IX. Embajador de la Revolución
De Mienciclo E-books
Contenido |
Introducción
EL «Che» había debutado en agosto de 1961 como embajador-viajante de la revolución. En aquella ocasión asistiría como representante del Gobierno cubano en la Convención de Punta del Este (Uruguay) que debía estudiar el ambicioso plan «alianza para el progreso» de John Kennedy. El plan consistía en ofrecer a los países iberoamericanos ayuda financiera y técnica, pero a condición de que todo el pueblo se beneficiase y no tan sólo las clases oligárquicas. Kennedy había pedido al Congreso la aprobación de un crédito inicial de quinientos millones de dólares. Poco popular en los medios políticos y financieros de Washington, la alianza fue prácticamente descartada por Johnson después del asesinato de Dallas.
No era la primera vez que Guevara se ausentaba de Cuba: en el verano de 1959 había recorrido los países afroasiáticos y en octubre del 60 los países de régimen socialista. Pero esas dos salidas no se deben contabilizar en su historial de propagandista revolucionario. La primera fue una especie de gira político-turística forzada por Fidel en su deseo de tener alejado a un eventual competidor durante la fase de lucha por el poder. La segunda, visita de cortesía y negocios a los regímenes amigos, podría decirse que no trascendió, pese a extenderse por medio mundo, de la esfera familiar socialista.
Después de la desgraciada intentona de Playa Girón, la influencia de los Estados Unidos en los países iberoamericanos había llegado a su más bajo nivel. Con su alianza por el progreso, John Kennedy pretendía reconquistar alguna de las posiciones perdidas. Con un loable criterio realista, los dirigentes de la Cuba revolucionaria, pese a que la fracasada invasión anticastrista hubiera justificado una postura de total rompimiento frente a los Estados Unidos, no quisieron desaprovechar la ocasión de reemprender, si las circunstancias se mostraban propicias, su diálogo con el poderoso vecino, en terreno neutral y al socaire de lo que parecía un gesto de buena voluntad por parte del Presidente americano. Por otro lado, los dos más grandes países iberoamericanos, el Brasil y Argentina, eran gobernados a la sazón por hombres de la nueva ola progresista: Quadros y Frondizi, con cuyos regímenes la delegación cubana, con ocasión del viaje a Punta del Este podría entrar en contacto.
Es comprometido tratar con el «Che»
Ernesto Guevara salió de La Habana en la medianoche del 2 de agosto de 1961 en un avión «Britannia» de las líneas cubanas, acompañado por cuarenta y cuatro consejeros económicos, diplomáticos, periodistas e individuos de su escolta. Ernesto había hecho avisar a sus padres y hermanos para que acudiesen a Montevideo; no les había visto desde aquel lejano día de 1953 en que partió de la estación bonaerense de Rosario para emprender una de las aventuras más extraordinarias que hombre alguno de nuestro siglo ha protagonizado. A causa de que varios regímenes sudamericanos habían roto sus relaciones diplomáticas con Cuba, o las mantenían en estado muy precario, el avión de los delegados castristas hubo de repostar en Paramaribo (Guayana holandesa) y en forma casi clandestina: las autoridades locales no hicieron acto de presencia en el aeródromo; tan sólo acudió una comisión de los partidos nacionalistas.
Pese a ser el Uruguay uno de los países de Iberoamérica más progresivos, las autoridades locales temían que la llegada del «Che» y sus cubanos provocara reacciones demasiado espectaculares en presencia de las otras delegaciones que asistirían a la Conferencia. En efecto: el día en que los delegados cubanos se trasladaban en automóvil desde Montevideo a Punta del Este, desde primera hora de la mañana cubría el trayecto una multitud formada por obreros y estudiantes que enarbolaban banderolas cubanas, y rojas con la hoz y el martillo. La policía uruguaya bloqueó la carretera e hizo que se dispersaran los manifestantes.
La delegación cubana ocupaba todo el segundo piso del Hotel Playa. El lujoso escenario tomó en seguida un aspecto híbrido, entre oficina y «vivac»: eficientes secretarias, cuaderno y bolígrafo en ristre, tropezaban por los pasillos con los inevitables guardaespaldas «verde oliva», metralleta en ristre.
Por aquel entonces el asma de Guevara se había recrudecido. En diciembre del año anterior, cuando se hallaba en Pekín, había sufrido un fuerte acceso en presencia de Mao Tse Tung; tan fuerte, que llegó a desvanecerse por parálisis cardíaca. Mao le obligó a que probara la terapéutica de acupuntura; pero aquel remedio curativo, que los chinos antiguos y modernos consideran infalible, no pudo con la enfermedad del «Che». Después de la experiencia, comentaba el desengañado paciente:
—¿Os dais cuenta? Mi asma endemoniada resultó más fuerte que los chinos; y eso que presumen de que nada ni nadie puede resistírseles.
A pesar de su precario estado de salud, Guevara puso a prueba en Punta del Este sus fuerzas, con un ritmo sobrehumano de trabajo que pocos hubieran resistido. Tuvo intervención destacadísima en las reuniones plenarias de la Conferencia, que tenían lugar en el Edificio de las Americas, convertido en un infierno de pasiones e intereses encontrados. Igual ambiente volcánico reinaba en las dos docenas de residencias particulares donde se reunían en secreto los delegados, establecían planes de acción conjunta o conspiraban contra uno u otro (siendo, naturalmente, las delegaciones de Cuba y Estados Unidos los centros de preferente atracción).
En el seno de la Asamblea resultó palpable que Guevara mantenía una postura de reserva; su discurso principal defraudó a los demás delegados al no producirse la esperada violenta ofensiva verbal contra los Estados Unidos. En tono siempre mesurado, el «Che» se limitó a criticar lo expuesto por Douglas Dillon, delegado de U.S.A.; comparó lo que había conseguido Cuba en dos años de revolución con lo que podían esperar del plan Alianza para el Progreso los países iberoamericanos; puso en duda qué los Estados Unidos llegaran a desembolsar efectivamente los fondos prometidos, e hizo un esbozo de las bases sobre las cuales Cuba podría reconsiderar su participación en un programa conjunto interamericano.
Aquella templanza podía explicarse por un motivo que los delegados en la Conferencia de Punta del Este ignoraban: el Presidente argentino Frondizi y el brasileño Quadros habían hecho saber a Guevara, por vía confidencial, que deseaban entrevistarse con él en secreto. Antes de adoptar cualquier postura irreversible, quería el «Che» conocer lo que resultaba de aquellas entrevistas personales.
El 18 de agosto de 1961 despegaba del aeropuerto de Montevideo una avioneta enviada por el gobierno argentino, llevando a bordo tres pasajeros: el «Che», otro cubano de su séquito (Aja Castro era su nombre) y el argentino Carretoni, que había servido de intermediario entre Guevara y Frondizi. En el pequeño aeródromo de Don Torcuato, a treinta kilómetros de Buenos Aires, aguardaba el jefe de la casa militar de Frondizi, acompañado por una pequeña escolta. Le habían dicho que debía recibir a un personaje importante, aunque sin revelarle su identidad. Se puede suponer la sorpresa de aquel coronel argentino cuando vio surgir del avión la inconfundible silueta del «Che», con sus melenas y barbas, en su viejo uniforme verde oliva, cubierto con la legendaria boina y luciendo la minúscula estrella roja de cinco puntas como único distintivo de jerarquía. El jefe de la casa militar, totalmente confuso, dudaba entre tratar al inusitado visitante como a un colega perteneciente a las fuerzas armadas de otro país u ordenar su arresto por prófugo. Guevara, con su habitual desparpajo, rompió el hielo:
—Soy el comandante Guevara, coronel. Supongo que nos llevará este automóvil, ¿verdad?
El presidente Frondizi recibió al «Che» en su residencia oficial de Olivos. El Presidente y el «prófugo» hablaron a solas por casi una hora y media. Guevara intentó convencer a Frondizi de que debía oponerse a cualquier nueva inversión norteamericana en el país. Según el «Che», la experiencia de Cuba probaba que cuando los «yanquis» ofrecían ayuda económica, siempre acababan haciéndose pagar más de lo aportado en forma de monopolios y de intromisión en los asuntos domésticos del país.
Frondizi, por su parte, insistió en que ningún pueblo americano toleraría que Cuba se integrara en un sistema militar extracontinental. El presidente argentino se refería, naturalmente, al Pacto de Varsovia. Aquí Guevara hubo de sentirse tocado en un punto vulnerable. Respondió con argumentos propagandísticos, quizás eficaces en un mitin, pero impropios de una conversación diplomática de alto nivel: Según el «Che», Cuba tuvo que recurrir a la ayuda militar de la Unión Soviética empujada por «el agresor». Los soviéticos no eran «imperialistas» al estilo de los Estados Unidos; respetaban escrupulosamente la independencia de los países amigos y cualquier tipo de ayuda militar que pudieran éstos recibir dejaba totalmente a salvo su libertad de acción.
En cuanto a la pregunta de Frondizi sobre la posibilidad de que Cuba volviese paulatinamente a un sistema democrático al estilo liberal, la respuesta del «Che» fue tajante: el pluripartidismo se había mostrado nefasto en su país, el gobierno llevaba dos años luchando contra tal forma de política y no pensaba dar un solo paso atrás en el camino emprendido.
Aunque la entrevista no llevó a ningún resultado positivo, se mantuvo en términos cordiales. Después de la reunión, Frondizi quiso que su invitado conociese a su esposa y a su hija única.
—¿Le apetecería un buen bistec? —propuso la primera dama argentina.
—¡Con sumo gusto! —aceptó con alegría el «Che»—. ¡Un buen bistec «a caballo»! ¡Qué magnífica idea!
Aquel almuerzo en casa del Presidente de la República sería el último de Guevara en la tierra que le vio nacer.
«¡El “Che” ha venido! ¡Guevara está en Buenos Aires!» Aquella visita que se había querido mantener oculta se había convertido en el secreto de Polichinela. El rumor se insinuó primero en los centros oficiales y luego trascendió a la calle. Algunos afirmaban haber visto al inconfundible personaje circular en automóvil por las vías bonaerenses. En efecto, así era: Frondizi había autorizado que Guevara visitase a una hermana de su madre que se hallaba en trance de morir. La agitación en la capital crecía por momentos y podía temerse que los partidarios o los acérrimos enemigos creasen dificultades.
Pero, de momento, la única repercusión tangible del paso del «Che» por Buenos Aires fue la dimisión de Adolfo Múgica, Ministro de Asuntos Exteriores. Deseando curarse en salud, el Ministro adujo que la entrevista se había montado a sus espaldas (si bien estaba en realidad perfectamente informado). Sin embargo, la opinión derechista nunca perdonó a Frondizi su audaz iniciativa. Transcurridos siete meses, el Presidente de la República era derrocado por un levantamiento militar.
El brasileño Janio Quadros fue la segunda víctima indirecta del paso de Guevara por Punta del Este. El progresista Quadros se hallaba muy amenazado por las fuerzas derechistas de su país; queriendo atraerse a la opinión de extrema izquierda, que podría prestarle apoyo en el caso de que sobreviniera una crisis, dio carácter oficial a la visita de Guevara y le condecoró con la Ordem Nacional do Cruzeiro do Sul. Su atrevimiento le costó la Presidencia de la República. En Río de Janeiro las masas populares, enarbolando retratos del «Che» y banderas cubanas, se entregaron a una serie de manifestaciones cada vez más violentas. Siete, días después Quadros hubo de dimitir ante la amenaza de un levantamiento militar.
Sus siete vidas cada vez son menos
Guevara hubiese podido repetir la frase de don Juan Tenorio: «Por dondequiera que voy va el escándalo conmigo.» Sus últimos días en el Uruguay también resultaron agitados. En un mitin organizado por los estudiantes de Montevideo fue objeto de un atentado. Salió ileso, pero murió un profesor y varios estudiantes resultaron heridos.
Al «Che» no debió afectarle gran cosa el incidente, porque se hallaba inmunizado contra el espanto. «Yo no soy de los que mueren en la cama», era una frase que repetía con frecuencia; por lo visto, no creía que su buena estrella le protegiera eternamente. Cuatro eran las cicatrices que surcaban su dura epidermis. El lector recordará que Guevara afirmaba en cierta carta tener siete vidas como los gatos. De ser así, el saldo favorable se había reducido a tres.
De los días que siguieron al desembarco en Playa de las Coloradas conservaba dos recuerdos: un balazo le había penetrado por el cuello, cerca de la nuca, y tras complicada trayectoria vino a salir al exterior por el omóplato. Otro proyectil se había estrellado contra su pecho, afortunadamente con poca fuerza.
En Sierra Maestra sería otra vez herido a finales de 1957, aunque de menos importancia: un balazo en un pie que curó sin dejar ninguna reliquia de cojera.
El cuarto accidente, totalmente fortuito, pudo costarle la vida. En abril de 1961 se hallaba en Playa Girón disponiendo el ataque de sus milicianos contra los invasores anticastristas. De pronto sintió un estampido a sus pies, y la boca repleta de sangre. Por un momento pensó que las fuerzas adversarias se habían infiltrado a su espalda y rodeaban el puesto de mando. Pero no: era su propio revólver que al caer al suelo se había disparado por sí solo. El proyectil penetró por la mejilla; unos centímetros más arriba, y se hubiese quedado alojado en el cráneo.
Dos «Ches» en conflicto
La siguiente gran misión diplomática que el gobierno revolucionario cubano encomienda al «Che», será su segunda visita a la URSS a finales de agosto de 1962.
Aquel viaje señalará en la evolución de Guevara, el cénit de sus tendencias prosoviéticas. Refiriéndose al «gran país hermano», había escrito poco antes frases que parecen concebidas por cualquier fiel mandatario de un país satélite:
«En la época actual del imperialismo, también la conciencia adquiere características mundiales. Y esta conciencia de hoy es el producto del desarrollo de todas las fuerzas productivas en el mundo y el producto de la enseñanza y educación de la Unión Soviética y los demás países socialistas sobre las masas de todo el mundo.»
Es posible que cuando Guevara emprendía su segundo viaje a Moscú buscase tan sólo un apoyo económico que sacase del marasmo a su agonizante programa de industrialización. Pero se halló en el caso del cazador que «sale a perdices» y tropieza con una soberbia pieza de caza mayor. Guevara iba dispuesto a mendigar unos créditos y se encontró con que Moscú le ofrecía una colaboración militar incondicional e ilimitada: los medios que harían de Cuba una gran potencia en miniatura. Naturalmente, Guevara no dejó escapar la ocasión que se le venía a las manos; ¿quién osaría, después de tal éxito, recordar al «Che» que tal o cual planta fabril rendía menos de lo esperado? ¿Acaso no le debería Cuba un poder bélico con el que sería posible tratar de «tu a tú» al coloso yanqui?
Este es el origen de todo el tenebroso asunto de los proyectiles teledirigidos, del febril intercambio de mensajes entre Kruschev y Kennedy a través del famoso «teléfono rojo» y del final desmantelamiento de las bases cubanas dotadas de cohetes rusos.
Ernesto Guevara no perdonaría jamás a Moscú lo que consideraba una traición al movimiento revolucionario mundial y a su propia persona. En abriljunio de 1963 y en enero de 1964 será Fidel Castro quien viaje a Moscú para resolver cuestiones económicas pendientes. Más acomodaticio que su «brillante segundo», Fidel se da cuenta de que en el mundo ha sonado la hora de la «coexistencia» y se dispone a seguir aquella vía. Después de encajar el golpe que para Cuba significaba el desmantelamiento de las bases de «missiles», Castro pone freno a sus escandalosas proclamas revolucionarias para uso de Iberoamérica, declara que se halla dispuesto a reanudar sus negociaciones con Estados Unidos y hace protestas de neutralidad estricta en el conflicto chino-soviético.
Entretanto, Guevara respira por la herida dolorosa de su sumisión a las críticas del clan «ortodoxo» y a lo que considera una imperdonable infidelidad de su último interesado amor político: la Unión Soviética.
«Una Cuba agrícola, una Cuba convertida de nuevo en proveedora mundial de azúcar, pondrá en entredicho la existencia del socialismo en nuestro país. Además, Cuba quedará tan debilitada en la esfera internacional, que habrá de depender enteramente de la protección soviética. No creo que hayamos hecho la revolución para llegar a esto.»
Para el «Che» resultaba sin duda muy difícil plegarse a la nueva situación. Pero, de momento, sus diferencias con el resto del equipo gubernamental castrista permanecían ocultas. En Guevara se produce por entonces una especie de desdoblamiento. La palabra «coexistencia» estaba muy de moda; pues bien: puede afirmarse que dentro de nuestro personaje «coexistían» el Guevara-ministro, que aceptaba sin rechistar el frenazo en seco impuesto por Castro al plan de industrialización, y el Guevara-guerrillero en cuya mente iba ya perfilándose su gran «solución final»: la idea de aplicar su maravillosa fórmula «guerrilla-revolución» a todo el continente iberoamericano. Los dos Guevara se manifiestan en dos hechos de opuesto significado: su viaje a la capital argelina y su llamamiento al amigo Ricardo Rojo, gran conocedor de la realidad político-social iberoamericana.
En julio de 1963, apenas un mes antes de que Fidel Castro proclame a los cuatro vientos el giro de ciento ochenta grados dado a la política económica cubana, el «Che» asistirá en Argel a un seminario para la planificación económica. Ante los delegados que representan al subdesarrollado Tercer Mundo, Guevara canta la palinodia de sus errores como podría haberlo hecho cualquier personaje o personajillo soviético llamado al orden por el todopoderoso Politburo moscovita. Si bien atribuye una parte de culpa en el fracaso de la industrialización al burocratismo anejo a toda excesiva centralización, admite como causas fundamentales del retroceso en la producción, la irracional introducción en un país eminentemente agrícola de métodos adecuados tan sólo a economías altamente desarrolladas, el exceso de confianza en una estadística triunfalista, y la creencia, por parte del planificador, de que la voluntad de un hombre o de un equipo puede sobreponerse a las circunstancias reales. El «Che» acepta, como conclusión de su sincero mea culpa, que Cuba debe volver al clásico monocultivo de la caña.
Proyecto de guerrilla en Argentina
De este modo el Guevara «oficial» se ponía la venda antes de recibir la inminente pedrada. Pero, pocos meses antes, en febrero exactamente, nuestro «Che» auténtico, el guerrillero, hacía venir a Ricardo Rojo, el amigo incondicional ante quien podía revelar sin temor sus más íntimos pensamientos.
Rojo se hallaba en Buenos Aires cuando un mensajero de confianza le comunicó que Guevara quería verlo y le entregó un pasaje en avión para La Habana. Lo complicado del itinerario revela el grado de aislamiento, no ya político, sino físico, en que por entonces se hallaba Cuba: Para ir a La Habana desde Buenos Aires, Rojo hubo de hacer escala en Praga (Checoslovaquia), Shannon (Irlanda) y Oxford (Canadá); sin contar un aterrizaje imprevisto en Gander (Terranova), donde el avión cubano hubo de permanecer siete días, con una temperatura de veinticinco grados bajo cero, en espera de que otro aparato canadiense trajera una pieza imprescindible. En los almacenes de Gander (vieja base norteamericana instalada en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial) había centenares de ellas, pero los propietarios se negaron a facilitarla.
La bienvenida de Guevara fue tan poco protocolaria como solía:
—Considérate raptado; pero no temas: sólo te he hecho venir para que hablemos.
En efecto: aquella estancia de Rojo en Cuba, que se prolongó hasta el 10 de abril, quedó convertida en una larga conversación entre los dos amigos.
Guevara comenzó criticando a los soviéticos:
—Los rusos decidieron llevarse los cohetes de alcance medio sin tan siquiera decírnoslo. ¡Fidel y yo nos enteramos por un periodista que había recibido información anticipada sobre la declaración oficial soviética! Cuando pocos minutos después pudimos comprobar la verdad, Fidel soltó un «¡carajo!» (sic) y yo otro. Para dar salida a su indignación, Fidel dio una patada a la pared que hizo añicos un gran espejo que allí había...
Guevara no creía que la «Operación missiles» hubiera sido una inteligente maniobra de Kruschev con la que, a fin de cuentas, el Premier soviético salvó al régimen cubano; al ceder en lo poco, consiguió lo esencial: que tanto Kennedy como sus sucesores renunciaran a nuevas intervenciones directas en la isla.
En opinión de Guevara, el papel de la URSS como gran líder de la revolución mundial había terminado. Era preciso rendirse a la evidencia: Rusia iba a lo suyo, lo mismo que los Estados Unidos. Y ahora «lo suyo» era la política de mano tendida. Por lo tanto, a Cuba no le quedaba otro recurso sino seguir su propio camino revolucionario sin pretender interferir, so pena de suicidio, en el equilibrio de fuerzas a que habían llegado los dos grandes colosos mundiales.
Cuba tenía, pues, que fraguarse su propia vía distinta del surco marcado por las grandes potencias. Ello hacía que para Cuba resultase de absoluta necesidad crear nuevos lazos con los demás países de Iberoamérica. La empresa no era fácil, como bien pudo comprobarlo Guevara en 1961, con ocasión de la Conferencia de Punta del Este; pero la propia existencia del régimen cubano dependía de que se lograra establecer un sistema de cooperación subcontinental. Guevara se plantea el dilema con toda crudeza: los países capitalistas iberoamericanos deben admitir la coexistencia con una Cuba socialista (cosa totalmente improbable), o hay que provocar en aquellos países movimientos revolucionarios que derroquen a los gobernantes capitalistas e instauren unos regímenes amigos.
De hallar una excusa válida para volver a las andadas, a Guevara le resultaría indiferente que la lucha fuese contra cualquiera de los dictadores de sable y espuelas que imponían su ley en uno u otro país de Iberoamérica, o contra el más progresista de los gobernantes que hubiera sido proclamado con todos los requisitos de la legalidad democrática. Para el «Che» todos eran enemigos de la «revolución antiimperialista»; más los segundos que los primeros, puesto que un tirano es adversario declarado y de siempre, mientras que todo«reformista» es un traidor a la buena causa. Y el peor de todos, Rómulo Betancourt, el «seudoizquierdista» que Guevara conoció en Costa Rica («¿Te acuerdas —le dice a Rojo—. Ya por entonces no me fiaba de él»), aquel que tantas esperanzas despertó al ser proclamado Presidente de Venezuela, y que al fin acabó («¡como todos!») «vendido al oro americano». Por eso los ojos del «Che» chispeaban de incontenible satisfacción el día en que supo que un comando revolucionario se había apoderado de un buque venezolano de cinco mil toneladas el mismo día en que Caracas sentía estremecer sus cimientos bajo el pavoroso rumor de centenares de bombas.
Sin embargo, había otro país que interesaba especialmente al «Che» Guevara: el suyo propio, la Argentina. No era otra la razón que le hizo llamar a Ricardo Rojo: sabía que desde la caída de Frondizi la situación político-social argentina iba deteriorándose y que su economía se hallaba cerca del colapso.
Guevara exigió de Rojo una descripción exhaustiva del panorama argentino: cómo pensaba cada uno de los personajes políticos del país, cuál era el espíritu que reinaba en las fuerzas armadas, si la masa trabajadora seguía considerando a Perón como su ídolo...
Rojo intentó convencer a su amigo de que una intervención guerrillera poco tenía que hacer en la Argentina; las condiciones del país eran totalmente distintas a las que reinaban en Cuba cuando se produjo el desembarco de Playa de las Coloradas: existía un numeroso proletariado ciudadano muy evolucionado, que sufría gravemente las consecuencias de la calamitosa situación económica. Resultaba, pues, inútil pensar en una revolución que dejase al margen a dicho sector social. Por otra parte, las fuerzas armadas argentinas no eran las cubanas: se trataba de instituciones con arraigado espíritu de cuerpo y a cuya cabeza no había ningún jefe que bajo los entorchados de su alta graduación escondiese los galones de sargento. Aquellas fuerzas armadas no entrarían, pues, en descomposición, por el mero hecho de verse atacadas por algunos centenares o millares de guerrilleros. En cuanto a la posibilidad apuntada por Guevara: que Perón regresase de España para ponerse al frente de una insurrección, había que descartarla por completo.
Quedaba por examinar la situación de las masas campesinas, que, según las ideas de Guevara, habrían de constituir la punta de lanza revolucionaria. La confianza que al «Che» inspiraba el agro argentino se basaba en el monumental error de trasponer a otros medios iberoamericanos las condiciones del medio rural que había conocido en Sierra Maestra.
Sin embargo, Guevara seguía en sus trece. Sordo a todos los argumentos de Ricardo Rojo, continuaba insistiendo en que «las condiciones objetivas de la revolución habían aparecido ya en Argentina: aumenta el desempleo, las gentes tienen hambre y la clase laboriosa va reaccionando. Esta reacción provoca la represión, y la represión, a su vez, al crear un clima de terror, hace que crezca el odio. En ese momento preciso las condiciones subjetivas deben intervenir al lado de las condiciones objetivas, a saber: la conciencia de que se puede lograr la victoria por la violencia, frente a los imperialistas y a sus aliados del interior».
En este párrafo parece que Guevara contradiga su dilecto principio que identifica guerrilla con revolución. Sus palabras, que parecen referirse más a una revolución ciudadana que a un levantamiento campesino, podrían ser suscritas por el más ortodoxo de los marxistas. Sin embargo, al imaginar una situación revolucionaria en Argentina, el «Che» insistía en su esquema favorito; unos núcleos guerrilleros organizadores del ejército campesino que caería como un alud sobre las ciudades. Enamorado de su idea, Guevara se ponía de espaldas a la realidad.
Cuando el 10 de abril de 1963, el «Che» daba en el aeropuerto de La Habana los últimos abrazos al amigo que regresaba al país natal de ambos, sus palabras de despedida fueron:
—Ya verás; la clase dirigente argentina no aprenderá nunca. Unicamente la guerra revolucionaria podrá cambiar las cosas.
Ricardo Rojo quedó convencido de que antes de transcurrir mucho tiempo la prensa mundial hablaría de unos grupos guerrilleros que operarían en las provincias del Norte, allá en Jujuy, Salta o Formosa, territorios apropiados para la lucha irregular. Naturalmente, temía por la suerte del intento y por la de su organizador.