II. Por El Ancho Mundo Iberoamericano
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Introducción
EN la vida del joven Guevara reaparece Alberto Granados, a la sazón ya doctor en Medicina y especializado en bioquímica. Los dos amigos, al decidir su viaje por tierras chilenas, están animados por un espíritu a la vez deportivo y científico. Tienen la descabellada idea de cruzar los Andes en motocicleta y desde la vecina Chile pasar a la isla de Pascua. A Ernesto le mueve principalmente el interés que últimamente se le ha despertado por la arqueología. La curiosidad de Granados es más profesional: quiere visitar en la isla la leprosería de Rapa-Uni.
Las primeras etapas del viaje se realizan de acuerdo con el proyecto inicial. Pero luego la suerte lo dispone de muy distinta forma. La excursión se prolongará bastante más de lo previsto, y por otros derroteros.
La pareja de osados viajeros, que alternativamente serán en la moto conductor o «paquete», abandona Buenos Aires el 29 de diciembre de 1951. Insertamos a continuación el artículo que publicaba, el 19 de febrero del año siguiente, el Diario Austral de Temuco (Chile):
«Desde ayer se encuentra en Temuco el doctor en bioquímica señor Alberto Granados, y el estudiante del séptimo año de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, señor Ernesto Guevara de la Serna, quienes cumplen un raid en motocicleta con el propósito de visitar los principales países latinoamericanos. Los raidistas partieron de la provincia de Córdoba el 29 de diciembre, y después de recorrer todo el norte argentino pasaron a Chile por Peulla y luego visitaron Petrohué, Osorno y Valdivia, punto este último de donde partieron ayer mismo a Temuco. Efectúan el viaje en una moto.
»Los; científicos visitantes son especialistas en leprología y otros tipos de enfermedades derivadas de este terrible mal. Los señores Granados y Guevara, quienes efectúan esta gira con sus propios medios económicos, tienen especial inquietud por conocer de cerca el “leprosario” chileno de Rapa-Uni. En consecuencia, una vez en Valparaíso, los médicos visitantes se pondrán en contacto con los dirigentes de la “Sociedad de Amigos de la Isla de Pascua”, con el fin de estudiar la posibilidad de visitar ese lejano “leprosario” de nuestra isla del Pacífico. Los raidistas científicos desean terminar su gira en Venezuela. Terminada su visita de un día a Temuco, los señores Granados y Guevara seguirán hoy viaje a Concepción.»
El viaje programado cambia de rumbos
A la salida de Temuco, la expedición comienza a torcerse, y del modo más grave: después de recorrer durante cincuenta y cinco días una de las zonas más abruptas del Continente, la moto se niega a seguir marchando. Las averías son de las que no tienen reparación posible; así que nuestros motorizados caballeros andantes no tienen más remedio que descabalgar y seguir en el coche de San Fernando, después de malvender la cabalgadura por lo que quisieron darles por ella.
Sería probablemente al quedar apeados cuando los excursionistas decidieron abandonar sus primitivos planes, encomendándose un poco a la ventura, puesto que los que viajan a pie, y para colmo con poco dinero, muchas veces han de ir adonde pueden y no adonde quieren. En Santiago, hubieron de abandonar la idea de su travesía por mar hasta la isla de Pascua; las excusas que les oponían eran múltiples: no había barco que próximamente se dirigiese allá..., en la leprosería (el «leprosario», según la expresión local) sobraban los facultativos... Total: que al parecer, la visita de los dos médicos argentinos (en realidad eran médico y medio) a la isla, no era vista con buenos ojos por algunas autoridades.
Los dos caminantes, prosiguiendo hacia el norte, cruzan la frontera chileno-peruana. Por el camino, y para ganar el sustento, ejercen toda clase de oficios manuales: hacen de peón albañil, marinero... Alguna que otra vez, de médico incluso. Al fin llegan a Lima, donde permanecen varios días. Según Granados, en la capital peruana les fue fácil subsistir, porque la vida es barata; y además, cuando no sabían qué hacer de sus cuerpos, a los dos vagabundos les quedaba el recurso de refugiarse en alguna biblioteca, «lugar —en opinión de Granados— muy económico para viajeros pobres y, además, bastante abrigado».
El saberse cerca de Machu-Picchu fue una tentación demasiado fuerte para el arqueólogo aficionado Guevara; allá, pues, que se van los dos vagabundos. La altitud del lugar, y un exceso de actividad, dado que Guevara quería verlo y hurgarlo todo, le provocaron una seria crisis de asma.
Satisfecha la curiosidad de Guevara, y repuesto de su afección, Granados impuso, de acuerdo con sus preferencias, el orden en la prosecución del viaje: había que ir a Iquitos, para visitar la leprosería. Antes de alcanzar aquel puerto fluvial del Amazonas, los viajeros hubieron de cruzar el país, de sur a norte, casi en los tres cuartos de su longitud. No se sabe cómo se las arreglarían; pero el hecho es que llegaron a Iquitos.
El contacto con los enfermos de la leprosería de San Pablo dejó en Ernesto un recuerdo imborrable. Transcurridos muchos años afirmaba todavía que en ninguna otra sociedad humana se daban en forma tan generalizada y espontánea los sentimientos de solidaridad y lealtad.
Según Guevara, los confinados en la leprosería se entregaron con el corazón a los dos jóvenes médicos que acudían desde tan lejos para visitarlos. Aquellas pobres gentes construyeron una balsa, para que los argentinos pudieran proseguir su viaje por las aguas del Amazonas. Los arriscados viajeros habían cruzado, siguiendo la espina de los Andes,. casi todo el territorio sudamericano; su hazaña itinerante quedó simbolizada en el nombre que escogieron para la balsa: Mambo Tango... Apelativo con resonancias africanas y que por la danza unificaba el Norte y el Sur del Subcontinente latinoamericano.
El reformista deja paso al revolucionario
En este punto, cuando nuestros dos viajeros se disponen a proseguir su viaje sobre las aguas amazónicas en dirección de la frontera peruano-colombiana, conviene hacer un inciso para recalcar cierto hecho significativo.
La somera relación de viaje incluida en el presente capítulo ha sido entresacada de un extenso artículo publicado en la revista Punto Final, de Chile; número del 7 de noviembre de 1967. En dicho trabajo literario, el doctor Granados recuerda los detalles de aquella gran escapada por tierras americanas en compañía del joven amigo que había de hacerse mundialmente célebre.
Sin embargo, en el largo artículo, donde son pasadas por menudo todas las circunstancias de la expedición: aventuras, apuros pecuniarios, pasajeros enfados entre los dos camaradas, resulta difícil encontrar sin embargo, algún párrafo que trate del pensamiento político de Ernesto Guevara. Todo lo más, que en Machu-Picchu, habiendo defendido Granados, en el curso de una conversación, las tácticas reformistas, provocó una réplica desabrida de su joven compañero: «¿Hacer la revolución sin disparar tiros? ¿Estás loco?». Pocos días después de haber soltado en Machu-Picchu aquel exabrupto, Guevara vuélvese a mostrar partidario de la acción violenta.
Eso es todo, y bien poco por cierto. Sobre todo para pretender, como implícitamente lo hace el articulista de Punto Final, que en el año 1952, durante su larga excursión por tierras americanas, Ernesto Guevara se hallaba en el gran recodo de su evolución político-humana y se había decidido ya por los extremismos de la violencia como únicos argumentos válidos y eficientes en la lucha contra la reacción.
La Mambo-tango se desliza por las caudalosas aguas del Amazonas. Cuando la balsa, con sus dos tripulantes, alcanza el insignificante puerto de Leticia, en la raya fronteriza de Colombia, para los expedicionarios comienzan las dificultades y pejigueras de carácter administrativo-policial. En todo su recorrido por Chile y Perú, los dos vagabundos no habían tenido el menor tropiezo, que mereciera tal nombre, con los representantes de esa divinidad intangible a la que se da el nombre de Autoridad. Pero en la raya peruano-colombiana la tal diosa daría por fin señales de su existencia, por medio de sus andrajosos, puercos y analfabetos sacerdotes: los guardias fronterizos. Estos, como primera providencia, pusieron a buen recaudo a los dos recién llegados.
De acuerdo con lo que pueden esperar de «la autoridad competente» un par de vagabundos que andan de la ceca a la meca, sin dinero, andrajosos, y sin «visas» consulares, resulta milagroso que no hubieran dado el traspiés mucho antes. Ello dice mucho en favor de los gobiernos chileno y peruano del tiempo. Pero el dictador Laureano Gómez recelaba de todos los que se asomaran a Colombia desde la otra parte de la frontera; sobre todo, si ofrecían un aspecto tan poco recomendable como el que presentaban Granados y Guevara después de haber recorrido, mediante toda clase de arbitrios y vehículos, no se sabe cuantos millares de kilómetros.
En cuanto a lo acontecido en este momento del viaje, se dan versiones contradictorias.
La verdad histórica parece reducirse a que los viajeros obtuvieron un permiso de tránsito por setenta y dos horas; que desde Leticia una «guagua» los condujo a Bogotá y que con otra siguieron hasta Cúcuta, en la frontera colombiano-venezolana. Los dos amigos cruzan la raya fronteriza el 14 de julio de 1952, y dos días después se hallan en Caracas.
Ultimo eslabón de la cadena bohemia
Desde el comienzo de la interminable correría llevaban transcurridos siete meses. El motivo inicial del viaje, por parte de Alberto Granados cuando menos, era estudiar las condiciones sanitarias y humanas en que vivían los leprosos. Luego se había impuesto el espíritu errático de Guevara y, en rigor, los vagabundos habían dedicado a su propósito inicial tan sólo las dos semanas que pasaron en la leprosería de Iquitos.
Granados piensa que ya es tiempo de volver a su objetivo científico, y decide separarse de su camarada: entrará como médico en la leprosería de Calvo Blanco. En cuanto a Guevara, ya es tiempo, y con colmo, de que regrese a la Argentina. El curso académico va muy adelantado, y él había prometido a su madre volver a tiempo de concluir sus estudios y licenciarse. Pero sus propósitos juiciosos naufragan una vez más cuando se le ofrece la ocasión de proseguir la correría: En Venezuela, los amigos argentinos con quienes vive se dedican a transportar a Florida caballos de carreteras en un avión acondicionado para dicho tráfico. A Ernesto le basta con que le digan que el viaje ha de resultarle gratis. No tiene un céntimo, ni siquiera ropa con qué cubrirse, pero parte para Miami.
En la lujosa ciudad sureña, refugio de millonarios valetudinarios y de gangsters en la excedencia, Guevara tiene la suerte de encontrar a un grupo de viejos camaradas cordobeses. Uno de ellos, Jimmy Roca —hoy notable arquitecto—, recuerda los tiempos:
«... Compartíamos la indigencia de la vida de estudiante que yo llevaba. Tomábamos cerveza y comíamos papas fritas; el dinero no alcanzaba para otra cosa. El tema de la vivienda en América Latina obsesionaba a Ernesto. Al fin, salimos de la miseria cuando conseguimos un empleo inesperado: limpiar el departamento de una azafata cubana que recalaba en Miami.»
Nos quedamos sin saber si los servicios de Roca y Guevara con la azafata se limitaban a los de «mucama» o los había «extras». Pero el hecho es destacable, puesto que el conocimiento de una empleada de las líneas de Cuba es el primer indirecto contacto del «Che» con un país que tanta significación ha de tener en su destino y del que llegará a ser Ministro.
En octubre de 1952, después de diez meses de accidentada ausencia, Guevara decide volver a su patria.
La llegada de Guevara coincide con una reforma político-universitaria desagradable para el estudiante. A partir del curso 1953, se introduce en la enseñanza superior la materia de «formación ciudadana», en realidad «teoría del Peronismo», limitada hasta entonces a las escuelas primarias y secundarias.
Ernesto Guevara no lo piensa dos veces: decide obtener el título antes de que se ponga en vigor la nueva disposición. Y en efecto, consigue superar con éxito el examen en doce materias y preparar, bajo la dirección del doctor Salvador Pisani, una notable tesis doctoral sobre las afecciones alérgicas; estas enfermedades Guevara las conocía bien por haber sufrido de asma en su propia carne, o por mejor decir, en sus propios bronquios.
Ahora sí: con el flamante título de doctor en el bolsillo, Ernesto Guevara de la Serna se halla en la encrucijada decisiva de su vida.
Adiós a la bohemia
Igual que en la anterior correría, también los planes son de alcance limitado cuando en la primavera (austral) de 1953, el doctor Ernesto Guevara de la Serna se dispone a emprender su definitiva y segunda gran salida. Los planes iniciales eran de alcance limitado. Según Gregorio Selser, Guevara «deseaba llegar a Venezuela para laborar en un “leprosario”». En efecto: la idea del joven médico era reunirse con su mentor Alberto Granados en Venezuela. Pero los dioses del destino, que habían escogido ya el de nuestro héroe, torcieron la ruta en Bolivia. El hecho es todo un símbolo.
Cuando Guevara deja la tierra que le vio nacer (él no sabe que definitivamente) también lleva un compañero: esta vez se llama «Canica» Ferrer, viejo amigo de los tiempos de Córdoba. La partida tiene cierto regusto burgués: las fotografías de la época nos muestran a un Guevara vestido con atildamiento, pulcramente afeitado y con el pelo perfectamente liso a fuerza de «gomina» nacional. Los expedicionarios ya no utilizarán medios de transportes rudimentarios; nada de motos, balsas, o las propias piernas: el ferrocarril, y en primera clase. Los padres y Armando March, viejo amigo de la familia, despiden al viajero en la estación bonaerense de Retiro.
Hacer la revolución con D.D.T.
La primera etapa que se proponen realizar los elegantes expedicionarios termina en La Paz. Desde Buenos Aires a la frontera boliviana son dos días en un cómodo tren; luego hay que proseguir, como Dios dé a entender, en ferrocarriles de vía estrecha, decrépitos y chirriantes.
Cuando los dos viajeros argentinos llegan a La Paz, el país se halla en plena euforia de nacionalismo izquierdista. Desde hace algunos meses ocupa el poder el Movimiento Nacionalista Revolucionario que acaudilla Paz Estenssoro, después de haber sido derrocado el dictador Urroliagoitia. Los dos caballos de batalla de Paz Estenssoro son la reforma agraria y la nacionalización de las empresas mineras explotadas por firmas yankis.
Al parecer, las superpuestas elegancias con que Guevara salió de Buenos Aires fueron de corta duración. Ricardo Rojo nos dice que cuando en La Paz conoció al «Che», ya éste había vuelto a su despendolado aspecto habitual y vivía a la diabla en un tugurio inmundo de la calle Yanacocha, que compartía con «Canica» Ferrer. El futuro guerrillero no parecía muy entusiasmado por el empeño con que Paz Estenssoro intentaba realizar «la revolución desde arriba». Vuelto a sus antiguas aficiones arqueológicas, Guevara visita museos, y emprende dos agotadoras excursiones para conocer Tiahuana-co y la Puerta del Sol. Ferrer seguía como un catecúmeno las idas y venidas de su investigador y arqueológico amigo.
A la sazón se había dado cita en La Paz una nutrida colonia de argentinos exiliados. Estos no eran bien acogidos en el Perú del dictador Odria, ni por el gobierno chileno del general Ibáñez, que se consideraba hermano gemelo de Perón. Preferían, pues, a Bolivia, donde Paz Estenssoro todo y manteniendo relaciones cordiales con la administración peronista (que se dice financiaba el Movimiento Nacionalista Revolucionario), daba trato benévolo a los argentinos huidos. Figura destacada de aquella colectividad emigrada es Isaías Nougués, exponente de la plutocracia conservadora que se ha declarado enemiga de Perón. Su elegante residencia paceña del barrio de Caraceto se ha convertido en punto de reunión para los exiliados antiperonistas y a ella acude el flamante doctor Guevara, como él dice, «para llenar la barriga...» En casa de Nougués habla poco, y cuando lo hace, es para dedicar algún sarcasmo a los inanes esfuerzos de los movimientos reformistas. Según él, Paz Estenssoro «hace la revolución con D.D.T.». Esta ingeniosa salida debe ser explicada: En cierta ocasión Guevara visitaba el Ministerio de Asuntos Campesinos, acompañando a Ricardo Rojo, para estudiar sobre el terreno la cara «oficial» de la reforma agraria; y pudo ver cómo los guardias rociaban con polvos insecticidas las filas de indios que aguardaban ser atendidos por los funcionarios. Otro día, empleando símiles médicos, dice que «el tibio reformismo de los partidos elec-toralistas es una mera aspirina que sueña con detener el cáncer» y que «la revolución debe ser un revulsivo».
Esas raras manifestaciones, engarzadas como perlas valiosas en prolongados períodos de silencio, parecen revelar una toma de posición revoluciona-rio-marxista. Sin embargo, Guevara sigue llevando una vida, totalmente al margen de los movimientos extremistas, dedicado a su arqueología y «a ver mundo». Ello hace pensar que sus exabruptos son escapes de un espíritu original, y desde luego in-conformista, similares a su «Churchill es un político de pacotilla» y a otras tantas «boutades» de su época estudiantil.
En rigor, nada deja presumir que Guevara no siga siendo el mismo que hasta entonces fue: un bohemio enamorado de la vida, a quien indignan las flagrantes desigualdades sociales que ha contemplado en el curso de sus dilatados viajes, un hombre a quien produce dolor visceral el ver, en cualquier mísero poblado, a los pequeños indios deshidratados; pero que juzgado por un auténtico doctrinario leninista, ese hombre sería tachado de «blando y decadente humanitarista burgués».
El joven doctor decide proseguir, entretanto, el camino que cree haber escogido por sí mismo, cuando ha sido el destino quien ha resuelto por él.
Visitados a fondo los vestigios de la civilización aymará, la Puerta del Sol, la milenaria Tiahuanaco, Guevara considera que el ensayo de renovación social llevado a cabo por Paz Estenssoro no es espectáculo que merezca prolongar su estancia en La Paz. En Venezuela le aguarda su auténtica misión: el cuidado de los leprosos junto a su admirado Alberto Granados. Por otra parte, Venezuela queda lejos, y por el camino pueden ocurrir mil emocionantes imprevistos.
Adoctrinar a los indios
El camino hasta Venezuela es, desde luego, largo y prometedor. Hay que atravesar todo el Perú (país ya conocido); luego, Colombia. Acompañarán a Ernesto su reciente amigo Ricardo Rojo, y el otro argentino que ha pasado a la Historia tan sólo como acompañante de Guevara en aquel viaje: «Canica» Ferrer.
El recorrido hasta Perú lo harán en uno de los infames camiones que sólo utilizan los indios para llevar sus productos de uno a otro mercado: sacos de sal, azúcar, papas, bultos de coca... y a veces, escondidas entre lo demás, cajas de dinamita.
Guevara se encarga de adquirir los boletos. El vendedor le pregunta:
—¿Irán en Panagra, por supuesto? («Panagra»: Panamerican Grace Airlines.)
Ernesto se indigna.
—¿Nos tomas por gringos? Iremos en el camión.
El «cholo» (indio) asiente conciliador:
—Por supuesto, pero en clase Panagra, ¿no?
Sin comprender, Guevara contempla la cara impasible del indio vendedor. Al fin todo se aclaró. La clase «Panagra» era la cabina del conductor, donde, mediante el pago de un suplemento, cinco privilegiados tenían derecho a viajar. El tono del boletero dejaba entender que consideraba la baca, donde se hacinaría la maloliente indiada con sus bultos, indigno acomodo para tres jóvenes blancos.
Ernesto le interrumpe:
—Nada de Panagra. Iremos como todo el mundo.
Guevara hubo de comprender más tarde que había incurrido en un error. Inútil resultó el esfuerzo de los tres blancos por establecer un lazo de cordialidad con aquella gente. Los rostros cobrizos permanecían inescrutables; y las bocas, obstinadamente cerradas, dejaban tan sólo escapar algún eructo, cuya fetidez hacía dudar de que hubiera sido gestado en entrañas humanas.
Sin embargo, cuando el carromato llegó a Yunguyo, los guardias fronterizos peruanos mostraban, con su actitud recelosa, el convencimiento de que los tres blancos no habían hecho, durante el viaje, otra cosa sino «adoctrinar» a los indios. El caso empeoró cuando en el mísero equipaje de Rojo hallaron algunos folletos editados por el Movimiento Revolucionario boliviano. Sólo al comprobar que los blancos no comprendían una sola palabra de lengua aymará les permitieron seguir adelante.
El final de la etapa tenía que ser Lima; pero la proximidad de Cuzco resultaba un sueño demasiado fuerte para los gustos arqueológicos de Guevara. Este logra convencer a sus acompañantes de que deben hacer un alto en el camino. El trío recorre el valle de Urubamba y visita las ruinas de Sacsahuaman. La viejísima ciudadela fortificada causa en Guevara tal impresión, que decide permanecer por algún tiempo en el lugar. Ricardo Rojo, harto de piedras seculares, acuerda proseguir el viaje a solas; que los otros dos se reúnan más tarde con él en Lima. Punto de cita es el domicilio de una enfermera argentina que antaño conociera Guevara y que reside en la capital peruana.
Ricardo Rojo se siente incómodo en Lima. Activo antiperonista, sólo protegido por el Embajador de Guatemala (de la Guatemala procomunista de Arbenz), pudo salir de la Argentina. Desde entonces no llevaba otro pasaporte sino un papel, extendido por aquel embajador, que le reconocía como refugiado político. Mala recomendación era ésta en el régimen dictatorial peruano de Odria. La situación de Rojo quedaba empeorada por el incidente fronterizo de Yunguyo, del que la policía de Lima tenía noticias. Rojo se sentía vigilado; y entretanto, Guevara continuaba sin aparecer.
Ricardo Rojo había ya decidido proseguir solo su camino, cuando la casualidad volvió a reunir a los dos amigos. Ricardo se hallaba en la estación de autobuses, cuando, entre la multitud de viajeros y de gentes que aguardaban alguna llegada, divisó a un individuo que fumaba un cigarrillo con aire distraído: Era Guevara. Después de cambiar un efusivo abrazo, y con los boletos para el día siguiente en el bolsillo, los dos amigos acordaron despedirse dignamente de Lima, acompañados por Ferrer.
El 26 de septiembre de 1953, los guardas fronterizos de Ecuador registraban el paso de Ernesto Guevara, Ricardo Rojo y Canica Ferrer por Huaquillas. Desde la frontera siguió el trío hacia el calurosísimo puerto de Guayaquil. Se proponían cruzar todo Ecuador y luego Colombia, para entrar al fin en territorio venezolano.
En Guayaquil, el grupo de los tres recién llegados se vio acrecido con otros tres argentinos, abogados o estudiantes de Derecho: Osear Valdovinos, «Gualo» García y Andró Herrero, que decidieron seguir la suerte del grupo Guevara-Rojo. Los «tres mosqueteros» ya eran seis.
Por el momento, las probabilidades de pasar a Colombia eran escasas. En el vecino país, conservadores y liberales andaban a tiros, para no variar; el valle de Tolima hervía en guerrillas y el dictador Rojas Pinilla tenía movilizado al ejército. El solicitado «visado» de entrada para los argentinos se iba demorando semana tras semana.
Entretanto, los recursos económicos del grupo, nunca muy florecientes, daban las boqueadas. Como dice el cronista Selser, mencionado en otro lugar, «esa suerte de estudiantina de doctorado que es el desfogue de todos los recién graduados de todas las latitudes, corre el riesgo de zozobrar a mitad del camino». La panda de argentinos vivía en una barraca de madera, en el mismo puerto, y por todo mobiliario disponían de dos inmundos jergones, que usufructuaba el primero que llegase; los demás tenían que dormir en el suelo, si bien la diferencia no era mucha: las ratas, unas cucarachas gordas como gorriones y las nubes de mosquitos procedentes del insalubre río Guayas (que da nombre a la ciudad), trataban a los seis con encomiable imparcialidad.
Dado que la situación en el valle de Tolima no mejoraba, el cónsul de Colombia seguía negándose a dar el visado turístico, por temer que los argentinos pudieran sufrir algún percance si viajaban por tierra. Exigía que le presentasen pasaje de avión hasta Bogotá. El comatoso estado financiero de los «turistas» hacía, naturalmente, quimérica del todo esta solución. Hubo que renunciar, pues, al paso por Colombia.
Estando así las cosas, Rojo decidió jugarse la última carta: una de recomendación que le diera el socialista chileno Salvador Allende para un correligionario de Guayaquil. Este amigo de Allende consiguió de la «United Fruit» pasajes de favor para los argentinos en los buques fruteros de dicha compañía que transportan el producto explotado desde los países productores a los Estados Unidos. El genio de la Historia se permite algunas veces animar su relato con una pincelada trágico-humorista: ¡El monopolio frutero yanqui, tan odiado por el nacionalismo progresista latinoamericano, echaba una mano a Guevara y sus compadres para sacarlos del atolladero en que se veían metidos!
Los apurados viajeros podrían seguir hasta Panamá, desde donde les habría de resultar fácil seguir hasta Venezuela. La única condición es que los viajeros deben ir de dos en dos, ya que los buques no disponen de más amplio acomodo para tal tipo gratuito de pasajeros. En el grupo lo echan a suertes, y éstas lo disponen en esta forma: primero saldrán Rojo y Valdovinos; luego, Guevara y García; por último, «Canica» y Herrero. Estos dos habían aceptado voluntariamente el último turno; mostraban poco entusiasmo ante la idea de proseguir la correría. Poco después, decidían separarse del grupo en el mismo Guayaquil. Canica Ferrer pensaba dedicarse a las especulaciones en inmuebles, y Herrero sentía nostalgia del país y de la familia; quería volver a la Argentina.
Los cuatro «supervivientes», resueltos de momento sus problemas, hacen planes para el porvenir. Guevara imagina estar ya en San Pablo curando leprosos mano a mano con su admirado amigo Granados. Ricardo Rojo procura disuadirlo:
—¿Qué harás tú en un país donde sólo se pueden ganar dólares? En Guatemala manda la Revolución. Hay que dar un vistazo...
Guevara se dejó convencer, pero sin mostrar gran ilusión.
—Está bien. Pero a condición de que vayamos los cuatro. Pero si también allí los burócratas hacen de las suyas, me voy con mis leprosos.
El futuro guerrillero dice que si en Guatemala «los burócratas hacen de las suyas», no partirá en busca de la revolución auténtica, sino a cuidar enfermos. Es un revelador detalle.
Resuelto así el porvenir inmediato, el grupo de bohemios recobra su optimismo. El jolgorio sube de pronto cuando Guevara gana una apuesta: jura que su pantalón —pieza única desde hacía dos meses— se puede tener en pie por sí solo, y lo consigue. Ernesto asegura que dentro de poco habrá enseñado a sus pantalones incluso a marcar el paso.
Rojo y Valdovinos abandonan el puerto de Guayaquil el 9 de octubre de 1953. Habían acordado aguardar en Panamá la llegada de sus otros dos compañeros de aventura. Pero, en tratándose de tales bohemios, siempre cabe suponer que los acontecimientos discurran luego de modo distinto a lo proyectado.
En efecto. Tampoco en este caso fallará la fácil previsión: Ricardo Rojo y Ernesto Guevara tardarán casi tres meses en volver a reunirse. Y ha de ser una casualidad extrema la que les ponga de nuevo en contacto.