II. La Reconquista y el Descubrimiento
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Introducción
LAS tropas de Fernando III el Santo (1199-1252), luego de tomar Córdoba (1236), Jaén (1246) y Carmona (1247), sitiaron durante quince meses la ciudad de Sevilla, en poder de los árabes desde hacía cinco siglos. En noviembre de 1248 se produce la capitulación; se abren las quince puertas de la muralla circular y el ejército cristiano penetra en la ciudad.
Un caballero francés en Sevilla
Entre los sitiadores figuraba un caballero francés de la estirpe de los condes de Limoges: Don Bartolomé de Casaux. Había atravesado los Pirineos atraido por la gesta de la Reconquista, siendo retribuido luego del triunfo «por juro de heredad y para siempre» con propiedades conquistadas a los moros. El caballero francés ya no regresará a Francia, aprenderá a amar su nueva tierra y pronto mudará su apellido Casaux por Las Casas.
Desde entonces los archivos de Sevilla, recogerán el apellido vinculándolo a la Iglesia Católica, a las armas y al servicio de la Corona.
El rey Alfonso XI (1221-1284) nombra a un Las Casas como «fiel ejecutor de ordenanzas reales y como regidor número 24 del reino. Este número quedó unido a la familia hasta el siglo XVII, sucediéndose unos a otros en el ejercicio del cargo. Asimismo fueron nombrados en varias oportunidades «tesoreros mayores» de Andalucía.
En época del reinado de Juan II (1405-1454), padre de Isabel la Católica (1451-1504), se entrega a Don Guillén Las Casas, «Caballero el más poderoso de Sevilla», por disposición real la Villa de Montilla, y a Don Alonso de Las Casas la tenencia del Castillo de Priego, que «por ser hombre caudaloso lo podría tener bien».
Vemos a la familia sirviendo con las armas a la Corona. Don Guillén de Las Casas murió en la batalla de la Ajarquía de Málaga. Don Alfonso de Las Casas, por su comportamiento en la batalla de Las Lomas, fue nombrado Caballero del Rey. Don Guillén (este nombre se repite continuamente en la historia familiar), en tiempos de Enrique II, es enviado a Francia para obtener refuerzos militares. Y encontramos a otro Las Casas en tierras canarias; se le concedió por cédula real la conquista de Tenerife y La Palma, otorgándole en premio «las tierras que conquistase para él y sus sucesores». Varios religiosos dio la familia. Entre ellos un Deán de la Catedral de Sevilla y un Maestro General de la Orden de Predicadores: Fray Alberto de Las Casas.
La infancia
En 1474 —algunos sostienen que fue en 1484—, nace en Sevilla Bartolomé de Las Casas. Tres parroquias pueden haber sido su cuna. Las de San Lorenzo, San Vicente o la Magdalena, las tres frente al barrio de Triana, junto al Guadalquivir, en cuya catedral fue bautizado.
Sabemos que su padre, Pedro de Las Casas, había nacido en Tarifa, hijo de un tal Peñaloza y de una Las Casas. Algunos historiadores sostienen el origen converso de Bartolomé de Las Casas. Tal afirmación —de ser cierta—, debió sustentarse en la rama paterna, de la cual se tienen pocos datos, pues se ha comprobado con abundante documentación que ya en el siglo XII los Las Casas eran cristianos; esta afirmación se refuerza con el hecho de que muchos integrantes de la familia pertenecieron a órdenes de Caballeros, entre ellas a la de Calatrava, la más antigua de España, aprobada por el Papa Alejandro III en 1164.
La infancia de Bartolomé estuvo signada por la epopeya de la Reconquista. Dado el ambiente familiar en que transcurrieron sus primeros años no pudo ser ajeno al clima de euforia creado por los triunfos cristianos sobre los moros, ni a la angustia provocada por las derrotas sufridas a manos de estos. Muchos de sus parientes, tanto por vía materna como paterna, participaban en los frentes de batalla y ocupaban sitios junto al rey.
No resulta entonces aventurado afirmar que a los nueve años habrá presenciado en lugar preferencial los solemnes actos que sucedieron a la entrada de los Reyes Católicos en Sevilla. Su tío Don Alfonso de Las Casas, era uno de los ocho caballeros que portaban la vara del rico palio bajo el cual entraron los soberanos en la ciudad andaluza.
Poco es lo que se sabe sobre los primeros años de Bartolomé. Es probable que haya iniciado los estudios primarios en la escuela catedralicia del Colegio de San Miguel, y sus primeros contactos con la vida monacal debieron ser las visitas a su tía Doña Juana, monja en el Monasterio de Santa María de Las Dueñas. Transcurrieron los años y Bartolomé fue convirtiéndose en un joven ante el cual se presentaban dos caminos posibles: el ejército o la Iglesia.
Salamanca
Posiblemente en 1490, Bartolomé de Las Casas comenzó sus estudios de «ambos derechos» en la Universidad de Salamanca. Debió de llegar a la ciudad en los primeros días de octubre ya que los cursos comenzaban el día de San Lucas, el 18 de octubre. María Rosa Miranda nos brinda esta semblanza: «Cabalgando sobre caballo propio y seguido del criado que cuidaba el equipaje portado a lomos de mula, el aprendiz de estudiante vendría polvoriento por la reseca carretera castellana, escasa de árboles y amplia de horizontes». Ignoramos cuál habrá sido su vida en los claustros fundados por Fernando III el Santo. No existen datos que nos permitan reconstruir la historia.
Un familiar suyo era sacerdote en el convento de San Esteban y posiblemente allí vio a Cristóbal Colón por primera vez. El futuro descubridor de América había aceptado la hospitalidad y ayuda del clérigo Diego de Deza, quien lo estimulaba a continuar en la empresa que se había propuesto. Años más tarde, Colón retribuiría esa confianza al decir a los reyes: «Sepan vuestras Altezas que a ese fraile deben el descubrimiento de las Indias». Durante siete años trajinó Colón las antesalas de los salones cortesanos; escuchado por unos, desoido por otros, hubo de esperar a que Granada cayera y con ella el poder árabe en la Península para que la corona atendiera a sus reclamos y facilitara los medios necesarios para la expedición. Cuentan sus biógrafos que Bartolomé de Las Casas se adhirió con entusiasmo a las teorías de Colón y defendió sus argumentos en las discusiones con sus compañeros de estudio.
Luego de la caída de Granada y gracias a la gestión de la reina, Colón fue autorizado a utilizar fondos del reino de Aragón para financiar la arriesgada empresa, tan descabellada para muchos. El Puerto de Palos fue el escenario del primer acto concreto para la aventura y allí encontramos a un familiar de Bartolomé, a su tío paterno Juan Peñalosa, participando activamente en la misma, ya que había sido nombrado contino real, siendo su misión el reclutamiento de los marinos que habrían de acompañar al Almirante. El 3 de agosto de 1492 las tres naves se hicieron a la mar hacia el asombro.
La llamada de las Indias
El regreso del Almirante Colón provocó una ola de admiración popular. Una vez desembarcado, emprendió el camino de Barcelona, donde se hallaban los reyes en ese momento, llevando consigo algunos indios que presentó ante los monarcas. El éxito de la misión despertó el entusiasmo y tanto señores como menesterosos acariciaban la idea de acompañar al Almirante en su segundo viaje. Pedro de Las Casas no fue ajeno a la llamada de las Indias y la fortuna. Junto con su hermano Francisco Peñaloza, que se desempeñaba como «jefe de hombres de armas» de la expedición, se embarcó en Cádiz en uno de los diecisiete buques que con mil quinientos hombres a bordo se hicieron a la mar el 25 de septiembre de 1493.
Sobre la tripulación escribe María Rosa Miranda: «Los había de todas clases y condiciones. Grandes señores familiarizados con la Casa Real, hidalgos de brillante atuendo, guerreros en paro forzoso una vez terminada la campaña, hombres de letras, labradores, etc. Para propagar la fe iban varios religiosos y algunos clérigos y al frente de todos ellos, Fray Buil, monje de San Benito que llevaba «poder del papa muy cumplido en las cosas espirituales y eclesiásticas». También se proveyeron ornamentos «de carmesí muy rico» para las futuras iglesias y la reina «dio uno de su capilla particular».
Bartolomé de Las Casas vio partir a su padre hacia Las Indias, y tal vez sospechara que del éxito de aquel en las lejanas tierras dependía su propio futuro. No podía arrancar de su mente las imágenes del espectáculo que brindó Colón a su paso por Sevilla en marzo de 1493: «Despachado el correo —escribirá años más tarde Las Casas—, Don Cristóbal Colón, ya Almirante, con el mejor aderezo que pudo, se partió de Sevilla llevando consigo los indios, que fueron siete los que le habían quedado de los trabajos pasados, porque los demás se le habían muerto; los cuales yo vide entonces en Sevilla y posaban junto al arco que se dice de las Imágenes, a San Nicolás. Llevó papagayos verdes, muy hermosos y coloreados, y guayzas, que eran unas carátulas hechas de pedrería de huesos de pescado, a manera puesto de aljófar, y unos cintos de lo mismo, fabricados por artificio admirable, con mucha cantidad y muestras de oro finísimo y otras muchas cosas, nunca otras antes vistas en España ni oídas.»
Para dar testimonio de «esas cosas nunca vistas ni oídas» la historia le reservaría un sitio privilegiado. Si Colón descubre estas nuevas tierras, él descubrirá la humanidad en sus nativos y dedicará toda su vida a defenderla.
El regalo
La ausencia de Pedro de Las Casas se prolongó durante cinco años, en el transcurso de los cuales se le unieron sus hermanos, Diego y Gabriel Peñaloza. Mientras tanto, Bartolomé continuaba con éxito sus estudios en Salamanca y había tenido su primera experiencia como hombre de armas, participando como soldado en las milicias concejiles sevillanas, a las que se encomendó el sofocamiento de la sublevación morisca en Granada, hecho ocurrido en 1497. Según Giménez Fernández, en esos días asiste a las clases impartidas por el sabio Alonso de Nebrija.
En enero de 1498 Cádiz presenció la llegada de cinco naos provenientes de las Islas del Mar Océano. La multitud agolpada en el puerto dio una calurosa bienvenida a los marinos y se asombró ante el espectáculo exótico de las plantas y animales desconocidos y en especial ante los 600 hombres de piel morena traídos por el Almirante para ser vendidos como esclavos en la Península.
Uno de los recién llegados era Don Pedro de Las Casas quien «entre las alhajas que de las Indias trajo una fue un indiezuelo que le dio el Almirante Colón, el cual dio por page a su hijo Bartolomé de Casaus». El estudiante de Las Casas, al decir de González Calzada, hizo del indio un «sujeto de observación», intentando, a través de él, comprender la idiosincracia de los habitantes de las nuevas tierras, pretendiendo «investigar su mitología para cotejarla con la religión de Cristo». También utilizó sus conocimientos de latín y filología para establecer paralelos entre las viejas lenguas y el inexpugnable nuevo idioma. «En fin, pretende ingenuamente conocer, a través de un tierno fruto, todo el árbol genealógico del mundo descubierto por Colón».
Si para Bartolomé la presencia del joven indio en España significa un inmejorable instrumento de aprendizaje, para Colón constituye el inicio de un pingue negocio. Había prometido a los reyes traer de las «Islas y tierras de Mar Firme» cuantiosos cargamentos de oro; sin embargo, su propósito no se cumplía. Los contratiempos se sucedían unos a otros, la tierra prometida era un espejismo. El oro anhelado se reducía a escasas cantidades logradas con ingentes esfuerzos. Ya comenzaban a levantarse voces diciendo «no había oro ni cosa de que se pudiese sacar provecho alguno, y que todo era burla cuanto al Almirante decía».
Colón vio en la población indígena la veta que lo llevaría a un filón mucho más rico y sencillo de extraer. Cada indio podía ser vendido «a mil quinientos maravedís la pieza» y resarcir con creces los gastos de la conquista, añadiendo: «De acá se puede, con el nombre de la Santísima Trinidad, enviar todos los esclavos que se pudiesen vender». Para no contravenir la orden real que indicaba que se los tratara «sin que les fagan enojo alguno», esgrimió el argumento esclavista de la época que autorizaba la sumisión a esclavos de los vencidos en «guerra justa» y que escondía tras de sí la justificación aristotélica de la esclavitud, quien decía en su obra «La Política»: «Es evidente que unos hombres son libres por naturaleza y otros esclavos y que para estos la esclavitud es una cosa justa y conveniente».
Colón coincide con el Estagirita al considerar que la esclavitud es conveniente para los sometidos a su régimen y en carta a los reyes dice refiriéndose a los caníbales («comedores de hombres») y sus prácticas antropofágicas: «Tomar dellos y dellas y enviarlos allá a Castilla no sería sino bien, porque se quitarían de una vez de aquella inhumana costumbre, y entendiendo la lengua muy pronto recibirían el bautismo y harían el provecho de sus ánimas». Y en otro lugar, dice: «Cuantos más allá se llevasen sería mejor». La respuesta de la reina fue contundente al ordenarle que «procure allá se reduzcan a nuestra santa fe católica y asimismo lo procure con los de las islas donde está».
No obstante la terminante prohibición real, en las naos procedentes de Indias comenzaron a llegar indios sometidos a esclavitud. El cargamento traido en enero de 1498, sin ser el primero, resultó el más importante. Y así fue como las plazas de las ciudades españolas, entre ellas Sevilla, se convirtieron en el mercado en que se exhibía la mercancía humana ultramarina.
A oídos de la reina llegaron las noticias del estado al cual habían sido reducidos sus vasallos, pues así los consideraba, desobedeciendo sus disposiciones. Por lo tanto censura al Almirante, como así también a los otros españoles vinculados al hecho, entre ellos a Pedro de Casaus. Con enojo dice: «¿Quién dio licencia a Colón para repartir mis vasallos con nadie?». Ordena pregonar en Sevilla y en otras partes que todos los que tuviesen indios, debían devolverlos, o serían castigados con la muerte. Este humanitario decreto privaba a Bartolomé de su «sujeto de observación», pero fijaba un precedente en el cual se apoyaría una y otra vez en su lucha futura.
El clérigo las Casas
Posiblemente alrededor del año 1500 Bartolomé de Las Casas concluye sus estudios en los claustros salmantinos, y apoyándose en sus conocimientos de latín aspira a lograr la «tonsura» de clérigo. Aunque hay discrepancias entre los historiadores, parece ser que efectivamente así lo hizo y que logró una plaza de doctrinero en la expedición que partió del puerto de San Lucas de Barrameda el 13 de febrero de 1502. Algunos historiadores mantienen otra tesis, según la cual Don Pedro Las Casas, quien regresó de las nuevas tierras en 1498, había dejado en ellas considerables intereses ya que «fue uno de los más aprovechados en la Isla Española, porque el Almirante y su hermano le favorecieron y su industria no le desayudaba». La administración de tales bienes se hacía dificultosa desde la Península y decidió enviar a su hijo Bartolomé a Indias para que se hiciera cargo de sus negocios.