e inclinar la batalla a su favor.

La lucha fue resuelta en sólo noventa minutos. Entre los guerreros figuraba una mujer, una única mujer: Manuela Sáenz, la compañera de Simón Bolívar.

Las fuerzas españolas sufrieron las siguientes bajas: 1.800 muertos y 700 heridos. Las tropas patriotas: 310 muertos y 609 heridos.

El virrey La Serna y el general Canterac fueron hechos prisioneros junto a toda la oficialidad. El comportamiento de Sucre para con ellos nos muestra a un hombre que, consciente del triunfo final, ve la inutilidad del desquite. Es un hombre joven, que no ha sido corrompido por el horror de la guerra y mantiene viva su generosidad. Es así que decretará: «Todo individuo del ejército español podrá libremente regresar a su país, podrá ser admitido en el Perú si lo quisiere; no será incomodado por sus opiniones anteriores si su conducta fuera conforme a las leyes. El Perú respetará las propiedades de los individuos españoles. Todos los jefes y oficiales prisioneros en batalla quedarán en libertad y los heridos serán auxiliados por cuenta del erario del Perú».

Sucre, que veía en Bolívar a un padre amado, le comunica inmediatamente la noticia del triunfo y se despide de la siguiente manera: «Adiós, mi general, esta carta está muy mal escrita, y embarulladas todas las ideas; pero en sí vale algo: contiene la noticia de una gran victoria y la libertad del Perú. Por premio para mí pido que usted me conserve su amistad».

El Libertador le distinguirá con el grado de mariscal y además redactará una breve biografía en su honor. Son once páginas llenas de afecto y agradecimiento. Valgan como ejemplo los siguientes párrafos: «La batalla de Ayacucho es la cumbre de la gloria americana y la obra del general Sucre. La disposición de ella ha sido perfecta y su ejecución divina. Maniobras hábiles y prontas desbarataron en una hora a los vencedores de catorce años y a un enemigo perfectamente constituido y hábilmente mandado. Las generaciones venideras esperan la victoria de Ayacucho para bendecirla y contemplarla sentadas en el trono de la libertad, dictando los americanos el ejercicio de sus derechos y el sagrado imperio de la naturaleza».

En una carta posterior a la referida, Sucre notifica a Bolívar que es su deseo repartir entre las tropas los cien mil pesos correspondientes a sus sueldos. Además, solicita que le conceda el permiso de retirarse de la lucha. Bolívar contestaría diciendo: «No se parezca usted a San Martín y a Itúrbide, que han desechado la gloria que los buscaba».

Bolivia: un país con nombre propio

Bolívar le rindió inmediatamente los honores correspondientes a un vencedor, y luego dirigió su atención a la imposible empresa de organizar un gobierno; renunció a la dictadura, pero el Congreso nacional peruano rechazó la dimisión. Aceptó entonces el poder nuevamente por un año con la intención de imponer seguridad y estabilidad política a la América latina. Se invitó a Sucre a desalojar a las tropas españolas que permanecían en el Alto Perú, y hacia abril de 1825 éste ya había dominado a los realistas. Luego, conforme a las ideas que había discutido con Bolívar en otros momentos, hizo del territorio liberado un país independiente. Esto suscitó una reacción en Bolívar que le llevó a culpar a Sucre de abuso de poder y afirmar que le correspondía a Perú y Argentina decidir el destino del Alto Perú. Ello estaba en desacuerdo con sus convicciones y su misma acción futura, que favorecía la independencia del Alto Perú. Finalmente, esta región recibió el nombre de Bolivia, en honor del Libertador, convirtiéndose en un Estado autónomo.

La constitución de Bolívar preveía un gobierno similar al delineado en el discurso de Angostura, con una cámara baja electiva; el procedimiento electoral era muy complejo, y en el mismo apenas si se tenía en cuenta al pueblo común. Además, preveía un senado, que nombraría a sus propios sucesores; reapareció la cámara de los censores como cuerpo hereditario. La diferencia mayor radicaba en el ejecutivo; éste tenía un carácter vitalicio y derecho a nombrar sucesor. La vicepresidencia también sería hereditaria. En cuanto a los derechos del hombre, no iba más allá de los vagos principios. Por otra parte, el sector administrativo y judicial seguía en la línea de las tradiciones.

En general, se trataba de un gobierno confiado a una élite intelectual y moral, dentro de una estructura estatal conservadora. Alarmado Bolívar por el caos generalizado, fruto del derrumbamiento del mundo colonial, trata desesperadamente de poner orden.

Bolívar está seguro de haber alumbrado el documento constitucional que la historia exige en esa hora. Capaz de solucionar todos los males que afectan al continente, esperaba que el mismo pudiera ser adoptado por los diversos Estados vecinos, de manera que se hiciera más factible la realización de su gran proyecto: la Confederación de Estados Americanos.

Tanto en Bolivia como en el Perú, Bolívar es acompañado por Manuela Sáenz. Son épocas difíciles para los dos amantes. Ambos son de fuerte temperamento y tienen frecuentes peleas que les distancian. La residencia que habitan en el Perú comienza a ser denominada burlonamente «La Babilonia». Se registran en ella fiestas de tal tono, que las señoras de Lima se persignan indignadas.

Se han rescatado sabrosas anécdotas de aquella época. La siguiente es una de las más conocidas y fue narrada por uno de los militares allegados a la pareja. En cierta ocasión, aprovechando la ausencia de Manuela, el Libertador recibe la visita de una de sus tantas amigas; desgraciadamente, la niña olvida uno de sus aretes en el lecho. Manuela encuentra la alhaja y enfurecida ataca a Bolívar. Según el informante, tuvieron que pasar varios días antes que el Libertador pudiera aparecer en público. Su rostro mostraba claramente las huellas de las afiladas uñas de Manuela.


-

Introducción

LA sincera pasión que demostrara en el proyecto del Congreso panamericano lo alejó de los problemas concretos que le aguardaban en Colombia, Ecuador, Perú y en la misma Bolivia. Y el Congreso, al que había invitado a los representantes de todas las repúblicas libres de América latina, Estados Unidos y Gran Bretaña, fue un fracaso que el Libertador no pudo ignorar. Sólo concurrieron representantes de seis países.

Bolívar también impuso su constitución al Perú. Su acción autoritaria le alejó cada vez más del favor popular. Le acusaban de querer constituir un imperio.

Luego del fracaso del Congreso de Panamá, se dedica a un proyecto menos ambicioso: una Confederación de los Andes. Pero esta iniciativa también fracasa. En cada región se han formado grupos de poder que no desean delegar ningún derecho.

La doctrina Monroe y el Congreso de Panamá

Tres días antes que Sucre diera fin a las guerras de la independencia con la batalla de Ayacucho, el 7 de diciembre de 1824, Simón Bolívar invita a los gobiernos americanos al Congreso de Panamá, proponiendo como puntos básicos el establecimiento de una política común, la formación de un ejército americano para la defensa continental y la creación de una confederación de naciones.

Al Congreso fueron invitados los Estados Unidos, a través de Santander, e Inglaterra. El gobierno norteamericano, en la figura de su secretario de Estado, tuvo que veneer la oposición de gran parte del Senado a su propósito de enviar diputados a Panamá. Diversos sectores se muestran reticentes y se manifiestan en contra de comprometer al país en un empeño común. Además, temen que el Congreso se pronuncie por la independencia de Cuba y Puerto Rico, ya que, siendo colonias de España, los norteamericanos pueden comprarlas o tomarlas mediante una invasión armada.

Tras arduos debates se decidió la asistencia, pero los dos enviados nombrados nunca llegaron a destino. Uno muere en Cartagena, afectado por una enfermedad tropical, y el otro llega tarde.

El que más provecho saca del Congreso es el representante inglés, Dawkinson, que en pugna con Estados Unidos insinuó la colaboración británica para el posible intento de conseguir la independencia de Cuba y Puerto Rico. Londres se ganó la simpatía de los latinoamericanos para contrarrestar las aspiraciones de los Estados Unidos de dirigir la región.

A partir de la Carta de Jamaica, el interés de Bolívar se encamina hacia la unidad de la América española, y en el memorándum de Lima, de febrero de 1826, dirá: «El Congreso de Panamá reunirá a todos los representantes de la América y un agente diplomático del gobierno de S. M. B…» (Su Majestad Británica). La intención de Bolívar es excluir a los Estados Unidos y apoyarse en una potencia que no está en condiciones de tomar por las armas regiones americanas. Contra esta opinión, Santander cursa las invitaciones respectivas y justificará este proceder diciendo: «Con respecto a los EE. UU., he creído conveniente invitarlos a la augusta asamblea de Panamá pues yo estoy convencido que entre los aliados, esos sinceros e ilustres amigos no dejarán de ver con satisfacción tomar parte en nuestras deliberaciones sobre asuntos referentes a nuestro común interés».

Las diferencias de criterio entre Bolívar y Santander en cuanto a la doctrina Monroe quedan al descubierto en las instrucciones de Bogotá y Lima. Las dos tendencias reflejadas en dichos documentos evidencian las discrepancias profundas que dividen a ambos hombres.

La Cancillería de Bogotá, en su programa de acción, señala: renovación del pacto de unión, liga y confederación; determinación del contingente de fuerzas terrestres y marítimas de la confederación; declaración de la asamblea del futuro; tratados de comercio y navegación entre los aliados; acuerdo sobre los derechos y funciones de los cónsules; abolición del tráfico de esclavos y condenación de la trata como crimen de piratería internacional, y «la adopción de medidas que hagan eficaz la declaración del presidente Monroe de los Estados Unidos».

La Cancillería de lima, recoge el pensamiento de Bolívar, profundizándolo en los siguientes puntos: un plan combinado de hostilidades contra España; obtención de España del reconocimiento de independencia de sus ex colonias y la suscripción de un tratado de paz; confiscación de los bienes españoles que transporten los buques cualquiera que sea su bandera; pronunciamiento sobre el reconocimiento de los gobiernos de Santo Domingo y Haití, separados de sus antiguas metrópolis, pero aún no reconocidos por ninguna potencia americana ni europea.

Bolívar reclama del Congreso una «enérgica y efectiva declaración contra toda tentativa de colonización europea en América y contra toda intervención en nuestros asuntos domésticos, igual a la del presidente de Estados Unidos en su mensaje al Congreso de 1823». Santander demanda, en cambio, «medidas que hagan eficaz la declaración del presidente Monroe» y pretende que la unidad latinoamericana sirva a los fines del enunciado de la Casa Blanca.

La situación en Colombia alcanzó un punto crítico, y Bolívar debió atender los requerimientos del gobierno. La rivalidad entre Venezuela y Colombia, entre Páez y Santander, era grave y no podía conciliarse mediante la Carta Constitucional; la misma contribuía a ahondar las diferencias entre los dos países y favorecía la corrupción y la ineficacia de sus respectivas administraciones. La economía estaba en crisis, el tesoro se declaraba en quiebra y las innumerables facciones agravaban la situación en la Babel de las instancias.

La posición de Bolívar se había debilitado con el envío de representantes para imponer su Constitución. Las acusaciones de tiranía aumentaban. En este momento álgido es cuando se produce la llamada Revuelta de Páez.

Comienza la revuelta

Bolívar regía los destinos de Nueva Granada y Venezuela desde su estancia de La Magdalena, en el Perú; sus vicepresidentes Santander y Páez pugnaban por el poder, y tanto en una como en otra región comenzaban a ponerse en evidencia los contradictorios intereses localistas. El proyecto de la Gran Colombia se empezaba a resquebrajar.

El Congreso reunido en la ciudad de Bogotá promueve acusaciones contra Páez, imputándole la infracción de las leyes de reclutamiento de fondos y tropas. Sin siquiera escuchar el descargo que el acusado podría hacer en su defensa, se le suspende en el cargo y funciones de comandante de las tropas de Venezuela.

La respuesta no se hace esperar. El llanero Páez, que con sólo su presencia, sin necesidad de leyes ni nombramientos, supo dirigir a hombres montaraces y fieros, no se sometería al juego burocrático de los letrados de la ciudad.

Valencia se conmociona ante su destitución. Páez ha sabido hacerse muy popular, y hombres y mujeres salen a las calles para expresarle su apoyo. El bronco caudillo se niega a aceptar la resolución del Congreso y amenaza con separar a Venezuela de los destinos de Nueva Granada. Bolívar escribirá: «Hoy he recibido comunicaciones de Colombia en las que me llaman urgentemente. Aquella República se ve amenazada de un principio de disolución de uno al otro extremo; mi nombre sólo les conserva un ser que sería muy precario si prolongase más mi ausencia».

Perú: Bolívar a la expectativa

Los colegios electorales con sede en Lima habían aprobado la Constitución creada para Bolivia por el Libertador y nombrado a éste presidente vitalicio del Perú. Sin embargo, aunque aparentemente cargado de honores, Bolívar se sabía amenazado por las conspiraciones, como revela esta carta:

Ayer me delataron una grande conspiración premeditada contra el gobierno, contra la tropa y contra mí. en ella están comprendidas muchas personas de posición y de carácter público así como hay en ella otras de grande influjo en la gente del pueblo por su audacia y otras cualidades. lo peor de todo es que el proyecto es vasto, tiene mil ramificaciones y apenas habrá un solo jefe de cuerpo del ejército del perú que no tenga alguna complicidad.

El Libertador era consciente de su inestable situación, pero aún sabiendo el peligro que significaba abandonar Perú, los problemas de Santander y Páez y el malestar reinante en Guayaquil le obligaron a abandonar Lima, a la que ya nunca más volvería. En El Callao se embarcará rumbo al puerto de Guayas (Ecuador). Manuela Sáenz habrá de cubrirle las espaldas en Lima rechazando las campañas de difamación que se promueven en su contra.

A su llegada a Guayaquil, convulsionada por el enfrentamiento entre Venezuela y Colombia, dirá ante el pueblo «Colombianos: el grito de vuestra discordia penetró mis oídos y he venido a traeros una rama de oliva… Que cese el escándalo de vuestros ultrajes y el delito de vuestra desunión».

Bolívar pretende mantener una actitud conciliadora, equidistante; no quiere tomar partido ni por Páez ni por Santander. Sin embargo, muy pronto ambos han de tomar partido en su contra.

Considera el conflicto un simple fallo legislativo y proyecta promover cambios en la Constitución que él mismo dos años antes había declarado inamovible. El Libertador dice: «El divorcio lo inició el Congreso y Paéz lo consumó. La cosa de Páez no es más que el primer tropezón que ha sufrido una máquina torpemente construida, que se había mantenido firme porque no se había puesto en movimiento». Este ataque al Congreso acentuará su antagonismo con Santander.

Sabiendo que el general neogranadino trata de volcar la fuerza del Congreso a su favor, Simón Bolívar se dirige a Bogotá y se enfrenta directamente con el problema: «Yo no quiero presidir los funerales de Colombia… Mientras que el pueblo quiere asirse de mí, como por instinto, ustedes procuran enajenarlo de mi persona. Está bien, ustedes salvarán la patria como la Constitución y las leyes que han reducido a Colombia a la imagen del palacio de Satanás que arde por todos sus lados. Que el día de mi entrada a Bogotá sepamos quién se encarga del destino de la República. Usted o yo».

Esta fue una verdadera declaración de guerra a Santander. Contra todos los pronósticos, el Congreso apoyó a Bolívar y el pueblo de Bogotá le aclamó en las calles de la ciudad.

Resueltos los asuntos que le llevaron a Bogotá, Bolívar marcha rumbo a Venezuela para entrevistarse con Páez, al que escribe: «Estoy resuelto a todo por Venezuela y por usted; ella es mi madre; a ella debo consagrar todos los sacrificios. Mi única misión es salvar lo que lleva el nombre venezolano; he proclamado una absoluta amnistía para todos. He dicho altamente que usted ha tenido derecho para resistir a la injusticia con la justicia y al abuso con la desobediencia».

Al entrar en su patria, Bolívar la encontrará dividida por luchas internas. Hay una amenaza de guerra civil. José Francisco Bermúdez y el general Páez se disputan el poder. Bolívar debe intervenir para poner fin a la contienda. Las palabras que dirige a ambos contrincantes son severas: «Ya se ha manchado la gloria de vuestros bravos con el crimen del fratricidio. ¿Era esta la corona debida a vuestra obra de virtud y valor? No, alzad, pues, vuestras armas fraticidas. No matéis a la patria».

Posteriormente se entrevistará con Páez, y los dos hombres se abrazarán públicamente. El 12 de enero de 1827 la población de Caracas le recibe jubilosa; la presencia de Páez junto al Libertador se considera un triunfo de Venezuela contra Nueva Granada. El hecho parecía indicar que Bolívar apoyaba al llanero y desautorizaba a Santander y al Congreso de Bogotá. Detrás de estas acciones se hallaba su aspiración a crear la Federación de los Andes, a la que, en última instancia, sacrificaba las naciones que él mismo había creado. Sus adversarios desencadenaron una ola de propaganda en contra suya en la prensa y en los órganos oficiales. En 1827, la ruptura entre Bolívar y Santander era un hecho; éste último encontraba apoyos prestigiosos en el creciente grupo de opositores al Libertador tanto en Venezuela como en Colombia. Pero Bolívar no quería apelar a las armas.

Perú da la espalda al Libertador

El gobierno instalado por Bolívar en Perú sucumbió ante la revuelta del ejército colombiano capitaneado por el coronel José Bustamante, quien el 26 de enero de 1827 sublevó contra Bolívar la tercera División de Colombia. La sublevación parecía que estaba inspirada por el general don Francisco de Paula Santander.

Manuela Sáenz, con la complicidad de sus fieles servidoras negras, recurre a un gesto desesperado. Disfrazadas de soldados y pistola en mano, intentan sublevar un cuartel para respaldar la autoridad de Bolívar. La tentativa fracasa, y tienen que entregarse. Las tres mujeres son confinadas e incomunicadas en un monasterio. A los pocos días se decidirá su destierro. Manuela Sáenz y sus servidoras serán transportadas en barco desde Perú a Guayquil. Ya en su tierra natal, Manuela se desprenderá de casi toda su fortuna con la esperanza de sobornar a gran parte de la oficialidad rebelde. Sin embargo, este sacrificio no dará sus frutos. Perú ha vuelto la espalda a su Libertador.

El gobierno peruano, envalentonado por el triunfo, toma la ciudad de Guayaquil y amenaza con la guerra a Colombia. La respuesta de Simón Bolívar ante semejante actitud, que ponía en entredicho su autoridad, fue renunciar a la presidencia. Confiaba en una reelección que, efectivamente, se produjo. Después disolvió el Congreso y convocó una Asamblea Nacional para elaborar una nueva Constitución. Estas medidas revestían su poder con el aspecto de una dictadura. No obstante la confianza que tenía en sí mismo, en su extraordinaria capacidad, comenzó a quebrarse y su popularidad se resquebrajó. Así, mientras Santander se encargaba de realizar una amplia campaña política, Bolívar ni siquiera intentó buscar apoyo en la Asamblea. Los santanderistas, por tanto, contaban con una mayoría aplastante. Otro de los errores de Bolívar fue no concurrir para expresar sus propios criterios y apoyar explícitamente a los conservadores que le sostenían.

No pasó mucho tiempo sin que la Asamblea se decidiera a adoptar una Constitución incompatible con Bolívar, pues el Libertador prefería un país sin Constitución a una que no compartía. Por eso ordenó a sus partidarios que boicotearan la reunión final, para que la Constitución no pudiera aprobarse por falta del quorum necesario. Colombia carecía de gobierno y Bolívar confiaba en una sublevación en su apoyo, motivo por el cual prefirió dejar el país sin dirección y reafirmar su apoyo a Páez. En un acto simbólico le regalará la espada que llevó en sus campañas militares. El jefe llanero agradecerá el obsequio con las siguientes palabras: «En mis manos esta espada nunca será otra cosa que la espada de Bolívar. Su voluntad la dirigirá, mi mano la sostendrá. En mi mano está la espada de Bolívar. Por él iré con ella hasta la eternidad». Muy pronto la historia comprobará cuan débil son las palabras frente a los hechos.

Ante la campaña de rumores desatada por Santander, Bolívar entrega el mando a Páez y marcha a Cartagena. Desde allí escribirá: «Ya no queda duda acerca de lo que tanto hemos dudado respecto de Santander. Y está visto que Venezuela y yo somos su blanco, mis amigos son tenidos por enemigos de la patria y de la libertad, se me presenta como un tirano y ambicioso porque procuro los intereses del pueblo; se me insulta y aborrece porque he evitado la guerra civil en Venezuela».

El 13 de junio de 1828 Simón Bolívar logra que la Junta Popular de Bogotá le proclame dictador a petición suya: «Yo lo digo altamente: La República se pierde, o se me confiere una inmensa autoridad; yo no confío en los traidores de Bogotá ni en los del sur». Así puede consolidar un gobierno fuerte, pero impopular. Las conspiraciones contra él no van a tardar en aparecer. Nuevamente la protectora figura de Manuela le salvará la vida.

Primer atentado

Ya hemos dicho que la vida del Libertador puede parangonarse con esos personajes trágicos que desfilan por las páginas de la literatura clásica. La muerte de Julio César, que tan magistralmente pintara Shakespeare, podría ser el marco adecuado para narrar el intento de asesinato en el que se hallaban implicados oficiales adictos a Santander.

Bolívar asiste a una fiesta de disfraces: doce hombres esconden en sus ropas las dagas destinadas a darle muerte. Todo está preparado y decidido. Los ecos de la conspiración han llegado a oídos de Manuela, quien, vistiéndose de húsar y armada con dos pistolas, se presenta en la fiesta. Un grupo de militares le impide el paso y la obligan a regresar a su casa, con el pretexto de que es indigno que una dama se disfrace de soldado.

La animación del baile llega a su punto culminante. La música apaga el murmullo de los conspiradores. Bolívar, ignorante de todo, conversa con los que le rodean. De pronto, comienzan a oírse gritos. En un primer momento todos disimulan, pero las voces siguen subiendo de tono. En especial la voz de una mujer, aparentemente enajenada, que utiliza vocablos que avergonzarían a la propia soldadesca. Bolívar reconoce la voz de Manuela y, abandonando el salón central, se dirige a las escaleras de entrada a la residencia. La imagen que se le presenta le aterra: luchando con los soldados, una mujer desgreñada y harapienta profiere gritos y gestos obscenos. Es Manuela Sáenz, su mujer.

Ante semejante bochorno, Bolívar decide retirarse, llevándola consigo. Todavía no sabe que Manuela acaba de salvarle la vida.

En esos días, la que más tarde sería llamada La Libertadora del Libertador, o la mujer hombre, como la definió el famoso escritor peruano Ricardo Palma (1833–1919), organizará una verdadera campaña pública contra Santander, cuyo punto culminante lo constituirá el fusilamiento en efigie del general neogranadino en los jardines de la residencia de Bolívar.

Constituida en la mano fuerte, en la guardaespaldas del Libertador, comienza a sospechar también de Páez, llegando a decir: «Dios quiera que mueran todos estos malvados que se llaman Santander, Padilla, Páez… Este es el pensamiento más humano: que mueran diez para salvar millones».

El 25 de septiembre de 1828, el Libertador está tomando un baño en una tinaja y se duerme profundamente. Su única compañía y guardia es Manuela Sáenz, y su única precaución son su espada y sus pistolas a mano sobre un taburete.

Cerca de medianoche, dos perros empiezan a ladrar. Se oye un ruido de armas blancas y quejidos que procedían de donde estaban situados los centinelas del palacio. Manuela despertó a Bolívar y éste, instintivamente, echó mano a sus armas y trató de abrir la puerta del cuarto mientras terminaba de vestirse.

Pero entonces la puerta comenzó a ceder ante el empuje de los que trataban de forzarla desde afuera. Manuela le indicó la ventana del cuarto. Sin perder un instante, Bolívar se lanzó a la calle. Fueron sólo segundos. La puerta cedió, y entraron en tropel los conjurados, que sólo encontraron a Manuelita. El golpe había fracasado. En esta ocasión es cuando Bolívar dice a Manuela: «¡Tú eres la Libertadora del Libertador!

Los acontecimientos ya le desbordaban cuando decidió renunciar. Una vez más son sus partidarios quienes le disuaden de que lo haga. La represión que sigue es muy severa. Catorce de los conspiradores de septiembre fueron ajusticiados, entre ellos el almirante Padilla, héroe naval de la guerra de emancipación. A Santander le perdonó a pesar de ser inspirador del atentado y el hombre destinado a asestar el último golpe para la caída de Bolívar.


-

Introducción

SE puede decir que Bolívar empieza a desandar el camino. Apenas si tiene algo que ver con aquel orgulloso «indiano» que un día se negó a besar las sandalias del Sumo Pontífice en el Vaticano. Ahora, por el contrario, escribe al papa León XII: «El Presidente de Colombia aguarda para sí y para el pueblo de la República la bendición apostólica del Padre de los creyentes».

Bolívar, como muchos otros hombres que modificaron el curso de la historia enfrentando las tradiciones y las Leyes vigentes, apela a las instituciones que dan base a las mismas en los momentos de desesperación, cuando las circunstancias amenazan con desbordar la realidad. Así vemos que el revolucionario Bolívar termina por apelar al Padre de los creyentes, a quien alguna vez intentó humillar; el Libertador está formado por la sociedad que él intenta modificar, y este propósito, que surge del destino histórico que cada generación debe asumir, es una desgarradora contradicción que llevará en su alma durante toda su existencia. Esclavista, concluye por proclamar la libertad de los esclavos. Republicano convencido, apela a la organización monárquica española para consolidar la naciente República. Defensor de los derechos del pueblo, institucionaliza las oligarquías aristocráticas. Enamorado de la esposa de otro hombre, vive con ella este amor pero la obliga a seguir al lado de su marido, respetando los convencionalismos sociales.

A partir de entonces, Bolívar deberá enfrentarse con varias rebeliones conservadoras en Antioquia y en el Cauca, mientras se acentuaba la tendencia separatista de Venezuela. Finalmente, en 1830, Páez declaró segregada a Venezuela y se produjo también la separación de Ecuador. Bolívar presentó entonces su renuncia a la presidencia.

La estrella del hombre se apaga

El año 1830 nos muestra la imagen de un hombre abatido, casi un anciano. Sobre él pesan muchas batallas, muchas intrigas palaciegas, errores y aciertos, crueldades y benevolencia. Todo girando sobre las espaldas del tantas veces vitoreado e insultado Simón Bolívar. Después de haber ocupado los más altos cargos, el «Napoleón americano» penetrará en el recinto del Congreso y pronunciará un patético discurso:

Pero las lecciones de la historia, los ejemplos del viejo y nuevo mundo, la experiencia de veinte años de revolución, han de serviros como otros tantos fanales colocados en medio de las tinieblas de lo futuro libradme, os ruego, del baldón que me espera si continúo ocupando un destino que nunca podrá alejar de sí el vituperio de la ambición. creedme: un nuevo magistrado es ya indispensable para la república los estados americanos me consideran con cierta inquietud en Europa misma no faltan quienes teman que yo desacredite con mi conducta la hermosa causa de la libertad la república será feliz, si al admitir mi renuncia nombráis de presidente a un ciudadano querido de la nación: ella sucumbiría si os obtinaséis en que yo la mandara; salvad la república: salvad mi gloria que es de colombia desde hoy no soy más que un ciudadano armado para defender la patria y obedecer al gobierno; cesaron mis funciones públicas para siempre. os hago formal y solemne entrega de la autoridad suprema que los sufragios nacionales me habían conferido. compatriotas: escuchad mi ultima voz al terminar mi carrera política; en nombre de Colombia os pido, os ruego que permanezcáis unidos, para que no seáis los asesinos de la patria y vuestros propios verdugos.

Luego marcha al destierro de Bogotá, pero Venezuela se niega a continuar sus relaciones con Colombia si Bolívar no desaparece definitivamente del continente; por decreto, se le incautan todos sus bienes. La Gaceta de Venezuela dice: «Siendo el general Bolívar un traidor a la patria, un ambicioso que ha tratado de destruir la libertad, el Congreso debía declararle proscrito de Venezuela».

El Libertador contestará: «Me dicen que mis propiedades no son legítimas y que no hay ley para un hombre como yo. Esto quiere decir que soy un canalla. Se me despoja de la herencia de mis abuelos y se me deshonra. Diga usted si tengo motivos para desear salir de esta infame vida política. Ya esto es demasiado».

Para no aumentar el clima de tensión entre Venezuela y Bogotá, Bolívar parte hacia Cartagena. Desde ese puerto piensa dirigirse luego rumbo a Europa.

Manuela se resiste a marchar con él; prefiere quedarse en la ciudad y enfrentarse a los conspiradores. Bolívar le escribe: «Mi amor: Tengo el gusto de decirte que voy muy bien y lleno de pena por tu aflicción y la mía por nuestra separación. Amor mío: Mucho te amo, pero más te amaré si tienes ahora más que nunca mucho juicio. Cuidado con lo que haces, pues si no, nos pierdes a ambos, perdiéndote tú. Soy siempre tu más fiel amante».

En esos días, un grupo de enemigos del Libertador denominado Despotismo y Tiranía organiza en la Plaza Mayor de la ciudad de Bogotá la quema de unos muñecos que representan caricaturescamente las figuras de Simón Bolívar y su amante. Tres jinetes se lanzan a galope tendido sobre los monigotes. Manuela y sus dos negras, disfrazadas de soldados, atacan a los manifestantes. Se entabla la lucha y las cabalgaduras son heridas. Las mujeres logran ponerse a salvo gracias a sus pistolas. El semanario La Aurora dirá refiriéndose a la compañera de Bolívar: «…una mujer descocada… Se presenta todos los días en traje que no corresponde a su sexo y del propio modo hace salir a sus criadas insultando el decoro y haciendo alarde de despreciar las leyes y la moral».

Los insultos no logran apaciguar el ímpetu de esta indomable mujer. Organiza una conspiración y logra instalar en el gobierno de Bogotá al general Urdaneta; este militar considera que sería necesaria la presencia de Bolívar, pero éste se niega a regresar. Lo expresará así: «Si acaso fuere nombrado constitucionalmente por la mayoría de los sufragios, aceptaría si me convencía de que mi elección era verdaderamente popular… Sólo un prodigio de circunstancias favorables puede decidirme. Vosotros dirán que es preciso vivir; y yo digo lo mismo que es preciso que yo viva: no sé si me equivoco, pero yo creo que valgo como cada uno y que debo pretender como cada uno mi honor, mi reposo y mi vida… Yo estoy viejo, enfermo, cansado, desengañado, hostigado, calumniado y mal pagado (…) Nunca he visto con buenos ojos las insurrecciones; últimamente he deplorado hasta las que hemos hecho contra los españoles… Yo estoy proscrito; así, yo no tengo patria a quien hacer el sacrificio».

Si bien esta carta nos muestra a un hombre que quiere permanecer ajeno a los vaivenes de la política, veremos que los acontecimientos le llevarán a encomendar al general Sucre, su único aliado incondicional, una tarea que tendrá derivaciones trágicas y que se halla muy relacionada con las sociedades secretas.

La encrucijada de Berruecos

Páez declara la separación definitiva de Venezuela. Por su parte, Ecuador amenaza seguir el mismo camino; es entonces cuando Bolívar asigna a José Antonio Sucre la tarea de atenuar la virulencia de los conflictos internos en el agitado país. La lucha de los distintos grupos de poder amenazaba quebrar el delicado equilibrio.

A modo de despedida, Sucre escribirá a Bolívar su última carta: «Ahora mismo, comprimido mi corazón, no sé que decir a usted. Mas no son palabras las que pueden fácilmente explicar los sentimientos de mi alma respecto a usted; usted los conoce, pues me conoce mucho tiempo y sabe que no es su poder sino su amistad la que me ha inspirado el mjás tierno afecto a su persona. Lo conservaré cualquiera que sea la suerte que nos quepa, y me lisonjeo que usted me conservará siempre el aprecio que me ha dispensado. Sabré en todas circunstancias merecerlo. Adiós, mi general, reciba usted por gaje de mi amistad las lágrimas que en este momento me hace verter la ausencia de usted. Sea usted feliz en todas partes y en todas partes cuente con los servicios y con la gratitud de su más fiel y apasionado amigo, A. J. de Sucre.»

Sin dilaciones, Sucre abandona Bogotá en dirección a Quito. El tiempo urge, ya que es necesario movilizarse a caballo por caminos sinuosos, y donde, como obstáculos monumentales, se erigen las poderosas estribaciones de la Cordillera, cubiertas a veces por espesa nieve. Y no sólo eso, también existe el riesgo de un ataque por sorpresa dado que hay quienes ya han jurado darle muerte.

Sucre va con un acompañante. Los dos hombres viajan a lomo de caballos, atentos a cualquier signo extraño que revele la presencia de una amenaza. Por esos desolados parajes es difícil encontrar un caminante fortuito y es fácil detectar movimientos o rumores humanos. Pero la precaución es inútil: en la encrucijada de Berruecos, un grupo fuertemente armado, que seguramente ha previsto el paso de Sucre por el lugar, ataca intempestivamente. Acorralados, amenazados por un número de hombres superior a sus fuerzas, ambos sucumben luego de una breve resistencia.

Varias veces se ha intentado reconstruir el episodio para descubrir a los responsables, pero el enigma permanece aún sin resolver. Existen algunos datos que tal vez nos permitirían apresar algunas puntas del complicado ovillo. Si nos ceñimos a la especulación histórica, a los intereses políticos que estaban en juego en ese momento, podemos elaborar una hipótesis en la que surge con nitidez el nombre del militar colombiano José María Obando. Acérrimo enemigo de Simón Bolívar, su ambición es reemplazarlo en la dirección del proceso independista.

Si tenemos en cuenta este elemento, no es difícil deducir el plan que puede llevar al objetivo, que implica, en primer lugar, desarticular los cuadros más próximos al Libertador, quebrar sus alianzas, en una palabra, aislarlo. La lealtad incondicional para con su jefe y la profunda amistad que les une, convierten a Sucre en uno de los blancos principales. Desaparecido de la escena el vencedor de Ayacucho, Bolívar perderá a su aliado más seguro y su más íntimo amigo.

Sin embargo, esta primera hipótesis es demasiado obvia y por taño, sospechosa. Es el punto donde podemos comenzar a vacilar, teniendo en cuenta que no sólo no se descarta la participación de Obando, sino que tenemos que considerarla como el elemento visible de una conjura cuya extensa red le involucra y excede. Es decir, ¿quiénes son los que sostienen, los que rodean o impulsan la decisión de Obando?

Consideraremos, entre otras cosas, que Sucre, antes de morir en Berruecos, había sufrido varios atentados. En una ocasión, en Chuquisaca, un colombiano de nombre Mattos se introdujo una noche en su habitación para asesinarle mientras dormía. Sucre lo advirtió y logró desarmarle. Poco después, Mattos fue condenado a muerte, pero la intervención de Sucre le salva la vida. Esto parece increíble, pero es así. El joven Sucre le perdona. Podemos decir que el gesto indica grandeza de corazón y generosidad. Pero también podemos hablar de gesto efectista que habla de poder y de humillación. Ahora bien, este mismo personaje, Mattos reaparece en nuestra historia hospedándose en una posta cercana al lugar donde fue asesinado el amigo de Bolívar, el mismo día en que se produce el hecho. ¿No parece demasiado casual?

Hay quienes aseguran que Mattos era un mercenario al servicio de una de las tantas sociedades secretas de la masonería, aunque nunca se logró establecer con precisión el vínculo. Pero iremos más allá de las palabras para intentar comprender el significado de esta sociedad, sus propósitos y el papel que desempeñó en la historia convulsa de América Latina.

Sucre, su hijo espiritual, sucesor natural de su obra, muere asesinado en la encrucijada de Berruecos. Bolívar no puede soportar el peso de la noticia y con lágrimas escribe a uno de sus compañeros: «Es imposible vivir en un país donde se asesina cruel y bárbaramente a los más ilustres generales y cuyo mérito ha producido la libertad de América. Observe usted que nuestros enemigos no mueren sino por sus crimenes en los cadalsos o de muerte natural; y los fieles y los heroicos son sacrificados a la venganza de los demagogos. ¿Qué será de usted, qué será de Montilla, y de Urdaneta mismo? Yo temo por todos los beneméritos capaces de redimir la patria. El inmaculado Sucre no ha podido escaparse de las acechanzas de estos monstruos… Yo pienso que la mira de este crimen ha sido privar a la patria de un sucesor mío…».

El asesinato de Sucre fue el último golpe. Bolívar pensaba que Sucre era el único hombre de capaz de proseguir su lucha.

¿una independencia prematura?

Estaba demasiado enfermo, demasiado cansado para intentar alejarse en dirección a Europa; de modo que se retiró a la vecina isla de Santa Marta. Pocos días antes de su partida hacia la que sería su última residencia, escribirá a Urdaneta: «Cada remedio, o cada precaución que tomo para impedir el progreso de una de las enfermedades, perjudica a la otra muy fuertemente… siendo lo peor de todo que ni hay un médico regular ni tampoco el clima me conviene. Yo conozco… que debo navegar unos días en el mar para remover mis humores biliosos y limpiar mi estómago por medio del mareo… Al mismo tiempo mi reumatismo se opone a que vaya a percibir las humedades y fríos de esas sierras heladas… al paso que mis nervios sufren extraordinariamente de este inmenso calor; de suerte que, con mucho dolor, suelo menearme y dar un paseo en la casa, sin poder subir una escalera por lo mucho que sufro… Todo esto, mi querido general, me imposibilita de ofrecer volver al gobierno, o más bien de cumplir lo que había prometido a los pueblos de ayudarlos con todas mis fuerzas, pues no tengo ninguna que emplear ni esperanza de recobrarlas… Advierto a usted esto para que tome sus medidas para asegurar la presidencia de la república, o el poder supremo que ahora ejerce, sea para usted mismo o para quien parezca capaz de dirigir la nación… Espero que dentro de ocho días estaré un poco mejor para poder seguir a Santa Marta o tomar aires mejores y buenos baños; si allí no recibo mejoría, quién sabe lo que hago, pues no tengo un médico que me aconseje… ¡quién sabe si yo me estoy matando! … Adiós, mi querido general… ni me es fácil dictar largo tiempo porque sufro mucho».

Finalmente, se retiró a la vecina isla de donde, como una última ironía del azar, sería huesped de un español. Allí le llegaron las noticias de la crisis de su mito y se enteró de que Páez le había declarado proscrito de Venezuela. Sólo entonces pensó que, quizá, la independencia había sido una conquista prematura, ya que la libertad y la igualdad estaban aún lejanas de las posibilidades de América Latina. Y entonces dirá’: «1.° la América es ingobernable para nosotros; 2.° el que sirve una revolución ara en el mar; 3.° la única cosa que se puede hacer en América es emigrar; 4.° este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles de todos colores y razas; 5.° la ferocidad; los europeos no se dignarán conquistarnos; 6.° si fuera posible que parte del mundo volviera al caos primitivo, éste sería el último período de la América».

Testamento y muerte de Simón Bolívar

De tarde en tarde, algunos hombres llevan hasta la playa a Simón Bolívar. El que fuera el hombre más importante de América yace sobre una camilla. Desea ver el mar; los accesos de tos son cada vez más continuos. La tuberculosis ha minado su cuerpo; sus ojos algunos días reflejan su fortaleza perdida; en otras horas se entrecierran, parecen evocar las figuras amadas de Manuela, de Sucre, de Carreño; las caminatas por los senderos de San Mateo, los salones de París. El recuerdo de Miranda le persigue; los prisioneros de la Guaira; Piar. Es un torbellino de laureles y sangre, de muerte y de traiciones. El delirio provocado por la fiebre parece indicar el fin. Sin embargo, se repone y dicta su testamento en el que pide ser sepultado en Caracas, fiel a la religión católica.

Un amanecer se despierta extrañamente lúcido y redacta la que ha de ser su última proclama: «Colombianos: Habéis presenciado mis esfuerzos para plantear la libertad donde reinaba antes la tiranía. He trabajado con desinterés, abandonando mi fortuna y aun mi tranquilidad. Me separé del mando cuando me persuadí que desconfiábais de mi desprendimiento. Mis enemigos abusaron de vuestra credulidad y hollaron lo que me es más sagrado, mi reputación y mi amor a la libertad. He sido víctima de mis perseguidores, que me han conducido a las puertas del sepulcro. Yo los perdono. Al desaparecer de en medio de vosotros, mi cariño me dice que debo hacer la manifestación de mis últimos deseos. No aspiro a otra gloria que a la constitución de Colombia. Todos debéis trabajar por el bien inestimable de la unión: los pueblos, obedeciendo al actual gobierno para liberarse de la anarquía; los ministros del santuario, dirigiendo sus oraciones al cielo; y los militares, empleando su espada en defender las garantías sociales. ¡Colombianos! Mis últimos votos son por la felicidad de la patria. Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro».

Cuando Bolívar murió el 17 de diciembre de 1830, la Gran Colombia soñada por el Libertador era apenas una entelequia desgarrada por los particularismos locales. Mientras el cadáver del Libertador era humildemente sepultado en la isla de Santa Marta, Páez se constituía en presidente de Venezuela y Santander en presidente de Colombia.

Al recibir Manuela la noticia de la muerte de Bolívar, su desesperación la lleva a intentar suicidarse, y dirigiéndose al pueblo de Guaduas se hace morder por una víbora. Sus fieles servidores la descubren agonizante. La hinchazón de sus brazos le produce horribles dolores. Apelando a remedios caseros, logran salvarle la vida.

Repuesta físicamente intenta derrocar a Santander, que se había instalado en el gobierno. Fracasa la subversión y se la detiene junto a sus servidoras en el presidio de mujeres llamado Divorcio. Posteriormente es deportada. Manuela Sáenz parte rumbo al destierro, pronunciando la siguiente frase: «Yo amé al Libertador; muerto, lo venero…».

El fin de otros dos mitos: Simón el maestro, y Manuela

La historia la rescatará inválida, en un pueblecito del Perú llamado Paita. Aún en ese estado, rehusa aceptar la herencia que le deja su marido inglés y establece una pequeña industria de fabricación de dulces. Hasta allí llegará un viejo sabio, Simón Rodríguez, aquel que fuera el preceptor de Bolívar. El destino unía a las dos personas que más conocieron al contradictorio héroe.

Simón Rodríguez era ya un anciano. La muerte de su hijo intelectual fue un rudo golpe. Se dedicó a peregrinar por las tierras de América intentando infructuosamente publicar una biografía sobre el hombre en el que veía simbolizado el «Emilio» de Rousseau. La necesidad de ganarse la vida le llevó a instalar en Arequipa (Chile) una fábrica de velas en la cual también impartía sus enseñanzas.

El cartel de la humilde tienda era de una elocuencia estremecedora:

Luces y virtudes americanas:
 esto es: velas de sebo, paciencia, jabón,
 resignación, cola fuerte, amor al trabajo.

Manuela Sáenz, mujer que participó en la batalla de Ayacucho y que fue condecorada por San Martín con la banda de Caballeresa del Sol, admirada y odiada, pero protagonista indiscutible de la historia americana, en sus últimos años se transformará en objeto de veneración. Hasta su humilde casa llegará Garibaldi a rendirle su homenaje.

Manuela Sáenz pasa los días conversando con el sabio, recordando la imagen del amado muerto. Las gentes comunes requieren su presencia como madrina en el bautizo de sus niños. Ella pone una sola condición: sus ahijados habrán de llamarse Simón o Simona.

En las calles de Paita, su criado recoge perros vagabundos. Manuela les bautiza con el nombre de los generales traidores. A uno le llama Páez, a otro Santander.

Esta anciana inmóvil sólo tiene un tesoro: los documentos y cartas de Simón Bolívar, un tesoro que ama y custodia.

Un barco llega hasta el puerto de la pequeña ciudad. No sólo trae mercancías y alegres marineros. También desembarca sigilosa la difteria, que se esparce por la ciudad. El 23 de noviembre de 1856 Manuela cae víctima de la misma. Sus restos son arrojados a una fosa común y cubiertos con cal hirviente. Su casa incendiada por temor al contagio. Las llamas lo devoran todo, y los documentos y las cartas de amor de Simón Bolívar, se convierten en cenizas.

Deberíamos recordar las últimas palabras del Libertador, cuando abrasado por la fiebre, exclamaba entre extertores: «¡Vamos! ¡Vamonos!… Esta gente no nos quiere en esta tierra… ¡Vámonos muchachos! Lleven mi equipaje a bordo de la fragata...».



-

LA influencia de la Revolución Francesa fue decisiva en el desarrollo del proceso independentista hispanoamericano; brindó pensamientos filosóficos y una línea de acción a los criollos que encabezarían años más tarde esa lucha y, sobre todo, sus ideas sobre libertades y derechos humanos fueron las que más entusiasmaron a quienes siguieron su ejemplo, como contrapartida al sistema que reinaba entonces en el continente.

Herederos del pensamiento de Descartes, que mostró la posibilidad de dominar la naturaleza por la ciencia, los filósofos del siglo XVIII expusieron brillantemente los principios de un orden nuevo, en oposición al autoritario y estático de la Iglesia y del Estado del siglo anterior. En todos los dominios científico-filosóficos, fue sustituido el principio de la autoridad y la tradición por el de la razón, en el campo económico, moral, político y social.

La libertad fue reivindicada en todos sus aspectos: las libertades individuales y las libertades económicas; las grandes obras de los filósofos del siglo XVIII fueron consagradas a esta cuestión. El problema de la igualdad fue más controvertido y ello explica en parte la decisiva influencia de Rousseau en Hispanoamérica: él fue quien introdujo en el pensamiento del siglo las ideas de igualdad, y no sólo reclamaba dicha igualdad para todos los ciudadanos, sino que además asignaba al Estado el papel de mantener un equilibrio social. Voltaire, en cambio, estimaba, en su Diccionario Filosófico, que la desigualdad era eterna y fatal; y Diderot se detenía en la distinción entre privilegios justos e injustos.

El hecho de que Rousseau centrase su atención en los problemas sociales le acercó más a la sensibilidad que reinaba en la América colonial española. La filosofía de Rousseau proporcionaba, además, los elementos que buscaban los jóvenes independentistas, ya que proponía una solución racional. La lucha por la independencia implicaba la fundación de nacionalidades, y en tal sentido el problema era superar la cuestión de suprimir las castas, ya que nadie podía pensar en forjar tal fundación, basada en la esclavitud y con parte de sus integrantes sometidos a servidumbre.

La difusión de las ideas de Rousseau no fue tarea sencilla en Hispanoamérica, porque su traducción al español —y su edición— estaba prohibida e incluso se penaba severamente a quienes poseían ejemplares en francés. En ello influyó no sólo la repulsa de las autoridades absolutistas a las ideas sustentadas por Rousseau, sino también la condena que merecía por parte de la Iglesia hispanoamericana, que juzgaba «heréticas» muchas de las afirmaciones del filósofo. Las primeras referencias que se tienen de la difusión del Contrato Social pertenecen a la última década del siglo XVII y están basadas en alusiones de eclesiásticos a la «seducción que sus ideas de la libertad, la independencia o la irreligión» producían entre los jóvenes; o a castigos de las autoridades —incluida la Inquisición— a quienes poseían ejemplares de su obra.

Pero además de las ideas de Rousseau y los demás filósofos enciclopedistas, lo que provocó un vuelco hacia esas concepciones en las colonias americanas fue el propio ejemplo de la Revolución Francesa. La irrupción del pueblo estableciendo un régimen más justo, destruyendo la monarquía, proclamando derechos tales como la libertad, igualdad y fraternidad, el ardor guerrero de los nuevos ejércitos revolucionarios, la separación entre la Iglesia y el Estado y una nueva filosofía económica que favorecía la revolución industrial, volcaron a los jóvenes ilustrados de Hispanoamérica hacia el estudio de las doctrinas que sustentaban tan significativo cambio de las estructuras sociales de un país.

El estatismo y rigidez de la sociedad colonial, aunque dificultaban la difusión de estas ideas, favorecían el entusiasmo que despertaban aun antes de que los proyectos independentistas fueran esbozados como tales. Así como las ideas de los ilustrados abrían nuevas perspectivas para los estudios científico-filosóficos, la imagen de los bruscos cambios sufridos por la sociedad francesa luego de la Revolución, tuvo la virtud de demostrar la posibilidad de alterar radicalmente una forma de vida que, en América, tenía que pasar inevitablemente por la independencia.

Al impacto que estas ideas suscitaron en América, se agregaron luego los propios hechos que protagonizaba la Revolución, especialmente la época de Robespierre, la actuación de los ejércitos franceses en Europa, la invasión de España y la forzada abdicación de sus reyes. Por un lado, se produjo también entre los criollos y seguidores de Rousseau la división entre moderados y revolucionarios —a semejanza de jacobinos y girondinos en Francia—, hecho que repercutiría luego en distintas concepciones sobre cómo impulsar la independencia y consolidar el poder. Por otro, se aprendió la necesidad de emplear la energía desde el gobierno para desarrollar los planes económicos, políticos y militares, sin entrar en negociaciones con las fuerzas vencidas.

Si la ocupación de España por los franceses sirvió en algunos casos como pretexto inmediato para obtener la independencia, las enseñanzas de la Revolución pueden apreciarse en muchos actos de los primeros gobiernos de los nuevos países latinoamericanos. Puede utilizarse como ejemplo que no hubo monarquías y sí repúblicas en toda Hispanoamérica; que las constituciones promulgadas en los primeros años de régimen presentaban invariablemente en sus preámbulos y en su articulado los temas de libertad, igualdad y derechos humanos; la abolición de la esclavitud y la servidumbre (aunque por el tipo de régimen económico ésta siguiese existiendo aún durante algunos años); la creación de ejércitos nacionales y voluntarios incluso bajo coacción, pero eliminando definitivamente los mercenarios como se utilizaban en Europa hasta el siglo XVIII; las proclamas de libertad económica y medidas efectivas que trataban de impulsarla; la preocupación por el desarrollo de la educación, la ciencia y la cultura; el envío de ejércitos con carácter de «liberadores» y no de conquistadores a las colonias más retrasadas en emanciparse; y la búsqueda de mecanismos de participación popular, más copiados de los que habían imperado en Francia que acordes con la realidad latinoamericana.

Como era lógico, a partir de esta independencia, los caminos siguieron rumbos distintos, dadas las abismales diferencias socioeconómicas entre Francia y los países latinoamericanos, y el desarrollo de ambas a lo largo del siglo pasado fue sumamente distinto. Perduraron, sin embargo, muchos de estos elementos y existió, además, la preocupación en varios países de formar a las nuevas generaciones en ellos, en parte como rechazo a la distinta concepción sociopolítica imperante en España, y en parte porque muchos de los principios de la Revolución Francesa —aunque en la práctica estuvieran lejos de cumplirse— siguieron siendo axiomas constituyentes de los nuevos países y reconocidos en sus cuerpos legales.

Durante casi un siglo después de haberse proclamado la independencia de los países hispanoamericanos, y a pesar de la poderosa influencia que en ese lapso ejerció en ellos Inglaterra, particularmente en el campo económico con su modelo, el librecambio, al punto tal de haberlos reducido casi a colonias, el pensamiento de los ilustrados franceses siguió no sólo vigente sino que además constituiría un «culto». Entre las muchas causas que influyeron en la consecución de la independencia americana, la Revolución Francesa tuvo la virtud no sólo de acelerar profundamente ese proceso, sino además de brindar un cuerpo de ideas y un ejemplo de acción que siguieron casi religiosamente quienes condujeron el proceso, cuerpo de ideas que empalmaba con lo que justamente negaba el régimen colonial: igualdad ante la ley, derechos humanos, abolición de privilegios, y un cuestionamiento de todo el mundo científico-religioso vigente hasta entonces.


-

Introducción

CASI todos los grandes líderes de la independencia de Latinoamérica tuvieron un éxito y un fracaso común: por un lado, triunfaron como liberadores de sus respectivos países o regiones del continente, gracias especialmente a su actuación militar; por el otro, no llegaron en ningún caso a concretar la organización políticosocial de las nuevas naciones y a construir instituciones sobre bases sólidas que diesen permanencia al poder conseguido en las batallas.

Ambos elementos están condicionados a una educación adquirida en la Europa del siglo XVIII que, así como los distinguía en el campo militar, los había desfasado en sus proyectos de largo alcance de la realidad hispanoamericana. Tanto Miranda como O’Higgins, San Martín, Bolívar o Martí aspiraban a una unidad e integración de los países latinoamericanos, a partir de su propia individualidad, que nunca llegó a realizarse y en cambio les enfrentó, en el siglo pasado, en varias guerras que debilitaron aún más su incipiente independencia. Veamos las grandes líneas sobre las que se movieron los principales caudillos de la Independencia.

Francisco Miranda:

Este fue sin duda el precursor y maestro de los líderes latinoamericanos. Nacido en Caracas en 1730, sirvió en el ejército español, combatió en 1780 por la independencia norteamericana y en 1792 en el ejército de la Revolución Francesa, en el que conquistó el grado de mariscal. Residente desde 1785 en Europa, intentó ganar a los gobiernos europeos para la independencia de América, visitando París, Roma, Moscú y Londres en cuya ciudad se estableció definitivamente, y desde donde su prédica fue atrayendo paulatinamente a los latinoamericanos que cursaban estudios en Europa. Vinculado a sectores comerciales deseosos de implantar el librecambio y aumentar el comercio con Inglaterra, Miranda obtuvo de ese país apoyo para sus proyectos, demasiado adelantados para lo que entonces ocurría en América, aunque triunfarían poco después. Su primera expedición militar a Venezuela, que zarpó desde Nueva York en 1806, fracasó y sólo obtuvo cierto éxito cuando volvió en 1810 acompañando a Bolívar, aunque dos años después fue entregado a las tropas españolas por los mismos patriotas vencidos y enviado a Cádiz, en cuya cárcel falleció en 1816.

José de San Martín

(1778–1850), nacido en la hoy provincia de Misiones en Argentina, cursó sus estudios militares en el regimiento de Murcia y participó en diversas batallas contra los invasores napoleónicos. Luego de conocer a Miranda, regresó a su país en 1812 y organizó los cuerpos militares, y desde 1814 se dedicó a preparar el cruce de los Andes para liberar a Chile. En enero de 1817 traspasó la cordillera al frente de 5.000 hombres y, al cabo de varias batallas, aseguró la independencia chilena, cuyo gobierno entregó a O’Higgins. En julio de 1820 entraba en Lima, capital de Perú, luego de una travesía y combates por mar, y expulsaba a los españoles de su bastión más firme en Sudamérica. Durante un año gobernó Perú y luego de su entrevista con Bolívar en Guayaquil, le entregó el mando de sus tropas y emigró a Francia, donde vivió hasta su muerte.

El poder de su peso militar permitió a San Martín presionar para que los dirigentes de los tres países en que combatió proclamasen la independencia. Fue uno de los primeros en deslindar los poderes políticos y militares, y durante su gobierno en Perú instauró órganos de consulta entre los notables de las ciudades encargados de asesorar a los gobernadores provinciales. No pudo evitar, en cambio, que tras su partida, las luchas intestinas destruyesen las instituciones por él creadas y durante decenios se vivieran gobiernos unipersonales sin ninguna de las propuestas que había intentado concretar.

Bernardo Ohiggins

(1776–1842). Algo similar ocurrió con este militar y estadista que dirigió junto a San Martín la liberación de su país natal, Chile, de cuyo Gobierno se hizo cargo en 1818. Discípulo de Miranda, dotó a Chile de una de las primeras Constituciones duraderas de Sudamérica e impulsó la educación y las obras de infraestructura como medio de desarrollo de las fuerzas económicas, en tanto lograba organizar el ejército nacional y las administraciones provinciales. Pero su autoritario gobierno no sólo no pudo crear instituciones estatales, sino que también se conquistó enemigos en su propio campo al pretender imponer por la fuerza sus proyectos de desarrollo. También tras su partida —vivió exiliado desde 1826 en Perú—, las luchas intestinas impidieron el asentamiento de un régimen estable.

José Gervasio Artigas

(1764–1850). Distinto es el caso del único de los libertadores no educado en Europa. Terrateniente, profundo conocedor de los problemas e idiosincrasia de los campesinos uruguayos, se adhirió de inmediato a la Revolución de Mayo en Argentina y al frente de un ejército de paisanos sitió Montevideo, en tanto la campiña era ocupada en su nombre por los campesinos. Entre 1815 y 1820 —en que los portugueses ocuparon Uruguay desde Brasil— gobernó su país con el título de «Protector». Partidario, al igual que Bolívar y San Martín, de la unidad de los países latinoamericanos, propició un gobierno estrictamente federalista que le valió la hostilidad de los núcleos gobernantes argentinos; y creó en su país órganos de gobierno acordes con esa idea, al punto que la autonomía de cada ciudad era mayor que la que actualmente tienen las provincias. En medio de las preocupaciones de la guerra elaboró y puso en práctica planes de desarrollo económico, para lo que impuso una reforma agraria que inició en sus propias tierras, y la construcción de carreteras y vías de comunicación. La rivalidad entre brasileños y argentinos —que sólo coincidían en querer apropiarse de Uruguay— condujo a su derrota y su exilio en Paraguay, en el que vivió desde 1820.

Antonio José de Sucre

En 1810, con apenas quince años, se incorporó a las tropas de Miranda y Bolívar de quienes aprendió el arte militar y, del segundo, su capacidad de mando. Venezolano de nacimiento, participó en la independencia de Bolivia, Colombia, Ecuador y Perú, ganando batallas y escalando títulos hasta el de gran mariscal. Preocupado siempre por la guerra, su tarea de gobierno se redujo a la presidencia de Bolivia, que ocupó entre 1828 y 1830, sin aportar obras duraderas. Idolatrado por sus soldados, no lo fue en cambio por sus gobernadores para quienes la independencia no había traído ningún cambio sustancial de su vida anterior. Asesinado cuando viajaba de Quito a Bogotá, en 1830, su aporte principal a la independencia de Iberoamérica fue en el plano militar en el que destacó primero como colaborador de Bolívar y luego por su perspicacia en el combate, a pesar de su juventud. En su haber cuenta la victoria de Ayucucho, decisiva para la independencia de América.

José Martí

El último de los grandes líderes latinoamericanos. No llegó a ver la independencia de su Cuba natal, proclamada en 1898, ya que murió en combate en 1895, a los cuarenta y dos años de edad. Poeta, abogado y escritor, desde muy joven se dedicó a reunir fuerzas para lograr la independencia, y ya en 1817 fue deportado y encarcelado en España. En busca de apoyo recorrió México, Santo Domingo, Venezuela y Estados Unidos en el que en 1881 fundó el Partido Revolucionario Cubano, y desde allí organizó una expedición que desembarcó en la isla iniciando el proceso independiente, en una de cuyas batallas, la de Dos Ríos, halló la muerte.

Además de innumerables crónicas, folletos y ensayos políticos, como poeta fue uno de los iniciadores del modernismo (Ismaelito, Versos Sencillos, Versos Libres), habiendo escrito también obras de teatro (Adúltera, Amor con amor se paga), prosa (Cartas a mi madre) y novela (Amistad funesta). Sus observaciones de la realidad latinoamericana de finales del siglo pasado y del crecimiento y predominio de Estados Unidos en la región, le llevaron a elaborar tesis precisas del carácter que debería tener el Estado cubano cuando lograse ser independiente, fundamentalmente republicano, con instituciones democráticas sólidas, asegurando la participación popular y fijando las bases económicas para alcanzar un pronto desarrollo. En sus últimos escritos, además de fijar estas bases, expresaba los cuidados que debían seguir los partidarios de la independencia para que al liberarse de España, Cuba no pasase a depender de Estados Unidos, como estaba ocurriendo en varios países latinoamericanos y, finalmente, también ocurrió con Cuba.



-

DURANTE el período colonial y el proceso independentista, había en Hispanoamérica una marcada distinción social —las clases recibían el nombre de castas— fundada en el origen de cada grupo y las posiciones que cada uno de ellos ocupaba en la sociedad. Blancos españoles o criollos, indios, negros libertos o esclavos y mestizos, tuvieron actitudes distintas frente a la independencia y distinta fue su participación durante ese largo período.

Los blancos, a pesar de ser la minoría de la población, monopolizaban las principales actividades: comercio, administración, las escasas industrias, enseñanza, Iglesia, y era también el sector al que pertenecían los profesionales de entonces (médicos, abogados, militares, etc.). Ese monopolio de poder de que disponían les llevó a ser quienes cumplieran un papel primordial en los inicios del proceso independentista, hecho que comenzó a modificarse hacia mediados del siglo XIX, con la mayor integración y participación de los mestizos en la sociedad.

Entre los blancos, los criollos, es decir los hijos de españoles nacidos en América, fueron paulatinamente desarrollando ideas y proyectos distintos a los de sus padres sobre el gobierno y porvenir de esas tierras. Ese despertar coincidió con la irrupción en Hispanoamérica de los escritos de los pensadores europeos que habían fomentado la Revolución Francesa, y con una mayor participación—aunque también gradual— de los criollos en la vida pública. A partir de la última década del siglo XVIII, los nacidos en América pudieron participar en la Administración colonial, formarse en las escuelas militares y graduarse en las Universidades de entonces.

Esa «infiltración» criolla en sectores de la sociedad que hasta entonces habían sido privativos de los españoles, produjo un mayor interés de estos en la vida pública, en el fomento de estudios para elaborar planes de desarrollo económico y en ir identificándose cada vez más con la tierra en que habían nacido, diferenciándose así de los españoles que seguían, ante todo, vinculados cultural y afectivamente a España.

Este proceso paulatino fue haciendo del «sector ilustrado» de los criollos los precursores de las ideas independentistas. Casi todos ellos provenían de familias españolas profundamente arraigadas a las tierras en que vivían y cuyo poderío económico les permitía poder enviar a sus hijos a las Universidades coloniales e incluso a las europeas, o bien costearles la carrera militar, en España o en América.

Hubo un hecho que fue el catalizador de los sentimientos criollos en su relación con España: las invasiones de tropas inglesas al Virreinato del Río de la Plata en 1806. El 25 de junio de ese año, una flota inglesa atracó en las afueras de Buenos Aires y, tras unas breves escaramuzas, dos días después ocupaban la capital del virreinato cuyo titular, marqués Rafael de Sobremonte, había huido la noche anterior a una ciudad interior llevándose los valores del Cabildo y la Iglesia. Una parte del sector aristocrático de la ciudad juró sumisión al vencedor, el general William Carr Beresford.

Menos de dos meses después, el 12 de agosto, se produjo la reconquista de la ciudad, en cuya planificación y ejecución, el papel principal lo jugaron los criollos. Las tropas contaron con un masivo apoyo del pueblo que, con las más diversas armas, acorralaron a los invasores en un convento en el que se rindieron.

El hecho tuvo dos consecuencias importantes: 1) La defección de las autoridades españolas en la defensa —personificada en el virrey Sobremonte— y su incapacidad para organizar la resistencia; y 2) Por primera vez, los criollos habían asumido un papel dirigente, que además culminó exitosamente, en reemplazo de las autoridades españolas. El incidente fue muy comentado en toda la América hispana y, a medida que creían los sectores proindependentistas, era tenido en cuenta para unirlo a las motivaciones socioeconómicas que estos tenían.

Sin embargo, los ideales de los criollos no eran homogéneos, y las diferencias comenzaron a notarse antes y después de la independencia. Básicamente podían dividirse en tres grupos: 1) Quienes no deseaban la independencia y querían garantizar el poder del rey en América hasta que cesasen las guerras en la Península; 2) Quienes, sin pretender la independencia, deseaban un mayor grado de autonomía de las colonias con respecto a España, introduciendo diversos tipos de mejoras en la relación, y 3) Quienes pretendían la inmediata independencia estableciendo gobiernos autónomos de la corona española. Tampoco en este último grupo, que terminó imponiéndose, había una unidad total, aunque sus diferencias eran secundarias con respecto a lo que los unía como, por ejemplo, si los nuevos países debían ser republicanos al estilo de Estados Unidos o tener una monarquía autóctona; o bien, si se debían constituir ejércitos que marcharan a las regiones aún no liberadas o simplemente desarrollar en éstas agitación política que influyese en su pronta independencia.

Estas diferentes posturas que afectaban al sector dirigente de los criollos, tuvieron escasa o ninguna manifestación en el grueso de la población, que masivamente se unió a la causa independentista, participando en las innumerables batallas que durante décadas asolaron a los nuevos países americanos, y reemplazando totalmente el poder y autoridad de los españoles que permanecieron fieles al Gobierno de España, no así a los que se integraron a los nuevos rumbos sociopolíticos. Esa masa de mestizos y criollos que se incorporó al proceso lo hizo como tal, siguiendo a jefes y caudillos locales y, aunque en ocasiones su peso influyera en las decisiones de los que mandaban, apenas si participó en la configuración política que los nuevos países asumieron en sus primeros años.

Durante más de un siglo, los criollos conservaron gran parte de la educación, tradiciones y formación recibidas de los españoles, lapso durante el cual fueron incorporando a estas la cultura autóctona de cada región y los avances sociales que se iban produciendo.

A lo largo de ese siglo, también, los criollos desempeñaron los roles más importantes dentro de la sociedad, pero perdiendo la coherencia que habían tenido como grupo al proclamar la independencia, para dar paso a las diferencias sociales, política y económicas que arrastraban desde el período colonial.

Así, fueron criollos provenientes de familias españolas adineradas los que organizaron la explotación agrícola que en casi todos los países de América latina se realiza a través de extensas propiedades —el latifundio— con millares de trabajadores en ellas. Así, también, los ejércitos fueron perdiendo la característica popular que habían tenido en los primeros años de los combates contra España para transformarse en cuerpos profesionales y clasistas, muchos de cuyos oficiales provenían de Escuelas de la Península o cuyos padres habían combatido o apoyado a la Monarquía española.

En el otro extremo del espectro, la vida de los criollos pobres que habían luchado por la independencia —artesanos, pequeños comerciantes, clérigos, educadores, campesinos, etc.— siguió en las mismas condiciones que bajo la dominación colonial, aunque su participación en las guerras civiles pudo otorgarles alternativamente mayor o menor cuota de decisión.

De ambos grupos fueron los criollos los que, en última instancia, lograron organizar y estructurar los nuevos países, en los que conservaron una gran parte de la herencia española, en el plano social o económico. La paulatina participación en la vida política del país, las nuevas emigraciones europeas de finales de siglo y principios del siglo XX, la extensión de la educación a mayores capas de la población y la introducción de nuevas culturas no hispanas, lograron finalmente que se rompiese la tradición española que durante el siglo XIX había guiado a los criollos.


-

Introducción

EN todos los períodos de crisis la sociedades secretas han desempeñado un papel importante en el proceso de alumbrar nuevas ideologías y acelerar los mecanismos revolucionarios. En la etapa que estamos historiando la principal organización secreta es la masonería, identificada más o menos con el liberalismo político y económico, que tenía su cabecera internacional en Inglaterra, y contaba con ramificaciones en Europa y América.

A lo largo de todo el siglo XVIII, liberalismo y masonería anduvieron mezclados en España e Hispanoamérica en la lucha contra el absolutismo. Los efectos de estas luchas iban a ser catastróficos para España y su imperio colonial, ya que Inglaterra aprovechó los momentos de nuestra máxima debilidad para resquebrajar todo nuestro anticuado sistema económico-administrativo e imponernos su política económica.

Para Inglaterra, y también para las logias masónicas criollas, la destrucción del imperio colonial español en América era uno de los objetivos prioritarios. Para la primera, porque aspiraba a incorporar el amplio mercado latinoamericano a su zona de influencia comercial y explotación económica, y desde el siglo XVI toda su política había tendido a debilitar el poderío español; para las logias masónicas, porque era la única manera de desintegrar los pilares de la burocracia imperial española y crear las condiciones para la independencia.

Inglaterra se había propuesto convertirse en sucesora de España a la hora de la independencia de sus colonias, y no regateó esfuerzos para acelerar el momento. A lo largo de todo el siglo XVIII, desplegó una paciente labor de zapa para introducir sus mercaderías y extender su influencia en el área latinoamericana. Unas veces lo hizo legalmente a través de los puertos españoles, y otras de forma ilegal apelando al contrabando, o bien mediante el establecimiento de puertos francos en las islas que tenía bajo su dominio.

Papel político de las logias en América

El trabajo de infiltración de las logias en América fue arduo, pero efectivo. El centro de irradiación política de las logias se hallaba en la misma España, precisamente en Cádiz, nudo de las comunicaciones de la metrópoli con sus colonias y cuna de la Constitución liberal de 1812.

Fue en Cádiz donde se fundaron las primeras logias y sociedades secretas de influencia masónica con vistas a la independencia de América. Allí estaban el futuro general San Martín y otros patricios criollos durante la guerra de la Independencia contra Napoleón. La más famosa de estas logias fue la de los Caballeros Racionales, con sedes en Cádiz y Londres. En la sede inglesa el gran maestre de la logia era el venezolano Francisco de Miranda, que tanta influencia ejercería sobre Simón Bolívar. Es más, por la logia de los Caballeros Racionales pasaron casi todos los hombres que iban a jugar un papel preponderante en la emancipación de la América española: San Martín, Bolívar, O’Higgins, Alvear, Zapiola, etc.

Para juzgar la importancia que las logias tuvieron en el proceso independentista, veamos a título de ejemplo un aspecto concreto. En el Río de la Plata actuó la Logia Lautaro, de la que San Martín y Alvear eran las cabezas visibles. Su influencia en los asuntos políticos era tal que llegó a convertirse en gobierno paralelo. Pero la torpeza de Alvear, quien unía a su ideología probritánica desmedidas ambiciones personales, la desmembró, dando pie a que San Martín constituya una nueva con el mismo nombre, pero con una orientación completamente distinta. Fue esta nueva versión de la Logia Lautaro, con sede en Mendoza, la que impulsó la proclamación de la independencia del territorio, hecho que se produjo el 9 de julio de 1816, en Tucumán.

La filosofía política de esta logia ha sido objeto de polémicas y debates sin cuento. Su principal objetivo era implantar en el Río de la Plata una monarquía constitucional de tipo británico. El criterio mayoritario de sus miembros fue instalar en el trono a un príncipe perteneciente a la Casa de Borbón. Sin embargo, este proyecto desagradó a Londres, que esperaba que Alvear impusiera un príncipe emparentado con la Casa Real inglesa.

Desde su sede de Mendoza, la nueva Logia Lautaro, dirigida por San Martín, mantenía conexiones con Chile. Dos de sus principales miembros eran Bernardo O’Higgins y José Miguel Carrera, importantes figuras en la lucha independentista. Ambos formaban parte de la logia que dirigía Francisco de Miranda. A pesar de su común identidad masónica, esto no impidió que se convirtieran en acérrimos enemigos.

En las mismas tropas españolas de Chile actuaba una logia masónica que mantenía buenas relaciones con los patriotas insurrectos. Parece que entre el coronel español Morgado y el independentista Alvarez Condarco, ambos masones, existían tan buenas relaciones que el general San Martín contó con informes confidenciales de primera mano para llevar a cabo la liberación de Chile.

Otro tanto ocurrió en el Perú, donde las logias prepararon el desembarco de la expedición de San Martín. Sin embargo, también fueron las logias, en este caso las fieles a Inglaterra, las que trataron de dividir a los patriotas, ya que desconfiaban de las intenciones del Libertador de la Argentina, poco adicto a su política de dividir y fraccionar los territorios emancipados para poderlos dominar mejor.

El riguroso secreto en que se mueven las logias dificulta el estudio de su problemática y participación en los acontecimientos historiados. Existe una carta que el general San Martín dirige a Miller en la que podemos leer: «No veo conveniente hable usted, lo más mínimo, de la logia de Buenos Aires. Estos son asuntos enteramente privados y aunque tienen y han tenido una gran influencia en los acontecimientos de la revolución de aquella parte de América, no podría manifestarse sin faltar por mi parte a los más sagrados compromisos. A propósito de logias, sé a no dudar que estas sociedades se han multiplicado en el Perú de un modo extraordinario. Esta es una guerra de zapa y difícilmente se podrá contener y se harán cambiar los planes más bien combinados». La fidelidad de San Martín al espíritu masónico es patente al considerar «asuntos enteramente privados» los problemas tratados en la logia de Buenos Aires y decir que no podría hablar de ellos sin faltar a sus «más sagrados compromisos».

En este contexto esotérico de relaciones masónicas hay que situar la entrevista de San Martín y Bolívar en Guayaquil, de la que, como hemos visto en otra parte, sólo existen hipótesis sobre lo tratado y acordado en ella.

Igual se puede decir del asesinato del mariscal Sucre en la encrucijada de Berruecos. Aunque no existen pruebas, todos los indicios señalan el ajuste de cuentas entre logias masónicas rivales.

El mismo Bolívar, afiliado a la logia londinense junto a su lugarteniente Santander, terminaría siendo puesto en la picota por los masones probritánicos, quienes le acusaron de abrigar ambiciones absolutistas y se opusieron a sus ideales de unidad latinoamericana.

Por eso, no resulta ilógico suponer que a la sombra de este pulpo de sociedades secretas y logias, el imperialismo británico jugaba su baza de sustituir a España en el continente americano. Así, todos los partidarios de la unión o confederación de las colonias en un Estado orgánico fueron asesinados o desacreditados para que no pudieran cumplir su cometido. Para establecer su hegemonía económica, Inglaterra propiciaba la formación de pequeñas repúblicas independientes, antagónicas unas de otras, para mejor ejercer su papel de árbitro y monopolizador comercial. Y en la cuenta de las logias probritánicas hay que apuntar la muerte de Sucre, la conspiración de Santander para deshacer la Gran Colombia, el intento de asesinato de Bolívar y otros sucesos similares que contribuyeron al fraccionamiento del gran imperio colonial español en una multiplicidad de naciones tuteladas por el imperialismo anglosajón.



-

DENTRO del cuadro de la situación en España por la ocupación napoleónica, la independencia argentina fue impulsada inicialmente por comerciantes e intelectuales de Buenos Aires, los primeros necesitados de estrechar lazos económicos con Inglaterra y los segundos altamente influenciados por las ideas de la Revolución francesa.

El Cabildo, que el 25 de mayo de 1810 designó una Junta de Gobierno para dirigir el virreinato del Río de la Plata, representaba a estas dos fuerzas y actuaría, supuestamente, hasta tanto Fernando VII recuperarse su trono. Paulatinamente, los intelectuales más radicalizados (Mariano Moreno, Juan José Castelli, Bernardo de Monteagudo) fueron desplazados de sus puestos de mando, y la inicial actividad febril de la Junta dio paso a una apatía simultánea con las sucesivas derrotas de las expediciones militares que debían combatir a los ejércitos españoles. La Junta fue reemplazada por el Primer y Segundo Triunvirato y daría paso, a partir de 1814, a la institución del Directorio, ejercido por una sola persona.

En 1812, con la llegada al país de San Martín, Alvear y otros argentinos residentes en Europa, se comenzó a organizar debidamente los ejércitos y a disminuir el peligro de una reconquista del poder por los españoles. Los dos militares citados, junto a O’Higgins y Vieytes, fundaron la Logia Lautaro que abarcaría en su seno a gran número de los oficiales recién formados, e impulsaron la convocatoria de la denominada Asamblea Constituyente de 1813, que aunque no llegó a declarar la independencia ni la Constitución, sentó el precedente del republicanismo y dictó medidas tales como la abolición de la esclavitud, la libertad de prensa y la desaparición de la Inquisición.

La independencia fue declarada el 9 de julio de 1816, en un Congreso en el que las principales disputas se centraban en torno a la instauración o no de una monarquía, a qué dinastía europea debía pertenecer, y a los temores de autoindependizarse cuando aún no estaba garantizado el poder militar, en lo exterior, y las provincias se insurreccionaban sucesivamente contra el poder central. Ya para entonces —y mientras San Martín preparaba la invasión de Chile—, Uruguay estaba siendo invadido por las fuerzas portuguesas procedentes de Brasil, Paraguay se había separado del virreinato, y las provincias norteñas seguían en manos españolas.

La ineficacia de los círculos dirigentes de Buenos Aires —la más importante provincia del país— tanto en su política económica como militar, debilitaron considerablemente a los sucesivos directores y condujeron a que la primera Constitución (1819) fuese rechazada por las provincias, especialmente por su carácter centralista y su desconocimiento de las situaciones regionales y porque pretendía conservar los privilegios de que disponía Buenos Aires como centro político y único puerto del país. Su rechazo motivó la invasión de Buenos Aires —y la derrota de ésta en 1820— por una alianza de los más importantes caudillos, López y Ramírez, y dio comienzo a treinta y tres años en los cuales cada provincia era absolutamente autónoma de cualquier poder central.

A pesar de haber sido planeado y desarrollado por círculos restringidos de Buenos Aires, el proceso independentista encontró rápido eco en las restantes capas de la población, aunque su canalización fuese en el plano casi estrictamente militar y nunca con una noción de país, sino como apoyo a los jefes locales que iban surgiendo en cada zona. La forma gradual en que se desarrolló el proceso—aunque permanentemente plagado de combates favorables a uno u otro bando— facilitó que siguiese siendo pacífica la convivencia entre españoles y criollos, hecho que además fue fomentado por los mismos revolucionarios al incluir en la primera Junta a dos realistas —un sacerdote y un militar—sobre un total de nueve miembros.

En todo este período, escasas medidas gubernamentales tendían a la organización político-jurídica del país —e incluso la mayor parte de ellas eran cuestionadas— con lo que, al igual que en casi todos los demás países hispanoamericanos, se asistía, por un lado, a una necesidad de gobiernos fuertes y estables y, por otro, se evidenciaba la imposibilidad de estructurarlos: esos gobiernos fuertes existirían sólo a nivel provincial.

El Tratado de Amistad y Alianza que Inglaterra y España suscribieron el 5 de agosto de 1814, por el que la primera adquiría la posición de nación privilegiada en el caso de que se abriera el comercio americano a otras naciones, a la vez que no se opondría a que España recuperara sus antiguas colonias por la fuerza, comprometiéndose a garantizar la no entrega de armas a los disidentes hispanoamericanos, produjo conmoción en el Cono Sur americano y favoreció la sepultura de los gobiernos centralistas y su reemplazo por los caudillos populares regionales, sobre quienes descansaría, a partir de entonces, la lucha por la independencia.

Hasta entonces, y desde la Revolución de 1810, Argentina asistía a la incapacidad de asentamiento de su poder central, en el que disputaban la supremacía agentes al servicio de Inglaterra —como Bernardino Rivadavia, que luego sería presidente, y Carlos de Alvear— o del Brasil, como Mariano Tagle y Manuel García. Las distintas expediciones al interior organizadas por los sucesivos gobiernos de Buenos Aires habían fracasado y la detención de los avances españoles se lograba gracias a las milicias populares fomentadas y pagadas por los caudillos provinciales. El poder y prestigio de los caudillos creció paralelamente al afianzamiento militar de la independencia y su partidismo republicano impidió la estructuración de una monarquía, propiciada por los círculos ilustrados de Buenos Aires y fomentada por los agentes ingleses y brasileños.

Uno de estos caudillos, Martín Güemes (1785–1821), fue durante los últimos diez años de su vida quien defendió la frontera norte argentina de las tropas realistas que procedían del Alto Perú, mediante la organización de grupos guerrilleros de campesinos, y su influencia política crecía a medida que lograba contener el avance español, hasta hacerlo indeseable para los centralistas, que celebraron su muerte.

Francisco Ramírez (1786–1821), gobernador de Entre Ríos, y Estanislao López (1786–1838), gobernador de Santa Fe, discípulos del caudillo uruguayo José Artigas, son ejemplos típicos de los jefes regionales que asentaron la independencia y gobernaron a Argentina durante cincuenta años.

Representantes de economías arruinadas por la política librecambista del poder central, que había inundado las provincias de productos británicos, hacendados dueños de grandes extensiones, jefes naturales de las tropas de paisanos para quienes sus palabras eran órdenes, supieron combinar las necesidades de sus regiones con el patriotismo de sus seguidores, y ya en 1820 liquidaron el poder central, manteniéndose desde entonces las provincias en forma independiente, aunque confiaban el manejo de las relaciones exteriores a la de Buenos Aires.

En cada provincia representaban la ley y el orden: no forjaron instituciones, no crearon formas democráticas de gobierno, desarrollaron la artesanía e industria local y mantenían poderosos ejércitos que les garantizaban su continuidad en el mando. El desgaste del poder central en los primeros diez años de vida independiente y la incapacidad demostrada para organizar la vida política del país, ayudaron al surgimiento de los caudillos y a su mantenimiento durante medio siglo.

Distinto fue el caso del Paraguay cuya independencia se logró por un levantamiento popular, el 14 de mayo de 1811, y que durante tres años fue gobernado por una Junta. Desde 1814 hasta 1840 tuvo un solo gobernante, José Gaspar Rodríguez de Francia, que logró mantener el país alejado de las disputas entre argentinos y brasileños y le confirió una estabilidad atípica en la región. Esa estabilidad continuó al establecerse el régimen presidencial, en 1844, hasta el comienzo de la guerra de la Triple Alianza (1864–1870), que Argentina, Uruguay y Brasil desarrollaron contra Paraguay a instancias de Inglaterra, para derrocar a un gobierno que fomentaba lograr la independencia económica del país, desarrollando la industria pesada y estableciendo un proteccionismo que impedía la entrada de los productos británicos.

El desarrollo del proceso independentista en México estuvo marcado desde sus comienzos, a diferencia del resto del continente, por la participación en la lucha de las clases más marginadas de la sociedad colonial, para quienes la independencia significaba —o pretendían que así fuese— la eliminación de las desigualdades sociales.

De los cuatro virreinatos españoles, el de Nueva España era, por su riqueza y su situación estratégica, el más importante; su economía, basada en la agricultura, ganadería y minería, permitía el envío de cuantiosas riquezas a la metrópoli, con la que se solventaban también los déficits de Puerto Rico, Cuba, Filipinas y la Florida.

En el plano interior, sólo los blancos tenían acceso a la riqueza, en tanto el grueso de la población vivía en condiciones miserables. Las rivalidades entre blancos criollos y españoles derivaban, especialmente, de que los primeros sufrían también de trabas para acceder a cargos administrativos o para desarrollar libremente su economía, basada en grandes extensiones de tierras explotadas mediante el trabajo de indios, negros y mestizos.

El descontento que caracterizaba a esa sociedad fue descrito por Fray Antonio de San Miguel en un informe en el que señala que «casi todas las propiedades del reino están en manos de los blancos. Los indios y castas cultivan la tierra, sirven a la gente acomodada y sólo viven del trabajo de sus brazos. De ello resulta entre los indios y los blancos esta oposición de intereses, este odio recíproco que tan fácilmente nace entre los que lo poseen todo y los que nada tienen».

La independencia de Estados Unidos y la debilitación de España ante la invasión napoleónica fueron detonantes para esta situación, que alcanzó primero a algunos círculos de criollos influenciados por los muchos agentes ingleses y norteamericanos que pululaban por el territorio. Ya el 1 de julio de 1808 se formó una Junta de Autogobierno, a imitación de las de España, fomentada por el licenciado Francisco Primo de Verdad, aunque su existencia, aceptada en principio por el virrey, fue efímera ante la oposición de los latifundistas que acabaron con ella y nombraron a un nuevo virrey, representante de sus intereses. Las dos siguientes nuevas Juntas, una encabezada por Ignacio Allende y la otra por el cura Miguel Hidalgo, tuvieron un carácter más secreto y fueron las que dieron origen a las primeras insurrecciones contra el poder colonial.

Hidalgo (1753–1811), cura de Dolores, gozaba de una creciente popularidad por su preocupación constante por los humildes, en quienes fomentaba la educación y el mejoramiento de sus industrias. Cuando era inminente el descubrimiento del movimiento que él secretamente encabezaba, lanzó el 16 de septiembre de 1810 el «Grito de Dolores» que marca, históricamente, el comienzo del proceso independentista mexicano. De inmediato, se unieron a él millares de indios, campesinos sin tierras, esclavos y criollos, constituyendo un ejército numeroso, heterogéneo, mal armado, que comenzó la marcha sobre la capital. Desbordado por las necesidades de su gente, Hidalgo iba aboliendo a su paso la esclavitud, las cargas que pesaban sobre indios y castas, y repartiendo la tierra de los latifundistas españoles, en medio de una matanza indiscriminada de españoles, que simbolizaban la opresión que ese ejército pretendía destruir. Pero el entusiasmo de sus tropas no podía reemplazar la carencia de instrucción y, luego de una serie de triunfos, fue derrotado en Puente de Calderón, hecho prisionero y fusilado el 30 de julio de 1811.

Sus continuadores fueron Ignacio Rayón (1773–1833) y el también cura José María Morelos (1765–1815). Mientras en las sierras operaban grupos guerrilleros supervivientes del ejército de Hidalgo, Morelos y Rayón formaron una columna integrada también por los más desposeídos que, aunque sin orden ni planes, continuó durante cuatro años hostigando al poder central. En 1813, a iniciativa de ambos, se reunió en Chilpancingo el Primer Congreso Nacional que proclamó la independencia y nombró a Morelos capitán general, a instancias de los numerosos agentes norteamericanos que se hallaban junto a él y que pretendían lograr la cesión de Texas a cambio de apoyo en armas y reconocimiento legal, cesión que finalmente no se produjo. Derrotado y fusilado en diciembre de 1815, Morelos dejó como resto de su ejército un cúmulo de caudillos que en distintos puntos del territorio siguieron combatiendo, aunque careciendo de líderes nacionales y de perspectivas rápidas de lograr una independencia efectiva.

La experiencia de la participación popular en la gesta independentista, que transformaba a ésta más en una revolución social que en el puro acto de desligarse de la metrópoli, impulsó a españoles y criollos acomodados a buscar una fórmula de transación que permitiese independizar al país, pero manteniendo sus privilegios. Esa fórmula se consiguió el 24 de febrero de 1821 mediante el Plan de Iguala o Pacto Trigarante, por el que se reconocían tres garantías fundamentales: fraternidad entre españoles y mexicanos, catolicismo e independencia política. El artífice del pacto, el general realista Agustín Itúrbide, había sido quien derrotó y capturó a Morelos en la batalla de Puruarán.

A partir de entonces la historia mexicana comenzó a desarrollarse con constantes que durarían más de un siglo: choque entre liberales y conservadores (en aquel momento, partidarios de la monarquía o la república), insurrecciones campesinas en demanda de mejores condiciones de vida, caudillos locales indominables por el poder central, permanente violencia social y siempre, latente o efectivo, el peligro de la ocupación de tierras mexicanas por parte de los Estados Unidos.

Esas constantes produjeron que el primer gobierno estable fuese el de Benito Juárez (1806–1872) y que durante esos primeros treinta y seis años de vida independiente, México tuviese 37 gobernantes distintos, algunos de los cuales estuvieron varias veces en el poder, como el general Antonio López de Santa Ana, que ejerció la presidencia en siete ocasiones, todas ellas producto de sublevaciones. También en ese ínterin es cuando Estados Unidos se anexiona primero el Estado de Texas, en 1845, y, como consecuencia de la guerra que siguió a este acto, ocupasen parte del territorio —incluida la capital— y se anexionasen extensas zonas en el norte del país, ocupación que fue legalizada por el Tratado de Guadalupe Hidalgo (1848).

Un año después de su proclamación como presidente, Itúrbide se hizo nombrar emperador, fundando el Imperio Mexicano, y adoptó el nombre de Agustín I, y cuyo primer acto fue suprimir el Congreso. En 1824, ya depuesto Itúrbide, se proclama la primera Constitución que declara al país república federal, cuyo primer presidente fue Victoria Guadalupe. El breve período de tranquilidad que siguió a su nombramiento se resquebrajó tras su destitución en 1829, en que se inicia la sucesión ininterrumpida de presidentes y sublevaciones.

La debilidad de las instituciones, las ambiciones personales de los jefes militares que contaban con ejércitos propios, el permanente clima de violencia social derivado de las miserables condiciones de vida de la población, la penetración constante de su territorio por colonos norteamericanos (cuando no por tropas) y la presión de las potencias europeas (especialmente Francia) sobre el país, contribuyeron a fomentar la anarquía que envolvió a México durante todo el siglo XIX y que impidió el desarrollo de su economía, tan próspera en tiempos de la colonia, ya que por un lado se mantenían estructuras agrarias atrasadas y por otro los campos eran asoladas por las guerras, y las minas despobladas para abastecer los ejércitos.

A diferencia de todo el resto del continente, el proceso independentista mexicano no consistía sólo en que los criollos desplazaran a los peninsulares, sino que al intervenir en forma masiva, los peones y con ellos todo tipo de gente del pueblo, se hicieron promesas de reparto agrario, de abolición de la esclavitud y otras cuestiones que eran ya típicas del pensamiento ilustrado español, pero que en la colonia sacudían a las inmensas masas de desposeídos. Las muertes de Hidalgo y Morelos significaron la pérdida de ese aspecto popular de la independencia y de que la mayor parte de esas promesas nunca fueran satisfechas.



-

Introducción

EL tema de la independencia de los países hispanoamericanos es tan exuberante, barroco y tropical que deforma frecuentemente la certera visión de los hechos. Cualquiera que se adentre en la acumulación de historias, memorias e interpretaciones particulares que nos brinda la historiografía, siente confusión y tristeza al ver tanta polémica inútil, tanto partidismo y tozuded en la radicalización de posturas por parte de los protagonistas del magno acontecimiento. El hecho sería insólito si no fuera porque forma parte de la crisis de España, y la crisis todavía sigue coleando.

Una pregunta previa se impone: ¿Se hallaba Hispanoamérica preparada para emanciparse de la tutela española? A la vista de los resultados y de la dramática conflictividad que jalona la historia de los Estados surgidos del imperio colonial español, parece que no. Pero inmediatamente se nos presenta otra interrogación: ¿Podía España dar algo nuevo a los pueblos alzados contra su autoridad? La respuesta también parece negativa.

El mundo estaba cambiando, había cambiado radicalmente, y España seguía encerrada en su absolutismo. La crisis que iba a sacudirla a todo lo largo del siglo XIX y buena parte del XX se hizo patente en el trance doloroso de la Guerra de la Independencia, pero venía de atrás. La primera en romper las esclusas del absolutismo en una revolución fecunda y creadora fue Inglaterra en el siglo XVII. La segunda fase del ciclo revolucionario se produce en sus colonias de Norteamérica, con un sistema constitucional que no tardaría en ser envidiado por las colonias españolas. Pero el gran detonante del mundo absolutista fue la Revolución Francesa. Inglaterra, Norteamérica y Francia revelaron que la libertad política era posible y que los derechos del hombre estaban por encima de los privilegios de la Corona.

Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano fue promulgada en Francia en 1789 y en Hispanoamérica circuló profusamente en 1794, traducida e impresa por el criollo colombiano Antonio Nariño en 1794. Aunque tanto en España como en Hispanoamérica se levantaron barreras contra la marea revolucionaria, la incipiente burguesía de ambos lados del Atlántico captó el mensaje que la llamaba a protagonizar la revolución y, tras el fracaso de la «Ilustración», que también había tenido amplias repercusiones en los cabildos de las ciudades americanas, hizo su aparición el liberalismo, que iba a socavar los cimientos de las rígidas estructuras absolutistas que regían en la España metropolitana y en sus colonias como un todo indivisible.

Aunque el proceso de la emancipación hispanoamericana se escapa a los estrechos límites establecidos por la cronología, entre 1808 y 1824, en este período de las guerras de la Independencia se consuma la separación entre una España debilitada por un proceso interno de Guerra Civil y una América desgarrada por el caudillismo de sus libertadores.

A finales del siglo XVIII la composición étnica de los pobladores de Hispanoamérica era la siguiente: indios, 46 por 100; mestizos, 26 por 100; blancos, 20 por 100, y negros, 8 por 100. Del total de blancos, sólo el 5 por 100 eran peninsulares y en su mayoría pertenecían a la burocracia colonial. Si los españoles monopolizaban el poder político como funcionarios de la Corona, los criollos, burgueses y aristócratas, detentaban el poder económico y cultural, y poseían el dominio real de la economía de las colonias.

Fue en los criollos de las ciudades donde germinó la idea de la emancipación. «En vísperas de la emancipación —escribe Mario Hernández Sánchez-Barba— era notable la desproporción en el reparto de la riqueza, apreciada en la inorgánica distribución de la renta entre la población económicamente activa, produciendo grandes diferencias en los niveles sociales de vida. Por un lado, la gran burguesía comercial que, al compás de las reformas liberales de Carlos III, entre 1765 y 1778, con el consiguiente aumento de la actividad mercantil, se había enriquecido todavía más, alcanzando una extraordinaria potencialidad económica; en torno de ella, las masas empleadas como mano de obra en el negocio comercial: cargadores, acarreadores, muleros, estibadores, etc. Por otro lado, la gran aristocracia terrateniente y feudal, detentadora en muchas ocasiones de los poderes políticos de la localidad de asentamiento, de vida fastuosa, ya fuese en sus palacios urbanos o en sus fincas rurales. Frente a ella, la más radical pobreza envolvía a los peones trabajadores de sus tierras, mal alimentados, peor vestidos y arrastrando una mísera existencia. Por otra parte, la alta burocracia administrativa ocupaba los altos cargos y giraba, como un remedo de la corte metropolitana, en torno de la virreinal, la de los gobernadores o la de los capitanes generales; por debajo, la burocracia administrativa, escribanos, conserjes, criados, etc. Por otro lado, el alto clero urbano, que gozaba de astronómicas rentas, contrastaba con el clero rural, sin medios casi para subvenir a sus mínimas y más perentorias necesidades vitales. Por último, el ejército, dividido entre los altos mandos y la oficialidad subalterna y la soldadesca. Una sociedad, en suma, caleidoscópica, donde existían tantos matices como en la amplia gama del mestizaje indiano. Pero con una separación extrema y cada vez más amplia, entre las altas capas adineradas y las bajas, pauperizadas».

Así era la rígida sociedad colonial que resistió los sucesivos embates de la revolución hasta que la crisis se produjo en la misma metrópoli. Lo que ocurrió después es un capítulo más de la lucha que se libraba en España entre liberalismo y absolutismo y los resultados corresponden al escaso o nulo interés que las autoridades imperiales prestaron a las demandas de la burguesía colonial en favor de la libertad de comercio y una mayor autonomía en los gobiernos coloniales para resolver las situaciones sin tener que esperar las resoluciones de Madrid. Los criollos, enriquecidos por el comercio, aspiraban a reformar las estructuras coloniales y a romper el aparato administrativo de los monopolios metropolitanos, y ante la imposibilidad de superar las lentas y esclerotizadas reacciones del centralismo español, optaron por desencadenar la lucha emancipadora y asumir el poder, al igual que pretendía la burguesía liberal española.

Al producirse la segregación de los países hispanoamericanos, España había agotado su capacidad de fecundación. Nada tenía que ofrecerles. Como diría Sarmiento, España había llevado al Nuevo Mundo lo mejor y lo peor de su forma de ser, se había integrado en el paisaje con su barroquismo y en la sangre con su cultura, su fe y su fiero orgullo. En América había sido vencida por sus propios hijos, pero nunca podría ser desarraigada su simiente.

Aunque España no tuvo poca culpa en el fracionamiento de América, por no haber atendido en su momento las peticiones de los propios criollos de crear un centro de poder bajo la égida de un príncipe de la Casa de Borbón, quien realmente hizo todo lo posible para que tal cosa ocurriera fue Inglaterra, que deseaba una reata de pueblos dóciles y empobrecidos para su mejor explotación. Por eso los libertadores que, como Bolívar y San Martín, aspiraban a unificar los países recién liberados, fueron barridos. El vizconde de Chateaubriand, ministro de Asuntos Extranjeros de Francia, pudo decir muy bien: «En el momento de su emancipación, las colonias españolas se convirtieron en una especie de colonias inglesas.» Nada más cierto. Desde su emancipación, Hispanoamérica ha figurado primero en la zona de influencia del imperialismo británico para encadenarse después al coloso norteamericano.

Y todo, ¿por qué? Porque España se había vaciado de contenido. Carecía de dinámica propia. Fluctuaba entre absolutismo y liberalismo sin acertar en el contexto de las grandes naciones. De esta manera, malamente podía ofrecer a las esquilmadas Repúblicas hispanoamericanas lo que no poseía.

José Martí, el gran patriota cubano que no llegó a ver a su país pasar del colonialismo español al norteamericano, analizando el comportamiento de los próceres y libertadores, escribe sobre el fracaso de los que intentaron el trasplante de los modelos extranjeros al peculiar mundo hispanoamericano: «La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en quienes quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diecinueve siglos de Monarquía en Francia. Con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro llanero. Con una frase de Sieyes no se desestanca la sangre cuajada de la raza india. A lo que es, allí donde se gobierna, hay que atender para gobernar bien, y el buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolo en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas. El Gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser del país. La forma de gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.»

Para comprobar que Latinoamérica todavía no ha llegado a la situación de madurez deseada por Martí y tantos prohombres que se enfrentaron con las oligarquías surgidas del criollismo triunfante en las guerras independentistas, bastará con observar la inestabilidad y espíritu latente de guerra civil que predomina en el área continental de Hispanoamérica. A más de siglo y medio de haber conseguido su independencia, todavía no han acertado a encontrar una dinámica integradora que les permita sacudirse las tutelas colonizadoras. Y eso a pesar de que todos sus intelectuales, artistas y políticos honestos saben y afirman a diario que Hispanoamérica tiene un destino común, como común es su origen y su acervo cultural.

A la hora de valorar las aportaciones que recibieron los independentistas en su colosal empeño emancipador, no se puede ignorar el papel que jugaron los liberales españoles en los resultados finales. Ya se ha dicho en otro informe que por Cádiz pasaban los hilos que el general Miranda movía desde Londres, ya que Cádiz detentaba el monopolio del comercio con América y era el puerto de embarque de las tropas españolas destinadas a las guarniciones coloniales. En las cortes de Cádiz hubo representantes hispanoamericanos y la Constitución de 1812, tenida como la carta magna de la revolución liberal europea hasta 1848, se leyó en las Plazas Mayores de todas las ciudades americanas. Pero, además, cuando Fernando VII inicia en 1814 la feroz represión contra los liberales, muchos militares liberales, por decisión propia o represaliados, son transferidos al ejército de América. Esto sin duda contribuyó a debilitar el realismo absolutista. Y cuando el general Riego se subleva en 1820 en las Cabezas de San Juan y obliga a Fernando VII a promulgar de nuevo la Constitución de 1812, las tropas acantonadas en Cádiz para acudir a reprimir los levantamientos independentistas, se niegan a embarcar. Algunos historiadores españoles achacan a este incidente la derrota decisiva que sufrieron en Ayacucho las tropas realistas españolas en 1824.

Relación geográfico-cronológica del proceso independendista

ARGENTINA: 25 de mayo de 1810; formación de la Primera Junta, también llamada «primer gobierno patrio».

BOLIVIA: 6 de agosto de 1825; la Asamblea Constituyente, convocada por el General José Antonio de Sucre, proclama la independencia de la «República de Bolívar» en Chuquisaca.

COLOMBIA: La guerra de la Independencia comenzó el 20 de julio de 1810 y culminó el 17 de diciembre de 1819 al aprobar el Congreso la República de Colombia y ser elegido primer presidente Bolívar.

COSTA RICA: La independencia se proclamó en noviembre de 1821. En julio de 1823 se reunió en Guatemala una Asamblea nacional constituyente, donde se formó la República Federal de las Provincias Unidas de Centroamérica.

CHILE: Las primeras tentativas de independencia fueron sofocadas pro el virrey español Abascal. Pero en enero de 1817 el general José de San Martín, nombrado por el Gobierno argentino generalísimo del Ejército de los Andes, derrota a los realistas españoles y el 13 de febrero entra victorioso en Santiago de Chile.

REPUBLICA DOMINICANA: Se declaró independiente en 1821.

ECUADOR: El acta de Independencia fue suscrita en Guayaquil por los patriotas ecuatorianos el 9 de octubre de 1820. Pero la independencia total no se produjo hasta el 25 de mayo de 1822.

GUATEMALA: Se declara independiente de forma pacífica en 1821, y el último gobernador realista, Sabino Gaínza, se pone al frente del Gobierno. Tras unirse al Imperio mexicano de Itúrbide, en 1823 pasa a formar parte de las Provincias Unidas de Centroamérica.

HONDURAS: Al separarse en 1821 la Capitanía General de Guatemala de la Corona española, Honduras se declara independiente. El 1 de julio de 1823 entra a formar parte de las Provincias Unidas de Centroamérica.

MEXICO: Tras los movimientos insurreccionales de los curas Miguel Hidalgo y José María Morelos en 1810, se sucedieron las tentantivas independentistas, pero éstas no cuajaron hasta 1821, en que el coronel Itúrbide se alzó contra las tropas realistas con el «Plan de Iguala».

NICARAGUA: Aunque en 1811 se produjeron algunos alzamientos promovidos por curas y frailes, la independencia no la alcanzó hasta el 15 de septiembre de 1821.

PANAMA: Formaba parte de la República de la Gran Colombia al declararse ésta independiente en 1821, y en 1826 fue sede del Primer Congreso Interamericano convocado por Bolívar.

PARAGUAY: Hasta su independencia este territorio formaba parte del virreinato del Río de la Plata. El 15 de mayo de 1811 depuso al gobernador español y asumió su independencia una Junta superior gubernativa.

PERU: La independencia del Perú corrió a cargo del Ejército de los Andes, bajo el mando del general argentino San Martín y la colaboración naval de la flota mandada por lord Cochrane. El general San Martín entró en Lima el 10 de julio de 1821, y el Cabildo abierto proclamó la independencia y nombró a San Martín Protector Máximo del Perú. Al retirarse San Martín (1822), fue elegido por el primer Congreso constituyente presidente de la República José de la Riva Agüero (27 de febrero de 1823).

EL SALVADOR: Obtuvo la independencia de España al separarse Guatemala en 1821; formó parte del Imperio mexicano de Itúrbide y el 1 de julio de 1823 se federó con las Provincias Unidas de Centroamefica (Guatemala, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y El Salvador).

URUGUAY: La declaración de la Independen cia en Buenos Aires (mayo de 1810), repercutió en Montevideo con el levantamiento de José Gervasio Artigas contra las autoridades españolas. Al frente de sus gauchos derrotó el 18 de mayo de 1811 a los realistas en Las Piedras. La verdadera independencia del Uruguay, sin embargo, no se produciría hasta el 28 de agosto de 1828.

VENEZUELA: Aunque en Venezuela maduró muy pronto el espíritu de independencia y hubo frecuentes desembarcos y levantamientos a partir de 1810, la emancipación del territorio venezolano del dominio español fue larga y costosa. El 5 de julio de 1811 el Congreso General de Caracas declaró la independencia de las Provincias Unidas de Venezuela, pero la resistencia española se mantuvo hasta 1823, en que se rindieron las plazas de Maracaibo y Puerto Cabello. El verdadero héroe de esta larga y accidentada guerra es Simón Bolívar, que promulgó constituciones en Perú, Ecuador, Bolivia, Colombia y Venezuela. La patria de Bolívar se declaró independiente de la Gran Colombia el 6 de mayo de 1830 y eligió presidente al general José Antonio Páez.



-

AUNQUE la expresión «golpe de Estado» —derrocamiento de un gobierno civil por las Fuerzas Armadas e instauración de un régimen militar— no nació en América, prácticamente se ha transformado en una característica de los países latinoamericanos, ya que todos sin excepción han conocido numerosos golpes a lo largo de su historia. A tal punto que en 1976, de once países que comprende Sudamérica, ocho tenían gobiernos militares y sólo tres gobernantes elegidos democráticamente.

La frecuencia del fenómeno del «golpismo» puede medirse por algunos ejemplos: Bolivia, con 150 años de independencia, ha sufrido treinta y seis pronunciamientos militares. En Argentina, desde 1928, ningún gobernante civil pudo completar su mandato. Perú cuenta en su haber, sólo en este siglo, con once sublevaciones; y hay varios países sobre todo en Centroamérica, en los que desde hace varias décadas no se celebran elecciones.

En la primeras décadas de independencia, durante el siglo pasado, influían en los continuos alzamientos factores tales como la necesidad de gobiernos fuertes capaces de afrontar las dificultades derivadas de las guerras por la liberación o bien con los países vecinos; las vacilaciones que provocaban las discusiones sobre el tipo de régimen a adoptar por el Estado naciente (en Argentina, por ejemplo, esa discusión duró casi cincuenta años); el que mucho más que los movimientos políticos, quienes efectivamente tenían poder de decisión eran los militares formados en los combates y con mando de tropas; y el caudillismo de los jefes locales que mantenían sus ejércitos propios, que combatían entre sí y que se sublevaban alternativamente.

Pero sobre todo influyó la escasa participación popular en la formación de las instituciones de los nuevos países, hecho que marcaría posteriormente el desarrollo de las democracias en Latinoamérica. A diferencia de lo ocurrido en los Estados Unidos, en los países hispanoamericanos esa participación sólo se dio en los combates por la independencia y generalmente bajo el caudillaje de jefes locales, en milicias muchas veces a sueldo, y no como un acto consciente de la mayoría de la población. Esta situación tuvo su continuación posteriormente. Al afianzarse las repúblicas y su ordenamiento legal, en la toma de decisiones y en los debates participan sólo pequeños grupos de intelectuales, profesionales, políticos y representantes de los más importantes intereses económicos. Igual característica tuvieron la mayor parte de los primeros partidos políticos. Salvo escasas excepciones, la mayoría de ellos estuvieron formados por pequeños núcleos de personas de las principales ciudades.

En los comienzos de este siglo, dos hechos cambian radicalmente el modo de vida de los países latinoamericanos. El primero fue la profesionalización de los ejércitos, para pertenecer a los cuales había que seguir estudios y formar parte de las clases sociales capaces de poder costearlos; el segundo fue un lento proceso de industrialización que desencadenó el crecimiento urbano, la llegada de centenares de miles de emigrantes europeos, la aparición de teorías hasta entonces desconocidas en América: anarquismo, socialismo, marxismo, etc., y, al mismo tiempo, una sociedad estructurada de tal forma que impedía el desarrollo de los adelantos técnicos y no daba solución a los problemas inmediatos de la creciente población.

La crónica falta de estabilidad de las democracias parlamentarias americanas tenía el agravante de no poder incorporar al sistema a las masas que buscaban participar en la vida cívica, por lo cual se mostraban muy receptivas a toda solución violenta que propusiera cambiar sus condiciones de vida. Simultáneamente se producía una vinculación de los altos mandos militares con los principales intereses económicos, ligados familiarmente, o a través de la participación conjunta en negocios comunes, que fueron aumentando el interés de las Fuerzas Armadas como tales, y como sector social, en la política interna de cada país.

Todo esto indica el cambio cualitativo que se fue produciendo entre el contenido de los golpes de Estado que se daban en los primeros años de vida de los países latinoamericanos y los que se realizaron este siglo y actualmente. Mientras los primeros se debían principalmente a ambiciones y rivalidades personales, diferentes concepciones sobre la forma de gobierno o la falta de un mecanismo adecuado y generalizado de cambios de gobernantes, los posteriores respondieron —y responden— a la necesidad de impedir cambios en un determinado sistema económico-social y a garantizar la supervivencia de intereses económicos.

La mayor parte del centenar y medio de golpes de Estado que hubo en este siglo en Latinoamérica tuvieron esa característica, aunque las circunstancias o motivaciones inmediatas pudieran tener variantes: incapacidad de los gobiernos civiles para hacer frente a las necesidades del país; discusiones estériles o enfrentamientos armados entre los partidos políticos; aumento de las demandas populares y denuncias contra la sociedad vigente; acciones reivindicativas del pueblo —huelgas, manifestaciones, sublevaciones— que pudiesen poner en peligro la «seguridad» del régimen gobernante.

También, salvo muy escasas excepciones, fueron golpes incruentos, ya que generalmente las Fuerzas Armadas actuaban homogéneamente y frente a gobiernos a los que tampoco nadie intentaba defender. Las excepciones a esta regla fueron, justamente, cuando se trataba de derrocar a gobiernos que contaban con amplio apoyo popular: Argentina en 1955, Brasil en 1964, Bolivia en 1971, Chile en 1973, etc. En algunos de estos casos, el peligro de afectar a intereses económicos claves y de instaurar un nuevo tipo de régimen no provenía sólo de las reivindicaciones populares, sino de los propios gobiernos y de ahí su derrocamiento, a pesar de contar con masivo respaldo electoral.

La repetición sistemática de estos hechos contribuyó a agravar la inestabilidad del poder en América latina, ya que por un lado las instituciones aparecían doblemente desbordadas —En ocasiones por el pueblo, en otras por las Fuerzas Armadas— y demostraban no responder a las necesidades reales del país y de su población; aunque también generalmente se volvía a ellas una vez que los golpistas creyesen superados los motivos que les habían impulsado a la sublevación. Ello implicó en muchos países, particularmente los sudamericanos, la alternativa en el poder entre gobiernos civiles y militares: fracasado el primero se pasaba al segundo que, años más tarde, inevitablemente volvía al parlamentarismo.

En los últimos años, además, las escuelas militares americanas —incluyendo los cursos que agrupan a jefes de diferentes países— forman a sus oficiales más como guardianes de la «seguridad interna» del país que en el de su misión específicamente militar. Esto ha favorecido la participación de las Fuerzas armadas en la vida política por encima de los partidos políticos y de las instituciones democráticas, ya que unos y otras acuden a ellas cuando se sienten desbordados.

El «golpismo» se ha transformado ya en un hábito en Latinoamérica. Las sociedades se han estructurado de tal manera que su mantenimiento no puede ser garantizado sin la participación activa de los militares en el gobierno. El bonapartismo de que tanta gala hicieron los libertadores empezando por Simón Bolívar hoy forma parte de la estructura política de las jóvenes repúblicas y sostiene las formas oligárquicas de poder.


-
BOLIVAR Y SU ENTORNO POLÍTICA Y SOCIEDAD
1783 Simón Bolívar nace en Caracas el 24 de julio.
Independencia de los Estados Unidos de Norteamérica.
Tratado de Versalles.
Pitt ocupa el poder en Inglaterra.
Campaña rusa en Crimea.
Creación del Banco de San Carlos en España.
1784 El 8 de diciembre recibe el bautismo.
Fundación del Banco de Nueva York.
Teodoro de Croix, conde de Croix, virrey de Perú.
Se ratifica la paz entre Inglaterra y los Estados Unidos de Norteamérica.
Leyes de Pitt para la India.
Se prohíbe en España la Enciclopedia.
Formación de clubs políticos en Francia a semejanza de los existentes en Inglaterra.
Suntuosas fiestas en la Corte de Versalles.
Austria prohíbe la emigración
1785 José de Espeleta es nombrado Capitán General de Cuba. Guerra entre Rusia, Suecia y Dinamarca.
Decreto fijando los colores de la bandera española.
J. Celestino Mutis publica Memorial instructivo y curioso de la Corte de Madrid.
1786 El 19 de enero muere su padre.
Simón Bolívar hereda una gran fortuna de su tío.
Juan Guillelmi, Gobernador de Venezuela.
Muere Federico II de Prusia; le sucede Federico Guillermo II.
Movimientos estudiantiles en la Universidad de Lovaina.
Tratado comercial anglofrancés.
1787 Convención de Philadelphia. Se crea en España la Junta del Estado.
Fuertes tensiones entre Luis XVI y el Parlamento.
Revolución neerlandesa.
10.400.000 habitantes en España, censo de Floridablanca.
Potemkin, favorito de la zarina rusa.
1788 Se aprueba la Constitución de los Estados Unidos de Norteamérica.
George Washington, presidente.
Muere Carlos III; Carlos IV, rey de España.
Convocatoria de los Estados Generales en Francia. Crisis agraria.
Sociedad inglesa para explorar Africa.
Guerra de Rusia con Turquía y Suecia.
1789 José de Espeleta, virrey de Colombia.
Nee llega a América para realizar una.
colección de plantas y recorre la Patagonia, Chile, Perú y Nueva España.
Promulgación de la Constitución USA.
Derogación de la ley sálica en España.
En Francia, toma de la Bastilla. Abolición de los derechos feudales y declaración de los derechos del hombre.
Proclamación de la República en Bélgica.
1790 Muere Benjamín Franklin.
Se suprime la Casa de Contratación hispanoamericana.
Se crea la Oficina de Patentes en USA. 13.000 habitantes en Nueva York.
Campaña represiva de Floridablanca contra la propaganda revolucionaria.
Nacionalización de bienes eclesiásticos y supresión de la nobleza en Francia.
Frac con corbata, moda masculina.
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTES Y LETRAS
José Celestino Mutis es nombrado director de la expedición botánica a América.
Lavoisier: análisis químico del agua.
Kant: Prolegómenos a toda Metafísica futura que quiera presentarse como Ciencia.
J. A. Houdon: Buffon.
Goya: Retrato de Floridablanca.
Ventura Rodríguez: fachada de la catedral de Pamplona.
Nace Stendhal (Henri Beyle).
La Royal Society de Londres establece un programa geodésico conjunto entre los observatorios de Greenwich y París.
Salzmann funda un Centro de enseñanza acelerada.
Nace Friedrich Wilhelm Bessel.
Gainsborough: Sara Siddons.
Nacimiento de Leo Klenze.
Haydn: Sinfonía parisiense.
Samaniego: Fábulas morales.
Beaumarchais: Las bodas de Fígaro.
Schiller: Cábalas y amor..
Campe: Revisión general de todas las escuelas y ciencias de la educación.
Primer barco a vapor en Prusia.
Fundación de la Real Academia de Ciencias irlandesa en Dublin.
David: El juramento de los Horacios.
Goya: Florista.
Meléndez Valdés: Poesías.
Jovellanos: Informe sobre el libre ejercicio de las artes.
Elhuyar: wolframio.
Lazzaro Spallanzani demuestra mediante experimentos que no es posible la fecundación sin un contacto real e inmediato entre el huevo y el semen masculino.
Goya: El albañil herido: La era. La vendimia.
Mansart: Hotel de Salm.
Mozart: Las bodas de Fígaro.
Ramón de la Cruz: Saínetes.
H. B. de Saussure calcula exactamente la altitud del Mont Blanc.
Herschel monta un telescopio de veinte pies.
Herder: Dios.
Dorotea von Schlözer, doctora en Filosofía.
Fundación del Real Colegio de Cirugía de San Carlos en Madrid.
Tischbein: Goethe (retrato).
J. R. Perronet: puente de la Concordia en París.
Mozart: Don Giovanni.
Jovellanos: El delincuente honrado.
Goethe: Ifigenia.
Schiller: Don Carlos.
Muere George de Buffon.
E. J. Sieve: ¿Qué es el Tercer Estado?
Kant: Crítica de la razón práctica.
Fundación de Gimnasios en Prusia para enseñanza media.
David: París y Helena.
Goya: Los zancos. Las gigantillas.
Haydn: Sinfonía «Oxford» en Sol mayor.
Quintana: Poesías.
Goethe: Egmont.
Lavoisier: Tratado elemental de Química.
Pinel: Nosografía filosófica.
Jeremy Bentham: Principios de moral y legislación.
Mirabeau: Discursos.
Goya: Familia del duque de Osuna.
David: Lictores trayendo a Bruto los cadáveres de sus hijos.
Leandro Fernández de Moratín: La derrota de los pedantes.
Goethe: Metamorfosis de las plantas.
Muere Basedow y nace Diesterweg.
Kant: Crítica del juicio.
Edmund Burke: Reflexiones sobre la Revolución francesa.
Gontard: palacio de mármol de Potsdam.
Mozart: Cosí fan tutte.
Nace Alphonse de Lamartine.
Goethe: Elegías romanas.
Karl Philip Moritz: Anton Reiser.
BOLIVAR Y SU ENTORNO POLÍTICA Y SOCIEDAD
1791 Nace en Caracas Andrés Bello.
División del Canadá en Bajo (francés) y Alto (inglés).
Creación de Washington como capital de los Estados Unidos de Norteamérica.
Escuela de Minería en México.
Comienza la privanza de Godoy en España.
Proclamación de la Constitución francesa.
Constitución Civil del Clero.
Bula Quot aliquantum de Pío VI.
Se prohibe la prensa francesa en España.
Peinado en forma de erizo, moda femenina.
Muere Grigory, príncipe Potemkin.
1792 El 6 de julio muere su madre.
Simón queda bajo la tutela de su tío, que encomienda su educación a un preceptor, Simón Carreño Rodríguez.
Pedro Carbonell, Gobernador de Venezuela.
Caída de Floridablanca en España.
Proclamación de la República en Francia.
Guerra franco-prusiana; «cañonazo de Valmy» (Goethe: «Hoy se inicia aquí una nueva época de la historia del mundo.»
Muere el emperador Leopoldo II.
1793 Ejecución de Luis XVI. Formación de un gobierno revolucionario en Francia.
Comienza el Terror. Coalición europea contra Francia (España-Inglaterra-Austria).
Segundo reparto de Polonia (Prusia-Rusia).
1794 El colombiano Antonio Nariño publica la traducción de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Tropas francesas entran en España.
Convenio angloprusiano de la Haya.
Invasión francesa de Holanda.
Clausura de clubs jacobinos en París.
Comienza el uso del pantalón largo.
1795 Los franceses ocupan la mitad de la isla de Santo Domingo. Paz de Basilea.
Formación del Directorio en Francia.
Los ingleses conquistan Ceilán.
Tercer reparto de Polonia, entre Rusia, Prusia y Austria.
1796 Ambrosio O’Higgins, marqués de Osorno, es nombrado virrey de Perú. Pacto de San Ildefonso.
Napoleón entra en Milán.
Los ingleses derrotan a la escuadra española en el cabo San Vicente.
Libertad de prensa en Francia.
1797 Terremoto en Quito (40.000 víctimas).
John Adams, presidente de los Estados
Unidos de Norteamérica.
Pedro de Mendinueta, virrey de Colombia.
Cádiz resiste a la escuadra inglesa.
Paz de Tolentino (Napoleón-Pío VI).
Congreso de Rastadt.
Federico Guillermo III, emperador.
Aumenta la población en Inglaterra.
1798 Miranda se entrevista en Londres con William Pitt. Tropas napoleónicas ocupan El Cairo.
Los ingleses se apoderan de Menorca.
Creación de la República Helvética.
T. Robert Mathus: Ensayo sobre el principio de población.
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTES Y LETRAS
Nace Michael Faraday.
Goethe: Contribuciones de Óptica.
Luigi Galvani: Las fuerzas eléctricas en el movimiento muscular.
Herder: Ideas sobre la Filosofía de la historia de la humanidad.
Paine: Los derechos del hombre.
C. G. Langhans construye la puerta de Brandeburgo en Berlín.
David: El juramento del juego de pelota.
Mozart: La flauta mágica(estreno).
Goethe dirige el Teatro de la Corte en Weimar.
James Boswell: La vida de Samuel Johnson.
Cartwrigh: máquina para cardar lana.
Mary Wollstonecraft: El derecho de la mujer al trabajo.
Fundación de la primera Sociedad de Química en Philadelphia.
Guts Muths: Gimnasia para la juventud.
Nace en Pesaro Gioachino Rossini.
Domenico Cimarosa: El matrimonio secreto (ópera).
Se estrena en Madrid La Comedia Nueva, de Leandro Fernández de Moratín.
Florián: Fábulas.
J. Celestino Mutis: El arcano de la quina.
Herder: Cartas para el progreso de la humanidad.
Kant: La religión dentro de los límites de la sola razón.
Juan de Villanueva: Casita del Príncipe.
David: Marat asesinado.
Boieldieu: La filie coupable.
Cadalso: Cartas marruecas.
J. de Gomarusa: Carta apologética.
Muere Anton Laurent Lavoisier.
Aparece Pharmacopea hispana.
Fichte: Principios fundamentales de la doctrina de la Ciencia.
Escuela Técnica Superior en París.
Schadow: Victoria con la cuadriga (en la puerta de Brandenburgo).
Goya: La Tirana.
Haydn: Sinfonía del reloj.
Goethe: El zorro Reinecke.
Senot: máquina para hacer tornillos.
Primeros tranvías de caballos en Inglaterra.
Muere Antonio de Ulloa.
Paine: Disertación sobre los primeros principios del Gobierno.
Schadow: La princesa Luisa y Federico de Prusia (mármol).
Goya: Retrato de la duquesa de Alba.
Beethóven: Tríos, op. 1.
Jean Paul: Héspero.
A. Senefelder: litografía.
Laplace: Exposición del sistema del mundo.
Edward Jenner realiza la primer inoculación experimental de vacuna antivariólica.
Fichte: Fundamentos del Derecho Natural.
Goya: La Ultima Cena para la Santa Cueva, de Cádiz.
Beethoven: Serenata.
Lewis: El monje.
L. Tieck: William Lovell.
Alexander von Humboldt: Experimentos sobre el galvanismo.
Pestalozzi: Investigaciones sobre el proceder de la naturaleza en la evolución del género humano.
Gerard: Amor y Psique.
Beethoven: Dos conciertos para piano y orquesta.
Casti: Poema tártaro.
Goethe: Hermann y Dorothea.
Nicolás Robert: máquina de hacer papel continuo.
Gaspar Monge: Geometría descriptiva.
E. Jenner: Estudio sobre las causas y efectos de la viruela vacuna.
Nace Eugéne Delacroix.
Goya: frescos en San Antonio de la Florida, en Madrid.
Haydn: La creación(oratorio).
Goethe: El buscador de tesoros.
BOLIVAR Y SU ENTORNO POLÍTICA Y SOCIEDAD
1799 Simón Bolívar ingresa en el ejército con el grado de subteniente.
Exploración de Humboldt a la América del Sur.
Napoleón disuelve el Directorio. Se establece el Consultado.
Los franceses ocupan Ñapóles.
Primer gimnasio público en Dinamarca.
1800 Parte hacia España.
Los ingleses atacan El Ferrol.
Coalición europea contra Francia.
Nuevo Tratado de San Ildefonso.
60.000 habitantes en Nueva York.
Coalición europea contra Bonaparte.
Napoleón se dirige al norte de Italia.
Inglaterra ocupa Malta.
Derrota del ejército austriaco en Marengo.
Georgia es anexionada a Rusia.
1801 Se enamora de Teresa Toro.
Tras un incidente con una patrulla de guardias, Bolívar decide marcharse a París.
Concordato francés con la Santa Sede. Bolívar vuelve a España y se casa con Teresa.
Thomas Jefferson, presidente de los Estados Unidos. de Norteamérica.
«Guerra de las naranjas» contra Portugal.
Tratados de España con Portugal y Francia.
Creación del reino de Etruria para el príncipe de Parma, yerno de Carlos IV de España.
Napoleón firma la paz con Baviera, Rusia y Turquía.
Asesinato de Pablo I; Alejandro I, zar.
Inglaterra bombardea Copenhague.
1802 El matrimonio parte rumbo a Venezuela.
Fracasa la creación de un Reino de las Antillas, debido a la intervención de la flota británica.
Paz de Amiens entre España, Francia, Inglaterra y Holanda.
España e Inglaterra permutan las islas de Trinidad y Menorca.
Napoleón, cónsul vitalicio por plebiscito.
1803 Simón Bolívar pierde a su esposa, que muere. Los ingleses se apoderan de los barcos franceses en Gran Bretaña.
1804 Marcha a París, donde intima con Fanny Du Villars, prima lejana suya.
Napoleón I y su esposa Josefina son coronados solemnemente en Notre Dame de París, en presencia del Papa Pío VII.
España declara la guerra a los ingleses.
Pitt, de nuevo, primer ministro inglés.
Nuevas conspiraciones contra Napoleón. En el campamento de Boulogne se distribuyen águilas y banderas y se realizan preparativos de invasión contra Inglaterra.
1805 Exposición en París de las investigaciones y trabajos de Alexander von Humboldt. Batalla de Trafalgar; victoria inglesa contra la flota franco-española al mando de Villeneuve.
Muere el almirante Nelson.
1806 Napoleón es coronado en Milán como rey de Italia. Bolívar llega a Milán con su antiguo preceptor.
En Roma es recibido por el Papa.
En agosto, Miranda zarpa de Nueva York en su primera expedición a Venezuela. Desembarca en Vela de Coro, pero no recibe ayuda y sus tropas quedan sitiadas.
Napoleón destrona a los Borbones del reino de Ñapóles.
Formación de la Confederación del Rhin.
Alianza entre Prusia y Rusia; victorias francesas en Averstaedt y Jena.
El ejército prusiano es aniquilado en las ciudades de Prenzlau y Lubeck.
Napoleón entra en Berlín; bloqueo continental contra Inglaterra.
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTES Y LETRAS
Disputa sobre el ateísmo en la Universidad de Jena.
Fichte: Defensa contra la acusación de ateísmo.
Goya inicia la publicación de Los Caprichos.
Beethoven: Sinfonía n.° 1 en Do mayor.
Muere la bailarina Barberina Campanini.
Wackenroder: Fantasía sobre el arte.
Alessandro Volta: pila eléctrica.
Wilhelm von Humboldt visita el País Vasco.
Schelling: Sistema del idealismo trascendental.
Fichte: El destino del hombre.
Goya: Familia de Carlos IV y Retrato de la condesa de Chinchón.
Cherubini: El aguador (ópera).
Novalis: Himnos a la noche.
Schiller: Canción de la campana.
Jacquard: telar automático.
Wedgwood produce siluetas sobre papel sensibilizado con nitrato de plata.
Gauss: Disquisitiones Arithmeticae.
Bichat: Anatomía general.
Pinel: Tratado médico filosófico sobre alienación mental.
Pestalozzi: Cómo educa Gertrudis a sus hijos.
Gottfried Hermann crea la Filología.
Lord Thomas Elgin lleva a Londres las metopas del Partenón.
Goya: La maja vestida. La maja desnuda.
Beethoven: Las criaturas de Prometeo.
Haydn: Las estaáones(oratorio).
Quintana: El duque de Viseo.
Almeida: Sátiras.
Schiller: La doncella de Orleans.
Herder: Adrastea.
Gay-Lussac enuncia la ley sobre la expansión de los gases mediante el calor.
Schelling: Bruno o Del principio divino y natural de las cosas.
Chateaubriand: El genio del Cristianismo.
Canova: Napoleón Bonaparte.
Estilo Imperio (bajo Napoleón).
Beethoven: Sinfonía n.° 2 en Re mayor.
Nace Victor Hugo.
Scott: Poesía de la frontera escocesa.
Dallery expone la idea de sustituir las ruedas de paleta por una hélice. Beethoven: Sonata para piano en Do menor, «Patética».
Alexander von Humboldt llega de su viaje a las regiones equinociales del Nuevo Continente.
Oliver Evans realiza pruebas con un tranvía a vapor en Philadelphia.
Muere Immanuel Kant.
Puente de 104 metros sobre el Schuylkill en Philadelphia.
Ledoux: La arquitectura bajo el punto de vista del arte, las costumbres y la legislación.
Beethoven: Sinfonía n.° 3 «Heroica» en Mi bemol, op. 55.
F. W. A Sertürner descubre la morfina.
Bramah: máquina para la fabricación del papel.
Quintana: Al combate de Trafalgar.
Herder: El Cid.
Muere Friedrich von Schiller.
Berzelius: Curso de Química animal.
Vieusseux describe la meningitis cerebroespinal.
Lewis y Clarke alcanzan el océano Pacífico atravesando los Estados Unidos de Este a Oeste.
Valentín Hauy funda en Berlín la primera Escuela para ciegos.
Herbat: Pedagogía general.
Dannecker: Ariadna con la pantera.
Runge: Autorretrato.
Beethoven: Sinfonía n.° 4 en Si bemol.
Giuseppe Barbieri: Las estaciones.
Se estrena en Madrid, con asistencia de Godoy, El sí de las niñas, de L. F. de Moratín.
Arnim y Brentano: El cuerno maravilloso del niño.
Kleist: El jarrón roto.
BOLIVAR Y SU ENTORNO POLÍTICA Y SOCIEDAD
1807 Simón Bolívar, en junio, emprende viaje a Venezuela. Tratado de Fontainebleu.
Tropas francesas atraviesan España.
1808 Muere en Santa Fe de Bogotá el científico gaditano José Celestino Mutis. Fernando VII abandona España; levantamiento popular. Batalla de Bailén.
1809 José Joaquín Olmedo se incorpora al Cuerpo de Abogados de Quito.
James Madison, presidente de los Estados Unidos de Norteamérica.
Convocatoria de Cortes Constituyentes en España. Batalla de Talavera de la Reina.
Los españoles son vencidos en Tudela. Sitio y toma de Zaragoza por los franceses.
1810 En marzo, reunión de un grupo de revolucionarios en la casa de campo de Bolívar. Enterado el gobernador, Bolívar queda en arresto domiciliario.
El 25 de mavo se establece en Río de la Plata la primera Junta de Gobierno. Bolívar es enviado a Inglaterra como representante. Sucre se incorpora a las tropas de Miranda.
Reunión de las Cortes españolas en la isla de León. Formación del Consejo de Regencia.
Lord Wellington vence a Massena en Portugal.
Abdicación de Luis, hermano de Napoleón, y anexión de Holanda al Imperio francés.
El general Bernadotte es declarado príncipe heredero de Suecia.
Promulgación del Código Penal francés.
1811 En enero regresa Miranda a Venezuela.
El 5 de julio dimite la Junta y se vota la separación de España.
Las Cortes se trasladan a Cádiz.
Toma de Olivenza; sitios de Badajoz y Astorga. Batalla de Albuera.
1812 Terremoto en Caracas. En el norte, Miranda prepara un ataque; encomienda a Bolívar Puerto Cabello, pero la traición de un oficial le obliga a pedir ayuda a Miranda; los refuerzos no llegan y Bolívar se retira. Las tropas españolas se dirigen a Nueva Granada y Miranda capitula. Enterado Bolívar que Miranda huye con cofres de oro, lo entrega a los españoles. Bolívar publica su Manifiesto. Wellington toma Ciudad Rodrigo.
Derrota de Marmont en la batalla de Arapiles.
José I abandona Madrid.
Napoleón emprende la campaña de Rusia. Batallas de Mohilev, Smolensk, Viasma, Borodin y Moscova. Napoleón entra en Moscú. Evacuación de Rusia; segunda batalla de Smolensk; trágico paso del Beresina.
Cortes de Cádiz; promulgación de la primera Constitución española.
1813 En enero ocupa la plaza de Banco. En febrero llega a Ocaña. En Cúcuta obtiene un resonante triunfo. Toma las ciudades de Mérida y Trjillo.
En agosto, entra triunfante en Caracas.
I Congreso Nacional en Chilpancingo.
Independencia de México.
Batalla de Vitoria; derrota total de los franceses en España. Tratado de Valencay; Napoleón devuelve el trono a Fernando VII. Nuevo Concordato francés con la Santa Sede; Pío VII regresa a Roma.
Disolución de la Confederación del Rin. Napoleón, vencido, regresa a Saint-Cloud.
1814 Primera Asamblea Constituyente.
Crea la Orden de los Libertadores.
Boves, cerca de Caracas, dirige la «Legión del diablo». Bolívar le ataca; Boves, herido, se retira. En Caracas, convoca al pueblo a la lucha.
Fernando VII regresa a España.
Abdicación de Napoleón; Luis XVIII, rey. Restablecimiento de la Inquisición en España. Bula Sollicitudo omnium Ecclesiarum reinstaurando la Compañía de Jesús.
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTES Y LETRAS
Fichte: Discurso a la nación alemana.
Paine: La edad de la razón.
Canova: Paolina Bonaparte.
Gallego: A la defensa de Buenos Aires.
A. von Humboldt: Aspectos de la Naturaleza.
L. Oken: Compendio de Filosofía Natural.
Goya comienza Los desastres de la guerra.
Gallego: El dos de mayo.
Albrecht Thaer: Principios de agricultura racional.
Nace Charles R. Darwin.
Lamarck: Filosofía zoológica.
Comienza la construcción de la catedral de Potosí en México.
Nacen Félix Mendelssohn Bartholdy y Mariano José de Larra.
Berzelius descubre el silicio.
Goethe: Teoría de los colores.
Georg Henschel funda una fábrica en Kassel para construir locomotoras.
Samuel Hahnemann crea la homeopatía.
Felipe de Girard: máquina para hilar el lino.
Fichte: Sobre el concepto de la doctrina de la ciencia.
Comienzan los estudios americanistas.
Fundación de la Asociación de pintores cristiano-romántica «El Nazareno», en Roma. Mueren Jean Jacque Boissieu y Philipp Otto Runge.
Beethoven: Egmont (obertura, basada en la obra de Goethe).
Nace Frédreric Chopin.
V. Monti: traducción de La Ilíada. Scott: La dama del lago.
Alexander von Humboldt: Ensayo político de la Nueva España.
Barthold Georg Niebuhr: Historia de Roma.
Goya: Las majas en el balcón. Nace Franz von Liszt. Goethe: Poesía y verdad.
Cuvier crea la Paleontología.
Fr. Dónig: prensa rápida.
Wilhelm von Humboldt: Investigaciones sobre los primeros pobladores de España a través del vascuence.
J. B. Gallardo y Blanco: Diccionario crítico burlesco.
Fichte: El sistema de la moral.
Lacunza: La venida del Mesías en gloria y majestad.
Owen: Una nueva visión de la Historia.
J. Nash: casas de Park Square en Londres.
Géricault: Oficial de húsares ordenando una carga.
Beethoven: Sinfonía número 7 en La mayor y Sinfonía número 8 en Fa mayor.
Rossini: Ciro en Babilonia (ópera).
Boieldieu: Juan de París (ópera cómica).
Goethe envía a Wilhelm von Humboldt la poesía Grande es la Diana de Efeso.
Byron publica los dos primeros cantos de La peregrinación de Childe Harold.
Davy: Elementos de agricultura química.
Empieza el uso de la escritura simbólica de Berzelius, en Química, para anotar los cuerpos simples.
Schopenhauer: La cuádruple ráiz del principio de razón suficiente.
Fichte: Doctrina del Estado.
Goya termina Los desastres de la guerra.
Nace en Leipzig Richard Wagner y en Le Roncole (Parma) Giuseppe Verdi.
Rossini: Tancredo (ópera).
Fundación de la Sociedad Filarmónica de Londres.
Hoffmann: Fantasía a la manera de Callot.
A. von Humboldt crea la Climatología.
George Stephenson ensaya una locomotora sobre raíles de hierro.
Kólliker: origen celular del espermatozoide. Laplace: Ensayo filosófico de las probabilidades.
Goya: El 2 de mayo y El 3 de mayo. Schubert: Erlkónig(balada).
Primer foco romántico en Cádiz.
Polémica Bóhl de Faber-Alcalá Galiano.
Martínez de la Rosa: La viuda de Padilla.
Juan Nicasio Gallego es encarcelado.
BOLIVAR Y SU ENTORNO POLÍTICA Y SOCIEDAD
1815 Simón Bolívar embarca el 8 de mayo rumbo a Jamaica; «Carta Jamaicana».
Asedio de Cartagena; allá va Bolívar.
Antes de llegar se entera de que la ciudad ha caído. Se dirige entonces a Haití. Expedición de Morillo.
Derrota y fusilamiento de Morelos en México.
Napoleón entra en París; Luis XVIII huye a Bélgica.
Batalla de Waterloo. Napoleón es conducido a la isla de Santa Elena.
Organización de la Santa Alianza entre monarcas europeos.
T. Robert Malthus: Informe sobre la naturaleza y el progreso de la renta.
Son prohibidos los periódicos en España.
Erupción del volcán Sumbawa.
1816 Muere Miranda en una mazmorra de Cádiz.
El mariscal La Serna, en el ejército del Alto Perú.
Puyrredon es nombrado Director del Estado de la República Argentina.
Encíclica Etsi longissimo aconsejando a los obispos y fieles de Hispanoamérica se sometan a su rey católico.
Inglaterra amplía sus dominios en Africa del Sur.
Metternich, dueño del poder en Austria.
Tensiones políticas en la Corte francesa entre elementos ultraconservadores y moderados.
Creación, en Francia, de la primera Compañía de Seguros contra incendios.
Jouffroy d’Abbans bota un buque de vapor en el Sena.
Karl von Clausewitz: De la guerra.
Adam Heinrich Müller: Teoría del dinero.
1817 Desembarca en su país y asume el Gobierno provisional.
Conquista el Orinoco inferior.
Nariño se niega a colaborar con Bolívar. Este ocupa Guyama y Angostura.
El Gobierno de Venezuela ordena el bloqueo de estos puertos, pero navíos USA consiguen romperlo.
James Monroe, nuevo presidente de los Estados Unidos de Norteamérica.
Represión absolutista de Fernando VII en España; el general Lacy es fusilado en Bellver, Mallorca.
Luis Felipe de Orleans declara su adhesión a Luis XVIII.
Disturbios políticos en Inglaterra.
Abolición de la trata de negros en España.
D. Ricardo: Principios de Economía Política. Botadura del «Betis», primer buque a vapor construido en España.
1818 Concede al ejército un descanso.
Prepara un ejército adiestrado, con mercenarios extranjeros.
Declaración de la Independencia de Chile; batalla de Maypú; victorias del comandante Blanco Encalada.
Se funda en La Habana la Academia de Bellas Artes.
Congreso de Aquisgrán.
Las tropas extranjeras empiezan la evacuación del territorio francés.
Bernadotte es coronado rey de Suecia con el nombre de Carlos XIV.
Abolición de las aduanas interiores de Prusia. Fundación de la primera Caja de Ahorros en Francia.
Nace Karl Marx.
Benjamín-Henri Constant de Rebecque: Curso de política constitucional.
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTES Y LETRAS
William Prout enseña que todos los pesos atómicos son múltiplos enteros del peso atómico de hidrógeno.
Expedición de Kotzebue a las islas Marshall y Hawai.
Davy: lámpara de seguridad para las minas. Muere Franz Mesmer.
Savigny: La vocación de nuestra época para la legislación y la jurisprudencia.
Escuela Politécnica en Viena.
Rouch: Sarcófago de la reina Luisa.
Goya: Dibujos preparatorios para La Tauromaquia. Autorretrato.
Schubert: Sinfonía en Si bemol.
Rossini: Elisabetta (ópera).
Pellico: Francesca da Rimini.
Uhland: Poesías.
Friedrich von Schlegel: Historia de la literatura antigua y moderna.
W. Scott: El señor de las islas.
Brandes: primer mapa del tiempo.
Fresnel: teoría de la difracción de la luz.
François Magendie crea la Fisiología animal experimental.
El «Elisa», buque a vapor, atraviesa por primera vez el canal de la Mancha.
Hegel: Ciencia de la Lógica.
Franz Bopp crea el indoeuropeo como resultado de sus estudios de lengua comparada.
Von Haller: Restauración de la fuerza del Estado.
Lorenz Oken: Isis o tiempo enciclopédico.
Klenze construye la Glyptoteca de Munich.
El Museo Británico adquiere las esculturas del Partenón.
El banquero J. Friedrich Staedel crea en su testamento una fundación para Museo y Escuela de Arte en Francfort del Meno.
Rossini: El barbero de Sevilla.
Schubert: Sinfonía número 4 en Do menor y Sinfonía número 5 en Si bemol mayor.
Goethe funda la revista artística y literaria Arte y antigüedad.
Walter Scott: El anticuario.
Berzelius descubre el selenio y el litio.
G. Cuvier: El reino animal.
Brewster inventa el caleidoscopio.
Experiencias y descubrimientos de Vicat sobre cales hidráulicas.
Aparece el Atlas de Ad. Stieler.
Hegel: Enciclopedia de las ciencias filosóficas.
Federico Guillermo III proclama la unión luteranocalvinista.
J. A. Alavoine restaura la catedral de Sens.
J. Nash comienza la urbanización de Regent’s Street en Londres.
Goya hace la serie Los disparates.
Schinkel: Paisaje de Italia.
Rossini: La cenicienta.
Stendhal: Roma, Nápoles, Florencia.
Grillparzer: La abuela.
Byron: Manfredo.
Hoffmann: Nocturnos.
Whitmy: fresadora.
Exploraciones de Ross en las regiones polares.
Fresnel: teoría ondulatoria de la luz.
Berzelius: tabla de pesos atómicos.
Karl Ritter: La Geografía en relación con la Naturaleza y la historia de los hombres.
Mayor percibe los ruidos del corazón fetal.
Nace Max Pettenkofer.
E. M. Arndt: Espíritu del tiempo.
Muere Joachim Heinrich Campe.
Fundación de la Universidad de Bonn.
J. Nash: pabellón real en Brighton.
Fundación del Museo del Prado.
Rossini: Moisés en Egipto.
Nace Charles Gounod.
K. Loe we: Erlkönig (balada).
Martínez de la Rosa: Moraima.
Brentano: Historia del bravo Gaspar y de la bella Anita.
Walter Scott: Rob Roy.
Nace Iván Turgueniev.
Ludwig Uhland: Ernesto de Suabia. J. Mohr: Stille Nacht.
BOLIVAR Y SU ENTORNO POLÍTICA Y SOCIEDAD
1819 Simón Bolívar da un discurso en la apertura de la reunión de los 29 delegados de los territorios liberados, en Angostura.
Vence a las tropas realistas en Boyacá.
IEI 10 de agosto entra en Bogotá.
IEI 17 de septiembre es proclamada la República de Colombia con tres Departamentos.
España cede la península de Florida a los Estados Unidos de Norteamérica.
Fuerzas militares aplastan los motines reformistas en Manchester.
Se prohíbe en Inglaterra el trabajo a los niños menores de diez años.
Censura de prensa en Alemania; libertad en Francia.
Primera compañía francesa de seguros de vida.
1820 Entrevista Morillo-Bolívar; armisticio de seis meses.
El general Bermúdez ataca por sorpresa Caracas, que cae sin ofrecer resistencia.
El 24 de junio, encontrados frente a frente los ejércitos de La Torre y Bolívar, en la llanura de Carabobo, Bolívar vence y entra en Caracas como triunfador.
San Martín desembarca en Perú.
Levantamiento de Riego y Quiroga en Cabezas de San Juan.
Fernando VII jura fidelidad a la Constitución.
Asesinato del duque de Berry.
Muere Jorge III; Jorge IV, rey de Inglaterra.
Congresos de Viena y Troppau.
Revolución de carbonarios en Italia.
Desamortización eclesiástica en España.
Comienza el movimiento librecambista en Inglaterra.
1821 En marzo, Simón Bolívar se entrevista con el obispo Lasso de la Vega; éste escribe al Papa sobre el problema autonomista.
El 6 de mayo, reunión en Cúcuta de la Asamblea de las provincias libres de Venezuela y Nueva Granada.
Independencia de Venezuela.
Bolívar toma la ciudad de Quito.
La Santa Alianza se reúne en Laybach y trata del régimen liberal en España y Nápoles.
Muere Napoleón Bonaparte.
Tropas austríacas implantan el absolutismo en el reino napolitano; levantamiento liberal en el Piamonte, Batalla de Novara; dominio austríaco en el norte.
Sublevación de los griegos contra la opresión de los turcos.
Bula Eclesiam a lesu Christo, contra carbonarios.
1822 Pío VII contesta al obispo de Mérida dándole esperanzas de solucionar el problema.
Entrevista de Bolívar, San Martín y Sucre en Guayaquil. Formación de la «Gran Colombia».
Sucre vence a los españoles en Pichincha.
Independencia de Ecuador.
San Martín se retira a Buenos Aires.
Guatemala se une a México.
Sublevación de la guardia de Fernando VII, proclamando el absolutismo.
Congreso de Verona; queda decidida la intervención militar en España para abolir el liberalismo.
Los griegos proclaman su independencia y nombran un gobierno provisional mientras sigue la guerra; matanza de 40.000 griegos en la isla de Quíos.
Campaña inglesa contra Asam (Birmania).
La Iglesia Católica retira las obras de Copérnico del Indice de libros prohibidos.
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTES Y LETRAS
El «Savannah», buque a vapor, atraviesa el Atlántico.
Expedición de W. E. Parry al Artico.
Pelletier y Caventou descubren la quinina. Muere James Watt.
Laënnec: Auscultación mediata.
A. Schopenhauer: El mundo como voluntad y representación.
J. Grimm: Gramática alemana.
Fundación de la Universidad de Petersburgo.
Goya: Disparates o Proverbios.
Géricault: La balsa de la medusa.
Nace Gustave Courbet.
Turner: Entrada en Venecia.
Nacen Jacques Offenbach y F. von Suppé.
Schubert: Quinteto en La mayor op. 114 o Quinteto de la trucha.
Rossini: La dama del lago.
W. Scott: Lucia de Lammermoor.
Nace Walt Whitman.
Irving: El libro de los esbozos.
Ampere: Memoria sobre la teoría matemática de los fenómenos electrodinámicos deducida únicamente de la experiencia.
Karl E. von Baer descubre el origen y desarrollo de la esterilidad en los animales.
Nace Herbert Spencer.
Hans Ch. Oerstedt descubre el campo electromagnético.
Creación del Ministerio de Instrucción Pública y de la Academia de Medicina en Francia.
David: estatua de Carlos III de Nápoles.
Hallazgo de la Venus de Milo y traslado al Museo del Louvre.
W. Blake: Jerusalén (ilustración).
Rossini: Moametto II.
Ernst Theodor Amadeus Hoffmann: Consideraciones del gato Murr.
Walter Scott: Ivanhoe.
Shelley: Prometeo liberado.
Pushkin: Ruslan y Ludmila.
Ludwig Arnim: Los señores del mayorazgo.
Faraday descubre el principio fundamental del motor eléctrico.
J. V. Poncelet crea la Geometría Proyectiva.
Seebeck descubre la termoelectricidad.
Nacen Hermann von Helmholtz y Rudolf Virchow.
Hegel: Líneas fundamentales de la Filosofía del Derecho.
Schleiermacher: La fe cristiana.
Sociedad de Geografía en Francia.
Maistre: De la Iglesia galicana.
Schinkel construye el Teatro Real de Berlín.
Rauch: Goethe(busto en mármol).
Manzoni: El cinco de mayo (oda).
Thorwaldsen: Cristo.
Se representa en Berlín Der Freischütz,ópera de Weber.
Rossini: Matilde de Shabran.
Weber: El cazador furtivo.
Nacen Charles Baudelaire, Gustave Flaubert y Fedor M. Dostoievski.
Hoffmann: Los hermanos Serapions.
Nace Heinrich Sliemann.
Jean Franois Champollion descifra la «piedra Rosette».
Fourier: Teoría analítica del calor.
Muere Friedrich Wilhelm Herschel.
Nacen Gregor Mendel y Louis Pasteur.
Niepce: heliografía.
William Buckland descubre artefactos de piedra y herramientas de huesos en una caverna llamada Paviland.
Wilhelm von Humboldt: Estudio comparado de las lenguas.
J. A. Alavoine restaura la catedral de Rouen.
Comienza la construcción del monumento al 2 de mayo, en Madrid.
Muere Antonio Canova.
Overbeck: Entrada de Cristo en Jerusalén.
Schubert: Fantasía del viandante.
Rossini compone las piezas musicales para el Congreso de Verona.
Nace César Franck.
Fundación del Ateneo de Madrid.
Stendhal: Del amor.
By ron: Caín.
BOLIVAR Y SU ENTORNO POLÍTICA Y SOCIEDAD
1823 Simón Bolívar, en Quito y en Lima.
Los obispos de la Gran Colombia piden al Papa envíe un nuncio; Pío VII manda como delegado apostólico a Juan Muzi.
Independencia de la América Central.
Itúrbide es destronado en México.
O’Higgins se dirige a Perú.
Santa Cruz proclama en La Paz la independencia del Alto Perú.
Doctrina Monroe («América para los americanos»).
Fernando VII se traslada a Andalucía.
El ejército francés de los «cien mil hijos de San Luis» invade España.
Los franceses ocupan Madrid; Fernando VII se traslada de Sevilla a Cádiz.
Batalla del Trocadero. Restablecimiento del poder absoluto de Fernando VII.
Sangrientas represiones contra los liberales.
El duque de Angulema regresa a Francia con sus tropas.
Nace Gyula Andrassy (primer ministro húngaro).
1824 Muzi, fracasada su misión, regresa a Italia.
Breve Etsi iam din de León XII. Victoria de Simón Bolívar en Pampa de Junín. Intenta convocar un Congreso general en Panamá.
El general Sucre derrota a La Serna en Ayacucho.
Independencia de Bolivia; Bolívar es encargado de redactar la Constitución. Termina la dominación española.
Fernando VII restablece nuevamente la Inquisición con el nombre de «Juntas de Fe». Fusilamientos de Valdés, López Ferrara, Juan Martin «El Empecinado», etc. Muere Luis XVIII; Carlos X, rey de Francia. Los egipcios ocupan Creta. Los ingleses ocupan Rangún en Birmania. Inmigración alemana al Brasil. Fundación de la Sociedad de Misiones de Berlín. Reconocimiento legal de los Trade Unions.
1825 «Olmedo publica Canto a Bolívar.
Portugal reconoce la independencia de Brasil.
John Quincy Adams, presidente de los Estados Unidos de Norteamérica. Robert Owen crea en USA la «New Harmony» (comunidad autónoma de trabajadores).

Coronación de Carlos X en Reims. Muere Alejandro I; Nicolás I, zar de Rusia. Ibrahim de Egipto toma Navarino. Leyes de indemnización de los antiguos emigrados franceses aristócratas. Llega a Europa el alquitrán de China. Carta apostólica Quo graviora mala, contra la francmasonería.
Muere Maximiliano I; Luis I, rey de Baviera. Nace Ferdinand Lasalle.
1826 Se celebra el Congreso de Panamá, en el que no se consigue la unión de las nuevas nacionalidades hispanoamericanas independientes.
Páez y Bermúdez se disputan el poder en Venezuela.
Andrés Bello publica Silva a la agricultura de la zona tórrida.
Muere Thomas Jefferson
Sublevaciones liberales en España.
Pedro IV y María de Gloria, reyes de Portugal.
Tratado de Akkerman entre griegos y turcos por el que se rectifican las fronteras y se establece la libertad religiosa para Servia.
Paz entre ingleses y birmanos.
Tratado anglofrancés de navegación.
Intento de establecimiento sionista en Palestina.
El Informe en el expediente de la Ley agraria, de Jovellanos, en el Indice.
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTES Y LETRAS
Faraday consigue licuar cierto número de gases.
Chevreul: Investigaciones químicas sobre los cuerpos grasos de origen animal.
J W. Buckland: Reliquiae Diluvianae.
F. P. von Wrangel descubre la isla de su nombre en el norte de Siberia.
Orfila: Lecciones de Medicina legal.
Saint-Simon: Catecismo de los industriales.
Pertz: Monumenta Germaniae historica.
Nace Wilhelm Heinrich Riehl.
Muere en Londres Edward Jenner.
Navier construye el Puente de los Inválidos, en París.
Waldmüller: Beethoven(retrato).
Beethoven: Sinfonía número 9 en Re menor.
Schubert: Rosamunda.
Rossini: Semiramis.
Weber: Euriante.
Martínez de la Rosa: Lo que puede un empleo.
Goethe: Elegías de Marienbad.
Nace Alexander Ostrovski.
Muere Zacharias Werner.
Aspdin: cemento Portland.
J. F. Champollion: Resumen del sistema jeroglífico.
Goethe: teoría vertebral del cráneo.
L. A. Seeber: teoría atómica de los cristales.
A. Antonio Scotti: Religión y Medicina.
Herbart: Psicología como ciencia.
Ranke: Sobre la crítica de la historiografía moderna.
Sociedad Protectora de animales en Londres.
Vignon construye en hierro la armadura del Mercado de la Madeleine, en París.
Fundación de la National Galery.
F. Gérard: Dafnis y Cloe.
Muere Géricault y nace Joseph Israels.
Beethoven: Misa Solemnis.
Schubert: La bella molinera.
Víctor Hugo: Nuevas Odas.
Nace Alexandre Dumas (hijo).
Muere lord Byron.
Heinrich Heine: Cuadros de viaje.
Cooper: cerillas de azufre.
Faraday descubre el benzol.
Laplace: Tratado de Mecánica celeste.
Liebig y Wóhler: isomería.
J. E. Purkinje estudia experimentalmente la fisiología de los sentidos.
Luis Braille: escritura para ciegos.
August Bóckh: Corpus Inscriptionum Graecarum.
Escuela Politécnica en Karlsruhe.
John Nash: casas en Crecent Park y Chester Terrace, en Londres.
Muere Jacques Louis David.
Lawrence: El rey Carlos X.
Beethoven: Gran fuga en Si bemol.
Schubert: Tres marchas militares.
Boieldieu: La dama blanca.
Heredia: Poesías.
Muere Jean Paul.
Pushkin: Boris Godunov.
N. I. Lobatschewski realiza investigaciones sobre pangeometría.
Nace Bernhard Riemann.
Belard extrae el bromo del agua marina.
Bretonneau describe la difteria.
Priessnitz: hidroterapia.
Fróbel: La educación del hombre.
Pestalozzi: autobiografía.
Joseph Meyer funda el Instituto Bibliográfico.
Leopardi: Opúsculos morales.
Fundación de la Universidad de Londres.
T. Telford: puente sobre el estrecho de Conway.
Constable: Trigal.
Beethoven: Últimos cuartetos. Weber: Oberon. El 5 de junio muere en Londres.
Mendelssohn-Bartholdy: Obertura para «Sueño de una noche de verano».
F. Cooper: El último mohicano.
Eichendorff: Episodios de la vida de un holgazán.
Muere Johann Peter Hebel.
BOLIVAR Y SU ENTORNO POLÍTICA Y SOCIEDAD
1827 Simón Bolívar y Páez son recibidos jubilosamente por la población de Caracas, el 12 de enero.
León XII decide proveer de obispos varias sedes vacantes en América, ante las protestas de Fernando VII.
El general Bustamante, en el Perú, se subleva contra Bolívar.
La conjura españolista de fray Joaquín Arenas, en México, provoca una reacción antiespañola.
Siguen las rebeliones y la represión fernandista en España.
Matanzas y destrucciones de los turcos en Grecia; franceses, ingleses y rusos acuerdan evitarlo e intervenir. Destrucción de la flota otomana en Navarino.
Ministerio Canning en Inglaterra; muere éste. y le sucede lord Goderich.
Promulgación de un Concordato en Bélgica.
1828 El 13 de junio, Bolívar logra que la Junta Popular de Bogotá le proclame presidente.
Independencia de Uruguay.
El duque de Wellington, primer ministro inglés.
El egipcio Ibrahim evacúa sus tropas de Grecia.
Convenio del Steuerverein (unificación de derechos aduaneros integrado por diez estados alemanes).
Fundación de la Sociedad de Misiones del Rin.
1829 Sufre una conspiración; es descubierta y los culpables son ejecutados.
André Bello es nombrado secretario de la Cancillería chilena.
Caída de Benito Juárez en México.
Andrew Jackson, presidente de los Estados Unidos de Norteamérica.
Cuarto matrimonio de Fernando VII (con María Cristina de Ñapóles).
Gobierno de Polignac en Francia.
Libertad a los católicos ingleses para desempeñar cargos públicos.
Paz de Adrianópolis; el gobierno turco reconoce la independencia griega.
Creación en España del Banco de San Fernando.
Castiglioni, Papa Pío VIII.
1830 Parte para Cartagena, desde donde piensa dirigirse a Europa.
Venezuela y Ecuador se separan de la Gran Colombia.
Sucre es asesinado cuando viaja de Quito a Bogotá.
Bolívar se retira a Santa Marta y allí se entera de que Páez le había declarado proscrito en Venezuela.
Se siente muy enfermo; redacta su testamento y su proclama a los colombianos.
El 17 de diciembre muere el libertador Simón Bolívar.
Levantamientos en Navarra, Cataluña, Madrid y otros puntos.
Revolución de julio en Francia. Levantamientos en Bruselas; proclamación de la independencia belga.
La flota francesa bombardea Argel.
Guillermo IV, rey de la Gran Bretaña.
Disturbios en Irlanda.
Los ingleses prohiben en la India los infanticidios de carácter religioso.
Inauguración de la línea de ferrocarril Liverpool-Manchester.
Aparece el tipo «Dandv».
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTES Y LETRAS
Georg Simon Ohm: El circuito galvánico tratado matemáticamente.
Wóhler descubre el aluminio.
Muere Pierre Simon Laplace.
Robert Brown descubre el movimiento calorífico de las moléculas.
Muere Johann Heinrich Pestalozzi.
Wilhelm von Humbold: Sobre el carácter nacional de las lenguas.
Academia de Marina en Petersburgo.
Goya: La lechera de Burdeos.
Ingres: Apoteosis de Homero.
Muere en Viena el 26 de marzo Ludwig van Beethoven.
Schubert: Viaje de invierno.
Da Ponte: Don Giovanni, ossia Il dissoluto unito.
Víctor Huego: Cromwell.
Heine: Libro de canciones.
W. Scott: Vida de Napoleón.
Berzelius descubre el Thorium.
F. Wóhler realiza la primera síntesis orgánica del mundo (la de la urea).
Heilmann: máquina de bordar.
Fr. Schlegel: Filosofía de la vida.
J. Grimm: Derecho antiguo alemán.
Karl Ottfried Mullen: El etrusco.
Fundación del Instituto Pedagógico de San Petersburgo.
Escuela Politécnica en Dresden.
Muere en Burdeos Francisco de Goya.
Festival de Nürnberg en honor de Durero.
Klenze construye el Odeón de Munich.
J. Stieler: Goethe.
Schubert: Sinfonía número 7 en Do mayor.
Larra: Artículos («El duende solitario»).
Duran: Discurso sobre el influjo de la crítica moderna en la decadencia del antiguo teatro español.
Fundación de la Editorial Hernando.
Botadura del primer buque de guerra francés, a vapor y ruedas.
A. Louis estudia la fiebre tifoidea.
Alexander von Humboldt realiza una expedición científica a Rusia.
Herbart: Metafísica general.
Justinus Kerner: La vidente de Prevorst.
Muere el 2 de febrero en Dresde Friedrich von Schlegel.
A. W. Schlegel: Ramayana.
Fundación del Instituto de Arqueología en Roma.
Percier y Fontaine cubren de vidrio la Galerie d’Orleans, del Palais Royal.
Turner: Ulises y Polifemo.
Delacroix: La barricada.
Rossini: Guillermo Tell.
Almeida Garrett: La lírica de Juan Mínimo.
Víctor Hugo: Las Orientales.
Balzac: La comedia humana.
Stendhal: Paseos por Roma.
Musset: Cuentos de España e Italia.
Berchet: Las fantasías.
Poe: El Aaraaf.
Muere Jean Baptiste Fourier.
Polémica entre Georges de Cuvier y Geoffroy Saint Hilaire en la Real Academia de Ciencias de París.
Charles Lyell: Principios de Geología.
Mac Cormick: segadora mecánica.
Thimonnier: máquina de coser.
Hessel distingue 32 clases de cristales diferentes.
Braconnet: nitrocelulosa.
Reichenbach: parafina. a. W. Schlegel: Biblioteca india(revista).
Tommaseo: Dicccionario de sinónimos.
Lenoir realiza en París un bazar todo de hierro.
Delacroix: La libertad guía al pueblo.
Corot: La catedral de Chartres.
Nace Camille Pissarro.
Auber: Fra Diavolo(ópera).
Chopin llega a París.
Fundación del Conservatorio de Madrid.
Martínez de la Rosa: Aben Humeya.
Stendhal: Rojo y negro.
Balzac: Escenas de la vida privada.
Pushkin: Historias de Belkin.
Audubun: Los pájaros de Norteamérica.