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IV. Sierra Maestra

De Mienciclo E-books

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Che Guevara
de Colección Grandes Biografías


Contenido

Introducción

El Che viaj frecuentemente por Europa, Asia y Africa en misiones oficiales.
El Che viaj frecuentemente por Europa, Asia y Africa en misiones oficiales.


ERNESTO Guevara se ha entregado con alma y cuerpo a la nueva aventura. Esta le interesa también por su aspecto político, porque a trancas y a barrancas, bajo el influjo de su esposa y de sus nuevos camaradas, a través de sus lecturas y por la revisión de sus experiencias vitales, al fin adopta Guevara una conciencia política; si bien en su pensamiento aparecen, sin duda, lagunas y contradicciones, debido a la inmadurez de una formación tan deficitaria como la de sus camaradas cubanos, y sin excluir de tal aserto al propio Fidel Castro.

Lo que importa de momento a Guevara es el lado humano de la empresa; se siente del todo hermanado con los cubanos, y su actitud le hace ganar muchos amigos sinceros. En los preparativos del golpe de mano, el «Che» tiene a su cargo el adiestramiento gimnástico y la organización sanitaria del reducido contingente.

Por fin, el 25 de noviembre de 1956, después de casi un año de trabajos y esperanzas, llega «la hora h» para los expedicionarios del Granma (o de Gran Ma, que muy pocos, o nadie, sabe lo que quiere significar). En una embarcación de pesca con capacidad para poco más de veinte personas se hacinan los ochenta y dos hombres al mando de Fidel Castro, con sus armas, municiones y material vario. Desde el puerto mejicano de Tuxpan, después de franquear el estrecho de Yucatán, el arriscado grupo alcanza Playa de las Coloradas, cerca de Belic, en la costa sur de la isla de Cuba.

De momento, Fidel Castro no lleva en su mente otro plan concreto sino el de poner las plantas en tierra, y luego, según vengan las cosas, tender la mano a uno u otro de los movimientos ciudadanos que luchan contra Batista.

El desembarco resulta un total fracaso. Por lo visto, el dictador cubano se hallaba prevenido. Su aviación descubre a los expedicionarios, y éstos sufren un feroz ataque, sin disponer de medios para repeler a los aparatos que los ametrallan a mansalva. Muchos perecen, y de los que logran escapar con vida, la mayoría son hechos prisioneros por los hombres de Batista. Sólo quedan doce sobrevivientes dispuestos a continuar la aventura. Esos afortunados (puesto que en suerte y desgracia todo es relativo) viven unos calamitosos días, dispersos en las anfractuosidades de la montaña, chapoteando en las ciénagas, sin equipo ni alimentos y perseguidos de cerca por el ejército del dictador.

Por fin, el 18 de diciembre de 1956, aquella docena de fugitivos logra reagruparse; constituirán la primera guerrilla de Sierra Maestra, a la cual, en los meses que sigan, se unirán cinco campesinos de los bohíos cercanos. Este es el casi despreciable núcleo de las fuerzas que, andando el tiempo, lograrían el derrocamiento del poderoso Batista, en unión con los que luchaban por la libertad en las ciudades, con igual o mayor eficacia; aunque después de la victoria fuesen únicamente los guerrilleros de la Sierra quienes acapararán toda la gloria y el provecho.


Un médico en apuros

En un ejército regular el médico no participa en los combates. No así en la guerrilla, donde las funciones se hallan poco diferenciadas. El cometido de Guevara, en el microscópico bando castrista era, por lo tanto, mixto. Pero durante los primeros meses de lucha fue considerado por los insurgentes, digamos que «de modo oficial», nada más que médico.

«Médico», en el más extenso sentido de la palabra; ya que a su cargo estaban, no sólo los combatientes, sino también los pobres campesinos de la región dominada por los guerrilleros.

«En aquella época —recuerda Guevara—, tenía que cumplir mis deberes de médico, y en cada pequeño poblado o lugar donde llegábamos realizaba mi consulta. Era monótono, pues, por una parte, no tenía muchos medicamentos que ofrecer, y, por otra, no presentaban una gran diferencia los casos clínicos de la Sierra: mujeres prematuramente avejentadas, sin dientes, niños de vientres enormes, parasitismo, raquitismo, avitaminosis en general, eran los signos de Sierra Maestra.»

Los hombres de la guerrilla le daban mucho menos trabajo, puesto que en los primeros tiempos de Sierra Maestra toda la táctica del reducidísimo grupo consistió en eludir la persecución del enemigo y no había otras heridas por curar que las llagas de unos pies martirizados por las largas marchas. En cambio, contra la miseria, en su aspecto más sobrecogedor, poco podía el médico:

«... Recuerdo que una niña estaba presenciando las consultas que daba a las mujeres de la zona, las que iban, con mentalidad casi religiosa, a conocer el motivo de sus padecimientos; la niñita, cuando llegó su mamá después de varios turnos anteriores, a los que había asistido con toda atención en la única pieza del bohío que me servía de consulta, le chismoseó: “Mamá, este doctor a todas les dice los mismo.”»

El doctor Guevara, que había obtenido el título tres años y medio antes, y que durante todo ese tiempo tuvo su profesión absolutamente olvidada, dedica un sarcasmo a su falta de preparación: «Era una gran verdad; mis conocimientos no daban para mucho más...» Luego sigue un amargo comentario en el que surge, nítido, el hombre bueno, aquel que desembocó en los caminos de la violencia, quizá por haber contemplado demasiadas injusticias y dolores:

«¿Qué hubiera pasado si el médico, en ese momento, hubiera interpretado que el cansancio extraño que sufría la joven madre de varios hijos, cuando subía una lata de agua del arroyo hasta la casa, se debía simplemente a que era mucho trabajo para tan poca y tan baja calidad de comida? Ese agotamiento es algo inexplicable, porque toda su vida la mujer ha llevado las mismas latas de agua hasta el mismo destino, y sólo ahora se siente cansada. Es que las gentes, en las Sierras, brotan silvestres y sin cuidado, se desgastan rápidamente, en un trajín sin recompensa. Allí, en aquellos trabajos empezaba a hacerse carne en nosotros la conciencia de la necesidad de un cambio definitivo en la vida del pueblo. La idea de la reforma agraria se hizo nítida y la comunicación con el pueblo dejó de ser teoría para convertirse en parte definitiva de nuestro ser.»

Cada vez que Guevara tiene que atender como médico a un camarada, e incluso a los heridos del campo contrario, vuelve a reprocharse como una grave falta aquella ignorancia que, aún más que la carencia de medios, le sume en la impotencia. A veces lo dice y a veces lo calla; pero ese autorreproche aparece, aunque sea entre líneas, siempre que menciona heridos o cuidados médicos. Y cuando la carencia de elementos curativos es usada como una excusa, resulta fácil percatarse de que usa el pretexto como piadosa cortina para ocultar la verdad evidente de su impreparación. En el combate de el Uvero es herido uno de sus camaradas. Guevara escucha quejidos a su lado; en aquel momento, el «Che» tenía puestos sus cinco sentidos en el arma con que disparaba contra un bien parapetado enemigo:

«... Era el compañero Leal —nos dice—, herido en la cabeza. Hice una corta inspección de la herida, con entrada y salida en la región parietal; Leal estaba desmayándose mientras empezaba la parálisis de los miembros de un costado del cuerpo, no recuerdo exactamente cuál. El único vendaje que tenía a mano era un pedazo de papel que coloqué sobre las heridas.»

El mismo complejo de culpable impotencia surge cuando los avatares de la lucha y la carencia de un auténtico servicio sanitario obligan al abandono de los compañeros en desgracia. Guevara nos cuenta una de dichas peripecias, ocurrida después de aquel mismo incidente bélico de Uveros:

«Mi reencuentro con la profesión médica —en los días inmediatamente anteriores el “Che” se había limitado a ser un combatiente más— tuvo para mí algunos momentos emocionantes. El primer herido que atendí, dada su gravedad, fue el compañero Cilleros. Una bala había partido su brazo derecho y, tras atravesar el pulmón, aparentemente se había incrustado en la columna, privándolo del movimiento en las dos piernas. Su estado era gravísimo, y apenas si me fue posible darle algún calmante y ceñirle apretadamente el tórax para que respirara mejor. Tratamos de salvarlo en la única forma posible en esos momentos: llevándonos con nosotros a los catorce soldados prisioneros y abandonando a nuestros dos heridos, Leal —se trata del que Guevara menciona en el párrafo anterior— y Cilleros, en poder del enemigo y con la garantía del honor del médico del puesto. Ellos clamaban que preferían morir en nuestras tropas, pero nosotros teníamos el deber de luchar hasta el último momento por sus vidas.»

Guevara termina diciendo: «Nuestros dos compañeros fueron atendidos decentemente por el Ejército enemigo.»

Con estas palabras Guevara parece querer descargar su complejo de culpa: «Abandoné a los heridos; pero el enemigo los trató bien.» Justificación innecesaria; el confiar los heridos propios al cuidado del adversario es uso consagrado por el derecho de gentes y cosa que han hecho, en una ocasión u otra, las tropas de todos los países que se creen civilizados.

Resulta evidente que, debido a una u otra causa, Guevara siente la futilidad de su intervención como médico en el campo insurreccional. Por una parte, los teóricos y casi olvidados conocimientos adquiridos en la Facultad le resultan inútiles en el campo de batalla, donde, por lo demás, carece de lo más elemental y necesario: en el bando guerrillero falta el instrumental, los medicamentos, incluso los vendajes. Ni de lo uno ni de lo otro tiene culpa ninguna Guevara; pero sí puede imputársele un hecho que viene a descubrir demasiado tarde: ha cursado la carrera de Medicina sin vocación, impulsado tan sólo por un sentimiento admirativo hacia el amigo de mayor edad: Alberto Granados. Sus planes, nunca realizados, de sepultar su vida en una leprosería no eran sino lucubraciones juveniles, sugeridas aún por su admiración a Granados; o quizás una fórmula con que Guevara intentaba hacer compatibles Medicina y Aventura.

Es el mismo «Che» quien nos lo dice, después del ataque de Alegría de Pío:

«Quizás esa fue la primera vez que tuve planteado prácticamente ante mí el dilema de mi dedicación a la medicina o a mi deber de soldado revolucionario. Tenía delante una mochila llena de medicamentos y una caja de balas. Las dos eran mucho peso para transportarlas juntas; tomé la caja de balas, dejando la mochila, para cruzar el claro que me separaba de las cañas.»

Se da el caso singular de que será en un cometido más médico-sanitario que ningún otro donde Guevara revele sus condiciones de jefe de guerrillas: entre los meses de mayo y julio de 1957 tiene a su cargo la conducción de un convoy de heridos separado de la columna principal para no entorpecer la marcha. El jefe de mayor graduación que va en el convoy es el capitán Almeida; pero su estado no le permite asumir el mando efectivo. Ello hace que, al margen de los cuidados médicos, Guevara tenga que asumir la responsabilidad de la conducción.

El guerrillero en ciernes consigue un éxito total. Aprovechando al máximo las condiciones del terreno, sin descuidar por un instante los movimientos de las fuerzas adversas, Guevara logra mantener al enemigo siempre a distancia y no pierde ni uno de los hombres cuya salvación le ha sido confiada. Las bajas fueron únicamente las inevitables, a consecuencia del empeoramiento de las heridas en el curso de aquella difícil marcha.

La híbrida situación del «Che» toca a su fin cuando en el campo castrista es reformado el sistema jerárquico, al principio inexistente casi.

Desde diciembre de 1956, cuando los doce supervivientes del desembarco en Playa de las Coloradas constituyen el primer núcleo combatiente en Sierra Maestra, hasta mediado el año siguiente, el único signo distintivo había sido la posesión de la mejor arma, e incluso de un arma a secas (puesto que no las había para todos).

Para el mejor combatiente, la mejor arma; no había otro criterio de selección. Y, de acuerdo con tal principio de justicia distributiva, Guevara quedaba muy mal parado: tenía que acarrear aquel botiquín, sanitario que llegó a constituir para él una pesadilla, y por otra parte, su asma le fastidiaba más que nunca. Convencido el propio «Che» de su inferioridad física, considera injusto privar de un arma eficaz a otro combatiente mejor dotado:

«Mi fusil —nos dice— no era de los mejores; deliberadamente lo había pedido así porque mis condiciones físicas eran deplorables después de un largo ataque de asma soportado durante toda la travesía marítima, y no quería que fuera a perderse un arma buena en mis manos.»

Aquella situación hace sufrir a Guevara casi de un modo infantil, porque allá en la Sierra Maestra de los primeros meses de combate, aquel que no dispone de una buena «herramienta» resulta un pobre «quídam».

En La Habana Frank Pais, dirigente de los movimientos estudiantiles antibatista, cuando sabe que ha brotado en Sierra Maestra un nuevo foco de insurrección, hace que llegue a manos de los hombres que dirige Fidel un stock de armas que venga a mejorar su mísero arsenal. En la distribución, Guevara consigue una ametralladora «Thompson». Aquel motivo de gran satisfacción, puesto que casi equivale a un ascenso, será seguido de un disgusto no menos grande.

Así nos lo cuenta el «Che»:

«Como una compañía del ejército continuaba tras de nuestras huellas, Guillermo fue enviado con un grupo de compañeros a tirotearla; dado mi estado asmático, que me obligaba a caminar a la cola de la columna y no permitía esfuerzos extras, se me quitó la ametralladora que portaba, la “Thompson”, ya que no podía ir al tiroteo. Como tres días tardaron en devolvérmela, y fueron de los más amargos que pasé en la Sierra...»


El médico se convierte en jefe militar

En la primavera de 1957, los guerrilleros de Fidel Castro han visto crecer sus efectivos humanos con algunas docenas de estudiantes que proceden del ciudadano «Movimiento del 26 de julio», y con los pocos campesinos de la región que se incorporan a la lucha. En todo caso, los combatientes apenas llegan al centenar. En mayo tiene lugar el encuentro de el Uvero: aquél en que Guevara intentó prestar sus ineficaces servicios médicos a sus camaradas Leal y Cillero. Es después de dicho encuentro cuando nuestro héroe recibe la misión de conducir aquella columna de heridos mencionada con anterioridad.

Después de cumplir a plena satisfacción la difícil tarea, Guevara, ¡por fin! logra ver hecho realidad su sueño dorado: el ser admitido en el mando con funciones estrictamente militares. Hasta entonces se le había considerado miembro del Estado Mayor, pero en calidad, podríamos decir, de «servicios auxiliares»: como médico y sin facultades decisorias.

Cuando la promoción de Guevara tiene lugar, el mando militar estaba constituido por Fidel, Ciro Redondo, Manuel Fajardo, Jorge Sotús, Julio Díaz, Ramiro Valdés y «Nano» Díaz. «En esos días —nos cuenta Guevara—, se formaba una nueva columna de la cual me encargaban la dirección con el grado de capitán...» Bajo su mando tendría setenta y cinco hombres. Pero lo más importante: a sus órdenes irían dos antiguos de la élite con mando: Ramiro Valdés y Ciro Redondo. Aquello significaba irrumpir en las alturas por la puerta grande.

El «feroz doctrinario» experimenta una alegría infantil; una satisfacción idéntica a la que siente un cadete cuando le dan el despacho de oficial:

«Me sentía muy orgulloso de ellos —se refiere a los hombres que tendrá bajo su mando—. Mucho más orgulloso, más ligado a la revolución, si fuera posible, más deseoso de demostrar que los galones eran merecidos...»

Pero aquí no terminarán las bienandanzas. La permanencia de Guevara en el escalafón de capitanes apenas durará breves días. Poco después... Pero, dejemos que sea el propio «Che» quien lo cuente:

«Enviábamos una carta de felicitación y reconocimiento a “Carlos”, nombre clandestino de Frank Pais, quien estaba viviendo sus últimos días. La firmaron todos los oficiales del ejército guerrillero que sabían hacerlo (los campesinos de la Sierra no eran muy duchos en este arte, y ya eran parte importante de la guerrilla). Se firmó la carta en dos columnas y al poner los cargos de los componentes de la segunda de ellas, Fidel ordenó simplemente: “Ponle comandante”, cuando se iba a poner mi grado. De este modo informal y casi de soslayo, quedé nombrado comandante de la segunda columna del ejército guerrillero, la qué se llamaría número cuatro posteriormente.»

Así, de soslayo, como el propio Guevara dice, ingresa en la categoría de los jefes. No de otro modo ascendía Napoleón a sus grognards en el campo de batalla. Por lo demás, no hay por qué rasgarse las vestiduras. Fidel y Guevara se hallaban en plena guerra insurrecional, y es uso en tales contiendas que los ascensos sean meteóricos. Por lo demás, los hechos ocurren en un país donde el propio presidente Batista pasó, sin apenas rozar los grados intermedios, del empleo de sargento al de general.

El campo guerrillero, terminada la fase de improvisaciones, se va institucionalizando: Ya tiene un estado mayor, oficiales con grado reconocido... Incluso su etiqueta y ceremonial. Cuando Guevara recuerda la escena de la entrega de insignias, su ingenuidad casi enternece.

«La dosis de vanidad que todos tenemos dentro hizo que me sintiera el hombre más orgulloso de la tierra ese día. El símbolo de mi nombramiento, una pequeña estrella, me fue dado por Celia Sánchez, junto con uno de los relojes de pulsera que habían encargado a Manzanillo.»

La «segunda columna» guerrillera

El nuevo Jefe con mando en campaña decide no defraudar a los que han depositado su confianza en él. «Teníamos —dice— que hacer algo para justificar esa vida semiindependiente que llevaríamos en la zona hacia la que debíamos marchar en la región del Hombrito, y empezamos a lucubrar hazañas.»

La primera operación que Guevara dirige personalmente será el ataque a la localidad de Bueyecito. En pequeño consejo de guerra, Guevara decide que, acompañado por uno de sus hombres, procurará sorprender a la guardia del cuartel y cuando lo haya logrado, dará la orden de ataque a la tropa emboscada en las cercanías, la señal será un disparo al aire. Nuestro flamante jefe de la segunda columna relata su participación en el combate.

«Nos topamos —el centinela y Guevara— cara a cara, apenas a unos metros de distancia; yo tenía la “Thompson” montada y él un “Garant”; le di el alto y el hombre, que llevaba el “Garant” listo, hizo un movimiento; para mí fue suficiente: apreté el disparador con la intención de descargarle el cargador en el cuerpo; sin embargo, falló la primera bala y quedé indefenso. Israel Pardo tiró, pero su pequeño fusil 22, defectuoso, tampoco disparó. No sé bien cómo Israel salió con vida; mis recuerdos alcanzan sólo para mí que, en medio del aguacero del “Garant” del soldado, corrí con velocidad que nunca he vuelto a alcanzar y pasé, ya en el aire, doblando la esquina para caer en la calle transversal y arreglar ahí Ja ametralladora.»

Los que aguardaban la señal tomaron el primer disparo del centinela batistiano por la orden de su jefe. Lanzados en tromba, dominaron en pocos minutos a la guarnición. Se hicieron prisioneros, y lo que más importaba: un importante botín de armas.

Ante aquel primer éxito, debido a la fortuna más que nada, Guevara se muestra casi avergonzado:

«... Se repartieron las armas, y aunque mi participación en el combate fue escasa y nada heroica, pues los pocos tiros los enfrenté con la parte posterior del cuerpo, me adjudiqué un fusil ametrallador “Browning” que era la joya del cuartel (de Bueyecitos), y dejé la vieja “Thompson” y sus peligrosísimas balas que nunca disparaban en el momento oportuno.»

No tardarían en producirse otros hechos de guerra más gloriosos. El Comandante aprende con rapidez el oficio. Sus marchas y contramarchas por la región de El Hombrito resultan demasiado llamativas, de modo que los batistianos deciden acabar con aquella provocación. El 30 de agosto, el ejército regular intenta el cerco de la segunda columna, pero es derrotado en toda la línea. El «Che» había descubierto una excelente táctica: concentrar el fuego en la vanguardia de las columnas enemigas en marcha; cuando alguno de los hombres que iban en cabeza caía, los demás se negaban a seguir avanzando, paralizados por el terror. Llegó un momento en que ninguno de los batistianos quería ocupar los primeros puestos, y llegó un momento en que las tropas gubernamentales se negaron, pura y simplemente, a penetrar en la región de Sierra Maestra.

La columna del «Che» hace una incursión al pueblo de San Pablo de Yao, donde los lugareños acogen a los guerrilleros con los brazos abiertos. La columna recibe un completo repuesto para su intendencia, sin tener que pagar nada por unos víveres que los campesinos entregan gustosos.

En las primeras semanas de septiembre, Guevara consigue una victoria de la que se habla en toda la isla: pone cerco a la pequeña localidad de Pino del Agua y consigue aniquilar la guarnición de Batista. Luego se repliega sobre Pico Verde, donde campea la columna que dirige personalmente Fidel Castro. Allí se toma el «Che» un merecido descanso, que aprovecha para reorganizar su tropa; porque sus hombres actúan de maravilla, cuando se trata de combatir, pero en el plan disciplinario dejan mucho que desear.

En el último trimestre del año, Guevara puede dar por terminada la labor que se le había encomendado en aquella su primera campaña: la zona del Hombrito puede considerarse definitivamente controlada por la guerrilla. En los campos y ciudades de Cuba ya se habla del «Che» Guevara como de una figura de leyenda. Es por entonces cuando le toca en suerte una labor más ingrata que la de luchar contra el ejército de Batista, pero necesaria: limpiar Sierra Maestra de los bandidos que, so capa de seudo-guerrilleros, intentan aprovecharse del clima de inseguridad creado por la revuelta.

La «quinta columna» de Frank Pais

Siendo Ernesto «Che» Guevara la figura central de este libro, hemos centrado en nuestro héroe el relato de la insurrección antibatistiana. De tal modo, los lectores pueden recibir la falsa impresión de que sólo en Sierra Maestra se luchaba contra el dictador. Pero así no era, ni mucho menos. Casi desde 1953, fecha en que aparece una resistencia clandestina, el cerebro de la insurrección cubana era Frank Pais, organizador de los comandos estudiantiles de La Habana, estratega de los golpes de mano, y receptor de las ayudas económicas y en armas procedentes del exterior (principalmente de los Estados Unidos). Cuando tiene lugar el desembarco en Playa de las Coloradas, la rebeldía cubana tendrá dos jefes, considerados prácticamente del mismo rango: Fidel y Pais. Es preciso destacar que el dirigente de la capital no sintió en absoluto la mordedura de los celos ante la creciente popularidad del jefe guerrillero y le apoyó con todos los medios a su alcance; las armas que los hombres de Fidel no tomaban por sí mismos al adversario, era Pais quien las hacia llegar a Sierra Maestra.

La muerte de Frank Pais en manos de la policía batistiana evitó a la revolución el problema que, después de la victoria, hubiera quizá planteado la presencia de dos jefes igualmente prestigiosos. Hombres de Pais atacaron el 13 de marzo de 1957, el palacio del gobierno, en La Habana, en un intento de suprimir al dictador. Al fracasar el golpe, Batista desencadenó una feroz represión, a la que los estudiantes respondían con atentados y estallidos de bombas; en una de tales acciones, la fábrica que surte de fluido eléctrico a La Habana resultó parcialmente destruida. Fue entonces cuando la policía de Batista detuvo a Frank Pais y lo asesinó, después de someterlo a horrendas torturas. El hecho tiene lugar en Santiago de Cuba, donde Frank se hallaba escondido. El entierro dio lugar a una jornada luctuosa: La policía, temiendo que se produjeran disturbios, disolvió por la tremenda el imponente cortejo; murieron ametrallados muchas mujeres y niños que encabezaban la manifestación.

Las violentas represalias del dictador Batista y las criminales exacciones de su temible policía provocaron que sectores cada vez más amplios de la población se volvieran contra él. Una parte de la marina de guerra, en unión de algunos jóvenes adheridos al Movimiento del 26 de julio conseguiría dominar durante algunas horas la ciudad de Cienfuegos. El 9 de noviembre de 1957, explotaron en La Habana más de cien bombas; con aquella ruidosa demostración los rebeldes de la ciudad hacían saber a todo el país que la comarca del Hombrito, en plena Sierra Maestra, se había convertido, gracias a un guerrillero conocido por «El Che», en la primera «zona libre» de Cuba. Es a partir de entonces cuando la contienda civil toma los caracteres de una feroz lucha sin cuartel.

Hacia un ejército regular

Se formaliza la guerra. Terminó la fase guerrillera y ahora los combates quedan sometidos a unos cánones casi clásicos: guerra de posiciones y movimientos. Raúl Castro abre un segundo frente en las montañas del norte, mientras los avezados combatientes de Sierra Maestra realizan atrevidas incursiones en la llanura. El joven teniente Cienfuegos no deja un instante de respiro a las columnas de Batista, y Juan Almeida (el capitán herido que iba el año anterior en la columna puesta bajo la responsabilidad de Guevara) se atreve a lanzar un ataque contra Santiago de Cuba.

El Movimiento del 26 de julio, del que los guerrilleros son el brazo armado, se ha convertido en una fuerza nacional. Los nuevos adheridos proceden casi todos de la clase estudiantil, que, después de la muerte de Frank Pais, reconoce sin discusión la jefatura de Castro; la población rural también aporta nutridos efectivos a los batallones insurgentes. Los obreros industriales, en cambio, siguen mostrándose reacios a participar en la lucha. Un llamamiento a la huelga general, lanzado por los castristas el 9 de abril de 1958, acaba en estrepitoso fracaso.

Batista se da cuenta de que ahora la lucha es a vida o muerte: o su ejército termina con las guerrillas, o las guerrillas terminarán con su ejército y con él mismo. Porque de no lograrlo, habrá de luchar no solamente contra los guerrilleros, sino contra el país entero. Aparecen síntomas gravísimos: los partidos políticos, incluso los que le apoyan, se muestran inquietos, los negocios se paralizan, el turismo deja de acudir a La Habana, y los grandes grupos financieros, cubanos y norteamericanos, ponen ya en duda el poder real de la dictadura.

Batista, pues, moviliza todas las fuerzas militares de que dispone. Catorce batallones del Ejército, bien apoyados por fuerzas de aviación, artillería y marina, son lanzados contra los hombres de Castro. En el transcurso del mes de junio, el dictador consigue recuperar el noventa por ciento del territorio rebelde.

Fidel Castro tiene que refugiarse de nuevo en lo más fragoso de Sierra Maestra; sus fuerzas han quedado reducidas a poco más de trescientos hombres.

Pero la rebeldía cubana es una hidra de cien cabezas, en la que, si queda una sola sin cortar, las demás rebrotan. En julio de 1958 los guerrilleros toman de nuevo la iniciativa y sólo en dos encuentros, los de Santo Domingo y El Jigüe, consiguen hacer doscientos cincuenta prisioneros; cifra muy superior al número de los atacantes. A comienzos de agosto, toda Sierra Maestra se hallaba otra vez libre de adversarios.

A esta victoria militar, Fidel Castro podía unir otro notable triunfo; éste, de carácter político: el 20 de julio, representantes de todos los partidos políticos integrados en la oposición de la i¿quidrda, centristas, e incluso de derechas, se reunían en Caracas para firmar con Fidel Castro un pacto de acción conjunta. Los únicos en no dar su adhesión eran los comunistas. Seguían desconfiando de los objetivos políticos que Castro se había propuesto alcanzar.

Todo así quedaba dispuesto para que la rebeldía pudiese iniciar su ofensiva final.

Cuando en agosto de 1958 se abre la última fase de la contienda, el «Che» ha llegado al pináculo de su prestigio militar. Fidel Castro tiene depositada en él su entera confianza; siempre que una misión parece arriesgada o peligrosa, serán sus hombres los que la lleven a cabo.

La veterana segunda columna es ahora llamada la cuarta, porque se ha multiplicado el número de unidades castristas. Cuando se inicia la ofensiva final, son cinco las agrupaciones de combate que se extenderán por todo el territorio de la isla. Al frente de las mismas van Fidel, su hermano Raúl, Camilo Cienfuegos, Juan Almeida y Ernesto Guevara.

El «Che» tiene señalada la misión de llevar a sus hombres hasta la sierra de Escambray, donde ha quedado constituida una sexta columna, integrada por elementos del directorio estudiantil cubano.

La primera etapa de Guevara llevará el nombre de Las Villas. Basa su campaña por esa provincia en la destrucción sistemática de las vías de comunicación. La cuarta columna emprende la marcha el 31 de agosto. Diez días después el enemigo tiende una emboscada, pero el «Che» logra zafarse de la situación apurada y unirse a la columna de Cienfuegos, de acuerdo con lo previsto en la parte inicial del plan.

Luego la cuarta columna se dirige a la zona montañosa de Las Villas, cerca de la costa sur, con tiempo para impedir en la región el normal desenvolvimiento de las elecciones en caricatura que, como remedio a sus males, ha organizado Batista. Estas elecciones, boicoteadas por todos los partidos de oposición, constituyeron un rotundo fracaso para el dictador.

Desde allí Guevara encamina sus tropas hacia el centro de la Isla, en seguimiento de Camilo Cienfuegos, que le precede. Los batistianos rehuyen el combate, de lo cual se alegra Guevara, que no las tiene todas consigo, viéndose, como se halla, en pleno territorio enemigo y al frente de un contingente formado en gran parte por soldados bisónos:

«Todo indica —escribe a Castro— que los guardias no quieren guerra; y nosotros tampoco. Te confieso que le tengo miedo a una retirada con ciento cincuenta inexpertos reclutas en estas zonas desconocidas.»

En el curso de la campaña, el «Che» ha tenido que empeñar combate sólo en tres ocasiones. Con sus fuerzas prácticamente intactas se presenta en los suburbios de Santa Clara. Una batalla, que resultará decisiva, tiene lugar en los días 29 y 30 de diciembre. La población cae cinco jornadas después. Además de la ciudad, Guevara se apodera de un importantísimo convoy militar y hace más de un millar de prisioneros.

Entretanto, Fidel Castro, su hermano Raúl y Juan Almeida, confluían en dirección de Santiago de Cuba, que se entregará a los guerrilleros sin combatir. Pero el golpe de gracia para el régimen de Batista fue la batalla de Santa Clara. Todo el mérito de aquella victoria es de Guevara, y sin embargo, en el documental confeccionado algún tiempo después por el Instituto Cubano de las Artes e Industrias Cinematográfico, el «Che» ni siquiera es mencionado. Difícilmente puede darse un mayor ejemplo de modestia y de aversión al tan traído y llevado «culto a la personalidad», ya que cuando la cinta se produjo, Guevara era en Cuba todopoderoso.

La tiranía de Batista pasó a la Historia. El propio dictador huye a la República Dominicana, el 31 de diciembre, acompañado por sus familiares y algunos de sus más próximos colaboradores. Una parte del mando militar, apoyado por el embajador de los Estados Unidos, intenta constituir un Directorio castrense; pero la tentativa queda paralizada cuando Fidel Castro lanza la orden de huelga general (que ahora los comunistas acatan) y dispone que todas sus fuerzas tomen a marchas forzadas el camino de La Habana.

Apoyos y recelos

El verdadero matiz político de los movimientos que luchaban contra Batista debe ser tenido muy en cuenta si no se quiere incurrir en un error de interpretación muy generalizado, en cuanto al carácter de la resistencia cubana. Es importante, sobre todo, ponderar con exactitud el papel desempeñado por los comunistas en aquellos borrascosos años, y en qué grado participaron en la lucha campal o ciudadana.

En diversas ocasiones nos hemos referido, al hilo del relato, a la distancia que mantuvieron entre sí comunistas y guerrilleros en los años de lucha. Las organizaciones resistentes, Movimiento del 26 de julio y Directorio Estudiantil, reclutaban sus adeptos entre las clases medias. Por lo demás, todos los documentos gráficos que muestran al Fidel Castro de Sierra Maestra, lo hacen aparecer, aparte las barbas (que constituían, junto con el descuido indumentario, una especie de uniforme guerrillero), siempre con un rosario colgado del cuello.

En los primeros meses de lucha, los guerrilleros miraban con recelo a la población rural, y ésta, por su parte, les pagaba con la misma moneda. Luego, el mutuo recelo se fue disipando; muchos campesinos se incorporaron a la lucha, y aun aquellos que no decidían tomar las armas, se mostraban fieles aliados auxiliares de la guerrilla.

Pero la aportación campesina al movimiento guerrillero no significa, en absoluto, una participación comunista. Lo que al hombre del campo interesa es el reparto de la tierra, y el marxismo preconiza lo contrario. Por esto el cultivador sin tierras será siempre un mal marxista. Por esto mismo, al entenderse con los guerrilleros demuestran que no los tenían por comunistas. No tiene valor, como argumento en contra, el hecho evidente de que las masas rurales hayan participado en todos los levantamientos marxistas. Queda desvirtuado por el hecho, igualmente cierto, de que donde triunfó la revolución, en Rusia y en China de modo especial, el nuevo Estado comunista hubo de reprimir por la violencia grandes levantamientos campesinos. Cuba no ha sido una excepción: al derivar Castro hacia el comunismo, surge de inmediato una guerrilla rural anticastro.

La clase obrera ciudadana, los trabajadores «politizados» y atraídos por el ideario comunista, se mantuvieron, por el contrario, alejados del movimiento de resistencia, prácticamente hasta que la victoria revolucionaria fue inminente. Ya hemos visto cómo los trabajadores industriales cerraron los oídos a la llamada del campo en lucha, y cómo, a finales de 1957, dejaron sin respuesta la orden de huelga general que lanzara Fidel Castro. El hecho tiene su explicación:

Allá por los años treinta, los comunistas habían ayudado al sargento Batista en su primer asalto al poder, y luego colaboraron con las primeras administraciones batistianas. Luego, cuando Batista se alió, ya sin rebozo, con los grandes intereses plutocráticos, los comunistas se distanciaron, pero manteniendo una actitud de benévola tolerancia, como si confiaran en que algún día su ex casi-asociado pudiese volver al buen camino.

El caso concreto del PSP

Esta especie de pacto tácito de no agresión entre el dictador y el comunismo se mantuvo cada vez que Batista se hizo con el poder y se mantuvo en él (que fueron varias, cortadas por breves interregnos). En la última ocasión, desde 1952 a 1958, la benevolencia fue derivando en expectativa, y por fin en neutralidad a secas; aunque sin llegar a la ruptura violenta sino cuando el castrismo y la propia corrupción tenían ya tambaleante a Batista.

Luis Simón, que conoció a Guevara en septiembre de 1958, cuando la cuarta columna recorría triunfalmente la provincia de Las Villas, nos dice que por entonces el «Che» no se recataba para poner de oro y azul «al dogmatismo de los marxistas», al «stalinismo» y «a los verdugos de Budapest».

Se trata sólo de un testimonio, al que no se puede dar más valor del que tiene cualquier afirmación no demostrada. Pero se da el caso de que hay escritos del propio Guevara que dan un gran margen de verosimilitud a lo que afirma Simón.

En efecto: Por el otoño de 1958, cuando el régimen de Batista se hallaba ya en las últimas, el Partido Socialista Popular (etiqueta bajo la cual el dictador permite que actúen los comunistas) sale de su neutralidad y establece algunos contactos con las fuerzas de la resistencia. Debiera suponerse que Guevara, dadas sus convicciones, recibiría con alborozo a los nuevos compañeros de lucha. Quizá lo hiciera en su fuero interno. Pero, con sus actos externos, demuestra una total falta de simpatía y un tremendo recelo hacia los recién llegados camaradas. Parece que Guevara se pusiera con ellos «en plan hueso», dispuesto, como se dice vulgarmente, «a no pasarles ni una». Y no muestra tal humor en torno a una fogata de campamento, cuando las palabras se las lleva el aire, sino con comunicaciones oficiales, cuando un jefe militar tiene que sopesar cada uno de los términos que emplea, puesto que de una tilde puede depender la vida de alguno de sus hombres.

El 20 de septiembre Guevara envía un informe a Castro. En el escrito se recoge una noticia que llega del campo adverso: un tal Tabernillas, del Estado Mayor enemigo, había comunicado, de manera oficial y dando toda clase de pelos y señales, la destrucción de la cuarta columna castrista.

Guevara explica en qué forma supone hayan llegado a conocimiento del enemigo los datos de nombres, filiaciones, armamento de la columna, etc., que se incluyen en el falso comunicado: Durante la marcha, dos guerrilleros recién incorporados habían perdido sus mochilas.

«... Sucedió que en una de las mochilas encontraron la libreta donde estaba apuntado el nombre, la dirección, las armas, balas y pertrechos de toda la columna, miembro por miembro. Además, un miembro de esta columna, que es miembro también del PSP dejó su mochila con documentos de esa organización.»

Al hecho en sí, cualquier código de justicia militar lo define como «inteligencia con el enemigo», en el caso de haber sido voluntaria la pérdida de la mochila, o «negligencia criminal», si fuera casual el extravío; de una u otra forma, sujeto a la pena de muerte.

El «Che» no ignora que Castro puede disponer el inmediato fusilamiento del culpable. Sin embargo, expone fríamente los hechos, sin paliar en absoluto su gravedad. Es más: al poner de relieve que aquel posible reo de muerte pertenece al PSP, parece como si Guevara hubiese visto en aquella circunstancia un primer indicio de culpabilidad.

El 3 de octubre, nuestro Jefe de la Cuarta Columna hace a Castro sabedor, en otro comunicado, de su mala situación en cuanto a suministros, y de lo que ha intentado para paliarla.

«No pudimos establecer contacto con la organización del 26 de julio, pues un par de supuestos miembros se negaron a la hora en que pedí ayuda, y sólo la recibí monetaria, nylons, algunos zapatos, medicinas, comida y guías, de parte de los miembros del PSP, que me dijeron haber solicitado ayuda de los organismos del movimiento —del movimiento comunista, se entiende— recibiendo la contestación siguiente, que debe tomarse a beneficio de inventario, pues no me consta: “Si el ’Che’ manda un papel escrito, nosotros le ayudamos; si no, que se j... el ’Che’.”»

Así andaban las relaciones entre Guevara y el PSP: Los afiliados «de la base» hacen lo posible y le mandan lo poco que tienen; pero tratándose de las alturas... «que se j... el “Che”».