IX. La Reaparición de Fígaro en el Escenario Madrileño
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Introducción
MIL ochocientos treinta y seis es el año largo de la vida de Mariano José de Larra. Doce meses tan sólo que, aceleradamente, vertiginosamente, significan toda una existencia atormentada, difícil. Llega Mariano José a Madrid en los últimos días de 1835. Recupera, rápido, el pulso de la ciudad. Se prepara, en suma, de nuevo, para ser el Fígaro temible de antes. Con la ausencia, su reputación literaria y periodística ha crecido. Madrid, que ha ido siguiendo con cierto misterio sus pasos europeos, esperaba su regreso y le recibe con los brazos abiertos, dispuesto a entregarse con facilidad a su pluma mordaz, a su ingenio crítico. Está Mendizábal en el Poder y la familia liberal pulula gozosa por las tertulias mostrando más su alegría que su esperanza.
Preparándose para reencarnarse en Fígaro, Larra apuntala su inmediato futuro. Un extraordinario contrato para colaborar con El Español —«20.000 reales al año y obligación de dar dos artículos por semana», cifra verdaderamente prodigiosa para la época— le garantiza un presente sólido a la par que la envidia y la admiración de sus colegas. Con aquel sueldo fijo, el viajero de antes se estabiliza ahora, cambiándose, al fin, de casa. En una carta dirigida a sus padres, fechada el 8 de enero, escribe Larra:
Me he mudado a la calle caballero de gracia, número 21, esquina a la del clavel, cuarto principal, donde tengo una espaciosa habitación que ofrece cuantas comodidades puedo apetecer para mí, y aun para ustedes si se les ocurre, como pueden, venir un par de días o el tiempo que gusten a madrid. sobre todo no deben olvidar que tengo en un despacho una hermosa chimenea francesa bien nutrida.»
Nueva ?y patriótica? presentación
Instalado en el centro de la urbe confortablemente, Fígaro reaparece el 5 de enero en las columnas de El Español. El primer artículo de su nueva serie —«Fígaro de vuelta»— nos muestra un hombre esperanzado ante el país, en el que brilla la alegría de hallarse de nuevo en su ambiente, entre los suyos:
Loco estoy del gozo y del contento. digan lo que quieran acerca de la superioridad de otros países, la patria es para un español más necesaria que una iglesia.»
Todo el artículo, montado sobre la figura retórica de una carta a un amigo residente en París, es tanto una declaración de intenciones como un análisis de su visión de la realidad española. ¿A qué volver, por qué, para qué? Una a una, Fígaro, va respondiendo a todas las preguntas con una gracia extraordinaria:
¿a qué he de volver a mis antiguas mañas, amigo mío. te confieso que no lo puedo remediar. ¡diez meses sin murmurar! ¿Fígaro diez meses sin curiosear los enredos de su barrio, sin hacer la oposición a nadie, sin criticar a cómico viviente, sin probar un buen garbanzo, sin tomar una mediana jícara de legítimo chocolate ni ver el sol de Castilla? ¿Fígaro diez meses sin divisar una mantilla madrileña, ni una palidez valenciana, ni un sólo pie andaluz? ¿Un año casi sin pararse en la Puerta del Sol, ni en otra puerta alguna, embozado en la nube sin ir al café del Príncipe, sin asistir a una sesión del Estamento; diez meses, en fin, sin ver una Real Orden, ni columbrar un procer?»
Ya está aquí otra vez Fígaro, de vuelta a sus antiguas mañas y curiosidades. Ha reaparecido el periodista brillante, el crítico agudo, el escritor de costumbres, el comentarista político. Larra ha venido a Madrid con la idea de superar su crisis por el peor de los caminos: olvidándose de ella, sepultándola. De algún modo deja Europa porque le coloca frente a sí mismo un espejo que refleja con mucha fidelidad una imagen de sí que no le gusta. No le gusta, habría que añadir, a pesar de ser la verdadera. ¿Qué hace Larra? Quita de su lado el espejo y se disfraza de Fígaro: el éxito, la admiración, el brillo, el resplandor de su figura tiñendo con su nombre la actualidad madrileña. Fígaro es, también, la pasión por la escritura, la libertad y la verdad y por eso, en buena medida, reaparece:
¿para qué para escribir, ahora que la libertad de imprenta anda ya en españa en proyecto. ¡y qué proyecto! tal y tan bueno, que acerca de él sólo he de escribirte una gran carta, por no caber en ésta los muchos y francos encomios con que le pienso glosar y comentar. ¡yo, que de calomarde acá rabio por escribir en libertad!, ¿no había de haber vuelto aunque no hubiera sido, sino para echar del cuerpo lo mucho que en estos años se me quedó en él, sin contar con lo mucho con que se quedaron los censores (...). viniera yo cien veces, aunque no fuera, sino para hablar y volverme.»
Y como en los primeros tiempos del Estatuto, cuando Larra elogiaba (y mostraba su confianza) a Martínez de La Rosa, el Fígaro recién llegado, un poco entre el asombro y el entusiasmo se escribe a sí mismo estos párrafos expresivos:
Por lo que hace al gobierno, te sabré decir que hasta ahora caminamos de milagro en milagro. en el ministerio se cuentan tres personas distintas, pero en realidad no componen más que un sólo ministro verdadero: es el mejor ministro que hemos tenido; dicen sus pocos enemigos que no le falta más que hablar; pero es lo que yo digo: obras son amores y no buenas razones. si sigue así me temo que presto se me va a acabar el oficio, las juntas sometidas, el crédito levantado, la facción abatida, la quinta verificada, hallados, al parecer, recursos en tal penuria, y esperanzas aún mejores para lo sucesivo son cosas que hacen bastantemente su elogio. así que todos hemos abandonado ahora la oposición (...). todo lo más a que podría extenderse mi ministerialismo, siempre que por alguna casualidad demos, como ésta vez, con un buen ministro, sería alabar lo bueno que haga, con la misma independencia que siempre gusté de criticar lo malo.»
Un manifiesto romántico
Ahora, como antes, surge inevitable la pregunta: ¿hasta cuándo va a durar esa fe de Larra? ¿Cuánto tiempo va a tardar «el ministerio Mendizábal» en destruir las esperanzas de aquel Fígaro que reaparecía ilusionadamente en los primeros compases de 1836? Pero antes de responder a la duda con la evidencia de los hechos, veamos algunos síntomas más de su entusiasmo inicial. El 18 de enero publica Fígaro en «El Español» un espléndido ensayo — «Literatura» es su escueto título— que viene a ser, a la vez que una magistral síntesis del pasado literario español, un magnífico manifiesto-programa del Romanticismo que ilumina a Larra. En él pedía, con pasión casi juvenil, «echar los cimientos de una literatura nueva, expresión de la Sociedad nueva que componemos, toda de verdad, como es de verdad nuestra Sociedad sin más regla que esa verdad misma, sin más maestro que esa naturaleza joven, en fin, como la España que constituimos». Tras de lo cual proclama a los cuatro vientos la bandera romántica con estas palabras definitivas:
Libertad en literatura, como en las artes, como en la industria, como en el comercio, como en la conciencia. he aquí la divisa de la época; he aquí la nuestra, he aquí la medida con que mediremos; en nuestros juicios críticos preguntaremos a un libro: ¿nos enseñas algo ¿nos eres la expresión del progreso humano ¿nos eres útil pues eres bueno.»
He ahí la enseña de Larra, que luego repetirá en su célebre crítica a «Antony», el drama famoso de Alejandro Dumas. En esas frases breves se condensa la actitud romántica por excelencia, el romanticismo puro que en España encarnan Larra como prosista y Espronceda como poeta. Estamos ante el teórico ilusionado con ver hecha realidad su idea. El mismo que, mes y medio después, saludará con elogios la representación de «El Trovador» de Antonio García Gutiérrez, en quien ve Larra, convertido en real, su sueño teórico. García Gutierrez un desconocido, puede decir en voz alta, piensa Fígaro, que es hijo del genio y «aristócrata del talento», expresiones ambas que definen por encima de ninguna otra los deseos del creador romántico.
Larra trae, pues, en su fulgurante reencarnación figariana, todo un proyecto que consumar; literatura, nueva para una sociedad nueva; literatura libre, expresión de una sociedad libre. La creación no es sólo, pues, un mecanismo de defensa, sino también un motor capaz de transformar la realidad. Así la entiende Larra. Pero él sabe, porque es riguroso, que existe una inevitable relación entre literatura y sociedad, razón por la cual, hay que luchar para cambiar ambas, por sentar las bases de una sociedad nueva que se exprese a través de una literatura nueva. Una vez más Larra demuestra ser un romántico consciente.
Cambio de signo en el horizonte
Poco iban a tardar las cosas en modificar el humor de Fígaro. El 30 de enero de 1836, «El Español» publica la segunda carta al amigo parisino: «Buenas noches», como título genérico. Han transcurrido algo más de tres semanas desde la primera. No demasiados días, si bien se mira, pero suficientes para ver reducido sustancialmente el optimismo. Más que de una aseveración firme, Fígaro proyecta aquí una profecía, fruto de su intuición, sobre el ritmo de los acontecimientos. Veamos cómo comienza a deteriorarse su entusiasmo:
Si reflexionas, en fin, que en el día cuantos artículos podemos hacer han de reducirse a artículos de fe o de esperanza, no extrañarás que me decida por las cartas. aquí para entre los dos, quiero que me llamen partidario del estalento que nos rige, si sé hacer artículos de fe; porque aunque siempre se ha dicho que vivimos en país de ciegos (...), dígote francamente que yo no veo el tuerto que ha de ser rey. ==
Hazlos, pues—me dirás—, de esperanza, que de esos les hacen los demás.
Y yo también les haría, amigo mío. ¡así la tuviera!»
El diagnóstico de Fígaro no puede ser más expresivo: de nuevo nos hemos quedado a oscuras en el país; otra vez, en suma, caminamos como sombras en medio de las tinieblas. Larra echa su vista atrás para analizar qué pasa en este país donde las esperanzas nunca acaban por ser realidad. Pocos artículos tan lúcidos como este «Buenas noches» entristecido que envía Larra a su interlocutor parisino. Pocos en los que brille con tanto esplendor la capacidad analítica del escritor y su facilidad para comunicar a los lectores el mensaje de su pluma dolorida. A estas alturas Larra no es sólo ya un periodista con todos los recursos expresivos a su alcance. Es, además, un magnífico pedagogo que sabe, con una rara habilidad, enseñar deleitando, conducir al lector al corazón de su discurso y mostrarle la esencia que subyace a las anécdotas. Como los grandes pedagogos utiliza el ejemplo que dota de sentido gráfico al mensaje, que graba en quien lee, mediante el simil, la verdadera síntesis del artículo. Por eso hoy Larra constituye para los historiadores un manantial de sugerencias.
España, 1812-1836
«Buenas noches» es, con independencia de sus valores literarios, una magistral lección de historia escrita por un periodista señero. Así explica Larra la realidad española desde 1812 a 1834 a un supuesto pariense despistado:
Figúrate, amigo mío, que eres sastre, y que le haces a un niño de siete años un uniforme de consejero; ¡claro está que ha de venirle ancho! tú, sastre, entonces, dices: «vea usted, qué niño tan torpe, le hago un uniforme de consejero, tan hermoso y tan bordado, y al muy necio no le viene.»
Coges el uniforme, desprecias al niño y te vas. a los siete u ocho años vuelves con el mismo uniforme, y el niño tiene quince.
¿ancho todavía?
—exclamas— esto no se puede aguantar. Si el uniforme está lo mismo, ¿cómo no le viene? Está visto que este muchacho no sirve para consejero. Es un sandio.
Vuelve a tu taller y, escarmentado de las pasadas experiencias, hácesle una bonita envoltura, y vuelves con tu lío debajo del brazo a los diez años, y entonces el muchacho tiene ya veinticinco.
¡qué diantre! —gritas asombrado—; este muchacho es el diablo, ¡tampoco le viene la envoltura! ¡Ay! ¡ay! ¡ay! Pues, señor, es investible, y coges y le dejas en cueros.
Vive dios, señor sastre qué consecuencia y qué tijera!»
El Estatuto Real, con el cual pretende Mendizábal proseguir la andadura española, es el envoltorio del relato, del mismo modo que la Constitución gaditana es el uniforme confeccionado antes de tiempo. Ambos han acabado por dejar al pobre niño (luego oculto) en cueros. Ese adulto al que alguno todavía creen niño es España, la España de la que Larra se convierte en apasionado abogado defensor denunciando a los cuatro vientos las maniobras arteras de los sastres. Fígaro, que en la carta anterior decía graciosamente haber abandonado la oposición ante aquel milagro, vuelve a cargar su pistola contra el Poder. Lo ha hecho obligado por el peso de las circunstancias. Aun así, la crítica es todavía leve y más que a Mendizábal se orienta hacia la misma situación, porque Mendizábal, como le hubiera acontecido a cualquiera, hereda su país y su momento histórico repleto de problemas. No se puede, pues, partir de cero. Es preciso rehacer lo que, hecho ya, es como un lastre que impide andar a buen paso el camino nuevo. Larra sabe como el primero eso. Y, asumiéndolo hasta el final, teme el futuro.
«un hombre nuevo es llamado a deshacer la facción y a rehacer la nación; se necesitan recursos por una parte, y el hombre nuevo encuentra recursos. Pero para rehacer la nación es preciso comenzar por deshacer lo que encuentra mal hecho. ¡Triste suerte que hayamos de pasar un año en deshacer el error de un día! Nueva Penélope, la España no hace sino tejer y destejer.»
El desencanto figariano se basa en hechos evidentes que prefiguran de manera preocupante el futuro. No es, de ningún modo, una sospecha irracional o un grito desbordado de rebeldía adolescente. En efecto, sobre la crítica del «Buenas noches» se agazapa la discusión de la Ley Electoral, primero, y la convocatoria a nuevas Cortes (ni revisoras ni constituyentes), después. Datos ambos elocuentes que, juntos, ponen sobre el tapete algo que arruina la fe de Larra, a saber: la monotonía de una vida política que, lejos de salir al paso de los problemas, se consume en los rodeos sin sentido, en el tejer y destejer el hilo de una madeja interminable. Todo celo enciende la mecha del escepticismo de Larra cuando se pone la mirada en el futuro:
De suerte que yo por el punto sólo veo clara una cosa, y es que para el 22 de mayo se reunirán de nuevo en madrid otras cortes, uno de cuyos estamentos será elegido por los electores que elijan los ayuntamientos y mayores contribuyentes, que sus individuos deberán tener doce mil reales de renta, treinta años y haber nacido o estar arraigados en la provincia, según el estatuto. que estas tales cortes oirán otro discurso de la corona, y volverán a contestarle; que se volverá a poner sobre la nueva la ley electoral, en atención a que es preciso tener una nueva, pues que la actual, por la cual van a ser elegidos esos mismos que harán la otra, no vale nada (...) que se discutirá luego el proyecto de libertad de imprenta, el de responsabilidad ministerial, y demás objetos importantes que el bien público reclame; que para entonces seguramente no tendremos facción, porque estarán al caer los seis meses de la promesa, o no tendremos ministerio porque estará caído si no la cumple; que en eso se pasará la primavera y el verano; que para el otoño se pondrá en vigor la nueva ley electoral, y que mucho antes del día de junio veremos las Cortes revisoras que engendrarán las constituyentes y que...»
La desamortización, a la vista
«Buenas noches» es la segunda de las tres epístolas que dirige Fígaro a su amigo residente en París. La tercera —«Dios nos asista»— presenta ya los síntomas de una decepción irreversible ante la obra de Mendizábal, de nuevo una oportunidad perdida. Pero en medio de las dos cartas hay que situar un hecho histórico de decisiva importancia: el Real Decreto de 19 de febrero de 1836 «por el que se ponen a la venta los bienes nacionales», esto es, la operación desamortizadora que intenta paliar la Deuda pública que viene arrastrando el Estado desde tiempo atrás. En él se halla el núcleo esencial del ministerio Mendizábal, hasta el punto de que las reacciones ante el mismo constituyen un test magnífico para medir la lucidez de la clase política española. Larra —ya lo veremos en el capítulo próximo— va a afilar con rapidez los dardos de su crítica pasando a la oposición con valentía hasta la crisis de mayo del 36 en virtud de la cual caerá Mendizábal.
En su nueva casa, Larra recontruye a Fígaro y cuida con esmero su reaparición pública. El primer mes del renacido Fígaro revela ya, sin embargo, la dificultad de mantener en pie la esperanza inicial del retorno. No sabemos gran cosa de la vida privada de Larra, esto es, de si vio a Dolores apenas llegado a España y de cuál era su estado anímico en aquellos días madrileños de enero. Dolores Armijo,parece cierto, hallábase en Avila y ninguna noticia poseemos de que Mariano José se trasladara hasta allí de inmediato. Da como la sensación de que, por el momento, Larra sigue prolongando el paréntesis afectivo. Preocupado por su salida al exterior, ese primer mes de 1836 no hace otra cosa que servir para diseñar el escenario de la crisis. Ya está Fígaro en la calle, marco de sus éxitos. Todo Madrid habla de él con más énfasis que nunca: su nombre recorre de boca en boca las tertulias y sus trabajos en El Español pasan de mano en mano, entre sonrisas y admiración.
Pero Larra sigue solo. A un año de su muerte, apenas tiene alrededor otra cosa que una multitud casi anónima que le aplaude o le teme, una frágil esperanza llamada Dolores y un espejo cruel en el que, cuando deja de ser Fígaro, ve reflejado su rostro con toda perfección. Metido en la prisa y el éxito apenas le queda tiempo para evaluar el espesor de sus arrugas. Confundido con Fígaro, Larra está en la calle, su verdadero mundo, su estancia casi exclusiva. Cuando poco a poco se vaya encerrando en casa, irá yendo lentamente hacia el espejo para quitarse ante él la careta y convertir la sonrisa en mueca de dolor. Ha comenzado la agonía.