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I. El Asesinato del XVI Presidente de los Estados Unidos

De Mienciclo E-books

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Contenido

Introducción

UN estadista que muere asesinado obliga a leer su biografía como se lee una novela policíaca.

Es decir, obliga a conocer el crimen, sus detalles, sus autores. Y después, obliga a hacer el papel de los detectives, a preguntarse: ¿Quién querría matarlo?, ¿quién tiene la mejor coartada?, ¿cuáles son las consecuencias de su desaparición?, ¿a quién beneficia su muerte?, ¿los asesinos actuaban movidos por intereses propios o estaban manejados por otros, formando parte invisible de un complot cuyas raíces se pierden en la sombra?

En la historia contemporánea todos hemos podido saber de asesinatos de líderes y estadistas políticos; en estos crímenes no hay que fiarse de las apariencias.

Un sueño de malos presagios

Pues bien, Abraham Lincoln, decimosexto Presidente de la Unión, murió asesinado. Su leyenda cuenta que pocos días antes de que esto sucediera, «Abe» Lincoln, como le conocían sus compatriotas, había tenido un sueño premonitorio, lleno de negros presagios. Había soñado que se encontraba durmiendo y que un clamoroso llanto le había despertado. Se había levantado y acudido a la Sala Este, en la Casa Blanca, de donde procedían los lamentos. Allí se encontraba un catafalco, rodeado de una gran multitud doliente. Un paño negro cubría el rostro del cadáver encerrado en el féretro. Lincoln se había vuelto hacia los presentes para preguntarles: «¿Quién ha muerto en la Casa Blanca?» Le habían respondido: «El Presidente, lo han asesinado.»

Tuviera o no ese sueño, lo que sí es cierto es que Lincoln tenía motivos para soñar con su asesinato. ¿Por qué? En primer lugar, porque crecían las amenazas de muerte. ¿Y por qué llegaban esas amenazas? En principio porque «Abe» Lincoln, al ser elegido por vez primera Presidente cinco años antes, había desencadenado la secesión de los Estados sudistas de la Unión. Durante su primer mandato había dirigido con firmeza la guerra civil. Y había ganado la guerra y la presidencia, de modo que los Estados rebeldes se habían visto obligados a reincorporarse a la Unión por la fuerza. Pero esos Estados se habían separado porque el programa con el que Lincoln venciera cinco años antes de su muerte incluía la liberación de los esclavos. Mediante dos leyes consecutivas —una proclama personal primero, una propuesta de Enmienda a la Constitución, después— había liberado a los esclavos negros. Quienes perdieran la guerra y con ella sus bienes —esclavos, grandes plantaciones—, tenían sobrados motivos de venganza.

Sin embargo, a Lincoln no le mató un vengador enloquecido. Pocos días antes de su muerte, el 4 de abril de 1865, había visitado Richmond, la antigua capital rebelde de los sudistas, al fin recuperada para la Unión. Lo había hecho sin apenas protección. Habría sido relativamente fácil que un desesperado hubiese atentado contra su vida. Sin embargo, «Abe» había vuelto a Washington. A soñar su muerte. Porque las amenazas seguían llegando.

Una función de teatro

La noche del 14 de abril de 1865 Lincoln decide asistir al teatro. Es miércoles. A mediodía, una salva de cañonazos ha conmemorado la fecha del comienzo de la guerra civil —iniciada cuatro años antes al disparar los sudistas contra un barco que llevaba víveres al único fuerte federal en el Sur, Fort Sumter— y el general Anderson, que entonces defendiera la plaza, ha izado la bandera unionista de las barras y estrellas entre los aplausos de la multitud; sólo hay una bandera en el territorio de los Estados Unidos. El orador ha dado gracias al cielo porque Lincoln haya podido ser testigo de este día.

Antes de asistir al acto, Lincoln se ha negado a recibir visitas para charlar con su hijo Robert, el primogénito, que viene del frente y le cuenta sus impresiones y detalles del general vencido: Robert E. Lee. Después se ha reunido con sus ministros en una sesión de gabinete muy informal. Lincoln, que tiene sobrada fama de melancólico y ensimismado, pero también de contador de historietas, se inclina hoy por esto último. Se muestra jovial. Incluso cuando se discute el tema delicado de la reconstrucción del país. Frente a la opinión de Grant, el general victorioso, que pide mano dura, el Presidente mantiene sus conocidos puntos de vista. Paciencia, ecuanimidad y ayuda para establecer en todo el territorio una auténtica vida democrática. Que los esclavos puedan ser de verdad hombres libres junto a sus antiguos amos. Hay que conseguir un espíritu de concordia y desmontar el creciente espíritu de desquite y venganza que corre por todo el Norte. La sesión termina y Grant y el Presidente quedan de acuerdo en que acudirán esa noche a la función de gala del Teatro Ford, donde, con fines benéficos, se representa la comedia de un autor inglés, Taylor, titulada Nuestro primo americano. La interpreta una actriz muy popular: Laura Keene. Y todo el mundo dice que la obra y la actriz merecen la pena.

A mediodía Lincoln escribe una breve carta de respuesta a un general que acaba de darle aviso de haber descubierto un complot más para asesinarle; pide que extreme las medidas de vigilancia. Aprovecha para hacer política ganándose el apoyo de este hombre, tenido por muy conservador.

Después da órdenes al Presidente del Congreso, que ha acudido a preguntarle si se celebrarán sesiones legislativas durante el verano. La respuesta es no. Pero Lincoln aprovecha también, como en la carta, como en la sesión del gabinete, para hacer política. Puesto que el Presidente del Congreso va al Oeste, le pide que lleve a mineros y montañeses un breve mensaje. Lo dicta, improvisándolo. Insiste en sus ideas: la riqueza de los Estados de la Unión es inmensa; con la paz ha llegado el momento de aprovechar en tareas útiles todos los brazos; en el país «hay sitio holgado para todos».

En las primeras horas de la tarde, «Abe» invita a su esposa a dar un paseo en coche por Washington. La ciudad rebosa de gente que lo aclama. Hace unos meses era un hombre controvertido; debe volver a serlo, puesto que ni su personalidad ni sus ideas satisfacen a todos, pero estos son momentos de tregua: la guerra ha terminado. Y hasta Mary Todd, quien, a consecuencia de la muerte de dos de sus hijos, ha enfermado y padece de los nervios, se encuentra bien, charlatana, en la tarde primaveral. Los esposos hablan de lo que harán cuando, dentro de cuatro años, termine el segundo mandato presidencial. Mary quiere ir a Europa; a él le gustaría más conocer California. Cuando regresa a la Casa Blanca, más tarde de lo previsto a causa del entusiasmo de la multitud, ve que entre quienes no han podido obtener audiencia hay antiguos conocidos de Illinois, el Estado donde «Abe» maduró y nació a la vida política, donde transcurrió gran parte de su vida. Ordena a los cocheros que den marcha atrás y se entretiene un rato charlando.

A la Casa Blanca llega un recado de que el general Grant no puede aplazar el viaje a las unidades. El motivo real, según se sabe después, es que Mary Todd había dado un espectáculo histérico a la señora Grant unas semanas antes, cuando la gente aplaudió lo mismo al general que al Presidente, y la generala no quiere correr el riesgo de que se repita la escena esa noche en el teatro. Así que Mary hace su escena, ahora, en el interior de la Casa Blanca, frente a su esposo y sus íntimos: ¿Cómo se puede tratar así al Presidente de la Unión, y cómo pueden hacerlo los Grant, que se lo deben todo a Lincoln? Para «Abe» Lincoln el asunto se zanja pronto. Cena y firma antes de salir para el teatro la instancia de libertad de un prisionero sudista que se compromete a prestar el juramento de fidelidad a la Unión. Su último texto político guarda relación con los demás del día. También lo guardará el último gesto. Al subir al coche, ve al secretario al que dicta el mensaje a los mineros. No olvida eso. El mensaje tendrá ya siempre valor de un testamento.

El asesinato

La función del Teatro Ford ha empezado. Al entrar el Presidente, el público —políticos, funcionaríos, militares de permiso, con sus esposas y novias—, se pone en pie y aplaude. Suena el himno de la Unión. Más aplausos. Y la función prosigue. El palco presidencial es uno del proscenio, encima, pues, del escenario. En un determinado momento, el público ríe, como ha reído en todas las representaciones de los días precedentes, fuerte, divertido ante una frase afortunada. En ese momento, un hombre abre la puerta del palco presidencial, dispara, Lincoln inclina la cabeza.

El grito de Mary Todd se pierde entre las risas. El público percibe que algo ha sucedido cuando ve saltar a un hombre al escenario, quien, revólver en mano, señala hacia el abatido Lincoln y grita: Sic semper tyrannis («así se hizo siempre con los tiranos»). Es el lema del escudo de Virginia, uno de los Estados que encabezaran la secesión.

Los comediantes, despavoridos, atropellan al magnicida, que, además, se lastimó al saltar y escapa cojeando. El desconcierto le ayuda. Hay desmayos, órdenes contradictorias. Un médico militar llega al palco. Lincoln ha sido herido en la cabeza. Mana poca sangre de la herida, pero el diagnóstico es implacable: no hay salvación. Es un poco más de las diez de la noche. Cuatro soldados transportan el cuerpo exánime del Presidente a la casa más próxima, de la que es dueño un tal Person. En la habitación se agrupan Mary, los médicos, algunos políticos. Nueve horas dura la agonía. A las siete de la madrugada, Lincoln expira sin haber recobrado el conocimiento.

Entretanto, la noticia ha corrido por la ciudad. La multitud se agolpa ante la casa. Después acudirá a la Casa Blanca a desfilar ante el féretro. Se sabe ya que han asesinado a Lincoln y herido al Secretario de Estado, Seward. Se trata, pues, de un complot.

La investigación no lo descubre todo

Meses después, cuando las principales figuras del complot vayan siendo detenidas, se irán conociendo los detalles más superficiales. John Wilkes Booth, el asesino del Presidente, es un actor. Tres años antes, ha protagonizado un incidente en Nueva York, junto con su hermano, representando el Julio César de Shakespeare, añadiendo una «morcilla» al parlamento donde Marco Antonio acusa a Bruto, el asesino de César; la «morcilla» es esta misma frase: «sic semper tyrannis», que contradice el texto del autor inglés. La morcilla casi no la advirtió nadie porque la ahogó el grito de «¡fuego!» con el que comenzaron los incendios de los teatros neoyorquinos, uno de los innumerables actos de sabotaje cometidos por los esclavistas y sus cómplices en el Norte. Después huyó al Canadá, donde tramó una conjura para secuestrar a Lincoln durante la guerra y llevarlo a Richmond, la capital sudista.

Se sabrá que la conjura se tejió en casa de la viuda Surrat, una antigua terrateniente de Maryland, arruinada por la guerra, y que tiene una casa de huéspedes en Washington. Se sabrá que los conjurados pretendían matar al tiempo a Seward, Secretario de Estado, y a Johnson, el Vicepresidente. Pero que Powell, un sureño hercúleo y medio bobalicón, sólo ha podido cumplir parte de su cometido, entrando en casa de Seward fingiéndose el mozo que traía las medicinas. Todos ellos y algunos más serán ahorcados después de proporcionar al público unos meses de intriga a medida que se iban conociendo detalles.

Pero se sabe también que unos años antes, iniciada apenas la guerra, unos caballeros honorables habían formado en Richmond un club secreto, cuya finalidad era matar al Presidente, de modo que llegan a contratar un escuadrón de ciento cincuenta valientes dispuestos a raptarlo, y que fracasaron. Los hilos de esta conjura, como los de todas, se pierden en las sombras. Se escribirán cientos de páginas con hipótesis.

A nosotros, además, para conocer y valorar la vida de Lincoln, nos importa poco la de los conjurados. Seguirla sería atractivo, pero nos alejaría de nuestro propósito principal. Ellos fueron el brazo armado, pero ellos no pueden responder a las preguntas principales: ¿Por qué y para qué se mató a Lincoln?

Para responder hay que apartar la vista de ellos y también de la víctima. Mirar al país, a la sociedad. Y plantearnos de nuevo la afirmación inicial de estas líneas. Decir: un estadista asesinado es siempre un hombre que en una lucha política ha tomado una posición y dado fuerza y velocidad a uno de los grupos que pugnan para organizar la sociedad de una forma que disgusta a otro grupo. De este modo, si miramos la historia americana, comprenderemos mejor quién era Lincoln, cuáles eran sus fuerzas, quiénes le apoyaban, qué desencadenó su muerte.

Lo que interesa ahora es conocer la vida de «Abe» Lincoln, cómo se forjó su carácter y su personalidad, qué hizo y cómo lo hizo, de modo que, llegado un momento, se considerase que su persona podría poner en peligro los intereses de quienes, despreciando idealismos, buscaban sólo su provecho.