I. Un Memorable Estreno en Nueva York
De Mienciclo E-books
EL cinco de febrero de 1936 se estrenó en el Teatro Rívoli de la ciudad de Nueva York la que habría de ser la última película de Charlot, el pequeño vagabundo.
Con quince días de anticipación llegan solicitudes de localidades desde nueve Estados de la Unión y cuatro países extranjeros: Venezuela, Inglaterra, Canadá y México.
La noche del estreno, una inmensa muchedumbre aguarda la llegada de su ídolo y la policía municipal, a caballo, a duras penas puede contener los movimientos de aquella multitud. Bajo la luz de los reflectores que iluminan la fachada del teatro, rebrillan los encerados gabanes negros de los policías. Grandes altavoces conectados con el interior del teatro difunden en la calle las notas de «Smile» (Sonrisa), el tema musical de la película, que pronto sería mundialmente famoso. Un locutor de voz enérgica transmite para millones de oyentes que siguen el acontecimiento a través de la radio. Desde Hollywood y atravesando de Oeste a Este aquella gigantesca nación, se ha trasladado para este estreno mundial una selecta representación del mundo del cine. Llegan a la entrada del teatro, entre las aclamaciones de la multitud, aquellos que a lo largo de la breve, pero muy intensa historia de la industria del cine, se han convertido en los modernos dioses de una mitología popular nacida y cultivada en la oscuridad de las salas de cine de todos los rincones del globo. Se han trasladado a la gran ciudad para rendir de nuevo pleitesía a quien ellos mismos consideran su rey, el mejor y más grande cómico de la historia del siglo XX. La gente se abalanza contra el cordón de policías para ver pasar fugaces y sonrientes a sus ídolos: Douglas Fairbanks, Mary Pickford, Gloria Swanson, Edward G. Robinson y una larguísima sucesión de rostros familiares y queridos que pueblan el paraíso soñado que un día y otro se crea y se destruye en las luminosas pantallas.
Y, por fin, después de una breve espera, algo parecido a una descarga eléctrica conmueve a la multitud. Los cuellos se estiran, los cuerpos se alzan sobre las puntas de los zapatos, los ojos se abren hasta un tamaño inverosímil. Un murmullo expectante se eleva sobre las cabezas como el zumbido de un moscardón. Alguien grita de nervios, casi en un alarido avisa a sus camaradas: «¡Ya llega, ya viene!». Y entonces un nombre se viene a todas las bocas y brota desplazando cualquier otro ruido, cualquier otro pensamiento, cualquier otra emoción que no sea el saludo emocionado al viejo amigo: ¡Charlie!
Lo demás lo han contado una y otra vez los libros del cine. La película que tanta expectación levantó en su estreno, aquella fría y desapacible noche de febrero de 1936, era Tiempos Modernos. Su autor y protagonista: un inglés judío llamado Charles Spencer Chaplin, Chariot para los viejos amigos, es decir, para todo el mundo.
Las razones de tanta expectación, los motivos por los que la ciudad de Nueva York se lanzó a la calle para recibirle, eran simples. Hacía cinco años desde la última vez que Chaplin estrenó una película; la anterior se llamaba Luces de la ciudad y —como era habitual en las películas de Chariot— había recorrido el mundo, conmocionándolo con un éxito inigualable. Además, en sólo cinco años la industria del cine había evolucionado muy deprisa y la técnica había brindado nuevos y poderosos alicientes al pasatiempo favorito de la multitud. Por ejemplo: hasta 1930 las películas eran mudas, los actores debían gesticular y hacer aspavientos para expresar lo que sentían y pensaban. Unos oportunos letreros interrumpían aquí y allá la sucesión de las imágenes para explicar aquellos puntos de difícil entendimiento en la imagen y poner en letras las palabras que los actores habían pronunciado.
Pero cinco años son mucho tiempo. En 1936, el año en que se estrena Tiempos Modernos, todas las películas que se hacían eran sonoras, todas tenían voces, ruidos, palabras y músicas. Las otras, las mudas, fueron despectivamente llamadas «celuloide rancio», porque, en principio, ya no interesaban a nadie y ninguna persona hubiera pagado ni diez céntimos por ver una de aquellas películas. Sin embargo, existía un precedente que inquietaba a los comerciantes del cine e intrigaba a los críticos. Charles Chaplin, en 1931, y mientras filmaba Luces de la ciudad, se había pronunciado en contra del cine sonoro empleando palabras muy duras y despectivas. Y en los albores de una nueva época para la historia del cine, había brindado a la posteridad una película totalmente muda, excepto una bonita música y algún efecto sonoro. Y ahora que se iba a proyectar en público por primera vez Tiempos Modernos, la gente se preguntaba si Chaplin habría cedido y, en ese caso, cómo hablaría el pequeño vagabundo, qué tono tendría su voz y qué tipo de lenguaje emplearía.
Poco después de que el pequeño Charlie entrase en la sala, ésta quedó a oscuras, un violento haz de luz cruzó las tinieblas desde la cabina de proyección hasta ir a parar contra la pantalla. Una hermosa melodía salió de los altavoces, acallando toses y murmullos. La primera imagen se dibuja nítida y brutal contra la pantalla: Una manada de ovejas se aturulla a la puerta de un establo y poco a poco esta imagen va fundiéndose con otra: un pelotón de obreros que entran en una fábrica. La película ha empezado. Chariot, el pequeño vagabundo, comienza su última aventura.
Como todas las anteriores, es también un fabuloso éxito en cualquier ciudad del mundo en donde se ha proyectado. Y era muda. No había palabras en ella, al menos palabras inteligibles. El gran patrón de la fábrica habla a través de una pantalla a sus obreros, pero su voz es tan sólo el ladrido de un perro furioso. Chariot sigue contra corriente expresándose a través de su incomparable mímica, aunque en un momento de la película, avanzada ya su proyección, el vagabundo canta en un café. Una canción enormemente divertida que dice así:
La spinach or la tuko
gigeretto toto torlo
e rush o spagalaletto
je le tu le tu le twa.
la der la ser pawnbroker
lusern seprer how mucher
e ses conjees a potcha
ponka walla ponka waa.
señora ce le tima
voulez-vous le taximetre
le jonta tu la zita
je le tu le tu le twaa.
He ahí el idioma de Chariot, una jerigonza sin sentido construida con palabras de todos los idiomas, que la expresividad del pequeño vagabundo hace comprensible al público de cualquier país. Un devaneo de Chaplin con su más terrible y feroz enemigo, el cine sonoro. Esta cancioncilla es también la tremenda confesión de una importancia: Chariot, el favorito del público de todo el mundo, no puede hablar un idioma concreto, pertenece al público y su voz ha de ser universal. El propio Charles Chaplin lo ha expresado así en su autobiografía:
Todo hollywood había abandonado el cine mudo, excepto yo. hasta entonces había tenido suerte; pero seguir teniendo la impresión de que el arte de la pantomima iba quedando viejo poco a poco era una idea desalentadora. además, no es fácil idear un argumento mudo que ocupase una hora y cuarenta minutos, traduciendo la gracia en acción y creando chistes visuales cada veinte pies de película a lo largo de siete u ocho mil pies. otra preocupación era que si hacía película sonora, por buena que pudiera ser, no podría superar nunca la calidad artística de mi pantomima. había pensado en unas posibles voces para chariot: si debía hablar con monosílabos o, simplemente, musitar. pero aquello tampoco podía ser. si yo hablaba me convertiría en un actor igual a los demás.
En estas melancólicas palabras está expresado el dilema al que Charles Chaplin hubo de enfrentarse poco después de esa noche triunfal del mes de febrero de 1936. El pequeño vagabundo había nacido casi con el cine, un día a principios del año de 1914. Una época excitante para aquellos que trabajaron en la aventura de los comienzos del cine. Como Chaplin, hacían películas de muy corta duración, siete u ocho minutos, en donde las peripecias se sucedían a un ritmo vertiginoso. La imagen lo era todo, lo debía expresar todo. Y ellos, los que construían esas imágenes, debían inventar al mismotiempo el lenguaje del cine. Articular, pulir y ensayar una y otra vez todos los recursos que la imagen les ofrecía para conseguir expresividad. Un paraíso para las personas con imaginación. Chaplin contribuyó decisivamente a dotar al cine de un lenguaje propio y a sacarlo de las barracas de feria para convertirlo en lo que ha sido llamado el séptimo arte. Todos sus esfuerzos le fueron llevando hacia un éxito incomparable en el que, como en cada éxito, se hallaba agazapada su propia destrucción. Porque ese cine que tanto debe a Charles Chaplin evolucionaba a una velocidad endiablada y hacía cambiar los gustos del público.
De esa forma, en la cúspide del éxito entendido al estilo de los americanos, Charles Chaplin tuvo que enfrentarse a una terrible elección: elegir entre la supervivencia del autor y la de su criatura. Como tantos otros artistas del cine mudo, Chariot es barrido por la llegada del sonoro. Es el último superviviente de una estirpe, el último baluarte que ha resistido durante cinco años la ofensiva de los tiempos modernos. Pero debe rendirse y lo hace bien. En la última imagen de esta película Chariot reanuda su eterno camino, pero esta vez no va solo, una hermosa mujer le acompaña. Chariot ha encontrado pareja y su eterno vagabundeo solitario ha llegado al final.
No habrá más películas de Chariot.