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I. Refractario a las Imposiciones

De Mienciclo E-books

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Contenido

Introducción

EL día 14 de marzo de 1879 nacía en la ciudad alemana de Ulm, Albert Einstein. Sus padres, Hermann Einstein y Pauline Koch, eran judíos amables y tolerantes que convivían con sus conciudadanos sin dificultades.

Situada a orillas del Danubio, Ulm pertenecía al reino de Wurtemberg. Durante más de mil años había sido un Estado independiente, con soberano propio; pero en 1879 formaba parte del recién creado Imperio alemán bajo la égida de Prusia. Sin embargo, el temperamento y los hábitos de sus habitantes eran más semejantes a los de la región francesa de Alsacia, también absorbida por el Imperio alemán tras la guerra franco-prusiana (1870), que a los férreos y disciplinados prusianos. Los wurtem-burgueses tenían fama de gente reflexiva, práctica, alegre; amantes de las artes y de las diversiones, muy bien preparados para las lucubraciones filosóficas y religiosas, pero poco aptos para la actividad mecánica, por lo cual no compartían el espíritu de orden, disciplina y voluntarismo militarista de los prusianos.

No obstante, la influencia que pudiera haber ejercido Ulm en el carácter del primogénito de los Einstein fue más bien indirecta, ya que, al año de nacer, su familia se trasladó a la ciudad bávara de Munich. El padre del futuro sabio tenía una pequeña fábrica de electromecánica, que atendía con ayuda de su hermano Jacob. El primero se encargaba de la parte comercial, y el segundo, que era ingeniero, cuidaba de la parte técnica.

Hermann Einstein era alegre y le gustaba disfrutar de la vida, paseando por los alrededores de la ciudad, en excursiones a los lagos y montañas, o frecuentando las famosas cervecerías de Munich. Por otra parte, era poco religioso; le parecía que las leyes, normas y costumbres de la comunidad judía eran viejas supersticiones, y en su casa no había ni un símbolo de los que abundan en las casas judías en tanto se mantiene el espíritu religioso. Sus ideas políticas eran más bien liberales y temía a los dominantes prusianos, no sin profesar una cierta y contradictoria admiración y orgullo por el emperador Guillermo I, por su canciller Bismarck y por el general Moltke, triunfador de la guerra contra Francia.

Pauline Koch, madre de Einstein, tenía un carácter más serio y artístico que el de su marido. Aunque su vida transcurría como la de un ama de casa media y se consideraba satisfecha con disponer de cierta seguridad económica, sentía una gran pasión por la música, en general por la música alemana y en particular por Beethoven, cuyas sonatas le gustaba interpretar.

El tío de Albert, que convivía con su familia, era un buen ingeniero y se mostraba más interesado que los otros miembros de la familia por la vida intelectual. Sobre el pequeño Albert tuvo gran influencia y fue quien le dio las primeras clases de Matemáticas y quien en él despertó el interés por esta ciencia.

Este cuadro familiar determinó en gran medida el carácter y las inclinaciones de Einstein. Por una parte, su nacimiento en una pequeña ciudad hizo que nunca se sintiera a gusto en las grandes urbes. Las ideas religiosas tampoco tuvieron en él un carácter marcado, ya que en su casa se respiraba sin opresiones de tal naturaleza. Su madre le inculcó el amor a la música, que siempre le habría de acompañar.


No fue un niño prodigio

Einstein no fue un niño prodigio. Tardó tanto en aprender a hablar que sus padres temieron que fuese un chico subnormal. Fue un niño taciturno, poco dado a participar en juegos colectivos ni en ningún tipo de deporte, para los que se consideraba muy débil. Sobre todo le desagradaba jugar a los soldados, cosa que generalmente atrae a los niños de todos los países, y más aún en la Alemania imperial, en la que las figuras de Bismarck y Moltke estaban aureoladas de gran prestigio. Se cuenta que cuando en Munich veía algún desfile militar, en lugar de disfrutar con los redobles militares y con los vistosos uniformes, el niño Albert se echaba a llorar. Veía a los soldados como autómatas desprovistos de conciencia y obligados a un comportamiento mecánico. Ya veremos cómo conservó su actitud antibelicista hasta los últimos momentos de su vida.

Su hermana Maya, dos años menor que él y que siempre se sintió muy ligada a Albert, desvelaría, ya adulta, algunas singularidades del futuro genio. En general, parece que era cuidadoso, metódico y concienzudo. Le gustaban los juegos solitarios y se entretenía mucho levantando construcciones con taquitos de madera o ensayando cualquier trabajo manual con una pequeña sierra de marquetería. Como tenía algunas dificultades para articular las palabras, las rumiaba incesantemente para vocalizarlas. Su hermana Maya declaró en cierta ocasión: «Albert procedía como si cada palabra tuviéramos que arrancársela penosamente de los labios. Nuestros padres se desesperaban, pues durante mucho tiempo pareció que nunca aprendería a hablar correctamente. Cuando ya había cumplido los siete años, Albert aún repetía tenazmente, en voz baja y para sí, las pequeñas frases que los mayores nos enseñaban. Y no lo tomaba a juego, como yo misma, sino que lo hacía sumido en un profundo asombro ante el mundo nuevo que se abría ante él y que parecía acosar su mente con sus misterios…».

En aquella época, las escuelas elementales alemanas estaban organizadas apoyándose en las distintas iglesias. Cada grupo religioso tenía sus propias escuelas. Como la religión dominante en Munich era la católica, la mayor parte de las escuelas pertenecían a esta confesión. Aunque sus padres eran oficialmente judíos, como no practicaban de hecho ninguna religión y no tenían especial interés en que su hijo se educara en la confesión judaica, lo matricularon por comodidad, dada la proximidad, en una escuela católica, en la que él fue el único niño judío. Este hecho no significó ninguna dificultad para el pequeño Einstein, ni aumentó su dificultad para relacionarse con sus compañeros. Por el contrario, el recibir enseñanzas de religión católica, aunque le causaron extrañeza por la diferencia de tradiciones que se conservaban en su medio, le permitió observar que es posible tener también en moral códigos distintos, ya que en ambas religiones se expresaban las leyes eternas del universo.


Resistencia a los métodos

Sin embargo, no era el hecho de que la escuela a la que asistía fuera católica lo que desagradaba a Einstein, sino la escuela misma. Veía en la escuela una organización que ejercía sobre los niños una presión constante para inculcarles esencialmente un sentimiento de obediencia y disciplina. Se les obligaba a aprender cosas de memoria sin la menor reflexión; se les exigía prestar atención al maestro aunque lo que dijese no presentase interés para los niños; no se permitía hacer preguntas al profesor, ni hablar entre sí.

A los cuatro años, Albert era un niño tranquilo y ensimismado. Sus padres le obligaron a tomar clases de violín, y en ello no vio más que una nueva coacción, parecida a las que sufría en la escuela, ya que los profesores que tuvo veían en esta actividad simplemente una rutina técnica, pues eran incapaces de gozar de las bellezas de la música.

A los nueve años se graduó en la escuela primaria, sin haber dado pruebas de un talento especial para las enseñanzas que se impartían. Como escolar no podía ser más mediocre. Para muchos de sus profesores y condiscípulos incluso pasaba por atolondrado y extraño, ya que se resistía a participar en los juegos tumultuosos de sus compañeros de clase; y cuando un profesor le hacía una pregunta absurda, se encerraba en su mutismo y no respondía por mucho que ińsistiera.

Cuando Einstein tenía diez años ingresó en la escuela secundaria, en el Luitpold Gymnasium de Munich. Los estudios secundarios en la Alemania de la época solían durar siete u ocho años; su orientación era predominantemente clásica, dedicando una gran parte del esfuerzo al estudio del griego y del latín, descuidándose otros aspectos de la cultura. Einstein no estimaba correcto el juicio, muy extendido, de que el estudio del latín es formativo y un gran ejercicio para el razonamiento; por el contrario, le parecía un suplicio disciplinario. De todos los profesores del Gymnasium, Einstein sólo guardó recuerdo de uno de ellos llamado Ruess, pues le hizo aumentar su interés por los clásicos alemanes, como Schiller y Goethe, así como por el inglés Shakespeare.


Buscando el porqué

Su interés por las Matemáticas no se despertó en la escuela. Fue su tío quien le descubrió su vocación por esta ciencia, dándole las primeras nociones de álgebra de una forma atractiva, en la que se veía la utilidad de esta rama de las Matemáticas como auxiliar inequívoco para resolver problemas aplicando reglas sencillas.

De este niño silencioso y abstraído, que en las excursiones campestres se pasaba horas y horas contemplando a las hormigas y observando la multiforme naturaleza con aparente desgana, se dice que abrumaba a los mayores con sus «porqués» hasta producirles desasosiego. Intuitivamente racional, necesitaba comprender todo lo que veían sus ojos o palpaban sus manos.

Se cuenta que hallándose en cama a consecuencia de un catarro, su padre le regaló una pequeña brújula. Albert apenas si mostraba curiosidad por los juguetes corrientes de los niños de su edad; sin embargo, aquella cajita con la aguja que se movía marcando el norte le produjo un interés expectante. Obstinado como era cuando le interesaba una cosa, quiso saber por qué aquella aguja marcaba siempre el mismo sitio por más que se cambiase la posición de la caja. El padre, un tanto aburrido de darle explicaciones ingenuas que no convencían al niño, le remitió a su tío Jacob, «que sabía más de esas cosas…». Y Albert buscó en su tío ingeniero la explicación satisfactoria, que no lo sería tanto para aquel niño indagador… Parece que el tío Jacob le habló por primera vez de que en el espacio vacío y en la naturaleza existían cosas que no podían ser vistas ni tocadas, pero que obraban por su propia fuerza y se regían por leyes peculiares, como ocurría con el magnetismo, que hacía que la aguja de su juguete señalase siempre el norte. Esta explicación simple le hizo exclamar que, si era así, entonces el espacio no estaba vacío del todo… El tío le dijo que se trataba de cosas muy complicadas en las que no debía pensar, y terminó considerando que Albert se mostraba muy pertinaz e irritante con sus preguntas.

Otra nota de su carácter de estudiante es su negativa a aprender las lecciones de memoria y conformarse con las explicaciones convencionales del profesor. Albert siempre tenía alguna pregunta que no estaba en el texto, lo cual irritaba a los profesores. A este respecto, se cuenta una anécdota muy significativa. Uno de los profesores del instituto, cansado de su insaciable curiosidad, le dijo que prefería que no volviera más a su clase. A lo que el joven Einstein respondió: «Yo no tengo la culpa de que me manden, señor. Si por mí fuera, créame que tampoco vendría aquí a perder el tiempo…». El profesor le echó de su presencia con cajas destempladas.


Interés especial por las ciencias

A los doce años, recibió el primer texto de geometría. Era un libro para los alumnos de la clase superior a la suya, lo cual le estimuló a su lectura y a su estudio. La geometría realmente le fascinó por la forma ordenada de representar las propiedades del espacio y la forma rigurosa de demostrar todos los enunciados.

En el Gymnasium debió estudiar la religión judaica, ya que era obligatoria la enseñanza de religión. Le interesó el contenido ético del Antiguo Testamento, pero en la religión práctica no comprendía cómo podían obligar a asistir a la sinagoga a todos los niños judíos sin tener en cuenta sus deseos. Esta coerción, como tantas otras que había observado en su infancia, le provocaba un distanciamiento del mundo social y modelaba su carácter retraído hasta apartarse de toda práctica religiosa.

Su interés por el mundo físico fue provocado por lecturas ajenas a la escuela. Libros de divulgación científica que en aquella época tenían gran difusión, como la colección de Aaron Bernstein, Libros populares sobre Ciencias Naturales, o el de Büchner, Fuerza y materia, fueron devorados por el joven Einstein, sembrando en él incógnitas que con el tiempo llegaría a resolver.

También en esta época se despertó su amor por la música, al descubrir la belleza de las sonatas de Mozart. Entonces comprendió que la disciplina con que le obligaron a realizar sus primeros estudios de violín no había estimulado su aprendizaje, por lo cual ahora debería esforzarse si quería llegar a interpretar toda la belleza que encerraban aquellas sonatas.

En 1894, cuando Einstein tenía quince años, su padre, por dificultades económicas, se vio obligado a liquidar la fábrica de electromecánica que tenía en Munich y probar fortuna en otra parte. El lugar elegido para su nueva instalación fue Milán, ciudad industriosa al norte de Italia y no lejana de la Baviera que abandonaba.

Esto le planteaba un problema con respecto a la educación de su hijo. A Einstein le faltaban un par de años para obtener el diploma que más adelante le capacitaría para entrar en la Universidad. Por esto decidieron que el joven Einstein se quedara en Munich hasta que finalizara sus estudios secundarios.