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III. Christovao Colombo En Portugal

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Contenido

Introducción

Alfonso de Alburquerque, organizador del asentamiento de Portugal en la India.
Alfonso de Alburquerque, organizador del asentamiento de Portugal en la India.


SABEMOS ya que el 13 de agosto de 1476 Cristóforo Colombo era arrojado a las playas de Portugal tras combatir en una dura batalla que muy bien pudo costarle la vida. Si se salvó de la muerte por fuego o por agua, es porque conocía mejor el líquido elemento y en él se movía con habilidad. Los barcos genoveses que pudieron salvarse en la batalla de San Vicente regresaron a Cádiz. Pero Colón, que luchaba en el bando francés al mando de su presunto pariente el almirante-corsario, buscó refugio en Portugal. El joven Colombo tenía entonces veinticinco años, llevaba quince de navegación y se hallaba en la edad en que el hombre inteligente y seguro de sí mismo sabe que si quiere llegar a alguna parte debe elegir su propio camino en la encrucijada vital, pues la dispersión de intenciones conduce algunas veces al éxito, pero las más a la frustración.

Si es cierto que Colón pertenecía a la «raza errante» y sus ambiciones náuticas eran obsesivas, como parece ser, Portugal era entonces el único punto del planeta que vivía de cara al mar y en sus costas bullía la fiebre descubridora. Flanqueado el pequeño reino por la férrea Castilla, buscó su zona de expansión en las rutas marítimas hasta convertirse en una potencia descubridora. Para hacernos una idea de esta dinámica, que no era exclusiva de Portugal, pero que en el momento de arribar Colón a sus playas sí figuraba a la vanguardia de las exploraciones atlánticas, bastará con señalar algunos hitos importantes: en 1419 los portugueses descubren Madeira; en 1434 Gil Eanes dobla el temible cabo Bojador; en 1445 Dinis Dias descubre Cabo Verde.

El alma de este movimiento desbordante era Enrique el Navegante, el tercero de los hijos de Juan I de Portugal, fundador de la Escuela Náutica de Sagres en el cabo de San Vicente. La referida escuela no se parecía en nada a lo que hoy entendemos por tal. Más bien se trataba de un centro gremial. El cronista del Infante, Azurara, dice que se parecía a la que había en Cádiz, que era el Colegio de Pilotos Vizcaínos, donde se impartían enseñanzas prácticas y se examinaba a los que aspiraban a obtener el título. Este centro fue fundado en 1 38, y a él llegaría el náufrago Colón treinta y ocho años después. Enrique el Navegante lo dirigió hasta su muerte en 1460.

«Los avances descubridores —escribe Morales Padrón— no se debieron sólo a la acción personal del Infante, pero él es una figura clave en ellos. Portugal, con una geografía apuntando al misterioso Atlántico, estaba determinada a lanzar a sus hombres sobre él. El Infante comenzó la tarea y le dio base científica. Don Enrique se movía por afanes comerciales, intereses científicos, razones políticas y convicciones religiosas.» El portugués Dego Gomes, por su parte, señala entre los proyectos de Enrique el Navegante, el descubrimiento de la ruta de la India dando la vuelta al continente africano, y la exploración del Occidente en busca de las islas y tierra firme de que habla Tolomeo.

Mucho se ha escrito sobre la caída de Constantinopla en poder del Islam y las consecuencias que tuvo este acontecimiento en la economía europea y muy especialmente en la italiana, ya que eran algunos Estados italianos los que monopolizaban prácticamente el comercio con Oriente. La República de Génova fue una de las que sufrió más drasticamente la decadencia del comercio marítimo con Oriente. De ahí que no fueran pocos los banqueros, comerciantes y armadores que emigraran a Portugal y se establecieran en los puertos más boyantes de Andalucía que se asomaban al Atlántico. Pero ya hemos visto que la expansión portuguesa empezó antes de que esto ocurriera, lo cual no quiere decir que ambos fenómenos no se interrelacionen.

Constantinopla cayó en 1453 y en 1455 el Papa Nicolás V publica la bula Romanus Pontifex que otorga a Portugal todas las tierras, islas descubiertas y por descubrir, con exclusión de cualquier príncipe cristiano, desde el cabo Bojador en adelante. Pero al año siguiente otro Sumo Pontífice, Calixto III, amplía la concesión de los privilegios terrícolas añadiendo los espirituales y temporales. La beneficiaría de «la espiritualidad de la tierra» y la eclesiástica de lo conquistado y por conquistar es la Orden de Cristo. No en balde se ha dicho que estas dos bulas son la Carta Magna del Imperio lusitano.


En Portugal Colón descubre su verdadero camino

Los exaltadores de Colón le han rodeado de una aureola de brillantes conocimientos adquiridos en la Universidad, pero ya sabemos que no, que el almirante no alcanzó lo que sus doctorales panegiristas quieren hacernos creer. Su única universidad fue el mar y su propia vocación de estudioso, pero no cabe duda de que fue un lince para asimilar todo lo que veía y un ambicioso de saber en lo que le marcaba su vocación. Por si esto fuera poco, tenemos sus propias palabras recogidas por el Padre Las Casas: «A este mi deseo hallé a Nuestro Señor muy propicio y hube dél para ello espíritu de inteligencia. En la marinería me hizo abundoso, de astrología me dio lo que abastaba, y ansi de geometría, aritmética, e ingenio en el ánima y manos para dibujar esta esfera, y en ella las ciudades, ríos y montañas, islas y puertos todo en su propio sitio. En este tiempo he yo visto y puesto estudio en ver todas escrituras, cosmografía, historias, crónicas y filosofía y de otras artes.» A lo que fray Bartolomé añade un comentario que corrobora la hipótesis de que Colón era autodidacto: «Dice abastaba porque tratando con hombres doctos en astrologia, alcanzó dellos lo que había menester para perfeccionar lo que sabia de la marineria, no porque estudiase astrologia.»

Como la carta dirigida a los Reyes Católicos está escrita después de la estancia de Colón en Portugal, no es atrevido decir que en los ocho años que permaneció allí aprendió más que en toda su vida anterior, pues el ambiente era propicio para las imaginaciones ardientes y los espíritus emprendedores.

¿Fue Cristóbal Colón quien encontró a su hermano en una librería de Lisboa o fue Bartolomé el que se tropezó con él...? Aunque la mayoría de los biógrafos y cronistas aceptan lo primero como cosa demostrada, el hecho no está muy claro. Fernando Colón afirma que el primero en llegar a la capital lusitana fue su padre. En cualquier caso, Bartolomé era muy joven cuando su hermano arribó a las playas portuguesas, pues no tenía más de quince años. Aunque sabemos que ambos habían empezado a navegar alrededor de los diez años, parece que Bartolomé tuvo mejores ocasiones de capacitarse en el arte náutico que su hermano mayor, ya que el padre Las Casas dice: «Creo por los libros y cartas de marear notados y glosados de su letra, que debían ser suyos o del almirante, que era en aquella facultad tan docto que no le hacía el almirante mucha ventaja», y añade que «era muy buen escribano, mejor que el almirante, porque en mi poder están muchas cosas de las manos de ambos».

La historiografía nos dice que ambos hermanos se encontraron en una librería lisboeta donde el joven Bartolomé trabajaba en hacer mapas. La capital del imperio lusitano contaba entonces con cincuenta y cuatro librerías registradas en donde, según Madariaga, se vendían libros en todas las lenguas antiguas así como en las contemporáneas latinas, y también astrolabios, brújulas y ampolletas, como llamaban, en diminutivo catalán, a los relojes de arena.

Si bien ignoramos cuál de los dos hermanos fue el primero en llegar a Lisboa, resulta evidente que ambos se dedicaron al oficio de libreros y se ganaron la vida dibujando mapas, navegando y viviendo en estrecho contacto con la marinería de las flotas descubridoras. Esto lleva a Salvador de Madariaga a establecer un nuevo eslabón entre los judíos de Mallorca, Barcelona, Génova y Lisboa: «Eran entonces, como es sabido, la cosmografía, la astronomía, y el arte de hacer cartas de marear, ocupaciones sino exclusivas, por lo menos predominantes de los judíos. Una mayor libertad de pensamiento, una mayor disposición hacia las lenguas orientales, el continuo viajar y por lo tanto un mejor conocimiento de rutas, distancias y caravanas, mayor información sobre tierras lejanas a causa de la universalidad de su raza y de su actividad comercial, eran todas circunstancias favorables para que la gente hebrea figurase a la cabeza del noble esfuerzo que entonces se hacía para desarrollar el conocimiento de la tierra y del cielo y de su verdadero tamaño y forma. En Lisboa había florecido siempre y seguía floreciendo entonces una rica y activa colonia judía, cuyo prestigio, tanto social como intelectual, había subido en época reciente gracias a la fuerte proporción de maestros cosmósgrafos y de hombres de ciencia hebreos que figuraban entre los que el Infante don Enrique había reunido en Sagres. Al tiempo en que Colón llega a Lisboa, figuran a la cabeza de estos estudiosos dos ilustres judíos, Mestre Joseph Vizinho, médico del Rey, y el célebre astrónomo español Abraham Zacuto.»


La carta de Toscanelli

En 1470 Alfonso V de Portugal nombró a su hijo el futuro Juan II, jefe de los servicios de las expediciones y descubrimientos. En el lenguaje moderno el cargo correspondería al de ministro de Marina, y era el mismo en el que Enrique el Navegante había forjado los cimientos imperiales de Portugal. El destino del país lusitano estaba ya marcado por la tradición y los privilegios pontificios. Su misión era clara, pero los caminos todavía eran confusos y las nociones científicas demasiado vagas para lo que empezaba a convertirse en necesidad imperiosa: el restablecimiento del comercio con Asia a través del Atlántico, ya que el Imperio otomano cerraba el camino de las rutas mediterráneas.

El príncipe Juan impulsó las exploraciones, estableció reglamentos sobre el tráfico marítimo y fomentó la construcción naval. El único camino que entonces se consideraba posible era bordear las costas de Africa para llegar a la India. En este empeño nadie hizo más que los navegantes portugueses. El camino era tan seguro que, al final, terminaron por encontrar el «camino de la especiería». Mientras en Lisboa se hacían planes para alcanzar este objetivo, el canónigo Fernao Martins, o Fernao de Roritz, informó al príncipe Juan que en un reciente viaje a Italia había conversado ampliamente sobre este tema con Paolo del Pozzo Toscanelli (1398-1482) un famoso matemático, físico y humanista florentino, quien creía que la vía de Poniente era perfectamente navegable y más fácil y corta que la de Levante.

El príncipe don Juan se sintió tan interesado en las revelaciones del canónigo de Lisboa que le rogó escribiese a Toscanelli para que le facilitase informes concretos. La respuesta del humanista florentino está fechada el 24 de junio de 1474; y en la misma envía a Fernao Martins «un mapa hecho por mis propias manos, en el que están dibujados vuestros litorales e islas desde las cuales podréis empezar vuestro viaje hacia el oeste y los lugares a los que debéis llegar y la distancia al Polo y línea Equinoccial a que debéis ateneros y cuántas leguas habréis de cruzar para llegar a aquellas regiones fertilísimas en toda suerte de aromatas y gemas; y no os extrañéis que llame Oeste a la tierra de las especies, siendo así que es usual decir que las especies vienen de Oriente, porque el que navegue a Poniente por el hemisferio inferior hallará siempre aquellas partes al Oeste, y el que viaje por tierra en el hemisferio superior las encontrará al Oriente».

En la referida carta constaban las medidas de la Tierra, así como la distancia entre la costa occidental de Europa y la costa oriental de Asia. Según la tesis de Toscanelli, resultaba más fácil alcanzar la India, China (Catay) y Japón (Cipango) por el Oeste que bordeando la costa de Africa. «Colón —escribe Morales Padrón— logró leer una copia de la carta de 1474 y otra que ratificaba su contenido. En Marco Polo estaba todo el quid del problema, puesto que Toscanelli había aceptado los 30° de longitud que Polo añadió al extremo de China. Colón llevó la idea más lejos aún: siguiendo a Marino de Tiro añadió al continente asiático 45° de extensión hacia el Este, y calculó que el océano entre Europa y Asia era más estrecho de lo que Toscanelli suponía: entre Canarias y Cipango corrían para Toscanelli 3.000 millas náuticas, mientras que para Colón había 2.400. Como vemos, el optimismo de estos científicos del XV es exagerado, pues realmente son 10.600 las millas que separan a Canarias del Japón.»

Sin dudar de que la carta de Toscanelli influyera decisivamente en Colón y que, a su debido tiempo, le ayudara a formular su propia tesis ante los prohombres de la corte castellana, en Portugal tenía que ganarse la vida y capacitarse para la misión que se atribuía. En este sentido podemos decir que Lisboa fue su verdadera universidad, pues allí alternó con los mejores geógrafos y científicos que rodeaban al príncipe don Juan y formaban parte de la brillante Escuela de Sagres.

Pero lo suyo era el mar y todo lo que se relacionara con la idea descubridora que le había nacido de sus lecturas de Los viajes de Marco Polo, el Imago Mundi de Pierre D’Ailly, y la Astronomía de Tolomeo. Así en febrero de 1477 se encuentra en la vieja Thule y moderna Islandia, «la última de las tierras». Algunos de sus biógrafos niegan este viaje y lo atribuyen a su afición a fantasear, pero el testimonio del padre Las Casas parece irrefutable: «En unas anotaciones que hizo de como todas las cinco zonas son habitables, probándolo por experiencia de sus navegaciones, dice ansi: «Yo navegué el año de cuatro cientos y setenta y siete en el mes de febrero, ultra Thile, isla cien leguas, cuya parte austral dista del equinocial 73° y no 63° como algunos dicen, y no está dentro de la línea que incluye el occidente, como dice Ptolomeo, sino mucho más occidental, y a esta isla, que es tan grande como Inglaterra, van los ingleses con mercaderías, especialmente de Bristol, y al tiempo que yo a ella fui no estaba congelado el mar, aunque había grandísimas mareas, tanto que en algunas partes, dos veces al día subía la marea 25 brazas o descendía otras tantas en altura.»

Aunque el texto contiene errores geográficos de bulto, según Madariaga, no cabe duda que Colón estuvo para ver cómo era Thule y cómo eran las cien leguas más al Norte, pues deseaba cerciorarse de la navegabilidad de los mares árticos en invierno.

Parece que la última vez que Cristóbal Colón estuvo en Génova fue en abril de 1479, tras un viaje a las islas de Madeira para comprar azúcar por cuenta de Paolo di Negro, un genovés residente en Lisboa y probablemente emparentado con Negro, un poderoso judío financiero de Portugal.


Matrimonio de Cristóbal Colón

Sabemos por el Padre Las Casas que el futuro almirante, ya poseído por su ensueño providencial, solía ir a misa al convento de los Santos, un convento aristocrático en el que las «comendadoras» eran damas de alcurnia relacionadas con las principales familias de Lisboa. El que Colón oyese misa en este convento y no en otro, algunos de sus biógrafos lo atribuyen a espíritu calculador. Y no les falta razón, pues en Colón todos los caminos se relacionaban con el mismo fin: la gloria y la fortuna. Si su ambición puede calificarse de desmedida, sus trabajos y esfuerzos para conseguirlo no lo son menos.

El convento de los Santos pertenecía a las monjas de la Orden Militar de Santiago. Era una especie de hogar donde se confinaban las esposas e hijas de los caballeros de Santiago mientras sus maridos y esposos hacían la guerra a los infieles. El convento gozaba de fama en la ciudad tanto por su virtud como por las damas que en él buscaban refugio, algunas de ellas vinculadas al trono.

Cuando se produjo el «flechazo» entre la noble dama Filipa Moniz de Perestrello y el futuro almirante, contaba Christováo Colombo veintinueve años, tenía fama de buen navegante, se relacionaba con personajes de la corte y muy especialmente con los influyentes financieros y cosmógrafos judíos. Por lo demás, el retrato que traza de él Oviedo no puede ser más sugestivo: «De buena estatura y aspecto; más alto que mediano y de recios miembros, los ojos vivos y las otras partes del rostro de buena proporción; el cabello muy bermejo; y la cara algo encendida y pecosa, bien hablado, cauto, de gran ingenio y gentil latino, doctísimo cosmógrafo; gracioso cuando quería e iracundo cuando se enojaba.»

El matrimonio entre la doncella apartada del mundanal ruido y el apuesto navegante se celebró a finales de 1479. ¿Era un matrimonio de conveniencias? Nada se sabe al respecto, pero resultaba muy conveniente para aquel joven ambicioso, lector de Séneca, que aspiraba a descubrir un nuevo mundo. Pues Filipa Moniz Perestrello, o Perestrello Moniz, procedía por su madre de la poderosa familia Moniz. Su fundador, Egas Moniz, había sido gobernador del reino en el siglo XII con el primer rey de Portugal, Alfonso Enríquez. La rama paterna también era noble y procedía de Italia. Las relaciones del padre de Filipa, muerto en 1457 ó 58, eran indudables, pues después de varias tentativas exploratorias fracasadas, don Enrique el Navegante otorgó a Bartholomeu Perestrello el nombramiento de capitán hereditario de Puerto Santo. Al morir éste, su viuda cedió la capitanía de la isla de Puerto Santo a un hermano del difunto, pero en 1473 el mando pasó al hijo del primero, que también se llamaba Bartholomeu. «Sea cualquiera su origen, el poder y la categoría social de esta familia —escribe Madariaga— eran indudables, así como su relación con la isla de Puerto Santo, cuya famosa Capitanía se le concedió a título hereditario. Pero ahora que ya conocemos la verdadera índole de la pericia marinera de Perestrello, es para nosotros evidente, aunque no lo era para Las Casas, que «los instrumentos, escrituras y pinturas» del capitán de Puerto Santo no fueron jamás causa de inspiración para los designios del futuro almirante de las Indias; hecho que viene a confirmar nuestra sospecha de que el impulso hacia el océano y la ruta de las Islas actuaba ya en el ánimo de Colón antes de que se aliase con la famosa familia portuguesa y, por lo tanto, que buscó esta alianza precisamente por su relación con Puerto Santo, base admirable de exploración para el mar desconocido.»

El Padre Las Casas, confidente fidedigno del pensamiento colombino, no permite dudar de las intenciones de Colón al trasladarse a la isla que se hallaba bajo el mando de su cuñado: «Ansi que fuese a vivir Cristóbal Colón a la dicha isla de Puerto Santo..., por ventura por sola esta causa de querer navegar, dejar allí su mujer, y porque allí en aquella isla y en la de Madera, que está junta, y que también se había descubierto entonces, comenzaba a haber gran concurso de navíos sobre su población y vecindad, y frecuentes nuevas se tenían cada día de los descubrimientos que de nuevo se habían.»

Los años de Colón en Portugal fueron fecundos en todos los sentidos. Allí se casó y tuvo su primer hijo, Diego, en 1479 u 80; allí se capacitó y adquirió una gran cultura náutica; allí concibió su grandiosa empresa y la maduró en todos sus aspectos. Aunque sin detalles precisos, por sus notas escritas en los márgenes de los libros que leía, y las confidencias verbales que hizo a las personas de su confianza, se sabe que navegó por todo el mundo colonial portugués, inquiriendo detalles de las exploraciones y descubrimientos que tenían lugar. Parece que sus interlocutores preferidos eran los marineros que navegaban por los mares del Occidente. Las Casas nos dice que Martín Vicente, piloto del rey de Portugal, le contó en cierta ocasión, que navegando a unas cuatrocientas cincuenta leguas al oeste del cabo de San Vicente, recogió de la mar un madero labrado artísticamente y no con herramienta de hierro. El piloto pensaba que como el viento soplaba del oeste, el madero debía venir de alguna isla que hubiera por allá. También Pedro Herrera, casado con una hermana de su mujer, le dijo que en Puerto Santo había visto un madero parecido, así como de cañas tan grandes que en cada sección cabía una azumbre de vino o de agua, lo cual le fue confirmado después por el mismo rey de Portugal. Entre los habitantes de las Azores recogió igualmente informes valiosos. Por ejemplo, en las islas Graciosas y Fayal, en las que no existían pinos, las tempestades con viento oeste o noroeste arrojaban algunas veces troncos de pinos. Por otra parte, en la isla de las Flores, del mismo grupo, le contaron que en cierta ocasión el mar había arrojado a la playa dos cuerpos humanos con rostros muy anchos y diferentes a los de los cristianos.


Relación de Colón con el rey de Portugal

Los portugueses han dado a Juan II el sobrenombre de «Rey perfecto». El reinado de don Juan no comenzó hasta 1481, pero ya sabemos que desde 1474, dos años antes de que arribara Colón a Portugal, tenía a su cargo todo lo que se refería a la exploración marítima, la navegación y los establecimientos coloniales. Prácticamente fue el continuador de la obra comenzada por Enrique el Navegante. Sabía de la mar todo lo que había que saber y, para mayor gloria suya, vivía rodeado de hombres sabios, científicos y capitanes experimentados. Buena prueba de ello es que rechazó el plan de Toscanelli por considerarlo erróneo... erróneo para un buen administrador de los recursos de su pueblo, como era Juan II de Portugal, o para una «junta de matemáticos», que contrasta, mide y pesa en relación con las verdades conocidas. Pero no para un Cristóbal Colón desbordado por la imaginación e impulsado por intuiciones y presentimientos misteriosos.

El Padre Las Casas, tan devoto del almirante, nos dice a este respecto: «Concebía en su corazón certísima confianza de hallar lo que pretendía como si este orbe tuviera metido en su arca.» Y con el mismo ingenuo fervor añade: «Pero porque según tengo entendido que cuando determinó buscar un príncipe que le ayudase e hiciese espaldas, ya él tenía certidumbre que había de descubrir tierras y gentes, como si en ellas personalmente hubiera estado...»

Pero para encontrar «un príncipe que le ayudase e hiciese espaldas», no bastaban la fe y el convencimiento, sino que era preciso aportar pruebas, datos y teorías convincentes, y esto Colón no lo poseía. «No hay que olvidar tampoco, en atenuación de su vaguedad —escribe Madariaga—, que no era fácil verter en palabras un plan como el suyo. Era probablemente este plan como una de esas melodías que en silencio logramos cantar perfectamente, pero que no acertamos a cantar con voz sonora. Si se le exigían proposiciones concretas, ¿qué podía contestar? Estaba metido en un triángulo: la carta y el mapa de Toscanelli, que oficialmente no conocía y le estaba vedado mencionar en la Corte; las historias sobre maderos labrados y afortunados pilotos, que bullían entonces en los puentes de las carabelas y en las tabernas del puerto, pero que probablemente eran objetos de sonrisas de incredulidad en la Corte; y... Esdras, a quien probablemente nadie fuera de él consideraba como autoridad en estas materias. ¿Cómo no había de expresarse con vaguedad? Ha debido de ser para él un verdadero tormento tener que permanecer ante el Rey mascullando grados y anchuras de mar en plena confusión cuando allá dentro en su alma sentía tanta claridad y tanta decisión y tanto fuego como el sol. Podemos imaginárnoslo y ver cómo se le enrojece entonces la blanca piel pecosa con el fuego que lleva dentro, cómo le brotan relámpagos de los ojos azules y se le quiebra la voz en truenos más ruidosos que inteligibles.»,

Parece que fue en 1483 cuando Colón se presentó ante Juan II de Portugal con un proyecto que, al decir de su hijo Fernando, se reducía a «buscar muchas islas y tierras por el océano occidental». El rey escuchó atentamente la explicación verbal de Colón, quien, al parecer, le pidió la concesión de unos barcos con sus correspondientes dotaciones de hombres y pertrechos. En su vago proyecto se proponía alcanzar la Antilia (la legendaria isla de las Siete Ciudades, donde suponía que habían huido siete obispos españoles al consumarse la dominación musulmana); Catay y Cipango. Don Juan acogió con interés el proyecto de aquel genovés que le había sido recomendado por su médico hebreo y estaba casado con una joven portuguesa, cuya familia servía a la Corona y estaba emparentada con el arzobispo de Lisboa. En el ánimo del monarca portugués también debieron pesar los ricos comerciantes y financieros genoveses instalados en su reino, y los navegantes de la misma nacionalidad que habían contribuido a enriquecer el patrimonio colonial portugués, como Manuel Pesagno, Lanzaroto Malocello, Niccolo de Recco y Antonio da Noli.

Sabiendo Juan II los riesgos que comportaba la travesía atlántica, no quiso comprometer su palabra y lo sometió a la Junta de Mathemáticos. Las tres personas que lo examinaron por orden del rey eran Diego Ortiz de Villegas, obispo de Ceuta y hombre de reconocida competencia en cuestiones náuticas, y los maestros Rodrigo y José Vizinho, médicos judíos del rey y doctos en astronomía y geografía. El dictamen de los especialistas fue desfavorable y aconsejaron al rey desechar el proyecto colombino.

El Padre Las Casas, imbuido de la idea providencial que Colón tenía de sí mismo, dice que por entonces, al fracasar en sus tentativas de convencer al rey de Portugal, en cuyo país se había naturalizado, perdió a su mujer «porque convenía estar desocupado del cuidado y obligación de la mujer para el negocio en que Dios le había de ocupar toda la vida, plúgole de se la llevar...» Ante aquel viudo joven con hijo de corta edad debieron plantearse grandes incertidumbres, pero la fe de hombre predestinado a grandes empresas orientó sus pasos. Años más tarde, en 1505, escribe a don Fernando el Católico: «Dios nuestro señor milagrosamente me embió acá porque yo sirviese a Vuestra Alteza. Dixe milagrosamente porque fuy a portar a Portugal a donde el Rey de allí entendía en el descubrir más que otro; él le atajó la vista, oydo y todos los sentidos, que en catorce años no le pude hacer entender lo que yo dixe.»

En 1484 o en 1485, pues en este sentido sus historiadores y biógrafos no se ponen de acuerdo, Cristóbal Colón se vio obligado a abandonar Portugal en secreto. Posiblemente el motivo de la marcha fueran su ruina y endeudamiento, como señalan algunos autores. Pero quizá también existían motivos menos explícitos. Madariaga sugiere, no sin argumentos de peso, que Colón antes de salir de Portugal copió la carta y el mapa de Toscanelli, que tanto le interesaban. Textualmente escribe: «Un día penetró en el aposento donde él sabía que aquel mapa inestimable yacía olvidado bajo capas de polvo. Llevaba en la mano un libro suyo: Historia Rerum Ubique Gestarum del Papa Pío II. Sacó el documento de su escondite y lo copió sobre una de las páginas en blanco de su libro. Cauto según su costumbre, omitió en la copia los datos esenciales, como el punto de partida de los cálculos que daban la longitud de las travesías; luego tomó bastantes notas para poder copiar el mapa a su placer; y, finalmente, salió del aposento con el tesoro que necesitaba como credenciales científicas para su misión en Castilla, sabiendo que, aunque el Rey de Portugal lo podría considerar como traidor, la posteridad le perdonaría, y así, con la carta y el mapa en su bolsillo, apretados sobre el corazón, con su hijito Diego que entonces tenía cinco años, como único compañero, Colón salió huido de Portugal.»