II. Las Difíciles Raíces
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Introducción
LARRA se hace adulto temprano. Ha vivido, en efecto, con rapidez extraordinaria una infancia desarraigada y una adolescencia fugaz. A los diecinueve años salen a la luz sus primeros folletos, como él gusta de llamarles; poco tiempo después —«pronto y mal», dirá más tarde, parodiando en un artículo célebre su propia acción— se casa con Pepita Wettoret. A partir de entonces, su vida corta no tendrá apenas respiro. Pero ¿qué hay detrás del Larra, casi adolescente, que con una tenacidad sin límites decide, irreversiblemente, dedicarse a la literatura, vivir de la pluma y para ella? ¿Cómo se llega hasta aquel momento decisivo?
¿Dónde están las raíces de Larra? ¿Es Larra un hombre desarraigado que no logra nunca hallar esos hilos invisibles que le unen a la tierra, a la suerte colectiva de los hombres, un solitario condenado a la soledad a pesar de su lucidez y tal vez por ella? Será preciso buscar a fondo en la infancia dolorida y difícil de nuestro personaje para buscar en ella algún indicio, algunas pistas, que lleven hasta la detonación fatal en aquel frío y lluvioso febrero madrileño.
Infancia madrileña y exilio
Mariano José de Larra nace en Madrid el 24 de marzo de 1809, primer hijo —y luego único— de Mariano de Larra y Langelot y María de los Dolores Sánchez Castro. Llega al mundo, pues, en plena guerra de la Independencia, cuando Inglaterra se ha unido al conflicto bélico contra Napoleón, y en España se ha llevado a cabo, al fin, la convocatoria a Cortes. Su padre, médico militar del ejército francés en la España ocupada, es un «afrancesado» cuyo compromiso ha ido, además, mucho más allá de la mera simpatía hacia el país vecino. El pequeño Mariano José vive sus tres primeros años en el Madrid que le vio nacer, casa de la Cuesta de Ramón, cerca del Viaducto. La guerra es para él una especie de inevitable telón de fondo a sus correrías de niño introvertido. Dicen sus biógrafos, tal vez un poco exageradamente, que al año y medio distingue ya con soltura las letras. La casa de Larra es todo un símbolo despiadado: su abuelo, director a la sazón de la Casa de la Moneda, representa la España de la tradición; su padre, médico de Bonaparte, la España que intenta una apertura a Europa entre dificultades sin cuento. Entre ambos —en aquel caserón del viejo Madrid— discurren sus primeras experiencias; allí vive de algún modo, en esa oscura conciencia de los niños que crecen en períodos difíciles, el drama de las dos Españas enfrentadas.
A los cuatro años se produce el primer desgarrón: la derrota del ejército galo en Vitoria obliga a las tropas a un repliegue que más parece una retirada. Mariano de Larra y Langelot ve abierto ante sus ojos el áspero camino del exilio. Y con él, y su mujer, marcha a Francia el pequeño Mariano José. Era una hora dramática para los afrancesados que, fuera del país, debían aguardar con paciencia momentos mejores, esto es, una todavía problemática amnistía que les reintrodujera de nuevo y con garantías en la patria.
Los padres de Larra se instalaron en París, dejando a su único hijo interno en un colegio de Burdeos. En 1815, Antonio Crispín de Larra, el abuelo, fallece en Madrid. Larra es un niño español en Francia, «L’espagnol». Y solo, con sus padres alejados a muchos kilómetros. Circunstancias todas, desde luego, que favorecen la introversión ya incipiente. Aprende francés antes que castellano, detalle en modo alguno irrelevante. En Burdeos se baña Larra no sólo de amor a Francia, sino también de la esmerada educación clásica que se imparte en los colegios franceses. A los cuatro años, se dice, escribe y lee sin muchas dificultades. Larra, que entra en el camino del conocimiento por la vía de un idioma que no es estrictamente el de cuna, acabará escribiendo el castellano más recio y clásico de su época. Pero el aprendizaje del mundo de la escritura, los primeros pasos, los da en Francia. Y solo. Quien había sido el hijo de un afrancesado en España es ahora el hijo de un español en Francia. ¡Difíciles raíces para seguir creciendo!
En 1817, tras cuatro años de estancia en Burdeos, el pequeño Mariano José regresa a París con sus padres. Allí vivirá un año en medio de un cosmopolitismo que nunca abandonará luego del todo. Cuando, en virtud de la amnistía decretada en 1818 por Fernando VII, los Larra, padres e hijo, regresan a España, el niño tiene ya metido en su pupila el entorno europeo sobre el que las circunstancias le han arrojado casi sin piedad. Para Larra, Europa no será nunca una palabra vaporosa, soñada desde las tertulias más o menos provincianas del Madrid de la época. Europa es, para Larra, desde el principio, una evidencia, algo propio, soldado indefectiblemente con el rigor implacable de las vivencias infantiles. Algo, en suma, natural.
El retorno casi definitivo
Más tarde, en 1835 (Revista Española, 16 de abril), escribirá Larra, dentro de un artículo, «La diligencia», tan famoso como todos los suyos:
Los tiempos han cambiado extraordinariamente: dos emigraciones numerosas han enseñado a todo el mundo el camino de parís y londres (...). ¿quién será él, se dice, cuando no ha estado en ninguna parte y, efectivamente, por poco liberal que uno sea, o está uno en la emigración, o de vuelta de ella, o disponiéndose para otra: el liberal es el símbolo del movimiento perpetuo, es el mar con su eterno flujo y reflujo.» ==
Mariano José, de vuelta a su Madrid natal con tan sólo nueve años, un niño metido dentro de sí que apenas balbucea el castellano, es, ahora —en el reflujo que sigue al flujo de antes—, un «afrancesado» en Madrid como antes fue «L’espagnol» en Burdeos. Carlos Seco Serrano, uno de los mejores estudiosos de Larra, ha señalado a este propósito cómo se ha prestado escasa atención a las circunstancias, sobremanera singulares, en que el pequeño Mariano José de Larra retorna y se reintegra a la patria y reinicia su periplo como estudiante en los colegios madrileños de la época.
¡Y tan especiales circunstancias! Larra era el hijo de un afrancesado, un hombre de Bonaparte, viviendo en una sociedad como la fernandina montada sobre la derrota de los hombres como su padre. Era, objetivamente, en medio de la clase alta cuyos hijos acudían al Colegio de San Antonio Abad, regentado por los padres Escolapios, un traidor, un exiliado, un francés. ¿Cómo conquistar en ese ambiente, en esa atmósfera de reticencias y agresividades el patriotismo, el amor a la España a donde acaba de llegar? La reacción de Larra, a lo que se deja traslucir en sus más eruditos biógrafos, fue la concentración, el silencio, el estudio. El pequeño Mariano José se fabricaba, así, sus propias raíces: las de una razón, ya adivinada en la precocidad de su infancia constantemente en marcha, que excluyera el juego de las emociones. Larra hubo de ser independiente para ser fuerte frente a un entorno hostil. La independencia en él fue una necesidad dictada casi por su propia supervivencia. Leer, estudiar, ir poco a poco dominando un idioma que apenas conoce son las ocupaciones fundamentales de un niño que, según todos los indicios, ha jugado poco y, aún menos, con otros. De un niño, en suma, que ha sido, para entendernos, poco niño. Hijo único, vivió, además, solo durante largas temporadas. Pero, por otro lado, no tuvo tampoco nunca la sensación confortante de un hogar fijo, de una residencia estable.
El trabajo intelectual fue, en tales condiciones, como una suerte de cobijo, de abrigo para arroparse. Cortés, que ha seguido la pista de ese esencial período de formación con sumo detalle, escribe que «el afán que mostraba por el estudio era tan grande que odiaba toda clase de juegos; los libros, añade, eran su única diversión, y rara vez dejaba de derramar lágrimas al tener que desprenderse de ellos para ir a descansar». Se habían invertido, pues, los términos y en Larra habitaba, a muy temprana edad, un adulto prematuro. Sólo el ajedrez, al que jugaba con su gran amigo el conde de Robles, le servía de ocio en aquel internado de los padres Maristas, donde Mariano José fraguaba su identidad española en medio del aprendizaje de los textos clásicos que tan bien llegará a conocer.
Identidad difícil. España se debate en busca de un destino colectivo que no encuentra. Fernando VII —que a aquellas alturas, inicios de la tercera década del nuevo siglo, ha dejado de ser El Deseado de los años bélicos para ser El Narizotas— ha destrozado en la primera etapa de su reinado las esperanzas de modernización que las mejores cabezas del país abrigaban para el siglo recién comenzado. Frente al régimen «absolutamente absoluto» implantado por el monarca tras acceder al trono, los liberales —con los ojos puestos nostálgicamente en las Cortes gaditanas de 1812— se han visto reducidos al silencio «absoluto» o la conspiración de la logia masónica. Policía frente a conspirador: un esbozo patético de las dos Españas que, como luego diría Larra, y más tarde el historiador Rodríguez Solís, se espían mutuamente, sin descanso.
En Viaje por España
Con once años, en Madrid, Mariano José de Larra vive la apoteosis callejera del frustrado meteoro liberal que va de 1820 a 1823: el coronel Riego, victorioso héroe de la antes maltrecha causa liberal. Poco duraría, sin embargo, aquella alegría esperanzada. La familia liberal se escinde en dos facciones, moderados y exaltados. Sin detenernos en los avatares del trienio, que Mariano José de Larra vive desde fuera, como un niño asustado muy cerca ya de su definitiva adultez, cabe decir que aquellos años influyen decisivamente en Larra a través de su propia familia. En 1822, la situación del país se deteriora y la guerra civil, buscada por los absolutistas, estalla como un previsible incendio. Los padres de Mariano José residen a la sazón en Valladolid, y como quiera que el caos se extiende como una mancha de aceite, llaman a su hijo a la capital castellana, desde donde, juntos, parten hacia Corella, un pueblecito navarro donde el doctor Larra ha encontrado plaza de médico.
La piel de los Larra se veía de nuevo herida por aquel contexto de guerra y frustración. Mientras dura la contienda —no demasiados meses—, la familia permanece en Corella. Mariano José, en la lejanía navarra, vive por primera vez desde mucho tiempo atrás una prolongada experiencia familiar. Y durante el invierno de 1822-23 se afana, como siempre, en su trabajo, aunque ahora, sin demasiadas presiones externas, deja rienda suelta a sus más subjetivas inquietudes. Traduce del francés al castellano la Ilíada de Homero y —cuenta catorce añosavanza ambiciosamente en la confección de una gramática castellana. Los apuntes de su gramática son los de alguien que intenta dominar a fondo el idioma como un instrumento de trabajo, como una herramienta imprescindible. Todo ello denota en Larra que, silenciosamente, se hace escritor y prepara la posterior aventura literaria, un rigor inusual y una vocación irrefrenable.
Cuando la guerra civil ha finalizado, Mariano José, que ha visto interrumpidos sus estudios por ella, regresa a Madrid, mientras sus padres lo hacen a Valladolid. Del Colegio San Antonio pasa al Colegio Imperial de la Compañía de Jesús para —parece un pacto más o menos evidente— estudiar matemáticas. El trienio liberal agota sus últimos cartuchos. La intervención de la Santa Alianza, tras el Congreso de Verona, trae a España, en los primeros días de abril de 1823, a los Cien Mil Hijos de San Luis con el duque de Angulema al frente. Fernando VII se halla cautivo —Sevilla, Cádiz, isla de León— en manos de los liberales que a comienzos del verano resisten en Cádiz, su gran bastión, el acoso de las tropas de Angulema. Nada puede detener ya la victoria de la reacción absolutista. En octubre, Fernando VII es, como quien dice, liberado.
Larra ve con sus propios ojos el regreso triunfal de Fernando VII a la capital, lo mismo que tres años antes, más niño, había contemplado la figura del coronel Riego, cuya cabeza ahora rodará muerta en la madrileña plaza de La Cebada. Es el flujo y el reflujo de la Historia española ante los ojos casi adolescentes de Mariano José. ¿Cómo poder estar al margen de aquella crónica espeluznante? El pueblo ha salido al paso de Fernando VII gritando: «¡Vivan las caenas!». Y en ese grito, que inicia los diez años del nuevo absolutismo fernandino, se concentra no sólo la trágica frustración liberal, sino la explicación del «dolor de España», que Larra asumirá como pocos en sus artículos y en su discurso vital.
Detenciones, procesos constantes, denuncias por doquier; un clima de venganza, de furibunda represión, de sistemática marcha atrás que borra uno a uno los días de paréntesis liberal y entroniza de nuevo el miedo, la corrupción. Una nueva emigración —«La Diligencia»— que sale apresurada a París, a Londres, a la Europa que comienza a vivir con fuerza el mito romántico. Y Larra, vagando por Madrid de nuevo solo. ¿Dónde hallar sus raíces?
El primer desengaño
Finalizados sus estudios, Mariano José retorna a Valladolid, en cuya Universidad va a matricularse para cursar Derecho. Otra vez, la familia. Y allí va a sufrir el joven Larra una profunda decepción que marcará con fuerza su destino futuro. Carmen Burgos los ha descubierto sin que quepan dudas acerca de su veracidad: «Mariano José se enamoró en Valladolid de una señorita mucho mayor que él, muy guapa y muy coqueta, que se gozaba en despertar la pasión del joven. El la creía pura, la adornaba con todas las virtudes..., pero... un día, súbitamente, se le reveló la verdad. Su amada era la amante de su propio padre, Mariano de Larra».
El desengaño deja a nuestro personaje sumido en el dolor. En un solo día se le vienen abajo su primera pasión adolescente y la figura paterna. De un solo golpe, el romántico en ciernes que había dentro de Larra gana en estatura al compás de la decepción irremediable. Independientemente, en virtud de las circunstancias azarosas, Mariano José se ve obligado a romper aún más ese invisible cordón umbilical que une a los jóvenes con su padre. Sin excesivo interés por sus estudios jurídicos, Larra marcha a Valencia ahondando más su desarraigo, viajero constante sin residencia estable, para proseguir en la ciudad levantina la carrera de Derecho. Pero sin demasiada convicción, como tratando de darse a sí mismo un plazo ante la que va a ser su gran decisión de 1826. La Universidad apenas le interesa. Años después, a un mes de su muerte, en pleno proceso de escepticismo, con su esperanza de un mundo y una España mejor agonizante, escribe en «Figaro al Estudiante» (El Mundo, 3 de enero de 1837), «que aquí —en España, en mi España irrenunciable— no se trata de saber, sino de medrar». Algo de todo ello ha entendido ya el joven que alienta en Larra. ¿Estudiar o medrar? De momento, Mariano José busca la salida en la capital. Madrid es el destino inevitable.
Larra, empleado en madrid
Convencido de su otro destino, Larra abandona Valencia y con ello sus estudios universitarios, y regresa a Madrid, donde, en busca de su definitiva autonomía, halla empleo en una mortecina oficina de la Administración. ¿Medrar, ya que no estudiar? Ni para una ni para otra cosa está hecha la piel de aquel Larra joven cercano al hallazgo de sus afanes vocacionales. Menos de un año dura en el cargo público, por donde pasa sin pena ni gloria ni el menor entusiasmo personal. El romanticismo como actitud vital —luego hablaremos de él y de Larra— bulle en Mariano José con fuerza irrenunciable. Pero nuestro hombre fue siempre riguroso: con rigor aprendió castellano; con rigor leyó a clásicos y modernos, con rigor, incluso, sufrió la inestabilidad y el golpe pasional de Valladolid. Rigor tanto, pues, en lo que hizo como en lo que rehusó hacer. Larra es romántico por su cuenta y riesgo. Libre en lo económico, que es garantía de libertad, ha escogido el único camino posible para quien ha sido independiente casi antes de desearlo.
Corre 1826. Larra abandona su oficina ministerial y se lanza a la aventura literaria. Ha decidido, por fin, su destino: escribir. Todavía escribir en Madrid no es llorar, como en el artículo escéptico de 1836. Escribir en Madrid (para aquel joven de diecisiete años recién cumplidos) es seguir el camino de la vocación, ensayar definitivamente el trayecto de su fe en la palabra que tan trabajosamente se ha preocupado en dominar. Escribir es, por ahora, participar a los demás el yo agazapado. Umbral ha captado muy bien el tono de lo que llama la «emancipación de Larra» como un «gesto romántico muy meditado y sereno, muy calculado y consciente». Y sigue Umbral: «No hay desgarro en su actitud, sino fría decisión. Larra cumple de verdad, punto por punto (...) todo el expediente romántico. Pero lo cumple a su manera; es decir, con responsabilidad».
Larra va a ser lo que quiere ser: escritor. Propiamente hablando, su vida empieza ahora. Atrás queda un denso, apretado período formativo en medio del cual ha tenido ocasión de contemplar el desgarro del exilio familiar, el drama liberal en pleno absolutismo, la difícil identidad, en suma, de la otra España a la que por herencia, primero, y por decisión inquebrantada, después, pertenece.