Paul Gauguin: Biografía
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INTRODUCCIÓN
Paul Gauguin nace en París, en la calle Notre-Dame-de-Lorette, el 7 de junio de 1848, bajo el signo astrológico de Géminis. Un año antes, Aline Marie Chazal, la madre del pintor, ya había tenido una niña, Marie. Gauguin oculta misteriosamente a esta hermana en todos sus textos recordatorios y en su obra plástica.
«Estoy convencido de que en el arte he tenido razón [...] y, aunque mis obras no sobrevivan, sí sobrevivirá la memoria de un artista que ha liberado a la pintura.»
La pintura aún no ejerce el peso decisivo que tendrá en su vida, pero va entrando lenta y contundentemente en los cálculos de Gauguin. En años sucesivos, tendrá nuevos empleos bancarios y le nacerán otros dos hijos, a los que pondrá los nombres de sus padres: Aline, en 1877, y Clovis, dos años después. Sin embargo, su decidida vocación pictórica se afianza cada vez más. En 1877, se instala en Vaugirard, donde el escultor Bouillot le inicia en el arte escultórico. Su holgada posición económica le permite convertirse en un buen coleccionista de arte moderno. Y más aún, en 1879, por invitación expresa de Camille Pissarro y Edgar Degas, participa fuera de catálogo en la cuarta exposición de los impresionistas. A través del epistolario conservado entre Gauguin y Pissarro sabemos que, efectivamente, en este período Paul Gauguin entra en contacto con algunos de los pintores del Impresionismo: Degas, Renoir, Manet o el propio Pissarro.
Este contacto con los impresionistas se hará más intenso, primero como coleccionista adquiriendo obras de los pintores del grupo y, después, como pintor. Durante el verano de 1879 reside por vez primera en Pontoise al lado de su amigo Pissarro y de él aprende la técnica paisajística. Con el caballete a cuestas, Gauguin pinta en estos momentos paisajes que observa al aire libre y representa meticulosamente mediante pequeñas pinceladas.
Por otra parte, bajo la influencia de otro gran maestro del momento, Degas, con el que mantendrá una larga amistad y por el que siente una constante admiración, también practica la pintura de interiores. Son buenos ejemplos de ello, dos lienzos con figura femenina: , en el que contemplamos la expresión de la apacibilidad de la vida cotidiana de Gauguin a través de su esposa, y o , desnudo femenino que contempló con gran satisfacción el escritor Joris Karl Huysmans. El autor de llegó a escribir sobre este cuadro:«Me atrevo a afirmar que, entre los pintores contemporáneos que han trabajado el desnudo, nadie ha reflejado la realidad con tanta vehemencia.»
Gauguin contempla con placer su incipiente y prometedora carrera pictórica. Participa en la quinta, en la sexta y en la séptima exposiciones impresionistas, celebradas entre 1880 y 1882. Poco antes de realizarse esta última exposición, en enero de 1882, se produce una quiebra en la Bolsa y Gauguin se queda sin empleo. A pesar de lo dramático de la situación, Gauguin considera que es una posibilidad para dedicarse por completo a la pintura. Para hacer frente a la crisis la familia Gauguin deja París y se instala en Ruán a principios de 1884, con la esperanza de vivir con menos recursos económicos. Entretanto, han nacido sus dos últimos hijos: Jean René, en 1881, y Paul, en 1883. Un dato revelador: en el acta de nacimiento de este último, Gauguin ya no figura como agente de bolsa, sino como artista pintor. Sin embargo, a pesar de que en sus cartas Gauguin se muestra confiado en su triunfo como pintor, la realidad se impone y su situación económica es cada vez más precaria. Al fin, en noviembre de 1884, Paul Gauguin se traslada a Dinamarca, la tierra natal de su esposa, a donde ella y sus hijos ya han acudido unas semanas antes; allí se instala como representante de lonas para los Países escandinavos. Pero la situación no mejora y en junio de 1885, Gauguin decide regresar a París, en compañía de su hijo Clovis. Mette Gauguin se queda en Copenhague con los demás hijos e intenta vivir dando lecciones de francés. Desde junio de 1885 hasta mediados de 1886, Gauguin acepta cualquier trabajo que le permita subsistir, como el de fijar carteles por cinco francos al día; pero él sigue pintando a la vez que retoma algunos contactos e incluso expone en la octava y última exposición de los impresionistas, inaugurada en mayo de 1886. Pero, su gran eclosión como artista no se producirá hasta que, en julio de 1886, después de haber dejado a su hijo Clovis en un pensionado, decide partir hacia Bretaña.
«Por fin he conseguido el dinero para mi viaje a Bretaña y aquí estoy viviendo de préstamos. Apenas hay franceses; todos son extranjeros: un danés, dos danesas, el hermano de Hagborg y muchos americanos. Mi pintura suscita muchas discusiones y debo confesar que despierta una acogida bastante favorable por parte de los americanos. No deja de ser una esperanza para el “futuro”. Hago muchos bocetos y apenas reconocerías mi pintura. Espero salir adelante en esta estación.»
La ilusión que desprenden estas palabras es lógica. Pasados aquellos momentos de depresión entre París y Ruán, entre Ruán y Copenhague, entre Copenhague y París de nuevo, Paul Gauguin puede realizarse por primera vez como pintor en toda la extensión de la palabra. Poco a poco, durante los escasos tres meses de estancia en la pensión Gloanec de Pont Aven, su producción pictórica comprende desde los paisajes de matiz todavía impresionista, como en, hasta los primeros signos de lo que llegará a convertirse en un estilo propio. Gauguin, al pintar a las mujeres bretonas con sus características cofias blancas, se concentra en evocar, en sugerir un momento o un entorno antes que en describir, en apuntar la realidad, tal como haría un genuino impresionista, o tal como lo habría hecho él mismo unos pocos años antes.
En Pont Aven, antes de su retorno a París, se producen distintos acontecimientos que darán su fruto en los meses siguientes. Conoce al pintor Émile Bernard, personaje singular con quien mantendrá una intensa colaboración, no exenta de tensiones, en su segunda estancia en tierras bretonas. También conoce a Charles Laval, otro pintor con el que iniciará al cabo de unos meses un viaje exótico hacia la Martinica. Y, en esencia, establece las bases vitales y artísticas necesarias para su posterior evolución como pintor, de entre las que cabe reseñar su súbita introducción en el lenguaje de la cerámica, ocurrida de la mano de Ernest Chaplet. En la cerámica encuentra la posibilidad inmediata, tangible, táctil de desarrollar formas que, según Françoise Cachin, significan para él un retorno a los orígenes del arte y a los de su infancia en el Perú, donde su madre había reunido una buena colección de piezas cerámicas.
Gauguin lleva en París una vida bastante agitada. Al mismo tiempo que se reconcilia con Degas, después de un breve período de enemistad, rompe estrepitosamente, en un incidente ocurrido en el Café de la Nouvelle Athènes, con Paul Signac y con su antiguo amigo Camille Pissarro. Como si hubiera previsto el pronto alejamiento de su pintura respecto a los preceptos impresionistas, Gauguin rompe las relaciones que mantenía con algunos de los representantes más ortodoxos de la corriente pictórica, pero está al tanto de la vida cultural parisiense y sigue, a través del, el manifiesto del Simbolismo de Jean Moréas.
En el mes de abril de 1887, Mette va a París para llevarse consigo a su hijo Clovis y recoger algunas pinturas de Gauguin para poder subsistir con su venta. Ese mismo mes, Gauguin se embarcará en compañía del pintor Charles Laval rumbo a Panamá. En una carta a Mette, Gauguin descubre sus más íntimos propósitos en este viaje: «Lo que deseo por encima de todo es huir de París, que constituye un desierto para los pobres. Mi nombre de artista se hace cada día más grande, pero, mientras espero, a veces paso tres días sin comer; lo que destruye no sólo mi salud, sino también mi energía. Es esta energía la que quiero recuperar y por eso me marcho a Panamá para vivir de manera salvaje.» Gauguin huye por primera vez, aunque no parece que se trate de una fuga estrictamente creativa, sino más bien de una necesidad de escapar de la situación personal que vive en París. Lo cierto es que el viaje a Panamá está repleto de vicisitudes, enfermedades y penurias económicas que le obligan a trabajar en las obras de construcción del canal de Panamá. A principios de junio, se embarca en Panamá rumbo a la Martinica, en el mar de las Antillas, todavía en compañía de Laval.
Allí, sin duda, descubre unos paisajes y una forma de vida que le retrotraen al exotismo de su infancia en el Perú y a los parajes encontrados a lo largo de sus viajes de juventud. La estancia en la Martinica es breve, puesto que durante el mes de julio contrae graves enfermedades, disentería y paludismo, que le hacen volver a Francia precipitadamente en octubre de 1887. Sin embargo, durante esas cortas semanas, Gauguin da un paso gigantesco hacia la elaboración de su propia pintura. El artista descubre allí un entorno de enormes sugerencias creativas. En una carta a su esposa, datada en junio de 1887, Gauguin expresa con contundencia ese entusiasmo: «Actualmente estamos instalados en una cabaña de negros y es un paraíso junto al istmo. Abajo, el mar bordeado de cocoteros; arriba, árboles frutales de todas las clases, a veinticinco minutos de la ciudad. Negros y negras no cesan de circular todo el día hablando sin parar y cantando canciones criollas. No creas que resulta monótono, más bien muy variado. Me siento incapaz de expresarte mi entusiasmo por la vida en las colonias francesas, y creo que a ti te pasaría lo mismo. La naturaleza riquísima y el clima caliente, pero con frescor a ratos.»
A su llegada a París, Gauguin se instala en casa de su antiguo amigo y colaborador Émile Schuffenecker. Allí conoce a Daniel de Monfreid, que ejercerá un papel relevante en sus posteriores estancias en Oceanía, y también se relaciona con los hermanos Van Gogh. Con el pintor Vincent van Gogh, a quien ya había conocido en noviembre de 1886 en París, intercambia un lienzo e inicia una intensa amistad. Con el marchante Theo van Gogh entabla relaciones comerciales que le reportarán unos ingresos importantes a través de la adquisición, por parte de Theo, de diversas piezas cerámicas y de algunos cuadros, entre ellos uno de los lienzos martiniqueses, por el que paga cuatrocientos francos. Después de la penuria de épocas anteriores, estas ventas son un auténtico respiro para Gauguin y le permiten regresar a Bretaña, lo que supondrá el paso decisivo en la formulación de su nueva concepción pictórica.
«No copies demasiado la naturaleza», le aconseja a su amigo Émile Schuffenecker. Y prosigue: «el arte es una abstracción, extráelo de la naturaleza soñando e imaginando y piensa más en el proceso creativo que en el resultado.»
Gauguin no abandonará Pont Aven hasta octubre de 1888. En este tiempo, se enamora de Madeleine Bernard, la hermana de su amigo Émile, pero ella no le corresponde, puesto que se siente atraída por Charles Laval. Por otra parte, durante este período, Gauguin subsiste mediante las ventas que Theo van Gogh consigue hacer de su cerámica y de su pintura. La relación con los Van Gogh se va estrechando y, al fin, Gauguin accede a trasladarse a Arles, donde pinta Vincent van Gogh. Theo, movido por el deseo de que su hermano tenga compañía y pueda trabajar con intensidad al lado de otro pintor, propone a Gauguin comprar su producción a cambio de su presencia en Arles. Gauguin accede a la propuesta, con lo que se consuma uno de los encuentros más legendarios entre dos de los más conspicuos representantes de la historia de la pintura moderna.
«En los últimos tiempos de mi estancia, Vincent se volvió excesivamente brusco y ruidoso, luego silencioso. Algunas noches sorprendí a Vincent, despierto, acercándose a mi cama.»
Lo cierto es que aquella noche cercana a la Navidad, después de cenar y en las calles de Arles, Van Gogh intenta agredir a Gauguin con una navaja de afeitar. Repelida la agresión, Gauguin se instala en un hotel decidido a marcharse de allí. A la mañana siguiente, sin embargo, encuentra un tumulto de gendarmes y personas alrededor de la casa que habitaban los dos. Van Gogh se había cortado una oreja al ras de la cara. «Debió de pasar bastante tiempo hasta que consiguió detener la hemorragia –escribe Gauguin–, ya que al día siguiente numerosas toallas mojadas cubrían el suelo de las dos habitaciones de la planta baja. La sangre había manchado las dos habitaciones y la escalera que conducía a nuestro dormitorio.» Aquella misma mañana envía un telegrama a Theo para que vaya a asistir a su hermano e, internado Vincent en un hospital, ambos regresan a París dos días después.
«Cuando llegué a Arles, Vincent se buscaba a sí mismo, mientras que yo, mucho mayor, ya era un hombre hecho. A Vincent le debo algo, y es, además de la conciencia de haberle sido útil, la consolidación de mis ideas pictóricas anteriores, junto con el hecho de poder acordarme, en los momentos difíciles, de que siempre hay alguien más desgraciado que uno mismo.»
Durante 1889, Gauguin vive entre París y Pont Aven pero, cansado de aquel pequeño pueblo, se instala unos quilómetros más allá, en el Pouldu, pueblo marinero donde puede concentrarse mejor en la evocación del paisaje y la cultura bretonas. Allí se congregan varios pintores afines a las ideas sintetistas: Émile Bernard, que pronto acusará a Gauguin de apropiarse de su poética artística; Meyer de Haan, con quien decorará el restaurante del hostal Marie Henry, donde comen y duermen habitualmente; Paul Sérusier, con el cual también compartirá a partir de finales de junio la pensión; o Armand Seguin, entre otros. Entretanto, participa con varias obras en dos exposiciones artísticas destacables: en febrero, en el Salón de los XX, de Bruselas, y, en la exposición de pinturas del Groupe Impressionniste et Synthétiste, que tiene lugar entre junio y octubre en el Café des Arts, dentro del recinto de la Exposición Universal de 1889, en el Campo de Marte. Esta exposición desencadena una especie de descubrimiento de Gauguin por parte de algunos pintores e intelectuales franceses. Y ello sin que Gauguin exponga aún la obra que está concibiendo en aquel momento, en su renovada estancia en tierras bretonas. En efecto, Gauguin compone durante los meses siguientes obras de un calibre extraordinario, incipientes muestras de su próxima revolución pictórica en tierras tropicales, en el que unas mujeres ataviadas con la indumentaria bretona adoran a Jesús en la cruz; lienzo que adquirirá Degas en 1891 en la subasta organizada por el propio Gauguin para poderse pagar su viaje a Tahití; o ese enigmático e irónico de Gauguin, actualmente en la National Gallery de Washington, en el que se coloca encima de la cabeza una aureola de santo, son buenos ejemplos de ello.
Entre 1890 y 1891, Gauguin combina sus estancias en el Pouldu con su hospedaje en París, siempre aparentemente circunstancial. Sin embargo, en ese período Gauguin mantiene un cierto compromiso con la cultura urbana de su tiempo. Se manifiesta claramente favorable a la arquitectura moderna y, más concretamente, se declara defensor acérrimo de la recién construida Torre Eiffel, por ejemplo. O se deja mimar por algunos escritores jóvenes, entre los que cabe destacar a Charles Morice o Albert Aurier. Este último publica, en 1891, en el artículo «Le Symbolisme en peinture», en el que defiende una pintura ideísta, simbolista, sintética, subjetiva y decorativa, y sitúa a Gauguin como gran oficiador de esa nueva concepción estética: «Ése es el arte que me gusta soñar –escribe Aurier–, el arte que me apetece imaginar, en los paseos obligatorios por entre las lastimosas o infames artificiosidades que atestan nuestras exposiciones industrializadas. Ése es también el arte que –si no he interpretado mal el pensamiento de su obra– ha querido instaurar en nuestra lamentable y putrefacta patria ese gran artista genial con alma de primitivo y algo de salvaje: Paul Gauguin.» Gauguin también entra en contacto con escritores que en aquellos momentos gozaban de gran prestigio en Francia. Charles Morice le presenta a Stéphane Mallarmé y, a través del gran poeta simbolista, entra en contacto con Octave Mirbeau, reputado tratadista de arte. Gauguin asiste, incluso, a un banquete oficiado por los simbolistas, en honor de Jean Moréas, así como a otros actos de esta naturaleza.Lo cierto es que, durante el inicio de la década de los noventa, empieza a hervir en la cabeza de Gauguin la idea de huir otra vez a tierras ignotas, de recuperar directamente el primitivismo que le induzca a proseguir su camino como pintor. Para ello, y valiéndose de los nuevos contactos con la cultura parisiense, el 22 de febrero de 1891 organiza la venta de su obra en el Hôtel Drouot, con cuya recaudación pretende costear su próximo viaje a Tahití. Para esta iniciativa recibe el apoyo, entre otros, de Mallarmé y de Mirbeau, que incluso publica un artículo en el que anuncia la próxima subasta. Gauguin consigue cerca de diez mil francos, producto de la venta de treinta cuadros, y, a partir de aquí, empieza a preparar concienzudamente su viaje a Oceanía. A principios de marzo visita Copenhague para despedirse de su esposa Mette y de sus hijos. El 23 de marzo, Mallarmé preside en el Café Voltaire de París un banquete en homenaje a Gauguin por su inminente partida. Asisten, entre otros, pintores, escultores y literatos como Odilon Redon, Eugène Carrière, Jean Moréas, Charles Morice, Albert Aurier, Rachilde (Marguerite Valette) y su esposo o Saint Pol Roux. Mallarmé realiza el primer brindis con estas palabras:«Señores, para empezar, bebamos por el regreso de Paul Gauguin; pero no sin admirar esta conciencia superior que, en el estallido de su talento, lo exilia, para renovarse, hacia la lejanía y hacia sí mismo.»
El primero de abril de 1891 Gauguin se embarca en Marsella a bordo del navío, pasa por el canal de Suez, hace escala en las islas Seychelles y en las ciudades de Adelaida, Melbourne y Sidney, del continente australiano, y, finalmente, hace una larga parada en Nouméa, en Nueva Caledonia. De allí embarca en el buque de guerra y se dirige a Papeete, capital de la Polinesia francesa, a donde llega el 9 de junio, más de dos meses después de su partida de París. A su llegada, los habitantes de Papeete se sorprenden ante su indumentaria y, sobre todo, por sus largos cabellos. Los nativos, no sin ironía, le denominan, esto es, mitad hombre, mitad mujer. Gauguin, con ánimo conciliador, se corta el pelo, se viste al estilo colonial blanco y empieza a frecuentar a los europeos del lugar, especialmente de la mano del lugarteniente Jénot, que nos legó sus recuerdos de aquel encuentro. Mientras tanto, nace en París el 13 de agosto de 1891, Germaine, hija de Gauguin y de Juliette Huet, con la que había mantenido relaciones, como modelo y como amante, a partir del otoño de 1890 durante sus últimas estancias parisienses.
En otoño de 1891, y acompañado momentáneamente de Titi, una anglotahitiana, se instala en Mataiea, una pequeña población situada al sur de la capital. Allí, empieza a tomar notas para futuros cuadros, según escribe a Daniel de Monfreid, su mejor contacto con Europa en estos años. Y, más importante aún, empieza a llevar una vida primitiva, casi salvaje, como había buscado desde hacía tiempo. Un ejemplo de ello es que recibe una amonestación de las autoridades por bañarse desnudo en las playas de Mataiea y atentar contra el pudor. Gauguin se encuentra en un entorno excepcional, muy propicio para su creatividad aletargada, que describe así a su esposa Mette:
«Nada, ni siquiera el piar de un pájaro rompe la calma. A veces una gran hoja seca que cae, pero que no produce el más mínimo ruido. Es una especie de roce espiritual. Los indígenas suelen caminar por la noche, pero sus pies desnudos se deslizan silenciosamente. Siempre hay silencio. Ahora comprendo por qué estas gentes pueden permanecer horas, e incluso días, sentadas, sin decir ni una sola palabra y mirando el cielo con melancolía. Y siento que todo esto me invade.»
Gauguin se sentía invadido por este silencio, por una profunda sensación de paz, de sosiego, de aquello que los griegos llamaban ataraxia. A esta sensación contribuye la presencia de Teha’amana, una joven indígena que vive con él durante su estancia en una pequeña cabaña en Mataiea. Su nueva esposa, como él mismo la denomina en el relato que escribió sobre su primer viaje a Tahití, aparece en múltiples cuadros de este período convirtiéndose en la encarnación de una especie de mujer salvaje ideal. Gauguin llega a pintar hasta diciembre de 1891 unos veinte lienzos, entre los que se encuentran algunas de sus más relevantes contribuciones al arte occidental moderno, entre muchas otras.
Sin embargo, la paz y el sosiego de Mataiea tocan a su fin. Primero unos vómitos de sangre obligan a la hospitalización de Gauguin en Papeete y, una vez superada la enfermedad, resurgirán las dificultades económicas. A finales del mes de marzo hace saber a su amigo Paul Sérusier que quiere volver a Francia y unas semanas más tarde escribe a Mette para comunicarle que, últimamente, ha pintado treinta y ocho cuadros y que está buscando una subvención para poder regresar. Gauguin se encuentra en un paraíso como pintor; más tarde afirmará que el paisaje le deslumbraba y le cegaba, pero debe de sentirse solo y absolutamente arruinado como persona. Transcurre más de un año durante el cual Gauguin se plantea abandonar la pintura e instalarse como inspector de dibujo en París. Así se lo comunica a Mette en febrero de 1893. Al fin, el 4 de junio de 1893 consigue embarcarse gracias al ministerio del Interior francés, que le paga un viaje en tercera clase. Gauguin se despide de Teha’amana, con la que había compartido su estancia en Tahití, primero en Mataiea y los últimos meses en Papeete. A pesar de su situación anímica, su producción pictórica ha sido importante: ha cubierto una de las etapas más significativas de su evolución como pintor y, presumiblemente con pesar, se dirige de nuevo a Francia.
El regreso vuelve a ser complicado. El navío que había partido de Tahití el 4 de junio, le deja en Nueva Caledonia dos semanas más tarde y no puede volver a embarcarse hasta el 16 de julio, cuando a bordo del se dirige a Marsella. Llega al puerto francés el 30 de agosto de 1893 e, inmediatamente, con los doscientos cincuenta francos que le ha enviado Paul Sérusier, toma el tren hacia París. Gauguin, con cuarenta y cinco años, se establece en Francia, donde permanece casi dos años, antes de su vuelta a Oceanía. Durante este período, reemprende los contactos con la cultura parisiense y tiene la suerte de heredar la mitad de los bienes de su tío Isidore Gauguin, fallecido a principios de septiembre de 1893.
Para rentabilizar su estancia en Tahití, Gauguin prepara junto a Charles Morice la publicación de , en la que el artista pretende explicar la transformación de su pintura. Paralelamente, Gauguin, con la ayuda de Degas, Daniel de Monfreid y el propio Morice, prepara una exposición de cuarenta y una telas realizadas en Tahití, además de tres de su época bretona y otras piezas. La exposición, inaugurada el 10 de noviembre de 1893 en la galería de la familia Durand Ruel, despierta enorme curiosidad y obtiene más fortuna crítica entre los ambientes literarios que entre los estrictamente pictóricos. Gauguin, sin embargo, se muestra satisfecho: «Lo más importante es que mi exposición ha tenido un enorme éxito artístico, ha despertado por igual el furor y la envidia. La prensa me ha tratado como todavía no ha tratado nunca a nadie, es decir, razonablemente y con elogio.» Con todo, económicamente, la exposición no deja de ser un relativo fracaso: Gauguin sólo vende once de las telas expuestas, dos de las cuales son adquiridas por su amigo Degas. La pintura primitivista de Gauguin todavía no es aceptada. El Museo de Luxembourg, por ejemplo, rechaza la donación que Gauguin hace de su lienzo.
En enero de 1894 instala su taller en la rue Vercingétorix. Decora las paredes con colores y figuraciones propias de Tahití y cuelga algunas obras originales de Cézanne y Van Gogh que aún posee en su colección. A partir de entonces convive con Annah la javanesa, una muchacha de trece años originaria de Malasia que también le servirá de modelo hasta que, a finales de verano o comienzos de otoño, durante la estancia de Gauguin en Pont Aven, ella se va después de haber saqueado el estudio parisiense. Durante el verano en Pont-Aven, Gauguin sufre una agresión por parte de unos marineros que le provoca la inmovilización de la pierna con fuertes dolores; el pintor intenta mitigarlos con morfina y alcohol. Sus contactos con los simbolistas franceses, especialmente con Mallarmé, persisten; incluso le homenajean en distintas ocasiones. También contacta, en Pont Aven, con Alfred Jarry, que le dedica tres poemas, y con August Strindberg, a quien pide un prefacio para el catálogo de la próxima venta de su obra; el literato se niega a hacerlo en un intercambio epistolar, muy conocido del público. El propio Strindberg acude, junto con otros personajes de la cultura, a una tertulia que tiene su sede en el estudio de Gauguin, en la rue Vercingétorix. Y, sin embargo, a pesar de toda esta actividad, Gauguin escribe, en septiembre de 1894, una carta a Monfreid, en la que le comunica su decisión de abandonar definitivamente Europa e instalarse para siempre en Oceanía: «He tomado una decisión definitiva, la de marcharme para siempre a Oceanía. Volveré a París en diciembre para ocuparme exclusivamente de la venta de todos mis trastos al precio que sea. Si lo consigo, partiré inmediatamente.» El proceso apuntado por Gauguin en otoño de 1894 es largo, repleto de vicisitudes y de dificultades económicas, ya que la subasta de su obra en el Hôtel Drouot el 18 de febrero de 1895 no le reporta más que dos mil doscientos francos. Pero la decisión es firme y, el 28 de junio de 1895, Paul Gauguin abandona para siempre París. El 3 de julio de 1895 embarca en Marsella a bordo del vapor. En una escala en Auckland, en Nueva Zelanda, estudia en el Museo de Etnología la colección de arte maorí, recién instalada. Finalmente, llega a Papeete el 9 de septiembre de 1895. Inicialmente, y a pesar de que Tahití le decepciona por el proceso de creciente occidentalización en el que está inmersa la isla, se instala en Punaauia, en la costa oeste, cerca de Papeete. Allí, alquila un terreno y construye un una cabaña tradicional del lugar realizada con cañas de bambú y hojas de palmera. Casada Teha’amana, su antigua compañera tahitiana, toma como modelo a Pahura, una joven indígena de catorce años que se convierte en su nueva amante. Sin embargo, pronto empezará para él un período especialmente luctuoso: en junio de 1896 debe ser internado por primera vez en el hospital de Papeete, se encuentra en la más terrible indigencia, y los dolores le atormentan. Además, Pahura da a luz a una niña que muere poco después. La situación económica sufre, en los meses siguientes, una ligera recuperación a través de las cantidades que va recibiendo por la venta de sus cuadros en Europa, pero su estado de salud empeora. En enero de 1897, vuelve a ser hospitalizado, y, poco después, recibe la noticia, por medio de una carta «corta y brutal» de su mujer, de la muerte de su hija Aline a causa de una neumonía. Todo le sume en un estado de tristeza,de pesadumbre. Durante el verano de 1897 vuelve a agravarse su estado de salud: a los dolores en la pierna se le suman una infección en el ojo, las secuelas de una antigua sífilis, unas erupciones en la piel que los indígenas atribuyen, con temor, a la lepra y, aún, unos trastornos cardíacos que, en octubre, le harán pensar que su muerte se encuentra próxima y que, en diciembre, le obligarán a una nueva hospitalización. El panorama es francamente desolador. En estos momentos de incertidumbre, cuando Gauguin intenta suicidarse con arsénico, empieza a trabajar en una obra monumental, que no deja de tener ciertos matices de declaración testamentaria.
«Aquí, cerca de mi cabaña, en total silencio, sueño con armonías violentas cuyos perfumes naturales me embriagan. Delicia extraída de yo no sé qué horror sagrado que intuyo en el presente. Figuras de animales de una rigidez estatuaria: hay un algo de antiguo, de augusto, de religioso en el ritmo de su gesto, en su extraña inmovilidad.»
Y, con todo, su vida continúa estando plagada de incertidumbre y de complicaciones. En abril de 1899 su compañera Pahura le da un nuevo hijo, al que da el nombre de Émile, pero tan sólo le quedan cien francos del dinero recibido desde París por la venta de algunos de sus cuadros. Decepcionado, Gauguin deja de pintar, su salud es endeble y empieza a colaborar en el periódico satírico de Papeete, del que llegará a ser redactor jefe, y más tarde funda su propio periódico, que él mismo escribe, ilustra e imprime. En Gauguin lleva hacia adelante una ofensiva en contra del Partido Protestante y del Gobernador Gallet. A través del periódico, en el que colaborará intensamente hasta agosto de 1901, y con el que conseguirá unos ingresos regulares, realiza una campaña en contra de los emigrantes chinos. En este sentido, el 23 de septiembre de 1900 pronuncia una conferencia en Papeete en representación del Partido Católico en la que ataca duramente «esta mancha amarilla que ensucia nuestro pabellón nacional».
«Con materiales totalmente nuevos y salvajes, voy a hacer cosas muy bellas. Mi imaginación se estaba enfriando aquí...»
A su llegada a la isla, es recibido entusiásticamente, pero no por su pintura, sino, paradoja de paradojas en la vida de Gauguin, por sus artículos combativos. Muy pronto, Gauguin comprará unas parcelas al obispo Martin y construirá una cabaña que bautiza con el nombre de «Maison du Jouir». En noviembre de 1901 se instala en su nuevo hogar, acompañado de un cocinero, dos criadas, un perro y un gato. Pronto se unirá al grupo Vaeoho Marie Rose, su nueva modelo y compañera, aunque por poco tiempo: a mediados de agosto vuelve a casa de sus padres porque ha quedado embarazada. En septiembre dará a luz a una niña, pero Gauguin y ella no volverán a convivir.
Mientras tanto, en este último período de su vida, Gauguin trabaja de nuevo y produce obras de una inmensa carga pictórica. Desde Hiva Oa envía regularmente los lienzos a Europa para que Vollard cuide de su exhibición y venta. También se dedica a escribir: se concentra en la redacción del volumen de recuerdos que no será publicado hasta el año 1923, ya muerto el pintor. También termina el manuscrito, pretende fundar un periódico en Lima. En aquella época, el viaje hasta el Perú es extremadamente oneroso y Clovis Gauguin, afectado ya por una enfermedad cardiovascular, no soporta el largo recorrido y a la altura del Estrecho de Magallanes, en Chile, fallece «a causa de la rotura de un aneurisma», según palabras del propio Gauguin.
Una vez en el Perú, la familia Gauguin se establece en Lima, en casa de Don Pío de Tristán de Moscoso, tío abuelo del pintor. La primera infancia del futuro artista transcurre, pues, en un paisaje exótico. Lima, a mediados del siglo XIX, era un centro urbano en pleno desarrollo, pero distaba mucho de parecerse a una ciudad europea moderna, y debía de conservar aún claros rasgos del mundo primitivo indígena de la América del Sur. Gauguin debió de sentirse influido por aquellos primeros años vividos en el Perú. En alguno de sus textos autobiográficos dejó constancia de este período: «recuerdo muy bien esa época, nuestra casa y muchos acontecimientos [...] Aún veo a nuestra negrita que tenía el encargo de llevar a la iglesia la pequeña alfombra sobre la que nos arrodillábamos para rezar. Y veo también al criado chino que era tan diestro planchando la ropa; por cierto que fue él quien me encontró en una tienda de comestibles cuando yo, sentado entre dos barriles de melaza, me disponía a chupar caña de azúcar, mientras mi desconsolada madre me buscaba por todos lados».
En otoño de 1854 la familia Gauguin regresa a Francia y se instala en Orleans. Acuden allí ante el ofrecimiento de su abuelo paterno de conceder a sus dos nietos, Paul y Marie, un anticipo de su herencia. Guillaume Gauguin, su abuelo, morirá poco después, el 9 de abril de 1855 y el consejo de familia decide nombrar a Isidore Gauguin, tío paterno del pintor, subtutor de los pequeños. Entre 1854 y 1861, Gauguin vive, pues, en un ambiente radicalmente distinto al de su primera infancia, en una ciudad fluvial como Orleans, de enorme tradición cultural europea y alejada, por tanto, del primitivismo y del exotismo del Perú de mediados del siglo XIX. Sabemos que, como mínimo, desde 1859, se escolariza en el seminario menor, de La Chapelle-Saint Mesmin, cerca de Orleans.
En 1861, Aline Gauguin se instala en París como modista y entabla relaciones con la familia Arosa. Paul Gauguin se reúne con su madre en 1862 para cursar, en el Instituto Loriol de París, los estudios preparatorios de ingreso en la Escuela Naval. En 1864 prosigue su último curso escolar como interno en el instituto de Orleans.
Al no conseguir el ingreso en la Escuela Naval, en diciembre de 1865, se enrola en la marina como grumete aprendiz de oficial y embarca en el Luzitano, un barco de tres mástiles con el que realiza dos viajes a Río de Janeiro, con una duración de unos cuatro meses cada uno. En octubre de 1866 vuelve a embarcarse, en esta ocasión a bordo del Chili, en un viaje que durará trece meses y medio y que le devolverá a las aguas del océano Pacífico y a ciudades chilenas y peruanas que debieron de recordarle sus primeros años en aquellas tierras. En el transcurso de este viaje, en una de las escalas del trayecto, Gauguin conoce la muerte de su madre, ocurrida el 7 de julio de 1867. Cuando Paul Gauguin regresa a París, hace algo más de cinco meses que su madre ha fallecido. Paul y su hermana Marie han sido nombrados únicos herederos y su nuevo tutor pasa a ser Gustave Arosa, fotógrafo y coleccionista de pintura moderna. En enero de 1868 es inscrito definitivamente en la marina y en el mes de marzo es destinado a la corbeta Jérôme-Napoléon en la que realizará distintos viajes por el Mediterráneo y por los países nórdicos hasta 1871. En 1872, habiendo abandonado su oficio de marinero, es recomendado por Gustave Arosa y entra a trabajar con éxito como corredor de bolsa en el negocio del agente de cambio Paul Bertin. Parece que la vida de Gauguin, después de una agitación considerable, con viajes a zonas exóticas y una movilidad aventurera, se encauce hacia lo convencional. En 1873 contrae matrimonio con Mette Gad, una danesa a la que había conocido a través de Gustave Arosa, quien hará de testigo de la boda junto a Paul Bertin y Oscar Fahle, secretario del Consulado de Dinamarca. Con Mette Gad tiene cinco hijos: Emil, Aline, Clovis, Jean René y Paul. En esa vida apacible, sobre todo por el contraste que se produce con la actividad desplegada en años anteriores, se introduce, no obstante, un factor nuevo y de enorme trascendencia ulterior: su creciente afición por la pintura. Parece que ya en 1874, año de nacimiento de su primer hijo, compone algunos dibujos. Pero lo cierto es que en 1876 se produce su primera aparición pública como pintor: en el Salón de París de aquel año expone una obra titulada su primera aparición pública como pintor: en el Salón de París de aquel año expone una obra titulada Sotobosque en Viroflay (Seine et Oise). La pintura aún no ejerce el peso decisivo que tendrá en su vida, pero va entrando lenta y contundentemente en los cálculos de Gauguin.
En años sucesivos, tendrá nuevos empleos bancarios y le nacerán otros dos hijos, a los que pondrá los nombres de sus padres: Aline, en 1877, y Clovis, dos años después. Sin embargo, su decidida vocación pictórica se afianza cada vez más. En 1877, se instala en Vaugirard, donde el escultor Bouillot le inicia en el arte escultórico. Su holgada posición económica le permite convertirse en un buen coleccionista de arte moderno. Y más aún, en 1879, por invitación expresa de Camille Pissarro y Edgar Degas, participa fuera de catálogo en la cuarta exposición de los impresionistas. A través del epistolario conservado entre Gauguin y Pissarro sabemos que, efectivamente, en este período Paul Gauguin entra en contacto con algunos de los pintores del Impresionismo: Degas, Renoir, Manet o el propio Pissarro.
Este contacto con los impresionistas se hará más intenso, primero como coleccionista adquiriendo obras de los pintores del grupo y, después, como pintor. Durante el verano de 1879 reside por vez primera en Pontoise al lado de su amigo Pissarro y de él aprende la técnica paisajística. Con el caballete a cuestas, Gauguin pinta en estos momentos paisajes que observa al aire libre y representa meticulosamente mediante pequeñas pinceladas. Por otra parte, bajo la influencia de otro gran maestro del momento, Degas, con el que mantendrá una larga amistad y por el que siente una constante admiración, también practica la pintura de interiores. Son buenos ejemplos de ello, dos lienzos con figura femenina: Mette cosiendo, en el que contemplamos la expresión de la apacibilidad de la vida cotidiana de Gauguin a través de su esposa, y Suzanne cosiendo o Estudio de desnudo, desnudo femenino que contempló con gran satisfacción el escritor Joris Karl Huysmans. El autor de À rebours llegó a escribir sobre este cuadro: {{cita2|Me atrevo a afirmar que, entre los pintores contemporáneos que han trabajado el desnudo, nadie ha reflejado la realidad con tanta vehemencia.|}
Gauguin contempla con placer su incipiente y prometedora carrera pictórica. Participa en la quinta, en la sexta y en la séptima exposiciones impresionistas, celebradas entre 1880 y 1882. Poco antes de realizarse esta última exposición, en enero de 1882, se produce una quiebra en la Bolsa y Gauguin se queda sin empleo. A pesar de lo dramático de la situación, Gauguin considera que es una posibilidad para dedicarse por completo a la pintura. Para hacer frente a la crisis la familia Gauguin deja París y se instala en Ruán a principios de 1884, con la esperanza de vivir con menos recursos económicos. Entretanto, han nacido sus dos últimos hijos: Jean René, en 1881, y Paul, en 1883. Un dato revelador: en el acta de nacimiento de este último, Gauguin ya no figura como agente de bolsa, sino como artista pintor. Sin embargo, a pesar de que en sus cartas Gauguin se muestra confiado en su triunfo como pintor, la realidad se impone y su situación económica es cada vez más precaria. Al fin, en noviembre de 1884, Paul Gauguin se traslada a Dinamarca, la tierra natal de su esposa, a donde ella y sus hijos ya han acudido unas semanas antes; allí se instala como representante de lonas para los Países escandinavos. Pero la situación no mejora y en junio de 1885, Gauguin decide regresar a París, en compañía de su hijo Clovis. Mette Gauguin se queda en Copenhague con los demás hijos e intenta vivir dando lecciones de francés. Desde junio de 1885 hasta mediados de 1886, Gauguin acepta cualquier trabajo que le permita subsistir, como el de fijar carteles por cinco francos al día; pero él sigue pintando a la vez que retoma algunos contactos e incluso expone en la octava y última exposición de los impresionistas, inaugurada en mayo de 1886. Pero, su gran eclosión como artista no se producirá hasta que, en julio de 1886, después de haber dejado a su hijo Clovis en un pensionado, decide partir hacia Bretaña.
GAUGUIN EN PONT AVEN
Ya en Pont Aven, la pequeña ciudad del Finisterre bretón, Gauguin escribe a su mujer: «Por fin he conseguido el dinero para mi viaje a Bretaña y aquí estoy viviendo de préstamos. Apenas hay franceses; todos son extranjeros: un danés, dos danesas, el hermano de Hagborg y muchos americanos. Mi pintura suscita muchas discusiones y debo confesar que despierta una acogida bastante favorable por parte de los americanos. No deja de ser una esperanza para el “futuro”. Hago muchos bocetos y apenas reconocerías mi pintura. Espero salir adelante en esta estación.» La ilusión que desprenden estas palabras es lógica. Pasados aquellos momentos de depresión entre París y Ruán, entre Ruán y Copenhague, entre Copenhague y París de nuevo, Paul Gauguin puede realizarse por primera vez como pintor en toda la extensión de la palabra. Poco a poco, durante los escasos tres meses de estancia en la pensión Gloanec de Pont Aven, su producción pictórica comprende desde los paisajes de matiz todavía impresionista, como en Lavanderas en Pont-Aven, hasta los primeros signos de lo que llegará a convertirse en un estilo propio. Gauguin, al pintar a las mujeres bretonas con sus características cofias blancas, se concentra en evocar, en sugerir un momento o un entorno antes que en describir, en apuntar la realidad, tal como haría un genuino impresionista, o tal como lo habría hecho él mismo unos pocos años antes.
En Pont Aven, antes de su retorno a París, se producen distintos acontecimientos que darán su fruto en los meses siguientes. Conoce al pintor Émile Bernard, personaje singular con quien mantendrá una intensa colaboración, no exenta de tensiones, en su segunda estancia en tierras bretonas. También conoce a Charles Laval, otro pintor con el que iniciará al cabo de unos meses un viaje exótico hacia la Martinica. Y, en esencia, establece las bases vitales y artísticas necesarias para su posterior evolución como pintor, de entre las que cabe reseñar su súbita introducción en el lenguaje de la cerámica, ocurrida de la mano de Ernest Chaplet. En la cerámica encuentra la posibilidad inmediata, tangible, táctil de desarrollar formas que, según Françoise Cachin, significan para él un retorno a los orígenes del arte y a los de su infancia en el Perú, donde su madre había reunido una buena colección de piezas cerámicas.
Gauguin lleva en París una vida bastante agitada. Al mismo tiempo que se reconcilia con Degas, después de un breve período de enemistad, rompe estrepitosamente, en un incidente ocurrido en el Café de la Nouvelle Athènes, con Paul Signac y con su antiguo amigo Camille Pissarro. Como si hubiera previsto el pronto alejamiento de su pintura respecto a los preceptos impresionistas, Gauguin rompe las relaciones que mantenía con algunos de los representantes más ortodoxos de la corriente pictórica, pero está al tanto de la vida cultural parisiense y sigue, a través del Figaro littéraire, el manifiesto del Simbolismo de Jean Moréas.
En el mes de abril de 1887, Mette va a París para llevarse consigo a su hijo Clovis y recoger algunas pinturas de Gauguin para poder subsistir con su venta. Ese mismo mes, Gauguin se embarcará en compañía del pintor Charles Laval rumbo a Panamá. En una carta a Mette, Gauguin descubre sus más íntimos propósitos en este viaje: «Lo que deseo por encima de todo es huir de París, que constituye un desierto para los pobres. Mi nombre de artista se hace cada día más grande, pero, mientras espero, a veces paso tres días sin comer; lo que destruye no sólo mi salud, sino también mi energía. Es esta energía la que quiero recuperar y por eso me marcho a Panamá para vivir de manera salvaje.» Gauguin huye por primera vez, aunque no parece que se trate de una fuga estrictamente creativa, sino más bien de una necesidad de escapar de la situación personal que vive en París. Lo cierto es que el viaje a Panamá está repleto de vicisitudes, enfermedades y penurias económicas que le obligan a trabajar en las obras de construcción del canal de Panamá. A principios de junio, se embarca en Panamá rumbo a la Martinica, en el mar de las Antillas, todavía en compañía de Laval.
Allí, sin duda, descubre unos paisajes y una forma de vida que le retrotraen al exotismo de su infancia en el Perú y a los parajes encontrados a lo largo de sus viajes de juventud. La estancia en la Martinica es breve, puesto que durante el mes de julio contrae graves enfermedades, disentería y paludismo, que le hacen volver a Francia precipitadamente en octubre de 1887. Sin embargo, durante esas cortas semanas, Gauguin da un paso gigantesco hacia la elaboración de su propia pintura. El artista descubre allí un entorno de enormes sugerencias creativas. En una carta a su esposa, datada en junio de 1887, Gauguin expresa con contundencia ese entusiasmo: «Actualmente estamos instalados en una cabaña de negros y es un paraíso junto al istmo. Abajo, el mar bordeado de cocoteros; arriba, árboles frutales de todas las clases, a veinticinco minutos de la ciudad. Negros y negras no cesan de circular todo el día hablando sin parar y cantando canciones criollas. No creas que resulta monótono, más bien muy variado. Me siento incapaz de expresarte mi entusiasmo por la vida en las colonias francesas, y creo que a ti te pasaría lo mismo. La naturaleza riquísima y el clima caliente, pero con frescor a ratos.» A su llegada a París, Gauguin se instala en casa de su antiguo amigo y colaborador Émile Schuffenecker. Allí conoce a Daniel de Monfreid, que ejercerá un papel relevante en sus posteriores estancias en Oceanía, y también se relaciona con los hermanos Van Gogh. Con el pintor Vincent van Gogh, a quien ya había conocido en noviembre de 1886 en París, intercambia un lienzo e inicia una intensa amistad. Con el marchante Theo van Gogh entabla relaciones comerciales que le reportarán unos ingresos importantes a través de la adquisición, por parte de Theo, de diversas piezas cerámicas y de algunos cuadros, entre ellos uno de los lienzos martiniqueses, Bajo los mangos, por el que paga cuatrocientos francos. Después de la penuria de épocas anteriores, estas ventas son un auténtico respiro para Gauguin y le permiten regresar a Bretaña, lo que supondrá el paso decisivo en la formulación de su nueva concepción pictórica.
En efecto, a principios de 1888 Gauguin vuelve a instalarse en la pensión Gloanec de Pont Aven. Escribe a Schuffenecker: «Amo Bretaña, encuentro en ella lo salvaje, lo primitivo. Cuando mis zuecos resuenan sobre el suelo de piedra, oigo el sonido sordo, apagado y potente que busco en la pintura.» En Pont-Aven, Gauguin se encuentra de nuevo con un grupo de pintores que había tratado en su primera estancia en el país bretón. Pero en esta ocasión el encuentro adquiere una enorme significación cultural, porque en Pont Aven nace una nueva concepción pictórica, conocida como Sintetismo o Escuela de Pont Aven, liderada por Paul Gauguin y Émile Bernard y en la que participan, con mayor o menor implicación, Émile Schuffenecker, Charles Laval, Louis Anquetin, Cuno Amiet, Henri Moret y Paul Sérusier, entre otros. Esa nueva concepción queda esbozada en el lienzo Mujeres bretonas en el prado que Émile Bernard pinta durante el verano de 1888 y que Gauguin llevará a sus últimas consecuencias en su obra posterior. El Sintetismo pretende simplificar las formas, quiere que la pintura capte la idea, la síntesis del proceso creativo, más que describir la realidad exterior. Para ello emplea líneas gruesas, trazos oscuros que delimitan las formas y crean una estructura de compartimientos (de ahí que también se conozca la tendencia bajo el nombre de cloisonnisme). Estos compartimientos, o cloisons, se rellenan mediante grandes superficies de colores planos, sin gradaciones, sin sombras. En la pintura sintetista, la perspectiva tradicional deja de ser trascendente para la representación. El objetivo de la pintura ya no se limita a la reproducción de objetos; su finalidad consiste en expresar ideas por mediación de un lenguaje especial. Gauguin parece introducirse con celeridad en esta concepción, tan alejada de sus orígenes impresionistas. «No copies demasiado la naturaleza», le aconseja a su amigo Émile Schuffenecker. Y prosigue: «el arte es una abstracción, extráelo de la naturaleza soñando e imaginando y piensa más en el proceso creativo que en el resultado».
Gauguin no abandonará Pont Aven hasta octubre de 1888. En este tiempo, se enamora de Madeleine Bernard, la hermana de su amigo Émile, pero ella no le corresponde, puesto que se siente atraída por Charles Laval. Por otra parte, durante este período, Gauguin subsiste mediante las ventas que Theo van Gogh consigue hacer de su cerámica y de su pintura. La relación con los Van Gogh se va estrechando y, al fin, Gauguin accede a trasladarse a Arles, donde pinta Vincent van Gogh. Theo, movido por el deseo de que su hermano tenga compañía y pueda trabajar con intensidad al lado de otro pintor, propone a Gauguin comprar su producción a cambio de su presencia en Arles. Gauguin accede a la propuesta, con lo que se consuma uno de los encuentros más legendarios entre dos de los más conspicuos representantes de la historia de la pintura moderna.
DE ARLES A TAHITÍ
Cabe destacar que la amistad entre Gauguin y Van Gogh fue de una intensidad extenuadora, pero también riquísima. Entre ellos parecía haber una atracción creativa muy fuerte. Y, al mismo tiempo, un rechazo de no menor alcance. Una vez más, al igual que en su primera etapa en Pont Aven y su efímera estancia en la Martinica, Gauguin sólo vive en Arles poco más de dos meses, entre el 23 de octubre y el 26 de diciembre de 1888. A pesar de su corta duración, la estancia de Gauguin en tierras provenzales imprime en su pintura un nuevo empuje. Con todo, las relaciones entre ambos artistas debieron de ser tensas. Gauguin confiesa esa tensión en una carta que escribe a Émile Bernard, a la sazón amigo de los dos pintores: «En Arles me encuentro totalmente descentrado, todo me parece tan pequeño, tan mezquino, el paisaje y sus gentes. Vincent y yo apenas estamos de acuerdo en nada, y menos en pintura. Él admira a Daumier, Daubigny, Ziem y al gran Théodore Rousseau, por los que yo no siento nada. En cambio, él detesta a Ingres, Rafael, Degas y a todos los que yo admiro [...] Le gustan mucho mis cuadros, pero cuando los estoy haciendo, siempre ve defectos.» Gauguin se autodefine como un primitivo y califica a Van Gogh, no sin un tono algo despreciativo, de romántico. Parece que la tentación de dejar Arles está siempre presente en su mente y sólo la conminación, tal vez podríamos hablar del chantaje, de Theo van Gogh impide que aquélla se convierta en realidad. El 23 de diciembre de 1888 la relación entre los dos pintores llega a extremos traumáticos. El propio Gauguin relató su versión de lo acaecido en un libro de recuerdos que tituló Avant et après: «En los últimos tiempos de mi estancia, Vincent se volvió excesivamente brusco y ruidoso, luego silencioso. Algunas noches sorprendí a Vincent, despierto, acercándose a mi cama.» Lo cierto es que aquella noche cercana a la Navidad, después de cenar y en las calles de Arles, Van Gogh intenta agredir a Gauguin con una navaja de afeitar. Repelida la agresión, Gauguin se instala en un hotel decidido a marcharse de allí. A la mañana siguiente, sin embargo, encuentra un tumulto de gendarmes y personas alrededor de la casa que habitaban los dos. Van Gogh se había cortado una oreja al ras de la cara. «Debió de pasar bastante tiempo hasta que consiguió detener la hemorragia –escribe Gauguin–, ya que al día siguiente numerosas toallas mojadas cubrían el suelo de las dos habitaciones de la planta baja. La sangre había manchado las dos habitaciones y la escalera que conducía a nuestro dormitorio.» Aquella misma mañana envía un telegrama a Theo para que vaya a asistir a su hermano e, internado Vincent en un hospital, ambos regresan a París dos días después.
A pesar del carácter legendario, mítico del acto de automutilación de Vincent van Gogh, y a pesar también del oscuro papel que Gauguin pudiera haber representado en este truculento asunto, lo cierto es que para éste los días pasados al lado del «loco del pelo rojo» debieron de tener un cierto grado de imantación en sus aspiraciones estéticas. Gauguin, no sin cierta ironía, corroborando que los problemas que había sufrido en su vida familiar y artística no eran comparables con las angustias que abrasaban la mente de su colega, ponderaba de la siguiente manera su encuentro con Van Gogh: «Cuando llegué a Arles, Vincent se buscaba a sí mismo, mientras que yo, mucho mayor, ya era un hombre hecho. A Vincent le debo algo, y es, además de la conciencia de haberle sido útil, la consolidación de mis ideas pictóricas anteriores, junto con el hecho de poder acordarme, en los momentos difíciles, de que siempre hay alguien más desgraciado que uno mismo.»
Durante 1889, Gauguin vive entre París y Pont Aven pero, cansado de aquel pequeño pueblo, se instala unos quilómetros más allá, en el Pouldu, pueblo marinero donde puede concentrarse mejor en la evocación del paisaje y la cultura bretonas. Allí se congregan varios pintores afines a las ideas sintetistas: Émile Bernard, que pronto acusará a Gauguin de apropiarse de su poética artística; Meyer de Haan, con quien decorará el restaurante del hostal Marie Henry, donde comen y duermen habitualmente; Paul Sérusier, con el cual también compartirá a partir de finales de junio la pensión; o Armand Seguin, entre otros. Entretanto, participa con varias obras en dos exposiciones artísticas destacables: en febrero, en el Salón de los XX, de Bruselas, y, en la exposición de pinturas del Groupe Impressionniste et Synthétiste, que tiene lugar entre junio y octubre en el Café des Arts, dentro del recinto de la Exposición Universal de 1889, en el Campo de Marte. Esta exposición desencadena una especie de descubrimiento de Gauguin por parte de algunos pintores e intelectuales franceses. Y ello sin que Gauguin exponga aún la obra que está concibiendo en aquel momento, en su renovada estancia en tierras bretonas. En efecto, Gauguin compone durante los meses siguientes obras de un calibre extraordinario, incipientes muestras de su próxima revolución pictórica en tierras tropicales. El Cristo amarillo, en el que unas mujeres ataviadas con la indumentaria bretona adoran a Jesús en la cruz; La Belle Angèle, lienzo que adquirirá Degas en 1891 en la subasta organizada por el propio Gauguin para poderse pagar su viaje a Tahití; o ese enigmático e irónico Autorretrato de Gauguin, actualmente en la National Gallery de Washington, en el que se coloca encima de la cabeza una aureola de santo, son buenos ejemplos de ello. Entre 1890 y 1891, Gauguin combina sus estancias en el Pouldu con su hospedaje en París, siempre aparentemente circunstancial. Sin embargo, en ese período Gauguin mantiene un cierto compromiso con la cultura urbana de su tiempo. Se manifiesta claramente favorable a la arquitectura moderna y, más concretamente, se declara defensor acérrimo de la recién construida Torre Eiffel, por ejemplo. O se deja mimar por algunos escritores jóvenes, entre los que cabe destacar a Charles Morice o Albert Aurier. Este último publica, en 1891, en Le Mercure de France el artículo «Le Symbolisme en peinture», en el que defiende una pintura ideísta, simbolista, sintética, subjetiva y decorativa, y sitúa a Gauguin como gran oficiador de esa nueva concepción estética: «Ése es el arte que me gusta soñar –escribe Aurier–, el arte que me apetece imaginar, en los paseos obligatorios por entre las lastimosas o infames artificiosidades que atestan nuestras exposiciones industrializadas. Ése es también el arte que –si no he interpretado mal el pensamiento de su obra– ha querido instaurar en nuestra lamentable y putrefacta patria ese gran artista genial con alma de primitivo y algo de salvaje: Paul Gauguin.» Gauguin también entra en contacto con escritores que en aquellos momentos gozaban de gran prestigio en Francia. Charles Morice le presenta a Stéphane Mallarmé y, a través del gran poeta simbolista, entra en contacto con Octave Mirbeau, reputado tratadista de arte. Gauguin asiste, incluso, a un banquete oficiado por los simbolistas, en honor de Jean Moréas, así como a otros actos de esta naturaleza.
Lo cierto es que, durante el inicio de la década de los noventa, empieza a hervir en la cabeza de Gauguin la idea de huir otra vez a tierras ignotas, de recuperar directamente el primitivismo que le induzca a proseguir su camino como pintor. Para ello, y valiéndose de los nuevos contactos con la cultura parisiense, el 22 de febrero de 1891 organiza la venta de su obra en el Hôtel Drouot, con cuya recaudación pretende costear su próximo viaje a Tahití. Para esta iniciativa recibe el apoyo, entre otros, de Mallarmé y de Mirbeau, que incluso publica un artículo en Le Figaro en el que anuncia la próxima subasta. Gauguin consigue cerca de diez mil francos, producto de la venta de treinta cuadros, y, a partir de aquí, empieza a preparar concienzudamente su viaje a Oceanía. A principios de marzo visita Copenhague para despedirse de su esposa Mette y de sus hijos. El 23 de marzo, Mallarmé preside en el Café Voltaire de París un banquete en homenaje a Gauguin por su inminente partida. Asisten, entre otros, pintores, escultores y literatos como Odilon Redon, Eugène Carrière, Jean Moréas, Charles Morice, Albert Aurier, Rachilde (Marguerite Valette) y su esposo o Saint Pol Roux. Mallarmé realiza el primer brindis con estas palabras: «Señores, para empezar, bebamos por el regreso de Paul Gauguin; pero no sin admirar esta conciencia superior que, en el estallido de su talento, lo exilia, para renovarse, hacia la lejanía y hacia sí mismo.»
GAUGUIN EN OCEANÍA
El primero de abril de 1891 Gauguin se embarca en Marsella a bordo del navío L’Océanien, pasa por el canal de Suez, hace escala en las islas Seychelles y en las ciudades de Adelaida, Melbourne y Sidney, del continente australiano, y, finalmente, hace una larga parada en Nouméa, en Nueva Caledonia. De allí embarca en el buque de guerra La Vira y se dirige a Papeete, capital de la Polinesia francesa, a donde llega el 9 de junio, más de dos meses después de su partida de París. A su llegada, los habitantes de Papeete se sorprenden ante su indumentaria y, sobre todo, por sus largos cabellos. Los nativos, no sin ironía, le denominan taatavahine, esto es, mitad hombre, mitad mujer. Gauguin, con ánimo conciliador, se corta el pelo, se viste al estilo colonial blanco y empieza a frecuentar a los europeos del lugar, especialmente de la mano del lugarteniente Jénot, que nos legó sus recuerdos de aquel encuentro. Mientras tanto, nace en París el 13 de agosto de 1891, Germaine, hija de Gauguin y de Juliette Huet, con la que había mantenido relaciones, como modelo y como amante, a partir del otoño de 1890 durante sus últimas estancias parisienses.
En otoño de 1891, y acompañado momentáneamente de Titi, una anglotahitiana, se instala en Mataiea, una pequeña población situada al sur de la capital. Allí, empieza a tomar notas para futuros cuadros, según escribe a Daniel de Monfreid, su mejor contacto con Europa en estos años. Y, más importante aún, empieza a llevar una vida primitiva, casi salvaje, como había buscado desde hacía tiempo. Un ejemplo de ello es que recibe una amonestación de las autoridades por bañarse desnudo en las playas de Mataiea y atentar contra el pudor. Gauguin se encuentra en un entorno excepcional, muy propicio para su creatividad aletargada, que describe así a su esposa Mette:«Nada, ni siquiera el piar de un pájaro rompe la calma. A veces una gran hoja seca que cae, pero que no produce el más mínimo ruido. Es una especie de roce espiritual. Los indígenas suelen caminar por la noche, pero sus pies desnudos se deslizan silenciosamente. Siempre hay silencio. Ahora comprendo por qué estas gentes pueden permanecer horas, e incluso días, sentadas, sin decir ni una sola palabra y mirando el cielo con melancolía. Y siento que todo esto me invade.»
Gauguin se sentía invadido por este silencio, por una profunda sensación de paz, de sosiego, de aquello que los griegos llamaban ataraxia. A esta sensación contribuye la presencia de Teha’amana, una joven indígena que vive con él durante su estancia en una pequeña cabaña en Mataiea. Su nueva esposa, como él mismo la denomina en Noa Noa, el relato que escribió sobre su primer viaje a Tahití, aparece en múltiples cuadros de este período convirtiéndose en la encarnación de una especie de mujer salvaje ideal. Gauguin llega a pintar hasta diciembre de 1891 unos veinte lienzos, entre los que se encuentran algunas de sus más relevantes contribuciones al arte occidental moderno: La comida, Vahine no te Tiare, Ia orana Maria, Te tiare farani o Mujeres tahitianas, entre muchas otras.
Sin embargo, la paz y el sosiego de Mataiea tocan a su fin. Primero unos vómitos de sangre obligan a la hospitalización de Gauguin en Papeete y, una vez superada la enfermedad, resurgirán las dificultades económicas. A finales del mes de marzo hace saber a su amigo Paul Sérusier que quiere volver a Francia y unas semanas más tarde escribe a Mette para comunicarle que, últimamente, ha pintado treinta y ocho cuadros y que está buscando una subvención para poder regresar. Gauguin se encuentra en un paraíso como pintor; más tarde afirmará que el paisaje le deslumbraba y le cegaba, pero debe de sentirse solo y absolutamente arruinado como persona. Transcurre más de un año durante el cual Gauguin se plantea abandonar la pintura e instalarse como inspector de dibujo en París. Así se lo comunica a Mette en febrero de 1893. Al fin, el 4 de junio de 1893 consigue embarcarse gracias al ministerio del Interior francés, que le paga un viaje en tercera clase. Gauguin se despide de Teha’amana, con la que había compartido su estancia en Tahití, primero en Mataiea y los últimos meses en Papeete. A pesar de su situación anímica, su producción pictórica ha sido importante: ha cubierto una de las etapas más significativas de su evolución como pintor y, presumiblemente con pesar, se dirige de nuevo a Francia.
El regreso vuelve a ser complicado. El Duchaffault, el navío que había partido de Tahití el 4 de junio, le deja en Nueva Caledonia dos semanas más tarde y no puede volver a embarcarse hasta el 16 de julio, cuando a bordo del Armand Béhic se dirige a Marsella. Llega al puerto francés el 30 de agosto de 1893 e, inmediatamente, con los doscientos cincuenta francos que le ha enviado Paul Sérusier, toma el tren hacia París. Gauguin, con cuarenta y cinco años, se establece en Francia, donde permanece casi dos años, antes de su vuelta a Oceanía. Durante este período, reemprende los contactos con la cultura parisiense y tiene la suerte de heredar la mitad de los bienes de su tío Isidore Gauguin, fallecido a principios de septiembre de 1893.
Para rentabilizar su estancia en Tahití, Gauguin prepara junto a Charles Morice la publicación de Noa Noa, en la que el artista pretende explicar la transformación de su pintura. Paralelamente, Gauguin, con la ayuda de Degas, Daniel de Monfreid y el propio Morice, prepara una exposición de cuarenta y una telas realizadas en Tahití, además de tres de su época bretona y otras piezas. La exposición, inaugurada el 10 de noviembre de 1893 en la galería de la familia Durand Ruel, despierta enorme curiosidad y obtiene más fortuna crítica entre los ambientes literarios que entre los estrictamente pictóricos. Gauguin, sin embargo, se muestra satisfecho:
«Lo más importante es que mi exposición ha tenido un enorme éxito artístico, ha despertado por igual el furor y la envidia. La prensa me ha tratado como todavía no ha tratado nunca a nadie, es decir, razonablemente y con elogio.»
Con todo, económicamente, la exposición no deja de ser un relativo fracaso: Gauguin sólo vende once de las telas expuestas, dos de las cuales son adquiridas por su amigo Degas. La pintura primitivista de Gauguin todavía no es aceptada. El Museo de Luxembourg, por ejemplo, rechaza la donación que Gauguin hace de su lienzo Ia orana Maria.
En enero de 1894 instala su taller en la rue Vercingétorix. Decora las paredes con colores y figuraciones propias de Tahití y cuelga algunas obras originales de Cézanne y Van Gogh que aún posee en su colección. A partir de entonces convive con Annah la javanesa, una muchacha de trece años originaria de Malasia que también le servirá de modelo hasta que, a finales de verano o comienzos de otoño, durante la estancia de Gauguin en Pont Aven, ella se va después de haber saqueado el estudio parisiense. Durante el verano en Pont-Aven, Gauguin sufre una agresión por parte de unos marineros que le provoca la inmovilización de la pierna con fuertes dolores; el pintor intenta mitigarlos con morfina y alcohol.
Sus contactos con los simbolistas franceses, especialmente con Mallarmé, persisten; incluso le homenajean en distintas ocasiones. También contacta, en Pont Aven, con Alfred Jarry, que le dedica tres poemas, y con August Strindberg, a quien pide un prefacio para el catálogo de la próxima venta de su obra; el literato se niega a hacerlo en un intercambio epistolar, muy conocido del público. El propio Strindberg acude, junto con otros personajes de la cultura, a una tertulia que tiene su sede en el estudio de Gauguin, en la rue Vercingétorix. Y, sin embargo, a pesar de toda esta actividad, Gauguin escribe, en septiembre de 1894, una carta a Monfreid, en la que le comunica su decisión de abandonar definitivamente Europa e instalarse para siempre en Oceanía:
«He tomado una decisión definitiva, la de marcharme para siempre a Oceanía. Volveré a París en diciembre para ocuparme exclusivamente de la venta de todos mis trastos al precio que sea. Si lo consigo, partiré inmediatamente.»
El proceso apuntado por Gauguin en otoño de 1894 es largo, repleto de vicisitudes y de dificultades económicas, ya que la subasta de su obra en el Hôtel Drouot el 18 de febrero de 1895 no le reporta más que dos mil doscientos francos. Pero la decisión es firme y, el 28 de junio de 1895, Paul Gauguin abandona para siempre París.
El 3 de julio de 1895 embarca en Marsella a bordo del vapor L’Australien. En una escala en Auckland, en Nueva Zelanda, estudia en el Museo de Etnología la colección de arte maorí, recién instalada. Finalmente, llega a Papeete el 9 de septiembre de 1895. Inicialmente, y a pesar de que Tahití le decepciona por el proceso de creciente occidentalización en el que está inmersa la isla, se instala en Punaauia, en la costa oeste, cerca de Papeete. Allí, alquila un terreno y construye un fari, una cabaña tradicional del lugar realizada con cañas de bambú y hojas de palmera. Casada Teha’amana, su antigua compañera tahitiana, toma como modelo a Pahura, una joven indígena de catorce años que se convierte en su nueva amante. Sin embargo, pronto empezará para él un período especialmente luctuoso: en junio de 1896 debe ser internado por primera vez en el hospital de Papeete, se encuentra en la más terrible indigencia, y los dolores le atormentan. Además, Pahura da a luz a una niña que muere poco después. La situación económica sufre, en los meses siguientes, una ligera recuperación a través de las cantidades que va recibiendo por la venta de sus cuadros en Europa, pero su estado de salud empeora. En enero de 1897, vuelve a ser hospitalizado, y, poco después, recibe la noticia, por medio de una carta «corta y brutal» de su mujer, de la muerte de su hija Aline a causa de una neumonía. Todo le sume en un estado de tristeza,de pesadumbre. Durante el verano de 1897 vuelve a agravarse su estado de salud: a los dolores en la pierna se le suman una infección en el ojo, las secuelas de una antigua sífilis, unas erupciones en la piel que los indígenas atribuyen, con temor, a la lepra y, aún, unos trastornos cardíacos que, en octubre, le harán pensar que su muerte se encuentra próxima y que, en diciembre, le obligarán a una nueva hospitalización. El panorama es francamente desolador. En estos momentos de incertidumbre, cuando Gauguin intenta suicidarse con arsénico, empieza a trabajar en una obra monumental, ¿De dónde venimos? ¿Qué somos? ¿A dónde vamos?, que no deja de tener ciertos matices de declaración testamentaria.
Lo cierto es que toda la pintura realizada en estos primeros meses de vuelta a Tahití, no reflejan esa tensión y esa desesperación. Al contrario, Gauguin pinta unas telas llenas de color, de equilibrio y pergeña unos fugaces pero intensísimos retratos espirituales de la vida isleña. Durante 1898 y 1899 pinta El caballo blanco, El ídolo, Nevermore, Vairumati y tantas otras piezas que encierran la idea del arte que, en aquellos momentos, posee Gauguin:
«Aquí, cerca de mi cabaña, en total silencio, sueño con armonías violentas cuyos perfumes naturales me embriagan. Delicia extraída de yo no sé qué horror sagrado que intuyo en el presente. Figuras de animales de una rigidez estatuaria: hay un algo de antiguo, de augusto, de religioso en el ritmo de su gesto, en su extraña inmovilidad.»
Y, con todo, su vida continúa estando plagada de incertidumbre y de complicaciones. En abril de 1899 su compañera Pahura le da un nuevo hijo, al que da el nombre de Émile, pero tan sólo le quedan cien francos del dinero recibido desde París por la venta de algunos de sus cuadros. Decepcionado, Gauguin deja de pintar, su salud es endeble y empieza a colaborar en el periódico satírico Les Guêpes, de Papeete, del que llegará a ser redactor jefe, y más tarde funda su propio periódico, Le Sourire, que él mismo escribe, ilustra e imprime. En Les Guêpes Gauguin lleva hacia adelante una ofensiva en contra del Partido Protestante y del Gobernador Gallet. A través del periódico, en el que colaborará intensamente hasta agosto de 1901, y con el que conseguirá unos ingresos regulares, realiza una campaña en contra de los emigrantes chinos. En este sentido, el 23 de septiembre de 1900 pronuncia una conferencia en Papeete en representación del Partido Católico en la que ataca duramente «esta mancha amarilla que ensucia nuestro pabellón nacional».
En septiembre de 1901, abandona Tahití y desembarca en Hiva Oa, la isla más civilizada del archipiélago de las Marquesas, en donde se encuentra la capital, Atuona. La decisión de cambiar de aires no es precipitada; se inicia al haber conseguido una especie de contrato con el galerista Ambroise Vollard según el cual Gauguin percibiría un sueldo mensual por su producción creativa. Así, después de una prolongada estancia en el hospital a principios de año, y después de vender sus pequeñas posesiones en Tahití, acomete una nueva transformación en su vida con un entusiasmo proporcional al que había manifestado en sus etapas anteriores:
«Con materiales totalmente nuevos y salvajes, voy a hacer cosas muy bellas. Mi imaginación se estaba enfriando aquí...»
A su llegada a la isla, es recibido entusiásticamente, pero no por su pintura, sino, paradoja de paradojas en la vida de Gauguin, por sus artículos combativos en Les Guêpes. Muy pronto, Gauguin comprará unas parcelas al obispo Martin y construirá una cabaña que bautiza con el nombre de «Maison du Jouir». En noviembre de 1901 se instala en su nuevo hogar, acompañado de un cocinero, dos criadas, un perro y un gato. Pronto se unirá al grupo Vaeoho Marie Rose, su nueva modelo y compañera, aunque por poco tiempo: a mediados de agosto vuelve a casa de sus padres porque ha quedado embarazada. En septiembre dará a luz a una niña, pero Gauguin y ella no volverán a convivir.
«Estoy convencido de que en el arte he tenido razón [...] y, aunque mis obras no sobrevivan, sí sobrevivirá la memoria de un artista que ha liberado a la pintura»