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IV. El Largo Camino De Castilla

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Contenido

Introducción

Facsmil de la firma de Colón al pie de una carta que escribi a los Reyes Católicos el 6 de febrero de 1502.
Facsmil de la firma de Colón al pie de una carta que escribi a los Reyes Católicos el 6 de febrero de 1502.

SEGÚN la versión más generalizada, a mediados de 1485 Cristóbal Colón y su hijito Diego penetraron en tierras de Castilla por rutas onubenses y se dirigieron a Palos de la Frontera, un pueblo situado en la costa del condado de Niebla al borde de Río Tinto. Colón iba en busca de sus concuñados, los Molyart y Correa, que vivían en Huelva. Parece que su intención era dejar con ellos a su hijo Diego mientras él se dirigía a Francia a ofrecer al rey de aquel país su proyecto atlántico. Cerca de Palos, frente a la barra o isla de Saltés, se alzaba el monasterio franciscano de La Rábida, y allí fue Colón a pedir hospitalidad. Un religioso llamado Juan Pérez lo acogió efusivo y cordial. Nunca mejor se podría decir que fue un encuentro providencial, pues fray Juan Pérez sintió tanto interés por lo que contaba el extraño viajero que llamó al médico, García Fernández o Hernández, que era aficionado a la astronomía, para que escuchase el fabuloso relato de Colón. La conversación del futuro almirante debió ser tan interesante y persuasiva, que los padres franciscanos no sólo le brindaron generosa hospitalidad para él y para su hijo, sino que se convirtieron en sus principales valedores ante los reyes de Castilla y Aragón y los grandes del reino que tenían flotas a su servicio.

Los frailes del monasterio de La Rábida estaban muy al tanto de las cosas del mar y de las exploraciones atlánticas que se diputaban Castilla y Portugal. Pero, además, en el mismo convento había un sabio en astrología, o «estrellero», como se decía entonces, que a la sazón se hallaba ausente, pero que no tardaría en conocer a Colón y convertirse en uno de sus más fervorosos auxiliares. Se llamaba éste fray Antonio de Marchena y era hombre muy respetado por su sabiduría y con gran influencia en las áreas del poder.

Por otra parte, la costa del condado de Niebla, tan cercana a Portugal y tan influida por los problemas atlánticos, comerciaba y rivalizaba con los portugueses en las costas occidentales de Africa, como Guinea y La Mina, así como Madera, Cabo Verde y las Canarias. Las contiendas entre marinos andaluces y portugueses en estas latitudes fueron muy frecuentes en los siglos XIV y XV, hasta el reinado de los Reyes Católicos y el tratado de Alagobas firmado por los soberanos de Castilla y Portugal en 1479. Por este tratado, que fue rubricado en Toledo al año siguiente, se delimitaban las zonas de expansión de Castilla y Portugal. Corresponde a Portugal la posesión de Guinea, Azores, Cabo Verde y otras islas que se encuentren navegando de «Canarias para baxo contra Guinea». A Castilla corresponden la posesión de Canarias «e todas las otras yslas de Canarias ganadas o por ganar». Por el «Tratado de la Paz Perpetua», como fue llamado el de Alaçobas-Toledo, los soberanos de Castilla se comprometían a impedir que sus súbditos o extranjeros organizaran expediciones desde sus reinos para operar en la zona reservada a Portugal. «El monopolio y exclusividad obtenidos por Portugal —escribe Morales Padrón— es aprovechado para fundar en 1481 el castillo de San Jorge de la Mina, que aseguró el éxito mercantil de la empresa expansiva (oro). Allí convergía todo el comercio de las costas de la Malagueta, Marfil, Oro, Esclavos... La expansión descubridora lusitana la prosigue Diego Cao, que en 1482 alcanza la latitud 22° 10’S: ha descubierto el río Congo. Las crónicas guardan secreto sobre estas conquistas o las deforman, por la habitual política de sigilo. Ese mismo año de 1482-83 parece que Colón visitó el fuerte de la Mina, sito donde hoy se alza Cape Coast Castle (Ghana), procedente de Funchal, donde vivía con su esposa. Tenía unos treinta y tres o treinta y cuatro años y se disponía a entrar en España. Pintaba Ghirlandaio y actuaban en Europa Pico de la Mirándola y Savonarola. Años interesantes en la historia europea. El sucesor de Diego Cao, Bartolomé Díaz, vencerá el último obstáculo. Sale de Lisboa en 1487 y en 1488 dobla el Cabo Tormentario y de las Agujas, al que Juan II rebautiza con el nombre de Cabo de Buena Esperanza como augurio de la pronta arribada a la meta ansiada.»

La costa atlántica andaluza no le iba a la zaga a Portugal en cuanto a ansias descubridoras y leyendas sobre tierras desconocidas. En la misma Rábida conoció Colón a Pedro de Velasco, un piloto castellano que había participado en la expedición portuguesa de Diego de Teive en los tiempos de Enrique el Navegante. El viejo marino vino a confirmar su intuición de que más allá de lo descubierto existían otras tierras que esperaban la llegada de navegantes audaces. Según Las Casas, entre otras historias, le contó que pasada la isla de Fayal, después de haber navegado más de ciento cincuenta leguas impelidos por el viento noroeste, «a la vuelta descubrieron la isla de las Flores, guiándose por muchas aves que vian volar hacia ella, porque cognocieron que eran aves de tierra y no de la mar y ansi juzgaron que debian ir a dormir a alguna tierra.»


Colón emprende la búsqueda de protectores para su empresa

Protegido por los franciscanos del monasterio de La Rábida y dejando allí al pequeño Diego, Cristóbal Colón se encaminó hacia la trashumante corte castellana, que entonces tenía sus reales plantados en Sevilla. La campaña anual contra los infieles del reino moro de Granada acababa de terminar con la captura de Setenil y otros pueblos. Allí se encontraban los reyes y sus más poderosos vasallos.

Colón iba recomendado a don Enrique de Guzmán, segundo duque de Medina Sidonia, que gozaba fama de ser el hombre más rico de España y ejercía un vasto dominio feudal sobre el litoral andaluz con base en el puerto de Sanlúcar de Barrameda. Su poderío era enorme y su influencia decisiva. Se encontraba en perfectas condiciones de financiar a sus expensas la expedición colombina. Pero por razones que desconocemos, no quiso o no pudo ayudar al presunto descubridor.

Entonces Colón, siempre protegido y guiado por los franciscanos, buscó la protección de don Luis de la Cerda, quinto conde y primer duque de Medinaceli, descendiente directo del rey don Alfonso el Sabio. Recibió al navegante genovés en su feudo del Puerto de Santa María, escuchó atentamente la exposición que le hizo Colón de su proyecto y, al decir de Las Casas, «mandó dar todo lo que Colón decía que era menester, hasta 3 ó 4.000 ducados con que hiciese tres navios o carabelas, proveídas de comida para un año y para más y de rescates y gente marinera, y todo lo que más pareciese que era necesario; mandando con extraña solicitud que se pusieren los navios, en aquel río del Puerto de Santa María, en astillero, sin que se alzase mano dellos hasta acabarlos».

Los meses que pasó Colón en el Puerto de Santa María protegido por el duque de Medinaceli, al abrigo de toda necesidad y tratando con munificiencia, mientras veía crecer los navíos en los astilleros ducales, debieron ser para él de completa dicha. Las Casas nos dice que viviendo en contacto con los marineros del puerto, un marinero tuerto le contó que durante un viaje que había hecho a Irlanda «vio aquella tierra que los otros haber por alli conocian, e imaginaban que era Tartaria, que daba vuelta por el occidente».

Sin embargo, la empresa no se llevaría a cabo. Don Luis de la Cerda, tan vinculado y fiel a la Corona, debió sentir escrúpulos de tomar a su cargo una empresa semejante y se lo comunicó a la reina Isabel. Por lo menos así consta en una carta escrita de puño y letra del duque de Medinaceli al Cardenal de España fechada el 19 de marzo de 1493: «... como vi que era esta empresa para la Reyna, nuestra Señora, escrebilo a su Alteza desde Rota, y respondiome que gelo enviase; yo gelo envié entonces (...) su Alteza lo recibió y lo dio en cargo a Alonso de Quintanilla».

Aunque la cronología colombina resulta engorrosa y contradictoria, parece que la primera entrevista de Colón con los Reyes Católicos se celebró en el mes de enero en Alcalá de Henares. Algunos de sus biógrafos aseguran que Colón iba acompañado de fray Antonio de Marchena, el «estrellero» de La Rábida, pero otros lo niegan. Lo que sí está sobradamente comprobado es que el proyecto de descubrimiento se sometió a la Cancillería Real de Castilla de 20 de enero de 1486, pues a partir de esta fecha Colón se considera al «servicio» de la Corona. Precisamente aquel 20 de enero los reyes se encontraban en Madrid y parece que el aspiramente a descubridor volvió a ser recibido por ellos allí en el mes de febrero.

De Madrid, Colón pasó a Córdoba, que en aquel tiempo ocupaba una situación privilegiada por ser el cuartel general de la guerra permanente que se hacía al Reino de Granada. Allí se presentó a Alonso de Quintanilla, Contador Mayor de los Reyes. Por Oviedo sabemos que el prepotente Quintanilla «mandáuale dar de comer y lo necesario para una compassibilidad de su pobreza». Pero también le hizo conocer a los grandes funcionarios de la Corona y le presentó al «tercer rey de España», como se calificaba al omnipotente Pedro González de Mendoza, arzobispo de Toledo y cardenal de España. Políticamente desempeñaba el cargo que hoy llamamos de primer ministro o presidente del consejo de ministros. Pertenecía a la famosa casa de Santillana, era un gran protector de las artes y las letras, y por su cultura y talento disfrutaba de un elevado prestigio de hombre tolerante, flexible y perspicaz tanto en las cosas de la Iglesia como en las políticas mundanas.

La opinión de Madariaga a este respecto es que don Fernando y doña Isabel no conocieron personalmente a Cristóbal Colón hasta su llegada a Córdoba a fines de abril o principios de mayo de 1486, y añade: «No se sabe casi nada que pueda tenerse por cierto sobre esta entrevista histórica. Los tres personajes de ella tenían poco más o menos la misma edad: Fernando tenía treinta y cuatro años y dos meses; Colón no llegaba a los treinta y cinco; la Reina acababa de cumplirlos. La breve narración que debemos a Bernáldez viene a confirmar en lo esencial, a índole subjetiva y vívida del proyecto de Colón tal y como está interpretado en estas páginas sobre la base de observaciones directas y de escritos de la época.»

La «breve narración» de Bernáldez a la que se refiere Madariaga dice lo siguiente: «Asi que Cristobal Colon se vino a la Corte del Rey Don Fernando y de la Reyna Doña Isabel, y les hizo relación de su imaginación, a la cual (...) no daban mucho crédito, y el les platicó y dijo ser cierto lo que decia, y les enseño el mapa mundo, de manera que les puso en deseo de saber de aquellas Tierras.»

Lo importante, en todo caso, es que el proyecto colombino había entrado en «vías administrativas» y la Corona se interesaba por él. Lo demás dependía de muchas cosas y, en primer lugar, de la guerra contra los moros, que devoraba el tesoro real, y al decir el tesoro real también queremos decir del Estado, pues en aquel momento uno y otro se confundían en el patrimonio de la Corona.


Andanzas y vagabundeos de Colón por tierras de Castilla

Habían comenzado los años más duros del peregrinar colombino en torno a la trashumante corte de los Reyes Católicos, que más que corte era campamento militar y lugar de trabajo. Bien impresionados los reyes por la exposición que les había hecho Colón de su proyecto, aunque no convencidos como para decidir por su cuenta, hicieron lo mismo que Juan II de Portugal: someterlo a una comisión de técnicos que dictaminara sobre su viabilidad. La comisión estaría presidida por fray Hernando de Talavera, confesor de la reina y uno de los hombres más extraordinarios de la época. Según Las Casas, los reyes «acordaron de lo someter a letrados, para que oyesen a Cristóbal Colón más particularmente y viesen la calidad del negocio y la prueba que daba para que fuese posible, confiriesen y tratasen de ello, y después hicieren a sus Altezas plenaria relación».

Mucho se ha escrito y polemizado sobre la famosa comisión presidida por fray Hernando de Talavera y si tenía o no competencia para juzgar un proyecto como el colombino. Los más severos críticos fueron sin duda el propio Las Casas y Fernando Colón, los cuales escribieron después del descubrimiento. Sin embargo, un eminente investigador moderno, Morales Padrón, escribe al respecto: «La Junta se reunió en Salamanca y Córdoba, siguiendo el andar trashumante de la Corte, en cuyo séquito Colón iba. La Universidad salmantina no tuvo que ver nada con esta Junta, que desechará el proyecto colombino por sobradas razones: no admitiendo la estrechez que Colón pretendía darle al océano. No hay nada de ignorancia ni oscurantismo, como afirman Hernando Colón y Las Casas, sino todo lo contrario. Washington Irving ha sido el inventor de la leyenda sobre la Junta de Salamanca, olvidándose que en ella no se trató de la esfericidad de la tierra, sino de la anchura del océano, cosa en la cual los que objetaban tenían razón (1486). La leyenda sobre los pobres conocimientos de la Comisión arranca, como es de suponer, de Hernando Colón y Las Casas.»

En cuanto a la competencia de la Universidad de Salamanca para analizar el proyecto colombino, Salvador de Madariaga sale al paso de sus detractores con esta cumplida defensa: «Era entonces España uno de los mejores centros de ciencia cosmográfica de Europa, y la Universidad de Salamanca, lejos de ser un nido de oscurantistas ignorantes, contaba entre su profesorado a uno de los astrónomos judíos más grandes de la época, Abraham Zacuto, y había sido uno de los primeros institutos de la cristiandad en adoptar el sistema de Copérnico en sus aulas. La Universidad de Salamanca había asumido la edición y publicación de las Tablas Astronómicas de Alfonso el Sabio. El propio Las Casas, a pesar de su prejuicio, nos dice que la comisión estaba compuesta de astrónomos, cosmógrafos y navegantes juntamente con “filósofos”. El doctor Maldonado, gobernador de Salamanca, que era uno de sus vocales, también dice que contenía “sabios e letrados e marineros”. De modo que esta comisión, presidida por un hombre de tan alto espíritu y desinterés como Talavera, por fuerza tenía que ser competente.»

Si parece cierto que el virtuoso y paciente Talavera sentía algún escrúpulo ante el ambicioso aventurero genovés, no lo es que pusiera obstáculos y dilatase la resolución indefinidamente por malicia. El prior del Prado y más tarde obispo de Avila era demasiado escrupuloso y concienzudo para tales artimañas. Sin embargo, eran dos personajes más que diferentes, contrapuestos. En Talavera pugnaba la santidad, el desasimiento de las ambiciones terrestres, y en Colón la ambición y la gloria terrenal eran los principales espoliques.

Colón se lamentaría frecuentemente de la lentitud con que se trataba su caso y llega a decir: «Siete años estuve yo en su Real Corte, que a cuantos se fabló de esta empresa todos dijeron a una que era burla.» Y Las Casas escribe: «Comenzó a entrar en una terrible, continua, penosa y prolija batalla, que por ventura no le fuera tan áspera ni tan horrible la de materiales y armas, cuanto la de informar a tantos que no le entendian aunque presumian de le entender, responder, sufrir a muchos que no conocian ni hacian mucho caso de su persona, recibiendo algunos baldones de palabras que le afligian el alma.»

Muy pocos sabemos de las andanzas de Colón en Salamanca. Mucho se ha divagado si dio conferencias o no en el primer centro universitario y en el famoso colegio de San Esteban. La información ha sido difundida por algunos exaltados biógrafos de Colón, pero sin pruebas que aporten credibilidad. Sin embargo, es cierto que los dominicos del colegio de San Esteban le protegieron y allí hizo amistad con fray Diego de Deza, profesor de Teología de la Universidad y uno de los hombres llamados a desempeñar preeminentes cargos en la administración político-religiosa de su tiempo. Colón diría de él: «Siempre desque yo vine a Castilla, me ha favorecido y deseado mi honra.» Efectivamente, quien llegaría a sentarse en la silla primada de Toledo, no dejaría de proteger al futuro descubridor.

La comisión presidida por el jerónimo Talavera, celebró en Salamanca algunas sesiones para escuchar a Colón. No sabemos cuántas. Según Las Casas, los comisionados «platicaron con el dicho almyrante sobre su hida a las dichas yslas», pero «todos ellos concordaron que era imposible ser verdad lo que almyrante decya». Claro que el mismo autor se apresura a decirnos que Colón no aportó toda la información que poseía. Habló de las razones que justificaban su hipótesis y de las autoridades en que se apoyaba con más o menos vaguedad, «aunque callando las más urgentes porque no le acaeciese lo que con el rey de Portugal».

Así las cosas, nadie se explica el porqué Colón no fue despedido inmediatamente y siguió cobrando del erario público algunas sumas para su sostenimiento. Si Talavera era tan hostil como señalan sus primeros biógrafos, y todos los miembros de la comisión descalificaron el proyecto, nada más natural que alejarle de la corte y de la protección regia. Es más, ni siquiera se justifica que la resolución definitiva se demorase hasta 1490. Esto nos lleva a suponer que Cristóbal Colomo, como figura en los libros de asiento de la Contaduría real, contaba en la corte con importantes protectores que fueron dando largas al asunto. Quizás el más importante de todos fuera su reciente amigo fray Diego de Deza, que aquel mismo año fue nombrado tutor del príncipe don Juan, heredero del trono.

En 1487 la corte se trasladó al cuartel general de Córdoba para iniciar los preparativos de la Cruzada contra los infieles del Reino de Granada, objetivo prioritario de la Corona de Castilla por voluntad de la reina doña Isabel. Se sabe que Colón siguió a la corte a la base militar cordobesa por los asientos en las libros de la Contaduría, pero los cronistas Bernáldez, Pulgar y Valera tan puntillosos y notariales en dar fe de los sucesos y personajes que rodeaban a los soberanos, ni siquiera le mencionan. Pero sí a su amigo y protector fray Diego de Deza, que empezaba a ser una de las figuras más brillantes e influyentes en la cámara regia.


Conquista de Málaga

Las operaciones militares contra el reino de Granada empezaban todos los años en la primavera y terminaban en el otoño. Las de 1847 fueron singulares por muchos motivos. El objetivo de aquel año era la plaza fuerte de Málaga. A tal fin se reunió en Córdoba un poderoso ejército formado por las levas hechas en las ciudades andaluzas, las lanzas de la nobleza principal, y la caballería llegada desde todos los puntos de la península. Cuarenta mil infantes y doce mil caballos formaban el grueso del ejército que el 7 de abril partió de Córdoba bajo el mando de don Fernando. Según algunos cronistas, en la noche anterior a la partida se produjo un temblor de tierra en la ciudad que destruyó una parte de la residencia de los reyes y afectó a otros edificios.

El consejo de guerra de don Fernando había resuelto iniciar las operaciones con la conquista de Vélez Málaga, bastión importante en la defensa de la plaza principal. Se trataba de aislar a Málaga para que no pudiera recibir refuerzos de Granada. No obstante, El Zagal, sabiendo el valor estratégico de Vélez Málaga, acudió en su ayuda y trató de sorprender en una incursión nocturna a las huestes cristianas, pero fue cumplidamente derrotado por el marqués de Cádiz y tuvo que retirarse con sus fuerzas dispersas a través de las montañas.

Sitiada Vélez por mar y tierra, con la artillería dispuesta para aniquilar la plaza, prefirió capitular bajo las condiciones acostumbradas: seguridad para las personas y las haciendas, y el libre ejercicio de su religión. La rendición se produjo el 27 de abril de 1487. La caída de Vélez arrastró a una veintena más de pueblos que carecían de posibilidades defensivas.

Málaga no sólo era una plaza fuerte, sino una ciudad opulenta, con un puerto de mucho tráfico comercial y fáciles comunicaciones con Africa. En los siglos XII y XIII había sido capital de un principado árabe independiente y a la sazón sólo cedía en rango y poderío a la capital del reino granadino. Además, se hallaba bien preparada para resistir un largo asedio. En previsión de lo que iba a suceder habían sido reforzadas sus defensas con artillería y municiones; la guarnición normal se hallaba reforzada por los voluntarios de las ciudades inmediatas, y de Africa había llegado un cuerpo de guerreros mercenarios, los gomeles, que gozaban fama de valerosos y disciplinados. Al frente de la plaza El Zagal había puesto al noble Hamet Zelí, que se había consagrado como un militar de grandes recursos en la defensa de la ciudad de Ronda.

Pero los malagueños ricos no estaban dispuestos a jugarse su vida y sus haciendas en una batalla que daban por perdida. Además, sabían que tras la capitulación de Vélez la defensa de la bella ciudad mediterránea quedaba muy mermada. A la vista de esta situación, el rey don Fernando dio instrucciones al marqués de Cádiz para que se pusiera en contacto con los descontentos malagueños y les ofreciera las mejores condiciones para que se rindieran inmediatamente. Pero enterado Hamet Zelí de estos contactos, tomó medidas contra los desleales e hizo saber a don Fernando que no tenía tesoros suficientes para quebrantar su palabra de defender la plaza hasta el último reducto.

El asedio de Málaga duró casi cuatro meses. Don Fernando amenazó con reducir a la esclavitud a todos sus habitantes si no aceptaban las condiciones de las capitulaciones que les ofrecía. Hamet Zelí, por su parte, dio orden de castigar con la muerte cualquier conato de capitulación. El Zagal envió desde Guadix socorros, pero fueron diezmados y esquilmados por su propio sobrino, el joven rey de Granada, que buscaba con servilismo ganarse la confianza de los Reyes Católicos en vez de ayudar a los musulmanes que resistían en Málaga. La rendición se produjo por extenuación de las fuerzas defensoras el 18 de agosto de 1487. El valiente Hamet Zelí fue hecho prisionero y cargado de cadenas. Cuando le preguntaron por qué se había empecinado en tan terca defensa, respondió: «Porque recibí el encargo de defender la plaza hasta el último extremo; y si me hubiese visto auxiliado cual convenía, antes hubiera muerto que entregarme.»

Si no existen referencias de que Colón asistiese a la dura batalla de la conquista de Málaga, donde las armadas de Castilla y la catalanoaragonesa jugaron un importante papel, sí pudo asistir al triunfo de los Reyes Católicos. Pues en los libros de la Contaduría Real figura un asiento de Alonso de Quintanilla que dice lo siguiente: «27 agosto. En 27 de dicho mes di a Cristobal Colomo cuatro mil maravedis para ir al Real, por mandato de sus Altezas por cedula de Obispo. Son siete mil maravedis con tres mil que se le mandaron para dar ayuda de su costa por otra partida de 3 de julio.»

Allí el futuro descubridor de las Indias pudo contemplar uno de los espectáculos más dramáticos de la férrea política de los Reyes Católicos. Tal y como les había amenazado don Fernando, los vencidos musulmanes malagueños fueron reducidos a esclavitud. Se calcula que Málaga tenía entonces de once a quince mil habitantes, de los cuales una tercera parte debía ser transportada a Africa para ser canjeada por igual número de cautivos cristianos; otra tercera parte sería vendida para amortizar los gastos de guerra. Y el resto fue distribuido en presentes. Al Papa le enviaron un centenar de los mejores guerreros africanos para que los incorporase a su guardia. Doña Isabel regaló cincuenta doncellas moras a la reina de Nápoles y treinta a la de Portugal. También obsequió con presentes humanos a las damas de la corte. Los demás esclavos fueron distribuidos entre los nobles, caballeros y clases inferiores del ejército, según su categoría y méritos respectivos.

La conquista de Málaga representó un hito importante en el largo proceso de la Reconquista. La caída de Granada ya se daba como inevitable, y con ella el triunfo de la Cristiandad. Pero Colón recibió largas al asunto del descubrimiento. Los Reyes Católicos, que ya veían ondear sus banderas en las torres de la Alhambra, no estaban dispuestos a disipar su esfuerzo en empresas secundarias por muy sugestivas que resultaran a su imaginación.

Parece que en Malaga los soberanos hicieron saber al futuro almirante que su proyecto no podía llevarse a cabo de momento. Tal vez le dejaron entrever por sí o por sus intermediarios, Talavera o Deza, que el asunto no podría resolverse hasta terminada la guerra contra el Reino de Granada.

Aquellos años de vergonzante miseria debieron ser para el ambicioso Colón humillantes y dolorosos. ¿Qué le importaba a él formar parte del séquito cortesano y recibir de cuando en cuando pequeñas cantidades para aguantar miseria, cuando llevaba en su mente el fabuloso imperio de las Indias...? El fiel Las Casas nos dice: «Toda esta dilación no se pasaba sin grandes trabajos y angustias y amarguras de Cristobal Colon... Porque via que se le pasaba la vida en valde, segun los dias que serle necesarios para tan soberana y diuturna obra (que) esperaba hacer; y sobre todas (las causas) ver cuanto de su verdad y persona se dudaba, lo cual, a los de animo generoso, es cierto ser, tanto como la muerte, penoso y detestable.»

Tras aquella nueva moratoria debió regresar a Córdoba impulsado por el celo amoroso. De la vida amorosa de Colón apenas si existen huellas. Si el futuro almirante era en todo discreto y cauto, tan cauto que parecía ir borrando las huellas que iban hollando sus pies, de sus intimidades sólo conocemos los frutos. ¿Cómo conoció a Beatriz Enríquez, la madre de su hijo y biógrafo Fernando o Hernando? El hecho de que su propio hijo no mencione nunca a la madre ha contribuido a encerrar a esta mujer en un enigma difícil de desentrañar.


Leyendas e hipótesis sobre Beatriz Enríquez

De la primera mujer legítima de Cristóbal Colón, Filipa Moniz, se sabe lo suficiente para suponer que más que un matrimonio de amor fue matrimonio de conveniencias. Colón quería situarse en la corte portuguesa y lo consiguió por medio del enlace matrimonial de los Perestrello Moniz. Pero sus relaciones con Beatriz Enríquez son de naturaleza más íntima y pasional, ya que no se casó con ella, tal vez por conveniencias también, pero nunca se olvidó de ella ni de sus familiares.

Fernando Colón nació el 15 de agosto de 1488, en uno de los períodos más oscuros de la vida de su padre, cuando al decir de algunos historiadores el soñador de nuevos mundos vivía malamente, se ayudaba con la venta de libros y los brillantes cortesanos se burlaban de su capa raída y de sus fantásticos proyectos. La madre, Beatriz Enríquez, era cordobesa, tenía parentela y no falta quien asegura que uno de sus hermanos salvó al futuro almirante durante una riña nocturna. Tampoco faltan los que la tienen por dama noble y los que la consideran moza de ventorro. Esto último se alega para justificar que Colón no se casara con ella. Pero Madariaga, profundizando más, ha llegado a la conclusión de que Beatriz Enríquez, no era ni lo uno ni lo otro, sino simplemente judía conversa al igual que Colón. «Añádase —escribe el referido biógrafo— que el padre se llamaba Torquemada. Perfectamente, Torquemada. Ahora bien, este nombre, famoso en los anales de Inquisición, era el de una familia de conversos que había dado a la Iglesia española al ilustre cardenal de San Sixto, don Juan de Torquemada, de quien era pariente, por cierto, el famoso Inquisidor General; y aunque no basta este argumento para pensar que el padre de Beatriz perteneciese a esta familia, añade, no obstante, cierta verosimilitud a la hipótesis que haría a Beatriz Enríquez conversa. El último síntoma, y quizás el más significativo del ambiente converso en que todo este episodio ocurre, es la deliberada supresión del nombre de su padre por parte de Beatriz y de su hermano Pedro. Por frecuente que fuera en aquellos días el que los hijos de una familia escogiesen cada cual un nombre distinto, no lo era el que ninguno de ellos siguiese el paterno. Parece, pues, darse aquí cierta repugnancia de raza a adoptar el nombre del sañudo perseguidor de los conversos.»

La teoría de Madariaga es tanto más sugestiva por cuanto Beatriz tenía a la sazón dieciocho o veinte años mientras el futuro almirante caminaba por los treinta y seis, y entre los judíos conversos o sin convertir existía mayor libertad de costumbres que entre los cristianos. Por otra parte, no existe ningún indicio de que Beatriz fuera mujer venal. Su discreción y reserva han llegado hasta nosotros impenetrables.

Del amor que Colón la profesaba y de la confianza que tenía en ella hablan sus propios hechos y palabras. Al emprender el primer viaje no sólo la dejó a su hijo Fernando, sino que la confió también a Diego. En su cuarto viaje escribe a su hijo Diego: «A Beatriz Enríquez hayas encomendada por amor de mi, atento como teniades a tu madre.» A ella lega los diez mil maravedís de renta que le concedieron los Reyes Católicos por ser el primero en ver tierra, aunque ya sabemos que en este aspecto hizo trampa y abusó de su autoridad. Y, por último, en el codicilo al testamento de 1502, hoy desaparecido, establece esta cláusula: «Digo e mando a Diego, mi fijo, o a quien heredare que pague todas las debdas que dexo aqui en un memorial, por la forma que all dize, a mas las otras que juntamente parescera que yo deva, y le mando que aya encomendada a Beatriz Enríquez, madre de don Fernando, mi hijo que la probea que pueda bibir honestamente, como persona a quien yo soy en tanto cargo y esto se faga por mi descargo de la conciencia, porque eso pesa mucho para mi anima. La razon d’ello no es licito de la escribir aqui.»

En cuanto a las relaciones de Colón con la familia de Beatriz fueron más que normales, excelentes. Uno de sus primos, Diego, fue nombrado por el descubridor alguacil mayor de la primera flota. Y Pedro, su hermano, fue nombrado capitán de uno de los barcos con los que hizo el tercer viaje. Todas estas pruebas son suficientemente indicativas de que si no se casó con Beatriz no fue por desamor, sino por razones que se nos escapan.