III. En Indias
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Introducción
EL 13 de febrero de 1502, partía de Sanlúcar de Barrameda una expedición al mando del capitán general Antonio Torres, compuesta por 32 naves y 2.500 hombres. Entre el pasaje figuraba el recientemente nombrado gobernador de La Española, Don Nicolás Ovando (1460-1518), quien debía sustituir en el gobierno de la isla a Francisco de Bobadilla. A los ocho días de navegación, en las cercanías de Las Canarias, escala obligada, se desató una tempestad que castigó duramente a la flota y provocó el naufragio de una nao, «La Rábida», que llevaba a bordo 120 pasajeros, que resultaron muertos.
Por fin lograron recalar en el puerto de La Gomera y permanecieron en la hospitalaria isla por espacio de unas pocas semanas. El joven clérigo Las Casas aprovecha el tiempo de espera, recorriendo los alrededores junto con otros compañeros de viaje, entre ellos Pedro de Atienza, quien observaba con interés las plantaciones de caña de azúcar, pensando en la posibilidad de adaptar el cultivo en tierras antillanas. Así lo hará tiempo después, comprobando que su previsión se cumplía con suma generosidad.
Una vez aprovisionada, la flota se pone nuevamente en marcha. Muy pronto el mundo se reduce a agua y cielo. Bartolomé de Las Casas ocupa estos días alternando con los viajeros más principales, enterándose de las características de la nueva tierra y sus gentes. Trata de proyectar su futura actividad de administrador de la cuantiosa hacienda paterna. Pero la vida a bordo no sólo se reduce a esas conversaciones. Podemos imaginarnos al joven clérigo, escrutando con avidez el horizonte, hasta ayer limitado y conocido, y hoy abierto a un nuevo mundo.
Ya las márgenes de la costa están a la vista, y muy pronto las naves remontan el río Ozana y atracan en el puerto de la pequeña villa de Santo Domingo, siendo recibidos por el comendador de la Orden de Calatrava, Don Francisco de Bobadilla, a quien se le encomendó en el año 1500 poner fin a las disensiones de los pobladores de la isla. El enviado real hizo principal responsable de éstas a Cristobal Colón y a su hermano, enviándolos encarcelados a España. La extrema medida molestó a los reyes, que la desaprobaron con energía, disponiendo su reemplazo por Nicolás de Ovando.
Bobadilla dio un gran impulso a la actividad de la isla, facilitando en extremo las empresas privadas de los colonos, entre quienes repartió tierras, autorizó a tomar indios para las labores de campo y permitió la búsqueda de oro por cuenta propia. «No hay bueno ni malo que no tenga dos o tres indios que le sirvan y perros que le cacen.»
No obstante la situación de servidumbre a la que se hallaban sometidos, los indios no sufrían mayores agobios, dedicados a las faenas del campo, a la pesca y caza para sus amos. Pero el descubrimiento de yacimientos de oro trastocaría completamente esta situación. Ovando autoriza el empleo de los nativos en la explotación de los yacimientos.
El huracán y la peste
La llegada del contingente español, 2.500 hombres, planteó problemas de difícil solución a la pequeña ciudad, que no se hallaba en condiciones de alojarlos. Una única fuente de agua habría de servir a todos los vecinos y las precarias casas de madera con techos de paja se vieron prontamente atestadas.
Un acontecimiento imprevisto aumentaría los problemas: el huracán, como llamaban los indios al furioso viento que arrancaban los árboles de raíz y hacía volar por los aires sus precarias viviendas y a los animales. «No parecía sino que todo el ejército de demonios se había del infierno soltado.»
No sólo sufrieron los hombres en tierra. En el mar las gigantescas olas engulleron 22 de las 30 naves que navegaban de regreso a la Península. Entre ellas la nave capitana, llevando a bordo al comendador Bobadilla y al capitán general Antonio Torres.
El huracán destrozó la ciudad. Los hombres se refugiaron en los montes. Luego, cuando se hizo la calma, contemplaron azorados los desguazados árboles y los animales muertos. Trás el terrible viento, la peste. La fiebre amarilla castiga con saña a la diezmada colonia. «Probábalos la tierra dándoles calenturas; sobre aquéllas faltábales la comida y la cura y todo refugio; comenzáronse a morir en tanto grado que a enterrar no se daban a manos los clérigos.»
«Ayuda obligatoria»
El comendador Ovando decidió levantar la nueva ciudad en la margen opuesta del río. Sin embargo, la reconstrucción de las haciendas dañadas requiere la ayuda de los aborígenes, refugiados en los montes. Hasta Ovando llegaban los pedidos de sus hombres, para que realizara un nuevo «repartimiento» que obligara a los indios a prestar su ayuda. Ovando considera estos pedidos como justos y oportunos, pero no puede llevarlos a cabo. Antes de partir hacia estas tierras la reina le había dictado sus instrucciones. «Entre otras cláusulas de sus intrucciones fue una muy principal y muy encargada y mandada, conviene a saber, que todos los indios vecinos y moradores desta isla fuesen libres y no sujetos a servidumbre, ni molestados ni agraviados de alguno, sino que viviesen como vasallos libres, gobernados y conservados en justicia, como lo eran los vasallos de los Reinos de Castilla, y mandándole asimismo que diese orden como en nuestra santa fe católica fuesen instruidos; y cerca deste cuidado, del buen tratamiento y conversión desta gente, fue siempre la bienaventurada reina muy solícita.»
Para lograr la autorización real, Ovando escribe a la reina explicando la situación vigente en la isla, lamentándose además de las costumbres «inhumanas» de los aborígenes, y expresando sus temores en cuanto a la salvación de sus almas. El informe es cierto, pero oculta un objetivo: convencer a la reina de la necesidad de no tratar a los indios como vasallos.
Una gran parte de la población aborigen se había refugiado en los montes, evitando todo contacto con los hombres blancos. No desean trabajar para ellos y su religión les resulta algo extraño, ajeno por completo a sus costumbres. Ovando se preocupa por su cristianización pero su mayor interés es utilizarlos en la extracción de oro, la única riqueza del lugar que justifica tantos sacrificios. La reina al fin se deja convencer por el gobernador. «Por cuanto ella deseaba y pudiera decir que era obligada, y en ello no le iba menos que el alma, que los indios se convirtiesen.» Se autoriza un nuevo repartimiento y el camino hacia la obtención de oro queda libre de escollos, pero así comienza la explotación de los indios.
La reina quiere cumplir con lo prometido al Papa, y en su testamento dejará establecido: «item, por cuanto al tiempo que nos fueron concedidas por la Santa Sede apostólica las islas y Tierra Firme del mar Océano, descubiertas y por descubrir, nuestra principal intención fue al tiempo que lo suplicamos al Papa sexto Alejandro, de buena memoria, que nos hizo la dicha concesión, de procurar de inducir y traer los pueblos dellas y los convertir a nuestra sancta fe católica, y los enseñar y dotar de buenas costumbres, y poner en ello la diligencia debida (según más largamente en las dichas letras de la concesión se contiene); por ende, suplico al Rey, mi Señor, muy afectuosamente, y encargo y mando a la dicha princesa, mi hija, y al dicho príncipe su marido que así lo hagan y cumplan, y que éste sea su principal fin, y que en ello pongan mucha diligencia, y no consientan ni den lugar que los indios vecinos y moradores de las dichas Indias y Tierra Firme, ganadas y por ganar, resciban agravio alguno en sus personas, ni bienes, mas manden que sean bien y justamente tratados, e si algún agravio han rescibido lo remedien, y provean por manera que no excedan cosa alguna de lo que por las letras apostólicas de la dicha concesión nos es inyungido y mandado.»
El encomendero
Se desconoce cual fue la actividad de Bartolomé de Las Casas durante los catastróficos acontecimientos que asolaron la isla. Algunos historiadores sostienen que su ayuda fue importante en la lucha contra la fiebre amarilla y narran escenas que lindan con la santidad. Menos apasionados y tal vez más objetivos son quienes sostienen que el clérigo Las Casas no tomó parte activa en las labores contra la peste, pues no se hallaba en la ciudad, sino en sus campos de la provincia de Cibao, donde tuvo «labranzas de pan de tierra que valían cada año más de cien mil castellanos». Son muchas las referencias de Bartolomé de Las Casas sobre esta región que lo maravillan. Sabemos por él que era «abundante en pinares», que la surcaban muchos ríos, en donde él «hizo coger algún oro» y que en una isla del río Janique, colonos cristianos plantaron las primeras cebollas que hubo en América.
El clérigo Las Casas dirigía con habilidad su hacienda. Tuvo su repartimiento de indios, a quienes mandaba sin rigor excesivo pero con firmeza. Su proceder no difería sustancialmente del de un buen encomendero cristiano, para quienes tratar con cuidado a los indios significaba asegurarse la insustituible mano de obra.
También se tienen noticias de que en estas fechas inicia un rentable negocio de exportación de sal. En las cercanías de la Isla Margarita, en Punta de Anaya, había unos ricos salitrales con una sal de gran pureza. «Es muy blanca y sala mucho.»
La imagen del clérigo estaba lejos de ser la que hoy se conoce, con sus partidarios y adversarios enfrentados. María Rosa Miranda escribe: «Es el típico ejemplar del encomendero atento a sus negocios, que tiene por fin juntar talegas repletas de oro virgen, muy solícito en su lucro personal y despreocupado en absoluto de problemas sentimentales acerca de la raza vencida».
La guerra
En la isleta de Saona, en la provincia de Higüey, al norte de Santo Domingo, ocurrió un incidente que culminó en guerra. Un grupo de españoles llegaron a ella con el propósito de cazar, acompañados por feroces perros. La imprudencia de los visitantes posibilitó que los animales atacaran a uno de los jefes indios del lugar, que resultó muerto a causa de las heridas. El pequeño contingente, ante la ira de los nativos, decide embarcarse. La mecha del conflicto había sido encendida.
Tiempo después arriba una expedición de colonos con la misión de levantar un poblado en las inmediaciones. Ocho hombres saltan a tierra y caen bajo las flechas de los nativos. Cuando la noticia llega a Santo Domingo, el gobernador Ovando decide dar un escarmiento ejemplar y manda reclutar soldados para batir a los rebeldes. Bartolomé de Las Casas fue uno de los 300 hombres que, armados de ballestas, espadas y arcabuces, bajo las órdenes de Juan de Esquivel, se embarcaron rumbo a Saona y a la guerra.
Cotubano
Cotubano era el cacique de los higüey, la tribu que se atrevió a atacar a los españoles. Rápidamente estos los someten, gracias a la superioridad de sus armas y a la pericia militar. El jefe nativo decide pactar la paz. Juan de Esquivel acepta gustoso y asegura a los vencidos que no serían sacados de su isla ni llevados a servir lejos de ella. Se edificó una fortaleza y en ella quedaron nueve españoles al mando del capitán Villamán, como representante de la autoridad castellana.
Juan de Esquivel no había terminado de saborear su triunfo, cuando hasta Santo Domingo llegó el único sobreviviente de la matanza. La fortaleza había sido atacada por los indios, comandados por Cotubano, faltando a lo pactado. Rota la tregua, iba a desencadenarse una verdadera guerra.
Las anteriores acciones bélicas fueron sólo el prólogo de una verdadera guerra que habría de prolongarse «de ocho a diez meses». Cotubano había convocado en su auxilio a los principales caciques de las tribus higuey. Su prestigio como guerrero era reconocido por todos y poseía un fuerte carisma: «Todos de verle, se admiraban.» Bartolomé de Las Casas recogería sus impresiones del conflicto con los indios: «Salieron los indios contra los cristianos en sus canoas, con arcos y flechas arboladas con hierba ponzoñosa, traían también unas cuerdas haciendo ademanes de que los habían de atar con ella, y por esto creo cierto que esta tierra era la provincia del Higüey porque la gente della era más belicosa y tenía de la dicha hierba.»
El comienzo de la campaña militar favoreció a los españoles. Los indios ingenuamente, presentaron batalla a campo abierto, y fueron superados por la pericia y las armas europeas. Cotubano comprendió su error y decidió utilizar la lucha emboscada, apelando a la sorpresa y a las trampas. La selva era el habitat natural de los nativos. No había secretos en ella y se convirtió en su aliada.
Acosados por un enemigo que aparecía y desaparecía con rapidez, por una naturaleza hostil que cerraba sus pasos, los españoles comprendieron que no podían seguir aguardando la oportunidad de una lucha frontal, sino que debían ir a buscar a los indios a sus escondites. Comenzaron entonces jornadas alucinantes. Las cuadrillas en que se habían dividido los europeos ambulaban por la selva, presas del sol, los tremedales, los insectos, las flechas envenenadas y la falta de aprovisionamento. «En estos comedios todos los españoles padecieron grandes hambres.»
La guerra se transformó en un conflicto de exterminio: uno y otro bando anhelaba la aniquilación del otro. En contacto con una naturaleza irritante, casi insoportable, los combatientes se mimetizaron con ella, las referencias de la civilización y sus normas eran algo lejano y se desdibujaban. Ahora la realidad era una intrincada selva poblada de fantasmas huidizos, un sol de fuego, una ciénaga sedienta.
Poco a poco, fueron cayendo los caciques indios. Sin sus jefes los demás combatientes iban siendo fácilmente reducidos. Pero Cotubano escapaba airoso de todo acecho. No obstante, se veía obligado a retroceder y cada vez eran menos los hombres que le acompañaban. Una delación permitió a los españoles conocer su refugio en la isla de Saona. Hacia allí se dirigió el capitán Juan de Esquivel con 50 soldados.
Luego de atrapar a algunos espías del cacique e interrogarles, se supo que el jefe indio vivía en una cueva entre peñascales. Se montaron cuerpos de vigilancia y finalmente Cotubano cayó prisionero. El gobernador Ovando liberó del suplicio al reo pero le condenó a muerte. Con el ahorcamiento del jefe rebelde se puso fin a la sublevación de la isla.
La pacificación produjo el incremento de fundaciones de poblados y encomiendas. El oro comenzó a extraerse en cantidades apreciables gracias al esforzado trabajo de los indios, explotados de una manera abusiva. En 1502, cuando Ovando llega a Santo Domingo, vivían en ella aproximadamente 300 españoles. Ocho años más tarde la población ascendía a 10.000 repartida en 17 villas, entre ellas Puerto Plata, Azua y Maguana.
El diácono
En el año 1506, Bartolomé de Las Casas se embarca rumbo a España. Posiblemente permaneció unos días en Sevilla y luego se dirigió a Roma donde conoció la vida de la corte de Borgia. Es probable —así lo afirma Giménez Fernández— que el motivo de este viaje fuera recibir las órdenes hasta el diaconado. Muchos biógrafos no registran este viaje en sus investigaciones, y desconocen en consecuencia su ordenamiento como diácono.
Poco tiempo después permaneció en Europa. El mismo Las Casas dirá: «Yo estuve aquí lo más del tiempo que el gobernó.» Se refiere a la gobernación de Nicolás de Ovando, que finalizó en 1509, siendo reemplazado por Don Diego Colón, hijo del Almirante.
Diego Colón
En julio de 1509, la ciudad de Santo Domingo se vistió de fiesta para recibir al hijo mayor del Almirante (éste había muerto el 20 de mayo de 1506). Don Diego Colón arribaba a las tierras descubiertas por su padre. Le acompañaba su esposa, la virreina Doña María de Toledo, hija del comendador mayor de León, prima del rey Fernando y sobrina del duque de Alba, «el cual, de los grandes de Castilla, era el que más en aquellos tiempos con el Rey privaba». Llevaba consigo dos nombramientos, almirante y visorrey y debía sustituir en su cargo a Don Nicolás Ovando. Entre el nutrido séquito destacaba la presencia de varias jóvenes que acompañaban a la virreina y que venían a Indias «para casar» con hombres principales y ricos «de por acá». Que viajaran mujeres solteras a América era excepcional.
En consideración a la llegada de la virreina y sus damas, se derogó apresurademante la austera ordenanza que prohibía el uso de la seda en los vestidos, como medio de evitar el lujo y el derroche de los colonos.
En septiembre de 1509, Ovando abandona la isla y Don Diego Colón queda al frente del gobierno, funciones que ejerció hasta el año 1523. Bartolomé de Las Casa fue beneficiado por el nuevo gobernador con una considerable extensión de tierra en La Concepción, y su correspondiente repartimiento de indios. En este lugar habrá de comenzar su trabajo como doctrinero.