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IX. La Hora de la Liberación

De Mienciclo E-books

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Contenido

Introducción

SIMÓN Bolívar parte hacia su nuevo destino sin un centavo. Tenía la intención de liberar a Nueva Granada, luego de lo cual utilizaría esa región como base para sus operaciones. Entraría en Venezuela y expulsaría a los españoles.

La región desde la cual piensa iniciar su campaña libertadora ya había sido delimitada en el siglo XVI por los conquistadores y abarcaba las actuales repúblicas de Colombia, Panamá, Ecuador y parte de Venezuela. Es así como vemos que en este siglo se producen las principales fundaciones: Panamá, 1519; Santa Marta, 1525; Cartagena de Indias, 1533; Calé, 1536; Popayán, Bogotá, Mompos y Neiva, 1538; Pasto, Tunja y Vélez, 1539; Antioquía, 1541; Río Negro y Río Hacha, 1545; Barranquilla, 1629; Girón, 1631; Medellín, 1675, y Socorro, 1681.

Comúnmente, las ciudades conservaron sus primitivos nombres indígenas. Muchas de ellas estaban situadas en las alturas de los Andes, como el caso de Bogotá, Popayán, Pasto, Tunja; y otras en el litoral marítimo, como Cartagena de Indias y Panamá. El enorme territorio fue dividido en provincias como las de Panamá y Veragua, que dependían de la Audiencia de Panamá; y Santa Marta, Cartagena y Popayán, dependientes de la Audiencia de Santa Fe. Dichas provincias se unifican administrativamente en 1719 bajo el Virreinato de Nueva Granada.

Al partir de Curasao, Bolívar lleva el propósito de la unificación de Nueva Granada. Las ciudades que componían el extenso territorio se hallaban divididas en dos grandes bandos: las federalistas y las centralistas. Doce juntas de gobierno luchaban enconadamente entre sí por lograr el triunfo de sus criterios. Solamente Cartagena de Indias había decidido romper definitivamente con España y su rey, pero lógicamente no podía subsistir aislada y mantenía contactos y amistad con el sector federalista residente en Tunja, al norte de Bogotá.

La situación se agravaba, pues Nueva Granada hallábase rodeada de enemigos: Venezuela, al oriente, estaba en poder de Monteverde; al occidente y oriente de Cartagena de Indias acechaban los españoles de Panamá y Santa Marta; el sur (lo que hoy es Ecuador) también había caído, y más al sur aún, en el Perú, el virrey de Lima se sentía tan poderoso que amenazaba marchar sobre Chile y el Río de la Plata, donde las Juntas de gobierno, aunque sin someterse al poder de Cádiz, continuaban siendo fieles a Fernando VII.

Llega a Cartagena en 1812, ansioso de comenzar su campaña y lleno de confianza en el triunfo, sin tener en cuenta las dificultades que hallaría, hasta que presenció la anarquía y el caos, la turbulenta escena política, la rivalidad y la competencia entre políticos y generales, las diversas facciones en lucha entre sí. Para conducir a un buen fin sus planes, necesitaba apoyo político y un ejército disciplinado. Debió luchar durante meses para hallar un dirigente político que lo apoyara, le diese poderes y tropas. Durante mucho tiempo dio conferencias y pronunció discursos, tratando de interesar a la gente en su causa y en la lucha por la independencia. Fue entonces cuando publicó el famoso Manifiesto, gracias a la ayuda financiera de Torrices, el presidente de Cartagena, quien además le devolvió su grado de coronel.

A orillas del Magdalena

Luego de muchos intentos fallidos, logra que se le asigne un pequeño contingente de soldados, en su mayoría negros y mulatos. Con ellos se dirige, en la navidad de 1812, hacia Barrancas, un pequeño pueblo a orillas del Magdalena. Su misión es conquistar dicha plaza y esperar allí hasta que se le indique una nueva tarea.

No había elección. Se dispuso a la conquista de Barrancas y obtuvo una fácil y rápida victoria, pero no podía estar satisfecho ya que debía permanecer inactivo, justamente cuando había visto que una acción rápida e inesperada podía lograr el control de todo el importante río.

La disyuntiva es difícil, pero su genio le impulsa a desobedecer; ignorando las órdenes de sus superiores, remonta el Magdalena, asegurándose una ciudad tras otra, y en un tiempo extraordinariamente breve logra controlar todo el curso del río.

Utilizando las silenciosas canoas y al amparo de la noche, llegan a Tenerife. Los españoles huyen abandonando las armas. Luego toma Mompox, donde se le unen 200 voluntarios. Persigue a los españoles hasta Banco y los expulsa de la importante plaza el 1 de enero de 1813. El 8 de febrero llega a Ocaña con un ejército de más de 500 hombres. En sólo dos semanas el coronel desterrado había arrebatado a los peninsulares el control del Magdalena. Fue una acción memorable, sobre todo si se considera que su ejército era pequeño, mal equipado y muchos de sus miembros rehusaban combatir en un paraje cálido y pantanoso, donde eran fáciles víctimas de enfermedades.

Bolívar no deseaba detenerse. Quería entrar rápidamente en Venezuela; pero, para llevar a otro país a los soldados de Nueva Granada, debía obtener el consentimiento del Congreso y esperar hasta que el mismo llegara, si es que llegaba.

Además, sobre su cabeza pesaba la amenaza de un consejo de guerra, motivado por su desobediencia a las órdenes de Cartagena. Pero un hecho determinará que se le conceda la autorización. El general español Correa se dirige con 5.000 hombres hacia Cúcuta, plaza en poder de los patriotas que en un número de 200 son incapaces de resistir. A su memoria posiblemente vuelva el recuerdo de las Termopilas, vivido en el relato de su preceptor.

Se le autoriza entonces, gracias a la presión de su amigo el presidente de la Confederación, a movilizar en las provincias limítrofes de ambos países. Es así como su pequeño ejército atraviesa las montañas que le separan de su país y en su tierra derrota a los españoles. El hecho militar tiene por escenario el lugar llamado Cúcuta. Este triunfo le brindará además una gran cantidad de cañones y pertrechos de guerra.

Nuevos obstáculos

Luego de este triunfo, Bolívar prepara el camino para llegar finalmente a Caracas. El presidente de Cartagena le otorga la nacionalidad neogranadina. Bolívar desea fervientemente la unificación de Venezuela y Nueva Granada en la Gran Colombia. El proyecto de Miranda es hoy su punto de mira.

En la frontera de los dos países, ante el ejército, dirá con su voz henchida de emoción:

Soldados vuestras armas libertadoras han venido hasta venezuela en menos de dos meses habéis terminado dos campañas y habéis comenzado una tercera que empieza aquí y debe concluir en el país que me dio la vida. vosotros, fieles republicanos, marcharéis a redimir la cuna de la independencia colombiana, como las cruzadas libertaron a jerusalén, cuna del cristianismo el solo brillo de vuestras armas invictas hará desaparecer en los campos de venezuela las bandas españolas como se disipan las tinieblas delante de los rayos del sol. la américa entera espera su libertad y salvación de vosotros, impertérritos soldados de cartagena y de la unión corred a colmaros de gloria adquiriéndoos el sublime renombre de libertadores de Venezuela.

Pero la invasión de Venezuela se demora. La causa hay que buscarla en la actitud del general colombiano Castillo, que, posiblemente dolorido por los triunfos del extranjero, sabotea la empresa, moviendo sus influencias. Es entonces cuando el venezolano decide resignar su mando, subordinándose ante su rival con tal de lograr penetrar en su patria. Venciendo su orgullo escribirá al general Castillo haciéndole el ofrecimiento. Castillo, sin embargo, considera que es arriesgada la empresa y que en verdad el pueblo venezolano no desea independizarse de España.

De esta encrucijada, de este callejón sin salida en que se halla Bolívar, viene a recatarlo la acción de un hombre, un político que, como un signo profético, se llamará Camilo Torres, y que va a despejar el camino para que el futuro Libertador entre en su tierra.

Castillo ha sido vencido, las presiones diplomáticas de Bolívar y la actitud de Camilo Torres lo han alejado de la escena; pero es precisamente en este momento cuando aparece la figura de otro protagonista clave de nuestra historia. Nos referimos a Francisco de Paula Santander (1792–1840).

Las tropas criollas se encuentran alineadas, prontas a marchar. Venezuela es la meta; tras las montañas les aguarda el camino a Caracas y la gloria prometida.

Primero es un murmullo en la retaguardia. Los hombres no avanzan. Bolívar advierte la situación y a galope tendido se dirige hacia los escuadrones comandados por Santander. Ya frente al neogranadino, le intimida a marchar; éste se niega a obedecer, pues sigue fiel a Castillo, su antiguo jefe.

—Si usted insiste en que no marche su Cuerpo, yo lo fusilo.

El batallón vitorea a Bolívar, el comandante mayor Santander se queda en Cúcuta. El futuro vicepresidente de Colombia tiene veintiún años y acaba de enfrentarse por primera vez con el Libertador.

Los acontecimientos venideros mostrarán la trascendencia de este episodio.

Rumbo a Caracas

Los elementos de que dispone Bolívar y la situación, cuando emprende esta nueva tentativa, son peores que al iniciar la campaña anterior en el Magdalena. Debía desenvolverse en un terreno difícil, en una zona en la que la población no era favorable a los criollos y que podía no desear incorporarse al ejército americano. El mismo Bolívar no se sentía seguro de sus tropas y tenía problemas con sus oficiales. Con sólo 650 hombres debía enfrentarse a 2.000, organizados y abastecidos. Pero Bolívar era un hombre que de las dificultades extraía vigor y comenzó su misión con entusiasmo. En breve tiempo, y sin mayores esfuerzos, toma la ciudad de Mérida, retirándose los españoles hacia Trujillo. Su táctica depende de la rapidez, la sorpresa y la explotación de todos los elementos favorables. Luego bajó a Trujillo, sometiéndola a un costo ínfimo. En esta ciudad hace un llamamiento a sus compatriotas todavía reticentes a sumarse a la gesta de la independencia:

Venezolanos: reuníos bajo las banderas de la nueva granada que tremolan ya en vuestros campos y que deben llenar de terror a los enemigos del nombre americano ¡levantaos contra vuestros opresores! ¡varones, jóvenes, y hasta los niños si es posible, de uno y otro sexo, desplieguen su justo enojo contra los tiranos! corred a las armas, venezolanos todos, y haceos dignos de la gloria que les espera a los libertadores de la patria.

Ante cada nueva victoria se tornaban las perspectivas más prometedoras y, a medida que avanzaban las tropas de Bolívar, iban nutriéndose de voluntarios y de provisiones.

En este momento, el Libertador recibe la noticia de que en la parte oriental de Venezuela se ha originado una rebelión que ha terminado por constituir un grupo revolucionario dirigido por Nariño, con el cual podría establecerse una relación para atacar conjuntamente a los peninsulares. Entusiasmado por la novedad, se expresará en los siguientes términos: «Temo que nuestros ilustres compañeros de armas de Cumaná y Barcelona liberten nuestra capital antes que nosotros lleguemos a dividir con ellos esta gloria, pero nosotros volaremos, y espero que ningún libertador pise las ruinas de Caracas primero que yo.» Si bien Bolívar aprecia esta colaboración, desde Cumaná y Barcelona arenga a sus tropas para que sean ellas las primeras en lograr el objetivo tan deseado: liberar esa ciudad, que un día amó tanto, cuando en ruinas, la contrarrevolución parecía levantar cabeza. Quizá presienta que la negra que lo crió esté entre el pueblo, ovacionándole.

La única dificultad es que el Congreso de Nueva Granada, del cual dependía, no le autorizaba a avanzar más allá de la plaza conquistada. Las victorias obtenidas en los límites de Colombia impedían el acceso de las tropas españolas. Nueva Granada se hallaba asegurada ante posibles invasiones y, por consiguiente, sus dirigentes preferían destinar sus esfuerzos a consolidar la política interna del país. El proyecto de Bolívar no era vital para las autoridades de Cartagena ni para los intereses de Colombia. Consciente de esta situación, de este juego político, Bolívar desobedece y decide dirigirse a Caracas. Sabiendo que debe enfrentarse a un enemigo poderoso y a sectores conservadores, apela a un recurso que a la luz de la historia habrá de significarle la peor mancha de su carrera, y el cual dará pie a que se forme la leyenda negra sobre su personalidad. Se trata del documento en el que declara «guerra y muerte» o «guerra y exterminio», y afirma ante las naciones del mundo: «… instruidos de que el enemigo quitaba la vida a los prisioneros sin otro delito que ser defensores de la libertad, y darles el epíteto de insurgentes… resolvimos llevar la guerra a muerte perdonando solamente a los americanos, pues de otro modo era insuperable la ventaja de nuestros enemigos… Podríamos ser indulgentes con los cafres de Africa; pero los tiranos españoles, contra los más poderosos sentimientos del corazón, nos fuerzan a las represalias…».

Todos los europeos y los españoles que no colaboraran en forma activa con las tropas independentistas deberían ser muertos; la misma suerte correrían aquellos que eligieran permanecer ajenos a la contienda, en tanto que ningún americano debería ser muerto, cualquiera que fuera su opinión, siempre y cuando no obstaculizara el proceso. Se trataba, pues, de una toma de posición violenta que respondía a una situación también violenta.

Si bien Bolívar esgrimía el terror como arma política para inmovilizar al enemigo, Monteverde, el comandante español, utilizaba los mismos métodos para impedir levantamientos civiles o militares. En su bando, Bolívar tomaba conciencia de una realidad y trataba de crear otra, en la que el motor era el de la creación de una América libre que se opusiera al régimen colonialista; él deseaba que los indígenas se sintieran orgullosos de su propia nacionalidad y que odiaran a los españoles. Una vez declarada su propia línea política, Bolívar avanzó hacia Caracas, a donde llegó el 13 de agosto de 1813, sin haber sostenido ninguna batalla de importancia.

El llanto nubla los ojos de Simón Bolívar. La ciudad de Caracas, su ciudad, le tributa su homenaje. Las figuras que vitorean su nombre se desdibujan, pierden su contorno individual. De pronto un rostro, un oscuro rostro querido se destaca entre la muchedumbre. Bolívar no oculta su sorpresa y se abraza a la vieja y fiel Hipólita, con la emoción de un niño perdido que finalmente encuentra a su madre. Por primera vez experimentó la gloria de un conquistador y el culto que sigue a la victoria y al éxito.