III. Madrid, París y Una Breve Luna De Miel
De Mienciclo E-books
Introducción
MADRID era en 1800 el centro del mundo, su ombligo. España, dueña del más importante imperio colonial, no sospechaba que su ocaso estaba próximo. La clase dirigente prefería ignorar la auténtica situación dedicándose a los placeres mundanos. Simón Bolívar se instaló en casa de un influyente tío, que rápidamente le introdujo en el seno de los más selectos ambientes hasta llegar a la corte. El joven criollo no tardó en adaptarse a su nueva vida y demostrar cualidades de hombre mundano que le convierten en motivo de atención de la aristocracia madrileña.
Es de imaginar el cambio operado en el adolescente: de la quieta Caracas provinciana a la ruidosa y esplendorosa corte española. El noble americano atraviesa los jardines de Aranjuez, participa de los juegos con el mismísimo príncipe. La reina observa con simpatía junto a otras damas, pero de pronto Bolívar golpea al príncipe al efectuar un mal tiro de croquet. El futuro Fernando VII se enfurece y casi se trenzan en lucha, cosa que la reina impide.
Bolívar habita en la casa de uno de sus ricos parientes, el marqués de Ustariz. Este personaje, que es un notable estudioso de la filosofía y de la historia, percibe en su sobrino una perspicaz inteligencia. Capta inmediatamente la educación que ha recibido e intenta contrarrestarla llenando aquellas lagunas de conocimiento que el desprecio de Rodríguez por los métodos pedagógicos escolásticos había provocado. Es así como Bolívar perfecciona su gramática, corrigiendo su escritura plagada hasta entonces de errores ortográficos.
También el tío trata de combatir su radicalismo, y le informa de las intenciones españolas de dar más participación y libertad a sus colonias en la vida política. Fomenta en él la tolerancia, asegurándole que los cambios bruscos sólo producen mayores penurias a los pueblos que los intentan. El joven duda; los intereses contrapuestos de su noble pariente y su preceptor le sumen en una aguda crisis ideológica.
El amor en el jardín
Una tarde en que Bolívar volvía de cabalgar por las cercanías de la casa de su tío, creyó ver paseando por el jardin de la residencia a una hermosa joven, que luego cuando fueron presentados supo que se trataba de María Teresa del Toro, hija de un noble venezolano. Según una miniatura de época, era alta y delgada, con largos rizos que caían sobre sus hombros.
Impresionado Simón por la joven, y sabiéndose correspondido, envía una carta a su tío Feliciano Palacios solicitándole la autorización para desposarla. El padre de ella impone un plazo de un año para que la unión se concrete. Simón se siente feliz, plenamente feliz por primera vez en su vida.
Un acontecimiento inesperado, sin embargo, le obliga a abandonar España y a marchar a Francia. Cerca de la Puerta de Toledo, Bolívar cabalga a galope tendido: el frío viento le azota la cara; de pronto advierte que un grupo de jinetes se lanza en su persecución. El joven fustiga a la cabalgadura, pero pronto le dan alcance y le rodean. Es una patrulla de guardias que intercepta su paso y pretende registrar las alforjas que lleva consigo. Esto indigna al joven americano, que reacciona violentamente increpando a los guardias. Desenvaina su espada y da a conocer su origen y relaciones. Finalmente, el asunto se arregla, pero sus familiares y amigos le aconsejan abandonar Madrid hasta que el episodio sea olvidado. Con dolor, por tener que abandonar a María Teresa, un atardecer de octubre de 1801, Simón Bolívar resuelve marcharse a París.
París le recibe en plena efervescencia. Un nombre está en los labios de todo el mundo: el del cónsul Napoleón Bonaparte. Esos días quedarán grabados en el joven venezolano de dieciocho años de edad. Apenas se publica el Código napoleónico, el futuro libertador lo lee con atención. Redactado por Jean Jacques Cambacéres, este Código refleja la nueva situación existente en el mundo después de la revolución francesa. El orden feudal sufre un feroz golpe. Un historiador contemporáneo francés dirá que Napoleón lleva la contrarrevolución en la espada, pero en las alforjas la revolución. Los derechos del hombre, o al menos algunos de ellos, son oficialmente reconocidos. Crueles leyes de la monarquía de Luis XVI son ignoradas, y ciertos hechos dejan de ser delitos. Bolívar siente la más sincera admiración por Napoleón: ve en él al representante de los ideales que le ha inculcado su preceptor. Siente que la emancipación americana es posible en este nuevo mundo que nace.
Pero su estancia en París le resulta penosa, aunque está interesado en el proceso político francés. Su corazón le empuja a retornar a España para reunirse con María Teresa. Cumplidos los requisitos legales respecto a la autorización de su tutor y del padre de su prometida, y con la venia real y eclesiástica, Bolívar recibe a su novia en matrimonio ante Dios y los hombres vistiendo el uniforme militar.
Corta luna de miel
Los dos jóvenes parten rumbo a Venezuela. Es un día diáfano. La tierra se perfila a lo lejos. En los brazos de Bolívar se cobija su esposa.
Los senderos de San Mateo, sus ondulantes palmeras, los ven transitar en plácidas caminatas. Las montañas de los valles de Aragua son mudos testigos de su amor. Pero la vida privada de uno de los hombres más notables de América está signada por la inestabilidad, por pérdidas irreparables. María Teresa muere al año de su llegada a Venezuela, víctima de una fiebre tropical. A los diecinueve años, Bolívar enviuda. Este duro revés le trastorna. Se desentiende de sus asuntos y se recluye en su hacienda. La presencia de su hermano logra arrancarle de su postración. Bolívar le encarga la administración de sus bienes y parte nuevamente rumbo a España.
La historia se habrá preguntado repetidas veces qué hubiera sido de la vida del futuro libertador sin este desdichado suceso. Quien, en todo caso, le hubiera reemplazado. Simón Bolívar diría más tarde:
Sin la muerte de mi mujer no hubiera hecho mi segundo viaje a europa, y es de creerse que en caracas o en san mateo no me hubieran nacido las ideas que adquirí en mis viajes. la muerte de mi mujer me puso muy temprano en el camino de la política y me hizo seguir después el carro de marte en lugar de seguir el arado de Ceres.
Pero pensemos, si así nos acomoda, que este hombre había sido elegido por la historia. Desde joven recibió una educación que, para la época, puede ser considerada revolucionaria. Su magnífica posición social le permite acceder a placeres, pero también conocer los vericuetos del poder, y recorre el mundo como un embajador de un imaginario país. Se identifica con Europa, pero América surge en él como una patria que desea poderosa e independiente. Es que las patrias son como las madres que nos crían. Pero hay otro factor que influye: poderoso en América, en el Vaticano es considerado por el papa como un joven indiano, como un ciudadano de segunda categoría. Las humillaciones no pueden ser perdonadas por este hombre indómito, acostumbrado a galopar por imperios sin límites y a ser mirado por sus esclavos como un dios. Hay otro factor que le empuja a evadirse del marco de lo hogareño y de los negocios privados: su preceptor le inculcó que el mundo podía cambiar, y había visto a Napoleón, aclamado por el pueblo, encabezar una verdadera cruzada.