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III. Los Primeros Pasos

De Mienciclo E-books

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Contenido

Introducción

Mariano José de Larra. Retrato hecho por Palmarolli.
Mariano José de Larra. Retrato hecho por Palmarolli.


TIENE Larra dieciocho años cuando publica su primer escrito. Lo ha leído antes en la tertulia del duque de Frías, una de las muchas de un Madrid literario que vive el Romanticismo mucho más como una moda que como un universo arraigado y profundo. Todavía no ha surgido la gran generación —Larra, Espronceda...—. Son tiempos de preparativos, hora de espera. Su primer escrito «público» es —no podía ser de otro modo— un poema: «Oda a la Expresión primera de las Artes Españolas»:

Dormía españa entre recientes lauros,
y el brazo fatigado descansaba
que en la cruel contienda al torpe galo
rechazara con fuerza vengadora


Versos impersonales. Ejercicio de estilo casi. Estrena Larra su vocación como poeta, siguiendo así también una especie de rito romántico al que cede. Pero más que de un romántico estricto, aquellos versos parecen de un ilustrado. No es la pasión juvenil de un amor imposible, ni el grito rebelde de un muchacho airado el que alienta en aquellos iniciales —y más bien mediocres, todo hay que decirlo— versos larrianos. Es «lo otro» y no uno mismo su protagonista. Es el progreso, al que Larra venera con la razón, y no un sentimiento tembloroso quien vive como centro en aquella oda prolija. Larra se inicia como escritor, olvidándose de sí mismo y contando el mundo. He ahí todo un anuncio: en aquellos ejercicios estilísticos, poéticos, se adivina ya lo que Larra quiere ser, esto es, un escritor hacia afuera, un crítico.

Por el momento, sin embargo, es poeta en un Madrid de poetas, como otros muchos, sin demasiada relevancia ni estatura propia. Seguirá Larra escribiendo versos en todos los cuales su yo está alejado: versos a las cosas que ocurren. Su yo, estará presente, sin embargo, en el periodismo, en los papeles efímeros de los diarios madrileños. Y lo estará cada vez más en su último período de escritor, donde se vaciará ante los otros sin apenas pudor, protagonizando una autoconfesión implacable, despiadada, esa sí —al fin— dramáticamente lírica, aunque sea la prosa más cáustica su vehículo literario. Tal inversión es, sin duda, una de las claves básicas para entender a Larra. Los versos que inician su carrera no significan nada más que el anuncio de su propio universo. Poco tardará en dar con él y proponerlo al mundo.


El duende satírico del día

Poco tiempo, sí, porque todo va a ir muy aprisa, sin apenas respiro. En 1828 decide Larra convertirse en editor de sí mismo y sacar a la calle sus primeros folletos, cuando cuenta diecinueve años: «El Duende Satírico del Día» es el título de la publicación que escribe sólo él, desde la primera hasta la última línea. Seis cuadernos de letra apretada ven la luz. En «El Duende y el librero», dentro del primer cuaderno, fechado en enero o febrero de 1828, el propio Larra habla de sus intenciones con una lucidez extraordinaria:

Saldrán, sí, de la oscuridad, unas cuantas hojas que escribí días pasados y dios quiera que no me tenga que arrepentir; si, como es regular, me sigue el humor, publicaré otras cuando me acomode o pueda, por artículos sueltos; si no, allí se quedará donde a mí se me acabe el gusto.»

Sin periodicidad fija, cuando el material o el momento lo aconsejan, «El Duende Satírico del Día» va dejando por el Madrid fernandino las agudas observaciones de Larra, su mordacidad en ciernes, su capacidad para describir figuras y situaciones, cuadros y costumbres. Allí está, en embrión, todo el Larra que luego será plenitud. Incluso estilísticamente las páginas de su primer folleto anuncian lo que será, andando el tiempo, el «tono» de Larra: tendencia al diálogo con personajes políticos, introducción de una historia en medio del artículo que sirve como ejemplificación de la tesis, etc. «El Café», publicado en el primer número de «El Duende», podría perfectamente pasar por un artículo de costumbres de la época posterior y madura de nuestro autor. Sin embargo, Larra entendió la aventura de «El Duende» como una continuación de su aprendizaje, como una especie de ensayo y, por ejemplo, no incluyó ninguno de los textos de entonces en su Recopilación de artículos de 1.835. «El Duende Satírico del Día» fue así para Mariano José de Larra un período aún juvenil, ensayístico. Pero en ese ensayo se adivina ya el futuro, porque hay una evidente continuidad en Larra como escritor, que va más allá de sus cambios de humor, de su creciente escepticismo o de su no menos creciente frustración española.


«El Duende» fallece

Sea como fuere «El Duende» muere víctima tanto de la censura como de un público todavía no demasiado receptivo a la sutil ironía de Larra. Y es que no puede soslayarse el contexto donde surge aquel Duende, que puede ser satírico de bastantes pocas cosas, que debe necesariamente caminar con cuidado. En efecto, la salida a la luz de «El Duende» coincide con el esplendor de Calomarde al frente de las riendas del poder. Censura áspera; ataque sistemático a las ideas liberales, horas de terror y furor absolutista: en 1826 —aún— ha tenido lugar en Valencia la dramática celebración del último auto de fe que conoce la Historia de España. Los llamados apostólicos ponen en cuestión, incluso, la supuesta moderación de los absolutistas fernandinos y en 1827 se produce la revuelta catalana de los «malcontents» o agraviados. Surgimiento tenso del carlismo como opción de poder ante la falta de descendencia de Fernando VII. A Larra le duele España ya en las páginas temblorosas y juveniles de «El Duende». Pero le duele, sin papanatismos, con lucidez, quejándose de la indiferencia española ante el progreso y el lamentable atraso en que se halla inmerso el país. Son las palabras de siempre en los labios de los de siempre.

Larra es objetivo más allá de los fáciles sentimentalismos liberales o de los clichés progresistas de los románticos que siguen la moda sin firme convicción. En «El Café» —espléndido cuadro costumbrista trazado por un muchacho de diecinueve años— un liberal airado se expresaba con fácil patetismo:

¡oh, si hablo! y dijera más si no me llamare mi obligación (...). amo —siguió —, amo demasiado a mi propia patria para ver con indiferencia el estado de atraso en que se halla; aquí nunca haremos nada bueno... y de eso tiene la culpa... quien la tiene... sí señor... ¡Ah!, si pudiera uno decir todo lo que siente; pero no se puede hablar todo... no porque sea malo, pero es tarde y más vale dejarlo... ¡Pobre España!... Buenas noches, señores.»

¿Se queda ahí Larra? «¡Pobre España!» ¿Grito enfático del airado y temeroso liberal que guarda silencio, descubriendo su desesperación ante el atraso de la Patria? Larra va más allá. Se pregunta qué hay detrás de esas palabras, quién es el sujeto, cuál es su credibilidad. Y, analizando, observa la hipocresía que se esconde detrás de quien se lamenta con mucha más agresividad que razón. A sus diecinueve años recién cumplidos, Larra ha aprendido ya a no dejarse apabullar por las grandes gentes, a bucear, en suma, por debajo de las palabras altisonantes. El hombre de «El Café» resume, en clave literaria, no sólo la lucidez del Mariano José de Larra adolescente, sino también su pasión por hallar las causas de las cosas. Todo menos practicar, desde sus inicios, el patriotismo fácil y verbal.


Contra tirios y troyanos

El «¡Pobre España!» de Larra es, pues, mucho más complejo y doloroso. Ahí está ya todo el Larra maduro, quejándose de unos y otros, pretendiendo ser objetivo y lúcido más allá de cualquier apariencia por muy hermosa y revolucionaria que fuera. Mariano José de Larra es, desde sus comienzos, un personaje que huye de las etiquetas, que no se asusta ante las contradicciones, sino que sale a su paso indagando entre ellas. Es un hombre que sospecha de todo porque sabe, desde muy joven, que sólo quien sospecha de las apariencias puede darse de bruces con la verdad, siempre huidiza.

Larra nace, pues, como escritor público en una hora de múltiples dificultades, en la que hablar claro y alto es una imposible tarea. Debe así huir de la alusión directa, de la crítica abierta, condenado a un estilo ambiguo, lleno de claves para una lectura entre líneas. Y en 1829, enmudece: la censura, la autocensura y el escaso furor del público, todo condiciona el silencio. El país se halla en un momento crítico: la espera que significa la salida al absolutismo con la desaparición de Fernando VII. Tres años de silencio mantendrá Larra como editor y escritor de folletos: los que van, en definitiva, desde la muerte de «El Duende Satírico del Día» al nacimiento de «El Pobrecito Hablador». ¿Cuál va a ser, empero, su actividad y su discurso vital en esos tres años? Hay algo, de momento, que va a cambiar la perspectiva de Larra: el mismo 1829 en que desaparece «El Duende», Mariano José contrae matrimonio con Josefa Wettoret y Velasco. Cuenta a la sazón veinte años. Larra, hijo único, que vive en Madrid solo, con sus padres a muchos kilómetros, sin familia pues y sin hogar, ha caído en la tentación de un matrimonio temprano. Su desbordada pasión, su misma soledad acuciante le han llevado a aquella boda a pesar de las dificultades económicas por las que atraviesa, su incierto futuro y un sinfín de argumentos en contra. Pepita Wettoret, su mujer, es más bien una dama de corte tradicional, incapaz de asumir la rebelión de Larra, y el fuego inicial de la pasión va desapareciendo lenta, gradualmente, en el contraste de la vida diaria, monótona, sin grandes novedades con los sueños casi adolescentes.


El matrimonio: primer fracaso

A Larra —español en eso como en tantas otras cosas— le quema el hogar, fuente de frustraciones, y sale a la calle a liberarse. La calle es la compensación, la sorpresa (una sorpresa momentánea de la que no tardará mucho en hastiarse), el encuentro con los otros, la charla, la tertulia. Hora de cafés, Larra vive momentos de esplendor en El Parnasillo, la famosa tertulia del café del Príncipe que Azorín bautiza como «el solar del Romanticismo castellano», y del que Larra dirá —1832— que era «reducido, puerco y opaco». En 1831, nuestro hombre es ya un habitual contertulio. La infelicidad conyugal, que Larra se ha labrado a pulso con su propia inmadurez, agudiza aún más su ironía, su mordacidad.

Mariano José se dedica por entero al teatro como adaptador y autor de comedias. Es una manera honrosa de vivir, de seguir viviendo. Padre ya —en 1830 ha nacido su primer hijo, Luis Mariano, que será luego un mediocre escritor—, Mariano José de Larra estrena en 1831 dos adaptaciones de Scribe: No más mostrador y La madrina, que firmará con el seudónimo de Ramón de Arríala, que utilizará profusamente para estos menesteres de comediante. No más mostrador, basada en una pieza en un acto de Scribe, introduce en el teatro de la época una de las grandes preocupaciones larrianas: el análisis — aquí con personajes de ficción, en sus escritos, más riguroso— del pseudoaristocraticismo de los burgueses enriquecidos, la conducta casi grotesca de una clase social (la incipiente burguesía de comerciantes, etc.), sin otra referencia que las capas altas de la población a las que trata de imitar a menudo con gestos torpes y casi cómicos. Muy por encima de la obrita de Scribe que toma como pretexto «Les adieux au comptoir», No más mostrador, cuyo estreno tuvo lugar en el histórico Teatro del Príncipe, fue acompañada de un éxito si no resonante, sí más que mediano. Larra era ya en 1831, pues, un escritor reconocido, un autor de prestigio, aunque éste se redujera mucho más a los círculos, relativamente estrechos, del Madrid literario que al gran público. Dicho con otras palabras: Larra todavía no es Fígaro. Pero está en el camino de serlo, a un paso casi de su éxito definitivo.


La esperanza liberal y el horizonte sucesorio

Pero Fígaro no va a ser sólo el cáustico comentarista del atraso español, el lúcido testigo del acontecer político o el mordaz crítico de teatro. Fígaro va a ser, al mismo tiempo, un hombre al que se le van agotando las esperanzas ante el espectáculo de una vida que pierde su sentido y una España que olvida el horizonte de la modernidad. Y ese Fígaro que aún no ha nacido, pero apunta ya en esos años —1830, 1831— está ya presente en muchas de las circunstancias: es en 1830, en efecto, el año en que Larra conoce a la esposa de un tal Manuel María Cambronero. Su nombre, unido fatalmente al destino de nuestro hombre, Dolores Armijo. El mismo año en que María Cristina de Borbón, reciente esposa de Fernando VII, ha quedado encinta y Larra saluda en verso con esperanza a la reina que espera el hijo tan deseado:

Salve, infanta real, por quien confía
ver su esplendor españa recobrado
y en quien promete el cielo que hermanado
será el poder de la hermosura un día.


Esperanza y desesperanza se funden sin remedio: en 1831 se levanta, siguiendo la tradición conspirativa que da vida a toda la oposición durante la ominosa década ya moribunda, el general Torrijos, cuyo fusilamiento, junto a la subida al patíbulo de la bella Mariana Pineda, encoge en aquellas horas el corazón de los liberales españoles. Pero el final del absolutismo parece cercano y, con él, como perspectiva, se alimentan los sueños del liberalismo hispano, castigado, pero vivo subterráneamente, en las logias, las tertulias y las casas. Desafortunadamente, sin embargo, la reina ha dado a luz una niña — María Luisa Isabel, la que luego será Isabel II, la de los tristes destinos—. Anticipándose a esa posibilidad, Fernando VII había promulgado una Ley —la Pragmática Sanción de 29 de marzo de 1830— que derogaba el Auto acordado de 1713 que impedía reinar a las mujeres. El nacimiento —30 de enero de 1832— de María Luisa Fernanda, segunda hija del matrimonio real, no hace sino exacerbar el dramático pleito sucesorio que poco después va a teñir de sangre nuevamente las tierras de España. Don Carlos, hermano del monarca, esgrime sus derechos a la Corona, y sus partidarios, entre los que se cuentan Calomarde y el ala más abyecta del absolutismo, mueven sus peones para cambiar a su favor el destino del trono.

En ese contexto, febril, crispado, repleto de tensiones (y de esperanzas), nace a la vida la que será segunda experiencia editorial de Mariano José de Larra: El pobrecito hablador, confeccionado como El duende por él, y cuyo primer número sale a las calles de Madrid el 17 de agosto de 1832. La aventura de El pobrecito hablador durará hasta el mes de marzo de 1833, fecha del último número que marca su muerte aquejado de una dolencia fatal (el enmudecimiento) tras cinco meses y medio de vida.