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III. La Cantina de Aldershot y el Asilo Lambert

De Mienciclo E-books

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Contenido

Introducción

PERO todos los comienzos son difíciles y la vida del pequeño Charles Chaplin estuvo erizada de dificultades en su principio. Cuando el chico tenía cinco años, empezó a fallarle la voz a su madre. A ella, que vivía de su voz precisamente. La humedad del río Támesis, las nieblas de Londres, el frío, le hacían enfermar de laringitis, lo que le impedía desarrollar su trabajo. Por tanto, los contratos comenzaron a escasear y poco a poco desaparecieron.

Esta enfermedad de la madre produjo la primera aparición de Charlie en un escenario. Su primera actuación tuvo lugar en la Cantina de Aldershot. El pequeño Charlie tenía cinco años. Podemos reconstruir la escena porque tanto Chaplin como todos sus biógrafos la han relatado.

Un debut prematuro y amargo

Es un teatrucho apestoso. Poco iluminado y menos ventilado todavía. El aire es pestilente y pastoso. El público está compuesto por soldados en sumayoría, soldados y trabajadores que en la noche del sábado, y después de beber unas cuantas copas, están dispuestos a reírse de su propia madre.

Al fondo se alza un pequeño escenario iluminado por candilejas de gas, en donde, ante un telón desvaído, el director de escena anuncia la próxima actuación. La incomparable Lily Harvey.

Algunos silbidos, entre aplausos burlones, acogen la aparición en el escenario de la madre del pequeño Charlie. Saluda al público y hace un gesto a la orquestina de cuatro perras, que comienza a sonar. La bella dama ha hecho enmudecer al público; sonriendo encantadoramente, comienza a cantar una conocida balada titulada «Jack Jones». Pero de pronto la voz se quiebra, se rompe, adquiere ese tono rasposo de la afonía. El público se ríe estruendosamente, silba y canta la canción.

Tras los bastidores, el pequeño Charlie contempla la escena con sus grandes y expresivos ojos azules. El director de escena sale de nuevo entre las rechiflas del público. Hannah Hill, la madre de Charlie, tiene los ojos humedecidos. No puede hablar. El director de la orquesta, quitándose el sombrero de copa, presenta sus disculpas al distinguido público y anuncia la siguiente actuación:

Un prodigio de cinco años, el hijo de la cantante afónica… ¡El pequeño Charlie!

El público rompe a reír en una carcajada estruendosa. Charlie y su madre se miran. El niño sonríe y —obedeciendo quizá la llamada de su sangre de actor— sale al público y saluda. Asombrada, la madre se retira de la mano del director de orquesta, quien le presenta disculpas. En realidad, no ha podido hacer otra cosa; en caso contrario, el público hubiera prendido fuego al local.

Desde los bastidores, la madre observa preocupada la primera actuación de su hijo.

Sobre el escenario, el pequeño Charlie (¡cinco años solamente!) parece encontrarse en su casa. Su desparpajo provoca una inmediata reacción de simpatía en el público. La orquesta inicia de nuevo la música y el pequeño Charlie comienza a cantar:

Jack Jones es muy conocido por todos
en el mercado, ¿no es verdad
no encuentro el menor defecto en Jack
cuando es como era antes
pero desde que ha heredao «pasta»
se ha vuelto insoportable;
hay que ver cómo trata a sus viejos amigos,
es algo intolerable.
desde que Jack Jones ha cogido cuatro perras
ya no se acuerda de nadie.

Los soldados y los obreros interrumpen la canción a su mitad, arrojando sobre el escenario una lluvia de monedas. El pequeño Charlie abre los ojos, lleno de ilusión. Deja de cantar y, sacando su pañuelo del bolsillo, se inclina sobre el escenario para recoger aquello que se le antoja un maná del cielo. El director acude a ayudarle, pero el pequeño Charlie —que cree que el director piensa quedarse con las monedas— le repele a puntapiés. Se desarrolla una escena divertida que hace las delicias del público. Una vez recogido el dinero, el director se retira, seguido por la desconfiada mirada del niño, que no cede en su ansiedad hasta ver cómo el puñado de monedas es entregado a su madre. Entonces hace una autoritaria señal a la orquesta y rompe a bailar, furioso y alegre como un perrito. Canta de nuevo y otra vez una nube de monedas cae sobre él. El público ríe y aplaude; sin duda, ésa es la mejor actuación que han presenciado en el mísero tabladillo de Aldershot. Una y otra vez el pequeño Charlie reanuda su número y una y otra vez una nube de monedas premia su actuación.

Al fin, la madre tiene que salir a retirarle de escena; el pequeño Charlie se rebela. No quiere abandonar. La madre tiene que darle una azotaina, lo que provoca más risas y aplausos de la gente.

Chaplin recuerda así su actuación:

Aquella noche fue mi primera actuación en un escenario y la última de mi madre. cuando los hados se ocupan del destino humano no tienen ni piedad ni justicia. lo mismo que al otoño sigue el invierno, nuestra situación económica fue de mal en peor. aunque mi madre era previsora y había ahorrado algún dinero, pronto desapareció. de tres cómodas habitaciones, nos mudamos a dos; luego, a una, mientras disminuían nuestros enseres y era cada vez más mísera la vecindad a que nos trasladábamos.


Entre la soledad y el desamparo

Hannah Hill había concluido su prometedora carrera artística de esta forma tan triste. Tuvo que dar su adiós definitivo a las tablas, a ese mundo por el que tanto había luchado y que le había vencido. Entonces conocieron los dos hermanastros lo que era un descenso al infierno de la miseria. Lenta, pero inexorablemente, la gran ciudad golpeaba despiadadamente a la pequeña familia. Al principio, Hannah Hill intentó los más diversos trabajos para poder sacar adelante a sus dos hijos con dignidad, pero en aquella época era difícil conseguir un trabajo estable para quien nunca hubiera tenido otro oficio que el espectáculo de las variedades. Pero Hannah Hill era hábil con sus manos y empezó a desarrollar una actividad, mal remunerada y esporádica, como costurera. Gracias a ello, Charlie y su hermano Sidney consiguieron sobrevivir en el fondo de ese angustioso pozo de la pobreza. Su madre tenía frecuentes dolores de cabeza, muy intensos, que la obligaban a permanecer tumbada sobre lacama, a oscuras y con emplastos de hojas de té sobre los ojos.

Parecía imposible que las circunstancias cambiaran. Los dos muchachos recorrían las calles de la ciudad buscando algunas monedas, algún trabajo de ocasión que les permitiera vivir un día más. Una mañana, Sidney entró en la casa como un ciclón. El, que era mayor, vendía periódicos por las calles para aportar un poquito de dinero a su madre. Ese día había encontrado en el autobús, ya de regreso a su casa, un bolso. Cuando su madre lo abrió encontró gran cantidad de monedas y —en un bolsillo interior— ¡siete soberanos de oro! Aquello sacó de apuros a la pequeña familia durante una temporada. Con ellos, su madre pudo comprarles ropa nueva y zapatos, e incluso hicieron una excursión para que el pequeño Charlie pudiera ver el mar. Hay personas que no consiguen recordar la primera vez que se asomaron a una playa y vieron la inmensidad de agua azul; otras no pueden olvidarlo, porque su sensibilidad es sacudida de una forma inolvidable. Para el pequeño Charlie fue una experiencia que nunca consiguió olvidar.

El hallazgo de aquel bolsillo permitió que las cosas se pintaran de otro color, pero el dinero no dura para siempre y tiene la mala costumbre de escaparse de las manos como lo hace el agua de un cesto de mimbre. La salud de aquella valiente mujer que era Hannah Hill había sido duramente quebrantada por la pobreza y sus fuerzas estaban agotadas. Cuando aquel dinero se acabó, no se encontró con fuerzas para seguir luchando, de manera que inclinó la cabeza y tomó una decisión muy difícil. Dado que no podía mantener a sus hijos y tampoco a ella misma, tramitó el ingreso de los tres en un asilo de la beneficencia.

Es fácil imaginar el estado al que había llegado la familia Chaplin considerando esta decisión e, incluso, que estando tan unidos como estaban, el ingreso en aquel edificio de la beneficencia les obligaba a separarse. Hannah Hill ingresó en el pabellón de mujeres, y Charlie y su hermano, en el pabellón infantil.

La primera escuela. una especial sabiduría

Pero pronto tuvieron que separarse de su madre de un modo más definitivo, puesto que los pequeños debían empezar a asistir a la escuela y para ello tuvieron que trasladarse a las Escuelas Hanwell para huérfanos y niños pobres, que estaba en las afueras de la ciudad. Aquel internamiento supuso para Charlie su primer contacto con la cultura: «Estuvimos en Hanwell casi un año, un año muy formativo, en el cual empecé a ir a la escuela, en donde me enseñaron a escribir Chaplin. La palabra me fascinaba y yo creía que se parecía a mí.»

Como Sidney era mayor, hacía trabajos de servicio en las cocinas de la escuela y, siempre que podía, sacaba de allí alguna comida para su hermano. La vida en un asilo no es fácil y sólo el compartir las penas y las tristezas con otros chicos puede servir de compensación. Seguramente que Chaplin extrajo de su permanencia en aquel asilo una sabiduría que difícilmente se encuentra en los libros.

Cuando Sidney cumplió once años se le presentó una oportunidad de abandonar el asilo, puesto que, al cumplir esa edad, los chicos podían elegir entre permanecer allí o ingresar en el ejército o en la marina. Sidney eligió el mar y se embarcó.

El pequeño Charlie quedó allí, en las Escuelas Hanwell, sin el apoyo y seguridad que había encontrado en la presencia de su hermano. Hubo de acostumbrarse a la soledad, a defenderse. A convivir con sus compañeros de asilo en condiciones precarias.

De vez en cuando recibía la visita de su madre, que había conseguido abandonar el asilo y cuya presencia le recordaba que él había tenido también un hogar.

Vuelta al frágil hogar

Su madre, en la ciudad, había reanudado la lucha de todos los días para reconstruir su casa, una casa en la que el pequeño Charlie pudiera vivir. Al cabo de algunas tentativas consiguió alquilar una sola habitación en una casa de huéspedes detrás del parque Kennington. Sidney regresó de su aventura marinera y el pequeño Charlie se reunió con ellos.

Vivieron en aquella habitación una corta temporada. La salud de la madre estaba en ruinas: la deficiente alimentación, las preocupaciones y el exceso de trabajo habían afectado a su cabeza.

Un día, mientras sidney jugaba al fútbol, dos enfermeras le sacaron del campo de deportes y le dijeron que nuestra madre se había vuelto loca y que la habían llevado al manicomio de cane hill. cuando sidney oyó aquella noticia, no reaccionó, sino que siguió jugando al fútbol; pero después del partido, se alejó sin hablar con nadie y lloró.

La enfermedad de la madre provocó la intervención del Tribunal de menores, el cual decretó que los dos hermanos debían ser tomados bajo la custodia del padre. El infierno en que se había convertido la infancia del pequeño Charlie no parecía tener fin. Los grandes ojos azules del niño contemplaban cuanto sucedía a su alrededor con curiosidad, aceptándolo porque nada podía hacer para evitarlo.

Bajo la protección del padre

El padre vivía con otra mujer. Luisa se llamaba; como él, también era dada a beber y a la vida desordenada y sin sentido. Su padre tenía hacia él esporádicas manifestaciones de cariño, que asaltaban al pequeño Charlie cuando menos lo esperaba. Era el único afecto que recibía desde que le separaron de su madre, puesto que en aquella casa pequeña y desordenada (donde debía compartir la habitación con otro hermanastro suyo más pequeño) su hermano Sidney no quería estar. Se pasaba los días en la calle, haciendo pillerías que Charlie no podía comprender. Sidney rechazaba aquel hogar, que pese a su corta edad le parecía inhóspito y malsano.

El pequeño Charlie dejaba transcurrir las horas jugueteando con su otro hermanastro, que sólo sabía decir palabrotas y blasfemias con su media lengua de trapo. Luisa, un día que había bebido demasiado, no quiso dejarle entrar en la casa:

Sin dudar un momento, di la vuelta, bajé las escaleras y salí a la calle. había oído que mi padre era cliente habitual de la taberna «la cabeza de la reina»; así que me encaminé en aquella dirección, esperando encontrarle allí. de pronto vi su fantasmal figura que venía hacia mí, recortada contra el farol de la calle.

-No me quiere dejar entrar—dije sollozando—, y creo que ha bebido.

Mientras avanzábamos hacia la casa, vi que también él caminaba con paso vacilante.

-Yo tampoco estoy muy sereno—dijo.

Abrió la puerta de la casa y se quedó allí, silencioso y amenazador, mirando a luisa. estaba ella junto a la chimenea, apoyada en la repisa y tambaleándose.

-¿por qué no le has dejado entrar?—dijo.

-¡tú también puedes largarte todos vosotros!

De repente mi padre cogió del aparador un pesado cepillo de ropa y se lo arrojó violentamente. el revés del cepillo golpeó a luisa en un lado de la cara. cerró ella los ojos y luego cayó inconsciente al suelo, dándose un golpazo como si deseara olvidarlo todo. quedé asombrado del acto de mi padre; aquel gesto violento hizo que le perdiera todo el respeto que le tenía.

Aquella temporada en la casa de su padre debió ser espantosa. Sujetos unas veces al capricho de Luisa y otras a furias etílicas de su padre, vagabundeando por las calles cercanas al mercado, durmiendo junto a la fogata de un sereno en las noches en las que Luisa no quería abrirles la puerta...

Allí estaban los ojos imperturbables de un niño al que la vida estaba maltratando, sin que él se diera cuenta todavía. ¡Cuántas cosas habían visto esos ojos cuando aún no habían cumplido los siete años! Estaba inmerso en el fondo del mundo y la vida le mostraba su dureza y su ferocidad.

Brilla una débil luz

Pero al fin, un día Hannah Hill consiguió vencer su enfermedad y fue a buscar a sus hijos. De nuevo comenzaron a vivir juntos, en una casa barata y pequeña, pero, comparada con aquella en la que se habían visto obligados a vivir en los últimos tiempos, parecía salida de un cuento de hadas.

Charlie tenía edad de ir al colegio y su madre le matriculó en una escuela pública. Pero él no tenía afición a los estudios; su cabeza, repleta de memoria, de experiencias, de recuerdos, tenía otras cosas en que pensar. No conseguía hallar en ninguna asignatura un punto que atrajera su atención y así la imaginación volaba a otros parajes mientras las horas de clase transcurrían lentas y pesadas.

Si alguien hubiera tenido habilidad, si me hubiera trazado un prólogo estimulante para cada materia de estudio que hubiese iluminado mi pensamiento, si me hubiera nutrido de fantasía y no de hechos, si me hubiera divertido e intrigado con el cubileteo de los números, si hubiera poetizado los mapas, si me hubiera dado una visión histórica y enseñado la música de la poesía, acaso yo hubiera sido un hombre culto y estudioso.

Pero ése no era el camino que el destino había preparado para Charlie Chaplin y es sabido que el destino gusta de disfrazarse de las cosas más extravagantes y divertidas. En esta ocasión el destino intervino decisivamente y adoptó para ello la enorme cara colorada del señor Jackson.