II. Charlot, el Pequeño Vagabundo
De Mienciclo E-books
Introducción
SIN duda, aquel día del mes de febrero de 1936 fue un momento amargo en la vida de Charles Chaplin. No es fácil tomar una decisión que supone dejar atrás algo o alguien que ha llenado una vida durante un feliz período de más de veinte años. Un período que comenzó una mañana —también del mes de febrero— de 1914.
Abandonar a su personaje para dejarlo eternamente en la memoria del público supuso para Charles Spencer Chaplin enfrentarse de nuevo, a los cuarenta y siete años, con un vacío en su futuro. Cuando la mayoría de los hombres piensa que el fin de sus días está próximo o que ha vivido la mayor parte de ellos, Chaplin se disponía a enfrentarse de nuevo consigo mismo y aceptar —de una vez— el duro desafío del cine sonoro. Es el momento más glorioso en la vida de ese pequeño inglés, lleno de talento y de orgullo. Y de él nos ocuparemos en la última parte de este libro.
Sin embargo, es conveniente que fijemos nuestra atención en ese personajillo vagabundo y simpático que Chaplin abandona esa noche de 1936. El personaje más popular de toda la historia del cine, con quien, en una u otra ocasión, todos nos hemos familiarizado y que, sin duda, más nos ha hecho reír. Es difícil olvidar ese sombrero hongo, demasiado pequeño para la cabeza, esos pantalones abombados y demasiado cortos, que abandonan en los tobillos a unos pies demasiado pequeños para los zapatos que los calzan y que obligan al vagabundo a andar con los pies abiertos.
Nunca podremos olvidar ese bigote tan popular, o ese bastoncillo de innumerables usos. Cosas encontradas en un cubo de basura y aprovechadas en una situación de extrema pobreza, como si todavía conservasen residuos de una dignidad que tuvieron sus antiguos propietarios. La indumentaria de Chariot es casi un símbolo que nos explica las características del personaje. Por ejemplo, ese desesperado esfuerzo por aparentar una educación y dignidad que suele negarse a la miseria. Un simulacro construido sobre los despojos de una clase social superior a la que inútilmente el vagabundo pretende acceder o regresar, aunque —al mismo tiempo— la combata y se burle de ella. La elegancia natural en sus gestos y actitudes nos explica su carácter sensible y soñador. Y esos pantalones en cuya parte trasera asoman a menudo los faldones de la camisa o los fondillos de unos calzoncillos indican que su propietario no se avergüenza de la miseria —aunque tampoco la exhiba— y que está en una situación crítica que justifica cuanto de cruel o vulgar haya en su actuación.
La resonancia mundial que este personaje tuvo en su época y que todavía tiene hoy puede explicarse por una paradoja que lleva dentro de sí el personaje que durante tanto tiempo nos ha hecho reír. Si separamos la figura del vagabundo de ese mundo del que Chaplin le ha rodeado, si alguna vez nos lo tropezáramos por la calle, moviéndose con petulancia y orgullo dentro de sus ropas destrozadas, a buen seguro no nos haría reír. Es un personaje patético, que nada tiene de divertido. Que el mayor número de carcajadas de toda la historia del cine hayan sido provocadas por un personaje así confiere a Charles Chaplin toda su grandeza; es también lo que concede su universalidad al pequeño vagabundo. Por descontado que precedentes agridulces los hay en la tradición narrativa de cualquier país, pero fue Chaplin quien consiguió crear con ello un personaje universal. En Estados Unidos, Francia o Inglaterra, pero también en Japón, Bali, la India o Marruecos, Chariot fue —y probablemente siga siendo— el favorito del público, cualquiera que sea su lengua o su cultura.
Conseguir que un personaje tan preciso obtenga una aceptación universal sólo es posible gracias a un talento y una sensibilidad fuera de lo común, pero también gracias a una sinceridad y una convicción en la propia obra que cae fuera de toda medida. Lo que hubo antes de esa célebre noche del 5 de febrero de 1936 puede explicarnos de dónde salieran esa sinceridad y convicción del pequeño vagabundo. Pero para ello hemos de viajar en el tiempo y contemplar lo que sucedía en Inglaterra el año 1889. Y como en las películas mudas, vemos ahora un cartel explicativo que dice:
16 DE ABRIL DE 1889 LONDRES (INGLATERRA)
Este es el día en que comienza nuestra historia. Nada de particular sucedió ese día, como no fuera el nacimiento de un niño en East Lane, Walwort. El nacimiento de un niño sólo tiene importancia para sus padres; fuera de eso, la única huella de los nacimientos queda en el registro civil de cada ciudad, sepultada entre millares de idénticas inscripciones. Pero a este niño sus padres le inscribieron con el nombre de Charles Spencer Chaplin Hill. Y por eso de todos los acontecimientos que sucedieron en Londres ese día, destacamos este nacimiento.
Por esa época Londres era, sin duda, la ciudad más importante del mundo, e Inglaterra, la dueña de un imperio colosal. Pero nada de eso se reflejaba en los barrios pobres del East End, la orilla este del río Támesis. Este es un barrio pobre, de trabajadores que van sobreviviendo en unas condiciones de vida insalubres que merman su salud y sus fuerzas. La mayoría pertenece a una nueva clase social, el proletariado industrial, nacido al amparo de las máquinas. Para algunos, ése era un mundo feliz y sin complicaciones. Para otros, la vida era un infierno.
Cómo era su madre
La familia de Charles Chaplin no pertenecía a esa nueva clase. En cierto modo era una familia de desplazados, gentes de la farándula. La madre se llamaba Hannah Hill y era actriz cómica de un teatro de variedades; se había fugado de su casa a los dieciséis años para actuar en los escenarios. En sus memorias, tituladas Historia de mi vida, el propio Charles Chaplin la recuerda así:
Mi madre era una mujercita graciosa cuando lindaba los treinta años, de piel muy blanca, ojos azul violeta y largos cabellos castaño claro, tan largos que se podía sentar sobre ellos. los que la conocieron me dijeron años más tarde que era delicada y atractiva y que tenía un encanto arrebatador.
Se dice que la abuela de Charles Chaplin era medio gitana, pero ése es un dato que contribuye a la leyenda y, en realidad, apenas tiene aquí importancia.
Cuando Hannah Hill se casó con Charles Chaplin, padre, tenía ya un hijo nacido de una aventura, en Africa del Sur, con un hombre del que ella decía que era un lord adinerado. Este hijo, Sidney, recibió también el apellido Chaplin en el matrimonio y fue compañero inseparable del pequeño Charlie toda su vida.
El padre, un artista de variedades
Charles Chaplin, padre, tenía una hermosa voz abaritonada y un talento disperso que le permitía escribir sus propias baladas, actuar en un escenario, improvisar chanzas de café y bailar. Debió de ser un hombre enormemente simpático, a juzgar por la popularidad en que se desenvolvía por aquellos barrios del East End. Los primeros años de la vida del pequeño Charlie transcurrieron de un modo, en cierta forma, acomodado. Los ingresos conjuntos del matrimonio les permitían contemplar el futuro con alguna tranquilidad. Pero algo hubo en la relación de esta pareja que les obligó a separarse dos años después de la boda, cuando el pequeño Charlie apenas tenía un año de edad:
Yo apenas conocía la existencia de un padre y no recuerdo que nunca hubiera vivido con nosotros. era también artista de variedades, un hombre tranquilo, reconcentrado, de ojos oscuros. mi madre decía que se parecía a napoleón. lo malo era que bebía demasiado. y ésa fue la causa de su separación.
No es difícil imaginar las causas que impulsaron al padre de Chaplin al alcoholismo. Este ha sido una plaga, una enfermedad, que se encuentra en los cimientos de nuestra civilización. A finales del siglo XIX, terminada la revolución industrial, en los barrios extremos de Londres no era difícil encontrar alcohol. Y para quien —como el padre de Chaplin— llevaba una vida bohemia, era más fácil todavía. Más de un artista se echó a perder por la bebida. El padre de Chaplin fue uno de ellos; murió alcohólico cuando apenas tenía treinta y siete años.
Después de la separación, Hannah Hill se hizo cargo de sus dos hijos y emprendió una lucha en la que estaba condenada a perder. Durante un tiempo los ingresos que obtenía con sus actuaciones le permitieron hacer frente a sus necesidades con decoro. Su nombre profesional era Lily Harvey, y Chaplin todavía recuerda los carteles y folletos de mano en donde podía leerse:
¡ACTUACIÓN EXTRAORDINARIA!
LA EXQUISITA E INTELIGENTE
LILY HARVEY
Actriz cómica, imitadora y bailarina.