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IX. Epílogo

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Llegada de colonos a Amrica, segn un grabado del siglo XVI
Llegada de colonos a Amrica, segn un grabado del siglo XVI

PARA Bartolomé de Las Casas «todas las naciones del mundo son hombres, y de cada uno de ellos es una sola la definición: todos tienen entendimiento y voluntad… Todos sienten placer con lo sabroso y alegre, y todos desechan y aborrecen el mal y se alteran con lo desabrido y les hace daño…». Se apoya en Marco Tulio Cicerón (106–43 antes de N. E.), y afirma junto con él: «Uno es el linaje de todos los hombres y todos los hombres en cuanto a su creación y las cosas naturales son semejantes. Ninguno nace sabiendo y todos tenemos necesidad, en los comienzos, de ser ayudados y guiados por los que nacieron primero.»

Considera que el ser humano es libre por naturaleza: «… desde su origen todas las criaturas nacen libres, y con una naturaleza igual, Dios no hizo a uno esclavo de otro, sino que a todos concedió idéntico arbitrio; y la razón es que a una criatura racional no se la subordina a otra, como por ejemplo, un hombre a otro hombre… Porque la libertad es un derecho ingerido en los hombres por necesidad y por sí desde el principio de la criatura racional, y es por eso de derecho natural… Desde el principio del género humano, todos los hombres, todas las tierras y toda las otras cosas, por derecho natural y de gentes, fueron libres…».

Reconoce que «las gentes silvestres son como tierra no labrada que producen fácilmente malas yerbas y espinas inútiles», pero afirma que «tienen dentro de si virtud natural, que cultivándola de frutos sanos y provechosos». Que por naturaleza los indios son libres, y, por tanto, lo que el filósofo Aristóteles (384–322 antes de N. E.) dice en el principio de su «Política», «los que tienen viva inteligencia son naturalmente los guías y señores de los otros, y los que son inferiores por razón son naturalmente esclavos», debe desecharse para Las Casas, «el filósofo era gentil y está ardiendo en los infiernos y, por tanto, se ha de usar su doctrina en tanto y cuanto convenga a nuestra fe y costumbre cristiana». Proclama que la «religión cristiana es igual y se adapta a todas las naciones del mundo. A todas recibe sin quitar a ninguna de su libertad y señoría y sin someterlas a servidumbres, bajo el pretexto de que son siervos a natura o libres».

Para él Dios prefiere la persuación y desecha la violencia: «… con cuanta misericordia, dulzura y mansedumbre, paz y piedad quiso Dios convertir al mundo a su fe. Lo primero y principal que encomendó a sus sucesores fue que ofrecieran su paz…, con la suavidad de sus virtudes y buenas obras…, dejando las propias vidas… Y eso mostró el hijo de Dios poniendo el ejemplo de la oveja perdida, que tomó sobre sus hombros, y del hijo pródigo…, diciendo: Yo os envío como ovejas entre lobos para amansarlos y traerlos a Cristo».

Este es el camino que Las Casas elije para convertir a los indios y se indigna por las arbitrariedades de los conquistadores: «¿Por qué entonces en vez de enviar ovejas que conviertan a los lobos, enviáis lobos hambrientos, tiranos, crueles, que despedazan, destruyen, escandalizan y espantan a las ovejas?».

Una y otra vez denuncia los atropellos cometidos por sus compatriotas, y no sólo no trata de disimularnos sino que hasta los «enormiza» como dice Menéndez Pidal, pues así alarma y preocupa a quienes pueden remediarlos: «Entraban en los pueblos y no dejaban niños, ni viejos, ni mujeres preñadas o paridas, que no desbarrigaban y hacían pedazos… Hacían apuestas sobre quien lograba separar por el medio, de una cuchillada, a un hombre… Tomaban las criaturas de las tetas de las madres y sujetándolas por las piernas, estrellaban sus cabezas contra las peñas». Las Casas, indignado, se atreve a pronunciar terribles amenazas: «Dios ha de castigar con horribles castigos y tal vez destruirá en su totalidad a España», por los pecados que los españoles cometen en las Indias. «El daño —dice también— que la coronal real de Castilla y León por esta causa ha causado los ciegos lo verán, los sordos lo oirán, los mudos lo clamarán y los muy prudentes lo juzgarán…»

Su defensa apasionada de los indios lo ha convertido en uno de los «pocos hombres en toda la historia universal» portador de una tan especial carga de sugestiones pasionales, de actualismo perenne, de trascendencia, según escribe Juan Pérez de Tudela Bueso, en su estudio crítico preliminar a las obras de Las Casas. No vacila en denunciar que «la causa por la que murieron los indios y morían cada día, ha sido principalmente por darlos y repartirlos a determinadas personas para que se sirvieran de ellos. Esta es la causa de su muerte y de ella dependen». Aconseja con una inteligencia notable para la época que debería establecerse «una comunidad en cada villa y ciudad de los españoles en la cual ningún vecino tenga indios propios, sino que todos los repartimientos estén juntos y las labranzas sean comunes, y los que hubieran de recoger oro lo hicieran juntos… Para esto deberían existir «mayordomos» y otros «ministros» necesarios para tal comunidad, quiénes no tendrían en ella ningún provecho personal ni en las labranzas ni en el oro, salvo cierto salario que se les pagare en dinero».

Condena con suma severidad la encomienda, calificándola de «el mal mayor y lo que ha sido la causa de la total destrucción de aquellas tierras, y lo será de lo que queda si no se remedia». Para Las Casas la encomienda se opone al «bienestar de esa república indiana, y además está contra toda razón y prudencia humanas, contra el bien y el servicio del rey, nuestro señor, y contra todo derecho civil y canónico, es contra todas las reglas de la filosofía moral y la teología, contra Dios y contra su intención y contra su Iglesia…».

Reivindica de manera incondicional el mandato de Cristo que establece el amor al prójimo como a sí mismo. Insiste en que «no hay diferencia en la naturaleza de la creación del hombre» y que «tampoco se establece diferencia en la vocación de todos ellos, encaminada a su salvación, ya sean bárbaros, ya sean cultos… Todos los hombres tienen alma racional y ceden a la delicadeza, al deleite, a la dulzura, a la suavidad, a la benignidad y a la afabilidad…». Para Las Casas «Dios ha adornado el alma de una luz intelectual, con la cual le ha dado cierto conocimiento de sí mismo, que es el principio del conocimiento en el orden de la fe… Por eso el hombre puede llegar desde luego a algún conocimiento de Dios por medio de la razón natural». No sólo los indios son capaces de recibir la fe cristiana, sino que acudirían a ella «con la mayor prontitud», como lo afirma en su bula papal del 2 de junio de 1537 Paulo III. Este análisis de la naturaleza del indio lleva al Apostol de los Indios a plantearse que «el modo de inducir a los hombres al conocimiento de la religión y la fe cristiana, es o debe ser semejante al modo de llevarlos al conocimiento de la ciencia». Y este modo no puede ser otro que el de la persuasión: «Es un modo que persuade el entendimiento y atrae, mueve o excita la voluntad. Luego el modo de atraer a los hombres al conocimiento es la verdadera religión…». Las Casas plantea de manera indudable la capacidad de los indios de adquirir conocimiento a través de la persuasión, rechazando el camino de la violencia, como así también el argumento de su incapacidad para gobernarse a sí mismos: Es «imposible que una nación toda sea inhábil, bárbara en extremo, falta de juicio y apocada razón, y que, por tanto, no esté en condiciones de gobernarse y que no pueda ser atraída a la religión cristiana».

Para evangelizar a los nativos establece una serie de normas, que son un programa de humanidad, y, asimismo, de inteligencia política. Son doce pasos, que Ramón-Jesús Queraltó Moreno describe de la siguiente manera:

1. La primera llegada de los españoles debe ser pacífica y muy moderada, y han de ir en ella predicadores de la fe.

2. No debe provocar ninguna queja.

3. La entrada ha de hacerse despacio y no repentinamente para no infundir sospechas.

4. El desembarco o entrada en cualquier tierra, sea ordenada y sin causar daños y no se realice sin el permiso de sus habitantes.

5. El saludo y alocución a las gentes de Indias ha de ser grato y demostrando el debido honor y respeto a los príncipes y magistrados indígenas.

6. El trato dado a los indios ha de ser suave, blando y cristiano, y los españoles han de mostrar un testimonio de virtud cristiana que a los naturales les induzca a reverenciar al Dios de los hispanos.

7. La notificación de la presencia española ha de ser hecha a tiempo, o sea, con paciencia, con intervalos de muchos días, pacífica, exponiendo la causa de la legación y llegada, es decir, el deseo de instruirles en la fe verdadera y la intención de llevarles cultura y civilización.

8. Mientras tanto, para la protección o defensa de los predicadores de la fe y de los logrados de nuestros Reyes, debe construirse una torre o casa, bajo el pretexto de alguna necesidad.

9. La exhortación a escuchar a los legados y predicadores debe ser hecha suave y dulcemente en lugar a propósito para que se congreguen a escuchar la predicación.

10. Ha de informarse a los indios del título de nuestros Reyes a aquellas tierras y, puesto que procede del Pontífice, sea hecha por los predicadores, para demostrar el derecho que favorece a los monarcas españoles. Debe ser explicado con todo lujo de señales y detalles, para que comprendan perfectamente el contenido.

11. Después de mostrárseles el título de la manera más moderada, afable y discreta que se pueda, deben aquellas gentes con sus reyes ser persuadidos con buenos razonamientos y afables palabras, mostrándoles los bienes que posteriormente alcanzarán, con el fin de que presten su consentimiento voluntariamente a la institución papal, que hace a los reyes españoles príncipes universales y señores de aquel mundo.

12. Una vez tenido el consentimiento libre de aquellos reyes y pueblos, y admitida como jurídica y aceptada la institución papal de nuestros Reyes, se debe tratar y pactar con ellos sobre el modo de reinar, sobre los tributos que han de dar a nuestros Reyes, con prestación de juramento por ambas partes, sobre el cumplimiento de la convención y los pactos y instrumentos similares.

Para Las Casas el derecho de los reyes católicos en el Nuevo Mundo es indiscutible, derecho otorgado por el Santo Padre, pero asimismo subraya los límites de estos derechos: «Mientras los pueblos y habitantes de aquel mundo de las Indias, con sus Reyes y Príncipes, no consientan libremente en la institución hecha acerca de ellos en la Bula papal, no la admitan como jurídicamente válida y no entreguen la posesión a nuestros reyes ínclitos de las Españas, estos no tienen más que un título, esto es, una causa para adquirir el supremo principado de aquel mundo y un derecho a la cosa, esto es, un derecho a los reinos y supremacía o dominio universal sobre aquellos, el cual se origina del título; ahora bien, carecen del derecho sobre la cosa, esto es, sobre los reinos.»

Bartolomé de Las Casas escribe que «en los reinos de acá no puede el Rey enajenar los hombres ni las rentas reales, porque son inalienables e imperdibles y porque en ello perjudica a sus sucesores, luego ni los de acullá. Y afirmo a Vuestra Majestad (se refiere a Felipe II) que podemos decir sin salir un punto de la verdad, que mucho menos se pueden enajenar los hombres libres, reyes y señores y subditos de las Indias».

Las Casas, pionero de los modernos derechos humanos, escribe que «la libertad es un derecho inherente al hombre necesariamente y desde el principio de la naturaleza racional, es por eso de derecho natural… Por eso la esclavitud de suyo no tiene origen en causas naturales, sino accidentales; es decir, por haber sido impuesta o en virtud de una figura jurídica, a decir de las Instituciones y el Digesto»… «Ninguna sumisión, ninguna servidumbre, ninguna carga puede imponerse al pueblo, sin que el pueblo, que ha de cargar con ella, dé su libre consentimiento a tal imposición… Originariamente todas las cosas y todos los pueblos fueron libres; luego si se llegase a imponerse cualquier tipo de carga u obligación contra la voluntad del pueblo o del dueño privado, será por coacción, impidiendo en consecuencia al pueblo el uso de su propia libertad que le corresponde por derecho natural.» Para Las Casas los súbditos «no están sometidos a la potestad del rey, sino que están bajo un hombre sino bajo una ley justa, a decir de Aristóteles. Resulta, en consecuencia, que aunque los reyes posean ciudadanos y súbditos, éstos no son, sin embargo, objeto de total y plena posesión».

Reconoce el derecho real, pero a su vez, detalla con precisión sus límites y señala cuando éste se transforma en ilegal, en arbitrario. Las Casas es un jurista con pleno conocimiento del derecho de la época y además es un defensor de aquellos que, como los indios, sufren las arbitrariedades del poder político y económico. De allí que escriba que «toda autoridad pública, rey o gobernante, de cualquier reino o comunidad política, por soberano que sea, no tiene libertad ni poder para mandar a los ciudadanos arbitrariamente ni al capricho de su voluntad, sino únicamente de acuerdo con las leyes de la comunidad política. Es así que las leyes deben ser promulgadas para promover el bienestar de todos los ciudadanos y nunca en perjuicio del pueblo, sino más bien de ajustarse al interés público de la comunidad, y no por el contrario ésta a las leyes… Además, en asunto que ha de beneficiar o perjudicar a todos, es preciso actuar de acuerdo con el consentimiento general. Por esta razón en toda clase de negocios públicos se ha de pedir el consentimiento de todos los hombres libres… Por más soberano que sea, no tiene el gobernante potestad para donar, conceder, permutar o negociar con bienes o daños de los súbditos sin haber requerido y obtenido legalmente su consentimiento expreso… Se concluye con juristas y canonistas que ni los reyes ni los emperadores tienen poder fundado sobre las haciendas de los ciudadanos, ni sobre la posesión de sus territorios, provincias o tierras del reino ni tampoco sobre el dominio útil ni directo de los habitantes…».

En su incansable bregar pos los indios, Las Casas hace especial hincapié en cuanto a la guerra que se les hace. Afirma que contraría el derecho natural y que se les causa «infinitos e irreparables daños, como muertes, carnicerías, estragos, rapiñas, servidumbre y otras calamidades semejantes, a personas que viven en sus tierras y reinos, separadas del imperio de los cristianos, y sin tener de su parte ninguna culpa». Esta guerra es injusta «teniendo en cuenta que ninguna guerra es justa si no hay causa alguna para declararla; es decir, que la merezca el pueblo el cual se mueve la guerra, por alguna injuria que le haya hecho al pueblo que ataca». Para Las Casas la naturaleza ha establecido entre todos los hombres ciertos derechos de parentesco… Y este derecho de parentesco entre todos los hombres es tan natural y queda tan confirmado con el precepto del Señor al decir: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, que ni por pacto se puede renunciar a él…» Se basa en este parentesco natural para desaprobar toda guerra contra los nativos y subraya que al ser infieles «que nunca han sabido nada acerca de la fe, ni de la Iglesia, ni han ofendido de ningún modo a la misma Iglesia, se les declara con el solo objetivo de que, sometidos al imperio de los cristianos por la misma guerra, preparen sus ánimos para recibir la fe o la religión cristiana, o también para remover los impedimentos que puedan estorbar la predicación de la misma fe», argumento que Las Casas rechaza de plano. Insiste en que son inocentes ante Dios y que el camino para convertirlos es la persuasión, método que él mismo utilizará con éxito en varias oportunidades.

Pone de manifiesto la inmoralidad que significa anteponer «su propia utilidad particular y temporal cosa que es propia de los tiranos, al bien común y universal, es decir, al honor divino y a la salvación y vida espiritual y temporal de innumerables personas y pueblos…» Condena con la mayor severidad a los que hacen la guerra a los indios para cristianizarlos por la fuerza y para obligarlos a prestar servicios en las encomiendas.

Apela a la historia de la Península para hacer resaltar tan injusta política: la guerra para someter a los pueblos americanos. «La infidelidad de los judíos y de los sarracenos es más grave y condenable que la de los idólatras, pues en aquéllos se perfecciona la razón de su infidelidad y la gravedad de su pecado; en éstos, en cambio, intervienen la ignorancia y privación de la palabra de Dios, según se ha dicho. Efectivamente, los judíos y sarracenos escucharon la palabra de Cristo y la predicación de los varones apostólicos; así las palabras de la verdad evangélica hieren todos los días sus duros corazones. Al no aceptar, pues, la doctrina evangélica por su citado espíritu pertinaz y continaz, son reos de maliciosa gravedad. Ahora bien, los idólatras, al menos los indios, sobre quienes discutimos ahora, nunca ni de oídas supieron nada sobre la doctrina de la verdad cristiana; por lo tanto, su pecado es menos grave que el de los judíos o sarracenos, pues en cierto modo les excusa la ignorancia.»

En los escritos de Las Casas la esclavitud de los indios es claramente condenada. Los indios son vasallos de la corona de Castilla, derecho otorgado por el Papa, y todos los esclavos existentes en Indias han sido hechos contra toda ley y justicia y contra las expresas provisiones y mandamientos de su majestad y sus predecesores. Su majestad está obligada por los preceptos de la Ley Divina a declararlos libres, puesto que lo son». La doctrina de la guerra justa y los derechos de la conquista tienen en Las Casas en enconado enemigo: La conquista «es un vocablo tiránico, mahomético, abusivo, impropio e infernal. Porque en todas las Indias no existen moros de Africa, ni turcos ni herejes que persiguen a los cristianos y trabajan para destruir nuestra Santa Fe. No debe haber conquista sino predicación del evangelio de Cristo, dilatación de la Religión cristiana y conversión de las almas, y para ello no es menester la conquista armada sino la persuasión por medio de palabras dulces y divinas y ejemplos y obras de Santa Vida».

Las Casas deja tras de si miles de páginas que nos permiten calificarlo como un pensador brillante, un humanista consecuente, un político excepcional. Fue el abogado, el defensor de una raza. La historia universal no registra un hecho similar. Llegó inclusive a provocar el odio de sus compatriotas en su bregar apasionado por los indios; para Las Casas eran sus iguales, sus hermanos.