II. Simón Bolívar, El Hombre
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Introducción
SIMÓN Bolívar, el hombre al que le tocó protagonizar el papel más destacado en los primeros años de la vida independiente de Latinoamérica, nació en Caracas, el 24 de julio de 1783.
Ese día, en la vieja casona colonial, la actividad es incesante: los esclavos se deslizan por las amplias galerías silenciosos y preocupados. Un hombre deambula por los patios, la mirada fija en las rojas baldosas: de pronto, el llanto de un niño: el eco de los salones lo multiplica. La fiel Hipólita abandona la habitación en la cual ha permanecido junto a la comadrona asistiendo a su ama, doña María de la Concepción Palacios. La esclava negra avanza hacia el señor de la casa. Don Juan Vicente Bolívar y Ponte recibe sonriente la noticia del nacimiento de su cuarto hijo: Simón.
Una ilustre familia
Los antepasados de Bolívar se cuentan entre los primeros en llegar a Venezuela, y se calcula que este hecho se produce alrededor de 1559. Todas las generaciones que le precedieron, de noble raigambre española, se mantuvieron fieles a la corona, llegando incluso a ocupar cargos militares y administrativos. Trasladaron a estas nuevas tierras el bagaje cultural europeo e intentaron reproducirlo; la próspera familia sigue manteniendo las costumbres de la península y se rodea de un refinado marco cultural. La opulencia en la que se mueven proviene de la tierra, una mina de cobre y muchos esclavos.
Se comenta que los antepasados de Bolívar, también su padre, eran aficionados a las cazas amorosas y que por las venas del futuro Libertador corrían gotas de sangre negra, producto de los amores de un bisabuelo con una bella mulata.
Muchos autores han visto en esta circunstancia —no probada fehacientemente— la causa de las tensiones y los conflictos internos que agitaron la vida de Simón Bolívar. De ser cierto, este hecho se presentaría como un símbolo del ensamble de las dos culturas predominantes en Venezuela: la negra y la española.
Al llegar a América, el negro encontró un hábitat apropiado para continuar su antigua cultura: clima, suelo, sentido y color de la madre naturaleza. Pudo desarrollar entonces su concepto mágico y vital del universo aliviando tal vez, aunque fuera en parte, las ásperas condiciones en que se le obligó a trabajar dentro del régimen esclavista. El español encontró allí un inmenso territorio donde imponer su cultura, su cruz, sus leyes y su espada. Muchos años más tarde, Simón Bolívar, frente al recurso de sus esclavos, diría: «Tengamos presente que nuestro pueblo no es el europeo ni el americano del norte, que más bien es un compuesto de Africa y Europa».
La familia de Simón es representativa de aquellas que al llegar a América lograron riqueza, poder social y privilegios. Don Juan Vicente Bolívar y Ponte era coronel del Batallón de Milicias de Blancos Voluntarios de los Valles de Aragua, como así también comandante de la Compañía de Volantes del río Yarucay. Habitaba, junto con su esposa y sus cuatro hijos: María Antonia, Juana, Juan Vicente y Simón, en la solariega estancia de San Mateo, herencia de su antepasado Simón II, quien la obtuvo por real concesión en el año 1593. En esa estancia transcurrieron los primeros años del que más tarde encabezaría las luchas por la independencia del continente. En la amplia biblioteca figuran las obras predilectas de su padre: Las ordenanzas militares y los dramas de Calderón de la Barca. A los dos años, SimóuJBolívar ya poseía una considerable fortuna personal, heredada de un tío suyo, don Juan Félix Jerez Aristeguieta y Bolívar, sacerdote que le bautizó el 8 de diciembre de 1784.
Referente a este hecho y con ocasión de inaugurarse en el año 1921 la casa de Bolívar como monumento histórico, el presbítero doctor Carlos Borges pronunció el siguiente discurso: «Desde hoy y para siempre Simón Bolívar es cristiano: hierve el hogar en regocijo, cuanto brilla en Caracas por la nobleza o por la fortuna se encuentra aquí presente. Revienta, de pronto, en el zaguán, con resonante júbilo, la magnífica orquesta de la Academia de Blandín. Así saluda el padre Sojo la entrada triunfal de su sobrino en el camino de la cruz. En la exaltación del entusiasmo, se alzan, plenos de vino, vasos y corazones. Son viejos vinos españoles, color de sangre y oro como la bandera de la conquista. Vinos de altar y trono, topacios y rubíes que fulguran gloriosamente en las copas en círculo, cristalina corona de la fiesta. Desde las ventanas de par en par abiertas, los padrinos tiran puñados de monedas a la chiquillería insaciable que aturde las calles con sus vivas. En el fondo del último patio, al son de arpas y maracas, los esclavos bailan la zamacueca. Y lejos del grupo servil, en el centro del señorío, más que todos alegres y orgullosa, Hipólita desempeña sus funciones de aya. Vedla qué mona y qué galante con más adornos que la palma del Arzobispo el Domingo de Ramos».
La reconstrucción de este hecho tiene algo más que un puro valor descriptivo. Sin proponérselo, el sacerdote nos muestra claramente la situación de privilegio de la familia Bolívar y, en consecuencia, nos presenta un espejo que refleja en forma cabal a las adineradas familias criollas, verdaderos señores feudales de las nuevas tierras, que recibían el nombre de Mantuanos por los mantones de Italia que únicamente podían lucir las damas ricas.
El legado de su tío, el religioso don Juan Félix Jerez Aristeguieta y Bolívar, convirtió al futuro Libertador en un adinerado terrateniente cuando sólo contaba dos años. La herencia se componía de los siguientes rubros: una casa en Caracas, una hacienda de 25.000 árboles de cacao en el Valle del Tuy de Yare, otra de 40.000 árboles de cacao en el Valle de Taguaza, otra de 30.000 en el Valle de Macayra, así como otras que pudiesen corresponderle como único heredero de su madre doña Luisa Bolívar, hermana del padre de Simón.
Sin padre y sin madre
A poco de cumplir Simón Bolívar los tres años, muere su padre (19 de enero de 1786), dejando a la viuda la administración de sus bienes y el cuidado de los niños. La viuda, mucho más joven que su esposo, parece haber tenido un fuerte temple y un profundo sentido práctico que le permitió hacerse cargo de la gran fortuna heredada, que consistía según el testamento en: 258.000 pesos en dinero; dos plantaciones de cacao cerca de Caracas; cuatro casas en Caracas, con los esclavos, muebles y joyas correspondientes; nueve casas en La Guaira; objetos de plata valorados en 46.000 pesos; casa de campo a orillas del mar; casa y finca fuera del recinto de Caracas; la finca de San Mateo, con más de mil esclavos y dos trapiches azucareros; un rancho de producción de índigo cerca de San Mateo, en el valle de Aragua; tres extensos ranchos de vacuno en los llanos, hacia el Orinoco; el valle de Arroa, con minas de cobre, y las minas de Cocorote.
La personalidad de la joven viuda se refleja en algunas cartas que se conservan aún y que revelan su temperamento: «No hay que precipitarse en esto de comprar esclavos, que es menester que sean muy buenos, para dar por ellos el dinero que piden; es un dolor dar 300 pesos por unos esclavos que apenas pueden servirte ocho años, y la negra que ni parir puede mucho». Esta correspondencia que hoy puede aterrarnos era común en la época de la colonia. Por eso debemos estimar el esfuerzo enorme, la pugna interna que debió sufrir Bolívar en su futura actividad política.
El 6 de julio de 1792 muere doña Concepción Palacios; la reemplaza, en su carácter de responsable de la familia, don Feliciano Palacios. El niño, a los nueve años, sin sólidos lazos de autoridad, sólo tiene un afecto profundo; paradójicamente es una mujer de color, Hipólita, aquella negra que le atendió y amamantó desde su nacimiento. El recuerdo de Hipólita siempre se mantuvo vivo en el corazón de Bolívar. En 1825 escribe a su hermana: «Te mando una carta de mi madre Hipólita para que le des todo lo que ella quiera, para que hagas por ella como si fuera tu madre: su leche ha alimentado mi vida, y no he conocido otro padre y madre que ella.»
A la muerte de su madre, Simón queda a cargo de su tío Feliciano Palacios, quien le lleva a su casa y se constituye en tutor. El niño extraña la libertad del campo, los juegos con sus hermanos, las tardes de pesca junto al mayordomo; pero le apena aún más la ausencia de la mano cariñosa que le calmaba cuando el sueño se negaba a venir en las noches de tormenta.
En esos años los clérigos eran los depositarios de los conocimientos culturales, y el tío de Bolívar enmienda a uno de ellos su educación. Es así como comienza a introducirse en el árido mundo de las matemáticas y la botánica. En estos primeros años no se muestra muy inclinado al estudio y le fastidian la diaria asistencia a misa y las continuas advertencias sobre los peligros de pecado. Añora las historias que contaban los viejos esclavos en la casa de campo, allá en los valles de Aragua, entre los altos picos de las montañas. Aquellas narraciones fantásticas, con acentos africanos, despertaban en su alma anhelos de aventura.
El tío, que le ama entrañablemente, al verle decaer día a día comprende que esa disciplina escolástica anula en el pequeño su personalidad. Por tanto, decide contratar los servicios de un joven preceptor, de concepciones modernas y revolucionarias: Simón Rodríguez es su nombre.
Simón Rodríguez Carreño nació en Caracas sólo doce años antes que su alumno. Sin embargo, a diferencia de éste, no tuvo ni riquezas ni blasones: pertenecía a una familia de la pequeña burguesía, en cuyo seno la discordia era la norma. Muy joven, quedó huérfano y con sólo catorce años marchó a Europa. Recorrió el continente a pie, tratando de grabar en su retina las huellas de la historia de la humanidad presente en cada callejuela, en cada piedra. En Francia estableció contacto con el pensamiento de Rousseau y Montesquieu y se transformó en ferviente admirador y difusor del Contrato Social y del Emilio. Adquiere el convencimiento de la dicotomía existente entre el orden natural y el orden social. Reviviendo las desigualdades sufridas en carne propia, decide que su vida sólo tendrá sentido en la lucha contra esas diferencias.
Venezuela, su patria, el lujurioso país de los contrastes, de las selvas vírgenes, de los llanos y las altas montañas, le atrae como un imán. No sospechaba el joven romántico que, al volver a ella, un niño llamado como él, de profunda mirada, sería el vehículo que el destino pondría en su senda para realizar sus planes.
Hay algo de fatal y de misterioso en la elección que de preceptor hace su tío. Rodríguez no reúne los requisitos mínimos para hacerse cargo de la educación del pequeño. Por el contrario, se sabe que es profundamente anticlerical; su vida privada tampoco es un dechado de virtudes y propugna la ruptura de los moldes clásicos de convivencia; además, es un enfervorizado lector de los ilustrados y propagandista de las ideas que convulsionan a Europa y que aterran a la sociedad clasista venezolana. Sin embargo, con la fuerza de sus veinte años y la experiencia de sus viajes, el joven maestro atraviesa el portal de la noble casa y toma bajo su tutela intelectual al hijo de aquel poderoso señor Bolívar y Ponte, al heredero de enormes extensiones de tierra, de fecunda tierra productora de añil y cacao que era llevado en carruajes hacia Guaira y de allí, en veleros, hacia las Antillas; al dueño de centenares de esclavos que extraían de las profundidades rocosas los valiosos metales; al pequeño huérfano que le sonríe amistoso desde la profundidad de su mirada.
El niño comienza a reponerse nuevamente; admira a su maestro y proyecta en él la imagen del padre que le falta; pero sin las características solemnes de aquél, que, desde la pintura magníficamente enmarcada, preside el salón. No, Simón Rodríguez es un padre afectuoso, comprensivo, compañero de juegos, casi un hermano mayor, sabio, conocedor del mundo y sus placeres.
El preceptor, enemigo declarado de la cultura escolástica, de sus métodos pedagógicos, invita a su alumno a largas caminatas: una piedra, hoy; un pájaro mañana, tal vez el torbellino de las aguas o el cielo estrellado en la noche impregnada de azahares y jazmines serán los elementos que utilizará para despertar el interés del pequeño. Este, por su parte, ha de sacar sus propias conclusiones, debe establecer las relaciones de causa a efecto que producen los fenómenos y comprobar el equilibrio de las fuerzas naturales, la armonía del cielo y de la tierra.
El mundo, entonces, adquiere ribetes insospechados, se le presenta claro en su conjunto: la naturaleza regida por las fuerzas celestes, las mareas que ascienden y descienden, todo perfecto en su eterno equilibrio. Y ante ese mundo nuevo, el otro, el cotidiano, el contrapuesto, aparentemente más real que el verdadero: un mundo con dogmas caprichosas, con esclavos doblados sobre el surco y señores en literas doradas; un mundo de fiestas con valses de Haydn y carnets de baile; un mundo en el cual había nacido Simón Bolívar y al cual debía pertenecer por cuna y clase.
Un día, frente al emblema familiar, Rodríguez explicaría al niño el significado del mismo. El escudo nobiliario tiene en su centro un molino de viento; el apellido Bolívar significa «Pradera del molino»: un molino en la pradera vasca. Desde ese paisaje partió el primer Bolívar, y en estas tierras nuevas desempeñó tareas de notario; en cierta ocasión llegó a rechazar la implantación de nuevas tasas de impuestos y fue encarcelado por ello. El niño permanece absorto: ¿qué son esas historias?, ¿sus parientes habíanse sublevado contra la autoridad y sufrido cárcel por esa causa? Nunca se lo habían dicho antes; hasta ese momento el rey se presentaba ante sus ojos como el compendio de todas las virtudes, y cuanto emanara de él debía respetarse como palabra santa. Pero existían hombres que se revelaban contra él; uno de su misma sangre lo había hecho: el joven reflexiona, Rodríguez se cuida muy bien de facilitarle el trabajo. Las conclusiones deben surgir de él mismo.
De las Termópilas a Viracocha
Bolívar cabalga junto a su preceptor por los senderos, reconociendo los pájaros por sus trinos, aprendiendo los nombres de ciudades lejanas, las costumbres de sus gentes, las epopeyas que forjaron sus destinos.
Simón Rodríguez hace aparecer ante sus ojos la historia de la humanidad: hay un desfiladero, allá en la antigua Grecia; un grupo de espartanos, un reducido batallón lo proteje del invasor persa; se tornan invencibles y sólo les aniquila la traición. El niño se conmueve con el relato. Se estremece ante el heroísmo. En su febril imaginación se ve protagonista de hechos similares. Pero Grecia es el pasado lejano y luminoso, un rincón en los siglos habitado por dioses e hijos de dioses, por columnas de mármol y figuras desnudas y mutiladas.
América no es eso. Con su enmarañada selva y su gente primitiva, ha sido para el niño, hasta entonces, sólo un lugar de paso: un sitio donde crecen el prestigio y la fortuna, que luego han de lucirse allá en Europa. La Europa que, en realidad, nunca ha sido abandonada y que signa todos los actos familiares desde el símbolo nobiliario finamente bordado en un tapiz.
El preceptor prosigue su trabajo y esta vez ya no habla de Grecia, ni de los héroes de las Termópilas. Ahora encamina, como en un cuento, la imaginación del pequeño hacia un enorme templo, con nueve puertas y paredes labradas en la piedra; el mismísimo Fidias sentiría envidia ante tanto esplendor, ante tanta maestría artesanal, ante tanta belleza en perfecta armonía con la naturaleza que le rodea.
¿De qué templo se trata? ¿Dónde se encuentra esa maravilla? ¿Qué cultura pudo producirla? Simón Bolívar pregunta, y Rodríguez pausadamente le habla de un lugar, al cual se llega sin cruzar los mares, habitado durante siglos por seres semejantes a aquellos que veía al salir de la iglesia, cruzando la plaza con sus canastas llenas de frutos y con sus mantas multicolores.
Existe un territorio al sur de Cuzco con un hermoso valle rodeado por altos y escarpados picos con nieves eternas. Su clima es muy frío debido a la altura y a la cercanía de los cerros nevados de Vilcanota, de cuyas minas se extrae plata: muchas piezas de la vajilla que reluce en los días de fiesta sobre la mesa de nogal del tío Feliciano provienen de esa mina cercana al valle de Tinta. Este es un punto de vital importancia para las comunicaciones, ya que por él serpentea el río Pilcomayo. Allí se asienta una importante cultura indígena, orgullosa de su pasado glorioso, en la que destaca especialmente el templo de Viracocha (dedicado a la divinidad fundadora del imperio de Tahuantinsuyo), el enorme imperio que los incas crearon y en el cual alcanzaron un esplendor que aún asombra.
En esta región, doce años antes del relato de Rodríguez a Bolívar, un descendiente de los incas, un noble de la realeza india, se dirige por intermedio de un pariente a la corte de Madrid y ruega al rey la derogación de ciertas normas de esclavitud a las que se veía sometido su pueblo. El gobierno de la metrópoli responde ordenando su encarcelamiento. Una vez libre el inca, promueve un levantamiento que, si no hubiera sido saboteado por la traición, pudo haber llevado al éxito y al poder al heredero del imperio incaico: José Gabriel Condorcanqui, quien pasaría a la historia con el nombre de Tupac Amaru. Pero el movimiento fracasó y su promotor fue apresado y condenado a muerte el 17 de mayo de 1781, junto con su mujer y compañeros. El documento que registra la sentencia es por demás elocuente e imaginamos el efecto que pudo producir en Bolívar al escucharlo de los labios de su joven guía: «El viernes, 18 de mayo (de 1781), salieron de la Compañía de Jesús, donde fueron mantenidos presos, nueve sujetos que fueron los siguientes: José Verdejo, Andrés Castelo, Antonio Oblitas, Antonio Bastidas, Francisco Tupac Amaru, hijo del traidor, y el insurgente José Gabriel. Todos venían con sus grillos y esposados, metidos en unos zurrones, y arrastrados a la cola de un caballo aparejado. Acompañados de los sacerdotes que les auxiliaban y custodiados por la correspondiente guardia, llegaron todos al pie de la horca y por medio de dos verdugos se dio muerte a Verdejo, Castelo y Bastidas: ahorcados. A Francisco Tupac Amaru, tío del insurgente y a su hijo Hipólito se les cortó la lengua antes de arrojarles de la escalera de la horca. Y a la india Condemaita se le aplicó garrote… El indio y su mujer presenciaron los suplicios, hasta los que se propinaron a su hijo Hipólito, último en subir a la horca, a quien le siguió la india Micaela, a quien, en presencia de su marido, se la cortó la lengua y se la dio garrote. El rebelde José Gabriel cerró el siniestro episodio. En medio de la plaza, el verdugo le cortó la lengua y le pusieron en suelo, atándole los pies y las manos con cuatro lazos asidos a la cinta de cuatro caballos tirados por cuatro mestizos hacia cuatro direcciones distintas. Porque los caballos no eran demasiado fuertes, o porque el indio era de hierro, no pudieron dividirle… El visitador, movido de compasión por el padecimiento de aquel infeliz, despachó una orden para que se le cortase la cabeza. Y así se hizo. Después, se le condujo debajo de la horca, donde se le arrancaron los brazos y los pies. Eso mismo se ejecutó con su mujer. Los cuerpos del indio y su mujer se llevaron a Picchu, donde se había erigido la hoguera en que fueron arrojados. De este modo, acabaron José Gabriel Tupac Amaru y Micaela Bastidas; cuya soberbia y arrogancia llego a tanto que se denominaron reyes del Perú, Chile, Quito, Tucumán y otras partes con locuras de ese tono.»
El relato conmueve a Bolívar. Rodríguez percibe la inquietud que le sacude; ya nada será igual. La América, ese continente en el cual ha nacido y al cual pertenece, encierra historias de valor y de sangre, de creación y de muerte. También tiene sus propios dioses, dormidos, pero no muertos, prontos a renacer como el volcán.
Si los habitantes del Olimpo, aquellos mitológicos seres, intervenían en los asuntos de los hombres a su favor o en su contra, aquí, entre los Andes, desde las salamancas, el espíritu de la Pachamama reacciona asombrando a los hombres de otra civilización. Rodríguez le comenta el episodio mágico. Nosotros, incapaces de recrearlo, nos limitamos a transcribir la crónica de la época: «Suceden algunas cosas que el diablo las trama y dispone para confirmar a estos indios en sus abusos, agüeros y supersticiones. Dígolo, porque habiendo hecho un tiempo muy seco y días muy serenos, aquél amaneció tan atoldado que no se le vio cara al sol, amenazando por todas partes a Hover y a hora de las doce, en que estaban los caballos estirando al indio, se levantó un fuerte refregón de viento y tras éste un aguacero que hizo que toda la gente, y aun los guardias, se retiraran a toda prisa.»
En las montañas nevadas, bajo una manta de llama que poco a poco va fundiendo sus colores con los de la roja tierra, una anciana implora a los antepasados, sentada en cuclillas, junto a un caldero humeante. Lo que asombra al cronista no es secreto para ella, pues sabe que la lluvia que cae sobre los cerros es el llanto de la Pachamama, que lamenta la muerte de su hijo, Tupac Amaru. Su gemido se une al canto de las quenas. Doce años después, el mismo silbo llenará los oídos de un muchacho de Caracas.
Primeros vientos de independencia
Allí en San Mateo, en la hacienda de los Bolívar, transcurrieron los primeros años de Simón en compañía de su preceptor y amigo. Rodríguez cultivaba su mente hablando al niño de un mundo de ideas y sentimientos nuevos, y poco a poco le fue presentando en forma simple los principios ilustrados. Le habló de la democracia, del liberalismo, del radicalismo, a la vez que le incitaba a desarrollar su gusto por la naturaleza. Todas estas narraciones se transformaban en cosa viva, en realidad concreta.
Un día, el maestro informa a su alumno de que en la vecina Nueva Granada se había producido un levantamiento contra la autoridad española. El origen de la revuelta había que buscarlo en la difusión que hiciera Nariño de la Declaración de los Derechos del Hombre. Las copias de dicho documento, que costó a su propagandista la cárcel, se repartieron desde México al Río de la Plata, provocando honda impresión entre los sectores intelectuales y progresistas.
Simón Rodríguez se entusiasma ante la perspectiva de repetir la experiencia en Venezuela y comienza a conspirar junto a varios amigos. Algunos historiadores opinan que, dados los profundos lazos de amistad que unían al preceptor y a su joven alumno, éste debía estar al tanto, aunque fuera superficialmente, de los planes de la insurrección.
Bolívar contaba a la sazón quince años, pero las enseñanzas de Rodríguez le habían aportado una lucidez superior a su edad. El complot fue descubierto y sus cabecillas detenidos. Algunos de ellos condenados a muerte, otros sufrieron prisión. Simón Rodríguez logra escapar. Bolívar escucha los ataques familiares a su preceptor y se indigna. De nuevo ha quedado solo; los días se le hacen interminables y le inquieta la suerte sufrida por su amigo. Pero también el fracaso de la insurrección en la que estaba comprometido el preceptor le ha desilusionado profundamente.
Los años siguientes los pasará estudiando junto a otro prominente venezolano, Andrés Bello, representante máximo de la poesía de su país, el autor de Silva a la agricultura de la zona tórrida. Gracias a él se introduce en el estudio de la literatura, especialmente de la poesía.
Ya la niñez había quedado atrás. Los ideales de Rodríguez se le figuraban como utopías. Simón Bolívar decide acceder a los deseos del tío y en 1799 ingresa en el ejército, luciendo pronto el uniforme militar con el grado de subteniente. En 1800 parte hacia España con diecisiete años recién cumplidos y su rango militar recién adquirido.
El navio que zarpa rumbo a España aleja a Bolívar de su tierra, del recuerdo de la fiel Hipólita y de las febriles pláticas con su preceptor. El asombro ante el viaje y lo inesperado llena toda sus horas. El barco, antes de cruzar el océano, efectúa una escala en México. Conocidos de su tío le aguardaban en el muelle. Esa noche, invitados por ellos, conocerá al virrey de Nueva España. Corre una leyenda sobre este encuentro que parece creada por sus defensores para agigantar el mito. Según la misma, Bolívar manifiesta al virrey sin ningún tipo de reticencia las ideas inculcadas por Rodríguez, incluso la de la independencia. Nuestra opinión es que, faltando todo tipo de documentación que acredite la veracidad del hecho, debemos considerarlo como una especulación intencionada de sus seguidores.