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I. El Alba de un Mundo Nuevo

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Contenido

Introducción

El Almagesto, de Tolomeoy fue una de las obras que, en sus diversas versiones
El Almagesto, de Tolomeoy fue una de las obras que, en sus diversas versiones


HASTA entonces ningún hombre conocido se había atrevido a tanto ni ninguna nación de la tierra había osado empresa semejante en contra de los sabios y científicos de la época. Era necesario que un iluminado imaginativo y obstinado como Cristóbal Colón, y una nación que empezaba a ser crisol de naciones y surgía de la última etapa de la Reconquista española, preñada de mesianismo, coincidieran en el tiempo para que pudiera ser abordada una empresa que a los sabios y doctos de las universidades parecía locura y despilfarro. Y no les faltaba razón a los que así opinaban con arreglo a las teorías y conocimientos acumulados por la cosmología. De esto ya tendremos ocasión de hablar. Cada cosa a su tiempo y en su punto. Lo que ahora nos importa es la gran aventura del descubrimiento, la audacia de un hombre que si erró en los cálculos y en los nombres, no falló en el presentimiento, y el comportamiento de un puñado de hombres, con el miedo a flor de piel, que se adentraron en el «Mar Tenebroso» en tres cáscaras de nuez para arrancarle su secreto y contemplar deslumbrados el alba del Nuevo Mundo.

Por insólita y desconcertante, la aventura colombina sigue siendo un periplo extraordinario en la era de las grandes aventuras aeroespaciales, cuando poderosas naves surcan los cielos a velocidades supersónicas, la Luna ha sido visitada por el hombre y se encuentra a su alcance, y los ingenios más sofisticados inventados por las grandes potencias exploran el espacio exterior y vigilan y espían los movimientos de los hormigueros humanos que habitamos este planeta.


El fabuloso Cipango como meta

El 3 de agosto de 1492, año memorable para las Españas, zarpaba del puerto de Palos una flota exploradora que tenía como objetivo primordial descubrir nuevas rutas de navegación entre Oriente y Occidente, alcanzar el fabuloso Cipango de Marco Polo y establecer relaciones de amistad y comercio entre el Gran Khan y los reyes de Castilla y Aragón, Isabel y Fernando.

La flota o flotilla, pues más bien resultaba minúscula para tan alto cometido, estaba compuesta por dos pequeñas carabelas —la Pinta y la Niña— de las que realizaban el tráfico comercial de Riotinto, y una pesado nao cántabra a la que llamaban la Gallega y sería rebautizada con el nombre de Santa María por ser la nao capitana y sentir Cristóbal Colón especial devoción por la Virgen. Prueba de ello es que los barcos que capitaneó en las siguientes expediciones también se llamaron Santa María.

La organización de aquella modesta expedición no resultó fácil ni careció de méritos. Para los marineros del Tinto y del Odiel, el navegante genovés era un iluso y un ambicioso aventurero que hablaba de cosas extrañas que inspiraban burla y temor al mismo tiempo. Ambas cosas eran ciertas, pero, ¿qué hombre que no fuera un iluso y abrigase desmesuradas ambiciones de poder y gloria se hubiera atrevido a tanto? Solamente hombres igualmente ambiciosos y atrevidos podían comprenderle, y éstos fueron los hermanos Pinzón, fuertes y poderosos en la economía local, conocedores de los problemas marítimos y con gran ascendiente entre sus paisanos. La participación de esta familia en la empresa colombina resultaría tan decisiva que uno de los testigos en el proceso de Colón contra la Corona declararía más tarde: «Martín Alonso traía tanta diligencia en allegar gente e animalla, como si para él y para sus hijos hobiera de ser lo que se descubriese. A unos decía que saldrían de miseria; a otros que hallarían casas con tejados de oro; a quien brindaba con buena ventura, teniendo para cada cual halago y dinero; e con esto e con llevar confianza en él se fue mucha gente de las villas.»

Efectivamente, gracias a la intervención de Martín Alonso Pinzón y de sus hermanos, Vicente Yáñez Pinzón y Francisco Martín Pinzón, que se encargaron de la administración de la empresa, armando los barcos, reclutando a los marineros y anticipando dinero de su bolsillo, la expedición pudo zarpar aquella mañana de agosto con rumbo a las Canarias, que era ruta conocida para los navegantes de la costa andaluza.

La tripulación de las tres naves comprendía unas noventa personas entre pilotos, marineros y grumetes; pero Colón llevaba a bordo otras veinte o treinta personas entre criados del rey, su propia servidumbre y personas de su confianza. En cuanto al polémico tema de los presos, el P. Ricardo Cappa afirma: «Tengo por averiguado que de las cien personas que salieron de Palos, unas veinticuatro procedían de las cárceles de Palos y de Huelva.» Por lo demás, la tripulación era bastante heterogénea, pues si bien la mayoría era andaluza, no faltaban vascos, gallegos y murcianos, además de un portugués, un genovés, un calabrés y un veneciano.

Para la financiación de la empresa, la Santa Hermandad de Castilla aportó 1.140.000 maravedís, suma ínfima a la que se sumaron anticipos o aportaciones de los banqueros genoveses establecidos en España: Francisco Rivarol, Francisco Doria, Francisco Cataño y Gaspar Espíndola. El mismo Colón puso medio millón que le prestó Martín Alonso y, como dice Madariaga, «la parte considerable otorgada a esta familia en la dirección y mando de la flota autoriza a pensar que el resto del capital invertido procedía directamente de los Pinzones».

Evidentemente, el hecho salta a la vista. La Niña iba capitaneada por Vicente Yáñez Pinzón, que llevaba como segundo a Juan Niño y de timonel a Sancho Ruiz de Gama. El capitán de la Pinta era Martín Alonso Pinzón, que llevaba de segundo a su hermano Francisco Martín Pinzón y de timonel a Cristóbal García Sarmiento. Cristóbal Colón, como jefe de la expedición, iba al mando de la Santa María, y llevaba como segundo al propietario de la nao, Juan de la Cosa, que era de Santoña, y como timonel a Pedro Alonso Niño.

Toda la responsabilidad de la empresa descubridora correspondía a Cristóbal Colón, pero la Corona se había reservado un riguroso control por medio de los funcionarios públicos que viajaban en los navíos. En cada embarcación había un alguacil encargado de desempeñar las funciones legales. El escribano Rodrigo de Escobedo tenía la misión de redactar los documentos oficiales y levantar las actas de posesión de las tierras descubiertas. Un veedor real, Rodrigo Sánchez de Segovia, debía velar porque se cumpliesen los derechos de la Corona. También figuraba un intérprete de árabe, el judío converso Luis de Torres, para entenderse con el Gran Khan y los personajes de las Indias. Y, por último, en cada barco figuraban un contramaestre, un médico, un despensero, un calafate y un tonelero. Lo único que faltaban eran sacerdotes, cosa extraña en una expedición que navegaba con la cruz de la redención cristiana en sus velas y que partía con la bendición de los padres franciscanos del convento de La Rábida.


El «Mar Tenebroso»

Seis días tardó la pequeña flota descubridora en alcanzar Canarias. La ruta había sido elegida sabiamente por Colón, ya que en sus viajes a Guinea había observado que los vientos alisios soplaban en dirección occidental en latitudes canarias. Pero un accidente o sabotaje iba a retrasar la buena marcha: el timón de la Pinta se había saltado de las hebillas y su arreglo llevaría algún tiempo. Es más que probable que en el accidente tuviera algo que ver su propietario, Cristóbal Quintero, que no había aceptado con agrado el embargo de su carabela y hasta el último momento se mostró renuente y contrario a participar en una empresa tan fantástica.

El receloso Colón pareció sospechar lo ocurrido, pero, cauto y prudente, no se dio por enterado y ordenó que el timón de la Pinta fuera reparado en Gran Canaria, mientras él se dirigía con las otras dos naves hasta la isla de Gomera, donde hizo acopio de provisiones.

Como a su regreso a Las Palmas no estuviera todavía la Pinta en condiciones de navegar ni fuera posible sustituirla por otra embarcación, aprovechó el tiempo en cambiar las velas triangulares de la Niña por otras cuadradas y poner los demás navíos a punto para la gran epopeya.

En todas estas idas y venidas por las islas Canarias, Colón perdió más de un mes desde que saliera del puerto de Palos, pues el 1.° de septiembre la escuadra zarpó en dirección a la Gomera para aprovisionarse de carne, agua y leña, y hasta el 6 del mismo mes no soltaba las amarras para dirigirse a lo desconocido.

De aquellos primeros días escribe Salvador de Madariaga: «Fue primero navegando con cautela, pues tenía aviso de que el Rey de Portugal» había enviado tres carabelas para hacerse con él, según él creía, por envidia. Estas tres carabelas portuguesas no dejan de tener cierto aire imaginario, como de haber navegado tan sólo por el mar de su rica fantasía. Es poco probable que el Rey de Portugal fuese a ponerse en través de una empresa tan cuidadosamente preparada y apoyada con tanto tesón por la poderosa Corona de Castilla; y menos todavía que de haber tomando tan temeraria decisión, hubiese dejado escapar presa tan fácil. Está nás en consonancia con el carácter de las personas interesadas que al oír, por la carabela llegada de la isla del Hierro de que hablan sus biógrafos, que andaban por aquellas aguas tres carabelas portuguesas —cosa perfectamente normal y frecuente—, Colón construyese en su fantasía toda esta historia de persecución, teniendo por un lado aviso de Castilla de que anduviese prevenido y sintiéndose por otro no muy a gusto en su conciencia sobre el Rey de Portugal.»

Los dos primeros días fueron calmosos y tranquilos. Las naves avanzaron muy poco, pero Colón se sentía tan seguro de que se hallaba en el buen camino, que daba ánimos a los corazones desmayados que veía en torno suyo. De acuerdo con sus cálculos erróneos se hallaba en el paralelo de Cipango, por lo cual puso proa desde las Canarias hacia el Oeste. En la Gomera había sido agasajado por la señora de la isla, doña Beatriz de Bobadilla, y recogió algunos informes en la Torre del Conde. Refiriéndose a lo que había oído entre los gomeros, anota en su Diario: «que cada año veían tierras al oeste de Canarias, que es al Poniente, y otros de la Gomera afirmaban otro tanto juramento». Pero en previsión de que fallaran sus cálculos de encontrar tierra a setecientas leguas, el 9 de septiembre, al pasar por la isla del Hierro, el descubridor decidió anotar menos de lo que andaban, «porque si el viaje fuese luengo no se espantase, no desmayase la gente». Se trataba de un recurso psicológico que si bien revelaba la inseguridad en el cálculo, mostraba su espíritu resuelto a culminar la empresa. No debemos olvidar, como señala Madariaga, que Colón era un hombre alimentado por la fe y las leyendas bíblicas, educado entre verdades y errores cosmográficos, formado entre cuentos de marineros, hallazgos e islas fantasmas...

Desde que los navegantes perdieron de vista la isla del Hierro y entraron en rutas desconocidas, la moral de los tripulantes decayó bastante, a pesar de que las naves, empujadas por los vientos alisios, avanzaban diariamente entre 60 y 174 millas. El 17 de septiembre entraron en el mar de los Sargazos. Colón piensa que están navegando entre islas. Pero los marineros sentían temor a ser atrapados por aquel bosque de algas que afloraba a la superficie. Las Casas escribe: «la yerba venía de hacia Poniente; juzgaban estar cerca de tierra; tomaron los pilotos al Norte marcándolo y hallaron que las agujas noruestaban una gran cuarta, y temían los marineros, estaban penados, y no decían de qué. Conociólo el almirante, mandó que tornasen a marcar al Norte en amaneciendo, y hallaron que estaban buenas las agujas; la causa fue porque la estrella que parece hace movimiento, y no las agujas». El desconcierto de Colón fue tan grande como el de sus pilotos, pero con su habitual astucia, y haciendo uso de su autoridad, echó la culpa de lo que sucedía a la estrella polar para restablecer la confianza en la tripulación. «No era este método irreprochable en teoría —escribe Madariaga—, pero era prudente en la práctica. Una carabela que atravesaba el Océano por primera vez en la historia no parecía muy indicada como escuela de astronomía. Los marineros recobraron la calma al ver a su almirante seguro de sí y aun los pilotos más ilustrados como Juan de la Cosa y Vicente Yáñez Pinzón, si bien le oirían con cierto escepticismo en cuanto a la teoría, no dejarían de admirarle tácitamente como capitanes expertos que eran en el manejo de los hombres.»

El mar de los Sargazos, las fluctuaciones magnéticas de la brújula y la pérdida de los alisios el 20 de septiembre, acentuaron la inquietud en la tripulación; no en todos, pues algunos aprovecharon la calma chicha para pescar y nadar. Por otra parte, el almirante y sus capitanes veían señales evidentes de tierra en la gran variedad de aves y cangrejos en aquel mar de algas. Incluso la aparición de una ballena les hizo concebir esperanzas de inmediatos descubrimientos. Pero los días y las semanas pasaban sin ver cumplidos sus anhelos. Los vientos eran otro motivo de desasosiego, pues si los alisios empujaban a los navíos en la ruta dempujaban a los navios en la ruta de Occidente, cuando se salían de su zona de influencia se producían grandes calmas. Los hombres, acostumbrados a la vista de la costa, empezaron a alarmarse ante lo que consideraban inestabilidad de los vientos en aquellos mares desconocidos. Al salir del mar de los Sargazos y encontrarse de nuevo ante el horizonte infinito, empezaron a desconfiar de los signos de tierra que les habían hecho creer que se hallaban cercanos a la meta y a preguntarse si no estarían condenados a navegar indefinidamente sin encontrar el viento favorable para regresar a España.

La Corona había establecido un premio de diez mil maravedís para el primer tripulante que descubriese tierra, y este estímulo azacaneaba a todos desde el almirante al último marinero. El 25 de septiembre Martín Alonso Pinzón dio la voz del premio, pero luego resultó un falso espejismo. Sin embargo, las tripulaciones se exaltaron de tal manera que, al decir de los cronistas, unos se subían a lo mástiles, otros se hincaban de rodillas para rezar y todos gritaban por Martín Alonso Pinzón, pero, después de navegar más de diecisiete leguas, las ilusiones se desvanecieron.

El espíritu de rebelión creció, especialmente en la nao capitana. Los tripulantes murmuraban de aquel extranjero visionario y loco que los arrastraba a la muerte. Los más osados hablaban de arrojar al almirante por la borda y regresar a España. Algunos que protestaron ante él recibieron una respuesta tajante: «que por demás era quejarse, porque él había venido a las Indias y que así lo había de proseguir hasta hallarlas con la ayuda de nuestro Señor». Su seguridad era tanta que desconcertaba a los murmuradores, pero con todo ello llegó un momento de grave peligro. Temiendo un motín, informó de lo que ocurría a Martín Alonso y le pidió consejo. La respuesta del marino de Palos fue tajante: «Señor, ahorque Vuesa merced media docena de ellos o échelos a la mar, y si no se atreve, yo y mis hermanos barloaremos sobre ellos y lo haremos, que armada que salió con mandado de tan altos príncipes no habrá de volver atrás sin buenas nuevas.»

Cristóbal Colón y Martín Alonso Pinzón se complementaban de tal manera que sin la estrecha colaboración de ambos en los momentos críticos y difíciles la empresa descubridora resulta problemática, pues si el espíritu del almirante se alimentaba de vagas noticias, profecías e intuiciones geniales, el de Martín Alonso se centraba en lo práctico e inmediato. Su carácter abierto y exigente a la vez, su experiencia náutica y su capacidad de mando le daban una autoridad casi indiscutible. Sabiendo los conspiradores que era muy capaz de cumplir al pie de la letra sus palabras, se replegaron en la obediencia al almirante.

Sobre el incidente del motín se han tejido muchas leyendas sin fundamento. Entre los biógrafos colombinos y cronistas de las Indias, no faltan los que aseguran que Colón hizo el escarmiento propuesto por Martín Alonso y mandó ahorcar a nueve tripulantes, pero nosotros nos atenemos a la respuesta que el almirante dio al capitán de la Pinta: «Martín Alonso, con estos hidalgos hayámonos bien, y andemos otros días, e si en estos no hallaremos tierra, daremos otra orden en lo que debemos hacer.»


Tierra a la vista

El 6 de octubre, Martín Alonso comunicó al almirante que sería conveniente abandonar el rumbo del paralelo 28 —la ruta de Cipango— y cambiarlo de oeste a suroeste. El Padre Las Casas, tan fiel a Colón, dice lo siguiente: «Esta noche dijo Martín Alonso que sería bien navegar a la cuarta del Oueste, a la parte del Sudueste; y al almirante pareció que no. Decía esto Martín Alonso por la isla de Cipango, y el almirante vía que si la erraban que no pudieran tan presto tomar tierra, y que era mejor una vez ir a la tierra firme y después a las islas.»

A pesar de la obsesión de Colón por Cipango, el problema era otro. «La verdad del caso —escribe Madariaga— era que la idea procedía de Martín Alonso y, por lo tanto, a Colón se le atragantaba en su orgullo. Colón luchó con su orgullo durante todo ese día y buena parte del siguiente, que era domingo. Por la mañana, los de la Niña creyeron que habían visto tierra; izaron la bandera y tiraron un tiro de lombarda según instrucciones de Colón, pero cuando tuvieron que confesar su error es más que probable que Colón volviera a pensar en el consejo de Martín Alonso. ¿No estaría pasándose más allá de Cipango por dejarlo al Sur? ¿Qué hacer? Pedirle inspiración al cielo. Y el cielo se la dio: pasaban bandadadas de pájaros, todos hacia el suroeste. Entonces recordó que las más de las tierras descubiertas por los portugueses se las debían a los pájaros que a ellas retornaban. Esto le decidió a poner rumbo al suroeste a pesar de que así lo aconsejaba Martín Alonso; y así lo hizo, una hora después de anochecer, el 7 de octubre.»

El Diario de Colón registra que toda la noche del 9 estuvieron oyendo pasar pájaros, y añade: «Era de creer que se iban a dormir a tierra o huían, quizá, del invierno, que en las tierras de donde venían debía de querer venir.» El desasosiego entre la tripulación crecía ante el presentimiento. Como más de una vez se repitiera la voz de «Tierra», Colón anunció que en lo sucesivo quedarían descalificados para obtener el premio de la Corona todos los que diesen la voz injustificadamente.

El día 11 fue de grandes augurios. Según dice Navarrete, los de la Pinta recogieron del agua «una caña y un palo y tomaron otro palillo labrado a lo que parecía con hierro, y un pedazo de caña y otra yerba que nace en tierra y una tablilla. Con estas señales respiraron y alegráronse todos. «No era para menos después de tantos días de navegación y pesadumbre. Desde las cofas o castillos de las naves, los vigías de la guardia acechaban y se interrogaban unos a otros.

Aquella misma noche, a eso de las diez, y después de cantar la Salve que daba fin a la jornada, Colón creyó divisar una candelita que se movía en el horizonte. La luna todavía no había salido y habló de ello con Pedro Gutiérrez, que también dijo haberla visto; otro compañero al que consultó dijo no haber visto nada. «En ese momento —escribe Morales Padrón— la vio también un marinero llamado Pedro Izquierdo, natural de Lepe (del que Oviedo dice que apostató y se fue con los moros por no haberle dado Colón el premio prometido). Sin duda que tanto Colón como Izquierdo habían tenido visiones. Morison afirma que en aquel momento estaban a 35 millas de las Bahamas, distancia a la cual no se distingue hoy un faro que hay en la isla Watling... Colón deseaba ser el primero en dar la voz y por ello se adjudicó el premio —más por la gloria que por la codicia, hemos de pensar—, y por eso su hijo Hernando asentó que el día 11 de octubre había su padre descubierto el Nuevo Mundo».

Sin embargo, el verdadero descubrimiento no se produciría hasta las dos de la madrugada del día 12 de octubre. La flotilla se deslizaba a dos leguas de la costa. La Pinta iba en vanguardia y en su cofa oteaba Juan Rodríguez Bermejo, llamado por sus compañeros Rodrigo de Triana. E un paisaje de luna menguante divisó una «cabeza blanca de arena» y con voz potente gritó la anhelante palabra: «Tierra». Inmediatamente se disparó la lombarda y fueron arriadas las velas en espera de que llegase la nao almirante.

Las horas que siguieron hasta la del alba, en que apareció nítidamente una isla coralina de reducidas dimensiones, fueron de bulliciosa alegría entre los descubridores. ¿Era Cipango o alguna de las fabulosas isla del Gran Khan? Así parece que lo pensó Colón, y también el hombre práctico y realista que era Martín Alonso. Por lo pronto, el almirante del mar Océano, pues ya lo era por derecho propio según las capitulaciones firmadas en Santa Fe con los Reyes Católicos, se aprestó a tomar posesión de la isla con todos los honores.

El almirante desembarcó con sus dos capitanes y otros jefes y funcionarios reales en la playa de la isla que los naturales llamaban Guanahaní y él bautizó con el nombre de San Salvador. La ceremonia de la toma de posesión, bien meditada por Colón en los largos días de navegación, estuvo llena de colorido y ritualismo. Salvador de Madariaga la resume rápidamente: «Iba suntuosamente vestido y llevaba en la mano la bandera real, mientras que Martín Alonso y Vicente Yáñez llevaban cada uno una bandera de la Cruz Verde con la F y la I coronadas a un lado y a otro de la cruz. El mar proveía el elemento blanco, la tierra el moreno de aquel encuentro extraño e incongruente del hombre con el hombre; en el centro, Colón, los Pinzones, Rodrigo de Escobedo, escribano de la Armada, y Rodrigo Sánchez de Segovia, su veedor, provistos de papel y pluma para redactar la minuta de aquel acontecimiento; una escolta armada y las tres banderas; en torno a los españoles, una multitud de indígenas jóvenes, hermosos y desnudos. ¿Qué dijeron aquellos hombres civilizados a aquellos salvajes? ¿Qué gesto simbólico imaginaron para franquear el foso que separaba a las dos humanidades? El almirante llamó a los dos capitanes y a los demás que saltaron a tierra (...) y dijo que le diesen por fe y testimonio cómo él por ante todos tomaba, como de hecho tomó, posesión de la dicha isla por el Rey e por la Reina sus señores, haciendo la protestaciones que se requerían. «Sería difícil imaginar un acto de incongruencia más trágica entre hombre y hombres que esta toma de posesión. Afortunadamente la diferencia de lenguaje permitía a los indígenas interpretar esta ceremonia de los intrusos como un acto simbólico o mágico, pues de otro modo una toma de posesión como la que en efecto se había hecho sólo podía ser totalmente incomprensible para seres como ellos desprovistos del sentido de la propiedad.»

El hombre que había vivido y sufrido convencido de que estaba llamado a grandes destinos, se sintió poseído aquella mañana de la grandeza que ambicionaba. Antes del descubrimiento, Colón había traducido unos versos de la Medea de Séneca, que figuran en el libro de las Profecías y dicen lo siguiente: «Vendrán los tardos años del mundo ciertos tiempos en los cuales el mar océano aflojará los atamientos de las cosas y se abrirá una grande tierra y un nuevo marinero como aquel que fue guía de Jason que hubo nombre Thyphis descubrirá nuevo mundo y entonces no será la Isla Thule la postrera de las tierras.» Efectivamente, la profecía se había cumplido en él.