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I. Los Felices Años Dorados

De Mienciclo E-books

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Che Guevara
de Colección Grandes Biografías


Contenido

Introducción

A la muerte «con las botas puestas» del guerrillero argentino en tierras bolivianas se despierta el interés de todos por la faceta humana de Guevara: por sus experiencias infantiles, por la educación que recibiera en los años decisivos de la pubertad, por sus afectos y fobias al margen de la política. Movidos por la demanda del público, biógrafos y cronistas logran levantar una punta del velo que hasta encontes cubriera los años que precedieron a la irrupción de Guevara en el campo de la insurrección armada. Es, pues, a partir de su trágico fin cuando la imagen del «Che» va quedando esbozada con perfiles más ajustados a la realidad histórica y sicológica.


Las raíces familiares

Las repúblicas iberoamericanas presumen todas ellas de ser hijas de la Revolución Francesa, habiendo sido el nacimiento legitimado, casi debiéramos decir que sacralizado, por el triple dogma laico de la Libertad, Igualdad y Fraternidad (aunque luego, a lo largo de siglo y medio, una serie inacabable de tiranuelos dejaran en el más lastimoso estado el admirable dogma).

En ese mundo, al margen de que un indio no sea lo mismo que un blanco ni un pobre igual que un rico (eso pasa en todas partes), existe un espíritu de casta herméticamente cerrado en lo que ha venido a ser llamado «grupo de las doscientas familias» («de los pingüinos» lo denominó Blasco Ibáñez) constituido por aquellos que presumen, con justo título y a menudo sin él, de descender, por línea directa, de las primeras hornadas de inmigrantes europeos. En la mayoría de los casos se trata de familias en situación económica más o menos precaria, que suelen vivir refugiadas en destartalados caserones provincianos, que se mantienen con los restos de unas inmensas propiedades tiempo ha enajenadas, y que desprecian olímpicamente, si son argentinas, a «la canalla enriquecida de Buenos Aires»; la cual, por su parte, les paga en la misma moneda.

En el seno de estas familias distinguidas «venidas a menos» nació Ernesto Guevara de la Serna, en la ciudad de Rosario, a unos cuatrocientos kilómetros al norte de la capital bonaerense, el 6 de junio de 1928. En el caso de los Guevara, lo que podríamos llamar «pergaminos» de la familia son legítimos. Por parte del padre, Ernesto Guevara Lynch, se dan en ambas ramas del linaje por lo menos siete u ocho generaciones de «puros criollos»; más de lo que se precisa para alardear de «distinción», puesto que tal cualidad se posee desde la cuarta generación propiamente criolla. Existe sólo un pequeño lunar: la abuela Lynch era norteamericana, si bien procedía de una familia argentina que abandonara el país en la primera mitad del siglo XIX para eludir las persecuciones del tirano Juan Manuel de Rosas. En cuanto al linaje materno, De la Serna, la investigación genealógica ofrece resultados todavía más satisfactorios que el paterno respecto al número de antecesores, llegando, en la «cuenta atrás», hasta tiempos anteriores a la Independencia, y cualquiera de las demás bifurcaciones cumple con creces el inexcusable requisito de las cuatro generaciones.

Pero don Ernesto Guevara padre no fue de los que esterilizan sus energías en una enfermiza contemplación nostálgica de las glorias pasadas. Allá por los años veinte era un joven estudiante dinámico y emprendedor, de la Facultad de Ingeniería Civil. Pero en Ernesto Guevara Lynch se daba un rasgo desfavorable que luego se repetirá en el hijo: es impaciente, no suele llegar al logro total de las empresas que acomete; en la escuela técnica interrumpe sus estudios después de lograr un título de grado medio análogo al de nuestros aparejadores.

Poco después de graduarse contrae matrimonio con Celia de la Serna, que le dará cinco hijos: Ernesto (el primogénito), Roberto, Celia, Ana María y Juan Martín.

El joven matrimonio Guevara sentó sus reales en Rosario, segunda ciudad de la República por su población e importancia económica, que extiende su núcleo urbano por la margen derecha del río Paraná, en torno del puerto.

La ciudad de Rosario, cuyos moradores la consideran rival de Buenos Aires, llegó a tomar importancia demográfica y económica en época tardía, ya en pleno siglo XX, debido principalmente a la emigración italiana. Cuando los Guevara llegaron a la ciudad se iniciaba su desarrollo industrial. Sin embargo, pese a un moderado auge fabril, la vida de Rosario seguiría dependiendo en gran parte de la agricultura. El carácter mixto, agroindustrial, de la economía rosarina, determinó la índole de las actividades a que se dedicó el joven técnico de grado medio: se interesó en el negocio de la construcción y adquirió en la provincia norteña de Misiones una extensa plantación de yerba mate, para la explotación de cuyos productos pensaba instalar en Rosario un molino yerbatero.

Pero Ernesto Guevara padre tuvo poca fortuna en los negocios; un poco por culpa de su carácter inestable y un mucho a causa de las circunstancias económico-políticas. El año 1928, precisamente cuando el joven matrimonio aguardaba la llegada de su primer hijo, se iniciaba en la Argentina un período de grave depresión económica, empeorada luego por los acontecimientos políticos y por las repercusiones del famoso «crack» de la bolsa de Nueva York en 1929.

La crisis determinó que Guevara renunciase a sus actividades en la industria de la construcción rosari-na para concentrar sus esfuerzos en la explotación de su plantío de yerba mate. En 1930 toda la familia se instala en la provincia de Misiones: el padre en el villorrio de Caraguatí, en cuyos montes vecinos se hallaba la plantación, y la madre, con el pequeño Ernesto, en la inmediata localidad de Montecarlo, algo menos inhóspita.

Aquella vida de frontera no era la más apropiada para gentes con un mínimo de sensibilidad. Transcurridos pocos meses, Ernesto Guevara decide renunciar a sus proyectos de plantador para buscar una vida más cómoda y, de ser posible, mejor fortuna en Buenos Aires.

La familia no se instaló en la propia Buenos Aires sino en una población residencial de los alrededores: San Isidro. Por entonces el pequeño Guevara sufriría el primer acceso de asma; enfermedad que en todo el resto de su vida habrá de arrastrar como una pesada cruz. Así es como su padre relata el hecho:

«Ernesto tenía dos años. Hacía un frío horrible y había sudestada. Celia era una excelente nadadora y no le importaba el frío que hiciera. Ella solía nadar en el Club Náutico San Isidro. Era muy joven y, como tal, algo desaprensiva. No pensó en ningún momento que esa temperatura podía perjudicar a la criatura. Cuando salimos del club, Ernesto estaba muy mal; fuimos a casa de un viejo médico que era vecino de nuestra casa. En ese momento descubrimos la enfermedad de Ernesto. Durante los dos años que siguieron le sometimos a todos los tratamientos posibles. Por último, el médico indicó que el lugar adecuado para él era Alta Gracia, en Córdoba.»

Otra vez los Guevara tienen que liar el petate. Alta Gracia, en la provincia de Córdoba, que se extiende al pie de los contrafuertes andinos, será su nueva residencia.

Familiarización con la montaña

Pocos datos relativos a la primera infancia del futuro guerrillero han llegado a nosotros. Sin embargo, esas parcas noticias permiten inferir que el paso del pequeño Ernesto por Alta Gracia influyó decisivamente en la formación de su carácter y en sus futuras aficiones.

Córdoba Iturburu, el escritor casado con tía Carmen, nos dice que el pequeño Ernestito solía realizar, desde la más tierna edad, largas caminatas por cerros y riscos. Al tiempo, iba tomando contacto con el mundo social de Alta Gracia. Con todo el mundo social y no solamente con los elegantes amigos de los distinguidos Guevara. «Fue nuestra norma —nos dice el padre— que nunca estuvieran cerradas las puertas de nuestra casa para los amigos de mi hijo, de cualquier condición social que éstos fueran (...). De todas las clases sociales y de todas las condiciones económicas jamás hice diferencias. Y eso que mi familia pertenece a la alta oligarquía.»

Resulta lógico que, criado en este ambiente natural, pronto apuntara en el pequeño Guevara una marcada predilección hacia las gentes, gustos y hábitos populares: cualquier niño no coartado en sus tendencias innatas, aunque pertenezca «a la alta oligarquía», prefiere andar descalzo y con el desastrado vestido «de todos los días» al martirio de los zapatos y del encorsetado traje «de los domingos».

A los once años, unido a su hermano Roberto, el futuro vagabundo y luego guerrillero realiza su primera escapada seria; algo así como un presagio de la vida errabunda que le aguarda. Por las trochas y veredas de la sierra llegaron a unos viñedos donde se contrataron en calidad de peones. La paga era mísera: ochenta centavos al día; casi nada para unos niños de la clase distinguida. Estuvieron trabajando tres días, y sabe Dios el tiempo que hubieran aguantado de no incidir una causa de fuerza mayor: como cuenta el padre de los precoces hijos pródigos, éstos volvieron a sus lares porque «les permitían comer toda la uva que desearan, y ambos pescaron una indigestión tremenda».

El anecdotario infantil del pequeño Guevara, como antes decíamos, más bien escaso, que nos llega por conducto del padre y del tío político Cayetano Córdoba, causa la impresión de que se refiere a un muchacho completamente normal, sano de espíritu, y turbulento como suelen ser los niños. Aquellos que conocían la grave afección de los bronquios que padecía, pudieron sorprenderse ante la extraordinaria vitalidad que hacía superar al muchacho aquella insuficiencia física. Por lo demás, las correrías por la sierra no eran las únicas actividades del pequeño Ernesto. Otra de sus aficiones favoritas era la lectura, en la que, naturalmente, gran parte del pasto consistía en relatos de aventuras. Según el padre, Salgari fue por un tiempo su autor favorito, deshancado luego por Julio Verne.

En cuanto a los camaradas de aquellos años venturosos, apenas conocemos algún que otro nombre. El único destacable sea quizá José Aguilar, hijo del eminente osteólogo Juan González Aguilar, subsecretario que fue de un Ministerio en los años de la República Española y que, al término de la Guerra Civil hispana, encontró refugio en la Argentina. El doctor Aguilar, meritorio concertista de instrumentos de cuerda antiguos, vivía casi pared por medio con la residencia de los Guevara. En su casa se daban reuniones musicales a las que solía concurrir el joven Ernesto. Pepe Aguilar es el único amigo de aquella época que se uniría en Cuba con el que ya todo el mundo conocía por «El Che».

Ernesto Guevara dio fin a su instrucción primaria en 1941. Entonces el padre decide que la familia se traslade a Córdoba, capital de la provincia. La salud del primogénito ha mejorado, y además debe iniciar sus estudios secundarios.

Un escolar casi normal

Córdoba es hoy la segunda ciudad industrial del país y se ha incorporado ciertos aires de urbe moderna. Pero allá por los años cuarenta, seguía conservando todo su empaque de la época colonial, tradicionalista y católica. Ello la convertía en refugio predilecto de las empingorotadas «doscientas familias».

El establecimiento de enseñanza más aristocrático de la vetusta población es el «Colegio Nacional Deán Funes». Allá ingresó el pequeño Ernesto Guevara, y dando prueba en la ocasión de un rasgo de carácter que luego habría de mostrar muchas veces: su adaptación al medio. Esta facilidad de adaptación luego le haría pasar, sin trastorno alguno, de las luchas en Sierra Maestra a la poltrona del Ministerio de Industria y a la dirección del Banco Nacional de Cuba.

Sin dar señal ninguna de nostalgia por su libre vida en Alta Gracia, el joven Guevara se mueve como pez en el agua entre la «juventud dorada» que forma el alumnado del colegio. Para un «pueblerino» procedente de las montañas ha de ser una experiencia penosa; pero Ernesto la supera con facilidad, y hasta logra quedar por encima de los muchachos ciudadanos: en el trato con ellos da con el tono justo, se permite incluso manifestar una especie de cínico desdén por las costumbres y modo de pensar de la clase alta, logrando que los desdeñados no se sientan ofendidos, y lo que es más difícil todavía: ¡haciendo adeptos entre aquéllos!... Cuando estaba en los últimos cursos del grado secundario formaba en una pandilla elegante que llegó a ser el terror de la pacata sociedad cordobesa.

En sus relaciones con el profesorado, Guevara logró el mismo éxito. Los maestros toleraban su falta de respeto por las formas, tomándola como prueba de robustez espiritual. Y aún es más: conquistó fama de buen estudiante cuando distaba mucho de serlo. Según su condiscípulo Carlos López Villagrá, era un virtuoso en el arte del «macaneo» (en España diríamos que era un «listo», un «cuentista»): «A veces llegaba al colegio y preguntaba el tema que se iba a tratar en tal o cual materia. Se hacía dar una explicación somera, y si le tocaba dar la lección se lucía como un erudito.»

En otra ocasión, el joven Guevara discute osadamente temas de literatura con el profesor Díaz, especialista en clásicos españoles. Viéndose arrinconado por el mayor saber del maestro, escapa por la tangente: «¿Sabe lo que pasa, doctor? Usted ha leído demasiado y se le ha hecho un barullo en la cabeza.» A otro cualquiera, la salida le hubiese costado una severa reprimenda. A Guevara, en cambio, todos, incluido el doctor, le ríen la gracia.

¿Motivo de tan privilegiado trato?... Como suelen decir en Andalucía, el joven Guevara tenía «duende»: atractivo personal. Y además, era dueño de una entereza de carácter que le dictaba el gesto apropiado cuando venían mal dadas. En cierta ocasión, los compañeros quitaron los zapatos a un condiscípulo. Confirmando que las desgracias nunca vienen solas, la mala suerte hizo que la pobre víctima fuese llamado a la tarima. Puede suponerse la escena que siguió al aparecer ante el profesor un alumno descalzo. A las imperativas llamadas del maestro a los anónimos culpables respondía el silencio general y unos angelicales rostros de inocencia. Al fin se levantó Guevara y asumió la responsabilidad colectiva. El castigo fue duro, pero compensado con creces por la ovación que a la salida de clase los compañeros dedicaron al héroe.

La estancia del niño en la montaraz Alta Gracia determinó su afición a los paisajes agrestes, que al llegar el muchacho a hombre se convirtió en pasión por la vida vagabunda.

El paso del muchacho por «Deán Funes» estimula su inconformismo y hace germinar en él una naciente vocación de conductor de hombres, a la vez que acrece su espíritu de compañerismo. Pero, ¿de dónde podían proceder sus inquietudes socio-políticas? Aquí entra en juego la madre: en sus relaciones con el hijo, aparte los sentimientos naturales, la enfermedad fue un complementario vínculo de aproximación. Como antes hemos indicado, las inquietudes políticas y sociales de Ernesto «Che» Guevara hicieron su aparición en época tardía. Durante la primera fase de su juventud, Guevara, de quien puede con razón decirse que «nada de lo humano le fue ajeno», fue simplemente un «inquieto vital» cuyas válvulas de escape serían la curiosidad mental y el vagabundeo.

Con anterioridad hemos señalado que el gusanillo de Guevara por lo político y lo social procede de la rama materna. Parece que tales inquietudes no llegaron a tomar en Celia unos modos concretos; en todo caso, mucho más tarde, y en forma de incondicional admiración hacia el hijo, convertido ya en un «rebelde» de cuerpo entero. La tía Carmen, en cambio, puso de manifiesto desde sus años juveniles ciertas aficiones políticas que la inclinaban hacia los movimientos extremistas de izquierda. Si el desequilibrio vital del futuro guerrillero es, de acuerdo con los antecedentes, de procedencia Guevara-Lynch (¡aquellos abuelos Lynch emigrando a los Estados Unidos!), resulta probable, pues, que las inquietudes políticas vengan de la rama materna.

En la vida de Ernesto Guevara la influencia de la madre es un hecho comprobado y que no dejaba de sorprender a los compañeros del duro luchador. Dicha influencia está desde luego determinada por el orden natural. Pero en el caso de Guevara y su madre se ve, además, reforzada por la incidencia de la enfermedad que aquejó a Ernesto desde su infancia.

En el cuadro clínico del asma infantil son conocidas las secuelas psíquicas del mal, que dan lugar a un reforzamiento de los vínculos materno-filiales. Armando March, explica muy acertadamente el fenómeno en el caso de Celia y su hijo:

«Ernesto era realmente muy cariñoso y expresivo con todos, pero particularmente con su madre. Este vínculo, que llamaba la atención, parecía reforzado por su enfermedad asmática, que lo hacía objeto de fuertes y violentos accesos. A menudo debía utilizar el vaporizador asmático, y como los asmáticos no pueden permanecer largo tiempo acostados en la cama durante los ataques, ya que necesitan ampliar su capacidad torácica al máximo, Ernesto dormía en el regazo de su madre.»

La penosa enfermedad, compañera inseparable del guerrillero, nos sirve para calibrar hasta qué punto era poderoso el motor de sus energías vitales. En Sierra Maestra y en su postrera campaña boliviana, el luchador se conduce como si el mal no existiera, no dejando a éste ni un mínimo resquicio por donde pueda torcer su destino. A esta dura disciplina venía sometiéndose desde sus años juveniles. Existe un certificado médico por el que el doctor Jorge F. Galán eximía al joven estudiante de realizar cualquier ejercicio físico en el colegio «Deán Funes». Sin embargo, Guevara organizaba con sus camaradas incesantes correrías a campo través que en ocasiones duraban varios días.

Esta incesante lucha contra la insuficiencia física es quizás el único rasgo en la vida del muchacho que hubiera permitido presagiar a un psicólogo inspirado el singular destino del adolescente.

Simplemente antiperonista

El alumno Ernesto Guevara de la Serna está en los últimos años de su bachillerato; ya es «un mayor». Tiene su «panda», chicos y chicas, y participa en la despreocupada y feliz existencia de la «juventud dorada» cordobesa. Algunos cronistas, deslumhrados seguramente por la imagen del que luego sería «El Che», han querido ver en aquel grupo juvenil una especie de cenáculo nihilista dedicado al estudio de los libros sagrados y de las tácticas de la Revolución. Nada más lejos de la verdad. «La Malagueña» (este nombre pusieron los muchachos a su pandilla, porque se reunían en una finca que llamaban así), era solamente una tropa jocunda de niños, insoportables como suelen serlo todos los teen ager, en especial si pertenecen a las clases privilegiadas. Si alguna vez les daba por alardear de inconformismo político, era, en todo caso, «porque hace elegante». Pero, de haber sido preguntados por sus idearios político-sociales, probablemente se hubieran visto en un brete. Sin embargo, sus estentóreas actividades llegaron a constituir piedra de escándalo en la levítica ciudad de Córdoba, aunque hoy harían reír a los «melenudos» y «gogós» de nuestros días: porque los «malagueños» no se drogaban, ni robaban automóviles y en sus «guateques» las muchachas no perdían la virginidad; todo entre ellos quedaba reducido a giras al campo, bailes de disfraces y algún que otro bromazo a «la gente formal».

En el grupo encontramos los apellidos más encopetados de la sociedad local. El centro de atracción lo constituían Chinchina y Horacio («Cuco» para los íntimos) Ferreyra. El palacio de los Ferreyra en la ciudad y su estancia («La Malagueña») en el campo estaban siempre abiertos para la panda. Los demás nombres eran igualmente distinguidos: Gustavo Roca (hijo de un abogado de mérito y destacado político progresista), Magda y Dolores Moyano, Tatiana Quiroga, Ernesto Guevara...

Ernesto fue feliz en compañía de estos alegres compadres, a los que a veces violentaba con su excesivo descuido en el atuendo. Así, el día en que se presentó con una rasgadura en el pantalón someramente reparado con un trozo de cinta adhesiva, y otra vez, luciendo zapatos dispares.

«Nos fascinó, al conocerlo —cuenta Chinchina Ferreyra—, su físico obstinado, su carácter antisolemne; su desparpajo en la vestimenta nos daba risa y, al mismo tiempo, un poco de vergüenza. No se sacaba de encima una camisa de nylon transparente más que cuando ya estaba tirando a gris por el uso. Se compraba los zapatos en los remates, de manera que sus pies nunca parecían iguales. Los demás éramos tan sofisticados, que Guevara nos parecía un oprobio. El aceptaba nuestras bromas sin inmutarse».

A esto se reducía el juvenil cenáculo «revolucionario» de Córdoba que algunos se han empeñado en inventar, junto con la otra creación de una temprana e inexistente vocación política del «Che» Guevara. La búsqueda de datos que permitan suponer una mente política en el joven Guevara de aquellos felices años, resulta tan trabajosa como la de una aguja en el clásico pajar. Y la cosecha no puede resultar más pobres Que no compartía el entusiasmo «aliadófilo» de los «malagueños»... Que en cierta ocasión dijo que Churchill «era un político de pacotilla»... Que se opuso a participar en una colecta-homenaje a De Gaulle. Total: Nada entre dos platos.

Sin embargo, no cejan los esfuerzos de aquellos que, contra la evidencia histórica, quieren a toda costa sacar de la nada la figura de un Guevara juvenil, quizá no totalmente conquistado aún por las doctrinas de Marx, pero antiperonista por lo menos. En el diario bonaerense La Prensa (edición del 28 de febrero de 1958) leemos:

«... Los primeros contactos con el espíritu de resistencia democrática emprendida por el pueblo contra la dictadura (peronista), lo contaron (a Guevara) entre sus primeros militantes. En 1945 (todavía no había cumplido Guevara los diecisiete años), intervino en el “Movimiento Monteagudo” y, posteriormente, actuó en Acción Democrática.»

El testimonio de su padre es digno de mayor crédito, y debe reconocerse que también Ernesto Guevara «senior» afirma el juvenil antiperonismo de su hijo:

«Yo era un ferviente antiperonista, integraba el grupo Monteagudo, de resistencia civil, y mi esposa también era activa contra el peronismo. En mi casa se fabricaban bombas y se daba cobijo a elementos contrarios al régimen. Un día, Ernesto se enteró de lo que estaba haciendo y me dijo: “Papá, ¿me dejarás mojar en esto...?” Yo no sabía qué contestarle; entonces, él agregó: “Mira, si vos no me dejas que lo haga a tu lado, lo haré por el mío.” Entonces preferí que lo que hiciera no escapase a mi conocimiento; por eso sé que el antiperonismo de Ernesto se lo inculqué yo.»

Y aunque así fuera, aunque el muchacho hubiera mostrado entusiasmos antiperonistas, ¿qué significado puede tener ello en relación con sus actividades, al cabo de quince años, en el campo del comunismo iberoamericano? En todo caso, aquel temprano antiperonismo habría de ser tomado como prueba de que por entonces el joven Guevara se hallaba en el extremo opuesto del marxismo, puesto que en la Argentina de Perón lo «elegante», lo «distinguido» era mostrarse adversario del dictador y de sus «descamisados».

Entre aquellos que quieren hacer del adolescente un bolchevique en agraz, algunos llegan a las más chuscas exageraciones. La revista Trud, de Moscú (número del 1 de noviembre de 1967) mantiene un cierto tono de discreción: «A Ernesto lo educaron en los ideales abnegados del pueblo, de lucha por su felicidad.» Igualmente La Prensa de Buenos Aires (11 de octubre de 1967): «Durante su adolescencia, Guevara fue ávido lector de literatura mar-xista e izquierdista.» Falso, pero mesurado. Todas las marcas de plumífera osadía resultan batidas, en cambio, por cierto redactor de otra Prensa, la derechista que se publica en Lima, y en cuyo suplemento dominical del 20 de octubre de 1967 se dice: «... En Rosario y Buenos Aires, Ernesto Guevara llevaba consigo los manuales para la guerra de guerrillas de Mao Tse Tung y de Ho Chi Minh...» Todo esto ocurría por los primeros años treinta: en Rosario, Ernesto Guevara, ¡fenómeno de adoctrinamiento precoz!, apenas había cumplido los dos años cuando su familia dejó la ciudad. Este pequeño detalle, olvidado por el periodista limeño, hace inútil ya que hagamos ver al lector, por otra parte, que Mao andaba en aquella época muy ocupado haciendo la guerra por tierras del Yunnan en el curso de su «Larga Marcha» y no tenía ocio para dedicarse a escribir sobre guerrillas ni sobre ningún otro tema. Y en cuanto a Ho Chi Minh, aún habían de transcurrir algunos años antes de que iniciase su propia guerra de guerrillas particular.

Aparte las enseñanzas y formación de carácter que Guevara pudo recibir, el colegio de Córdoba «Deán Funes», tiene importancia en su vida por un hecho singular: cierto compañero de clase ha de ser el vínculo por el que llegue a conocer a una de las personas que más influirá en su futuro.

A veces, en las ficciones teatrales de corte romántico, se dan ciertos papeles secundarios que, pese a su insignificancia, resultan esenciales en el desarrollo de la acción: el edecán portador de la orden que decide una batalla, la doncella que trae al protagonista la copa con el licor envenenado... Análogo papel desempeña Tomás Granados en la tragedia vivida de nuestro personaje principal: conoce a Guevara, lo pone en relación con su hermano Alberto y luego hace un discreto mutis para no volver a intervenir.

En cierta ocasión, Tomás pide a su condiscípulo que le acompañe al comisariado de policía donde Alberto se halla detenido a consecuencia de ciertas algaradas que habían organizado los estudiantes antiperonistas. Así es como Ernesto Guevara y Alberto Granados se conocen. Ernesto apenas ha cumplido los trece años; Alberto, que estudia para médico, anda ya por los veinte.

De aquel primer encuentro surge una amistad que al correr del tiempo irá derivando en una camaradería, que sólo aflojará sus lazos, sin romper la amistad, cuando Guevara decida pasar su Rubicón y lanzarse al campo de las experiencias políticas.

Los dos hombres, o por mejor decir, el hombre y el muchacho, son dos temperamentos opuestos. Algo que sucedió en los comienzos de aquella amistad lo pone de manifiesto: Alberto Granados pertenece al movimiento estudiantil reformista, partidario de modificar las estructuras político-sociales, pero por medios pacíficos. En cierta ocasión pide a Guevara que acuda con sus compañeros a una manifestación callejera. El muchacho de trece años tiene una salida digna del combatiente que un día tiene que llegar a ser:

«¡Vamos, Alberto...! Ni lo pienses. Salir a la calle para que la Policía te corra a palos, eso si que no. Yo salgo únicamente si me dan un bufoso.»

Quien desconozca el argot argentino, ha de ignorar que un «bufoso» es un revólver.

Reformista todo lo más

En 1947, Ernesto Guevara se ha graduado de bachiller. Para el joven es el momento de elegir carrera. Le atraía la de Derecho, pero la influencia de su amigo Granados resultará decisiva: Guevara será médico.

Alberto, que se hallaba en los últimos años de la Carrera, decide pasar desde la Universidad de Córdoba a la de Buenos Aires, a fin de poder seguir, después de la Licenciatura, el curso de Doctorado. Ernesto convence a su padre, y toda la familia se traslada a la capital bonaerense. Los Guevara se instalan en el distinguidísimo barrio residencial de Palermo.

Por aquellos años cuarenta, las organizaciones estudiantiles andaban un poco a la deriva. La Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA) había ofrecido una seria resistencia a la infiltración peronista. Pero luego, reafirmado el dictador en el poder, cayó en un total marasmo: la fracción estudiantil comunista había logrado el dominio de la Federación, y por entonces el comunismo daba su apoyo a los «descamisados» de Perón. El Centro de Estudiantes de Medicina, adherido a la FUBA, llegó prácticamente a la disolución. Los estudiantes antiperonistas, trotskistas, socialistas, radicales o conservadores, constituyeron agrupaciones independientes entre las que nunca se llegaron a establecer auténticos lazos de unión.

Por supuesto, los archivos de las organizaciones estudiantiles del tiempo han sido escudriñados a fondo. Pues bien: no ha sido encontrado el menor rastro que permita suponer el menor papel activista de Guevara en los movimientos escolares de izquierda; ni siquiera en las listas de simples afiliados aparece su nombre. Alguno de sus compañeros, entre los más politizados, cree recordar que Guevara «pertenecía al movimiento reformista», y eso es todo.

Debe concluirse, pues, que las actividades políticas del estudiante de Medicina Ernesto Guevara, si es que las tuvo, debieron ser mínimas. Buen estudiante tenía que serlo, puesto que así lo revela la tesis doctoral que presentó a su tiempo; en ella ya no hay rastros de «macaneo». Y al margen de los estudios, es lícito suponer que prosiguiera en Buenos Aires, salvo las diferencias impuestas por la edad, la vida de bohemia elegante que llevó en Córdoba durante los años de bachillerato. Son muchos los camaradas que recuerdan anécdotas donde aparece como el clásico estudiante, alegre y despreocupado, que corre la tuna.

Con el fin de poder dejar en blanco el período universitario de Guevara, a falta de incidencias políticas, vamos a recoger alguno de dichos episodios.

«Los padres de Ernesto —nos cuenta su compañero Fernando García— conservaban una casita en Alta Gracia, donde solían, algunas veces, veranear. (...) En el verano de 1948, nos invitó a mí y a otros dos compañeros a pasar unos días allí. La casa estaba semiabandonada y vivimos como pudimos. No teníamos, en conjunto, mucho dinero, y Ernesto parecía esconderse de los habitantes del pueblo. Salíamos a la sierra muy temprano y lo pasábamos recorriendo los lugares próximos y gastando abundantes bromas. Un día, cuando nuestra falta de dinero era crítica, Ernesto dijo que a dos cuadras de la casa había visto un pequeño corral con algunas vacas (...) Nos sugirió apoderarnos de uno de los animales y faenarlo: “Aunque sea un animal viejo, vamos a tener carne para muchos días.” La proposición nos pareció descabellada. No sería difícil que en el pueblo localizaran la sustracción y, además, pensábamos en términos muy formales que aquello no estaba bien. Ernesto insistió con vehemencia. Esa noche, mientras dormíamos, Ernesto nos despertó abruptamente. Tenía el rostro encendido, bailoteaba por la habitación. Nos empujó, prácticamente, al terreno que constituía el fondo de la casa y que comunicaba con una calle lateral. Allí estaba la vaca, cabeceando y lanzando pequeños mugidos.

»Recuerdo que le increpamos duramente y no salíamos de nuestro asombro. Los tres tratamos de convencerlo y llegamos a decirle que aquello era propio de delincuentes. Creo que teníamos más temor que escrúpulos morales. Pero de pronto, Ernesto se puso serio, nos miró, y luego, lanzó una carcajada acida. “No sean pavos, che —nos dijo—. ¿No les gusta la leche?” Y acto seguido, con habilidad discutible, comenzó a ordeñar al animal. Una vez terminada la tarea devolvió la vaca a su corral. Creo que el dueño jamás se percató del robo.»

En suma, una chiquillada de niño grande. Lo mismo que la relatada por otro amigo de la época: Delfos Gómez.

«Entre dos clases, solíamos comer algo liviano —generalmente unos sandwiches en un almacén que ya no existe, ubicado en la esquina de Charcas y Uriburu, a dos cuadras de la Antigua Facultad. Atendía el negocio su dueño, un gallego simpático que nos fiaba (hasta ciertos límites) y nos servía de mil maneras al grupo de compañeros. Cierto día fuimos con Guevara, como siempre, pero el gallego se negó a despacharnos si antes no le saldábamos la deuda de dos semanas, que se elevaba a cerca de ochenta pesos; entonces, una fortuna para nosotros. Guevara le increpó duramente, hizo bromas sobre “el hambre del pueblo”, y entre risas, junto con otros dos, pasó del lado del mostrador, amarraron fuertemente al gallego y Guevara se puso a preparar despaciosamente varios sandwiches de jamón y queso. Las protestas del gallego subían de tono y, afortunadamente, no entraron otros clientes. Cuando Guevara terminó, envolvió los sandwiches y después le dijo: “Así, que te debemos plata, ¿verdad? ¿Cuánto? ¿Cien pesos? Bueno, ¡toma!, gallego amárrate.” Extrajo de un bolso dos billetes relucientes de cien pesos y los dejó sobre el mostrador ante el azorado rostro del almacenero. Y cuando salíamos, ya que la suma depositada era muy superior a la deuda, Guevara agregó: “Y ahora, ¡guárdate el vuelto!”»

Pero, entre las veras del estudio y las bromas de la bohemia, el guevaresco período de farra va tocando a su fin, y en el horizonte se divisa ya el nuevo camino.

Empresario y aventurero

Nos hallamos en 1950. Ernesto ha cumplido los veintiún años, cuando su nombre alcanza por primera vez los honores de la letra impresa. Todavía debe pasar algún tiempo antes de que el nombre del «Che» haga trabajar de firme las rotativas mundiales. Ahora se trata de una hazaña deportiva que merece algunos comentarios en los círculos que frecuentan los aficionados al motor.

Por entonces comenzaba a difundirse en la Argentina, igual que en el resto del mundo el uso del ciclomotor. Guevara se hizo con un pequeño artilugio de la marca italiana «Micrón» y adaptándolo a una vieja bicicleta, logró disponer un vehículo con el que se podía alcanzar los treinta y cinco kilómetros a la hora; pero a condición de que el terreno fuera liso como la palma de la mano. Con aquel liviano armatoste, y aprovechando el período de vacaciones estivales (es decir, durante los meses que corresponden al invierno en Europa), en solamente nueve semanas recorrió ¡cuatro mil kilómetros!, plagados de repechos y de infames carreteras, a lo largo y a lo ancho de doce provincias argentinas.

La revista ilustrada El Gráfico publicaba un «remitido» de los representantes en Buenos Aires de la marca «Micrón», incluyendo la fotografía de un Guevara todavía barbilampiño, en atuendo deportivo y montado en su bicicleta motorizada. Al pie de la ilustración iba el texto de una carta:

«23 de febrero de 1950.—Señores representantes de los motores “Micrón”: Les envío para su revisión el motor “Micrón” que ustedes representan y con el que realicé una gira de cuatro mil kilómetros a través de doce provincias argentinas. El funcionamiento del mismo durante la extensa gira ha sido perfecto, y sólo he notado, al final, que había perdido compresió, motivo por el cual se lo remito para que lo dejen en condiciones. Firma: Ernesto Guevara de la Serna.»

Esa correría ciclomotorística no debe ser considerada como la primera salida del moderno Quijote; todo lo más, como un ensayo preparatorio.

Guevara se halla en pleno período de transición. Al margen de los estudios, que prosigue regularmente, sus actividades marginales adquieren un cierto tinte de seriedad. El futuro gran debelador de la propiedad privada pone incluso en marcha el esbozo de una empresa capitalista: nada menos que una, digamos, «fábrica de insecticidas». Ernesto aportó al negocio el local (la flamante industria funcionaba en el garaje de los Guevara, en la casa de Palermo) y la mitad de la mano de obra; la otra mitad estaba integrada por Alberto Figueroa, también médico en ciernes. El insecticida marca «Vendaval» no era sino un producto que se podía encontrar a ínfimo precio en cualquier almacén de droguería, al que los dos técnicos mezclaban con talco. Los únicos aportes originales de los dos «hombres de negocios» eran las cajitas de cartón del embalaje y las etiquetas. El negocio fue flor de un día; se hundió, parte por falta de pedidos, parte por cansancio de los empresarios.

Al parecer, la correría en ciclomotor dejó en Ernesto mejor sabor de boca que su intento de incursión en el complejo mundo de los negocios. Durante las vacaciones de 1951 emprende un viaje de mucha mayor entidad. Lo que podemos considerar su auténtica primera salida le llevará desde su Argentina natal hasta los Estados Unidos, en casi nueve meses de continuo vagar.