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IV. Mister Jackson. The Eight Lancashire Lads

De Mienciclo E-books

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Contenido

Introducción

Chaplin, en sus comienzos, manejando una marioneta
Chaplin, en sus comienzos, manejando una marioneta


ERA un espectáculo amable y divertido. En España se habría llamado «Los ocho muchachos de Lancashire». Míster Jackson, el señor Jackson, era el director de la compañía. El espectáculo consistía en ocho chicos que bailaban y cantaban en teatrillos. El pequeño Charlie, que ya había cumplido ocho años, se unió a ellos porque su padre conocía al señor Jackson y éste se había interesado por el chico. Bailar claqué no era fácil; Charlie tuvo que ensayar cincuenta días antes de incorporarse al espectáculo. No lo hacía nada mal, tampoco era el favorito, pero su sonrisa abierta le permitía apoderarse instantáneamente del corazón del público. Sin embargo, eran sólo ocho niños que bailaban sobre un tablado para que una recua de inactivos adultos rieran y pasaran un buen rato. Una forma, como otra cualquiera, de matar una tarde aburrida.

Al pequeño Charlie no le satisfacía aquello de bailar claqué a todas horas. El prefería ser comediante, hacer reír, desarrollar un argumento. En unión de uno de sus compañeros, soñó una asociación que debía llevarlos a la gloria y a la fortuna: «Bristol y Chaplin, los vagabundos millonarios». Jamás llegó a ser realidad, pero permitió a los dos amigos dar rienda suelta a su fantasía. Era un sueño que llenaba de gozo las esperas y las tardes vacías. ¡Qué lejos estaba Charlie de pensar que su destino le preparaba un futuro en el que su infantil «nombre de guerra» iba a convertirse en realidad!

Mientras ese sueño se creaba y destruía una noche tras otra, Charlie seguía bailando claqué con sus zapatos de puntas y conteras metálicas, para que un público poco exigente y de corazón apenas domeñado sonriera divertido y se sintiera a gusto ante aquellos ochos chiquillos de Lancashire que sonreían, sonreían y sonreían mostrando colores saludables en sus rostros y una falsa alegría.

Pero detrás de aquellos ojos azules del pequeño Chaplin, atentos a no perder el compás de los violines y expresar una amabilidad impuesta por el colorado señor Jackson, puede empezarse a ver una tristeza oculta, una postura decidida frente a ese mundo que una y otra vez, desde que él tenía memoria, le presentaba el feo aspecto de la realidad: el otro lado del decorado donde la vida y la muerte se estrechan las manos y la desesperación y la locura entonan sus himnos. El pequeño Charlie, aun sin saberlo, acababa de empezar una lucha a muerte con los obstáculos de su destino.

Ahí sale bill smith. arrastra los pies y no lleva las botas limpias. parece furioso. apuesto a que se ha pegado con la mujer y ha salido sin desayunarse. efectivamente, porque ahora entra en la pastelería a tomar un café y un panecillo.


En el yunque, Charlie observa y aprende

Cuando Charlie Chaplin se incorporó a los chicos de Míster Jackson, apenas tenía ocho años. Pero su vida había sido tan intensa en ese corto tiempo, que la semilla que había de convertirle en un fenómemo mundial ya la había recibido. Para ello tuvo una profesora incomparable: Hannah Hill, su madre; cuando abandonó las tablas y vivía dedicada a la costurería, pasaba horas y horas ante la ventana, observando a las personas y contemplando las escenas que sucedían en la calle, para luego imitarlas ante su chico con su extraordinario sentido de la mímica.

Aquellas insospechadas lecciones de pantomima que apenas sin darse cuenta Hannah Hill daba a su hijo, fecundaron la sensibilidad del sin duda más grande mimo de nuestro tiempo. Nada pasaba inadvertido para los ojos de Charlie Chaplin. Incluso el desahogo de la actriz frustrada, en aquellas interpretaciones ante un único espectador, era un efecto fecundo en la fantasía de aquel pícaro que era el pequeño Charlie.

El tiempo que permaneció en la compañía del señor Jackson supuso para el joven bailarín una experiencia inigualable. Mientras otros muchachos de su misma edad asistían a la escuela y dejaban transcurrir las horas impermeables a cuanto en el aula se decía, aguardando la hora en que pudieran regresar a sus juegos, el pequeño Charlie absorbía como una esponja la experiencia de los payasos, acróbatas y malabaristas que iba encontrando en su viaje por todos los teatrillos de Inglaterra. Su espíritu inquieto le impulsaba a ensayar y practicar cuanto veía en los escenarios. Esta preparación en las acrobacias y los juegos malabares le supuso, años más tarde, una gran ventaja a la hora de explotar los recursos de Chariot, su personaje.

Cuando no estaban de gira, regresaban a Londres, en donde su madre seguía desarrollando su actividad de costurera y Sidney había encontrado un buen trabajo.


Cuando muere el padre

El padre había emprendido ya el último período de su vida. Arrastraba su cuerpo abotargado por las tabernas del East End. Charlie lo encontraba por las calles accidentalmente. Aquel viejo prematuro en que se había convertido su padre manifestaba entonces el cariño y la ternura que durante toda su vida le había negado:

La taberna de «los tres ciervos» no era un lugar que frecuentara mi padre; sin embargo, pasando por allí una tarde se me ocurrió mirar hacia el interior para ver si estaba. entreabrí la puerta y le divisé sentado en un rincón. me disponía a marcharme cuando su rostro se iluminó al verme y me hizo señas de que me acercara. quedé sorprendido de tan buena acogida, porque nunca fue muy efusivo. parecía muy enfermo; tenía los ojos hundidos y el cuerpo terriblemente hinchado. apoyaba una mano sobre su chaleco —al estilo de Napoleón — como para facilitar su dificultosa respiración. Aquella tarde se mostró muy solícito; me preguntó por mi madre y por Sidney, y antes de marcharse me cogió en brazos y me besó. Fue la última vez que le vi vivo.

Sí. Algunas semanas más tarde ingresó en el Hospital de Santo Tomás, donde murió. Su entierro fue triste y desabrido. Iba poca gente tras el coche fúnebre, que recorría las calles en silencio. Algunos tíos del pequeño Charlie —de quienes había oído hablar, pero jamás había visto— aparecieron entonces. Eran los hermanos ricos del padre, a quien habían abandonado en vida pero acompañaban en la muerte. Esta parentela miraba al pequeño Charlie con el horror con que suele mirarse la miseria. Es posible que fuera entonces el instante en el que por primera vez en su vida el pequeño Charlie se diera cuenta de la pobreza en que vivía.

Un recurso extremo

Tuvo que dejar al señor Jackson y a sus «Ocho muchachos de Lancashire» y otra vez se vio arrojado a vivir en la calle. Se puso un brazalete negro y convenció a su madre para que le dejase un chelín. Compró con él un ramo de narcisos y se lanzó a la calle a venderlos. Las mujeres se enternecían y se interesaban por el brazalete. El pequeño Charlie, próximo a los picaros, componía en su rostro un gesto compungido y respondía con voz temblorosa y susurrante: «Lo llevo por mi padre, señora».

Hizo un buen negocio con la venta de narcisos, hasta que su madre se enteró y puso fin a aquella manera de sacar partido a la propia desgracia. Charlie Chaplin tenía diez años.

Mientras tanto, Sidney había conseguido emplearse por fin en un gran transatlántico como camarero; su entrenamiento en el buque escuela Exmouth había dado sus frutos. Era un trabajo bien pagado y que satisfacía su afán de aventuras. Tenía dieciséis años y por fin veía despejado el horizonte de su vida. Sidney era para el pequeño Charlie un ejemplo al que imitar y también la fuente en donde podía buscar seguridad y valor. Incluso cuando años más tarde el éxito asaltó a Chaplin en Hollywood, siempre mantuvo junto a él a su hermano, porque sin duda alguna su presencia le producía confianza.