Cristóbal Colón (Versión para imprimir)
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EN vísperas de cumplirse los quinientos años del descubrimiento de América estamos en las mejores condiciones para realizar un segundo descubrimiento. Partiendo de una reflexión que nos sitúa en el momento actual, vamos a ir recapacitando hacia atrás hasta llegar al punto en que se inicia la hazaña y la aventura de Cristóbal Colón.
Primera reflexión, que nos servirá tanto para analizar el pasado como para acercarnos al futuro. no, el mar caribe, las antillas, la franja continental que descubrió colón no se parecen ahora en nada a lo que eran allá por el otoño de 1492. Pensemos tan sólo en esa franja que une las dos américas y por donde puede romperse la natural comunicación entre el norte y el sur, un cordón umbilical por donde, paradójicamente, puede producirse un estrangulamiento no sólo entre ese norte y ese sur, sino también entre el este y el oeste del mundo occidental. el destino de la américa hispana, de la américa latina, que siempre fue tierra conquistada, antes y después de Bolívar, antes y después de su independencia política, está en juego en centroamé-rica, la primera tierra firme que descubrió Colón.
A partir de aquí y antes de trasladarnos al campamento de los reyes católicos en santa fe para asistir, el 17 de abril de 1492, a la firma de las capitulaciones por las que colón quedaba investido del derecho a descubrir nuevas rutas de navegación entre oriente y occidente y nuevas tierras si las encontraba en su camino, tendremos que detenernos para reflexionar —estamos en tiempo de reflexión— sobre lo que significó el movimiento de independencia protagonizado por Simón Bolívar. Primer punto: los españoles de hoy — lo hemos visto con motivo de la celebración del segundo centenario del nacimiento de Bolívar— ensalzan la figura del Libertador y ven en él el símbolo y punto de referencia para estrechar lazos de amistad con unas naciones que se desgajaron del Imperio español de Ultramar y que llaman a España la Madre Patria. Segundo punto: tradicionalmente, y así se ha escrito infinidad de veces, se nos ha dicho que España llevó a América lo mejor de sus gentes y de su cultura, realizó al otro lado del Océano una magnífica labor cultural, social y religiosa, construyó iglesias y organizó universidades, luchó, en fin, por los derechos de los indios.
¿No hay en todo esto una contradicción ¿no lucharon Bolívar y otros muchos padres de la patria contra los ejércitos de España ¿había razones objetivas para luchar por la independencia o eran simplemente los signos de los tiempos ¿no es verdad que Bolívar llegó a un cierto punto de desesperanza sobre la viabilidad de una América hispana unida y no es también verdad que entrevió —y así lo dijo doloridamente— que Hispanoamérica se convertiría en un mosaico de pequeñas naciones, algunas de ellas minúsculas, que más que naciones parecían fincas particulares?
Materia más que suficiente hay en todo esto para la reflexión. Y también la hay abundante con que nos detengamos a analizar, siquiera sea muy por encima, los cinco puntos básicos de las capitulaciones de santa fe:
1. Colón, sus herederos y sucesores ostentarían el título de almirante de todas las tierras por descubrir.
2. Llevaría también el título de virrey y gobernador de las tierras descubiertas, con el privilegio adicional de proponer tres personas para su gobierno: los reyes elegirían una de las tres.
3. Participación, en una octava parte, en el equipamiento de los barcos expedicionarios, con la contrapartida de una participación igual en las ganancias que se derivaran de la utilización de esos barcos.
4. Una participación adicional de una décima parte en las riquezas y mercaderías que se obtuvieran, una vez deducido el costo necesario para obtenerlas.
5. Otorgamiento para él o su teniente del derecho a actuar como juez en todos los pleitos que se suscitaran en aquellas tierras.
La historia posterior dejó bien claro que eran exdesivas estas concesiones de corte medieval, y que muy pronto entrarían en conflicto con el esquema de modernización del estado que los reyes católicos aplicaron a sus reinos peninsulares.
Pero a aquellas alturas de 1492 nadie, ni los clarividentes isabel y fernando, podía calcular los efectos de algo que, en el mejor de los casos, no pasaba de ser una hipotética y remota posibilidad, poco más que una corazonada. hay que decir también, en descargo de la a todas luces excesiva generosidad de los reyes católicos, que colón jugaba, veladamente al menos, al chantaje: si castilla no patrocinaba su empresa, otra corona europea lo haría. era, por tanto lógico que tuvieran que ceder a ciertas exigencias que, en el peor de los casos, no tendría consecuencia alguna fuera de la pérdida de las cantidades que en la empresa se invirtieran. tanto más cuanto que, de encontrarse nuevas tierras, podrían continuar su política de expansión territorial con vistas a hacer realidad sus planes de combatir a los turcos por el Oriente al mismo tiempo que por el Occidente, amén de los beneficios económicos que ello se derivarían.
Podría parecer que con cuanto se lleva dicho se pretende quitar méritos a quienes propiciaron la aventura de colón, al mismo colón y a cuantos, después de él, contribuyeron, con mejor o peor fortuna, con mejores o peores intenciones, a hacer realidad la magnífica hazaña, la impresionante epopeya de los conquistadores, de los colonizadores, de los evangelizadores, de los educadores, de tantos y tantos españoles y descendientes de españoles que fueron dejando por tierras americanas, de san francisco a la tierra de fuego, su sangre y sus afanes para mejorar su propia suerte y la suerte de sus hermanos de raza y de sangre, de los indios a ellos encomendados y hasta de los negros y demás esclavos que otros pusieron en su camino.
No se trata de eso. méritos los hubo, y muchos. Y es de justicia reconocerlos. También hubo deméritos, pero no estamos en tiempo y sazón de pedir cuentas a nadie por lo que fue y no debió ser. estamos en momentos de reflexión, estamos a tiempo de subsanar errores y desafueros pasados para que no se perpetúen situaciones que ni los reyes católicos ni colón ni cortés ni pizarro ni las casas ni fray junípero serra ni los jesuitas de las reducciones del paraguay..., ni Bolívar crearon, sino todo lo contrario.
Empecemos por conocer la historia de hispanoamérica, comenzando por colón y el descubrimiento, sin dejarnos llevar ni por los prejuicios de la «leyenda negra» ni por los triunfalismos de la «leyenda blanca». hay un punto de objetividad y desapasionamiento en el que no resulta tan difícil situarse si realmente se busca la verdad.
Introducción
HASTA entonces ningún hombre conocido se había atrevido a tanto ni ninguna nación de la tierra había osado empresa semejante en contra de los sabios y científicos de la época. Era necesario que un iluminado imaginativo y obstinado como Cristóbal Colón, y una nación que empezaba a ser crisol de naciones y surgía de la última etapa de la Reconquista española, preñada de mesianismo, coincidieran en el tiempo para que pudiera ser abordada una empresa que a los sabios y doctos de las universidades parecía locura y despilfarro. Y no les faltaba razón a los que así opinaban con arreglo a las teorías y conocimientos acumulados por la cosmología. De esto ya tendremos ocasión de hablar. Cada cosa a su tiempo y en su punto. Lo que ahora nos importa es la gran aventura del descubrimiento, la audacia de un hombre que si erró en los cálculos y en los nombres, no falló en el presentimiento, y el comportamiento de un puñado de hombres, con el miedo a flor de piel, que se adentraron en el «Mar Tenebroso» en tres cáscaras de nuez para arrancarle su secreto y contemplar deslumbrados el alba del Nuevo Mundo.
Por insólita y desconcertante, la aventura colombina sigue siendo un periplo extraordinario en la era de las grandes aventuras aeroespaciales, cuando poderosas naves surcan los cielos a velocidades supersónicas, la Luna ha sido visitada por el hombre y se encuentra a su alcance, y los ingenios más sofisticados inventados por las grandes potencias exploran el espacio exterior y vigilan y espían los movimientos de los hormigueros humanos que habitamos este planeta.
El fabuloso Cipango como meta
El 3 de agosto de 1492, año memorable para las Españas, zarpaba del puerto de Palos una flota exploradora que tenía como objetivo primordial descubrir nuevas rutas de navegación entre Oriente y Occidente, alcanzar el fabuloso Cipango de Marco Polo y establecer relaciones de amistad y comercio entre el Gran Khan y los reyes de Castilla y Aragón, Isabel y Fernando.
La flota o flotilla, pues más bien resultaba minúscula para tan alto cometido, estaba compuesta por dos pequeñas carabelas —la Pinta y la Niña— de las que realizaban el tráfico comercial de Riotinto, y una pesado nao cántabra a la que llamaban la Gallega y sería rebautizada con el nombre de Santa María por ser la nao capitana y sentir Cristóbal Colón especial devoción por la Virgen. Prueba de ello es que los barcos que capitaneó en las siguientes expediciones también se llamaron Santa María.
La organización de aquella modesta expedición no resultó fácil ni careció de méritos. Para los marineros del Tinto y del Odiel, el navegante genovés era un iluso y un ambicioso aventurero que hablaba de cosas extrañas que inspiraban burla y temor al mismo tiempo. Ambas cosas eran ciertas, pero, ¿qué hombre que no fuera un iluso y abrigase desmesuradas ambiciones de poder y gloria se hubiera atrevido a tanto? Solamente hombres igualmente ambiciosos y atrevidos podían comprenderle, y éstos fueron los hermanos Pinzón, fuertes y poderosos en la economía local, conocedores de los problemas marítimos y con gran ascendiente entre sus paisanos. La participación de esta familia en la empresa colombina resultaría tan decisiva que uno de los testigos en el proceso de Colón contra la Corona declararía más tarde: «Martín Alonso traía tanta diligencia en allegar gente e animalla, como si para él y para sus hijos hobiera de ser lo que se descubriese. A unos decía que saldrían de miseria; a otros que hallarían casas con tejados de oro; a quien brindaba con buena ventura, teniendo para cada cual halago y dinero; e con esto e con llevar confianza en él se fue mucha gente de las villas.»
Efectivamente, gracias a la intervención de Martín Alonso Pinzón y de sus hermanos, Vicente Yáñez Pinzón y Francisco Martín Pinzón, que se encargaron de la administración de la empresa, armando los barcos, reclutando a los marineros y anticipando dinero de su bolsillo, la expedición pudo zarpar aquella mañana de agosto con rumbo a las Canarias, que era ruta conocida para los navegantes de la costa andaluza.
La tripulación de las tres naves comprendía unas noventa personas entre pilotos, marineros y grumetes; pero Colón llevaba a bordo otras veinte o treinta personas entre criados del rey, su propia servidumbre y personas de su confianza. En cuanto al polémico tema de los presos, el P. Ricardo Cappa afirma: «Tengo por averiguado que de las cien personas que salieron de Palos, unas veinticuatro procedían de las cárceles de Palos y de Huelva.» Por lo demás, la tripulación era bastante heterogénea, pues si bien la mayoría era andaluza, no faltaban vascos, gallegos y murcianos, además de un portugués, un genovés, un calabrés y un veneciano.
Para la financiación de la empresa, la Santa Hermandad de Castilla aportó 1.140.000 maravedís, suma ínfima a la que se sumaron anticipos o aportaciones de los banqueros genoveses establecidos en España: Francisco Rivarol, Francisco Doria, Francisco Cataño y Gaspar Espíndola. El mismo Colón puso medio millón que le prestó Martín Alonso y, como dice Madariaga, «la parte considerable otorgada a esta familia en la dirección y mando de la flota autoriza a pensar que el resto del capital invertido procedía directamente de los Pinzones».
Evidentemente, el hecho salta a la vista. La Niña iba capitaneada por Vicente Yáñez Pinzón, que llevaba como segundo a Juan Niño y de timonel a Sancho Ruiz de Gama. El capitán de la Pinta era Martín Alonso Pinzón, que llevaba de segundo a su hermano Francisco Martín Pinzón y de timonel a Cristóbal García Sarmiento. Cristóbal Colón, como jefe de la expedición, iba al mando de la Santa María, y llevaba como segundo al propietario de la nao, Juan de la Cosa, que era de Santoña, y como timonel a Pedro Alonso Niño.
Toda la responsabilidad de la empresa descubridora correspondía a Cristóbal Colón, pero la Corona se había reservado un riguroso control por medio de los funcionarios públicos que viajaban en los navíos. En cada embarcación había un alguacil encargado de desempeñar las funciones legales. El escribano Rodrigo de Escobedo tenía la misión de redactar los documentos oficiales y levantar las actas de posesión de las tierras descubiertas. Un veedor real, Rodrigo Sánchez de Segovia, debía velar porque se cumpliesen los derechos de la Corona. También figuraba un intérprete de árabe, el judío converso Luis de Torres, para entenderse con el Gran Khan y los personajes de las Indias. Y, por último, en cada barco figuraban un contramaestre, un médico, un despensero, un calafate y un tonelero. Lo único que faltaban eran sacerdotes, cosa extraña en una expedición que navegaba con la cruz de la redención cristiana en sus velas y que partía con la bendición de los padres franciscanos del convento de La Rábida.
El «Mar Tenebroso»
Seis días tardó la pequeña flota descubridora en alcanzar Canarias. La ruta había sido elegida sabiamente por Colón, ya que en sus viajes a Guinea había observado que los vientos alisios soplaban en dirección occidental en latitudes canarias. Pero un accidente o sabotaje iba a retrasar la buena marcha: el timón de la Pinta se había saltado de las hebillas y su arreglo llevaría algún tiempo. Es más que probable que en el accidente tuviera algo que ver su propietario, Cristóbal Quintero, que no había aceptado con agrado el embargo de su carabela y hasta el último momento se mostró renuente y contrario a participar en una empresa tan fantástica.
El receloso Colón pareció sospechar lo ocurrido, pero, cauto y prudente, no se dio por enterado y ordenó que el timón de la Pinta fuera reparado en Gran Canaria, mientras él se dirigía con las otras dos naves hasta la isla de Gomera, donde hizo acopio de provisiones.
Como a su regreso a Las Palmas no estuviera todavía la Pinta en condiciones de navegar ni fuera posible sustituirla por otra embarcación, aprovechó el tiempo en cambiar las velas triangulares de la Niña por otras cuadradas y poner los demás navíos a punto para la gran epopeya.
En todas estas idas y venidas por las islas Canarias, Colón perdió más de un mes desde que saliera del puerto de Palos, pues el 1.° de septiembre la escuadra zarpó en dirección a la Gomera para aprovisionarse de carne, agua y leña, y hasta el 6 del mismo mes no soltaba las amarras para dirigirse a lo desconocido.
De aquellos primeros días escribe Salvador de Madariaga: «Fue primero navegando con cautela, pues tenía aviso de que el Rey de Portugal» había enviado tres carabelas para hacerse con él, según él creía, por envidia. Estas tres carabelas portuguesas no dejan de tener cierto aire imaginario, como de haber navegado tan sólo por el mar de su rica fantasía. Es poco probable que el Rey de Portugal fuese a ponerse en través de una empresa tan cuidadosamente preparada y apoyada con tanto tesón por la poderosa Corona de Castilla; y menos todavía que de haber tomando tan temeraria decisión, hubiese dejado escapar presa tan fácil. Está nás en consonancia con el carácter de las personas interesadas que al oír, por la carabela llegada de la isla del Hierro de que hablan sus biógrafos, que andaban por aquellas aguas tres carabelas portuguesas —cosa perfectamente normal y frecuente—, Colón construyese en su fantasía toda esta historia de persecución, teniendo por un lado aviso de Castilla de que anduviese prevenido y sintiéndose por otro no muy a gusto en su conciencia sobre el Rey de Portugal.»
Los dos primeros días fueron calmosos y tranquilos. Las naves avanzaron muy poco, pero Colón se sentía tan seguro de que se hallaba en el buen camino, que daba ánimos a los corazones desmayados que veía en torno suyo. De acuerdo con sus cálculos erróneos se hallaba en el paralelo de Cipango, por lo cual puso proa desde las Canarias hacia el Oeste. En la Gomera había sido agasajado por la señora de la isla, doña Beatriz de Bobadilla, y recogió algunos informes en la Torre del Conde. Refiriéndose a lo que había oído entre los gomeros, anota en su Diario: «que cada año veían tierras al oeste de Canarias, que es al Poniente, y otros de la Gomera afirmaban otro tanto juramento». Pero en previsión de que fallaran sus cálculos de encontrar tierra a setecientas leguas, el 9 de septiembre, al pasar por la isla del Hierro, el descubridor decidió anotar menos de lo que andaban, «porque si el viaje fuese luengo no se espantase, no desmayase la gente». Se trataba de un recurso psicológico que si bien revelaba la inseguridad en el cálculo, mostraba su espíritu resuelto a culminar la empresa. No debemos olvidar, como señala Madariaga, que Colón era un hombre alimentado por la fe y las leyendas bíblicas, educado entre verdades y errores cosmográficos, formado entre cuentos de marineros, hallazgos e islas fantasmas...
Desde que los navegantes perdieron de vista la isla del Hierro y entraron en rutas desconocidas, la moral de los tripulantes decayó bastante, a pesar de que las naves, empujadas por los vientos alisios, avanzaban diariamente entre 60 y 174 millas. El 17 de septiembre entraron en el mar de los Sargazos. Colón piensa que están navegando entre islas. Pero los marineros sentían temor a ser atrapados por aquel bosque de algas que afloraba a la superficie. Las Casas escribe: «la yerba venía de hacia Poniente; juzgaban estar cerca de tierra; tomaron los pilotos al Norte marcándolo y hallaron que las agujas noruestaban una gran cuarta, y temían los marineros, estaban penados, y no decían de qué. Conociólo el almirante, mandó que tornasen a marcar al Norte en amaneciendo, y hallaron que estaban buenas las agujas; la causa fue porque la estrella que parece hace movimiento, y no las agujas». El desconcierto de Colón fue tan grande como el de sus pilotos, pero con su habitual astucia, y haciendo uso de su autoridad, echó la culpa de lo que sucedía a la estrella polar para restablecer la confianza en la tripulación. «No era este método irreprochable en teoría —escribe Madariaga—, pero era prudente en la práctica. Una carabela que atravesaba el Océano por primera vez en la historia no parecía muy indicada como escuela de astronomía. Los marineros recobraron la calma al ver a su almirante seguro de sí y aun los pilotos más ilustrados como Juan de la Cosa y Vicente Yáñez Pinzón, si bien le oirían con cierto escepticismo en cuanto a la teoría, no dejarían de admirarle tácitamente como capitanes expertos que eran en el manejo de los hombres.»
El mar de los Sargazos, las fluctuaciones magnéticas de la brújula y la pérdida de los alisios el 20 de septiembre, acentuaron la inquietud en la tripulación; no en todos, pues algunos aprovecharon la calma chicha para pescar y nadar. Por otra parte, el almirante y sus capitanes veían señales evidentes de tierra en la gran variedad de aves y cangrejos en aquel mar de algas. Incluso la aparición de una ballena les hizo concebir esperanzas de inmediatos descubrimientos. Pero los días y las semanas pasaban sin ver cumplidos sus anhelos. Los vientos eran otro motivo de desasosiego, pues si los alisios empujaban a los navíos en la ruta dempujaban a los navios en la ruta de Occidente, cuando se salían de su zona de influencia se producían grandes calmas. Los hombres, acostumbrados a la vista de la costa, empezaron a alarmarse ante lo que consideraban inestabilidad de los vientos en aquellos mares desconocidos. Al salir del mar de los Sargazos y encontrarse de nuevo ante el horizonte infinito, empezaron a desconfiar de los signos de tierra que les habían hecho creer que se hallaban cercanos a la meta y a preguntarse si no estarían condenados a navegar indefinidamente sin encontrar el viento favorable para regresar a España.
La Corona había establecido un premio de diez mil maravedís para el primer tripulante que descubriese tierra, y este estímulo azacaneaba a todos desde el almirante al último marinero. El 25 de septiembre Martín Alonso Pinzón dio la voz del premio, pero luego resultó un falso espejismo. Sin embargo, las tripulaciones se exaltaron de tal manera que, al decir de los cronistas, unos se subían a lo mástiles, otros se hincaban de rodillas para rezar y todos gritaban por Martín Alonso Pinzón, pero, después de navegar más de diecisiete leguas, las ilusiones se desvanecieron.
El espíritu de rebelión creció, especialmente en la nao capitana. Los tripulantes murmuraban de aquel extranjero visionario y loco que los arrastraba a la muerte. Los más osados hablaban de arrojar al almirante por la borda y regresar a España. Algunos que protestaron ante él recibieron una respuesta tajante: «que por demás era quejarse, porque él había venido a las Indias y que así lo había de proseguir hasta hallarlas con la ayuda de nuestro Señor». Su seguridad era tanta que desconcertaba a los murmuradores, pero con todo ello llegó un momento de grave peligro. Temiendo un motín, informó de lo que ocurría a Martín Alonso y le pidió consejo. La respuesta del marino de Palos fue tajante: «Señor, ahorque Vuesa merced media docena de ellos o échelos a la mar, y si no se atreve, yo y mis hermanos barloaremos sobre ellos y lo haremos, que armada que salió con mandado de tan altos príncipes no habrá de volver atrás sin buenas nuevas.»
Cristóbal Colón y Martín Alonso Pinzón se complementaban de tal manera que sin la estrecha colaboración de ambos en los momentos críticos y difíciles la empresa descubridora resulta problemática, pues si el espíritu del almirante se alimentaba de vagas noticias, profecías e intuiciones geniales, el de Martín Alonso se centraba en lo práctico e inmediato. Su carácter abierto y exigente a la vez, su experiencia náutica y su capacidad de mando le daban una autoridad casi indiscutible. Sabiendo los conspiradores que era muy capaz de cumplir al pie de la letra sus palabras, se replegaron en la obediencia al almirante.
Sobre el incidente del motín se han tejido muchas leyendas sin fundamento. Entre los biógrafos colombinos y cronistas de las Indias, no faltan los que aseguran que Colón hizo el escarmiento propuesto por Martín Alonso y mandó ahorcar a nueve tripulantes, pero nosotros nos atenemos a la respuesta que el almirante dio al capitán de la Pinta: «Martín Alonso, con estos hidalgos hayámonos bien, y andemos otros días, e si en estos no hallaremos tierra, daremos otra orden en lo que debemos hacer.»
Tierra a la vista
El 6 de octubre, Martín Alonso comunicó al almirante que sería conveniente abandonar el rumbo del paralelo 28 —la ruta de Cipango— y cambiarlo de oeste a suroeste. El Padre Las Casas, tan fiel a Colón, dice lo siguiente: «Esta noche dijo Martín Alonso que sería bien navegar a la cuarta del Oueste, a la parte del Sudueste; y al almirante pareció que no. Decía esto Martín Alonso por la isla de Cipango, y el almirante vía que si la erraban que no pudieran tan presto tomar tierra, y que era mejor una vez ir a la tierra firme y después a las islas.»
A pesar de la obsesión de Colón por Cipango, el problema era otro. «La verdad del caso —escribe Madariaga— era que la idea procedía de Martín Alonso y, por lo tanto, a Colón se le atragantaba en su orgullo. Colón luchó con su orgullo durante todo ese día y buena parte del siguiente, que era domingo. Por la mañana, los de la Niña creyeron que habían visto tierra; izaron la bandera y tiraron un tiro de lombarda según instrucciones de Colón, pero cuando tuvieron que confesar su error es más que probable que Colón volviera a pensar en el consejo de Martín Alonso. ¿No estaría pasándose más allá de Cipango por dejarlo al Sur? ¿Qué hacer? Pedirle inspiración al cielo. Y el cielo se la dio: pasaban bandadadas de pájaros, todos hacia el suroeste. Entonces recordó que las más de las tierras descubiertas por los portugueses se las debían a los pájaros que a ellas retornaban. Esto le decidió a poner rumbo al suroeste a pesar de que así lo aconsejaba Martín Alonso; y así lo hizo, una hora después de anochecer, el 7 de octubre.»
El Diario de Colón registra que toda la noche del 9 estuvieron oyendo pasar pájaros, y añade: «Era de creer que se iban a dormir a tierra o huían, quizá, del invierno, que en las tierras de donde venían debía de querer venir.» El desasosiego entre la tripulación crecía ante el presentimiento. Como más de una vez se repitiera la voz de «Tierra», Colón anunció que en lo sucesivo quedarían descalificados para obtener el premio de la Corona todos los que diesen la voz injustificadamente.
El día 11 fue de grandes augurios. Según dice Navarrete, los de la Pinta recogieron del agua «una caña y un palo y tomaron otro palillo labrado a lo que parecía con hierro, y un pedazo de caña y otra yerba que nace en tierra y una tablilla. Con estas señales respiraron y alegráronse todos. «No era para menos después de tantos días de navegación y pesadumbre. Desde las cofas o castillos de las naves, los vigías de la guardia acechaban y se interrogaban unos a otros.
Aquella misma noche, a eso de las diez, y después de cantar la Salve que daba fin a la jornada, Colón creyó divisar una candelita que se movía en el horizonte. La luna todavía no había salido y habló de ello con Pedro Gutiérrez, que también dijo haberla visto; otro compañero al que consultó dijo no haber visto nada. «En ese momento —escribe Morales Padrón— la vio también un marinero llamado Pedro Izquierdo, natural de Lepe (del que Oviedo dice que apostató y se fue con los moros por no haberle dado Colón el premio prometido). Sin duda que tanto Colón como Izquierdo habían tenido visiones. Morison afirma que en aquel momento estaban a 35 millas de las Bahamas, distancia a la cual no se distingue hoy un faro que hay en la isla Watling... Colón deseaba ser el primero en dar la voz y por ello se adjudicó el premio —más por la gloria que por la codicia, hemos de pensar—, y por eso su hijo Hernando asentó que el día 11 de octubre había su padre descubierto el Nuevo Mundo».
Sin embargo, el verdadero descubrimiento no se produciría hasta las dos de la madrugada del día 12 de octubre. La flotilla se deslizaba a dos leguas de la costa. La Pinta iba en vanguardia y en su cofa oteaba Juan Rodríguez Bermejo, llamado por sus compañeros Rodrigo de Triana. E un paisaje de luna menguante divisó una «cabeza blanca de arena» y con voz potente gritó la anhelante palabra: «Tierra». Inmediatamente se disparó la lombarda y fueron arriadas las velas en espera de que llegase la nao almirante.
Las horas que siguieron hasta la del alba, en que apareció nítidamente una isla coralina de reducidas dimensiones, fueron de bulliciosa alegría entre los descubridores. ¿Era Cipango o alguna de las fabulosas isla del Gran Khan? Así parece que lo pensó Colón, y también el hombre práctico y realista que era Martín Alonso. Por lo pronto, el almirante del mar Océano, pues ya lo era por derecho propio según las capitulaciones firmadas en Santa Fe con los Reyes Católicos, se aprestó a tomar posesión de la isla con todos los honores.
El almirante desembarcó con sus dos capitanes y otros jefes y funcionarios reales en la playa de la isla que los naturales llamaban Guanahaní y él bautizó con el nombre de San Salvador. La ceremonia de la toma de posesión, bien meditada por Colón en los largos días de navegación, estuvo llena de colorido y ritualismo. Salvador de Madariaga la resume rápidamente: «Iba suntuosamente vestido y llevaba en la mano la bandera real, mientras que Martín Alonso y Vicente Yáñez llevaban cada uno una bandera de la Cruz Verde con la F y la I coronadas a un lado y a otro de la cruz. El mar proveía el elemento blanco, la tierra el moreno de aquel encuentro extraño e incongruente del hombre con el hombre; en el centro, Colón, los Pinzones, Rodrigo de Escobedo, escribano de la Armada, y Rodrigo Sánchez de Segovia, su veedor, provistos de papel y pluma para redactar la minuta de aquel acontecimiento; una escolta armada y las tres banderas; en torno a los españoles, una multitud de indígenas jóvenes, hermosos y desnudos. ¿Qué dijeron aquellos hombres civilizados a aquellos salvajes? ¿Qué gesto simbólico imaginaron para franquear el foso que separaba a las dos humanidades? El almirante llamó a los dos capitanes y a los demás que saltaron a tierra (...) y dijo que le diesen por fe y testimonio cómo él por ante todos tomaba, como de hecho tomó, posesión de la dicha isla por el Rey e por la Reina sus señores, haciendo la protestaciones que se requerían. «Sería difícil imaginar un acto de incongruencia más trágica entre hombre y hombres que esta toma de posesión. Afortunadamente la diferencia de lenguaje permitía a los indígenas interpretar esta ceremonia de los intrusos como un acto simbólico o mágico, pues de otro modo una toma de posesión como la que en efecto se había hecho sólo podía ser totalmente incomprensible para seres como ellos desprovistos del sentido de la propiedad.»
El hombre que había vivido y sufrido convencido de que estaba llamado a grandes destinos, se sintió poseído aquella mañana de la grandeza que ambicionaba. Antes del descubrimiento, Colón había traducido unos versos de la Medea de Séneca, que figuran en el libro de las Profecías y dicen lo siguiente: «Vendrán los tardos años del mundo ciertos tiempos en los cuales el mar océano aflojará los atamientos de las cosas y se abrirá una grande tierra y un nuevo marinero como aquel que fue guía de Jason que hubo nombre Thyphis descubrirá nuevo mundo y entonces no será la Isla Thule la postrera de las tierras.» Efectivamente, la profecía se había cumplido en él.
Introducción
NO es mucho lo que se sabe de la familia de los Colombos genoveses ni el almirante del mar Océano hizo gran cosa para esclarecer sus antecedentes familiares llegado a la culminación de la gloria y realizados sus sueños descubridores. Enigmático, cauteloso y desconfiado como era, y tendría sus motivos para ello, no facilitó el camino de sus biógrafos e historiadores con noticias precisas y evocaciones de su infancia en el ambiente familiar.
El primer antepasado de nuestro héroe del que se tienen algunas noticias ciertas es Giovanni Colombo, al que se supone oriundo de Moconesi, en el valle de Fontanabuona, y con residencia y oficio de tejedor en el pueblo de Quinto, hoy absorbido por la ciudad de Génova. De este hombre no se sabe cuando nació, pero sí que murió en 1444 y tenía dos hijos y una hija: Antonio, Doménico y Battistina. De la hija no existen referencias posteriores, pero Antonio y Doménico dejaron abundante parentela. El primero tuvo cuatro hijos y todos ellos formaron parte del gremio de tejedores. Doménico, el padre del futuro descubridor de América, tuvo cuatro hijos y una hija.
La primera referencia histórica del padre de Cristóbal Colón es un acta notarial, fechada el 21 de febrero de 1429, por la que Giovanni Colombo concierta con el tejedor flamenco Guglielmo de Brabante la entrega de su hijo Doménico como aprendiz y pupilo a los once años de edad. Esto nos permite saber que el padre de Colón nació en 1418.
Alcanzada la maestría, Doménico se estableció por su cuenta y alquiló una casa en una calle de los alrededores del Palazzo di Pammatone, en el barrio de Portoria. Los propietarios de la casa eran los frailes del monasterio de San Esteban. Allí vivió Doménico hasta el 4 de febrero de 1447; el dogo o jefe de la ciudad de Génova, Giano Campofregoso, le designó para guardián de la Torre y Puerta dell’Olivella. Tenía a la sazón Doménico veintinueve años y llevaba ya siete de maestro tejedor. El cargo no podía ser más modesto, aunque el dogo lo considerase una alta distinción. Su sueldo era de veintiuna libras genovesas trimestrales «para sí y para sus compañeros». Tampoco era muy estable, pues el 10 de noviembre de 1450 se le renovaba el cargo por trece meses más, para luego conceder la «prebenda» a un tal Agostino Bobliasco. Sin embargo, en la terrícola Torre y Puerta dell’Olivella nació Cristóbal Colón en 1451.
Que los Colombo gozaban de la voluble confianza del dogo de los genoveses parece fuera de duda, ya que por la misma época Antonio Colombo era también guardián de la Torre del Cabo del Faro, al otro extremo de la ciudad.
De la madre del descubridor tampoco se tienen muchas noticias. Se sabe que se llamaba Susana Fontanarossa y que era hija de un tal Giacomo Fontanarossa, natural de Bisagno. La referencia más concreta de su existencia es un documento notarial, tarial, fechado en agosto de 1473, autorizando a su marido a vender el contrato de alquiler de la casa dell’Olivella. En el documento se consigna el consentimiento de los dos hijos mayores, Cristóforo y Giovanni Pellegrino que debió morir sin conocer la gloria del inquieto y vagabundo Cristóforo.
En otro documento notarial, fechado en 1475, consta que Doménico Colombo o Columbus, como aparece en los referidos escritos, alquiló otra casa a los mismos monjes de San Esteban en Vico Drito di Ponticello. Parece que estos cambios y mudanzas se debieron a dificultades económicas y poco éxito en el oficio de tejedor, dice Madariaga y añade: «Doménico parece, no obstante, haber sido miembro influyente de la corporación, porque en 1470 sus compañeros tejedores le confiaron una negociación con la corporación de la ciudad vecina de Savona, mas no sin haber conocido primero la cárcel de su ciudad natal, donde pasó un período de reposo-obligado en el mismo año al regresar de su embajada. Parece ser que este episodio fue debido a un proceso entre Doménico Colombo y Gerolamo del Porto, en el curso del cual, Doménico y su hijo Cristóforo se ven sentenciados a pagar a del Porto treinta libras genovesas. Por vez primera aparece Cristóforo asociado a su padre con una responsabilidad concreta; y si se tiene en cuenta que el muchacho tenía entonces diecinueve años, parece que este detalle hubiera podido merecer más atención de la que le han concedido hasta ahora biógrafos y críticos. El rapaz actúa entonces con eficacia para resolverle a su padre, hombre ya de cincuenta y dos años, dificultades financieras. La escena siguiente nos presenta al veterano tejedor instalado en Savona, tejedor todavía, pero también tabernero, porque por mucho que algunos biógrafos delicados nos quieran disfrazar esta ocupación como «hostelero» o «ventero», desde luego de una posada de lo más distinguido —¡no faltaba más!—, el acta notarial del 2 de marzo de 1470 llama a Doménico tabernarius, sobre la cual no cabe discusión.»
Por lo que nos dice Madariaga y consta en diversos documentos de la época, la situación de la familia Colombo en Savona no parece ser muy boyante. Tanto en esta pequeña ciudad como en Génova, capital de la República, a donde no tardará en volver, pasan dificultades y cambian de situación con frecuencia. Se trata de una familia numerosa, pero la mayoría de los hijos son laboriosos e inteligentes como iremos descubriendo oportunamente por las obras de cada uno de ellos y, muy especialmente, de los que figuran en la empresa descubridora: Cristóforo, Bartolomeo y Giácomo, el futuro don Diego.
Misterios y enigmas en la vida de Colón
Cualquiera que intente penetrar en la enmarañada vida del almirante de las Indias ha de hacerlo sabiendo que debe recorrer una serie de encrucijadas, misterios y enigmas en los que los errores y contradicciones son frecuentes. De Colón se puede decir que más que aclarar sus caminos, lo que hizo fue confundirlos, convirtiendo de esta manera su personalidad en una continua polémica.
Nosotros no vamos a entrar en ese farragoso «mar de los sargazos» en el que los ratones de biblioteca se disputan fechas, días y minutos de la vida del descubridor de América, pues a estas alturas la polémica alcanza niveles de erudición que escapan a nuestro propósito, que no es precisamente el de ofrecer a los lectores un mamotreto de difícil lectura y repleto de claves interpretativas. Nos interesa más la personalidad humana del descubridor y la epopeya que llevó a cabo, que saber con exactitud el tiempo que fue cardador, tejedor o tabernero... Resulta evidente que Colón fue todo esto y otras cosas más, pero sobre todo fue un navegante osado y despierto a todo lo que sucedía a su alrededor.
Algunos biógrafos señalan que la familia Colón llegó a constituir una pequeña empresa familiar de ingresos medios y afirman que el futuro descubridor había estudiado desde muy joven Latín, Matemáticas, Geografía y Astronomía en la Universidad de Pavía, adquiriendo con ello una cultura media que le capacitaría para iniciarse en el estudio de la ciencia náutica. Sin embargo, nada de esto está suficientemente demostrado. El cuadro que nos traza Antonio Gallo, canciller del Banco de San Jorge y cronista oficial de Génova desde 1477, es sensiblemente dispar en algunos aspectos: «Cristóforo y Bartolomeo Colombo, hermanos, ligurios de nación, de padres plebeyos genoveses que vivían de salarios que ganaban como laneros (porque el padre era tejedor y los hijos a veces cardadores) alcanzaron fama grande en toda Europa por un hecho de la mayor osadía y de la más notable novedad en las cosas humanas. Aunque de poco saber en su niñez, se dedicaron a la navegación, según costumbre de su raza, al alcanzar la edad púber. Pero al fin Bartolomeo, que era el más joven, se instaló en Portugal, en donde, para ganarse la vida, se dedicó a hacer mapas de pintura para uso de marineros, en los cuales representaba mediante dibujos: mares, puertos, costas, bahías e islas en sus proporciones verdaderas. Durante los últimos cuarenta años, todos los años salían de Lisboa expediciones por mar que iban y venían a las costas occidentales de Africa, revelando tierras continentales y pueblos desconocidos en las edades pasadas. Pero Bartolomeo, influido por el estudio de los mapas y familiarizado con los cuentos de los que de un modo u otro retornaban tornaban de partes distantes del mundo, comunicó sus argumentos y pensamientos a su hermano, más experto en cosas de la mar, indicándole cómo el que saliera hacia el mar dejando atrás las costas meridionales de Africa, se encontraría a mano derecha, hacia el occidente, tierras continentales.»
Aunque el asunto no resulta tan simple como se deduce del resumen del cronista genovés, contemporáneo de Colón, por lo menos nos pone sobre pistas seguras para adentrarnos en su enmarañada biografía colombina, ya que uno de los aspectos más discutidos y polémicos es precisamente su nacionalidad, pues españoles, italianos y portugueses todavían se siguen disputando al descubridor como un tesoro propio. Y entre los españoles, son los catalanes y gallegos los más pertinaces en atribuirse la oriundez del descubridor.
Como dice Madariaga, la mayor dificultad para esclarecer este punto es que «aunque Colón escribió mucho sobre sí mismo, en ninguno de los papeles que son indiscutiblemente de su mano dice explícitamente ser genovés». Los motivos que tuviera para dejar en el aire detalle tan importante son desconocidos. Del hermetismo del almirante de las Indias existen testimonios irrefutables entre los primeros cronistas y sus más cercanos biógrafos. Por ejemplo, Oviedo, uno de los primeros y más escrupulosos historiadores de las Indias, escribe de Cristóbal Colóji: «Según yo he sabido de hombres de su nascion, fue natural de la provincia de Liguria, que es de Italia, en la cual cae la cibdad e señorío de Genova; unos dicen que de Savona, e otros que de un pequeño lugar o villaje dicho Nervi que es a la parte del levante y en la costa de la mar, a dos leguas de la misma cibdad de Genova, y por más cierto se tiene que fue natural de un lugar dicho Cugureo.»
Pero más confuso y equívoco todavía resulta su propio hijo, Fernando Colón, a quien puede considerarse su biógrafo oficial y mejor informado, quien escribe: «Y si algunos que de cierta manera quieren oscurecer su fama, dicen que fue de Nervi; otros de Cugureo; otros de Bugiasco, lugarcillos pequeños cerca de Génova y situados en su ribera; otros que quieren exaltarle más, dicen que era de Savona, y otros genovés, y algunos también saltando más sobre el viento, le hacen natural de Placencia, donde hay personas muy honradas, y sepulturas con armas y epitafios de los Colombos.» Como vemos, más que aclarar se pierde en vaguedades, y termina afirmando que en las investigaciones que hizo sobre la familia de su padre no encontró rastro ni en Génova ni en la región. ¿Cómo es posible que no supiera por su mismo padre de dónde era natural? Y si lo sabía, como es lo más probable, ¿por qué tanto empeño en sembrar confusiones?
Algunos tratadistas bien documentados en el tema colombino, atribuyen la intencionada vaguedad y confusión difundida por el mismo descubridor y sus descendientes directos a los obstáculos que podían representar para un hombre de origen humilde alcanzar los máximos honores en una sociedad como la española de aquella época.
Otro de los aspectos más polémicos y discutidos de su biografía son las fechas de nacimiento y sus experiencias náuticas. La cronología de los archivos genoveses y la recogida por los primeros cronistas y biógrafos del gran descubridor de América raramente coinciden. Bernáldez, que conoció personalmente a Colón, nos dice que nació en 1436 y que era natural de la provincia de Milán. Sin embargo, los estudios más científicos y recientes, sitúan su nacimiento entre el 26 de agosto y el 31 de octubre de 1451. En cuanto a sus experiencias náuticas, ya nadie duda de que fueron muy tempranas. Además del testimonio del cronista genovés, Antonio Gallo, buen conocedor de la familia de los Colombos, el mismo Colón escribía en 1501: «De muy pequeña edad entré a la mar navegando y lo he continuado hasta hoy: la misma arte inclina a quien la prosigue a desear saber los secretos de este mundo; ya pasan de los cuarenta años que yo voy en este uso. Todo lo que hasta hoy se navega he andado.»
Parece seguro que Colón inició su vida marinera, siendo todavía un niño, en el comercio costero de paños, algodón, queso y vino entre Savona y Génova. El problema que aquí viene suscitado por las contradicciones entre las tesis genovesas, que insisten en atribuir a Colón el oficio de cardador hasta los veintidós años, y las declaraciones del interesado, que coinciden precisamente con las del cronista Antonio Gallo, quien nos dice que los dos hijos mayores del tejedor Doménico Colombo sólo fueron ocasionalmente cardadores y que desde la edad púber fueron navegantes, instalándose Bartolomeo muy pronto en Lisboa.
Incluso existen opiniones bien fundadas de que Colón no sólo empezó la navegación «muy niño», sino también que en edad muy temprana anduvo en oficio de corsarios y capitaneó algún barco. En una de las cartas que escribe a los Reyes Católicos dice algo que debe hacer meditar a los eruditos de la confusión: «A mí acaeció que el Rey Reynel, que Dios tiene, me envió a Túnez para prender la galeaza Fernandina, y estando ya sobre la isla de San Pedro, en Cerdeña, me dijo una saetia que estaban con la dicha galeaza dos naos y una carraca; por la cual se alteró la gente que iba conmigo y determinaron no seguir el viaje, salvo de se volver a Marsella por otra nao y más gente. Yo, visto que no podía sin algún arte forzar su voluntad, otorgué su demanda, y mudando el cebo del aguja, di la vela al tiempo que anochecía, y, otro día al salir el sol, estábamos dentro del cabo de Carthagine, teniendo todos ellos por cierto que íbamos a Marsella.»
Este documento, transcripto por el Padre Las Casas, revela que la vida del joven Colón no es tan lineal y vulgarota como quieren hacernos creer los documentalistas genoveses y algunos de sus santificadores biógrafos, y que recorrió no sólo todos los caminos de la mar conocidos hasta entonces, sino que participó desde muy joven en algunas aventuras peligrosas y lucrativas, como las que se derivan de la navegación en corso. Pues, según algunos historiadores, el incidente que relata Colón ocurrió alrededor de 1472-73, y el Rey Reynel no es otro que Renato de Anjou, príncipe francés a quien los catalanes sublevados contra Juan II de Aragón, padre de Fernando el Católico, ofrecieron la corona. Tenía entonces Cristóbal Colón veintiuno o veintidós años, y ésta es una de las razones que los documentalistas genoveses aducen para calificar de «embustero» al descubridor de las Indias occidentales, ya que no concuerda con los datos que figuran en sus archivos y actas notariales.
Existe otro hecho de singular importancia que enardece a los polemistas colombinos. La culpa en este caso, como en otros, la tiene el mismo Colón por su cautela de facilitar datos concretos a sus futuros cronistas y biógrafos. Salvador de Madariaga, tan concienzudo en descubrir las claves de Colón y poner fecha exacta a las vaguedades que refieren sus cronistas, nos aclara algunos puntos oscuros. Escribe el Padre Las Casas refiriéndose a las circunstancias que llevaron a Colón a Portugal: «Como fuese (...) Cristóbal Colón tan dedicado a las cosas y ejercicio de la mar, y en aquel tiempo anduviese por ella un famoso varón el mayor de los corsarios que en aquellos tiempos había, de su nombre y linaje, que se llamaba Columbo Junior, teniendo nuevas que cuatro galeazas, a diferencia de otro que había sido nombrado y señalado antes, y aqueste Junior trajese grande armada por la mar contra infieles y Venecianos y otros enemigos de su nación, Cristóbal Colón determinó ir e andar con él, en cuya compañía estuvo e anduvo mucho tiempo. Este Columbo Junior, teniendo nuevas que cuatro galeazas de Venecianos eran pasadas a Flandes, esperolas a la vuelta entre Lisbona y el Cabo de San Vicente, para asirse con ellas a las manos.»
«Las Casas —comenta Mandariaga— describe la batalla prolijamente, y en particular cómo el barco en que se encontraba Colón y un galeaza con la que se había enlazado en abrazo tan estrecho como los del amor, se prendieron fuego juntos en fuego de guerra, como sucede también con el fuego del amor, y nos dice cómo los más de los marineros y combatientes “escogieron padecer antes la muerte del agua que la del fuego”, pero añade el cronista, “el Cristóbal Colón era muy gran nadador, y pudo haber un remo que a ratos le sostenía mientras descansaba, y ansi anduvo hasta llegar a tierra, que estaría poco más de dos leguas y adonde habían ido a parar las naos con su ciega y desatinada batalla”.»
Esta batalla relatada por Las Casas, que invoca el nombre del cronista italiano Sabellico, y que el hijo de Colón, don Fernando, repite, a juicio de Madariaga, tuvo lugar en 1485, cuando Colón ya se encontraba en España. Sin embargo, en 1476, se produjo la verdadera batalla en la que intervino Colón. Por lo demás, los hechos se corresponden con la narración de Las Casas, prescindiendo de Sabellico y apartando a Colombo Junior, corsario al servicio de Francia y cuyo nombre verdadero era Jorge Bissipat o Jorge el Griego.
Don Salvador de Madariaga se atiene en este aspecto a los datos que facilitan el cronista portugués Ruy de Pina y el castellano Alonso de Palencia, los cuales, según el referido autor, «describen una batalia de San Vicente que tuvo lugar el 13 de agosto de 1476, cuando Colón navegaba todavía, y en la cual, el almirante-corsario francés Guillaume de Casanove-Coullon, conocido en Italia por Colombo y en España por Colón, atacó unas naos genovesas en las circunstancias relatadas por Las Casas y por don Fernando».
El hecho no puede ser más conflictivo, pues los documentos y testimonios que Madariaga presenta con su habitual brillantez y profundidad, están en cumpleta pugna con la historiografía santificadora del descubridor de las Indias; pues de todo ello se viene a deducir que Colón hizo guerra a sus paisanos genoveses por cuenta de Francia y bajo el mando de un almirante-corsario que, al decir del mismo autor, tenía algún parentesco con él.
Un enigma que vale por todos los demás: ¿Colón hispano-judío?
La hipótesis de Madariaga es tan apasionante que no podemos pasarla por alto ya que, de ser cierta, en lo cual no entramos ni salimos, justificaría el carácter receloso y hermético del almirante de las Indias en muchos puntos oscuros de su biografía, y nos permitiría comprender ciertas rarezas y singularidades del mismo. El tema es tan arduo y complejo que no cabe en las páginas de esta biografía. Los interesados pueden encontrar una rica argumentación en la Vida del muy magnífico señor don Cristóbal Colón del famoso historiador español, quien afirma el origen sefardita de nuestro héroe, y añade:
«sta conclusión se ha impuesto a nosotros como la única explicación posible para armonizar dos grupos de hechos que hasta ahora han permanecido tácita o expresamente irreconciliados. Frente a estedilema, que separaba con un abismo infranqueable ciertos datos del grupo Colombo-Génova de otros datos del grupo Colón-España, y en particular de la lengua, los colonistas se han dividido en dos grupos: los que sostienen que Colón era genovés y los que sostienen que era español; pero, aunque de opiniones opuestas, sus métodos son idénticos; ambos defienden sus causas desentendiéndose por completo del grupo de hechos que les estorba, ya sea declarándolos falsos, ya olvidándolos discretamente. No parece posible tomar en cuenta los hechos de uno y otro lado de esta barricada histórica más que adoptando la tesis aquí sostenida: nacido en Génova, Colombo era de origen hispano-judío, bilingüe desde la cuna, es decir, se expresaba en una forma popular y desde luego no escrita del dialecto genovés y en un castellano tradicional y escrito, si bien más o menos fermentado por un destierro de lo menos cien años.»
La teoría de Madariaga, para remachar su tesis, se basa en tres puntos claves. El primero en la dificultad de los historiadores genoveses para encontrar información más allá de su abuelo paterno, Giovanni Colombo, por lo cual deduce que esta familia de sefarditas catalanes se vio forzada a emigrar a Italia hacia 1390 a consecuencia de la represión desencadenada contra los judíos. Esto justificaría las palabras de Las Casas: «Sus padres fueron personas notables, en algún tiempo ricos..., otro tiempo debieron ser pobres por las guerras y parcialidades que siempre hubo y que nunca faltan, por la mayor parte, en Lombardía.» El segundo, el que su lengua hablada y escrita fuera el castellano, aunque un castellano un tanto anacrónico. Refiriéndose concretamente a los cambios en la grafía del apellido, que, como es sabido, usó los de Colombo, Colomo, Colom y Colón, su hijo Fernando escribe: «El almirante conforme a la patria donde fue a vivir y empezar.
Su nuevo estado, limó el vocablo para conformarle con el antiguo y distinguir los que procedieron de él de los demás que eran parientes colaterales, y así se llamó Colón; esta consideración me mueve a creer que así como la mayor parte de sus cosas fueron obradas por algún misterio, así en lo que toca a la variedad de semejante nombre y sobrenombre no deja de haber algún misterio.» Y el tercero y definitivo es lo que el mismo Colón escribe en una carta al ama del príncipe don Juan: «No soy el primer almirante de mi familia; póngame el nombre que quisieren, que al fin David, Rey muy sabio, guardó ovejas y después fue hecho Rey de Jerusalem; yo soy siervo de aquel mismo Señor que puso a David en este estado.» De aquí deduce Madariaga que si él no fue el primer almirante de su familia es porque era pariente del francés meridional Casanove-Coullon, almirante-corsario de Luis XI y aliado de Renato de Anjou contra Juan II de Aragón, padre de Fernando el Católico, pues fueron muchos los Coloms de Cataluña que abrazaron su causa.
Introducción
SABEMOS ya que el 13 de agosto de 1476 Cristóforo Colombo era arrojado a las playas de Portugal tras combatir en una dura batalla que muy bien pudo costarle la vida. Si se salvó de la muerte por fuego o por agua, es porque conocía mejor el líquido elemento y en él se movía con habilidad. Los barcos genoveses que pudieron salvarse en la batalla de San Vicente regresaron a Cádiz. Pero Colón, que luchaba en el bando francés al mando de su presunto pariente el almirante-corsario, buscó refugio en Portugal. El joven Colombo tenía entonces veinticinco años, llevaba quince de navegación y se hallaba en la edad en que el hombre inteligente y seguro de sí mismo sabe que si quiere llegar a alguna parte debe elegir su propio camino en la encrucijada vital, pues la dispersión de intenciones conduce algunas veces al éxito, pero las más a la frustración.
Si es cierto que Colón pertenecía a la «raza errante» y sus ambiciones náuticas eran obsesivas, como parece ser, Portugal era entonces el único punto del planeta que vivía de cara al mar y en sus costas bullía la fiebre descubridora. Flanqueado el pequeño reino por la férrea Castilla, buscó su zona de expansión en las rutas marítimas hasta convertirse en una potencia descubridora. Para hacernos una idea de esta dinámica, que no era exclusiva de Portugal, pero que en el momento de arribar Colón a sus playas sí figuraba a la vanguardia de las exploraciones atlánticas, bastará con señalar algunos hitos importantes: en 1419 los portugueses descubren Madeira; en 1434 Gil Eanes dobla el temible cabo Bojador; en 1445 Dinis Dias descubre Cabo Verde.
El alma de este movimiento desbordante era Enrique el Navegante, el tercero de los hijos de Juan I de Portugal, fundador de la Escuela Náutica de Sagres en el cabo de San Vicente. La referida escuela no se parecía en nada a lo que hoy entendemos por tal. Más bien se trataba de un centro gremial. El cronista del Infante, Azurara, dice que se parecía a la que había en Cádiz, que era el Colegio de Pilotos Vizcaínos, donde se impartían enseñanzas prácticas y se examinaba a los que aspiraban a obtener el título. Este centro fue fundado en 1 38, y a él llegaría el náufrago Colón treinta y ocho años después. Enrique el Navegante lo dirigió hasta su muerte en 1460.
«Los avances descubridores —escribe Morales Padrón— no se debieron sólo a la acción personal del Infante, pero él es una figura clave en ellos. Portugal, con una geografía apuntando al misterioso Atlántico, estaba determinada a lanzar a sus hombres sobre él. El Infante comenzó la tarea y le dio base científica. Don Enrique se movía por afanes comerciales, intereses científicos, razones políticas y convicciones religiosas.» El portugués Dego Gomes, por su parte, señala entre los proyectos de Enrique el Navegante, el descubrimiento de la ruta de la India dando la vuelta al continente africano, y la exploración del Occidente en busca de las islas y tierra firme de que habla Tolomeo.
Mucho se ha escrito sobre la caída de Constantinopla en poder del Islam y las consecuencias que tuvo este acontecimiento en la economía europea y muy especialmente en la italiana, ya que eran algunos Estados italianos los que monopolizaban prácticamente el comercio con Oriente. La República de Génova fue una de las que sufrió más drasticamente la decadencia del comercio marítimo con Oriente. De ahí que no fueran pocos los banqueros, comerciantes y armadores que emigraran a Portugal y se establecieran en los puertos más boyantes de Andalucía que se asomaban al Atlántico. Pero ya hemos visto que la expansión portuguesa empezó antes de que esto ocurriera, lo cual no quiere decir que ambos fenómenos no se interrelacionen.
Constantinopla cayó en 1453 y en 1455 el Papa Nicolás V publica la bula Romanus Pontifex que otorga a Portugal todas las tierras, islas descubiertas y por descubrir, con exclusión de cualquier príncipe cristiano, desde el cabo Bojador en adelante. Pero al año siguiente otro Sumo Pontífice, Calixto III, amplía la concesión de los privilegios terrícolas añadiendo los espirituales y temporales. La beneficiaría de «la espiritualidad de la tierra» y la eclesiástica de lo conquistado y por conquistar es la Orden de Cristo. No en balde se ha dicho que estas dos bulas son la Carta Magna del Imperio lusitano.
En Portugal Colón descubre su verdadero camino
Los exaltadores de Colón le han rodeado de una aureola de brillantes conocimientos adquiridos en la Universidad, pero ya sabemos que no, que el almirante no alcanzó lo que sus doctorales panegiristas quieren hacernos creer. Su única universidad fue el mar y su propia vocación de estudioso, pero no cabe duda de que fue un lince para asimilar todo lo que veía y un ambicioso de saber en lo que le marcaba su vocación. Por si esto fuera poco, tenemos sus propias palabras recogidas por el Padre Las Casas: «A este mi deseo hallé a Nuestro Señor muy propicio y hube dél para ello espíritu de inteligencia. En la marinería me hizo abundoso, de astrología me dio lo que abastaba, y ansi de geometría, aritmética, e ingenio en el ánima y manos para dibujar esta esfera, y en ella las ciudades, ríos y montañas, islas y puertos todo en su propio sitio. En este tiempo he yo visto y puesto estudio en ver todas escrituras, cosmografía, historias, crónicas y filosofía y de otras artes.» A lo que fray Bartolomé añade un comentario que corrobora la hipótesis de que Colón era autodidacto: «Dice abastaba porque tratando con hombres doctos en astrologia, alcanzó dellos lo que había menester para perfeccionar lo que sabia de la marineria, no porque estudiase astrologia.»
Como la carta dirigida a los Reyes Católicos está escrita después de la estancia de Colón en Portugal, no es atrevido decir que en los ocho años que permaneció allí aprendió más que en toda su vida anterior, pues el ambiente era propicio para las imaginaciones ardientes y los espíritus emprendedores.
¿Fue Cristóbal Colón quien encontró a su hermano en una librería de Lisboa o fue Bartolomé el que se tropezó con él...? Aunque la mayoría de los biógrafos y cronistas aceptan lo primero como cosa demostrada, el hecho no está muy claro. Fernando Colón afirma que el primero en llegar a la capital lusitana fue su padre. En cualquier caso, Bartolomé era muy joven cuando su hermano arribó a las playas portuguesas, pues no tenía más de quince años. Aunque sabemos que ambos habían empezado a navegar alrededor de los diez años, parece que Bartolomé tuvo mejores ocasiones de capacitarse en el arte náutico que su hermano mayor, ya que el padre Las Casas dice: «Creo por los libros y cartas de marear notados y glosados de su letra, que debían ser suyos o del almirante, que era en aquella facultad tan docto que no le hacía el almirante mucha ventaja», y añade que «era muy buen escribano, mejor que el almirante, porque en mi poder están muchas cosas de las manos de ambos».
La historiografía nos dice que ambos hermanos se encontraron en una librería lisboeta donde el joven Bartolomé trabajaba en hacer mapas. La capital del imperio lusitano contaba entonces con cincuenta y cuatro librerías registradas en donde, según Madariaga, se vendían libros en todas las lenguas antiguas así como en las contemporáneas latinas, y también astrolabios, brújulas y ampolletas, como llamaban, en diminutivo catalán, a los relojes de arena.
Si bien ignoramos cuál de los dos hermanos fue el primero en llegar a Lisboa, resulta evidente que ambos se dedicaron al oficio de libreros y se ganaron la vida dibujando mapas, navegando y viviendo en estrecho contacto con la marinería de las flotas descubridoras. Esto lleva a Salvador de Madariaga a establecer un nuevo eslabón entre los judíos de Mallorca, Barcelona, Génova y Lisboa: «Eran entonces, como es sabido, la cosmografía, la astronomía, y el arte de hacer cartas de marear, ocupaciones sino exclusivas, por lo menos predominantes de los judíos. Una mayor libertad de pensamiento, una mayor disposición hacia las lenguas orientales, el continuo viajar y por lo tanto un mejor conocimiento de rutas, distancias y caravanas, mayor información sobre tierras lejanas a causa de la universalidad de su raza y de su actividad comercial, eran todas circunstancias favorables para que la gente hebrea figurase a la cabeza del noble esfuerzo que entonces se hacía para desarrollar el conocimiento de la tierra y del cielo y de su verdadero tamaño y forma. En Lisboa había florecido siempre y seguía floreciendo entonces una rica y activa colonia judía, cuyo prestigio, tanto social como intelectual, había subido en época reciente gracias a la fuerte proporción de maestros cosmósgrafos y de hombres de ciencia hebreos que figuraban entre los que el Infante don Enrique había reunido en Sagres. Al tiempo en que Colón llega a Lisboa, figuran a la cabeza de estos estudiosos dos ilustres judíos, Mestre Joseph Vizinho, médico del Rey, y el célebre astrónomo español Abraham Zacuto.»
La carta de Toscanelli
En 1470 Alfonso V de Portugal nombró a su hijo el futuro Juan II, jefe de los servicios de las expediciones y descubrimientos. En el lenguaje moderno el cargo correspondería al de ministro de Marina, y era el mismo en el que Enrique el Navegante había forjado los cimientos imperiales de Portugal. El destino del país lusitano estaba ya marcado por la tradición y los privilegios pontificios. Su misión era clara, pero los caminos todavía eran confusos y las nociones científicas demasiado vagas para lo que empezaba a convertirse en necesidad imperiosa: el restablecimiento del comercio con Asia a través del Atlántico, ya que el Imperio otomano cerraba el camino de las rutas mediterráneas.
El príncipe Juan impulsó las exploraciones, estableció reglamentos sobre el tráfico marítimo y fomentó la construcción naval. El único camino que entonces se consideraba posible era bordear las costas de Africa para llegar a la India. En este empeño nadie hizo más que los navegantes portugueses. El camino era tan seguro que, al final, terminaron por encontrar el «camino de la especiería». Mientras en Lisboa se hacían planes para alcanzar este objetivo, el canónigo Fernao Martins, o Fernao de Roritz, informó al príncipe Juan que en un reciente viaje a Italia había conversado ampliamente sobre este tema con Paolo del Pozzo Toscanelli (1398-1482) un famoso matemático, físico y humanista florentino, quien creía que la vía de Poniente era perfectamente navegable y más fácil y corta que la de Levante.
El príncipe don Juan se sintió tan interesado en las revelaciones del canónigo de Lisboa que le rogó escribiese a Toscanelli para que le facilitase informes concretos. La respuesta del humanista florentino está fechada el 24 de junio de 1474; y en la misma envía a Fernao Martins «un mapa hecho por mis propias manos, en el que están dibujados vuestros litorales e islas desde las cuales podréis empezar vuestro viaje hacia el oeste y los lugares a los que debéis llegar y la distancia al Polo y línea Equinoccial a que debéis ateneros y cuántas leguas habréis de cruzar para llegar a aquellas regiones fertilísimas en toda suerte de aromatas y gemas; y no os extrañéis que llame Oeste a la tierra de las especies, siendo así que es usual decir que las especies vienen de Oriente, porque el que navegue a Poniente por el hemisferio inferior hallará siempre aquellas partes al Oeste, y el que viaje por tierra en el hemisferio superior las encontrará al Oriente».
En la referida carta constaban las medidas de la Tierra, así como la distancia entre la costa occidental de Europa y la costa oriental de Asia. Según la tesis de Toscanelli, resultaba más fácil alcanzar la India, China (Catay) y Japón (Cipango) por el Oeste que bordeando la costa de Africa. «Colón —escribe Morales Padrón— logró leer una copia de la carta de 1474 y otra que ratificaba su contenido. En Marco Polo estaba todo el quid del problema, puesto que Toscanelli había aceptado los 30° de longitud que Polo añadió al extremo de China. Colón llevó la idea más lejos aún: siguiendo a Marino de Tiro añadió al continente asiático 45° de extensión hacia el Este, y calculó que el océano entre Europa y Asia era más estrecho de lo que Toscanelli suponía: entre Canarias y Cipango corrían para Toscanelli 3.000 millas náuticas, mientras que para Colón había 2.400. Como vemos, el optimismo de estos científicos del XV es exagerado, pues realmente son 10.600 las millas que separan a Canarias del Japón.»
Sin dudar de que la carta de Toscanelli influyera decisivamente en Colón y que, a su debido tiempo, le ayudara a formular su propia tesis ante los prohombres de la corte castellana, en Portugal tenía que ganarse la vida y capacitarse para la misión que se atribuía. En este sentido podemos decir que Lisboa fue su verdadera universidad, pues allí alternó con los mejores geógrafos y científicos que rodeaban al príncipe don Juan y formaban parte de la brillante Escuela de Sagres.
Pero lo suyo era el mar y todo lo que se relacionara con la idea descubridora que le había nacido de sus lecturas de Los viajes de Marco Polo, el Imago Mundi de Pierre D’Ailly, y la Astronomía de Tolomeo. Así en febrero de 1477 se encuentra en la vieja Thule y moderna Islandia, «la última de las tierras». Algunos de sus biógrafos niegan este viaje y lo atribuyen a su afición a fantasear, pero el testimonio del padre Las Casas parece irrefutable: «En unas anotaciones que hizo de como todas las cinco zonas son habitables, probándolo por experiencia de sus navegaciones, dice ansi: «Yo navegué el año de cuatro cientos y setenta y siete en el mes de febrero, ultra Thile, isla cien leguas, cuya parte austral dista del equinocial 73° y no 63° como algunos dicen, y no está dentro de la línea que incluye el occidente, como dice Ptolomeo, sino mucho más occidental, y a esta isla, que es tan grande como Inglaterra, van los ingleses con mercaderías, especialmente de Bristol, y al tiempo que yo a ella fui no estaba congelado el mar, aunque había grandísimas mareas, tanto que en algunas partes, dos veces al día subía la marea 25 brazas o descendía otras tantas en altura.»
Aunque el texto contiene errores geográficos de bulto, según Madariaga, no cabe duda que Colón estuvo para ver cómo era Thule y cómo eran las cien leguas más al Norte, pues deseaba cerciorarse de la navegabilidad de los mares árticos en invierno.
Parece que la última vez que Cristóbal Colón estuvo en Génova fue en abril de 1479, tras un viaje a las islas de Madeira para comprar azúcar por cuenta de Paolo di Negro, un genovés residente en Lisboa y probablemente emparentado con Negro, un poderoso judío financiero de Portugal.
Matrimonio de Cristóbal Colón
Sabemos por el Padre Las Casas que el futuro almirante, ya poseído por su ensueño providencial, solía ir a misa al convento de los Santos, un convento aristocrático en el que las «comendadoras» eran damas de alcurnia relacionadas con las principales familias de Lisboa. El que Colón oyese misa en este convento y no en otro, algunos de sus biógrafos lo atribuyen a espíritu calculador. Y no les falta razón, pues en Colón todos los caminos se relacionaban con el mismo fin: la gloria y la fortuna. Si su ambición puede calificarse de desmedida, sus trabajos y esfuerzos para conseguirlo no lo son menos.
El convento de los Santos pertenecía a las monjas de la Orden Militar de Santiago. Era una especie de hogar donde se confinaban las esposas e hijas de los caballeros de Santiago mientras sus maridos y esposos hacían la guerra a los infieles. El convento gozaba de fama en la ciudad tanto por su virtud como por las damas que en él buscaban refugio, algunas de ellas vinculadas al trono.
Cuando se produjo el «flechazo» entre la noble dama Filipa Moniz de Perestrello y el futuro almirante, contaba Christováo Colombo veintinueve años, tenía fama de buen navegante, se relacionaba con personajes de la corte y muy especialmente con los influyentes financieros y cosmógrafos judíos. Por lo demás, el retrato que traza de él Oviedo no puede ser más sugestivo: «De buena estatura y aspecto; más alto que mediano y de recios miembros, los ojos vivos y las otras partes del rostro de buena proporción; el cabello muy bermejo; y la cara algo encendida y pecosa, bien hablado, cauto, de gran ingenio y gentil latino, doctísimo cosmógrafo; gracioso cuando quería e iracundo cuando se enojaba.»
El matrimonio entre la doncella apartada del mundanal ruido y el apuesto navegante se celebró a finales de 1479. ¿Era un matrimonio de conveniencias? Nada se sabe al respecto, pero resultaba muy conveniente para aquel joven ambicioso, lector de Séneca, que aspiraba a descubrir un nuevo mundo. Pues Filipa Moniz Perestrello, o Perestrello Moniz, procedía por su madre de la poderosa familia Moniz. Su fundador, Egas Moniz, había sido gobernador del reino en el siglo XII con el primer rey de Portugal, Alfonso Enríquez. La rama paterna también era noble y procedía de Italia. Las relaciones del padre de Filipa, muerto en 1457 ó 58, eran indudables, pues después de varias tentativas exploratorias fracasadas, don Enrique el Navegante otorgó a Bartholomeu Perestrello el nombramiento de capitán hereditario de Puerto Santo. Al morir éste, su viuda cedió la capitanía de la isla de Puerto Santo a un hermano del difunto, pero en 1473 el mando pasó al hijo del primero, que también se llamaba Bartholomeu. «Sea cualquiera su origen, el poder y la categoría social de esta familia —escribe Madariaga— eran indudables, así como su relación con la isla de Puerto Santo, cuya famosa Capitanía se le concedió a título hereditario. Pero ahora que ya conocemos la verdadera índole de la pericia marinera de Perestrello, es para nosotros evidente, aunque no lo era para Las Casas, que «los instrumentos, escrituras y pinturas» del capitán de Puerto Santo no fueron jamás causa de inspiración para los designios del futuro almirante de las Indias; hecho que viene a confirmar nuestra sospecha de que el impulso hacia el océano y la ruta de las Islas actuaba ya en el ánimo de Colón antes de que se aliase con la famosa familia portuguesa y, por lo tanto, que buscó esta alianza precisamente por su relación con Puerto Santo, base admirable de exploración para el mar desconocido.»
El Padre Las Casas, confidente fidedigno del pensamiento colombino, no permite dudar de las intenciones de Colón al trasladarse a la isla que se hallaba bajo el mando de su cuñado: «Ansi que fuese a vivir Cristóbal Colón a la dicha isla de Puerto Santo..., por ventura por sola esta causa de querer navegar, dejar allí su mujer, y porque allí en aquella isla y en la de Madera, que está junta, y que también se había descubierto entonces, comenzaba a haber gran concurso de navíos sobre su población y vecindad, y frecuentes nuevas se tenían cada día de los descubrimientos que de nuevo se habían.»
Los años de Colón en Portugal fueron fecundos en todos los sentidos. Allí se casó y tuvo su primer hijo, Diego, en 1479 u 80; allí se capacitó y adquirió una gran cultura náutica; allí concibió su grandiosa empresa y la maduró en todos sus aspectos. Aunque sin detalles precisos, por sus notas escritas en los márgenes de los libros que leía, y las confidencias verbales que hizo a las personas de su confianza, se sabe que navegó por todo el mundo colonial portugués, inquiriendo detalles de las exploraciones y descubrimientos que tenían lugar. Parece que sus interlocutores preferidos eran los marineros que navegaban por los mares del Occidente. Las Casas nos dice que Martín Vicente, piloto del rey de Portugal, le contó en cierta ocasión, que navegando a unas cuatrocientas cincuenta leguas al oeste del cabo de San Vicente, recogió de la mar un madero labrado artísticamente y no con herramienta de hierro. El piloto pensaba que como el viento soplaba del oeste, el madero debía venir de alguna isla que hubiera por allá. También Pedro Herrera, casado con una hermana de su mujer, le dijo que en Puerto Santo había visto un madero parecido, así como de cañas tan grandes que en cada sección cabía una azumbre de vino o de agua, lo cual le fue confirmado después por el mismo rey de Portugal. Entre los habitantes de las Azores recogió igualmente informes valiosos. Por ejemplo, en las islas Graciosas y Fayal, en las que no existían pinos, las tempestades con viento oeste o noroeste arrojaban algunas veces troncos de pinos. Por otra parte, en la isla de las Flores, del mismo grupo, le contaron que en cierta ocasión el mar había arrojado a la playa dos cuerpos humanos con rostros muy anchos y diferentes a los de los cristianos.
Relación de Colón con el rey de Portugal
Los portugueses han dado a Juan II el sobrenombre de «Rey perfecto». El reinado de don Juan no comenzó hasta 1481, pero ya sabemos que desde 1474, dos años antes de que arribara Colón a Portugal, tenía a su cargo todo lo que se refería a la exploración marítima, la navegación y los establecimientos coloniales. Prácticamente fue el continuador de la obra comenzada por Enrique el Navegante. Sabía de la mar todo lo que había que saber y, para mayor gloria suya, vivía rodeado de hombres sabios, científicos y capitanes experimentados. Buena prueba de ello es que rechazó el plan de Toscanelli por considerarlo erróneo... erróneo para un buen administrador de los recursos de su pueblo, como era Juan II de Portugal, o para una «junta de matemáticos», que contrasta, mide y pesa en relación con las verdades conocidas. Pero no para un Cristóbal Colón desbordado por la imaginación e impulsado por intuiciones y presentimientos misteriosos.
El Padre Las Casas, tan devoto del almirante, nos dice a este respecto: «Concebía en su corazón certísima confianza de hallar lo que pretendía como si este orbe tuviera metido en su arca.» Y con el mismo ingenuo fervor añade: «Pero porque según tengo entendido que cuando determinó buscar un príncipe que le ayudase e hiciese espaldas, ya él tenía certidumbre que había de descubrir tierras y gentes, como si en ellas personalmente hubiera estado...»
Pero para encontrar «un príncipe que le ayudase e hiciese espaldas», no bastaban la fe y el convencimiento, sino que era preciso aportar pruebas, datos y teorías convincentes, y esto Colón no lo poseía. «No hay que olvidar tampoco, en atenuación de su vaguedad —escribe Madariaga—, que no era fácil verter en palabras un plan como el suyo. Era probablemente este plan como una de esas melodías que en silencio logramos cantar perfectamente, pero que no acertamos a cantar con voz sonora. Si se le exigían proposiciones concretas, ¿qué podía contestar? Estaba metido en un triángulo: la carta y el mapa de Toscanelli, que oficialmente no conocía y le estaba vedado mencionar en la Corte; las historias sobre maderos labrados y afortunados pilotos, que bullían entonces en los puentes de las carabelas y en las tabernas del puerto, pero que probablemente eran objetos de sonrisas de incredulidad en la Corte; y... Esdras, a quien probablemente nadie fuera de él consideraba como autoridad en estas materias. ¿Cómo no había de expresarse con vaguedad? Ha debido de ser para él un verdadero tormento tener que permanecer ante el Rey mascullando grados y anchuras de mar en plena confusión cuando allá dentro en su alma sentía tanta claridad y tanta decisión y tanto fuego como el sol. Podemos imaginárnoslo y ver cómo se le enrojece entonces la blanca piel pecosa con el fuego que lleva dentro, cómo le brotan relámpagos de los ojos azules y se le quiebra la voz en truenos más ruidosos que inteligibles.»,
Parece que fue en 1483 cuando Colón se presentó ante Juan II de Portugal con un proyecto que, al decir de su hijo Fernando, se reducía a «buscar muchas islas y tierras por el océano occidental». El rey escuchó atentamente la explicación verbal de Colón, quien, al parecer, le pidió la concesión de unos barcos con sus correspondientes dotaciones de hombres y pertrechos. En su vago proyecto se proponía alcanzar la Antilia (la legendaria isla de las Siete Ciudades, donde suponía que habían huido siete obispos españoles al consumarse la dominación musulmana); Catay y Cipango. Don Juan acogió con interés el proyecto de aquel genovés que le había sido recomendado por su médico hebreo y estaba casado con una joven portuguesa, cuya familia servía a la Corona y estaba emparentada con el arzobispo de Lisboa. En el ánimo del monarca portugués también debieron pesar los ricos comerciantes y financieros genoveses instalados en su reino, y los navegantes de la misma nacionalidad que habían contribuido a enriquecer el patrimonio colonial portugués, como Manuel Pesagno, Lanzaroto Malocello, Niccolo de Recco y Antonio da Noli.
Sabiendo Juan II los riesgos que comportaba la travesía atlántica, no quiso comprometer su palabra y lo sometió a la Junta de Mathemáticos. Las tres personas que lo examinaron por orden del rey eran Diego Ortiz de Villegas, obispo de Ceuta y hombre de reconocida competencia en cuestiones náuticas, y los maestros Rodrigo y José Vizinho, médicos judíos del rey y doctos en astronomía y geografía. El dictamen de los especialistas fue desfavorable y aconsejaron al rey desechar el proyecto colombino.
El Padre Las Casas, imbuido de la idea providencial que Colón tenía de sí mismo, dice que por entonces, al fracasar en sus tentativas de convencer al rey de Portugal, en cuyo país se había naturalizado, perdió a su mujer «porque convenía estar desocupado del cuidado y obligación de la mujer para el negocio en que Dios le había de ocupar toda la vida, plúgole de se la llevar...» Ante aquel viudo joven con hijo de corta edad debieron plantearse grandes incertidumbres, pero la fe de hombre predestinado a grandes empresas orientó sus pasos. Años más tarde, en 1505, escribe a don Fernando el Católico: «Dios nuestro señor milagrosamente me embió acá porque yo sirviese a Vuestra Alteza. Dixe milagrosamente porque fuy a portar a Portugal a donde el Rey de allí entendía en el descubrir más que otro; él le atajó la vista, oydo y todos los sentidos, que en catorce años no le pude hacer entender lo que yo dixe.»
En 1484 o en 1485, pues en este sentido sus historiadores y biógrafos no se ponen de acuerdo, Cristóbal Colón se vio obligado a abandonar Portugal en secreto. Posiblemente el motivo de la marcha fueran su ruina y endeudamiento, como señalan algunos autores. Pero quizá también existían motivos menos explícitos. Madariaga sugiere, no sin argumentos de peso, que Colón antes de salir de Portugal copió la carta y el mapa de Toscanelli, que tanto le interesaban. Textualmente escribe: «Un día penetró en el aposento donde él sabía que aquel mapa inestimable yacía olvidado bajo capas de polvo. Llevaba en la mano un libro suyo: Historia Rerum Ubique Gestarum del Papa Pío II. Sacó el documento de su escondite y lo copió sobre una de las páginas en blanco de su libro. Cauto según su costumbre, omitió en la copia los datos esenciales, como el punto de partida de los cálculos que daban la longitud de las travesías; luego tomó bastantes notas para poder copiar el mapa a su placer; y, finalmente, salió del aposento con el tesoro que necesitaba como credenciales científicas para su misión en Castilla, sabiendo que, aunque el Rey de Portugal lo podría considerar como traidor, la posteridad le perdonaría, y así, con la carta y el mapa en su bolsillo, apretados sobre el corazón, con su hijito Diego que entonces tenía cinco años, como único compañero, Colón salió huido de Portugal.»
Introducción
SEGÚN la versión más generalizada, a mediados de 1485 Cristóbal Colón y su hijito Diego penetraron en tierras de Castilla por rutas onubenses y se dirigieron a Palos de la Frontera, un pueblo situado en la costa del condado de Niebla al borde de Río Tinto. Colón iba en busca de sus concuñados, los Molyart y Correa, que vivían en Huelva. Parece que su intención era dejar con ellos a su hijo Diego mientras él se dirigía a Francia a ofrecer al rey de aquel país su proyecto atlántico. Cerca de Palos, frente a la barra o isla de Saltés, se alzaba el monasterio franciscano de La Rábida, y allí fue Colón a pedir hospitalidad. Un religioso llamado Juan Pérez lo acogió efusivo y cordial. Nunca mejor se podría decir que fue un encuentro providencial, pues fray Juan Pérez sintió tanto interés por lo que contaba el extraño viajero que llamó al médico, García Fernández o Hernández, que era aficionado a la astronomía, para que escuchase el fabuloso relato de Colón. La conversación del futuro almirante debió ser tan interesante y persuasiva, que los padres franciscanos no sólo le brindaron generosa hospitalidad para él y para su hijo, sino que se convirtieron en sus principales valedores ante los reyes de Castilla y Aragón y los grandes del reino que tenían flotas a su servicio.
Los frailes del monasterio de La Rábida estaban muy al tanto de las cosas del mar y de las exploraciones atlánticas que se diputaban Castilla y Portugal. Pero, además, en el mismo convento había un sabio en astrología, o «estrellero», como se decía entonces, que a la sazón se hallaba ausente, pero que no tardaría en conocer a Colón y convertirse en uno de sus más fervorosos auxiliares. Se llamaba éste fray Antonio de Marchena y era hombre muy respetado por su sabiduría y con gran influencia en las áreas del poder.
Por otra parte, la costa del condado de Niebla, tan cercana a Portugal y tan influida por los problemas atlánticos, comerciaba y rivalizaba con los portugueses en las costas occidentales de Africa, como Guinea y La Mina, así como Madera, Cabo Verde y las Canarias. Las contiendas entre marinos andaluces y portugueses en estas latitudes fueron muy frecuentes en los siglos XIV y XV, hasta el reinado de los Reyes Católicos y el tratado de Alagobas firmado por los soberanos de Castilla y Portugal en 1479. Por este tratado, que fue rubricado en Toledo al año siguiente, se delimitaban las zonas de expansión de Castilla y Portugal. Corresponde a Portugal la posesión de Guinea, Azores, Cabo Verde y otras islas que se encuentren navegando de «Canarias para baxo contra Guinea». A Castilla corresponden la posesión de Canarias «e todas las otras yslas de Canarias ganadas o por ganar». Por el «Tratado de la Paz Perpetua», como fue llamado el de Alaçobas-Toledo, los soberanos de Castilla se comprometían a impedir que sus súbditos o extranjeros organizaran expediciones desde sus reinos para operar en la zona reservada a Portugal. «El monopolio y exclusividad obtenidos por Portugal —escribe Morales Padrón— es aprovechado para fundar en 1481 el castillo de San Jorge de la Mina, que aseguró el éxito mercantil de la empresa expansiva (oro). Allí convergía todo el comercio de las costas de la Malagueta, Marfil, Oro, Esclavos... La expansión descubridora lusitana la prosigue Diego Cao, que en 1482 alcanza la latitud 22° 10’S: ha descubierto el río Congo. Las crónicas guardan secreto sobre estas conquistas o las deforman, por la habitual política de sigilo. Ese mismo año de 1482-83 parece que Colón visitó el fuerte de la Mina, sito donde hoy se alza Cape Coast Castle (Ghana), procedente de Funchal, donde vivía con su esposa. Tenía unos treinta y tres o treinta y cuatro años y se disponía a entrar en España. Pintaba Ghirlandaio y actuaban en Europa Pico de la Mirándola y Savonarola. Años interesantes en la historia europea. El sucesor de Diego Cao, Bartolomé Díaz, vencerá el último obstáculo. Sale de Lisboa en 1487 y en 1488 dobla el Cabo Tormentario y de las Agujas, al que Juan II rebautiza con el nombre de Cabo de Buena Esperanza como augurio de la pronta arribada a la meta ansiada.»
La costa atlántica andaluza no le iba a la zaga a Portugal en cuanto a ansias descubridoras y leyendas sobre tierras desconocidas. En la misma Rábida conoció Colón a Pedro de Velasco, un piloto castellano que había participado en la expedición portuguesa de Diego de Teive en los tiempos de Enrique el Navegante. El viejo marino vino a confirmar su intuición de que más allá de lo descubierto existían otras tierras que esperaban la llegada de navegantes audaces. Según Las Casas, entre otras historias, le contó que pasada la isla de Fayal, después de haber navegado más de ciento cincuenta leguas impelidos por el viento noroeste, «a la vuelta descubrieron la isla de las Flores, guiándose por muchas aves que vian volar hacia ella, porque cognocieron que eran aves de tierra y no de la mar y ansi juzgaron que debian ir a dormir a alguna tierra.»
Colón emprende la búsqueda de protectores para su empresa
Protegido por los franciscanos del monasterio de La Rábida y dejando allí al pequeño Diego, Cristóbal Colón se encaminó hacia la trashumante corte castellana, que entonces tenía sus reales plantados en Sevilla. La campaña anual contra los infieles del reino moro de Granada acababa de terminar con la captura de Setenil y otros pueblos. Allí se encontraban los reyes y sus más poderosos vasallos.
Colón iba recomendado a don Enrique de Guzmán, segundo duque de Medina Sidonia, que gozaba fama de ser el hombre más rico de España y ejercía un vasto dominio feudal sobre el litoral andaluz con base en el puerto de Sanlúcar de Barrameda. Su poderío era enorme y su influencia decisiva. Se encontraba en perfectas condiciones de financiar a sus expensas la expedición colombina. Pero por razones que desconocemos, no quiso o no pudo ayudar al presunto descubridor.
Entonces Colón, siempre protegido y guiado por los franciscanos, buscó la protección de don Luis de la Cerda, quinto conde y primer duque de Medinaceli, descendiente directo del rey don Alfonso el Sabio. Recibió al navegante genovés en su feudo del Puerto de Santa María, escuchó atentamente la exposición que le hizo Colón de su proyecto y, al decir de Las Casas, «mandó dar todo lo que Colón decía que era menester, hasta 3 ó 4.000 ducados con que hiciese tres navios o carabelas, proveídas de comida para un año y para más y de rescates y gente marinera, y todo lo que más pareciese que era necesario; mandando con extraña solicitud que se pusieren los navios, en aquel río del Puerto de Santa María, en astillero, sin que se alzase mano dellos hasta acabarlos».
Los meses que pasó Colón en el Puerto de Santa María protegido por el duque de Medinaceli, al abrigo de toda necesidad y tratando con munificiencia, mientras veía crecer los navíos en los astilleros ducales, debieron ser para él de completa dicha. Las Casas nos dice que viviendo en contacto con los marineros del puerto, un marinero tuerto le contó que durante un viaje que había hecho a Irlanda «vio aquella tierra que los otros haber por alli conocian, e imaginaban que era Tartaria, que daba vuelta por el occidente».
Sin embargo, la empresa no se llevaría a cabo. Don Luis de la Cerda, tan vinculado y fiel a la Corona, debió sentir escrúpulos de tomar a su cargo una empresa semejante y se lo comunicó a la reina Isabel. Por lo menos así consta en una carta escrita de puño y letra del duque de Medinaceli al Cardenal de España fechada el 19 de marzo de 1493: «... como vi que era esta empresa para la Reyna, nuestra Señora, escrebilo a su Alteza desde Rota, y respondiome que gelo enviase; yo gelo envié entonces (...) su Alteza lo recibió y lo dio en cargo a Alonso de Quintanilla».
Aunque la cronología colombina resulta engorrosa y contradictoria, parece que la primera entrevista de Colón con los Reyes Católicos se celebró en el mes de enero en Alcalá de Henares. Algunos de sus biógrafos aseguran que Colón iba acompañado de fray Antonio de Marchena, el «estrellero» de La Rábida, pero otros lo niegan. Lo que sí está sobradamente comprobado es que el proyecto de descubrimiento se sometió a la Cancillería Real de Castilla de 20 de enero de 1486, pues a partir de esta fecha Colón se considera al «servicio» de la Corona. Precisamente aquel 20 de enero los reyes se encontraban en Madrid y parece que el aspiramente a descubridor volvió a ser recibido por ellos allí en el mes de febrero.
De Madrid, Colón pasó a Córdoba, que en aquel tiempo ocupaba una situación privilegiada por ser el cuartel general de la guerra permanente que se hacía al Reino de Granada. Allí se presentó a Alonso de Quintanilla, Contador Mayor de los Reyes. Por Oviedo sabemos que el prepotente Quintanilla «mandáuale dar de comer y lo necesario para una compassibilidad de su pobreza». Pero también le hizo conocer a los grandes funcionarios de la Corona y le presentó al «tercer rey de España», como se calificaba al omnipotente Pedro González de Mendoza, arzobispo de Toledo y cardenal de España. Políticamente desempeñaba el cargo que hoy llamamos de primer ministro o presidente del consejo de ministros. Pertenecía a la famosa casa de Santillana, era un gran protector de las artes y las letras, y por su cultura y talento disfrutaba de un elevado prestigio de hombre tolerante, flexible y perspicaz tanto en las cosas de la Iglesia como en las políticas mundanas.
La opinión de Madariaga a este respecto es que don Fernando y doña Isabel no conocieron personalmente a Cristóbal Colón hasta su llegada a Córdoba a fines de abril o principios de mayo de 1486, y añade: «No se sabe casi nada que pueda tenerse por cierto sobre esta entrevista histórica. Los tres personajes de ella tenían poco más o menos la misma edad: Fernando tenía treinta y cuatro años y dos meses; Colón no llegaba a los treinta y cinco; la Reina acababa de cumplirlos. La breve narración que debemos a Bernáldez viene a confirmar en lo esencial, a índole subjetiva y vívida del proyecto de Colón tal y como está interpretado en estas páginas sobre la base de observaciones directas y de escritos de la época.»
La «breve narración» de Bernáldez a la que se refiere Madariaga dice lo siguiente: «Asi que Cristobal Colon se vino a la Corte del Rey Don Fernando y de la Reyna Doña Isabel, y les hizo relación de su imaginación, a la cual (...) no daban mucho crédito, y el les platicó y dijo ser cierto lo que decia, y les enseño el mapa mundo, de manera que les puso en deseo de saber de aquellas Tierras.»
Lo importante, en todo caso, es que el proyecto colombino había entrado en «vías administrativas» y la Corona se interesaba por él. Lo demás dependía de muchas cosas y, en primer lugar, de la guerra contra los moros, que devoraba el tesoro real, y al decir el tesoro real también queremos decir del Estado, pues en aquel momento uno y otro se confundían en el patrimonio de la Corona.
Andanzas y vagabundeos de Colón por tierras de Castilla
Habían comenzado los años más duros del peregrinar colombino en torno a la trashumante corte de los Reyes Católicos, que más que corte era campamento militar y lugar de trabajo. Bien impresionados los reyes por la exposición que les había hecho Colón de su proyecto, aunque no convencidos como para decidir por su cuenta, hicieron lo mismo que Juan II de Portugal: someterlo a una comisión de técnicos que dictaminara sobre su viabilidad. La comisión estaría presidida por fray Hernando de Talavera, confesor de la reina y uno de los hombres más extraordinarios de la época. Según Las Casas, los reyes «acordaron de lo someter a letrados, para que oyesen a Cristóbal Colón más particularmente y viesen la calidad del negocio y la prueba que daba para que fuese posible, confiriesen y tratasen de ello, y después hicieren a sus Altezas plenaria relación».
Mucho se ha escrito y polemizado sobre la famosa comisión presidida por fray Hernando de Talavera y si tenía o no competencia para juzgar un proyecto como el colombino. Los más severos críticos fueron sin duda el propio Las Casas y Fernando Colón, los cuales escribieron después del descubrimiento. Sin embargo, un eminente investigador moderno, Morales Padrón, escribe al respecto: «La Junta se reunió en Salamanca y Córdoba, siguiendo el andar trashumante de la Corte, en cuyo séquito Colón iba. La Universidad salmantina no tuvo que ver nada con esta Junta, que desechará el proyecto colombino por sobradas razones: no admitiendo la estrechez que Colón pretendía darle al océano. No hay nada de ignorancia ni oscurantismo, como afirman Hernando Colón y Las Casas, sino todo lo contrario. Washington Irving ha sido el inventor de la leyenda sobre la Junta de Salamanca, olvidándose que en ella no se trató de la esfericidad de la tierra, sino de la anchura del océano, cosa en la cual los que objetaban tenían razón (1486). La leyenda sobre los pobres conocimientos de la Comisión arranca, como es de suponer, de Hernando Colón y Las Casas.»
En cuanto a la competencia de la Universidad de Salamanca para analizar el proyecto colombino, Salvador de Madariaga sale al paso de sus detractores con esta cumplida defensa: «Era entonces España uno de los mejores centros de ciencia cosmográfica de Europa, y la Universidad de Salamanca, lejos de ser un nido de oscurantistas ignorantes, contaba entre su profesorado a uno de los astrónomos judíos más grandes de la época, Abraham Zacuto, y había sido uno de los primeros institutos de la cristiandad en adoptar el sistema de Copérnico en sus aulas. La Universidad de Salamanca había asumido la edición y publicación de las Tablas Astronómicas de Alfonso el Sabio. El propio Las Casas, a pesar de su prejuicio, nos dice que la comisión estaba compuesta de astrónomos, cosmógrafos y navegantes juntamente con “filósofos”. El doctor Maldonado, gobernador de Salamanca, que era uno de sus vocales, también dice que contenía “sabios e letrados e marineros”. De modo que esta comisión, presidida por un hombre de tan alto espíritu y desinterés como Talavera, por fuerza tenía que ser competente.»
Si parece cierto que el virtuoso y paciente Talavera sentía algún escrúpulo ante el ambicioso aventurero genovés, no lo es que pusiera obstáculos y dilatase la resolución indefinidamente por malicia. El prior del Prado y más tarde obispo de Avila era demasiado escrupuloso y concienzudo para tales artimañas. Sin embargo, eran dos personajes más que diferentes, contrapuestos. En Talavera pugnaba la santidad, el desasimiento de las ambiciones terrestres, y en Colón la ambición y la gloria terrenal eran los principales espoliques.
Colón se lamentaría frecuentemente de la lentitud con que se trataba su caso y llega a decir: «Siete años estuve yo en su Real Corte, que a cuantos se fabló de esta empresa todos dijeron a una que era burla.» Y Las Casas escribe: «Comenzó a entrar en una terrible, continua, penosa y prolija batalla, que por ventura no le fuera tan áspera ni tan horrible la de materiales y armas, cuanto la de informar a tantos que no le entendian aunque presumian de le entender, responder, sufrir a muchos que no conocian ni hacian mucho caso de su persona, recibiendo algunos baldones de palabras que le afligian el alma.»
Muy pocos sabemos de las andanzas de Colón en Salamanca. Mucho se ha divagado si dio conferencias o no en el primer centro universitario y en el famoso colegio de San Esteban. La información ha sido difundida por algunos exaltados biógrafos de Colón, pero sin pruebas que aporten credibilidad. Sin embargo, es cierto que los dominicos del colegio de San Esteban le protegieron y allí hizo amistad con fray Diego de Deza, profesor de Teología de la Universidad y uno de los hombres llamados a desempeñar preeminentes cargos en la administración político-religiosa de su tiempo. Colón diría de él: «Siempre desque yo vine a Castilla, me ha favorecido y deseado mi honra.» Efectivamente, quien llegaría a sentarse en la silla primada de Toledo, no dejaría de proteger al futuro descubridor.
La comisión presidida por el jerónimo Talavera, celebró en Salamanca algunas sesiones para escuchar a Colón. No sabemos cuántas. Según Las Casas, los comisionados «platicaron con el dicho almyrante sobre su hida a las dichas yslas», pero «todos ellos concordaron que era imposible ser verdad lo que almyrante decya». Claro que el mismo autor se apresura a decirnos que Colón no aportó toda la información que poseía. Habló de las razones que justificaban su hipótesis y de las autoridades en que se apoyaba con más o menos vaguedad, «aunque callando las más urgentes porque no le acaeciese lo que con el rey de Portugal».
Así las cosas, nadie se explica el porqué Colón no fue despedido inmediatamente y siguió cobrando del erario público algunas sumas para su sostenimiento. Si Talavera era tan hostil como señalan sus primeros biógrafos, y todos los miembros de la comisión descalificaron el proyecto, nada más natural que alejarle de la corte y de la protección regia. Es más, ni siquiera se justifica que la resolución definitiva se demorase hasta 1490. Esto nos lleva a suponer que Cristóbal Colomo, como figura en los libros de asiento de la Contaduría real, contaba en la corte con importantes protectores que fueron dando largas al asunto. Quizás el más importante de todos fuera su reciente amigo fray Diego de Deza, que aquel mismo año fue nombrado tutor del príncipe don Juan, heredero del trono.
En 1487 la corte se trasladó al cuartel general de Córdoba para iniciar los preparativos de la Cruzada contra los infieles del Reino de Granada, objetivo prioritario de la Corona de Castilla por voluntad de la reina doña Isabel. Se sabe que Colón siguió a la corte a la base militar cordobesa por los asientos en las libros de la Contaduría, pero los cronistas Bernáldez, Pulgar y Valera tan puntillosos y notariales en dar fe de los sucesos y personajes que rodeaban a los soberanos, ni siquiera le mencionan. Pero sí a su amigo y protector fray Diego de Deza, que empezaba a ser una de las figuras más brillantes e influyentes en la cámara regia.
Conquista de Málaga
Las operaciones militares contra el reino de Granada empezaban todos los años en la primavera y terminaban en el otoño. Las de 1847 fueron singulares por muchos motivos. El objetivo de aquel año era la plaza fuerte de Málaga. A tal fin se reunió en Córdoba un poderoso ejército formado por las levas hechas en las ciudades andaluzas, las lanzas de la nobleza principal, y la caballería llegada desde todos los puntos de la península. Cuarenta mil infantes y doce mil caballos formaban el grueso del ejército que el 7 de abril partió de Córdoba bajo el mando de don Fernando. Según algunos cronistas, en la noche anterior a la partida se produjo un temblor de tierra en la ciudad que destruyó una parte de la residencia de los reyes y afectó a otros edificios.
El consejo de guerra de don Fernando había resuelto iniciar las operaciones con la conquista de Vélez Málaga, bastión importante en la defensa de la plaza principal. Se trataba de aislar a Málaga para que no pudiera recibir refuerzos de Granada. No obstante, El Zagal, sabiendo el valor estratégico de Vélez Málaga, acudió en su ayuda y trató de sorprender en una incursión nocturna a las huestes cristianas, pero fue cumplidamente derrotado por el marqués de Cádiz y tuvo que retirarse con sus fuerzas dispersas a través de las montañas.
Sitiada Vélez por mar y tierra, con la artillería dispuesta para aniquilar la plaza, prefirió capitular bajo las condiciones acostumbradas: seguridad para las personas y las haciendas, y el libre ejercicio de su religión. La rendición se produjo el 27 de abril de 1487. La caída de Vélez arrastró a una veintena más de pueblos que carecían de posibilidades defensivas.
Málaga no sólo era una plaza fuerte, sino una ciudad opulenta, con un puerto de mucho tráfico comercial y fáciles comunicaciones con Africa. En los siglos XII y XIII había sido capital de un principado árabe independiente y a la sazón sólo cedía en rango y poderío a la capital del reino granadino. Además, se hallaba bien preparada para resistir un largo asedio. En previsión de lo que iba a suceder habían sido reforzadas sus defensas con artillería y municiones; la guarnición normal se hallaba reforzada por los voluntarios de las ciudades inmediatas, y de Africa había llegado un cuerpo de guerreros mercenarios, los gomeles, que gozaban fama de valerosos y disciplinados. Al frente de la plaza El Zagal había puesto al noble Hamet Zelí, que se había consagrado como un militar de grandes recursos en la defensa de la ciudad de Ronda.
Pero los malagueños ricos no estaban dispuestos a jugarse su vida y sus haciendas en una batalla que daban por perdida. Además, sabían que tras la capitulación de Vélez la defensa de la bella ciudad mediterránea quedaba muy mermada. A la vista de esta situación, el rey don Fernando dio instrucciones al marqués de Cádiz para que se pusiera en contacto con los descontentos malagueños y les ofreciera las mejores condiciones para que se rindieran inmediatamente. Pero enterado Hamet Zelí de estos contactos, tomó medidas contra los desleales e hizo saber a don Fernando que no tenía tesoros suficientes para quebrantar su palabra de defender la plaza hasta el último reducto.
El asedio de Málaga duró casi cuatro meses. Don Fernando amenazó con reducir a la esclavitud a todos sus habitantes si no aceptaban las condiciones de las capitulaciones que les ofrecía. Hamet Zelí, por su parte, dio orden de castigar con la muerte cualquier conato de capitulación. El Zagal envió desde Guadix socorros, pero fueron diezmados y esquilmados por su propio sobrino, el joven rey de Granada, que buscaba con servilismo ganarse la confianza de los Reyes Católicos en vez de ayudar a los musulmanes que resistían en Málaga. La rendición se produjo por extenuación de las fuerzas defensoras el 18 de agosto de 1487. El valiente Hamet Zelí fue hecho prisionero y cargado de cadenas. Cuando le preguntaron por qué se había empecinado en tan terca defensa, respondió: «Porque recibí el encargo de defender la plaza hasta el último extremo; y si me hubiese visto auxiliado cual convenía, antes hubiera muerto que entregarme.»
Si no existen referencias de que Colón asistiese a la dura batalla de la conquista de Málaga, donde las armadas de Castilla y la catalanoaragonesa jugaron un importante papel, sí pudo asistir al triunfo de los Reyes Católicos. Pues en los libros de la Contaduría Real figura un asiento de Alonso de Quintanilla que dice lo siguiente: «27 agosto. En 27 de dicho mes di a Cristobal Colomo cuatro mil maravedis para ir al Real, por mandato de sus Altezas por cedula de Obispo. Son siete mil maravedis con tres mil que se le mandaron para dar ayuda de su costa por otra partida de 3 de julio.»
Allí el futuro descubridor de las Indias pudo contemplar uno de los espectáculos más dramáticos de la férrea política de los Reyes Católicos. Tal y como les había amenazado don Fernando, los vencidos musulmanes malagueños fueron reducidos a esclavitud. Se calcula que Málaga tenía entonces de once a quince mil habitantes, de los cuales una tercera parte debía ser transportada a Africa para ser canjeada por igual número de cautivos cristianos; otra tercera parte sería vendida para amortizar los gastos de guerra. Y el resto fue distribuido en presentes. Al Papa le enviaron un centenar de los mejores guerreros africanos para que los incorporase a su guardia. Doña Isabel regaló cincuenta doncellas moras a la reina de Nápoles y treinta a la de Portugal. También obsequió con presentes humanos a las damas de la corte. Los demás esclavos fueron distribuidos entre los nobles, caballeros y clases inferiores del ejército, según su categoría y méritos respectivos.
La conquista de Málaga representó un hito importante en el largo proceso de la Reconquista. La caída de Granada ya se daba como inevitable, y con ella el triunfo de la Cristiandad. Pero Colón recibió largas al asunto del descubrimiento. Los Reyes Católicos, que ya veían ondear sus banderas en las torres de la Alhambra, no estaban dispuestos a disipar su esfuerzo en empresas secundarias por muy sugestivas que resultaran a su imaginación.
Parece que en Malaga los soberanos hicieron saber al futuro almirante que su proyecto no podía llevarse a cabo de momento. Tal vez le dejaron entrever por sí o por sus intermediarios, Talavera o Deza, que el asunto no podría resolverse hasta terminada la guerra contra el Reino de Granada.
Aquellos años de vergonzante miseria debieron ser para el ambicioso Colón humillantes y dolorosos. ¿Qué le importaba a él formar parte del séquito cortesano y recibir de cuando en cuando pequeñas cantidades para aguantar miseria, cuando llevaba en su mente el fabuloso imperio de las Indias...? El fiel Las Casas nos dice: «Toda esta dilación no se pasaba sin grandes trabajos y angustias y amarguras de Cristobal Colon... Porque via que se le pasaba la vida en valde, segun los dias que serle necesarios para tan soberana y diuturna obra (que) esperaba hacer; y sobre todas (las causas) ver cuanto de su verdad y persona se dudaba, lo cual, a los de animo generoso, es cierto ser, tanto como la muerte, penoso y detestable.»
Tras aquella nueva moratoria debió regresar a Córdoba impulsado por el celo amoroso. De la vida amorosa de Colón apenas si existen huellas. Si el futuro almirante era en todo discreto y cauto, tan cauto que parecía ir borrando las huellas que iban hollando sus pies, de sus intimidades sólo conocemos los frutos. ¿Cómo conoció a Beatriz Enríquez, la madre de su hijo y biógrafo Fernando o Hernando? El hecho de que su propio hijo no mencione nunca a la madre ha contribuido a encerrar a esta mujer en un enigma difícil de desentrañar.
Leyendas e hipótesis sobre Beatriz Enríquez
De la primera mujer legítima de Cristóbal Colón, Filipa Moniz, se sabe lo suficiente para suponer que más que un matrimonio de amor fue matrimonio de conveniencias. Colón quería situarse en la corte portuguesa y lo consiguió por medio del enlace matrimonial de los Perestrello Moniz. Pero sus relaciones con Beatriz Enríquez son de naturaleza más íntima y pasional, ya que no se casó con ella, tal vez por conveniencias también, pero nunca se olvidó de ella ni de sus familiares.
Fernando Colón nació el 15 de agosto de 1488, en uno de los períodos más oscuros de la vida de su padre, cuando al decir de algunos historiadores el soñador de nuevos mundos vivía malamente, se ayudaba con la venta de libros y los brillantes cortesanos se burlaban de su capa raída y de sus fantásticos proyectos. La madre, Beatriz Enríquez, era cordobesa, tenía parentela y no falta quien asegura que uno de sus hermanos salvó al futuro almirante durante una riña nocturna. Tampoco faltan los que la tienen por dama noble y los que la consideran moza de ventorro. Esto último se alega para justificar que Colón no se casara con ella. Pero Madariaga, profundizando más, ha llegado a la conclusión de que Beatriz Enríquez, no era ni lo uno ni lo otro, sino simplemente judía conversa al igual que Colón. «Añádase —escribe el referido biógrafo— que el padre se llamaba Torquemada. Perfectamente, Torquemada. Ahora bien, este nombre, famoso en los anales de Inquisición, era el de una familia de conversos que había dado a la Iglesia española al ilustre cardenal de San Sixto, don Juan de Torquemada, de quien era pariente, por cierto, el famoso Inquisidor General; y aunque no basta este argumento para pensar que el padre de Beatriz perteneciese a esta familia, añade, no obstante, cierta verosimilitud a la hipótesis que haría a Beatriz Enríquez conversa. El último síntoma, y quizás el más significativo del ambiente converso en que todo este episodio ocurre, es la deliberada supresión del nombre de su padre por parte de Beatriz y de su hermano Pedro. Por frecuente que fuera en aquellos días el que los hijos de una familia escogiesen cada cual un nombre distinto, no lo era el que ninguno de ellos siguiese el paterno. Parece, pues, darse aquí cierta repugnancia de raza a adoptar el nombre del sañudo perseguidor de los conversos.»
La teoría de Madariaga es tanto más sugestiva por cuanto Beatriz tenía a la sazón dieciocho o veinte años mientras el futuro almirante caminaba por los treinta y seis, y entre los judíos conversos o sin convertir existía mayor libertad de costumbres que entre los cristianos. Por otra parte, no existe ningún indicio de que Beatriz fuera mujer venal. Su discreción y reserva han llegado hasta nosotros impenetrables.
Del amor que Colón la profesaba y de la confianza que tenía en ella hablan sus propios hechos y palabras. Al emprender el primer viaje no sólo la dejó a su hijo Fernando, sino que la confió también a Diego. En su cuarto viaje escribe a su hijo Diego: «A Beatriz Enríquez hayas encomendada por amor de mi, atento como teniades a tu madre.» A ella lega los diez mil maravedís de renta que le concedieron los Reyes Católicos por ser el primero en ver tierra, aunque ya sabemos que en este aspecto hizo trampa y abusó de su autoridad. Y, por último, en el codicilo al testamento de 1502, hoy desaparecido, establece esta cláusula: «Digo e mando a Diego, mi fijo, o a quien heredare que pague todas las debdas que dexo aqui en un memorial, por la forma que all dize, a mas las otras que juntamente parescera que yo deva, y le mando que aya encomendada a Beatriz Enríquez, madre de don Fernando, mi hijo que la probea que pueda bibir honestamente, como persona a quien yo soy en tanto cargo y esto se faga por mi descargo de la conciencia, porque eso pesa mucho para mi anima. La razon d’ello no es licito de la escribir aqui.»
En cuanto a las relaciones de Colón con la familia de Beatriz fueron más que normales, excelentes. Uno de sus primos, Diego, fue nombrado por el descubridor alguacil mayor de la primera flota. Y Pedro, su hermano, fue nombrado capitán de uno de los barcos con los que hizo el tercer viaje. Todas estas pruebas son suficientemente indicativas de que si no se casó con Beatriz no fue por desamor, sino por razones que se nos escapan.
Introducción
EN 1488 Colón parecía a punto de perder la paciencia. La guerra contra los moros de Granada empezaba a antojársele demasiado larga para calmar su impaciencia. Por otra parte, estaba enamorado y sabía que Beatriz Enríquez se hallaba en estado de gestación. El caso es que volvió de nuevo la vista a Portugal y escribió una carta, quizá de tanteo, al rey don Juan. De la carta de Colón nada sabemos, pero sí de la del rey don Juan, que está fechada el 20 de marzo de 1488. Si Colón temía algo de la justicia portuguesa, el rey le llama afectuosamente «noso amigo» y le da plenas garantías para que regrese si así lo desea. Incluso le incita a que lo haga, halagando su «industria y buen ingenio».
Esta carta la debió recibir Colón durante el viaje que hicieron los Reyes Católicos a Valencia y Murcia a partir del mes de mayo. Parece seguro que iba en su séquito, pues en los libros de la Contaduría Real figura que el 16 de junio de aquel año le fueron entregados tres mil maravedís. Después se pierde su rastro en la mayor oscuridad.
Algunos historiadores incluso afirman que, alentado Colón por la prometedora carta de don Juan de Portugal, y tras el nacimiento de su hijo Fernando, hizo un viaje a Lisboa para entrevistarse con el soberano de aquel país y reiterarle su oferta. Madariaga, sin embargo, lo niega y se pregunta: «¿Quién sabe lo que le hubiera ocurrido a Colón si hubiera aceptado esta invitación que él mismo había solicitado? El rey don Juan tenía la justicia algo pronta. Por haber oído que su cuñado, el duque de Viseu, conspiraba contra él, hizo llamar al joven príncipe y tras cortas palabras en las que su airada elocuencia comprimió alegato y sentencia, le plantó una daga en el corazón. Ocurría esto cuatro años antes de que Colón leyese en Castilla las profesiones de cordial amistad que le hacía el rey. Que lo pensara o no, Colón no fue a Portugal.»
Lo que resulta cierto, fuera o no fuera a Portugal, es que su próyecto de buscar la ruta de Oriente por Occidente, al finalizar aquel año carecía de valor para los portugueses, pues Bartolomé Díaz había encontrado el paso hacia el océano Indico por el extremo de Africa.
En 1489 existen algunos testimonios ciertos de la presencia de Colón en Castilla y Andalucía. Lo afirma Zúñiga en sus Anales: «Estaba este insigne varón en Castilla y Andalucía y lo más del tiempo en Sevilla. Se sabe que viajaba mucho, probablemente vendiendo libros y visitando a los grandes magnates de la región.» Oviedo escribirá a posteriori de este período: «Allí anduuo vn tiempo con mucha necesidad e pobreza sin ser entendido de los que le oyan (...) y aun teniase por vano cuanto dezia. Y durole quasi siete años esta importunation haziendo muchos offrescimientos de grandes riquezas y estados para la corona Real de Castilla. Pero como traya la capa rayda (o pobre) tenianle por fabuloso soñador y que todo cuanto dezia & hablaba, assi por no ser conoscido y extranjero y no tener quien le fauoreciese, como por ser tan grandes y no oydas las cosas que se proferia de dar acabadas.»
Sin dudar de que la miseria fuera cierta y de que las ayudas que recibía no estaban a la altura de sus merecimientos, hay que reconocer que en todos aquellos años no le faltó la protección para que pudiera moverse de un lado para otro y viajar constantemente. Una demostración de que los Reyes Católicos no echaban en saco roto su proyecto, por muchas burlas que pudiera inspirar a sus frívolos cortesanos, es el privilegio que le concedieron en aquel 1489 ordenando a los «Concejos, Justicias, Regidores, Caballeros, Escuderos, é Homes-Buenos de todas las Ciudades, é Villas, é Logares de los nuestros Reinos é Señoríos: Cristóbal Colomo ha de venir á esta nuestra Corte, á entender en algunas cosas cumplideras á nuestro servicio. Por ende Nos vos mandamos que cuando dichas Ciudades, é Villas, é Logares ó algunas dellas se acaesciere, le aposentedes é dedes buenas posadas en que pose él é los suyos sin dinero, que non sean mesones; é los mantenimientos á los precios que entre vosotros valieren por sus dineros.»
Aquel año los Reyes Católicos se habían propuesto menguar el Reino moro de Granada, poniendo sitio a la fuerte y estratégica ciudad de Baza. Como siempre, don Fernando mandaba las tropas en el campo de batalla y doña Isabel dirigía la intendencia desde Jaén.
En el campo de Baza volvemos a encontrar a Cristóbal Colón provisto de su valioso documento. Sobre su estancia en Baza durante el largo asedio se ha fantaseado mucho. No faltan los que enaltecen sus hazañas de combatiente o elogian sus valiosos consejos, pero ninguna prueba existe que nos permita sacarle de su papel de observador. Sin embargo, alguna experiencia debió sacar de la obstinación con que los Reyes Católicos mantuvieron el sitio frente a un enemigo bien provisto que combatía sin tregua. Momentos hubo de incertidumbre en que parecía que los cristianos tendrían que levantar el asedio ante la proximidad de las lluvias otoñales y la obstinación de los defensores de la ciudad, pero prevaleció el criterio de doña Isabel de mantener el sitio hasta la rendición. De lo que fue el sitio de Baza nos habla uno de los testigos presenciales, Pedro Mártir: «¿Quién hubiera creído que el gallego, el orgulloso asturiano, y los rudos habitantes de los Pirineos, hombres acostumbrados en su país a las hazañas de más atroz violencia, y a las riñas y pendencias por el motivo más insignificante, habían de alternar amigablemente, no sólo entre sí, sino también con los toledanos, los manchegos y los sagaces y zelosos andaluces, viviendo todos en la mayor armonía y subordinación, como miembros de una misma familia, hablando una misma lengua y sujetos a un régimen común, de modo que el campamento parecía más bien una comunidad modelada por los principios de la república de Platón?»
La ciudad de Baza se rindió el 4 de diciembre de 1489 y de este acto se derivarían consecuencias desastrosas para el Reino de Granada. El defensor de Baza, Cidi Yahye, era pariente de El Zagal, y los Reyes Católicos le encomendaron la misión de convencerle para que se sometiera a su soberanía bajo ciertas condiciones. Las negociaciones tuvieron resultado positivo y El Zagal entregó las plazas de Almería y Guadix a cambio de un simbólico reinado feudal con una gran renta anual.
De esta manera, el bastión granadino quedaba aislado y virtualmente carente de defensas. El fin de la Reconquista ya se veía cercano.
En 1490 se celebraron las bodas de la infanta Isabel con el príncipe Alfonso, heredero de la corona de Portugal. Por este motivo hubo grandes fiestas en ambos países. Cristóbal Colón se hallaba en Sevilla, donde residía la corte, y participó en ellas. Pero fue también allí donde recibió la noticia del dictamen desfavorable de la comisión que estudiaba su proyecto.
Dictamen negativo de la comisión sobre el proyecto de Colón
El porqué la comisión presidida por fray Hernando de Talavera necesitó tanto tiempo para dictaminar sobre el proyecto colombino es algo que pertenece a las aberraciones políticas y administrativas. Sus motivos debía tener para tanta demora, pero éstos no han sido explicitados en ningún sitio. Según nos dice Las Casas: «fueron dellos juzgadas sus promesas y ofertas por imposibles y vanas y de toda repulsa dignas...» porque «no era cosa que a la autoridad de sus personas reales convenía ponerse a favorecer negocio tan flacamente fundado y que tan incierto e imposible cualquier persona letrad(a), por indoct(a) que fuese, podía parecer, porque perderían los dineros que en ello gastasen y derogarían su autoridad real sin algún fruto».
El golpe debió ser brutal para el hombre que había esperado tanto tiempo alternando entre la sobriedad y la miseria. Sin embargo, Las Casas también nos dice que todavía quedaba un resquicio de esperanza: «Finalmente los reyes mandaron dar respuesta a Cristóbal Colón, despidiéndole por aquella sazon aunque no del todo quitandole la esperanza de tornar a la materia, cuando más desocupadas sus Altezas se viesen (de la guerra de Granada) que el tiempo andando se podría ofrecer mas oportuna ocasión.»
Esto ocurría a fines de 1490 o principios de 1491. Desde Sevilla, donde se hallaba la corte, los Reyes Católicos planeaban ya su campaña definitiva contra Granada.
Colón debió sentirse profundamente defraudado en sus ilusiones. Las Casas nos dice que le faltaban ya las cosas para la sustentación necesaria y había perdido toda esperanza de hallar remedio en Castilla. ¿Adónde dirigirse, pues? En Córdoba tenía un hijo de corta edad y una mujer joven que le esperaba. En La Rábida se hallaba su hijo Diego al cuidado de los padres franciscanos del monasterio. ¿Qué camino tomar...? En este punto volvemos a una encrucijada de senderos no muy bien definidos. Unos historiadores dicen que emprendió camino hacia el Puerto de Santa María invitado por el duque de Medinaceli, quien fue el primero que se lo recomendó a la reina Isabel. Y otros que se dirigió a La Rábida. Ambas cosas son posibles y no se contradicen, pues Colón no era hombre que se resignase fácilmente a enterrar sus ilusiones. Además por entonces su hermano Bartolomé se hallaba ya haciendo gestiones en las cortes de Francia e Inglaterra.
Según Rumeu de Armas, Colón había recibido ya carta de Francia y cuando en 1491 se trasladó a La Rábida fue para llevar a su hijo Diego, que ya tenía once años, a Huelva a casa de su concuñado Mulyart, y abandonar España. Pero en La Rábida su destino se las arreglaría para devolverle la confianza. Fray Juan Pérez le acogió con la misma cordialidad que la primera vez. Pero allí se encontraba fray Antonio de Marchena y conocería a Martín Alonso Pinzón, que jugaría un papel tan importante y decisivo en la empresa descubridora.
Del padre Marchena ya sabemos que era un «estrellero» afamado por sus conocimientos y con influencia en la corte. Martín Alonso Pinzón era un navegante tan experimentado o más que el propio Colón y más afortunado en provechos. Poseía carabela propia y otras embarcaciones menores. Había navegado por las rutas conocidas y en las nuevas había llegado a las Canarias y Guinea. Su prestigio en el puerto de Palos era indudable.
Madariaga dice que la guerra con Portugal había puesto a prueba sus talentos militares y su bravura, y añade: «Como todo el mundo en aquellos días, Martín Alonso padecía fiebre de descubrimientos. Unos años antes de encontrarse a Colón había estado en Roma, probablemente en viaje comercial, con uno de sus hijos, Arias Pérez Pinzón, por quien se sabe que Martín Alonso tenía un amigo en la Casa Pontificial de Inocencio VIII, que era un buen cosmógrafo. Ya puede adivinarse lo demás, pues parece haber sido entonces obsesión general en toda Europa. El cosmógrafo papal informó a ambos Pinzones, padre e hijo, que había “tierras todavía por descubrir”, revelación que hizo a Martín Alonso concebir inmediatamente un proyecto de armar dos barcos e irse a descubrirlas.»
Al parecer, se juntaron el hambre con las ganas de comer. ¿Qué mejor remedio para un Colón abatido y desesperado que un Pinzón repleto de energías y con posibilidades de llevar la empresa a cabo...? No sabemos nada de lo que hablaron, pero sí que se hicieron amigos. Con todo, ni Martín Alonso Pinzón ni Cristóbal Colón —dos nombres sonoros para la historia y la leyenda— tenían fuerza suficiente para modificar las decisiones regias. Pero allí estaban los franciscanos, que con los dominicos, podían llegar a lo más alto con suma facilidad. Del papel que desempeñaron Juan Pérez y Antonio de Marchena tanto en la voluntad deprimida de Colón como en la decisión regia, no cabe ni siquiera dudar. Más tarde, ya con la victoria en la mano, Colón escribiría a los Reyes Católicos: «Ya saben Vuestras Altezas que anduve siete años en Su Corte ymportunandoles por esto, nunca en todo este tiempo se halló piloto ni marinero ni philosopho ni de otra sçiençia que todo no dixessen que mi empresa era falsa; que yo hallé ayuda de nadie, salvo de fray Antonio de Marchena, despues de aquella de Dios Eterno.» Y en otro párrafo añade: «Todos los que habian entendido en ello y oido esta plática, todos a una mano lo tenian a burla, salvo dos frailes que siempre fueron constantes.»
El hecho cierto es que cuando Cristóbal Colón parecía ya decidido a salir de España, una noche tuvo una conversación con fray Juan Pérez y éste decidió enviar una carta a la reina Isabel con un mensajero. Algunos historiadores dicen que Juan Pérez había sido en otro tiempo criado de los Contadores Reales y confesor de la reina Isabel; otros lo ponen en tela de juicio. Pero lo cierto es que catorce días después de enviada la carta, doña Isabel mandó llamar al fraile, con instrucciones de que Colón esperase en el monasterio hasta que la reina le escribiese. Poco tiempo después llegó un nuevo mensajero, un tal Diego Prieto, natural de Palos, con la carta de la reina y veinte mil maravedís en florines «para que los diese a Cristóbal Colón para que se vistiese onestamente e mercase una bestezuela e paresciese ante Su Alteza».
El milagro se había consumado. ¿Por la simple intercesión de Juan Pérez? La mayoría de los historiadores así lo aceptan, pero Madariaga lo descarta. Piensa que Juan Pérez aportó alguna nueva prueba decisiva y que ésta no podía ser otra que el mapa y la carta de Toscanelli, con la aseveración de la confidencia que el cosmógrafo del Papa Inocencio VII hizo a Martín Alonso Pinzón de que había «tierras todavía por descubrir». «Esta explicación —escribe Madariaga— satisface todos los índices que poseemos: los Reyes quisieron ver primero a fray Juan, cuya carta probablemente se limitaba a informarles de la mera existencia de un hecho importante y secreto; decidieron después aceptar en principio el aspecto cosmográfico del asunto, en vista de la autoridad del florentino (de quien quizá no tuvieran noticia), de la bendición técnica de fray Antonio de Marchena y de la imposibilidad en que estaban de consultar otros técnicos, puesto que era casi asunto de confesión. Por otra parte, el secreto pertenecía al rey de Portugal; si la empresa fracasaba, no se había perdido nada; si tenía éxito, los reyes de Castilla-Aragón se hacían con un camino de las Indias independiente del camino portugués. El estímulo de la rivalidad compensaría en ánimo los escrúpulos que pudieran quedarles aun las dudas nacidas del hecho de que don Juan no hubiese creído necesario seguir el consejo de Toscanelli.»
Según otra versión muy difundida, en la conversación de la referida noche, Colón habría confesado a Juan Pérez que un piloto desconocido le había contado en su lecho de muerte cómo había descubierto América.
En este terreno existen tantas teorías, hipótesis y leyendas que no se puede entrar en un terreno de tan abundante maleza sin caer en lo farragoso. Que el misterio existe, es evidente, pero también lo es que ni Cristóbal Colón ni su hermano Bartolomé, ni sus primeros cronistas y biógrafos dejaron indicios ciertos del secreto colombino.
Introducción
EL 26 de abril de 1491 el poderoso ejército cristiano que se proponía arruinar definitivamente el imperio musulmán español, acampó junto a la fuente de los Ojos de Huéscar, en plena vega granadina y a dos leguas de la ciudad. Era voluntad de los Reyes Católicos no levantar el sitio hasta su rendición, y para ello tomaron todas las medidas necesarias. El ejército preparado aquella primavera unos lo cifran en cincuenta mil hombres y otros en ochenta mil. La plaza sería rendida a fuego y hambre. Para que los habitantes de la metrópoli morisca no pudieran abastecerse de alimentos, fueron arrasadas las vegas de los valles de las Alpujarras y talados los árboles. El sitio se hizo en toda regla. Es más, para que los moriscos no creyeran que el ejército se retiraría y disolvería a la llegada del invierno, como había ocurrido siempre, se levantó la ciudad de Santa Fe construida a base de ladrillo y mampostería, con lo cual las tropas podían invernar perfectamente sin perder de vista las murallas de Granada y las torres de la Alhambra. «La erección de Santa Fe —escribe Prescott- por los españoles produjo más sombríos terrores en los habitantes de Granada, que los que causaron sus más brillantes triunfos militares; porque veían a sus enemigos estableciéndose en su mismo suelo, resueltos a no abandonarlo nunca.»
Llegada de Colón a Santa Fe
De la llegada de Cristóbal Colón al Real de Santa Fe sólo sabemos que ocurrió pocos días antes de la rendición de Granada. Debió ser en el mes de diciembre de 1491, cuando ya se veía el final de la contienda y en las huestes cristianas reinaba la mayor euforia y exaltación.
Por la situación interior de Granada, en la que existían manifestaciones de rebelión contra el rey Abdallah, o Boabdil el Chico, como era conocido entre los españoles, las negociaciones de rendición se llevaron muy en secreto. La plaza se rindió el 2 de enero de 1492 y Colón pudo presenciar el espectáculo único y lleno de colorido de ver cómo se rendía el último baluarte del reino nazarí. Con este acontecimiento se cerraban los casi ocho siglos que había durado la Reconquista.
En este ambiente triunfal, Colón, casi ignorado y empequeñecido por los acontecimientos que habían tenido lugar en Santa Fe, se puso a negociar con otra comisión las capitulaciones para llevar a cabo su empresa. Tan desapercibido pasó este asunto para los brillantes cronistas que rodeaban a los Reyes Católicos que apenas si han dejado noticia. La única explicación posible es que en la corte de los Reyes Católicos ocurrían demasiadas cosas de acción inmediata y de la mayor importancia para que se prestase atención a proyectos más o menos futuribles. Por ejemplo, entre bastidores se estaba gestando el edicto de expulsión de los judíos, el cual fue firmado el 30 de marzo de 1492. Un hecho tan importante por fuerza tendría que afectar al presunto descubridor, si, como afirma Madariaga, Colón pertenecía a una familia de judíos conversos catalanes emigrados a Génova.
Las Capitulaciones
Las negociaciones, al parecer, fueron lentas por las exigencias de Colón. Nadie nunca pidió tanto por llevar a cabo una empresa que algunos de los consejeros reales calificaban de quimérica y fantástica. Las Casas nos ofrece un retrato perfecto del carácter de este hombre concentrado, duro y exigente consigo mismo y con los demás: «Viendose con tan tanta repulsa y contradiccion afligido y apretado de tan gran necesidad, que quizá aflojando en las mercedes que pedia, contentandose con menos (y que parece que con cualquier cosa debiera contentarse), los Reyes se movieran a darle lo que era menester para su viaje y en lo demás lo que buenamente pareciera que debiera darsele, se le diera, no quiso blandear en cosa alguna, sino con toda entereza perseverar en lo que una vez habia pedido.» Tanto pedía, que, según el mismo autor, sus demandas fueron rechazadas, «mandando los Reyes que le dijesen que se fuese en hora buena».
Colón no tenía más que el día y la noche, pero no necesitó apremio para abandonar el Real de Santa Fe. Su hermano Bartolomé había estado en Inglaterra y a la sazón se hallaba en Francia, de donde había recibido una carta invitándole a exponer su proyecto. El problema es que seguía siendo pobre y necesitaba medios para viaje tan largo.
Aquí la historia y la leyenda se mezclan en un bosque tan enmarañado que resulta difícil descubrir la verdad. Sin embargo, parece cierto que tres personajes tan influyentes como Deza, Cabrero y Santángel, los tres judíos conversos, intercedieron cerca de la reina Isabel para que fueran aceptadas las condiciones de Colón. La historia atribuye a mosén Luis de Santángel, escribano de ración del rey Fernando, un papel decisivo. Según Prescott, Santángel habló con la reina y «le dijo con toda franqueza que las pretensiones de Colón, si bien eran excesivas, dependían al menos del resultado de su expedición; y que si ésta fracasaba o era estéril, nada pedía. Habló, además, largamente acerca de sus buenas dotes para tamaña empresa, que eran tan señaladas que podía con toda probabilidad asegurarse que le granjearían el patrocinio de algún otro monarca, que se aprovecharía del fruto de sus descubrimientos: y concluyó por hacer presente a la reina que su política en esta ocasión no estaba de acuerdo con aquel espíritu magnánimo que siempre, hasta entonces, le había impulsado a declarar protectora de toda empresa heroica y atrevida».
Prescott también recoge la leyenda que atribuye a doña Isabel el propósito de empeñar sus joyas para atender los gastos de la expedición. No es que no fuera capaz de hacerlo, pues sus empeños ya eran grandes y se sabe que el tesoro estaba exhausto, pero no era necesario tamaño sacrificio, pues el opulento recaudador y banquero Santángel muy bien podía adelantar la suma requerida.
Tras esta conversación, un alguacil de la reina salió en busca de Colón para que regresara al Real de Santa Fe. El mensajero lo alcanzó cuando cruzaba el Puente de los Pinos, a unos seis kilómetros de Santa Fe, y regresó con él al Real. La victoria se había hecho desear, pero al final podían mirar con orgullo a los cortesanos que le sonreían entre burlones y compasivos.
La negociación de las famosas Capitulaciones fue ardua y difícil. Casi tres meses tardaron fray Juan Pérez, en representación de Colón, y Juan de Coloma en representación de los Reyes Católicos, en redactarlas y ponerlas en limpio.
Aunque la financiación de la empresa corría a cargo de Castilla, resulta curioso que fueran hombres de la casa del rey don Fernando los que más influyeran para que la empresa colombina saliera a flote. Pues Juan de Coloma, al igual que Santángel y Cabrero, pertenecían a la Administración de Aragón.
Fray Juan Pérez presentó a Juan de Coloma un memorial o minuta con las existencias de Colón, que él llamaba «cosas suplicadas». Todas sus peticiones fueron trasladas al documento oficial por Juan de Coloma con ligeras correcciones. No se trataba, por supuesto, de un documento jurídico, sino de un acuerdo mutuo que condicionaba a ambas partes solamente en el caso de que se produjera el descubrimiento.
Con todo, es forzoso reconocer que los «honores y favores» que Colón exigía a los reyes y que éstos se obligaban a concederle, pues cada párrafo está rubricado por Juan de Coloma con el «plaze a sus altezas», son tan desorbitados que nos dan la medida del orgullo, la soberbia y la ambición del gran descubridor.
Colón está tan seguro de su empresa que en el Memorial escrito o redactado por él, comienza así: «Las cosas suplicadas é que vuestras Altezas dan y otorgan a D. Cristóbal Colon, en alguna satisfacion de lo que ha descubierto en las mares Oceanas, y del viaje que agora, con la ayuda de Dios, ha de hacer por ellas en servicio de vuestras Altezas...» Con el imperio del Gran Khan ya en la mano y Cipango y Catay a la vista, se hace Don, se calza la espuela de oro de caballero y exige el título de almirante sobre todas las Islas y Tierras Firmes «que por su mano e yndustria se descubrieran o ganaran», según las prerrogativas de los almirantes de Castilla, vitalicio hereditario y perpetuamente. Si tenemos en cuenta que el almirante mayor de Castilla era uno de los títulos de mayor prepotencia y abolengo, y el que lo ostentaba a la sazón era don Alonso Henríquez, pariente del rey don Fernando, comprobaremos que el bocado no era chico.
Pero el segundo tampoco le va a la zaga. Pide y se le otorga el título de Visorrey y Gobernador general en las Islas y Tierras Firmes, con la facultad de poder proponer tres personas a los reyes para que elijan uno. También se abrogaba el derecho a participar por sí o por sus tenientes en los pleitos originados a causa de las mercancías y riquezas que llegaran de las tierras descubiertas. Este concepto fue de los más discutidos, pues estaba en pugna con la política de los Reyes Católicos tendente a menguar o suprimir el derecho feudal de los grandes de la nobleza y el clero.
En otro punto se le concedía el derecho a participar con la octava parte en los barcos que fueran a tratar y negociar en las tierras descubiertas, lo cual le daba también derecho a participar en la octava parte de los beneficios.
Las Capitulaciones quedaron concertadas el 17 de abril y el 30 del mismo mes se redactó el acta jurídica por Juan de Coloma. Según Madariaga, en este nuevo documento el descubridor vuelve a ser «Cristóbal Colón» a secas; va a descubrir «ciertas islas e Tierra Firme» que todavía no ha descubierto y que «se espera que, con el ayuda de Dios, se descubrirán e ganarán» y los títulos, incluso el Don y demás privilegios se aplazan implícitamente hasta «después que hayades descubierto e ganado las dichas Islas e Tierra Firme en la dicha mar oceana o cualesquier dellas».
El historiador Morales Padrón nos da una versión diferente: «De los documentos firmados en Santa Fe no son éstos, precisamente, los más importantes. Días más tarde, ya en Granada y a 30 de abril, doña Isabel y don Fernando firmaron una carta-merced en que conferían al extranjero Colón —sobre lo otorgado en las Capitulaciones— la ampliación a vitalicio, hereditario y perpetuo, el título de virrey y gobernador, además del permiso para usar el Don... El mismo día 30 se le dio a Colón —desde ahora deja de llamarse Colomo, como se venía llamando— una carta credencial para los monarcas extranjeros asiáticos: una especie de pasaporte sin fecha y varias órdenes para la organización de la armada.»
Un presunto almirante en busca de su destino
El 12 de mayo de 1492 salía de Granada Cristóbal Colón con las alforjas llenas de promesas, el alma henchida de esperanza y una orden para el alcalde mayor de Palos, Diego Rodríguez Prieto, para que pusiera a disposición de Colón dos carabelas. Esta orden era un castigo a los vecinos de Palos «por algunas cosas fechas e cometidas» por ellos. Por esta razón el Consejo les castigaba a servir a los reyes con dos carabelas armadas a su costa durante dos años, y que las pusieran a disposición de Cristóbal Colón para viajar «a ciertas partes de la mar Océana sobre algunas cosas que cumplen a nuestro servicio».
El 23 de mayo, Colón convocó a las autoridades y ciudadanos de Palos en la iglesia de San Jorge para leerles las cartas de los reyes y requerir su cumplimiento. El hombre debía rebosar autoridad, convencido sin duda de que con aquellos documentos las autoridades y vecinos se pondrían inmediatamente a su disposición, pero los reunidos le escucharon respetuosamente y le respondieron con la conocida fórmula: «se obedece, pero no se cumple».
Este fue su primer traspiés. Pero allí estaban los hermanos Pinzón que, de alguna manera, se consideraban ya partícipes de la empresa colombina. Madariaga incluso sugiere que antes del último viaje de Colón a la corte, «debió recaer un acuerdo, ya verbal, ya escrito, entre los dos navegantes». Sin embargo, una vez conseguidos en la corte manga ancha y plenos poderes para organizar la expedición a su gusto, Colón empezó a mostrar cierta reserva hacia Martín Alonso Pinzón, que era todo un carácter, como él, un navegante que no le cedía en ambición y experiencia y prepotente en aquella comarca.
Por otra parte, los marineros de Palos no eran tontos. Conocían el Atlántico, sabían los riesgos que corrían y no parecían muy dispuestos a jugarse la vida en una aventura que atemorizaba a los más audaces. En previsión de no obtener marineros voluntarios suficientes para la expedición, había obtenido de Coloma una orden para poder sacar de la cárcel a todos los procesados y condenados que quisieran librarse de la justicia.
La misma orden fue leída en Moguer, con auditorio similar y con los mismos resultados. Todos cumplían la orden, pero nadie la obedecía. El derecho feudal predominante daba lugar frecuentemente a estos conflictos de competencia. Para comprenderlo es necesario no olvidar —como dice Manzano— que todos los puertos andaluces eran de particulares: Cádiz y Rota, de los Ponce de León; Sanlúcar de Barrameda, Chipiona y Huelva, de los Medina Sidonia; Moguer, de los Portocarrero. El único puerto que pertenecía a la Corona era el de Sevilla y los conquistados al Reino de Granada; Málaga, Almería y todos los del litoral granadino. Incluso el puerto Palos pertenecía cuarenta días antes de zarpar Colón a los duques de Medina Sidonia, conde de Miranda y hermanos Silva. A estos últimos les compraron los reyes la mitad de la villa en 16.400.000 maravedís para que la expedición saliera de un puerto realengo.
La negativa de los paleños a embarcarse con un extranjero desconocido debió ser para el orgulloso Colón un duro golpe. El ya casi almirante se albergaba en La Rábida. Sus consejeros más inmediatos eran fray Juan Pérez y fray Antonio de Marchena, y ambos debieron influir en su ánimo para que se pusiera en manos de Martín Alonso Pinzón y le dejara a él el trato con los tripulantes. Así lo confirma García Fernández, despensero de la Pinta: «Si no fuera porque el dicho Martín Alonso le dio los dichos navíos al dicho almirante, que no fuera donde fue ny menos fallara gente, y la cabsa hera porque ninguna persona conocía el dicho almirante a que por respeto del dicho Martín Alonso e por darle los dichos navios, el dicho almirante al dicho viaje.»
Se sabe que Colón, impulsado por la prepotencia que le concedían las cartas regias, embargó en Moguer algunos navíos que no llegó a utilizar. Igualmente parece que estaba decidido a vaciar las prisiones de la costa andaluza para hacerse con una tripulación, ya que los marineros libres rechazaban con burla sus ofertas. En aquellos días en que se sentía tan poseído de autoridad y tan resuelto a colmar su ambición fuera como fuera, estaba dispuesto a todo antes que renunciar a su aventura. Pero los franciscanos de La Rábida y los Pinzón debieron convencerle de que lanzarse a la mar con los navíos embargados, seguramente pocos aptos, y con una tripulación de presos era tanto como ir a la catástrofe.
Introducción
EN el primer capítulo hemos dejado a Colón deslumbrado en las playas de la presunta Cipango recién descubierta, rodeado de indígenas desnudos que asistían a la ceremoniosa toma de posesión como si se tratase de un mágico ritual. Había comenzado el choque de dos culturas, de dos civilizaciones distintas. Lo que más sorprendía a los naturales ingenios de la isla de Guanahaní eran las pesadas vestimentas con que se abrigaban aquellos hombres extraños que habían llegado por el mar. Un indígena dijo que eran «hombres con rabo». La broma o el chiste respondía a la idea que tenían ellos de las personas que iban más o menos vestidas en lugares lejanos. Bernáldez escribe: «Allí dijeron al almirante que adelante de allí era Magon, donde todas las gentes tenían rabo, como las bestias o alimañas, y que a esta causa los hallarían vestidos, lo cual no era ansí más parece que entre ellos hay este crédito de oídas, y los simples dellos lo creen ser ansí con su simpleza, y los discretos creo yo que no lo creerán, porque parece que ello fue dicho primeramente por burla faciendo escarnio de los que andaban vestidos (...) y ansí los de esta provincia de Ornophay como ellos todos andan desnudos, hombres y mujeres, facen escarnio de los que oyen decir que andan vestidos, y el almirante supo ser burla, que si algunos donde ellos nacían andan vestidos, tampoco tienen rabo como ellos dijeron.»
En el primer encuentro ya advirtieron los indígenas que los españoles amaban el oro sobre todas las cosas, pues al mismo tiempo que les obsequiaban con cuentas de vidrio, campanillas de latón, botones colorados y otras fruslerías llamativas, intentaban apoderarse de los ornamentos de oro que los miembros más preeminentes o vanidosos de la tribu llevaban colgados de la nariz. Pero lo que más efecto les produjo fue ver a un miembro de la tribu agarrarse a la espada que le ofrecía un blanco y retirarla ensangrentada. Inmediatamente corrió el rumor de que los palos mágicos de los blancos podían producir la muerte. ¿No serían aquellos barbudos vestidos tan feroces como los caníbales, que de vez en cuando efectuaban incursiones a la isla para cazarlos y comérselos...?
En busca de Cipango
Una serie de circunstancias que pertenecen al mundo obsesivo de Colón y a su particular cosmografía construida a base de lecturas y relatos escuchados en los puertos y en los centros de navegación, le llevaron a creer que aquel rosario de islas que veían sus ojos formaban parte de los fabulosos reinos del Gran Khan. Las anotaciones en su Diario indican claramente que creía hallarse en la India. Pensaba que Cipango y Catay no debían hallarse lejos y, tras explorar rápidamente la isla de Guanahaní, prosiguió su viaje el 14 de octubre. El día 15 arribó a otra isla que bautizó con el nombre de Santa María de la Concepción y que hoy se llama Rum Cay. El día 16 bautiza a la actual Long Island con el nombre de Fernandina. A la isla de Saometo la bautizaría con el nombre de Isabela el 19 de octubre. En su Diario escribe Colón que todas éstas «son islas pobladas con gente sin número, y dellas todas he tomado posesión por sus altezas, con pregón y Vandera real extendida y non me fue contradicho». Las primeras anotaciones que Colón hace sobre el paisaje, los «indios», los cursos de agua y los pájaros multicolores, como los papagayos, que tanto asombraron a los españoles, son ingenuas y optimistas, propias del hombre que escribe bajo la exaltación del triunfo.
Apenas si se detiene en las islas que va descubriendo y bautizando. Ya sabe que existe oro en algunas de las islas bautizadas por los adornos que algunos indígenas llevan colgados en la nariz. Pero su meta sigue siendo Cipango, por lo cual se excusa de la somera visita a las islas descubiertas con estas palabras: «mas por no perder tiempo quiero ir a ver si puedo topar a la isla de Cipango». Así prosigue su viaje y el 25 de octubre arriba a las islas de la Arena, conocidas ahora con el nombre de islas Brulle. Y el 27 descubre Cuba, la que sería después llamada «Perla de las Antillas». Colón se orientó hacia ella porque algunos indios le informaron que en Cuba había abundancia de oro. Su fiebre aurífera le enceguecía para captar la realidad. Todo su afán era descubrir la fuente «donde nace el oro». Las Casas concreta más: «Por este calor que allí el almirante dice que padecia, arguye que en estas Indias y por allí donde andaba debia de haber mucho oro.»
A primera vista, Colón llegó a la conclusión de que aquella hermosa isla de lujuriante vegetación tropical muy bien podría ser Catay, ya que desechaba la idea de que se tratara de Cipango por la ausencia de palacios y las magnificencias descritas por Marco Polo. Para confundirle más, los indios hablaron al descubridor de un rey Cami, que poseía grandes riquezas, al cual identificó con el Gran Khan.
Esta manía de Colón de confundir los nombres geográficos y patronímicos de los indios con los personajes y las ciudades de sus lecturas fabulosas, será en él frecuente, pues todavía no tenía la menor sospecha de que estaba asistiendo a la incorporación a la historia universal de un mundo inédito.
Como gran señor que ya era, almirante del mar océano y virrey de los reyes de Castilla, envió una embajada con un mensaje en lengua arábiga al rey Cami o Gran Khan, como él le llamaba. Los embajadores fueron Luis de Torres y Rodrigo de Jerez. El opulento rey, al decir de los indios, tenía su corte en Cubanacan, en el interior del país. Pero la búsqueda de los embajadores colombinos y los indios que les servían de guías, terminó en un poblado de carácter tribal. La recepción no pudo ser más cálida y afectuosa, pues los indígenas de esta tribu los llevaron en hombros al poblado, los instalaron en una de las mejores cabaóas y los besaron pies y manos «como si se tratara de enviados del Cielo». Los embajadores salieron el 2 de noviembre y regresaron el 5 con una información desalentadora. Del Gran Khan no encontraron ninguna huella ni noticias de la fuente donde nace el oro, pero sí vieron algo que les llamó la atención, al decir de Navarrete: «Hallaron los dos cristianos por el camino mucha gente que atravesaba a sus pueblos, mugeres y hombres, con un tizón en la mano, yerbas para tomar su sahumerio que acostumbran... Con el cual se adormecen las carnes y cuasi emborracha.» Aquellos «tizones» eran de tabaco, rústicos cigarros puros a los que muy pronto se aficionarían los españoles.
Defraudado ante la información de sus embajadores, Colón ordenó reanudar el viaje bordeando las costas de Cuba, a la que bautizó con el nombre de Juana, heredera del trono de Castilla.
El 22 de noviembre Martín Alonso Pinzón, capitán de la Pinta, se separó de la flotilla para ir a explorar por su cuenta. Las disensiones entre el almirante y su primer capitán se ponían así de manifiesto, aunque siempre habían estado latentes, pues Colón anota en su Diario: «Otras muchas cosas me tiene dicho y hecho.» El rencor y los celos de Colón aparecen larvados en el Diario colombino. Pero la deserción de Martín Alonso no parece clara. A este respecto escribe Morales Padrón: «Hemos dicho que Martín Alonso “abandona” al resto de la flotilla; pero ¿realmente la abandona? Fijémonos: los tres barcos navegan hacia el Este en busca de Babeque o Española, donde los indios han dicho que existe abundante oro. De pronto, el almirante, que navega el último, decide fondear y cambiar de rumbo; pone farolillos en los mástiles, y sólo Vicente Yáñez, que marcha en segundo lugar con la Niña, divisa tales señales y obedece. Podemos pensar que Martín Alonso, en la delantera, no las ha visto y prosigue la marcha; llega a Babeque, fondea, obtiene oro con maña, y viendo que los demás barcos no llegan retrocede a su encuentro...» La hipótesis es plausible, pero es un motivo más de fricción con el receloso almirante.
El 6 de diciembre Colón llega a Haití, de la cual Las Casas nos dice que ya tenía información de los indios. El nuevo descubrimiento le impresionó porque, según dijo, le recordaba a Castilla, por lo cual bautizó a la isla con el nombre de La Española.
Colón se había dirigido allí siguiendo las orientaciones de los indios tainos de Cuba, que hablaban del mucho oro que poseía la isla. Además, estos indios le hablaron de un lugar llamado Cibao, que Colón asoció inmediatamente a Cipango. Todo esto debió influir en su ánimo para que considerase aquella isla la más hermosa que había visto, hablar de sus vegas «labradas como la campiña de Córdoba» y de los «hermosos hombres y mujeres... harto blancos, que si vestidos anduviesen y se guardasen del sol y del aire, serian cuasi tan blancos como en España». Para los Reyes Católicos escribe: «crean questa isla y todas las otras son asi suyas como Castilla... Ellos no tienen armas, y son todos desnudos de ningún ingenio en las armas y muy cobardes, que mil no aguardarían a tres, y así son buenos pa les mandar, y les hace todo lo otro que fuese menester, y que hagan villas y se enseñen a andar vestidos y a nuestras costumbres».
Estas primeras impresiones de Colón no tardarían en ser desmentidas por el espíritu combativo de los haitianos. Como huéspedes de la isla los españoles fueron magníficamente acogidos. Un jefe de tribu les obsequió con una gran pieza de oro y el cacique Guacanagari les envió ricos presentes y mandó a varios hombres al encuentro de Colón. La primera entrevista entre Colón y Guacanagari se celebró en la bahía de Alcul el 22 de diciembre. Los españoles fueron recibidos como seres superiores y obsequiados con papagayos, oro y frutas diversas. El cacique informó a Colón que podría encontrar oro en las regiones de Guarionex, Macorix, Mayonix, Fuma, Cibao y Coroay. El entusiasmo del almirante crece ante tanta gentileza y hospitalidad, y escribe a los reyes: «Crean Vuestras Altezas que en el mundo todo no puede haber mejor gente, ni más mansa; deben tomar Vuestras Altezas grande alegría porque luego los harán cristianos y los habrán enseñado en buenas costumbres de sus reinos, que más mejor gente ni tierra puede ser... y todos de muy singularísimo trato amoroso y habla dulce, no como los otros que parece cuando hablan que amenazan, y de buena estatura hombres y mujeres, y no negros. Verdad es que todos se tiñen, algunos de negros y otros de otro color, y otros los más de colorado... y todos estos señores son de pocas palabras y muy lindas costumbres y su mando es lo más con hacer señas con la mano.»
El día de Navidad los hombres bebieron más de la cuenta, Juan de la Cosa en vez de estar de guardia se fue a dormir, dejando la navegación a cargo de un grumete, y la Santa María encalló. Colón anota que Juan de la Cosa fue uno de los primeros en huir en un batel hacia la Niña para salvarse. De esta manera se perdió la pesada nao almirante y dio lugar a que con sus restos se levantase el fuerte La Navidad, primer establecimiento colonial en América. Los indios del cacique Guacanagari, con quien Colón se entrevistó tres veces, recibiendo siempre ricos presentes de oro, ayudaron a los españoles a levantar el fuerte. Allí quedaría una guarnición de 39 hombres, ya que era imposible embarcar a todos en la Niña. Colón había decidido regresar a España. Como jefe de la Villa de la Navidad dejó a Diego de Arana, primo de Beatriz Enríquez, y como segundo a Pedro Gutiérrez, repostero del rey Fernando. El fuerte quedaba abastecido de víveres y municiones para un año y los primeros pobladores españoles de América encargados de buscar y trocar por mercancías todo el oro que fuese posible, pues el almirante se marchaba convencido de que allí se hallaba Cipango.
Alguna noticia debía tener Cristóbal Colón de que Martín Alonso no se hallaba lejos de allí, pues, como dice Madariaga, sólo así se explica el rumbo errático y vacilante que impone a la Niña del viernes 4 al domingo 6 de enero en que «mandó subir un marinero al tope del mastel para mirar los bajos, y vido venir la Pinta con Leste a popa». La escena —prosigue Madariaga— tuvo lugar en La Niña y parece haber sido tempestuosa. Colón recibió con frialdad las explicaciones de Martín Alonso; rechazó con altivez una oferta de novecientos pesos de oro, declaró nula y no avenida la ocupación del valle que había descubierto Martín Alonso y el nombre de Martín Alonso que había dado al río; y puso en libertad a los cuatro indios y dos indias que Martín Alonso había captado, pues, escribe Colón, «es servicio de, porque hombres y mujeres son todos de Vuestras Altezas, así desta isla en especial como de las otras. Mas aquí donde tienen ya asiento vuestras Altezas, se debe hacer honra y favor a los pueblos, pues que en esta isla hay tanto oro y buenas tierras y especería».
No tardaría en comprobar que no todos los naturales de La Española eran tan mansos y sumisos como él los pintaba, pues al bajar a tierra en la bahía de Samaná o de las Flechas, los españoles fueron recibidos por indígenas armados de arcos y flechas. La sorpresa fue mayúscula. Parece que los españoles intentaron desarmar a los indios, cambiándoles sus armas por chucerías, pero sólo lo consiguieron de algunos. El resto les hizo frente en plan de guerra y los españoles tuvieron que hacer uso de las armas para dispersarlos. Este enfrentamiento y los reproches que le hizo Martín Alonso por los 39 hombres que dejaba en el fuerte de La Navidad, decidieron a Colón a emprender el viaje de retorno.
Regreso victorioso al puerto de Palos
Para el viaje de retorno, Colón eligió una latitud más al norte de la seguida en el viaje de ida. Mandó poner a las dos carabelas rumbo norte-noroeste hasta llegar a la altura de los paralelos 36 y 37. Conocedor de los vientos alisios, sabía lo que se hacía, pero a causa del rumbo tuvo frecuentes discrepancias con los Pinzón, que no comprendían la demora del almirante en las Antillas. Sin embargo, Navarrete dice que no había podido salir del puerto por falta de viento terral y que pensaba dirigirse a otro «porque aquél era algo descubierto y porque quería ver en qué paraba la conjunción de la luna con el sol, que esperaba a 17 de este mes (enero), y la oposición della con Júpiter y conjunción con Mercurio, y el sol en oposito con Júpiter, que es causa de grandes vientos». Pero «notó en la gente que comenzó a entristecerse por desviarse del camino derecho, por la mucha agua que hacían ambas carabelas, y no tenian algun remedio salvo el de Dios; hobo de dejar el camino que creía que llevaba de la isla y volvió al derecho de España, Nordeste cuarta del Leste».
La primera parte del viaje fue muy tranquila. Del 4 al 7 de febrero recorrieron 598 millas. En estos días Colón aprovechó el tiempo para escribir a mosén Luis de Santángel una carta-informe sobre las tierras descubiertas y sus posibilidades de explotación. Pero el 12 y 13 de febrero un fuerte temporal las hizo perder el rumbo inicial. El 14 Martín Alonso Pinzón, bien fuera por caprichos del temporal o por iniciativa, pues este asunto no está muy claro, siguió otra dirección.
El 18 de febrero, la Niña llegaba a Nossa Senhora dos Anjos, al noroeste de la isla de Santa María, en las Azores. Pero allí le esperaban días de prueba. Las autoridades de la isla en principio les acogieroru muy bien, regalando a los hambrientos tripulantes gallinas y pan tierno, pero luego detuvieron a parte de la tripulación. Al parecer, existían órdenes de Juan II de Portugal para apresar a Cristóbal Colón. Conminado a entregarse por el capitán de la isla, un tal Castanheda, el soberbio Colón replicó al portugués que él era almirante del mar Océano y virrey de las Indias, añadiendo, según Navarrete, «que agora eran de Sus Altezas... y que dado que no le quisiesen darle su gente, no por eso dejaria de ir a Castilla, pues tenia harta gente para navegar hasta Sevilla, y serian él y su gente bien castigados».
Tras muchas negociaciones en las que el soberbio almirante no cedió a la soberbia del capitán portugués, los tripulantes fueron devueltos a la Niña el 24 de febrero emprendían rumbo a España. Pero el 3 de marzo una terrible tormenta la desviaba de su rumbo y el 4 arribaba a Lisboa. Allí tuvo nuevas dificultades y grandes satisfacciones, pues el rey de Portugal ordenó que tratasen a Colón con los honores debidos a su alto rango y de que le proveyesen de todo cuanto pudiera necesitar. El 9 de marzo era recibido por don Juan. «La acogida real — escribe Madariaga— fue muy cordial y, cualquiera que haya sido su pensamiento íntimo, don Juan supo dejar en Colón una impresión excelente; el flamante almirante se vio tratado como un Grande de España y autorizado a sentarse en la presencia real. El rey expresó sus dudas sobre el derecho de la Corona de Castilla a las tierras descubiertas, pero, diplomáticamente, Colón alegó ignorancia completa de este aspecto de la cuestión. Durante dos días permaneció en la Corte y el lunes siguiente, después de una visita a la reina, a la sazón en el monasterio de Villafranca, retornó a su carabela.»
El 12 de marzo, Colón recibía una invitación del rey de Portugal para que hiciese el camino por tierra, pero siempre receloso, temiendo una celada, se embarcó en su carabela y el 13 ponía rumbo al puerto de Palos, donde arribó el 15 de marzo de 1493.
La Pinta de Martín Alonso había seguido un rumbo distinto. Arribó al puerto de Bayona, en Galicia, a finales de febrero y desde allí Martín Alonso escribió una carta a los Reyes Católicos, pero éstos le ordenaron que se presentara con Colón y bajo su mandato. Martín Alonso puso rumbo a Palos y llegó horas después que su almirante.
Introducción
EL recibimiento en el puerto de Palos no pudo ser más entusiasta y caluroso, si bien todas las familias no pudieron alegrarse pensando en los cuarenta hombres que habían quedado en Villa Navidad. De las nuevas tierras descubiertas hablaban por los codos los tripulantes, las pepitas y objetos de oro, los indios que Colón pensaba presentar a los Reyes Católicos para que conocieran las características de sus nuevos vasallos, los papagayos, los gallipavos, conejos, batatas, ajíes, maíz y gran cantidad de objetos tóxicos.
La Rábida y la casa de Martín Alonso Pinzón se convirtieron en los centros de mayor atracción para los curiosos y fascinados habitantes de la región. Todos querían ver y hablar con el ya famoso almirante del mar Océano y los héroes que habían hecho posible la singular aventura y que no se cansaban de comentar el paraíso descubierto.
Martín Alonso había llegado gravemente enfermo de sífilis, tanto que moría al mes escaso de su llegada. Esto debió de facilitar las relaciones de Colón con su segundo, pues incluso vivió en su casa, lo cual indica que si entre ellos había diferencias, en ningún momento se produjo la ruptura completa.
Las primeras cartas de Colón a los Reyes Católicos y Santángel rebosan optimismo, euforia y triunfalismo. En ellas no menciona Cipango, pero sí habla de las cercanías con los reinos del Gran Khan y pondera la abundancia de oro y la fertilidad de las tierras descubiertas. La Corte se hallaba entonces en Barcelona y desde allí le escribieron el 30 de marzo los Reyes Católicos llamándole «Don Cristóbal Colón, nuestro almirante del Mar Océano, Visorey y Gobernador de las islas que se han descubierto en las Indias.» El entusiasmo de la pareja regia no era inferior al del descubridor, a quien escriben, según Las Casas: «y porque queremos que lo que habéis comenzado con la ayuda de Dios se continúe y se lleve adelante, y deseamos que vuestra venida fuese luego: por ende, por servicio nuestro, que dedes la mayor prisa que pudieredes en vuestra venida, porque con tiempo se provea todo lo que es menester, y porque como vedes, el verano es entrado, y no se pase el tiempo para la ida allá, ved si algo se puede aderezar en Sevilla o en otras partes para vuestra tornada a la tierra que habeis; y escribidnos luego con ese correo que ha de volver presto porque luego se provea como se haga, en tanto que acá vos venis y tornais: de manera que cuando volvieredes de acá, esté todo aparejado».
La prisa de los Reyes Católicos estaba más que justificada, ya que no ignoraban la pretensión del rey de Portugal y habían puesto su diplomacia en movimiento para que el Papa Alendro VI reconociera sus derechos.
Viaje triunfal a Barcelona
El almirante había proyectado hacer su entrada en Barcelona por mar, como convenía a un almirante y era de su agrado, pero recibió orden de los Reyes Católicos que lo hiciera por tierra. Con un numeroso séquito, los indígenas que había traído de las Indias y los objetos más vistosos y exóticos, se puso en camino hacia Sevilla, para seguir por Córdoba, donde se encontró con su amante Beatriz Enríquez y sus hijos Diego y Fernando, y luego continuar por Murcia, Valencia, Tarragona y Barcelona. En todas las partes fue recibido y homenajeado con arreglo a su rango. Las poblaciones por donde pasaban salían a su paso. Se puede decir que fue un viaje de propaganda. Pero el recibimiento en Barcelona, donde según algunos historiadores llegó del 15 al 20 de abril y, según otros, el 30 del mismo mes, fue muy superior a todos los demás. El Padre Las Casas escribe: «Los Reyes estaban harto solícitos de ver su persona, y sabido que llegaba, mandáronle hacer un solemne recibimiento, para el cual salió toda la gente y toda la ciudad, que no cabían por las calles, admirados todos de ver aquella venerada persona, ser de la que se decía haber descubierto otro mundo, de ver los indios y los papagayos, muchas piezas y joyas y cosas que llevaba, descubiertas, de oro, y que jamás se había visto ni oído.» Y prosigue el entusiasta biógrafo: Colón «entró, pues, a la cuadra donde los Reyes estaban, acompañados de caballeros, y gente nobilísima, entre todos los cuales, como tenían grande y autorizada persona, que parecía un senador romano, señalaba su cara venerada llena de canas y de modesta risa, mostrando bien el gozo gloria con que venía. Hecho grande acatamiento, según a tan grandes príncipes convenía, levantáronse a él, como a uno de los grandes señores, y después acercándose más, hincadas las rodillas, suplícales que le den las manos; rogándose a se la dar, y, besadas con rostros letísimos mandáronle levantar, y, lo que fue suma de honor y mercedes, de lo que sus Altezas solían a pocos grandes hacer, mandáronle traer una silla rasa, y asentar ante sus reales personas».
Colón no sólo acaparó todos los honores, mercedes y beneficios de la expedición, sino que también se apropió de lo que no le pertenecía, como de los diez mil maravedís de renta anual que los reyes habían establecido para el primero que viera tierra. Dicen que el marinero que la descubrió, el llamado Rodrigo de Triana, despechado por la injusticia, se fue a Marruecos y renegó de la fe de Cristo. Mientras tanto, Martín Alonso Pinzón moría con pena y sin gloria y otros esforzados navegantes de aquella empresa pasaban al olvido. Pero también Colón no tardaría en ser desbordado por la misma dinámica histórica de la conquista y colonización del Nuevo Mundo.
Por lo pronto, a los Reyes Católicos lo que más le urgía era garantizar la conquista con el envío de una nueva expedición, de la que Cristóbal Colón sería capitán general, además de conservar el resto de sus títulos, y obtener del Papa la bula correspondiente. La diplomacia fernandina se movió con prontitud para rechazar la reclamación del rey de Portugal, que invocaba el tratado de Alcaçovas, y obtener una primera bula, la ínter Caetera, fechada el 3 de mayo de 1493, por la cual se concedía a los Reyes Católicos las Indias descubiertas o que se descubrieran. Como no fuera suficiente, el 4 del mismo mes aparecía otra que dividía el mundo por descubrir entre las coronas de Castilla-Aragón y Portugal. Por esta bula se otorgaba a la Corona española la posesión de las islas y territorios situados a cien leguas al oeste de «cualquiera de las islas conocidas como Azores y Cabo Verde». Lo portugueses no se arredraron e hicieron valer los derechos que les habían concedido a ellos los Papas Martín V (1418) y Calixto III (1456) sobre la India Oriental. A tal efecto, Juan II se dispuso a enviar una flota a las Indias, pero los Reyes Católicos protestaron enérgicamente y le conminaron a que desistiere de su empeño, alegando que las cuestiones jurídicas que planteaba el caso podían resolverse por vías diplomáticas.
En este pleito, tanto los soberanos de Castilla-Aragón como el de Portugal trataban de ganar tiempo. Mientras se llevaban a cabo las negociaciones sin resultado positivo, la diplomacia fernandina consiguió un éxito decisivo al firmar Alejandro VI la bula Dudum siquidem el 26 de septiembre de 1493, por la que se concedían a los Reyes Católicos todas las islas y tierras no descubiertas y conquistadas por otros príncipes cristianos que, prácticamente, abrogaba los privilegios otorgados a los portugueses sobre las Indias orientales.
La concesión del Sumo Pontífice a la Corona española obligó a Juan II a negociar directamente con los Reyes Católicos la demarcación de las zonas de influencia de los respectivos países. El resultado de las negociaciones fue el Tratado de Tordesillas, firmado el 7 de junio de 1494, por el cual se ratificaba la división territorial este-oeste de la segunda bula Inter Caetera, pero desplazando la línea de demarcación a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde. El Tratado de Tordesillas permitiría más tarde a los portugueses instalarse en el Brasil. En todas estas negociaciones los Reyes Católicos tuvieron muy en cuenta los consejos de Cristóbal Colón: «Por la Dudum siquidem —escribe Morales Padrón— se completaba la posibilidad de que los barcos castellanos, yendo hacia poniente, descubriesen islas que pertenecían a la India asiática— — quae Indias fuissent vel essent—. El mundo quedaba abierto para la colonización de Castilla. La Dudum siquidem venía a ser como el broche final a un siglo de litigios, completada por lo que se acordase dentro de poco en Tordesillas. Portugal había sido derrotado y Colón veía asegurado su éxito y confirmados sus privilegios. Lo que en Santa Fe fue problemático y lleno de hipótesis, era ahora una realidad palpable.»
El efecto del descubrimiento produjo honda impresión en toda Europa. De la carta-informe que Colón envió a Santángel, se hizo una primera edición muy defectuosa en Barcelona en 1493. Aunque el hecho tenía visos de fantástico e increíble en los mismos medios científicos, la carta circuló ampliamente en los centros políticos, económicos y culturales de Europa. Fue traducida al latín por Leandro de Coscó con el título De Insulis inventis. Epístola Cristoferi Colom y sólo en el período 1493-94 aparecieron nueve ediciones en Roma, París, Basilea y Amberes. En el norte de Europa tardaron más tiempo en advertir la, trascendencia del acontecimiento.
Introducción
MIENTRAS se preparaba la segunda flota, don Cristóbal Colón fue magnificado y sublimado al máximo. Ya podía figurar entre los primeros de la Corte con todo derecho, pues los Reyes Católicos lo elevaron al más alto rango, dotándole de un escudo de armas en el que figuraban el león y el castillo, que eran símbolos reales. Para que viviera de acuerdo con su categoría, se le dotó con mil doblas de oro y el derecho de alojarse con cinco criados dondequiera que fuese, pagando sólo la comida al precio corriente. Se le ratifica en todos los títulos y privilegios que le confieren las Capitulaciones de Santa Fe y es nombrado Capitán General de la segunda flota de las Indias. Pero la organización del segundo viaje correría a cargo de la Corona y la persona encargada de hacer los preparativos propios fue Juan Rodríguez de Fonseca, arcediano de Sevilla. De este hombre escribe Las Casas: «Don Juan de Fonseca, aunque eclesiástico y arcediano, y después de este encargo que le dieron los Reyes de las Indias, fue obispo de Badajoz y Palencia, y, al cabo, de Burgos, en el cual murió, era muy capaz para mundanos negocios, señaladamente para congregar gente de guerra para armadas por el mar, que era más oficio de vizcaíno, que de obispos, por lo cual siempre los Reyes le encomendaron las armadas que por la mar hicieron mientras vivieron.»
Como Palos resultaba insuficiente para esta segunda expedición, se eligieron los puertos de Sevilla y Cádiz. Este último había sido expropiado recientemente por la Corona a los Ponce de León. En cuanto a los gastos de la expedición, también la Corona asumía la parte más importante, con 15.000 ducados de oro y diversas cantidades procedentes de la Hacienda pública. El duque de Medina Sido-nia contribuyó con cinco millones de maravedís; el resto lo aportaron los grandes comerciantes, banqueros y otros particulares.
A pesar de la impaciencia de los monarcas por acelerar la expedición, lo cual puede constatarse en las apremiantes cartas que dirigen a Colón y a Fonseca, la organización de una escuadra de 17 barcos, con tres naos y 14 carabelas y barcas cantábricas, y 1.500 personas entre tripulantes y pasajeros, resultó bastante ardua y compleja. Por una parte, se dieron varios actos de picaresca, como el cambiar los caballos en buenas condiciones por otros enfermos y medio muertos, así como el suministro de vino adulterado. Por otra, la abundancia de voluntarios era tanta que hubo que hacer una selección. Del equipamiento de los barcos escribe Las Casas: «En breves días se aparejaron en la bahía de Cádiz diecisiete navíos, grandes y pequeños, y carabelas muy bien proveídas y armadas de artillería y armas, de bastimento, de bizcocho, de vino, de trigo, de harina, de aceite, de vinagre, de quesos, de todas las semillas, de herramientas, de yeguas y algunos caballos, y otras muchas cosas de las que acá (en las Indias) podían multiplicar y los que venían aprovecharse... Traían muchas arcas de rescate y mercaderías, para dar a los indios, graciosas, de partes de los Reyes, y para conmutar o trocar que llaman rescatar por oro y otras riquezas de lo que los indios tuviesen.»
En la organización de la expedición destaca el interés colonizador de los monarcas, pues las tripulaciones estaban formadas por un gran número de oficiales, soldados y funcionarios públicos, además de hidalgos, pajes, escuderos, campesinos y religiosos. Entre las personas más destacadas de la expedición figuran Juan de la Cosa, Ponce de León, Alonso de Ojeda, el médico Diego Alvarez Chanca, que escribió un relato del viaje, el genovés Michele de Cúneo, que también escribió sobre aquella expedición, Bernal de Pisa, Antonio Torres, Diego Márquez, Diego Colón, el militar Pedro Margarit, y los religiosos Bernardo Boyl, representante espiritual del Papa, y Ramón Pane. También figuraba en la expedición el padre y un tío del futuro Bartolomé de las Casas. «Los objetivos del viaje —escribe Morales Padrón— quedan esclarecidos en las instrucciones de los Reyes a Colón, fechadas en Barcelona el 29 de mayo de 1493. La primera finalidad de la expedición bien marcada es la de la evangelización de los indios por medio de Boyl y otros religiosos embarcados. El segundo objetivo era económico, y consistía en establecer un activo comercio con los naturales, a base de mercancías enviadas desde la metrópoli. Había, además, cláusulas sobre la administración de los rescates o trueques, sobre la organización política, sobre la contabilidad, sobre el establecimiento de fundaciones, etc. Las instrucciones revelan que todo el apresto se hacía como inicial esfuerzo de lo que sería una grandiosa colonización.»
El 25 de septiembre de 1493 partía del puerto de Cádiz la gran escuadra al mando del capitán general Cristóbal Colón entre grandes honores. Una escuadra de galeras venecianas la escoltó hasta el mar. Como en la expedición anterior, Colón se dirigió a las islas Canarias, para proveerse de agua, alimentos y animales, así como simientes y algunas plantas. Y el día 13 de octubre, la armada abandonó la más occidental.de estas islas, la de Hierro, para dirigirse hacia las Indias. En esta ocasión el almirante del Mar Océano puso rumbo más al sur para evitar el mar de los Sargazos, con lo que ganó tiempo en la travesía.
El 3 de noviembre alcanzaron la isla Dominica (Caire) y avistaron el rosario de islas de las Pequeñas Antillas. Colón fue descubriendo y bautizando a las islas María Galante, Guadalupe y Deseada. La rapidez del viaje, veintiún días, y la seguridad con que el jefe de la flota navega entre las que fueron llamadas las «Once Mil Vírgenes», han hecho suponer que no era la primera vez que Colón navegaba por aquel enjambre de islas. Además, como se demostraría después, había elegido la ruta más corta para ir a América. En esta sospecha incurre el mismo doctor Alvarez Chanca. La primera escalada la hicieron en la isla María Galante, nombre anterior del barco almirante, que Colón rebautizó con el de Santa María. Como la María Galante estaba desierta, la segunda escala la hicieron en Santa María de Guadalupe, isla habitada por los temibles caribes antropófagos. Allí encontraron restos de los banquetes humanos de los caníbales y hallaron prisioneros que informaron a los españoles de sus costumbres. De aquí se deducen algunas observaciones etnológicas que justificarán las posteriores medidas contra los caníbales. Al parecer, tenían la costumbre de ceñirse las pantorrillas con cuerdas de algodón, solían castrar a sus prisioneros para que engordasen antes de comérselos, las mujeres hablaban entre sí un idioma que los hombres no entendían, y que a las muchachas cautivas embarazadas las trataban con cierta consideración, porque estimaban como un delicioso manjar los niños que de ellas habían de nacer.
El 10 de noviembre la escuadra puso rumbo noroeste en busca de la Española. En su navegación descubrieron las islas de Santa María de Montserrat, Santa María la Antigua, Santa María de la Redonda y San Martín. En ninguna de estas islas dejaron testimonio de conquista, por lo cual más tarde tomaron posesión de ellas los holandeses, ingleses y franceses. Lo mismo ocurriría con las islas San Cristóbal, San Eustaquio y Saba. En Santa Cruz hicieron escala. Allí tuvieron el primer enfrentamiento armado con los feroces caribes, que les hicieron frente con sus flechas. En la escaramuza murió un español y hubo varios heridos, pero al final los aborígenes fueron reducidos y se hicieron varios prisioneros.
En esta exploración, el 19 de noviembre arribaron a la isla de Boriquen, actual Puerto Rico, que bautizaron con el nombre de San Juan Bautista, tal vez porque allí se aprovisionaron de agua, ya que no pudieron negociar con los indios, pues éstos habían huido ante la presencia de los españoles. Sin embargo, sí observaron que tenían poblados bien construidos y que no eran caníbales. Aunque Colón se sentía tentado a descubrir la tierra firme del Gran Khan, y ése era su objetivo en aquella morosa exploración caribeña, al final se dirigió a la Española con la incertidumbre de comprobar lo que había sido de los cuarenta hombres que tan ligeramente había dejado en el fuerte Navidad. El 22 de noviembre alcanzaron la costa norte de la Española y el 27 pudo comprobar que los temores de Martín Alonso Pinzón se habían cumplido: el fuerte Navidad había sido totalmente arrasado y solamente pudieron encontrar los restos de algunos miembros de la guarnición.
Constitución del municipio de la Isabela y política del virrey
La destrucción del fuerte Navidad y la muerte de sus hombres fue uno de los primeros hechos que demostraron que si Colón era un buen navegante resultaba un mal político y peor estratega, cosa que ya adivinaban los Reyes Católicos, tan finos y sutiles en el descubrimiento de hombres capaces y funcionarios leales. Lo ocurrido en el fuerte Navidad era más que presumible, ya que su paniagudo Diego de Arana, designado jefe de la guarnición por ser primo de Beatriz Enríquez, no era hombre capaz de imponer su autoridad a los hombres que le habían sido confiados. Así ocurrió que los subordinados se le rebelaron y se lanzaron individualmente a la búsqueda de oro y mujeres. Ante esta oleada de pillaje por las tierras de los caciques Guacanagari y Caonobó, éstos se concertaron para acabar con los extranjeros que ya se consideraban dueños de sus tierras y de sus mujeres.
Colón en vez de reaccionar como virrey y gobernador, averiguando lo sucedido y castigando a los culpables de la muerte de los hombres del fuerte Navidad, reaccionó como almirante y se volvió a sus navíos. A la vista del cuadro desolador, nos dice el doctor Chanca: «Acordó el almirante nos tornásemos por la costa arriba por do habiamos venido de Castilla, porque la nueva del oro era fasta alli.»
La nueva base de operaciones colonizadoras fue erigida al noroeste de la Española y se llamaría Isabela en honor de la reina de Castilla. El lugar era espacioso y fértil. Inmediatamente se empezó a construir una pequeña iglesia, dos edificios de piedra para vivienda de oficiales y almacén de armas y provisiones, y una casa fuerte para él. Los demás jefes fueron invitados para que se construyeran casas adecuadas. Los colonos levantaron casas de paja, barro y madera. Serían estos hombres los que creasen las primeras explotaciones agrarias y mineras del Nuevo Mundo y montaran diversas industrias artesanales, entre ellas unos astilleros, al servicio de la comunidad colonial. Mientras construían la villa, se produjo una epidemia que atacó a casi todos los pobladores. Muy poco se sabe de esta primera epidemia que dio bastante trabajo al doctor Chanca. Se supone que fue debida al exceso de trabajo y a la mala nutrición.
Colón, que al decir de sus cronistas sólo se encontraba a gusto en el mar y haciendo exploraciones, preparó en este tiempo dos expediciones, una a Cibao, que encomendó a Ojeda, para comprobar si se trataba verdaderamente de Cipango y existía oro; la segunda era el regreso de Antonio de Torres a España para informar a los reyes de los descubrimientos efectuados y volver con aprovisionamientos para la colonia, ya que en este aspecto la crisis era muy aguda.
Ojeda llevó a cabo la misión encomendada con prontitud y eficacia, pues no tardó más de quince días, y regresó con las noticias más optimistas que el almirante podía recibir: en Cibao había oro y los aborígenes eran tan mansos y pacíficos que se los podía esquilmar fácilmente. Con las buenas nuevas y ya sin preocuparse de identificar Cibao con Cipango, escribe a los reyes un informe cauteloso y hábil para que lo lleve Antonio de Torres, al que previamente había nombrado alcaide de la Isabela. «El tono general de este documento —escribe Madariaga— prueba que Colón no las tenía todas consigo en cuanto a su gestión y que sentía la necesidad de adelantarse a críticas posibles de su empresa. Después de una declaración de lealtad a los Reyes, consagra tres largos párrafos a explicar por qué no ha habido todavía un éxito rotundo en el ramo de la especiería y del oro; vuelve a afirmar la abundancia de una y otro en la isla, pero subraya las dificultades del momento: epidemia, carencia de rutas, Caobón todavía en rebelión. Pide después que se le manden alimentos españoles, hasta que se hayan recogido las cosechas sembradas en la isla y hayan tenido tiempo para multiplicarse los animales que se han traído. Pasa por último a proponer que se envíen a España caníbales para su conversión y educación; y después, combinando ambas ideas, propone que se establezca un comercio compensado, transportando ganado a las Indias en carabelas que volverían cargadas de esclavos caníbales, con gran beneficio del tesoro real.»
Por primera vez Colón manifestaba sus intenciones esclavistas. El sueño de un Cipango empedrado de oro empezaba a esfumarse en su mente exaltada por la lectura de las obras de Marco Polo y Mandeville y hacía su aparición el mercantilismo. Sin embargo, en su informe el almirante, con su habitual astucia, no planteaba la esclavización bajo perspectivas lucrativas, sino desde el punto de vista apostólico y religioso, como un buen medio de evangelización.
El 2 de febrero de 1494 se hacía a la mar Antonio de Torres con doce barcos cargados con oro, especias, animales exóticos y 27 indios esclavizados, algunos de ellos caníbales. Los envíos de esta primera expedición provocaron en la Corte castellana cierta perplejidad, pues el oro era escaso y las especias que se hacían pasar por áloe, almizcle y canela, no lo eran. Además, el desastre del fuerte Navidad y la situación de los conquistadores y colonos en la Española, desinfló la fabulosa leyenda colombina. Por otra parte, el problema de la esclavitud de los indios planteado por Colón, levantó mucha polvareda y escrúpulos en los reyes y en sus consejeros religiosos. De todas las propuestas que Colón hacía a los reyes, la única que no fue aceptada fue la de la esclavitud, en la que los Reyes Católicos querían tomarse tiempo para consultar con los teólogos.
El gobierno de la Española
Que Colón no era político ni estadista está archidemostrado. El gobierno de la Española es una confirmación de ello. Receloso, desconfiado y huraño, sólo confiaba en los hombres de su camarilla, que nunca eran los mejores, si exceptuamos a Antonio de Torres. La primera rebelión contra su gobierno tiránico y caprichoso estuvo dirigida por Bernal de Pisa, contador real, quien se proponía apoderarse de los cinco navíos que quedaban en la Española después de la partida de Antonio de Torres, y regresar a España para contar lo que allí sucedía. El error de Bernal de Pisa no fue tanto intentar huir como haber escrito una pesquisa sobre el almirante y haberla escondido en una boya de madera, que fue descubierta por los espías de Colón. A consecuencia de ello Pisa fue encarcelado y algunos de sus cómplices castigados con más severidad, pues por lo menos uno fue ahorcado.
Después de aquel ejemplar castigo contra la creciente murmuración, Colón organizó una expedición a Cibao para apoderarse de la región aurífera descubierta por Ojeda. Antes de partir el 12 de marzo de 1494 con 500 hombres, el almirante delegó su autoridad en su hermano Diego, un pobre cuitado demasiado joven e inexperto en cuestiones de gobierno. Es verdad que, conociendo su incapacidad, le rodeó de personas que «le aconsejasen y le ayudasen». Pero esto por fuerza tenía que molestar a las personas con mayor autoridad y rango que había en la colonia. Este concepto dinástico de Colón chocaría con la mayoría de sus colaboradores y contribuiría a arruinar su prestigio.
Al llegar a Cibao, el almirante-virrey pudo comprobar con sus propios ojos que aquello no tenía el menor parecido con el Cipango descrito por Marco Polo, pero en cambio en sus ríos había oro en abundancia, por lo cual mandó construir el fuerte de Santo Tomás en un cerro próximo al río Xanique y creó la base para la explotación aurífera de la región. Allí dejó 52 hombres al mando de Pedro Margarit. Pero la codicia de oro de algunos españoles provocó nuevos conflictos, pues los más no entregaban la décima parte de lo obtenido que correspondía a la Corona. En vista de ello Colón adoptó las durísimas medidas que describe Michele de Cúneo en su Diario: ««Quienes fueron encontrados en falta fueron duramente azotados; a uno le cortaron las orejas y a otro la nariz, que era una pena verlo.»
El 29 de marzo Colón regresó a la Isabela, donde se encontró con nuevos problemas y conflictos. El hambre y la miseria hacían estragos, ya que casi todos los alimentos llevados de España se habían podrido en aquel clima caliente y húmedo. Como tenía abundancia de trigo, el virrey-gobernador dio orden de que se construyeran varios molinos en el río y, según Las Casas, «que también ayudasen los hidalgos y gente de Palacio, o de capa prieta, que también hambre y miseria padecían, y a los unos y a los otros se les hacía a par de muerte ir a trabajar con sus manos, en especial no comiendo».
Esta medida fue tan mal acogida que para hacerla cumplir Colón tuvo que «añadir al mando la violencia», según el mismo autor. Uno de sus mayores críticos fue el padre Boyl, que acusaba al virrey de excesiva severidad. Oviedo dice que «el almirante ahorcó á algunos, y en especial a un Gaspar Ferriz, é á otros açotó; é començó a se mostrar severo é con mas riguridad de la que solia (...) El almirante era culpado de crudo en la opinión de aquel religioso, el qual, como tenia las veçes, ybale a la mano; é assi como Colom haçia alguna cosa que al frayle no le pareçiesse justa, en las cosas de la justiçia criminal, luego ponia entredicho y haçia cessar el ofiçio divino. Y en esta hora el almirante manda cessar la raçion, y que no se le diesse de comer al fray Boyl ni a los de su casa...» El almirante había topado con la Iglesia, lo cual resultaba harto peligroso en la España de los Reyes Católicos.
Por entonces se recibieron noticias en la Isabela de que el cacique Caonabó se acercaba con tropeles de indios armados al fuerte de Santo Tomás. Colón envió inmediatamente a Alonso de Ojeda con un ejército de 400 hombres, entre los que incluyó a los más rebeldes y descontentos, en ayuda de Pedro Margarit. Alonso de Ojeda no se anduvo por las ramas y entró a saco en los poblados nativos, apoderándose de sus mujeres, víveres y enseres. La guerra entre los españoles y los indios tainos estaba declarada y estos últimos pagarían una durísima factura por salirse de la mansedumbre y servilismo que les atribuía Colón en sus primeras cartas.
Para escapar de tantas preocupaciones, Colón decide volver a la mar, donde se encontraba en su elemento. En la Isabela formó un Consejo de gobierno presidido por su hermano Diego y en el fuerte Santo Tomás el ejército mandado por Ojeda. Así, el 24 de abril de 1494 se hacía a la mar con tres carabelas rumbo a Cuba. Su obsesión seguía siendo Asia y los reinos del Gran Khan. Tras explorar la costa sur de Cuba, se dirigió a Jamaica, que los indios describían como rica en oro. Al intentar desembarcar se encontraron con la oposición de los indígenas que, en gran número, bloqueaban las playas. Pero la oposición fue destrozada con las armas de fuego y los perros de caza, empleados por primera vez en las Indias. Colón exploró la costa norte de la isla y el 14 de mayo volvía a las costas cubanas. En esta expedición el almirante descubrió más de 160 pequeñas islas que bautizó con el poético nombre de Jardín de la Reina por su flora exótica y su belleza tropical. En el puerto de Jagua, actual Cienfuegos, encontraron poblados de indios pacíficos. Allí le hablaron de la tierra de Magón, que Colón pensó que se trataba de Mangui, la China del Sureste de la que habla Marco Polo. Los indígenas le dijeron que estaba muy lejos de Cuba, pero a un hombre obcecado por una teoría difícilmente le arredran las dificultades. Convencido de que Cuba era una península asiática que formaba parte de Catay, navegó días y noches por el archipiélago de los Canarreos hasta volver de nuevo a Cuba. El 12 de junio la expedición arribaba a Bahía Cortés. Aunque el propósito de Colón era proseguir la navegación hasta demostrar su teoría de la continentalidad de Cuba, el mal estado de las carabelas, la falta de víveres y el descontento de la tripulación, que deseaba regresar a la Isabela para volver a España, le hicieron desistir. En estas circunstancias, Colón se aprovechó para obligar a la tripulación a jurar y firmar en falso la continentalidad de aquellas tierras, lo cual muchos de ellos no creían. El acta levantada por el escribano Juan Pérez de Luna, finalizaba así: «... requerí públicamente... y les puse pena de 10.000 maravedís por cada vez que lo dijese cada uno, que después en ningún tiempo al contrario dijese delo que agora diría, e cortara la lengua, y si fuera grumete o persona de tal suerte, que le darían cien azotes y le cortarían la lengua».
El 13 de junio partió la expedición con rumbo a la Española. En el camino hicieron nuevos descubrimientos. La travesía resultó más difícil por el estado ruinoso de las naves y algunas tormentas que las pusieron en peligro. Además, Colón volvió de nuevo a explorar Jamaica, desde donde se dirigió a la Española el 19 de agosto. Bordeando la costa sur de la isla transcurrió más de un mes, pues hasta el 29 de septiembre no arribaban a la Isabela.
El almirante del mar Océano desembarcó maltrecho y enfermo, pero tuvo la satisfacción de encontrarse con su hermano Bartolomé, a quien los Reyes Católicos habían ennoblecido con el título de caballero y puesto a su disposición una flotilla de tres navios para que fuera a reunirse con su hermano. Bartolomé se había enterado del descubrimiento en París por el rey de Francia, con el que negociaba la financiación de la empresa de su hermano. Gentilmente el rey de Francia le obsequió con cien ducados de oro para que regresara a Castilla. La flotilla mandada por Bartolomé Colón había arribado a la Isabela el 24 de junio de 1494 con un cargamento de víveres y medicamentos.
Tenía Cristóbal Colón a la sazón cuarenta y tres años, su hermano Bartolomé treinta y tres y Diego veintisiete. Algunos historiadores consideran a Bartolomé el más animoso y activo de los tres hermanos. No es extraño, pues, que después de haber sido ennoblecido por los Reyes Católicos, su hermano Cristóbal le nombrara adelantado de las Indias y le entregara prácticamente el gobierno de la Española. Esta predilección del almirante por sus hermanos y camarilleros, en perjuicio de otros que se consideraban con más mérito, aumentó el número de los adversarios de los Colones. En la misma Corte el nombramiento hecho por Colón a su hermano fue considerado como usurpación de la autoridad regia. Tanto es así que el título no sería confirmado por los Reyes Católicos hasta 1497.
Mientras el almirante había estado ausente, en la Española habían ocurrido sucesos de la mayor gravedad para la consolidación de la conquista y el prestigio del mismo Colón. Su hermano Diego se había revelado como un gobernante absolutamente inepto y carente de iniciativas para afrontar situaciones difíciles. La región central seguía en abierta rebelión contra los conquistadores. Los indios se negaban a trabajar y huían a las montañas, donde el cacique Caonabó adiestraba a sus guerreros. Por otra parte, en circunstancias que no están muy claras, Pedro Margarit abandonó el mando del fuerte de Santo Tomás y se fue a España con el padre Boyl en las carabelas que habían llevado a Bartolomé Colón. Colón acusaría más tarde a Margarit de ser el culpable de que se hubiera dispersado la guarnición de Santo Tomás y sus hombres fueran cazados y matados por los indios en pequeñas partidas. Pero, por lo pronto, el fraile benedictino y el militar presentaron en la Corte un informe condenado muy duramente la política colombina.
Aunque ambos desertores tenían en parte razón, los reyes tenían demasiada experiencia como gobernantes para aceptar sin más sus acusaciones contra el almirante. Ciertamente el almirante y su hermano Diego no carecían de culpa en lo que sucedía en la Española, pero también hay que reconocer que las cosas allí se habían puesto difíciles. La codicia y violencia de los españoles contra los aborígenes empezaba a dar sus frutos. Los principales caciques de la isla, Caonabó, Guarionex, Behechio y Cutubanamá rechazaban la conquista y colonización de su territorio. El único que se mantenía leal a los españoles era Guacanagari. El más temible de todos era Caonabó, que no sólo no temía a los conquistadores, sino que los hostilizaba con grandes masas de guerreros indígenas.
Para contrarrestar la coalición de los caciques indígenas, el almirante, a iniciativa de su hermano Bartolomé, desarrolló una nueva táctica contra los insurrectos que dio los resultados apetecidos, pues en las operaciones de castigo murieron muchos indios y muchos más fueron hechos prisioneros y esclavizados. De estos últimos, 500 fueron enviados a España en la flota de Antonio Torres, que emprendió viaje de regreso el 24 de febrero de 1495. Aunque los reyes seguían manteniendo sus escrúpulos con respecto a la esclavitud de los indígenas, dieron órdenes al obispo Fonseca para que fueran vendidos en Andalucía los sobrevivientes de la expedición. Sin embargo, por otra cédula fechada el 1.° de junio de aquel mismo año, volvían a desautorizar la esclavitud hasta que una junta de teólogos y letrados se pronunciara sobre su licitud.
En marzo de 1495, Alonso de Ojeda consiguió apoderarse de Caonabó por medio de la ingeniosa estratagema de ponerle unos grillos haciéndole creer que se trataba de unas pulseras. La captura de Caonabó provocó un levantamiento general en la isla. El 24 de marzo Colón reunió a todas sus tropas de a pie y a caballo, sin que faltaran las traillas de perros cazadores, y se enfrentó en la Vega Real con una multitud de indios que Las Casas cuantifica exageradamente en cien mil. La caballería, la infantería, los perros de caza y las armas de fuego hicieron tal estrago entre los sublevados que no volverían a repetir la hazaña. Consecuencia de la completa derrota fue que Colón les obligó a pagar tributo. Cada tres meses los indios mayores de catorce años debían pagar un pequeño cuerno lleno de oro y los caciques una calabaza cada dos meses. Los indios que no podían aportar oro debían contribuir con 25 libras de algodón hilado. Los tributarios llevaban como justificación una medalla de latón al cuello. Pero no serían muchos los que lo pagasen. Los más prefirieron huir de la vista de los españoles.
En noviembre de 1495 se presentó en la Española el sevillano Juan de Aguado con una flotilla. Era éste repostero de los reyes, había estado ya en la Española con Antonio de Torres y llevaba la misión de informarse de la verdadera situación de la isla y averiguar todo lo que se decía en España contra el almirante. El enviado regio fue sorprendido allí por uno de esos violentos fenómenos de la naturaleza que los indígenas llamaban huracanes. A consecuencia de ello los cuatro barcos que formaban la flotilla de Aguado se perdieron y la Isabela fue desmantelada. Colón mandó construir dos carabelas en los astilleros de la colonia y, mientras se terminaban, ordenó erigir varios fuertes en lugares estratégicos. Siguiendo su política «dinástica» nombró a Bartolomé capitán general y gobernador, a Diego segundo de Bartolomé, y a su criado Francisco Roldán alcalde mayor de la Isabela y de toda la isla. Juan de Aguado pudo tomar nota del mal efecto que causaron estos nombramientos, y especialmente el del criado Juan Roldán.
Las dos carabelas partieron rumbo a España el 10 de marzo de 1496. Los reyes le habían mandado que asegurase el regreso de los enfermos, de los pobres y de los que se habían quejado a la Cancillería Real de que el almirante no los dejaba volver. En total se embarcaron 225 hombres, treinta indios entre los que figuraba el valiente Caonabó, el oro y los productos de la tierra. La travesía fue muy mala y en ella perecieron algunos españoles y no pocos indios con Caonabó a la cabeza. Ante el hambre que se pasaba algunos tripulantes propusieron a Colón matar a algunos caníbales para que sirvieran de alimento o tirar a los indígenas al mar para aumentar la ración de comida, pero las dos proposiciones fueron rechazadas por el almirante.
Introducción
LAS dos primeras carabelas construidas en América entraron en el puerto de Cádiz el 11 de junio de 1496. La exhausta y maltrecha tripulación, al frente de la cual marchaba el magnífico y poderoso virrey de las Indias vestido con sayal de franciscano, produjo cierto desencanto. La imagen del Colón triunfador del primero y segundo viaje se había esfumado. La leyenda negra que le habían tejido Margarit, fray Boyl y otros empezaba a dar sus frutos. En lo sucesivo ya no sería el único protagonista y héroe de los descubrimientos. Incluso no eran pocos los que pensaban que el soberbio almirante había pasado a mejor vida
Andrés Bernáldez, el cura de Los Palacios, que le hospedó en su casa, nos pinta un Colón tan ajetreado y marchito y «vestido de unas ropas de color de hábito de fraile de San Francisco, de la observancia y en la hechura poco menos que hábito, e un cordón de San Francisco por devoción» que era el reverso del triunfador vestido de oros y sedas. A Bernáldez le refirió sus experiencias en el gobierno de la Española y le confió el Diario de su segundo viaje, lo cual aprovecharía el cura cuando escribió su Historia o Memorial del reinado de los Reyes Católicos.
Don Fernando y doña Isabel se hallaban en aquel momento muy atareados en la preparación de la doble boda del príncipe heredero don Juan y la infanta doña Juana con dos príncipes de la casa de Austria, y los problemas fronterizos con Francia. Al mes de su llegada, Colón recibió una carta muy cordial de los reyes, pero hasta finales de octubre no lo recibirían en la Corte. Si su estrella no se había eclipsado, pues los soberanos le acogieron con afectuosidad y simpatía, por lo menos ya no brillaba con el mismo magnetismo. El partido anticolombino que ya existía en la Corte y el informe adverso de Juan de Aguado, actuaban en contra de las tentativas monopolizadoras del descubridor.
Sin negarle ninguno de los privilegios otorgados hasta entonces, Colón tardaría casi tres años en conseguir una escuadra para retornar a las Indias. Parar armar una escuadra de seis barcos se tardó casi un año. El desprestigio de la empresa colonizadora era tal que no se encontraban marineros, soldados y campesinos para completar las dotaciones. En estas condiciones, los reyes ordenaron por carta que todos los delincuentes condenados a muerte y a penas de destierro fueran entregados a Colón. Así se reclutó más de la mitad de la expedición y el resto lo fue por medio de amenazas y secuestros. Los únicos excluidos fueron los asesinos, herejes, judíos, mahometanos y sodomitas.
Tercer viaje colombino
El 30 de mayo de 1498 partía del puerto de Sevilla la tercera expedición colombina con abundantes pertrechos y 330 hombres. Cada una de las expediciones tiene un sentido distinto y todas ellas van completando un vasto plan de exploración. En este viaje la primera escala de Colón se sitúa en Puerto Santo, en las islas Madeira. Después se dirige a las Canarias y en la isla Gomera completa el aprovisionamiento de los barcos y divide la flota en dos cuerpos: tres barcos se dirigirán a la Española para llevar provisiones a la colonia, y otros tres, al mando del almirante, tomarán rumbo hacia las islas de Cabo Verde, a donde arriban el 27 de junio, para desde allí iniciar un nuevo periplo descubridor.
En la nueva ruta los vientos no le favorecieron y sufrieron un calor tan fuerte que reventaron los toneles del vino y del agua y se corrompieron los alimentos. Colón había prometido a los reyes descubrir la tierra firme y mantener la dominación sobre lo descubierto. En este empeño el 31 de julio llegaba a la isla Trinidad próxima a las costas de Venezuela. La exploración de la isla y de las costas inmediatas le llevaron al descubrimiento de las bocas del Orinoco. El 15 de agosto escribía en su Diario: «Yo creo que éste es un gran continente hasta ahora desconocido, pues se mueven grandes masas de agua dulce en sus cercanías.»
La exploración de la península de Paria le hizo pensar que había descubierto el Paraíso Terrenal y que el Orinoco descendía del mismo Paraíso. Razón tenía en sentirse maravillado ante aquel bellísimo paisaje y la dulzura del clima. Pero Colón seguía aferrado a la idea de Asia. Su creencia, como dice Las Casas, se basaba en los textos de Pierre D’Ailly, el Génesis, Tolomeo y Séneca. Ni siquiera se daba cuenta, como escribe Morales Padrón, «que había entrado en contacto con nuevas culturas; los indios estaban dotados de una mejor civilización que los antillanos, expresada en grandes canoas con cabina, en tejidos de algodón, en metalurgia (guanin mezcla de oro y cobre), flechas envenenadas y en el uso de chicha».
Las Casas nos dirá después, que al abandonar la costa venezolana, para dirigirse a la Española, el almirante «vino ya en conocimiento que tierra tan grande no era isla, sino tierra firme». En la fabulosa mente colombina la incertidumbre le iba acercando cada vez más a la verdad.
Los conflictos de la Española
Siendo Cristóbal Colón por naturaleza egocéntrico y aficionado a rodearse de subordinados fieles a su persona por encima de todo, debió sorprenderle mucho al llegar a la Española encontrarse con la abierta rebelión de Francisco Roldán contra sus hermanos. Pero así era. El hombre elevado por el almirante a la alcaldía general sin más méritos que la devoción a su persona, se había puesto a la cabeza del levantamiento contra Bartolomé y Diego, que ocupaban la primera jerarquía en el gobierno de la isla.
Durante la larga ausencia de Cristóbal, Bartolomé, primer adelantado de las Indias, había transferido la capitalidad de la colonia a Santo Domingo, fundada por él teniendo en cuenta que la zona de explotación aurífera se hallaba en la zona austral.
La flotilla colombina alcanzó la Española a finales de agosto de 1499, a 100 leguas al Oeste de Santo Domingo. En la nueva capital se encontró con una población depauperada en la que abundaban los enfermos de sífilis. Pero lo más grave era el estado de guerra civil entre sus hermanos y Francisco Roldán, quien poco después de partir el virrey hacia la Corte, se puso al frente de los enemigos de los Colón, que eran la mayoría de los pobladores de la isla. Esta rebelión, que algunos historiadores han calificado de «democrática», se polarizó entre los hidalgos y caballeros, que permanecieron fieles a los Colón, y los hombres de filas que se alistaron en el bando de Roldán. Este, a quien Pedro Mártir califica de «facineroso», se alió con el cacique Guarionex, se apropió de las tres carabelas enviadas por el almirante desde las Canarias, conquistando a buena parte de los hombres que venían en ellas con la promesa de oro, esclavos y mujeres, y declaró la guerra al adelantado Bartolomé Colón.
Al desembarcar el almirante se encontró con la rebelión en pleno auge. Como no contaba con fuerzas suficientes para enfrentarse con los sublevados, el virrey eligió la vía de la avenencia. Su pacto con Roldán fue verdaderamente claudicante: accedió a reponerle en su cargo de alcalde mayor de Santo Domingo y la isla, además de concederle a él y a los sublevados que deseasen permanecer en la isla tierras gratis, y pasaje también gratis a los que quisieran volver a España. Al conceder a Roldán y a los suyos tierras y plena jurisdicción sobre vasallos indígenas esclavizados, Colón afincaba en el Nuevo Mundo el derecho feudal, que en España estaba siendo quebrantado por los Reyes Católicos, y establecía de hecho el funesto sistema de repartimiento de tierras y encomienda de indios en América.
La situación no tardó en complicarse con la llegada de Alonso de Ojeda con cuatro carabelas procedentes de España. Ojeda desembarcó en el puerto de Yáquimo. El objetivo de Ojeda era establecer un dominio propio, esclavizar a los nativos y obtener oro. Para conseguirlo intentó atraerse a los roldanistas que no habían aceptado el pacto con Colón. Pero en esta ocasión Roldán y los Colones lucharon juntos y Ojeda tuvo que abandonar la isla en marzo de 1500. Llevó consigo un cargamento de esclavos que fueron vendidos en el puerto de Cádiz.
Una segunda rebelión fue protagonizada por Ladrón de Guevara y Adrián de Múxica. La sustancia de todas estas rebeliones es la misma: el ansia de poder y la obtención de privilegios patrimoniales. Pero en esta ocasión, el almirante y su hermano, el adelantado, no se anduvieron por las ramas y asfixiaron la rebelión ahorcando a algunos de los sublevados, encarcelando a otros muchos y desterrando a los restantes.
Paralelamente a los conflictos de la Española, se estaba produciendo una situación que desbordaba la autoridad de Colón y ponía en entredicho sus privilegios: Alonso de Ojeda, Juan de la Cosa y Américo Vespucio iniciaron por su cuenta la búsqueda de perlas en las costas venezolanas y descubrieron las islas de Curaçao, Arubay y Bonaire. Vicente Yáñez Pinzón, por su parte, se lanzó a la exploración de la costa oeste de América del Sur y descubrió la desembocadura del Amazonas en 1500.
Ante esta situación que mermaba su autoridad, Colón escribió a los reyes desde la Española una carta alegato justificándose de los fallos y errores que le atribuían los que regresaban a España con nuevas noticias sobre descubrimientos, y solicitando un letrado que administrase justicia, comprometiéndose él a pagarle el sueldo. En la misma carta solicitaba de los reyes «que le hiciesen la merced le mandar (a su hijo Diego) que viniese acá a ayudarle para que él descansase algo y sus Altezas fuesen mejor servidos». Y curándose en salud por lo que en la Corte pudiera decirse de él, añade: «Yo no sé si yerro, mas mi parecer es que los Príncipes deben hacer mucho favor a sus gobernadores en cuanto los tienen en el cargo, porque con disfavor todo se pierde.»
Detención de Cristóbal y Bartolomé Colón
Al decidir la elección del magistrado solicitado por Cristóbal Colón, los reyes debieron sopesar muchos informes contradictorios, pero todos ellos abundantes en pruebas de que los Colón carecían de aptitudes para el gobierno de gente aventurera y díscola, como era la mayoría de los que se habían lanzado a la conquista de las Indias. Pedro Mártir, tan cercano a la reina Isabel, confiesa que en la Corte se a acusaba a los Colón de ser «injustos, impíos, enemigos y malversadores de la sangre española». Quizá por eso los Reyes Católicos eligieron, al decir de Oviedo, a «un caballero, antiguo criado de la casa real, hombre muy honesto y religioso llamado Francisco de Bobadilla, caballero de la orden militar de Calatrava», y le otorgaron poderes para ejercer la «Gobernación e oficio de Juzgado de esas dichas islas y tierra firme». ¿No era esto contrario a los privilegios que detentaban el virrey, almirante y gobernador de las Indias...?
El 23 de agosto de 1500 Diego Colón presenció la llegada de las dos carabelas en las que viajaba el comendador Bobadilla. A la sazón se hallaba solo en Santo Domingo, pues el almirante estaba en la Concepción reduciendo a sus enemigos cristianos y el adelantado se encontraba con Francisco Roldán haciendo lo propio en Xaraguá. «De vez en cuando —escribe Madariaga—, uno u otro de sus belicosos hermanos enviaba a don Diego un racimo de prisioneros con órdenes terminantes de ahorcarlos sin pérdida de tiempo, y el pobre don Diego, viendo que no bastaba con una horca, había tenido que alzar otra, una a cada punta de la ciudad.»
Como los vientos no eran favorable para entrar en puerto, Bobadilla se mantuvo a la expectativa del viento terral. El gobernador interino envió una canoa a los navíos a informarse de quién mandaba la expedición y el objeto de la misma. Pero fue el comendador de Calatrava quien obtuvo una información directa de lo que pasaba en la isla. Así se enteró el pesquisidor regio que aquella misma semana habían ahorcado a siete españoles y otros cinco, entre los que se encontraban Hernando de Guevara y Pedro Riquelme, esperaban turno.
Bobadilla iba a proceder con suma cautela y tacto. Al día siguiente asistió a misa con todo su séquito y a la salida de la iglesia, en el pórtico, hizo leer a su escribano ante la mayor parte de los habitantes de la ciudad, su nombramiento de Pesquisidor General. Sin mostrar todas sus cartas, que eran muchas, pidió a Diego Colón que le entregase a los prisioneros, pero éste alegó que aguardase la llegada del almirante, ya que él carecía de poderes. Al día siguiente, también a la salida de misa, Bobadilla repitió la ceremonia, pero esta vez el escribano público leyó una carta real nombrando al comendador de Calatrava gobernador. Tras prestar juramento del cargo, volvió a la carga para que Diego Colón y el alcalde mayor Rodrigo Pérez le entregasen a los prisioneros y el proceso que se les seguía. Diego Colón rechazó las pretensiones de Bobadilla con los mismos argumentos que el día anterior. Pero entonces el comendador puso todas sus cartas al descubierto ante la multitud que asistía a la escena. El escribano público leyó dos cartas reales más. Por la primera, los reyes ordenaban que le fueran entregadas las fortalezas, armas y bastimentos; por la segunda, se le autorizaba a pagar los sueldos devengados con cargo a la cuenta real o a la del almirante, según los casos. Este último documento fue el colofón, ya que puso de parte del pesquisidor regio a la mayoría de los habitantes de la colonia.
Como Diego Colón rechazase de nuevo las conminaciones de Bobadilla, éste se dirigió con sus propias tropas y los numerosos voluntarios que se le unieron a la fortaleza y la tomó por las bravas en nombre de los reyes.
A partir de entonces se inicia entre el gobernador Bobadilla y Cristóbal Colón, como virrey y gobernador general una serie de negociaciones por intermedio de fray Juan de Trasierra y el tesorero real Velázquez que culminaron en la detención y procesamiento de Cristóbal Colón y sus hermanos. Honradamente hay que decir que Bobadilla se comportó como un político oportunista, pues hizo pregonar que se podía acaparar oro libremente entregando la undécima parte al Tesoro, con lo cual la mayor parte de los colonos se pusieron de su parte y se volcaron en acusaciones contra los vencidos.
Cuando después de muchas idas y venidas de los intermediarios, Colón se presentó en Santo Domingo para concretar la autoridad judicial de Bobadilla, se enteró de que su hermano Diego estaba detenido y que a él y a Bartolomé les esperaba la misma suerte.
Por otra parte, la conducta del almirante tampoco está muy clara. El proceso que Bobadilla abrió a Colón desapareció misteriosamente, de tal manera que cuando se iniciaron «Los pleitos colombinos» el fiscal lo reclamó reiteradamente y no le puso ser entregado. Sin embargo, Pedro Mártir escribe sobre este particular: «Dicen que el nuevo gobernador ha enviado a los Reyes cartas escritas por el almirante en caracteres desconocidos, en las que avisa y aconseja a su hermano el Adelantado, que estaba ausente, que venga con fuerzas armadas a defenderle contra todo ataque por si el gobernador intentase venir contra él con violencia.» Y Las Casas dice que los Colón «no mostraron modestia ni discreción al gobernar a los españoles como debieron hacerlo».
Poco después se presentaba Bartolomé Colón en Santo Domingo, llamado por carta de su hermano el almirante, por petición de Bobadilla, y los tres soberbios miembros de la dinastía quedaron en la fortaleza cargados de grillos, mientras Bobadilla engordaba el proceso con todos los chismes y maledicencias recogidos entre los enemigos de los Colón. Sin duda existían razones para relevar a Cristóbal Colón y a sus hermanos en el gobierno de las Indias, pero no para humillar a su descubridor con emponzoñados criterios leguyelescos y cargarle de grillos como si se tratara del peor de los criminales.
Introducción
A primeros de octubre de 1500, a los ocho años de haber presenciado el alba del Nuevo Mundo en la isla de Guanahaní, el prepotente Cristóbal Colón y sus hermanos partían de Santo Domingo cargados de cadenas con rumbo a España. El almirante había llegado tan alto y estaba tan orgulloso de sí mismo que la caída debió ser brutal. Las palabras que escribió mientras navegaba hacia España son lapidarias: «Si yo robara las Indias... y las diera a los moros, no pudieran en España mostrarme mayor enemiga.» Su custodio era Alfonso de Vallejo, pariente del obispo Fonseca, lo cual hace pensar a Las Casas que el obispo que hacía oficio de vizcaíno no era ajeno a la caída del almirante y a las trapisondas de Bobadilla. Sin embargo, parece que tanto Vallejo como el maestre de la carabela, Andrés Martín, se portaron con él caballerosamente y le quisieron quitar los grillos, pero Colón se negó diciendo que si eran los reyes los que se los habían puesto, a ellos les correspondía quitárselos.
Hasta que a fines de noviembre llegaron a Cádiz, el almirante se negó a que le quitaran los grillos. Orgullosamente testarudo hizo de su penitencia un blasón, pues Las Casas escribe: «Estos grillos guardó mucho el almirante, y mandó que con sus huesos se enterrasen en testimonio de lo que el mundo suele dar a los que en él viven por pago.»
Inmediatamente de su llegada a Cádiz escribió una carta al ama del príncipe don Juan, del que sus hijos Diego y Fernando eran pajes, con abundantes detalles de lo sucedido. Siempre astuto, Colón sabía que éste era el camino más corto de llegar a los soberanos y anticiparse a los informes oficiales de Bobadilla. La Corte se hallaba a la sazón en Granada. Fernando Colón recordará más tarde que los cortesanos enemigos de su padre decían al verle a él y a su hermano: «Mirad los hijos del almirante, los mosquitillos de aquel que ha hallado tierras de vanidad y engaño para sepulcro y miseria de los hidalgos castellanos, añadiendo otras muchas injurias, por lo cual excusábamos pasar por delante de ellos.»
Sin embargo, cuando los reyes se enteraron de que Colón y sus hermanos se hallaban en prisión, ordenaron que fueran inmediatamente puestos en libertad. Para que pudieran presentarse ante la Corte con la dignidad que correspondía a su alto rango, los soberanos enviaron al almirante dos mil ducados. Según Las Casas, el 17 de diciembre de 1500 Colón y sus hermanos comparecieron ante don Fernando y doña Isabel. El almirante se hallaba tan emocionado que cayó de rodillas ante los soberanos y empezó a sollozar. Parece que sólo al oír el tono cordial de los reyes, que le mandaron levantarse, el almirante recobró el ánimo y habló largamente de su lealtad a los monarcas y explicando que los errores cometidos eran de buena fe.
Bartolomé se las mantuvo más tiesas. Rècordó a los soberanos que viviendo en París al servicio de Madama de Borbón fue requerido por el almirante para que viniera a servir a los reyes de Castilla y Aragón, «porque seria honrado y acrecentado». Manifestó que había cumplido con su deber obedeciendo al almirante y sirviendo a los soberanos, que «estovo siete años en la dicha conquista e jura que los cinco no durmió en cama ni desnudo, e siempre la muerte al lado, e sufrido muchas necesidades que se deberia saber; e agora que estaba todo conquistado e puesto so su Real señorio, e esperando mercedes, el comendador Bobadilla lo prendió por mandado de V. A.con mucho su deshonor, e le envió acá cargado de hierros, sin pesar la cabsa dello; porque cuanto el ha fecho ha seido con muy buen fin e por servir e acrecentar su Real señorio. Suplica le remedien, e le manden pagar su salario, e si les puede servir en algo o le han más menester porque él puede remediar su vida».
La buena acogida de los reyes no modificaría los hechos. Aunque a Colón le fueron reconocidos todos sus derechos como almirante y virrey de las Indias, en lo sucesivo éstos serían más nominales que efectivos. La Corona recuperaba su plena soberanía sobre la colonización de las Indias y lo que había hecho Bobadilla formaba parte de la política de los soberanos de no engrandecer a nadie tanto que les hiciera sombra. Buena prueba de ello es el que 3 de septiembre los soberanos nombraban a Nicolás de Ovando gobernador de las Indias con plenos poderes. Cristóbal Colón debia conformarse con su participación en el comercio de oro y otros productos antillanos.
Cuarto viaje de Cristóbal Colón a las Indias
No tardaría Cristóbal Colón en advertir que en Castilla podría disfrutar en paz de sus honores y riquezas, pero que el poder le sería negado. Con todo, tampoco era hombre que aceptara la postergación resignadamente. Desde su llegada existen multitud de cartas y documentos que revelan su obstinación en la demanda de medios para emprender un nuevo viaje a las Indias. Los reyes no solamente no le quitaron la esperanza, sino que le estimularon con promesas. Pero la primera garantía cierta que recibe es una carta fechada el 26 de febrero de 1502 en la que le comunican que los preparativos de su viaje están ultimados. Sin embargo, las condiciones que le imponen son bastante severas; se le prohibía ir a Santo Domingo o arribar a la Española; sus exploraciones y descubrimientos debían tener en cuenta las líneas de demarcación del tratado de Tordesillas; debían tratar bien a los tripulantes, «como personas que van a servir en semejante jornada»; le prohibían hacer esclavos o rescates privados. Su misión principal era informar de la naturaleza de sus indios y de sus tierras.
Por entonces, cuando preparó el «Alto viaje», como él mismo lo definió, tenía Colón cuarenta y nueve años, sufría de artritis y había padecido una afección a la vista. No obstante, se sentía muy animoso, porque esperaba descubrir el paso transoceánico que él situaba por el istmo de Panamá.
Como hombre previsor, antes de partir puso en orden sus asuntos hereditarios y envió copias del Libro de los privilegios a su hijo Diego y al Banco de San Jorge, de Génova. En el testamento que redactó legaba sus posesiones, derechos y privilegios a su hijo Diego y, en caso de muerte de éste, a su hijo Fernando. También figuraban como beneficiarios sus hermanos Bartolomé y Diego y su amante Beatriz, madre de Fernando. A Génova, su ciudad natal, la legaba derechos de diezmo sobre las rentas de las Indias, cuyo dinero debía ser ingresado en el Banco de San Jorge, pero esta estipulación no se cumpliría nunca.
El 3 de abril de 1502 partía Colón del puerto de Sevilla con dos carabelas, dos barcas cantábricas y una tripulación de 140 hombres integrada en su mayoría por jóvenes campesinos y soldados andaluces. En la expedición le acompañaban su hijo Fernando, su hermano Bartolomé y comerciantes genoveses. A Diego que tenía veintiún años, lo dejó en la Corte para que defendiera los intereses familiares.
El almirante no partió de Cádiz hasta el día 9 de mayo. Desde allí escribió al padre Gorricio, con el que había hecho amistad: «El vendaval me detuvo en Cádiz fasta que los moros cercaron a Arcila y con él salí al socorro y fui al puerto.» Pero cuando llegó, los moros ya habían levantado el sitio y los portugueses le agradecieron el gesto de acudir en socorro de los cristianos. Desde allí emprendió rumbo a las Canarias, a donde llegó el 20 del mismo mes. El 25 partía hacia las Indias. El 15 de junio arribaba a la isla de Matinino (Martinica), en la que la tripulación descansó tres días. Al zarpar de nuevo, sintió la mala tentación o la necesidad de dirigirse a Santo Domingo. El lo justificaría en la necesidad que tenía de reparar los barcos. Las Casas dice: «Llevaba uno de los cuatro navíos muy espacioso así porque era mal velero como porque le faltaba costado para sostener las velas.» Pero este arreglo muy bien pudo haberlo hecho Colón en Cádiz o Canarias.
Como es de suponer, Nicolás Ovando, en cumplimiento de las órdenes estrictas que había recibido, se negó a dejarle entrar en el puerto. Colón pudo ver la gran flota que se disponía a zarpar para España, que era la misma que había llevado al gobernador Ovando a la Española. El amirante hizo saber a Ovando que la flota no debía levar anclas, porque se avecinaba un formidable ciclón. Naturalmente no le hicieron caso y hasta le calificaron de entrometido. En la flota viajaban Roldán, Bastidas, el cacique Garuionex y un cargamento de más de 200 pesos de oro. Sin embargo, en la flota no iban Antonio de Torres y el comendador Bobadilla como se ha dicho frecuentemente. Esta escuadra fue sorprendida por el huracán en la parte oriental de la isla y vapuleada con tanta dureza que se perdieron veinte barcos y murieron cientos de tripulantes. Los navíos que se salvaron regresaron a Santo Domingo y posteriormente fue rescatado el cargamento de oro.
Ante la negativa de Ovando a dejarle desembarcar en Santo Domingo, Colón lo hizo en el puerto de Azua de la misma isla. Tras arreglar los navíos, como sintetizan Verlinden y Pérez-Embid, «Colón dudó al principio sobre la dirección a seguir. ¿Convenía poner proa al Este o al Oeste? Se decidió por la primera alternativa.» Siguiendo este rumbo Colón prosiguió un viaje bastante accidentado. Las corrientes marinas desviaron a los barcos hasta las islas de las Pozas, próximas a Jamaica. Desde allí arribaron a la isla Guanaja (actual Bonaca). Se trataba de una isla muy poblada cercana a las costas hondureñas. Colón consideró que se hallaba cerca de los reinos del Gran Khan y del río Ganges.
El 14 de agosto tomó posesión de la costa de Honduras en nombre de los Reyes Católicos. Hubo trueque de mercancías con los indígenas y la flotilla siguió rumbo Este costeando Honduras. Durante un mes navegaron con una fuerte tempestad que castigó duramente a la tripulación y a los navíos. El 14 de septiembre la flota se hallaba a la altura del cabo Gracias a Dios. Desde allí siguió por la costa de la actual Nicaragua. El día 16 se hundía una de las barcas cantábricas a la entrada del que fue llamado río de la Desgracia, ya que en el naufragio perecieron todos los tripulantes. El 25 del mismo mes alcanzaban la isla de la Huerta, llamada así por su frondosidad, en la costa actual de Costa Rica. Allí hicieron algunos prisioneros y consiguieron oro. Colón, obsesionado por el descubrimiento de las Indias orientales, confunde Cariay con Catay y al oír hablar de Ciampa piensa que se encuentra en la Cochinchina de Marco Polo. Contribuyó a mantenerle en su error el haber encontrado allí oro fino.
«En contrapartida —escribe Morales Padrón—, Colón se enteró de que estaba recorriendo un istmo que separaba el Atlántico de otro mar Océano, lo cual era verdad. De ello dedujo, evidentemente, que él iba a encontrar un paso, y decidió continuar la búsqueda. Le dijeron entonces que el país ribereño del otro mar se llamaba Ciguare, y fue ahora esta palabra la que él creyó equivalente a Ciampa, a la Cochinchina. En adelante se contentó con aquel extraño paralelismo, renunció a buscar el estrecho y se interesó exclusivamente en el oro. ¿Qué había sucedido en su espíritu? No se sabrá jamás. Queda en pie solamente que ninguna relación del cuarto viaje vuelve a hablar del Estrecho después del episodio de Ciguare. Quizá Colón quiso hacer posible un quinto viaje, comprando el favor de los soberanos a precio de oro. Pero tal viaje no tuvo lugar: la muerte se llevó al almirante sin que hubiese tenido tiempo de emprenderlo.»
Bordeando la región de las costas de Veragua, de la cual su nieto obtuvo el título de duque en 1536, la expedición arribó a Portobello el 22 de noviembre y allí permaneció varias días a causa del mal tiempo. El viaje proseguiría hasta los puertos de Bastimentos y del Retrete (actual Escribanos). Este sería el punto más meridional alcanzado por la expedición. Desde allí volvió de nuevo a las costas de Veragua en busca de oro. El regreso no pudo ser más penoso para la tripulación, ya que sufrieron fuertes tormentas, vientos adversos y hambre, pues los bastimentos de boca se habían podrido. Pero el 6 de enero de 1503 desembarcaban en Santa María de Belén, que sería la primera colonia española en el continente americano. Allí Colón levantó una factoría minera para la extracción del oro a base de indígenas esclavizados.
La rapacidad del almirante, que despojó a los indígenas de sus ornamentos de oro y de sus alimentos, provocó el levantamiento del cacique panameño Quibián. La lucha entre los españoles y panameños fue durísima y en ella murieron gran cantidad de nativos y algunos españoles.
El 16 de abril de 1503 los barcos colombinos abandonaron Santa María de Belén en condiciones muy precarias. Para regresar a Santo Domingo tenían que desandar el camino recorrido anteriormente. Las carabelas se hallaban carcomidas por la broma y una de ellas tuvieron que desguazarla. En Portobello tuvieron que deshacerse de otra el 23 de abril, para proseguir por Bastimentos, Escribanos y Punta de los Mosquitos, el extremo más meridional del continente alcanzado por Colón. Desde allí emproaron hacia Cuba, aunque Colón, siempre dispuesto a recatar sus rutas y caminos, ocultó el nombre de Cuba y la llamó «Tierra de Mago». La navegación fue pésima. El mismo Colón diría que los barcos iban a «gatas» de tan carcomidos por la broma como estaban. Navegando por las islas del llamado Jardín de la Reina, Colón intentó alcanzar Santo Domingo, pero le fue completamente imposible porque los vientos eran contrarios. Así se vio forzado a fondear en el norte de Jamaica. El 25 de junio arribaron a Santa Gloria (hoy Saint Ann Bay), donde las carabelas fueron convertidas en pontones flotantes.
Al principio los indígenas les proveyeron de alimentos, pero no tardaron en cansarse de los actos de rapiña y violencia de los españoles. Colón se hallaba enfermo y postrado a causa de la artritis. Por otra parte, en la isla no había hombres ni herramientas ni materiales que les permitieran construir una embarcación para ir en busca de socorro a la Española. Ante esta situación, no había más remedio que intentarlo con una canoa indígena, que tendría que navegar cuarenta leguas contra corriente. Para hacer esta difícil travesía se ofrecieron Diego Méndez, el italiano Bartolomé Fieschi y algunos otros tripulantes. Los remeros serían indígenas. La aventura salió bien y alcanzaron el Cabo de San Miguel, en la Española. Diego Méndez cruzó la isla para entrevistarse con Nicolás de Ovando, pero el gobernador se mostraría renuente en socorrer al almirante y sus compañeros. Hasta mayo de 1504 Méndez no pudo conseguir una nave para ir a recoger a los náufragos de Jamaica.
Mientras tanto en Santa Gloria se produjo un motín. Del centenar de españoles que allí había, los hermanos Francisco y Diego Porras, cansados de esperar la llegada de socorros, se rebelaron contra la autoridad del almirante y arrastraron a otros cuarenta y seis tripulantes más para intentar salvarse por su cuenta. Los sublevados se apoderaron de diez canoas indígenas, con sus consiguientes remeros, y pusieron rumbo a la Española. Los vientos contrarios les pusieron en trance de naufragio y tuvieron que regresar a la isla después de haber arrojado dieciocho de los indios remeros al mar.
La situación no podía ser más triste para el gran almirante de las Indias. La Navidad de 1504 la pasó en cama enfermo y con su gente encrespada por la falta de víveres. Sin embargo, con su habitual ingenio se atrajo a los indígenas prediciéndoles un eclipse de luna a cambio de víveres.
A finales de marzo de 1504 llegó a Santa Gloria un galeón enviado por Ovando cuando se estaba gestando otra rebelión protagonizada por un boti cario valenciano llamado Bernal. Aunque el capitán de la nave prohibió bajo pena de muerte que ninguno de los hombres de Colón subiera a la nave, reforzó la moral de los seguidores del almirante para rechazar un ataque de los Porras, que andaban saqueando los poblados indígenas.
El 28 de junio arribaba a Santa Gloria la nao enviada por Diego Méndez. Los náufragos habían permanecido un año y cinco días en Jamaica abandonados a su suerte. A su llegada a Santo Domingo el 13 de agosto, la recepción que el gobernador Ovando hizo al almirante Colón fue francamente hostil. Por lo pronto ordenó la libertad del cabecilla de la rebelión, Francisco de Porras, a quien Colón había apresado. Colón se sintió herido en su orgullo y rechazó la invitación que Ovando le hizo de vivir en su residencia. Quien le quitaba autoridad y le humillaba no podía merecer su confianza.
Colón abandonó la Española el 12 de septiembre de 1504 en un barco alquilado. Le acompañaban su hermano Bartolomé, su hijo Fernando y 22 hombres más. El resto de la tripulación que había llevado en su cuarto viaje se quedaba en Santo Domingo, que ya era un hervidero de aventureros y descubridores. La travesía no resultó fácil, pero el 7 de noviembre de 1504 arribaba la nave en Sanlúcar de Barrameda, en la boca del Guadalquivir. Regresaba de su último viaje desilusionado y enfermo, tan enfermo que apenas si podía moverse. Encamado fue trasladado a Sevilla en espera de mejorar para volver a sus pleitos con la Corte. Ansiaba entrar en liza para defender sus derechos y privilegios, pero el frío de Castilla le arredraba. En una de sus cartas escribe a su hijo Diego: «Cierto estoy con gran temor, porque el frío tiene tanta inimistad con esta mi enfermedad que habré de quedar en el camino.» Su hermano Bartolomé, que permanecía a su lado, tampoco se hallaba rebosante de salud.
Introducción
MIENTRAS Colón realizaba su último viaje, con las peripecias que ya conocemos, en la Península se gestaba ya un nuevo planteamiento de la empresa descubridora y colonizadora de las Indias, planteamiento que sería contrario a las desorbitadas capitulaciones firmadas en Santa Fe y rubricadas en Barcelona. La Corona y el Estado adquirieron conciencia clara de la magna empresa y crearon los mecanismos adecuados para asegurarse el control de los bienes que se derivasen de ella. Ya en 1502 los Reyes Católicos pusieron en solfa el monopolio colombino al firmar capitulaciones particulares con Juan Sánchez, que partió a las Indias con cinco carabelas. A partir de entonces, la Corona otorgaría privilegios coloniales a diversos navegantes y empresas particulares. Para controlar las operaciones mercantiles y descubridoras, fue creada en Sevilla la Casa de Contratación de las Indias el 20 de enero de 1503. La intención de los soberanos quedaba bien clara al no mencionar en las primeras ordenanzas los derechos que correspondían al almirante en los beneficios, según las capitulaciones de Santa Fe.
El 26 de noviembre falleció en Medina del Campo Isabel la Católica, la protectora de Colón y la única persona en que confiaba para que le fuera restituido el poder sobre las Indias. Enfermo y casi al borde de la tumba, la idea del poder subsistía en él con más vigor que en los años en que soñaba con el descubrimiento de las Indias. El 13 de diciembre escribe a su hijo Diego: «Acá mucho se suena que la Reyna, que Dios tiene, ha desado que yo sea restituydo en la posesión de las Yndias.» Su impaciencia queda reflejada en otra carta que escribe una semana más tarde: «Acá si posible fuese, querría cada dia cartas... es de trabajar de saber si la reyna, que Dios tiene, dexó dicho algo en su testamento de my.» Grande debió ser su desilusión al saber que la reina Isabel no le mencionaba en su testamento, pero obstinado hasta la muerte, siguió dando instrucciones a su hijo para que se ganase la confianza del rey a través de Diego de Deza, que en enero de 1505 sería nombrado arzobispo de Sevilla, y de Cabrero, camarero del rey.
Ultima entrevista de Cristóbal Colón con Fernando el Católico
Mientras esperaba la llamada a la Corte, Colón permanecía en Sevilla a causa de la artritis. Pero no perdía el tiempo, pues además de escribir carta tras carta a su hijo y valedores ante el soberano, terminó de redactar el manuscrito del Libro de las Profecías, basado en los textos bíblicos. Hasta el 23 de febrero de 1505 no recibió el almirante la cédula que le autorizaba a presentarse en la Corte. Colón se hallaba muy mal y escribe a su hijo para que obtenga licencia para que pueda trasladarse en mula, ya que los caballeros no podían viajar en este animal, reservado exclusivamente para la «clerecía de orden sacra y las mujeres». No obstante, don Diego lo consiguió para su padre por razones de ancianidad.
En mayo de aquel año llegó a Segovia y fue recibido por don Fernando con la cordialidad de siempre, pero también decidido a no concederle poderío ni gobierno. El rey le propuso que nombrase una persona encargada de seguir en la cancillería los asuntos de su almirantazgo para que fueran resueltos con más diligencia. Según Las Casas aceptó de buen grado la sugerencia del monarca, y añadió: «¿Quién lo puede mejor hacer que el arzobispo de Sevilla, pues había sido la causa con el camarero que su Alteza hobiese las Indias?» Don Fernando accedió gustoso. Después el arzobispo de Sevilla y futuro Gran Inquisidor decidiría que se nombrasen letrados para resolver lo que se refería a la hacienda y rentas del almirante, pero no en lo que se refería a la gobernación de las Indias. En este sentido tanto Deza como el rey estaban de completo acuerdo que el gobierno de las Indias correspondía a la Corona.
Nadie puede poner en duda que si Colón ambicionaba las riquezas, ambicionaba con más fuerza el poder. Por eso le irritaba y enardecía, con grave uebranto para su precaria salud, que le negasen el erecho a convertirse en el gran señor feudal, par de los soberanos, que siempre había deseado ser. En una carta escrita al arzobispo Deza le dice: «Y pues se parece que su Alteza no ha por bien de cumplir lo que ha prometido por palabra y firma juntamente con la reyna, que haya sancta gloria, creo que combatir sobre el contrario para mi, que soy un arador, sea açotar el viento; y que será bien, pues que yo e hecho lo que e podido, agora dexe hacer a Dios nuestro Señor, el cual e siempre ha fallado muy prospero y presto a mis necesidades.»
Hábil era el rey don Fernando en la defensa de los intereses de la Corona y del Estado, pero todos sus ponderados recursos diplomáticos fracasaron ante el soberbio y testarudo Colón, que no estaba dispuesto a ceder un ápice en los derechos y privilegios conseguidos. Hasta su muerte se mantuvo firme en la exigencia de que se le concediera de facto el título y las prerrogativas de Almirante del Mar Océano y de las Islas y Tierra Firme para él y para sus sucesores, y los títulos de Virrey y Gobernador General de las tierras descubiertas en el primer viaje con carácter vitalicio. En este empeño le acompañaban sus hermanos y su hijo Diego. Ante esta terquedad, don Fernando hizo sondear a Colón ofreciéndole el feudo de Carrión de los Condes en España a cambio de su renuncia espontánea del inmenso feudo de las Indias, pero el almirante rechazó indignado la oferta.
A todo esto Colón seguía a la Corte trashumante cada vez más enfermo. De Segovia la Corte se trasladó a Salamanca y más tarde a Valladolid. Siempre encamado o de viaje, se mantenía impertérrito. La situación de Castilla a la sazón quizá justificaba sus esperanzas, pues a la muerte de doña Isabel, Fernando el Católico pasó a ser regente de Castilla hasta la llegada de su hija Juana la Loca y su marido Felipe el Hermoso. Aunque este reinado sería transitorio por la muerte de don Felipe a los pocos meses de llegar a España y la locura progresiva de la reina Juana de Castilla, al almirante, cada vez más enfermo, le faltó tiempo para presentar sus respetos a los nuevos soberanos sin olvidar sus reclamaciones.
Doña Juana y don Felipe desembarcaron en La Coruña el 28 de abril de 1506, tras un viaje tempestuoso que les había obligado a buscar refugio en Inglaterra. Como él no podía presentarse en persona por su enfermedad, envió a su hermano el Adelantado con la siguiente carta: «Sereníssimos é muy altos poderosos rey y reyna nuestros señores. Yo creo que Vuestras Altezas creerán que en ningun tiempo tuve tanto deseo de la salud de mi persona, como he tenido despues que supe que Vuestras Altezas avian de pasar acá por la mar, por venirle a servir y ver la experiencia del conocimiento que con el navegar tengo, a Nuestro Señor a placido así. Porende, muy humildemente suplico a Vuestras Altezas que me cuenten en la cuenta de su real vasallo y servidor, y tengan por cierto que, bien que esta enfermedad me trabaja así agora sin piedad, que yo les puedo aun servir de servicio que no se aya visto su igual. Estos revesados tiempos e otras angustias, en que yo e seido puesto contra tanta razón, me han llegado a gran extremo, a esta causa no e ydo a Vuestras Altezas, ni mi hijo, muy humildemente les supplico que reçiban la intención y voluntad, como de quien espera de ser buelto en mi honra y estado, como mis escripturas lo prometen.»
Mientras Bartolomé Colón se hacía presente ante la Corte de España allegaron extranjeros que con el petulante y frivolo don Felipe el Hermoso y la inestable doña Juana, el almirante fue empeorando y el 19 de mayo de 1506 se veía tan mal que dictó su testamento ante el escribano Pedro de Hinojedo. Su última voluntad confirma el testamento hecho en 1502 en el cual nombra heredero universal a su hijo Diego, incitándole a que aumente el mayorazgo y sirva con sus rentas y su persona a los reyes y a la religión cristiana. A su hijo Fernando también le manda que haga mayorazgo de sus rentas. A la hora de la muerte se muestra tan celoso de la dinastía colombina como lo había sido en vida.
En las cláusulas testamentarias hay una de tipo cabalístico que sigue despertando el mayor interés entre los estudiosos del ocultismo: «Don Diego, mi hijo, ó cualquier otro que heredase este Mayorazgo, después de haber heredado y estado en posesion de ello, firme de mi firma, la cual agora acostumbro, que es una X con una S encima, y una M con una A romana encima, y encima della una S y después un Y griega con un S encima con sus rayas y virgulas, como yo agora fago, y se parecerá por mis firmas, de las cuales se hallarán muchas, y por esta parecerá.» La firma de Colón se convierte en la siguiente figura geométrica:
Para un hombre tan concienzudo y enigmático como el almirante, no ofrece ninguna duda que la importancia que da a la firma de su heredero encierra un profundo significado subjetivo. Las interpretaciones que se han dado a este singular capricho de Cristóbal Colón son tantas y tan eruditas que, no pudiéndolas dar todas ni entrar en las polémicas suscitadas, nos atenemos a la que nos parece más verosímil, que es la de don Salvador de Madariaga: «Lo primero que llama la atención en esta firma es su índole triangular. Lleva inevitable la imaginación a la cábala. Así el propio Colón, al adoptar esta rigurosa costumbre tan poco usual de firmar con un triángulo de letras, e imponérsela además a sus sucesores, nos obliga a pensar en la ciencia oculta de los judíos. Esto bastaría para añadir otro elemento de interés a los abundantes indicios ya apuntados de su origen hebreo; pero ocurre que la interpretación cabalística de este triángulo de letras, y en particular las eses punteadas, transfigura esta firma en el escudo de David, doble triángulo o hexagrama.»
Al día siguiente, 20 de mayo de 1506, moría el gran descubridor en la ciudad de Valladolid sin haber recibido noticias de la reina Juana, de la que todavía esperaba conseguir el gobierno y dominación de las Indias.
Introducción
¿FUE Colón un predestinado, un elegido, como él mismo nos da a entender en algunos de sus oscuros y enigmáticos escritos? Si entendemos por predestinación la firmeza de voluntad en alcanzar un fin determinado, no cabe la menor duda. Nadie como él luchó y se aferró a lo que consideraba el fin primordial de su vida: el descubrimiento de nuevas tierras. Mucho énfasis se ha puesto en destacar sus conceptos vagorosos y sus teorías erróneas, pero esto sólo indica que Colón no era un científico ni un sabio. Como escriben Verlinden y Pérez Embid: «Su genio no era el del sabio que busca la verdad. En el dominio de las ideas, consistía en la fuerza invencible con la cual se adhería a una convicción original e inédita, adquirida poniendo en acción todas las noticias a su alcance, cualquiera que por otra parte fuera su valor objetivo. En definitiva, es la fuerza de su pensamiento, no su exactitud, lo que está por encima de lo normal. Si ha lugar a que se hable a este propósito de genio es porque Colón se ha adherido con energía sobrehumana a una idea errónea, pero fecunda. También por ese lado es por donde se perciben los peligros que bordean su espíritu. Su gran idea de una exploración por el oeste se convirtió en una especie de iluminación. No es de ninguna manera una convicción fundada en razones, cuyas premisas lógicas hayan podido ser comprobadas científicamente por medio de la observación. La fuerza del pensamiento prevalece sobre la corrección del encadenamiento lógico, incluso hasta el punto mismo en que, en ciertos momentos, la iluminación toma aspectos inquietantes, a los cuales la razón parece ser extraña.»
Ya nadie niega que a partir de los descubrimientos colombinos el hombre había encontrado el camino cierto para conocer la realidad de nuestro planeta en todos sus aspectos. Como dice Madariaga, «tenía que empezar una era en que el hombre explorase primero la superficie del planeta, sondease después sus abismos, luego los del espacio infinito y por último los del microcosmo». En aspectos más concretos, el descubrimiento de América abre una nueva era histórica para España, que se convertirá en la primera potencia mundial, y para el mundo, que entraba en una dinámica expansiva, creando nuevas relaciones entre los pueblos y las civilizaciones. Los más beneficiados, sin embargo, serán los países occidentales, que se desbordan en el nuevo marco geográfico y encuentran un espacio excepcional para su desarrollo económico y cultural. «Con ello —escribe Ruiz de Lira— se sentarían las primeras grandes bases colonialistas e imperialistas que caracterizarían más tarde el proceso histórico europeo. La civilización occidental se abriría a una nueva etapa expansiva que culminaría con la planetización de su concepción del mundo. La imposición de esta visión del mundo occidental se realizaría en diferentes niveles: geográfico, histórico, económico, social, cultural, religioso y racial. La llegada de Colón a América representa, pues, para Europa no sólo la posibilidad de descubrir geográficamente nuevas tierras, sino la de desarrollar nuevos mercados, apropiarse de tierras, metales y piedras preciosas, especias y demás productos necesarios a Occidente. El 12 de octubre de 1492 significaría la afirmación e impulso de una nueva etapa en la Historia, conocida como la era de los descubrimientos, de la conquista y colonización.»
¿por qué América y no Colombia?
Ni siquiera en el bautismo del Nuevo Mundo tuvo suerte el gran bautizador que fue Cristóbal Colón. La imprevisible casualidad le arrebataría la gloria que con tanto esfuerzo se había ganado. Hasta entonces el mundo conocido se dividía en tres continentes: Europa, Asia y Africa o Libia. Como ya hemos visto, Colón persistió a lo largo de sus cuatro viajes en incluir las islas y tierra firme descubiertas en el continente asiático. A este respecto escribe Morales Padrón: «Colón hace realidad las teorías, da vida al otro mundo, al nuevo Mundo, aunque para él no lo sea y ahí está su gran pecado: en minimizar la grandeza de su hecho. Y es entonces, albores del XVI, cuando vuelve de nuevo a hablarse de nuevo Mundo, de otro mundo. El mismo Colón le dice a los Reyes: «Vuestras Altezas tienen acá otro mundo»; su hermano Bartolomé dibuja un famoso mapa donde une Asia al subcontinente sur y lo llama Mondo Novo; Pedro Mártir de Anglería dijo de aquellas tierras Nova Terrarum, Novo Orbis y Orbe Novo; Vespucio lo llamó Mundus Novus; y Bartolomeo Marchioni, escribiendo a Florencia sobre el viaje de Cabral en 1501, dijo: «Este rey halló recientemente en este viaje un nuevo mundo...? ¿La frase se volvía a usar con el mismo sentido que Cadamosto? Unos sí, otros no, pues tenían conciencia de que realmente era un Nuevo Mundo al que así siguieron llamando, aunque por esos azares de la historia, quien menos se iba a pensar bautizaría sin consultar para nada al dador del nombre...»
El nombre de América fue tan casual como sorprendente. Quien bautizó al Nuevo Mundo con este nombre fue un oscuro cartógrafo y geógrafo alemán llamado Martín Waldseemuller. Este clérigo vivía en la localidad-monasterio de Saint Dié, en los Vosgos, con un grupo de sabios protegidos por el duque de Lorena René II. Preparaban entonces una edición de los Ocho libros de la Geografía de Ptolomeo. Mientras Waldseemuller redactaba el prólogo de la geografía tolemaica, los sabios que formaban la Academia reicibieron una relación de los viajes de Américo Vespucio al Nuevo Mundo, la cual les produjo tal entusiasmo que decidieron bautizar a las tierras descubiertas por Colón con el nombre del navegante florentino que trabajó al servicio de Portugal y España. La principal diferencia entre las relaciones del almirante y Américo Vespucio, que en 1508 fue nombrado piloto mayor de España, es que el primero se refería siempre a Asia y el segundo habla ya de la «cuarta parte» del mundo, lo cual tampoco era el primero en descubrir, pues Juan de la Cosa se le anticipa cuando realiza el primer mapa de América en 1500.
En el noveno libro del referido tratado, que habla del Nuevo Mundo y de América se dice: «Mas ahora que esas partes del mundo han sido extensamente examinadas y otra cuarta parte ha sido descubierta por Américo Vesputio —como se verá por lo que sigue—, no veo razón para que no la llamemos America; es decir, la tierra de Americus, por Americus, su descubridor, hombre de sagaz ingenió, así como Europa y Asia recibieron ya sus nombres de mujeres.» La palabra América se estampó igualmente sobre el mapa hecho por el clérigo-cartógrafo alemán. A partir de entonces el nombre de América se difundió por toda, Europa, ya que del libro se hicieron seis ediciones en el primer año de su aparición (1507).
Morales Padrón, que ha profundizado en este tema, escribe: «El topónimo América no fue aceptado por los españoles hasta el siglo XVIII. Ni Juan Vespuccio, sobrino de Américo, ni el cosmógrafo Ribero, ni Caboto, consignaron el nombre en sus cartas de 1523, 1529 y 1544. Las Casas en el XVI, Antonio Herrera (1600), Juan de Torquemada (1609), Fray Pedro Simón (1627), fray Antonio de la Calancha (1638) tampoco aceptan el vocablo y recalcan el hurto efectuado por Vespucio. En el Lib. I Cap. II de su Política Indiana, Solórzano Pereira hace una serie de consideraciones sobre los nombres que pudieren tener las tierras descubiertas: Indias, Antillanas, Amazonía, Orellana, Colonia, Columbia, Ferisabel, Pizarrinas... El personalmente, propone el nombre de Orbe Carolino.» Pese a todo, se impuso el nombre sonoro de América. Y es justo reconocer que Américo Vespucio no tuvo nada que ver con el caprichoso bautismo.
Introducción
LAS Islas Canarias descritas por los geógrafos de la Roma imperial, habían caído en el olvido durante la Edad Media. Las líneas que les dedican algunos geógrafos musulmanes de los siglos X al XIII se limitan a copiar a los autores clásicos y a añadir datos fabulosos, puesto que el Islam medieval no conoció directamente las islas. El nuevo descubrimiento de las Canarias fue un paso más de la expansión europea de los siglos XIV y XV. Como otros momentos de tal expansión, se realizó a través de dos fases: una primera, en el siglo XIV, cuando las islas fueron exploradas sobre todo por marinos defMediterráneo; otra, segunda, desde fines de aquel siglo, en que la iniciativa pasa claramente a las marinas atlánticas de Castilla y Portugal.
La conquista
En 1344, después de las primeras exploraciones, el Papa Clemente VI constituyó a las Canarias en reino y otorgó la soberanía sobre él a Luis de la Cerda, un biznieto de Alfonso X de Castilla, que era miembro de la alta nobleza francesa. Luis, «Príncipe de Fortuna», no llegó a hacer efectivos sus derechos, que quedaron en suspenso aunque reclamados tanto por Castilla como por Portugal. Medio siglo más tarde, en 1402, Enrique III de Castilla investía con el señorío de las islas al noble normando Juan de Bethencourt, que conquistó las de Lanzarote, Fuerteventura y parte de El Hierro. Bethencourt fue el primer conquistador que se dio cuenta de lo difícil que era la empresa en las «islas mayores», y del escaso fruto económico inmediato que cabía esperar.
Unos años más tarde, en torno a 1420, se hicieron con el señorío los linajes sevillanos de Las Casas y, luego Peraza, los cuales completaron la conquista de El Hierro y realizaron la de la Gomera. La empresa canaria sería así, durante buena parte del siglo XV, tarea de aristócratas y navegantes hispalenses, hasta la intervención directa de la Corona en 1477. La relativa proximidad de los puertos de la Andalucía atlántica, con su pujanza marinera y mercantil y la integración de los asuntos canarios dentro del ámbito general de los intereses sevillanos, serían las razones de la atención que ciertos lintajes de la alta sociedad andaluza pusieron en las islas, manteniéndolas así unidas a los destinos de Castilla.
Portugal intentó poner el pie en ellas, sobre todo en la Gomera, múltiples veces, como parte de sus proyectos de navegación por la costa de Africa hacia el sur; pero nunca lo consiguió aunque muchos inmigrantes portugueses participarían en la repoblación de las islas, bajo la soberanía castellana, a fines de siglo. Durante la guerra luso-castellana de 1475 a 1479 Canarias fue, de nuevo, uno de los ámbitos de lucha entre ambos países al intentar los portugueses ocupar alguna posición en ellas y los castellanos obstaculizar o intervenir en el tráfico hacia Guinea, descubierta recientemente y fuente de oro y esclavos. Por estos motivos, entre otros, los reyes castellanos reclamaron entonces para la Corona el dominio inmediato de las «islas mayores», todavía sin conquistar (Gran Canaria, Tenerife y La Palma), aunque respetando la jurisdicción señorial sobre las cuatro islas ya conquistadas. En los tratados de paz firmados en Alcaçovas-Toledo, año 1479, Portugal renunciaba a cualquier intervención o derecho sobre las islas.
La conquista de las llamadas «islas mayores» no estuvo exenta de dificultades, debido a la pequeñez de las huestes empleadas, a su financiación y mantenimiento con cargo a fondos eclesiásticos de Cruzada, en el caso de Gran Canaria, o mediante la formación de compañías privadas, en los de La Palma y Tenerite. La Corona intervino como poder sancionador, al fijar las condiciones o «capitulaciones» de conquista, y en el posterior proceso de organización administrativa y social, pero muy poco en la actividad directa de conquista que, según su criterio, era empresa secundaria con respecto a otras en que se hallaba embarcada. Las huestes de la conquista canaria se parecen ya, por esto, a las de la conquista indiana.
En la conquista de Gran Canaria se produjeron, además, disputas y turbulencias entre los castellanos, que preludian o se asemejan a otras ocurridas años más tarde en América. La primera capitulación para la empresa se estableció en 1477 con el obispo de Lanzarote, Juan de Frías, y con el capitán Juan Rejón, empleándose, como se ha dicho ya, dinero de procedencia eclesiástica. Rejón estableció en junio de 1478 el «real de Las Palmas», que sería la primera ciudad española en la isla, pero hubo de aceptar la presencia de un gobernador nombrado por los reyes, Pedro de Algaba. Las disputas entre ambos paralizaron la conquista por más de un año. En agosto de 1479 Rejón preparó otra hueste, financiada por Frías y por un marino y mercader genovés naturalizado en Cádiz, Pedro Fernández Cabrón. Se logró formar una tropa de 400 hombres. Unos meses después, ya en 1480, llegaba a la isla Pedro de Vera como nuevo gobernador real, capitán general, corregidor y alcaide, al frente de otra hueste también financiada por Fernández y por la misma Corona a través del contador mayor Alfonso de Quintanilla. Pedro de Vera, como primera providencia, depuso a Rejón, quien había mandado ejecutar unos meses atrás a Algaba. Desde aquel momento, mezclando la fuerza con una astucia nada admirable, Vera venció a los canarios, divididos en la obediencia a dos reyes o «guanartemes» —los de Telde y Gáldar—, entre 1481 y 1483. En abril de este último año la conquista había concluido.
Las de La Palma y Tenerife, que tardaron todavía un decenio en producirse, fueron emprendidas por uno de los capitanes que habían intervenido en la de Gran Canaria, llamado Alonso Fernández de Lugo. En junio de 1492 capituló con la Corona la conquista y consiguió que varios mercaderes genoveses financiasen la expedición a La Palma. Entre septiembre de aquel año y mayo de 1493, Lugo ocupó toda la isla, apoyándose en las parcialidades o «bandos» de los indígenas palmeros ya cristianizados.
Tenerife fue la última isla que se conquistó. Lugo contó en esta ocasión con nuevos socios financieros, también genoveses. La hueste formada en diciembre de 1493 era muy fuerte: 150 jinetes y 1.500 infantes embarcados en 30 navíos; pero la isla era también la más difícil de ocupar. Se apeló al procedimiento ya clásico de buscar el apoyo y alianza de los llamados «bandos de paz», ya en vías de cristianización (los de Anaga, Güímar, Abona y Adeje), para emplear todo el esfuerzo frente a los «de guerra», que dominaban el norte de la isla (Tegueste, Tacoronte, Taoro, Icod y Daute); pero los castellanos sufrieron un desastre en Acentejo, en mayo de 1494, y los supervivientes hubieron de reembarcar hacia Gran Canaria. Año y medio después, Lugo conseguía poner de nuevo el pie en la isla, y esta vez no se dejó sorprender. Derrotó a los guanches que le hacían frente en Agüere, junto al lugar donde se fundaría la ciudad de San Cristóbal de La Laguna, y, unos días más tarde, en Acentejo, cerca del sitio donde habían sufrido el desastre. En mayo de 1496 los reyes o «menceyes» de los bandos insumisos capitulaban definitivamente.
Indígenas y europeos
Aquellas conquistas, como antes las de las islas llamadas «menores», pusieron a los castellanos en contacto con poblaciones indígenas que no guardaban semejanza alguna ni con los infieles islámicos ni con los esclavos negros africanos a los que estaban acostumbrados a tratar y conocer desde hacía siglos. Se produjo necesariamente un proceso de aculturación de nuevo tipo, que en algunos aspectos anticipa al indiano o se desarrolla paralelmente al ocurrido en La Española y Cuba, islas del Caribe que no en vano se conocieron a veces, por aquellos años, como «las Canarias de allende». Pero el fenómeno de aculturación canario tiene muchas peculiaridades que no se darán en América, aunque haya servido como banco de prueba, a veces, para las colonizaciones indianas.
Ante todo, la misma pequeñez física de las islas y su situación mucho más cercana a la península ibérica: sólo seis días de viaje, por término medio, desde Cádiz. Las relaciones son mucho más estrechas y continuas desde el primer momento, y se efectúa una colonización de poblamiento completa. En segundo lugar, los indígenas supervivientes fueron capaces de aceptar una europeización total, y su propia etnia —cromagnón o beréber— igual o muy semejante a la de los inmigrantes, permitió una fusión biológica plena entre todos ellos en un plazo breve. Pero todo esto fue el resultado final cuando, ya en el siglo XVI, Canarias es una tierra castellana, una provincia más de la Monarquía Hispánica, la última escala europea en el camino hacia América. ¿Qué ocurrió hasta entonces? Contestar a esta pregunta puede tener interés porque en la formación de la nueva sociedad se mezclaron elementos y prácticas de tradición medieval con otros forzosamente originales.
La población indígena no era homogénea en las diversas islas, ni en su nivel cultural ni tampoco en sus formas de organización. Por paradójico que pueda parecer, no dominaban los antiguos canarios los conocimientos náuticos necesarios para comunicarse regularmente entre sí, de modo que el mismo concepto unitario del archipiélago como entidad geo-histórica no existió hasta la llegada de los europeos, que lo introdujeron. Antes, las islas eran «un mundo dividido y diverso» (Morales Padrón): «mahos» de Lanzarote y Fuerteventura, canarios, «guanches» de Tenerife, gomeros, palmeros y herreños vivían cada cual por su lado, e incluso divididos entre sí dentro de cada isla en varios reinos o «bandos», que fueron dos en gran Canaria, Lanzarote y Fuerteventura, cuatro en la Gomera, nueve en Tenerife y hasta trece en La Palma. Sólo El Hierro parece no haber conocido esta división interna.
El número de sus habitantes es un enigma. La cifra de ochenta a cien mil, supuesta por diversos autores, es sencillamente inaceptable si se pone en relación con las capacidades productivas de una economía neolítica y con la extensión y características de las islas, incluso como óptimas. Seguramente en las dos mejor dotadas, Gran Canaria y Tenerife, la respectiva población no superaría en mucho los diez mil individuos, sobre todo después de las depredaciones y esclavizaciones del siglo XV. Las conquistas y la introducción de ciertas epidemias —el «moquillo», las «modorras»— que alteraron el equilibrio biológico de la población, llevarían a una reducción aún mayor en el número de indígenas. Hacia 1500 no habría más de siete mil en todas las islas y no siempre en la de su origen, pues, por ejemplo, grupos de grancanarios y gomeros habían participado junto con los castellanos en la conquista de Tenerife.
El choque con la etnia y cultura europeas renacentistas representadas por los castellanos tenía que resultar forzosamente destructor para los indígenas, que vivían en un mundo cultural prehistórico. Sus actividades económicas eran algo más ricas y complejas en Gran Canaria y Tenerife, especialmente en la primera de ambas islas donde los misioneros mallorquines del siglo XIV habían tenido tiempo para difundir algunos progresos: se conoce la agricultura cerealista (cebada), el molino de mano, algunos frutales (higuera, palmito), ciertas formas rudimentarias de pesca costera y, sobre todo, como en las demás islas, una ganadería menor de ovejas, cabras y cerdos que aseguraba una parte notable de la subsistencia y el vestido. En cambio, no debía haber un aprovechamiento intenso de los grandes recursos forestales existentes en La Palma, que era la isla culturalmente más atrasada, Tenerife y Gran Canaria. A niveles plenamente neolíticos, se practicaban técnicas artesanas del textil y tinte y se conocía la cerámica cocida al sol.
La organización social y política y el mundo de las ideas y creencias se conoce mal, a través de cronistas españoles de los siglos XV y XVI. Se han subrayado a veces algunos paralelismos culturales con poblaciones amerindias, en especial con el Perú incaico, que no obedecen a fenómenos de difusionismo sino que son el resultado normal de unas bases organizativas semejantes en algunos aspectos. Así, restos de matriarcado y poliandria, división social, al menos en Gran Canaria, entre nobles y «rapados». Los primeros forman los consejos políticomilitares («sabor» grancanario, «tagoror» tinerfeño) de unas realezas de tipo mágico, que aseguran la fecundidad económica y están dobladas a veces por un sacerdocio sancionador del orden socioreligioso (son los «faycanes» grancanarios). Se practica el culto a diversas fuerzas divinales representadas en los astros, aunque con introducción de conceptos monoteístas en Gran Canaria, tal vez por obra de los misioneros del siglo XIV. Los sacrificios religiosos son de tipo pastoril y se presta una consideración especial marginada, por tabúes de este tipo, a los carniceros y otros oficios relacionados con el derramamiento de sangre animal. De los antiguos idiomas indígenas apenas subsistieron algunas decenas de palabras, topónimos muchas de ellas, pues los conquistadores «no sintieron la necesidad de redactar ninguna gramática» debido a la rapidísima extinción del mundo cultural indígena tras la conquista, y a la presencia, en épocas anteriores, de «lenguas» o intérpretes isleños que habían aprendido el idioma castellano al tiempo que la fe católica.
En la relación de exploradores y conquistadores con los indígenas se mezclan la ignorancia e incapacidad para respetar formas culturales que les son extrañas y la pugna entre dos estímulos que tanto son complementarios como contradictorios. Por una parte, el afán de conquista, lucro y poder, que lleva a depredar, esclavizar y sojuzgar. Por otra, la exigencia de evangelización con respecto a unas poblaciones que son paganas pero no «infieles» enemigas de la fe cristiana, como los musulmanes, de modo que es posible su incorporación a la Iglesia; para ello, es preciso respetar a sus personas, e incluso parte de su cultura, si aceptan pacíficamente la presencia de misioneros. La empresa canaria comenzó siendo, en el siglo XIV, obra de misioneros. El papel evangelizador de frailes y clérigos les llevó a veces a enfrentarse con los abusos de conquistadores y señores. Aquella tensión interna entre principios cristianos y prácticas feudo-señoriales fue el único factor que contribuyó a suavizar las condiciones de una aculturación hecha con total ausencia de experiencias anteriores aunque no cabe olvidar que ambos elementos, clérigos y guerreros, eran los grupos sociales dominantes en una Europa cuya presencia en las islas se justificaba ideológicamente por el derecho universal a evangelizar. En efecto, hay, en frase de García Gallo, «la carencia de personalidad jurídica de la población indígena ante los europeos»: al ser aquella pagana legítima según éstos, su conquista y colonización por un poder cristiano: el «requerimiento» que Juan Rejón hizo conocer a los grancanarios se fundamentaba en esta idea. Por lo demás, era lógico que la Iglesia adoptase cierta función protectora en una época en que toda consideración de los derechos humanos pasaba por una previa reflexión religiosa.
Sin este elemento atenuante, la suerte de las poblaciones indígenas habría sido todavía mucho peor. A los daños previos o simultáneos a las conquistas, a la ruptura inevitable de sus cuadros sociales y culturales, se habría añadido una esclavización general que, por el contrario, fue denunciada como abusiva en diversos momentos del siglo XV y prohibida tanto por la Santa Sede (1434, 1462) como por la Corona (1477, 1490, 1499). De todas maneras, «los abusos y tropelías que se cometieron contra los indígenas de las Islas Canarias fueron infinitos en número y crueldad, a espaldas de la acción tu telar de la Corona y violando las rígidas normas de conducta decretadas por los Reyes Católicos para estimular la convivencia y alentar la conversión» (Rumeu de Armas).
Hay en estas actitudes hacia el indígena canario elementos que se van a repetir en América pocos años después. Los factores epidémicos y la ruptura de los marcos de vida prehispánicos también influyeron en un rápido descenso de la población aborigen: «Hay que pensar —escribe Serra Ràfols— en una baja vertical de la natalidad indígena, incluso dentro de los núcleos, a veces importantes, que permanecieron después de la conquista agrupados y con alguna conciencia propia: el mero ambiente es hostil a la reproducción espontánea de nuevas generaciones al disolver las bases tradicionales de la familia indígena». Pero, aun así, hubo una diferencia sustancial con relación a muchas tierras americanas: los canarios supervivientes se integran cultural y biológicamente con las poblaciones europeas inmigrantes. A partir de 1510-1515, aproximadamente, la nueva sociedad canaria está constituida y no ha habido en ella fenómenos de desarraigo total de la antigua población, ya incorporada a ella, ni de coexistencia entre dos culturas distintas puesto que sólo hay una, la española, en la que vivían los habitantes de las islas, sea cual fuere su ascendencia étnica.
Los repobladores y la formación de la nueva sociedad
Se dio, por tanto, una importante colonización de poblamiento en las islas a raíz de la conquista. Colonización efectuada de acuerdo con formas jurídicas semejantes a las que habían servido para organizar las repoblaciones medievales en la Castilla de los siglos XI al XV. Las últimas, ocurridas en el reino de Granada, son contemporáneas de las canarias. En efecto, los conquistadores y muchos pobladores que acudieron a las «islas mayores» en los años inmediatos a su conquista recibieron lotes de tierra en propiedad, a condición de permanecer un tiempo mínimo, cinco años generalmente, y de avecindarse con su familia. Conocemos mejor las entregas de tierra o «datas» realizadas en Tenerife por Alonso Fernández de Lugo, pero las repoblaciones de Gran Canaria y La Palma fueron también similares y no muy distintas las realizadas en las islas sujetas a jurisdicción señorial.
El proceso repoblador motivó desde un principio diferencias sociales y económicas considerables entre los inmigrantes y reprodujo el modelo de organización social vigente en la Castilla de aquel tiempo, con las peculiaridades derivadas de la presencia y asimilación de indígenas, de la heterogénea procedencia de los inmigrantes y de la necesidad perentoria de poblar las islas, que obligaba a conceder buenas condiciones económicas y jurídicas a los colonos, al menos en los primeros tiempos. Además, al tratarse de una sociedad nueva, no se encuentran en ella los restos de un pasado o los diversos aspectos tradicionales respetados en sociedades castellanas de origen más remoto.
Hubo repobladores que acudieron como señores, no como colonos. Fueron los conquistadores más importantes, los normandos y andaluces de Lanzarote y Fuerteventura, los beneficiarios de las mejores y mayores «datas» en Gran Canaria, La Palma y Tenerife. Ocuparon los puestos de gobierno y administración y, al autoestimarse nobles, contribuyeron a crear en las islas fenómenos señoriales semejantes en su forma, aunque menores por su importancia, a los de la Castilla del siglo XV; sobre todo cuando poseyeron capitales o enlazaron con grandes mercaderes dueños de ellos, italianos y flamencos en especial. Con su sola presencia, la colonización canaria se habría parecido mucho a la de amplias zonas de Indias.
Pero hubo también gran cantidad de colonos: los simples soldados de la conquista que se afincaron en las islas, y los repobladores posteriores. Todos ellos reciben tierras y bienes modestos o, en el peor de los casos, viven como asalariados o cultivadores. Son «la espina dorsal» de la repoblación, en frase del profesor Serra, la base de la europeización de Canarias, y los hay en todas las islas. Seguramente, los más numerosos procedían de Andalucía y Extremadura pero hubo también, en las islas mayores, gentes que procedían de las sujetas al dominio feudo-señorial y, sobre todo, bastantes portugueses, en especial en Tenerife y La Palma. Muchos de aquellos inmigrantes lusitanos eran artesanos o campesinos de modesta situación económica, muy solidarios entre sí, promotores de cultivos cerealistas o técnicos de los «ingenios» azucareros.
Acudieron otros grupos minoritarios, caracterizados por su situación religiosa o por su poder económico. En el primer caso estaban los judeoconversos, que no se vieron perjudicados por discriminación alguna, cuando se conocía su origen, y que se fundieron rápidamente con el resto de la población. En el segundo, los mercaderes procedentes de algunos grandes centros urbanos europeos, que capitalizan la puesta en explotación de las islas, en especial la azucarera, aplicando técnicas tomadas de la tradición medieval mediterránea, e integran así la economía canaria en los circuitos del incipiente capitalismo comercial. Sus miembros más poderosos o estables tienden a enlazar con la otra aristocracia, la surgida de la conquista: hay incluso, ya lo hemos indicado, algunos grandes mercaderes que ayudan con su dinero a que se realice.
Los genoveses formaban el núcleo más importante de este grupo minoritario. Valencia, Granada y Málaga, Sevilla y Cádiz, Lisboa y Madeira habían sido sus etapas anteriores de colonización mercantil. Llegaron a Canarias, por tanto, con métodos de acción muy maduros y capitales fuertes. Los Riberol, Francisco Palmaro o Palomar y Jerónimo de Orerio en Gran Canaria, Mateo Viña, Bautista Ascanio, Cristóbal Ponte y Tomás Justiniano en Tenerife: tales son los nombres más destacados de inversores de capital, explotadores de ingenios azucareros y vecinos que se encuentran siempre entre las personas más ricas y con mejores tierras de las islas mayores. Algo más adelante llegarían también bretones y normandos, alemanes y flamencos interesados en el negocio de la caña de azúcar.
Hacia 1515, cuando concluye la etapa fundamental del proceso repoblador, las islas contarían con unos veinticinco mil habitantes, de los que la cuarta parte eran aún indígenas. Las islas estaban todavía muy lejos de alcanzar el techo demográfico que permitía su nueva situación social y económica, lo que explica que Tenerife, la más poblada, exporte cereales en los años de buena cosecha hasta mediados del siglo XVI. La Laguna y Las Palmas, que eran los principales centros urbanos, no superarían los tres mil habitantes cada una. Y, como consecuencia, la mano de obra era escasa, por lo que los contratos agrarios de aparcería, arrendamiento o censo resultaban especialmente favorables para los cultivadores en muchas ocasiones; los salarios y jornales eran algo más altos que en Castilla y se acudía con mayor frecuencia a la importación de esclavos negros o musulmanes.
La práctica de algunas actividades productivas acompaña y fundamenta la formación de la sociedad nueva. Las islas ofrecían diversos productos de recolección, como la «orchilla», forestales — madera abundante en Tenerife y La Palma— y pesqueros. La explotación agropecuaria fue, sin embargo, la base principal de los auténticos colonizadores: ganado menor, ovino y cabrío, abundante, trigo y cebada, parrales y huertas, etc. En todos aquellos aspectos destacó, en un principio, Tenerife por sus mejores condiciones de suelo y agua. Las islas pudieron así autoabastecerse de diversos productos básicos pero junto con ellos se cultivó en las mejores tierras la caña de azúcar.
El azúcar fue, en efecto, el principal producto de exportación hasta mediados del siglo XVI. Gracias a él se podía obtener en contrapartida las manufacturas y otros bienes que las islas necesitaban. El azúcar atrajo las inversiones de capital más importantes, estimuló las relaciones mercantiles y la construcción de puertos y varaderos. No fue, como tantas veces se ha dicho, un monocultivo, pero si no hubieran contado con él como baza fundamental para atraer riqueza y compensar su balanza comercial, es indudable que los canarios habrían vivido en una situación económica mucho más precaria. Como contrapartida, al basar en el azúcar el equilibrio de su comercio exterior, las islas entraron en el concierto económico del capitalismo comercial en la situación inevitable de tierras productoras de una materia prima con la que habían de cubrir sus necesidades de manufacturas procedentes de Andalucía, Italia y Flandes.
Pero tampoco cabe exagerar la importancia de este hecho, porque las islas contaron desde el primer momento con otros dos elementos de importancia sustancial en su estructura económica: el poblamiento rural y sus cultivos para el consumo interno, y la situación atlántica estratégica, en el cruce de nuevas y grandes rutas mercantiles y cerca de ricas pesquerías, lo que favoreció la vida portuaria, el comercio de tránsito y, en teoría al menos, la formación de burguesías mercantiles en el país. En resumen, su estructura económica permitió a Canarias unas posibilidades y les confirió unas peculiaridades desconocidas en las Indias españolas. No hubo tampoco en ellas aquellas fabulosas fuentes de enriquecimiento, aquellas minas de oro y plata que hicieron la fortuna y a la vez la desgracia de tantas tierras y hombres más allá del Océano. ¿Se puede afirmar que Canarias, plataforma y escala hacia América por tantos conceptos, y tan vinculada a la historia del Nuevo Muño en épocas posteriores, haya sido también un modelo para la colonización indiana a principios del siglo XVI? Parece, más bien, que no fue así. Las islas, ya entonces, eran más un «finis terrae» europeo, donde el Viejo Mundo se funde volcánicamente con el Atlántico, que no una primera tierra americana.
En la organización administrativa de las Canarias se observa un claro predominio de los elementos tradicionales sobre los nuevos, y de los aspectos peculiares sobre los anticipos o precedentes de la colonización americana, En el plano de la soberanía estatal, las Canarias fueron desde el primer momento un reino más de los integrados en la Corona de Castilla; no se estableció diferencia alguna entre sus habitantes y el resto de los castellanos ni matices jurisdiccionales o administrativos semejantes a los de las Indias. En efecto, la alta administración del archipiélago quedó en manos del Consejo Real de Castilla y no hubo nunca virreyes sino oficiales gubernativos de raigambre medieval y castellana. Así, en Gran Canaria, existió capitán general en los años de la conquista; pero, desde el primer momento, estuvo acompañado por un gobernador real, cargo que permanecería en la isla posteriormente. En Tenerife y La Palma, el cargo de adelantado real, conferido a Lugo y que perduró como institución efectiva de gobierno durante el primer tercio del siglo XVI, otorgó al gobierno de ambas islas un tinte predominantemente militar y personal, frente al aspecto más civil e institucional de la gobernación grancanaria.
El régimen municipal fue el mismo que el de las ciudades castellanas. El llamado Fuero de Gran Ca naria es la misma carta municipal otorgada a diver sas localidades granadinas en los años finales del si glo XV. Las ordenanzas municipales de Las Palmas y La Laguna muestran, dentro de su normal originalidad, semejanzas e influencias de otras peninsulares, en especial las de Sevilla, cuyo municipio, como es bien sabido, sirvió de modelo organizativo a muchos otros. Y, en fin, los señoríos jurisdiccionales de Lanzarote, Fuerteventura, Gomera y Hierro en nada difieren de otros castellanos contemporáneos suyos.
La legislación general aplicada en las islas es la misma que en el resto de Castilla e idénticas las instituciones encargadas de aplicarla o promover su empleo en los diversos niveles: adelantados, gobernadores, pesquisidores, Audiencia, en Las Palmas, desde 1526. Por último, la organización hacendística sí que presenta rasgos originales desde un principio, al desgravar fiscalmente a los canarios con el fin de fomentar la población y no cargar con muchos impuestos a unas tierras de puesta en explotación: las tasas o almojarifazgos sobre el comercio exterior son la única renta real de cierta importancia.
Al igual que en el Reino de Granada, consiguió la Corona el ejercicio de patronato eclesiástico sobre las islas Canarias, como claro anticipo del futuro patronato indiano. La sede episcopal de Lanzarote se transfirió a Gran Canaria en cuanto terminó la conquista, y la diócesis se organizó según el modelo habitual en toda Castilla, con aspectos muy similares a los de las sedes que, por entonces, se establecían en el Reino de Granada. La Inquisición, dependiente en principio del tribunal sevillano, actuó desde principios del siglo XVI y, entre las órdenes religiosas, continuaron teniendo una presencia muy destacada los franciscanos, integrados también en su Custodia de Sevilla.
En definitiva, los conquistadores y colonos castellanos se hallaron en Canarias ante situaciones nuevas y en ambientes distintos a los que eran habituales para ellos. En este aspecto, la empresa canaria preludia a las americanas. Pero las soluciones dadas, las formas organizativas que se adoptaron, responden a los métodos y prácticas tradicionales, en gran medida y, en este sentido, las islas a comienzos del siglo XVI no fueron tanto el punto inicial del Nuevo Mundo como el enclave más extremo, en el espacio y en el tiempo, de la Castilla medieval.
De la obra de
M. A. Ladero Quesada: España en 1492, de la «Historia de América Latina» (vol. I), de Editorial Hernando.
A lo largo del siglo XV, el progreso de la ciencia y de la técnica en Europa experimentó un notable cambio y desarrollo. Los estudios humanísticos, la observación de la naturaleza y un nuevo espíritu empírico de investigación van desbordando y paulatinamente rompiendo con la concepción aristotélica y tolemaica del Universo, sentándose las principales bases de la ciencia moderna.
En la Alta Edad Media, la ciencia había permanecido fijada a unos esquemas, si no inamovibles, sí faltos de una operatividad práctica y de una utilización técnica adecuadas a las necesidades de la sociedad en la que aquélla se desarrollaba. Pero con la transformación de la sociedad feudal en una sociedad mercantilista, regida por la actividad comercial y el trabajo artesanal de los centros urbanos, la ciencia trató de dar una salida a las necesidades económicas, políticas y sociales de la época. La ciencia, a la vez que se veía impelida por las necesidads del mundo bajomedieval, operaba en un movimiento de retroacción, impulsando a su vez el desarrollo de la sociedad europea de los siglos XIV y XV. Durante estas dos centurias, van cayendo gradualmente los supuestos científicos que habían regido en la Alta Edad Media, desapareciendo la base teológica, dogmática y casi no operativa de la ciencia, para pasar a los primeros estadios de investigación racional con una eminente base empírica y práctica. La ciencia va dejando de ser un saber abstracto y especulativo para convertirse, paulatinamente, en un conocimiento demostrable y operativo. La ciencia pura rompe su aislamiento teórico, para asociarse íntimamente a una ciencia práctica, con lo que se generan los primeros avances técnicos. Ciencia y tecnología irán, a partir de estos momentos, indisolublemente unidas. La exploración geográfica como la más empírica de todas las formas de investigación y, por tanto, como la actividad que requería un mayor grado de tecnología, se constituiría, pues, en la ciencia por antonomasia del siglo XV.
Si en un primer momento los descubrimientos científicos, cuya operatividad práctica era reducida, fueron fortuitos, más tarde se logró ir progresivamente desarrollando el modo de que la especulación teórica sirviera para una utilización práctica. La exploración geográfica y el desarrollo de la náutica y de la cartografía fueron casi las únicas actividades en las que la ciencia y la técnica estuvieron desde un primer momento unidas. Pero esta asociación fue paulatina y difícil, ya que los conocimientos recibidos constituían tan sólo una pequeña parte de lo que filósofos y científicos estaban empeñados en conseguir.
La Aritmética y la Geometría fueron las primeras disciplinas que se desarrollaron en la sociedad bajomedieval. El libro de Aritmética, escrito por Leonardo de Pisa a principios del siglo XIII, era eminentemente práctico, y fue de gran utilidad tanto en el comercio como en las mediciones de los años posteriores. La Cartografía y el cabotaje se fueron desarrollando gradualmente a lo largo de los siglos XIII y XIV. En estos siglos, ya se conocían cartas y derroteros, si no lo suficientemente exactos, sí útiles para poder navegar con relativa precisión por las rutas comerciales del Mediterráneo oriental, mar Negro y costas del Mediterráneo occidental. La cartografía se apoyaba entonces en instrumentos tales como una rudimentaria brújula, la sonda, el compás de división y la regla. Todos ellos instrumentos útiles para navegar por unas rutas previamente conocidas y de longitud limitada.
La Cartografía recibió un apoyo tardío de la Aritmética. A lo largo de las rutas, cortas o largas, pero en ambos casos conocidas, eran innecesarios los conocimientos aritméticos. Todavía en el siglo XVI se utilizaban los números romanos para llevar las cuentas de las provisiones de los barcos y de las millas recorridas.
La Astronomía no tuvo importancia hasta finales del siglo XV. Con anterioridad, tan sólo revestía cierta significación de uso práctico la inmovilidad de la estrella polar y el movimiento solar en su manifestación aparente. Habría que esperar hasta el siglo XVI, en que las teorías de Copérnico, Tycho Brahe y Kepler cambiaron el rumbo de las astronomía tolemaica, a través de un continuado proceso de investigación empírica. Sin embargo, su aplicación práctica, en el terreno de la ciencia náutica, alcanzaría una escasa relevancia.
A pesar del progresivo avance en los campos de la Aritmética y la Geometría, la Cartografía y el cabotaje, y de la Astronomía —disciplinas básicas para el desarrollo de la navegación— la mayoría de los navegantes tendían a mantener una actitud reacia y de distanciamiento ante las ideas científicas. La ciencia náutica permaneció anclada en un cierto inmovilismo y siguió utilizando antiguas técnicas tradicionales, fruto de la experiencia directa de los marineros y navegantes. Tradición y experiencia que, a pesar de su conservadurismo, mantendrían su vigencia y eficacia hasta muy avanzado el siglo XVI.
Los conocimientos náuticos de mayor utilidad práctica que habían llegado a la sociedad europea del siglo XV, se encontraban en su mayor parte en los libros y en la tradición marinera mediterránea y noratlántica. Entre las obras que habían llegado a los europeos, figuraban los tratados y las narraciones de viajes. En Europa se tenía considerable información sobre Asia, mucha menos sobre Africa, y un cierto halo de leyenda en torno a América del Norte y Groenlandia. El resto del mundo era totalmente desconocido para los navegantes y exploradores europeos.
Asia era conocida a través de las fuentes árabes y de los relatos de viajes realizados por este continente. Pero las noticias que, a finales del siglo XV, se tenían acerca de aquellas tierras, eran muy atrasadas, pues databan de los siglos XIII y principios del-XIV. El imperio tártaro, al permitir la entrada de comerciantes y exploradores a través de sus dominios, facilitó que los europeos lograran alcanzar el Extremo Oriente en el siglo XIII. En 1256 se conoce la expedición que Niccolo y Maffeo Polo emprendieron hacia la China, llegando hasta Pekín. En 1271, volvieron de nuevo a aquel país con Marco, hijo de Niccolo Polo. Además, realizaron numerosos viajes a Extremo Oriente frailes y eclesiásticos a lo largo de los siglos XIII y principios del XIV. Juan de Plano, Guillermo de Rusbruck, Andrés de Perugia y Jordán de Severac, fueron, entre otros, conocidos viajantes asiáticos.
Pero la mejor descripción de Asia corresponde a Marco Polo. Sus Viajes constituyen un auténtico libro de relatos e informes, basados en la observación directa. La exactitud descriptiva de la que Marco Polo dio prueba en su obra permitiría a los europeos, años después, tener un verdadero conocimiento de Asia. Los Viajes de Marco Polo alcanzaron una gran difusión en Europa durante los siglos XIV y XV. Gran cantidad de informaciones y descripciones dadas por Marco Polo fueron reflejadas y utilizadas para la confección, en 1375, del famoso Atlas Catalán, obra del judío Abraham Cresques. Los Viajes de Marco Polo no fueron la única fuente europea sobre Asia, ya que tanto los Viajes de Oderico de Pordenone, como los Viajes de John Mandeville —obra esta última de relatos fantásticos— gozaron de similar interés y difusión en la Europa del siglo XIV.
Con los intentos de buscar una ruta marítima hacia las Indias, los Viajes de Marco Polo, fueron imponiéndose como fuente menos novelesca e imaginativa y más útil y veraz, desde el punto de vista geográfico y etnográfico. La obra de Marco Polo influyó en todos los comerciantes, viajeros, exploradores y descubridores del siglo XV. Enrique el Navegante y Cristóbal Colón conocían perfectamente los Viajes de Marco Polo. Y, en el caso del descubridor genovés, es posible que las apreciaciones de Polo, situando a Japón muy alejado al este de la costa china, influyeran de forma decisiva en la creencia de Colón de una mayor proximidad entre Europa y las Indias Orientales.
De todas formas, el conocimiento de las obras de viajes antes citadas no influyó de una manera importante sobre geógrafos, cosmográficos y cartógrafos de la época. Estos siguieron aferrados a la tradición escolástica, realizando sus trabajos más a partir de la especulación teórica, que del conocimiento práctico; dos notables geógrafos ayudaron a esclarecer de un modo importante las ideas acerca de la geografía de la Baja Edad Media: Roger Bacon y Pierre d’Ailly. Las obras de ambos están separadas por un largo lapso: siglo y medio, pero las dos conferirían su impronta a los conocimientos geográficos de la época.
En 1269, Roger Bacon, rompiendo con la tradición especulativa aristotélica, escribe la Opus Majus, en cuya parte geográfica —netamente influida por obras de escritores árabes—, afirma que Asia y Africa se prolongaban más allá del Ecuador hacia el Sur. En 1410, Pierre d’Ailly escribe el Imago Mundi. A pesar de ser una obra especulativa y no fruto de la experiencia directa de viajeros y descubridores, el Imago Mundi gozó de una gran influencia en el siglo XV. La obra tenía como fuentes a Aristóteles, Estrabón, Plinio y Tolomeo, así como a autores árabes y al mismo Roger Bacon. En ella se exponía y defendía la hipótesis de la esfericidad de la Tierra y se planteaba la posibilidad de llegar a Oriente navegando en dirección occidental. Según Pirenne, d’Ailly creía mucho más próxima Asia de Europa de lo que realmente estaba, así como pensaba que la superficie oceánica era menor que la real. Las repercusiones de la obra de d’Ailly en Europa fueron decisivas para preparar la época de los grandes descubrimientos. A partir del conocimiento de este libro se empezaron a revalorizar los escritos de la antigüedad clásica. La influencia del Imago mundi sobre Colón fue muy importante. De ella, el descubridor poseía un ejemplar impreso sobre cuyo margen hizo un gran número de anotaciones.
Pero en la ciencia de la Baja Edad Media europea aún predominaría durante algún tiempo el sistema aristotélico-tolemaico del mundo. Hasta el siglo XVI, con la revolución copernicana, los esquemas mentales y los conocimientos filosóficos medievales mantendrían su tradicional importancia. Ciencia clásica tolemaica y teología escolástica serían los dos pilares en que los filósofos y científicos de la época previa a los grandes descubrimientos apoyarían su método de estudio.
Pero, si bien la teología escolástica se situaba en un nivel especulativo teórico, la ciencia tolemaica tuvo una decisiva aplicación práctica en la disciplina que más ayudó en la tarea descubridora atlántica: la geografía. Esta contaba con el apoyo de la Aritmética, la Geometría, la Astronomía y la Cartografía como ciencias auxiliares suplementarias.
La revalorización y relectura de los escritos griegos en los siglos XIII, XIV y XV, permitiría descubrir de nuevo a Aristóteles, Estrabón, Aristarco de Samos y, sobre todo, a Tolomeo. Tolomeo era un egipcio helenizado que escribió sus dos obras fundamentales, la Geografía y la Astronomía o Almagesto, en el siglo II después de Cristo. Sus obras, fruto de una laboriosa compilación del saber griego —Aristóteles, Marino de Tiro, Posidonio, Hiparco y Estrabón fundamentalmente—, tuvieron un gran prestigio entre los árabes, siendo el Almagesto traducido por Gerardo de Cremona del árabe al latín en 1175. La geocéntrica concepción tolemaica del Universo era fruto más de un pensamiento e imaginación astrológica que de un estudio científico de la geografía y la astronomía. El sistema tolemaico descrito en el Almagesto, fuertemente impregnado del pensamiento aristotélico, concebía unas esferas concéntricas y transparentes en rotación a la Tierra, en las cuales se hallaban los planetas, el Sol y las estrellas, y un complicado sistema de círculos y epiciclos que explicaba los movimientos de los planetas y otros cuerpos celestes con relación a la Tierra inmóvil. Su misma exposición hacía pensar que lo escrito en el Almagesto quedaría restringido a los sabios. Pero no fue así. En el siglo XIII apareció un extracto del Almagesto, De Sphaera Mundi, escrito por Sacrobosco que fue ampliamente difundido por casi todas las universidades europeas. La obra de Sacrobosco, junto a la reaparición de los escritos del griego Aristarco de Samos, contribuyó a defender la idea de la esfericidad de la Tierra, a pesar de que escritores como Cosmas Indicopleustes habían ejercido, durante varios siglos, una tradicional e importante influencia en el sentido de la planicidad terrestre.
La Geografía de Tolomeo era un voluminoso diccionario geográfico, ordenado por regiones donde abundaban una exposición de medidas y distancias y el uso de coordenadas de longitud y latitud para situar la posición de un punto. Igualmente explicaba el modo de construir un cuadro de paralelos y meridianos para mapas en proyección cónica. La mayoría de los mapas europeos del siglo XV estaban basados en las coordenadas tolemaicas y realizados según su proyección. La utilización de coordenadas de referencia, así como las medidas y el sistema de proyección de Tolomeo constituyeron un cambio revolucionario para la geografía y cartografía del siglo XV, a pesar de sus notables inexactitudes y de su erróneo cálculo de distancias. Todos los navegantes y descubridores de este siglo, y aun del siglo posterior, utilizarían la ciencia tolemaica con más frecuencia de lo que nos permitirían hacer pensar sus errores e incorrecciones y su escasa base técnica y práctica.
En la segunda mitad del siglo XV, los viajes de Marco Polo, los escritos de Roger Bacon, Pierre d’Ailly y Tolomeo, y la Historia rerum ubique gestarum del papa Pío II —en la que se afirmaba la posibilidad de circumnavegación africana— constituirían la principal base teórica de los navegantes y descubridores. A este sustrato teórico vinieron a unirse una serie de progresos técnicos en la construcción de barcos y en las ciencias náutica y cartográfica. Con ello se ponía la tan necesaria base técnica al conocimiento especulativo. Técnica y conocimiento especulativo unidos a la experiencia náutica tradicional pudieron facilitar a los navegantes adentrarse en el Atlántico e iniciar el proceso descubridor y colonizador.
Los adelantos técnicos en la construcción naval y en las ciencias náutica y cartográfica durante los siglos XIII, XIV y XV, fueron decisivos para el éxito de la travesía oceánica. Desde la Antigüedad, la navegación mediterránea había permitido acumular una serie de conocimientos y experiencias referentes a la construcción de barcos, instrumentos náuticos y confección de mapas. Fenicios, griegos, cartagineses y romanos fueron los primeros pueblos que emprendieron una importante navegación comercial y de guerra a lo largo del Mediterráneo. De sus experiencias de navegación se beneficiarían en la Baja Edad Media los marinos de la Corona de Aragón y de las ciudades italianas, Génova y Venecia fundamentalmente. A finales del medievo, en el Mediterraneo se habían desarrollado una activa navegación comercial, cuyos precedentes se remontaban a la larga tradición de construcción naval y experiencia náutica y cartográfica acumuladas por los pueblos de la Edad Antigua: los bizantinos, los musulmanes; y por los reinos y ciudades comerciales medievales del sur y del noroeste de Europa.
A principios del siglo XIV, la arquitectura naval mediterránea experimentó un notable avance con la construcción y perfeccionamiento de las galeras comercial y de guerra. Pero no sería hasta el siglo XV, cuando tanto galeras como barcos de vela alcanzarían su más rápido desarrollo. La manera de construcción de barcos permanecería casi invariable durante la Edad Media; siguiendo el modelo de arquitectura naval romana. Sin embargo, no sólo de los romanos aprendieron los marinos mediterráneos a construir sus embarcaciones. Los árabes ejercieron una influencia no desdeñable, sobre todo, en el desarrollo del aparejo latino cuyo máximo exponente fue la vela triangular.
Otra influencia que se suma a la ya recibida de los romanos y árabes es la de los arquitectos navales del noroeste de Europa. Estos proporcionarían al pesado comercio mediterráneo unos grandes buques de vela de más fácil y económico manejo. Estos-navíos nórdicos se caracterizaban por tener castillos en la proa y la popa y llevar un solo mástil con una enorme vela cuadrada.
Como consecuencia de esta triple influencia (romana, árabe y nórdica) se experimentaría un importante desarrollo en la arquitectura naval del siglo XV. Probablemente algunos de los mayores progresos en la construcción naval de finales de la Edad Media fueron éstos: la introducción complementaria de un nuevo mástil, que se unía a los dos tradicionalmente existentes; el perfeccionamiento del timón, que pase de estar situado en los laterales a colocarse en codaste; y el cambio de las velas triangulares latinas en cuadradas, que permitían una mayor velocidad a los barcos. Adelantos que harían posible pasar, a portugueses y españoles fundamentalmente, de una navegación de cabotaje a una navegación de altura en la segunda mitad del siglo XV.
Como consecuencia de la aceptación, mutua influencia y desarrollo de la construcción naval romana, árabe y nórdica, surgieron en Europa, en la segunda mitad del siglo XV, una serie de barcos de construcción mixta. De éstos, los dos tipos más extremos por su peso y estructura eran la carraca y la carabela. La carraca era un pesado navío comercial de gran tamaño, solidez y capacidad. A pesar de ser bastante inadecuado para la navegación oceánica, los portugueses encontrarían la carraca muy útil para la exploración a lo largo de las costas africanas y asiáticas y para el abundante tráfico comercial con Oriente. La carabela era una ligera y pequeña embarcación utilizada para el comercio y la navegación de cabotaje. Las mejores carabelas del siglo XV eran las portuguesas y las andaluzas, debido a su buena construcción, aparejo, velocidad y manejabilidad. A finales del siglo XV, la carabela sólo tenía una cubierta, a veces abierta; poseía tres mástiles con velas cuadradas o latinas y apenas contaba con camarotes. A pesar de ser un barco bien equipado, de poco calado y relativa manejabilidad, la carabela presentaba serias dificultades para una larga travesía oceánica, a causa de su pequeño tamaño que la dejaba a merced de oleajes, corrientes marinas y fuertes vientos. Por otra parte, la carabela no era el navio más idóneo para una empresa comercial o de conquista debido a su escasa capacidad de transporte. Sin embargo, a pesar de todos estos inconvenientes, la carabela se convertiría en el barco más útil y apropiado para los viajes de exploración costera, como quedaría demostrado con el éxito obtenido por este barco en los viajes colombinos.
Un tipo intermedio entre la carraca y la carabela era la nao. La nao era un navio semipesado de cien a trescientas toneladas, velas cuadradas y dotado de castillos de proa a popa. Su construcción y aparejo fueron perfeccionándose a lo largo de los siglos XV y XVI. Debido a su excesivo calado, era un navio inadecuado para la exploración de costas, siendo su peso un obstáculo que limitaba la velocidad. Sin embargo, su mayor capacidad y seguridad le convertían en un barco apropiado para largos viajes oceánicos, en los que fuera preciso llevar un mayor número de hombres, armas, pertrechos y mercancías. La nao era, pues, un navio particularmente conveniente para una empresa conquistadora y comercial, pero no para una tarea exploradora y descubridora. Su uso se generalizaría en el siglo XVI, en empresas como las de Magallanes y Vasco de Gama.
Tanto la carraca como la carabela y la nao eran naves exploradoras y comerciales y no militares a pesar de que fueran equipadas militarmente. El desarrollo de la construcción de barcos con fines militares de ataque o defensa —los galeones— no se produciría hasta bien entrado el siglo XVI.
Los adelantos náuticos y cartográficos que se desarrollaron a lo largo del siglo XV sirvieron para dar un impulso decisivo a la navegación atlántica. Muchos de los instrumentos náuticos, portulanos y cartas marinas, ya existentes en la Baja Edad Media, se perfeccionaron en el siglo XV, debido a un paulatino desarrollo de la investigación empírica y al fruto de la suma de conocimientos extraídos de la tradicional experiencia náutica en el Mediterráneo y en el mar del Norte. Los adelantos en el arte de navegar surgieron paralelamente a la aparición y relectura de obras de viajeros, descubridores y hombres de ciencia: geógrafos, cosmógrafos, cartógrafos, matemáticos y filósofos. La interacción práctica en la navegación dieron como resultado el perfeccionamiento de una serie de instrumentos náuticos necesarios para pasar de la navegación de cabotaje mediterránea y nórdica a la navegación de altura oceánica.
Entre los conocimientos náuticos y cartográficos que experimentaron un notable perfeccionamiento en la segunda mitad del siglo XV, destacan la brújula, el cuadrante, el astrolabio, el escandallo, la sondaleza, el calculador de derrotas, las tablas de diferencia o toleta de Marteloio, los derroteros y las cartas marinas.
La brújula del siglo XV era producto de la progresiva evolución de la antigua aguja imantada altomedieval. En tiempos de Enrique el Navegante (1394-1460), la aguja imantada sufrió una modificación al ser montada sobre un pivote en el que giraba libremente. Esta aguja señalaba el norte magnético sobre una rosa de los vientos de treinta y dos puntas correspondientes a los diversos puntos cardinales. La brújula indicaba la dirección correcta para el gobierno de la nave por el timonel que dirigido por el oficial de navegación, orientaba y determinaba la ruta a seguir. La utilización de la brújula en el reducido y tranquilo Mediterráneo no ofrecía dificultades, pero en una larga travesía como la atlántica, la brújula presentaba serios inconvenientes debido a la declinación magnética y las continuas corrientes marinas. Ambos fenómenos desviaban constantemente el rumbo de la nave, por lo que timonel y oficial de navegación se veían obligados a hacer frecuentes modificaciones de las derrotas. A finales del siglo XV, la utilización de la brújula presentaba graves imprecisiones e inexactitudes debido a su inadecuada instalación en el barco —que hacía que los continuos movimientos de éste afectaran a la dirección natural de la aguja— y al escaso conocimiento de la lectura en grados de la variación de la aguja y de los distintos treinta y dos rumbos señalados por ésta. Sin embargo, la brújula desempeñaría un importante papel en el proceso de expansión transoceánica europea, por constituir un elemento indispensable para dirigir el rumbo en la navegación de altura.
Otro instrumento tradicional y muy usado por los navegantes del siglo XV, es el cuadrante. Consistía en un cuarto de círculo sobre cuya superficie estaba grabada una escala graduada de uno a noventa grados. Poseía dos pequeñas pínulas en los extremos de la escala graduada y una plomada situada en el vértice del cuadrante. Para utilizar el cuadrante se establecía una visual con la pínula hacia el astro cuya distancia se quisiera medir, al tiempo que la plomada, al cortar la escala graduada, permitía leer la altura polar en grados. Esta indicaba la latitud del punto donde se realizaba la medición. Pero, para hallar esta latitud, era preciso hacer una serie de correcciones, basándose en la situación de las estrellas guardas que permitían señalar la distancia circular que separa la Estrella Polar del Polo norte. Esta serie de operaciones eran complicadas, por lo que pocos marinos sabían medir la latitud en grados. La mayoría de los oficiales de navegación tan sólo sabían extraer del cuadrante la distancia lineal con respecto a su punto de partida, generalmente, su puerto de origen. El inexacto cuadrante daría paso, cuando los marinos aprendieron a medir la altura polar en grados de latitud, a un instrumento más evolucionado: el astrolabio.
El astrolabio, instrumento medieval utilizado para las mediciones astronómicas, era un pequeño disco de metal graduado en cuya superficie se reflejaba en forma de proyección el firmamento conocido. Poseía dos barras giratorias que servían para seguir los movimientos de los cuerpos celestes. Además, contaba con una alidada que se empleaba para dirigir visuales. Por su relativa complejidad, los marinos tan sólo precisaban de la alidada y de la graduación del disco para determinar la altura de los astros más visibles. A pesar del perfeccionamiento del astrolabio a finales del siglo XV, su utilización por los marinos sería reducida, ya que no solían contar con los conocimientos cosmográficos y matemáticos precisos para su manejo.
El escandallo y la sondaleza eran dos instrumentos complementarios que servían para efectuar sondeos sobre la profundidad de las aguas y averiguar la naturaleza de los fondos marinos. El escandallo era un peso o plomada en cuya oquedad inferior, rellenada de sebo, se quedaban fijadas piedras, arena, conchas, barro, algas y pequeñas partículas de los fondos marinos. La sondaleza era una cuerda de unas doscientas brazas a la que iba sujeta al escandallo. La sondaleza estaba dividida en una serie de marcas y nudos que servían para conocer la profundidad de las aguas. Escandallo y sondaleza, además de delimitar la profundidad y naturaleza del fondo, servían para fijar la posición del barco. La utilización de estos dos instrumentos sería constante y constituiría una eficaz ayuda cuando los marinos hubieron de emprender la exploración de las nuevas rutas oceánicas.
El calculador de derrotas era un instrumento utilizado para calcular el rumbo y la distancia recorrida por el barco. Consistía en un tablero con una gran rosa náutica de treinta y dos puntas cada una de ellas recorrida por una línea de ocho agujeros. El timonel fijaba el rumbo marcando con una clavija el agujero correspondiente a la dirección seguida por el barco. Posteriormente, anotaba en una pizarra el rumbo seguido en ese momento. A partir de los sucesivos datos de la pizarra, y tras efectuar una serie de correcciones —debido a la acción de las olas, mareas y corrientes, y al abatimiento del rumbo del navío— y calcular a ojo la velocidad del barco, el piloto podía determinar el rumbo y la distancia recorrida.
Los marinos mediterráneos contaban con un instrumento más eficaz y preciso que el calculador de derrotas nórdico: las tablas de diferencia. Estas, usadas desde el siglo XIII en el tráfico mediterráneo, se perfeccionaron a lo largo del siglo XV. Consistían en unas tablas en las que constaban los datos necesarios para determinar, a partir de una serie de triángulos rectángulos, el rumbo y la distancia de navegación, representadas por las hipotenusas de dichos triángulos. Estas tablas, adecuadas para la navegación por el tranquilo y conocido Mediterráneo, presentaban serios inconvenientes para la navegación oceánica, en la cual el inexacto cálculo de la velocidad y el escaso conocimiento de la influencia de oleajes y corrientes marinas en el rumbo del barco, hacían difícil la determinación de las derrotas. Por otra parte, la utilización de tablas de diferencia requería unos elementales conocimientos trigonométricos que generalmente eran poco conocidos y usados, dejando la fiabilidad del rumbo y la distancia recorrida en manos de la experiencia y tradicional práctica de los oficiales y pilotos de navegación.
Los derroteros eran una serie de libros para pilotos que contenían abundantes descripciones, a veces muy completas, acerca de la profundidad y las características de los fondos marinos, la influencia de las mareas y corrientes en el rumbo de los navíos, etc. Los derroteros eran auténticos compendios referentes a la navegación costera en el norte de Europa. En el Mediterráneo, el equivalente a los derroteros eran los portulanos. Estos contenían, si cabe, mayor información que los derroteros, ya que la ciencia náutica en el Mediterráneo se encontraba más desarrollada que en el noroeste de Europa. Los conocimientos náuticos en el Mediterráneo y mar Negro fueron recopilados, a finales del siglo XIII, en el Compasso da Navigare, voluminosa y notable síntesis de los conocimientos náuticos bajomedievales. El Compasso da Navigare constituiría un libro útil para los pilotos del siglo XV, tanto por contener algunas descripciones de cabotaje aplicadas por éstos a la navegación de altura, como por figurar en él ciertas informaciones de largas travesías.
Paralelamente y en conjunción con las tablas de diferencia, los derroteros y la brújula, las cartas marinas significaron un adelanto para la navegación de altura en la segunda mitad del siglo XV. Ya en el Atlas catalán de Abraham Cresques figuraban algunas cartas marinas muy útiles para la navegación dentro y fuera del Mediterráneo. Las cartas marinas se confeccionaban a partir de una serie de distancias y medidas con respecto a la costa que eran señaladas mediante la brújula. Así, la carta se componía de una serie de líneas que se cortaban entre sí con relación a una serie de puntos y situadas sobre el mapa. Para fijar la derrota era preciso contar con una regla y un compás con los que se delimitaba la posición del barco. Mientras que los portulanos fueron muy útiles en la navegación de cabotaje, la carta marina significó un gran adelanto para la navegación de altura y, concretamente, para la travesía atlántica.
En general, los adelantos cartográficos durante la Baja Edad Media fueron notables, a pesar de que la mayoría de mapas derroteros, portulanos y cartas marinas contenían un gran número de imprecisiones y errores. Se puede afirmar que, si bien durante el siglo XV fue decisivo el progreso de la geografía descriptiva, la construcción naval y los instrumentos náuticos, en menor medida lo fue la ciencia cartográfica, ya que ésta seguía anclada en los conocimientos medievales. La Cartografía bajomedieval, basada en la observación de sondeos, distancias y factores alertadores del rumbo, era insuficiente para efectuar una navegación transoceánica. Para esto era preciso una mayor exactitud proyectiva de la superficie terrestre y la utilización de coordenadas para delimitar con precisión latitudes y longitudes, lo que no se conseguiría hasta la segunda mitad del siglo XVI. De todas formas, la Cartografía experimentó un adelanto al aplicar los conocimientos de cabotaje a los de altura, para lo cual hubieron de hacerse continuas correcciones y modificaciones cartográficas. Las principales escuelas de Cartografía estaban situadas en Italia (Génova, Venecia), España (Mallorca), Portugal (Lisboa y Sagres) y en el noroeste europeo. Importantes cartas de navegación fueron el resultado de la actividad de estas escuelas, sobre todo de las españolas y portuguesas, que supieron reflejar en aquéllas la antigua tradición cartográfica medieval y los nuevos avances que se producían a raíz de la experiencia descubridora. Los conocimientos cartográficos medievales habían quedado compilados en los ya citados Compasso da Navigare y en el Atlas catalán. Ambas obras se referían casi exclusivamente al mundo conocido en los siglos XIII y XIV. Con la ampliación de nuevas rutas, sobre todo a lo largo de la costa central africana, estos conocimientos quedaron desfasados ante las nuevas necesidades que planteaba la navegación atlántica. Ante la exigencia de actualizar y adecuar los conocimientos cartográficos a la nueva situación, surgirían una serie de cartas marinas en las que figuraban la costa occidental e islas atlánticas. Entre dichas cartas se contaron las de los italianos Andrea Bianco (1448), Bartolomeo Pareto (1455) y Grazioso Benincasa (1468). La mayoría de las cartas se basaban en informes portugueses, algunos inexactos, por lo que dejaban mucho que desear en lo referente a la escala, cálculos de medición y situación geográfica de las nuevas tierras descubiertas.
Por último, un adelanto técnico cuya utilización sería decisiva a partir de la segunda mitad del siglo XV, para el desarrollo y difusión de la ciencia, sería la imprenta. En el año 1445, Johannes Gens-fleisch, de Maguncia, conocido por el nombre de Gutemberg, creó la imprenta de letras metálicas móviles. Gutemberg probablemente conocía el sistema de imprimir chino, consistente en grabar en relieve las letras, números y dibujos que se quisieran reproducir en una página sobre una tabla de madera, la cual previamente entintada se aplicaba sobre el pedazo de seda o pliego de papel que se desease imprimir. Este procedimiento era muy lento y costoso. La idea de Gutemberg consistió en dedicar un solo trozo de madera, posteriormente sustituido por una aleación de metales, para cada letra, número o grabado, con lo que se consiguió la movilidad de los distintos caracteres gráficos. La imprenta permitió no sólo una mayor rapidez en la confección de libros, sino la posibilidad de hacer una tirada de ejemplares idénticos unos a otros. Con ello se rompía la larga tradición copista medieval, y se lograba rescatar a la cultura de su anterior aislamiento, ampliando su marco de difusión. Con la invención de la imprenta, la mayor parte de los conocimientos que harían posible, en la segunda mitad del siglo XV, la expansión oceánica, serían difundidos entre filósofos, matemáticos, geógrafos, cosmógrafos, cartógrafos y navegantes de toda Europa. La impresión de todo tipo de documentos y libros sería decisiva para que la ciencia y la cultura se desarrollaran y difundieran por Occidente, impulsando así, de una manera determinante, la nueva época de los descubrimientos y de la colonización.
De la obra de
R. Ruiz de Lira: Colón, el Caribe y las Antillas, de la «Historia de América Latina» (vol. III), de Editorial Hernando.
| COLON Y SU ENTORNO | POLITICA Y SOCIEDAD | |
|---|---|---|
| 1451 | Cristóbal Colón nace en Génova, de Susana Fontanarosa y de Domenico, «magister textor pannorum». El 22 de abril nace Isabel de Castilla, en Madrigal de las Altas Torres. Batalla de Aibar. | El sultán Mohamed II sube al poder. Jacques Coeur, tesorero del Estado francés, es derribado por la nobleza, despojado de su fortuna y desterrado. |
| 1452 | Nace Fernando de Aragón. | Nace Ricardo de Gloucester. En el mes de marzo, el papa Nicolás V corona a Federico III como emperador. Podiebrady es proclamado regente de los bohemios. |
| 1453 | Nace su hermano Bartolomé. | Nace Gonzalo Fernández de Córdoba. El privado don Alvaro de Luna es ejecutado. Conquista de Constantinopla; Estambul, Servia y Bosnia pasan a ser provincias otomanas. Muere Constantino XII. |
| 1454 | El tráfico comercial genovés pierde su zona de influencia alrededor del mar Negro. Guerra entre Aragón y Genova. Muere Juan II; Enrique IV, rey de Castilla. | Paz de Lodi; terminan las luchas en Lombardía y Toscana. El sultán Mohamed II hace proclamar en Constantinopla a un nuevo patriarca que se opone a la unión con la Iglesia de Occidente. |
| 1455 | Publicación de las Cartas marinas de Pareto. Capitulaciones y matrimonio de Enrique IV con su segunda esposa, Juana de Portugal. Los príncipes Alfonso e Isabel son separados de su madre y puestos bajo la custodia de su hermano Enrique IV. | Guerra de las Dos Rosas entre la casa Lancaster (roja) y la de York (blanca); Somerset, jefe del partido de los Lancaster, es derrotado y muere en Saint Albans. Muere Nicolás V; Calixto III, papa. |
| 1456 | Nace Francisco Jiménez de Cisneros. Bula del papa Calixto III que reconoce los derechos portugueses «usque ad Indos». | |
| CIENCIA Y PENSAMIENTO | ARTES Y LETRAS |
|---|---|
| Nace Americo Vespucio. El cardenal Nicolás de Cusa viaja como legado papal por el Imperio y predica la renovación eclesiástica. G. Manetti:De dignitate et excellentia hominis. | Maestro Nicolás Francés: retablo de la vida de la Virgen y de San Francisco de Asís. |
| Nace Girolano Savonarola. | Nace Leonardo da Vinci. Piero della Francesca:Historia de la invención de la verdadera cruz. Ghiberti termina las puertas del Baptisterio de Florencia. |
| Nicolás de Cusa:De visione Dei. | Maestro del arzobispo Mur:San Vicente, diácono y mártir. |
| Nace Angiolo Poliziano. | Donatello:Magdalena penitente. Recopilación completa delCancionero de Baena. |
| Nace Johann Geiler Kaiserberg. Gutenberg junto con Schaefer realizan la impresión del primer libro:Biblia Mazarina o de las 42 líneas. Jorge de Trebisonda:Comparación de los filósofos Platón y Aristóteles. Alfonso de Madrigal:De optima politica | Nace Juan Reuchlin. La Salle:Los cien cuentos nuevos. Seami Motohiyo:Takasogo. Mueren Ghiberti y Fra Angelico. |
| Se construye la fachada de la iglesia de Santa María Novella en Florencia (según un bosquejo de León Bautista Alberti). Paolo Ucello:Batalla de San Romano. Muere Juan de Mena. |
| COLON Y SU ENTORNO | POLITICA Y SOCIEDAD | |
|---|---|---|
| 1457 | Toma de Marienburg, en la guerra entre la Orden Teutónica y la Liga prusiana, aliada a Polonia. Cristián I de Dinamarca es coronado en Upsala como rey de Suecia; Carlos VIII Knutsson tiene que huir. Muere el rey Ladislao Póstumo. | |
| 1458 | Termina la guerra entre la Corona de Aragón y Génova. | El regente Podiebrady es proclamado rey de Bohemia. Matías I Corvino, rey de Hungría. Muere Calixto III; Pío II, papa. |
| 1459 | Nace Juan Jacobo Fugger. El papa convoca a los príncipes cristianos en Mantua a una nueva cruzada contra los turcos, pero no es secundado en su empeño. Integración de Servia en el Imperio otomano. | |
| 1460 | Nace Pedro Alvares Cabral. Los portugueses llegan a Guinea y a las Azores. Conjura de los nobles contra Enrique IV de Castilla. Muere Enrique el Navegante. | La Confederación suiza absorbe las posesiones habsbúrgicas de Turgovia hasta Rheinfelden; los Habsburgo solicitan la ayuda de Carlos el Temerario. |
| 1461 | Decrece notablemente el tráfico comercial de Génova. Muere el príncipe de Viana; Fernando, heredero de la corona de Aragón. | El hijo de Ricardo de York es proclamado rey de Inglaterra como Eduardo IV, bajo la tutela del conde de Warwick. Caída de Trebisonda. Muere Carlos VII; Luis XI, rey de Francia. |
| 1462 | Nace Juana «la Beltraneja». Los osmánidas conquistan la isla genovesa de Mitilene y Trebisonda, del imperio griego. Sublevación de la nobleza catalana contra Juan II, y primera rebelión de los payeses de remensa. | El papa anula lasCompactata de Praga de 1433. Disturbios de campesinos en los cantones de Pon, Pinz y en el valle de Brixen. Lyon recibe por una disposición de Luis XI el privilegio de celebrar anualmente cuatro ferias. |
| CIENCIA Y PENSAMIENTO | ARTES Y LETRAS |
|---|---|
| Nace Sebastián Brant. El duque Alberto VI funda la Universidad de Friburgo. Muere Lorenzo Valla. | Muere Andrea del Castagno. |
| Cancionero de Stúñiga. Muere Iñigo López de Mendoza, marqués de Santillana. | |
| Nace Konrad Celtis. Bula Exsecrabilis sobre la apelación al concilio General Muere Gian-Francesco Poggio Bracciolini. | Fundación en Florencia de la Academia Platónica para el fomento de las artes. |
| Nace Johannes Frobenius. Nace Gerard David. Fundación de la Academia Romana. | Nace Gerard David. |
| Mantegna:Muerte de la Virgen. Villon:El testamento. | |
| Nace en Mantua Pietro Pomponazzi. Biblia pauper. | Roger van der Weyden: Tríptico de los Reyes Magos. Marsilio Ficino es nombrado director de la Academia Platónica en Florencia. |
| COLON Y SU ENTORNO | POLITICA Y SOCIEDAD | |
|---|---|---|
| 1463 | Proyecto de matrimonio entre la infanta Isabel y Alfonso V de Portugal. Pérdida de Rosellón y Cerdeña. Entrevista de Enrique IV de Castilla y Luis XI de Francia a orillas del Bidasoa. | Nace Federico de Sajonia. Terminan los choques del emperador Federico III con su hermano Alberto de Austria, con motivo de las posesiones de los Habsburgo, con la muerte de éste. Matías Corvino de Hungría recupera los territorios noroccidentales. |
| 1464 | El marqués de Villena presiona a Enrique IV para que nombre heredera a Isabel. Dispensa de Pío II para un posible futuro matrimonio de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. Los rebeldes catalanes eligen rey al condestable Pedro de Portugal. Muere Cosme el Viejo, de Florencia. | Sublevación de los suecos contra Dinamarca. Derrota de la reina Margarita frente a las tropas de Eduardo IV en Hexham. Abul Hassan Alí, emir de Granada. Se prepara una cruzada contra los turcos. Muere Pío II; Paulo II, papa. |
| 1465 | El infante Alfonso se hace coronar, y actúa como rey; Enrique IV es destronado en efigie, en Avila. | La conjuración de los Grandes franceses en la Ligue du bien public, dirigida » por Carlos de Berry, hermano de Luis XI, y por Carlos el Temerario, hijo del duque de Borgoña, obliga al rey a grandes concesiones a la nobleza. |
| 1466 | Los catalanes ofrecen la corona a Renato de Anjou, que nombra a Juan de Lorena lugarteniente. | En la segunda Paz de Thorn, la Orden Teutónica tiene que renunciar a Kulm, a la Pomerania Menor, al Ermland con Elbing y a Marienburgo, en favor de Polonia. |
| 1467 | Levantamiento de los pecheros gallegos contra los señores. Se organiza la «Hermandad nueva» en Medina del Campo. Revuelta contra los conversos en Toledo. | Beltrán de la Cueva derrota a los partidarios de Alfonso en Olmedo. Nuevo ataque sin éxito de Mohamed II contra Albania a causa de la enconada defensa de las tribus montañesas al mando de Skanderberg. |
| CIENCIA Y PENSAMIENTO | ARTES Y LETRAS |
|---|---|
| Nace Gian Pico della Mirandola. Nicolás de Cusa: De venatione sapientiae. | Benozzo Gozzoli: Vida de San Agustín. |
| Muere Nicolás Chrypffa (el Cusano). | Antonio Filarete: Tratatto d’Arcbitetura. Iñigo de Mendoza: Coplas de Mingo Revulgo. Muere Roger van der Weyden. |
| M. Ficino: Institutiones platonicae. | Charles de Orleáns: Poesías. |
| Nace Erasmo de Rotterdam. Después de un proceso por herejía, el rey Jorge Podiebrad de Bohemia es excomulgado y depuesto por el papa. Aparece en Estrasburgo la primera Biblia impresa en alemán. | Muere Donatello. |
| Los impresores alemanes Arnold Pannartz y Konrad Schweinheim imprimen en Roma lasEpístolas Familiares, de Cicerón. Muere Gutenberg. |
| COLON Y SU ENTORNO | POLITICA Y SOCIEDAD | |
|---|---|---|
| 1468 | Nace su hermano Jaime Colón. Grazioso Benincasa publica sus Cartas marinas. El cardenal Bessarion ofrece su Biblioteca a la ciudad de Venecia. Muere Motecuhzoma I, rey azteca. | Tratado de Guisando; Isabel, heredera de Castilla. Fernando, rey de Sicilia. Muere el infante Alfonso. |
| 1469 | Lorenzo de Medicis, el Magnífico, sucede a su padre como soberano de Florencia. Primera entrevista de Isabel y Fernando en Valladolid, y matrimonio. Axayacatl, emperador de los aztecas. | Matías Corvino de Hungría es coronado en Brünn como rey de Bohemia. Los turcos someten a Albania, tras la muerte de Skanderberg. |
| 1470 | Nace la infanta Isabel. Enrique IV revoca el Pacto de Guisantlo y nombra heredera a Juana «la Beltraneja». | Warwick se pasa al bando de los Lancaster y devuelve la corona a Enrique VI; Eduardo IV tiene que huir a la corte borgoñona. Sten Sture, regente de Suecia. |
| 1471 | Conquista de Arcila y Tánger. Tratado anglo-castellano de Westminster. Los incas comienzan la conquista del Ecuador; Topa Inca llega al norte de Quito. | Batalla de Brunkeberg; los suecos derrotan a los daneses. Los estamentos bohemios eligen rey a Ladislao. Incursiones turcas en Estiria. Muere Paulo II; Sixto IV, papa. |
| 1472 | Fernando de Aragón acude en ayuda de su padre contra la ciudad de Barcelona. | «Capitulaciones de Villafranca»; Alfonso V de Aragón aplaca las rebeliones de burgueses y payeses de remensa en Cataluña. |
| 1473 | Isabel de Castilla se entrevista con Enrique IV en Segovia. Pedro González de Mendoza es nombrado cardenal. Fin de la independencia de Tlatelolco. | La corona de Aragón recupera los condados de Rosellón y Cerdeña. El príncipe electo Alberto Aquiles ordena la indivisibilidad del principado. Queda abierto el Stalhof de Londres. |
| CIENCIA Y PENSAMIENTO | ARTES Y LETRAS |
|---|---|
| Nace Guillaume Budé. Sánchez de Arévalo, arcediano de Treviño, publica Opusculum ad honorem Romani Imperii et dominorum Romanorum. Muere Juan de Torquemada. | |
| Nace Niccoló Macchiavelli. | Nace Juan del Enzina. Cosme Tura: San Jorge y el dragón. Muere Filippo Lippi. |
| Llega a París la imprenta. | |
| Muere Tomás de Kempis. | Nace Alberto Durero. Muere Antonio Beccadelli. |
| Nace Sebastián Cabot. Regiomontano: Theoriae novae planetarum (de Jorge Peurbach, su maestro). Muere el cardenal Bessarion. | Nace Lucas Cranach. Muere León Bautista Alberti. |
| Nace Nicolás Copérnico. Se introduce la imprenta en la península ibérica. | Comienza a construirse la Capilla Sixtina del vaticano en Roma. |
| COLON Y SU ENTORNO | POLITICA Y SOCIEDAD | |
|---|---|---|
| 1474 | Nace en el barrio sevillano de Triana Bartolomé de las Casas. Cristóbal Colón participa en una expedición mercantil a la is la de Quios. Muere Enrique IV; Isabel es proclamada reina en Segovia. | La Confederación suiza firma con losHabsburgo la Paz perpetua. Iván III el Grande incorpora Rostov al gran principado de Moscú. |
| 1475 | Nace Vasco Núñez de Balboa. Los turcos conquistan la plaza comercial genovesa de Kaffa, en Crimea, y ocupan toda la península. | Rosellón y Cerdeña caen de nuevo en poder de los franceses. Paz de Picquigny entre Inglaterra y Francia. Victoria de Esteban el Grande de Moldavia sobre un ejército turco, junto al Racova. |
| 1476 | Nace Francisco Pizarro. Cristóbal Colón llega a Portugal como náufrago de un combate entre naves genovesas y una escuadra francesa, mandada por el almirante Coullon. Batalla de Toro. | Fernando acude a Vizcaya a jurar los Fueros; Isabel recorre Extremadura y parte de Andalucía. Levantamiento del «Pfeifer de Niklashause». Carlos el Temerario ataca a los suizos pero es rechazado en las batallas de Grandson y de Morat. |
| 1477 | Antonio Gallo es nombrado cronista oficial de Génova. Se crea en Castilla el cargo de protomédico. | Nace Enrique Tudor. El archiduque Maximiliano de Austria casa con Maria de Borgoña. Carlos el Temerario es derrotado y muere en Nancy. |
| 1478 | Enviado por Paolo di Negro, Cristóbal Colón realiza una expedición marítima a las islas de Madeira en busca de azúcar. Fernando e Isabel reivindican las Islas Canarias. | Nace en Sevilla el infante Juan. Los Medicis aplastan en Florencia una conspiración de los Pazzi. El Gran Principe Iván III de Moscú somete a la república de Novgorod. Bula de Sixto IV introduciendo el Santo Oficio en Castilla. |
| 1479 | Reclama una indemnización a la Casa Centurione y a Paolo di Negro por incumplimiento de contrato para la adquisición de turazúcar en la isla de Madeira. Se casa con Felipa de Perestre-lio. | Tratado de Alcaçovas. Leonor, reina de Navarra. Sicilia es incorporada a Aragón, Paz entre los turcos y Venecia; los tureos reciben el territorio de Scutari, Negroponte y la isla de Lemnos. |
| CIENCIA Y PENSAMIENTO | ARTES Y LETRAS |
|---|---|
| Paolo del Pozzo Toscanelli escribe una carta a Fernao Martín, canónigo de la catedral de Lisboa, en la que concibe la posibilidad de encontrar las Indias «a donde nace la especiería», navegando hacia el oeste, a través del Atlántico. | Nace Ludovico Ariosto. Piero della Francesca: Virgen con el Niño, con Federico de Montefeltre. Muere Guillermo Dufay. |
| Nace Tomás Moro. Se abre al público la Biblioteca vaticana. | Nace Miguel Angel Buonarotti. Antonello de Messina: Cristo muerto. Comienzos del estilo Isabel. Muere Paolo Ucello. |
| Los daneses Pining y Pothorst exploran Groenlandia. Muere Regiomontano, obispo de Ratisbona. | La reina Isabel de Castilla manda construir la iglesia de San Juan de los Reyes de Toledo. Muere el padre de Jorge Manrique. |
| Nacen este año Tiziano y Giorgione. | |
| Nace Girolano Fracastoro. Se imprime en Valencia la traducción de la Biblia de fray Bonifacio Ferrer. Muere Teodoro Gaza. | Nace Juan Boscán. |
| Escuela de Sudha advaita en la India. | Lorenzo el Magnífico: Cantos carnavalescos. Andrés Verrocchio: estatua ecuestre de Colleone. Muere Antonello de Messina. |
| COLON Y SU ENTORNO | POLITICA Y SOCIEDAD | |
|---|---|---|
| 1480 | Las Cortes de Toledo inician larecopilación de las Ordenanzas. En la corona de Aragón se publica la Constituáó de l’obser | Ludovico Sforza el Moro se apodera recopilación de las Ordenanzas, del mando en Milán. Ludovico Sforza el Moro se apodera del mando en Milán. La Orden de los Caballeros de San. Juan de Malta rechaza con éxito un ataque osmánida contra Rodas. Iván III el Grande pone fin al dominio tártaro sobre Rusia. |
| 1481 | Se agrava de nuevo la situación económica de Cataluña. Muley Hassan se apodera de Zahara; comienza la guerra de Granada. Juan II, rey de Portugal. Muere Tlacaelel, rey azteca. | Después de la muerte de Cristian I, su hijo Juan pasa a ser rey de Dinamarca y Noruega. Bayaceto II, hijo de Mohamed II el conquistador, pasa a ser sultán de los osmánidas. Muere Tlacaélel, rey azteca. |
| 1482 | Cristóbal Colón viaja a Guinea. Se funda allí la plaza de San Jorge de la Mina. Toma de Alhama. Una expedición, mandada por Alfonso Fernández de Lugo, establece enclaves castellanos en las islas canarias. | Johann von Dalberg, obispo de Worms. Cocijo-eza, rey de Zaachila. Muere María de Borgoña. |
| 1483 | Alfonso Fernández de Lugo recibe el título de Adelantado. Boabdil es derrotado y hecho prisionero en la batalla de Lucena; don Fernando le obliga a declararse su vasallo. Gran Canaria es sometida a la corona de Castilla. | Catalina de Foix, reina de Navarra. Tras haber hecho estrangular en la Torre de Londres a sus sobrinos Eduardo y Ricardo, ocupa el trono de Inglaterra Ricardo III. Muere Luis XI; Carlos VIII, rey de Francia. |
| 1484 | Cristóbal Colón ofrece a Juan II de Portugal su proyecto de «buscar muchas islas y tierras por el océano occidental». Reside durante unos meses con el duque de Medina-Sidonia. Toma de Antequera. | Nace Joaquín I de Brandeburgo. Ordenamiento de Montalvo (recopilación de leyes, ordenanzas y pragmáticas). Alzamiento de los payeses de remensa gerundenses, dirigidos por Pere Joan Sala. Muere Sixto IV; Inocencio VIII, papa. |
| CIENCIA Y PENSAMIENTO | ARTES Y LETRAS |
|---|---|
| Nace Karlstadt. Muere Pedro Martínez de Osma. | Nace Alonso Berruguete. San Miguel de Zafra (pintura anónima española). Bartolomé Bermejo: Santo Domingo de Silos. Giovanni Bellini:Transfiguración de Cristo. |
| Nace Franz von Sickingen. | Nace Baldasare Peruzzi. |
| La Corte del obispo de Worms en Ladenburg y Heidelberg se convierten en centros del primitivo humanismo alemán. Diego Cão descubre la desembocadura del Congo. M. Ficino:Theologia platónica. Muere Paolo del Pozzo Toscanelli. | Boticcelli: Madonna del Magnificat. Refundición delAmadís de Gaula por G. Rodríguez de Montalvo. Muere Luca della Robbia. |
| Nace en Eisleben Martín Lutero. Impresión de losViajes de Marco Polo en Gouda. Se imprime en Lovaina la Imago Mun di de Pedro d’Ailly. Jerónimo Savonarola:Sermones. Nace Francisco de Vitoria. | Nace Rafael Sanzio de Urbino. Leonardo da Vinci:Virgen de las rocas. |
| Nace Ulrich Zwinglio. Bula pontificia condenando la creencia en las brujas. Muere Giorgio de Trebisonda. | Nace Michele Sanmicheli. Botticcelli:La calumnia. Malory:La muerte de Artús. |
| COLON Y SU ENTORNO | POLITICA Y SOCIEDAD | |
|---|---|---|
| 1485 | Nace Hernán Cortés. La Junta dos mathematicos rechaza el proyecto de Colón. Este llega a la Rábida. Don Fernando se apodera de la plaza de Ronda, en la guerra de Granada. | Nace Thomas Crommwell. Termina la guerra de las Dos Rosas; Enrique VII desembarca en Gales, derrota a Ricardo en la batalla de Bosworth y funda la dinastía Tudor. El principado moldavo se reconoce vasallo de Polonia. |
| 1486 | En enero, se entrevista con los reyes de Castilla y Aragón. Se celebran juntas en Salamanca para examinar el proyecto. Mientras se resuelve el asunto, la reina le concede una modesta pensión. Toma de Loja, Illora y Moclín, en la guerra de Granada. | Sentencia arbitral de Guadalupe; los payeses catalanes consiguen la abolición de los malos usos. Maximiliano gobierna el imperio hasta la muerte de su padre Federico III. Ahuitzotl, emperador azteca. |
| 1487 | Se celebran juntas en Córdoba para examinar el proyecto de Colón. Conquista de Vélez Málaga; Colón asiste a la toma de Málaga. Los reyes le dicen que en tanto dure la guerra no pueden aceptar su proyecto. | Establecimiento de la Inquisición en Cataluña, pese a la oposición de los concellers de la ciudad. |
| 1488 | Cristóbal Colón conoce a Beatriz Enriquez de Arana. Escribe al rey de Portugal y viaja a la capital lusitana. Envía a su hermano Bartolomé a ofrecer sus ideas a los reyes de Francia e Inglaterra. Toma de Huéscar, Cuevas, Vélez Blanco y Vélez Rubio, en la guerra de Granada. | Reunión de la nobleza y de las ciudades de Suabia en Esslinger para constituir la «Alianza suaba», con objeto de defenderse de los ataques de vecinos más poderosos. Los burgueses sublevados de Brujas hacen prisionero al rey Maximiliano. |
| 1489 | Su hermano Bartolomé presenta en vano el proyecto a los reyes de Francia e Inglaterra. Cristóbal Colón regresa a Castilla donde es recibido por la reina. Toma de Baza, Guadix y Almeria. | La Real Chancillería de Castilla fija su sede permanente en Valladolid. Flandes reconoce los derechos de Maximiliano. Revolución ciudadana en Zurich. La República de Viatka cae bajo el dominio de Moscú. |
| CIENCIA Y PENSAMIENTO | ARTES Y LETRAS |
|---|---|
| Nace Beatus Rhenanus. Hernando del Pulgar:Libro de los claros varones de Castilla. Muere Rodolfo Agricola. | Nace Sebastián del Piombo. J. Michel: La pasión de Angers. |
| Nace Cornelio Agripa de Nettesheim. Pico della Mirandola:De hominis dignitate. | Nace Andrea del Sarto. |
| Bartolomé Dias dobla la punta meridional de Africa. Se imprime por primera vez en Estrasburgo elMalleus Maleficorum de los dominicos Krämer y Springer. | Nace Julio Francia. Lorenzo Vázquez: Colegio de Santa Cruz en Valladolid. Boyardo: Orlando encadenado. |
| Nace Ulrich von Hutten. Aparece en Estrasburgo la edición príncipe deOpera Omnia de Nicolás de Cusa. Muere el cronista castellano Diego de Valera. | Nace Georg Rhaw. Muere Andrea Verrocchio. |
| Nace Thomas Münzer. Universidad de mercaderes, en Bilbao. Aires Babosa, a su regreso de Italia, divulga los principios humanísticos en Salamanca. | Nace Bernardino Licinio. Se inicia la construcción del palacio Strozzi en Florencia. Muere Bonozzo Gozzoli. |
| COLON Y SU ENTORNO | POLITICA Y SOCIEDAD | |
|---|---|---|
| 1490 | Cristóbal Colón sigue a la corte trashumante hasta Sevilla. Don Fernando hace una incursión por la vega granadina. Su hija Isabel contrae matrimonio con Alfonso, infante de Portugal. | Nace el marqués de Pescara. Reconquista de Viena. Maximiliano concierta su boda con Ana, duquesa de Bretaña. Los portugueses fundan la primera misión del Africa negra, en el reino del Congo; el rey Nzinga Nkuvu se convierte al cristianismo. |
| 1491 | Recibe una esperanzadora carta del rey Carlos VIII de Francia. Cristóbal Colón decide viajar a París. Llega a la Rábida para despedirse de su hijo Diego. Fray Juan Pérez escribe a la reina Isabel de Castilla; la reina le envia 20.000 maravedíes para que Colón se traslade a Santa Fe. | Nace Enrique VIII de Inglaterra. Carlos VIII se casa con Ana de Bretaña. Paz de Presburgo; reconocimiento de las pretensiones hereditarias de los Habsburgo. El príncipe Esteban de Moldavia concierta la paz con los turcos. Ordenanza de la pañería de Castilla, y represión de la salida de moneda. |
| 1492 | Conquista de Granada. «Capitulaciones de Santa Fe». El 3 de agosto Cristóbal Colón zarpa de Palos; en la Gomera se hace con provisiones. El 12 de octubre llega a Guanahaní. Recorre la de Santa María de la Concepción, Fernandina, Saometo, islas de la Arena y Cuba, a la que llama Juana. Llega a Haití en busca de oro. Encalla la nao Santa María y con sus restos construye y con sus restos construye el fuerte de Navidad. | Nace Francisco II Sforza. Juan I Alberto, rey de Polonia. Tratado de Etaples; paz y amistad entre Inglaterra y Francia. Los judíos son expulsados de Castilla. Muere Inocencio VIII; Alejandro VI, papa. |
| 1493 | El 15 de marzo Colón llega a Palos. Los reyes le reciben en Barcelona. El 25 de septiembre parte de Cádiz, y, tras aprovisionarse en la isla de Hierro, la escuadra penetra en las Pequeñas Antillas; arriba después a la isla de Boriquen (Puerto Rico) y en noviembre llega a Navidad que está arrasada; Colón construye un nuevo fuerte y una iglesia. Conquista de Tenerife. | Alejandro VI publica las Bulas Inter Caetera y poco después la Dudum siquidem. Tratado de Barcelona; don Fernando adquiere los condados de Rosellón y de Cerdeña. Pactos de Senlis de Francia con los Habsburgo. Huayna Capac, emperador de los incas. Muere el emperador Federico III. |
| CIENCIA Y PENSAMIENTO | ARTES Y LETRAS |
|---|---|
| Nace Jorge Agricola. Henrique Martellus: mapa del mundo. Alfonso Fernández de Palencia: Universal vocabulario en latín y en romance. Gómez Manrique: | Cancionero. Consejos. Representación de nuestro Señor. Se imprime en Valencia Tirant lo Blanch de Joanot Martorell (libro de caballería). |
| Nacen este año Iñigo López de Loyola, Domingo de Soto y Martín Bucer. Se imprime en Sevilla el Código de las siete partidas, de Alfonso X el Sabio. | Miguel Ángel: Madonna de la escalera. Cristóforo Grassi: Vista de Génova. |
| Nace Menno Simons. Marsilio Ficino:Theología Platonis. Martin Behaim, por encargo del Consejo Municipal de Nuremberg, construye un mapa mundi, con datos contenidos en el de Toscanelli. Mueren este año Diego Rodríguez de Almella y el cronista castellano Alfonso Fernández de Palencia. | Nace Juan Luis Vives. Veit Stoss: tumba del rey Casimiro IV de Polonia, en la catedral de Cracovia. Diego de San Pedro: La cárcel de amor. Antonio de Nebrija: Gramática castellana. Muere Piero della Francesca. |
| Nace Teofrasto Bombasto de Hohenheim (Paracelso). Erasmo de Roterdam es ordenado sacerdote. Aparece en Nuremberg la Crónica del mundo de Hartmann Schedel, con grabados en madera de Michael Wohlgemut, maestro de Alberto Durero. Muere Hermolao Barbaro. | Nace Antonio Allegri Correggio. Veit Stoss: lápida funeraria del cardenal Zbigniew Olesnicki, en la catedral de Gnesen. Tilman Riemenschneider: escultura de Adán y Eva, en la iglesia de Santa María de la catedral de Wüzburgo. |
| COLON Y SU ENTORNO | POLITICA Y SOCIEDAD | |
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| 1494 | Parten de la Isabela para España doce barcos al mando de Antonio de Torres, cargados de oro, especias, animales exóticos e indios esclavizados Colón emprende la conquista interior de la Española y organiza la explotación aurífera. Explora las costas de Cuba y Jamaica. Pedro Margarit y el padre Boyl regresan a España y presentan a los reyes acusaciones contra el almirante. | Tratado de Tordesillas. Maximiliano I contrae matrimonio conBlanca María Sforza. Carlos VIII de Francia entra en Italia alegando las pretensiones de la casa de Anjou sobre Ñapóles. Girolano Savonarola se hace cargo de la ciudad de Florencia. Iván III el Grande funda la fortaleza de Ivangorod. |
| 1495 | Colón envía a España una expedición con esclavos. Los reyes de España desautorizan la esclavización hasta que una junta de letrados y teólogos se pronuncie sobre el asunto. Llega a la Isabela el supervisor real Juan de Aguado; Colón decide regresar a España para defenderse de las acusaciones. Muere Juan II de Portugal. | Carlos VIII toma Nápoles. Venecia, Milán, el papa, el emperador y los Reyes Católicos forman una liga contra él y le obligan a retirarse. El Gran Capitán desembarca en Ñapóles. Dieta de Worms; proclamación de la paz general perpetua para todo el territorio imperial germánico. Manuel, rey de Portugal. |
| 1496 | Cristóbal Colón regresa a España con el supervisor Aguado en dos carabelas con esclavos; el rebelde Caonobó muere en la travesía. Llega a Cádiz el 11 de junio. A finales de octubre, Colón es recibido por los reyes. Matrimonio de la princesa Juana con Felipe el Hermoso. Conquista de Melilla. | Nace Solimán el Magnífico. Gonzalo Fernández de Córdoba hace capitular a los franceses en Atella; toma Nápoles y se dirige a Roma donde el pontífice le otorga la «Rosa de Oro». El religioso Ramón Pane comienza la evangelización de los indios de América. Juan I Alberto de Polonia promulga el Estatuto Petrico en fortalecimiento de la pequeña nobleza polaca contra los magnates. |
| 1497 | Cristóbal Colón hace testamento. En abril, comienzan los preparativos para otra expedición. Ante las dificultades para enrolar marineros, soldados y campesinos, los reyes de España or denan que se recluten delincuentes condenados a muerte. Matrimonio del príncipe heredero con Margarita de Flandes; el príncipe muere el 3 de octubre. | El Cantón de los Grisones se incorpora a la Confederación. Después de la derrota en Retebro y de la conquista de Estocolmo por Juan de Dinamarca, Sten Sture tiene que reconocer a éste como rey de Suecia. Derrota polaca en Cormín. Los Marcbant Adventurers reciben de Enrique VII el monopolio comercial para los Países Bajos. |
| CIENCIA Y PENSAMIENTO | ARTES Y LETRAS |
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| Nace Andrés Laguna. El Papado autoriza la reforma de las órdenes religiosas de la corona española; esta renovación es dirigida por Cisneros. Se inicia el movimiento caritativo de los Oratorios. Lorenzo Valla: traducción de los escritos históricos de Herodoto. Luca Paccioli:Summa de Arithmetica. Muere Juan Pico della Mirandola. | Nace Lucas van Leyden. Sebastián Brant: El barco de los locos. Muere Melozzo. da Forli. |
| El papa Alejandro VI llama al orden a Jerónimo Savonarola. Muere Gabriel Biel, «el último escolástico», profesor en Tubinga. | Se inicia en Francia el conocimiento de lo italiano con Giocondo de Verona. |
| Nace Francesco Penni. | |
| Nace Felipe Melanchton. Juan Caboto arriba a Cabo Bretón, en las costas nororientales de América del Norte. Tomás Moro conoce a Erasmo. Jerónimo Savonarola es excomulgado por el papa. | Nace Hans Holbein, el Joven. Jacobo de Benavente:Vergel de consolación. Reuchlin: Henno. |
| COLON Y SU ENTORNO | POLITICA Y SOCIEDAD | |
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| 1498 | El 30 de mayo parten de Sevilla cinco carabelas y una nao; se aprovisionan en la Gomera y de allí un grupo se dirige a la Española a llevar provisiones y refuerzos. El grupo mandado por Colón llega el 27 de junio a las islas de Cabo Verde; en julio arriba a Trinidad. Un mes más tarde, en Santo Domingo se entera que el cacique Guarionex y el alcalde se han apoderado de las carabelas con las provisiones; la situación se pone tensa y Colón tiene que pactar con Roldán. | Muere Carlos VIII de Francia cuando estaba haciendo preparativos para una segunda campaña en Italia. Luis XII, su sucesor, apoya los proyectos del papa en favor de su hijo, César Borgia; César conquista gran parte de la Romaña con ayuda del rey francés. |
| 1499 | Hernando Ladrón de Guevara y Adrián de Múxica se levantan contra Francisco Roldán y Cristóbal Colón; éste y su hermano Bartolomé reprimen con dureza la sublevación. Fernando de Aragón es nombrado maestre de Santiago. | Paz de Basilea; Suiza obtiene la independencia política y se separa del imperio. Luis XII de Francia ocupa Milán, y, pronto todo el norte de Italia, excepto Venecia y el Estado Pontificio con el que concierta una alianza. |
| 1500 | Francisco de Bobadilla, comprobadas las acusaciones contra el almirante y sus hermanos Diego y Bartolomé, procede a encarcelarlos. En noviembre llegan a Cádiz. Cristóbal Colón se entrevista con los reyes y obtiene la libertad. | Nace en Gante Carlos de Habsburgo. Tratado de Granada; Francia y la corona de Aragón se reparten el reino de Nápoles. Ludovico el Moro es conducido prisionero a Francia. Maximiliano I crea una Junta permanente con atribuciones legislativas y ejecutivas. En Japón, los Daimio se convierten en príncipes hereditarios, y sus vasallos forman la casta de los samurai. |
| 1501 | Nicolás de Ovando es nombrado gobernador de las Indias con plenos poderes durante dos años. Alonso de Ojeda recibe un otorgamiento real para descubrir tierras y establecer colonias en las Indias. | Alejandro VI concede a los reyes de España el patronato de los cargos eclesiásticos de las Indias. Los reyes de España dictan una cédula, el 3 de septiembre, por la que toda expedición descubierta sin licencia real queda confiscada por la corona. Muere Juan Alberto I de Polonia. |
| CIENCIA Y PENSAMIENTO | ARTES Y LETRAS |
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| Segunda expedición de Juan Caboto. Vasco de Gama abre por oriente la ruta marítima a la India. Fray Ramón Pane finaliza su Relación acerca de las creencias e idolatrías de los indios. Muere Jerónimo Savonarola, quemado en la hoguera. | Miguel Ángel: Virgen con el Niño. Francesco Maineri: La Sagrada Familia. Alberto Durero: Autorretrato. |
| Alonso de Ojeda, Juan de la Cosa y Americo Vespucio inician la búsqueda de perlas en las costas venezolanas y descubren las islas Curaçao, Arubay y Bonaire. Se crean las Facultades de Artes, Derecho y Teología en Alcalá de Henares. Muere Juan Caboto. | Nace Julio Romano. Pedro Berruguete comienza el retablo de la catedral de Avila. Fernando de Rojas: Tragicomedia de Calixto y Melibea (La Celestina). |
| Juan de la Cosa: Mapamundi. Pedro Alvares Cabral descubre el Brasil. Gaspar Corte Real explora Groenlandia, la península del Labrador y Terranova. Viaje de Rodrigo de Bastidas y Juan de la Cosa a Paria y Darién. Alonso Niño y Cristóbal Guerra llegan hasta Coro y a la península de Paraguana. Fundación de la Universidad de Valencia. Muere quemado Giordano Bruno. | Nace Daniel de Volterra. Vittore Carpaccio termina la Historia de santa Ursula. Rafael recibe el encargo de pintar un retablo con la coronación de san Nicolás. Mantegna: Cristo muerto. Erasmo de Rotterdam: Pelages. |
| Nace Leonhard Fuchs. Americo Vespucio, en su segundo viaje a América, rompe con la anterior concepción geográfica de la Tierra definida por Tolomeo. Martin Waldseemüller escribe Cosmograpbiae Introductio. El Cosmograpbiae Introductio. El papa decide someter a censura todo libro referido a materia de fe. | Nace Girolano da Carpi. Konrad Celtis encuentra y publica las obras de Hrotsvit de Gandersheim. |
| COLON Y SU ENTORNO | POLITICA Y SOCIEDAD | |
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| 1502 | Colón sale de Sevilla y llega a la Martinica. En el verano recorre Honduras, Nicaragua y Costa Rica. En octubre, arriba a Boca del Dragón y Boca del Toro, lle gando a la Laguna panameña de Chiriqui. Bordea las costas de la región de Veragua. Moctezuma II, emperador de los aztecas. | Nace John Dudley. Bartolomé de las Casas, como doctrinero, acompaña a Nicolás de Ovando en su viaje a la Española. Primera expedición de negros a Haití. El Gran Capitán vence a los franceses en Seminara. Los mudéjares del reino de Castilla son obligados a emigrar o convertirse. Jos Fritz organiza un levantamiento de campesinos en el obispado de Espira. |
| 1503 | En Santa María de Belén funda Colón la primera colonia española del continente americano. Tras grandes desastres y completamente extenuado, llega a las islas del Jardín de la Reina, al sur de Cuba; luego alcanza Jamaica. En España, Nicolás de Ovando recibe de los reyes católicos poderes especiales en el gobierno de las Indias. | Isabel la Católica institucionaliza y legaliza la Encomienda en América mediante una Provisión real. Se crea en Sevilla la Casa de Contratación. El Gran Capitán vence a los franceses en Ceriñola y Garellano. Iván III el Grande firma un armisticio con Lituania. Muere Alejandro VI; Julio II, papa. |
| 1504 | Después de permanecer abandonado un año en Jamaica, Colón llega a Santo Domingo y parte luego rumbo a España desembarcando el 7 de noviembre en Sanlúcar de Barrameda. Hernán Cortés embarca en dicho puerto gaditano hacia las Indias. El 26 de noviembre muere la reina Isabel la Católica. | Las Cortes de Toro autorizan la creación de mayorazgos. Se concede a los castellanos el derecho de explotar las minas americanas. Francia renuncia al reino de Nápoles. Baber, primer gran mogol en la India, conquista Kabul. Muere el conde Bertoldo de Hennberg. |
| 1505 | A finales de mayo el rey Fernando niega a Colón la mayor parte de los derechos y privilegios concedidos anteriormente por la Corona. Tercer viaje de Alonso de Oje-da; bordea las costas que se extienden desde Paria hasta el istmo de Panamá. | Cortes de Toro; reconocimiento de la regencia de Fernando. Paz de Blois; Francia reconoce el dominio español enNápoles. Conquista de Mazalquivir. El banquero Juan Jacobo Fugger trae especias de las Indias orientales por la nueva ruta marítima. |
| CIENCIA Y PENSAMIENTO | ARTES Y LETRAS |
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| Segundo viaje de Alonso de Ojeda en el que explora las costas venezolanas desde Paria hasta Santa Cruz. Alberto Cantino: planisferio. Hamy: Carta marina portugalensium. El cardenal Cisneros encarga la traducción a las costas septentrionales de Su-Ambrogio Calepino: Dictionarium. | Donato Bramante: templete de San Pedro en Montorio. Konrad Celtis:Amores (con grabados en madera de Alberto Durero). |
| Nacen este año los pintores Parmigianino y Broncino, y el poeta Garcilaso de la Vega. Miguel Angel: David. Luca Signorelli termina la Caída de loscondenados en la catedral de Orvieto. Dunbar: El cardo y la rosa. La danzade los siete pecados capitales. | |
| Nace Heinrich Billinger. Juan de la Cosa, Juan de Ledesma y Andrés Morales realizan una expedición a las costas septentrionales de su-damérica. Erasmo de Rotterdam: Enchiridion mi-litis christiani. | Nace fray Luis de Granada. León Picardo: La Purificación y La Anunciación. Giorggione: Madonna de Castelfranca. Se inicia la Sala capitular de la catedral de Toledo. Muere Pedro Berruguete. |
| Nace Iohannes Sleidanus. Jakob Wimpheling: Epitome rerum germanicarum. Creación de la Universidad de Sevilla. | Nace Cristóbal de Villalón. Giovanni Bellini:Sacra conversazione. Rafael:Madonna del Granducca. Adam Krafft: Siete estaciones del Via-crucis. El papa Julio II llama a Roma a Miguel Angel Buonarotti y le encarga su mausoleo. |
| COLON Y SU ENTORNO | POLITICA Y SOCIEDAD | |
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| 1506 | El 20 de mayo muere en Valla-dolid Cristóbal Colón. Juana y Felipe son jurados reyes de Castilla. El rey Fernando el Católico se casa con Germana de Foix. Se retira a Aragón, pero regresa después. | Maximiliano I asume la regencia en los Países Bajos. El duque Alberto IV de Baviera establece la indivisibilidad del país y la pri-mogenitura. El papa somete Perugia y Bolonia. Muere Felipe el Hermoso de Borgoña. |
| CIENCIA Y PENSAMIENTO | ARTES Y LETRAS |
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| El príncipe elector Joaquín I de Bran-deburgo funda la Universidad de Francfort del Oder. | Alberto Durero:María con verderón y Altar del rosario. Rafael: Virgen con jilguero. Leonardo termina Monna Lisa. Se descubre en Roma el antiguo grupo en mármol de Laocoonte. Bramante comienza la construcción de la iglesia de San Pedro en Roma. |