III. La Infancia del Hijo de un Pionero (1809-1819)
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Introducción
ABRAHAM Lincoln será «Abe», primero para familiares y convecinos, para todo el país después, cuando se vaya convirtiendo en figura nacional, porque a los americanos les gustan estos apelativos familiares que indican llaneza en el trato y, de alguna manera, eliminar la solemnidad de quienes pertenecen a una dinastía o una familia notoria.
Abraham Lincoln será también el «tipo ese del Oeste», el «leñador». Y es que, como ya se ha dicho, es el hijo de un colono de la frontera. Y nunca podrá, ni querrá, ocultarlo. Bien es verdad que a medida que Lincoln crece, «la frontera», el territorio de los que constantemente buscan mejor acomodo y rápida prosperidad, va quedando cada vez más lejos, enormemente distante, de tal modo que él ya gobernará sobre el territorio de la Unión tal y como hoy lo conocemos. Pero el hecho decisivo es que Lincoln es un pionero de la segunda generación al cual, por lo mismo, le van llegando otro tipo de oportunidades y de comodidades que los anteriores no conocen, pero es un colono de la frontera casi recién conquistada. Y esto permanecerá presente en todas las etapas de su infancia y primera juventud.
Abraham Lincoln nace un 12 de febrero del año 1809, en la pequeña cabana familiar cercana a Hodgenville, en Kentucky. Cuatro años antes ha nacido su hermana mayor, Sarah, en la misma cabana de troncos de árboles a medio desbastar, cuya reproducción puede verse hoy en el museo local de La Rue, actual nombre de Hodgenville. Es una cabana mínima, con una pequeña puerta y una pequeña ventana, y con un hogar, también de troncos, añadido a uno de sus costados que le da el aspecto de una extraña balsa anclada en tierra, dispuesta, sin embargo, a partir.
Los primeros años de Lincoln —a los que él no gustaba referirse— hay que suponerlos duros.
El cine nos ha familiarizado con estos escenarios y no es difícil imaginar los días lentos iguales los unos a los otros. Las ropas rudas, quizá pantalones de la piel de un búfalo, matado por el padre y desollado también por él. Los tremendos fríos invernales, con el viento colándose por entre los intersticios de los troncos, impidiendo que el fuego del hogar caldee la estancia que es a la vez dormitorio y comedor, cocina y cuarto de estar. Hay que imaginarse, no cuesta mucho trabajo, la ruda vajilla de arcilla cocida, las cántaras abolladas, las mantas que han aguantado lluvias en el bosque, los edredones improvisados con cualquier pellejo de animal.
Los únicos acontecimientos que pueden sorprender la imaginación del niño serán aquellos que provengan de la llegada de su padre cuando ha ido de caza, de los domingos en que se acude a la iglesia del lugar, en Hodgenville. Acaso, muy seguramente, las disputas nocturnas entre Nancy Hanks y el inquieto e infatigable progenitor que, algo bebido, se queja de su mala suerte. El niño cuenta, sí, con dos mujeres para atenderle. Pero, en aquel medio, tanto Nancy, su madre, como Sarah, la hermana que le lleva cuatro años, tienen mucho que hacer. De manera que muchas horas de sus primeros días las ha debido gastar el niño solitario en inventar juegos con pequeñas cosas sin valor: algún plato roto que ya no tiene ningún arreglo posible, alguna tira de cuero que convierte al perro en fabuloso caballo. La melancolía, tan típica y evidente en Lincoln, seguramente tiene una primera base en estos años solitarios donde la fantasía lo es todo. La sobriedad debe ser la base de estas comidas siempre idénticas a sí mismas, donde se mide la sal como si fuera algo precioso porque es cara, y en los días invernales, cuando la nieve cubre los caminos, puede faltar en los almacenes de las poblaciones de alrededor. Sobre todo cuando, como ocurre en el caso de los Lincoln, se les fía poco porque a Thomas, alto, fornido y parlanchín, le gusta más vagabundear por el bosque con la escopeta que manejar la garlopa, cepillando la madera.
Los Lincoln se trasladan por vez primera
Un día de 1814, cuando «Abe» apenas ha cumplido los cinco años, el padre comunica a la familia que deben marcharse de allí. Hay que ir a tierras más fértiles y generosas, y en el noroeste, se dice, las hay en abundancia. Así que los Lincoln abandonan el bosque y la pequeña cabana y repiten una vez más la experiencia del pionero. Ahora ciertamente sin los riesgos de ayer, porque los indios se han retirado hacia el Oeste o han aceptado, de buen o mal grado, las condiciones de paz. Y han cedido esas tierras más fértiles y generosas, de un territorio más cálido y acogedor, todavía en el Kentucky natal.
Abraham Lincoln hará, pues, la experiencia del pionero en este temprano viaje de Hodgenville a Knob Creek, que es, en efecto, un lugar más acogedor, a orillas de un riachuelo. La caza es abundante y, como máxima diferencia, está el hecho de que, muy próxima, pasa una carretera. Naturalmente, en Knob Creek los días transcurren más o menos como en el anterior lugarejo. Sarah, la hermana, a veces juega con el pequeño «Abe», pero generalmente ayuda a su madre: a ordeñar las vacas, a cocinar, a recomponer. Así que el pequeño atisba la carretera y, poco a poco, porque el tráfico es intenso, aprende que el camino une dos ciudades importantes: Louisville y Nashville.
También sus ojos se familiarizan con la aventura que él mismo acaba de vivir. El camino está lleno, casi permanentemente, de carros y carretas que trasladan enseres domésticos: catres, colchones, cocinas, cómodas, mil objetos pintorescos y a veces inútiles, que sólo poseen un valor emocional. Algunas de esas familias apenas hablan inglés o no lo hablan de ninguna forma. Si se les pregunta, dan siempre la misma respuesta: van al Oeste, muy lejos de Kentucky, al lejano Oeste; generalmente no dicen de dónde vienen.
Los juegos van terminando poco a poco. «Abe» escapa a la carretera, pero a los cinco años, en una casa como la suya, ya hay muchas cosas que un niño puede hacer. Y así, un día en que charla con un curioso personaje que va hacia el Este —casi un milagro—, vestido con un lindo traje de lana de cuadros y que le habla de cuan baratas eran hace media docena de años las tierras por este lugar, la madre le interrumpe y reprende porque ambos hermanos no trajeron la cesta de hongos que hay que secar para el invierno. Otro día la regañina sobreviene por no haber dado al perro la comida. Por mil menudencias.
Los domingos siguen siendo iguales. Sarah deja de trabajar, y ella y «Abe» escuchan a su madre cantar viejas baladas o narrar viejos cuentos. Otros, la familia se acerca a visitar a los primos, que también les acompañaron en el viaje. Y hay más cuentos, sobre los antepasados y la historia del territorio. El hogar es en estas tierras una escuela, donde se enseña todo. Donde se enseña a trabajar también. Porque sin cumplir siete años, el pequeño «Abe» empieza a acompañar a su padre a los campos. Y no para cazar, sino para ayudar en el manejo del arado y vigilar los aperos o los sacos de la semilla. Al regreso, el charlatán y bebedor Thomas Lincoln se detiene alguna vez en la taberna con su hijo. Este le ve cambiar, animarse, cantar, reír, contar chistes, contar su propia historia de cómo su hermano le salvara de los indios. En la imaginación del hijo estas escenas quedarán vivas. Y si no se refiere a menudo a ellas es porque muy pronto debió comprender cuál era la diferencia entre sus padres. Ella, silenciosa, seca a veces, serena siempre; él, de cambiante humor, según el whisky ingerido. Lincoln no probará el alcohol. Guardará un recuerdo idealizado de su madre y poco a poco irá rechazando la manera de ser de su padre.
¿Y la escuela? «Abe» acude a ella en estos primeros tiempos de manera muy irregular, en la medida que le permiten las necesidades de la casa donde él es una ayuda. La escuela, además, dista unas cuatro millas y hay que hacer el trayecto a pie. No siempre el tiempo lo consiente y no siempre está el calzado en condiciones.
Por estos días en que «Abe» Lincoln comienza a frecuentar la escuela, su padre, a quien el trabajo constante no parece hacerle demasiada gracia, cambia de oficio. Se ha convertido en inspector de carreteras y se ocupa un poco de funciones de policía. De manera que como el viejo cura de la escuela se limita a pasar entre los chicos un libro haciéndoles distinguir los signos como preparación a la etapa de aprender a leer, que vaya usted a saber cuándo llegará, a Thomas no le remuerde mucho la conciencia cuando se lleva al muchacho consigo trotando de acá para allá por los caminos de la región, aprovechando cualquier pretexto para hacerse obsequiar con un vaso a cambio de contar historias. Lincoln, que no beberá nunca, tomará en cambio buena nota de esta cualidad de cuentista de su padre. Escribirá sátiras y relatos, y algunos poemas. Y muy probablemente sus cualidades de abogado en el futuro hay que buscarlas en estos días en los que observa cómo la oratoria paterna encandila a la gente.
Segundo traslado a nuevas tierras
Hay que ir a Indiana, donde, además, se quitará de encima este oficio de tener de tanto en tanto que ponerle grilletes a la gente. Así que una mañana, Thomas Lincoln desenfunda la vieja hacha de su primer oficio de leñador y comienza a talar gruesos troncos de árboles. Ha elegido el río para el nuevo viaje y va a hacer una balsa. «Abe» ayuda al padre a apilar los troncos, a mantener las cuerdas tensas cuando el hombre los une formando primero el suelo, luego la pequeña casa flotante. Thomas tiene la intención de navegar por el riachuelo hasta el gran río Ohio, y luego por allí, en dirección al Sur y al Oeste, hasta el lugar elegido «de oídas»; si quisiera, pasando del Ohio al Mississipí y siguiendo hacia abajo, podría llegar al mar. El último día «Abe» ayuda a cargar diez grandes barriles. Están llenos de whisky, según sabrá más tarde, ya que el precio de la venta de la cabana han sido esos barriles y veinte dólares. El padre se aleja remando, río abajo. Cuando vuelve meses después a buscar a la familia, trae la boca llena de calificativos espléndidos. Indiana es el paraíso. La familia carga entonces los modestos enseres y comienza la nueva peregrinación. Llueve. Es otoño.
La nueva casa en Indiana será llamada Pigeon Creek, el Palomar. Estamos en 1816, Lincoln tiene siete años y se da cuenta de que es mucho más grande y ventilada que la choza de Kentucky. La han construido el padre y algunos de los primos que también les acompañan en esta nueva intentona. Poco a poco la familia se va reconstruyendo en Indiana. El padre al principio trabaja duro. Hay todavía más caza que en Knob Creek, y la tierra apenas si habrá que trabajarla; Thomas Lincoln añade un cobertizo a su cabana y ayuda en la construcción de los otros habitáculos familiares, ya que los abuelos maternos también se han venido aquí, y con ellos ha llegado compañía para «Abe»: el hijo adoptivo, Dennis Hanks, con el que Lincoln mantendrá relaciones toda la vida: durante muchos años afectuosas, después, cuando Denis termine revelándose como un parlanchín y un holgazán, progresivamente tensas y distanciadas.
Pero Indiana es un paraíso en estado salvaje. Ha habido que construir las cabanas muy próximas las unas a las otras para unir fuerzas y luchar contra el salvajismo de la naturaleza, una de cuyas manifestaciones son los osos, que, muy poco antes de la llegada de los Lincoln, mataron a un colono. La región, además, aunque más templada, es también más húmeda. Hay que mantener por ello el fuego perpetuamente encendido, y comer corteza del Perú para prevenirse del paludismo, porque abundan los mosquitos.
Y, poco a poco, empieza a parecer necesario alejarse del río e internarse en el bosque. Y es que la quinina deprime y quita fuerzas y la llana extensión asusta. Entonces, a hachazos, tarea en la que los niños de nuevo participan, se abren claros en la maleza. La vida, hecho el pequeño cambio, sigue su curso. Se siembra en primavera, se cosecha en agosto, se muele el centeno majándolo con el revés del hacha en el tronco de un árbol, se da de comer a los cerdos, se ordeñan las vacas, se está atento a que no falten ni el fuego ni el agua. En invierno es difícil lavarse con frecuencia. Y los domingos se va a casa de un vecino o se recibe la visita de varios vecinos, y junto al fuego del hogar se fuma, se toma rapé, se masca tabaco —jamás Lincoln hará ninguna de estas cosas— y se cuenta y se escucha. De nuevo historias, también cuentos de terror, que lo inhóspito de la región hace más terribles. En fin, la vida no ha cambiado mucho. Apenas sólo en el asunto de la escuela. Y en que a su edad, pese a que su pecho no esté muy desarrollado y sea frágil, «Abe» es ya un tipo alto y fuerte.
La muerte de la madre
Dos años después, en 1818, también en un día de otoño, Nancy, la silenciosa, rubicunda y fornida Nancy, muere. De una enfermedad de pioneros, el llamado mal de la leche, que en forma de epidemia se extiende por la región y ataca lo mismo a personas que a todo ser viviente. Han muerto ya docenas de animales domésticos. Morirán también los abuelos.
Durante unos pocos días el niño de nueve años asiste a la llegada de la muerte y se familiariza brutalmente con ella. Hasta tal punto que verá cómo su padre saca de nuevo el hacha, corta troncos cercanos, los desbasta, toma la medida del cuerpo de su madre, fabrica el ataúd, cava la fosa en un lugar cercano. No le extraña demasiado; desde que comenzó la epidemia, su padre no ha hecho otra cosa que preparar ataúdes. Ante la fosa, una breve escena religiosa. Para algunos amigos de Lincoln, en este momento se diferenciarán para siempre en el espíritu del niño su padre y su madre. Su padre, de humor cambiante, al que de vez en cuando se le iba la mano en los momentos de irritación, empezará a ser identificado con todo lo malo; su madre, silenciosa, perpetuamente en el trabajo, con todo lo bueno.
Acaso porque no es grato para nadie reconocer que se lleva dentro esta lucha y esta sentencia, Lincoln, cuando le pregunten por su niñez, saldrá con evasivas y preferirá evocar montes y paisajes, o resumir no sólo estos años sino los demás que han de seguir hasta que se dedique a la política en una frase tomada de un poeta. «Todo ello —le dirá a un periodista que le interroga— puede condensarse en una sencilla frase, y esa frase la encontrará usted en la Elegía de Gray: “Breves y sencillos anales del pobre.”»
En efecto, lo que hemos podido vislumbrar parece bien sencillo y propio del pobre; no es espectacular, cabe resumirlo en unas pocas anécdotas de las que cientos de miles de hijos de colonos podrían decir otro tanto. Pero esa sencillez, brevedad y pobreza están forjando un carácter en el cual la dureza, la tenacidad, la capacidad de ensimismarse, el gusto por las cosas sustanciales, el desdén por el dinero; pero también la búsqueda de una posición social y útil a los demás, son rasgos decisivos que no se consiguen sin dificultades. Por ello, aunque sea breve y sencillamente, hay que seguir atisbando en estos otros años de adolescencia que terminarán cuando Abraham Lincoln, conforme a la tradición americana, quede emancipado, libre de marcharse del hogar paterno.