Introducción Albert Einstein
De Mienciclo E-books
A pesar de que en su infancia y juventud tropezó con más inconvenientes que ventajas, tuvo la gran habilidad de conectar sus innegables dotes naturales con la arrolladora corriente del desarrollo de las ciencias físico-matemáticas en las postrimerías del siglo XIX. Si la genialidad consiste en establecer ese contacto, en mantenerse en tensión para captar los fenómenos que a la gran mayoría se le escapan y ahondar en sus causas, poniendo además en ello grandes dosis de imaginación y de audacia para liberarse, llegado el caso, de lo establecido, de lo aceptado, bien podemos decir que Einstein es un genio. Así de sencillo y así de importante.
En este marco queda encuadrada la formulación de las leyes y de los conceptos -en realidad no demasiado complejos- que constituyen la teoría de la relatividad, de tan enorme trascendencia en nuestros tiempos. Su no bien definida nacionalidad le constituye un poco en ciudadano del mundo y su condición de judío le lanza a buscar otros horizontes, lo que determina que se convierta en un científico itinerante: américa, inglaterra, españa, japón, etc., y esa misma doble circunstancia personal le obliga a contemplar de una forma más global tanto los problemas como las tensiones internacionales y de una forma más objetiva los ideales, las apetencias y las tensiones de planteamiento y alcance exclusivamente nacionales. De ahí que se convierta en un decidido y activo pacifista, al mismo tiempo que se siente atraído por el movimiento sionista.
En ningún momento fue cómoda la vida de einstein, ni en el terreno de lo material ni en el campo de las vivencias personales. Especialmente sensible a cuanto pudiera representar una amenaza para la convivencia humana e íntimamente angustiado por la desnaturalizada utilización que podía hacerse —y de hecho se estaba haciendo— de las posibilidades que la investigación brindaba a la Humanidad, tuvo que pasar por el duro trance de admitir que frente a la insensata agresividad de la Alemania de Hitler no había otra salida que el empleo de las armas como garantía de paz. Y entonces se le acusó de «apóstata del pacifismo».
Las tristes realidades que le rodean le golpean moral y físicamente, su salud se quebranta, viejos amigos sacrifican su quehacer científico a su condición de alemanes y se alejan de él, le rechazan por judío, y se ve obligado a huir a los estados unidos. sus mismas circunstancias familiares se complican. ni siquiera la concesión del premio nobel le compensa de tantas desilusiones. Cuando aseguró a Roosevelt que la bomba atómica era posible y necesaria, quizá pensó que no sólo serviría para conjurar el peligro nazi sino que también serviría para convencer a los responsables de los pueblos de que aquél no era el camino. esta vez le fallaron los cálculos —el hombre es más complicado que el cosmos—, pero aún le quedaron fuerzas para luchar por la paz, espoleado por la idea de que la Humanidad corre el riesgo de caminar, con precisión matemática, hacia su autodestrucción.