IV. El Camino de Damasco
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Introducción
DIEGO Colón favoreció a Bartolomé de Las Casas con una extensión de tierras en La Concepción de la Vega. Era ésta una de las dos villas que el rey Fernando «adornó con títulos y privilegios de ciudades» por haber sido elevadas por el Papa Julio II a la categoría de diócesis. La ciudad era importante de por sí, pues en ella se efectuaban anualmente dos fundiciones del oro extraído en La Española.
El sacerdote
Es en este lugar donde Bartolomé de Las Casas desarrollará hasta 1512 su labor como doctrinero, una labor a la cual se dedicó con entusiasmo, pero que se veía interferida por su doble condición de clérigo y encomendero. Probablemente en 1512 recibió las órdenes como sacerdote, de manos de Don Alonso Manso, obispo de Puerto Rico. La ordenación constituyó un verdadero acontecimiento social, al cual acudieron Diego Colón y su esposa, acompañados de un numeroso séquito. La distinguida comitiva se había desplazado hasta la pequeña ciudad para presenciar la ceremonia y escuchar la misa cantada que oficiaría el flamante sacerdote. Esta misa-canto fue «la primera que se cantó nueva en todas estas Indias» y resultó «muy celebrada y festejada del Almirante y de todos los que se hallaron en la ciudad de La Vega que fueron gran parte de los vecinos desta isla».
En estos días llega a La Concepción el dominico fray Pedro de Córdoba para entrevistarse con Diego Colón, que permanecía allí. Aprovecha su estancia en la ciudad para dar un sermón en la iglesia local y al cual asiste Las Casas, quien luego escribirá «sermón alto y divino, e yo lo oí, e por oírselo me tuve por felice».
Una vez concluida la misa, el dominico pidió a los asistentes que le enviaran sus indios, pues era su intención predicar para ellos. Una vez reunidos los aborígenes, fray Pedro de Córdoba con un crucifijo en la mano y valiéndose de un intérprete empezó a hablarles de los fundamentos de la religión cristiana. El acontecimiento es de importancia relevante «porque aquel (sermón) fue el primero que a aquellos y a los de toda la isla se les predicó al cabo de tantos años». Bartolomé de Las Casas se siente impresionado por el modo en que el fraile logra atraer la atención de los indios y decide imitarlo. Y es así que dirá «como el siervo de Dios fray Pedro de Córdoba en la Iglesia de La Vega lo había principiado; a mí que esto escribo me ocupó algún tiempo este cuidado».
La voz que clama en el desierto
En 1510 hace su aparición en Indias la orden de los dominicos, que constituiría la vanguardia en la lucha por los derechos de los indios. Los primeros que llegaron a La Española fueron cuatro, de los cuales se conserva el nombre de tres de ellos: fray Pedro de Córdoba, un joven prior de 28 años de edad, «varón de noble linaje, pero más loable por su virtud»; fray Antón Montesino, «amador también del rigor de la religión, muy religioso y buen predicador» y fray Bernardo de Santo Domingo «poco o nada experto en las cosas del mundo, pero entendido en las espirituales, muy letrado y devoto». A esta primera avanzada siguió otra que aumentó su número a ocho miembros. Muy pronto los dominicos comenzaron a preocuparse por la triste situación de los aborígenes.
La víspera de un domingo de diciembre de 1512, los ocho miembros de la congregación elaboran un sermón y lo firman en forma conjunta, asumiendo de esa forma las consecuencias que se desencadenarían. Antón de Montesino fue el elegido para pronunciar el polémico sermón ante los españoles congregados en la Iglesia: «Para os lo dar a conocer me he sobido aquí, yo que soy voz de Cristo en el desierto de esta isla, y por tanto, conviene que con atención, no cualquiera, sino con todo vuestro corazón y con todos vuestros sentidos, la oigáis; la cual voz os será la más nueva que nunca oísteis, la más áspera y dura y más espantable y peligrosa que jamás pensasteis oír… Todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas dellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curallos en sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren, y por mejor decir los matáis, por sacar y adquirir oro cada día? ¿Y qué cuidado tenéis de quien los doctrine, y conozcan a su Dios y criador, sean baptizados, oigan misa, guarden las fiestas y domingos? ¿Estos, no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amallos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis, esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad, de sueño tan letárgico, dormidos? Tened por cierto, que en el estado que estáis, no os podéis más salvar, que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe de Jesucristo.»
La respuesta no se hizo esperar. Se levantaron voces de protesta entre los encomenderos y Diego Colón decidió tomar cartas en el asunto y obligar a desdecirse a «aquel fraile que había predicado tan grandes desvaríos». Con ese objetivo se presentó en el convento de los dominicos y exigió a Pedro de Córdoba que obligara a Montesino a desdecirse públicamente, pues el sermón atentaba contra la autoridad del rey en Indias. El prior contestó «que lo que había predicado aquel padre había sido de parecer, voluntad y consentimiento suyo y de todos los demás Padres, después de muy bien mirado y conferido entre ellos». Añadiendo que todo lo expuesto era «verdad evangélica y cosa necesaria a la salvación de todos los españoles».
Diego Colón insistió en la conveniencia de un segundo sermón que apaciguara los ánimos de la población, y Pedro de Córdoba prometió que el próximo domingo Montesinos hablaría a los fieles. La expectativa en la isla crecía, «unos a otros se convidaban a que fuesen a oír aquel fraile que se había de desdecir de todo lo que había dicho el domingo pasado». Sin embargo, grande fue la sorpresa de todos cuando Montesinos no sólo no se rectificó, sino que redobló sus severas críticas desde el púlpito. Inició su sermón con estas palabras: «Tornaré a referir desde su principio lo que el domingo pasado os prediqué, y aquellas mis palabras que así os amargaron mostraré ser verdaderas.» Reforzó sus argumentos y añadió los principios que deberían guiar a un buen cristiano:
1.° Las leyes de la religión deben anteponerse a los intereses de los particulares y del Estado.
2.° No existen diferencias raciales ante los ojos de Dios.
3.° La esclavitud y servidumbre son ilícitas.
4.° Se debía restituir a los indios su libertad y bienes.
5.° Se los debía convertir al cristianismo con el ejemplo.
Descontento real
Los encomenderos españoles no tardaron en escribir al rey denunciando la situación que a su entender ponía en peligro la tranquilidad de la isla. Según ellos los dominicos «habían escandalizado al mundo sembrando doctrina nueva, condenándolos a todos para el infierno porque tenían los indios y se servían dellos en las minas y los otros trabajos (predicando) contra lo que Su Alteza tenía ordenado, y que no era otra cosa su predicación sino quitalé el señorío y las rentas que tenía en estas partes».
Una vez enterado Fernando V envió a buscar al provincial de los dominicos de Castilla, el Padre Alonso de Loaysa, a quien puso al tanto de lo sucedido en La Española, quejándose de la actuación de los frailes que «le habdan mucho deservido en predicar cosas contra su Estado, y alboroto y escándalo de toda la tierra grande». El rey continuó con una velada amenaza de expulsión al recomendar a Loaysa «que luego lo remediase sino que el lo mandaría remediar». Viendo el enojo real, el responsable de la Orden prometió que sus frailes «conocerían su falta y enmendarían enteramente y remediarían lo dañado».
El Padre Loaysa escribe al Prior Pedro de Córdoba recomendándole que rectificara su conducta, pues existe el riesgo de expulsión de la Orden del Nuevo Mundo. «Acá —escribe— me han hablado sobre ciertas cosas que un Padre de los que allá están predicó… Mucho soy maravillado de ello, y no sé a qué atribuir esto… Os ruego que trabajéis con esos Padres en que cesen de predicar tales doctrinas, pues son escandalosas y aun de tal condición que, si se hubiesen de cumplir, no quedaría allá cristiano, y donde pensáis aprovechar dañáis acá y allá… Tened por cierto que a ningún fraile daré licencia para pasar allá hasta que el señor Gobernador me escriba de la enmienda que hobiéredes hecho en este escándalo que por acá tanto ha sonado… Y porque el mal no proceda adelante y tan grave escándalo cese, vos mando a todos y a cada uno de vos en particular, en virtud del Espíritu Santo y santa obediencia… que ninguno sea osado de predicar más en esta materia… Si alguno tiene escrúpulo de no poder hacer otra cosa, véngase, que en su lugar yo proveeré otro, porque no os traigan a todos.»
Varios consejeros reales, entre ellos el obispo Fonseca, aconsejaron a Fernando V la expulsión de los dominicos. Los encomenderos por su parte, decidieron enviar a la corte un enviado que subrayara su posición. La designación recayó en fray Alonso del Espinar, el prior de los Padres Franciscanos. Pedro de Córdoba y sus frailes sabían que su presencia en la Península se hacía imprescindible y deciden iniciar una colecta para sufragar el viaje del Padre Montesinos.
Dos frailes en la corte del Rey Fernando
Muy diferente fue el trato que los dos frailes, llegados de Indias, recibieron en la corte del rey Fernando. Alonso del Espinar llegaba precedido de importantes recomendaciones, ya que los encomenderos «escribieron al obispo de Burgos, don Juan de Fonseca, y a Lope Conchillos, secretario que todo lo gobernaba, en favor del dicho Padre, y al camarero real Juan Cabrera, del Rey muy privado, y a todos los demás que sabían para con el Rey poder ayudarle, y a los del Consejo Real que para las cosas de las Indias se juntaban». Sus cartas de presentación abrieron para el franciscano todas las puertas y fue escuchado con atención. En cambio, Antón Montesinos hubo de hacer largas antesalas, hasta que valiéndose de un ardid, burlando la guardia real, logró irrumpir en el despacho de Fernando V y expresó sus razones al monarca. Las palabras del dominico, el tañir de la otra campana, conmovieron a Fernando, quien decide convocar una junta para estudiar la situación de los indios. Comprende que la ambición de los encomenderos pone en peligro la colonización de las nuevas tierras y la vida misma de sus nuevos vasallos.
De esta junta reunida en Burgos, en 1512, y la posterior con sede en Valladolid, en 1513, saldría una nueva legislación para Indias, que aunque en la práctica fuera ignorada casi sistemáticamente, significaba un valioso avance de carácter humanitario, pues se reglamentaba la colonización, suavizando las condiciones de vida y de trabajo de los indios.
El «behique» Las Casas
Bartolomé de Las Casas permaneció ajeno a esta guerra de frailes y encomenderos, en sus tierras de La Concepción, alternando su tarea de doctrinero con las de la administración de su encomienda. Debió conocer, al igual que los demás colonos de La Española, las incidencias que rodearon al polémico discurso de Montesinos, pero su actitud no parece haber sido distinta a la de sus compatriotas.
En 1511 Diego Colón decide comenzar la exploración de la vecina isla de Cuba, desconocida hasta ese entonces. Le encarga dicha misión al capitán Diego de Velázquez (1465-1523), quien parte junto a 300 hombres en cuatro naves, desde el puerto de Salvatierra de Sabana, rumbo a Maici, provincia del este de Cuba.
A su llegada los españoles se encontraron con una desagradable sorpresa. El cacique Hatuey, quien huyó de Santo Domingo, luego de luchar junto a Cotubano contra los españoles, había organizado la defensa de la región, convirtiéndose en jefe de los caciques de la zona. Velázquez desembarca en el puerto de Las Palmas y se enfrenta a los indios en armas. La cruenta lucha se prolonga por espacio de tres meses, al término de los cuales los jefes indios, incluido Hatuey, han sido muertos.
Pacificada la región, la colonización exige la ayuda amistosa de los aborígenes. Para ello era menester vencer su hostilidad, y Velázquez decide recurrir a los servicios espirituales del sacerdote recién ordenado en La Concepción. En 1512 Bartolomé de Las Casas llega a Cuba en compañía de Paáfilo Narváez (1470-1528), que se convierte en el segundo de Velázquez, «de manera que después de él tuvo en aquella isla el primer lugar». Las Casas es nombrado consejero y predicador de la expedición, comenzando aquí su tarea misional. Muy pronto logrará el respeto y la confianza de los nativos, quienes lo llamaron «behique», nombre que daban a sus brujos.
María Rosa Pando Miranda escribe que «misioneros y fuerzas conquistadoras caminaban en avance constante, desbrozando caminos a través de espesuras donde la muerte acechaba de varias formas, conquistando tribus, enseñando el nombre de Dios y extendiendo el dominio de España». Gracias a la labor de Las Casas «conseguían los soldados abrirse camino pacíficamente entre las tribus hostiles». Ante la proximidad de los españoles los indios aguzaban sus flechas, pero bastaba que Las Casas, el «behique» bueno, enviara por delante a algún indio amigo, dando noticia de su llegada, para que los nativos le ofrecieran hospitalidad y salieran a recibirlo. Se maravillaban de ver a aquellos hombres extraños y esos monstruos, sus caballos, que mordían el aire y galopaban trepidando como truenos sobre la tierra.
Las Casas reúne a los nativos y les explica los fundamentos de la religión cristiana. Para su asombro, algunos ancianos exponen sus propias teorías sobre el origen del hombre y del mundo. El cielo, la tierra y todas las cosas criadas en ella, afirmaban, habían sido creadas por tres personas, las cuales habían venido de distintas partes. Las Casas trata de hacer coincidir las versiones cristianas con estas, y dice que estas tres personas son la Santísima Trinidad: «Yo les decía que aquellas tres personas eran un verdadero Dios en Trinidad.»
Los ancianos hablaban de un diluvio y del origen de la tribu. El mundo se había perdido por mucha agua; un hombre, sabiendo que habría de producirse una terrible inundación, construyó una nave grande, y se embarcó con su familia y muchos animales. Un día se embriaga con vino agrio de las parras monteses que había en Cuba y se duerme. Un hijo suyo que era malo, se burló de él, pero otro hijo, que era bueno, lo cubrió para que no tomara frío. El hombre, cuando despertó, castigó al malo y bendijo al bueno. «Los indios de esta tierra descendemos del hijo que se rió, por eso andamos desnudos y no tenemos sayos ni capas; vosotros, los españoles, procedéis del hijo bueno y por eso tenéis vestidos y caballos…»
Las Casas, cariñoso y tierno con los nativos, bautiza a los niños y promete el amor de Dios a aquellos que se conviertan al cristianismo. Su fama se extiende por la isla y logra hacer desaparecer la hostilidad que había en ellos. Se olvidan de los relatos terribles contados por los que habían huido de Santo Domingo, cansados de ser explotados por los encomenderos.
Ataque en Bayamo y sus represalias
El teniente Narváez al frente de 25 soldados se interna en la provincia de Bayamo. Los indios de la región deciden rechazar a los invasores. Durante la noche «despertaron despavoridos y atónitos, sintiéndose agredidos de improviso por una apretada multitud de indios que los cercaba en medio de una gritería pavorosa». Narváez logra montar su yegüa y arremete contra ellos, lo cual provoca la retirada de los atacantes. El caballo les produce pavor a los nativos.
Enterado Velázquez de lo sucedido reúne algunos efectivos, y con la compañía de Bartolomé de Las Casas salen en auxilio de Narváez. Pero la llegada de la prometida del capitán, doña María, dama de la Virreyna, modifica sus planes. Mientras tanto los indios de Bayamo, refugiados en Camagüey, desean volver a sus tierras y deciden pactar con los españoles. Para ello le solicitan al «behique» su perdón y protección. Agradecidos los indios le regalan a Las Casas y a Narváez unos sartales de rústicas cuentas «dellos por gran riqueza estimadas».
Pero en Caonao estallaría la tragedia. Los españoles llegan al pueblo y son recibidos con pan de yuca y pescado, «todo ello en una choza grande presto para ser servido. Los indios, unos dos mil, se agrupan alrededor de la plaza dominados por la curiosidad. Sin saberse bien qué pasó, pues los historiadores no tienen claro este episodio, los españoles atacan a los indios. «Exaltados por el temor de una sorpresa debieron creerse agredidos, y desnudando las recién afiladas espadas empezaron a repartir estocadas a derecha e izquierda, sin mirar a quién acometían. Unos mataban porque veían matar a los otros, y ninguno sabía la causa. La confusión fue espantosa, y los muertos innumerables; en un tiempo mínimo la plaza entera se llenó de heridos, de sangre, de lamentos» (María Rosa Pando Miranda).
Las Casas intenta desesperado impedir la matanza, pero los soldados no le obedecen. Un joven, de unos. 25 años, se refugia en una choza. Las Casas le dice que puede salir de ella, pues le asegura que nadie le hará daño. Pero unos minutos después es herido de muerte por un soldado. Logra llegar hasta donde está el sacerdote y éste lo bautiza. Enfurecido, Las Casas exige a Narváez que detenga a sus soldados.
Esta tragedia es conocida por los indios de la región, y abandonan sus pueblos en dirección al mar; temen que a ellos les pase lo mismo. Los españoles siguen avanzando, pero sólo encuentran aldeas desiertas y nada para comer. Una vez más, los conquistadores recurren a Las Casas. El es la única persona en la cual los nativos confían. Con la colaboración de un indio de La Española, fiel amigo del sacerdote, llamado Camacho, convencen a un joven nativo de las buenas intenciones de la expedición. Las Casas le regala una camisa y otras cosas, y el joven promete convencer a sus hermanos. Camacho le pone el nombre de Adrianico. «Fuése muy contento, afirmando que él cumpliría su palabra.» Días después, cuando el desaliento ya ha cundido en el campamento castellano, llega Adrianico acompañado por ciento ochenta nativos que desean llegar a un arreglo con los extranjeros. Adrianico y un hermano suyo quedan a disposición de Las Casas, sirviéndole como el viejo Camacho. A partir de ese momento los recelosos nativos comienzan a volver a sus pueblos y los españoles ven asegurado su alimento. Las Casas, mediador insustituible entre ambos bandos, se encuentra en una situación embarazosa, pues se le encargan las tareas pacificadoras, pero no se le consulta en el aspecto militar ni tiene autoridad entre los soldados. Teme que los indios piensen que es un «behique» malo.
Las «cartas» de las Casas
Los conquistadores se enteran por nativos venidos de la provincia de La Habana, que allí, en una aldea, están prisioneros tres españoles, dos de ellos mujeres. Calculan que por lo menos dicha aldea está a más de cien leguas y Las Casas recurre entonces a sus «cartas». Escribe en un papel y este es llevado por un indio amigo que sabe leerlo. Se dirige al cacique exigiendo que devuelva los prisioneros, pues si no «se enojaría mucho el Padre si en hacerlo tardasen». Las cartas eran para los indios algo mágico. «Que aquellos papeles contaran lo que sucedía en otras partes lejanas, los dejaba cavilosos y maravillados. A veces no se atrevían ni a tocarlas, otras las acercaban a sus oídos para ver si a ellos les decían algo, y al no percibir más que silencio los confundía todavía más» (Pando Miranda).
Las Casas se aloja en un pueblo llamado Carahatc, construido sobre las aguas; las chozas están levantadas sobre el agua mediante estacas que se afianzan en el fondo del mar. Dos semanas después llega una canoa con las dos mujeres cautivas. Están casi desnudas; sólo se cubren con algunas hojas. Las mujeres «no se hartaban de dar gracias al Señor». Cuentan que habiendo arribado a la isla cayeron en una emboscada. Los sobrevivientes fueron ahorcados en un árbol grande llamado ceiba. Y a ellas las perdonaron por ser mujeres.
Los españoles deciden rescatar al hombre que aún queda prisionero y que no ha sido devuelto como las mujeres. Recurren a las embarcaciones de los nativos y se dirigen a La Habana, a un lugar que luego se llamará Matanza, en recuerdo de los españoles muertos allí. Enterados de la proximidad de los extranjeros, las aldeas son abandonadas. Una vez más Las Casas recurre a sus cartas. Envía a los caciques de la región papeles en donde se consigna que los españoles no les harán daño. Estos, creyendo en la promesa del brujo bueno, se presentan (unos veinte) con diversas comidas con las cuales agasajar a los hombres blancos. Una vez más Las Casas se siente traicionado. Narváez, indiferente ante las promesas del sacerdote, hace detener a los caciques y los condena a ser quemados vivos. Las Casas pide perdón para ellos, y le amenaza con informar al mismo rey de semejante conducta. Durante dos días el teniente reflexiona sobre su decisión y finalmente, como escribirá Las Casas, cedió «más de miedo que de voluntad». Los jefes indios son liberados menos uno, posiblemente el más importante. Pero cuando llega Velázquez, éste ordena que sea puesto en libertad.
A todo esto el prisionero español aún no había sido rescatado. Las Casas, sabiendo ya en qué aldea se encuentra, envía una de sus cartas pidiendo que fuera bien tratado. Cuando se aproximan al poblado los recibe una comitiva compuesta por unos trescientos hombres, desarmados, y portando en calidad de regalo un cuarto de tortuga cada uno. Detrás de ellos llegó el cacique trayendo de la mano al español. El jefe indio dice que había defendido la vida del cautivo, pues otros jefes deseaban matarlo, y que lo había tratado como a un hijo.
«El español —Pando Miranda—, confirmó las palabras del jefe indio. Llevaba tres o cuatro años viviendo entre la tribu y casi había perdido el recuerdo de su idioma natal. En cambio había adquirido las costumbres indígenas con tanta naturalidad que constituyó por algún tiempo el amistoso regocijo de sus compañeros; se sentaba, se movía y hacía los mismos gestos que los indios.»
A orillas del Arimao
Diego Velázquez premió a Bartolomé de Las Casas por sus valiosos servicios en la colonización de Cuba, ya que «mucho había en aquellos caminos servido y trabajado, asegurando la mayor parte de aquella isla y excusando hartas muertes de indios». La recompensa consistió en una enorme extensión de tierra a orillas del río Arimao, en cuyas aguas se había hallado abundante oro, y que el sacerdote explotó en sociedad con Pedro Rentería. Las Casas dice de él que era «más dispuesto a las cosas de Dios y de la religión que para las del mundo, las cuales él tenía en harto poco».
Las tierras obtenidas eran buenas para la agricultura y ganadería, y los dos socios prosperaron rápidamente comerciando sus productos, llevados por mar, a Puerto Rico y La Española. Las Casas, dejando de lado su tarea misional, se dedica por entero a sus negocios y como el mismo dice «comenzaba a tener fama de codicioso».
Las Casas escribirá que «andaba bien ocupado y muy solícito en sus granjerías, como los otros, enviando indios de su repartimiento a las minas, a sacar oro y hacer sementeras, y aprovechándose dellos cuanto más podía, puesto que siempre tuvo respecto a los mantener, cuanto le era posible, y a tractallos blandamente y a compadecerse de sus miserias; pero ningún cuidado tuvo más que los otros de acordarse de que eran hombres infieles y de la obligación que tenía de dalles doctrina, y traellos al gremio de la Iglesia de Cristo».
Así recuerda sus andanzas por Cuba, el futuro protector de los indios. Bataillon y Saint-Lu subrayan que no hay que «perder de vista que se trata de memorias escritas con una distancia de años (casi medio siglo) y sin duda un poco adornadas». Es posible que Las Casas, durante bastante tiempo, no entendió realmente el carácter de la conquista, en manos de personajes como Narváez, hombre desprovisto de cultura y sin experiencia en una tarea de tal envergadura. En diferentes ocasiones señala «su propia ceguera» (Bataillon y Saint-Lu).
Los dones de los injustos
En 1514 los socios deciden ampliar sus negocios y Pedro de Rentería se traslada a Jamaica para tramitar la importación de víveres que escaseaban en Cuba. En esos mismos días llegan a la isla tres misioneros dominicos de La Española: Gutiérrez de Ampudia, Pedro de San Martín y Bernardo de Santo Domingo. El encuentro entre los recién llegados y Las Casas será de fundamental importancia, ya que será la causa del brusco giro que dará a su vida el sacerdote-encomendero. Los dominicos lo ponen al tanto de sus esfuerzos, tanto en Indias como en España, para conseguir el bienestar de los aborígenes, y Bartolomé se plantea concretamente el sentido de su misión. Era un sacerdote, no un comerciante ávido de riquezas, y en las próximas Pascuas lo demostraría.
Sabiendo que Velázquez se hallaba en Santi-Spiritus, se dirigió hacia allí con la intención de oficiar la misa de Pascuas. Una vez instalado en la ciudad comenzó a preparar su sermón. Al abrir La Biblia, en el libro del Eclesiastés, su atención se concentra en el capítulo 34, donde lee: «Un sacrificio inicuo es una ofrenda manchada y las expiaciones de los impíos no son agradables. El Altísimo no agradece los dones de los injustos, ni mira sus ofrendas. Ofrecer un sacrificio con los bienes de los pobres, es como sacrificar un hijo ante los ojos de su padre. El pan de los pobres es su vida; el que se lo quita es un asesino. Tomar el pan ganado con sudor es como matar a su prójimo. Privar al trabajador de su salario es como verter su sangre.»
Las Casas hace doce años que está en el Nuevo Mundo, y al fin, como San Pablo, encuentra su «camino de Damasco», y se decide a recorrerlo hasta las últimas consecuencias. Su sermón, al igual que el de Montesinos, describe con hondo dramatismo las muchas situaciones de injusticia a las que se veían sometidos los indios, infieles que deben ser bautizados y personas que deben convertirse en vasallos.
Su sermón provocó malestar, pero los dardos contra él iban destinados no tanto a los argumentos expuestos desde el púlpito, sino hacia el derecho que asistía a éste para formularlos. ¿Acaso el mismo no era un encomendero? ¿Cómo se podía atacar lo que se practicaba? La contradicción era evidente, pero Las Casas estaba dispuesto a terminar con ella. Necesita dar el ejemplo, necesita cortar toda relación personal con la encomienda y dedicarse por entero a proteger a los indios. Recuerda con tristeza la campaña de Cuba, cuando bautizaba a algunos agonizantes indios, a la vez que se veía incapaz de defenderlos.
La renuncia
Las Casas visita a Diego Velázquez y decide renunciar en él los indios y no tenerlos a su cargo más, por eso que los tuviera por vacuos e hiciese de ellos su voluntad. Ha dado el primer paso, del cual no se volverá atrás. Dedicará 52 años de su vida, de manera incansable, insobornable, apasionada, a los derechos de los indios.
Velázquez se mostró muy sorprendido e intentó disuadirlo con estas palabras: «Mirad padre, no os arrepintáis, porque por Dios que os querría ver rico y prosperado, y, por tanto, no admito la dejación que hacéis de los indios; y porque mejor lo consideréis, yo os doy quince días para bien pensarlo, después de los cuales me podréis tornar a hablar lo que determinaréis.» Inútiles fueron los argumentos de Velázquez. Las Casas replicó: «Señor, yo recibo gran merced en desear mi prosperidad con todos los comedimientos que vuesa merced me hace; pero haced, señor, cuenta que los quince días son pasados, y plega a Dios que si yo me arrepintiere de este propósito que os he manifestado y quisiera tener los indios o por el amor que me tenéis quisiérais dejármelos o de nuevo dármelos y me oyéreis, aunque llore lágrimas de sangre, Dios sea el que rigurosamente os castigue y no os perdone este pecado.»
Acto seguido suplicó a Velázquez que mantuviera en secreto su decisión y que no entregara sus indios a nadie hasta que regresara su socio y amigo Pedro de Rentería de su viaje a Jamaica: «Sólo suplico a vuestra merced que todo esto sea secreto y los indios no los deis a ninguno hasta que Rentería venga, porque su hacienda no reciba daño.»
Secreto revelado
Las Casas envía una carta a su socio, urgiéndole que regresara a Cuba, pues «tenía determinado de ir a Castilla por cierto negocio de gran importancia». Era su intención aguardar el regreso de Rentería para anunciar públicamente lo acordado con Velázquez. Sin embargo, los acontecimientos se precipitaron y se vio obligado a adelantar sus proyectos. Las críticas adversas se sucedían, todas ellas dirigidas hacia su doble condición de enjuiciador-encomendero. Decide presionar y salirles al paso.
En la fiesta de la Asunción pronuncia un sermón, en donde luego de atacar el régimen de encomiendas, ratificó su opinión, diciendo que «por conocer el peligro en que vivía, había dejado los indios». Inmediatamente dirigió su palabra a Velázquez, que se hallaba presente, y dice: «Señor, yo os doy licencia para que digais a todos los que quisiereis cuanto en secreto concertado habíamos». La sorpresa del auditorio fue enorme: «Quedaron todos admirados y aún espantados de lo que les dijo, y algunos compungidos y otros como si lo soñaran, oyendo cosas tan nuevas como era decir que sin pecado no podían tener los indios en su servicio.»
Finalmente regresó Rentería, y Las Casas lo puso al tanto de las novedades. Su socio escuchó conmovido el relato y coincidió con él: «Yo—dice Rentería—, he pensado algunas veces en las miserias y angustias y mala vida que estas gentes pasan, y como todas cada día, igual que en La Española, se consumen y acaban, hanme parecido que sería piedad ir a hacer relación al Rey de ello, porque no debe saber nada, y pedirle que al menos nos diese licencia para hacer algunos colegios donde los niños se criasen y enseñasen…»
Emocionado por la comprensión del amigo, y de que coincida con él, Las Casas dice: «Pues sabed, señor y hermano, que no es otro mi propósito sino ir a buscar el total remedio de estos desventurados.»
Rentería termina la entrevista, diciendo, «Padre, que no yo, sino vos habéis de ir, y conviene que vayáis a Castilla y representeis al Rey todos los males y perdición de estas gentes que acá pasan, y que dijereis como letrado. Para ello tomad nuestra hacienda y de todo lo que yo en esta carabela traigo, y háganse dineros los que se pudieren hacer, y llevad con que podáis estar en la corte todo el tiempo que fuere necesario para remediar estas gentes. Y Dios, Nuestro Señor, sea el que siempre os encamine y ampare».
Antes de embarcarse rumbo a la Península, Bartolomé de Las Casas se dirigió a La Española en donde se entrevistó con el prior de los dominicos, Pedro de Córdoba, a quien manifestó el propósito que lo llevaba a la metrópolis. El dominico lo escuchó con interés y con agrado, pero advirtió a Las Casas de las dificultades con las cuales se debería enfrentar. Eran conocidos los intereses que defendían el obispo Fonseca y el secretario Conchillos. El primero poseía en La Española 800 indios de repartimientos y otros tanto en Cuba, Jamaica y Puerto Rico; por su parte, Conchillos era dueño de importantes tierras con repartimientos de indios en las tierras recién conquistadas.
Las Casas escuchó las razones de fray Pedro y sin arredrarse le dijo probaría «todas las vías que pudiere y me pondré a todos los trabajos que se me ofrecieren por alcanzar el fin de lo que he comenzado, y espero que nuestro Señor me ayudará, y cuando no lo alcanzase habré hecho lo que debía, como cristiano. Vuestra Reverencia me encomiende a Dios y haga siempre encomendar».
En septiembre de 1515, Bartolomé de Las Casas, se embarca rumbo a Sevilla en compañía de Antón Montesinos.