Buscar por relevancia Buscar por título
Enviar este artículo por e- mail
cerrar

Añadir un comentario a este artículo
cerrar

Enlazar con este artículo
cerrar

Mariano José de Larra (Versión para imprimir)

De Mienciclo E-books

Share/Save/Bookmark
Esta es la versión para imprimir de Mariano José de Larra.

Si imprimes esta página, o eliges la opción de Vista preliminar de impresión en tu navegador, verás que desaparecen este cuadro, los encabezados y los elementos de navegación.
Pulsando antes en Refrescar esta página te asegurarás que dispones de la última versión del libro, antes de imprimirlo.


LA primera impresión que se saca al leer la biografía apasionante y, por tanto, necesariamente apasionada, de Mariano José de Larra, «Fígaro», es la de un rotundo fracaso personal. Pero habrá que pensar también que, si personalmente fue un fracasado, víctima de su propia contradicción interna, de su no querer aceptar que los afectos, las pasiones, las ideas pueden no ser compartidas, su fracaso personal, en el fondo, se debió a que no quiso o no supo admitir también que los otros tienen sus derechos individuales.

En cualquier caso, al lado del larra que saldó su cuenta con la vida disparándose un tiro en un momento de honda depresión, existe ese otro larra escritor, fundamentalmente periodista, que sigue todavía vivo entre nosotros porque sus análisis siguen teniendo actualidad por la sencilla razón de que muchos de los problemas de ayer siguen siendo los problemas de hoy.


Si tratáramos de situar sus artículos en un periódico que, de 1823 a 1837, recogiera la información política, social y cultural de esos catorce años decisivos para la historia de españa un levantamiento en pro de la constitución, una violenta reacción absolutista con ingerencia externa, un cambio de modalidad monárquica y su consiguiente guerra civil nos encontraríamos con que sus análisis, sus euforias y sus desencantos se pueden trasladar a situaciones similares de nuestro desarrollo histórico a lo largo de los últimos ciento cincuenta años.


Parece como si larra, tras el pistoletazo con que puso fin a su doble tragedia de enamorado y de escritor, no hubiera hecho sino abrir un paréntesis en su vida y estuviera ahí esperando a dejar sentir su presencia en determinados momentos de la historia, algo así como si, de cuando en cuando, oyera aquello de «vuelva usted mañana», porque hoy la coyuntura político-social tampoco permite aceptar como buenos sus, por otro lado innegables, aciertos en el análisis de la situación y sus sinceros y patrióticos deseos de construir una españa mejor, acorde con los tiempos y con los otros pueblos europeos, conservando de sus propias esencias aquello que mejor se acomode y sirva para desempeñar dignamente su papel en el concierto de las naciones.

Decíamos que Larra vivió apasionadamente, con su radical romanticismo, su propia vida afectiva y su arraigada conciencia de ser español al servicio de los demás españoles de su tiempo. su relación con josefa wettoret, teñida de amor temprano y de temprano desamor, hizo que, por imperativo de los principios morales vigentes en una sociedad férreamente anclada en su peculiar manera de mantener las normas tradicionales, desembocara en tragedia la imposible pasión amorosa que sintió hacia dolores armijo. y cuando se le rompió el amor como se le había roto españa —«Aquí yace media España; murió de la otra media» —, dio por fallecida su razón de vivir.



-

Contenido

Introducción

VIVIÓ Larra veintiocho años. Años apasionados y apasionantes: de 1809, en que nace —guerra de la Independencia—, a 1837 — guerra carlista— en que muere, víctima de sí mismo y de una España sin aliento, sin vitalidad, sin pulso. Asusta pensar cómo una vida tan corta fue, al tiempo, tan fecunda, tan intensa, tan llena de resultados y de fracasos. Ambos, frutos y frustraciones, van juntos formando una realidad inseparable. Larra va más allá de su fama, de su triunfo social en plena juventud: mucho más que detener la pistola en el momento fatal, ese triunfo aparente empuja el dedo hacia el mortal disparo. Porque ese logro es, de algún modo, el precio con que, en definitiva, se paga una victoria personal que no cambia apenas nada de los objetivos contra los que Larra dirigía los dardos de su lúcida crítica social.


La España de Larra

A los diecinueve años publica Mariano José de Larra su primer artículo. Corre el año 1828, tiempo difícil para una prensa libre. Epoca triste, con Calomarde instalado en el Poder, en plena década absolutista; Fernando VII, en busca de descendencia; la represión de cualquier atisbo liberal convertido en la Ley que rige cada día la vida del país. Diez años más tarde, al borde del instante final, ha escrito Larra más de trescientos artículos de muy variado calibre y temática. Sus traduciones del francés alcanzan un número considerable: poemas, novelas. Han sido ocho años de imparable actividad, con escasos paréntesis: París-Londres, la Europa atormentada del siglo en plena apoteosis de un Romanticismo que exalta la libertad como bandera y la creación como salida. En esos años han pasado teóricamente muchas cosas en el país que vio nacer a Larra: muerte de Fernando VII que pone fin al absolutismo, guerra carlista que divide en los campos de batalla a liberales (isabelinos) y partidarios de don Carlos; esperanza de una nueva Constitución a la altura de los tiempos, desamortización eclesiástica dictada por Mendizábal, acceso de los moderados de Istúriz, sublevación de los sargentos de La Granja.... Son diez años repletos de acontecimientos para la crónica histórica.

Frente a todos esos acontecimientos, que van constituyendo el telón de fondo en que se enmarca la reflexión larriana, nuestro hombre adopta una actitud que va de la esperanza abierta al escepticismo más absoluto y desnudo. A medida que la salida del absolutismo niega el camino de una reforma profunda, Larra ve crecer su desolación y su amargura. Optimista, en principio, ante el Estatuto Real, lo ataca al poco tiempo ante la ineficacia del gobierno de Martínez de la Rosa. Y lo hace con lucidez, con ironía, llegando casi hasta el sarcasmo. Sale de España y regresa al país con la esperanza renovada: Mendizábal le ha devuelto, al parecer, la fe en el cambio. Pero pronto se le cae al suelo su pedazo de alegría. Y Larra es —con Flórez Estrada y Espronceda— uno de los pocos españoles que cae en la cuenta primero y denuncia después los peligros de la desamortización del 36. Enemigo de quien le suscitó expectativas truncadas en un país renovado, a Larra se le vuelve a encender la llama de la esperanza con la subida de Istúriz al poder. Junto a él va con ánimo casi de adolescente a la política proclamándose diputado electo por Avila. Nunca, empero, llega a defender su escaño en el Congreso. La rebelión de los sargentos de La Granja echa al suelo su nunca estrenada vocación política. Unos meses después, con los «exaltados» de nuevo en el Poder, Mariano José de Larra se suicida.

El escepticismo de Larra no es otra cosa, pues, que el fruto del contraste entre sus deseos de una España a la altura de los tiempos y la realidad de un país que, sin salir de su crisis, ahonda cada día más las raíces de ésta hasta convertirla en crónica. Por eso Larra no abdica jamás de su crítica: porque las razones de ésta siguen existiendo. Su patriotismo estaba por encima de la lisonja o del cómodo escapismo lírico. Muy al contrario, Larra entiende el patriotismo de otro modo, más crítico y riguroso:

Si me oyen me han de llamar mal español porque digo los abusos para que se corrijan, y porque deseo que llegue mi patria al grado de esplendor que cito. aquí creen que sólo ama a su patria aquel que en vergonzoso silencio o educando a la ignorancia popular contribuye a la perpetuación del mal...»


Durante toda su corta vida de escritor, Larra luchó con denuedo contra ese falso patriotismo del halago. Se convirtió, así, en un cierto aguafiestas asumiendo la tarea de ser testimonio de su tiempo y su entorno, testigo apasionado de su mundo. Y de esa postura, a la que da vida una prosa punzante, agresiva, nacen la estatura de su clasicismo y la actualidad permanente de su obra. Pocos escritores como él hay hoy tan vivos, tan latiendo al compás de nuestra sensibilidad y nuestros problemas. Y ello porque pocas actitudes resisten, como la suya, el paso destructor de los días. La actualidad palpitante de Larra es el fruto de la actitud tan testimonial, ante el cuadro que vio, para reflejarlo en sus fugaces artículos.


Periodismo y estilo

Larra —Fígaro— inicia en España el periodismo moderno al que sirve con una ilimitada pasión y un extraordinario talento. Es el hombre capaz de encerrar un cuento literario y un ensayo sociológico en las páginas de un artículo periodístico. En el periodismo su estilo se clasifica, se adensa; la síntesis punzante coexiste con el párrafo literario. Porque Larra no renuncia a la literatura para hacer periodismo, sino que lleva ésta al periódico, transformándola, autentificándola y depurándola de su hojarasca más irrelevante e imprecisa. Romántico profundo en el que late con fuerza el pulso irreprimible del siglo, Mariano José de Larra no renuncia a escribir como un clásico. Quevedo, acerca del cual tuvo la idea de escribir un drama novelado es, si se mira con verdadera hondura, su maestro y su ejemplo. Y junto a él queda encuadrado en esa nómina de españoles difíciles y sempiternos que escapan a cualquier visión superficial: Quevedo, Larra, Valle-Inclán. El mensaje de todos ellos quema aún hoy cuando nos acercamos a su obra que, sin duda, ilumina nuestro presente y nos fuerza a entenderlos mejor desde su espejo.

Las frustraciones de Larra, que tan bien ha estudiado Francisco Umbral, nos explican ese disparo en la sien que tanta tinta ha hecho derramar a veces a plumas tan poco acertadas. Hay, ante todo, una frustración, por decirlo así, patriótica, esto es, ante el imposible estado de atraso permanente del país, de su aristocracia dominante, incapaz de ceder un ápice de su hegemonía, y de su burguesía sin fuerza, sin coraje. El pueblo, por el que Larra al final de sus días clama, es para él —no puede ser de otro modo— una realidad abstracta, difusa, que a veces le irrita y otras no entiende del todo. Hay, en segundo lugar, una frustración política, que se relaciona con la otra y que nunca llega a tomar demasiado cuerpo. Y hay, por último, una frustración amorosa, sexual y personal que se encarna en Dolores Armijo, la casada infiel a su marido, que acabará hundiendo las esperanzas de un Larra en pleno proceso de autodestrucción.

En medio de esas frustraciones se articula el éxito de Larra como escritor en vida. Un éxito que le deja pronto sin argumentos fáciles para seguir viviendo. Se queda solo del todo, él que fue siempre un solitario en mitad de una mediocre multitud que le aplaudía sin entenderle. Mientras le tienen en pie los sueños, su soledad es, en el fondo, fecunda, creativa, y se mantiene erguido y enhiesto como un ciprés castellano. Cuando los sueños —España, Dolores...— se desvanecen, su profunda soledad se vuelve contra él con una fuerza avasalladora. Entonces, sólo entonces, se pega un tiro.

Vamos a intentar, pues, ver cómo se van desvaneciendo esos sueños que le mantienen vivo y mordaz, crítico y agudo. En la crónica de ese sutil, dramático desvanecimiento, está, al final, el sentido de la vida, la obra, la aventura y la muerte de Mariano José de Larra.



-

Introducción

LARRA se hace adulto temprano. Ha vivido, en efecto, con rapidez extraordinaria una infancia desarraigada y una adolescencia fugaz. A los diecinueve años salen a la luz sus primeros folletos, como él gusta de llamarles; poco tiempo después —«pronto y mal», dirá más tarde, parodiando en un artículo célebre su propia acción— se casa con Pepita Wettoret. A partir de entonces, su vida corta no tendrá apenas respiro. Pero ¿qué hay detrás del Larra, casi adolescente, que con una tenacidad sin límites decide, irreversiblemente, dedicarse a la literatura, vivir de la pluma y para ella? ¿Cómo se llega hasta aquel momento decisivo?

¿Dónde están las raíces de Larra? ¿Es Larra un hombre desarraigado que no logra nunca hallar esos hilos invisibles que le unen a la tierra, a la suerte colectiva de los hombres, un solitario condenado a la soledad a pesar de su lucidez y tal vez por ella? Será preciso buscar a fondo en la infancia dolorida y difícil de nuestro personaje para buscar en ella algún indicio, algunas pistas, que lleven hasta la detonación fatal en aquel frío y lluvioso febrero madrileño.


Infancia madrileña y exilio

Mariano José de Larra nace en Madrid el 24 de marzo de 1809, primer hijo —y luego único— de Mariano de Larra y Langelot y María de los Dolores Sánchez Castro. Llega al mundo, pues, en plena guerra de la Independencia, cuando Inglaterra se ha unido al conflicto bélico contra Napoleón, y en España se ha llevado a cabo, al fin, la convocatoria a Cortes. Su padre, médico militar del ejército francés en la España ocupada, es un «afrancesado» cuyo compromiso ha ido, además, mucho más allá de la mera simpatía hacia el país vecino. El pequeño Mariano José vive sus tres primeros años en el Madrid que le vio nacer, casa de la Cuesta de Ramón, cerca del Viaducto. La guerra es para él una especie de inevitable telón de fondo a sus correrías de niño introvertido. Dicen sus biógrafos, tal vez un poco exageradamente, que al año y medio distingue ya con soltura las letras. La casa de Larra es todo un símbolo despiadado: su abuelo, director a la sazón de la Casa de la Moneda, representa la España de la tradición; su padre, médico de Bonaparte, la España que intenta una apertura a Europa entre dificultades sin cuento. Entre ambos —en aquel caserón del viejo Madrid— discurren sus primeras experiencias; allí vive de algún modo, en esa oscura conciencia de los niños que crecen en períodos difíciles, el drama de las dos Españas enfrentadas.

A los cuatro años se produce el primer desgarrón: la derrota del ejército galo en Vitoria obliga a las tropas a un repliegue que más parece una retirada. Mariano de Larra y Langelot ve abierto ante sus ojos el áspero camino del exilio. Y con él, y su mujer, marcha a Francia el pequeño Mariano José. Era una hora dramática para los afrancesados que, fuera del país, debían aguardar con paciencia momentos mejores, esto es, una todavía problemática amnistía que les reintrodujera de nuevo y con garantías en la patria.

Los padres de Larra se instalaron en París, dejando a su único hijo interno en un colegio de Burdeos. En 1815, Antonio Crispín de Larra, el abuelo, fallece en Madrid. Larra es un niño español en Francia, «L’espagnol». Y solo, con sus padres alejados a muchos kilómetros. Circunstancias todas, desde luego, que favorecen la introversión ya incipiente. Aprende francés antes que castellano, detalle en modo alguno irrelevante. En Burdeos se baña Larra no sólo de amor a Francia, sino también de la esmerada educación clásica que se imparte en los colegios franceses. A los cuatro años, se dice, escribe y lee sin muchas dificultades. Larra, que entra en el camino del conocimiento por la vía de un idioma que no es estrictamente el de cuna, acabará escribiendo el castellano más recio y clásico de su época. Pero el aprendizaje del mundo de la escritura, los primeros pasos, los da en Francia. Y solo. Quien había sido el hijo de un afrancesado en España es ahora el hijo de un español en Francia. ¡Difíciles raíces para seguir creciendo!

En 1817, tras cuatro años de estancia en Burdeos, el pequeño Mariano José regresa a París con sus padres. Allí vivirá un año en medio de un cosmopolitismo que nunca abandonará luego del todo. Cuando, en virtud de la amnistía decretada en 1818 por Fernando VII, los Larra, padres e hijo, regresan a España, el niño tiene ya metido en su pupila el entorno europeo sobre el que las circunstancias le han arrojado casi sin piedad. Para Larra, Europa no será nunca una palabra vaporosa, soñada desde las tertulias más o menos provincianas del Madrid de la época. Europa es, para Larra, desde el principio, una evidencia, algo propio, soldado indefectiblemente con el rigor implacable de las vivencias infantiles. Algo, en suma, natural.


El retorno casi definitivo

Más tarde, en 1835 (Revista Española, 16 de abril), escribirá Larra, dentro de un artículo, «La diligencia», tan famoso como todos los suyos:

Los tiempos han cambiado extraordinariamente: dos emigraciones numerosas han enseñado a todo el mundo el camino de parís y londres (...). ¿quién será él, se dice, cuando no ha estado en ninguna parte y, efectivamente, por poco liberal que uno sea, o está uno en la emigración, o de vuelta de ella, o disponiéndose para otra: el liberal es el símbolo del movimiento perpetuo, es el mar con su eterno flujo y reflujo.» ==


Mariano José, de vuelta a su Madrid natal con tan sólo nueve años, un niño metido dentro de sí que apenas balbucea el castellano, es, ahora —en el reflujo que sigue al flujo de antes—, un «afrancesado» en Madrid como antes fue «L’espagnol» en Burdeos. Carlos Seco Serrano, uno de los mejores estudiosos de Larra, ha señalado a este propósito cómo se ha prestado escasa atención a las circunstancias, sobremanera singulares, en que el pequeño Mariano José de Larra retorna y se reintegra a la patria y reinicia su periplo como estudiante en los colegios madrileños de la época.

¡Y tan especiales circunstancias! Larra era el hijo de un afrancesado, un hombre de Bonaparte, viviendo en una sociedad como la fernandina montada sobre la derrota de los hombres como su padre. Era, objetivamente, en medio de la clase alta cuyos hijos acudían al Colegio de San Antonio Abad, regentado por los padres Escolapios, un traidor, un exiliado, un francés. ¿Cómo conquistar en ese ambiente, en esa atmósfera de reticencias y agresividades el patriotismo, el amor a la España a donde acaba de llegar? La reacción de Larra, a lo que se deja traslucir en sus más eruditos biógrafos, fue la concentración, el silencio, el estudio. El pequeño Mariano José se fabricaba, así, sus propias raíces: las de una razón, ya adivinada en la precocidad de su infancia constantemente en marcha, que excluyera el juego de las emociones. Larra hubo de ser independiente para ser fuerte frente a un entorno hostil. La independencia en él fue una necesidad dictada casi por su propia supervivencia. Leer, estudiar, ir poco a poco dominando un idioma que apenas conoce son las ocupaciones fundamentales de un niño que, según todos los indicios, ha jugado poco y, aún menos, con otros. De un niño, en suma, que ha sido, para entendernos, poco niño. Hijo único, vivió, además, solo durante largas temporadas. Pero, por otro lado, no tuvo tampoco nunca la sensación confortante de un hogar fijo, de una residencia estable.

El trabajo intelectual fue, en tales condiciones, como una suerte de cobijo, de abrigo para arroparse. Cortés, que ha seguido la pista de ese esencial período de formación con sumo detalle, escribe que «el afán que mostraba por el estudio era tan grande que odiaba toda clase de juegos; los libros, añade, eran su única diversión, y rara vez dejaba de derramar lágrimas al tener que desprenderse de ellos para ir a descansar». Se habían invertido, pues, los términos y en Larra habitaba, a muy temprana edad, un adulto prematuro. Sólo el ajedrez, al que jugaba con su gran amigo el conde de Robles, le servía de ocio en aquel internado de los padres Maristas, donde Mariano José fraguaba su identidad española en medio del aprendizaje de los textos clásicos que tan bien llegará a conocer.

Identidad difícil. España se debate en busca de un destino colectivo que no encuentra. Fernando VII —que a aquellas alturas, inicios de la tercera década del nuevo siglo, ha dejado de ser El Deseado de los años bélicos para ser El Narizotas— ha destrozado en la primera etapa de su reinado las esperanzas de modernización que las mejores cabezas del país abrigaban para el siglo recién comenzado. Frente al régimen «absolutamente absoluto» implantado por el monarca tras acceder al trono, los liberales —con los ojos puestos nostálgicamente en las Cortes gaditanas de 1812— se han visto reducidos al silencio «absoluto» o la conspiración de la logia masónica. Policía frente a conspirador: un esbozo patético de las dos Españas que, como luego diría Larra, y más tarde el historiador Rodríguez Solís, se espían mutuamente, sin descanso.


En Viaje por España

Con once años, en Madrid, Mariano José de Larra vive la apoteosis callejera del frustrado meteoro liberal que va de 1820 a 1823: el coronel Riego, victorioso héroe de la antes maltrecha causa liberal. Poco duraría, sin embargo, aquella alegría esperanzada. La familia liberal se escinde en dos facciones, moderados y exaltados. Sin detenernos en los avatares del trienio, que Mariano José de Larra vive desde fuera, como un niño asustado muy cerca ya de su definitiva adultez, cabe decir que aquellos años influyen decisivamente en Larra a través de su propia familia. En 1822, la situación del país se deteriora y la guerra civil, buscada por los absolutistas, estalla como un previsible incendio. Los padres de Mariano José residen a la sazón en Valladolid, y como quiera que el caos se extiende como una mancha de aceite, llaman a su hijo a la capital castellana, desde donde, juntos, parten hacia Corella, un pueblecito navarro donde el doctor Larra ha encontrado plaza de médico.

La piel de los Larra se veía de nuevo herida por aquel contexto de guerra y frustración. Mientras dura la contienda —no demasiados meses—, la familia permanece en Corella. Mariano José, en la lejanía navarra, vive por primera vez desde mucho tiempo atrás una prolongada experiencia familiar. Y durante el invierno de 1822-23 se afana, como siempre, en su trabajo, aunque ahora, sin demasiadas presiones externas, deja rienda suelta a sus más subjetivas inquietudes. Traduce del francés al castellano la Ilíada de Homero y —cuenta catorce añosavanza ambiciosamente en la confección de una gramática castellana. Los apuntes de su gramática son los de alguien que intenta dominar a fondo el idioma como un instrumento de trabajo, como una herramienta imprescindible. Todo ello denota en Larra que, silenciosamente, se hace escritor y prepara la posterior aventura literaria, un rigor inusual y una vocación irrefrenable.

Cuando la guerra civil ha finalizado, Mariano José, que ha visto interrumpidos sus estudios por ella, regresa a Madrid, mientras sus padres lo hacen a Valladolid. Del Colegio San Antonio pasa al Colegio Imperial de la Compañía de Jesús para —parece un pacto más o menos evidente— estudiar matemáticas. El trienio liberal agota sus últimos cartuchos. La intervención de la Santa Alianza, tras el Congreso de Verona, trae a España, en los primeros días de abril de 1823, a los Cien Mil Hijos de San Luis con el duque de Angulema al frente. Fernando VII se halla cautivo —Sevilla, Cádiz, isla de León— en manos de los liberales que a comienzos del verano resisten en Cádiz, su gran bastión, el acoso de las tropas de Angulema. Nada puede detener ya la victoria de la reacción absolutista. En octubre, Fernando VII es, como quien dice, liberado.

Larra ve con sus propios ojos el regreso triunfal de Fernando VII a la capital, lo mismo que tres años antes, más niño, había contemplado la figura del coronel Riego, cuya cabeza ahora rodará muerta en la madrileña plaza de La Cebada. Es el flujo y el reflujo de la Historia española ante los ojos casi adolescentes de Mariano José. ¿Cómo poder estar al margen de aquella crónica espeluznante? El pueblo ha salido al paso de Fernando VII gritando: «¡Vivan las caenas!». Y en ese grito, que inicia los diez años del nuevo absolutismo fernandino, se concentra no sólo la trágica frustración liberal, sino la explicación del «dolor de España», que Larra asumirá como pocos en sus artículos y en su discurso vital.

Detenciones, procesos constantes, denuncias por doquier; un clima de venganza, de furibunda represión, de sistemática marcha atrás que borra uno a uno los días de paréntesis liberal y entroniza de nuevo el miedo, la corrupción. Una nueva emigración —«La Diligencia»— que sale apresurada a París, a Londres, a la Europa que comienza a vivir con fuerza el mito romántico. Y Larra, vagando por Madrid de nuevo solo. ¿Dónde hallar sus raíces?


El primer desengaño

Finalizados sus estudios, Mariano José retorna a Valladolid, en cuya Universidad va a matricularse para cursar Derecho. Otra vez, la familia. Y allí va a sufrir el joven Larra una profunda decepción que marcará con fuerza su destino futuro. Carmen Burgos los ha descubierto sin que quepan dudas acerca de su veracidad: «Mariano José se enamoró en Valladolid de una señorita mucho mayor que él, muy guapa y muy coqueta, que se gozaba en despertar la pasión del joven. El la creía pura, la adornaba con todas las virtudes..., pero... un día, súbitamente, se le reveló la verdad. Su amada era la amante de su propio padre, Mariano de Larra».

El desengaño deja a nuestro personaje sumido en el dolor. En un solo día se le vienen abajo su primera pasión adolescente y la figura paterna. De un solo golpe, el romántico en ciernes que había dentro de Larra gana en estatura al compás de la decepción irremediable. Independientemente, en virtud de las circunstancias azarosas, Mariano José se ve obligado a romper aún más ese invisible cordón umbilical que une a los jóvenes con su padre. Sin excesivo interés por sus estudios jurídicos, Larra marcha a Valencia ahondando más su desarraigo, viajero constante sin residencia estable, para proseguir en la ciudad levantina la carrera de Derecho. Pero sin demasiada convicción, como tratando de darse a sí mismo un plazo ante la que va a ser su gran decisión de 1826. La Universidad apenas le interesa. Años después, a un mes de su muerte, en pleno proceso de escepticismo, con su esperanza de un mundo y una España mejor agonizante, escribe en «Figaro al Estudiante» (El Mundo, 3 de enero de 1837), «que aquí —en España, en mi España irrenunciable— no se trata de saber, sino de medrar». Algo de todo ello ha entendido ya el joven que alienta en Larra. ¿Estudiar o medrar? De momento, Mariano José busca la salida en la capital. Madrid es el destino inevitable.


Larra, empleado en madrid

Convencido de su otro destino, Larra abandona Valencia y con ello sus estudios universitarios, y regresa a Madrid, donde, en busca de su definitiva autonomía, halla empleo en una mortecina oficina de la Administración. ¿Medrar, ya que no estudiar? Ni para una ni para otra cosa está hecha la piel de aquel Larra joven cercano al hallazgo de sus afanes vocacionales. Menos de un año dura en el cargo público, por donde pasa sin pena ni gloria ni el menor entusiasmo personal. El romanticismo como actitud vital —luego hablaremos de él y de Larra— bulle en Mariano José con fuerza irrenunciable. Pero nuestro hombre fue siempre riguroso: con rigor aprendió castellano; con rigor leyó a clásicos y modernos, con rigor, incluso, sufrió la inestabilidad y el golpe pasional de Valladolid. Rigor tanto, pues, en lo que hizo como en lo que rehusó hacer. Larra es romántico por su cuenta y riesgo. Libre en lo económico, que es garantía de libertad, ha escogido el único camino posible para quien ha sido independiente casi antes de desearlo.

Corre 1826. Larra abandona su oficina ministerial y se lanza a la aventura literaria. Ha decidido, por fin, su destino: escribir. Todavía escribir en Madrid no es llorar, como en el artículo escéptico de 1836. Escribir en Madrid (para aquel joven de diecisiete años recién cumplidos) es seguir el camino de la vocación, ensayar definitivamente el trayecto de su fe en la palabra que tan trabajosamente se ha preocupado en dominar. Escribir es, por ahora, participar a los demás el yo agazapado. Umbral ha captado muy bien el tono de lo que llama la «emancipación de Larra» como un «gesto romántico muy meditado y sereno, muy calculado y consciente». Y sigue Umbral: «No hay desgarro en su actitud, sino fría decisión. Larra cumple de verdad, punto por punto (...) todo el expediente romántico. Pero lo cumple a su manera; es decir, con responsabilidad».

Larra va a ser lo que quiere ser: escritor. Propiamente hablando, su vida empieza ahora. Atrás queda un denso, apretado período formativo en medio del cual ha tenido ocasión de contemplar el desgarro del exilio familiar, el drama liberal en pleno absolutismo, la difícil identidad, en suma, de la otra España a la que por herencia, primero, y por decisión inquebrantada, después, pertenece.




-

Introducción

Mariano José de Larra. Retrato hecho por Palmarolli.
Mariano José de Larra. Retrato hecho por Palmarolli.


TIENE Larra dieciocho años cuando publica su primer escrito. Lo ha leído antes en la tertulia del duque de Frías, una de las muchas de un Madrid literario que vive el Romanticismo mucho más como una moda que como un universo arraigado y profundo. Todavía no ha surgido la gran generación —Larra, Espronceda...—. Son tiempos de preparativos, hora de espera. Su primer escrito «público» es —no podía ser de otro modo— un poema: «Oda a la Expresión primera de las Artes Españolas»:

Dormía españa entre recientes lauros,
y el brazo fatigado descansaba
que en la cruel contienda al torpe galo
rechazara con fuerza vengadora


Versos impersonales. Ejercicio de estilo casi. Estrena Larra su vocación como poeta, siguiendo así también una especie de rito romántico al que cede. Pero más que de un romántico estricto, aquellos versos parecen de un ilustrado. No es la pasión juvenil de un amor imposible, ni el grito rebelde de un muchacho airado el que alienta en aquellos iniciales —y más bien mediocres, todo hay que decirlo— versos larrianos. Es «lo otro» y no uno mismo su protagonista. Es el progreso, al que Larra venera con la razón, y no un sentimiento tembloroso quien vive como centro en aquella oda prolija. Larra se inicia como escritor, olvidándose de sí mismo y contando el mundo. He ahí todo un anuncio: en aquellos ejercicios estilísticos, poéticos, se adivina ya lo que Larra quiere ser, esto es, un escritor hacia afuera, un crítico.

Por el momento, sin embargo, es poeta en un Madrid de poetas, como otros muchos, sin demasiada relevancia ni estatura propia. Seguirá Larra escribiendo versos en todos los cuales su yo está alejado: versos a las cosas que ocurren. Su yo, estará presente, sin embargo, en el periodismo, en los papeles efímeros de los diarios madrileños. Y lo estará cada vez más en su último período de escritor, donde se vaciará ante los otros sin apenas pudor, protagonizando una autoconfesión implacable, despiadada, esa sí —al fin— dramáticamente lírica, aunque sea la prosa más cáustica su vehículo literario. Tal inversión es, sin duda, una de las claves básicas para entender a Larra. Los versos que inician su carrera no significan nada más que el anuncio de su propio universo. Poco tardará en dar con él y proponerlo al mundo.


El duende satírico del día

Poco tiempo, sí, porque todo va a ir muy aprisa, sin apenas respiro. En 1828 decide Larra convertirse en editor de sí mismo y sacar a la calle sus primeros folletos, cuando cuenta diecinueve años: «El Duende Satírico del Día» es el título de la publicación que escribe sólo él, desde la primera hasta la última línea. Seis cuadernos de letra apretada ven la luz. En «El Duende y el librero», dentro del primer cuaderno, fechado en enero o febrero de 1828, el propio Larra habla de sus intenciones con una lucidez extraordinaria:

Saldrán, sí, de la oscuridad, unas cuantas hojas que escribí días pasados y dios quiera que no me tenga que arrepentir; si, como es regular, me sigue el humor, publicaré otras cuando me acomode o pueda, por artículos sueltos; si no, allí se quedará donde a mí se me acabe el gusto.»

Sin periodicidad fija, cuando el material o el momento lo aconsejan, «El Duende Satírico del Día» va dejando por el Madrid fernandino las agudas observaciones de Larra, su mordacidad en ciernes, su capacidad para describir figuras y situaciones, cuadros y costumbres. Allí está, en embrión, todo el Larra que luego será plenitud. Incluso estilísticamente las páginas de su primer folleto anuncian lo que será, andando el tiempo, el «tono» de Larra: tendencia al diálogo con personajes políticos, introducción de una historia en medio del artículo que sirve como ejemplificación de la tesis, etc. «El Café», publicado en el primer número de «El Duende», podría perfectamente pasar por un artículo de costumbres de la época posterior y madura de nuestro autor. Sin embargo, Larra entendió la aventura de «El Duende» como una continuación de su aprendizaje, como una especie de ensayo y, por ejemplo, no incluyó ninguno de los textos de entonces en su Recopilación de artículos de 1.835. «El Duende Satírico del Día» fue así para Mariano José de Larra un período aún juvenil, ensayístico. Pero en ese ensayo se adivina ya el futuro, porque hay una evidente continuidad en Larra como escritor, que va más allá de sus cambios de humor, de su creciente escepticismo o de su no menos creciente frustración española.


«El Duende» fallece

Sea como fuere «El Duende» muere víctima tanto de la censura como de un público todavía no demasiado receptivo a la sutil ironía de Larra. Y es que no puede soslayarse el contexto donde surge aquel Duende, que puede ser satírico de bastantes pocas cosas, que debe necesariamente caminar con cuidado. En efecto, la salida a la luz de «El Duende» coincide con el esplendor de Calomarde al frente de las riendas del poder. Censura áspera; ataque sistemático a las ideas liberales, horas de terror y furor absolutista: en 1826 —aún— ha tenido lugar en Valencia la dramática celebración del último auto de fe que conoce la Historia de España. Los llamados apostólicos ponen en cuestión, incluso, la supuesta moderación de los absolutistas fernandinos y en 1827 se produce la revuelta catalana de los «malcontents» o agraviados. Surgimiento tenso del carlismo como opción de poder ante la falta de descendencia de Fernando VII. A Larra le duele España ya en las páginas temblorosas y juveniles de «El Duende». Pero le duele, sin papanatismos, con lucidez, quejándose de la indiferencia española ante el progreso y el lamentable atraso en que se halla inmerso el país. Son las palabras de siempre en los labios de los de siempre.

Larra es objetivo más allá de los fáciles sentimentalismos liberales o de los clichés progresistas de los románticos que siguen la moda sin firme convicción. En «El Café» —espléndido cuadro costumbrista trazado por un muchacho de diecinueve años— un liberal airado se expresaba con fácil patetismo:

¡oh, si hablo! y dijera más si no me llamare mi obligación (...). amo —siguió —, amo demasiado a mi propia patria para ver con indiferencia el estado de atraso en que se halla; aquí nunca haremos nada bueno... y de eso tiene la culpa... quien la tiene... sí señor... ¡Ah!, si pudiera uno decir todo lo que siente; pero no se puede hablar todo... no porque sea malo, pero es tarde y más vale dejarlo... ¡Pobre España!... Buenas noches, señores.»

¿Se queda ahí Larra? «¡Pobre España!» ¿Grito enfático del airado y temeroso liberal que guarda silencio, descubriendo su desesperación ante el atraso de la Patria? Larra va más allá. Se pregunta qué hay detrás de esas palabras, quién es el sujeto, cuál es su credibilidad. Y, analizando, observa la hipocresía que se esconde detrás de quien se lamenta con mucha más agresividad que razón. A sus diecinueve años recién cumplidos, Larra ha aprendido ya a no dejarse apabullar por las grandes gentes, a bucear, en suma, por debajo de las palabras altisonantes. El hombre de «El Café» resume, en clave literaria, no sólo la lucidez del Mariano José de Larra adolescente, sino también su pasión por hallar las causas de las cosas. Todo menos practicar, desde sus inicios, el patriotismo fácil y verbal.


Contra tirios y troyanos

El «¡Pobre España!» de Larra es, pues, mucho más complejo y doloroso. Ahí está ya todo el Larra maduro, quejándose de unos y otros, pretendiendo ser objetivo y lúcido más allá de cualquier apariencia por muy hermosa y revolucionaria que fuera. Mariano José de Larra es, desde sus comienzos, un personaje que huye de las etiquetas, que no se asusta ante las contradicciones, sino que sale a su paso indagando entre ellas. Es un hombre que sospecha de todo porque sabe, desde muy joven, que sólo quien sospecha de las apariencias puede darse de bruces con la verdad, siempre huidiza.

Larra nace, pues, como escritor público en una hora de múltiples dificultades, en la que hablar claro y alto es una imposible tarea. Debe así huir de la alusión directa, de la crítica abierta, condenado a un estilo ambiguo, lleno de claves para una lectura entre líneas. Y en 1829, enmudece: la censura, la autocensura y el escaso furor del público, todo condiciona el silencio. El país se halla en un momento crítico: la espera que significa la salida al absolutismo con la desaparición de Fernando VII. Tres años de silencio mantendrá Larra como editor y escritor de folletos: los que van, en definitiva, desde la muerte de «El Duende Satírico del Día» al nacimiento de «El Pobrecito Hablador». ¿Cuál va a ser, empero, su actividad y su discurso vital en esos tres años? Hay algo, de momento, que va a cambiar la perspectiva de Larra: el mismo 1829 en que desaparece «El Duende», Mariano José contrae matrimonio con Josefa Wettoret y Velasco. Cuenta a la sazón veinte años. Larra, hijo único, que vive en Madrid solo, con sus padres a muchos kilómetros, sin familia pues y sin hogar, ha caído en la tentación de un matrimonio temprano. Su desbordada pasión, su misma soledad acuciante le han llevado a aquella boda a pesar de las dificultades económicas por las que atraviesa, su incierto futuro y un sinfín de argumentos en contra. Pepita Wettoret, su mujer, es más bien una dama de corte tradicional, incapaz de asumir la rebelión de Larra, y el fuego inicial de la pasión va desapareciendo lenta, gradualmente, en el contraste de la vida diaria, monótona, sin grandes novedades con los sueños casi adolescentes.


El matrimonio: primer fracaso

A Larra —español en eso como en tantas otras cosas— le quema el hogar, fuente de frustraciones, y sale a la calle a liberarse. La calle es la compensación, la sorpresa (una sorpresa momentánea de la que no tardará mucho en hastiarse), el encuentro con los otros, la charla, la tertulia. Hora de cafés, Larra vive momentos de esplendor en El Parnasillo, la famosa tertulia del café del Príncipe que Azorín bautiza como «el solar del Romanticismo castellano», y del que Larra dirá —1832— que era «reducido, puerco y opaco». En 1831, nuestro hombre es ya un habitual contertulio. La infelicidad conyugal, que Larra se ha labrado a pulso con su propia inmadurez, agudiza aún más su ironía, su mordacidad.

Mariano José se dedica por entero al teatro como adaptador y autor de comedias. Es una manera honrosa de vivir, de seguir viviendo. Padre ya —en 1830 ha nacido su primer hijo, Luis Mariano, que será luego un mediocre escritor—, Mariano José de Larra estrena en 1831 dos adaptaciones de Scribe: No más mostrador y La madrina, que firmará con el seudónimo de Ramón de Arríala, que utilizará profusamente para estos menesteres de comediante. No más mostrador, basada en una pieza en un acto de Scribe, introduce en el teatro de la época una de las grandes preocupaciones larrianas: el análisis — aquí con personajes de ficción, en sus escritos, más riguroso— del pseudoaristocraticismo de los burgueses enriquecidos, la conducta casi grotesca de una clase social (la incipiente burguesía de comerciantes, etc.), sin otra referencia que las capas altas de la población a las que trata de imitar a menudo con gestos torpes y casi cómicos. Muy por encima de la obrita de Scribe que toma como pretexto «Les adieux au comptoir», No más mostrador, cuyo estreno tuvo lugar en el histórico Teatro del Príncipe, fue acompañada de un éxito si no resonante, sí más que mediano. Larra era ya en 1831, pues, un escritor reconocido, un autor de prestigio, aunque éste se redujera mucho más a los círculos, relativamente estrechos, del Madrid literario que al gran público. Dicho con otras palabras: Larra todavía no es Fígaro. Pero está en el camino de serlo, a un paso casi de su éxito definitivo.


La esperanza liberal y el horizonte sucesorio

Pero Fígaro no va a ser sólo el cáustico comentarista del atraso español, el lúcido testigo del acontecer político o el mordaz crítico de teatro. Fígaro va a ser, al mismo tiempo, un hombre al que se le van agotando las esperanzas ante el espectáculo de una vida que pierde su sentido y una España que olvida el horizonte de la modernidad. Y ese Fígaro que aún no ha nacido, pero apunta ya en esos años —1830, 1831— está ya presente en muchas de las circunstancias: es en 1830, en efecto, el año en que Larra conoce a la esposa de un tal Manuel María Cambronero. Su nombre, unido fatalmente al destino de nuestro hombre, Dolores Armijo. El mismo año en que María Cristina de Borbón, reciente esposa de Fernando VII, ha quedado encinta y Larra saluda en verso con esperanza a la reina que espera el hijo tan deseado:

Salve, infanta real, por quien confía
ver su esplendor españa recobrado
y en quien promete el cielo que hermanado
será el poder de la hermosura un día.


Esperanza y desesperanza se funden sin remedio: en 1831 se levanta, siguiendo la tradición conspirativa que da vida a toda la oposición durante la ominosa década ya moribunda, el general Torrijos, cuyo fusilamiento, junto a la subida al patíbulo de la bella Mariana Pineda, encoge en aquellas horas el corazón de los liberales españoles. Pero el final del absolutismo parece cercano y, con él, como perspectiva, se alimentan los sueños del liberalismo hispano, castigado, pero vivo subterráneamente, en las logias, las tertulias y las casas. Desafortunadamente, sin embargo, la reina ha dado a luz una niña — María Luisa Isabel, la que luego será Isabel II, la de los tristes destinos—. Anticipándose a esa posibilidad, Fernando VII había promulgado una Ley —la Pragmática Sanción de 29 de marzo de 1830— que derogaba el Auto acordado de 1713 que impedía reinar a las mujeres. El nacimiento —30 de enero de 1832— de María Luisa Fernanda, segunda hija del matrimonio real, no hace sino exacerbar el dramático pleito sucesorio que poco después va a teñir de sangre nuevamente las tierras de España. Don Carlos, hermano del monarca, esgrime sus derechos a la Corona, y sus partidarios, entre los que se cuentan Calomarde y el ala más abyecta del absolutismo, mueven sus peones para cambiar a su favor el destino del trono.

En ese contexto, febril, crispado, repleto de tensiones (y de esperanzas), nace a la vida la que será segunda experiencia editorial de Mariano José de Larra: El pobrecito hablador, confeccionado como El duende por él, y cuyo primer número sale a las calles de Madrid el 17 de agosto de 1832. La aventura de El pobrecito hablador durará hasta el mes de marzo de 1833, fecha del último número que marca su muerte aquejado de una dolencia fatal (el enmudecimiento) tras cinco meses y medio de vida.





-

Introducción

MARIANO José de Larra va a ser El bachiller D. Juan Pérez de Munguía y Andrés Niporesas, corresponsal de El pobrecito hablador, y notario de su muerte, durante esos cuatro meses y medio que dura su segunda y última aventura editorial. Va a ser un batueco lúcido en Las Batuecas-España, el caserón provinciano donde viven sus personajes, Madrid, su capital y su mejor reflejo —que intenta denunciar su atraso y deformarlo—. A aquellas alturas, en una época de reducida tolerancia, tan sólo un camino parecía oportuno: La sátira y el artículo de costumbres. El pobrecito hablador es, si cabe decirlo así, el primer Larra. Un autor volcado en la crítica de su entorno, sobre todo en los aspectos más cotidianos. Curiosamente, el mismo Larra habla en la presentación de El pobrecito... en un término expresivo: robar. Esto es, apropiarse de la realidad que hay fuera para llevarla dentro de las páginas irónicas de la publicación. Habrá artículos así «robados» —y como tales aparecerán luego— y otros (y así constará del mismo modo en sus respectivas cabeceras) «enteramente nuestros», unos y otros se orientarán en la misma dirección: descubrir el país y sus vicios, achaques, manías y defectos. Larra inaugura aquí, por la vía costumbrista, su dolorido patriotismo, el del que, como luego Unamuno, ama España porque le duele, porque no le gusta y le gustaría de otro modo. Es el choque, con frecuencia violento, entre el patriotismo del espacio —la tierra, el país, las gentes de sus Batuecas— y el patriotismo del tiempo: el Romanticismo, la época, un siglo nuevo que intenta poner trabajosamente los cimientos de un mundo también nuevo.


Un programa para 1832

Andrés niporesas y el bachiller d. juan pérez de murguía se cartean con gracia e ironía sutil entre Las Batuecas y Madrid. Ambas son, claro, una y la misma cosa. Pero la metáfora esconde el deseo de Larra —nada secreto por otra parte— de que no lo fuesen y la intención, tampoco nada secreta, de contribuir con su pluma a que dejen de serlo. La presentación a que antes aludimos —«Dos palabras», 17 agosto 1832— es toda una declaración de principios y un programa:

No tratamos de redactar un períodico: 1.° porque no nos creemos ni con facultad ni con ciencia para tan vasta empresa; 2.° porque no gustamos de adoptar sujeciones, y mucho menos de imponérnoslas nosotros mismos. emitir nuestras ideas tales cuales se nos ocurran o las de otros tales cuales las encontramos para divertir al público, en folletos sueltos de poco volumen y de menos precio, este es nuestro objeto; porque en cuanto aquello de instruirle, como suelen decir arrogantemente los que escriben de profesión o por casualidad para el público, ni tenemos la presunción de creer saber más que él, ni estamos muy seguros de que él lea con ese objeto cuando lee. No siendo nuestra intención sino divertirle, no seremos escrupulosos en la elección de los medios siempre que éstos no puedan acarrear perjuicio nuestro, ni de tercero, siempre que sean escritos, honrados y decorosos.

A nadie se ofenderá, a lo menos a sabiendas; de nadie nos quejaremos retratos; si algunas caricaturas, por casualidad, se parecieran a alguien, en lugar de corregir nosotros el retrato, aconsejamos al original que se corrija; en su mano estará, pues, que deje de parecérsele. adoptamos, por consiguiente, con gusto toda la responsabilidad que conocemos del epíteto satírico que nos hemos echado encima.»

Y tras más explicaciones concluía con esta divisa esencial que resume no ya sólo las intenciones de El pobrecito hablador, sino también las del proyecto literario, periodístico y vital de Mariano José de Larra:

Reírnos de las ridiculeces: ésta es nuestra divisa; ser leídos: éste es nuestro objeto; decir la verdad: éste, nuestro medio.»

El contexto español de el pobrecito hablador

Nacía El pobrecito hablador en un momento crucial de la Historia de España. El monarca ha entrado en septiembre de 1832 en las angustias de un nuevo (y para muchos, en su múltiple esperanza, final) ataque de coma. María Cristina se halla, con su esposo moribundo, cercada por todos los sitios, temerosa de su suerte y de la de sus dos pequeñas hijas. Los «carlistas» presionan sobre la reina que, al fin, cede y, con ella, el moribundo Fernando VII. De este modo, el 18 de septiembre de 1832, el monarca firma, casi sin fuerza, el codicilio derogatorio de la pragmática sanción que días atrás promulgara. Don Carlos es desde entonces —y sólo por unos meses— virtual heredero de la Corona. Calomarde ha ganado la partida y las esperanzas liberales se ven oscurecidas durante aquellas horas trágicas en las que se verá una vez más comprometido el destino español.

El telón de fondo de la reflexión y los dardos de Larra es una metáfora: Las Batuecas. El 3 de septiembre de 1832, El Bachiller, batueco y «natural, por consiguiente, de este inculto país», se pregunta, con ironía, lo mismo que tantos y tantos escritores españoles al iniciar su aventura literaria en medio de la incultura del teórico lector: «¿No se lee en este país porque no se escribe o no se escribe porque no se lee?». La duda obtiene una difícil, trágica respuesta: no se lee porque no se escribe y no se escribe porque no se lee. ¿Cómo salir de ese círculo vicioso?

Ni se lee, pues, ni se escribe en Las Batuecas, en la España que se abre a 1833. Pero Larra —aún no es Fígaro — está empeñado en escribir, en proseguir sin respiro la tenaz aventura de decir la verdad, de gritar a los cuatro vientos sus observaciones. Y, naturalmente, escribe para otros. Larra va a buscar —y conseguir— lectores en un país donde no se lee. Esa será, en definitiva, su grandeza. ¿Cómo? Llamando a las cosas por su nombre, llevando a las páginas de la prensa los problemas reales, las preocupaciones cotidianas. Pero no bastaba con eso. Era preciso, además, inaugurar un estilo, ensayar un tono nuevo. A la pregunta anterior sucederá otra: «¿quién es el público y dónde se le encuentra?».

De momento, Larra vive en una especie de libertad provisional como escritor. A partir del 6 de octubre —Fernando VII se ha recuperado de su pertinaz dolencia—, la reina María Cristina se ha hecho cargo de los negocios del país con Cea Bermúdez en calidad de nuevo secretario de Estado. Un fugaz resplandor de libertad relumbra de nuevo. El 7 de octubre se abren otra vez las Universidades y el 15 sale en «La Gaceta» una amnistía general para los delitos políticos. La suerte de los carlistas parece ahora amenazada y el enfrentamiento civil, cercano. El miedo invade los corazones de los tristes batuecos. En noviembre de aquel 1832, dentro de la segunda carta escrita a Andrés por el (mismo) Bachiller D. Juan Pérez de Murguía, Larra hace una sutil e irónica apología del silencio, «ventaja que llevan (la de no hablar) los batuecos a los demás hombres». La descripción larriana es de una finura extrordinaria:

Así que todos estamos reducidos a no hablar. mírenos usted oscuramente envueltos en nuestras capas, hablando por dentro del embozo, desconfiando de nuestros padres y de nuestros hermanos... parece que hemos cometido todos o vamos a cometer algún delito.» ==


El estilo larriano

Poco a poco, en medio de las condiciones difíciles (o tal vez por ellas), Larra se va apoderando de cuantos recursos son precisos para conseguir la atención de un público huidizo, del lector. Larra va a hacerse los lectores en un país donde pocos lo eran antes. Para ello necesita encontrar unas claves literarias con las que atraer a la lectura y, una vez en ella, mantener al lector fijo sin salirse del discurso en el que el artículo encierra. El estilo es en Larra puramente funcional, esto es, como mera plataforma expresiva para el logro de sus fines: robar la atención de un lector fugaz y mantenerle en vilo. Por eso, en El pobrecito hablador —como luego en el mejor Fígaro— hay siempre (Umbral lo señala con perspicacia) un cuento dentro del artículo. Ese cuento está ahí cumpliendo una esencial y doble función: servir de ejemplo a la tesis que el artículo sustenta y obligar al lector a que siga alojado en la lectura hasta que su desenlace le conduzca al hilo conductor de la tesis misma. Pueden encontrarse ejemplos múltiples: «El castellano viejo», «El casarse pronto y mal», «Vuelva usted mañana», etc.

Larra —un romántico profundo, un romántico de corazón y con razones, no un romántico que sigue más o menos triunfalmente la moda del siglo–– escribe, sin embargo, como un clásico. Azorín, buen conocedor de Larra, fue de los primeros en señalar, desde otro costado, esa certeza. Contra el Larra acusado de extranjerizante y afrancesado se levanta la realidad de un escritor castizo que saca a la luz los problemas de la calle con un lenguaje cuyas resonancias más evidentes se remontan a Cervantes y Quevedo. «Es hora ya de que se diga —escribe Azorín en “Rivas y Larra”— que este escritor, tenido por el más extranjerizado de su tiempo, es el único escritor que enlaza con nuestra tradición clásica, el único gran escritor castizo de su tiempo.»

Casticismo, el suyo, verdadero, no ramplón. Un casticismo que le viene directamente de Quevedo como ya se mencionó (Larra andaba metido desde tiempo atrás en el proyecto de escribir un drama con Quevedo como protagonista, y el dato no es casual) en quien ha bebido la ironía, el desgarro de una prosa viva. Mariano José de Larra ha trabajado el idioma con vigor, como un artesano que ha sido antes esforzado y meticuloso aprendiz y además de su inacabada gramática intentó poner punto final a su «Diccionario de Sinónimos». Sus artículos revelan que había leído a los clásicos españoles con algo más que el afán de un joven culto de la época. De algún modo —y sin dejar de ser romántico, antes bien, por serlo de verdad—, Larra se sintió un heredero y en su prosa alientan las influencias del Siglo de Oro tanto como en su visión del mundo el contacto con una Europa y un siglo de las que siempre se consideró miembro inexcusable.


La agonía de Fernando VII

Fernando VII, cuyos días parecían al fin contados, había dicho con una expresiva metáfora: «España es una botella de cerveza y yo soy el tapón; en el momento en que éste salte, todo el líquido contenido se derramará sabe Dios en qué derroteros». La realidad no estaba muy lejos de aclarar hasta qué punto eran ciertas esas pesimistas precisiones. La década ominosa había sumergido al país en una sensación a caballo entre la parálisis y la impotencia. El atraso se hizo crónico, como una enfermedad de la que se sabe el origen, pero acerca de la cual se desconocen los procedimientos para su curación. Es el precio que las sociedades pagan por los absolutismos prolongados, por los autoritarismos sustentados en la imagen personal de alguien cuya presencia viva —y sólo ella— impide el estallido. Ahora, cuando el tapón está a punto de saltar, la guerra civil es un fantasma que planea por encima de las cabezas de todos. Unos la temen, otros la desean como única salida a sus opciones. El 31 de diciembre de 1831, el monarca explica de qué manera («en las angustias de su enfermedad») le fue arrancado en el lecho el codicilo derogatorio de la Pragmática Sanción. Los derechos de Isabel al trono son de nuevo restituidos y el carlismo, ya en franca tendencia armada, se lanza a las calles: son los voluntarios realistas, cuna del ejército carlista que se pondrá en pie de guerra poco después.

María Cristina, en medio de una situación de inevitable polarización, se convierte en la portaestandarte de la causa liberal. Lo que parece jurídicamente un pleito de herencia es, realmente, un enfrentamiento del Antiguo contra el Nuevo Régimen. Larra, que había saludado con versos entusiastas el nacimiento de Isabel, está donde siempre, aunque esa estancia suya no le obnubile hasta el límite de no ver las contradicciones que aquejan al renacido liberalismo.


El fin de el pobrecito hablador

Pero El pobrecito hablador –aún no ha fallecido Fernando VII— agoniza, y Fígaro se prepara para cumplir final y fatalmente su destino. No ha querido contentar ni a unos ni a otros y se ha ido apagando víctima de sus debilidades económicas y de su misma divisa: decir la verdad sin contemplaciones. En la primera versión de «El casarse pronto y mal» escribe Larra:

Nuestra misión es peligrosa; los que pretenden marchar adelante, y la echan de ilustrados, nos llamarán acaso del orden del apagador, a que nos gloriamos de no pertenecer, y los contrarios no estarán tampoco muy satisfechos de nosotros. estos son los inconvenientes que tiene que arrastrar quien piensa marchar igualmente distante de los dos extremos: allí está la razón, allí está la verdad, pero allí, el peligro.»


El equilibrio de Larra —1832— es, como muy bien apunta Seco Serrano, la inevitable soledad del escritor en un momento de pasiones desatadas y de extremismos radicales. Larra, antes de ser Fígaro y de darse al mundo como él dirá luego, es el hablador que, por serlo, está condenado a ser pobrecito. El hijo único sin hermanos para compartir los juegos infantiles, el español en Francia, el francés en España, el escritor que no adula, el solitario, el dandy que hace de la elegancia una provocación, el triunfador en sociedad que repudia su triunfo una vez conseguido, el hombre brillante al que no le sirve el brillo porque más que brillantez propia lo vive como mediocridad ajena, el esposo infeliz víctima y verdugo de un matrimonio temprano, el amante de una amada desdeñosa, el padre culpable de la triste suerte de sus hijos... una persona que apenas se identifica con nada ni nadie, un perpetuo extraño, como certeramente le define Seco. Ese es el Larra del que va a surgir Fígaro.

Pero todo ello está aún en estado embrionario. Fígaro nacerá porque Larra aún no lleva en su más plena intimidad todo ese cúmulo de experiencias frustradas. Fijémonos bien. Cuando El pobrecito hablador agoniza y Fígaro tiene los visos ciertos de venir al mundo, Larra aún no ha decidido despreciar su labor de escritor puro —«Macías», su drama más personal y «El Doncel de Don Enrique el Doliente», su aportación novelesca a la corriente romántica, van a ser escritas ambas en 1834—; tampoco ha caído del todo en el pesimismo político y su esperanza alumbrará en 1835 hasta el punto de presentarse como diputado por Avila un año después; ni ha renunciado a su tarea testimonial y reformadora del país y la sociedad ni, por último, ha llegado a la triste conclusión de su desastre afectivo.

Fígaro surge como el intento de evitar todo y es, fatalmente, quien todo lo culmina, quien provoca, con su éxito, la definitiva catástrofe, la firme detonación del invierno del 37. Al final, Fígaro será Larra y éste, aquél. Con quien Larra va a identificarse del todo es con Fígaro y de esa identificación trágica, que tiene como telón de fondo una sociedad que le ha vuelto la espalda y ha armado el brazo suicida, surge el pistolazo. El 27 de diciembre de 1836, Fígaro, ya en pleno proceso de acelerado desencanto, se identificará, sin trabas, con el hombre verdadero, con el Mariano José de Larra temido en los cafés y aplaudido en las redacciones de los periódicos.

Yo doy la cara: primero porque no tengo otra que dar, y creo que hago un don a la patria, pues tal cual es tampoco tengo otra, ni mejor ni peor guardada, para un apuro. yo declino mi nombre como agamenón. yo soy == Fígaro. Todo el mundo sabe quién es Fígaro y por si acaso alguien lo ignora, añadiré que Fígaro y Mariano José de Larra son tan uña y carne como el diputado Argüelles y la constitución del año 12, y que no se puede herir al uno sin lastimar al otro. Juntos vivimos, juntos escribimos y juntos nos reímos de ustedes, de los demás y de nosotros mismos.»


La Revista Española

Pero aún no ha nacido en su esplendor Fígaro. El pobrecito hablador se resiste a morir. Larra ingresa por la puerta grande del periodismo moderno en la Revista Española a finales de 1832. Va a escribir en ella, fundamentalmente, la crítica de teatros sin que tal actividad excluya el artículo de costumbres o el decididamente político. El ingreso de Mariano José de Larra en Revista Española coincide de manera puntual con la apertura política de María Cristina en los días finales de 1832. Fígaro y El Pobrecito Hablador van, pues, a convivir y coexistir juntos unos pocos meses. En ellos se aliarán el autor de folletos por cuenta propia con el redactor de periódico, con el periodista profesional que Larra quiso ser, y Fígaro definitivamente fue. Al final de «Vuelva usted mañana», publicado en El pobrecito hablador el 14 de enero de 1833 se incluye una nota, anticipada y expresiva sobre la futura suerte de la publicación:

Con el mayor deber anunciamos al público de nuestros lectores que estamos ya a punto de concluir el plan reducido que en la publicación de estos cuadernos nos habíamos creado. pero no está en nuestra mano evitarlo. síntomas alarmantes nos anuncian que el hablador padece de la lengua: fórmasele un frenillo que le hace hablar más pausada y menos enérgicamente que en su juventud. ¡pobre bachiller! nos figuramos que morirá por su propia voluntad, y recomendamos por esto a nuestros apasionados y a sus preces este pobre enfermo de aprensión, cansado ya de hablar.»

La nota no puede ser más evidente: El pobrecito hablador está a punto de morir porque lo está, asimismo, la razón de ser de su existencia: hablar claro. Cuando alcanza su número 14 —marzo de 1833— expira, al fin, tras una heroica, desesperada e imposible resistencia. Andrés Niporesas, su coresponsal, narra al público la muerte del Bachiller incómodo y parlanchín en una crónica magistral que es, por la vía de la más sutil e inteligente de las ironías, un canto a la libertad de expresión, a la prensa libre, al tiempo que un análisis de las múltiples dificultades para decir la verdad sin contemplaciones. En él alienta de modo insuperable la modernidad de Larra, su palpitante actualidad y su gracia amarga, la profunda y socarrona tristeza de su gesto:

El bachiller... ¡ha muerto! ¿alguna alevosa pulmonía no; no era un soplo de aire quien había de matar a un hablador. ¿una apoplejía fulminante ¡ah, un pobrecito no muere de apoplejía! ¿murió de tener razón ¿murió de la verdad ¿murió de alguna paliza (...) ¿dio con alguno más hablador que él ¿murió de algún tragantón de palabras

Y tras describir los pormenores de la agonía en que el Bachiller entró, consumada ya la muerte, se abre la duda ante el futuro:

¿quién nos dirá que no hay orgullo nacional, que no hay quien conozca sus deberes y cumpla con ellos, que no hay literatura, que no hay teatros, que no hay autores, que no hay actores, que no hay educación, que no hay instrucción ¿quién, en fin, nos dirá tanto como se ha dejado por decir? Pero cuando el Bachiller muere, Fígaro está ya en el mundo, lúcido, crítico e irónico, asumiendo desde las tribunas del periódico, esa imprescindible función. Nos hallamos en la última y decisiva etapa de la vida de Larra.




-

Introducción

Las tertulias eran una de las actividades sociales más practicadas en el siglo XIX.
Las tertulias eran una de las actividades sociales más practicadas en el siglo XIX.


DESDE noviembre de 1832, Larra colabora en la Revista Española, entonces bisemanal y más tarde diario. El editor de la misma, Carnerero, había sido objeto de una viva polémica con el Larra joven de El Duende. Pero ahora se abre y se rinde ante el indiscutible talento, mucho más ya que una promesa, del escritor. Cuenta a la sazón Mariano José veintitrés años y es, por primera vez, un periodista profesional, un trabajador de la pluma con compromisos concretos y fijos. Entre el 7 de noviembre de 1833 y el 19 de febrero de 1835, aparecen en la Revista Española un total de 111 artículos con su firma, cifra que viene a suponer un trabajo semanal. Naturalmente, su actividad literaria en la Revista no es excluyente: así, a partir del segundo semestre del 32, colabora con asiduidad durante un tiempo en El Correo de las Damas; luego, ya en el 34, inicia su colaboración en El Observador, donde su firma aparece desde el 7 de octubre hasta el 17 de diciembre de aquel año.

La mayor parte de los trabajos larrianos en la Revista Española están dedicados a la crítica teatral, crítica que va más allá de los simples estrenos de la capital para incidir sobre los males del teatro en España, desde todas las posibles perspectivas de análisis: los actores, los autores, la dirección, la escenografía... Pero a medida que va avanzando el tiempo, Larra se lanza al ensayo político, al análisis de la coyuntura española en aquellas horas difíciles que constituyen la salida al absolutismo fernandino. Poco a poco, pues, Fígaro dejará de ser un escritor costumbrista —aun cuando lo fue siempre «sui géneris»— para ser un escritor político. Ese proceso, lento, va coincidiendo con una profunda crisis personal en cuyo origen, como habremos de ver, está la frustración larriana ante la esperanza liberal y la amargura creciente por una guerra civil en la que, como siempre dirá Larra, no se ha sabido integrar ni interesar al pueblo en la causa del liberalismo.


Teoría del periódico

Estamos ya ante Fígaro, un periodista y, al final, el periodista por excelencia, el periodismo en lo que éste tiene de crítica diaria, de libertad para la creación y observación. Larra, un hombre moderno, hace periodismo porque para él el periódico es la expresión de la misma modernidad. El periodismo destila la vida; la recoge con su pulso actual, cuando está siendo. Sale a ella y la capta en el mismo instante en que se produce, sin esperar pasivamente a que la Historia elucide su verdad o su error. Larra vive en el presente aunque desde él proyecte el futuro. Y el presente es la hoja fugaz, efímera del periódico. En 1835, propondrá Fígaro su teoría del diario, su elogio de la prensa a la que dedicó su corta vida.

En todos los países cultos y despreocupados, la literatura entera, con todas sus ramas y sus diferentes géneros ha venido a clasificarse, a encerrarse modestamente en las columnas de los periódicos.»

Hay que trasladar la literatura al periódico como el gran espacio nuevo desde donde proyectarla al público. No se trata, pues, de renunciar a la literatura, sino de elevarla hasta las páginas efímeras de la prensa. Algo más adelante explicará con una comparación feliz la ventaja del nuevo medio:

Un libro es, pues, a un periódico, lo que un carromato a una diligencia. el libro lleva las ideas a las extremidades del cuerpo social con la misma lentitud, tan a pequeñas jornadas, como éste lleva a la gente a las provincias.»

Larra, partidario del progreso —sus versos son un claro testimonio de ello— lo es del periódico como de la diligencia. Fígaro nace como un testigo implacable poniéndose al servicio de esa pasión de Larra. En «Ya soy redactor» (19-III-1833), cuenta Fígaro con gracia extraordinaria cómo, al fin, se cumplen sus sueños de siempre: «no bien me había tentado el enemigo malo y sentí los primeros flujos de escritor público, cuando dieron en írseme los ojos tras cada periódico que veía y era mi pío por mañana y noche: ¿Cuándo seré redactor de periódico?». Ya lo es: «... me acosté una noche autor de folletos y de comedias ajenas y me levanté periodista».


¿Quién es fígaro?

El 15 de enero de 1833, en la Revista Española, Fígaro explica a los lectores, que no van a tardar en ser entusiasmados seguidores, el porqué del nombre y la razón que anima sus propósitos. Fígaro, el personaje famoso de Beaumarchais, proviene de una sugerencia de un amigo de Larra, Grimaldi: es, dirá Larra, un nombre «a la par sonoro y significativo de mis mañas». Y como de héroe literario, el Fígaro que nace para ser temido, habrá de ser «charlatán, enredador y curioso». Los perfiles quedan perfectamente dibujados en la siguiente descripción:

Me llamo, pues,Fígaro; suelo hallarme en todas partes, tirando siempre de la manta y sacando a la luz del día defectillos leves de ignorantes y maliciosos; y por haber dado en la gracia de ser ingenuo y decir a todo trance mi sentir, me reclaman por todas partes mordaz y satírico; todo porque no quiero imitar al vulgo de las gentes, que, o no dicen lo que piensan, o piensan demasiado lo que dicen.»

Decir lo que piensa: salir a la realidad y captarla. Pero no pensar demasiado, esto es, no amilanarse ante los riesgos, ante los peligros. Fígaro, curioso, como el héroe de Beaumarchais, debe ser también arriesgado. No debe temer a la verdad, sino, por el contrario, ponerse a su servicio. Las palabras de Larra están escritas en una época difícil para la serenidad y la reflexión. España se despeña irreversiblemente en la división, y las intrigas de la familia de don Carlos, ante la aprobación fernandina de la gestión de la reina provocan suspicacias y temores. El liberalismo —que luego se dividirá profundamente, se halla, por el momento apiñado en torno a un futuro que ve teñido de esperanzas. Fígaro, en este contexto, se muestra como un reformador que desea transformar la realidad que se abre ante sus ojos. Su declaración de fe no puede ser más evidente:

Así que me iré muy a la mano en éstas y en todas las materias, y antes de pronunciar que hay una cosa reprensible, veré cómo y cuándo y a quién lo digo y de qué suerte he de conjurar la tormenta que ha de fomentarse, asegurando desde ahora que no se qué ángel malo me inspira esta maldita tentación de reformar, y que entro en esta obligación con la misma disposición de ánimo que tiene el soldado que va a tomar una batería.»

Fígaro está, en sus primeros pasos por el mundo de la prensa, a la expectativa. Cultiva el artículo de costumbres y la crónica de los teatros. La política, en sentido estricto, es aún un camino sin demasiado tránsito. Hay en aquel Fígaro que antecede a la muerte de Fernando VII un deje abierto de esperanzas, como la conciencia ilusionada de un mañana cercano que se presenta venturoso. Su gran preocupación es entonces el papanatismo que ya ve por muchas partes; la denuncia sin lucidez que se agota en su misma facilidad; el patriotismo gesticulante y rancio o el pesimismo sin norte ni propósito. A Fígaro le da miedo —un miedo leve, silencioso, que teme de su propia expresión— este país que no sabe bien lo que quiere. Un artículo famoso y magistral de esta época retrata la situación del cambio que se avecina con palabras certeras: España es como un cuerpo social que comienza a salir de las tinieblas, brillando en sus ojos esperanzados un ligero resplandor. No sabe muy bien a donde marcha, pero conoce con rara perfección el mal que debe abandonar.

Cuando se halla un país en aquel crítico momento en que se acerca a una transición, y en que saliendo de las tinieblas comienza a brillar a sus ojos un ligero resplandor, no conoce todavía el bien, empero ya conoce el mal de donde pretende salir para probar cualquier otra cosa que no sea lo que hasta entonces ha tenido.»


La primera esperanza: 1833

Tales palabras están escritas el 30 de abril de 1833, cuando Carlos María Isidro de Borbón y su familia han trasladado su residencia a Lisboa y el drama de la sucesión ha despejado su incógnita irremediablemente en favor de los destinos de la pequeña Isabel. Larra es un hombre que lleva, para entendernos, una confortable doble vida. En 1832 ha nacido Adela, la primera de sus hijas y Mariano José se mantiene en el domicilio conyugal, aunque su pasión esté ya en Dolores Armijo y su entorno sea la calle madrileña, los teatros y las tertulias, la sociedad mundana. El hogar no es apenas otra cosa que una costumbre o una responsabilidad asumida en el silencio y con cierta desgana. Pero la doble vida es por aquellas fechas —lo hemos dicho antes–– confortable y Larra mira mucho más hacia fuera que hacia dentro. La esperanza del pais que vibra en él con fuerza, aunque, como siempre, con equilibrio, le alimenta. Está volcado en el mundo, dado al mundo. Fígaro, en aquellos días, se pertenece poco a sí mismo. Y ve el futuro con buenos ojos: la regeneración del país se le presenta como algo real, no como un sueño eternamente incumplido. Naturalmente, queda mucho por hacer, un largo camino por recorrer, pero la actitud y los artículos larrianos en aquellas fechas retratan como en pocas ocasiones el meteoro de esperanza que pasa por la mente de Larra. Invitación al trabajo, al esfuerzo de todos, al ánimo para el gran proyecto de una España nueva y renovada. Hay que desterrar, pues, el vicio de la crítica inoperante y pasar a la acción reformadora. Menos quejas y más confianza en nosotros mismos y en nuestras propias fuerzas. Miremos al extranjero no para entristecer la cara del mucho adelanto que nos llevan y de lo poco capaces que somos, sino para «prepararnos para un porvenir mejor que el presente» y para «rivalizar en adelantos con los de nuestros vecinos». Cada uno en su sitio a cumplir con su deber inexcusable. He ahí el proyecto larriano de la primavera de 1833, su actitud vital, su honda fe en el inmediato futuro. ¡Qué poco quedará de todo ello en los días finales de 1836! ¡Qué diferencia entre ambas actitudes! Menos de cuatro años separan estas frases llenas de esperanza de «En este país» con las lúgubres de, por poner un ejemplo, «El día de Difuntos de 1836». Sin embargo, ¡qué abismo va de unas a otras! En ese sombrío proceso de decepción, que Larra nos ha dejado desparramado en las páginas de la prensa, se mezclan razones biográficas e históricas; pero unas y otras son, a la postre, la misma cosa: nuestra clave para la comprensión del pistoletazo, del acabamiento elegido como punto final a una crisis profunda a la que se concluye por no ver salida.

De momento, quedémonos con el Fígaro ilusionado de aquella primavera de 1833. Aún le durará cierto tiempo esa actitud confiada. El 20 de junio de aquel año tiene lugar la jura solemne de Isabel como Princesa de Asturias a la que, obviamente, no asiste como acto de silenciosa protesta el infante Carlos María Isidro. Y con el verano se reproduce el endémico malestar que aqueja al monarca. Durante los últimos días de septiembre, Fernando VII entra en una profunda y al parecer incurable dolencia y el 29 del mismo mes expira. El tapón de la botella del que hablaba el propio monarca había saltado para siempre y el líquido, contenido hasta entonces con dificultad, se derramaba. Vísperas trágicas de la guerra civil, los días de octubre de 1833 son testigos de las primeras sublevaciones carlistas. Las dos Españas están a punto de enfrentarse sobre el escenario tantas veces ensangrentado de la piel de toro. Ante el desgarrón de la guerra no caben absentismos: Larra, liberal, ha de tomar partido y su pluma sale al paso del carlismo en una serie de artículos que son el inicio de una actitud política en aquel momento insoslayable y a la que ya nunca renunciará el afamado Fígaro.

Larra ante el carlismo

El carlismo es para Larra, tal como ha señalado el profesor Seco Serrano, «pura negación frente a las exigencias y los procesos del siglo». A los pocos días de iniciarse el estallido carlista que luego se transformará en prolongada contienda civil, Larra publica en la Revista Española —18 octubre— un artículo de una causticidad e ironía extremas donde, en medio de un diálogo lleno de ingenio, destapa su actitud ante la causa de don Carlos:

-Repase usted, padre secretario, que estos pasaportes traen la fecha del año 1833. ¡qué de prisa han vivido estas gentes! ==


¿pues no es el año en que estamos ¡pesia mi! —dijo Fernández que estaba ya a punto de volverse loco.

En historia —dijo enfadado el padre, dando un porrazo en la mesaestamos en el año 1.° de la Cristiandad y cuidado con pasarme de aquí.

¡santo dios!, en el año 1.° ¿con qué todavía no hemos nacido ninguno de los que aquí estamos — exclamó para sí el español¡Pues vive Dios que esto va largo!

Larra ironizaba aquí la figura del nuevo clérigo guerrillero y tradicionalista que, pensando en un pasado de siglos, se lanzaba a los montes navarros para difundir la causa carlista. Una causa en la que política y religión se entremezclaban, como el artículo citado refleja con intención satírica. Sin apenas esperar a que los tiempos aclaren la situación, Fígaro, el curioso y en apariencia frivolo Fígaro, ha tomado partido. Su crítica al carlismo, lejos de decrecer en un tono áspero y satírico, va a ir aumentando en agresividad desde aquel primer artículo. Dos más, igualmente famosos, va a dedicar al asunto antes de que el año 1833 finalice. En el segundo —«El hombre menguado o el carlista en la proclamación», 27 de octubre— hace Larra una descripción grotesca del carlista-tipo, el hombre menguado, como se llama; descripción física que, como todas las suyas, está cargada de contenido.

..la cabeza chica y achatada por delante y por detrás, más a guisa de plato que de cabeza podría caber en ella todo lo más una idea; los ojos, como la intención, atravesados y hundidos; la nariz, aplastada, señal de respiración difícil; gran patilla, entre portugués y guerrillero; los pies como de persona que no anda muy derecha, las manos de ave de rapiña, vivo encarnado en pantalón azul, capa no de estas que se roban, sino con las cuales se roba, y el traje todo de moda atrasada, porque las gentes de ese partido nunca están muy al corriente. corto de vista si los hay, como aquel que está acostumbrado a poca luz y le ofende la de un día claro.»

Un tercer artículo «La Planta nueva o el faccioso natural», publicado en la misma revista el 10 de noviembre de 1833, resume y amplía la mordacidad larriana ante el fenómeno carlista. El retrato de días atrás tiene aquí dosis de agresividad irreprimible. Observemos la ironía sin límites del texto:

En cuanto a su figura y organización, el faccioso es en el reino vegetal la línea divisoria con el animal y así como la mona es en esto el ser que más se parece al hombre, así el faccioso es aquel que más se parece a la persona; en una palabra, es al hombre y a la planta lo que el murciélago al ave y al bruto; no siendo, pues, muy experto, cualquiera lo confunde; pondré un ejemplo: cuando el viento pasa por entre las cañas, nieva; pues cuando pasa por entre facciosos, habla: he aquí el origen del órgano de la voz entre aquella especie. el faccioso echa también, a manera de ramas, dos piernas y dos brazos, uno a cada lado, que tienen sus manojos de dedos, como púas una espiga; presenta faz y rostro y, de verle, cualquiera diría que tiene ojos en la cara, pero sería grave error; distínguese enormemente de los demás seres en estar dotado de sinrazón».

La misma postura de Larra —aún más agresiva si cabe— tuvo ante el carlismo Espronceda, el gran poeta de su generación, amigo de Fígaro y compañero de aventura política. En 1835, efectivamente, el autor de «El Diablo Mundo» —paradigma del romanticismo rebelde al estilo de Byron— lanza a la calle estos versos incendiarios, que son una buena muestra de la iracundia de la generación puente del romanticismo español y de su airado liberalismo:

¡al arma, al arma! ¡mueran los carlistas
y al mar se lancen con bramido horrendo
de la infiel sangre
y atónito contemple el océano
sus olas combatidas
con la traidora sangre enrojecidas

Cae cea

La guerra es ya el escenario dramático en que se desenvuelve la vida política española en el momento preciso en que el liberalismo intenta su consolidación en el apoyo a la pequeña Isabel, proclamada reina el 24 de octubre. Noviembre es mes decisivo en la contienda bélica y en cuatro días (21 y 25), las tropas cristinas toman Vitoria y Bilbao sucesivamente. La figura de Zumalacárregui, héroe carlista por excelencia, brilla entonces con todo su resplandeciente esplendor.

Pero el tímido liberalismo de Cea Bermúdez, hombre de confianza de la reina desde las horas difíciles de la primera postración fernandina, vive desde la muerte del monarca una situación de interinidad, porque es más un recuerdo del ayer que la plataforma en que asentar los nuevos tiempos. Tras unos meses de tránsito no demasiado feliz, el 15 de enero de 1834, el gabinete de Cea Bermúdez presenta su dimisión. Ha llegado la hora de los «eclécticos», de los moderados que años atrás arriaron la bandera de la Constitución gaditana y que hoy intentan separarse de los radicalismos en defensa de los básicos intereses de la aristocracia. Es la hora, en suma, de Francisco Martínez de la Rosa y la política del «justo medio» que tendrá su expresión en el Estatuto Real. Para Larra —1834— será, como no vamos a tardar en ver, un año decisorio desde el punto de vista de la creación literaria y el comienzo de su lento y áspero proceso de decepción personal.




-

Introducción

MIL ochocientos treinta y cuatro es para Larra un año febril: en él, efectivamente, nace su tercera hija y se separa, al fin, de su mujer, la desdichada Pepita Wettoret; en él, además, se lanza al espacio de la creación literaria y lo invade con sus dos obras más logradas: un drama, «Macías», y una novela, «El Doncel de Don Enrique el Doliente». Frutos del romanticismo literario, ambas obras responden a una temática común que es en el atormentado Fígaro de aquella hora una tremenda obsesión: los amores imposibles, la tragedia del amor prohibido.

En 1834, Fígaro es ya un personaje singular de aquel Madrid que tan bien criticará él mismo por tan bien conocerle y mucho vivirle en todas y cada una de sus peculiaridades sociales. Pero el personaje está empezando ya a moverse contra la persona: Dolores Armijo se enamora de Fígaro y Larra se separa de Pepita Wettoret, su mujer. Por ello, en suma, 1834 es el inicio del drama personal de Mariano José de Larra que, a aquella altura de su meteórica biografía, ha conseguido ser todo lo que en los sueños de adolescente anhelaba.


España, 1834: Las tres comparsas

¿Y qué sucede en la España de 1834? La España de 1834 nace con Martínez de la Rosa encaramado en las alturas del poder y muere con él todavía en la Presidencia del Consejo. ¿Qué representa Martínez de la Rosa y cómo lo vive Larra? ¿En qué medida se identifica Fígaro con el proyecto del dramaturgo metido a político, con aquel escritor romántico — «Aben-Humeya», «La Conjuración de Venecia»— introducido en las difíciles tareas del hombre de Estado? ¿Cómo es la posición figariana ante la persona y la política del autor del Estatuto Real?

Un mes después de subir al poder Martínez de la Rosa, Larra pasa revista a la clase política del país, en el momento inaugural de la gestión del nuevo Primer Ministro. La esperanza de 1833 parece ahora difuminada. Nuestro hombre se halla en el inicio de un proceso de decepción fatal: apenas nada se ha hecho desde la muerte del monarca. El liberalismo no sabe encontrar la salida, entusiasmar al país, lograr la adhesión popular. Mariano José de Larra saca a flote su frustración más íntima ante el espectáculo español. En un artículo magistral fechado el 18 de febrero de 1834 —«Los tres no son más que dos y el que no es nada vale por tres»—. Mascarada política, Larra retrata las tres grandes facciones que constituyen el mapa ideológico del momento: la reacción, los exaltados y los moderados; derecha, izquierda y centro, para decirlo en otros términos. Ninguna fotografía mejor de los tres grupos que la descripción larriana de febrero de 1834. Empecemos por la derecha, la primera de las tres comparsas:

La menos numerosa era compuesta toda de viejos (¡rara aprensión!), pero gordos y robustos; para hacer gente y engruesarse iba derramando su dinero con tanto sigilo, como si fuese mal adquirido y peor conservado; pero a cada moneda que daban, ¡cosa rara!, perdían carnes y fuerzas. Toda esta comparsa andaba hacia atrás, más como quien huye que como quien anda; para lo cual traían la cabeza y los pies vueltos del revés, que hacían rara figura. Andaban desbandados a causa de hallarse su jefe ausente a diligencias propias; pero en cambio presumían serlo todos. Seguía a esta comparsa una porción de pobres, rotos y malparados, con una venda en los ojos como pintan a la fe, creyendo a pie juntillas cuanto aquéllos les decían, y tomando varios dijes de poco valor a cambio de sus servicios...»

Tal era la derecha de 1834 en la visión puntual de Larra. Una derecha que mira hacia atrás y hacia atrás anda; caótica y engañada en sí misma, cerrada a la realidad y al progreso, anclada en el pasado y en plena desbandada. Cabe decir, pues, que sin ningún proyecto, en plena vida vegetativa. Estamos frente a los retratos mordaces del faccioso de los artículos de 1833.

Al lado de la derecha —segunda comparsa—, la izquierda. ¿Cómo son sus rasgos, cuál sus facciones? Veámoslo:

La segunda traía jefe, o por mejor decir, representante; gente nueva, y la más barbilampiña; terca aún como muchacho que está creciendo, conocíase a legua que no habían tenido tantas ocasiones de comer como los otros. no andaban, sino corrían; todo eran piernas; encogíanse los altos, empinábanse los bajos; todos su prurito era andar iguales; al menor desnivel había gira y algazara. pedían la palabra, y tomaban lo demás. venían vestidos de telas de institución, color de garantía: el disfraz era lo mejor que traían; si bien a muchos se les traslucían por abajo juboncillos de ambición, con tal mal cenefilla de empleo, y se conocían que no estaban hechos a usarlo, porque a lo más les venían anchos. estos no == repartían dinero, sino periódicos; dábanlos con audacia y a venga lo que venga: si alguno se perdía o se interceptaba malamente, otro al puerto, como quién tenía el mal de en cara. Por el contrario de los otros, a cada periódico que daban ganaban carnes y razón. Las caretas eran discursos históricos de sucesión. Iban encendiendo las luces que la primera comparsa apagaba siempre que podía; pero el salón estaba iluminado de donde era fuerza inferior que la encendían más deprisa que la apagaban. Seguía a éstos una turba desigual hambrienta de felicidad: nunca la habían catado.»

He ahí la izquierda: joven, barbilampiña, apresurada, verbal, corre más que anda y habla más que hace. Larra está distante de ellos en buena parte; les ve, con frialdad objetiva, también sin proyecto. A pesar de su juventud —tiene Larra veinticinco años—, Fígaro se halla bastante alejado de aquella turba de ilusionados habladores, ruidosos. Aquí empieza el escritor a vivir su desarraigo de lo que, teóricamente, en el fondo estaba condenado a defender. Si la derecha le repugna, la izquierda le produce un profundo escepticismo, un desasosiego evidente. Tal vez hubiera deseado sentirse con ellos; ser, incluso, uno más de ellos. Pero su fría lucidez, su objetividad, su razón se lo impide, les ve tal y como son y no se ve en ellos. ¿Y el centro? Leamos despacio su acerada descripción:

Era el resto de la concurrencia la mayoría; pero se conservaba a cierta distancia del que parecía su jefe. era el color de éste un atornasolado claro, que visto de distintos puntos lejanos parecía siempre un color diferente, pero en llegando a él no se le podía llamar color. este y los suyos no andaban aunque lo parecía, porque marcaba el paso: conociendo que no había para qué, unos no tenían pies, y los otros los traían de plomo. de medio cuerpo arriba venía vestido == a la antigua española; de medio cuerpo abajo, a la moderna francesa, y en él no era disfraz, sino su traje propio y natural. Ni era alto ni bajo, ni gordo ni flaco: sutil como cuerpo glorioso, y máscara, en fin, racional, ni las hubo nunca (...). Era su comparsa gente pasiva y estacionaria, de esta que tiene y no quiere perder, que no tiene por qué moverse, miedosa, que teme pierniquebrarse a cada paso, escarmentada ya y paralítica, envilecida con el sufrimiento y bien avenida a todo, o despreocupada, que se ríe de los hombres y sus partidos. Estos no decían nada; ni aplaudían ni censuraban; traían caretas de yeso; miraban a una comparsa, miraban a otra, y ora temblaban, ora reían».

¿Cabe encontrar mejor finura para describir aquel fantasmagórico escenario? A una derecha que camina al revés de la Historia y una izquierda sin horizonte real, les corresponde un centro artificial que se beneficia de la situación sin ser propiamente nada, sin proponer tampoco nada, sin ser ni lo uno ni lo otro, mezcla sin vida de ambos. ¿Cómo podía identificarse Larra con ese tropel de sujetos cuya sola razón de ser es la inercia? El problema, con todo, era mucho más práctico a la altura de 1834 y Larra lo sabía muy bien: había que salir de la guerra y había que apuntalar sobre bases sólidas el nuevo Estado desmontando los cimientos de la sociedad tradicional y creando, sobre los escombros de su demolición, las raíces de una sociedad nueva, moderna, a la altura de los tiempos. Y ambas cosas, bien mirado, no eran realidades separadas, sino las dos facetas de una misma realidad: poner término feliz a la contienda civil era el primer paso imprescindible para plantearse la posibilidad de otra sociedad, de otro discurso colectivo en un país que comenzaba tímidamente el proceso de industrialización capaz de conducirle a la modernidad.


Una brizna de esperanza

Así se hallaba Larra a un mes de la estancia en el poder de Martínez de la Rosa. ¿Va a cambiar con el tiempo su postura? Sí, ciertamente, Larra recuperará al cabo de los meses un relativo optimismo, prueba de que estaba bien predispuesto a que la esperanza contagiara sus sentimientos a pesar de que su razón le obligase a mantener erguida la cautela. En 1834, Larra, que había abandonado su colaboración en el Correo de las Damas, sostiene sus artículos cotidianos tanto en la Revista Española como en El Observador. Nueve meses se mantuvo en pie este último, pilotado por Antonio Alcalá Galiano, que aún acrisolaba por aquel entonces posiciones cercanas a los exaltados. A él envía Fígaro doce artículos, de los cuales cuatro no ven la luz hasta 1835 por mor de la censura, contra la que él mismo arremetió con todas sus fuerzas.

Por otro lado, durante todo 1834, Larra mantiene como puede su doble vida amorosa: los encuentros furtivos y difíciles con Dolores Armijo y la desmayada vida familiar con Pepita, que es ya una rutina sin sentido. La aventura amorosa, subterránea (y tal vez por ello más apasionante para los amantes) coincide con el apogeo de la aventura literaria. Asusta pensar en los frutos que el ingenio de Larra produce aquel año: amén del «Macías» y el «Doncel», traduce «El arte de conspirar», «Felipe» y otras piezas de Scribe, cuyas adaptaciones larrianas se sucedían con éxito creciente en los escenarios madrileños. Diríase que Mariano José vive sumergido durante 1834 en su universo interior, amando a Dolores en la dificultad misma de formalizar su amor. Porque Larra, de quien se conocen otras aventuras, no vive con Dolores como una aventura más, sino como la gran aventura. Dolores Armijo es para aquel Fígaro triunfador cuyo ingenio se teme en las tertulias y cuyos artículos se aplauden en los periódicos, la gran salida a su fracaso, el amor romántico encarnado en una mujer concreta. Dolores sitúa a Fígaro no sólo frente al mundo y sus convenciones sociales, sino también frente a sí mismo, esto es, frente a su misma existencia. El problema por el momento no está planteado en toda su terrible autenticidad personal, pero se halla ya inscrito en el propio círculo que lleva a nuestro hombre a soñar con Dolores sin poseerla del todo. Dolores Armijo se enamora de Fígaro cuando éste desea a Dolores como Mariano José de Larra. He ahí una contradicción en la que se dibuja un trágico final.


Entender el Estatuto: oxígeno para la España tradicional

Pero no nos adelantemos a los acontecimientos. El día 10 de abril de 1834, María Cristina firma, al fin, el Estatuto Real. ¿Qué es el Estatuto Real? Las palabras de Vicens Vives, que se repiten de libro en libro, resumen a la perfección su contenido, y sus intenciones: «especie de carta otorgada que, salvaguardando el principio monárquico, permitía la intervención de las clases adineradas en el gobierno del país». Era, pues, el modo institucional para que la nobleza, más o menos ilustrada, mantuviera la hegemonía en la estructuración del Estado. Desde él se llamaba a Cortes dividiendo éstas en dos Cámaras: la de procuradores y la de próceres o notables. Los primeros se elegían mediante voto indirecto, siendo condición para el nombramiento un mínimo de renta anual de 12.000 reales. Los segundos —próceres— se decidían entre los grandes de España, con acceso directo, y algunos propietarios y nobles con rentas anuales superiores a 60.000 reales nombrados por el monarca. Lo que Martínez de la Rosa pretendía era, pues, bien evidente: defender los intereses de las capas altas del país regularizando, desde ellas, la vida política de la comunidad.

Larra, sin embargo, se deja seducir en principio por el Estatuto, cuyo moderantismo no niega, pero frente al cual se siente relativamente conformista. Recién alumbrado el Estatuto, estrena su autor, Francisco Martínez de la Rosa, la que habrá de ser su mejor obra: «La Conjuración de Venecia». Fígaro publica su crítica del drama el 25 de abril de 1834, en la Revista Española. Palabras elogiosas las suyas que van más allá de las calidades literarias de la obra:

No acabaremos este juicio sin hacer una reflexión ventajosísima para el autor: ésta es la primera vez que vemos en españa a un ministro honrándose con el cultivo de las letras, con la inspiración de las musas. un estatuto real, la primera piedra que ha de servir al edificio de la regeneración de españa, y un drama lleno de mérito, y esto lo hemos visto todo en una semana: no sabemos si aún fuera de españa se ha repetido esta circunstancia similar.»


El Estatuto, al que más tarde dedicará frases irónicas y agresivas, es ahora, en esta primera época, nada menos que «la primera piedra que ha de servir al edificio de la regeneración de España». El optimismo de Fígaro no puede ser más patente y cristalino.

¿Cuánto le dura a Larra aquella esperanza y en qué medida se arropaba ésta en cimientos sólidos? La postura larriana ante Francisco Martínez de la Rosa a lo largo del año en que éste mantiene la presidencia del Consejo en sus manos va desde el optimismo hasta la decepción, a través de un itinerario rodeado de no pocas arbitrariedades. Ciertamente, el país no experimentó durante aquel año inicial el giro que algunos —Larra entre ellos— esperaban. Pero no es menos cierto que un análisis frío de lo que sucedía llevaba a poner la atención en el mismo liberalismo como problema esencial.


El liberalismo, escindido

Antes que las dos Españas a Larra le consumen los dos liberalismos. La presencia y permanencia de Martínez de la Rosa en el poder con su tibia política del justo medio ha acabado por provocar algo que en el verano de 1834 es ya inevitable: la escisión del ala liberal en dos facciones, cuya pugna va a ser la verdadera protagonista de los días venideros. Si a ello unimos el hecho de que la guerra carlista, a pesar de los felices augurios que presagiaba la firma de la Cuádruple Alianza (España, Portugal, Francia e Inglaterra) y el pésimo, desastroso, estado de la economía nacional, tendremos un cuadro fiel —y nada optimista— del contexto en que se desenvuelve la vida española hasta la caída del Gabinete.

En efecto, la guerra carlista prosigue ensangrentando el suelo español. Firmado el tratado de la Cuádruple Alianza el 22 de abril de 1834, Martínez de la Rosa entendió que la ayuda de los voluntarios —10.000 se dice que llegaron— obraría como un milagro para reducir la causa carlista. No fue así, sin embargo. Establecido en Londres, a donde llegó los últimos días de junio, el pretendiente escapa el 1 de julio de la vigilancia inglesa y llega a España el 12 de julio. Su súbita e inesperada presencia en el teatro de operaciones norteño levanta el entusiasmo de sus partidarios afianzando hasta extremos increíbles su postura. La guerra entra de nuevo en una fase de equilibrio tras el triunfal recorrido de don Carlos por los valles navarros de Araquil y Borunda. Un faccioso más, le llama entonces, con la pretensión de restar importancia a su llegada, el Presidente del Consejo.

Pero aquellos momentos, por un cúmulo adverso de circunstancias, ponen en serio peligro la suerte del Gabinete. La epidemia de cólera ha invadido la parte meridional de la península y amenaza con llegar a Madrid. Al fin, a mediados del mes de julio, su presencia en la villa y Corte es una irrefutable realidad. La capital queda asolada por la epidemia, y el Gobierno, como denuncia Larra, cierra los ojos ante la evidencia. En la Carta de Fígaro a un bachiller, su corresponsal, Larra ironiza sobre el incesante rumor de la llegada del cólera a Madrid, rumor que ya no es tal porque crecen día a día sus víctimas, pero ante el mal el Gobierno vive ciego.

Tal vez habrán dicho en ese villorrio que está el cólera en madrid. lo que es aquí, nadie lo sabe de oficio; lo que hay aquí no es el cólera, sino una enfermedad reinante y sospechosa, tanto que esas malditas sospechas han llevado a muchos al cementerio, en fuerza sin duda de los cavilosos. pero si dicen a vuestra merced que mueren tantas y cuantas gentes al día no lo crea; al día no muere nadie, porque si así fuere habría parte sanitario, si es que no le dan por no haber sanidad maldita de que darle. en consecuencia, si el mal está en madrid, la autoridad lo tiene callado y así que nadie lo sabe.»


Madrid es un hervidero de descontento. Y ante el mal, una vez más, aflora como mecanismo defensivo el anticlericalismo. Las fuentes públicas, se rumorea por doquier, han sido envenenadas por los religiosos; ellos son los culpables, pues, de la desolación que invade la capital. Las turbas, enfurecidas y alentadas por los provocadores, acaban por encontrar en los frailes el chivo expiatorio de sus males. El día 17 se asaltan implacablemente los conventos de San Isidro, San Francisco, Santo Tomás y la Merced. Quince jesuítas mueren en el de San Isidro de la calle de Toledo. Otra vez la España Negra de la tragedia callejera. Larra es, a estas alturas, el Fígaro temido, el periodista triunfal, la pluma restallante, el escritor admirado, el hombre joven al que se abren todas las puertas en señal de su éxito fulgurante y sostenido. Pero todo ello no obsta para una realidad: nuestro hombre se siente cualquier cosa menos un ser feliz. Su matrimonio naufraga sin remedio y Dolores Armijo, la dama de sus sueños, es, no lo olvidemos, una mujer casada. Sin desearlo Larra está contra la sociedad en que ha nacido. Y lo que ahora es una especie de secreto celosamente conservado en su intimidad no tardará en ser vox populi en un Madrid que ve alejarse con lentitud la epidemia de colera y la esperanza de un final cercano de la dolorosa guerra carlista.


A vueltas con la censura

Durante aquellos meses —tercera parte de 1834– – Larra vive profundamente en sus sentimientos el desgarrón del liberalismo escindido. ¿Con quién estar? ¿A favor de los progresistas que tienden a una oposición sistemática o de los liberales partidarios de las reformas paso a paso? La Revista Española se ha convertido en el periódico de la oposición, según relata Fígaro al bachiller, su corresponsal desconocido. Y con los nuevos tiempos ha aparecido de nuevo la censura, la puerta cerrada a la libertad de expresión por la que Larra luchó siempre con denuedo. Irónico y agresivo se pregunta Fígaro, en 1834, cuál es la diferencia sustancial entre el cercano ayer y la actualidad «liberal» de hoy.

Ha leído vuesa merced El pobrecito hablador. Yo le publicaba en tiempo de Calomarde y de Zea: ahora como ya tenemos libertad racional, probablemente, no se podría publicar.»

Gravitan sobre Larra, pues, los fantasmas del pasado y se desazona ante el lento ritmo de las reformas. «El cólera, escribe, sigue haciendo en algunas provincias más estragos que un reglamento de censura». Pero ¿qué hacer? Le asoma el pesimismo y, sin embargo, fue él y no ningún otro quien tiempo atrás proclamaba la necesidad de ir paso a paso, de no sacar las cosas de quicio. Nada más ilustrativo del comienzo de lo que será poco después el último drama de Larra que las cartas de los dos liberales dirigiéndose a él con razones para adoptar sendas posturas antagónicas. «Dos liberales o lo que es entenderse», se titulan. Ahí está, condensada y tensa el origen de la mayúscula frustración liberal de Mariano José de Larra.

El primero de ellos —liberal escarmentado con competente destino— le argumenta a Figaro:

...Los artículos de usted que tienden a una oposición directa, los artículos de usted que quieren poner en ridículo nuestra lentitud, sólo pueden dar armas a nuestros enemigos. aquí no hay más divisa que isabel ii. y en cuanto a escribir, escribir nuestros mismos defectos para que los corrijamos, es disparate porque no por eso los hemos de corregir: debe acabarse todo lo que hagamos, siquiera para no dar que reír a nuestra costa a los carlistas, y le advierto caritativamente que si persiste en el camino de esa oposición que ha manifestado, haremos correr la voz de que todos los que hacen esa oposición nos quieren precipitar de nuevo y quieren reproducir el año 23».

Y el segundo liberal —el liberal progresivo y sin destino— en la otra carta apunta en esta dirección al buen Fígaro:

Suplico a usted que se sirva no dejar dormir su pluma en ese camino de la oposición, en que ha marchado con tanta gloria; en la inteligencia de que si usted afloja, yo y los míos, haremos correr por todas partes la voz de que se ha vendido usted al ministerio. Esto no marcha y sólo una oposición sostenida puede salvarnos. A ellos, pues, señor Fígaro y dóbleles usted a sátiras si quiere conservar el aprecio de su seguro servidor.»


Una ojeada sobre las clases sociales

Esas son las dos cartas, las dos posturas, las dos peticiones a Fígaro. El mismo intuye con lucidez la raíz del dilema: «Si escribo en liberal dirán unos que estoy vendido a don Carlos. Si escribo en ministerial, dirán otros que estoy vendido al ministerio». El problema para Larra es que no quiere venderse a nadie, que se presta tan sólo a sí mismo. Unos y otros le argumentan razones de peso y ambas, en su mutuo desacuerdo, provocan en Larra hostilidad. Fígaro sabe ya muy bien las dificultades de ser independiente, de no estar ni con unos ni con otros. Pero la realidad es así, inevitablemente. ¿Dónde está la razón? ¿A quién se la da Larra? El parlanchín Fígaro, que es riguroso a pesar de la apariencia festiva y risueña, sabe muy bien que la razón esta fuera, que lo que se debe hacer es, de algún modo, lo que se puede hacer. En un extraordinario artículo fechado algunos días atrás —junio de 1834— con el título de «Jardines públicos», Larra lleva a cabo un análisis muy fino de la sociedad española. En él ahonda con una lucidez restallante los problemas de la división social existentes en el país:

Apenas tenemos una clase media, numerosa y resignada con su verdadera posición; si hay en españa clase media, industrial, fabril y comercial, no se busque en madrid, sino en barcelona, en cádiz, etcétera, aquí no hay más que clase alta y clase baja (...). la clase media, compuesta de empleados o proletarios decentes, sacada de su quicio y lanzada en medio de la aristocracia por la confusión de clases, a la merced de un frac, nivelador universal de los hombres del siglo XX, se cree en la clase alta, precisamente como aquel que se creyere en una habitación, sólo porque metiese en ella la cabeza por una alta ventana a fuerza de elevarse de puntillas.»

En estas palabras se halla, asumido por Larra, lo que podemos llamar «el drama español del siglo XIX» a saber: la ausencia de una verdadera revolución burguesa que trastocara el antiguo orden —la sociedad estamental— en el marco o sociedad de clases del capitalismo productivista. En aquellos años, el problema era aún salvable y a lo que alude es, básicamente, a la inexistencia de las condiciones de posibilidad de esa «salvación». Larra ataca a la burguesía por no serlo, por no aceptarse a sí misma en su verdadero papel histórico, por imitar a una aristocracia decadente que lleva aún las riendas del Estado. Es esa creencia falsa (vivir como el aristócrata, pensar como él, acabar sintiendo como él) de la burguesía lo que desazona a Larra. No es una reflexión nueva. Ya en su drama «No más mostrador» afloró a la superficie mediante la vía teatral. Y a ella volverá, como veremos, en sus reflexiones sobre «Antony», el famoso drama de Alejandro Dumas.

Ve Fígaro, además, con gran clarividencia cómo los focos de la burguesía hispana están en Barcelona —una Cataluña que va agrandando su importancia económica en el conjunto peninsular— y Cádiz, la ciudad bastión del liberalismo, cuna de la Constitución, donde florece el comercio. La capital, Madrid, está alejada de esa tendencia, entre la burocracia desmayada del «vuelva usted mañana» y el reflejo permanente de las clases altas que, todo lo más, se consienten a sí mismas el lujo de achulapar sus hábitos.


El Madrid de Larra

Madrid, capital de la burocracia centralista en un país preindustrial, agrario y analfabeto; Madrid, centro del poder político cuando el poder económico en el sentido más avanzado se desplaza —como muy bien ve Larra— a la periferia. Madrid sin burguesía en un país de débil e incipiente burguesía sin «densidad numérica, ni bastante riqueza, ni tampoco ideología firme y clara para triunfar» (Vicens Vives). Aquel es, empero, el Madrid de Larra, del que será a la postre despiadado cronista. Madrid es para Larra una insufrible y monótona ciudad de la que, con todo, cuesta estar alejado. Larra ama a Madrid como a España: porque no le gusta. Nadie como él ha descrito la mediocridad de la vida ciudadana, el sello sin distintivo de un discurso vital. Nadie como él, tampoco, ha sabido descubrir los vicios de una administración sin aliento, de una cultura sin creatividad, de la vida cansada de los cafés y la aventura gris de los teatros. Pero cuando Larra deja Madrid, le añora; le invade la nostalgia inevitablemente: es esa una paradoja, sin duda, explicable en ese ciudadano sin raíces ni arraigo que fue Mariano José de Larra.

Sea como fuere, muchas de las mejores páginas larrianas tienen a Madrid como protagonista indiscutible. ¿Cómo era, en verdad, el Madrid de Larra que es también el de Mesonero, su cronista más apasionado? El propio Mesonero Romanos proporciona los datos necesarios para conocer la realidad madrileña de los años 30 del siglo XIX. Cuenta a la sazón la capital de España, según el censo de 1831, 49.400 vecinos y 211.127 habitantes; 8.000 casas, distribuidas en 540 manzanas con 17 parroquias, 70 conventos de religiosos y religiosas (38 y 32), 18 hospitales, 16 colegios, tres hospicios, etc. La vida de la ciudad se realiza en torno a la actual Puerta del Sol: calles de Mayor, Arenal, San Jerónimo y Alcalá. Allí están los principales restaurantes —la mítica Fontana de Oro galdosiana, en la Carrera de San Jerónimo; Europa, en Arenal; el Dos Amigos, en Alcalá; la Gran Cruz de Malta, en Caballero de Gracia, etc., y los mejores cafés: Santa Catalina, Venecia, el del Teatro del Príncipe.

En un trabajo de finales de 1834 —«La vida de Madrid»—, Larra recorre, junto al joven de su relato, la vida cotidiana de la ciudad. La mañana para el ocio tiene sus lugares habituales: Carrera de San Jerónimo, calle de Carretas, del Príncipe y de la Montera. En aquel espacio «encuentro en un palmo de terreno a todos los amigos. ¿La comida? Igualmente habitual: Genyes o el Comercio, «alguna vez en mi casa; casi más fuera de ella». ¿Tras la comida? A Sólito. «Allí, dos horas, dos cigarros y dos amigos.» Calle de la Montera, luego; nuevos encuentros, nuevas charlas. ¿Y más tarde? Al Teatro. ¿Qué ponen en el teatro? La misma monotonía de siempre: una sinfonía, una pieza del inevitable Scribe... De cuando en cuando —rara vez—, una agradable sorpresa: el estreno de un autor novel que ilumina con su talento un escenario definido por la penumbra casi permanente. ¿Actores? Pocos, según Fígaro, que merezcan propiamente el nombre: Carlos Latorre, Concepción Rodríguez, el famoso Luna o la prometedora Matilde Díez y... Julián Romea, alumno de Latorre en el conservatorio, gran esperanza en ciernes que no tardó mucho en cuajar casi en un mito.

El centro del Madrid literario tiene entonces un nombre: el café del Teatro del Príncipe (hoy teatro Español). Carretero y Delgado, los dos grandes editores de la época, dialogan en él con «sus»escritores: Larra, el más cotidiano; Mesonero y Bretón, entre los consagrados; Espronceda, que retorna a Madrid en 1834; García Gutiérrrez, la gran promesa que no tardará en destapar el brillo de su ingenio dramático. Y las comparsas, los escritores mediocres buscando con ansiedad un puesto entre los grandes, aplaudiendo más que otra cosa en busca del reconocimiento de su gloria.

Y tras el teatro, de nuevo el café si no es noche de sociedad. Y si es, a vestirse a casa para la gran noche a casa del rico de turno. Fígaro vive abrumado su contacto con el diario Madrid. Una sociedad que repite día a día sus diversiones hasta la saciedad y el cansancio.

Bonita sociedad, muy bonita. ello sí, las mismas de la sociedad de la víspera, y del lunes, y de... y las mismas de la visita de la mañana, del prado y del teatro y...»


La teoría del calavera

Larra existe inmerso en esa diaria monotomía en la que representa con elegancia su papel de dandy, como con propiedad le define Francisco Umbral. Un dandy que pasea su difícil dandismo en un Madrid de señoritos y calaveras. El mismo Fígaro nos ha trazado una curiosa (y no demasiado difundida) teoría del calavera, entre el relato y el elogio, que merece la pena comentarse en cuanto puede servir como espejo en el que ver reflejada su figura. Distingue Fígaro varios tipos de calaveras, aunque todas, para serlo, deben participar de una serie de notas peculiares: «El talento natural, pues, y la poca aprensión, son las dos cualidades distintas de la especie; sin ellas no se da calavera, un tonto, un timorato del que dirán, no lo será jamás».

Calaveras hay silvestres y domésticos; el primero pertenece a la plebe; en el segundo hay varios grados sobre los que conviene recabar. Cronológicamente, se da en principio el calavera-lampiño, entre los catorce y los dieciocho años. En él hay un embrión tan solo del calavera genuino que es el calavera-temerón del que, una vez constituido, se derivan modalidades curiosas: el calavera-langosta; el calavera-plaga, el calavera-cura y la mujer-calavera. Junto al calavera-temerón está el seudo-calavera, un producto de imitación sin vivez ni ingenio propios, una copia burda. Y, por fin, la gama más delicada y exquisita de la especie el calavera de buen tono. De él traza Larra un retrato magnífico:

El calavera de buen tono es el tipo de la civilización, el emblema del siglo xix. perteneciendo a la primera clase de la sociedad, o debiendo a su mérito y a su carácter la introdución en ella, ha recibido una educación esmerada; dibuja con primor y toca un instrumento: filarmónico nato, dirige el aplauso en la ópera, y le dirige siempre a la más graciosa, o a la más sentimental: más de una mala cantatriz le es deudora de su boga; se ríe de los actores españoles y acaudilla las sílabas contra el verso; sus carcajadas se oyen en el teatro a larga distancia; por el sonido se le encuentra, reside en la cuneta al principio del espectáculo, donde entra más tarde en el paso más crítico y del cual se va temprano; reconoce los palcos, donde habla muy alto, y rara noche se olvida de aparecer un momento por la tertulia a asertar su doble anteojo a la banda opuesta (...). cuenta anécdotas picantes, le suceden cosas raras, habla de prisa, y tiene salidas. todo el mundo sabe lo que es tener salidas. las suyas se cuentan por todas partes; siempre son originales; en los casos en que él se ha visto, sólo él hubiera hecho, hubiera respondido aquello. cuando ha dicho una gracia tiene el singular tino de marcharse inmediatamente; esto prueba gran conocimiento: la última impresión es la mejor de esta suerte y todos pueden quedar riendo y diciendo además de él: ¡qué cabeza! ¡es mucho fulano!»


Retrato enjundioso al que sigue esta reflexión:

Dichoso aquel al que llaman las mujeres calavera, porque el bello sexo gusta sobremanera de toda especie de fama; es preciso conocerle, fijarle, probar a sentarle es una obra de caridad. el calavera de buen tono es, pues, el adorno primero del siglo, el que anima un círculo, el cupido de las damas, lenfant gaté de la sociedad y de las hermosas (...). el hombre no calavera, el hombre de talento y juicio se enamora, y por consiguiente, es víctima de las mujeres, por el contrario, las mujeres son las víctimas del calavera. dígasenos ahora si el hombre de talento y juicio no es un necio a su lado.»


Mariano José de Larra ha hecho todo lo posible por ser el calavera-temerón de su tipología. Hombre de estatura más bien mediana (1,61 al parecer) ha llegado a sacar de sí mismo un partido máximo. Cuida su vestido con verdadera atención y Utrilla, su sastre, le hace con puntualidad las últimas novedades y modelos, de París y Londres, elegantes. Larra hace de la distinción una filosofía. Ser distinto es, en cierto modo, parecerlo, alejarse de la mediocridad. Ese es, en definitiva, el hombre admirado, sobre todo... por las damas. El calavera — Fígaro lo sabe y lo atestigua— es tan terrible para los otros hombres, a los que eclipsa, como deseable para las mujeres, ansiosas de ser las que le conviertan en un sujeto de juicio normal. Por eso el calavera no se enamora, o cuando lo hace, deja en buena medida de serlo. Larra ve y vive ese destino con lucidez: el hombre juicioso es víctima de las mujeres en la medida que, enamorado, está a su merced; el calavera, por el contrario, tiene junto a él a las mujeres en calidad de víctimas de su propia personalidad sin ataduras. Por debajo del calavera no hay así sólo un dandy, paradigma de la brillantez y la elegancia, sino también una nueva suerte de Don Juan moderno. En eso Larra, desde luego, no fue ningún adelantado a su tiempo. La idea que de las féminas tiene Larra, correctamente analizada, podría incluirse en cualquier antología del machismo bien que, en su caso, se teñirá de cierto refinamiento y sutileza.

Junto al retrato, pues, el diagnóstico. ¿Y Larra? ¿Es Fígaro un calavera de buen tono en el que se reflejan fielmente los rasgos de la descripción larriana? Fígaro, tal vez, pero no Larra. Fígaro ha nacido desde Larra en la intención de ver su calavera culto, reflexivo, irónico, despreocupado, mordaz y triunfador. Al cabo de un año de vida, de correteos por las tertulias, los cafés, los saraos y las fiestas galantes, Fígaro parece un perfecto calavera. Tal vez, incluso, los demás, con cierta envidia, le vivan como tal, le crean el calavera que las mujeres desean y los hombres temen. Pero detrás de Fígaro sigue Larra, un afrancesado riguroso en España, un español atormentado en Francia, un sujeto al que le duelen demasiado las cosas, su país, el siglo endiablado que le ha tocado en suerte, una sociedad que no acaba de gustarle. Fígaro no puede enterrar nunca a Larra. Y aunque Fígaro desea ser un calavera de buen tono, Mariano José de Larra es ese hombre de talento y juicio que sirve de oponente imprescindible al calavera mismo. Lo es, tal vez, incluso sin quererlo. O, dicho de otro modo: lo es porque no se puede ser lo que uno desea a veces en la más profunda intimidad. Hay como un nudo que ata a Larra a ese hombre juicioso. Por eso los acontecimientos le viven a él a partir de un determinado momento.


La separación y el matrimonio roto

En virtud de las pocas noticias que tenemos, Dolores Armijo se ha enamorado de Fígaro en la medida que, siguiendo la teoría de Larra, ha intentado, desafiándose a sí misma (y a la sociedad) conquistar al calavera que Fígaro parece ser. Pero detrás de la apariencia de fachada hay una realidad más profunda: Fígaro —ya Larra— se ha enamorado de ella trocándose, también según la teoría larriana, de verdugo en víctima. Y con el tiempo —dramática paradoja— a Dolores no le va a interesar ese seudocalavera en que se ha convertido Larra. Es un juego dramático en el que ahora la imposible pareja no ha hecho, sino dar los primeros pasos.

A Larra, al fin, se le descubre el juego, esto es, Pepita, su mujer, accede al conocimiento de la aventura de su marido con Dolores. Por una carta de Luis Sanclemente a su hermano, el marqués de Montesa, sabemos cómo se desarrolló el embrollo y sus fatídicos resultados: «Hace más de un año que estando celosa la mujer de Larra, notó que éste recibió un billete, y que lo metió en su pupitre. Resuelta a aclarar sus sospechas, encontró modo de abrir el pupitre. Y leyó el papel, que era en efecto una cita que la de Cambronero daba a Larra para fuera de puertas en un coche simón. La celosa determinó vengarse, y remitió el billete de la citadora a su marido Cambronero. Este se fue con él a consultar a una querida que tenía. Esta tal, prudente y juiciosa, quiso evitar un lance y le dijo: “Mira tú estás faltando a tu mujer no des escándalo porque ella te pague en la misma manera”. No obstante, el señor Cambronero acudió al punto de cita, y encontró a su mujer y a su amante Larra, et... il éclata. Larra, de retour chez lui, éclata contre sa femme. Larra se separó de su mujer y no vivió más con ella. Cambronero se separó de la suya y se fue a Manila. La de Cambronero se fue a viajar, y Larra viajó tras ella».

Sin certeza exacta de cuándo sucedió todo el complicado asunto, no debió ser muy lejano al viaje de Larra en 1835. ¿Finales de 1834 como piensan algunos? ¿Primavera de 1835, como creen otros? Da un poco lo mismo. Lo cierto es que, a partir de un momento, a Mariano José de Larra le fallan sus resortes, se le vienen abajo sus cimientos. A la frustración poética, se le une ahora la frustración amorosa, que, sin embargo, va a resistirse a aceptar.

¿Qué ha ido pasando, entre tanto, en el país y cómo ha ido encajando Fígaro los acontecimientos? El Estatuto ha revelado su ineficacia, y con ella, la división del liberalismo no ha hecho otra cosa que ahondarse. La guerra carlista continúa. Y la reflexión de Larra se va tiñendo día a día de pesimismo, de escepticismo cada vez más profundo, de una extraña conciencia de derrota.



-

Introducción

Larra en su escritorio.
Larra en su escritorio.


HAY, así, dos momentos fatales en la vida de Larra. El primero anuncia al segundo y, de algún modo, dibuja sus perfiles como en un boceto que se redondea luego dramática, definitivamente. Los dos momentos coinciden en sus síntomas aunque no en el desenlace. Larra sale del primero y sucumbe, sin fuerzas, en el segundo. Cronológicamente, los dos aparecen bastante bien delimitados: los meses anteriores al viaje de 1835 constituyen el primero; los últimos meses de 1836 y el primero de 1837, el segundo. En ambos, Larra desborda su escepticismo y su amargura aunque en el primero, eso sí, de una forma mucho más contenida. Lo que diferencia ambos momentos no es el país, sino la conciencia de Larra respecto a la salida de su crisis permanente. En 1835, aún no se ha agotado la esperanza; se quiebra, flaquea, pero no se derrumba. Basta una salida provisional, un cambio de aires —Europa, el romanticismo vivo y palpitante a través de sus protagonistas y sus escenarios naturales— para superar por un instante la crisis. Que la superación sea un espejismo sólo se sabrá más tarde, en la hora fatal y final del pistoletazo. Hay, sí, dos diferencias fundamentales, que son dos frustraciones sufridas por Larra como irreversibles: la frustración amorosa y la frustración política. Una y otra no sólo diferenciarán la última etapa larnana —Fígaro y Larra ya unidos en una única personalidad—, sino que, vinculadas al dolor de España, al patriotismo herido y destrozado, explicarán el camino hacia el suicidio.

El pesimismo de Larra tiene su inicio fundamental en los meses últimos de 1834 y va subiendo de tono hasta su abandono del país camino de la Europa del siglo. Léase, si no, con detenimiento la profunda razón contenida en «La vida en Madrid», publicado en El Observador, el 12 de diciembre de 1834. «La vida», define un Fígaro abatido por la monotonía y la ausencia de estímulos motivadores, «es un amasijo de contradicciones, de llanto, de enfermedades, de errores, de culpas y de arrepentimiento». La felicidad, en consonancia, una hermosa palabra: «me inclino a pensar que el hombre variará de vanidades, y se colocará en una escala más alta o más baja, pero en cuanto a su felicidad nada habrá adelantado». Traspasado ya el año 1834, en enero del 35, otro artículo —«La Sociedad»— vuelve a introducirnos con todo lujo de detalles en la visión crecientemente pesimista de Larra. Más que pesimismo histórico empieza ya a invadirle un pesimismo fundamental, metafísico, que, hincando posiblemente sus raíces en el suelo español, se levanta desde ellas a regiones mucho más amplias: «allí donde está el mal, está la verdad. Lo malo es lo cierto; sólo los bienes son ilusión».

Escuchemos con atención el mensaje de Larra en los primeros momentos de 1835.

La sociedad es, pues, un cambio mutuo de perjuicios recíprocos. y el gran lazo que la sostiene es por una incomprensible contradicción aquello mismo que parecería destinado a disolverla; es decir,el egoísmo (...). Esa es la sociedad; una reunión de víctimas y de verdugos. ¡Dichoso aquel que no es verdugo y víctima a un tiempo! ¡Picaros, necios, inocentes! ¡Más dichoso aún si hay excepciones, el que puede ser excepción!»

Larra, autor romántico: Macías

En cierto modo, por aquel entonces se había alcanzado el primer límite: Dolores y Mariano descubiertos, y su amor, a partir de ese instante, más clandestino e incómodo; el país, sin perspectiva. Durante 1834, sin embargo, Mariano José de Larra, ha escrito lo más granado de su producción estrictamente literaria: una novela y un drama, ambos muy vinculados a la obsesión personal que le abruma. El Doncel de don Enrique el Doliente, su única novela, es un relato a la manera de Walter Scott, esto es, en la línea romántica de la novela histórica. Es el amor imposible de Elvira (casada con un hombre al que no quiere por mor de la obediencia al padre), y Macías, el trovador enamorado, también protagonista del drama que estrena, con éxito regular, en el teatro del Príncipe. No es «El Doncel» una gran novela, aunque si una novela correcta en su estilo, que revela, sobre todo, un escritor riguroso, dado al experimento aunque, tal vez, demasiado encorsetado en los límites del género y en la pasión de parecer de su tiempo.

«Macías», el drama, recupera el mismo personaje y la misma problemática. No se trata, tampoco, de un texto extraordinario y, como escribe un crítico teatral contemporáneo, José Monleón, «apenas hay (en él) nada que sobreviva». Aunque Larra pretende con él el logro de una originalidad literaria — «quien busque en él el sello de una escuela, quien le invente un nombre para clasificarlo “se equivocará”»— todo el drama recuerda otros mejores que él. Poco inspirado como versificador, «Macias» está repleto de convencionalismos y concesiones a la moda imperante sin que aliente en él, propiamente, ningún destello especial de genialidad, de talento. Como dramaturgo lo mejor de Larra es su adaptación de «No más mostrador». En esa línea pudo hallar Larra un camino mucho más fecundo que en su monótono deseo de acercamiento a los temas históricos a través del verso huero y ampuloso.

Larra, como Macias, su doble personaje, estaba, en 1835, enfrentado a la necesidad de dar vida a un amor imposible. A medida que avanza 1835, el cansancio se va apoderando de él. Solo ya. Dolores Armijo es para él todavía una esperanza. Pero su hastío es cada día más evidente. El país no cambia y Fígaro se cansa de repetir de mil maneras un único y desolado argumento. Por otro lado, el gabinete Martínez de la Rosa hace agua desde la segunda semana de mayo, cuando la oposición exaltada ha puesto en serias dificultades su continuidad. La guerra prosigue y la negativa francesa a relanzar la Cuádruple Alianza pone definitivamente en entredicho al autor del Estatuto Real.


Larra contra Martínez de la Rosa

Fígaro, en medio de las dificultades, se está viendo obligado a ser, otra vez, un escritor de costumbres. Con todo, su causticidad ante la política del justo medio, no decrece. Días antes de caer para siempre el gobierno de Martínez de la Rosa, escribía Larra en «Un reo de muerte»:

Sonó el primer arcabuz de la facción y todos volvimos la cara a mirar de dónde partía el tiro: en esta nueva representación, semejante a la fantasmagórica de mantilla, donde empieza por verse una bruja, de la cual nace otra y otras, hasta multiplicarse al infinito, vimos un faccioso primero, y luego vimos un faccioso más, y en pos de él poblarse de facciosos el telón. lanzado en mi nuevo terreno esgrimí la pluma contra las balas, y, revolviéndome a una parte y otra, di la cara a dos enemigos: al faccioso de fuera, y al justo medio, a la parsimonia de dentro.»

El justo medio es ya enemigo abierto. Con gracia, comentará un día en uno de sus Rehiletes que aquellos que piensan en el Estatuto como una obra perfecta lo lean, sin duda, en italiano: stá tuto. Larra no perdona a Martínez de la Rosa haber defraudado sus esperanzas con el ritmo cansino del gobierno, haber puesto en cuestión, además, la propia causa liberal. Hay unas frases en el artículo citado verdaderamente expresivas de lo que venimos afirmando:

Es bueno tener entendido que en política se llama orden a lo que existe; y que se llama desorden a este mismo orden cuando le sucede otro orden distinto.»

Todo es, pues, semejante. El liberalismo recién llegado yugula, como el absolutismo de otro tiempo, la libertad de expresión. Ha aparecido otra vez, todopoderosa, la censura. Y otra vez Larra se revela contra ella con todas sus fuerzas. El 11 de junio cae, por fin, Martínez de la Rosa y sube a la presidencia el Conde de Toreno: los exaltados están ya en el poder y un hombre, ahora ministro de Hacienda, Juan Alvarez Mendizábal, va a ser muy pronto su encarnación política más pura.




-

Introducción

A Fígaro le falta el aire; se ha quedado como flotando en el vacío, sin respirar bien. Poco a poco se le han ido cayendo al suelo los recursos para su soledad victoriosa: la familia es, ahora, el recuerdo de un fracaso. Los hijos, sobre todo, le muestran el duro precio de su matrimonio sin éxito y, por lo que sabemos, irradian hacía él una culpabilidad que no logra evitar nunca. Escribir es cada vez no ya una rutina sino un difícil acto de fe. Y Larra nunca supo disimular. Cuando le falta el entusiasmo, decide callar. No sólo es la censura (o las dificultades para decir la verdad que luego diría Bertolt Brecht), ni aún la autocensura; es algo peor, si se nos apura: la desgana, el cansancio.

La necesidad de salir fuera

Dolores se ha ido de Madrid. Y Larra, tímidamente casi, va tras ella. El punto de encuentro, a lo que parece, va a ser Badajoz. Por de pronto, pues, Larra deja un poco de ser el Fígaro galante e insidioso y abandona el Madrid de sus éxitos y desplantes cotidianos. La amistad del Conde de Campo Alange va a ser decisiva en esta etapa depresiva de Larra. Tal vez tuvo en él nuestro hombre su mejor y aun su único amigo. Con Campo Alange parte hacia Extremadura, y en el campo, con el horizonte inmenso de las tierras extremeñas, seda Larra su pasajera crisis. En el primero de los dos artículos dedicados a «Las antigüedades de Mérida», aparecidos en la Revista Mensajero los días 22 y 30 de mayo de 1835, se pregunta Fígaro:

Qué hago yo en madrid —exclamé una mañana, después de haberla rodado en todas direcciones— en este Madrid, tan limitado como todas nuestras casas, en el cual no puede uno echarse a la calle un día con ánimo de andar sin encontrarse a los cuatro pasos con la puerta de Atocha o la de Alcalá, con el campo de los Moros o la Pradera de los guardias? En este Madrid que sólo se puede comparar en esto con nuestra libertad, dentro de la cual no puede uno aventurarse a moverse sin tropezar con una traba? ¿Qué hago en Madrid?, me dije. Primero es preciso saber si hay alguien que haga algo en Madrid: no quepo en el teatro; no quepo en el café, no quepo en los empleos; todo está lleno, todo obstruido, refugiado, escondido, empotrado en un rincón de la Revista Española... J’étouffe. ¡Fuera, pues, de Madrid!

No Bien lo había dicho, un mozo llevaba ya del brazo el equipaje de Fígaro, más ligero que unas poesías fugitivas. Una lente para observar a los hombres, recado de escribir para bosquejarlos, y un buen o mal humor para reírme de los más de ellos.»

El texto entero de «Las antigüedades de Mérida» revela el amor larriano hacia España, la pasión por su patria. Se trata, claro, de una pasión crítica y de un amor dolorido. Mérida, la Emérita Augusta romana, es para Larra una metáfora excelente: como el país de hoy es, ante todo, pasado, fastuoso pasado. Viajando por la España de 1835, camino de Extremadura, el corazón de Larra se entristece: «¿Ni habitaciones, ni pueblos? ¿Dónde está la España?». Pregunta inmensa que asoma a sus labios desde el paisaje desolado de Castilla, a medida que su carruaje avanza lento hacia el destino extremeño. Cuando divisa, tras «tres días de rodar por el vacío» una magnífica población, vuelve a preguntarse: «¿Hay hombres por fin allí (...)? No, los ha habido». Larra está ante Mérida. Y Mérida, en suma, no es sino una hermosa mina, un bello recuerdo, el esplendor fulgurante del ayer.


Extremadura, un alto en el camino

Aquellos días, Martínez de la Rosa vive sus últimas horas de gobierno. Mientras tanto, Larra, junto a Campo Alange, recupera el pulso perdido. Vive allí momentos de necesario reposo, de silencio, de calma. Pero Extremadura sigue siendo España y Larra decide dar un salto mayor: salir a Europa, abandonar durante un tiempo el provincianismo español. El pretexto para su salida es un viaje de negocios, el arreglo de cierto no bien conocido asunto. Por primera vez desde que regresó del exilio familiar —y siendo ya Fígaro—, Mariano José de Larra deja España. El tiempo le convencerá de que se trata de un respiro. En las «Impresiones de un viaje» — Revista Mensajero, 19 de julio— describe el escritor su sensación cuando ve perderse el paisaje del país en lontananza:

Ra el 27 de mayo; el sol empezaba a dorar la campiña y las altas fortificaciones de badajoz; al salir saludé el pabellón español, que en celebridad del día ondeaba en la torre de palmas. media hora después volví la cabeza: el pabellón ondeaba todavía; el caya, arroyo que divide la españa del portugal, corría mansamente a mis pies; tendí por última

vez la vista sobre la Extremadura española: mil recuerdos personales me asaltaron, una sonrisa de indignación y de desprecio quiso desplegar mis labios, pero sentí oprimirse mi corazón y una lágrima se asomó a mis ojos.

Era minutos después, la patria quedaba atrás y arrebatado con la velocidad del viento, como si hubiera temido que un resto de antiguo afecto mal pagado le detuviera o le hiciera vacilar en su determinación, expatriado corría los campos de portugal. entonces, el escritor de costumbres no observaba: el hombre era sólo el que sentía.»

¡Europa, al fin!

Del escritor al hombre. Larra llegaba a Europa para sentir el tiempo, para curar su irrenunciable patriotismo del espacio con el patriotismo del tiempo que siempre preocupó a Gregorio Marañón: Portugal, primero, Londres, Flandes y, por fin, París será el itinerario de este viaje larriano que dura desde los últimos días de mayo a los también últimos de diciembre, esto es, siete meses. Las impresiones del hombre —el escritor se hallaba ahora en segundo plano, para reaparecer luego con más fuerza que nunca— las conocemos, aunque parcialmente, por las cartas que dirige a sus padres y a Delgado, su editor.

Desde Portugal, con el corazón herido y una cierta aunque aún no desmedida añoranza de España, escribe a Ventura, contertulio de El Parnasillo, amigo y compañero en la redacción de la abigarrada Revista Española: «Lisboa es una capital suntuosa, pero el pueblo más sucio del mundo y de mayores distancias, de suerte que no se puede salir a pie (...). El Teatro portugués es tan despreciable como todo Portugal».

Poco tiempo esperó Fígaro vivir en la capital portuguesa. Su plan de viaje está ya meditado y resuelto. En la carta a Ventura traza con vigor el itinerario: Londres, Amsterdam, Ostende, Bruselas. El rodeo está bien estudiado. No hay prisa y Larra quiere empaparse de Europa. Con todo, su estado de ánimo empieza a renquear desde los inicios del mes de mayo. Apesadumbrado, anota al amigo, mirando hacia dentro de sí mismo: «Si tuviese mi corazón satisfecho sería un viaje delicioso el que voy haciendo, pero como voy lleno de disgustos, te aseguro que viajo como viaja por el monte un corzo que va herido de muerte; como y bebo para distraerme, y aunque tengo abiertas las mejores sociedades, hago en ellas el papel de una estatua. Si toda la vida ha de ser como la que llevo vivida, te aseguro que para mí ya es bastante».

Semejante estado de ánimo se va a acentuar, si cabe, en Londres, a donde arriba a finales de mayo.

Portugal fue tan sólo un paso obligado. Propiamente hablando, la primera escala del viaje fue Londres. Mariano José se había visto en Badajoz con Dolores Armijo y, en virtud de lo que sucedió más tarde, su relación —bien que con sumas dificultades— proseguía. Desde Lisboa le invaden los recuerdos del amor lejano. Pero su necesidad de entrar en paréntesis europeos, incluso, superior a la de soñar de cerca con una Dolores convertida ya en mito. La capital inglesa, donde no llega a estar un mes, produce en Larra una impresión de ciudad monumental:

París—escribe en una carta a sus padres desde Inglaterraes indudablemente al lado de esto un pueblo mezquino: es imposible dar un paso a pie, y en este sentido puedo decir que no he puesto el pie en Inglaterra: ello es un caño de plata para el bolsillo: pero si se paga, se disfruta...»

Fuera de España, Larra sigue preocupado, casi obsesionado por el tema español. En Londres vive entre españoles, y con ellos comparte el pesimismo propio de los exiliados al que él, seguramente, aporta dosis de veracidad. Vive España tal vez más objetivada, pero con la misma tonalidad angustiada de un mes atrás: «Aquí reina la mayor desesperación con respecto a las cosas de España», escribe sin tapujos, añadiendo luego los detalles concretos de una preocupación que no le abandona en absoluto. Desde Londres, Larra se apercibe con fuerza de lo difícil que le es renunciar a su mundo de antes. Y el problema no es ya sólo intelectual, sino personal. En la carta a sus padres antes señalada hay unos párrafos extraordinariamente importantes para medir la experiencia inglesa de Mariano José de Larra:

Confieso que el aspecto de londres entristece más que alegra. ¡se ve uno tan pequeño en él! ¡es uno tan nadie! por otra parte, yo creía que el viajar me distraería de mis disgustos; pero en madrid, donde veía diariamente a mis amigos y amigas, donde era obsequiado y tenido en algo, esto mismo no permitía estar siempre enteramente solo. por el contrario, mientras más me alejo, más objetos veo; pero como ninguno de ellos está ligado a mí, no sirve más que para recordarme que estoy solo, en una palabra, estoy en londres cara a cara conmigo mismo, y este es el mayor trabajo que me podía suceder, porque, a decir verdad, no me gusto gran cosa.»

Es como si Larra no pudiera ser ahora Fígaro y esa imposibilidad le doliese. El escritor se había quedado sin defensas. Más solo que antes, frente a su intimidad. Cara a cara consigo mismo, en sus propias palabras. O, dicho de otro modo, sin máscaras. Larra ha intentado evadirse y encuentra que su deseo se ve truncado. No puede huir de sí mismo. La distancia, el alejamiento, lejos de ser un bálsamo a su deteriorada situación personal, son como un espejo perfecto que le devuelve puntualmente su imagen. En Londres, fuera de su mundo, el «yo de la conversación» de que hablaba Valery desaparece; queda, tan sólo, el yo desnudo. Larra, acostumbrado a estar de cara a los otros, viviendo extravertidamente, definiéndose a favor o en contra, está ahora cara a sí mismo; solitario entre otros, no sabe ser un solitario puro. Y la soledad se vuelve contra él. Poco tardará en huir de su huida o, lo que es lo mismo, en volver a ser Fígaro. Pero el viaje prosigue. Queda, en definitiva, por resolver lo que es su verdadero pretexto, muy explícito en la carta a sus padre, fechada el 27 de mayo: «Saldré el 30 de éste para Calais a bordo de un vapor; llegará la noche del 30 al 31; el 31 tomaré la posta y llegaré a Iprés por la noche; por consiguiente, el primero de junio tendré el honor de comer con nuestro hombre. Sospecho que un par de días bastarán para el negocio; salga bien o salga mal despachado, inmediatamente escribiré a ustedes el resultado, y si habla, su señoría, en plata, recuperaré dignamente mi carta».

Tal era, pues, el motivo del viaje larriano: cobrar en la capital del Sena una deuda contraída por un «nuestro hombre» con su padre. Motivo, como se ve, muy alejado de una larga y pormenorizada estancia. Lo que, hablando con propiedad, era cuestión de unos pocos —y protocolarios— días se convierte, por mor de la necesidad que acusaba Larra de salir a la Europa del tiempo, en muchos meses.

París: Fin de trayecto

Si Londres ha sido dentro de él una escala difícil, cabe pensar que París, su París de la infancia, cambie sustancialmente el desolador panorama. Llega a París Larra, en su segunda estancia, cuando Martínez de la Rosa ha caído ya y el conde de Toreno lleva las riendas españolas en sus manos. ¿Curará París la sensación entre apesadumbrada y nostálgica del escritor? ¿Sabrá encontrar en la ciudad del Sena el calor que le faltaba a Londres? En principio, París parece poseer notorias ventajas para un «afrancesado» como Larra que, además, de haberse educado en Francia está impregnado a fondo de cultura francesa.

Sin embargo, Larra afrancesado en España —al decir de los que sólo ven la superficie de las cosas— es un español de arriba abajo en el París mítico del Romanticismo. De algún modo, la salida al exterior le sirve a Larra para ratificar su españolidad, para sacar a flote esa vocación irrenunciable de España. Y eso que París acaba abriendo sus puertas de par en par al periodista español que tan hondo lleva metido el universo romántico que sirve a todos como bandera. Amigo de los más grandes escritores franceses de la época, la estancia parisina de Larra le fuerza a intentar tutearse con los genios oficiales de movimiento. Poco a poco escala posiciones en las tertulias. Una carta al editor Delgado, fechada el 20 de agosto de 1835, nos clarifica y testimonia la inmejorable posición de Mariano José de Larra en el mundo literario parisino. Nodiér y Taylor, conocidos editores, le han ofrecido una colaboración sistemática. Se trata, escribe, «de una descripción de los principales pueblos de España, sus monumentos antiguos y modernos y el estado de nuestras costumbres; un estudio sobre nuestra literatura y nuestro teatro desde principio de siglo hasta nuestros días. Y, orgulloso, añade: «Puede usted poner esto en conocimiento de Breton, de Vega y demás, por si les puede servir de satisfacción. Ya pueden calcular que como español y como amigo habrétratado de dar todo el realce posible a nuestras cosas y a ellos mismos».


España, desde el Sena

Larra tiene, en cierto modo, el éxito al alcance de la mano. Se halla —conviene no olvidarlo— en la capital literaria del mundo, en el centro desde donde se irradia influencia y notoriedad. Un cierto esfuerzo calculado y el triunfo pudiera ser más que una palabra persuasiva. Mas Larra ha llegado para respirar, tomar oxígeno y regresar. La ausencia de «su» mundo le acerca más a él, le sitúa con mayor énfasis en su retorno. Y en la misma carta que contiene la descripción de su relativo confort, Larra se confiesa con el editor poniéndole sobre la superficie su sensación más auténtica:

Pienso en mi españa ahora más que nunca, y la considero siempre como mi cuartel general.»


¿Qué sucede, entre tanto, en la España que añora tanto Larra? El 7 de junio es aceptada por la Regente la dimisión de Martínez de la Rosa y el conde de Toreno, ministro de Hacienda en el gabinete anterior, se encarga de formar Gobierno. Los inicios de Toreno en el poder son un indicio de que intenta contentar a la facción exaltada que tanto presionaba antes, y así, el 4 de julio dicta un Real Decreto extinguiendo los dominios españoles de la Compañía de Jesús, al que siguió, días después, la supresión de conventos y monasterios que careciesen de al menos 12 profesores. España vive una nueva oleada anticlerical. Pero el conde de Toreno estaba llamado a ser un hombre de transición. La situación económica era desastrosa y la Deuda pública superaba los cuatro millones de reales. El proceso de industrialización apenas si se había iniciado y el estado del agro se aproximaba al caos. Las guerras carlistas y la emancipación de las colonias americanas agravaban al máximo los signos desfavorables de la coyuntura económica. El país necesitaba un cirujano, un mago casi, capaz de revitalizar el pulso de un enfermo crónico y devolver a los progresistas la confianza perdida en el Nuevo Régimen. El hombre se llama Juan Alvarez de Mendizábal que, ministro de Hacienda con Toreno, forma gobierno, al fin, el 15 de septiembre de 1835. Llegaba de Londres, donde se hallaba exiliado, en el mismo junio. Mendizábal, un malagueño cuyas vinculaciones con el mercantilismo inglés eran evidentes, había visto subir su estrella de forma expresiva en muy poco tiempo. Su nombramiento clavaba sobre él las miradas atentas, excepctantes y, de nuevo, confiadas, de una gran cantidad de españoles.

Larra mismo, desde la lejanía, aviva su fe ante el cambio de signo. Escéptico en profundidad, como escribe Umbral, «el encuentro con Europa (...) no ha hecho sino ahondar su nihilismo». Pero en septiembre, con Mendizábal ya en la Presidencia, la idea del retorno parece adquirir, en medio de su hondo pesimismo, perfiles nítidos. En una carta fechada en París el 24 de septiembre que tiene a sus padres como destinatarios, puede advertirse ese amasijo de contradicciones que define el estado de ánimo de nuestro hombre:

Con respecto de la vuelta a españa, vuélvame yo abogado o cosa peor si la hay, no sé cuando será; no he reflexionado en eso seriamente; pero de todos modos suplicaría a ustedes una cosa si mudan de domicilio y van a plasencia: figúrense ustedes que he muerto y no hablen nunca de mi vuelta. conténtense con decir que tienen un hijo en parís y que no saben cuándo volverá; pero nada de Fígaro ni de que hace versos ni de que escribe para el público. Yo me entiendo; hasta para ustedes puede ser útil esto algún día. Por lo demás, el fin de las cosas de España, tan incalculable a los ojos de ustedes está ya calculado; y como la ocasión es calva, pienso recoger el único pelo que presenta. Fíjense ustedes en mi prudencia y en que conociendo el mundo demasiado bien, por desgracia, no será la fe (que no tengo en ninguna opinión política) ni la ceguedad de partido, ni la precipitación, la que me comprometa. Es preciso acostumbrarse a considerar la vida como una partida de ajedrez; ni los hombres tienen más valor que los muñecos de palo ni una desgracia es más que una mala jugada.»

Pero en otro párrafo señala con más claridad: « Vistas las cosas de España, después de haber calculado que hacer fortuna aquí es imposible, porque me falta la fe, es decir, la voluntad de amarrarme a la cadena en París muchos años para lograr o no lograr lo que en España tengo ya conseguido, visto que ha llegado el momento de que mi partido triunfe completamente, no quiero verme detenido aquí por un negocio que debía estar acabado hace mucho tiempo.»


Un retorno indetenible

A finales de septiembre, las ideas de Larra andan confusas y hay algunos párrafos de la carta a sus padres verdaderamente enigmáticos y desconcertantes. Con todo, el retorno a la España de Mendizábal (que, sea dicho en honor a la verdad, aún no ha descubierto las cartas esenciales de su política) aparece como algo más que posible. París no le ofrece al escritor un futuro en exceso halagüeño. ¿Luchar de nuevo, abrirse camino? El espíritu de Larra no se halla demasiado proclive a esa dura prueba aun a pesar de que existen síntomas de poder atravesarla con éxito. En el fondo, Larra desea seguir siendo Fígaro. Y Fígaro es sólo posible del todo en Madrid, en el Madrid mediocre y añorado a un tiempo.

Por todo ello, el final está próximo. Umbral ha visto con lucidez esa doble faz del Larra que regresa de Europa, como el mismo Fígaro dirá luego, con «medio París en la maleta». Escribe Umbral: «El es un afrancesado que necesita pasear todos los días por la calle de la Montera (...). Larra es ciudadano de Madrid. Y ahora lo sabe. Trae de Europa un oscuro y amargo convencimiento de que su puesto está aquí. Esto le conforta tanto como le conforma; le reafirma tanto como le limita».

Una inesperada enfermedad le obliga a permanecer en Francia algún tiempo. Pero, curado ya, emprende el regreso en diciembre de 1835. Viene a ser otra vez Fígaro. Un Fígaro que reaparece con fuerza en el escenario de sus éxitos. Fígaro crecido por Europa, español por vocación y voluntad, romántico por convención racional. De nuevo, Fígaro dado al mundo. Poco más de un año va a mantener en pie sus razones debilitadas por el cansancio, la amargura y el escepticismo. Ahora, de momento, se halla en Madrid. No va a salir nunca más de su ciudad natal. Nos hallamos ante las horas decisivas de la vida de Larra. Por delante, un año en el que cada minuto cuenta con valor excepcional para la historia y la crónica. Un año en el que se condensa toda una vida.


La ausencia y la familia

Hay cosas que desde fuera han adquirido para Larra un valor más real. Alejado de Madrid, en el horizonte de una Europa bulliciosa —Víctor Hugo, Scribe y Casimiro de Vigne como estrellas rutilantes—, Mariano José de Larra ha vivido con objetividad los perfiles de su drama. No es sólo ya que carezca de raíces. Es que, además, tiene a aquellas alturas de su fulgurante biografía, ataduras. Su fracaso con Pepita Wettoret se agiganta en la medida en que ha tenido con ella tres hijos —Luis, Adela, Baldomero—, a cuyo mantenimiento de alguna manera está obligado. Los dos mayores viven a la sazón con sus padres y Larra se desazona de poder enviar dinero para su sostén. En el otoño de 1835 escribe de nuevo Mariano José a sus padres. Y les pregunta, atenazado por la preocupación: «¿Saben ustedes algo de mi difunta? No me interesa mucho, pero quisiera saber si ha incomodado a ustedes. Para mí, nada importa; sólo siento tener hijos y que ustedes no sean ricos y más independientes, en esto soy un buen cristiano, y como estoy viviendo del milagro desde el año veintiséis, me he acostumbrado al día de hoy como al último».

Pepita Wettoret es ya su «difunta», un agrio recuerdo que, sin embargo, le obsesiona irremediablemente. Larra ha pagado muy caro su fracaso matrimonial. Antes de partir para España pone al descubierto el precio de esa derrota que no fue sino el fruto áspero de su inmadurez. No considera a Pepita Wettoret su mujer ni espera bajo ningún pretexto retornar con ella. Pero, temiendo que Pepita no reciba ayuda, le quita el sueño la suerte de sus hijos. Delgado, su editor, recibe confidencias evidentes a este respecto. He ahí una razón más para un regreso necesario al que ya no le caben aplazamientos. Del Sena a la Puerta del Sol, tras siete meses de andanzas por Europa.



-

Introducción

Antonio Garcia Gutiérrez, escritor y actor. Retrato hecho por F. Madrazo.
Antonio Garcia Gutiérrez, escritor y actor. Retrato hecho por F. Madrazo.


MIL ochocientos treinta y seis es el año largo de la vida de Mariano José de Larra. Doce meses tan sólo que, aceleradamente, vertiginosamente, significan toda una existencia atormentada, difícil. Llega Mariano José a Madrid en los últimos días de 1835. Recupera, rápido, el pulso de la ciudad. Se prepara, en suma, de nuevo, para ser el Fígaro temible de antes. Con la ausencia, su reputación literaria y periodística ha crecido. Madrid, que ha ido siguiendo con cierto misterio sus pasos europeos, esperaba su regreso y le recibe con los brazos abiertos, dispuesto a entregarse con facilidad a su pluma mordaz, a su ingenio crítico. Está Mendizábal en el Poder y la familia liberal pulula gozosa por las tertulias mostrando más su alegría que su esperanza.

Preparándose para reencarnarse en Fígaro, Larra apuntala su inmediato futuro. Un extraordinario contrato para colaborar con El Español —«20.000 reales al año y obligación de dar dos artículos por semana», cifra verdaderamente prodigiosa para la época— le garantiza un presente sólido a la par que la envidia y la admiración de sus colegas. Con aquel sueldo fijo, el viajero de antes se estabiliza ahora, cambiándose, al fin, de casa. En una carta dirigida a sus padres, fechada el 8 de enero, escribe Larra:

Me he mudado a la calle caballero de gracia, número 21, esquina a la del clavel, cuarto principal, donde tengo una espaciosa habitación que ofrece cuantas comodidades puedo apetecer para mí, y aun para ustedes si se les ocurre, como pueden, venir un par de días o el tiempo que gusten a madrid. sobre todo no deben olvidar que tengo en un despacho una hermosa chimenea francesa bien nutrida.»

Nueva ?y patriótica? presentación

Instalado en el centro de la urbe confortablemente, Fígaro reaparece el 5 de enero en las columnas de El Español. El primer artículo de su nueva serie —«Fígaro de vuelta»— nos muestra un hombre esperanzado ante el país, en el que brilla la alegría de hallarse de nuevo en su ambiente, entre los suyos:

Loco estoy del gozo y del contento. digan lo que quieran acerca de la superioridad de otros países, la patria es para un español más necesaria que una iglesia.»

Todo el artículo, montado sobre la figura retórica de una carta a un amigo residente en París, es tanto una declaración de intenciones como un análisis de su visión de la realidad española. ¿A qué volver, por qué, para qué? Una a una, Fígaro, va respondiendo a todas las preguntas con una gracia extraordinaria:

¿a qué he de volver a mis antiguas mañas, amigo mío. te confieso que no lo puedo remediar. ¡diez meses sin murmurar! ¿Fígaro diez meses sin curiosear los enredos de su barrio, sin hacer la oposición a nadie, sin criticar a cómico viviente, sin probar un buen garbanzo, sin tomar una mediana jícara de legítimo chocolate ni ver el sol de Castilla? ¿Fígaro diez meses sin divisar una mantilla madrileña, ni una palidez valenciana, ni un sólo pie andaluz? ¿Un año casi sin pararse en la Puerta del Sol, ni en otra puerta alguna, embozado en la nube sin ir al café del Príncipe, sin asistir a una sesión del Estamento; diez meses, en fin, sin ver una Real Orden, ni columbrar un procer?»

Ya está aquí otra vez Fígaro, de vuelta a sus antiguas mañas y curiosidades. Ha reaparecido el periodista brillante, el crítico agudo, el escritor de costumbres, el comentarista político. Larra ha venido a Madrid con la idea de superar su crisis por el peor de los caminos: olvidándose de ella, sepultándola. De algún modo deja Europa porque le coloca frente a sí mismo un espejo que refleja con mucha fidelidad una imagen de sí que no le gusta. No le gusta, habría que añadir, a pesar de ser la verdadera. ¿Qué hace Larra? Quita de su lado el espejo y se disfraza de Fígaro: el éxito, la admiración, el brillo, el resplandor de su figura tiñendo con su nombre la actualidad madrileña. Fígaro es, también, la pasión por la escritura, la libertad y la verdad y por eso, en buena medida, reaparece:

¿para qué para escribir, ahora que la libertad de imprenta anda ya en españa en proyecto. ¡y qué proyecto! tal y tan bueno, que acerca de él sólo he de escribirte una gran carta, por no caber en ésta los muchos y francos encomios con que le pienso glosar y comentar. ¡yo, que de calomarde acá rabio por escribir en libertad!, ¿no había de haber vuelto aunque no hubiera sido, sino para echar del cuerpo lo mucho que en estos años se me quedó en él, sin contar con lo mucho con que se quedaron los censores (...). viniera yo cien veces, aunque no fuera, sino para hablar y volverme.»

Y como en los primeros tiempos del Estatuto, cuando Larra elogiaba (y mostraba su confianza) a Martínez de La Rosa, el Fígaro recién llegado, un poco entre el asombro y el entusiasmo se escribe a sí mismo estos párrafos expresivos:

Por lo que hace al gobierno, te sabré decir que hasta ahora caminamos de milagro en milagro. en el ministerio se cuentan tres personas distintas, pero en realidad no componen más que un sólo ministro verdadero: es el mejor ministro que hemos tenido; dicen sus pocos enemigos que no le falta más que hablar; pero es lo que yo digo: obras son amores y no buenas razones. si sigue así me temo que presto se me va a acabar el oficio, las juntas sometidas, el crédito levantado, la facción abatida, la quinta verificada, hallados, al parecer, recursos en tal penuria, y esperanzas aún mejores para lo sucesivo son cosas que hacen bastantemente su elogio. así que todos hemos abandonado ahora la oposición (...). todo lo más a que podría extenderse mi ministerialismo, siempre que por alguna casualidad demos, como ésta vez, con un buen ministro, sería alabar lo bueno que haga, con la misma independencia que siempre gusté de criticar lo malo.»


Un manifiesto romántico

Ahora, como antes, surge inevitable la pregunta: ¿hasta cuándo va a durar esa fe de Larra? ¿Cuánto tiempo va a tardar «el ministerio Mendizábal» en destruir las esperanzas de aquel Fígaro que reaparecía ilusionadamente en los primeros compases de 1836? Pero antes de responder a la duda con la evidencia de los hechos, veamos algunos síntomas más de su entusiasmo inicial. El 18 de enero publica Fígaro en «El Español» un espléndido ensayo — «Literatura» es su escueto título— que viene a ser, a la vez que una magistral síntesis del pasado literario español, un magnífico manifiesto-programa del Romanticismo que ilumina a Larra. En él pedía, con pasión casi juvenil, «echar los cimientos de una literatura nueva, expresión de la Sociedad nueva que componemos, toda de verdad, como es de verdad nuestra Sociedad sin más regla que esa verdad misma, sin más maestro que esa naturaleza joven, en fin, como la España que constituimos». Tras de lo cual proclama a los cuatro vientos la bandera romántica con estas palabras definitivas:

Libertad en literatura, como en las artes, como en la industria, como en el comercio, como en la conciencia. he aquí la divisa de la época; he aquí la nuestra, he aquí la medida con que mediremos; en nuestros juicios críticos preguntaremos a un libro: ¿nos enseñas algo ¿nos eres la expresión del progreso humano ¿nos eres útil pues eres bueno.»


He ahí la enseña de Larra, que luego repetirá en su célebre crítica a «Antony», el drama famoso de Alejandro Dumas. En esas frases breves se condensa la actitud romántica por excelencia, el romanticismo puro que en España encarnan Larra como prosista y Espronceda como poeta. Estamos ante el teórico ilusionado con ver hecha realidad su idea. El mismo que, mes y medio después, saludará con elogios la representación de «El Trovador» de Antonio García Gutiérrez, en quien ve Larra, convertido en real, su sueño teórico. García Gutierrez un desconocido, puede decir en voz alta, piensa Fígaro, que es hijo del genio y «aristócrata del talento», expresiones ambas que definen por encima de ninguna otra los deseos del creador romántico.

Larra trae, pues, en su fulgurante reencarnación figariana, todo un proyecto que consumar; literatura, nueva para una sociedad nueva; literatura libre, expresión de una sociedad libre. La creación no es sólo, pues, un mecanismo de defensa, sino también un motor capaz de transformar la realidad. Así la entiende Larra. Pero él sabe, porque es riguroso, que existe una inevitable relación entre literatura y sociedad, razón por la cual, hay que luchar para cambiar ambas, por sentar las bases de una sociedad nueva que se exprese a través de una literatura nueva. Una vez más Larra demuestra ser un romántico consciente.


Cambio de signo en el horizonte

Poco iban a tardar las cosas en modificar el humor de Fígaro. El 30 de enero de 1836, «El Español» publica la segunda carta al amigo parisino: «Buenas noches», como título genérico. Han transcurrido algo más de tres semanas desde la primera. No demasiados días, si bien se mira, pero suficientes para ver reducido sustancialmente el optimismo. Más que de una aseveración firme, Fígaro proyecta aquí una profecía, fruto de su intuición, sobre el ritmo de los acontecimientos. Veamos cómo comienza a deteriorarse su entusiasmo:

Si reflexionas, en fin, que en el día cuantos artículos podemos hacer han de reducirse a artículos de fe o de esperanza, no extrañarás que me decida por las cartas. aquí para entre los dos, quiero que me llamen partidario del estalento que nos rige, si sé hacer artículos de fe; porque aunque siempre se ha dicho que vivimos en país de ciegos (...), dígote francamente que yo no veo el tuerto que ha de ser rey. ==


Hazlos, pues—me dirás—, de esperanza, que de esos les hacen los demás.

Y yo también les haría, amigo mío. ¡así la tuviera!»


El diagnóstico de Fígaro no puede ser más expresivo: de nuevo nos hemos quedado a oscuras en el país; otra vez, en suma, caminamos como sombras en medio de las tinieblas. Larra echa su vista atrás para analizar qué pasa en este país donde las esperanzas nunca acaban por ser realidad. Pocos artículos tan lúcidos como este «Buenas noches» entristecido que envía Larra a su interlocutor parisino. Pocos en los que brille con tanto esplendor la capacidad analítica del escritor y su facilidad para comunicar a los lectores el mensaje de su pluma dolorida. A estas alturas Larra no es sólo ya un periodista con todos los recursos expresivos a su alcance. Es, además, un magnífico pedagogo que sabe, con una rara habilidad, enseñar deleitando, conducir al lector al corazón de su discurso y mostrarle la esencia que subyace a las anécdotas. Como los grandes pedagogos utiliza el ejemplo que dota de sentido gráfico al mensaje, que graba en quien lee, mediante el simil, la verdadera síntesis del artículo. Por eso hoy Larra constituye para los historiadores un manantial de sugerencias.


España, 1812-1836

«Buenas noches» es, con independencia de sus valores literarios, una magistral lección de historia escrita por un periodista señero. Así explica Larra la realidad española desde 1812 a 1834 a un supuesto pariense despistado:

Figúrate, amigo mío, que eres sastre, y que le haces a un niño de siete años un uniforme de consejero; ¡claro está que ha de venirle ancho! tú, sastre, entonces, dices: «vea usted, qué niño tan torpe, le hago un uniforme de consejero, tan hermoso y tan bordado, y al muy necio no le viene.»


Coges el uniforme, desprecias al niño y te vas. a los siete u ocho años vuelves con el mismo uniforme, y el niño tiene quince.


¿ancho todavía? —exclamasesto no se puede aguantar. Si el uniforme está lo mismo, ¿cómo no le viene? Está visto que este muchacho no sirve para consejero. Es un sandio.

Vuelve a tu taller y, escarmentado de las pasadas experiencias, hácesle una bonita envoltura, y vuelves con tu lío debajo del brazo a los diez años, y entonces el muchacho tiene ya veinticinco.

¡qué diantre! —gritas asombrado—; este muchacho es el diablo, ¡tampoco le viene la envoltura! ¡Ay! ¡ay! ¡ay! Pues, señor, es investible, y coges y le dejas en cueros.

Vive dios, señor sastre qué consecuencia y qué tijera!»


El Estatuto Real, con el cual pretende Mendizábal proseguir la andadura española, es el envoltorio del relato, del mismo modo que la Constitución gaditana es el uniforme confeccionado antes de tiempo. Ambos han acabado por dejar al pobre niño (luego oculto) en cueros. Ese adulto al que alguno todavía creen niño es España, la España de la que Larra se convierte en apasionado abogado defensor denunciando a los cuatro vientos las maniobras arteras de los sastres. Fígaro, que en la carta anterior decía graciosamente haber abandonado la oposición ante aquel milagro, vuelve a cargar su pistola contra el Poder. Lo ha hecho obligado por el peso de las circunstancias. Aun así, la crítica es todavía leve y más que a Mendizábal se orienta hacia la misma situación, porque Mendizábal, como le hubiera acontecido a cualquiera, hereda su país y su momento histórico repleto de problemas. No se puede, pues, partir de cero. Es preciso rehacer lo que, hecho ya, es como un lastre que impide andar a buen paso el camino nuevo. Larra sabe como el primero eso. Y, asumiéndolo hasta el final, teme el futuro.

«un hombre nuevo es llamado a deshacer la facción y a rehacer la nación; se necesitan recursos por una parte, y el hombre nuevo encuentra recursos. Pero para rehacer la nación es preciso comenzar por deshacer lo que encuentra mal hecho. ¡Triste suerte que hayamos de pasar un año en deshacer el error de un día! Nueva Penélope, la España no hace sino tejer y destejer.»


El desencanto figariano se basa en hechos evidentes que prefiguran de manera preocupante el futuro. No es, de ningún modo, una sospecha irracional o un grito desbordado de rebeldía adolescente. En efecto, sobre la crítica del «Buenas noches» se agazapa la discusión de la Ley Electoral, primero, y la convocatoria a nuevas Cortes (ni revisoras ni constituyentes), después. Datos ambos elocuentes que, juntos, ponen sobre el tapete algo que arruina la fe de Larra, a saber: la monotonía de una vida política que, lejos de salir al paso de los problemas, se consume en los rodeos sin sentido, en el tejer y destejer el hilo de una madeja interminable. Todo celo enciende la mecha del escepticismo de Larra cuando se pone la mirada en el futuro:

De suerte que yo por el punto sólo veo clara una cosa, y es que para el 22 de mayo se reunirán de nuevo en madrid otras cortes, uno de cuyos estamentos será elegido por los electores que elijan los ayuntamientos y mayores contribuyentes, que sus individuos deberán tener doce mil reales de renta, treinta años y haber nacido o estar arraigados en la provincia, según el estatuto. que estas tales cortes oirán otro discurso de la corona, y volverán a contestarle; que se volverá a poner sobre la nueva la ley electoral, en atención a que es preciso tener una nueva, pues que la actual, por la cual van a ser elegidos esos mismos que harán la otra, no vale nada (...) que se discutirá luego el proyecto de libertad de imprenta, el de responsabilidad ministerial, y demás objetos importantes que el bien público reclame; que para entonces seguramente no tendremos facción, porque estarán al caer los seis meses de la promesa, o no tendremos ministerio porque estará caído si no la cumple; que en eso se pasará la primavera y el verano; que para el otoño se pondrá en vigor la nueva ley electoral, y que mucho antes del día de junio veremos las Cortes revisoras que engendrarán las constituyentes y que...»


La desamortización, a la vista

«Buenas noches» es la segunda de las tres epístolas que dirige Fígaro a su amigo residente en París. La tercera —«Dios nos asista»— presenta ya los síntomas de una decepción irreversible ante la obra de Mendizábal, de nuevo una oportunidad perdida. Pero en medio de las dos cartas hay que situar un hecho histórico de decisiva importancia: el Real Decreto de 19 de febrero de 1836 «por el que se ponen a la venta los bienes nacionales», esto es, la operación desamortizadora que intenta paliar la Deuda pública que viene arrastrando el Estado desde tiempo atrás. En él se halla el núcleo esencial del ministerio Mendizábal, hasta el punto de que las reacciones ante el mismo constituyen un test magnífico para medir la lucidez de la clase política española. Larra —ya lo veremos en el capítulo próximo— va a afilar con rapidez los dardos de su crítica pasando a la oposición con valentía hasta la crisis de mayo del 36 en virtud de la cual caerá Mendizábal.

En su nueva casa, Larra recontruye a Fígaro y cuida con esmero su reaparición pública. El primer mes del renacido Fígaro revela ya, sin embargo, la dificultad de mantener en pie la esperanza inicial del retorno. No sabemos gran cosa de la vida privada de Larra, esto es, de si vio a Dolores apenas llegado a España y de cuál era su estado anímico en aquellos días madrileños de enero. Dolores Armijo,parece cierto, hallábase en Avila y ninguna noticia poseemos de que Mariano José se trasladara hasta allí de inmediato. Da como la sensación de que, por el momento, Larra sigue prolongando el paréntesis afectivo. Preocupado por su salida al exterior, ese primer mes de 1836 no hace otra cosa que servir para diseñar el escenario de la crisis. Ya está Fígaro en la calle, marco de sus éxitos. Todo Madrid habla de él con más énfasis que nunca: su nombre recorre de boca en boca las tertulias y sus trabajos en El Español pasan de mano en mano, entre sonrisas y admiración.

Pero Larra sigue solo. A un año de su muerte, apenas tiene alrededor otra cosa que una multitud casi anónima que le aplaude o le teme, una frágil esperanza llamada Dolores y un espejo cruel en el que, cuando deja de ser Fígaro, ve reflejado su rostro con toda perfección. Metido en la prisa y el éxito apenas le queda tiempo para evaluar el espesor de sus arrugas. Confundido con Fígaro, Larra está en la calle, su verdadero mundo, su estancia casi exclusiva. Cuando poco a poco se vaya encerrando en casa, irá yendo lentamente hacia el espejo para quitarse ante él la careta y convertir la sonrisa en mueca de dolor. Ha comenzado la agonía.



-

Introducción

EL 19 de febrero de 1836 sale a la luz pública la «exposición de motivos y Real Decreto por el que se ponen a la venta los bienes nacionales». Mendizábal aducía, en la introdución, las razones que llevaban a la medida: «minorizar la fuerte suma de Deuda pública» y «crear una copiosa familia de propietarios». El artículo 1’ del Real Decreto expresaba a las claras la intención teórica del primer ministro:

Quedan declarados en venta desde ahora todos los bienes raíces de cualquier clase, que hubieren pertenecido a las comunidades y corporaciones religiosas extendidas, y los demás que hayan sido adjudicados a la nación por cualquier título o motivo, y también todos los que en adelante lo fueran desde el acto de su adjudicación.»


La desamortización eclesiástica dictada y emprendida por Mendizábal marca con su impronta los destinos de la sociedad española durante un buen puñado de años. En efecto, lo que podía haber sido «una verdadera reforma agraria que estabilizase la suerte del campesino castellano, andaluz y extremeño», se limitó a ser «una transferencia de bienes de la Iglesia a las clases económicamente fuertes (grandes propietarios, aristócratas, burgueses), las únicas que tenían capacidad para adquirir los bienes nacionales» (Vicens). La teórica pretensión gubernamental de crear una «abundante familia de propietarios» quedó reducida a simples palabras y, en su lugar, el proceso desamortizador sirvió para robustecer la cúspide de la pirámide social española. El verdadero beneficio fue, de esta suerte, el estrado aristocrático de la población, que aumentó en poder económico y consolidó un neolatifundismo anacrónico para los intereses de un país que debía necesariamente plantearse modificar su estructura social.

El negocio de la desamortización fue advertido con lucidez por Alvaro Flórez Estrada, quien, a los pocos días de salir el Real Decreto, denunció con valentía sus inevitables consecuencias: desatender a la clase menesterosa de la sociedad a la que debía, en buena lid, sacar del «estado de abyección y de miseria en que se halla». Pero la desamortización fue siguiendo su curso sin que se modificaran para nada sus presupuestos de base; antes bien, agudizando las tensiones sociales en el campo, «provocó la adhesión de grandes sectores de campesinado a las partidas absolutistas» (Vicens).

El fracaso de la desamortización —medida en símisma necesaria— y el de la quinta con que Mendizábal se prometía a sí mismo y al país poner término a la guerra carlista, situaron al gobierno en difícil situación. Una vez más se habían defraudado las esperanzas de muchos españoles, entre ellos, claro está, Mariano José de Larra. Desde marzo de 1836 hasta la caída de Mendizábal en mayo, su decepción va, como su agresividad, en constante aumento. La tercera carta a su «corresponsal en París», titulada Dios nos asista es, junto a su famosa recensión al folleto de Espronceda («El Ministerio Mendizábal») la prueba más contundente de ese desánimo ante la suerte del país. Tras arremeter, en él, contra las trabas habidas a la libertad de imprenta, entra Fígaro a pasar revista a los problemas prácticos con que se topa la nación.


La profunda tristeza de larra

Ha asomado, una vez más, la violencia: el pueblo se lanza a la calle contra la Iglesia. Una escena tan patéticamente conmovedora como desgraciadamente frecuente. Fígaro se entristece, no en cuanto liberal, sino «en cuanto hombre». Pero no puede por menos que preguntarse lo que se esconde detrás de esa violencia:

¿en dónde ve el pueblo español su principal peligro, el más inminente en el poder dejado por una tolerancia mal entendida, y por muy largo espacio, al partido carlista; en la importancia que de resultas de la indulgencia y de un desprecio inoportuno ha tomado la guerra civil. ¿no veía en los conventos otros tantos focos de esa guerra, en cada frente un enemigo, en cada carlista preso un reo de estado tolerado ¿no procedía del poder de esos mismos enemigos, dominantes siglos enteros en españa, la larga acumulación de un antiguo rencor jamás doblegado ¿qué mucho, pues, que la sociedad, acometida en masa, en masa se defienda ¿qué mucho que no pudiendo ahogar de una vez al enemigo entre sus brazos, se arroje sobre la fracción más débil del que tiene más cerca y a disposición»

La acusación, en el fondo, se orienta contra el Poder, incapaz de eliminar las causas del problema: «Asesinatos por asesinatos, ya que los ha de haber, estoy por los del pueblo». Larra levanta su dedo acusador contra un gobierno incapaz de sacar al país de su secular frustracción; la guerra carlista le produce un profundo desasosiego porque, además de segar cada día vidas humanas, aleja al pueblo de la causa liberal y ahonda la distancia entre las masas populares y la clase política que las instrumentaliza a su antojo. Mendizábal ha ido absorbiendo poderes más allá de la lógica. Las elecciones celebradas en marzo han ratificado extremadamente las previsiones. La pluma de Fígaro se tiñe de ironía y señala —ante el resultado electoral, Mendizábal elegido en una extraordinaria pluralidad de candidaturas provinciales—:

Si oyes decir que se abre el estamento, di que es una broma, que quien se abre es don juan alvarez mendizábal.»


Frente a lo que llaman los demás un gobierno representativo, ve el cáustico y lúcido Fígaro un hombre representativo. El enfrentamiento con Mendizábal se ha consumado. Larra vive (el artículo está escrito en abril) la apetencia de nuevos tiempos. Pero, por otro lado, la escisión de la familia liberal es ya una realidad plena y frente a los exaltados, que acaudilla el primer ministro, se levanta ahora una opción moderada, con Istúriz a la cabeza. Qué va a hacer Larra frente a la crisis cuando ésta se consume, es, por el momento, una cuestión irrelevante. Lo que nuestro hombre busca ahora es otra cosa distinta: situar al país en su momento y a la nueva generación en su lugar.

Un programa para 1836

Larra apuesta por el presente. No hay hueco para la nostalgia. En cierto modo, en «Dios nos asista», Fígaro define lo que luego llamará Ortega la exigencia de estar «a la altura de los tiempos». La mirada hacia atrás, paraliza: «La Constitución del año 12 era gran cosa, en verdad, pero para el año 12». Y después lanza a los cuatro vientos su lema:

Ara el año 1836 la única constitución posible es la constitución de 1836.»


No le falta sino completar el lema con lo que viene a ser su corolario fundamental:

¡déjese entrar legalmente a los hombres de 1836, o se entrarán ellos de rondón.»


Constitución de 1836, hombres de 1836: he ahí la máxima larriana para salir de la crisis permanente en que vive el país desde que abandonó la era histórica del absolutismo. En el fondo, quien sueña eso no es un hombre que ha perdido del todo la fe. El Fígaro que ataca con dureza a un Mendizábal al que se le deshilachan las razones para gobernar, es un joven maduro que sueña con vivir en su tiempo, con acompasar el reloj del Estado a la realidad histórica. Y quien sueña es porque tiene en su corazón habitando la esperanza.

Mendizábal, pues, no ha hundido la esperanza larriana; le ha llevado a matizarla, a profundizarla. Desde la prosa que le sirve como plataforma y como eco de su voz, Larra pide en abril de 1836 el poder para las nuevas generaciones. Y lo hace con dosis serias de ilusión:

.. hombres nuevos para cosas nuevas; en tiempos turbulentos, hombres fuertes sobre todo, en quienes no esté cansada la vida, en quienes haya ilusiones todavía, hombres que se paguen de gloria y en quienes arda una noble ambición y arrojo constante contra el peligro.»


Un mes más tarde, recogiendo el trabajo de Espronceda —su buen amigo, con el que le unen tantas cosas— volverá Larra a reincidir sobre la misma necesidad con más ánimo si cabe:

La revolución ha gastado y desgasta rápidamente los hombres viejos y conocidos; la juventud está llamada a manifestarse. ¿nos equivocaremos, se equivocará el país al fundar esperanzas en ella no, la juventud ha comprendido que no es en los cafés donde se forman los hombres que pueden renovar el país: es en el estudio, es con los libros abiertos, sobre el bufete, con la vista clavada en el gran libro del mundo y de la experiencia, es con la pluma en la mano. No ambicionemos miserables empleos, no intriguemos por mezquinas miras personales, trabajemos día y noche, hagámonos los jóvenes independientes, y superiores a nuestros opresores, y si nos está reservado caer gloriosamente en la lucha, caigamos con dolor y resignación, desempeñando la misión a que somos llamados.»

Larra ha sido uno de los pocos españoles que reaccionan con perspectiva histórica y con lucidez frente a la desamortización de Mendizábal. Muchos fueron, en efecto, los que se dejaron deslumhrar por los matices simbólicos de las medidas desamortizadoras o, cuanto menos, por su apariencia de revolución burguesa en marcha. El Fígaro curioso de 1836 sabe ver con los ojos puestos en el futuro sin por ello dejar de atender las causas capaces de explicar un presente repleto de mediocridad. En mayo de 1836, pocos días antes de caer Mendizábal, Andrés Niporesas le escribe a Fígaro desde París una curiosa carta en la que se pone de relieve cómo Larra es consciente del itinerario que va del Andrés de años atrás (inocente, delicado, ingenuo) al Fígaro de hoy, grave, sofisticado, un poco como a la vuelta de todo tras el éxito fulgurante de su escritura.


La caída de Mendizábal

Istúriz y Alcalá Galiano han logrado, tras una sistemática oposición, obligar a Mendizábal a abandonar la poltrona ministerial. Los llamados moderados, calificación no demasiado exacta aunque fuese la que diera a conocer a los enemigos de Mendizábal, han accedido, al fin, al Poder. Poco ha durado, desde luego, la Era Desamortizadora, aunque sus efectos excedan en mucho los escasos meses de permanencia en el seno del Gobierno del equipo que la inició. La pregunta podría plantearse, ahora, desde las inquietudes larrianas de pocos días atrás: ¿Es éste el momento de los hombres nuevos, de la nueva generación a la que Fígaro reclamaba para la lucha en las páginas combativas del periódico? A pesar de que a muchos les pudiera parecer sorprendente, el agudo Larra responde afirmativamente. Y su respuesta es, en cierto modo, un gigantesco paso adelante; desde las columnas de la prensa, al Parlamento, desde la crítica diaria, a la política. La llegada al Poder de Francisco Javier Istúriz va a suponer, así, una nueva esperanza para Larra. La caída del Gobierno, muy poco después de su acceso, significará otra decepción más en un rosario de decepciones que sólo acabará poniendo término el suicidio.



-

Introducción

HAY quien ha censurado a Larra cierto oportunismo político al aprovechar la súbita subida de Istúriz para convertirse en candidato ministerial. La razón de ello, estiman los que piensan así, estriba en que las posiciones políticas de Mariano José de Larra no cuadraban demasiado bien con el teórico moderantismo de Istúriz. Otros hay que señalan el paso de Larra a la política como una más de las posibles contradicciones de un hombre contradictorio como él. Ni una ni otra acusación nos parecen del todo exactas.

¿Oportunismo? La generación de 1836, para la que Fígaro pedía el poder, vio en Istúriz la salida al pseudorrevolucionarismo de Mendizábal y los exaltados. De hecho, los problemas que el anterior Primer Ministro prometió en su día resolver quedaban en pie: el fracaso de la quinta tan cacareada como solución a la guerra carlista conllevaba una prolongación «sine die» de las luchas fraticidas que seguían provocando ríos de sangre entre las masas populares del país. Semisolucionada la Deuda Pública con las medidas desamortizadoras, éstas no habían supuesto ninguna transformación profunda en la estructura social, sino, más bien, la consolidación de una aristrocracia que se hallaba, pese a todo, muy lejos de su agonía. Seguía España sin ese imprescindible conglomerado de clases medias por el que Larra clamaba en 1834. La denuncia de años atrás era ahora aún más lúcida. El 23 de junio de 1836, con Istúriz al frente del Gobierno, volvía Fígaro a la carga en la primera de sus dos críticas al Antony, de Dumas:

Pero mil veces lo hemos dicho: hace mucho tiempo que la españa no es una nación compacta, impulsada en un mismo movimiento; hoy es ella tres pueblos distintos: 1. una multitud indiferente a todo, embrutecida y muerta por mucho tiempo para la patria, porque, no teniendo necesidades, carece de estímulos; porque acostumbrada a sucumbir siglos enteros a influencias superiores, no se mueve por él, sino que en todo caso se deja mover. esta es cero, cuando no es perjudicial, porque las únicas influencias capaces de animarla no están en nuestro sentido; 2. una clase media que se ilustra lentamente, que empieza a tener necesidades, que desde este momento comienza a conocer que ha estado y que está mal, y que quiere reformas, porque cambiando sólo puede ganar, clase que ve la luz, que gusta ya de ella, pero que, como un niño, no calcula la distancia a la que ve: cree más cerca los objetos porque los desea: alarga la mano para cogerla, pero que ni sabe los medios para hacerse dueña de la luz, ni que la luz quema cogida a puñados; y 3. una clase, en fin, privilegiada, criada o deslumbrada en el extranjero, víctima o hija de las emigraciones, que se cree ella sola la españa, y que se asombra a cada paso de verse sólo cien varas delante de los demás: hermoso caballo normando que cree tirar de un tilbury y que, encontrándose con un carromato pesado que arrastra, se alza, rompe los tiros y parte solo.»


La decisión y sus razones

Larra que, tal vez sin quererlo, pertenece a la tercera clase de las que apunta en un texto, sabe muy bien, sin embargo, que el porvenir del país se halla vinculado a la destrucción de esa estructura, dando vida a una sólida clase media y redimiendo de su secular miseria a las clases menesterosas. De algún modo en ese sueño podría estar cifrado el ansia de Larra cuando decide saltar el Rubicon y convertirse en diputado. Larra va a la arena política, pues, por la vanidad —como cualquier otro—, pero también porque Istúriz ha llamado —molestia, como luego se verá, infecunda— a esa generación de 1836, que sueña con una Constitución de 1836 y una España de 1836. Larra, como Espronceda, como algunos otros que, jóvenes llenos de entusiasmo, acudieron al reclamo de Istúriz, estaban cansados de las promesas incumplidas y de las palabras vacías. Por primera vez se había contado con ellos no para que fueran el eco vocinglero de otros, sino para que, con su concurso, se intentara sacar al liberalismo de su difícil encrucijada. Larra, en ese sentido, no es oportunista ni inauténtico. Quien había gritado por la entrada en el Poder de su generación, no podía permanecer sentado en su casa el día que le llaman. Hombre de 1836, que ha pedido a voces que se cuente con ellos, no puede quedarse quieto cuando Istúriz llama a su puerta.

No era tampoco contradictoria del todo la actitud larriana. El crítico contumaz que Fígaro fue durante su vida periodística debía intentar llevar su capacidad analítica más allá de las columnas de la prensa. La tentación política entra de lleno en la lógica interna de un escritor como Larra, para quien la denuncia fue siempre compañera de la regeneración. Un reformador como él —véanse las declaraciones de El pobrecito hablador o de Fígaro– en una época como aquella donde la política y la literatura estaban tan estrechamente unidas, podía pensar perfectamente en ensanchar el horizonte llegando hasta el Parlamento.

El regreso de la esperanza

Lo cierto es que, con Istúriz, el pesimismo figariano se ha difuminado en parte. Al hombre desesperanzado, con la amargura en cualquier esquina de su pensamiento, le ha sustituido ahora un sujeto que piensa con pasión en el futuro, que por encima del presente tembloroso tiene puesta su mirada en un mañana mejor. El cambio ha sido sustancial, tal vez demasiado sustancial. De la depresión al entusiasmo, de la fría decepción a la cálida alegría. ¡Larra, candidato a diputado! ¡Fígaro en la política, en el Parlamento! La llamada de Istúriz es también una forma de consagración, una clamorosa señal de su éxito. Hace apenas unos meses que ha regresado de su autoexilio y está situado ya en la cresta de la ola. Tiene entonces Larra veintisiete años y todas las puertas se han abierto a su talento.

Las elecciones se han señalado para el 13 de julio. Azorín, larriano hasta la médula, imagina así la escena en que el periodista llega al Ministerio de la Gobernación días antes de la consulta:

Por las escaleritas del ministerio suben y bajan personajes, tipos e individuos de toda clase de pergeños; por los pasillos, por las vueltas y revueltas de la casa va y viene un hormiguero de pretendientes y candidatos (...). entre todos estos candidatos que aquí vienen casi todos los días, figura un joven que, del primer golpe de vista, destaca entre toda esta confusa y estrepitosa muchedumbre. viste con el atildamiento perfecto; su mirada brilla en lumbres de inteligencia; lleva una barbita negra y sedosa y sobre su grueso labio, sobre la boca, que es un trazo recio, se ostenta un poblado y caído bigote. Hay en toda la persona de este joven, en sus ademanes, en sus gestos, cierta rivalidad, cierta nerviosa rapidez, que hacen que en las largas esperas, cuando alguna vez le toca esperar, se siente y se levante a la continua, o vaya de una parte a otra prestamente, o se acerque al balcón para echar un vistazo sin ver nada...

Cuando el señor ministro de la gobernación se ha desembarazado de los visitantes que tenía en el despacho grande, ha vuelto a su gabinete de trabajo; en esta estancia le esperaba nuestro joven. se han sentado los dos y han comenzado a charlar. ¿por qué no seguir imaginando todo esto es perfectamente verosímil. ¿por qué no trazar el diálogo que los personajes puedan haber tenido?

Me alegro mucho de haberle visto hoy; le iba a mandar una carta —habrá dicho el ministro —. ¡Todo está ya definitivamente arreglado!

¿cómo ¿por dónde? —habrá replicado el joven elegante de la negra barbita.

Usted va por avila —habrá vuelto a decir el ministro.»

Larra va, en efecto, por Avila. En Avila vive ahora Dolores Armijo, su enamorada imposible a la que todavía le unen el presente y un vago futuro que Larra sueña románticamente como Macías, su personaje de siempre. Pocas noticias tenemos de cómo fue evolucionando la relación de los dos amantes, pero todo parece indicar que en aquellos momentos, la pasión, lejos de haberse apagado, hallábase en su más alta cota. Larra gana su acta de diputado, como era de esperar. El interlocutor de la conversación azoriniana, el duque de Rivas, ministro de la Gobernación de Istúriz, ha «sacado» sin dificultades a Fígaro diputado. Y Larra llega a Avila para ver a Dolores con la expectativa de su futuro destino político.

El 14 de julio de 1836 tenía Larra en su mano el acta de diputado. El 15 de agosto caía el gobierno de Istúriz que acababa de celebrar y ganar las elecciones. Las nuevas Cortes habían sido convocadas para el 20 de agosto y, sin embargo, Larra no podrá acudir a ellas. Un mes tan sólo ha durado esa leve esperanza figariana. El día 1 de agosto —tal era el estado de nerviosismo que reinaba en el país— aparece en la Gaceta una Real Orden en virtud de la cual se encarga a los gobernadores civiles facilitar a los diputados electos las escoltas necesarias para poder viajar sin incidentes. Los exaltados, los hombres de Mendizábal, no han sabido aceptar en silencio su derrota en las urnas y se han lanzado a la calle con talante conspirador amenazando airadamente el débil gobierno de Istúriz. El día 3 de agosto el general Quesada aborta en Madrid una intentona de rebelión para proclamar la Constitución gaditana. Días antes en toda Andalucía, en el Levante, en Cataluña, en Zaragoza, se han sucedido los motines y los levantamientos.


La rebelión de los sargentos

Y, por fin, el 12 de agosto tiene lugar la siniestra rebelión de los sargentos en La Granja. No caben dudas hoy, ya, sobre su origen, desarrollo y fines. La noche del 12, toda la oficialidad de la Guarnición del Real Sitio se traslada a Madrid para asistir al estreno de una ópera de Donizetti, en el Teatro de la Cruz. Quedan solos, en la Granja, los sargentos. Y, con las manos libres, levantan a los soldados al grito de ¡Viva la Constitución de 1812!, siguiendo la pauta clásica de los pronunciamientos decimonónicos. Los progresistas (o exaltados) han pagado con sus fondos una grotesca sublevación que logra, sin apenas resistencias, sus objetivos finales.

En efecto, a las 10 de la noche del 12, en medio del clamor, los sargentos Gómez y Lucas, acompañados de un soldado, llegan hasta Palacio y obligan a María Cristina a estampar su firma en un Real Decreto que rezaba así: «Como Reina Gobernadora de España ordeno y mando que se publique la Constitución de 1812, en el ínterin que, reunida la Nación en Cortes, manifieste expresamente su voluntad, o de otra Constitución conforme a las necesidades de la misma». El día 15 caía, tras una imposible resistencia, Istúriz y subía al Poder, ante una Reina maniatada y perpleja, Jose María Calatrava, instigador, junto a Mendizábal, del motín de la Granja.

Nuevas elecciones. Nuevas Cortes en su día. Nuevo Gobierno con los exaltados al frente: Larra se ha quedado con su acta de diputado convertida en un papel sin validez. El paso del escritor por la política no ha podido, pues, ser más frustante y estéril: un diputado que nunca llega a ocupar su escaño en un Parlamento que, como tal, nunca llega a funcionar. Los hombres que apostaron por Istúriz, que acudieron —Larra, Espronceda— a su llamada, están ahora a merced de una situación mitad adversa, mitad ridicula. Dos onzas por cabeza: tal fue el precio de aquella sórdida conjura que arroja violentamente al suelo un buen puñado de las últimas —y ya escasas— esperanzas larrianas. Como ha escrito el profesor Seco: «En la sensibilidad española de Larra, esta sucia maniobra —una nueva carnavalada grotesca, en nombre de una mentida libertad— alcanza el valor de definitivo síntoma para un diagnóstico tan pesimista que arrastrará todas sus ilusiones, todas sus esperanzas más nobles».

Está Larra ahora —finales del verano de 1836— al borde del desastre personal. La bala de su pistola suicida espera para que un definitivo impulso final la dispare contra la sien del escritor. Cercano el otoño, con sus veintiocho años repletos de experiencia y amargura en las espaldas cansadas, Fígaro —todavía Fígaro — va a quitarse por completo la máscara ante su público, va a quedarse definitivamente solo frente a sí mismo. Ya no hay ante la crisis soluciones fáciles como un viaje reconfortante a la Europa del Romanticismo. Todos los caminos de la evasión están cerrados. Un país, un escritor y una vida repleta de tristeza: tan sólo los tres, metidos dentro de un círculo infernal que da vueltas sin cesar sobre el Fígaro que ya no busca ni el éxito, ni el halago, sino el sentido último de su acción. Temido, admirado, aplaudido, a sus veintiocho años, Larra hubiera tenido multitud de posibilidades para reiniciar una vida política truncada antes de nacer. Muchas ideas podían alojarse en su mente para convertirse en artículos punzantes o en dramas estrenados con éxito. Pero ¿dónde se halla el sentido de una u otra cosa?, ¿para qué moverse? Sólo queda un móvil en la vida de aquel apesadumbrado Fígaro al borde del hundimiento: Dolores Armijo. Empieza —otoño de 1836— el último acto de una larga agonía que lleva camino de ser, ahora ya, una breve sucesión de fracasos y desesperanzas.




-

Introducción

EL 2 de noviembre de 1836 sale a la luz en El Español «El día de Difuntos de 1836». Su subtítulo es bien expresivo: «Fígaro en el cementerio». La depresión se ha apoderado del todo del Fígaro que nació risueño y las páginas de El Español se tiñen de la pesadumbre dramática de un hombre decidido a consumir en su escritura y ante sus lectores el triste destino de su vida:

Un vértigo espantoso se apoderó de mi y comencé a ver claro. el cementerio está dentro de madrid. madrid es el cementerio. pero vasto cementerio, donde cada casa es el nicho de una familia; cada calle el sepulcro de un acontecimiento; cada corazón la urna cineraria de una esperanza o un deseo.»

Vale la pena detenerse despacio en aquella imaginaria visita al cementerio que saca a la luz todas las obsesiones y frustraciones larrianas. Larra se nos da aquí en toda su restallante autenticidad, víctima de sí mismo, caído. El catálogo de los lemas de las tumbas es todo un catálogo del dolor de España de Mariano José de Larra, a la vez que una crónica puntual de su cansancio y de su terrible derrota:

Aquí yace el trono; nació en el reinado de isabel la católica, murió en la granja, de un aire colado.»

Y añadía luego:

En el basamento se veían cetro y corona y demás ornamentos de la dignidad real. la legitimidad, figura colosal de mármol negro, lloraba encima. los muchachos se habían divertido en tirarle piedras, y la figura maltratada llevaba sobre sí las muestras de la ingratitud.»

La sublevación de La Granja en Larra, la herida de la legitimidad convertida en una figura sobre la que se disparan piedras.

Aquí yace media españa: murió de la otra media»

La guerra inacabable y la inacabable discordia nacional, las dos Españas del verso machadiano helando el corazón de Larra, precursor genial.

Aquí reposa la libertad del pensamiento.»


La libertad por la que Larra vivió, contra la censura implacable y la mezquindad, contra la mediocridad convertida en Ley, contra todo lo que pudiera suponer valor, coraje, amor a la verdad, pasión, riesgo.

Aquí yace el crédito español.»


La economía hundida, el país sin norte, la estructura social sin móviles, la clase alta mirándose, como Narciso, en sí misma; la clase media sin salir de su callejón; las masas populares, agarrotadas o embrutecidas, manipuladas vilmente en una u otra dirección.

«aquí yace el estatuto;
vivió y murió en un minuto.»


Un dramático epitafio anticipado

Larra, silenciosamente, clamando como siempre, por esa Constitución de 1836, para un país en 1836. Larra exigiendo en medio de su inmenso dolor (que es ya toda una trágica premonición) una política a la altura de los tiempos, en el presente y para el futuro, con un marco constitucional distinto y nuevo. Larra, con el corazón encogido por todo, sin remedio.

¿Una pesadilla? ¿Una pasajera alucinación? He aquí al Mariano José de Larra que abandona el imaginario cementerio donde yacen para siempre sus obsesiones.

Una nube sombría lo envolvió todo. era la noche. el frío de la noche helaba mis venas. quise salir violentamente del horrible cementerio. quise refugiarme en mi propio corazón, lleno no ha mucho de vida, de ilusiones, de deseos.


Santo cielo! ¡también otro cementerio! mi corazón no es más que otro sepulcro. ¿qué dice leamos ¿quién ha muerto en sí ¡espantoso letrero: «aquí yace la esperanza»!


Silencio, silencio!»


¿Qué podía pensar un lector de «El Español» tras el 2 de noviembre de 1836? Larra estaba anunciando su acabamiento, la liquidación de su juego con el destino que ahora le obligaba —¿Por cuánto tiempo?— a seguir entregando, puntual, sus estremecidas cuartillas para ser publicadas. Pero ¿qué había detrás de ese temible aquí yace la esperanza y del no menos temible silencio que le ahoga? Nadie parecía darse por enterado y, sin embargo, Larra pedía socorro desesperadamente. Era el suyo un grito que quedaba transformado en sutil susurro antes de salir de la garganta. Era, en suma, como el grito, entre inútil e imposible, del naúfrago que, perdido en alta mar, envía al mundo una menuda botella donde encierra toda su utopía. Larra, como el naufrago, sabe que la botella no llegará a su destino. Pero, escritor ahora de sí mismo, mete en la misma toda su honda tragedia personal, toda la tristeza infinita que le invade, el testimonio final, de cómo yace, inerte y vana, la esperanza.


Larra se confiesa sin pudor

Francisco Umbral ha visto con lucidez el sentido de la escritura figariana de la última época: «En esta etapa de su vida Larra ha llegado ya a una forma de periodismo que poco tiene que ver, en realidad, con lo periodístico. Sus últimos artículos son confesiones íntimas, meditaciones de solitario, desgarrados párrafos de un hombre que se acaba (...) Llega un momento en que Larra se quita la careta. Escribe una especie de anotaciones subjetivas que hoy nos parece imposible hayan podido darse en un periódico como asunto del día. Toda España asiste así a la tragedia personal de Larra. Su intimidad es ya un caso público». Y, sigue, Larra, en este punto ya no sirve al periodismo, sino que se sirve de él.

Larra, anota Umbral, se sirve del periodismo. El lírico que no puede ser escapa a la tiranía de su contrato dando a la publicidad el testimonio abierto de su crisis, el deterioro implacable de su identidad, su verdadero rostro de suicida. De algún modo Larra nos ha dejado desparramado por entre las líneas de sus artículos la génesis de su derrumbamiento. Muere escribiendo, eso es, sin renunciar a seguir empeñado en ser hasta el final Fígaro, estirado y sublime en su postrera decisión. Por el mismo Fígaro sabemos la febril actividad periodística de sus penúltimos momentos:

.. escribimos en el Mundo cuatro parrafillos mensuales, donde a guisa de barberos podemos hacer la barba a cuatro parroquianos al mes; escribimos en El Redactor general, como habrán visto los que le lean por nuestro primer artículo (...) y todavía nos queda tiempo para redactar en El Español la sección de teatros y de literatura; todo eso con nuestros correspondientes sueldos y porqués, asegurados por contrato, que de eso vivimos, y lo tenemos a mucha honra. Y con la ayuda de Dios, y de nuestro pobre ingenio, aún nos ha de quedar vigor para dar al teatro muy en breve algún drama espantable o alguna comedia risible, hijos de ratos perdidos, algún folletito de circunstancias y cualquiera otra tontería que nos ocurra que no dejará de ocurrirnos.»

Tales palabras se publican el 27 de diciembre de 1836, un día después, exactamente, de su famoso artículo «La Nochebuena de 1836». Y, exactamente a cincuenta días de su muerte. En medio de su exasperada y creciente depresión, pues, Mariano José de Larra no abandona la pluma que le ha dado (y quitado) cuanto posee y es. Sigue, febrilmente, escribiendo con una actividad extraordinaria. Y sigue fiel a su lucha de siempre, la que expresara en Fígaro dado al mundo:

Nosotros, si caemos, caeremos como hombres de mundo, moriremos cantando como canarios, es decir, enjaulados, ya que la suerte quiere que no haya jaulas en españa sino para los vivientes de pluma, que no son otra cosa los escritores.»


Soledad y silencio

Fígaro, náufrago de sí mismo en medio de la mar procelosa de España, sigue enviando, con una silenciosa desesperación, su botella diaria a un público que entiende como ficción lo que es estricto testimonio anticipado. De hecho Larra ya no cuenta cosas sino que se cuenta a sí mismo, objeto único y exclusivo de su reflexión final. El es su tema obsesivo y a él vuelve artículo tras artículo, párrafo tras párrafo, sin desmayo.

Hay algo que empieza a adquirir síntomas de evidencia: Larra está solo. Fuera de su matrimonio, mantiene con Pepita Wettoret una relación protocolaria y educada. Sin amigos, ya está menos que nunca en la calle, y, por tanto, según sus propias palabras, miente menos. Se ha encerrado a solas con su soledad y su espejo donde ve, cada hora, la imagen de su rostro cansado, el espesor de las arrugas de un hombre que a los veintiocho años no tiene ya deseos. ¿Y Dolores? Es el último sueño de su corazón solitario. Es, piensa, la única persona capaz de recoger el mensaje que envía en su botella y devolverle la esperanza perdida.

El país, entre tanto, prosigue su avance cansino, monótomo. El 24 de octubre ha tenido lugar la apertura de las nuevas Cortes. La guerra carlista va aumentando sus víctimas, sin que se le vea un final a corto plazo, a pesar de la nueva quinta, que se pretende reúna 50.000 soldados. Bilbao se libera de los facciosos en los primeros días de diciembre y las Cortes, por fin, se afanan en la tarea de dotar al país de una Constitución actual. Pocas de todas estas novedades se filtran en los autobiográficos artículos larrianos. Larra está situado en otro costado de la realidad. Mariano José de Larra se halla —y los periódicos donde su pluma aparece no están ajenos a ello— viviendo una espectacular autodestrucción.

Escribir, ¿para qué? ¿Se puede salvar el escritor por la fuerza de su escritura? ¿Puede compensar ésta la desesperanza de una vida a la que se empieza a no ver el último sentido? ¿En qué medida la pasión de escribir redime o libera a Fígaro de su angustia, del caos que ve frente a él? ¿Puede Fígaro hacer llevadera la vida a Mariano José de Larra?

A todas estas preguntas hubiera respondido nuestro hombre con otras interrogaciones. ¿Escribir para quién? ¿Dónde está el sentido de una escritura que apenas si puede influir sobre la realidad inmediata que denuncia? ¿Cuál es el eco de la palabra escrita? No se escribe sino para un público concreto en una situación, asimismo, concreta. Y Larra está en Madrid, escribe en Madrid y para Madrid. Ese es su drama y la razón última de por qué la literatura, el periodismo, no le pueden redimir de la hondura de su tragedia, ni de la profundidad de su herida. En «Hojas de invierno», Larra anuncia a sus lectores la inutilidad radical de su prosa maldita y crítica. España es un país que no favorece el talento ¿Para qué, pues, crear entre nosotros? «el genio ha menester del eco, y no se produce eso entre las tumbas». Fígaro ha sentido hasta el fondo la implacable inutilidad de su aventura. El éxito se vuelve contra él, como un boomerang. Han confundido su mensaje; se ha trivializado su escritura. Aquí sólo tienen éxito los «graciosos» y Larra, que nunca se ha conformado con serlo, se halla ya cansado de jugar ese juego sin alicientes. En «Hojas de invierno», al fin, lo señala con tristeza:

Escribir como escribimos en madrid es tomar una apuntación, es escribir un libro de memorias, es realizar un monólogo desesperante y triste para uno solo. escribir en madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta. porque no escribe uno ni siquiera para los suyos. ¿quiénes son los suyos ¿quién oye aquí ¿son las academias, son los artículos literarios, son los cómicos noticieros de la puerta del sol, son las mesas de los cafés, son las decisiones expedicionarias, son las pandillas de gómez, son los que despojan o son los despojados»


La pluma se le cae a Larra de las manos porque todo se ha puesto en su contra y no sabe de donde sacar la fuerza para mantener los dedos apretados y los ojos fijos en el papel. España —es el final— no tiene remedio. La sentencia es bien evidente: Lloremos, pues y traduzcamos. Larra puede agradecer a los traductores el consuelo de sus traducciones. Pero él, que no desea ya traducir, sino crear, no puede hacer otra cosa que llorar. ¿Hasta cuando? Larra está ahora escribiendo sin ningún pudor su «Triste y desesperante» monólogo. Y porque lo sabe, tiene ya en la más recóndita de sus intimidades tomada la terrible decisión de abandonar esa aventura desolada.





-

Introducción

Mariano José de Larra. Grabado de J. Cuevas que figura en Mis memorias, de Fernandéz de Córdoba.
Mariano José de Larra. Grabado de J. Cuevas que figura en Mis memorias, de Fernandéz de Córdoba.


DEL 2 de noviembre, día en que aparece la reflexión de Larra al pie de su cementerio imaginario, el 26 de diciembre, fecha en que sale a la luz en el Redactor General el diálogo figariano con su criado al pie de la última Nochebuena del escritor, van cincuenta y tres días. A duras penas, en ellos, ha logrado sobrevivir Larra a su fatal destino. La desesperanza, el dolor, la sensación de caos no ha hecho otra cosa que crecer. El drama está tocando a su fin, el telón se halla a punto de caer. La noche del 24 de diciembre Larra elabora una suerte de «delirio filosófico» en el que la literatura se confunde con la autobiografía de una manera perfecta, convirtiéndose en una confesión pública sin precedentes.

«La Nochebuena de 1836» es el resumen de la perfección larriana como escritor y periodista. En él, amén de los rasgos biográficos decisivos que revela, se sintetizan las virtudes del estilo —tan clásico en su contexto romántico— de Mariano José de Larra. Como en tantos otros artículos hay dentro del texto un cuento que aquí toma la forma de un diálogo extraordinariamente incisivo. Larra se sitúa en el protagonista desde el primer párrafo del artículo: el día 24 me es fatal. Apela a su «yo» como eje del trabajo aunque la ironía sobre las cosas asoma siempre: «Miré el termómetro... como el crédito del Estado». (Ni en la más apasionada autoconfesión puede Larra dejar de ver el entorno con los ojos del crítico implacable). En cada artículo, escribe, entierro una esperanza o una ilusión. Y dicho ello, nos va a poner frente al espectáculo de su propia crisis; va a enterrar, ante los ojos de su público, una esperanza. El criado va a ser quien se encargue de ello. Es como el espejo desde el que Larra va a mostrar su imagen al exterior y a sí mismo,

El Número 24 me es fatal: si tuviera que probarlo diría que en día 24 nací. dos veces al año amanece, sin embargo, día 24; soy superticioso, porque el corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer; sin duda, por esa razón creen los amantes, los casados y los pueblos a sus ídolos, a sus consortes y a sus gobiernos y una de mis supersticiones consiste en creer que no puede haber para mí un día 24 bueno. el día 23 es siempre en mi calendario víspera de desgracia, y a imitación de aquel jefe de policía ruso que mandaba tener prontas las bombas las vísperas de incendios, así yo desde el 23 me prevengo para el siguiente día de sufrimiento y resignación, y, en dando las doce, ni tomo vaso en mi mano por no romperlo, ni apunto carta por no perderla, ni enamoro a mujer porque no me diga que sí, pues en punto a amores tengo otra superstición: imagino que la mayor desgracia que a un hombre le puede suceder es que una mujer le diga que le quiere. si no la cree es un tormento, y si la cree... ¡bienaventurado aquel a quien la mujer dice no quiero, porque ése a lo menos oye la verdad!

El último día 23 del año 1836 acababa de expirar en la muestra de mi péndola, y consecuente en mis principios supersticiosos, ya estaba yo agachaao esperando el aguacero y sin poder conciliar el sueño, así pasé las horas de la noche, más largas para et triste desvelado que una guerra civil hasta que por fin la mañana vino con paso de intervención, es decir, lentísimamente, a teñir de púrpura y rosa las cortinas de mi estancia


El Día anterior había sido hermoso, y no sé por qué me daba el corazón que el día 24 había de ser día de agua. fue, pero todavía amaneció nevando. miré el termómetro y marcaba muchos grados bajo cero; como el crédito del estado.


Resuelto a no moverme porque tuviera que hacerlo toda la suerte este mes incliné la frente, cargada como el cielo de nubes frías, apoyé los codos en mi mesa y paré tal que cualquiera me hubiera reconocido por escritor público en tiempo de libertad de imprenta, o me hubiera tenido por miliciano nacional citado para un ejercicio. ora vagaba mi vista por la multitud de artículos y folletos que yacen empezados y no acabados ha más de seis meses sobre mi mesa, y de que sólo existen los títulos, como esos nichos preparados en los cementerios que no aguardan más que el cadáver; comparación exacta, porque en cada artículo entierro una esperanza o una ilusión. ora volvía los ojos a los cristales de mi balcón; veíalos empañados y como llorosos por dentro; los vapores condensados se deslizaban a manera de lágrimas a lo largo del diáfano cristal; así se empaña la vida, pensaba; así el frío exterior del mundo condensa las penas en el interior del hombre, así caen gota a gota las lágrimas sobre el corazón. los que ven de fuera los cristales los ven tersos y brillantes; los que ven sólo los rostros los ven alegres y serenos...


Haré merced a mis lectores de las más de mis meditaciones; no hay periódicos bastantes en madrid, acaso no hay lectores bastantes tampoco. ¡dichoso el que tiene oficina! ¡Dichoso el empleado aun sin sueldo o sin cobrarlo, que es lo mismo! Al menos no está obligado a pensar, puede fumar, puede leer la Gaceta.

¡las cuatro! ¡la comida! —me dijo una voz de criado, una voz de entonación servil y sumisa; en el hombre que sirve, hasta la voz parece pedir permiso para sonar.

Esta palabra me sacó de mi estupor, e involuntariamente iba a exclamar como don quijote: «come, sancho, hijo, come, tú que no eres caballero andante y que naciste para comer», porque al fin los filósofos, es decir, los desgraciados, podemos no comer, pero ¡los criados de los filósofos! una idea más luminosa me ocurrió: era día de navidad. me acordé de que en sus famosas saturnales los romanos trocaban los papeles y que los esclavos podían decir la verdad a sus amos. costumbre humilde, digna del cristianismo. miré a mi criado y dije para mí: «esta noche me dirás la verdad». saqué de mi gaveta unas monedas; tenían el busto de los monarcas de españa: cualquiera diría que son retratos; sin embargo, eran artículos de periódico. las miré con orgullo: ==


Come y bebe de mis artículos —añadí con desprecio —; sólo en esa forma, sólo por medio de esa estratagema se pueden meter los artículos en el cuerpo de ciertas gentes.

Una risa estúpida se dibujó en la fisonomía de aquel ser que los naturalistas han tenido la bondad de llamar racional sólo porque lo han visto hombre. mi criado se rió. era aquella risa el demonio de la gula que reconocía su campo.

Tercié la capa, calé el sombrero y en la calle

¿Qué es un aniversario? acaso un error de fecha. si no se hubiera compartido el año en trescientos sesenta y cinco días, ¿qué sería de nuestro aniversario pero al pueblo le han dicho: «hoy es un aniversario» y el pueblo ha respondido: «Pues si es un aniversario, comamos, y comamos doble». ¿Por qué come hoy más que ayer? O ayer pasó hambre y hoy pasará indigestión. Miserable humanidad, destinada siempre a quedarse más acá o ir más allá.

Hace mil ochocientos treinta y seis años nació el redentor del mundo; nació el que no reconoce principio y el que no reconoce fin; nació para morir. ¡sublime misterio!

Hay misterio que celebrar pues «comamos», dice el hombre; no dice: «reflexionemos». el vientre es el encargado de cumplir con las grandes solemnidades. el hombre tiene que recurrir a la materia para pagar las deudas del espíritu. ¡argumento terrible en favor del alma!

Para ir desde mi casa al teatro es preciso pasar por la plaza tan indispensable como es preciso pasar por el dolor para ir desde la cuna al sepulcro. montones de comestibles acumulados, risa y algazara, compra y venta, sobras por todas partes y alegría. no pudo menos de ocurrirme la idea de bilbao: figuraseme ver de pronto que se alzaba por entre las montañas de víveres una frente altísima y extenuada; una mano seca y roída llevaba a una boca cárdena y negra de morder cartuchos, un manojo de laurel sangriento. y aquella boca no hablaba. pero el rostro entero se dirigía a los bulliciosos liberales de madrid, que traficaban. era horrible el contraste de la fisonomía escuálida y de los rostros alegres. era la reconvención y la culpa, aquélla agria y severa, ésta indiferente y descarada.

Todos aquellos víveres han sido aquí traídos de distintas provincias para la colación cristiana de una capital. en una cena de ayuno se come una ciudad a las demás.

Las cinco! hora del teatro; el telón se levanta a la vista de un pueblo palpitante y bullicioso. dos comedias de circunstancias, o yo estoy loco. una representación en que los hombres son mujeres y las mujeres, hombres. Los hombres ya no saben sino hablar como las mujeres, en congresos y en corrillos. Y las mujeres son hombres, ellas son las únicas que conquistan. Segunda comedia: un novio es el pueblo español: no se casa con un solo Gobierno con quien no tenga que reñir al día siguiente. Es el matrimonio repetido al infinito.

Pero las orgías llaman a los ciudadanos. ciérranse las puertas, ábrense las cocinas. dos horas, tres horas, y yo rondo de calle en calle a merced de mipensamiento. la luz que ilumina los banquetes viene a herir mis ojos por las rendijas de los balcones; el ruido de los panderos y de la bacanal que estremece los pisos y las vidrieras se abre paso hasta mis sentidos y entra en ellos como cuña a mano, rompiendo y desbaratando.


Las doce van a dar: las campanas que ha dejado la junta de enajenación en el aire, y que en estar en el aire se parecen a todas nuestras cosas, citan a los cristianos al oficio divino. ¿qué es esto ¿va a expirar el 24 y no me ha ocurrido en el más contratiempo que mi malhumor de todos los días pero mi criado me espera en mi casa como espera la cuba al catador, llena de vino; mis artículos hechos moneda, mi moneda hecha mosto se ha apoderado del imbécil como imaginé, y el asturiano ya no es hombre; es todo verdad.


Mi Criado tiene de mesa lo cuadrado y el estar en talla al alcance de la mano. por tanto, es un mueble muy cómodo; su color es el que indica la ausencia completa de aquello con que se piensa, es decir, que es bueno; las manos se confundirían con los pies, si no fuera por los zapatos y porque anda casualmente sobre los últimos; a imitación de la mayor parte de los hombres, tiene orejas que están a uno y a otro lado de la cabeza como los floreros en una consola, de adorno, o como los balcones figurados, por donde no entra ni sale nada; también tiene dos ojos en la cara; él cree ver con ellos, ¡qué chasco se lleva! A pesar de esta pintura, todavía sería difícil reconocerle entre la multitud, porque al fin no es sino un ejemplar de la grande edición hecha por la Providencia de la humanidad, y que yo comparo de buena gana con las que suelen hacer los autores: algunos ejemplares de regalo finos y bien empastados; el surtido todo igual, ordinario y a la rústica.

Mi Criado pertenece al surtido. pero la providencia, que se vale para humillar a los soberbios de los instrumentos más humildes, me reservaba en él mi mal rato del día 24. la verdad me esperaba en el y era preciso oírla de sus labios impuros. la verdad es como el agua filtrada, que no llega a los labios sino al través del cieno. me abrió el criado, y no tardé en reconocer su estado.


Aparta, imbécil —exclamé, empujando suavemente aquel cuerpo sin alma que en uno de sus columpios se venía sobre mí. ¡Oiga! Está ebrio. ¡Pobre muchacho! ¡Da lástima!

Me entré de rondón a mi estancia: pero el cuerpo me siguió con un rumor sordo e interrumpido; una vez dentro los dos, su aliento desigual y sus movimientos violentos apagaron la luz; una bocanada de aire colada por la puerta al abrirme cerró la de mi habitación, y quedamos dentro casi a oscuras yo y mi criado, es decir, la verdad y fígaro, aquélla en figura de hombre beodo arrimado a los pies de mi cama para no vacilar y yo, a su cabecera, buscando inútilmente un fósforo que nos iluminase.

Dos ojos brillaban como dos llamas fatídicas enfrente de mí; no sé por qué misterio mi criado encontró entonces, y de repente, voz y palabras, y habló y raciocinó; misterios más raros se han visto acreditados; los fabulistas hacen hablar a los animales; ¿por qué no he de hacer yo hablar a mi criado oradores conozco yo de quienes hace algún tiempono hubiera hecho una pintura más favorable que de mi astur y que han roto, sin embargo, a hablar, y los oye el mundo y los escucha; tal me ha pasado.


En fin, yo cuento un hecho; tal me ha pasado; yo no escribo para los que dudan de mi veracidad; el que no quiera creerme puede doblar la hoja, eso se ahorrará tal vez de fastidio; pero una voz salió de mi criado; y entre ella y la mía se estableció el siguiente diálogo:

Lástima —dijo la voz, repitiendo mi piadosa exclamación —. ¿Y por qué me has de tener lástima, escritor? Yo a ti, ya lo entiendo.

¿tú a mí? —pregunté sobrecogido por un terror supersticioso; y es que la voz empezaba a decir verdad.

-Escucha: tú vienes triste como de costumbre; yo estoy más alegre que suelo. ¿por qué ese color pálido, ese rostro deshecho, esas hondas y verdes ojeras que ilumino con mi luz al abrirte todas las noches ¿por qué esa distracción constante y esas palabras vagas e interrumpidas de que sorprendo todos los días fragmentos errantes sobre tus labios ¿por qué te vuelves y te revuelves en tu mullido lecho como un criminal, acostado con su remordimiento, en tanto que yo ronco sobre mi tosca tarima ¿quién debe tener lástima a quién no pareces criminal; la justicia no te prende al menos; verdad es que la justicia no prende sino a los pequeños criminales, a los que roban con ganzúas o a los que matan con puñal; pero a los que arrebatan el sosiego de una familia seduciendo a la mujer casada o a la hija honesta, a los que roban con los naipes en la mano, a los que matan una existencia con una palabra dicha al oído, con una carta cerrada, a ésos ni los llama la sociedad criminales, ni la justicia les prende, porque la víctima no arroja sangre, no manifiesta herida, sino agoniza lentamente consumida por el veneno de la pasión que su verdugo le ha propinado. ¡qué de tísicos han muerto asesinados por una infiel, por un ingrato, por un calumniador! Los entierran; dicen que la cura no ha alcanzado y que los médicos no la entendieron. Pero la puñalada hipócrita alcanzó e hirió el corazón. Tú acaso eres de esos criminales y hay un acusador dentro de ti, y ese frac elegante y esa media de seda, y ese chaleco de tisú de oro que yo te he visto son tus armas maldecidas.

-Silencio, hombre borracho

-No; has de oír al vino una vez que habla. acaso ese oro que a fuerza de elegante has ganado en su sarao y que vuelcas con indiferencia sobre tu tocador es el precio del honor de una familia. acaso ese billete que desdoblas es un anónimo embustero que va a separar de ti para siempre la mujer que adorabas; acaso es una prueba de la ingratitud de ella o de su perfidia. más de uno te he visto morder y despedazar con tus uñas y sus dientes en los momentos en que el buen tono cede el paso a la pasión y a la sociedad ==


Tú buscas la felicidad en el corazón humano, y para eso le destrozas, hozando en él, como quien remueve la tierra en busca de un tesoro. yo nada busco, y el desengaño no me espera a la vuelta de la esperanza. tú eres literato y escritor, y ¡qué tormentos no te hace pasar tu amor propio, ajado diariamente por la indiferencia de unos, por la envidia de otros, por el rencor de muchos! preciado de gracioso, harías reír a costa de un amigo, si amigos hubiera, y no quieres tener remordimiento. hombre de partido, haces la guerra a otro partido; o cada vencimiento es una humillación, o compras la victoria demasiado cara para gozar de ella. ofendes y no quieres tener enemigos. ¿a mí quién me calumnia ¿quién me conoce tú me pagas un salario bastante a cubrir mis necesidades; a ti te paga el mundo como paga a los demás que le sirven. te llamas liberal y despreocupado, y el día que te apoderes del == látigo azotarás como te han azotado. Los hombres de mundo os llamáis hombres de honor y de carácter, y a cada suceso nuevo cambiáis de opinión, apostáis de vuestros principios. Despedazado siempre por la sed de gloria, inconsecuencia rara, despreciarás acaso a aquellos para quienes escribes y reclamas con el incensario en la mano su adulación; adulas a tus lectores para ser de ellos adulado, y eres también despedazado por el temor, y no sabes si mañana irás a coger tus laureles a las Baleares o a un calabozo.

-¡basta, basta! ==

-Concluyo; yo, en fin, no tengo necesidades; tú, a pesar de tus riquezas, acaso tendrás que someterte mañana a un usurero para un capricho innecesario, porque vosotros tragáis oro, o para un banquete de vanidad en que cada bocado es un tósigo. tú lees día y noche buscando la verdad en los libros hoja por hoja, y sufres de no encontrarla ni escrita. entre ridículo, bailas sin alegría; tu movimiento turbulento es el movimiento de la llama, que, sin gozar de ella, quema. cuando yo necesito de mujeres echo mano de mi salario y las encuentro, fieles por más de un cuarto de hora; tú echas mano de tu corazón, y vas y lo arrojas a los pies de la primera que pasa, y no quieres que lo pise y lo lastime, y le entregas ese depósito sin conocerla. confías tu tesoro a cualquiera por su linda cara, y crees porque quieres; y si mañana tu tesoro desaparece, llamas ladrón al depositario, debiendo llamarte imprudente y necio a ti mismo ==


-Por piedad, déjame, voz del infierno.

-Concluyo; inventas palabras y haces de ellas sentimientos, ciencias, artes, objetos de existencia. ¡política, gloria, saber, poder, riqueza, amistad, amor! y cuando descubres que son palabras, blasfemas y maldices. en tanto el pobre asturiano come, bebe y duerme, y nadie le engaña, y, si no es feliz, == no es desgraciado, no es al menos hombre de mundo, ni ambicioso ni elegante, ni literato ni enamorado. Ten lástima ahora del pobre asturiano. Tú me mandas, pero no te mandas a ti mismo. Tenme lástima, literato. Yo estoy ebrio de vino, es verdad; pero tú lo estás de deseos y de impotencia...

Un ronco sonido terminó el diálogo; el cuerpo, cansado del esfuerzo, había caído al suelo; el órgano de la providencia había callado, y el asturiano roncaba. «¡agora te conozco —exclamé —, día veinticuatro!»

Una lágrima preñada de horror y de desesperación surcaba mi mejilla, ajada ya por el dolor. a la mañana, amo y criado yacían, aquél en hecho, éste en el suelo. el primero todavía abiertos los ojos y los clavaba con delirio y con delicia en una caja amarilla donde se leía mañana. ¿llegará ese mañana fatídico ¿qué encerraba la caja en tanto, la nochebuena era pasada, y el mundo todo, a mis barbas, cuando hablaba de ella, la seguían llamando nochebuena.


La soledad larriana

¿Ha estado siempre solo Larra? ¿Cuál fue el entorno que rodeó en vida a Fígaro y en qué medida pudo servir éste como referencia al escritor? El drama de nuestro hombre es que, en ese como en tantos otros aspectos, no halló nunca el equilibrio preciso a su personalidad sin raíces: o estuvo solo o demasiado acompañado. El ambiente de Larra, la atmósfera personal que envuelve su trágico destino, fue la regida por la relación superficial, el trato, por decirlo así, literario. Sus amigos son aristócratas — el marqués de Molins, el conde de Campo Alangeo escritores —Espronceda, Mesonero, Bretón...— En ambos casos están unidos por el hilo invisible y poco profundo del tiempo que les une o del país ante el que se lamentan juntos. En el segundo, por la vocación común de la escritura.

Su posterior diálogo dramático con el mayordomo descubre la incapacidad larriana para estar en el interior del pueblo. Larra, de siempre, se orientó a vivir las cosas desde fuera, a ser crítico acerado del mundo. Sin sólidas raíces deambula por entre las tertulias aristocráticas y literarias, como un dandy que hace profesión de escéptico, jugando a la calaverada inteligente. Se desgastaba, así, en lo puramente externo —fiestas, bailes, saraos, teatros, tertulias— como el que busca en los otros el eco de su brillantez y el precio que por ello pagaba era la más profunda soledad. Los demás se equivocaban con él en la medida —es preciso decirlo— en que él se equivocaba a sí mismo ofreciendo al mundo el gesto de su elegancia elitista.

Huyendo de sí, ¿cómo podía obligar a los demás a desenmascarar la imagen que él mismo cuidaba tanto en mantener erguida? Campo Alange o Espronceda vivían en mayor medida como el héroe romántico al estilo de Byron. Larra fue siempre más razonable, más pragmático aunque, tal vez, el disparo final nos haga pensar en un estereotipo distinto, más en consonancia con el corazón que con la cabeza. A veces uno se pregunta, a la vista de su periplo europeo, por qué no se quedó Larra en Europa, en París. Si escribir en Madrid era llorar y Larra lo sabía ya antes de haberlo escrito —y escribir en París como Víctor Hugo— era «otra» cosa (las palabras allí retumbaban), ¿por qué no buscar desesperadamente la fama en París, el éxito en la capital del Romanticismo? Sus propias cartas nos revelan en parte «su» respuesta a nuestra pregunta. Larra en Madrid era ya Fígaro y el regresó a seguir siendo el hombre brillante que deja en los salones las briznas de un ingenio.

Larra está así o solo —en una soledad que le duele pero de la que no sabe salir— o en medio de una élite que le aplaude aún sin comprender su desbordada intimidad. Apenas cabe el término medio, la amistad reposada, abierta, sin turbulencias. A Fígaro le falta siempre el calor del mundo. Vive volcado al exterior, todo agresividad y gasta en esa lucha diaria —que es ulterior sólo en sus perfiles aparentes— lo mejor de sus fuerzas. Para remediar el vacío sueña. Dolores es, en este sentido, un tanto irreal, la quimera necesaria de un solitario que ve la sociedad como algo hostil.

El yo —eje esencial del discurso— se completa con los otros. Como «En este país», años atrás, Larra acomete contra las costumbres madrileñas según las cuales «el vientre es el encargado de cumplir con las grandes solemnidades». Agotado por el vino, su criado ha dejado de ser hombre para ser todo verdad. Es ya el espejo perfecto en el que se va a mirar Larra. ¿Qué imagen le devuelve éste del escritor? Léanse despacio las palabras del asturiano criado de Fígaro. El dandismo como defensa, la escritura como arma arrojadiza, la política como forma suprema del engaño: todo, en suma, ordenado para mandar en los otros y ser esclavo de sí mismo.

Larra se mira en el espejo del otro y ve en él toda su miseria personal acumulada; se aterra de su yo reflejado en el criado ebrio de vino y verdades. Hacía algo más de un año, en el Londres inmenso, escribía: «Estoy en Londres cara a cara conmigo mismo, y éste es el peor trabajo que me podía suceder, porque, a decir verdad, no me gusto gran cosa». Ahora, año y pico después de aquella carta, Larra se vuelve a mirar, a fondo, sin piedad de sí mismo, en el espejo: y lo que advierte es que apenas tiene fuerzas para soportar su yo tambaleante.


La última esperanza

Aún le queda una tenue esperanza, vehementemente alimentada: Dolores. A lo que sabemos, las actitudes de Dolores Armijo han ido variando de forma sustancial durante los últimos tiempos. Repudiada por su marido, que ha partido hacia Filipinas, se halla recluida en Avila donde se aloja en casa de un pariente, tras haber pasado una corta temporada en un convento. Larra ha ido y venido a Avila intentando salvar la vigilancia a que Dolores se halla sometida. Pero sus viajes fugaces no han conseguido consolidar un amor en el que las dificultades comienzan a primar sobre las gratificaciones. Dolores está disociada entre la teórica pasión ilegítima hacia el escritor famoso y la fidelidad cómoda hacia el marido airado. Al cabo del tiempo, Cambronero, desde Filipinas, perdona a Dolores Armijo y solicita su presencia junto a él: todo pertenece al pasado. También, en cierto modo, Larra.

Es el momento en que Larra puede pasar a ser víctima de Dolores y ésta la mujer calavera a que el propio Mariano José aludía. De hecho, la pasión de la Armijo se ha ido apagando a medida que el amor abandona su matiz de aventura en el hombre calavera al que se intenta dominar. Conseguido su propósito, Larra queda a merced de Dolores. Estamos casi en presencia de una brutal ejecución amorosa con la víctima y el verdugo bien definidos. Quien conquistó a Dolores fue Fígaro. Pero ahora Fígaro y Larra son una misma persona definitivamente. Y Larra pide demasiado: convertir la aventura que fue en pareja estable, obligar a Dolores a que rompa con los prejuicios y los convencionalismos sociales. Larra, siempre lúcido, se teme lo peor.

Acaso ese billete que desdoblas es un anónimo embustero que va a separar de ti para siempre la mujer que adorabas; acaso es una prueba de la ingratitud de ella o de su perfidia.»

Mariano José de Larra a solas con su delgada esperanza aguarda mientras la depresión crece en él sin remedio. Las últimas palabras de la Nochebuena de 1836 son todo un aviso, toda una fatal premonición. Fígaro se vacía ante el lector y le descubre con absoluta crudeza su juego suicida:

El primero (larra) tenía todavía abiertos los ojos y los clavaba con delirio y con delicia en esa caja amarilla donde se leía mañana. ¿llegará ese mañana fatídico ¿qué encerraba la caja.»

Preguntas con trágica y sencilla respuesta. El mañana tardará en llegar menos de cuarenta días. La caja encerraba las pistolas que habrán de provocar el fatal disparo. Por el momento, sin embargo, la pregunta está en pie. Larra se agarra desesperadamente a su última esperanza, 1836 ha muerto y el escritor enfila el nuevo año agazapado en su angustia. Apenas sale de casa. Madrid le quema. Escribe sin cesar, cumpliendo con rigor y puntualidad sus contratos. El escepticismo crece. El 3 de enero, en su Carta al Estudiante, replica: «Amigo, yo no vivo en la luna, sino en Madrid: digo hoy una cosa para poder hacer otra mañana». Sigue a duras penas en la farsa del mundo y sueña, nostálgico, con un ayer imposible o un mañana borroso. El teatro le aburre ya sin contemplaciones; la literatura le quema su pluma. Como en aquella temible metáfora del día de difuntos, Madrid, la capital, le parece un inmenso cementerio. Cada día, en cada artículo, en cada conversación liviana, entierra una esperanza casi a sabiendas ya de que no va a poder jamás resucitarla.



-

Introducción

EL 15 de enero de 1837 muere, como un verdadero héroe romántico, el conde de Campo Alange, uno de los pocos amigos de verdad que tuvo durante su vida Mariano José de Larra. Campo Alange había ayudado al escritor en el momento de su primera crisis; con él anduvo Larra los paisajes inmensos de la Extremadura y junto a él, en su hermosa villa extremeña, curó el deprimido Fígaro su cansancio de Madrid y de España, su hastío inicial de 1835. La muerte de Campo Alange llena de dolor el corazón encogido y triste de Larra, que le dedica un artículo necrológico conmovido y profundo que es, a la vez que un canto al amigo, una exaltación vigorosa de las virtudes románticas y del hombre desprendido y nuevo que Campo Alange encarnaba con tiesura de soldado y cultura de poeta. Con el conde fallecido perdía Larra, tal vez, el mejor de sus compañeros de viaje, uno de los pocos capaces de comprenderle. Muerte súbita que aumenta aún más la depresión de Larra, que ya casi ni se molesta en enviar al mar sus botellas angustiadas de náufrago perdido.

Pero Fígaro sigue (todavía) en pie. Encerrado, solo, ensimismado. Aún sabe, sin embargo, reconocer el resplandor del talento, la llamarada fulgurante del genio. Y así, cuando Hartzembusch estrena «Los amantes de Teruel», Larra elogia el drama, fruto, como el de García Gutiérrez, de lo que nuestro hombre ha llamado repetidas veces «La aristocracia del talento». Como crítico honesto, la depresión larriana tiene un límite: la justicia, el reconocimiento de los méritos. Mas el crítico es, al mismo tiempo, el hombre y detrás de sus párrafos sobre aquellos amantes desolados se traduce el problema que invade a Larra y, dirigiéndose a Hartzembusch, le aconseja:

.. si oyese decir que el final de su obra es inverosímil, que el amor no mata a nadie, puede responder que es un hecho consignado en la historia, que los cadáveres se conservan en teruel y la posibilidad en los corazones sensibles; que las penas y las pasiones han llenado más cementerios que los médicos y los necios; que el amor mata aunque no mate a todo el mundo, como matan la ambición y la envidia; que más de una mala nueva, al ser recibida, ha matado a personas robustas instantáneamente y como un rayo; y aún será en nuestro entender mejor que a ese cargo no responda, porque el que no lleve en su corazón la respuesta no comprenderá ninguna. las teorías, las doctrinas, los sistemas se explican, los sentimientos se sienten.»


Los sentimientos se sienten. Larra es ahora, todo él, sentimiento desbordado. Y sabe, en efecto, que el amor mata. Meses atrás, en su crítica —tan famosa, tan significativa— al «Antony» de Alejandro Dumas ha esbozado Fígaro su teoría del enfrentamiento entre los sujetos y la sociedad. Antony, de algún modo como Larra, ha transgredido las normas con su adulterio. ¿Puede la pasión de los amantes superar el conflicto que su adulterio les crea con la sociedad en que viven? ¿Quién de los dos enfrentados sale airoso, los individuos o la sociedad? La respuesta de Larra es Antony, es todo un disparo anticipado hacia su pasión ilegítima: «Cuando un hombre y una mujer se ponen en lucha con las leyes recibidas en la sociedad, perece el más débil, es decir, el hombre y la mujer, no la sociedad». A aquellas alturas, la frase retumba sobre su suerte como una implacable premonición.

El día 29 de enero, Fígaro publica sus dos últimos artículos. Nada más volverá a salir en las columnas de la prensa con ese histórico seudónimo que ya es el símbolo del periodismo crítico e inteligente. Catorce días le separan de la muerte. No sabemos muy bien qué pasó en ellos, cómo se fueron sucediendo, cómo le arrastraron hacia la decisión final. Vive Larra, entonces, en la calle de Santa Clara, cerca del Palacio Real. En virtud de una educada carta a Pepita Wettoret, fechada a finales de diciembre, en la que insta a su esposa a que se traslade a Valencia con la pequeña de las niñas, colegimos que se hallaba entonces enfermo. Sanclemente, en una epístola que lleva fecha del 18 de febrero, escribe a su hermano relatando lo que eran rumores madrileños tras la muerte del escritor:

«Se añade que Larra vio en las máscaras de este carnaval a su querida, y que la instaba para que acudiera a renovar relaciones, a lo cual ella se negaba. El, don Mariano José, la escribió a ella, diciéndole que le aguardase, que iría a visitarla el lunes último. Ella (la mujer del actual Secretario de la Capitanía General de Filipinas) le contestó que en ningún modo fuese nunca a su casa de ella, que ella iría a la de él, el mismo día por la noche. Fígaro estuvo aquel día contentito con la esperanza de la visita que había de tener.»

Sin saber lo que sucedió en los primeros días de febrero de 1837, podemos reconstruir con cierta exactitud los movimientos de Larra el día 13, fecha final de su vida. Pasea por la mañana con un amigo, el marqués de Molins. Tras la comida, aguarda en su casa la llegada de Dolores Armijo. Esta llega con una amiga. Pocas palabras, casi de protocolo. Dolores desea dos cosas: poner punto final a la desgraciada aventura y rescatar sus cartas de fechas anteriores. Larra queda en silencio tras el golpe. «Mi corazón no es más que otro sepulcro», había dicho. Eran las ocho y media de la noche, una noche fría de carnaval madrileño. A su lado está la caja amarilla. Un instante tan sólo... y Larra deja de existir. Casi no le ha dado tiempo a su criado para despedir a las damas y, cuando regresa el cuerpo de Larra yace sin vida al lado de su escritorio. Se ha cumplido la fatal profecía que el 26 de diciembre se hizo a sí mismo. El mañana que entonces se observaba en el horizonte es ya hoy y Larra es, al fin, un cadáver en medio del silencio. En ese momento ha entrado en la Historia; él, que fue siempre un esclavo de la actualidad más restallante, es a partir de ahora futuro, símbolo, bandera.

Pero al día siguiente, Larra pertenece, por decirlo así, a sus contemporáneos. ¿Saben estar éstos a la altura de aquél? Azorín ha espigado con paciencia los testimonios periodísticos de la muerte de Larra, las notas necrológicas que siguen al pistoletazo suicida. ¡Qué tristeza más inmensa, qué desolación, qué sensación de vacío e impotencia! Huecas frases hechas, tímidos y torpes elogios guiados por el protocolo... Vale la pena acudir hasta la crónica azoriniana para entender qué lejos se hallaba Fígaro de los hombres de su tiempo, qué poco entendieron éstos la calidad de su mensaje, de qué modo más patético se les escapó la grandeza de su escritura, la lucidez de su crítica y la belleza de su prosa crispada. Larra, que fue riguroso, no tuvo a su lado el estímulo de perpetuar su rigor. Los otros le vivieron al revés.

Sus contemporáneos, al punto, reciben con estupor la noticia de su muerte. «Al día siguiente, escribe el marqués de Molíns, amigo de Larra y el último que paseó por Madrid junto a él, no se hablaba en Madrid más que de este acontecimiento. Las discusiones de las Constituyentes y las operaciones de los carlistas dieron treguas.» Escritores y políticos, una muchedumbre arracimada se dio cita en una postrera despedida. El Eco del Comercio da cuenta así del que iba a ver su entierro:

Noticiosos sus muchos amigos de que había de enterrarse su cadáver en la mañana de hoy en sepultura de misericordia, por no haberse dado disposición alguna por ninguno de sus parientes para que se efectuase con el decoro debido a uno de nuestros primeros ingenios, se decidieron a costearle su entierro y sepultura, que tendrá efecto a las cuatro de la tarde de hoy (día 15), saliendo de la iglesia de santiago, donde está depositado, acompañándole hasta su última morada la juventud literaria de madrid.»


El marqués de Molins habla, refiriéndose al entierro de un «lucido concurso, cual jamás lo vieron los tiempos presentes, ni lo recuerdan los antiguos, sino en obsequio de Lope». De aquel sentido gentío, y siguiendo los ritos poéticos de la época, salió un joven que al pie de la tumba comenzó a recitar:

«ese vago clamor que rasga el viento
es la voz funeral de una campana
vano remedo del postrer lamento
de un cadáver sombrío y macilento
que en sucio polvo dormirá mañana.»


Su nombre, José Zorrilla, en quien luego se encarnaría la tercera generación romántica, mucho más gesticulante y superficial que la de Larra o Espronceda. Era, sin embargo, todo un curioso símbolo. Sobre la tumba de Larra se alzaba Zorrilla. Como los propios contemporáneos, el autor de «Don Juan Tenorio» repudiaría luego aquel inicio. El marqués de Molins se preguntaba en medio de la multitud: «¿Es el obsequio de autor o al suicida?». Y, de un modo que hoy nos hiela casi, añadía: «Los que tomamos parte en él, como amigos, no podemos responder».

Ante la tumba de Larra, el silencio. En los periódicos, la mediocridad más desolada al comentar su muerte y su obra. El Patriota, día 15, en una lacónica nota, daba cuenta del acontecimiento, «al que no parecen extraños los celos» y por todo elogio añadía: «conocido del público por sus graciosos artículos». El Eco del Comercio aludía a sus «muchas y preciosas producciones» al tiempo que, pudorosamente, no se atrevía, «por delicadeza, a manifestar la causa que ha motivado esta catástrofe». La Gaceta, en el mismo tono, habla «del escritor cuyas obras por lo general excitaban la risa y eran para todos un objeto de predilección y de aprecio». ¡Qué pena de leer hoy tan burdos comentarios! ¿Es que nadie había leído a fondo a Larra? ¿Nadie leyó en su día con un mínimo de agudeza «La Nochebuena de 1836», tan sólo mes y medio antes?


Una absurda polémica

El marqués de Molins —lo sabemos porque luego lo confesó él mismo— fue el autor de la anónima nota aparecida en El Español, diario que se preciaba con incluir a Larra entre sus colaboradores. Decía así en sus párrafos esenciales: «Quizá no haya persona de las que pertenecen a la España instruida que no conozca este nombre, ¡quizá no haya uno que conociera bien al sujeto que lo llevaba! Fígaro, el escritor que hacía asomar la risa a los labios de todos, el que se burlaba de todo cuanto el mundo admira y aplaude, no reía. Fígaro tenía un talento demasiado claro, un alma demasiado noble para no llorar, y lloraba de continuo, y cada uno de estos artículos que el público lee con carcajadas, eran otros tantos genios de desesperación que lanzaba a una sociedad corrompida y estúpida que no sabía comprenderle».

La última frase levantó una unánime reacción de protesta. Nadie quiso admitir el hecho, flagrante, de que Fígaro estuvo por encima de la comprensión de una sociedad que asistió impasible a su destrucción y luego se extrañó de su trágico final. Nadie supo reconocer la realidad, a saber: que Larra se había alzado sobre la estatura de sus contemporáneos. Todos prefirieron creer que Larra era un enfermo con multitud de razones para quitar de su mente febril la idea estúpida del suicidio. Algunos, incluso, se permitieron el lujo de señalar que no había continuidad entre el crítico mordaz y el hombre desesperado; que, en suma, de un hombre capaz de hacer reír a sus lectores se podía esperar todo menos aquella decisión ininteligible. En «La sátira y los satíricos», sin embargo, Larra había dejado muy claro el alcance de su actitud:

Tiempo hacía que deseábamos una ocasión de decir algo acerca de la mala interpretación que se da generalmente al carácter y a la condición de los escritores satíricos. créese vulgarmente que sólo un principio de envidia y la impotencia de crear obras modelos, un germen de mal humor y de misantropía, hijo de circunstancias personales o de un defecto de organización, pueden prestar a un escritor aquella acrimonia y picante mordacidad que suelen ser el distintivo de los escritores satíricos.»


Palabras escritas en El Español el 2 de mayo de 1836, poco después de las medidas desamortizadoras dictadas por Mendizábal. El final del artículo va dejando claras las cosas. Defiende Larra en él:

La otra consideración que nos queda que hacer es, en verdad, más personal a los escritores satíricos; pero, una vez meditada, no es por eso menos triste. supone el lector, en quien acaba un párrafo mordaz de provocar la risa, que el escritor satírico es un ser consagrado por la naturaleza a la alegría y que su corazón es un foco inextinguible de esa misma jovialidad que a manos llenas prodiga en los que éstos no saben siempre, no es así. el escritor satírico es, por lo común, como la luna, un cuerpo opaco destinado a dar luz, y es acaso el único de quien con razón se puede decir que da lo que no tiene. ese mismo don de la naturaleza de ver las cosas tales cuales son, y de notar antes en ellas el lado feo que el hermoso, suele ser su tormento. llámanle la atención en el sol más sus manchas que su luz, y sus ojos, verdaderos miscroscopios, le hacen notar la fealdad de los poros exagerados y las desigualdades de la tez en una venus, donde no ven los demás sino la proporción de las facciones y la pulidez de los contornos: ve detrás de la acción aparentemente generosa el moil mezquino que la produce. ¡y eso llaman, sin embargo, ser feliz! esa acrimonia misma, esa mordacidad jocosa que suele hacer tan menudo el contento de los demás, es en él la fría impasibilidad del espejo que reproduce las figuras, no sólo sin gozar, sino a veces empañándose.


Pero nuestros lectores perdonarán fácilmente este atrevimiento si antes de concluir este artículo les confesamos que sólo ha podido dar lugar a él una inculpación que nos ha sido hecha recientemente; hay quien supone que sólo una pasión dominante de criticar guía nuestra pluma. no como escritores de mérito, que envidiamos a cuantos le tienen y del cual nos vemos, desgraciadamente, demasiado desnudos, sino al fin como escritores satíricos, calidad que ni podemos ni queremos negar, hemos tratado de salir a la defensa de su supuesta maligna condición. ignoramos si lo habremos logrado, pero nunca creeremos inútil hacer nuevas profesiones de fe, por más que las hayamos repetido, en punto tan importante. somos satíricos, porque queremos criticar abusos, porque quisiéramos contribuir con nuestras débiles fuerzas a la perfección posible de la sociedad a que tenemos la honra de pertenecer. pero deslindando siempre lo lícito de lo que nos es vedado, y estudiando sin cesar las costumbres de nuestra época, no escribimos sin plan; no abrigamos una pasión dominante de criticarlo todo con razón o sin ella; somos sumamente celosos de la opinión buena o mala que puedan formar nuestros conciudadanos de nuestro carácter; y en medio de los disgustos a que nos condena la dura obligación que nos hemos impuesto, cuyos peligros arrastramos sin restricción, el mayor pesar que podemos sentir es el de haber de lastimar a nadie con nuestras críticas y sátiras; ni buscamos ni evitamos la polémica; pero siempre evitaremos cuidadosamente, como hasta aquí lo hicimos, toda cuestión personal, toda alusión impropia del decoro del escritor público y del respeto debido a los demás hombres, toda invasión en la vida privada, todo cuanto no tenga relación por el interés general. júzguennos ahora nuestros lectores y zumben en buen hora en derredor nuestro los tiros empozoñados de los que son en realidad más malignos que nosotros.»


Ahí están, claramente expuestos, los límites y las servidumbres del escritor satírico que Larra nunca quiso dejar de ser. Si sus coetáneos confundieron los términos fue más que nada porque no leyeron nunca bien a un escritor que siempre les resultó molesto. Convertir su crítica en materia visible no era, así, más que un torpe mecanismo de defensa para no aceptar las propias palabras larrianas. El Madrid de su tiempo quiso de este modo domesticar a Larra, convirtiéndole en un personaje gracioso y temible. Aplaudiendo sus salidas como ingeniosas se evitaba analizarlas a fondo. El mismo Fígaro lo había entrevisto con lucidez cuando escribió: «Mivida está condenada a querer decir lo que otros no quieren leer». Ese era para él, en suma, la difícil tarea del periodista. Ese, también, el transfondo de su patriotismo. Y en ello residía, en última instancia, su grandeza.

Pero el espejo que Larra puso con su prosa para que sus contemporáneos se miraran en él y vieren reflejada la verdadera imagen del momento no fue aceptado. Aquellos a los que se destinaba lo rompieron y, pretendiendo que su autor se quedara tranquilo, le ofrecieron a cambio el éxito, las puertas abiertas, la aceptación sin límites del personaje. Así, su triunfo se volvía contra él. Quien buscaba el cambio y la eficacia, recogía tan sólo la admiración torpe y el aplauso insincero. Todo quedaba en su sitio. El precio del éxito era la conversión en un escritor gracioso. Las notas necroloģicas que cierran en la prensa la muerte suicida de Larra son la prueba más palpable de todo ello. Si Larra hubiera podido leerlas, se habría reafirmado, sin duda, en su dolor. Tal vez, sin embargo, las imaginaba. Y por eso, lejos de evitar su desesperación, la acrecentaba hasta llevarla al fondo.




-

Introducción

Tumba de Mariano José de Larra.
Tumba de Mariano José de Larra.


HEMOS asistido al itinerario que traza, desde 1809 a 1837, la fecunda biografía de Mariano José de Larra. Una a una, con la puntualidad de sus mismos textos, hemos podido observar las curvas que, entre la esperanza y la depresión o el cansancio, se van sucediendo en los últimos y decisivos años del corto trayecto. Al final, con el mayor detalle posible, hemos procurado poner frente a los ojos del lector la crónica desolada de los postreros días figarianos, el camino, denso de confesiones y apenas velado por el pudor que va del día de Difuntos de 1836 a la fecha fatal del 13 de febrero de 1837. Nada se entendería de ese alucinado tramo en que culmina todo, sin embargo, sin poner la vista atrás, en el Larra de las horas cargadas de esperanza. Nada, tampoco, podríamos entender de la decisión suicida sin sacar a Larra de su habitación. Y ver, a su lado, el país que le rodeaba, la España para quien escribía, el Madrid que le aplaudía sin conocerle ni comprenderle.

Pensar en un suicidio por amor, al modo estereotipado del romanticismo visceral, es, amén de una ingenuidad, una irreparable actitud superficial, que si no podemos perdonar en su coetáneos, mucho menos podemos disculpar en quienes hasta él se acercan siglo y medio casi después de su muerte. ¿Quién coloca la bala en la pistola?, ¿la desidia de Dolores? También Dolores Armijo, claro está. Pero su amante no es más que un factor de una serie infinitamente más compleja. En última instancia, Dolores es, como tantas otras cosas, parte del contexto que lleva a Larra hasta el pistoletazo final. Y no parte sólo como persona, sino como dato: el hecho, en suma, de que también fuera imposible salvar el escollo de ese amor socialmente condenado. Dolores Armijo es, en el último momento, otra esperanza que Larra encierra. Pero venía enterrando desde atrás muchas más. Pensar que por ser la última en el tiempo es la decisiva, creer que hay una relación íntima de causa a efecto entre el abandono de la amante y el suicidio es, simplemente, no haber entendido (ni leído bien) a Larra. Hablando con propiedad —Umbral lo ha señalado—, Mariano José de Larra estaba muerto mucho antes del disparo. El hombre que escribe «La Nochebuena de 1836» o «El día de Difuntos de 1836» está anunciando no sólo que por faltarle el amor se quitará algún día la vida, sino, lo que es sin duda más importante, que ha llegado (o está a punto) a perder el sentido de la existencia. Que cree, en suma, como luego dirá el primer Sartre que el hombre es una pasión inútil. Pero lo decisivo en nuestro caso no es verificar esta conclusión, sino comprender cómo se llega hasta ella. Y ahí está, en última instancia, eso que en términos muy generales podemos llamar política. Escuchemos por un momento sus propias palabras en «Un reo de muerte», publicado en Revista Mensajero, el 30 de marzo de 1835:

Cuando una incomprensible comezón de escribir me puso por primera vez la pluma en la mano para hilvanar en forma de discurso mis ideas, el teatro me ofrecía primer blanco a los tiros de ésta que han calificado muchos de mordaz maledicencia... del llamado teatro, sin duda por antonomasia, dejeme suavemente deslizar al verdadero teatro; a esa muchedumbre en continuo movimiento, a esa sociedad donde sin ensayo ni previo anuncio de carteles, y donde a veces hasta de balde y en balde se representan tantos y tan distintos papeles. de estos dos teatros, sin embargo, peor el uno que el otro, vino a desalojarme una farsa que lo ocupó todo: la política.»


Larra empieza siendo un escritor crítico —de teatros o de costumbres, otro teatro— y acaba siendo un escritor político. Todo le lleva al mismo punto, todo converge en la misma dirección: la suerte colectiva de un país que le hiere la retina y que quisiera distinto. A Mariano José de Larra le desgarra el dolor de España que inaugura con una lucidez digna de mucho mejor entendimiento. Vive un momento histórico decisivo y cuajado de esperanzas: el paso —teórico— del Antiguo al Nuevo Régimen, la constitución dificultosa de una sociedad de nuevo cuño a la salida de la tediosa y terrible dictadura fernandina. Ese es el contexto de la decepción de Fígaro y fuera de él nada aparece claro ni inteligible a los ojos de una lectura total y auténtica de su obra. Tal vez sus conemporáneos, leyéndole día a día, sin demasiada visión de conjunto, pudieran albergar una percepción inexacta o parcial. Nosotros, no. Nosotros debemos leer a Fígaro sabiendo muy bien lo que había detrás de cada una de sus «aparentes» mordacidades. Sólo entonces conocemos el verdadero trasfondo que se agazapaba por detrás de cada artículo envidiado y/o admirado.

Sus contemporáneos —está claro–trivializaron a Larra. Tal y como dice Azorín, no le entendieron. «Perciben su superioridad, y, sin embargo, hay algo en él que no comprenden». Le creen, en suma, un producto romántico en el peor —y más gesticulante— sentido de la palabra. O le alian, sin más, entre el abigarrado grupo de los costumbristas empeñados en mostrar graciosamente el lado ridículo o grotesco de las costumbres madrileñas o españolas. Se ven con él superados como se vieron los pobres contemporáneos de Miguel de Cervantes con «El Quijote». No fueron capaces de ver en Larra más allá de la imagen mundana de un Fígaro despreocupado y elegante que deslumhraba en los salones a las damas o hacía temblar a sus colegas en las tertulias.


Y en 1901?

Y en 1901, los noventayochistas, entonces en pleno proceso de rebeldía vital dentro de la España sin pulso que denunciara Silvela, tampoco lograron reivindicar toda la grandeza de Larra. En «Rivas y Larra» rememora Azorín la visita de 1901 a la tumba de Larra que ya evocara Baroja y que el mismo Martínez Ruiz novelara en «La voluntad»:

«En la tarde del 13 de febrero de 1901 un grupo de jóvenes se dirigía por la calle de Alcalá abajo, desde la Puerta del Sol, en dirección a Atocha. Vestían estos mozos trajes de luto; iban cubiertos con sombreros de copa; llevaban en las manos ramitos de violetas. El sombrero de alguno de estos jóvenes era de ala plana, recta; una larga melena bajaba casi hasta los hombros, el cuello iba rodeado con triple vuelta de negra corbata. Diríase una típica figura de un cuadro de Esquivel. Estos muchachos se encaminaban hacia el cementerio de San Nicolás, donde estaba enterrado Fígaro. Llegados ante la tumba del escritor, depositaron en ella los ramitos de violetas, y uno de los jóvenes leyó un breve discurso en el que se enaltecía la memoria de Larra. “Maestro de la presente juventud es Mariano José de Larra.” La juventud de que aquí se habla es la que luego ha sido llamada generación de 1898. Dos días después de la visita a la tumba de Larra, ese grupo de jóvenes publicaba una hoja en que se contenían el relato del homenaje, el discurso leído, una breve biografía de Larra y los nombres de los que realizaron el acto. Pío Baroja era el autor de la descripción de la visita, y el autor de estas líneas lo era del discurso leído y de la nota biográfica. La hoja, impresa en gran tamaño por una cara sola, se imprimió en la Imprenta de Felipe Marqués, Madera, 11, Madrid. (Damos estos detalles porque es posible que con el tiempo sea éste un documento, si no histórico, como se suele decir, por lo menos interesante.) En recias y negras letras, a la cabeza de la hoja, se lee: Larra; debajo: 1809-1837, y en seguida: “Aniversario de 13 de febrero de 1901.”

Pío Baroja, hablando del cementerio de San Nicolás, escribe en su relato: “El cementerio este se encuentra colocado a la derecha de un camino próximo a la estación del Mediodía. A su alrededor hay eras amarillentas, colinas áridas, yermas, en donde no brota ni una mata, ni una hierbecilla”. “El día en que fuimos era espléndido —añade Baroja—; el cielo estaba azul, tranquilo, puro. Desde lejos, a mitad de la carretera, por encima de los tejadillos del cementerio, se veían las copas de los negros cipreses, que se destacaban en el horizonte de un azul luminoso...” Los celebrantes del homenaje fueron: Ignacio Alberti, Camilo Bargiela, Pío Baroja, Ricardo Baroja, José Fluixá (la figura de Esquivel, con sus melenas y su chistera de ala plana), Antonio Gil y J. Martínez Ruiz. En nuestra novela “La voluntad” hemos dedicado un capítulo a este acto; allí reproducimos el discurso leído.

“Maestro de la presente juventud es Mariano José de Larra.” Sí, esta generación de escritores ha sentido y amado a Larra como antes no había sido sentido y amado...»

El discurso de Azorín sitúa a Larra en las coordenadas del rebelde que se entregó con pasión a la escritura: «Se dio por entero a la vida y a la obra; todas sus vacilaciones, sus amarguras, sus inquietudes, están en sus vibradoras páginas y en su trágica muerte. Y he aquí por qué nosotros, jóvenes y artistas, atormentados por las mismas ansias y sentidores de los propios anhelos, venimos hoy a honrar, en su aniversario, la memoria de quien queremos como un amigo y veneramos como a un maestro».

Pero Larra es mucho más que un rebelde. Y su figura está por encima, hoy, de la simple rebeldía sin causa. El 98 quiere rescatar de Larra su actitud, su gesto, su insobornable independencia, su desesperado intento de escapar a la mediocridad y elevarse por medio de su obra. Pero ve mucho más su crítica como una posición vital que como una radical actitud «política». Rescata de Larra un patriotismo enhiesto sin asimilar del todo sus raíces más profundas. Juan Goytisolo primero y José Monleón después, entre otros, han señalado, con razón, la superficialidad con que los hombres del 98 reivindican la figura de Larra. Pero, con todo, ambos reconocen que llamaron la atención española sobre él y pusieron de nuevo en circulación su nombre, su gesto y su aventura.

En la tertulia del Pombo, Ramón Gómez de la Serna, mantuvo luego un sillón vacío en mudo homenaje a Larra. Y hoy sus artículos figuran en todas las antologías escolares como obligado análisis del Romanticismo español.

A los que acusan a Larra de escritor atrabiliario, malhumorado y depresivo y ven en él un enfermo, un caso patológico, suicida por amor al modo romántico, débil, engreído, ególatra, no hay, sino responderles que le lean. A los que ven en él un simple rebelde, lúcido, áspero, mordaz habría que pedirles que le estudien desde el contexto inescapable de su tiempo. La grandeza de Larra reside precisamente en haber escrito como nadie en su época acerca de su sociedad, de su país. Fígaro escribió para el hombre de 1830, puso ante él, con una extraordinaria inteligencia, las difíciles claves de su momento histórico. Una realidad que no le gusta, una realidad que desea cambiar. Y por eso precisamente, porque fue testimonio vivo y cálido de su situación concreta —como Cervantes, como Quevedo, como Valle...— Larra es hoy un auténtico contemporáneo, uno de los autores «más vivo, más entrañablemente actual de la hora presente» en palabras de Juan Goytisolo. El mensaje de Larra hiere hoy nuestra retina e ilumina nuestra cotidianeidad porque supo ser, en su tiempo, testimonio real, concreto. La permanente actualidad de Mariano José de Larra es, así, el fruto de su vigorosa e inatendida actualidad en aquel triste 1837 en el que decidió voluntariamente poner fin a su vida cuando iba a cumplir los veintinueve años.




-

Introducción

José de Espronceda. Retrato annimo.
José de Espronceda. Retrato annimo.

Que hace la grandeza del hombre no es la verdad que posee o cree poseer; es el esfuerzo sincero que realiza para conquistarla, ya que no es gracias a la posesión, sino a través de la búsqueda de la verdad que el hombre acrecienta las propias fuerzas y se mejora a sí mismo. si dios tuviese encerrada en su mano derecha la verdad toda entera, y en la mano izquierda la aspiración eterna a la verdad aun con riesgo constante de errar, y me dijese: «¡escoge!», tomaría humildamente la mano izquierda y diría: «dame el anhelo de verdad, padre mío, porque la pura verdad está hecha sólo para ti».


Lessing

En Inglaterra, a mediados del siglo XVII, se utilizaba la palabra «romantic» para designar «las cosas que sólo pueden acontecer en las novelas» o en el plano de la imaginación. Dicha palabra llevaba una carga de ironía y a veces se subrayaba con un gesto despectivo. Nadie hubiera predicho que se convertiría en el nombre propio de uno de los movimientos espirituales más complejos de la historia contemporánea. Pero eso ocurrió bastantes años después, al agotarse el Siglo de las Luces y producirse una profunda transformación en la sensibilidad de numerosos intelectuales y artistas llamados a influir sobre la nuestra. Todavía hoy no faltan quienes consideran «lo romántico» con cierta conmiseración, mientras otros, que nada malo ven en la fecundación literaria de la vida, le otorgan una valoración altamente positiva. Pero vayamos por partes.

Quien busque el epicentro del romanticismo no lo encontrará en Inglaterra, sino en la Alemania de finales del siglo XVIII. Su onda expansiva conmoverá después a las esferas intelectuales inglesas, francesas, italianas y —con retraso— a las españolas. El romanticismo no nació abruptamente, de la mano de un solo hombre, ni por obra y gracia de un solo texto. En rigor debe considerarse la prolongación del Sturm und Drang (borrasca e ímpetu), que había tomado su nombre del drama homónimo de Klinger. Y es evidente que este movimiento prerromántico tampoco fue obra de un hombre solo, y menos del mencionado Klinger, un dramaturgo notable, pero incapaz de promover por sí mismo una renovación de horizontes tan vastos.

Con inusitado vigor, el Sturm un Drang floreció en Alemania a partir del año 1770 y debemos considerarlo una insubordinación contra la corriente ilustrada que había sido su matriz. En efecto: fue una revuelta contra el predominio de la razón, a cuyo implacable rigor los ilustrados habían confiado íntegramente la difícil tarea de libertar a la humanidad de las trabas impuestas por la teología y la superstición.

Para comprender el florecimiento del Sturm und Drang, conviene recordar que durante el Siglo de las Luces se habían operado importantes cambios de signo revolucionario, fomentados por la creencia de que la naturaleza está escrita «en lenguaje matemático» (hija de los éxitos de Newton en los dominios de la física, esta creencia alimentaba una nueva fe en las posibilidades del hombre, al margen de la revelación bíblica) y por la creciente vitalidad de la burguesía, empeñada en trascender, de manera efectiva y plena gracias a la razón, los ya caducos principios ideológicos que habían cimentado el orden medieval. Durante el Siglo de las Luces, algunos príncipes europeos —ya convencidos de que la razón podía quitarles el cetro de las manos— trataban de perpetuarse en el poder mediante la puesta a punto de maquinarias estatales de índole centralista. Tales príncipes —los déspotas ilustrados— trataban de estar a la altura de las circunstancias y promovieron diversas reformas «desde arriba», para evitar que les fueran impuestas «desde abajo» y de manera radical. Al menos, eso hicieron los dueños de Prusia y de Austria, y no por casualidad, Luis XVI de Francia, incapaz de tolerar y encauzar ninguna reforma digna de tal nombre, sería destronado y ejecutado por su propio pueblo. Eran, pues, tiempos de cambio, en los que nadie, estuviese en alza o en declive, podía sentirse seguro, circunstancia que estimulaba a los intelectuales y fomentaba el individualismo.

En el ámbito germánico, antes de la Revolución francesa, la razón, utilizada como ariete por la burguesía en ascenso, abría puertas que hasta entonces habían demostrado su solidez en beneficio de la aristocracia. Sin embargo, ya en la agonía de la Edad Moderna, en plena lucha por el alumbramiento de la Edad Contemporánea, varios espíritus inquietos se sublevaron contra la razón, que tantos bienes había traído. Gracias a la razón —y a la presión social— se había liquidado la servidumbre de la gleba, todos los hombres eran iguales ante la ley, se habían recortado los privilegios de la Iglesia, se podían debatir las teorías de Copérnico y Newton sin temor a la hoguera, los burgueses podían comprar un título nobiliario y dejar de ser ciudadanos de segunda categoría... Todo ello habría sido inconcebible en el siglo XVII. Al parecer, muchos habían salido ganando. ¿Cómo explicar, entonces, la sublevación del Sturm und Drang? Para aproximarnos a la respuesta es preciso tener en cuenta, en primer lugar, que no todos se habían beneficiado de las libertades que la Ilustración había aportado a la humanidad, y, en segundo término, que no todos consideraban satisfactorias y suficientes dichas libertades.

Entre los más desafortunados e insatisfechos debemos contar a los artistas, dato que debemos tener en cuenta a la hora de estudiar el florecimiento del Sturm und Drang, el nada homogéneo movimiento en el que se aglutinaron con poetas y dramaturgos a la cabeza. Hasta entonces, el lugar de los artistas en la sociedad había sido el que corresponde a simples subordinados. Su única misión reconocida había consistido en ofrecer distracciones a los poderosos... Nada más. ¿Hace falta recordar que Mozart se veía obligado a comer en la cocina, entre bufones y criados, y que cualquier principito podía darle una bofetada si le venía en gana? Si evocamos esta situación, nos costará menos comprender la eclosión y el sentido del movimiento irracionalista que floreció en la Alemania de fines del siglo XVIII.

Por su incómoda situación —agravada por el vertiginoso cambio social—, los artistas del Sturm und Drang fueron los primeros que cayeron en la cuenta de que el predominio de la razón podía conducir a una servidumbre nueva y no a la libertad. La Ilustración había traído la igualdad jurídica ante la ley y había dado a cada hombre un germen de autoafirmación innacesible a los poderes terrenales. Esto a cada hombre, ¿pero qué les había traído a los artistas en cuanto tales? ¡Muy poco! La Ilustración, empeñada en racionalizarlo todo, apadrinando el abordaje científico de todas las tareas humanas, no había dado ningún fruto tentador en el terreno del arte. Ni podría darlo: desde este punto de vista era estéril y carecía de porvenir. Los artistas debían contentarse con la tarea de imitar —a los clásicos, por supuesto—, los preceptores debían establecer las reglas científicas cuyo conocimiento se requería para imitar correctamente, siendo necesaria una observación desprovista de subjetividad para utilizarlas de manera solvente. Se pretendía que el artista asumiese la actitud de los científicos, que ahora eran objeto de auténtico mimo. Los poetas, los dramaturgos, los músicos y los pintores debían someterse totalmente a las pautas clásicas, tanto en lo que se refiere al contenido como a la forma. No había escapatoria para ellos, pues tales pautas se consideraban insuperables, como si existiese una belleza sin historia, como existían las leyes de Newton, que entonces se consideraban válidas para toda la eternidad.

En plena crisis, en plena transición de una Edad a otra, ¿podrían seguir trabajando los artistas como si nada hubiese pasado y nada fuese a suceder? No, evidentemente. La situación era intolerable. También ellos estaban buscando su propio lugar en la sociedad que se transformaba y —salta a la vista— no podrían encontrarlo si se mantenían en un estado de pasiva servidumbre a los modelos heredados, modelos que habían sido definidos —dicho sea de paso y con ironía— en el mundo que la Ilustración había herido de muerte. En estas circunstancias, ligados al proceso ascendente de la burguesía y depositarios de su orgullo individualista, los artistas se sublevaron contra los dogmas racionalistas de la Ilustración.

Los primeros sublevados fueron los hombres de letras, que marcarían —con sus ensayos, poemas y obras de teatro— el camino que conduciría a los músicos y los pintores hacia la libertad. Este «adelanto» de los literatos es fácil de comprender si se tiene en cuenta la vitalidad de los editores y la avidez del público, fenómeno que debemos poner en relación con la multiplicación de escritores en el ámbito germánico (dos mil en 1773, el doble en 1787). Por primera vez, los hombres de letras podían acariciar la esperanza de vivir de su propio trabajo, de manera independiente —en consonancia con el ideal burgués—, al margen de los «nobles protectores» de quienes dependían —fatalmente— los pintores y los músicos. Por las exigencias de sus respectivas tareas, éstos no podían independizarse: se habrían muerto de hambre o habrían sucumbido a la mediocridad si se hubiesen avenido a buscar un empleo fuera de los dominios de su arte —que es lo que hicieron numerosos hombres de letras sin demasiado resentimiento—. Todo esto basta para comprender el relativo adelanto de los escritores respecto a los músicos y los pintores. Ninguno hubiera podido imitar a Lessing con provecho. Este adelanto del Sturm und Drang —a quien debemos considerar el primer ejemplar de escritor contemporáneo— realizó diversos trabajos periodísticos, fue secretario, bibliotecario y profesor de ocasión, todo ello con tal de no someterse a ningún poder. Obtuvo su libertad personal a cambio de asumir una pobreza voluntaria, a veces muy cruel. Cuando alguien protestaba por la pequeñez de su letra, Lessing se disculpaba: era tan pobre que debía apurar al máximo cada papelito y no malgastar la tinta. De esa libertad heroicamente conquistada extrajo la fuerza necesaria para sublevarse.

Los pioneros del Sturm und Drang fueron Klopstock y Lessing. Sin previo acuerdo arremetieron, cada uno por su lado, contra la obligación de imitar a los clásicos. Y no tardaron en recibir refuerzos, entre los que debemos destacar a Goethe y Schiller, entonces muy jóvenes, y también a Klinger (Borrasca e ímpetu, Los Gemelos), Bürger (El cazador furtivo), Müller (Genoveva), Lenz (Los sóidados, El preceptor). Entre todos, bien recibidos por el público, crearon un excitante clima de cambio que abonaba el terreno a los planteamientos revolucionarios que exigían la administración del poder por parte de una república y la defenestración de los príncipes.

Al racionalismo y la objetividad de los ilustrados, los hombres del Sturm und Drang oponían la pasión y la subjetividad del artista, que se situaba a sí mismo por encima de las normas estéticas hasta entonces vigentes. Lo individual prevalecía sobre lo colectivo, el caso particular sobre el general y, sobre todo, la inspiración sobre el cálculo. En el campo poético, la admiración por la poesía clási’ca dejaba lugar a la admiración por la popular; en el campo teatral, el ejemplo de Shakespeare eclipsaba a los clásicos franceses, hasta entonces de obligada imitación; en el campo de la arquitectura, contra el clasicismo, Goethe exaltaba el gótico y su expresiva ansia de elevación hacia los más altos misterios.

Pero la renovación no se circunscribía a dominios estéticos. Se iba más allá (de lo contrario, la proyección del Sturm und Drang habría sido nula, por carecer de un contenido nuevo). Sin halagar a los poderosos como había sido de rigor, Schiller oponía la moral del corazón a la moral oficial; en su fuero íntimo —como acontece en Los bandidos —, un «noble delincuente» podía redimirse de sus crímenes, aunque cayese sobre él todo el peso de la ley. Al mismo tiempo se hacían incursiones en el terreno de la política: en el Don Carlos, de Schiller, se admitía la necesidad de un contrato social, pero se indicaba que no podía ser válido si contrariaba a la naturaleza, un valor más alto que la misma sociedad. Por lo demás, las relaciones amorosas ilegales podían glorificarse en nombre de un gran amor, a despecho de las «buenas costumbres» como sucede en el Egmont, de Goethe, en cuya novela Las tribulaciones del joven Werther, la pasión amorosa se llevaba a su límite. El suicidio del infortunado protagonista marcaba a fuego a las generaciones en marcha... Como salta a la vista, no se limitaban a aportar algunas novedades técnicas en el campo de la poesía o el teatro. Expresaban una nueva sensibilidad y trataban de definir una nueva jerarquía de los valores, en la que la razón perdía su lugar de honor.

¿Cómo se atrevían a tanto los hombres del Sturm und Drang? Para poner de relieve su osadía, es inevitable aludir al culto del genio. Promovido por ellos, ese culto se propagó por Alemania —y entre otras cosas— hizo que Beethoven rechazase las pelucas, avasallase con su mal humor a sus nobles protectores y traspusiese los límites del clasicismo en pos del descubrimiento de su alma romántica.

En muchos ambientes —aun en los ilustrados— era un lugar común la suposición de que las conquistas de la humanidad habían sido, en cualquier época y latitud, fruto del trabajo personal de «hombres grandes» —y de aquí la fascinación que ejercería la personalidad de Napoleón—. Esa suposición era fruto de una insuficiencia antropológica que aquí no corresponde refutar. Aquí corresponde poner de manifiesto que por primera vez, los artistas pugnaban por acceder a la categoría de «grandes hombres», hecho significativo que merece una reflexión. ¿Por qué se les había acabado la humildad? El fenómeno sería poco comprensible si no tuviéramos en cuenta dos hechos profundamente interrelacionados. En primer lugar, el hecho de que, a diferencia de sus predecesores, los artistas de finales del siglo XVIII no se encontraban ante un ámbito cultural cerrado y autosuficiente, sino ante una cultura en crisis, cuyos diversos elementos dejaban traslucir una alarmante inconsistencia. En consecuencia, no podían limitarse a recrear lo dado —lo que antes habían dictado los príncipes y los eclesiásticos sin encontrar una réplica contundente—. Al comprender que no podrían esperar la ayuda ni de la sociedad, ni de los príncipes, ni de los eclesiásticos, ni de los científicos —empeñados en sus respectivas especialidades—, se sintieron en la necesidad de rehacer el mundo, a su imagen y semejanza, a su medida, que primero —ahora que por fin se liberaban de los viejos dogmas— debían descubrir.

La Ilustración había socavado la legitimidad del poder, había puesto de manifiesto la debilidad de las construcciones morales basadas en la teología y la tradición, y también había puesto en entredicho la sensatez de la vida religiosa. Muchos burgueses podían acudir al mercado sin prestar atención a los problemas planteados, los artistas, no. Y de aquí su osadía, que debemos considerar fruto de la necesidad y no de la soberbia: ellos tenían que descubrir una nueva jerarquía de los valores, tratando de deducirla de la naturaleza y de sí mismos, para lo cual tenían que atreverse a ser fieles a ella. Y de esta forma, el artista manso del pasado dejó paso al agitado artista contemporáneo, que se imponía a sí mismo el deber de convertirse en el supremo intérprete de la realidad. Por otra parte, el culto al genio debe ser relacionado con la fecundidad de algunos filósofos. En primer termino, debemos evocar la influencia que un célebre Discurso de Rousseau ejerció sobre la germinación del Sturm und Drang. En ese texto memorable, Rousseau había expresado su creencia de que el estado de naturaleza debía considerarse superior al de civilización, a pesar de que otros ilustrados afirmasen lo contrario. Ahora, al terminar el Siglo de las Luces, estando la civilización en plena crisis, los artistas —que, más que nunca, se sentían libres de dogmas y cortapisas morales poco fundadas— deseaban identificarse con la naturaleza, en la creencia de que podrían actuar como ella, limpia y creadoramente. Se sentían — intuitivamente— más cerca de la naturaleza que de la sociedad. La lectura de este discurso de 1750 condujo a una valoración muy positiva del panteísmo de Spinoza y del voluntarismo de Leibniz, de los que se dedujo, con cierta heterodoxia, la legalidad filosófica del desarrollo irrestricto de la propia individualidad. Como parte de la divinidad, el hombre se transformaba en su vehículo expresivo más precioso y elocuente. Y de aquí el derecho del genio —es decir, del hombre liberado de toda atadura y entregado a la expresión de las potencias divinas de la naturaleza— a erigirse en supremo intérprete de la condición humana y su destino. Dejarse llevar por la inspiración era, en su caso, dejar hablar a la «divina naturaleza»... Mucho contribuyó a esta creencia la lectura de los trabajos de Herder, que marcaron a fuego la germinación del romanticismo. La doctrina del genio eclipsaba al humilde artista-artesano de los viejos tiempos, ponía a los nuevos artistas en situación de creerse llamados a fundar una nueva cultura, estimulándoles a confiar en sus impulsos, a poner el corazón en sus obras —con todas sus paradojas— y a explorar dominios hasta ahora vedados, con una disposición aventurera inmune a los dictados de la prudencia. Nunca tantos hombres y mujeres se entregaron a la vez a la tarea de experimentar sus vivencias íntimas y reinterpretar el mundo por cuenta propia. Se trataba, sin duda, de una empresa colosal y de alto riesgo para todas las personas implicadas. ¿Qué pasaría? En este clima de efervescencia intelectual y estética se produjo el estallido de la Revolución francesa. Fue saludado con palabras de esperanza, pero luego la serie de episodios sangrientos fue contemplada con horror y estupefacción. ¿Se podría confiar, en adelante, en la bondad esencial de la naturaleza y de los hombres?

No tardaron en dar comienzo las hostilidades entre Francia y las monarquías que se mantenían en pie. A la vanguardia intelectual alemana se le planteó un conflicto de conciencia: ¿A quién debían apoyar? ¿A los revolucionarios franceses o a sus propios gobernantes? Muchos no lograron responder y saludaron con entusiasmo la apropiación del poder por parte de Napoleón. Muchos llegaron a creer que este «genio» impondría en toda Europa el nuevo ideal democrático, agravándose las dudas poco después, en plena guerra de las monarquías contra ese temible guerrero de sólo veintiocho años.

Hoy no es posible decir cuál habría sido el desarrollo del Sturm und Drang de no mediar la Revolución francesa y las posteriores guerras napoleónicas. Pero no cabe dudar en un punto: estos acontecimientos históricos provocaron una gran alteración que influiría decisivamente en el romanticismo del siglo XIX. Antes de la Revolución, aunque los prerrománticos no constituyesen un grupo homogéneo, hubo más claridad de ideas y de propósitos que después. En 1798, mientras Napoleón luchaba en Egipto, el poeta alemán Friedrich Schlegel publicaba en la revista Athenaeum sus célebres Fragmentos, que serían considerados el texto fundacional del romanticismo, movimiento que recogía la herencia del Sturm und Drang. Detrás de Friedrich Schlegel estaba su hermano August Wilhelm, Novalis y Schleiermacher. Schiller y Goethe —los ídolos de la etapa precedente— se apartaban paulatinamente de sus posiciones originarias hacia una mejor acomodación a la realidad y un nuevo clasicismo. Pero pronto llegarían hombres nuevos, como Von Kleist y Hölderlin. Ahora se trataba de definir con precisión una estética nueva en la senda indicada en aquella herencia y de desarrollar las ideas filosóficas, morales, sociales, religiosas y políticas que le correspondían. De las formulaciones borrosas había que pasar a las claras y distintas. El mismo año, Coleridge publicaba sus Baladas líricas, que se pueden considerar el punto de partida del romanticismo inglés. Mientras, continuaba la guerra.

Todavía, a pesar de todo, no faltaban entusiastas que esperaban sacar partido de la herencia prerromántica, dispuestos a confiar en el poder de la inspiración. Pero otros ya se habían agotado. En 1811 el poeta Heinrich von Kleist optaba por el suicidio. Hastiado de la poquedad de sus semejantes, ya falto de fe en la inspiración y escéptico respecto a la posibilidad de imponer sus propios ideales, insatisfecho consigo mismo, Kleist recibía el golpe de gracia al leer la Crítica de la razón pura. He aquí el efecto que le produjo la obra de Kant: «Hace poco trabé conocimiento con la filosofía kantiana, y te debo comunicar aquí un concepto de ella que no he de temer que te conmueva a ti tan profunda y dolorosamente como a mí. No podemos discernir si lo que damos en llamar verdad es verdaderamente verdad o tan sólo nos parece serlo. Si esto último es la realidad, la verdad que en esa vida vamos juntando queda en la nada después de la muerte y es vano todo afán de adquirir una propiedad que también nos siga a la tumba. Si el filo de esta concepción no hiere tu corazón, no te reirás del que se siente profundamente herido con ella en su más sagrado e íntimo ser. Se ha desmoronado mi meta única, suprema, y ya no tengo ninguna.» Sólo podía matarse y lo hizo con una grandeza romántica de género inquietante. Convenció a Henriette Vogel —ya enferma de cáncer— de que le acompañase en el último viaje y se encerraron en un pequeño hotel, donde destruyó todos los libros y manuscritos que había logrado reunir. Dejaron un papelito: «Estamos en el camino de Potsdam.» El propietario del hotel les sirvió un café y les vio alejarse. Reían como dos enamorados. En el camino de Postdam, Kleist le disparó a Henriette un tiro en el corazón y acto seguido se suicidio a su lado. En mayor o menor medida, Kleist tendría imitadores. Kleist no era un conformista y, como veremos, habría tenido que serlo para sobrevivir.

Por su parte, también hijo del Sturm und Drang, Beethoven había compuesto una sinfonía en honor de Napoleón, pero al enterarse de que este se autocoronaba emperador, borró la dedicatoria con genuino desprecio: «Es un hombre como los demás —dijo—. ¡Ahora va a pisotear todos los derechos humanos, querrá ponerse por encima de todos y se convertirá en un tirano!». El cambio de actitud de Beethoven respeto a Napoleón —admiración al principio, desprecio al final— fue compartido por numerosos intelectuales y poetas alemanes. Algunos se vieron en la necesidad de renunciar a sus ideales democráticos y apoyaron a sus gobernantes en la lucha contra Napoleón, compartiendo su júbilo cuando le vieron finalmente destruido en Waterloo (1815).

La Revolución francesa y las guerras napoleónicas produjeron una ola de desaliento y perplejidad entre los románticos de la primera hora. Se volvía a la situación política de 1792, ahora sin esperanzas. El único consuelo cierto era la paz, pero de él no se podría vivir eternamente. El impulso encaminado hacia una renovación global del ser humano sufría un frenazo. Ahora parecía ineludible contentarse con metas más modestas o parciales: la realidad había demostrado ser mucho más compleja de lo que se había creído. La dura lección empujaba a muchos liberales hacia posiciones recesivas o conservadoras. Las guerras contra la Francia revolucionaria habían robustecido los sentimientos nacionalistas, que motivaban una indagación exaltada y glorificatoria de las esencias germanas, recortándose, en consecuencia, la proyección universal de algunos románticos, aherrojados en adelante al localismo. Al mismo tiempo, cosa antes impensable, muchos estaban dispuestos a aceptar de todo corazón — como una pasión más— el dominio de los príncipes. Para ello se apelaba a los dictados de la tradición, ahora en trance de ser canonizados. La original confianza en la naturaleza desembocaba en el cauce del conformismo. Paralelamente, en franca reacción contra el anticlericalismo ilustrado y contra el panteísmo que había impulsado el Sturm und Drang, se producía una revalorización de las tradiciones cristianas. Se persistía en la actitud de rechazar la herencia grecolatina, fuente de la inspiración clásica, pero se le oponía la herencia cristiana y no una religiosidad basada en emociones panteístas. Entraba en crisis la gran autoafirmación que había dado alas al genio del Sturm und Drang. Incapaz de alumbrar lo nuevo, como había sido su anhelo original, el artista romántico volvía a aceptar un papel secundario: trataría de glorificar el pasado, entregándole su vida. Asistimos en la Alemania de principios del siglo XIX a un repliegue hacia posiciones conservadoras, caracterizado por el esfuerzo de dar nueva vida al viejo orden que los monarcas reunidos en Viena habían restablecido.

Al mismo tiempo, la corriente romántica se dividía. No todos estaban dispuestos a pactar con el viejo orden restaurado. Estafados por la realidad pública, muchos se refugiaron en la esfera contemplativa y se alejaron de las realidades prácticas, para pasear libremente por los bosques, para escribir poemas, para cultivar amores más o menos imposibles, para descubrir el universo onírico y desvelarse, a veces, con desesperación, ante el misterio de la vida. De espaldas al mundo, estos románticos contemplativos buscaron consuelo en la evocación de edades pretéritas, se extasiaron ante viejas ruinas cubiertas de musgo y se dejaron arrebatar por fantasías inspiradas en distantes culturas. Algunos de ellos llegaron a exaltar la locura como estado superior y otros veneraron a la muerte y cultivaron lo macabro y escabroso, dándose alas y plomo con alcohol o con opio. En ellos sobreviviría el insobornable individualismo de la primera hora y ello al precio de indecibles torturas interiores. Cada intento de autosuperación humana tuvieron que pagarlo a un alto precio anímico, al verlo precipitarse en la frustración. Mientras los románticos aliados a los intereses del proceso restaurador del antiguo régimen tendrían una proyección limitada en el tiempo, estos hombres torturados, siempre críticos ante la sociedad en marcha, siempre dispuestos a desafiar al mundo de manera heroica y pírrica, tendrían incontables continuadores a lo largo de todo el siglo XIX y, desde luego, en el XX.

Derrotado Napoleón, madame De Staël regresaba a Francia con un libro que hoy se considera el primer manifiesto del romanticismo francés. Nos referimos a De Alemania, obra escrita en el exilio. Madame De Staël había tenido oportunidad de conocer de cerca a August Wilhelm en Berlín —epicentro oficial del romanticismo— y ahora volvía a Francia libre de sus primitivas devociones ilustradas, convertida en una romántica entusiasta. Como el neoclasicismo napoleónico acababa de agotarse, encontró oídos muy receptivos. Muy pocos años más tarde, en el Salón de 1819, Théodore Gericault exponía su obra La balsa de la Medusa, el primer fruto romántico de la pintura francesa, cuya exuberancia se revelaría en los años venideros.

Contrariando a los clásicos David e Ingrès, el joven Gericault ofrecía una pintura apasionada, dramática, en movimiento y, además, inspirada en un tema actual —las tribulaciones de los náufragos de la Medusa acababan de conmover a la opinión pública— y no en la antigüedad grecolatina. En ese cuadro, pues, estaban presentes las notas específicas de la nueva estética importada de Alemania. Gericault había interpretado fielmente el mensaje renovador del romanticismo y su arte entusiasmó a las jóvenes generaciones. Una muerte prematura le impediría desarrollar su talento, y Eugène Delacroix, a pesar de rehuir tercamente las etiquetas y el papel de maestro, se convertiría en el máximo exponente de la pintura romántica francesa. No menos fulgurante fue la apropiación del romanticismo alemán por parte de los hombres de letras, tanto en el campo de la poesía como en los del teatro y la novela, abriendo entre todos las puertas a los músicos, que pronto contemplarían el triunfo de Berlioz.

Se dio la circunstancia —algo paradójica— de que fueran los defensores de la restauración del antiguo régimen —todos ellos de noble origen— los más entusiastas partidarios de la nueva pintura y, en general, del movimiento romántico que madame De Staél había importado de Alemania. Los liberales de toda la vida se aferraban al ya reseco manantial neoclásico. Como se ve, se podía ser revolucionario en el plano artístico y conservador en el político, como se podía ser revolucionario en éste y reaccionario en aquél. El fenómeno no tiene misterios para quien tenga en cuenta que en el clasicismo se habían educado los liberales que ahora rumiaban su derrota. Por otra parte —dato complementario—, los promotores del retorno a la situación de 1792 experimentaban una fuerte demanda de ideas nuevas, susceptibles de convencer a todos —en primer lugar, a sí mismos— de que el proceso restaurador tenía fundamentos ajenos al poder de los cañones de los soldados. Era urgente que ese proceso demostrase su capacidad renovadora en algún aspecto del quehacer humano. Y sólo en esa situación de necesidad fue posible que en Francia se renunciase al clasicismo, que allí había dado los frutos más logrados. Así, en resumidas cuentas, en lugar de dar vida a una nueva cultura, el romanticismo sería utilizado para reanimar la vieja empresa que carecía de viabilidad. En esa línea debemos situar, por ejemplo, la obra de Chateaubriand Genio del cristianismo y también las aportaciones de De Vigny y Lamartine.

Hacia el año 1824 el movimiento romántico se encontraba plenamente consolidado en el mundo de las letras francesas, al servicio de la corona y del clero. Sin embargo, conociendo la versatilidad característica de este movimiento, nada nos puede extrañar su mudanza posterior hacia posiciones críticas y contradictorias con su punto de partida. En efecto, muy poco después —sin duda por la política represiva de Carlos X, que llegó a considerar necesaria la aplicación de la pena de muerte a los blasfemos— el romanticismo francés viró hacia posturas liberales afines a Benjamin Constant, amigo de madame De Staél, siendo el primer destello de esa actitud el célebre prólogo que Victor Hugo escribió a su Cromwell (1827). Paulatinamente, los aristócratas de la primera hora fueron abriendo paso a nuevas generaciones románticas de extracción burguesa, representadas por el propio Victor Hugo y por hombres como Alejandro Dumas y Théofile Gautier, quien, vestido con ropas extravagantes — una manifestación de individualidad irreducible y un desafío—, llegaría a ser el modelo de los jóvenes rebeldes que aprovecharían algunas actitudes del romanticismo para volverse contra su propia clase social y denunciar su hipocresía. Mientras esto sucedía en Francia, el romanticismo terminaba de consolidarse en Alemania. Ahora se aceptaba sin discusión que «el sentimiento del artista es su ley» (Caspar Friedrich). Insuficiente para abordar con el debido rigor las realidades políticas y sociales, este principio manifestaba, en el terreno de las artes, una fecundidad indiscutible.

En Inglaterra, como ya dijimos, el romanticismo se impuso a partir de la publicación de las Baladas líricas de Coleridge, afianzándose con la aportación Wordsworth. Una mirada retrospectiva pone de manifiesto que el romanticismo inglés había nacido de una revuelta contra la revolución industrial y no como reacción conservadora ante las ideas revolucionarias. La tradición clásica carecía de fortaleza en Inglaterra, por lo que el romanticismo no encontró en su camino oponentes dignos de tal nombre. Como en el caso de Alemania, los primeros románticos ingleses experimentaban simpatías por las ideas muy avanzadas, hasta el punto de que la Revolución francesa fue recibida con esperanza. Aunque con menor crispación que en Alemania, las guerras napoleónicas fomentaron la división del romanticismo inglés, que en adelante mostraría dos alas, la liberal —con nueva vitalidad a partir de la derrota de Napoleón— y la conservadora. A esta última se adscribieron hombres como Wordsworth y Scott, mientras que aquélla recibió el apoyo de jóvenes radicales como Godwin, Shelley, Byron y Keats, estos últimos marcadamente anticonvencionales en todos los órdenes. En cuanto a Shelley cabe recordar su panteísmo estático, afín a la herencia del Sturm und Drang. Desde su punto de vista, la dimensión poética era la más alta y los poetas hombres superiores. Su negación de Dios debe considerarse, en último análisis, una insurrección violenta contra el Dios bíblico —no por ficticio menos represor— y no un padre. Shelley trató de crear por sí mismo una nueva mitología a medida del hombre grande que anhelaba ser, pero esa mitología —por supuesto— sólo tuvo una existencia tenue en las páginas de sus libros. Pocos llegaron a comprenderla y utilizarla. En cuanto a Byron, cabe decir que fue el más influyente de los románticos ingleses, quien más influyó en la sensibilidad de sus lectores. Llegó a convertirse en un Werther viviente. Hijo del Sturm und Drang, vivió en un perpetuo desgarramiento, entre el odio a la burguesía y la aristocracia —de la que voluntariamente se había desligado—, confiando en todo momento en sus impulsos, cuya resultante era ambigua, pues ellos le empujaban tanto a la vida como a la muerte. Escribía: «El gran objeto de la vida es la sensación. Sentir que existimos, aunque sea en el dolor. Es el vacío insaciable que nos empuja al juego, a la guerra, a los viajes, a todo género de actividades, desordenadas, pero fuertemente sentidas, cuyo atractivo consiste principalmente en la agitación que siempre las acompaña». Trató —y otros le imitaron— de vivir intensamente, pero nunca dejó de sentirse un «ángel caído». Se convirtió en una especie de héroe demoníaco, más preocupado por la expresión de su tormento interior que por la recreación de un mundo nuevo. Al final, a la salida de un período depresivo, quiso participar en la lucha por la independencia de Grecia. Abandonó Inglaterra y murió de meningitis en Missolonghi, en abril de 1824.

En Italia, donde también entró con el libro de madame De Staël, el romanticismo liquidó el sometimiento a las normas clásicas en un turbulento clima de agitación intelectual. El manifiesto del romanticismo italiano fue la célebre Carta semiseria de Crisóstomo, escrita por Bechet. Es inevitable recordar la contribución romántica de Alejandro Manzoni y Giacomo Leopardi. En Dinamarca sobresalió con fuerza propia Andersen. En Rusia los románticos más destacados fueron el poeta y narrador Pushkin y el novelista Lermontov.

Por otra parte, desde las primeras improvisaciones pianísticas de Beethoven, el romanticismo dio magníficos frutos en el terreno de la música, en el cual su vigencia se prolongó, sin altibajos, durante todo el siglo XIX, entrando con poca merma de su vigor en el siglo que nos toca vivir. «El romanticismo alcanza en la música sus triunfos más grandes —ha escrito Hauser—. La gloria de Weber, Meyerbeer, Chopin, Liszt y Wagner llena toda Europa y supera el éxito de los poetas más populares.»

Para terminar, una pregunta: ¿Cómo fue posible el desarrollo del romanticismo —un movimiento irracionalista— durante un siglo lanzado a la vorágine del industrialismo? ¿Cómo fue posible su relativo triunfo —a pesar de sus paradojas e incoherencias— durante un siglo alimentado por criterios racionalistas inspirados en la creencia de que toda realidad puede ser analizada de manera científica de acuerdo a principios racionales, un siglo dominado por criterios empiristas asentados en la certidumbre de que sólo se obtiene conocimiento a partir de la experiencia de los hechos, un siglo inspirado en criterios pragmáticos que vinculan el grado de verdad de una teoría a su utilidad práctica? Creemos que se desarrolló por contraposición. Pero no cabe definir al romanticismo —como hizo Goethe en sus últimos años— como una simple «enfermedad», aunque presentase facetas morbosas. En total, fue una búsqueda que todavía no ha terminado —y acaso no termine nunca, lo que no habría sorprendido a Lessing—, en la que se manifiesta la propia debilidad sin renunciar a los anhelos, al tiempo que se denuncia la insuficiencia del cientificismo en la tarea de conducir al género humano hacia una genuina satisfacción, hacia un mundo que no contradiga ni limite las posibilidades de desarrollo de los individuos concretos que lo integran. Por eso el romanticismo seguirá vigente, tanto más pletórico cuanto mayor sea la necesidad de salvar y ampliar la libertad humana, que es de donde nació.




-

Introducción

HAY en el lenguaje vulgar frases afortunadas que nacen en buena hora y que se derraman por toda una nación, así como se propagan hasta los términos de un estanque las ondas producidas por la caída de una piedra en medio del agua. Muchas de este género pudiéramos citar, en el vocabulario político sobre todo; de esta clase son aquellas que, halagando las pasiones de los partidos, han resonado tan funestamente en nuestros oídos en los años que van pasados de este siglo, tan fecundo en mutaciones de escena y en cambios de decoraciones. Cae una palabra de los labios de un perorador en un pequeño círculo, y un gran pueblo, ansioso de palabras, la recoge, la pasa de boca en boca, y con la rapidez del golpe eléctrico un crecido número de máquinas vivientes la repite y la consagra, las más veces sin entenderla, y siempre sin calcular que una palabra sola es a veces palanca suficiente a levantar la muchedumbre, inflamar los ánimos y causar en las cosas una revolución.

Estas voces favoritas han solido siempre desaparecer con las circunstancias que las produjeran. Su destino es, efectivamente, como sonido vago que son, perderse en la lontananza, conforme se apartan de la causa que las hizo nacer. Una frase, empero, sobrevive siempre entre nosotros, cuya existencia es tanto más difícil de concebir, cuanto que no es de la naturaleza de esas de que acabamos de hablar; éstas sirven en las revoluciones a lisonjear a los partidos y a humillar a los caídos, objeto que se entiende perfectamente, una vez conocida la generosa condición del hombre; pero la frase que forma el objeto de este artículo se perpetúa entre nosotros, siendo sólo un funesto padrón de ignominia para los que la oyen y para los mismos que la dicen; así la repiten los vencidos como los vencedores, los que no pueden como los que no quieren extirparla; los propios, en fin, como los extraños.

Este país...

Esta es la frase que todos repetimos a porfía, frase que sirve de clave para toda clase de explicaciones, cualquiera que sea la cosa que a nuestros ojos choque en mal sentido.

—¿Qué quiere usted? —decimos—. ¡En este país!...

Cualquier acontecimiento desagradable que nos suceda, creemos explicarle perfectamente con la frasecilla: ¡Cosas de este país!, que con vanidad pronunciamos y sin pudor alguno repetimos.

¿Nace esta frase de un atraso reconocido en toda la nación? No creo que pueda ser éste su origen, porque sólo puede conocer la carencia de una cosa el que la misma cosa conoce: de donde se infiere que si todos los individuos de un pueblo conociesen su atraso, no estarían realmente atrasados. ¿Es la pereza de imaginación o de raciocinio que nos impide investigar la verdadera razón de cuanto nos sucede, y que se goza en tener una muletilla siempre a mano con que responderse a sus propios argumentos, haciéndose cada uno la ilusión de no creerse cómplice de un mal, cuya responsabilidad descarga sobre el estado del país en general? Esto parece más ingenioso que cierto.

Creo entrever la causa verdadera de esta humillante expresión. Cuando se halla un país en aquel crítico momento en que se acerca a una transición, y en que, saliendo de las tinieblas, comienza a brillar a sus ojos un ligero resplandor, no conoce todavía el bien, empero ya conoce el mal de donde pretende salir para probar cualquiera otra cosa que no sea lo que hasta entonces ha tenido. Sucedele lo que a una joven bella que sale de la adolescencia; no conoce el amor todavía ni sus goces; su corazón, sin embargo, o la naturaleza, por mejor decir, le empieza a revelar una necesidad que pronto será urgente para ella, y cuyo germen y cuyos medios de satisfacción tiene en sí misma, si bien los desconoce todavía. La vaga inquietud de su alma, que busca y ansía, sin saber qué, la atormenta y la disgusta de su estado actual y del anterior en que vivía, y vésela despreciar y romper aquellos mismos sencillos juguetes que formaban poco antes el encanto de su ignorante existencia.

Este es acaso nuestro estado, y éste, a nuestro entender, el origen de la fatuidad que en nuestra juventud se observa: el medio saber reina entre nosotros; no conocemos el bien, pero sabemos que existe y que podemos llegar a poseerle, si bien sin imaginar aún el cómo. Afectamos, pues, hacer ascos de lo que tenemos, para dar a entender a los que nos oyen que conocemos cosas mejores, y nos queremos engañar miserablemente unos a otros estando todos en el mismo caso.

Este medio saber nos impide gozar de lo bueno que realmente tenemos, y aun nuestra ansia de obtenerlo todo de una vez nos ciega sobre los mismos progresos que vamos insensiblemente haciendo. Estamos en el caso del que, teniendo apetito, desprecia un sabroso almuerzo con la esperanza de un suntuoso convite incierto, que se verificará, o no se verificará, más tarde. Sustituyamos sabiamente a la esperanza de mañana el recuerdo de ayer, y veamos si tenemos razón en decir a propósito de todo: ¡Cosas de este país!

Sólo con el auxilio de las anteriores reflexiones puedo comprender el carácter de don Periquito, ese petulante joven, cuya instrucción está reducida al poco latín que le quisieron enseñar y que él no quiso aprender, cuyos viajes no han pasado de Carabanchel; que no lee, sino en los ojos de sus queridas, los cuales no son ciertamente los libros más filosóficos; que no conoce, en fin, más ilustración que la suya, más hombres que sus amigos, cortados por la misma tijera que él, ni más mundo que el salón del Prado, ni más país que el suyo. Este fiel representante de gran parte de nuestra juventud desdeñosa de su país fue no hace mucho tiempo objeto de una de mis visitas.

Encontréle en una habitación mal amueblada y peor dispuesta, como de hombre solo; reinaba en sus muebles y sus ropas, tiradas aquí y allí, un espantoso desorden, de que hubo de avergonzarse al verme entrar.

—Este cuarto está hecho una leonera —me dijo—. ¿Qué quiere usted? en este país... —y quedó muy satisfecho de la excusa que a su natural descuido había encontrado.

Empeñóse en que había de almorzar con él, y no pude resistir a sus instancias: un mal almuerzo mal servido reclamaba indispensablemente algún nuevo achaque, y no tardó mucho en decirme:

—Amigo, en este país no se puede dar un almuerzo a nadie; hay que recurrir a los platos comunes y al chocolate.

—¡Vive Dios! —dije yo para mí— que cuando en este país se tiene un buen cocinero y un exquisito servicio y los criados necesarios, se puede almorzar un excelente beefsteak con todos los adherentes de un almuerzo a la fourchette; y que en París los que pagan ocho o diez reales por un appartment garm, o una mezquina habitación en una casa de huéspedes, como mi amigo don Periquito, no se desayunan con pavos trufados ni con champagne.

Mi amigo Periquito es hombre pesado como los hay en todos los países, y me instó a que pasase el día con él; y yo, que había empezado ya a estudiar sobre aquella máquina como un anatómico sobre un cadáver, acepté inmediatamente.

Don Periquito es pretendiente, a pesar de su notoria inutilidad. Llevóme, pues, de ministerio en ministerio. De dos empleos, con los cuales contaba, habíase llevado el uno otro candidato que había tenido más empeños que él.

—¡Cosas de España! —me salió diciendo, al referirme su desgracia.

—Ciertamente —le respondí, sonriéndome de su injusticia—, porque en Francia y en Inglaterra no hay intrigas; puede usted estar seguro de que allá todos son unos santos varones y los hombres no son hombres.

El segundo empleo que pretendía había sido dado a un hombre de más luces que él.

—¡Cosas de España! —me repitió.

—Sí, porque en otras partes colocan a los necios —dije yo para mí.

Llevóme en seguida a una librería, después de haberme confesado que había publicado un folleto, llevado del mal ejemplo. Preguntó cuántos ejemplares se habían vendido de su peregrino folleto, y el librero respondió:

—Ni uno.

—¿Lo ve usted, Fígaro? —me dijo—. ¿Lo ve usted? En este país no se puede escribir. En España nada se vende; vegetamos en la ignorancia. En París hubiera vendido diez ediciones.

—Ciertamente —le contesté yo—, porque los hombres como usted venden en París sus ediciones.

En París no habrá libros malos que no se lean, ni autores necios que se mueran de hambre.

—Desengáñese usted: en este país no se lee — prosiguió diciendo.

«Y usted que de esto se queja, señor don Periquito, usted, ¿qué lee? —le hubiera podido preguntar. Todos nos quejamos de que no se lee, y ninguno leemos.»

—¿Lee usted los periódicos? —le pregunté, sin embargo.

—No, señor; en este país no se sabe escribir periódicos. ¡Lea usted ese Diario de los Debates, ese Times!

Es de advertir que don Periquito no sabe francés ni inglés, y que en cuanto a periódicos, buenos o malos, en fin, los hay, y muchos años no los ha habido.

Pasábamos al lado de una obra de esas que hermosean continuamente este país, y clamaba:

—¡Qué basura!; en este país no hay policía.

En París las casas que se destruyen o reedifican no producen polvo.

Metió el pie torpemente en un charco.

—¡No hay limpieza en España! —exclamaba.

En el extranjero no hay lodo.

Se hablaba de un robo:

—¡Ah! ¡País de ladrones! —vociferaba indignado.

Porque en Londres no se roba; en Londres, donde en la calle acometen los malhechores a la mitad de un día de niebla a los transeúntes.

Nos pedía limosna un pobre:

—¡En este país no hay más que miseria! —exclamaba horripilado.

Porque en el extranjero no hay infeliz que no arrastre coche.

Ibamos al teatro y:

—¡Oh, qué horror! —decía mi don Periquito con compasión, sin haberlos visto mejores en su vida—. ¡Aquí no hay teatros!

Pasábamos por un café:

—No entremos. ¡Qué cafés los de este país! — gritaba.

Se hablaba de viajes:

—¡Oh, Dios me libre! ¡En España no se puede viajar! ¡Qué posadas, qué caminos!

¡Oh infernal comezón de vilipendiar este país que adelanta y progresa de algunos años a esta parte más rápidamente que adelantaron esos países modelos, para llegar al punto de ventaja en que se han puesto!

¿Por qué los don Periquitos que todo lo desprecian en el año 33 no vuelven los ojos a mirar atrás, y no preguntan a sus papás acerca del tiempo, que no está tan distante de nosotros, en que no se conocía en la corte más botillería que la de Canosa, ni más bebida que la leche helada; en que no había más caminos en España que el del cielo; en que no existían más posadas que las descritas por Moratín en El sí de las niñas, con las sillas desvencijadas y las estampas del Hijo pródigo; o las malhadadas ventas para caminantes asendereados; en que no corrían más carruajes que las galeras y carromatos catalanes; en que los chorizos y polacos repartían a naranjazos los premios al talento dramático, y llevaba el público al teatro la bota y la merienda para pasar a tragos la representación de las comedias de figurón y dramas de Cornella; en que no se conocía más ópera que el Marlborough (o Mambruc, como dice el vulgo) cantado a la guitarra; en que no se leía más periódico que el Diario de Avisos, y en fin... en que...

Pero acabemos este artículo, demasiado largo para nuestro propósito: no vuelvan a mirar atrás porque habrían de poner un término a su maledicencia y llamar prodigiosa la casi repentina mudanza que en este país se ha verificado en tan breve espacio.

Concluyamos, sin embargo, de explicar nuestra idea claramente, más que a los don Periquitos que nos rodean pese y avergüence.

Cuando oímos a un extranjero que tiene la fortuna de pertenecer a un país donde las ventajas de la ilustración se han hecho conocer con mucha anterioridad que en el nuestro, por causas que no es de nuestra inspección examinar, nada extrañamos en su boca, si no es la falta de consideración y aun de gratitud que reclama la hospitalidad de todo hombre honrado que la recibe; pero cuando oímos la expresión despreciativa que hoy merece nuestra sátira en bocas de españoles, y de españoles, sobre todo, que no conocen más país que este mismo suyo, que tan injustamente dilaceran, apenas reconoce nuestra indignación límites en que contenerse.

En el día es menos que nunca acreedor este país a nuestro desprecio. Hace años que el Gobierno, granjeándose la gratitud de sus súbditos, comunica a muchos ramos de prosperidad cierto impulso benéfico, que ha de completar por fin algún día la grande obra de nuestra regeneración.

Borremos, pues, de nuestro lenguaje la humillante expresión que nos nombra a este país sino para denigrarle; volvamos los ojos atrás, comparemos y nos creeremos felices. Si alguna vez miramos adelante y nos comparamos con el extranjero, sea para prepararnos un porvenir mejor que el presente, y para rivalizar en nuestros adelantos con los de nuestros vecinos: sólo en este sentido opondremos nosotros en algunos de nuestros artículos el bien de fuera al mal de dentro.

Olvidemos, lo repetimos, esa funesta expresión que contribuye a aumentar la injusta desconfianza que de nuestras propias fuerzas tenemos. Hagamos más favor o justicia a nuestro país, y creámosle capaz de esfuerzos y felicidades. Cumpla cada español con sus deberes de buen patricio, y en vez de alimentar nuestra inacción con la expresión de desaliento ¡Cosas de España!, contribuya cada cual a las mejoras posibles en cuyo camino nos pone el Gobierno. Entonces este país dejará de ser tan maltratado de los extranjeros, a cuyo desprecio nada podemos oponer, si de él les damos nosotros mismos el vergonzoso ejemplo.

Artículo publicado en la Revista Española, el 3 de abril de 1833.




-
LARRA Y SU ENTORNO POLITICA Y SOCIEDAD
1809 Nace en Madrid el 24 de marzo; fueron sus padres: Mariano de Larra y Langelot y María de los Dolores Sánchez de Castro.
Sitio de Zaragoza por los franceses.
Napoleón declara a Roma ciudad libre e imperial; el Papa Pío VII es conducido a Savona. Rusia se anexiona Finlandia. J. Madison, presidente de los Estados Unidos.
1810 Reunión de las Cortes españolas en la isla de León (San Fernando, Cádiz). Formación del Consejo de Regencia. Wellington derrota a Massena en Portugal.
Anexión de Holanda a Francia.
«Grito de Dolores» en México.
En Buenos Aires se establece una Junta de Gobierno.
1811 José Bonaparte nombra director de la Biblioteca Real a Leandro Fernández Moratín.
Muere Jovellanos.
Los franceses ocupan Andalucía; las Cortes se trasladan a Cádiz, única plaza no ocupada. Venezuela declara su independencia (5 de julio).
1812 Las Cortes, reunidas en Cádiz, aprueban la Constitución. Las tropas de Wellington han penetrado en España y derrotan a los franceses en la batalla de Arapiles. José I abandona Madrid.
Napoleón emprende la campaña de Rusia. Bolívar publica su Manifiesto.
1813 Tras la derrota de las tropas francesas en Vitoria, su padre, médico de José Bonaparte, tiene que exiliarse a Francia con su familia y se instala en París; el joven Larra queda en un internado de Burdeos. La Asamblea Nacional, reunida en Cádiz, declara a la Inquisición incompatible con la Constitución.
Tratado de Valençay: Napoleón devuelve a Fernando VII el trono de España.
Concordato de Francia con la Santa Sede; Pío VII regresa a Roma.
1814 Fernando VII vuelve del exilio y, a pesar de sus promesas, se declara rey absoluto y restaura la Inquisición. Abdicación de Napoleón; Luis XVIII, rey de Francia.
Congreso de Viena para restablecer en Europa la situación prenapoleónica.
Restablecimiento de la Compañía de Jesús.
1815 Muere en Madrid su abuelo, Antonio Crispin de Larra, que había sido director de la Casa de la Moneda.
Es ahorcado Porlier tras sublevar a la guarnición de La Coruña.
Napoleón vuelve a París: «Los cien días». Tras la batalla de Waterloo, Napoleón es desterrado a la isla de Santa Elena.
Derrota y fusilamiento de Morelos en México.
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTES Y LETRAS
Nace Charles Darwin.
Thaer: Principios de agricultura racional.
Lamarck: Filosofía zoológica.
Schelling: Investigaciones filosóficas sobre la esencia de la libertad humana.
Overberck: Autorretrato.
Muere Joseph Haydn.
Goethe: Las afinidades electivas.
Felipe de Girard pone a punto una máquina de hilar lino.
Goethe: Teoría de los colores.
Joseph Görres: Historia mítica del mundo asiático.
Fundación en Roma de la Sociedad de pintores «El Nazareno».
Muere J. J. Boisseau.
Nace Federico Chopin.
V. Monti traduce La Iliada.
Teoría molecular.
Niebuhr: Historia de Roma.
Fichte, rector de la universidad de Berlín.
Jacobi: De las cosas divinas y de su revelación.
Goya: Las majas en el balcón.
Weber: Abu Hassan (ópera).
Austen: Juicio y sentimiento.
Goethe: Poesía y verdad.
W. von Humbolt: Investigaciones sobre los primeros pobladores de España a través del vascuence.
Schelling:Monumento erigido al escrito sobre las cosas divinas del señor Jacobi.
Goya: Retrato de Wellington.
Beethoven:Sinfonía n.° 7 en la menor y Sinfonía
n.° 8 en fa mayor.

Goethe: Grande es la Diana de Efeso.
Davy:Elementos de agricultura química.
Schopenhauer: La cuádruple raíz del Principio de razón suficiente.
Fichte: Doctrina del Estado.
J. D. Falk crea en Weimar la primera guardería infantil.
Goya termina Los desastres de la guerra.
Rossini: Tancredo (ópera).
Nace en Leipzig Richard Wagner.
Fundación de la Sociedad Filarmónica de Londres.
Stephenson ensaya una locomotora sobre raíles de hierro.
Laplace: Ensayo filosófico de las probabilidades.
A. von Humboldt crea la ciencia de la climatología.
Nace J. Francois Millet.
Goya:El 2 de mayo en Madrid; Los fusilamientos...; Palafox a caballo.
Beethoven: Fidelio.
Lord Byron: El corsario.
Lamarcck: Historia natural de los invertebrados.
Expedición de Kotzebue a las islas Marshall y Hawai.
Creación de la Escuela Politécnica de Viena.
Goya prepara su Tauromaquia.
Rossini: Elisabetta
Pellico: Francesca da Rimini.
Goethe: Arte.
LARRA Y SU ENTORNO POLITICA Y SOCIEDAD
1816 Metternich, hombre fuerte del imperio austro-húngaro.
Graves tensiones en Francia entre ultraconservadores y moderados.
Se establece en Francia la primera Compañía de Seguros contra incendios.
1817 Larra se traslada a París con sus padres. Muere Juan Meléndez Valdés.
Es fusilado en Cataluña el general Lacy.
Graves disturbios políticos en Inglaterra. Abolición de la trata de negros en España.
J. Monroe, presidente de los Estados Unidos.
D. Ricardo: Principios de Economía Política.
1818 Los Larra vuelven a Madrid acogiéndose a la amnistía concedida por Fernando VII.
Fundación del Museo del Prado.
Martínez de la Rosa: Moraima.
Declaración de la independencia de Chile.
Bernardotte es elegido rey de Suecia con el nombre de Carlos XIV.
Congreso de Aquisgrán: las tropas extranjeras abandonan Francia.
Nacimiento de Carlos Marx.
1819 Inauguración del Museo del Prado.
Fusilamiento del general Vidal en Valencia.
España cede Florida a los Estados Unidos.
Declaración de independencia de Colombia.
Se prohibe el trabajo de los niños menores de diez años en Inglaterra.
Aplastamiento de los movimientos reformistas en Manchester.
1820 Levantamiento de Riego en Cabezas de San Juan.
Fernando VII jura la Constitución.
Congresos de Viena y Troppau.
Desamortización eclesiástica en España.
Revolución de los carbonarios en Italia.
Jorge IV, rey de Inglaterra.
1821 Leandro Fernández de Moratín se traslada a Burdeos, en donde prepara la edición de sus obras. La Santa Alianza se reúne en Laybach y examina la situación en España y Portugal.
Las tropas austríacas invaden el norte de Italia.
Sublevación de los griegos contra la dominación turca.
Muere Napoleón Bonaparte.
1822 Los padres de Larra, que residen en Valladolid, reclaman junto a sí a su hijo; después se trasladan a Corella, donde el padre ha obtenido plaza de médico.
Fundación del Ateneo de Madrid.
Los absolutistas españoles piden ayuda a la Santa Alianza.
Los griegos proclaman su independencia, pero sigue la guerra: matanzas en la isla de Quíos.
Formación de la «Gran Colombia».
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTES Y LETRAS
Brandes hace el primer mapa del tiempo. Fresnel formula la teoría de la difracción de la luz.
Hegel: Ciencia de la Lógica.
F. Magendie crea la fisiología animal experimental.
Goethe funda la revista artística y literaria «Arte y antigüedad».
Rossini:El barbero de Sevilla.
W. Scott: El anticuario.
Berzelius localiza el selenio y el litio.
G. Cuvier: El reino animal.
Hegel: Enciclopedia de las ciencias filosóficas.
Goya realiza los Disparates.
Schinkel: Paisaje italiano.
Rossini: La Cenicienta.
Stendhal: Roma, Nápóles y Florencia.
Exploraciones de Ross por las regiones polares árticas.
Karl Ritter: La Geografía en relación con la naturaleza y la historia de los hombres.
Fundación de una Academia de Bellas Artes en La Habana.
Rossini: Moisés en Egipto.
Nash realiza el Pabellón Real de Brighton.
Expedición de Parry al ártico. Schopenhauer: El mundo como voluntad y representación.
Fundación de la universidad de San Petersburgo.
Nace Gustave Courbet.
Schubert:Quinteto de la trucha.
W. Scott: Lucía de Lammermoor.
Nace Walt Whitmann.
A. M. Ampére pone a punto el telégrafo electromagnético.
Goethe: Metamorfosis de los animales.
Malthus: Principios de economía política.
J. L. David: Estatua de Carlos III en Nápoles.
Goya: Retrato de Tiburcio Pérez.
Schubert: Los gemelos.
W. Scott: Ivanhoe.
Pushkin: Ruslan y Ludmila.
Poncelet profundiza en el estudio de la geometría proyectiva y Seebeck sobre la termoelectricidad.
Hegel: Líneas fundamentales de la Filosofía del Derecho.
Creación de la Sociedad de Geografía de Francia.
Nacen Baudelaire y Flaubert.
Rauch: Busto de Goethe.
Weber: Der Freischütz (ópera).
Rossini: Matilde de Shabran.
Nace Heinrich Schliemann.
J. F. Champollion descifra la «piedra de Roseta».
W. von Humboldt: Sobre el estudio comparativo de las lenguas.
Overberck: Entrada de Cristo en Jerusalén Alavoine restaura la catedral de Rouen.
Schubert: Alfonso y Estrella.
Nace César Franck.
LARRA Y SU ENTORNO POLITICA Y SOCIEDAD
1823 Larra traduce al castellano La I liada de Homero, y esboza una gramática castellana.
Los Larra regresan a Madrid, y los padres se vuelven a Valladolid; Larra se queda en Madrid y prosigue sus estudios en el Colegio de San Antonio y en el Colegio Imperial de los jesuítas.
Los «cien mil hijos de San Luis», al mando del duque de Angulema, invaden España. Dura represión de los liberales.
Se completa la independencia en Centroamérica.
Doctrina Monroe: «América para los americanos».
1824 Interrumpe los estudios de medicina que había iniciado al terminar sus estudios en el colegio de los jesuítas. En mayo se concede una amnistía. Declaración de independencia de Bolivia. Brasil se convierte en monarquía hereditaria. Fernando VII restablece la Inquisición (Juntas de Fe); fusilamiento de notables liberales que no se han exiliado.
Carlos X sucede a Luis XVIII en Francia.
1825 Se traslada a Valladolid y se matricula en la universidad para estudiar derecho. Primer enamoramiento y primera decepción.
Se traslada a Valencia.
J. Q. Adams, presidente de los Estados Unidos.
Leyes de indemnización a los antiguos emigrados aristócratas franceses.
Carta apostólica Quo graviora mala contra la francmasonería.
1826 Vuelve a Madrid y se coloca en una oficina de la Administración.
El Informe de Ley Agraria, de Jovellanos, es incluido en el índice.
Congreso de Panamá en pro de la unión de las nuevas naciones independientes.
Intento de sublevación liberal en España.
Tratado de Akkerman entre griegos y turcos.
Intento de establecimiento sionista en Palestina.
1827 Abandona su trabajo burocrático y se decide a escribir.
Publica su primer escrito:Oda a la Expresión primera de las Artes Españolas.
Leandro F. Moratín llega a París a finales de año.
Bolívar y Páez entran triunfalmente en Caracas.
Sangrienta reacción de los griegos contra los turcos; intervienen las potencias. La flota otomana es destruida en Navarino.
1828 Edita su propia revista: «El Duende Satírico del Día», escrita enteramente por él, de la que aparecieron seis cuadernos, el primero en enero-febrero.
Durán: Discurso sobre el influjo de la crítica moderna en la decadencia del antiguo teatro español.
El duque de Wellington, primer ministro inglés.
Egipto retira sus tropas de Grecia.
Independencia del Uruguay.
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTES Y LETRAS
Faraday consigue licuar cierto número de gases.
Orfila: Lecciones de medicina legal.
Descubrimiento de las islas Wrangel.
Sait-Simon: Catecismo de los industriales.
Beethoven: Sinfonía n.° 9 en re menor.
Schubert: Rosamunda.
Goethe: Elegías de Marienbad.
Seeber formula la teoría atómica de los cristales.
Scotti: La religión y la medicina.
Herbart: La psicología como ciencia.
Ranke: Sobre la crítica de la historiografía moderna.
Fundación de la National Gallery de Londres.
Muere Theodore Géricault.
Schubert: La bella marinera.
Beethoven: Missa solemnis.
Liebig y Wöhler profundizan en el estudio de la isomería.
Laplace: Mecánica celeste.
A. Böch: Corpus Inscriptionum Graecarum.
Louis Braille: escritura para ciegos.
Boildieu: La dama blanca (ópera).
Monti:Sermón sobre la mitología.
Beethoven:Gran fuga en si bemol.
Fundación de la Editorial Hachette.
Niepce pone a punto la fotografía.
Lovachevski realiza investigaciones sobre pangeometría.
Bretonneau describe la difteria.
Pestalozzi: El canto del cisne y Autobiografía.
Beethoven: Ultimos cuarteros.
Muere Carl María von Weber.
Finimore Cooper: El último mohicano.
Eichendorff:Episodios de la vida de un holgazán.
G. S. Ohm: El circuito galvánico tratado matemáticamente.
Wöhler descubre el aluminio.
Muere Pierre Simon Laplace.
W. von Humboldt: Sobre el carácter nacional. de las lenguas.
Ingres: Apoteosis de Homero.
Goya: La lechera de Burdeos.
Scubert: Viaje de invierno.
Muere Ludwing van Beethoven.
Víctor Hugo: Cronwell.
Berzelius descubre el torio.
Wöhler realiza la síntesis orgánica.
Fr. Schlegel: Filosofía de la vida.
R. Ottfried Müller: El etrusco.
Muerte de Goya en Burdeos.
Klenze construye el Odeón de Munich.
Schubert: Sinfonía n.° 7 en do mayor.
Fundación de la Editorial Hernando.
LARRA Y SU ENTORNO POLITICA Y SOCIEDAD
1829 Deja de publicar «El Duende...», y se casa con Josefa Wettoret y Velasco. Cuarto matrimonio de Fernando VII, con María Cristina de Ñapóles, futura reina regente.
Fundación del Banco de San Fernando.
Paz de Andrianópolis: el gobierno turco reconoce la independencia griega.
Caída de Benito Juárez en México.
Andrew Jackson, presidente de los Estados Unidos.
Los católicos ingleses pueden ocupar cargos públicos.
1830 Nace su hijo Luis Mariano.
Conoce a Dolores Armijo, esposa de Manuel María Cambronero.
Fundación del Conservatorio de Madrid.
Martínez de la Rosa: Aben Humeya.
Revolución de julio en Francia.
Bélgica adquiere su independencia.
Venezuela y Ecuador se separan de la Gran Colombia. Bolívar se retira a Santa Marta; muere el 17 de diciembre.
1831 Asiste asiduamente a la tertulia «El Parnasillo» del café del Príncipe.
Estrena dos adaptaciones de Scribe:No más mostrador y La madrina, con el seudónimo de Ramón de Arríala.
Dedica una oda al estado de buena esperanza de la reina.
Disturbios revolucionarios en Italia.
Bombardeo de Varsovia por los rusos.
Es elegido el papa Gregorio XVI. Prohibición del periódico «L’Avenir».
Fusilamiento de Mariana Pineda.
1832 El 17 de agosto sale el primer número de «El Pobrecito Hablador», en donde escribe con los seudónimos de El bachiller don Juan Pérez de Murguía y Andrés Niporesas.
Colabora, a partir del segundo semestre, en «El Correo de las Damas», y hacia finales del año, en la «Revista Española».
Reforma parlamentaria en Inglaterra.
El papa condena las doctrinas de Lamennais.
Giuseppe Mazzini crea la «Joven Italia».
1833 En marzo se publica el último número (14) de «El Pobrecito Hablador».
Este año escribre algunos de sus más importantes artículos: Vuelva usted mañana, Ya soy redactor, En este país.
Muere Fernando VII y es proclamada heredera su hija, Isabel II, bajo la regencia de María Cristina. Comienzo de la primera guerra carlista.
Argüelles publica el Diccionario de Hacienda con aplicación a España.
1834 Escribe Macías y El doncel de D. Enrique el Doliente.
Colabora en «El Observador».
Nace su tercera hija, Baldomera. Su doble vida amorosa provoca la doble separación: Josefa Wettoret se separa de Larra, y Dolores Armijo de Cambronero.
Proclamación del «Estatuto Real» de Martínez de la Rosa, y anulación de los gremios en España.
Gobierno Peel en Inglaterra.
Levantamientos obreros en Lyon y barricadas en París.
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTES Y LETRAS
A. von Humboldt realiza una expedición científica a Rusia.
Herbart: Metafísica general.
A. W. Schlegel: Ramayana.
Fundación del Instituto de Arqueología en Roma.
Turner: Ulises y Polifemo.
Delacroix: La barricada.
Rossini: Guillermo Tell.
Balzac: La comedia humana.
Musset: Cuentos de España e Italia.
Charles Lyell: Principios de Geología.
Mac Cornick inventa la máquina de segar y Thimonnier la de coser.
Braconnet sintetiza la nitrocelulosa y Reichenbach la parafina.
Muere J.-B. Fourier.
Corot: La catedral de Reims.
Stendhal: El rojo y el negro.
Balzac: Escenas de la vida privada.
Pushkin: Historia de Belkin.
John Ross alcanza el polo norte magnético el 28 de mayo.
Darwin inicia su viaje de investigación. Muere G. W. Friedrich Hegel.
Se crea en Francia la Asociación para el Progreso de las Ciencias.
Bellini: Norma.
Chopin: La caída de Varsovia.
Heine: Cuadros de viaje.
E. A. Poe: Poesías.
Muerte de Cuvier y Sadi Carnot.
Liebig: Anales de Química.
K. Friedrich Gauss: Fuerza del magnetismo terrestre.
D’Urville: Viaje alrededor del mundo.
Muere Goethe y deja de publicarse «Arte y antigüedad».
Muere Walter Scott.
Nace Gustavo Doré.
Darwin explora la Tierra de Fuego y la costa pacífica de Suramérica.
Nace Alfred Nobel.
Fundación de la universidad de Zurich.
A. Dumas: Angele.
Balzac: Eugenia Grandet.
Nace Johannes Brahms.
Traslado del obelisco de Luxor a Francia.
Leopold von Buch formula su teoría sobre los volcanes.
M. H. Jacobi pone a punto un electromotor. Lamennais rompe con Roma y publica: Palabras de un creyente.
Delacroix: Las matanzas de Quíos.
Kreutzer: Noches de Granada (ópera).
Muere el compositor Boieldieu.
Balzac: Papá Goriot.
Bird: El banquero de Bogotá.
LARRA Y SU ENTORNO POLITICA Y SOCIEDAD
1835 Viaja a Extremadura con su amigo el conde de Campo Alange. En Badajoz se encuentra con Dolores Armijo.
De mayo a diciembre viaja por Europa (Lisboa, Londres, Países Bajos, París). A finales de año regresa a Madrid.
Duque de Rivas: Don Alvaro o la fuerza del sino.
Sitio de Bilbao y muerte de Zumalacárregui. J. María Rosas, gobernador de Buenos Aires, impone un régimen de fuerza.
Terremoto de Valparaíso y Concepción. Fundación del «New York Herald».
1836 Se presenta a diputado por Avila, en donde vive Dolores Armijo; recibe su acta de diputado el 14 de julio, pero no llega a participar en las sesiones.
Suscribe un contrato con «El Español» por 20.000 reales al año por dos artículos semanales, el primero de los cuales aparece el 5 de enero.
García Gutiérrez: El trovador.
Sublevación de los sargentos en La Granja.
Intento de golpe de Estado de Luis Napoleón Bonaparte.
Se instala en Kaiserswerth la primera Escuela de Enfermeras.
1837 El 15 de ñero muere su amigo el conde de Campo Alange.
El 29 de enero publica sus últimos artículos.
Espronceda: El estudiante de Salamanca
Se suicida el 13 de febrero.
Nueva Constitución española.
A. Bustamante, presidente de México.
Con la subida al trono de la reina Victoria
comienza la «era victoriana».
Van Burén, presidente de los Estados Unidos.
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTES Y LETRAS
Darwin en la isla de los Galápagos.
Tocqueville: La democracia en América.
D. F. Strauss: Vida de Jesús.
Donizetti: Lucía de Lammenmoor.
Mendelsshon: Paulus (oratorio).
J. F. Halévy: La Hebrea (ópera).
H. Ch. Andersen: Cuentos infantiles.
Víctor Hugo: Cuentos del crepúsculo.
Schopenhaur: Sobre la voluntad en la Naturaleza.
Schwann descubre la propiedad fermentativa de la pepsina.
W. von Humboldt: Sobre la diversidad de estructura de las lenguas y su influencia en el desarrollo intelectual del género humano (postuma).
A. Dumas: Don Juan de Manara.
Balzac: Lirio del valle.
Meyerbeer: Los hugonotes (ópera).
Gogol: El inspector.
Glinka: La vida por el zar.
S. Morse pone a punto la telegrafía y Spencer galvanoplastia.
Bolzano: Doctrina de la ciencia.
Carlyle: La revolución francesa.
G. Th. Fechner: El librito de la de la muerte.
Fundación del Liceo Artístico y Literario de Barcelona.
Dickens: Las aventuras de Oliver Twist.
Hawthorne: Cuentos narrados dos veces.
E. A. Poe: Las aventuras de Arthur Gordon Pym.