II. La Herencia de los Lincoln
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Introducción
PARA el conjunto de los norteamericanos de la época de Lincoln, el pasado tiene menos importancia que el porvenir. Los lazos familiares se circunscriben prácticamente a los formados en el hogar, sin tener clara conciencia de un linaje, de un clan. Y es que la sociedad americana es una sociedad joven, en perpetuo movimiento. Los amigos de hoy pueden dejar de serlo, desde el momento en que se decide probar fortuna un poco más allá, en la frontera. Si nos acompañan, continuarán siendo amigos; si se quedan o toman otra ruta, hay muchas probabilidades de perderlos de vista.
«Frontera»: tierra libre y nueva oportunidad
A diferencia de Europa, de donde provienen todas estas emigraciones de la época, la frontera no es un lugar donde se acaba el país. Al contrario, se trata del lugar donde se puede ampliar el país con mínimo coste. Y esa frontera afecta a todo; las pequeñas localidades de pioneros, la familia, las amistades.
Una ojeada a lo poco que sabemos de los antepasados de Abraham Lincoln basta para ver en qué medida resulta cierto este espíritu de «hijos de la frontera», de pioneros.
En 1638, un llamado Samuel Lincoln, de Norwich, se pone en marcha y emigra a Massachusetts, uno de los trece Estados del Este que configuran lo que entonces se llama la Nueva Inglaterra. Sus hijos le imitarán, desparramándose por lo que entonces, dado el escaso número de colonos, es todavía el amplio territorio a poblar en busca de nueva vida y fortuna. Es el territorio de la primera frontera, el de las colonias organizadas.
Uno de ellos se instalará en Kentucky, cuyas regiones acaban de ser descubiertas y exploradas. Es el año de 1780. Le acompañan sus hijos. Uno de ellos, Thomas, será el padre del futuro Presidente. Y él, el abuelo, este pionero de la segunda frontera, se llama Abraham.
Las actividades de una familia de colonos son duras. Lo fueron para los pasajeros del «Mayflower». También para gentes que llegaron después, como el Samuel Lincoln de Norwich, y para sus hijos, que marcharon a Virginia. Lo son también para este primer Abraham Lincoln de Kentucky.
En primer lugar, porque el hecho de la emigración constituye una de las más difíciles pruebas en la vida de un hombre.
América la pueblan europeos
Ciertamente, para los contemporáneos de los antepasados de Lincoln en Europa, las cosas no eran mucho más fáciles. Al contrario: resultaban impresionantemente más dificultosas. Para empezar, no había esa posibilidad de avanzar para prosperar. En Europa, los humildes nacen ligados a una tierra, a un señor. Comparten el destino de ese señor, aunque ya se han atenuado los lazos del feudalismo. Pero si una cosecha es mala, hay que aguantar sobre el terreno. Si hay una leva para nutrir un ejército del señor o del rey, hay que aportar hijos o dinero, que generalmente no se tiene. Puede decirse que en Europa, cuando alguien se mueve, es porque obedece o porque huye. Así se poblará la América del Norte, con fugitivos. Fugitivos de la pobreza, de las persecuciones religiosas.
Pero el pionero americano tiene ante sí la posibilidad de alejar la frontera, uniendo en este hecho, confundiéndola casi, su historia personal y la de la comunidad. Esos pioneros que se ponen en marcha atraídos por las leyendas de nuevas tierras han de formar ellos mismos su propio y precario ejército. Por el mero hecho de dedicarse a avanzar se convierten en soberanos de sí mismos, en soldados de sí mismos también. El enemigo no es el señor que les prohibe moverse, tampoco otro ejército, regular o mercenario, que les impide pasar. Tampoco la orden la da un señor. Todo se decide en conciliábulos. Aquí las órdenes, como el enemigo, están por así decirlo, al alcance de una humilde fortuna. El enemigo es, de una parte, las tribus indias, de otra, la naturaleza virgen hostil. Un grupo de hombres decididos a mejorar su suerte puede...
Mil penalidades en la marcha hacia el paraíso
No obstante, y como también quedó apuntado, esta marcha hacia la frontera, esta colonización de las tierras vírgenes cada vez más al oeste de la Costa Atlántica, resulta terriblemente dura. Cada emigración supone un enorme gasto de energía física y moral, trabajos inesperados, luchas. En principio hay que transportar el equipaje por caminos difíciles o por montes y valles sin caminos ni sendas. Hay que ayudar a las caballerías cuando se atascan, convertirse en carpintero cuando se rompe un eje de la carreta. Hay que ser un poco de todo: cocinero, cazador, soldado cuando se monta guardia por la noche en el campamento improvisado cerca de un río, calentado el cuerpo por una generosa fogata.
En otras ocasiones, los pioneros, tras dialogar y decidirse, eligen el camino del agua, ir por un río. Entonces hay que construir balsas que son en realidad cabanas flotantes en las cuales también hay que hacer un poco de todo y de manera improvisada, porque no siempre se encuentra en el grupo un experto en conocer las corrientes, en evitar un escollo o un rápido.
Y tanto en uno como otro caso, la hostilidad de la naturaleza y la de los pocos pobladores aborígenes espera en cada tramo a los pioneros, a los colonos. Alimañas del bosque, mosquitos palúdicos en las zonas pantanosas, flechas envenenadas. Pero estos hombres que no tienen sentido alguno del linaje, que han escapado de lo peor —o que escucharon de labios de sus padres o abuelos relatos de la miseria, la guerra y la opresión en Europa— están dispuestos a esa lucha. No se plantean, por supuesto, el problema de que su ocupación de tierras supone el que los pobladores originarios hayan de abandonarlas. En ellos predomina el recuerdo de la huida del pasado de sus mayores, del hacinamiento. Y la contemplación de inmensos valles, praderas y bosques sin poblar le quita casi todo sentido a la palabra usurpación o genocidio. Hay espacio para todos y debe ser de todos. Cada grupo, entonces, solucionará este problema de acuerdo con la forma de pensar de la mayoría de sus miembros, o con el temple del líder que los lleva, o con las circunstancias. Unos pactarán con los ocupantes indios, algunos incluso comprarán la tierra; pero la regla general será empujar su «frontera» con violencia.
En la familia Lincoln no se falta a esta regla. De esta rama que sale de Virginia hacia Kentucky encabezada por Abraham, el abuelo de «Abe», se cuentan sucedidos que manifiestan bien a las claras cómo el carácter duro, violento, tenaz, propio de los pioneros, circula por las venas de todos los Lincoln.
Cuatro años después de establecerse en uno de los valles de Kentucky, bajo las montañas recién cruzadas, el abuelo Abraham trabaja junto a su solitaria cabana. Tal vez corta leña o se ocupa de los animales. Le acompañan sus hijos: Mordecai, Josiah y Thomas. En un momento, la calma del bosquecillo es rota por un disparo salido de la maleza cercana. El disparo derriba el fuerte cuerpo de Abraham. Mordecai corre hacia la casa y Josiah se lanza a dar aviso a un pequeño fuerte con guarnición de las cercanías, uno de esos fuertes que en esta segunda etapa de la colonización, una vez que hay colonos asentados, constituyen una milicia ciudadana encargada de la seguridad, ayudando a la lucha con los indios.
El más pequeño de los hijos, Thomas, con seis años de edad, queda junto al cuerpo de su padre sin saber qué hacer. Le salvará la vida Mordecai cuando un indio, pintado con las pinturas rituales de la guerra, se acerca al cadáver del patriarca, dispuesto a arrebatar su cabellera y apoderarse de la criatura. El disparo de Mordecai, que mata al indio, permite al niño correr a esconderse en la casa y observar cómo su hermano dispara una y otra vez desde la ventana contra las figuras ululantes que cercan la cabana hasta que, al fin, llega la milicia que fuera a buscar Josiah, el otro hermano. Thomas, el niño salvado, es el padre de Abraham Lincoln, que será decimosexto Presidente de los Estados Unidos.
Así pues, la movilidad, las posibilidades de mejorar de fortuna, van acompañadas de la violencia. Ninguna familia de pioneros escapa de este destino. Los relatos se transmiten de generación en generación, al tiempo que, en los largos días y noches solitarios, se cuentan cuentos, se lee la Biblia o se enseña a los niños el arte de la caza, las técnicas agrícolas, el modo de servirse del hacha o encontrar una senda.
Hay también otra ley que rige la vida de los pioneros en este marco. El éxito de los unos lleva consigo la derrota de los otros. En Europa se había aceptado con naturalidad un oficio o el trabajo al servicio del señor. Aquí no. Realmente, los antepasados llegaron a estas costas huyendo de esas servidumbres. Luego, en consecuencia, cuando en la tierra americana no se tiene suerte, la solución no estriba en resignarse, sino en saltar hacia adelante, en acudir de nuevo a la frontera.
Tiene algo de huida, por supuesto, esta movilidad. Hay que tener en cuenta que los primeros colonos de la costa —ingleses del «Mayflower», holandeses que crean New Amsterdam en lo que hoy es la Isla de Manhattan— han escapado de la miseria después de luchar por una causa religiosa que fue derrotada. Son calvinistas, luteranos anglicanos o cuáqueros. Forman parte de las sectas protestantes partidarias del libre examen, perseguidas por católicos o por otras sectas, ya que en Europa las guerras de religión estuvieron muy mezcladas con motivos sociales de liberación de la pobreza. Todos, pues, tienen en común el concepto de que la salvación del alma no depende de comprar mediante periódicas limosnas el perdón de los pecados. La salvación radica en una conducta, en una comunicación auténtica con Dios, que exige la constante lectura de la Biblia, única guía que podrá servirles para encontrar el recto camino. Y el solo indicio de que se están comportando bien será el de su fortuna personal. Quien mejor y más adecuadamente interprete la Biblia, más probabilidades tendrá de actuar rectamente. Quien más rectamente actúe será mejor ciudadano, más próspero. En consecuencia, la fortuna personal será el signo de que se es virtuoso. De ahí la rigidez del puritanismo. Pero de ahí también el gusto por el trabajo y el éxito que terminará contagiando a todos los ciudadanos de América (incluidos los católicos, que huyen a su vez de los protestantes). Se trabaja, tanto para escapar de la miseria de decenas de generaciones de siervos, como para comprobar que el éxito en el trabajo indica la rectitud moral ante uno mismo y ante los demás.
Por ello se hablaba antes de que toda marcha hacia la frontera tiene mucho de huida. Quien no prospera es que no resulta grato a los ojos del Señor. Y es lógico, puesto que en esta vida dura hay ocasiones de pecar: emborracharse, pelear en exceso, pensar en la mujer del prójimo, no preocuparse de la esposa o los hijos, no mantener encendida la llama de la fe, no leer regularmente los libros sagrados.
La familia de Lincoln, aunque poco sabemos de ella, está formada, al igual que todas las familias americanas, de hombres que prosperan porque son gratos al Altísimo y personas que, pecadoras en exceso, han descuidado su obra en esta vida porque Dios no les acompaña.
De los hermanos nacidos del abuelo Abraham Lincoln, Mordecai, el mayor, que será su heredero legal, se quedará con las tierras conseguidas inicialmente y prosperará. Llegará a ser un hombre importante, muy conocido y con buena reputación en el oeste del Estado de Kentucky. Por supuesto, aunque era considerado un bondadoso anciano, tenía ideas peculiares y violentas acerca del modo de tratar a los indios. Parece ser que le gustaba practicar un extraño deporte: se ocultaba en la espesura con un fusil y no quedaba satisfecho hasta haber dado caza a un indio. Pero prosperó.
También, a lo que sabemos, prosperó Josiah, el segundo hermano, que pronto abandonó Kentucky por un territorio más al Oeste, el de Illinois. A Illinois también marcharía el hermano pequeño, Thomas, el padre de «Abe» Lincoln. Sólo que a Thomas nunca le fueron bien las cosas. Sería siempre un pionero, a imitación de los «padres peregrinos» que siglo y medio antes habían comenzado a poblar el territorio de la Unión.
Cómo era Thomas, el padre de Lincoln
El padre de «Abe» Lincoln, pues, forma parte de esa rama americana de los que no tienen éxito y que lo persiguen moviéndose de acá para allá una y otra vez —primero de Kentucky a Indiana, luego de Indiana a Illinois— en busca de esa oportunidad que tan hondamente arraigó en la mente americana. Y no es que Thomas fuese mucho mejor ni peor que otros. Más bien parece haber sido un hombre un tanto insignificante. Parlanchín empedernido, más bebedor que sobrio, trabajador cuando no le dolía la cabeza por la resaca, amante de la caza, sin demasiada preparación, como tantos y tantos hijos de la frontera. Pero, en resumen, a los ojos de sus convecinos, Thomas tenía en la vida el mismo bagaje que los demás. Una infancia dura, el haber contemplado la muerte del padre, la imagen nítida de la guerra con los indios, el recuerdo vivo también de la emigración a otras tierras, el aprendizaje del colono.
Thomas, el huérfano, el menor de los hermanos, aprende a trabajar la madera, leñador primero, carpintero después, en aquellas zonas boscosas de Kentucky, presididas por las vecinas nieves de las montañas. Su patrono, que se llama Joseph Hanks, le concede un día permiso para que se case con Nancy, una de las sobrinas que comparte con él la pequeña factoría maderera. Thomas se establece cerca, en Hodgenville, un lugarejo no muy civilizado, metido tres millas dentro del bosque, dispuesto a seguir en lo suyo: la tala y desbaste de los altos troncos de Kentucky. La familia del futuro Presidente de la Unión acaba de formarse.
Y ésa es la herencia que le aporta. Pues si investigáramos un poco el legado de Nancy Hanks, encontraríamos parecidas historias de sobriedad y audacia, de búsqueda de la fortuna y capacidad de movimiento. Una herencia arraigada en el país. Tanto, que el propio Lincoln la repetirá en sí mismo durante una larga parte de su vida, pero sobre todo en aquella que tiene decisiva importancia en la vida de un hombre: la niñez.