IV. Segundo y Decisivo Viaje A Europa
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Introducción
CUANDO Bolívar inicia su segundo viaje a Europa, ya es un hombre que ha conocido las durezas del sufrimiento en carne propia. Pero tiene veinte años y ve en aquellas lejanas tierras la oportunidad de hallar consuelo y evasión. Al llegar a España, no tardó en volver a gozar de los encantos que la vida mundana le ofrecía. Es así como vemos al joven criollo alternando en los salones en compañía de hermosas mujeres.
Hacia fines de 1803, los sudamericanos cayeron en desgracia con la Corona, y se pidió a gran parte de ellos que abandonaran el país. El pretexto esgrimido fue la falta de aprovisionamientos, pero la verdadera causa estaba originada en la actividad revolucionaria que desplegaban algunos compatriotas de Bolívar.
En París otra vez, atento a todo
De allí partió a París, donde se encontró con una prima lejana, Fanny Du Villars, con la que vivió como amante y confidente, y que fue el vehículo por el cual conoció a las más importantes personalidades de la sociedad parisina.
La capital francesa vivía bajo el esplendor de los triunfos de Napoleón, que conquistaba país tras país, trayendo a la par que gloria una, hasta entonces, desconocida abundancia.
Corría 1804 y, en ese París alegre y disipado, Bolívar formaba parte de los jóvenes ociosos. Sus noches las pasaba en las tabernas y los salones de baile. En la alta sociedad era muy conocido y su imagen de gentleman criollo gozaba de la admiración de las mujeres.
Si bien era fuerte su afición a la bebida y la danza, no lo era menos su gusto por el juego, dejando fortunas en las mesas de París. Pero aunque la vida parisina parecía colmar todos sus deseos, Bolívar no dejaba de estar atento a los problemas políticos de su época.
Veía cómo Napoleón, el coloso al que había admirado sólo dos años antes, echaba por tierra los principios de libertad e igualdad y pretendía convertirse en emperador, como si fuera un nuevo César.
En su habitación, al retornar de una de sus tantas juergas, cavilaba sobre su vida. Y una de esas noches decidió abandonar el juego para recuperar su afición a la lectura. De esa época es la siguiente carta que dirige a Fanny:
El presente no existe para mí, es un vacío completo donde no puede nacer un solo deseo que deje alguna huella grabada en mi memoria. será el desierto de mi vida apenas tengo un ligero capricho, lo satisfago al instante, y lo que yo creo un deseo, cuando lo poseo sólo es un objeto de disgusto. los continuos cambios son el fruto de la casualidad. ¿reanimarán acaso mi vida lo ignoro; pero si no sucede esto, volveré a caer en estado de confusión.
Se puede establecer un parangón, tal vez arbitrario, pero que creemos correcto, entre Simón Bolívar y los personajes de las tragedias griegas a los que el destino imponía los pasos a seguir. Vemos cómo, en el transcurso de su existencia, se suceden episodios insólitos que lo determinan.
El propio Bolívar tenía ese convencimiento y lo expresaba así:
...Nosotros somos los juguetes de la fortuna; a esta gran divinidad del universo, a la única que reconozco, es a quien es preciso atribuir nuestros vicios y nuestras virtudes. Los placeres me han cautivado, pero no largo tiempo. La embriaguez ha sido corta, pues se ha hallado muy cerca del fastidio... Yo no soy un hombre como todos los demás y París no es el lugar que puede poner término a la vaga incertidumbre de que estoy atormentado.
Las contradicciones de Napoleón
Si hay alguien que influyó en la vida de Simón Bolívar, alguien que determinó sus actos más que ningún otro ser, ese fue Napoleón Bonaparte. Dos años antes había llegado a Francia, en el momento de la publicación del Código y de sus más famosas victorias militares. El joven se sintió muy impresionado por la veneración y adulación que Francia brindaba a su nuevo líder. La gloria y la fama que circundaban al emperador conquistaron su corazón y comenzó a pensar a menudo en la adoración y estima que se ganaría quien liberara la América española. Por otra parte, Bolívar participaba de la hostilidad que sentían hacia Napoleón sus enemigos. Ya se manifestaba el conflicto interno que más tarde se le haría patente. Por una parte, rendía culto apasionado a los principios de libertad y odio a todo lo que implicara dictadura. Por la otra, la pasión por la gloria y la fama, y la fascinación que estos elementos ejercerán sobre él. En la dúctil edad de los veintiún años, Bolívar se halló envuelto en la aureola del nombre y el prestigio de un hombre al que respetaba y admiraba, odiaba y envidiaba, que le atraía y le repugnaba, que le fascinaba y le disgustaba, pero al que le era imposible ignorar.
Esta mezcla de sentimientos enfrentados, contradictorios, surge nítidamente en la correspondencia de Bolívar con el cuñado de Fanny Du Villars, importante militar, admirador incondicional del hombre que regía los destinos de Francia:
...Yo no concibo que nadie sea partidario del primer cónsul, aunque vos, querido coronel, lo pongáis por las nubes. yo admiro, como vos, sus talentos militares, ¿pero no véis que el único objeto de sus actos es adueñarse del poder este hombre se inclina al despotismo.
No sólo comenta al militar sus impresiones contra Napoleón, sino que se manifiesta en contra de éste en cuanta ocasión se le presenta. Esta actitud le crea toda clase de problemas entre las personalidades de la época, que comienzan a rehuirle a fin de no perjudicarse. Hay en la actitud de Bolívar algo de infantil, de ingenuo. Su aparente reto encierra en el fondo mucho de envidia y de descontento con su propia persona. El mismo dirá:
Hoy no soy más que un rico, lo superfluo de la sociedad, el dorado de un libro, el brillante de un puño de la espada de Bonaparte, la toga de un orador. No soy un hombre político… No mando un ejército y no estoy obligado a inspirar confianza a los soldados; no soy ni sabio… No soy bueno más que para dar fiestas a los hombres que valen algo...
Poco tiempo después que Bolívar escribiera esta confidencia, se celebra la coronación de Napoleón en Notre-Dame. Los influyentes amigos del joven le habían reservado un sitio de honor para presenciar la magnífica ceremonia. Bolívar rehúsa el privilegio. Su alma ambiciosa y disconforme no hubiera soportado el espectáculo. Muchos años más tarde le dirá a su edecán O’Leary:
Yo adoraba a napoleón como al héroe de la república, como al genio de la libertad. en el pasado yo no había conocido nada que se le igualase, no prometía el porvenir producir un semejante. se hizo emperador y desde aquel día le miré como a un tirano hipócrita, oprobio de la libertad y obstáculo al progreso de la civilización. me imaginaba verle oponiéndose con éxito a los generosos impulsos del género humano, que se adelanta hacia su felicidad, y derribando la columna sobre la que estaba colocada la libertad, que no volvería a levantarse. desde entonces no pude reconciliarme con él; su gloria misma me parecía un resplandor del infierno, las lúgubres llamas de un volcán destructor cerniéndose sobre la prisión del mundo. miraba sorprendido a francia, cambiando por una corona el gorro de la libertad.
Sin embargo, es indudable que aquel solemne acto debió maravillar al joven criollo, no tanto por el esplendor de su pompa, como por la efusión con que el pueblo francés vitoreaba el nombre del flamante monarca. El futuro Libertador reflexiona:
La corona que se puso napoleón sobre la cabeza, la miré como una cosa miserable y de moda gótica; lo que me pareció grande fue la aclamación universal y el interés que inspiraba su persona.
Las acciones futuras de Bolívar parecen estar destinadas a mostrar al mundo que él no era tan sólo el brillante de un puño de la espada de Bonaparte.
Un sabio europeo le enseña América
En la flamante imperial París, aún resonaban claramente los ecos de la coronación de Napoleón. Sin embargo, un día los cenáculos culturales de la Ciudad Luz dejaron de comentar el suceso para dar pábulo a la llegada de un sabio que retornaba de su viaje de investigaciones por América. Sus aportaciones científicas eran invalorables en aquella época.
Había estado cinco años trabajando en el Nuevo Mundo. El científico aclamado era Humboldt, que regresaba a Francia acompañado de su colaborador Bonpland.
Gracias al sabio alemán, América, y particularmente Venezuela, son conocidas en Europa. Traía consigo una colección de piezas de gran valor arqueológico y una selección de plantas que posibilitarían sus futuros hallazgos en el campo de la etnografía, geografía, geología, climatología, zoología, etc. Será autor de Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente, Cuadros de la naturaleza, Viajes asiáticos y Cosmos o Descripción física del mundo.
Pero junto a todos esos hallazgos, el científico era portador de algo más, ese algo más que tal vez buscará Bolívar sin poder hallarlo. Humboldt es consciente de las enormes posibilidades que América poseía en potencia, pero considera que para poder desarrollar esas posibilidades debía independizarse del dominio español, que las limitaba y recortaba sistemáticamente. Afirmaba, además, que aquellos países estaban ya maduros para la revolución, pero que lamentablemente no existían las personas capacitadas para guiar los destinos de estos posibles nuevos Estados.
En París se organizó una exposición con las piezas aportadas por el sabio. A la inauguración asiste Bolívar y es en esta ocasión cuando conoce al hombre de ciencia. Humboldt y el joven venezolano simpatizan inmediatamente. El sabio le habla de la impresión que le ha causado Venezuela y de la buena acogida que le tributaron sus habitantes. Le habla de las maravillas americanas que ha presenciado en su viaje de nueve mil millas por el continente. Es así como Bolívar ve desfilar ante sus ojos el paisaje perdido de su infancia. Las palabras del científico son por demás elocuentes: «Me parecía habitar un castillo de hadas. Un parque grande y hermoso, surtidores, bosques, estatuas y ruinas pintorescas sirvieron de escenario…»
Luego le transmite su opinión sobre los cambios políticos que, a su entender, deberían producirse para que América empiece a transitar el camino que se merece. No es exagerado decir que Humboldt descubre América para Bolívar.
Hacia Roma
Rodríguez llegó a París llamado por su antiguo alumno. Aquel hombre que tanto tuvo que ver en la formación de Bolívar se hallaba viviendo en Viena al servicio de un aristócrata. Había cambiado su nombre y se hacía llamar ahora Simón Robinsón. Viendo el estado de confusión de su querido discípulo, le propone realizar una de las experiencias aconsejadas por Rousseau, y los dos hombres marchan a pie hacia Italia.
Les guía el único propósito de admirar las bellezas naturales y conversar de cualquier cosa que se les ocurriera. Una vez más, Rodríguez contribuyó decididamente a presentar nuevos mundos a los ojos del joven, al mismo tiempo que refrescaba en su memoria las ideas progresistas que le había inculcado en el pasado. Durante el viaje, Rousseau está continuamente presente en las charlas de ambos. Rodríguez no cesó de hablar de la democracia, del republicanismo, de los derechos del hombre. Bolívar se mostró durante todo el viaje poco comunicativo y hasta huraño; parecía que nada de lo que su amigo hacía para despertar su interés fuera eficaz.
Corre el año 1806, y los dos jóvenes llegan a Milán. En esta ciudad presenciarán la segunda coronación napoleónica. El destino le enfrenta nuevamente al hombre admirado y odiado:
Yo ponía toda mi atención en napoleón y sólo a él veía entre toda aquella multitud de hombres que había allí reunidos ¡qué estado mayor tan numeroso y tan brillante tenía napoleón y qué sencillez en su vestido! todos los suyos estaban cubiertos de oro y ricos bordados, y él sólo llevaba sus charreteras, un sombrero sin galón y una casaca sin ornamento alguno; esto me gustó.
Como distinguido americano noble y adinerado, Bolívar no tuvo ningún inconveniente en lograr una audiencia con el Papa. Este episodio, curiosamente poco resaltado por los biógrafos, reviste aristas de honda significación y nos permite profundizar un poco en la psicología del Libertador. Hemos visto cómo los principios liberales fundamentaron su educación desde temprana edad. Conocemos su aversión hacia las dignidades eclesiásticas y el anticlericalismo fomentado por su preceptor. Sin embargo, le vemos solicitando audiencia en el Vaticano. ¿Qué le impulsa a ello? Probablemente los mismos motivos que le llevaron a rechazar el sitio de honor en la primera coronación de Napoleón.
Bolívar, ataviado con su uniforme del ejército español, penetra en la sala de audiencias del Vaticano en compañía del embajador de España. Les recibe el sonriente Pío VII. El embajador español se inclina y besa las sandalias del sucesor de Pedro. Bolívar rehúsa altivamente. Su acompañante, ante lo embarazoso de la situación se lo reprocha. Pío VII, sin dejar de sonreír, gana la partida diciendo: «dejad al joven indiano hacer lo que guste».
Bolívar intentará justificar su actitud con el siguiente discurso:
Muy poco debe estimar el papa el signo de la religion, cuando lo lleva en sus sandalias, mientras los más orgullosos soberanos de la cristiandad lo colocan sobre sus coronas.
Lo cierto es que el joven americano, guiado nuevamente por sus contradicciones, había protagonizado un episodio insólito que le convierte en el comentario del momento de la sociedad romana.
El juramento
Desde el Monte Aventino, la ciudad de Roma se divisa en toda su grandiosidad. Simón Rodríguez observa a su alumno, que se pasea ausente. De pronto, comienza un largo discurso, una reflexión en voz alta, como si estuviera ante un auditorio imaginario:
¡Juro delante de usted, juro por el dios de mis padres, juro por ellos; juro por mi honor y juro por la patria, que no daré descanso a mi brazo ni reposo a mi alma hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español!
El futuro caudillo ya tiene conciencia de haber hallado, por fin, su verdadero camino. Desea fervientemente retornar a Venezuela. Recoge ávidamente toda la información relacionada con los sentimientos de independencia nacional que están creciendo en la que él ya llama su patria. Sabe que Miranda está en América con el fin de ponerse a la cabeza de una sublevación.
A comienzos de 1807, emprende el viaje hacia Venezuela. Antes escribiría a su amante en París:
Voy a buscar otro modo de existir; estoy fastidiado de europa y sus viejas sociedades; me vuelvo a América...
Antes de tocar tierra venezolana, pasa por los Estados Unidos y queda sumamente impresionado por el nuevo sistema institucional allí vigente: un presidente y un parlamento elegidos democráticamente. Se entusiasma ante la efectividad del gobierno, el pujante desarrollo económico y el sistema de educación. Seguramente imagina el traslado de todo esto —tan distinto de la pesada maquinaria colonial—, a su propio país, y más aún, al conjunto de la América Latina.
A su llegada a Venezuela, se entera del fracasado intento de Miranda y se convence de que aún no ha llegado la hora para la revolución. Se ocupa de sus asuntos, pero simultáneamente toma contacto con los grupos subversivos, con los que discute sus proyectos, aunque éstos aún no son concretos.
Bolívar tiene en este momento veintitrés años. Es fundamentalmente un idealista carente de experiencia política y militar, pero abraza la causa de la independencia llevado por sus sentimientos y educación, más que por razones pragmáticas o posibilidades más o menos claras. Siente la independencia como algo inaplazable. Su vida de ocio y frivolidad en los salones europeos parece haberse evaporado, como si el juramento le hubiera marcado con el deber que sabrá cumplir en medio de las peores vicisitudes.