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II. De Milán a Zurich

De Mienciclo E-books

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Contenido

Introducción

Einstein, en su juventud.
Einstein, en su juventud.


LA decisión de que Albert continuase sus estudios en Munich representaba un sacrificio para la familia. Parece que se tomó más por voluntad de la madre que del padre, que no se hacía muchas ilusiones con respecto a su hijo, a la vista de su deficiente y desigual aprendizaje. A Einstein tampoco le desagradaba abandonar aquel Gymnasium impregnado de talante prusiano. Parece que ya sentía aversión por el «Canciller de Hierro», Bismarck, que estaba convirtiendo Alemania en un inmenso cuartel. Por lo demás, en las Matemáticas ya era un brillante alumno que aventajaba a todos sus condiscípulos. Su punto débil eran las lenguas clásicas y la Historia, en las que no solamente no progresaba, sino que le parecían insoportables.

Tras la marcha de su familia, quedó instalado en la modesta pensión de una amiga de los padres. Pero la soledad no favoreció su interés por los estudios. Parece que apenas si asistía al instituto y se pasaba la mayor parte del tiempo recluido en la pensión. ¿Fue la nostalgia familiar o la antipatía que le inspiraban el instituto y los profesores lo que le empujó a abandonar los estudios secundarios?… Este aspecto no aparece muy claro, como tampoco aparece claro si Albert abandonó simple y llanamente los estudios tras discutir con algunos profesores o lo hizo buscándose la treta de que su médico le diagnosticara «mal estado de salud» para justificar su marcha a Italia. Lo cierto es que Albert abandonó el instituto en 1895 y se fue con su familia a Milán.


En italia se siente liberado

La soleada Italia le entusiasmó. Algunas veces se distraía con los amigos de su hermana Maya, pero casi siempre andaba solitario escudriñando misterios o paseando por el campo, mientras sus padres discutían sobre su porvenir. La madre tenía gran confianza en Albert. Veía en él un futuro profesor. El padre no era tan optimista, pero estaba dispuesto a hacer cualquier sacrificio para encauzar el futuro del muchacho. Sin embargo, los negocios iban mal y, no tardando mucho, tendrían que abandonar el negocio de Milán para probar fortuna en Pavía… El padre deseaba que Albert prosiguiera los estudios de una carrera práctica y segura. Pero el muchacho se sentía atraído irresistiblemente por las ciencias especulativas: la Astronomía, la Física, la Química, las Matemáticas superiores…

En aquellos meses de descanso hizo una larga gira a pie, con el morral al hombro, por la planicie de Lombardía hasta Génova, para luego recorrer la costa hasta Pisa, detenerse en Florencia y contemplar ese maravilloso relicario renacentista… Fue un viaje a pie; sin apenas dinero y no muy sobrado de comida, pero dichoso y libre por lugares y ciudades que siempre le habían atraído. Ya en la adolescencia, Einstein era sobrio en el comer y despreocupado en el vestir.

De vuelta a sus andanzas y feliz por haber conocido un mundo diferente del cuartelero imperio bismarckiano, su padre le planteó el problema con cierta crudeza… Había que descender del mundo de los sueños y aceptar la realidad: dada la situación económica de la familia, cada vez peor, debía elegir una carrera que le permitiera ganarse la vida lo antes posible. Y aquí es donde se pone en evidencia el carácter tenaz de aquel muchacho demasiado sensibe y aparentemente frágil. El dinero no le preocupaba lo más mínimo, y no estaba dispuesto a sacrificar sus ilusiones a una cosa que consideraba insignificante. Tampoco quería volver al Gymnasium de Munich, donde la enseñanza se imponía a base de castigos y amenazas. Y, en general, no estaba dispuesto a tomar parte en lo que él llamaba «la caza»…, la caza por conseguir posiciones elevadas en la sociedad, sin otro fin que alcanzar fama y prestigio a base de envilecerse y sacrificar su independencia personal o someterse a los manipuladores de la cultura oficial germana.


Conoce otro sistema pedagógico

Durante las vacaciones asistió a la Escuela Internacional de Milán, cumpliendo así la promesa que había hecho a su padre de adquirir por sí mismo la preparación cultural necesaria para iniciar los estudios universitarios. Allí progresó en los conocimientos del idioma italiano y se familiarizó con el método pedagógico de Pestalozzi, completamente opuesto al sistema impuesto en Alemania. Por otra parte, la mayoría de los profesores y los alumnos eran suizos, y esta particularidad y la camaradería y libertad que había encontrado entre ellos fue un acicate para que Albert se decidiera a proseguir sus estudios en Suiza. Con todo, esta solución no hubiera sido posible sin la generosidad de un pariente, radicado en el país helvético, que se comprometió a pasarle cien francos suizos mensuales para los estudios y gastos de estancia. La dotación era muy modesta, pero suficiente para un muchacho tan sobrio como el joven Einstein.

Dado que poseía un buen conocimiento de las Matemáticas, pensó que una buena solución sería intentar ingresar en una escuela politécnica superior y obviar así el hecho de no poseer título alguno de enseñanza media. Con esta finalidad se presentó en el mismo año al examen de ingreso de la Escuela Politécnica de Zurich, en Suiza. Y, aunque su preparación en Matemáticas era posiblemente mejor que la de cualquier otro aspirante, los ejercicios relativos a ciencias descriptivas y lenguas determinaron que no fuera admitido por el tribunal.

Tras su inicial depresión por el fracaso, y ante la perspectiva de volver a Munich a finalizar sus estudios secundarios con los que no sería necesario presentarse a examen de ingreso, siguió el consejo del director de la Escuela Politécnica, quien le recomendó que finalizara sus estudios medios en una escuela cantonal de la pequeña ciudad de Aarau.

La Escuela Cantonal de Aarau era completamente diferente del Gymnasium de Munich. El espíritu de profesores y alumnos era mucho más abierto, más libre. Había laboratorios de Física y Química, museo de Historia Natural con animales disecados, sala con mapas y fotografías para estudiar Geografía. No se estaba todo el día en la misma aula, sino que se cambiaba según la asignatura que se diera. Todo esto hizo que su antigua aversión por la escuela desapareciera, y con ella también su actitud hosca y reservada para profesores y compañeros, lo que le permitía hacer muchos amigos.

Pasó un año en la Escuela Cantonal de Aarau, y en él consiguió el diploma que le permitiría entrar sin examen de ingreso en la Escuela Politécnica de Zurich en octubre de 1896. Durante este año, su vocación se había orientado definitivamente por la Física. Las Matemáticas, que hasta ese momento habían sido de su mayor interés, quedaron sólo como un indispensable instrumento para el estudio de la Física. Por otra parte, sus aspiraciones profesionales se limitaban a poder ejercer como profesor en una escuela secundaria, con lo cual obtendría una situación económica suficientemente holgada y estable, y dispondría de tiempo para dedicarse a sus estudios e investigaciones.


Grato recuerdo de una escuela distinta

El tiempo que vivió en Aarau lo recordaría Einstein toda su vida como un período feliz. Allí descubrió su verdadera vocación en un ambiente de libertad y sintió el fraternal estímulo de condiscípulos y profesores. Como prueba de ello, cuando en 1951 le comunicaron la idea de construir un Museo de Arte en la capital del cantón de Aarau, se ofreció a contribuir a su financiación y escribió lo siguiente:

Como antiguo alumno de la escuela cantonal de aarau, la noticia me ha alegrado de un modo especial, tanto más cuanto que la escuela de aarau es para mí el modelo más perfecto de institución de enseñanza en su grado secundario. la experiencia de esos años de mi juventud me mostró que la descentralización de la enseñanza, junto con la libertad del profesorado para elegir las materias y los métodos de enseñanza, puede conducir a profesores y alumnos a trabajar con gusto y conciencia de su responsabilidad como no se consigue con la más sutil de las reglamentaciones. pues el hombre no es una máquina, y se atrofia cuando no se le da la oportunidad de formarse con independencia y se le niega la libertad de juzgar por sí mismo.

Por otra parte, su amigo y condiscípulo de Aarau, el profesor Hans Byland, después de decirnos que el «gran físico, en su adolescencia, no encajaba ya en ningún patrón», escribe lo siguiente:

«En la Escuela Cantonal de Aarau, durante los años que van de 1890 a 1900 soplaba un recio viento de escepticismo, como de hecho lo demuestra el que de nuestra promoción ni de las inmediatas a ellas saliera ningún teólogo. En esa atmósfera no caía mal el recién llegado, con su desenvoltura. Además, su originalidad le distinguía de todos. Con su fieltro echado hacia atrás sobre su abundante y sedosa cabellera negra, andaba enérgico y seguro, con esos movimientos rápidos —e incluso diría que arrebatados— del espíritu que en sí lleva un mundo. Nada escapaba a la penetrante mirada de aquellos grandes ojos pardos que derramaban la claridad del sol. Todo el que se le acercaba quedaba fascinado ante su personalidad superior. Un rasgo burlón, perceptible en su boca abultada, de labio inferior prominente, no animaba al hombre vulgar a entablar diálogo con él. Sin someterse a barreras convencionales, se enfrentaba al modo de ser del mundo con mentalidad de filósofo risueño, y su burla chispeante fustigaba despiadadamente toda vanidad y toda afectación. En el diálogo era él quien cedía. Su gusto, equilibrado a causa de sus viajes —pues sus padres vivían entonces en Milán—, le confería seguridad en sus juicios. Exponía sin timidez su punto de vista personal, sin cuidarse de si iba a lastimar a alguien o no. Ese denuedo para la verdad imprimía su sello a toda su personalidad y, a la larga, llegaba a imponer al adversario. No tomaba en serio ni la vida de sociedad, entonces floreciente, ni la costumbre de tomar cerveza. “La cerveza vuelve a la gente estúpida y perezosa”, solía decir con Bismarck. Por eso, a sus dieciséis años se embriaga con la Crítica de la razón pura de Kant y había elegido ya, como próximo campo de investigación, la Física teórica…»

«Un día nos reunimos en el comedor de la casa de los estudiantes, que estaba muy animado, para tocar sonatas de Mozart. Cuando su violin empezó a sonar, el aposento pareció ensancharse —por primera vez aparecía ante mí el auténtico Mozart, rodeado de la belleza helénica de sus líneas claras, ya envuelto en pécara gracias, ya elevado y sublime—. “Esto es delicioso, tenemos que repetirlo”, exclamé. ¡Qué interpretación tan fogosa! Apenas podía reconocerlo; aquél era, sin embargo, el burlón genial que ofendía a tantos. No podía explicarse de otro modo; era una de esas naturalezas dobles que saben proteger con una envoltura espinosa el delicado recinto de su vida afectiva. La casualidad hizo que el pensador exacto se albergase en casa de la familia Winteler, de temperamento romántico. Entre los Winteler sentíase Einstein muy feliz. En aquella época, como todavía hoy, era de una absoluta necesidad ejecutar canciones de Schumann, como, por ejemplo, El nogal, La flor de loto o cualquier otra. Heine, su favorito, se habría alegrado oyendo esa música. Pero casi siempre, en cuanto acababa de sonar la última nota, nos arrancaba del cielo un chiste que destruía a propósito nuestro estado de ánimo. Odiaba toda exaltación sentimental, y hasta en medio de un ambiente de entusiasmo conservaba su sangre fría.»


Se va definiendo una vocación

En aquel tiempo, la especialidad de Física era la menos desarrollada en la Escuela Politécnica Superior; su finalidad consistía esencialmente en enseñar los fundamentos necesarios para las aplicaciones técnicas en ingeniería. Por tanto, su profesorado no era de vanguardia, y las enseñanzas impartidas podían leerse en cualquier libro de texto. Sin embargo, sirvieron de gran estímulo para Einstein, quien se dedicó a la lectura de los trabajos más avanzados de la Física teórica de aquella época: Helmholtz (1821-1894), Kirchhoff (1824-1887), Boltzmann (1844-1906), Maxwell (1831-1879), Hertz (1857-1894), Lorentz (1853-1928), quienes había encontrado los fallos e inconsistencias del sistema de Newton con el descubrimiento de nuevos fenómenos que no tenían fiel justificación en la teoría newtoniana. Estas lecturas habían de proporcionar a Einstein la problemática de toda su actividad científica posterior.

El único profesor brillante, y que habría de suministrar a Einstein la herramienta fundamental para su teoría, fue Minkowski. Hermann Minkowski (1864-1909), matemático ruso, fue profesor en la Universidad de Kóningsberg (1895), en la Escuela Politécnica de Zurich (1896-1902) y en la Universidad de Góttingen (1902-1909). Cuando llegó a Zurich, era un joven de treinta y tantos años, pero ya con el prestigio de un matemático original. En 1908 publicó su trabajo Espacio y tiempo, en el que se estudiaba el espacio cuatridimensional, tan importante en la teoría de la relatividad.

Einstein reconocería más tarde que si no aprovechó lo suficiente los cuatro años de estudio en la Escuela Técnica Superior de Zurich, contó, sin embargo, con maestros tan capaces como Hurwitz y Minkowski:

Hubiera podido lograr un profundo conocimiento de las matemáticas. pero consumí la mayor parte del tiempo en el laboratorio de física, fascinado por el contacto directo con la experiencia. y el resto del tiempo lo empleé principalmente leyendo en casa las obras de Kirchhoff, Helmbolz, Hertz y otros. La poca atención que presté a las Matemáticas se debía no sólo a que sentía más atracción por las Ciencias Naturales, sino también a una observación peculiar: veía que las Matemáticas se dividían en muchas ramas especiales, cada una de las cuales podía consumirnos el corto tiempo de nuestra existencia. Me encontraba, pues, en la misma situación del asno de Buridán, que no pudo decidirse por uno de los haces de heno. Ese estado de ánimo se debía en mí a que mi intuición en el campo de las Matemáticas no era lo bastante penetrante para destacar lo importante y fundamental del resto, que más bien se podría considerar como una erudición más o menos superflua. Pero, además, mi interés por el conocimiento de la Naturaleza era mucho mayor, y mientras fui estudiante no vi con claridad que el acceso al conocimiento de los principios está ligado, en Física, a los más sutiles métodos matemáticos. Sólo más tarde empecé progresivamente a darme cuenta de esto, después de años de trabajo independiente. La Física también se dividía en ramas especiales, y cada una de ellas podía consumir una corta vida de trabajo, sin llegar a satisfacer el hambre con un conocimiento más profundo. El volumen de datos de experiencia y de resultados insuficientes era también arrollador. Pero pronto aprendí a percibir lo que podía conducir a un conocimiento más profundo, prescindiendo de todo lo demás, que no hace sino recargar la inteligencia, desviándola de lo esencial. Lo malo era que para los exámenes había que meterse en la cabeza esa balumba de ideas, tanto si se quería como si no. Esa obligación era algo tan monstruoso que, después de aprobar el examen, estuve durante un año sin ganas de reflexionar sobre problemas científicos. Y tengo que añadir que en Suiza se dejaba sentir menos que en otros lugares dicha obligación de abarrotarse la mente, que ahoga el verdadero impulso científico. En total, sólo había dos examenes; por lo demás, uno podía, poco más o menos, hacer o dejar de hacer lo que quisiese. Sobre todo cuando se tenía un amigo como yo tenía, que asistía con regularidad a las clases y tomaba sus apuntes concienzudamente. Esto le dejaba a uno en libertad para dedicarse a lo que quisiera hasta unos meses antes del examen; libertad de la que yo disfruté ampliamente, soportando con gusto, y como un mal muy pequeño, el remordimiento de conciencia que ese modo de proceder me causaba. Lo maravilloso es que el ejercicio moderno de la enseñanza no haya ahogado por completo la sagrada curiosidad por investigar, pues esta delicada plantita, además de estímulo, necesita, esencialmente, de la libertad, sin la cual perece de modo inevitable. Es un error creer que mediante el sentimiento del deber y mediante la coacción se pueda fomentar el gusto por ver y por buscar. Pienso que incluso a una fiera sana se le podría quitar el apetito si se la obliga con el látigo —suponiendo que esto se consiga— a comer de modo continuo, aun cuando no tuviese gana; sobre todo si los alimentos quese le ofrecen se eligen oportunamente.


Amigos

Entre los amigos de su época de estudiante de Zurich debemos recordar, por las repercusiones que más tarde tuvieron en su vida, a Marcel Grossmann, Friedrich Adler y Mileva Maritsch. El primero le ayudaría más adelante a encontrar el empleo en la Oficina de Patentes, que le permitiría tener la tranquilidad suficiente para dedicarse a sus trabajos en una de las épocas más fecundas de su vida, en la época en que echaría las bases para la teoría de la relatividad especial; después le ayudaría realizar los estudios de geometría diferencial necesarios para la enunciación de la teoría general de la relatividad. Adler, hijo de un líder socialdemócrata austríaco, permitiría a Einstein, con la renuncia a su favor, ocupar por primera vez un puesto como profesor de la Universidad de Zurich. Mileva Maritsch era una joven estudiante húngara que habría de ser la primera esposa de Einstein; con ella compartía muchas horas dedicadas al estudio de las obras de los grandes físicos.