IV. El Pobrecito Hablador, en las Batuecas
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Introducción
MARIANO José de Larra va a ser El bachiller D. Juan Pérez de Munguía y Andrés Niporesas, corresponsal de El pobrecito hablador, y notario de su muerte, durante esos cuatro meses y medio que dura su segunda y última aventura editorial. Va a ser un batueco lúcido en Las Batuecas-España, el caserón provinciano donde viven sus personajes, Madrid, su capital y su mejor reflejo —que intenta denunciar su atraso y deformarlo—. A aquellas alturas, en una época de reducida tolerancia, tan sólo un camino parecía oportuno: La sátira y el artículo de costumbres. El pobrecito hablador es, si cabe decirlo así, el primer Larra. Un autor volcado en la crítica de su entorno, sobre todo en los aspectos más cotidianos. Curiosamente, el mismo Larra habla en la presentación de El pobrecito... en un término expresivo: robar. Esto es, apropiarse de la realidad que hay fuera para llevarla dentro de las páginas irónicas de la publicación. Habrá artículos así «robados» —y como tales aparecerán luego— y otros (y así constará del mismo modo en sus respectivas cabeceras) «enteramente nuestros», unos y otros se orientarán en la misma dirección: descubrir el país y sus vicios, achaques, manías y defectos. Larra inaugura aquí, por la vía costumbrista, su dolorido patriotismo, el del que, como luego Unamuno, ama España porque le duele, porque no le gusta y le gustaría de otro modo. Es el choque, con frecuencia violento, entre el patriotismo del espacio —la tierra, el país, las gentes de sus Batuecas— y el patriotismo del tiempo: el Romanticismo, la época, un siglo nuevo que intenta poner trabajosamente los cimientos de un mundo también nuevo.
Un programa para 1832
Andrés niporesas y el bachiller d. juan pérez de murguía se cartean con gracia e ironía sutil entre Las Batuecas y Madrid. Ambas son, claro, una y la misma cosa. Pero la metáfora esconde el deseo de Larra —nada secreto por otra parte— de que no lo fuesen y la intención, tampoco nada secreta, de contribuir con su pluma a que dejen de serlo. La presentación a que antes aludimos —«Dos palabras», 17 agosto 1832— es toda una declaración de principios y un programa:
No tratamos de redactar un períodico: 1.° porque no nos creemos ni con facultad ni con ciencia para tan vasta empresa; 2.° porque no gustamos de adoptar sujeciones, y mucho menos de imponérnoslas nosotros mismos. emitir nuestras ideas tales cuales se nos ocurran o las de otros tales cuales las encontramos para divertir al público, en folletos sueltos de poco volumen y de menos precio, este es nuestro objeto; porque en cuanto aquello de instruirle, como suelen decir arrogantemente los que escriben de profesión o por casualidad para el público, ni tenemos la presunción de creer saber más que él, ni estamos muy seguros de que él lea con ese objeto cuando lee. No siendo nuestra intención sino divertirle, no seremos escrupulosos en la elección de los medios siempre que éstos no puedan acarrear perjuicio nuestro, ni de tercero, siempre que sean escritos, honrados y decorosos.
A nadie se ofenderá, a lo menos a sabiendas; de nadie nos quejaremos retratos; si algunas caricaturas, por casualidad, se parecieran a alguien, en lugar de corregir nosotros el retrato, aconsejamos al original que se corrija; en su mano estará, pues, que deje de parecérsele. adoptamos, por consiguiente, con gusto toda la responsabilidad que conocemos del epíteto satírico que nos hemos echado encima.»
Y tras más explicaciones concluía con esta divisa esencial que resume no ya sólo las intenciones de El pobrecito hablador, sino también las del proyecto literario, periodístico y vital de Mariano José de Larra:
Reírnos de las ridiculeces: ésta es nuestra divisa; ser leídos: éste es nuestro objeto; decir la verdad: éste, nuestro medio.»
El contexto español de el pobrecito hablador
Nacía El pobrecito hablador en un momento crucial de la Historia de España. El monarca ha entrado en septiembre de 1832 en las angustias de un nuevo (y para muchos, en su múltiple esperanza, final) ataque de coma. María Cristina se halla, con su esposo moribundo, cercada por todos los sitios, temerosa de su suerte y de la de sus dos pequeñas hijas. Los «carlistas» presionan sobre la reina que, al fin, cede y, con ella, el moribundo Fernando VII. De este modo, el 18 de septiembre de 1832, el monarca firma, casi sin fuerza, el codicilio derogatorio de la pragmática sanción que días atrás promulgara. Don Carlos es desde entonces —y sólo por unos meses— virtual heredero de la Corona. Calomarde ha ganado la partida y las esperanzas liberales se ven oscurecidas durante aquellas horas trágicas en las que se verá una vez más comprometido el destino español.
El telón de fondo de la reflexión y los dardos de Larra es una metáfora: Las Batuecas. El 3 de septiembre de 1832, El Bachiller, batueco y «natural, por consiguiente, de este inculto país», se pregunta, con ironía, lo mismo que tantos y tantos escritores españoles al iniciar su aventura literaria en medio de la incultura del teórico lector: «¿No se lee en este país porque no se escribe o no se escribe porque no se lee?». La duda obtiene una difícil, trágica respuesta: no se lee porque no se escribe y no se escribe porque no se lee. ¿Cómo salir de ese círculo vicioso?
Ni se lee, pues, ni se escribe en Las Batuecas, en la España que se abre a 1833. Pero Larra —aún no es Fígaro — está empeñado en escribir, en proseguir sin respiro la tenaz aventura de decir la verdad, de gritar a los cuatro vientos sus observaciones. Y, naturalmente, escribe para otros. Larra va a buscar —y conseguir— lectores en un país donde no se lee. Esa será, en definitiva, su grandeza. ¿Cómo? Llamando a las cosas por su nombre, llevando a las páginas de la prensa los problemas reales, las preocupaciones cotidianas. Pero no bastaba con eso. Era preciso, además, inaugurar un estilo, ensayar un tono nuevo. A la pregunta anterior sucederá otra: «¿quién es el público y dónde se le encuentra?».
De momento, Larra vive en una especie de libertad provisional como escritor. A partir del 6 de octubre —Fernando VII se ha recuperado de su pertinaz dolencia—, la reina María Cristina se ha hecho cargo de los negocios del país con Cea Bermúdez en calidad de nuevo secretario de Estado. Un fugaz resplandor de libertad relumbra de nuevo. El 7 de octubre se abren otra vez las Universidades y el 15 sale en «La Gaceta» una amnistía general para los delitos políticos. La suerte de los carlistas parece ahora amenazada y el enfrentamiento civil, cercano. El miedo invade los corazones de los tristes batuecos. En noviembre de aquel 1832, dentro de la segunda carta escrita a Andrés por el (mismo) Bachiller D. Juan Pérez de Murguía, Larra hace una sutil e irónica apología del silencio, «ventaja que llevan (la de no hablar) los batuecos a los demás hombres». La descripción larriana es de una finura extrordinaria:
Así que todos estamos reducidos a no hablar. mírenos usted oscuramente envueltos en nuestras capas, hablando por dentro del embozo, desconfiando de nuestros padres y de nuestros hermanos... parece que hemos cometido todos o vamos a cometer algún delito.» ==
El estilo larriano
Poco a poco, en medio de las condiciones difíciles (o tal vez por ellas), Larra se va apoderando de cuantos recursos son precisos para conseguir la atención de un público huidizo, del lector. Larra va a hacerse los lectores en un país donde pocos lo eran antes. Para ello necesita encontrar unas claves literarias con las que atraer a la lectura y, una vez en ella, mantener al lector fijo sin salirse del discurso en el que el artículo encierra. El estilo es en Larra puramente funcional, esto es, como mera plataforma expresiva para el logro de sus fines: robar la atención de un lector fugaz y mantenerle en vilo. Por eso, en El pobrecito hablador —como luego en el mejor Fígaro— hay siempre (Umbral lo señala con perspicacia) un cuento dentro del artículo. Ese cuento está ahí cumpliendo una esencial y doble función: servir de ejemplo a la tesis que el artículo sustenta y obligar al lector a que siga alojado en la lectura hasta que su desenlace le conduzca al hilo conductor de la tesis misma. Pueden encontrarse ejemplos múltiples: «El castellano viejo», «El casarse pronto y mal», «Vuelva usted mañana», etc.
Larra —un romántico profundo, un romántico de corazón y con razones, no un romántico que sigue más o menos triunfalmente la moda del siglo–– escribe, sin embargo, como un clásico. Azorín, buen conocedor de Larra, fue de los primeros en señalar, desde otro costado, esa certeza. Contra el Larra acusado de extranjerizante y afrancesado se levanta la realidad de un escritor castizo que saca a la luz los problemas de la calle con un lenguaje cuyas resonancias más evidentes se remontan a Cervantes y Quevedo. «Es hora ya de que se diga —escribe Azorín en “Rivas y Larra”— que este escritor, tenido por el más extranjerizado de su tiempo, es el único escritor que enlaza con nuestra tradición clásica, el único gran escritor castizo de su tiempo.»
Casticismo, el suyo, verdadero, no ramplón. Un casticismo que le viene directamente de Quevedo como ya se mencionó (Larra andaba metido desde tiempo atrás en el proyecto de escribir un drama con Quevedo como protagonista, y el dato no es casual) en quien ha bebido la ironía, el desgarro de una prosa viva. Mariano José de Larra ha trabajado el idioma con vigor, como un artesano que ha sido antes esforzado y meticuloso aprendiz y además de su inacabada gramática intentó poner punto final a su «Diccionario de Sinónimos». Sus artículos revelan que había leído a los clásicos españoles con algo más que el afán de un joven culto de la época. De algún modo —y sin dejar de ser romántico, antes bien, por serlo de verdad—, Larra se sintió un heredero y en su prosa alientan las influencias del Siglo de Oro tanto como en su visión del mundo el contacto con una Europa y un siglo de las que siempre se consideró miembro inexcusable.
La agonía de Fernando VII
Fernando VII, cuyos días parecían al fin contados, había dicho con una expresiva metáfora: «España es una botella de cerveza y yo soy el tapón; en el momento en que éste salte, todo el líquido contenido se derramará sabe Dios en qué derroteros». La realidad no estaba muy lejos de aclarar hasta qué punto eran ciertas esas pesimistas precisiones. La década ominosa había sumergido al país en una sensación a caballo entre la parálisis y la impotencia. El atraso se hizo crónico, como una enfermedad de la que se sabe el origen, pero acerca de la cual se desconocen los procedimientos para su curación. Es el precio que las sociedades pagan por los absolutismos prolongados, por los autoritarismos sustentados en la imagen personal de alguien cuya presencia viva —y sólo ella— impide el estallido. Ahora, cuando el tapón está a punto de saltar, la guerra civil es un fantasma que planea por encima de las cabezas de todos. Unos la temen, otros la desean como única salida a sus opciones. El 31 de diciembre de 1831, el monarca explica de qué manera («en las angustias de su enfermedad») le fue arrancado en el lecho el codicilo derogatorio de la Pragmática Sanción. Los derechos de Isabel al trono son de nuevo restituidos y el carlismo, ya en franca tendencia armada, se lanza a las calles: son los voluntarios realistas, cuna del ejército carlista que se pondrá en pie de guerra poco después.
María Cristina, en medio de una situación de inevitable polarización, se convierte en la portaestandarte de la causa liberal. Lo que parece jurídicamente un pleito de herencia es, realmente, un enfrentamiento del Antiguo contra el Nuevo Régimen. Larra, que había saludado con versos entusiastas el nacimiento de Isabel, está donde siempre, aunque esa estancia suya no le obnubile hasta el límite de no ver las contradicciones que aquejan al renacido liberalismo.
El fin de el pobrecito hablador
Pero El pobrecito hablador –aún no ha fallecido Fernando VII— agoniza, y Fígaro se prepara para cumplir final y fatalmente su destino. No ha querido contentar ni a unos ni a otros y se ha ido apagando víctima de sus debilidades económicas y de su misma divisa: decir la verdad sin contemplaciones. En la primera versión de «El casarse pronto y mal» escribe Larra:
Nuestra misión es peligrosa; los que pretenden marchar adelante, y la echan de ilustrados, nos llamarán acaso del orden del apagador, a que nos gloriamos de no pertenecer, y los contrarios no estarán tampoco muy satisfechos de nosotros. estos son los inconvenientes que tiene que arrastrar quien piensa marchar igualmente distante de los dos extremos: allí está la razón, allí está la verdad, pero allí, el peligro.»
El equilibrio de Larra —1832— es, como muy bien apunta Seco Serrano, la inevitable soledad del escritor en un momento de pasiones desatadas y de extremismos radicales. Larra, antes de ser Fígaro y de darse al mundo como él dirá luego, es el hablador que, por serlo, está condenado a ser pobrecito. El hijo único sin hermanos para compartir los juegos infantiles, el español en Francia, el francés en España, el escritor que no adula, el solitario, el dandy que hace de la elegancia una provocación, el triunfador en sociedad que repudia su triunfo una vez conseguido, el hombre brillante al que no le sirve el brillo porque más que brillantez propia lo vive como mediocridad ajena, el esposo infeliz víctima y verdugo de un matrimonio temprano, el amante de una amada desdeñosa, el padre culpable de la triste suerte de sus hijos... una persona que apenas se identifica con nada ni nadie, un perpetuo extraño, como certeramente le define Seco. Ese es el Larra del que va a surgir Fígaro.
Pero todo ello está aún en estado embrionario. Fígaro nacerá porque Larra aún no lleva en su más plena intimidad todo ese cúmulo de experiencias frustradas. Fijémonos bien. Cuando El pobrecito hablador agoniza y Fígaro tiene los visos ciertos de venir al mundo, Larra aún no ha decidido despreciar su labor de escritor puro —«Macías», su drama más personal y «El Doncel de Don Enrique el Doliente», su aportación novelesca a la corriente romántica, van a ser escritas ambas en 1834—; tampoco ha caído del todo en el pesimismo político y su esperanza alumbrará en 1835 hasta el punto de presentarse como diputado por Avila un año después; ni ha renunciado a su tarea testimonial y reformadora del país y la sociedad ni, por último, ha llegado a la triste conclusión de su desastre afectivo.
Fígaro surge como el intento de evitar todo y es, fatalmente, quien todo lo culmina, quien provoca, con su éxito, la definitiva catástrofe, la firme detonación del invierno del 37. Al final, Fígaro será Larra y éste, aquél. Con quien Larra va a identificarse del todo es con Fígaro y de esa identificación trágica, que tiene como telón de fondo una sociedad que le ha vuelto la espalda y ha armado el brazo suicida, surge el pistolazo. El 27 de diciembre de 1836, Fígaro, ya en pleno proceso de acelerado desencanto, se identificará, sin trabas, con el hombre verdadero, con el Mariano José de Larra temido en los cafés y aplaudido en las redacciones de los periódicos.
Yo doy la cara: primero porque no tengo otra que dar, y creo que hago un don a la patria, pues tal cual es tampoco tengo otra, ni mejor ni peor guardada, para un apuro. yo declino mi nombre como agamenón. yo soy == Fígaro. Todo el mundo sabe quién es Fígaro y por si acaso alguien lo ignora, añadiré que Fígaro y Mariano José de Larra son tan uña y carne como el diputado Argüelles y la constitución del año 12, y que no se puede herir al uno sin lastimar al otro. Juntos vivimos, juntos escribimos y juntos nos reímos de ustedes, de los demás y de nosotros mismos.»
La Revista Española
Pero aún no ha nacido en su esplendor Fígaro. El pobrecito hablador se resiste a morir. Larra ingresa por la puerta grande del periodismo moderno en la Revista Española a finales de 1832. Va a escribir en ella, fundamentalmente, la crítica de teatros sin que tal actividad excluya el artículo de costumbres o el decididamente político. El ingreso de Mariano José de Larra en Revista Española coincide de manera puntual con la apertura política de María Cristina en los días finales de 1832. Fígaro y El Pobrecito Hablador van, pues, a convivir y coexistir juntos unos pocos meses. En ellos se aliarán el autor de folletos por cuenta propia con el redactor de periódico, con el periodista profesional que Larra quiso ser, y Fígaro definitivamente fue. Al final de «Vuelva usted mañana», publicado en El pobrecito hablador el 14 de enero de 1833 se incluye una nota, anticipada y expresiva sobre la futura suerte de la publicación:
Con el mayor deber anunciamos al público de nuestros lectores que estamos ya a punto de concluir el plan reducido que en la publicación de estos cuadernos nos habíamos creado. pero no está en nuestra mano evitarlo. síntomas alarmantes nos anuncian que el hablador padece de la lengua: fórmasele un frenillo que le hace hablar más pausada y menos enérgicamente que en su juventud. ¡pobre bachiller! nos figuramos que morirá por su propia voluntad, y recomendamos por esto a nuestros apasionados y a sus preces este pobre enfermo de aprensión, cansado ya de hablar.»
La nota no puede ser más evidente: El pobrecito hablador está a punto de morir porque lo está, asimismo, la razón de ser de su existencia: hablar claro. Cuando alcanza su número 14 —marzo de 1833— expira, al fin, tras una heroica, desesperada e imposible resistencia. Andrés Niporesas, su coresponsal, narra al público la muerte del Bachiller incómodo y parlanchín en una crónica magistral que es, por la vía de la más sutil e inteligente de las ironías, un canto a la libertad de expresión, a la prensa libre, al tiempo que un análisis de las múltiples dificultades para decir la verdad sin contemplaciones. En él alienta de modo insuperable la modernidad de Larra, su palpitante actualidad y su gracia amarga, la profunda y socarrona tristeza de su gesto:
El bachiller... ¡ha muerto! ¿alguna alevosa pulmonía no; no era un soplo de aire quien había de matar a un hablador. ¿una apoplejía fulminante ¡ah, un pobrecito no muere de apoplejía! ¿murió de tener razón ¿murió de la verdad ¿murió de alguna paliza (...) ¿dio con alguno más hablador que él ¿murió de algún tragantón de palabras
Y tras describir los pormenores de la agonía en que el Bachiller entró, consumada ya la muerte, se abre la duda ante el futuro:
¿quién nos dirá que no hay orgullo nacional, que no hay quien conozca sus deberes y cumpla con ellos, que no hay literatura, que no hay teatros, que no hay autores, que no hay actores, que no hay educación, que no hay instrucción ¿quién, en fin, nos dirá tanto como se ha dejado por decir? Pero cuando el Bachiller muere, Fígaro está ya en el mundo, lúcido, crítico e irónico, asumiendo desde las tribunas del periódico, esa imprescindible función. Nos hallamos en la última y decisiva etapa de la vida de Larra.