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IV. La Adolescencia (1819-1829)

De Mienciclo E-books

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Contenido

Introducción

NO parece sencillo relatar la aceptación de una madrastra. Y sin embargo, un año después de la muerte de Nancy Hanks, su viudo, Thomas Lincoln, emprende de nuevo un viaje regresando por la misma dirección por la que llegó hasta Pigeon Creek. Volverá en una carreta, meses después, en un día de diciembre, con otra mujer. Sus hijos lo saben porque ya medio se lo avisaron los familiares y han debido meditar y charlar mucho sobre cómo será «ella». Y ahí la tienen, en lo alto del carro. Ignoran que su padre la cortejó en Kentucky antes de unirse a Nancy. Aunque lo supieran, el dato importaría poco. Lo que cuenta es verla.

«Ella» también es viuda y la acompañan tres criaturas. Al bajar del carro, el padre hace las presentaciones de esta familia nueva que, de golpe, se ha multiplicado por más de dos. De un lado, los Bush: John, Matilde y Sarah (la segunda Sarah); del otro, los Lincoln: Sarah y Abraham. Un apretón de manos y a esperar. Con mucha desconfianza. Pero en estos «breves anales del pobre», se impone decir de inmediato que el niño Abraham Lincoln habrá encontrado en su madrastra —Sarah Bush Johnston, la tercera Sarah de la casa— una ayuda inesperada y benéfica.

En sus horas de meditación, muchas en su adolescencia y juventud, «Abe» toma buena nota de la lección. Aquel primer cortés y desconfiado apretón de manos se ha convertido en cariño mutuo. También el introvertido «Abe» se da cuenta de que, frente a todas las suposiciones sobre los lazos de la sangre, su padre se lleva mejor con su hermanastro John, que es más dicharachero y, sobre todo, voluble.

También resulta muy difícil, y ninguna biografía de Lincoln pone en su boca nada explícito, averiguar el proceso de afectos y razonamientos que llevaron al huérfano «Abe» a aceptar esta situación y a sacar conclusiones de ella. Pero el hecho es que las sacó. Querrá y respetará a Sarah Bush siempre. Porque ella será quien luche por reunir las especies —maíz, animales— con que se paga la escuela y la que le incite a frecuentarla. Cuando un día entren en la cabana los primeros libros, ella será quien le aliente a leerlos; invitándole a que se coloque junto a la ventana, trayéndole una bujía. Ella tendrá para el muchacho toda suerte de atenciones. Y seguirá preocupándose hasta el final por él.

Hay, por ejemplo, un dato de enorme importancia, en el cual la madrastra juega un papel capital. En cierto momento, a través de sus parientes paternos, quienes quizá se lo cuenten con alguna mala intención, «Ate» tiene conocimiento de que hay otros parientes y primos de su padre que son ricos. Unos en su Kentucky natal, otros en el Sur. Y también, acaso, empieza a oír algo oscuro de los Hanks: su madre desciende de una rica familia sureña de Virginia, de la cual era hija ilegítima. En este instante, el joven Lincoln, que tal vez ya se ve un poco distinto a los suyos, por su madurez, por su afición a la lectura, medita y comienza a sacar conclusiones. Una de ellas en torno a la riqueza y la fortuna ligada a la laboriosidad, de la cual su padre es el ejemplo negativo. Otra, que las cualidades más nobles de su carácter no provienen del linaje de los Lincoln, sino de gentes refinadas.

Sabemos que estas dos semirrevelaciones impresionaron tremendamente a «Abe», porque, ya camino de la cúspide, tendrá una conversación con un amigo y lo explicará así, aludiendo a la inmensa ternura de su madre muerta tanto como a su herencia de cualidades del caballero virginiano. Hay que suponer, pues, la cantidad y calidad de diplomacia y tacto que Sarah Bush hubo de desarrollar cuando, en algunos momentos, surgen disputas por estas ideas entre «Abe» y su padre. Cómo debió insistir una y otra vez en el valor del propio trabajo personal, de la satisfacción íntima conseguida, para que el joven Lincoln no descarriara su mente soñando en parientes llenos de virtudes, pero ligados en cambio a la grande y dramática paradoja de la nación: la esclavitud.

En efecto, en «los anales del pobre» de Lincoln no hay mucho que contar, pero de cada pequeño episodio puede sacarse un ingente caudal de sutilezas. Y es que esa sencillez produce años después un carácter de una pieza, con luces y sombras, con altos y bajos, pero, y éste es el rasgo fundamental, capaz de crecerse cuando las circunstancias lo requieren.

La formación de un autodidata

En este sentido resulta necesario pararse a examinar la base de la cultura de Lincoln. De un lado, su asistencia a la escuela, que es irregular y que, según el propio Lincoln, sumando todos los períodos, apenas llega a dos meses. De otro, las horas gastadas por su propia voluntad en aprender por sí mismo a leer, a escribir y sumar. Este esfuerzo de autodidacta comienza a los ocho años cuando aún vive su madre. Y prosigue después, claramente auxiliado por la madrastra, Sarah. Por lo que se refiere a las bases de su cultura son, como ocurre en todo autodidacta, heterogéneas. No hay nadie que le ayude en la selección de los textos. Nadie que le explique el valor real de cada uno y el por qué gozaron de fama en el momento histórico en que surgieron. Lo que poco a poco tiene a su disposición cuando ya ha aprendido a leer es la Biblia; las Fábulas de Esopo; Robinson Crusoe, de Daniel de Foe; El viaje del peregrino, de Bunyan; una Historia de los Estados Unidos; la Vida de Washington, de Weens. Lo que hay fuera es el periódico que lee ávidamente cuando acude al villorrio más próximo, Gentruville, a la tienda a hacer la compra semanal.

Pero naturalmente, la riqueza extraída de cada una de esas lecturas es necesariamente grande. Por ejemplo, las vidas de Washington y Franklin están llenas de anécdotas sobre la guerra de la Independencia. Su padre también las cuenta, repitiéndolas una y otra vez. Parece lógico pensar que, comparando unas y otras versiones, el joven «Abe» termine cayendo en la cuenta de que un relato oral fascina y un escrito convence. Hay que suponer también que el Robinson Crusoe le habrá forzado a establecer un paralelo con su propia vida de colono aislado y le habrá llevado a formular los primeros pensamientos sobre la capacidad de inventiva de todos los hombres y de todas las razas, pues Viernes, el inesperado ayudante de Robinson el náufrago, es negro. En fin, no es cosa de deducir sino de contar. Pero con lo dicho basta para hacerse una idea de cómo debieron de impresionar estos libros a Lincoln. Y los que los siguen, igualmente heterogéneos: El Diccionario Etimológico de Ballay —un verdadero tesoro para comprender el significado de la lengua inglesa—, que inesperadamente aporta uno de sus tíos. O las Lecciones de Elocución de Walter Scott, un manual para formar oradores donde se cita el ejemplo de algunos grandes tribunos como Demóstenes; o escenas de Shakespeare, al tiempo que se proporcionan reglas para el recitado. Y finalmente el Kentucky Preceptor, una especie de enciclopedia que incluye pensamientos sobre las mujeres y el valor, la libertad y el deber, el discurso inicial de Thomas Jefferson, la esclavitud, y muchas cosas más.

Todos estos libros, que en un estudiante ordinario habrían dejado huellas diferentes, y alguna de ellas poco profundas, en la cabana de Indiana, leídos y releídos, terminarán por no poder ser olvidados nunca. Ayudarán también a formar un carácter melancólico, necesariamente retraído.

Pero al mismo tiempo «los sencillos anales del pobre» continúan. «Abe» ayuda a su padre. Practica el oficio de leñador. Escucha las conversaciones en la tienda, trabaja en la granja. Oye hablar de los negreros del Sur y de las opiniones sobre la construcción de una iglesia de la comunidad. Y como la tradición en la sociedad de los colonos es la del diálogo, poco a poco se va soltando en las reuniones. Aunque hace versos, que enseña a algún amigo, nadie le toma por un ser especialmente raro. Tiene sus cosas, como todo el mundo. Es tozudo; pero, ¿quién no es tozudo allí?

Cuando termina su adolescencia, Lincoln es uno de esos cientos de miles de hijos de pioneros que no saben muy bien lo que quieren pero que están dispuestos a meterse en cualquier asunto, porque así lo hicieron sus padres y sus abuelos. Tiene «sus manías», pero es un típico representante del rudo Oeste de la época.

A los dieciséis años, «Abe» es considerado el mejor leñador del distrito. A los diecisiete da un último estirón que configurará para siempre su alta y desgarbada figura, de manos huesudas y poderosas, de brazos desmañados pero que producen una extraña sensación de energía. Durante unos meses aún va a una escuela próxima por esta época, completando así su formación escolar de un año en toda la vida. Ya tiene fama de retraído. Quizá contribuya a su retraimiento el paludismo que, inevitablemente, ha hecho mella en él. Sin embargo, lo llaman para matar una ternera o talar un árbol robusto. Y él confiesa lo que para nadie es un secreto, que le gusta más leer o meditar que montar a caballo o internarse en el bosque.

Pero junto a estas rarezas hay otras muchas cosas que comparte con sus convecinos. Sus maneras desgarbadas le han valido una reputación un tanto cómica y a él le agrada. En medio de una cuadrilla que trabaja en el campo, saca un libro y se pone a leer procurando que los demás atiendan a la lectura. Otras veces improvisa discursos sobre mil temas. Lo hace del modo que solía hacerlo su padre. Y habla de historias antiguas o de las elecciones o del aprovechamiento del río como lo haría Esopo. Son sus primeros discursos. Sus compañeros ríen. Sobre todo cuando imita al pastor, el típico clérigo aldeano del lugar, su ejercicio favorito entonces.

Aparece una extraña personalidad

Sólo que este tipo con «sus cosas», cada día tiene «más cosas», poco a poco se hace más raro. Los rasgos diferentes son día a día más numerosos. El hijo de un cazador no quiere salir a cazar. En otro momento, la emprende con un grupo de muchachos que tratan de asar viva a una tortuga. Y a continuación escribe un breve ensayo, que lee, condenando la crueldad con los animales. También redactará otro contra los ebrios y el aguardiente, artículo que alguien lee a las gentes de la ciudad. Un día salva a un perro de morir ahogado entre las aguas turbulentas del arroyo en la estación del deshielo. Lo cual no impide que su fortaleza le haga temible en las peleas cuerpo a cuerpo o que sus largas piernas le faciliten el triunfo en las carreras y juegos de saltos que en la jornada del domingo llenan el ocio de los jóvenes de su edad. Naturalmente, todas estas «cosas» dejan perplejos, cada vez más perplejos, a sus vecinos. Que además de reírse, o tomarle por un tipo cómico, se preguntan a qué se dedicará y por dónde saldrá «Abe» en la vida. El propio «Abe» también se lo pregunta, no menos perplejo. Más adelante confesará que sólo tenía un propósito: no quedarse en leñador, en una cabana perdida entre los bosques, y vivir de su cabeza. El, que liberaría a los esclavos, siente que el trabajo manual no le gusta ni le libera.

Pero, sin embargo, la vida se la gana con los brazos. A veces baja hasta el río —el Ohio— para, esperando junto al muelle donde los viajeros toman el transbordador para la otra orilla, cargar maletas y ganarse medio dólar por algo que le cuesta poco trabajo. Esto le proporciona un nuevo tema de meditación sobre las propinas y el trabajo servil.

El modo de ser del joven Lincoln acaso lo resuma adecuadamente una muy famosa anécdota ocurrida después, ya independizado de su padre, cuando se instala en New Salem. La contará uno de sus patronos, un granjero de aquellas comarcas. «En verdad, dirá, que si algo estimulaba su ambición para realizar un trabajo, se ponía a la faena con una energía prodigiosa, pero yo le tenía por bastante inútil. Lo encontré un día encaramado en el almiar, leyendo un libro. ¿Qué estás leyendo?, le dije. No estoy leyendo, estoy estudiando, contestó tan orgulloso como un Cicerón. ¡Gran Dios Todopoderoso!, fue mi réplica, porque, ¿qué iba a decir a quien se portaba de esa manera?»

En efecto, ¿qué iba a decir un granjero ante quien, siendo el primero en muchas faenas, estando tan fuertemente dotado para el trabajo rústico, sin embargo se aisla en lo alto de un almiar? Y qué mezcla de orgullo e insolencia la de ese mozalbete que corrige: «no leo, estudio», marcando así una diferencia capaz de poner de malhumor a un alma sencilla para quien el estudio es cosa de gentes acomodadas que se lleva a cabo en escuelas, en las ciudades. La ambición de los pioneros, la de su abuelo, de su padre y de sus tíos, también ha arraigado en el joven «Abe». Sólo que a él no le lleva a descubrir nuevas tierras más fértiles. El también querrá moverse, pero por otros caminos.

Lincoln busca horizontes nuevos

Por de pronto, su primer viaje en busca de la fortuna no lo hace con una caravana más o menos familiar. Baja por el Ohio y luego el Mississipí, hasta llegar a Nueva Orleáns. Hay dudas entre los biógrafos, pero todo parece indicar que el primer viaje de Lincoln al Sur tiene lugar en 1828. Parece ser que el motivo de todo es la boda de su hermana Sarah, que morirá de parto al año siguiente, aumentando la melancolía del joven. En la boda de su hermana, Abraham tiene la ocasión de ojear los documentos familiares. Y las viejas alusiones que corren en la familia sobre el origen de la madre muerta se concretan. Se aclarará, por ejemplo, que Mrs. Sparrow, a quien llama abuela, no lo es propiamente, es sólo tía de Nancy Hanks. ¿Por qué una Sparrow, por qué otra Hanks? En los documentos no se aclara nada definitivamente, pero ese punto oscuro confirma que las gentes del Sur están metidas en su sangre, ya que otros detalles sí se aclaran al fin. Sabe ya, por ejemplo, que su abuela verdadera ha sido echada de casa por tener un hijo natural y que ésta, Nancy, ha sido criada por la que llama su abuela. Lincoln, que conoce de memoria la vida de Washington y muchos detalles sobre la vida en la Virginia de los tiempos de la independencia, ha debido gastar muchas horas en reconstruir sucesos que ya son irreconstruibles. Sólo le queda una solución, ver de cerca aquello. Ya que no podía conocer esa rama de su familia, se relacionará con gentes que son como ellos.

La ocasión se presenta con relativa facilidad. En una de sus visitas a los muelles del cercano río le sale una oferta. Como se le tiene por un muchacho hábil y robusto, un hacendado del lugar le contrata para que le baje una mercancía agrícola a Nueva Orleáns. «Abe» no se lo piensa dos veces. Arregla una barcaza con el hijo del hacendado, la carga con la mercancía, trabajando como un forzado, y conduce la balsa durante varias jornadas, primero por el Ohio hasta El Cairo, donde se encuentra la confluencia con el Mississipí. De allí, navegará ya por «el viejo y profundo gran río», amarillo turbio, inesperadamente ancho hasta confundirse con un extraño mar. Es en este viaje, en el que transporta ganado y harina de maíz que debe cambiar por algodón, tabaco y azúcar, donde traba el primer contacto con los negros.

Un espectáculo insólito: la trata de negros

Sucede una noche en una plantación a orillas del «old man river», el Mississipí. Lincoln y su compañero han tenido ya que sortear los peligros propios de un viaje fluvial: arenas, escollos, rápidos. Esta noche, una banda de negros se aproxima sigilosamente a la barcaza con la intención de robarla. Lincoln se despierta a tiempo. Se entabla una lucha. Los negros huyen y Lincoln y su camarada los persiguen. Regresa con un ojo herido, e indignado. Por de pronto, parecen tener razón quienes acusan a los negros de ladrones, vagos, maleantes y de carecer de sentido moral.

Pero Nueva Orleáns completa el panorama, le introduce en la otra cara del problema. Antes, desde la barcaza sólo ha podido contemplar de tanto en tanto las llanuras sembradas de copos blancos de algodón. Pero nada revela la clase de trabajo que allí se realiza. Hay que saber, como lo saben «Abe» Lincoln y todos sus compatriotas, que lo realizan esclavos y que es un trabajo duro. Sin embargo, trabajar la tierra es duro también en Indiana.

Sólo que apenas desembarcado, un curioso tipo de letreros atrae sus miradas. Tal vez el primero haya sido uno de esos anuncios que comienzan diciendo: «Cien dólares a quien devuelva a mulato corpulento, ojos negros, tez tan blanca que podría pasar por blanco, atiende al nombre de Sam». En la siguiente esquina, otro aviso: «Pago en todo momento y al contado los mejores precios por toda clase de negros...» Y otros pocos pasos más, y una casa de contratación.

Todo lo que oyera contar a su padre, al pastor, a los convecinos, cada vez que salía el tema de la esclavitud, toma cuerpo. En una tarima, el vendedor de esclavos trata de llamar la atención sobre su mercancía a quienes en la sala se pasean y se saludan satisfechos, tostados por el aire de las plantaciones, bebiendo whisky o contándose chismes. De tanto en tanto, uno de ellos levanta la vista hacia la tarima, observa la mercancía, comenta algo o toma notas sobre cualquiera de los ejemplares negros que pasan y repasan en círculo, desnudos y encadenados. En la rueda, de pronto, aparece un ejemplar que llama la tención: es una guapa mulata. El vendedor levanta algo más la voz; quien la adquiera se lleva una verdadera ganga. Algunas sonrisas y comienza la subasta. Suben los precios.

Lo más increíble a los ojos de este rudo leñador que todavía es «Abe» Lincoln son los modales. El refinamiento. Los tostados campesinos que chismorrean y beben whisky o toman notas no tienen nada que ver con los campesinos de Indiana o Kentucky. El ya sabía por los libros que existían estas maneras aristocráticas, casi de la vieja y odiada nobleza europea que hizo escapar a la tierra de América a los primeros pioneros. Sólo que una cosa es leer y otra observar la delicadeza de todos, incluido el vendedor que lleva la subasta. Sonrisas, leves ademanes de las manos, guiños, ingeniosidades, todos ellos vestidos con ricas telas. Aquí en esta sala de venta de «madera de ébano», y en el resto de la ciudad, que es un mundo de color, de elegancia, de lujo pintoresco y atrevido, donde los uniformes de mulatos y negros que portan la sombrilla de una dama o ayudan a descender a un caballero de un faetón constituyen todo un espectáculo.

Lincoln pasa pocos días en Nueva Orléans. Justo para llevar a cabo el intercambio de mercancías y para sorprenderse ante el ritmo, la animación de las calles, la iluminación nocturna, el ajetreo de salones y tabernas. Y la presencia discreta, ahogada, de los rostros negros.

Lincoln se examina a sí mismo

Cuando al final de un viaje de tres meses llega a su casa, ha ganado veinticuatro dólares y una experiencia incalculable. Todo, absolutamente todo lo que ha ido formando su personalidad y su carácter carecía de valor en Nueva Orleáns. Sus chistes e imitaciones del pastor, que divierten a sus convecinos, en la ciudad sureña no habrían merecido un esbozo de sonrisa. Su timidez, que le ha ganado fama de huraño y también de ser capaz quizá de hazañas importantes, aquí se ha convertido en paletería. Su saber de autodidacta, con la media docena de frases que ha cambiado con quienes ha de cerrar el trato, se ha revelado como una cosa insignificante. Y su atracción por el Sur, su convencimiento de que las cualidades nobles heredadas de su madre provenían de esta tierra, acaso se ha confirmado. Estremecido por el espectáculo de la trata de esclavos, indignado y silencioso ante humillantes escenas, no puede, sin embargo, dejar de reconocer que un mundo de refinamiento es atractivo y algo ha de tener, algo que ha de merecer salvarse.

Se dice que el joven Lincoln, antes de este viaje a Nueva Orleáns, había decidido ser abogado porque en uno de sus viajes por la comarca de Indiana había oído hablar de uno, famoso en todo el contorno. Puede tratarse de una anécdota falsa, como muchas de las que se construyen alrededor de los hombres famosos. Seguramente le decidieron a elegir ese camino pequeñas decisiones, el aprovechamiento de sus facultades para leer, para hablar en público; y también la constante práctica y enfrentamiento con situaciones de injusticia; tener que escoger entre la madre idealizada y el padre con el que cada día se entiende menos; el comprobar que ser hijo de humilde no le facilita las cosas; el ejemplo de su hermana Sarah, recién casada y que recibe un trato desdeñoso de los parientes de su marido, esos Grisby contra quienes escribirá una sátira.

Pues bien, si todo eso, día a día, casi sin querer, va decantando su vocación hacia el ejercicio de la abogacía, parece innegable que el encuentro con Nueva Orleáns ha de marcarle para siempre. Y no hace falta que el joven Lincoln pronuncie grandes frases. Hay que ponerse en su lugar. El, intrigado por el Sur, atraído por él a través de la imagen de su madre, se siente herido en sus convicciones, pero no hasta el punto de que esa atracción se borre del todo. Su actitud moderada y ambigua a la hora de la guerra civil quizá tenga, en parte, una explicación en estos lejanos episodios.

Nuevo traslado de la familia Lincoln

Al regreso del viaje a Nueva Orleáns, «Abe» encuentra a su padre dispuesto a iniciar una nueva aventura de pionero. Otra vez hacia el Oeste. Unos parientes que viven en Illinois aseguran que aquello sí que es el paraíso terrenal. Por supuesto que le han dicho también que en la región reina la fiebre. Pero el viejo Thomas no ha hecho fortuna en Kentucky, no la ha hecho en Indiana, acaso sea ésta la última oportunidad. De cualquier forma, es la manera de dejar atrás algunos pleitos y deudas que lleva consigo todo labrador al borde de la quiebra. Así que la familia Lincoln obtiene ciento veinticinco dólares por sus propiedades de Indiana y marcha hacia la región de Decatur, junto al río Sangamo, formando parte de esas innumerables oleadas de pioneros, de desencantados que han colonizado América.

En esa oleada los Lincoln aportan ocho personas, cuatro criaturas y catorce cabezas de ganado. Se distribuyen en dos carros, uno de los cuales conduce «Abe», el cual, quizá porque se le acerca la edad de la independencia, decide actuar pragmáticamente: invierte su dinero en botones, agujas, ligas, artículos de mercería, cuchillos y todo lo que es esencial y caro en las regiones del Oeste. Con esos treinta dólares espera hacer un gran negocio. Es el salto en la familia: un padre pionero, un hijo comerciante, que no depende ya de la tierra sino de la habilidad y la iniciativa. En esta primera ocasión, «Abe» logrará un éxito relativo: venderá la mercancía por el doble. En otras, las cosas le irán peor. Pero el comercio será siempre algo esporádico en él.

En este momento, corre el año 1829, «Abe» ya tiene la personalidad formada. Aún falta tiempo para que encuentre su camino personal. E incluso cuando las circunstancias poco a poco le vayan metiendo por el camino para el que se encuentra dotado, dudará. Pero, desde luego, este fuerte solitario, este leñador que lee voraz y repetidamente los libros que quedan a su alcance, este hombre que no deja pasar ocasión de hacer un discurso o entretener a un auditorio imitando a un convecino, este chico que es hábil con las manos pero que quiere encontrar un oficio que no sea campesino, no tiene muchas cualidades para el comercio. Sólo que no quiere ser campesino.