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I. Una Entrevista Histórica

De Mienciclo E-books

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Contenido

Introducción

EL día 25 de julio de 1822, el vigía de la isla de Puna informa que al amanecer ha fondeado la goleta Macedonia. La ciudad de Guayaquil se conmociona y es tema obligado de conversación en todos los niveles sociales. Parecería que el tiempo se hubiera detenido y desde los señores con capa hasta los indios que llevan su mercancía multicolor al mercado, acuden a contemplar la nave que trae desde el Perú al general José de San Martín.

Una visita inesperada

La llegada del general argentino parece haber sorprendido al mismísimo Simón Bolívar, quien ordena a su edecán Torres que se persone ante él y entregue al Protector del Perú la siguiente carta: «He tenido la muy satisfactoria sorpresa de saber que había llegado a aguas de Guayaquil… Mi satisfacción está turbada, sin embargo, porque no tendremos tiempo para preparar a vuestra excelencia una mínima parte de lo que se debe al héroe del sur, al Protector del Perú… Yo me siento extraordinariamente agitado del deseo de ver realizar una entrevista que puede contribuir en gran parte al bien de América Meridional, y que pondrá el colmo a mis vivas ansias de estrechar con los vínculos de una amistad íntima al padre de Chile y el Perú».

Aunque San Martín recibe esta carta, no se decide a desembarcar, contrariado por la actitud de Bolívar, que había incorporado por la fuerza Guayaquil a Colombia, desoyendo sus consejos que proponían que dicha integración surgiera del voto espontáneo de los ciudadanos.

A consecuencia de la reticencia de San Martín a abandonar la nave, Bolívar envía otra carta más expresiva y afectuosa. «Es con suma satisfacción, dignísimo amigo y señor, que doy a usted por primera vez el título que mucho tiempo ha mi corazón le ha consagrado. Amigo le llamo a usted y este nombre será el que debe quedarnos por vida, porque la amistad es el único vínculo que corresponde a hermanos de armas, de empresas y de opinión; así, yo me doy la enhorabuena, porque usted me ha laureado con la expresión de su afecto… Tan sensible me será que usted no venga hasta esta ciudad como si fuéramos vencidos en muchas batallas; pero no, usted no dejará burlada el ansia que tengo de estrechar en el suelo de Colombía al primer amigo de mi corazón y de mi patria.»

El muelle de la ciudad, aquel 26 de julio, se halla embanderado. Las salvas de artillería en honor del visitante impregnan el aire ecuatoriano con su olor a pólvora, recuerdo de batallas de la América toda. Hay un hombre erguido, frente a la comitiva que ve llegar el buque. El rostro serio, la cabeza en alto, una capa española le cae sobre los hombros y el viento juguetea con sus cabellos. Simón Bolívar aguarda. En sus ojos la América desfila, paisajes de contrastes, cordilleras y llanos. Las sofocantes selvas inviolables. Los ríos tumultosos y las suaves colinas. Horizonte de piedras trabajadas por indios misteriosos y sabios. Simón Bolívar espera a ese otro hombre aclamado por el pueblo presente. Ya la nave ha atracado en el humilde puerto. Ya San Martín desciende y es como si con él medio continente caminara a jugarse su destino. Los dos hombres se abrazan.

La casa de los Luzurraga, tradicional familia ecuatoriana, fue el lugar donde se desarrollaron los agasajos al Protector del Perú y a su comitiva. Al recibirle en ella, Bolívar le dice: «Al fin se cumplieron mis deseos de conocer y estrechar la mano del renombrado general San Martín». El paso de las delegaciones que querían saludar al ilustre visitante era incesante; una de ellas, la de las damas de Guayaquil, intentó por medio de la bellísima Carmen Garaicoa coronarlo con una tiara de laureles. San Martín se mostró contrariado y, rechazando el grato homenaje, se limitó a decir: «Yo no merezco semejante demostración».

El pueblo, los humildes de Guayaquil se agolparon frente a las puertas de la residencia y vitorearon su nombre. San Martín apareció en los balcones y agradeció que estuvieran allí. Es este día, 26, cuando se produce el primer diálogo entre los dos libertadores, como en los subsiguientes, la conversación fue a solas y a puerta cerrada.

El día 27, a la una de la tarde, el Protector del Perú entra en la casa de Bolívar. Las puertas del despacho de éste se cierran y sólo vuelven a abrirse a las cinco. Durante cuatro horas, los dos hombres más importantes en esta hora de la historia del continente americano hablan a solas. El secreto de la reunión se ha intentado desvelar muchas veces desde entonces. Se han hecho diversas conjeturas, pero ninguna de ellas ha podido ser comprobada fehacientemente, y otras, francamente malintencionadas y absurdas, han servido a fines políticos diversos.

A las cinco de la tarde, San Martín y Bolívar abandonan el despacho. La casa se ha visto invadida por los 50 invitados al banquete en honor del visitante. El comedor ha sido preparado con suntuosidad. De los muros cuelgan pesados tapices y la platería reluce sobre la mesa de noble madera. Se suceden los brindis «a los héroes de América», «a sus libertadores», «por la Federación Americana del Sur». Entre aquel rebullir de figuras, San Martín se acerca a los ventanales. Le sigue su edecán Rufino Guido. Con la mirada puesta más allá del cielo ecuatoriano, le encomienda preparar la nave para la partida.

Bolívar baila en el gran salón. Sus modales europeos revelan al hombre de mundo. Todos ríen. Nadie sospecha que el destino de América ha sido sellado minutos antes.

San Martín y sus edecanes parten disimuladamente. A las 12 de la noche, Bolívar llega a despedirle al puerto. La Macedonia navega río abajo, hacia el mar. Sobre la cubierta, un hombre mira las titilantes luces de la ciudad que se aleja.

En tierra, Simón Bolívar piensa en las palabras que ese hombre le ha dicho al despedirse: «Ahora le queda a usted, general, un nuevo campo de gloria, en el que va usted a poner el último sello a la libertad de América».

Una nave se pierde en la noche rumbo al mar. San Martín piensa en su nuevo destino. Bolívar queda solo. En su mente, la imagen del Monte Sacro y de su juramento ante él surge nítida y cercana.

El misterio no se desvela del todo

Una carta del general San Martín, escrita cinco años después en el exilio, dirá, refiriéndose a las causas de la histórica entrevista: «En cuanto a mi viaje a Guayaquil, él no tuvo otro objeto que el de reclamar del general Bolívar los auxilios que pudiera prestar para terminar la guerra del Perú, auxilios que una justa retribución, prescindiendo de los intereses generales de América, los exigía, por lo que el Perú tan generosamente había prestado para libertar el territorio de Colombia. Mi confianza en el buen resultado estaba tanto más fundada, cuanto el ejército de Colombia, después de la batalla de Pichincha, se había aumentado con sus prisioneros, y contaba con 3.600 bayonetas, pero mis esperanzas fueron frustradas al ver que en mi primera entrevista el Libertador me declaró que, haciendo todos los esfuerzos posibles, sólo podía desprenderse de tres batallones, con la fuerza de 1.070 plazas. Estos auxilios no me parecieron suficientes para terminar la guerra, pues estaba convencido de que el buen éxito de ella no podía esperarse sin la activa y eficaz cooperación de todas las fuerzas de Colombia; así es que mi resolución tomada en el acto, creyendo de mi deber el último sacrificio, en beneficio del país… dije al Libertador que, habiendo dejado convocado el Congreso para el próximo mes, el día de su instalación sería el último de mi permanencia en el Perú». Y añade: «Ahora le queda a usted, mi general, un nuevo campo de gloria en el que va usted a poner el último sello de la libertad de la América». En la carta prosigue diciendo: «Me embarqué, habiéndome acompañado Bolívar hasta el bote, y entregándome su retrato como una memoria de lo sincero de su amistad…». Hemos considerado útil transcribir esta carta de San Martín, ya que en base a este documento se han elaborado varias teorías.

Según Vicuñas Mackenna, en la entrevista se trataron tres puntos capitales: 1) Guayaquil; 2) Monarquía o República, y 3) medios para proseguir la emancipación. El criterio de este historiador señala a San Martín como el vencido del encuentro: 1) porque Guayaquil quedó integrado a Colombia; 2) Perú y Bolivia se resuelven por el gobierno republicano, desbaratando el plan de San Martín de instaurar una monarquía, y 3) no consigue los auxilios al Perú, debido a la pretensión de Bolívar de acaudillar él mismo las tropas en calidad de jefe absoluto.

Bartolomé Mitre, que fue presidente de Argentina y el más importante biógrafo de San Martín, agregará: «San Martín, como vencido, quedó mortificado y era un asunto del que no le era grato hablar, habiéndose impuesto, por otra parte, el silencio como un deber de patriotismo para no dar armas al enemigo, según lo dijo él mismo al Libertador después de la conferencia. Bolívar, por su parte, no debió quedar satisfecho de sí mismo: el Protector le había vencido moralmente con su abnegación, y su silencio constituye el mayor elogio que podía hacer a su elevación de sentimientos».

Vicente Lecuna, eminente historiador venezolano, se apoya en los informes sacados de las cartas de Pérez (secretario de Bolívar) a los gobierno de Perú y Chile, donde ofrece a los mismos los efectivos que sean necesarios, asegurando, asimismo, que San Martín pidió refuerzos a Colombia, ¿por qué no los pidió a Chile?, ¿por qué no los pidió a las Provincias Unidas del Río de la Plata? Para esto no necesitaba tratados. ¿No se hallaba de director supremo de Chile su antiguo lugarteniente, el general O’Hings? ¿No tenía acaso la República del Plata grandes deberes con el hombre que le. había dado tanta gloria? ¿No los tenía Chile con su eximio Libertador…? Todo comprueba lo ya expuesto. Que el general San Martín no creía necesarios nuevos auxilios para asegurar la independencia del Perú y por esto no los pidió ni a Colombia ni a Chile ni al Río de la Plata».

Hasta aquí las opiniones encontradas, esgrimidas por uno o por otro bando de partidarios. Con todo, cierto es que el misterio de este encuentro aún subsiste y será muy difícil desvelarlo.

Seguidamente dirigiremos nuestra atención a aquel extraordinario momento histórico que era el telón de fondo de la transcendente entrevista de Bolívar y San Martín.

Inglaterra quiere América del Sur

En 1759, el trono español está ocupado por Carlos III. En ese momento, las armas británicas se imponen en Norteamérica y en Asia. La corona española, temerosa de que el equilibrio de poder en Europa se rompa, logra aliarse con Francia, y en 1762 declara la guerra a Gran Bretaña. Grave error. Podemos afirmar que éste es el comienzo de la declinación del todopoderoso imperio de Castilla. España pierde Menorca y Florida, y desaparece la presencia francesa en el norte de América.

Hay un factor que determina este enfrentamiento. La expansión de los productos industriales británicos está modificando la política de Londres. Los grandes mercados compradores constituyen ahora su primordial finalidad. El conseguir fuentes estables de materias primas, que significaba nuevas colonias, había pasado a un segundo plano. Gran Bretaña aparece en el mundo como la primera potencia industrial: puede abastecer a grandes mercados a bajos precios. Su superior capacidad de comerciar, sus mayores recursos financieros, su producción en gran escala, no admite competencia ni de España ni de Francia. El destino del imperio español se encuentra en el aire. Su sepulturero son las fábricas inglesas, más que sus flotas y sus ejércitos.

El establecimiento de puertos libres y de bases a corta distancia de la costa y alrededor del imperio español es el objetivo principal de la política exterior inglesa. Invasiones como las realizadas en 1806 y 1807 en el Río de la Plata, que culminan en fracasos, son episodios excepcionales.

En 1779, España, si bien fracasa en recuperar Gibraltar, toma Menorca, Florida y las Bahamás. Ademas, expulsa a los británicos de sus campamentos fortificados en Honduras. Estos resonantes triunfos no pueden ser consolidados. La absoluta prohibición de comerciar con Gran Bretaña no puede ser respetada. El virrey del Río de la Plata, Juan José de Vértiz y Salcedo, informa a Madrid que «la ruina del comercio en estas partes, por la guerra con la Gran Bretaña, tiene detenido el giro de los necesarios efectos de Europa». La respuesta no tarda. Se autoriza comerciar con Brasil, es decir, comprar allí los productos británicos.

Desde el fin de la guerra de la independencia norteamericana hasta los estallidos en Sudamérica a fines de la primera década del siglo XIX, la penetración inglesa crece sin cesar. No sólo amenaza de muerte al poder español. Lo paradójico es que éste depende de los comerciantes ingleses para su propio funcionamiento. El contrabando, si bien es clandestino y oficialmente castigado, se realiza a niveles imposibles de disimular. Las fuerzas inglesas conquistan Trinidad, al precio de una sola baja. Pero el propio comandante de la operación, sir Ralph Abercromby, llega a la conclusión de que no sería fácil realizar otras conquistas emprendidas abiertamente a expensas de España. Abercromby opina que el camino más seguro y menos costoso es el de fomentar una nuevo orden liberal en las colonias españolas, pues esto significaría para Gran Bretaña acaparar las nueve décimas partes del comercio de la América española.

Con la política de Castlereagh y Canning, Londres se decide resueltamente a apoyar los cambios revolucionarios en territorios españoles de ultramar. En vísperas de su derrota, la España imperial se parece más al Imperio romano que a sus contemporáneos británico o francés. La España peninsular, pobre en población, fenómeno que se acentúa en los siglos XVII y XVIII, y con un comercio basado en el oro y la plata de sus colonias, está condenada.

A partir del triunfo de los movimientos de independencia nacional y el establecimiento del libre comercio, los ingleses ganan rápidamente posiciones. El lugar de los españoles y Portugueses no es ocupado, fundamentalmente, por los criollos, sino por los ingleses, franceses, norteamericanos y holandeses.

Entre los años 1825 y 1854, Gran Bretaña negocia tratados que garantizaban Is derechos de residencia y tráfico con 12 Estados latinoamericanos. Los países que cerraron sus puertas al libre comercio, como Paraguay, deberán pagarlo con una sangrienta guerra. Inglaterra se había convertido en la celosa guardiana de la autonomía de las nuevas repúblicas por su cuenta y razón.

Consecuencias históricas de la entrevista de Guayaquil

Bolívar y San Martín tienen todavía, en vísperas de la entrevista de Guayaquil, que tomar el último, pero poderoso bastión español en América: Perú, centro de gravedad, durante tres siglos, del poderío español. Con la caída de Lima, los españoles, dirigidos por el virrey, se retiran a las montañas. Allí se organizan y están dispuestos a dar batalla sin cuartel a los criollos. Les alienta el auxilio que pueda prestarles la metrópoli. Pero en Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824, las tropas americanas comandadas por Sucre, lugarteniente de Bolívar, derrumban las últimas esperanzas españolas. Toda la América hispánica se independiza. Sólo Cuba y Puerto Rico, favorecidas por el hecho de ser insulares, quedan en poder de España.

Si Guayaquil significa unir a los dos ejércitos libertadores, esta unión militar triunfante en Ayacucho no podrá traducirse en unidad política. Poco tiempo después de la Declaración de Monroe, el Congreso de Panamá, reunido en el Istmo en 1826, por iniciativa de Bolívar, fracasará. El sueño de Bolívar de una América Latina reunida en un solo Estado, lo que, por otro lado, es también el deseo de San Martín, se evapora. La guerra por la independencia había dado vida propia a una serie de Estados, los cuales, por intereses políticos y económicos, no están dispuestos a renunciar a su plena autonomía. Además, los hombres más ilustres de la época no comprenden que las nuevas tierras emancipadas del dominio español son codiciadas por otras potencias. Ya nadie intentará en gran escala someterlos formalmente a situación colonial, pero sus riquezas les serán arrebatadas y cualquier reclamación que hagan tendrá por respuesta el sabotaje comercial o la amenaza militar. Bolívar comprende que una segunda independencia latinoamericana debe asegurar la primera. San Martín, cuando ingleses y franceses bloquean el Río de la Plata en 1845, enviará su sable a Rosas como prueba de su solidaridad en contra de la injerencia imperialista.

Todos los Estados americanos fueron convocados a la conferencia mediante diplomáticos enviados por Bolívar, pero con la hostilidad declarada de Inglaterra, a la que no convenía, bajo ninguna forma, que Latinoamérica se reunificara. A esto hay que sumar la desconfianza de los Estados Unidos, que rehusaron conceder plenos poderes a sus delegados. Finalmente, cada núcleo dirigente regional, fortalecido en la lucha por la independencia, manifiesta aspiraciones muy concretas que les impiden renunciar a lo que consideran su absoluta soberanía recién conquistada. Este proceso, con muchas variantes, se va a repetir en Africa en el siglo XX.