I. Las Claves de Larra
De Mienciclo E-books
Introducción
VIVIÓ Larra veintiocho años. Años apasionados y apasionantes: de 1809, en que nace —guerra de la Independencia—, a 1837 — guerra carlista— en que muere, víctima de sí mismo y de una España sin aliento, sin vitalidad, sin pulso. Asusta pensar cómo una vida tan corta fue, al tiempo, tan fecunda, tan intensa, tan llena de resultados y de fracasos. Ambos, frutos y frustraciones, van juntos formando una realidad inseparable. Larra va más allá de su fama, de su triunfo social en plena juventud: mucho más que detener la pistola en el momento fatal, ese triunfo aparente empuja el dedo hacia el mortal disparo. Porque ese logro es, de algún modo, el precio con que, en definitiva, se paga una victoria personal que no cambia apenas nada de los objetivos contra los que Larra dirigía los dardos de su lúcida crítica social.
La España de Larra
A los diecinueve años publica Mariano José de Larra su primer artículo. Corre el año 1828, tiempo difícil para una prensa libre. Epoca triste, con Calomarde instalado en el Poder, en plena década absolutista; Fernando VII, en busca de descendencia; la represión de cualquier atisbo liberal convertido en la Ley que rige cada día la vida del país. Diez años más tarde, al borde del instante final, ha escrito Larra más de trescientos artículos de muy variado calibre y temática. Sus traduciones del francés alcanzan un número considerable: poemas, novelas. Han sido ocho años de imparable actividad, con escasos paréntesis: París-Londres, la Europa atormentada del siglo en plena apoteosis de un Romanticismo que exalta la libertad como bandera y la creación como salida. En esos años han pasado teóricamente muchas cosas en el país que vio nacer a Larra: muerte de Fernando VII que pone fin al absolutismo, guerra carlista que divide en los campos de batalla a liberales (isabelinos) y partidarios de don Carlos; esperanza de una nueva Constitución a la altura de los tiempos, desamortización eclesiástica dictada por Mendizábal, acceso de los moderados de Istúriz, sublevación de los sargentos de La Granja.... Son diez años repletos de acontecimientos para la crónica histórica.
Frente a todos esos acontecimientos, que van constituyendo el telón de fondo en que se enmarca la reflexión larriana, nuestro hombre adopta una actitud que va de la esperanza abierta al escepticismo más absoluto y desnudo. A medida que la salida del absolutismo niega el camino de una reforma profunda, Larra ve crecer su desolación y su amargura. Optimista, en principio, ante el Estatuto Real, lo ataca al poco tiempo ante la ineficacia del gobierno de Martínez de la Rosa. Y lo hace con lucidez, con ironía, llegando casi hasta el sarcasmo. Sale de España y regresa al país con la esperanza renovada: Mendizábal le ha devuelto, al parecer, la fe en el cambio. Pero pronto se le cae al suelo su pedazo de alegría. Y Larra es —con Flórez Estrada y Espronceda— uno de los pocos españoles que cae en la cuenta primero y denuncia después los peligros de la desamortización del 36. Enemigo de quien le suscitó expectativas truncadas en un país renovado, a Larra se le vuelve a encender la llama de la esperanza con la subida de Istúriz al poder. Junto a él va con ánimo casi de adolescente a la política proclamándose diputado electo por Avila. Nunca, empero, llega a defender su escaño en el Congreso. La rebelión de los sargentos de La Granja echa al suelo su nunca estrenada vocación política. Unos meses después, con los «exaltados» de nuevo en el Poder, Mariano José de Larra se suicida.
El escepticismo de Larra no es otra cosa, pues, que el fruto del contraste entre sus deseos de una España a la altura de los tiempos y la realidad de un país que, sin salir de su crisis, ahonda cada día más las raíces de ésta hasta convertirla en crónica. Por eso Larra no abdica jamás de su crítica: porque las razones de ésta siguen existiendo. Su patriotismo estaba por encima de la lisonja o del cómodo escapismo lírico. Muy al contrario, Larra entiende el patriotismo de otro modo, más crítico y riguroso:
Si me oyen me han de llamar mal español porque digo los abusos para que se corrijan, y porque deseo que llegue mi patria al grado de esplendor que cito. aquí creen que sólo ama a su patria aquel que en vergonzoso silencio o educando a la ignorancia popular contribuye a la perpetuación del mal...»
Durante toda su corta vida de escritor, Larra luchó con denuedo contra ese falso patriotismo del halago. Se convirtió, así, en un cierto aguafiestas asumiendo la tarea de ser testimonio de su tiempo y su entorno, testigo apasionado de su mundo. Y de esa postura, a la que da vida una prosa punzante, agresiva, nacen la estatura de su clasicismo y la actualidad permanente de su obra. Pocos escritores como él hay hoy tan vivos, tan latiendo al compás de nuestra sensibilidad y nuestros problemas. Y ello porque pocas actitudes resisten, como la suya, el paso destructor de los días. La actualidad palpitante de Larra es el fruto de la actitud tan testimonial, ante el cuadro que vio, para reflejarlo en sus fugaces artículos.
Periodismo y estilo
Larra —Fígaro— inicia en España el periodismo moderno al que sirve con una ilimitada pasión y un extraordinario talento. Es el hombre capaz de encerrar un cuento literario y un ensayo sociológico en las páginas de un artículo periodístico. En el periodismo su estilo se clasifica, se adensa; la síntesis punzante coexiste con el párrafo literario. Porque Larra no renuncia a la literatura para hacer periodismo, sino que lleva ésta al periódico, transformándola, autentificándola y depurándola de su hojarasca más irrelevante e imprecisa. Romántico profundo en el que late con fuerza el pulso irreprimible del siglo, Mariano José de Larra no renuncia a escribir como un clásico. Quevedo, acerca del cual tuvo la idea de escribir un drama novelado es, si se mira con verdadera hondura, su maestro y su ejemplo. Y junto a él queda encuadrado en esa nómina de españoles difíciles y sempiternos que escapan a cualquier visión superficial: Quevedo, Larra, Valle-Inclán. El mensaje de todos ellos quema aún hoy cuando nos acercamos a su obra que, sin duda, ilumina nuestro presente y nos fuerza a entenderlos mejor desde su espejo.
Las frustraciones de Larra, que tan bien ha estudiado Francisco Umbral, nos explican ese disparo en la sien que tanta tinta ha hecho derramar a veces a plumas tan poco acertadas. Hay, ante todo, una frustración, por decirlo así, patriótica, esto es, ante el imposible estado de atraso permanente del país, de su aristocracia dominante, incapaz de ceder un ápice de su hegemonía, y de su burguesía sin fuerza, sin coraje. El pueblo, por el que Larra al final de sus días clama, es para él —no puede ser de otro modo— una realidad abstracta, difusa, que a veces le irrita y otras no entiende del todo. Hay, en segundo lugar, una frustración política, que se relaciona con la otra y que nunca llega a tomar demasiado cuerpo. Y hay, por último, una frustración amorosa, sexual y personal que se encarna en Dolores Armijo, la casada infiel a su marido, que acabará hundiendo las esperanzas de un Larra en pleno proceso de autodestrucción.
En medio de esas frustraciones se articula el éxito de Larra como escritor en vida. Un éxito que le deja pronto sin argumentos fáciles para seguir viviendo. Se queda solo del todo, él que fue siempre un solitario en mitad de una mediocre multitud que le aplaudía sin entenderle. Mientras le tienen en pie los sueños, su soledad es, en el fondo, fecunda, creativa, y se mantiene erguido y enhiesto como un ciprés castellano. Cuando los sueños —España, Dolores...— se desvanecen, su profunda soledad se vuelve contra él con una fuerza avasalladora. Entonces, sólo entonces, se pega un tiro.
Vamos a intentar, pues, ver cómo se van desvaneciendo esos sueños que le mantienen vivo y mordaz, crítico y agudo. En la crónica de ese sutil, dramático desvanecimiento, está, al final, el sentido de la vida, la obra, la aventura y la muerte de Mariano José de Larra.