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Che Guevara (Versión para imprimir)

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Che Guevara
de Colección Grandes Biografías


HUBO un tiempo, que quizá no haya pasado, en que el póster del «Che» ocupaba un lugar preferente en las paredes de los cuartos de trabajo o de los dormitorios de muchos jóvenes. En unas paredes en donde tal vez sustituyó a otros ídolos que traían otros mensajes o emitían en otra onda sonora o visual. En cierto modo podría decirse que el «Che» vino a provocar una especie de purificación, de blanqueo espiritual, del entorno íntimo de la juventud de los años sesenta, cuando los Beatles estaban revolucionando la música y cuando los guardias rojos se hallaban empeñados en imponer la «revolución cultural».

El mensaje de liberación transmitido por aquel póster tenía además un valor testimonial. De cómo un hombre, producto típico de la burguesía cultural y económica, fue capaz de identificarse con la causa de los oprimidos: los mejores años de su vida los consumió en un empeño —mitad realista, mitad utópico— por mejorar las condiciones humanas de lo que se ha dado en llamar el Tercer Mundo. Sus revoluciones tienen cierto aire de aventura, y si empleó métodos violentos, si en algunos momentos rindio culto a las armas, él, que no era violento, lo hizo porque no tenía o no supo encontrar otros caminos. No es una justificación, sólo una explicación, que en el fondo y en su caso concreto vienen a ser lo mismo.

La vida de ernesto guevara de la serna, el «Che», se desarrolla entre dos acontecimientos -el crack de 1929 y la gran depresión de los primeros años treinta y el mayo francés de 1968— que marcan dos hitos importantes en la historia del mundo occidental del siglo XX. La gran depresión fue el resultado de la trampa mortal que se montó a sí misma la sociedad de la opulencia, en la que unos pocos medían y tasaban las dosis de bienestar de la inmensa mayoría. El mayo francés fue un intento de salvarse del clima de agobiante hastío en que se hallaba metida la Europa consumista dentro del juego de unas instituciones encorsetadas por la tensión sostenida artificialmente por ese invento maquiavélico que se llamaba la «guerra fría».

Entre tanto, el Tercer Mundo seguía sumergido en su miseria, en una tremenda lucha por la subsistencia, sin horizontes ni ilusiones. por eso el «Che» adquirió dimensiones y resonancias de apostolado y redención entre quienes estaban oprimidos y entre quienes estaban sensibilizados para, al menos a niveles teóricos, hacer causa común con un movimiento de solidaridad internacional, de una solidaridad pura y simplemente humana.


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Che Guevara
de Colección Grandes Biografías


Contenido

Introducción

A la muerte «con las botas puestas» del guerrillero argentino en tierras bolivianas se despierta el interés de todos por la faceta humana de Guevara: por sus experiencias infantiles, por la educación que recibiera en los años decisivos de la pubertad, por sus afectos y fobias al margen de la política. Movidos por la demanda del público, biógrafos y cronistas logran levantar una punta del velo que hasta encontes cubriera los años que precedieron a la irrupción de Guevara en el campo de la insurrección armada. Es, pues, a partir de su trágico fin cuando la imagen del «Che» va quedando esbozada con perfiles más ajustados a la realidad histórica y sicológica.


Las raíces familiares

Las repúblicas iberoamericanas presumen todas ellas de ser hijas de la Revolución Francesa, habiendo sido el nacimiento legitimado, casi debiéramos decir que sacralizado, por el triple dogma laico de la Libertad, Igualdad y Fraternidad (aunque luego, a lo largo de siglo y medio, una serie inacabable de tiranuelos dejaran en el más lastimoso estado el admirable dogma).

En ese mundo, al margen de que un indio no sea lo mismo que un blanco ni un pobre igual que un rico (eso pasa en todas partes), existe un espíritu de casta herméticamente cerrado en lo que ha venido a ser llamado «grupo de las doscientas familias» («de los pingüinos» lo denominó Blasco Ibáñez) constituido por aquellos que presumen, con justo título y a menudo sin él, de descender, por línea directa, de las primeras hornadas de inmigrantes europeos. En la mayoría de los casos se trata de familias en situación económica más o menos precaria, que suelen vivir refugiadas en destartalados caserones provincianos, que se mantienen con los restos de unas inmensas propiedades tiempo ha enajenadas, y que desprecian olímpicamente, si son argentinas, a «la canalla enriquecida de Buenos Aires»; la cual, por su parte, les paga en la misma moneda.

En el seno de estas familias distinguidas «venidas a menos» nació Ernesto Guevara de la Serna, en la ciudad de Rosario, a unos cuatrocientos kilómetros al norte de la capital bonaerense, el 6 de junio de 1928. En el caso de los Guevara, lo que podríamos llamar «pergaminos» de la familia son legítimos. Por parte del padre, Ernesto Guevara Lynch, se dan en ambas ramas del linaje por lo menos siete u ocho generaciones de «puros criollos»; más de lo que se precisa para alardear de «distinción», puesto que tal cualidad se posee desde la cuarta generación propiamente criolla. Existe sólo un pequeño lunar: la abuela Lynch era norteamericana, si bien procedía de una familia argentina que abandonara el país en la primera mitad del siglo XIX para eludir las persecuciones del tirano Juan Manuel de Rosas. En cuanto al linaje materno, De la Serna, la investigación genealógica ofrece resultados todavía más satisfactorios que el paterno respecto al número de antecesores, llegando, en la «cuenta atrás», hasta tiempos anteriores a la Independencia, y cualquiera de las demás bifurcaciones cumple con creces el inexcusable requisito de las cuatro generaciones.

Pero don Ernesto Guevara padre no fue de los que esterilizan sus energías en una enfermiza contemplación nostálgica de las glorias pasadas. Allá por los años veinte era un joven estudiante dinámico y emprendedor, de la Facultad de Ingeniería Civil. Pero en Ernesto Guevara Lynch se daba un rasgo desfavorable que luego se repetirá en el hijo: es impaciente, no suele llegar al logro total de las empresas que acomete; en la escuela técnica interrumpe sus estudios después de lograr un título de grado medio análogo al de nuestros aparejadores.

Poco después de graduarse contrae matrimonio con Celia de la Serna, que le dará cinco hijos: Ernesto (el primogénito), Roberto, Celia, Ana María y Juan Martín.

El joven matrimonio Guevara sentó sus reales en Rosario, segunda ciudad de la República por su población e importancia económica, que extiende su núcleo urbano por la margen derecha del río Paraná, en torno del puerto.

La ciudad de Rosario, cuyos moradores la consideran rival de Buenos Aires, llegó a tomar importancia demográfica y económica en época tardía, ya en pleno siglo XX, debido principalmente a la emigración italiana. Cuando los Guevara llegaron a la ciudad se iniciaba su desarrollo industrial. Sin embargo, pese a un moderado auge fabril, la vida de Rosario seguiría dependiendo en gran parte de la agricultura. El carácter mixto, agroindustrial, de la economía rosarina, determinó la índole de las actividades a que se dedicó el joven técnico de grado medio: se interesó en el negocio de la construcción y adquirió en la provincia norteña de Misiones una extensa plantación de yerba mate, para la explotación de cuyos productos pensaba instalar en Rosario un molino yerbatero.

Pero Ernesto Guevara padre tuvo poca fortuna en los negocios; un poco por culpa de su carácter inestable y un mucho a causa de las circunstancias económico-políticas. El año 1928, precisamente cuando el joven matrimonio aguardaba la llegada de su primer hijo, se iniciaba en la Argentina un período de grave depresión económica, empeorada luego por los acontecimientos políticos y por las repercusiones del famoso «crack» de la bolsa de Nueva York en 1929.

La crisis determinó que Guevara renunciase a sus actividades en la industria de la construcción rosari-na para concentrar sus esfuerzos en la explotación de su plantío de yerba mate. En 1930 toda la familia se instala en la provincia de Misiones: el padre en el villorrio de Caraguatí, en cuyos montes vecinos se hallaba la plantación, y la madre, con el pequeño Ernesto, en la inmediata localidad de Montecarlo, algo menos inhóspita.

Aquella vida de frontera no era la más apropiada para gentes con un mínimo de sensibilidad. Transcurridos pocos meses, Ernesto Guevara decide renunciar a sus proyectos de plantador para buscar una vida más cómoda y, de ser posible, mejor fortuna en Buenos Aires.

La familia no se instaló en la propia Buenos Aires sino en una población residencial de los alrededores: San Isidro. Por entonces el pequeño Guevara sufriría el primer acceso de asma; enfermedad que en todo el resto de su vida habrá de arrastrar como una pesada cruz. Así es como su padre relata el hecho:

«Ernesto tenía dos años. Hacía un frío horrible y había sudestada. Celia era una excelente nadadora y no le importaba el frío que hiciera. Ella solía nadar en el Club Náutico San Isidro. Era muy joven y, como tal, algo desaprensiva. No pensó en ningún momento que esa temperatura podía perjudicar a la criatura. Cuando salimos del club, Ernesto estaba muy mal; fuimos a casa de un viejo médico que era vecino de nuestra casa. En ese momento descubrimos la enfermedad de Ernesto. Durante los dos años que siguieron le sometimos a todos los tratamientos posibles. Por último, el médico indicó que el lugar adecuado para él era Alta Gracia, en Córdoba.»

Otra vez los Guevara tienen que liar el petate. Alta Gracia, en la provincia de Córdoba, que se extiende al pie de los contrafuertes andinos, será su nueva residencia.

Familiarización con la montaña

Pocos datos relativos a la primera infancia del futuro guerrillero han llegado a nosotros. Sin embargo, esas parcas noticias permiten inferir que el paso del pequeño Ernesto por Alta Gracia influyó decisivamente en la formación de su carácter y en sus futuras aficiones.

Córdoba Iturburu, el escritor casado con tía Carmen, nos dice que el pequeño Ernestito solía realizar, desde la más tierna edad, largas caminatas por cerros y riscos. Al tiempo, iba tomando contacto con el mundo social de Alta Gracia. Con todo el mundo social y no solamente con los elegantes amigos de los distinguidos Guevara. «Fue nuestra norma —nos dice el padre— que nunca estuvieran cerradas las puertas de nuestra casa para los amigos de mi hijo, de cualquier condición social que éstos fueran (...). De todas las clases sociales y de todas las condiciones económicas jamás hice diferencias. Y eso que mi familia pertenece a la alta oligarquía.»

Resulta lógico que, criado en este ambiente natural, pronto apuntara en el pequeño Guevara una marcada predilección hacia las gentes, gustos y hábitos populares: cualquier niño no coartado en sus tendencias innatas, aunque pertenezca «a la alta oligarquía», prefiere andar descalzo y con el desastrado vestido «de todos los días» al martirio de los zapatos y del encorsetado traje «de los domingos».

A los once años, unido a su hermano Roberto, el futuro vagabundo y luego guerrillero realiza su primera escapada seria; algo así como un presagio de la vida errabunda que le aguarda. Por las trochas y veredas de la sierra llegaron a unos viñedos donde se contrataron en calidad de peones. La paga era mísera: ochenta centavos al día; casi nada para unos niños de la clase distinguida. Estuvieron trabajando tres días, y sabe Dios el tiempo que hubieran aguantado de no incidir una causa de fuerza mayor: como cuenta el padre de los precoces hijos pródigos, éstos volvieron a sus lares porque «les permitían comer toda la uva que desearan, y ambos pescaron una indigestión tremenda».

El anecdotario infantil del pequeño Guevara, como antes decíamos, más bien escaso, que nos llega por conducto del padre y del tío político Cayetano Córdoba, causa la impresión de que se refiere a un muchacho completamente normal, sano de espíritu, y turbulento como suelen ser los niños. Aquellos que conocían la grave afección de los bronquios que padecía, pudieron sorprenderse ante la extraordinaria vitalidad que hacía superar al muchacho aquella insuficiencia física. Por lo demás, las correrías por la sierra no eran las únicas actividades del pequeño Ernesto. Otra de sus aficiones favoritas era la lectura, en la que, naturalmente, gran parte del pasto consistía en relatos de aventuras. Según el padre, Salgari fue por un tiempo su autor favorito, deshancado luego por Julio Verne.

En cuanto a los camaradas de aquellos años venturosos, apenas conocemos algún que otro nombre. El único destacable sea quizá José Aguilar, hijo del eminente osteólogo Juan González Aguilar, subsecretario que fue de un Ministerio en los años de la República Española y que, al término de la Guerra Civil hispana, encontró refugio en la Argentina. El doctor Aguilar, meritorio concertista de instrumentos de cuerda antiguos, vivía casi pared por medio con la residencia de los Guevara. En su casa se daban reuniones musicales a las que solía concurrir el joven Ernesto. Pepe Aguilar es el único amigo de aquella época que se uniría en Cuba con el que ya todo el mundo conocía por «El Che».

Ernesto Guevara dio fin a su instrucción primaria en 1941. Entonces el padre decide que la familia se traslade a Córdoba, capital de la provincia. La salud del primogénito ha mejorado, y además debe iniciar sus estudios secundarios.

Un escolar casi normal

Córdoba es hoy la segunda ciudad industrial del país y se ha incorporado ciertos aires de urbe moderna. Pero allá por los años cuarenta, seguía conservando todo su empaque de la época colonial, tradicionalista y católica. Ello la convertía en refugio predilecto de las empingorotadas «doscientas familias».

El establecimiento de enseñanza más aristocrático de la vetusta población es el «Colegio Nacional Deán Funes». Allá ingresó el pequeño Ernesto Guevara, y dando prueba en la ocasión de un rasgo de carácter que luego habría de mostrar muchas veces: su adaptación al medio. Esta facilidad de adaptación luego le haría pasar, sin trastorno alguno, de las luchas en Sierra Maestra a la poltrona del Ministerio de Industria y a la dirección del Banco Nacional de Cuba.

Sin dar señal ninguna de nostalgia por su libre vida en Alta Gracia, el joven Guevara se mueve como pez en el agua entre la «juventud dorada» que forma el alumnado del colegio. Para un «pueblerino» procedente de las montañas ha de ser una experiencia penosa; pero Ernesto la supera con facilidad, y hasta logra quedar por encima de los muchachos ciudadanos: en el trato con ellos da con el tono justo, se permite incluso manifestar una especie de cínico desdén por las costumbres y modo de pensar de la clase alta, logrando que los desdeñados no se sientan ofendidos, y lo que es más difícil todavía: ¡haciendo adeptos entre aquéllos!... Cuando estaba en los últimos cursos del grado secundario formaba en una pandilla elegante que llegó a ser el terror de la pacata sociedad cordobesa.

En sus relaciones con el profesorado, Guevara logró el mismo éxito. Los maestros toleraban su falta de respeto por las formas, tomándola como prueba de robustez espiritual. Y aún es más: conquistó fama de buen estudiante cuando distaba mucho de serlo. Según su condiscípulo Carlos López Villagrá, era un virtuoso en el arte del «macaneo» (en España diríamos que era un «listo», un «cuentista»): «A veces llegaba al colegio y preguntaba el tema que se iba a tratar en tal o cual materia. Se hacía dar una explicación somera, y si le tocaba dar la lección se lucía como un erudito.»

En otra ocasión, el joven Guevara discute osadamente temas de literatura con el profesor Díaz, especialista en clásicos españoles. Viéndose arrinconado por el mayor saber del maestro, escapa por la tangente: «¿Sabe lo que pasa, doctor? Usted ha leído demasiado y se le ha hecho un barullo en la cabeza.» A otro cualquiera, la salida le hubiese costado una severa reprimenda. A Guevara, en cambio, todos, incluido el doctor, le ríen la gracia.

¿Motivo de tan privilegiado trato?... Como suelen decir en Andalucía, el joven Guevara tenía «duende»: atractivo personal. Y además, era dueño de una entereza de carácter que le dictaba el gesto apropiado cuando venían mal dadas. En cierta ocasión, los compañeros quitaron los zapatos a un condiscípulo. Confirmando que las desgracias nunca vienen solas, la mala suerte hizo que la pobre víctima fuese llamado a la tarima. Puede suponerse la escena que siguió al aparecer ante el profesor un alumno descalzo. A las imperativas llamadas del maestro a los anónimos culpables respondía el silencio general y unos angelicales rostros de inocencia. Al fin se levantó Guevara y asumió la responsabilidad colectiva. El castigo fue duro, pero compensado con creces por la ovación que a la salida de clase los compañeros dedicaron al héroe.

La estancia del niño en la montaraz Alta Gracia determinó su afición a los paisajes agrestes, que al llegar el muchacho a hombre se convirtió en pasión por la vida vagabunda.

El paso del muchacho por «Deán Funes» estimula su inconformismo y hace germinar en él una naciente vocación de conductor de hombres, a la vez que acrece su espíritu de compañerismo. Pero, ¿de dónde podían proceder sus inquietudes socio-políticas? Aquí entra en juego la madre: en sus relaciones con el hijo, aparte los sentimientos naturales, la enfermedad fue un complementario vínculo de aproximación. Como antes hemos indicado, las inquietudes políticas y sociales de Ernesto «Che» Guevara hicieron su aparición en época tardía. Durante la primera fase de su juventud, Guevara, de quien puede con razón decirse que «nada de lo humano le fue ajeno», fue simplemente un «inquieto vital» cuyas válvulas de escape serían la curiosidad mental y el vagabundeo.

Con anterioridad hemos señalado que el gusanillo de Guevara por lo político y lo social procede de la rama materna. Parece que tales inquietudes no llegaron a tomar en Celia unos modos concretos; en todo caso, mucho más tarde, y en forma de incondicional admiración hacia el hijo, convertido ya en un «rebelde» de cuerpo entero. La tía Carmen, en cambio, puso de manifiesto desde sus años juveniles ciertas aficiones políticas que la inclinaban hacia los movimientos extremistas de izquierda. Si el desequilibrio vital del futuro guerrillero es, de acuerdo con los antecedentes, de procedencia Guevara-Lynch (¡aquellos abuelos Lynch emigrando a los Estados Unidos!), resulta probable, pues, que las inquietudes políticas vengan de la rama materna.

En la vida de Ernesto Guevara la influencia de la madre es un hecho comprobado y que no dejaba de sorprender a los compañeros del duro luchador. Dicha influencia está desde luego determinada por el orden natural. Pero en el caso de Guevara y su madre se ve, además, reforzada por la incidencia de la enfermedad que aquejó a Ernesto desde su infancia.

En el cuadro clínico del asma infantil son conocidas las secuelas psíquicas del mal, que dan lugar a un reforzamiento de los vínculos materno-filiales. Armando March, explica muy acertadamente el fenómeno en el caso de Celia y su hijo:

«Ernesto era realmente muy cariñoso y expresivo con todos, pero particularmente con su madre. Este vínculo, que llamaba la atención, parecía reforzado por su enfermedad asmática, que lo hacía objeto de fuertes y violentos accesos. A menudo debía utilizar el vaporizador asmático, y como los asmáticos no pueden permanecer largo tiempo acostados en la cama durante los ataques, ya que necesitan ampliar su capacidad torácica al máximo, Ernesto dormía en el regazo de su madre.»

La penosa enfermedad, compañera inseparable del guerrillero, nos sirve para calibrar hasta qué punto era poderoso el motor de sus energías vitales. En Sierra Maestra y en su postrera campaña boliviana, el luchador se conduce como si el mal no existiera, no dejando a éste ni un mínimo resquicio por donde pueda torcer su destino. A esta dura disciplina venía sometiéndose desde sus años juveniles. Existe un certificado médico por el que el doctor Jorge F. Galán eximía al joven estudiante de realizar cualquier ejercicio físico en el colegio «Deán Funes». Sin embargo, Guevara organizaba con sus camaradas incesantes correrías a campo través que en ocasiones duraban varios días.

Esta incesante lucha contra la insuficiencia física es quizás el único rasgo en la vida del muchacho que hubiera permitido presagiar a un psicólogo inspirado el singular destino del adolescente.

Simplemente antiperonista

El alumno Ernesto Guevara de la Serna está en los últimos años de su bachillerato; ya es «un mayor». Tiene su «panda», chicos y chicas, y participa en la despreocupada y feliz existencia de la «juventud dorada» cordobesa. Algunos cronistas, deslumhrados seguramente por la imagen del que luego sería «El Che», han querido ver en aquel grupo juvenil una especie de cenáculo nihilista dedicado al estudio de los libros sagrados y de las tácticas de la Revolución. Nada más lejos de la verdad. «La Malagueña» (este nombre pusieron los muchachos a su pandilla, porque se reunían en una finca que llamaban así), era solamente una tropa jocunda de niños, insoportables como suelen serlo todos los teen ager, en especial si pertenecen a las clases privilegiadas. Si alguna vez les daba por alardear de inconformismo político, era, en todo caso, «porque hace elegante». Pero, de haber sido preguntados por sus idearios político-sociales, probablemente se hubieran visto en un brete. Sin embargo, sus estentóreas actividades llegaron a constituir piedra de escándalo en la levítica ciudad de Córdoba, aunque hoy harían reír a los «melenudos» y «gogós» de nuestros días: porque los «malagueños» no se drogaban, ni robaban automóviles y en sus «guateques» las muchachas no perdían la virginidad; todo entre ellos quedaba reducido a giras al campo, bailes de disfraces y algún que otro bromazo a «la gente formal».

En el grupo encontramos los apellidos más encopetados de la sociedad local. El centro de atracción lo constituían Chinchina y Horacio («Cuco» para los íntimos) Ferreyra. El palacio de los Ferreyra en la ciudad y su estancia («La Malagueña») en el campo estaban siempre abiertos para la panda. Los demás nombres eran igualmente distinguidos: Gustavo Roca (hijo de un abogado de mérito y destacado político progresista), Magda y Dolores Moyano, Tatiana Quiroga, Ernesto Guevara...

Ernesto fue feliz en compañía de estos alegres compadres, a los que a veces violentaba con su excesivo descuido en el atuendo. Así, el día en que se presentó con una rasgadura en el pantalón someramente reparado con un trozo de cinta adhesiva, y otra vez, luciendo zapatos dispares.

«Nos fascinó, al conocerlo —cuenta Chinchina Ferreyra—, su físico obstinado, su carácter antisolemne; su desparpajo en la vestimenta nos daba risa y, al mismo tiempo, un poco de vergüenza. No se sacaba de encima una camisa de nylon transparente más que cuando ya estaba tirando a gris por el uso. Se compraba los zapatos en los remates, de manera que sus pies nunca parecían iguales. Los demás éramos tan sofisticados, que Guevara nos parecía un oprobio. El aceptaba nuestras bromas sin inmutarse».

A esto se reducía el juvenil cenáculo «revolucionario» de Córdoba que algunos se han empeñado en inventar, junto con la otra creación de una temprana e inexistente vocación política del «Che» Guevara. La búsqueda de datos que permitan suponer una mente política en el joven Guevara de aquellos felices años, resulta tan trabajosa como la de una aguja en el clásico pajar. Y la cosecha no puede resultar más pobres Que no compartía el entusiasmo «aliadófilo» de los «malagueños»... Que en cierta ocasión dijo que Churchill «era un político de pacotilla»... Que se opuso a participar en una colecta-homenaje a De Gaulle. Total: Nada entre dos platos.

Sin embargo, no cejan los esfuerzos de aquellos que, contra la evidencia histórica, quieren a toda costa sacar de la nada la figura de un Guevara juvenil, quizá no totalmente conquistado aún por las doctrinas de Marx, pero antiperonista por lo menos. En el diario bonaerense La Prensa (edición del 28 de febrero de 1958) leemos:

«... Los primeros contactos con el espíritu de resistencia democrática emprendida por el pueblo contra la dictadura (peronista), lo contaron (a Guevara) entre sus primeros militantes. En 1945 (todavía no había cumplido Guevara los diecisiete años), intervino en el “Movimiento Monteagudo” y, posteriormente, actuó en Acción Democrática.»

El testimonio de su padre es digno de mayor crédito, y debe reconocerse que también Ernesto Guevara «senior» afirma el juvenil antiperonismo de su hijo:

«Yo era un ferviente antiperonista, integraba el grupo Monteagudo, de resistencia civil, y mi esposa también era activa contra el peronismo. En mi casa se fabricaban bombas y se daba cobijo a elementos contrarios al régimen. Un día, Ernesto se enteró de lo que estaba haciendo y me dijo: “Papá, ¿me dejarás mojar en esto...?” Yo no sabía qué contestarle; entonces, él agregó: “Mira, si vos no me dejas que lo haga a tu lado, lo haré por el mío.” Entonces preferí que lo que hiciera no escapase a mi conocimiento; por eso sé que el antiperonismo de Ernesto se lo inculqué yo.»

Y aunque así fuera, aunque el muchacho hubiera mostrado entusiasmos antiperonistas, ¿qué significado puede tener ello en relación con sus actividades, al cabo de quince años, en el campo del comunismo iberoamericano? En todo caso, aquel temprano antiperonismo habría de ser tomado como prueba de que por entonces el joven Guevara se hallaba en el extremo opuesto del marxismo, puesto que en la Argentina de Perón lo «elegante», lo «distinguido» era mostrarse adversario del dictador y de sus «descamisados».

Entre aquellos que quieren hacer del adolescente un bolchevique en agraz, algunos llegan a las más chuscas exageraciones. La revista Trud, de Moscú (número del 1 de noviembre de 1967) mantiene un cierto tono de discreción: «A Ernesto lo educaron en los ideales abnegados del pueblo, de lucha por su felicidad.» Igualmente La Prensa de Buenos Aires (11 de octubre de 1967): «Durante su adolescencia, Guevara fue ávido lector de literatura mar-xista e izquierdista.» Falso, pero mesurado. Todas las marcas de plumífera osadía resultan batidas, en cambio, por cierto redactor de otra Prensa, la derechista que se publica en Lima, y en cuyo suplemento dominical del 20 de octubre de 1967 se dice: «... En Rosario y Buenos Aires, Ernesto Guevara llevaba consigo los manuales para la guerra de guerrillas de Mao Tse Tung y de Ho Chi Minh...» Todo esto ocurría por los primeros años treinta: en Rosario, Ernesto Guevara, ¡fenómeno de adoctrinamiento precoz!, apenas había cumplido los dos años cuando su familia dejó la ciudad. Este pequeño detalle, olvidado por el periodista limeño, hace inútil ya que hagamos ver al lector, por otra parte, que Mao andaba en aquella época muy ocupado haciendo la guerra por tierras del Yunnan en el curso de su «Larga Marcha» y no tenía ocio para dedicarse a escribir sobre guerrillas ni sobre ningún otro tema. Y en cuanto a Ho Chi Minh, aún habían de transcurrir algunos años antes de que iniciase su propia guerra de guerrillas particular.

Aparte las enseñanzas y formación de carácter que Guevara pudo recibir, el colegio de Córdoba «Deán Funes», tiene importancia en su vida por un hecho singular: cierto compañero de clase ha de ser el vínculo por el que llegue a conocer a una de las personas que más influirá en su futuro.

A veces, en las ficciones teatrales de corte romántico, se dan ciertos papeles secundarios que, pese a su insignificancia, resultan esenciales en el desarrollo de la acción: el edecán portador de la orden que decide una batalla, la doncella que trae al protagonista la copa con el licor envenenado... Análogo papel desempeña Tomás Granados en la tragedia vivida de nuestro personaje principal: conoce a Guevara, lo pone en relación con su hermano Alberto y luego hace un discreto mutis para no volver a intervenir.

En cierta ocasión, Tomás pide a su condiscípulo que le acompañe al comisariado de policía donde Alberto se halla detenido a consecuencia de ciertas algaradas que habían organizado los estudiantes antiperonistas. Así es como Ernesto Guevara y Alberto Granados se conocen. Ernesto apenas ha cumplido los trece años; Alberto, que estudia para médico, anda ya por los veinte.

De aquel primer encuentro surge una amistad que al correr del tiempo irá derivando en una camaradería, que sólo aflojará sus lazos, sin romper la amistad, cuando Guevara decida pasar su Rubicón y lanzarse al campo de las experiencias políticas.

Los dos hombres, o por mejor decir, el hombre y el muchacho, son dos temperamentos opuestos. Algo que sucedió en los comienzos de aquella amistad lo pone de manifiesto: Alberto Granados pertenece al movimiento estudiantil reformista, partidario de modificar las estructuras político-sociales, pero por medios pacíficos. En cierta ocasión pide a Guevara que acuda con sus compañeros a una manifestación callejera. El muchacho de trece años tiene una salida digna del combatiente que un día tiene que llegar a ser:

«¡Vamos, Alberto...! Ni lo pienses. Salir a la calle para que la Policía te corra a palos, eso si que no. Yo salgo únicamente si me dan un bufoso.»

Quien desconozca el argot argentino, ha de ignorar que un «bufoso» es un revólver.

Reformista todo lo más

En 1947, Ernesto Guevara se ha graduado de bachiller. Para el joven es el momento de elegir carrera. Le atraía la de Derecho, pero la influencia de su amigo Granados resultará decisiva: Guevara será médico.

Alberto, que se hallaba en los últimos años de la Carrera, decide pasar desde la Universidad de Córdoba a la de Buenos Aires, a fin de poder seguir, después de la Licenciatura, el curso de Doctorado. Ernesto convence a su padre, y toda la familia se traslada a la capital bonaerense. Los Guevara se instalan en el distinguidísimo barrio residencial de Palermo.

Por aquellos años cuarenta, las organizaciones estudiantiles andaban un poco a la deriva. La Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA) había ofrecido una seria resistencia a la infiltración peronista. Pero luego, reafirmado el dictador en el poder, cayó en un total marasmo: la fracción estudiantil comunista había logrado el dominio de la Federación, y por entonces el comunismo daba su apoyo a los «descamisados» de Perón. El Centro de Estudiantes de Medicina, adherido a la FUBA, llegó prácticamente a la disolución. Los estudiantes antiperonistas, trotskistas, socialistas, radicales o conservadores, constituyeron agrupaciones independientes entre las que nunca se llegaron a establecer auténticos lazos de unión.

Por supuesto, los archivos de las organizaciones estudiantiles del tiempo han sido escudriñados a fondo. Pues bien: no ha sido encontrado el menor rastro que permita suponer el menor papel activista de Guevara en los movimientos escolares de izquierda; ni siquiera en las listas de simples afiliados aparece su nombre. Alguno de sus compañeros, entre los más politizados, cree recordar que Guevara «pertenecía al movimiento reformista», y eso es todo.

Debe concluirse, pues, que las actividades políticas del estudiante de Medicina Ernesto Guevara, si es que las tuvo, debieron ser mínimas. Buen estudiante tenía que serlo, puesto que así lo revela la tesis doctoral que presentó a su tiempo; en ella ya no hay rastros de «macaneo». Y al margen de los estudios, es lícito suponer que prosiguiera en Buenos Aires, salvo las diferencias impuestas por la edad, la vida de bohemia elegante que llevó en Córdoba durante los años de bachillerato. Son muchos los camaradas que recuerdan anécdotas donde aparece como el clásico estudiante, alegre y despreocupado, que corre la tuna.

Con el fin de poder dejar en blanco el período universitario de Guevara, a falta de incidencias políticas, vamos a recoger alguno de dichos episodios.

«Los padres de Ernesto —nos cuenta su compañero Fernando García— conservaban una casita en Alta Gracia, donde solían, algunas veces, veranear. (...) En el verano de 1948, nos invitó a mí y a otros dos compañeros a pasar unos días allí. La casa estaba semiabandonada y vivimos como pudimos. No teníamos, en conjunto, mucho dinero, y Ernesto parecía esconderse de los habitantes del pueblo. Salíamos a la sierra muy temprano y lo pasábamos recorriendo los lugares próximos y gastando abundantes bromas. Un día, cuando nuestra falta de dinero era crítica, Ernesto dijo que a dos cuadras de la casa había visto un pequeño corral con algunas vacas (...) Nos sugirió apoderarnos de uno de los animales y faenarlo: “Aunque sea un animal viejo, vamos a tener carne para muchos días.” La proposición nos pareció descabellada. No sería difícil que en el pueblo localizaran la sustracción y, además, pensábamos en términos muy formales que aquello no estaba bien. Ernesto insistió con vehemencia. Esa noche, mientras dormíamos, Ernesto nos despertó abruptamente. Tenía el rostro encendido, bailoteaba por la habitación. Nos empujó, prácticamente, al terreno que constituía el fondo de la casa y que comunicaba con una calle lateral. Allí estaba la vaca, cabeceando y lanzando pequeños mugidos.

»Recuerdo que le increpamos duramente y no salíamos de nuestro asombro. Los tres tratamos de convencerlo y llegamos a decirle que aquello era propio de delincuentes. Creo que teníamos más temor que escrúpulos morales. Pero de pronto, Ernesto se puso serio, nos miró, y luego, lanzó una carcajada acida. “No sean pavos, che —nos dijo—. ¿No les gusta la leche?” Y acto seguido, con habilidad discutible, comenzó a ordeñar al animal. Una vez terminada la tarea devolvió la vaca a su corral. Creo que el dueño jamás se percató del robo.»

En suma, una chiquillada de niño grande. Lo mismo que la relatada por otro amigo de la época: Delfos Gómez.

«Entre dos clases, solíamos comer algo liviano —generalmente unos sandwiches en un almacén que ya no existe, ubicado en la esquina de Charcas y Uriburu, a dos cuadras de la Antigua Facultad. Atendía el negocio su dueño, un gallego simpático que nos fiaba (hasta ciertos límites) y nos servía de mil maneras al grupo de compañeros. Cierto día fuimos con Guevara, como siempre, pero el gallego se negó a despacharnos si antes no le saldábamos la deuda de dos semanas, que se elevaba a cerca de ochenta pesos; entonces, una fortuna para nosotros. Guevara le increpó duramente, hizo bromas sobre “el hambre del pueblo”, y entre risas, junto con otros dos, pasó del lado del mostrador, amarraron fuertemente al gallego y Guevara se puso a preparar despaciosamente varios sandwiches de jamón y queso. Las protestas del gallego subían de tono y, afortunadamente, no entraron otros clientes. Cuando Guevara terminó, envolvió los sandwiches y después le dijo: “Así, que te debemos plata, ¿verdad? ¿Cuánto? ¿Cien pesos? Bueno, ¡toma!, gallego amárrate.” Extrajo de un bolso dos billetes relucientes de cien pesos y los dejó sobre el mostrador ante el azorado rostro del almacenero. Y cuando salíamos, ya que la suma depositada era muy superior a la deuda, Guevara agregó: “Y ahora, ¡guárdate el vuelto!”»

Pero, entre las veras del estudio y las bromas de la bohemia, el guevaresco período de farra va tocando a su fin, y en el horizonte se divisa ya el nuevo camino.

Empresario y aventurero

Nos hallamos en 1950. Ernesto ha cumplido los veintiún años, cuando su nombre alcanza por primera vez los honores de la letra impresa. Todavía debe pasar algún tiempo antes de que el nombre del «Che» haga trabajar de firme las rotativas mundiales. Ahora se trata de una hazaña deportiva que merece algunos comentarios en los círculos que frecuentan los aficionados al motor.

Por entonces comenzaba a difundirse en la Argentina, igual que en el resto del mundo el uso del ciclomotor. Guevara se hizo con un pequeño artilugio de la marca italiana «Micrón» y adaptándolo a una vieja bicicleta, logró disponer un vehículo con el que se podía alcanzar los treinta y cinco kilómetros a la hora; pero a condición de que el terreno fuera liso como la palma de la mano. Con aquel liviano armatoste, y aprovechando el período de vacaciones estivales (es decir, durante los meses que corresponden al invierno en Europa), en solamente nueve semanas recorrió ¡cuatro mil kilómetros!, plagados de repechos y de infames carreteras, a lo largo y a lo ancho de doce provincias argentinas.

La revista ilustrada El Gráfico publicaba un «remitido» de los representantes en Buenos Aires de la marca «Micrón», incluyendo la fotografía de un Guevara todavía barbilampiño, en atuendo deportivo y montado en su bicicleta motorizada. Al pie de la ilustración iba el texto de una carta:

«23 de febrero de 1950.—Señores representantes de los motores “Micrón”: Les envío para su revisión el motor “Micrón” que ustedes representan y con el que realicé una gira de cuatro mil kilómetros a través de doce provincias argentinas. El funcionamiento del mismo durante la extensa gira ha sido perfecto, y sólo he notado, al final, que había perdido compresió, motivo por el cual se lo remito para que lo dejen en condiciones. Firma: Ernesto Guevara de la Serna.»

Esa correría ciclomotorística no debe ser considerada como la primera salida del moderno Quijote; todo lo más, como un ensayo preparatorio.

Guevara se halla en pleno período de transición. Al margen de los estudios, que prosigue regularmente, sus actividades marginales adquieren un cierto tinte de seriedad. El futuro gran debelador de la propiedad privada pone incluso en marcha el esbozo de una empresa capitalista: nada menos que una, digamos, «fábrica de insecticidas». Ernesto aportó al negocio el local (la flamante industria funcionaba en el garaje de los Guevara, en la casa de Palermo) y la mitad de la mano de obra; la otra mitad estaba integrada por Alberto Figueroa, también médico en ciernes. El insecticida marca «Vendaval» no era sino un producto que se podía encontrar a ínfimo precio en cualquier almacén de droguería, al que los dos técnicos mezclaban con talco. Los únicos aportes originales de los dos «hombres de negocios» eran las cajitas de cartón del embalaje y las etiquetas. El negocio fue flor de un día; se hundió, parte por falta de pedidos, parte por cansancio de los empresarios.

Al parecer, la correría en ciclomotor dejó en Ernesto mejor sabor de boca que su intento de incursión en el complejo mundo de los negocios. Durante las vacaciones de 1951 emprende un viaje de mucha mayor entidad. Lo que podemos considerar su auténtica primera salida le llevará desde su Argentina natal hasta los Estados Unidos, en casi nueve meses de continuo vagar.

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Che Guevara
de Colección Grandes Biografías


Introducción

EN la vida del joven Guevara reaparece Alberto Granados, a la sazón ya doctor en Medicina y especializado en bioquímica. Los dos amigos, al decidir su viaje por tierras chilenas, están animados por un espíritu a la vez deportivo y científico. Tienen la descabellada idea de cruzar los Andes en motocicleta y desde la vecina Chile pasar a la isla de Pascua. A Ernesto le mueve principalmente el interés que últimamente se le ha despertado por la arqueología. La curiosidad de Granados es más profesional: quiere visitar en la isla la leprosería de Rapa-Uni.

Las primeras etapas del viaje se realizan de acuerdo con el proyecto inicial. Pero luego la suerte lo dispone de muy distinta forma. La excursión se prolongará bastante más de lo previsto, y por otros derroteros.

La pareja de osados viajeros, que alternativamente serán en la moto conductor o «paquete», abandona Buenos Aires el 29 de diciembre de 1951. Insertamos a continuación el artículo que publicaba, el 19 de febrero del año siguiente, el Diario Austral de Temuco (Chile):

«Desde ayer se encuentra en Temuco el doctor en bioquímica señor Alberto Granados, y el estudiante del séptimo año de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, señor Ernesto Guevara de la Serna, quienes cumplen un raid en motocicleta con el propósito de visitar los principales países latinoamericanos. Los raidistas partieron de la provincia de Córdoba el 29 de diciembre, y después de recorrer todo el norte argentino pasaron a Chile por Peulla y luego visitaron Petrohué, Osorno y Valdivia, punto este último de donde partieron ayer mismo a Temuco. Efectúan el viaje en una moto.

»Los; científicos visitantes son especialistas en leprología y otros tipos de enfermedades derivadas de este terrible mal. Los señores Granados y Guevara, quienes efectúan esta gira con sus propios medios económicos, tienen especial inquietud por conocer de cerca el “leprosario” chileno de Rapa-Uni. En consecuencia, una vez en Valparaíso, los médicos visitantes se pondrán en contacto con los dirigentes de la “Sociedad de Amigos de la Isla de Pascua”, con el fin de estudiar la posibilidad de visitar ese lejano “leprosario” de nuestra isla del Pacífico. Los raidistas científicos desean terminar su gira en Venezuela. Terminada su visita de un día a Temuco, los señores Granados y Guevara seguirán hoy viaje a Concepción.»


El viaje programado cambia de rumbos

A la salida de Temuco, la expedición comienza a torcerse, y del modo más grave: después de recorrer durante cincuenta y cinco días una de las zonas más abruptas del Continente, la moto se niega a seguir marchando. Las averías son de las que no tienen reparación posible; así que nuestros motorizados caballeros andantes no tienen más remedio que descabalgar y seguir en el coche de San Fernando, después de malvender la cabalgadura por lo que quisieron darles por ella.

Sería probablemente al quedar apeados cuando los excursionistas decidieron abandonar sus primitivos planes, encomendándose un poco a la ventura, puesto que los que viajan a pie, y para colmo con poco dinero, muchas veces han de ir adonde pueden y no adonde quieren. En Santiago, hubieron de abandonar la idea de su travesía por mar hasta la isla de Pascua; las excusas que les oponían eran múltiples: no había barco que próximamente se dirigiese allá..., en la leprosería (el «leprosario», según la expresión local) sobraban los facultativos... Total: que al parecer, la visita de los dos médicos argentinos (en realidad eran médico y medio) a la isla, no era vista con buenos ojos por algunas autoridades.

Los dos caminantes, prosiguiendo hacia el norte, cruzan la frontera chileno-peruana. Por el camino, y para ganar el sustento, ejercen toda clase de oficios manuales: hacen de peón albañil, marinero... Alguna que otra vez, de médico incluso. Al fin llegan a Lima, donde permanecen varios días. Según Granados, en la capital peruana les fue fácil subsistir, porque la vida es barata; y además, cuando no sabían qué hacer de sus cuerpos, a los dos vagabundos les quedaba el recurso de refugiarse en alguna biblioteca, «lugar —en opinión de Granados— muy económico para viajeros pobres y, además, bastante abrigado».

El saberse cerca de Machu-Picchu fue una tentación demasiado fuerte para el arqueólogo aficionado Guevara; allá, pues, que se van los dos vagabundos. La altitud del lugar, y un exceso de actividad, dado que Guevara quería verlo y hurgarlo todo, le provocaron una seria crisis de asma.

Satisfecha la curiosidad de Guevara, y repuesto de su afección, Granados impuso, de acuerdo con sus preferencias, el orden en la prosecución del viaje: había que ir a Iquitos, para visitar la leprosería. Antes de alcanzar aquel puerto fluvial del Amazonas, los viajeros hubieron de cruzar el país, de sur a norte, casi en los tres cuartos de su longitud. No se sabe cómo se las arreglarían; pero el hecho es que llegaron a Iquitos.

El contacto con los enfermos de la leprosería de San Pablo dejó en Ernesto un recuerdo imborrable. Transcurridos muchos años afirmaba todavía que en ninguna otra sociedad humana se daban en forma tan generalizada y espontánea los sentimientos de solidaridad y lealtad.

Según Guevara, los confinados en la leprosería se entregaron con el corazón a los dos jóvenes médicos que acudían desde tan lejos para visitarlos. Aquellas pobres gentes construyeron una balsa, para que los argentinos pudieran proseguir su viaje por las aguas del Amazonas. Los arriscados viajeros habían cruzado, siguiendo la espina de los Andes,. casi todo el territorio sudamericano; su hazaña itinerante quedó simbolizada en el nombre que escogieron para la balsa: Mambo Tango... Apelativo con resonancias africanas y que por la danza unificaba el Norte y el Sur del Subcontinente latinoamericano.


El reformista deja paso al revolucionario

En este punto, cuando nuestros dos viajeros se disponen a proseguir su viaje sobre las aguas amazónicas en dirección de la frontera peruano-colombiana, conviene hacer un inciso para recalcar cierto hecho significativo.

La somera relación de viaje incluida en el presente capítulo ha sido entresacada de un extenso artículo publicado en la revista Punto Final, de Chile; número del 7 de noviembre de 1967. En dicho trabajo literario, el doctor Granados recuerda los detalles de aquella gran escapada por tierras americanas en compañía del joven amigo que había de hacerse mundialmente célebre.

Sin embargo, en el largo artículo, donde son pasadas por menudo todas las circunstancias de la expedición: aventuras, apuros pecuniarios, pasajeros enfados entre los dos camaradas, resulta difícil encontrar sin embargo, algún párrafo que trate del pensamiento político de Ernesto Guevara. Todo lo más, que en Machu-Picchu, habiendo defendido Granados, en el curso de una conversación, las tácticas reformistas, provocó una réplica desabrida de su joven compañero: «¿Hacer la revolución sin disparar tiros? ¿Estás loco?». Pocos días después de haber soltado en Machu-Picchu aquel exabrupto, Guevara vuélvese a mostrar partidario de la acción violenta.

Eso es todo, y bien poco por cierto. Sobre todo para pretender, como implícitamente lo hace el articulista de Punto Final, que en el año 1952, durante su larga excursión por tierras americanas, Ernesto Guevara se hallaba en el gran recodo de su evolución político-humana y se había decidido ya por los extremismos de la violencia como únicos argumentos válidos y eficientes en la lucha contra la reacción.

La Mambo-tango se desliza por las caudalosas aguas del Amazonas. Cuando la balsa, con sus dos tripulantes, alcanza el insignificante puerto de Leticia, en la raya fronteriza de Colombia, para los expedicionarios comienzan las dificultades y pejigueras de carácter administrativo-policial. En todo su recorrido por Chile y Perú, los dos vagabundos no habían tenido el menor tropiezo, que mereciera tal nombre, con los representantes de esa divinidad intangible a la que se da el nombre de Autoridad. Pero en la raya peruano-colombiana la tal diosa daría por fin señales de su existencia, por medio de sus andrajosos, puercos y analfabetos sacerdotes: los guardias fronterizos. Estos, como primera providencia, pusieron a buen recaudo a los dos recién llegados.

De acuerdo con lo que pueden esperar de «la autoridad competente» un par de vagabundos que andan de la ceca a la meca, sin dinero, andrajosos, y sin «visas» consulares, resulta milagroso que no hubieran dado el traspiés mucho antes. Ello dice mucho en favor de los gobiernos chileno y peruano del tiempo. Pero el dictador Laureano Gómez recelaba de todos los que se asomaran a Colombia desde la otra parte de la frontera; sobre todo, si ofrecían un aspecto tan poco recomendable como el que presentaban Granados y Guevara después de haber recorrido, mediante toda clase de arbitrios y vehículos, no se sabe cuantos millares de kilómetros.

En cuanto a lo acontecido en este momento del viaje, se dan versiones contradictorias.

La verdad histórica parece reducirse a que los viajeros obtuvieron un permiso de tránsito por setenta y dos horas; que desde Leticia una «guagua» los condujo a Bogotá y que con otra siguieron hasta Cúcuta, en la frontera colombiano-venezolana. Los dos amigos cruzan la raya fronteriza el 14 de julio de 1952, y dos días después se hallan en Caracas.

Ultimo eslabón de la cadena bohemia

Desde el comienzo de la interminable correría llevaban transcurridos siete meses. El motivo inicial del viaje, por parte de Alberto Granados cuando menos, era estudiar las condiciones sanitarias y humanas en que vivían los leprosos. Luego se había impuesto el espíritu errático de Guevara y, en rigor, los vagabundos habían dedicado a su propósito inicial tan sólo las dos semanas que pasaron en la leprosería de Iquitos.

Granados piensa que ya es tiempo de volver a su objetivo científico, y decide separarse de su camarada: entrará como médico en la leprosería de Calvo Blanco. En cuanto a Guevara, ya es tiempo, y con colmo, de que regrese a la Argentina. El curso académico va muy adelantado, y él había prometido a su madre volver a tiempo de concluir sus estudios y licenciarse. Pero sus propósitos juiciosos naufragan una vez más cuando se le ofrece la ocasión de proseguir la correría: En Venezuela, los amigos argentinos con quienes vive se dedican a transportar a Florida caballos de carreteras en un avión acondicionado para dicho tráfico. A Ernesto le basta con que le digan que el viaje ha de resultarle gratis. No tiene un céntimo, ni siquiera ropa con qué cubrirse, pero parte para Miami.

En la lujosa ciudad sureña, refugio de millonarios valetudinarios y de gangsters en la excedencia, Guevara tiene la suerte de encontrar a un grupo de viejos camaradas cordobeses. Uno de ellos, Jimmy Roca —hoy notable arquitecto—, recuerda los tiempos:

«... Compartíamos la indigencia de la vida de estudiante que yo llevaba. Tomábamos cerveza y comíamos papas fritas; el dinero no alcanzaba para otra cosa. El tema de la vivienda en América Latina obsesionaba a Ernesto. Al fin, salimos de la miseria cuando conseguimos un empleo inesperado: limpiar el departamento de una azafata cubana que recalaba en Miami.»

Nos quedamos sin saber si los servicios de Roca y Guevara con la azafata se limitaban a los de «mucama» o los había «extras». Pero el hecho es destacable, puesto que el conocimiento de una empleada de las líneas de Cuba es el primer indirecto contacto del «Che» con un país que tanta significación ha de tener en su destino y del que llegará a ser Ministro.

En octubre de 1952, después de diez meses de accidentada ausencia, Guevara decide volver a su patria.

La llegada de Guevara coincide con una reforma político-universitaria desagradable para el estudiante. A partir del curso 1953, se introduce en la enseñanza superior la materia de «formación ciudadana», en realidad «teoría del Peronismo», limitada hasta entonces a las escuelas primarias y secundarias.

Ernesto Guevara no lo piensa dos veces: decide obtener el título antes de que se ponga en vigor la nueva disposición. Y en efecto, consigue superar con éxito el examen en doce materias y preparar, bajo la dirección del doctor Salvador Pisani, una notable tesis doctoral sobre las afecciones alérgicas; estas enfermedades Guevara las conocía bien por haber sufrido de asma en su propia carne, o por mejor decir, en sus propios bronquios.

Ahora sí: con el flamante título de doctor en el bolsillo, Ernesto Guevara de la Serna se halla en la encrucijada decisiva de su vida.

Adiós a la bohemia

Igual que en la anterior correría, también los planes son de alcance limitado cuando en la primavera (austral) de 1953, el doctor Ernesto Guevara de la Serna se dispone a emprender su definitiva y segunda gran salida. Los planes iniciales eran de alcance limitado. Según Gregorio Selser, Guevara «deseaba llegar a Venezuela para laborar en un “leprosario”». En efecto: la idea del joven médico era reunirse con su mentor Alberto Granados en Venezuela. Pero los dioses del destino, que habían escogido ya el de nuestro héroe, torcieron la ruta en Bolivia. El hecho es todo un símbolo.

Cuando Guevara deja la tierra que le vio nacer (él no sabe que definitivamente) también lleva un compañero: esta vez se llama «Canica» Ferrer, viejo amigo de los tiempos de Córdoba. La partida tiene cierto regusto burgués: las fotografías de la época nos muestran a un Guevara vestido con atildamiento, pulcramente afeitado y con el pelo perfectamente liso a fuerza de «gomina» nacional. Los expedicionarios ya no utilizarán medios de transportes rudimentarios; nada de motos, balsas, o las propias piernas: el ferrocarril, y en primera clase. Los padres y Armando March, viejo amigo de la familia, despiden al viajero en la estación bonaerense de Retiro.

Hacer la revolución con D.D.T.

La primera etapa que se proponen realizar los elegantes expedicionarios termina en La Paz. Desde Buenos Aires a la frontera boliviana son dos días en un cómodo tren; luego hay que proseguir, como Dios dé a entender, en ferrocarriles de vía estrecha, decrépitos y chirriantes.

Cuando los dos viajeros argentinos llegan a La Paz, el país se halla en plena euforia de nacionalismo izquierdista. Desde hace algunos meses ocupa el poder el Movimiento Nacionalista Revolucionario que acaudilla Paz Estenssoro, después de haber sido derrocado el dictador Urroliagoitia. Los dos caballos de batalla de Paz Estenssoro son la reforma agraria y la nacionalización de las empresas mineras explotadas por firmas yankis.

Al parecer, las superpuestas elegancias con que Guevara salió de Buenos Aires fueron de corta duración. Ricardo Rojo nos dice que cuando en La Paz conoció al «Che», ya éste había vuelto a su despendolado aspecto habitual y vivía a la diabla en un tugurio inmundo de la calle Yanacocha, que compartía con «Canica» Ferrer. El futuro guerrillero no parecía muy entusiasmado por el empeño con que Paz Estenssoro intentaba realizar «la revolución desde arriba». Vuelto a sus antiguas aficiones arqueológicas, Guevara visita museos, y emprende dos agotadoras excursiones para conocer Tiahuana-co y la Puerta del Sol. Ferrer seguía como un catecúmeno las idas y venidas de su investigador y arqueológico amigo.

A la sazón se había dado cita en La Paz una nutrida colonia de argentinos exiliados. Estos no eran bien acogidos en el Perú del dictador Odria, ni por el gobierno chileno del general Ibáñez, que se consideraba hermano gemelo de Perón. Preferían, pues, a Bolivia, donde Paz Estenssoro todo y manteniendo relaciones cordiales con la administración peronista (que se dice financiaba el Movimiento Nacionalista Revolucionario), daba trato benévolo a los argentinos huidos. Figura destacada de aquella colectividad emigrada es Isaías Nougués, exponente de la plutocracia conservadora que se ha declarado enemiga de Perón. Su elegante residencia paceña del barrio de Caraceto se ha convertido en punto de reunión para los exiliados antiperonistas y a ella acude el flamante doctor Guevara, como él dice, «para llenar la barriga...» En casa de Nougués habla poco, y cuando lo hace, es para dedicar algún sarcasmo a los inanes esfuerzos de los movimientos reformistas. Según él, Paz Estenssoro «hace la revolución con D.D.T.». Esta ingeniosa salida debe ser explicada: En cierta ocasión Guevara visitaba el Ministerio de Asuntos Campesinos, acompañando a Ricardo Rojo, para estudiar sobre el terreno la cara «oficial» de la reforma agraria; y pudo ver cómo los guardias rociaban con polvos insecticidas las filas de indios que aguardaban ser atendidos por los funcionarios. Otro día, empleando símiles médicos, dice que «el tibio reformismo de los partidos elec-toralistas es una mera aspirina que sueña con detener el cáncer» y que «la revolución debe ser un revulsivo».

Esas raras manifestaciones, engarzadas como perlas valiosas en prolongados períodos de silencio, parecen revelar una toma de posición revoluciona-rio-marxista. Sin embargo, Guevara sigue llevando una vida, totalmente al margen de los movimientos extremistas, dedicado a su arqueología y «a ver mundo». Ello hace pensar que sus exabruptos son escapes de un espíritu original, y desde luego in-conformista, similares a su «Churchill es un político de pacotilla» y a otras tantas «boutades» de su época estudiantil.

En rigor, nada deja presumir que Guevara no siga siendo el mismo que hasta entonces fue: un bohemio enamorado de la vida, a quien indignan las flagrantes desigualdades sociales que ha contemplado en el curso de sus dilatados viajes, un hombre a quien produce dolor visceral el ver, en cualquier mísero poblado, a los pequeños indios deshidratados; pero que juzgado por un auténtico doctrinario leninista, ese hombre sería tachado de «blando y decadente humanitarista burgués».

El joven doctor decide proseguir, entretanto, el camino que cree haber escogido por sí mismo, cuando ha sido el destino quien ha resuelto por él.

Visitados a fondo los vestigios de la civilización aymará, la Puerta del Sol, la milenaria Tiahuanaco, Guevara considera que el ensayo de renovación social llevado a cabo por Paz Estenssoro no es espectáculo que merezca prolongar su estancia en La Paz. En Venezuela le aguarda su auténtica misión: el cuidado de los leprosos junto a su admirado Alberto Granados. Por otra parte, Venezuela queda lejos, y por el camino pueden ocurrir mil emocionantes imprevistos.

Adoctrinar a los indios

El camino hasta Venezuela es, desde luego, largo y prometedor. Hay que atravesar todo el Perú (país ya conocido); luego, Colombia. Acompañarán a Ernesto su reciente amigo Ricardo Rojo, y el otro argentino que ha pasado a la Historia tan sólo como acompañante de Guevara en aquel viaje: «Canica» Ferrer.

El recorrido hasta Perú lo harán en uno de los infames camiones que sólo utilizan los indios para llevar sus productos de uno a otro mercado: sacos de sal, azúcar, papas, bultos de coca... y a veces, escondidas entre lo demás, cajas de dinamita.

Guevara se encarga de adquirir los boletos. El vendedor le pregunta:
—¿Irán en Panagra, por supuesto? («Panagra»: Panamerican Grace Airlines.)
Ernesto se indigna.
—¿Nos tomas por gringos? Iremos en el camión.

El «cholo» (indio) asiente conciliador:
—Por supuesto, pero en clase Panagra, ¿no?
Sin comprender, Guevara contempla la cara impasible del indio vendedor. Al fin todo se aclaró. La clase «Panagra» era la cabina del conductor, donde, mediante el pago de un suplemento, cinco privilegiados tenían derecho a viajar. El tono del boletero dejaba entender que consideraba la baca, donde se hacinaría la maloliente indiada con sus bultos, indigno acomodo para tres jóvenes blancos.

Ernesto le interrumpe:
—Nada de Panagra. Iremos como todo el mundo.

Guevara hubo de comprender más tarde que había incurrido en un error. Inútil resultó el esfuerzo de los tres blancos por establecer un lazo de cordialidad con aquella gente. Los rostros cobrizos permanecían inescrutables; y las bocas, obstinadamente cerradas, dejaban tan sólo escapar algún eructo, cuya fetidez hacía dudar de que hubiera sido gestado en entrañas humanas.

Sin embargo, cuando el carromato llegó a Yunguyo, los guardias fronterizos peruanos mostraban, con su actitud recelosa, el convencimiento de que los tres blancos no habían hecho, durante el viaje, otra cosa sino «adoctrinar» a los indios. El caso empeoró cuando en el mísero equipaje de Rojo hallaron algunos folletos editados por el Movimiento Revolucionario boliviano. Sólo al comprobar que los blancos no comprendían una sola palabra de lengua aymará les permitieron seguir adelante.

El final de la etapa tenía que ser Lima; pero la proximidad de Cuzco resultaba un sueño demasiado fuerte para los gustos arqueológicos de Guevara. Este logra convencer a sus acompañantes de que deben hacer un alto en el camino. El trío recorre el valle de Urubamba y visita las ruinas de Sacsahuaman. La viejísima ciudadela fortificada causa en Guevara tal impresión, que decide permanecer por algún tiempo en el lugar. Ricardo Rojo, harto de piedras seculares, acuerda proseguir el viaje a solas; que los otros dos se reúnan más tarde con él en Lima. Punto de cita es el domicilio de una enfermera argentina que antaño conociera Guevara y que reside en la capital peruana.

Ricardo Rojo se siente incómodo en Lima. Activo antiperonista, sólo protegido por el Embajador de Guatemala (de la Guatemala procomunista de Arbenz), pudo salir de la Argentina. Desde entonces no llevaba otro pasaporte sino un papel, extendido por aquel embajador, que le reconocía como refugiado político. Mala recomendación era ésta en el régimen dictatorial peruano de Odria. La situación de Rojo quedaba empeorada por el incidente fronterizo de Yunguyo, del que la policía de Lima tenía noticias. Rojo se sentía vigilado; y entretanto, Guevara continuaba sin aparecer.

Ricardo Rojo había ya decidido proseguir solo su camino, cuando la casualidad volvió a reunir a los dos amigos. Ricardo se hallaba en la estación de autobuses, cuando, entre la multitud de viajeros y de gentes que aguardaban alguna llegada, divisó a un individuo que fumaba un cigarrillo con aire distraído: Era Guevara. Después de cambiar un efusivo abrazo, y con los boletos para el día siguiente en el bolsillo, los dos amigos acordaron despedirse dignamente de Lima, acompañados por Ferrer.

El 26 de septiembre de 1953, los guardas fronterizos de Ecuador registraban el paso de Ernesto Guevara, Ricardo Rojo y Canica Ferrer por Huaquillas. Desde la frontera siguió el trío hacia el calurosísimo puerto de Guayaquil. Se proponían cruzar todo Ecuador y luego Colombia, para entrar al fin en territorio venezolano.

En Guayaquil, el grupo de los tres recién llegados se vio acrecido con otros tres argentinos, abogados o estudiantes de Derecho: Osear Valdovinos, «Gualo» García y Andró Herrero, que decidieron seguir la suerte del grupo Guevara-Rojo. Los «tres mosqueteros» ya eran seis.

Por el momento, las probabilidades de pasar a Colombia eran escasas. En el vecino país, conservadores y liberales andaban a tiros, para no variar; el valle de Tolima hervía en guerrillas y el dictador Rojas Pinilla tenía movilizado al ejército. El solicitado «visado» de entrada para los argentinos se iba demorando semana tras semana.

Entretanto, los recursos económicos del grupo, nunca muy florecientes, daban las boqueadas. Como dice el cronista Selser, mencionado en otro lugar, «esa suerte de estudiantina de doctorado que es el desfogue de todos los recién graduados de todas las latitudes, corre el riesgo de zozobrar a mitad del camino». La panda de argentinos vivía en una barraca de madera, en el mismo puerto, y por todo mobiliario disponían de dos inmundos jergones, que usufructuaba el primero que llegase; los demás tenían que dormir en el suelo, si bien la diferencia no era mucha: las ratas, unas cucarachas gordas como gorriones y las nubes de mosquitos procedentes del insalubre río Guayas (que da nombre a la ciudad), trataban a los seis con encomiable imparcialidad.

Dado que la situación en el valle de Tolima no mejoraba, el cónsul de Colombia seguía negándose a dar el visado turístico, por temer que los argentinos pudieran sufrir algún percance si viajaban por tierra. Exigía que le presentasen pasaje de avión hasta Bogotá. El comatoso estado financiero de los «turistas» hacía, naturalmente, quimérica del todo esta solución. Hubo que renunciar, pues, al paso por Colombia.

Estando así las cosas, Rojo decidió jugarse la última carta: una de recomendación que le diera el socialista chileno Salvador Allende para un correligionario de Guayaquil. Este amigo de Allende consiguió de la «United Fruit» pasajes de favor para los argentinos en los buques fruteros de dicha compañía que transportan el producto explotado desde los países productores a los Estados Unidos. El genio de la Historia se permite algunas veces animar su relato con una pincelada trágico-humorista: ¡El monopolio frutero yanqui, tan odiado por el nacionalismo progresista latinoamericano, echaba una mano a Guevara y sus compadres para sacarlos del atolladero en que se veían metidos!

Los apurados viajeros podrían seguir hasta Panamá, desde donde les habría de resultar fácil seguir hasta Venezuela. La única condición es que los viajeros deben ir de dos en dos, ya que los buques no disponen de más amplio acomodo para tal tipo gratuito de pasajeros. En el grupo lo echan a suertes, y éstas lo disponen en esta forma: primero saldrán Rojo y Valdovinos; luego, Guevara y García; por último, «Canica» y Herrero. Estos dos habían aceptado voluntariamente el último turno; mostraban poco entusiasmo ante la idea de proseguir la correría. Poco después, decidían separarse del grupo en el mismo Guayaquil. Canica Ferrer pensaba dedicarse a las especulaciones en inmuebles, y Herrero sentía nostalgia del país y de la familia; quería volver a la Argentina.

Los cuatro «supervivientes», resueltos de momento sus problemas, hacen planes para el porvenir. Guevara imagina estar ya en San Pablo curando leprosos mano a mano con su admirado amigo Granados. Ricardo Rojo procura disuadirlo:
—¿Qué harás tú en un país donde sólo se pueden ganar dólares? En Guatemala manda la Revolución. Hay que dar un vistazo...
Guevara se dejó convencer, pero sin mostrar gran ilusión.
—Está bien. Pero a condición de que vayamos los cuatro. Pero si también allí los burócratas hacen de las suyas, me voy con mis leprosos.
El futuro guerrillero dice que si en Guatemala «los burócratas hacen de las suyas», no partirá en busca de la revolución auténtica, sino a cuidar enfermos. Es un revelador detalle.
Resuelto así el porvenir inmediato, el grupo de bohemios recobra su optimismo. El jolgorio sube de pronto cuando Guevara gana una apuesta: jura que su pantalón —pieza única desde hacía dos meses— se puede tener en pie por sí solo, y lo consigue. Ernesto asegura que dentro de poco habrá enseñado a sus pantalones incluso a marcar el paso.
Rojo y Valdovinos abandonan el puerto de Guayaquil el 9 de octubre de 1953. Habían acordado aguardar en Panamá la llegada de sus otros dos compañeros de aventura. Pero, en tratándose de tales bohemios, siempre cabe suponer que los acontecimientos discurran luego de modo distinto a lo proyectado.
En efecto. Tampoco en este caso fallará la fácil previsión: Ricardo Rojo y Ernesto Guevara tardarán casi tres meses en volver a reunirse. Y ha de ser una casualidad extrema la que les ponga de nuevo en contacto.



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Che Guevara
de Colección Grandes Biografías


Introducción

Che Guevara estuvo en Madrid en 1959.
Che Guevara estuvo en Madrid en 1959.


CUANDO en noviembre de 1953 los viajeros desembarcan en el puerto guatemalteco de San José, el país hervía en un entusiasmo teñido de aprensión. En todos los lugares públicos el conflicto entre el Gobierno y la «United Fruit» era tema general de conversación.

A partir de 1944, las administraciones de Juan José Arévalo y de Jacobo Arbenz habían transformado el país, poniendo fin a un secular régimen feudal, con ocho de cada diez habitantes descalzos, siete que no sabían leer y la población indígena sujeta a un sistema de servidumbre personal. Los Estados Unidos toleraron al relativamente moderado Arévalo; pero cuando Jacobo Arbenz procedió en 1953 a confiscar las ciento sesenta mil hectáreas de ubérrimos terrenos pertenecientes a la «United Fruit, Co.», el conflicto resultaba inevitable. Así lo hacían prever las violentas manifestaciones verbales y escritas del Departamento de Estado, donde tenía buenos valedores el todopoderoso monopolio frutero.

Guatemala se había convertido en el punto de mira de todos los movimientos progresistas iberoamericanos. No es entonces de extrañar que en la capital del pequeño país hormigueasen los refugiados políticos de todas las tendencias nacionalistas, desde moderados hasta comunistas acérrimos.

Recién llegado a Guatemala, Ricardo Rojo hizo amistad con dos hermanos argentinos: Walter y Domingo Beveraggi Allende, que se dirigían desde los Estados Unidos a su patria, con la intención de incorporarse al movimiento clandestino antiperonista; Walter había explicado varios cursos de Economía Política en la Universidad de Boston. Para realizar el interminable recorrido los Beveraggi utilizaban un Ford modelo 1946.

Rojo decidió unirse a los arriscados expedicionarios. Pensaba ir con ellos, desandando por tierra el camino, hasta Panamá, o hasta Guayaquil en caso necesario, pues suponía en uno u otro lugar a Guevara y García, liados en algún trabacuentas con las autoridades administrativas, o quien sabe si en la cárcel.

Comenzaba una penosa odisea de los nuevos amigos por las llamadas «Banana Republics»: la única carretera transitable se hallaba parcialmente inundada. El trío cruzó de oeste a este todo El Salvador, y luego el territorio de Honduras por la costa del Pacífico. El 18 de diciembre se hallaban los expedicionarios en Ja frontera de aquel país con Nicaragua. Rebasada la capital, Managua, cuando los expedicionarios alcanzaban la pequeña localidad de Rivas, los camioneros detenidos al paso les aconsejaban dar media vuelta: la corriente se había llevado tramos enteros del encintado. Pero los ocupantes del viejo Ford siguieron adelante.

Entonces, en medio de un aguacero infernal, ocurrió un coup de théâtre. En dirección opuesta, chapoteando en el indescriptible barrizal, caladas hasta los huesos, avanzaban penosamente dos lastimosas siluetas.

El lector ha supuesto ya, y supuesto bien, que los dos húmedos espectros eran Guevara y Gualo García.

Después de los inevitables abrazos y de una presentación desprovista de ceremonial, el acrecentado grupo decidió dar marcha atrás. El estado de la carretera, según los bien hallados amigos, ponía los pelos de punta: el encintado apenas existía y la tromba se había llevado todos los puentes.

Por el camino de regreso, los dos casi náufragos contaron su odisea. De aquella guisa venían avanzando desde, Panamá. Encontraban a veces algún camionero compasivo, pero uno de los samaritanos a motor hizo volcar su pesado vehículo. Quince días después del encuentro con el coche de los argentinos, Guevara seguía cojeando.

—¿Saben lo que pensé al ver vuestro carro? —preguntó Ernesto; y sin aguardar a que los otros dijeran que continuase, prosiguió—: «Ahí van unos hijos de puta yanquis. Ellos van bien abrigados en su carro, y nosotros, cabrones, aguantando la lluvia…»

La confusión era explicable, ya que el Ford llevaba matrícula americana.

Vueltos a Rivas, los expedicionarios celebran un pequeño consejo de guerra. Intentarán llegar a San José de Costa Rica, puesto que se hallan cerca. De serles posible, venderán allí el automóvil, soslayando el inconveniente de, su matrícula americana. Con lo que les den podrán regresar a Guatemala, en plan de personas y no de vagabundos.

En efecto: los cinco compadres celebran el día de Año Nuevo de 1954 en la capital costarricense. El régimen liberal del presidente Figueres recibe con generosidad las figuras exiliadas procedentes del campo progresista iberoamericano. Guevara tiene ocasión de tratar a los venezolanos Rómulo Betancourt y Raúl Leoni; también al dominicano Juan Bosch.

La juventud emigrada cubana tiene su tertulia en un pequeño café. Allí es donde los argentinos oyen hablar por primera vez a los que acompañaron, el 26 de julio anterior, a un tal Fidel Castro que intentó asaltar el cuartel de Moncada. Los cubanos comienzan y no acaban cuando la emprenden con relatos de hazañas propias y horrorosas tropelías de Batista y sus esbirros. Según ellos, Cuba es un campo de lucha donde todo son ejecuciones sumarias, atentados a la dinamita, secuestros, maniobras militares en las universidades, tormentos increíbles en los calabozos y crepitar de metralletas. Por lo demás, los refugiados cubanos viven bien; han traído con ellos objetos de valor, que van vendiendo, y la mayoría recibe buenos cheques de su familia.

Guevara se muestra escéptico ante las dantescas descripciones. En cierta ocasión interrumpe la narración de un cubano:
—Y ahora, ¿por qué no contáis una película de cowboys?
Los Beveraggi logran convertir su viejo carro en dinero contante, mediante una pequeña «mordida» al funcionario encargado de autorizar el cambio de la matrícula. Los cinco argentinos pueden, pues, regresar a Guatemala. Esta vez lo harán en autocar.
Por el camino hacen un alto en la localidad salvadoreña de Santa Ana. Traen cartas de presentación para un tal coronel Vides. Ello les da ocasión de conocer a un auténtico señor feudal del trópico. La propiedad del coronel, extensión de cafetales que se perdía de vista, se hallaba en terrenos que antaño fueron comunales y dejaron de serlo cuando su actual dueño tuvo la buena idea de cercarlos con alambre de espino. Podía hacerlo así, puesto que era el jefe militar de la región y disponía de la necesaria autoridad, materiales y mano de obra, suministrado todo por el Ejército. En los caminos que cruzaban la plantación, y en los accesos a la misma, se veína unos individuos, armados de imponentes «Colt» 48, que vestían el mismo uniforme que las tropas del Gobierno, pero sin galones ni insignias. «Son de nuestra policía particular —explicó una hija del coronel, que acompañaba a los visitantes—, y si esos se rebelaran, impondrían el orden.» Esos, eran las familias del peonaje; mujerucas indias y sus vastagos de vientre abultado, que pululaban en torno a un grupo de barracas inmundas.


Las redes de un «gobierno del Norte»

Mediado enero, los cinco argentinos se hallaban de regreso en Guatemala. La temperatura política iba en peligroso aumento. El presidente Arbenz denunciaba los preparativos de invasión llevados a cabo en El Salvador, República Dominicana y Nicaragua, instigados por «un gobierno del Norte». Los Estados Unidos respondieron con sospechosa diligencia negando los hechos y acusando a Guatemala de promover un complot comunista antiamericano. La doble declaración equivalía a una bilateral ruptura de hecho.

Guevara se instala en la misma pensión donde Rojo tiene su alojamiento. En los comienzos del proceso que acabaría con el régimen del coronel Arbenz adopta una actitud más bien de observador que de participante activo en los acontecimientos. Desinteresándose incluso por el proceso social que vive Guatemala, encuentra tiempo para realizar una excursión a Peten, en la selva casi virgen que linda con Méjico, donde visita los importantes restos de la cultura Maya-Quiché que allí se conservan.

Según palabras de Ricardo Rojo, en Guatemala, Guevara, «siempre escéptico y sarcástico, repara en lo endeble de la estructura gubernamental, bromea sobre ella, hace pullas y chascarrillos y, en suma, es un no participante, aun cuando todos sus compañeros de pensión, los exiliados peruanos y de otras latitudes, exaltan el régimen y, sin duda, se proponen morir en su defensa».

Entre algunos emigrados, en efecto, se iba infiltrando un espíritu numantino. Los cubanos, sin embargo, parecían considerar su presencia en el país amenazado (muchos de los que Guevara y Rojo conocieron en San José de Costa Rica estaban ahora en Guatemala) como un mero alto en el camino. Para ellos lo fundamental era el derrocamiento de Batista, que vendría por sus pasos contados cuando Fidel Castro, jefe del fracasado intento del 26 de julio, saliera de la penitenciaria de la isla de los Pinos y pudiera reunirse con ellos en Méjico. Todos los emigrados cubanos coincidían en tener a Méjico por plataforma de su ataque definitivo contra el poder de Batista.

Guevara, por su parte, intenta conciliar sus aficiones con la simpatía teñida de escepticismo que la experiencia socio-política del coronel Arbenz despierta en él. Se ha dicho que llegó a ocupar un puesto en la administración guatemalteca. En realidad no fue así. Provisto de cartas de recomendación, consiguió que le recibiera el Ministro de Sanidad y pedir a éste que le nombraran médico en la región del Peten, donde el Gobierno tenía en marcha un plan de asistencia y promoción de las poblaciones indígenas. Con ello, al tiempo que servía al régimen, daba satisfacción a lo que restaba en él de vocación profesional y de pasión por la arqueología.

El asunto había quedado prácticamente resuelto, cuando el Ministro preguntó:
—Naturalmente, ¿usted dispone del carnet…?

—¿De qué carnet? —inquirió a su vez Guevara, aunque por supuesto lo sabía.
—¡Vamos! El de afiliado al P.G.T. (Partido Guatemalteco del Trabajo).
—¡No! —respondió tajantemente Guevara—. Yo soy un revolucionario y no creo en esas formalidades.
—Entonces, lo siento...
—¡Escucha, camarada!... —interrumpió Ernesto al Ministro, disponiéndose a tomar la puerta—. El día en que yo me afilie a un partido, lo haré por convicción y no porque me obliguen. ¿Comprendes, camarada Ministro?
Resulta dudoso que el disciplinado «camarada Ministro» comprendiera la original idiosincrasia del «Che».

Pese a la actitud expectante adoptada por Ernesto Guevara hasta el momento, hay que considerar su paso por Guatemala como el instante crucial de su existencia: cuando estalle la crisis guatemalteca su postura humana y política darán un giro de ciento ochenta grados. Desaparece el simpático aventurero bohemio y nace a la vida el implacable aventureroluchador, el guerrillero que no pide ni da cuartel, tal como ha de pasar a la Historia y casi a la Mitología.

En el campo de lo íntimo, Guatemala marca también el momento culminante en la vida de Guevara: Entre los exiliados del A.P.R.A. Ernesto conoce a una muchacha de facciones exóticas que revelan una doble ascendencia india y china. La joven activista contempla con ojos admirativos al apuesto argentino cuando éste acude a las tumultuosas reuniones políticas. Transcurridos varios meses, el destino hará que se vuelvan a encontrar en Méjico, donde unirán definitivamente sus vidas.

Entretanto, las relaciones entre Guatemala y los Estados Unidos van de mal en peor. Los establecimientos públicos de la capital hierven de falsas noticias y de agentes yanquis. Se sabe dónde se halla el cuartel general y los lugares donde se reúnen con los enemigos del Gobierno. El nombre del teniente coronel Cari Studer está en todas las lenguas; nadie ignora que se trata del jefe de la C.I.A. en el país. El Gobierno procede a expulsar aquellos agentes cuya notoriedad lo hace inexcusable y a los periodistas yanquis más vocingleros. Con la Iglesia tampoco andan bien las cosas: un obispo tiene que abandonar el país.

En opinión de muchos, los factores decisivos en la crisis serán las fuerzas militares y la actitud que adopten cuando se produzca el ataque (nadie duda al respecto) de los «gringos» o sus mercenarios. Guevara es pesimista; piensa que llegado el momento, el espíritu de clase podrá más que los sentimientos nacionalistas. Algunos dirigentes de la revolución tratan de disipar sus temores:
—Los oficiales jóvenes responderán. Han sido discípulos del coronel Arbenz en la Academia Militar.


Hay que armar a los campesinos

Pero el argumento no convence a Guevara. Sin embargo, en él se despierta una súbita vocación de luchador. En el local de la Juventud Revolucionaria presenta un plan de acción al estado mayor de la misma: las masas campesinas debieran ser armadas, formando con ellas unidades de milicias que encuadren a las del Ejército regular y le obliguen a combatir.

Es probable que, de ser aceptada la sugerencia, hubiera resultado inoperante, puesto que planes de tal envergadura no pueden ser puestos en ejecución en el breve plazo de que disponía el gobierno Arbenz. Pero, en todo caso, Guevara no fue escuchado. Hasta el último instante los revolucionarios siguieron confiando en el Ejército. Sin embargo, llegado el momento, se vio cuán justificadas estaban las prevenciones del «Che».

En opinión de Selsel —a cuyo texto ya nos hemos referido en otro lugar—, la Embajada Norteamericana en Guatemala tenía conocimiento de las actividades de Guevara y había decidido eliminarlo por medio de un comando ejecutor:

«Las versiones entre grupos tan cerrados como los diplomáticos corren velozmente. Está entonces como encargado de negocios argentino en Guatemala, Nicanor Sánchez Toranzo (...). Enterado del complot y preocupado por la suerte de su joven compatriota, por quien siente estima, Sánchez Toranzo sale en automóvil para buscar al “alocado” Guevara, y después de algunas horas de búsqueda por sindicatos, cafés y refugios estudiantiles, da con él y le advierte de la emboscada que le preparan. El médico se queda de una pieza. Hasta el momento ignoraba ser tan importante. Discute con su tácito salvador, pero éste —y así lo refiere Rojo, quien dice haberlo escuchado de boca del propio Sánchez Toranzo— le convence con este argumento: “Vea, amigo: lo que los guatemaltecos no tienen excesivos deseos de cuidar no tiene usted la obligación de salvarlo. O se viene ahora mismo conmigo, o no doy un pito por su vida. Arbenz ya se ha refugiado, ha renunciado. ¿Que quiere usted? ¿Desrenunciarlo?”».

El ataque de los mercenarios pagados por la «United Fruit» y acaudillados por Castillo Armas se produjo el 18 de junio. El simulacro de resistencia terminó el 27. Como se indica en el párrafo anterior, Arbenz había buscado refugio en una Embajada. Guevara decide in extremis hacer lo mismo. Acepta la oferta de asilo del encargado de negocios argentino. Este se brinda incluso a repatriarle. Pero Guevara prefiere un salvoconducto que le permita llegar con seguridad a territorio mejicano.

Después de pasar un mes entero en la Embajada argentina, parte en tren hacia su nuevo destino. Le acompaña Julio Roberto Cáceres Valle, «El Patojo», miembro del Partido Guatemalteco de Trabajadores.

La diosa casualidad, que siempre tomó parte muy activa en la vida de Ernesto Guevara, reunió a los dos fugitivos. «La primera vez que nos vimos —relata el propio Guevara— fue en el tren, huyendo de Guatemala después de la caída de Arbenz.» Cáceres Valle «El Patojo» no era, pues, un conocido de antes. «“El Patojo” —prosigue Guevara— era varios años menor que yo, pero en seguida entablamos una amistad que fue duradera.»

Por el momento, los dos emigrados hacen el camino hacia Tapachula, en la frontera con el país que debe darles asilo, y luego continúan desde Chipas hasta Ciudad Méjico. En aquel viaje se da una circunstancia muy significativa. Ernesto Guevara cruza por una comarca emporio auténtico de arqueología y no se detiene. No cabe duda: en su espíritu ha ocurrido un cambio importante.

Ernesto y su nuevo amigo han llegado a Ciudad Méjico. Prosigamos con los recuerdos de nuestro héroe:

«“El Patojo” no tenía ningún dinero, yo, algunos pesos; compré una máquina fotográfica y, juntos, nos dedicamos a la tarea clandestina de sacar fotos en los parques, en sociedad con un mejicano que tenía un pequeño laboratorio donde revelábamos. Conocimos toda la ciudad de Méjico, a pie de una punta a otra, para entregar las malas fotos que sacábamos, luchamos contra toda clase de clientes para convencerlos de que, realmente, el niño fotografiado lucía muy lindo y que valía la pena pagar un peso mejicano por esa maravilla. Con este oficio comimos varios meses y poco a poco nos fuimos abriendo paso, hasta que las contingencias de la vida revolucionaria nos separaron.»

Una revolución decepcionante

En todo caso, de haber perdido interés la «lucha revolucionaria» para nuestro héroe, ningún reproche hubiera sido justo, puesto que lo vislumbrado por él en Guatemala, mientras el régimen de Arbenz se desplomaba sin que nadie lo empujara, como experiencia revolucionaria no le debió parecer muy entusiasmante. Ricardo Rojo, el alter ego de Guevara por aquellos días, no había presenciado el desolador espectáculo; ausente de Guatemala desde febrero de 1954, al producirse la «invasión» de Castillo Armas andaba por tierra norteamericana.

En Ciudad Méjico los dos amigos volvieron a encontrarse. Habían transcurrido diez meses desde que ocurrieran los tristes hechos que Guevara relataba:

«—¿Os acordáis del tipo del Gobierno que siempre llevaba consigo una metralleta y nos hacía sentir cobardes cuando juraba que moriría luchando?... Pos bien: el primerito fue que tomó la huida...»

Empleando su tono más sarcástico, Ernesto describía la inverosímil peripecia y su más inverosímil final:

«Cuando comenzó la invasión de los heterogéneos mercenarios pagados por la “United Fruit”, con su títere Castillo Armas a la cabeza, nadie daba un ardite por ellos: Eran seiscientos, todo lo más, los aventureros salvadoreños, nicaragüenses, hondurenos y dominicanos, que, con un puñado de cubanos y dos docenas de guatemaltecos auténticos, se proponían librar a las tres Americas —Norte, Centro y Sur— de un régimen que sólo tenía poder efectivo en cien mil kilómetros cuadrados de territorio (una extensión semejante a la de Andalucía), pero que “ponía en peligro la paz continental”. Para oponerse a la descabellada intentona, Arbenz disponía de un ejército regular: siete mil hombres en total, y de las entusiastas masas revolucionarias.»

Después de unos risibles encuentros fronterizos, con menos bajas que dedos tiene un mano, la «fuerza invasora», totalmente batida, se desperdigó por la selva en minúsculos grupos.

Aquí acabó el «esfuerzo de guerra» gubernamental. Arbenz pensó que los restos de la invasión abortada se descompondrían en su propio jugo. Lo que en realidad tardó menos de diez días en descomponerse, pese a las metralletas de los ministros, fue su propio equipo de gobierno. Bastó para ello la insidiosa acción en la capital de doscientos agentes enemigos bien instruidos en su oficio. El encargado de negocios argentino estaba en lo cierto cuando afirmaba que no era Guevara el llamado a defender lo que los propios guatemaltecos mostraban poco empeño en cuidar.

¿Aprendió Ernesto Guevara la lección mejor que su antecesor Alonso Quijano después de liberar, en la aventura de los Galeotes, «a muchos desdichados que, mal de su grado, los llevaban donde no quisieran ir»? Su modo de vivir en Méjico durante los primeros tiempos así lo hace presumir. Pero nada más lejos de la realidad; se trata, todo lo más, del respiro que un atleta se permite antes de dar otro salto más arriesgado. Por otra parte, hay que tener en cuenta el factor sentimental: el amor se ha cruzado en el camino de Guevara, encarnado en Hilda Gadea, la linda peruana del A.P.R.A. que conociera en Guatemala, y que también vive refugiada en Méjico. Los tórtolos han hecho su nido en una modesta habitación situada en el 40 de la calle de Napóles, donde les hace compañía «El Patojo». El abultado vientre de Hilda revela que muy pronto ha de aumentar el censo de la casa, y a la vez de los ciudadanos mejicanos. Llegado el momento, resultará «ciudadana».

Las duras lecciones del vivir cotidiano

Nada tiene, pues, de extraño, que ante la imperativa necesidad de llevar todos los días a casa los pesos imprescindibles, las inquietudes revolucionarias hayan quedado, por el momento, relegadas a un segundo término.

Sin embargo, un hecho revela que nuestro aventurero en la excedencia, pese a sus entusiasmos de novel casiesposo (la pareja regularizará más tarde su situación) y de próximo padre de familia, considera provisional aquel status; un hecho muy singular que los biógrafos de Guevara suelen dejar sin explicación.

Todo un doctor en Medicina, recién llegado a un país acogedor, tiene que alimentar varias bocas. Nada se opone a que practique su remunerativa profesión. Pero Guevara, que un año antes pareció dispuesto a sepultar su vida en una leprosería, que había llegado a pedir un «enchufe» o poco menos en la administración sanitaria de Arbenz, cuando necesita ganar para sí mismo y para las bocas familiares, ni por un momento piensa en dedicarse a su profesión. Decide recurrir al expediente de la fotografía callejera primero, y luego a la venta de libros a domicilio: dos actividades al alcance del más ignorante «pelao».

Una serie de influencias externas van poco a poco empujando a Guevara en la dirección marcada por el destino: El ambiente mejicano, la esposa, los contactos con la colonia cubana exiliada.

El ambiente social de Méjico ha decepcionado a Guevara, si es que un carácter tan escéptico como el suyo puede sufrir decepciones. En todo caso, le desagrada que la revolución de Méjico haya perdido su fuerza dinámica inicial. Quizá le molesta, más aún que la falta de impulsos revolucionarios, la monotonía sin sobresaltos de la paz mejicana. Después de presenciar el tradicional desfile del 1.° de mayo, con sus músicas y cohortes de obreros uniformados, hace sabedor a Ricardo Rojo de que piensa dejar un país donde los revolucionarios se han convertido en marionetas y en empleados del Gobierno.

La esposa influye también en Guevara, pero al revés que el común de las mujeres. No será Hilda Gadea la Onfalia que ponga una rueca en las manos de su Hércules-Guevara y le obligue a hilar para ella. Hilda es una militante avezada, desde casi la niñez, a las conmociones de la lucha revolucionaria. Por otra parte, la joven peruana estaba en política mucho mejor impuesta que su compañero. Ernesto Guevara, médico, arqueólogo diletante y observador a lo vivo del fenómeno sociológico iberoamericano, había mostrado hasta el momento muy poco apego a los áridos textos de teoría política, ni marxista ni de otra especie; ni siquiera después, engolfado ya en las luchas revolucionarias, mostraría excesivo apego a tan indigesta literatura.

Las relaciones de Guevara con los cubanos exiliados fue la tercera y más decisiva circunstancia que propició su paso a la insurrección armada.

En su Hotel Imperial de Ciudad de Méjico se había congregado una impresionante colonia cubana. A muchos de aquellos enemigos de Batista los había conocido Guevara en Costa Rica y Guatemala. Uno de los más destacados era Raúl Roa, por entonces furibundo anticomunista. Otro de los personajes más admirados es Raúl Castro, si bien por un efecto reflejo; todo su prestigio estriba en ser hermano del otro Castro: de aquel que condujo a los estudiantes revolucionarios en el asalto del cuartel de Moneada.

Raúl Castro es menor que Guevara; la misma diferencia de edad que existía entre Granados y el propio Guevara, pero a la inversa. Un hecho demuestra el grado de intimidad a que llegaron el mayor y su cadete: cuando nace la hija, Guevara decide regularizar su situación con Hilda; padrino de la boda será Raúl Castro.

En las conversaciones de Guevara con sus nuevos amigos se va disipando el escepticismo que antes le inspiraban sus entusiasmos revolucionarios. Los fines que persigue aquella juventud rebelde parecen indefinidos, a veces contradictorios; de momento —piensan los cubanos— hay que acabar en su isla con la tiranía; lo principal es la libertad, que lo demás se dará por añadidura. Por otra parte, aquella falta de un esquema concreto de objetivos al estilo leninista va de acuerdo con el carácter de Guevara, opuesto a toda sistemática. Lo que importa es que los cubanos creen en la violencia; son partidarios del jaleo por el jaleo, y como patente de sinceridad pueden exhibir una larga y comprobada lista de muertos, heridos y encarcelados.

En la primavera de 1955, es tema de todas las conversaciones la inminente liberación de Fidel Castro, esperada por los emigrados como el Santo Advenimiento. Batista tropieza con serias dificultades internas, y sometido a fuerte presión desde el exterior, sobre todo por parte de los Estados Unidos, piensa que una ley de amnistía puede ayudarle a salir del atolladero. Se concretan los rumores el 3 de mayo, cuando la radio cubana difunde la noticia de que el Senado ha aprobado la Ley.

Luego se produce un largo compás de espera. Fulgencio Batista deja dormir sobre su mesa de despacho el texto que aprobó el Senado sin decidirse a estampar su firma en él. Fidel sigue en la penitenciaría de la isla de los Pinos. ¿Habrá sido todo una maniobra dilatoria del Presidente cubano? —se preguntan los exiliados.

Por fin, avanzado ya el verano de 1955, llega el acontecimiento por tanto tiempo esperado. Fidel Castro es puesto en libertad, con la única condición de que debe abandonar el territorio cubano. El destierro es acogido gustosamente por el futuro dictador, puesto que viene como anillo al dedo a sus planes de subversión.

La llegada de Castro a Méjico galvaniza los espíritus. A partir de entonces, los emigrados dan por seguro un próximo asalto a la tiranía.

El renacer de las esperanzas cubanas coincide con otro hecho político que a punto estuvo de dar al traste con la carrera revolucionaria del «Che» Guevara: la caída de Perón.

Los acontecimientos sorprenden a Ricardo Rojo en los Estados Unidos. Inmediatamente parte para Méjico. No ha olvidado a su camarada Ernesto. Motivo principal de su desplazamiento a la capital azteca es recoger al amigo y llevarlo consigo al país natal; la familia de Rojo y el propio Ricardo se hallan muy ligados con el destacado dirigente radical Frondizi, furibundo antiperonista, y Ricardo confía, pues, en ocupar un lugar importante dentro de la nueva situación política.

Guevara parece dispuesto a seguir a su amigo. Este gestiona incluso la reserva de una plaza para Ernesto en el avión militar que los nuevos dirigentes argentinos enviarán a Méjico para repatriar a los emigrados más notables. Pero en el último instante, cuando el comandante del aparato ha consentido en llevar a Guevara, éste se vuelve atrás.

«—No te acompaño, ¿pa qué? Acá los cubanos preparan algo importante. Y allá, en cambio, ¿qué nos aguarda? Un gobierno de militares, que dejarán a los trabajadores menos espacio todavía que Perón. Aunque el nuevo Gobierno se venga abajo, como el que le precedió, aunque tu amigo Frondizi tomara el poder y te hiciese ministro, tú nada podrías cambiar. ¿Cuantos gobiernos reformistas, llenos de buenas intenciones, hemos conocido acá y allá? Ninguno hacía nada efectivo. Y si aún entre ellos mismos, alguien quería cambiar de verdad las cosas... —Con un gesto expresivo, Guevara se pasó el dedo índice por la nuez del cuello».

Ernesto Guevara ya tenía de antemano escogido su camino: a un lado se le ofrecía una revolución ya consumada y que más bien significaba un «regreso a la normalidad institucional» llevado de la mano por la flor y nata del ejército argentino. Al otro, esa otra revolución cubana, prometedora de emociones, donde toda la lucha estaba todavía por luchar, al lado de una juventud entusiasta que había demostrado querer y saber combatir. La elección era para Guevara bien sencilla.

En vísperas de la aventura cubana

Fidel desea conocer al argentino del que su hermano Raúl cuenta maravillas. Inmediatamente ambos hombres simpatizan. El dictador de la Cuba comunista recuerda el primer encuentro en el discurso-homenaje que pronuncia doce años después en honor del recién caído camarada de las horas difíciles: «Fue un día del mes de julio o agosto de 1955 cuando conocimos al “Che”...»

En el apartamento del Hotel Imperial que ocupan los hermanos Castro, convertido en cuartel general de la revolución cubana, tienen lugar las más abigarradas reuniones que uno pueda imaginarse: allí acude una juventud que habla en voz alta y todos a la vez, que se sienta en el suelo cuando todas las sillas, camas y mesas están ya ocupadas. El aire, saturado de humo y de transpiraciones humanas, se puede cortar con un cuchillo. Guevara toma del brazo a uno de los contertulios y le dice, chillando para hacerse oir: «Vamos a la cocina. Es el único sitio donde uno puede hablar.»

En la cocina, el futuro jefe del Gobierno cubano se halla dedicado en aquel instante a una operación casi tan importante como la de preparar la zafra azucarera, que tantos quebraderos de cabeza le depararía en los años venideros: ha sido dispuesta en los fogones una gran marmita donde hierven, junto con su ropa interior y camisas, millares de piojos y sus infinitas liendres: el eterno clima de transpiración en que vivían los cubanos hacía necesarios tales piojicidios en masa.

En el angosto laboratorio culinario-higiénico, Fidel Castro ha expuesto ante un auditorio escogido, las líneas generales de su plan revolucionario:

—Ya disponemos de un barco, de las armas y de los hombres, que se hallan en pleno período de instrucción. El año que viene iremos a Cuba. Moriremos o seremos libres. Lo importante ahora es que nada descubra la policía mejicana que anda tras de nuestros talones y tener cuidado con los espías enviados por Batista. Creo que andan amañando algún acto de provocación que sirva de excusa para ponernos a la sombra por algún tiempo.

En la cocina sólo se escucha la voz de Fidel, mientras de la pieza vecina llega el eco vocinglero, matizado apenas por la puerta cerrada, de los que «se hallan en pleno período de instrucción». El jefe sigue con el plan:

—En cuanto hayamos puesto nuestras plantas en el suelo cubano, el trabajo en serio comenzará en las ciudades. A decir verdad, nuestros camaradas de allá ya lo han empezado; pero la cosa se pondrá al rojo vivo después de llegar nosotros: cada bomba de las que exploten en La Habana provocará un vendaval de comentarios; todo el mundo hablará de los que por entonces ya combatiremos en campo abierto.

El estado mayor castrista escucha con reverencia las palabras de su oráculo. Pero Ricardo Rojo, que asiste a la reunión en vísperas de su regreso a la Argentina, se muestra escéptico. Antes de dirigirse a Méjico desde los Estados Unidos se había dado una pequeña vuelta por Cuba, y pudo comprobar que en La Habana reinaba una tranquilidad casi absoluta. En cuanto a los «preparativos» de las «fuerzas expedicionarias», supone que el barco de transporte sólo se halla en la mente de Fidel —aunque posiblemente disponga éste del dinero necesario para fletarlo—, y que la etapa de instrucción militar de los hombres ni siquiera se ha iniciado. Entre los colaboradores inmediatos de Fidel Castro se habla con frecuencia del «profesor de inglés»; hasta mucho después no supo Rojo que tras de aquel genérico apelativo escondíase la personalidad del «coronel» —en realidad capitán —Bayo, que militó en las filas republicanas durante la Guerra Civil española y que pasaba por un técnico en operaciones anfibias y en la táctica de guerrillas. Bayo era el consejero militar de Fidel Castro. El capitán Bayo había dirigido en 1936 el risible desembarco catalán en la isla de Mallorca que le ganó un absoluto descrédito en el campo republicano. Hoy es el único militar a quien, dentro del Ejército cubano, se le ha reconocido el rango de general.

Como muy pronto se vería, los preparativos de Granma —nombre clave que los comprometidos daban al desembarco en Cuba— no se hallaban tan retrasados como Rico creía. Guevara se había adherido al plan con el entusiasmo que despertaba en él cualquier nueva aventura. Su decisión fue tomada súbitamente, sin reflexionarlo ni sopesar el pro y el contra. Así lo recuerda Fidel en su homenaje postumo: «En una noche se convirtió en un futuro expedicionario del Granma. Pero, en aquel entonces, aquella expedición no tenía ni barco, ni armas ni tropas. Y así es como, junto con Raúl, el “Che” integró el grupo de los dos primeros en la lista del Granma.»

En plena vela de armas, Guevara tiene un encuentro emocionante: se trata del gran poeta español León Felipe. Guevara descubrió al poeta en uno de los libros que vendía y cuando supo que se hallaba en Méjico tuvo empeño en conocerlo. La entrevista tuvo lugar en el centro de los exiliados españoles; Rico, que iba con el «Che», recuerda un enternecedor detalle: al tomar asiento y cruzar las piernas, el guerrillero y el poeta mostraron ambos un enorme agujero en la suela del zapato.

Rico no dice lo que hablaron el vate glorioso y el aprendiz de luchador. Pero tuvo que dejar huella profunda en éste, ya que nunca olvidó la escena. En 1964, cuando Guevara era uno de los hombres más poderosos de Cuba, enviaría una carta emocionante al anciano poeta:

«Quizá le guste saber que uno de los dos o tres libros que siempre tengo en mi cabecera es El Ciervo; por desgracia, no puedo darme con frecuencia el placer de leerlo, ya que en Cuba dormir, o simplemente descansar, constituye un crimen contra el Estado. Hace pocos días yo asistía a una asamblea muy importante para mí. El local se encontraba atestado de trabajadores entusiastas y en él se respiraba la atmósfera que se produce cuando nacen unos hombres nuevos. Mi alma de poeta frustrado despertó entonces y recurrí a usted para polemizar a distancia. Le ruego que lo considere un humilde homenaje y que lo acepte tal cual es. Si el desafío le tienta, recoja el guante.»


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Che Guevara
de Colección Grandes Biografías


Introducción

El Che viaj frecuentemente por Europa, Asia y Africa en misiones oficiales.
El Che viaj frecuentemente por Europa, Asia y Africa en misiones oficiales.


ERNESTO Guevara se ha entregado con alma y cuerpo a la nueva aventura. Esta le interesa también por su aspecto político, porque a trancas y a barrancas, bajo el influjo de su esposa y de sus nuevos camaradas, a través de sus lecturas y por la revisión de sus experiencias vitales, al fin adopta Guevara una conciencia política; si bien en su pensamiento aparecen, sin duda, lagunas y contradicciones, debido a la inmadurez de una formación tan deficitaria como la de sus camaradas cubanos, y sin excluir de tal aserto al propio Fidel Castro.

Lo que importa de momento a Guevara es el lado humano de la empresa; se siente del todo hermanado con los cubanos, y su actitud le hace ganar muchos amigos sinceros. En los preparativos del golpe de mano, el «Che» tiene a su cargo el adiestramiento gimnástico y la organización sanitaria del reducido contingente.

Por fin, el 25 de noviembre de 1956, después de casi un año de trabajos y esperanzas, llega «la hora h» para los expedicionarios del Granma (o de Gran Ma, que muy pocos, o nadie, sabe lo que quiere significar). En una embarcación de pesca con capacidad para poco más de veinte personas se hacinan los ochenta y dos hombres al mando de Fidel Castro, con sus armas, municiones y material vario. Desde el puerto mejicano de Tuxpan, después de franquear el estrecho de Yucatán, el arriscado grupo alcanza Playa de las Coloradas, cerca de Belic, en la costa sur de la isla de Cuba.

De momento, Fidel Castro no lleva en su mente otro plan concreto sino el de poner las plantas en tierra, y luego, según vengan las cosas, tender la mano a uno u otro de los movimientos ciudadanos que luchan contra Batista.

El desembarco resulta un total fracaso. Por lo visto, el dictador cubano se hallaba prevenido. Su aviación descubre a los expedicionarios, y éstos sufren un feroz ataque, sin disponer de medios para repeler a los aparatos que los ametrallan a mansalva. Muchos perecen, y de los que logran escapar con vida, la mayoría son hechos prisioneros por los hombres de Batista. Sólo quedan doce sobrevivientes dispuestos a continuar la aventura. Esos afortunados (puesto que en suerte y desgracia todo es relativo) viven unos calamitosos días, dispersos en las anfractuosidades de la montaña, chapoteando en las ciénagas, sin equipo ni alimentos y perseguidos de cerca por el ejército del dictador.

Por fin, el 18 de diciembre de 1956, aquella docena de fugitivos logra reagruparse; constituirán la primera guerrilla de Sierra Maestra, a la cual, en los meses que sigan, se unirán cinco campesinos de los bohíos cercanos. Este es el casi despreciable núcleo de las fuerzas que, andando el tiempo, lograrían el derrocamiento del poderoso Batista, en unión con los que luchaban por la libertad en las ciudades, con igual o mayor eficacia; aunque después de la victoria fuesen únicamente los guerrilleros de la Sierra quienes acapararán toda la gloria y el provecho.


Un médico en apuros

En un ejército regular el médico no participa en los combates. No así en la guerrilla, donde las funciones se hallan poco diferenciadas. El cometido de Guevara, en el microscópico bando castrista era, por lo tanto, mixto. Pero durante los primeros meses de lucha fue considerado por los insurgentes, digamos que «de modo oficial», nada más que médico.

«Médico», en el más extenso sentido de la palabra; ya que a su cargo estaban, no sólo los combatientes, sino también los pobres campesinos de la región dominada por los guerrilleros.

«En aquella época —recuerda Guevara—, tenía que cumplir mis deberes de médico, y en cada pequeño poblado o lugar donde llegábamos realizaba mi consulta. Era monótono, pues, por una parte, no tenía muchos medicamentos que ofrecer, y, por otra, no presentaban una gran diferencia los casos clínicos de la Sierra: mujeres prematuramente avejentadas, sin dientes, niños de vientres enormes, parasitismo, raquitismo, avitaminosis en general, eran los signos de Sierra Maestra.»

Los hombres de la guerrilla le daban mucho menos trabajo, puesto que en los primeros tiempos de Sierra Maestra toda la táctica del reducidísimo grupo consistió en eludir la persecución del enemigo y no había otras heridas por curar que las llagas de unos pies martirizados por las largas marchas. En cambio, contra la miseria, en su aspecto más sobrecogedor, poco podía el médico:

«... Recuerdo que una niña estaba presenciando las consultas que daba a las mujeres de la zona, las que iban, con mentalidad casi religiosa, a conocer el motivo de sus padecimientos; la niñita, cuando llegó su mamá después de varios turnos anteriores, a los que había asistido con toda atención en la única pieza del bohío que me servía de consulta, le chismoseó: “Mamá, este doctor a todas les dice los mismo.”»

El doctor Guevara, que había obtenido el título tres años y medio antes, y que durante todo ese tiempo tuvo su profesión absolutamente olvidada, dedica un sarcasmo a su falta de preparación: «Era una gran verdad; mis conocimientos no daban para mucho más...» Luego sigue un amargo comentario en el que surge, nítido, el hombre bueno, aquel que desembocó en los caminos de la violencia, quizá por haber contemplado demasiadas injusticias y dolores:

«¿Qué hubiera pasado si el médico, en ese momento, hubiera interpretado que el cansancio extraño que sufría la joven madre de varios hijos, cuando subía una lata de agua del arroyo hasta la casa, se debía simplemente a que era mucho trabajo para tan poca y tan baja calidad de comida? Ese agotamiento es algo inexplicable, porque toda su vida la mujer ha llevado las mismas latas de agua hasta el mismo destino, y sólo ahora se siente cansada. Es que las gentes, en las Sierras, brotan silvestres y sin cuidado, se desgastan rápidamente, en un trajín sin recompensa. Allí, en aquellos trabajos empezaba a hacerse carne en nosotros la conciencia de la necesidad de un cambio definitivo en la vida del pueblo. La idea de la reforma agraria se hizo nítida y la comunicación con el pueblo dejó de ser teoría para convertirse en parte definitiva de nuestro ser.»

Cada vez que Guevara tiene que atender como médico a un camarada, e incluso a los heridos del campo contrario, vuelve a reprocharse como una grave falta aquella ignorancia que, aún más que la carencia de medios, le sume en la impotencia. A veces lo dice y a veces lo calla; pero ese autorreproche aparece, aunque sea entre líneas, siempre que menciona heridos o cuidados médicos. Y cuando la carencia de elementos curativos es usada como una excusa, resulta fácil percatarse de que usa el pretexto como piadosa cortina para ocultar la verdad evidente de su impreparación. En el combate de el Uvero es herido uno de sus camaradas. Guevara escucha quejidos a su lado; en aquel momento, el «Che» tenía puestos sus cinco sentidos en el arma con que disparaba contra un bien parapetado enemigo:

«... Era el compañero Leal —nos dice—, herido en la cabeza. Hice una corta inspección de la herida, con entrada y salida en la región parietal; Leal estaba desmayándose mientras empezaba la parálisis de los miembros de un costado del cuerpo, no recuerdo exactamente cuál. El único vendaje que tenía a mano era un pedazo de papel que coloqué sobre las heridas.»

El mismo complejo de culpable impotencia surge cuando los avatares de la lucha y la carencia de un auténtico servicio sanitario obligan al abandono de los compañeros en desgracia. Guevara nos cuenta una de dichas peripecias, ocurrida después de aquel mismo incidente bélico de Uveros:

«Mi reencuentro con la profesión médica —en los días inmediatamente anteriores el “Che” se había limitado a ser un combatiente más— tuvo para mí algunos momentos emocionantes. El primer herido que atendí, dada su gravedad, fue el compañero Cilleros. Una bala había partido su brazo derecho y, tras atravesar el pulmón, aparentemente se había incrustado en la columna, privándolo del movimiento en las dos piernas. Su estado era gravísimo, y apenas si me fue posible darle algún calmante y ceñirle apretadamente el tórax para que respirara mejor. Tratamos de salvarlo en la única forma posible en esos momentos: llevándonos con nosotros a los catorce soldados prisioneros y abandonando a nuestros dos heridos, Leal —se trata del que Guevara menciona en el párrafo anterior— y Cilleros, en poder del enemigo y con la garantía del honor del médico del puesto. Ellos clamaban que preferían morir en nuestras tropas, pero nosotros teníamos el deber de luchar hasta el último momento por sus vidas.»

Guevara termina diciendo: «Nuestros dos compañeros fueron atendidos decentemente por el Ejército enemigo.»

Con estas palabras Guevara parece querer descargar su complejo de culpa: «Abandoné a los heridos; pero el enemigo los trató bien.» Justificación innecesaria; el confiar los heridos propios al cuidado del adversario es uso consagrado por el derecho de gentes y cosa que han hecho, en una ocasión u otra, las tropas de todos los países que se creen civilizados.

Resulta evidente que, debido a una u otra causa, Guevara siente la futilidad de su intervención como médico en el campo insurreccional. Por una parte, los teóricos y casi olvidados conocimientos adquiridos en la Facultad le resultan inútiles en el campo de batalla, donde, por lo demás, carece de lo más elemental y necesario: en el bando guerrillero falta el instrumental, los medicamentos, incluso los vendajes. Ni de lo uno ni de lo otro tiene culpa ninguna Guevara; pero sí puede imputársele un hecho que viene a descubrir demasiado tarde: ha cursado la carrera de Medicina sin vocación, impulsado tan sólo por un sentimiento admirativo hacia el amigo de mayor edad: Alberto Granados. Sus planes, nunca realizados, de sepultar su vida en una leprosería no eran sino lucubraciones juveniles, sugeridas aún por su admiración a Granados; o quizás una fórmula con que Guevara intentaba hacer compatibles Medicina y Aventura.

Es el mismo «Che» quien nos lo dice, después del ataque de Alegría de Pío:

«Quizás esa fue la primera vez que tuve planteado prácticamente ante mí el dilema de mi dedicación a la medicina o a mi deber de soldado revolucionario. Tenía delante una mochila llena de medicamentos y una caja de balas. Las dos eran mucho peso para transportarlas juntas; tomé la caja de balas, dejando la mochila, para cruzar el claro que me separaba de las cañas.»

Se da el caso singular de que será en un cometido más médico-sanitario que ningún otro donde Guevara revele sus condiciones de jefe de guerrillas: entre los meses de mayo y julio de 1957 tiene a su cargo la conducción de un convoy de heridos separado de la columna principal para no entorpecer la marcha. El jefe de mayor graduación que va en el convoy es el capitán Almeida; pero su estado no le permite asumir el mando efectivo. Ello hace que, al margen de los cuidados médicos, Guevara tenga que asumir la responsabilidad de la conducción.

El guerrillero en ciernes consigue un éxito total. Aprovechando al máximo las condiciones del terreno, sin descuidar por un instante los movimientos de las fuerzas adversas, Guevara logra mantener al enemigo siempre a distancia y no pierde ni uno de los hombres cuya salvación le ha sido confiada. Las bajas fueron únicamente las inevitables, a consecuencia del empeoramiento de las heridas en el curso de aquella difícil marcha.

La híbrida situación del «Che» toca a su fin cuando en el campo castrista es reformado el sistema jerárquico, al principio inexistente casi.

Desde diciembre de 1956, cuando los doce supervivientes del desembarco en Playa de las Coloradas constituyen el primer núcleo combatiente en Sierra Maestra, hasta mediado el año siguiente, el único signo distintivo había sido la posesión de la mejor arma, e incluso de un arma a secas (puesto que no las había para todos).

Para el mejor combatiente, la mejor arma; no había otro criterio de selección. Y, de acuerdo con tal principio de justicia distributiva, Guevara quedaba muy mal parado: tenía que acarrear aquel botiquín, sanitario que llegó a constituir para él una pesadilla, y por otra parte, su asma le fastidiaba más que nunca. Convencido el propio «Che» de su inferioridad física, considera injusto privar de un arma eficaz a otro combatiente mejor dotado:

«Mi fusil —nos dice— no era de los mejores; deliberadamente lo había pedido así porque mis condiciones físicas eran deplorables después de un largo ataque de asma soportado durante toda la travesía marítima, y no quería que fuera a perderse un arma buena en mis manos.»

Aquella situación hace sufrir a Guevara casi de un modo infantil, porque allá en la Sierra Maestra de los primeros meses de combate, aquel que no dispone de una buena «herramienta» resulta un pobre «quídam».

En La Habana Frank Pais, dirigente de los movimientos estudiantiles antibatista, cuando sabe que ha brotado en Sierra Maestra un nuevo foco de insurrección, hace que llegue a manos de los hombres que dirige Fidel un stock de armas que venga a mejorar su mísero arsenal. En la distribución, Guevara consigue una ametralladora «Thompson». Aquel motivo de gran satisfacción, puesto que casi equivale a un ascenso, será seguido de un disgusto no menos grande.

Así nos lo cuenta el «Che»:

«Como una compañía del ejército continuaba tras de nuestras huellas, Guillermo fue enviado con un grupo de compañeros a tirotearla; dado mi estado asmático, que me obligaba a caminar a la cola de la columna y no permitía esfuerzos extras, se me quitó la ametralladora que portaba, la “Thompson”, ya que no podía ir al tiroteo. Como tres días tardaron en devolvérmela, y fueron de los más amargos que pasé en la Sierra...»


El médico se convierte en jefe militar

En la primavera de 1957, los guerrilleros de Fidel Castro han visto crecer sus efectivos humanos con algunas docenas de estudiantes que proceden del ciudadano «Movimiento del 26 de julio», y con los pocos campesinos de la región que se incorporan a la lucha. En todo caso, los combatientes apenas llegan al centenar. En mayo tiene lugar el encuentro de el Uvero: aquél en que Guevara intentó prestar sus ineficaces servicios médicos a sus camaradas Leal y Cillero. Es después de dicho encuentro cuando nuestro héroe recibe la misión de conducir aquella columna de heridos mencionada con anterioridad.

Después de cumplir a plena satisfacción la difícil tarea, Guevara, ¡por fin! logra ver hecho realidad su sueño dorado: el ser admitido en el mando con funciones estrictamente militares. Hasta entonces se le había considerado miembro del Estado Mayor, pero en calidad, podríamos decir, de «servicios auxiliares»: como médico y sin facultades decisorias.

Cuando la promoción de Guevara tiene lugar, el mando militar estaba constituido por Fidel, Ciro Redondo, Manuel Fajardo, Jorge Sotús, Julio Díaz, Ramiro Valdés y «Nano» Díaz. «En esos días —nos cuenta Guevara—, se formaba una nueva columna de la cual me encargaban la dirección con el grado de capitán...» Bajo su mando tendría setenta y cinco hombres. Pero lo más importante: a sus órdenes irían dos antiguos de la élite con mando: Ramiro Valdés y Ciro Redondo. Aquello significaba irrumpir en las alturas por la puerta grande.

El «feroz doctrinario» experimenta una alegría infantil; una satisfacción idéntica a la que siente un cadete cuando le dan el despacho de oficial:

«Me sentía muy orgulloso de ellos —se refiere a los hombres que tendrá bajo su mando—. Mucho más orgulloso, más ligado a la revolución, si fuera posible, más deseoso de demostrar que los galones eran merecidos...»

Pero aquí no terminarán las bienandanzas. La permanencia de Guevara en el escalafón de capitanes apenas durará breves días. Poco después... Pero, dejemos que sea el propio «Che» quien lo cuente:

«Enviábamos una carta de felicitación y reconocimiento a “Carlos”, nombre clandestino de Frank Pais, quien estaba viviendo sus últimos días. La firmaron todos los oficiales del ejército guerrillero que sabían hacerlo (los campesinos de la Sierra no eran muy duchos en este arte, y ya eran parte importante de la guerrilla). Se firmó la carta en dos columnas y al poner los cargos de los componentes de la segunda de ellas, Fidel ordenó simplemente: “Ponle comandante”, cuando se iba a poner mi grado. De este modo informal y casi de soslayo, quedé nombrado comandante de la segunda columna del ejército guerrillero, la qué se llamaría número cuatro posteriormente.»

Así, de soslayo, como el propio Guevara dice, ingresa en la categoría de los jefes. No de otro modo ascendía Napoleón a sus grognards en el campo de batalla. Por lo demás, no hay por qué rasgarse las vestiduras. Fidel y Guevara se hallaban en plena guerra insurrecional, y es uso en tales contiendas que los ascensos sean meteóricos. Por lo demás, los hechos ocurren en un país donde el propio presidente Batista pasó, sin apenas rozar los grados intermedios, del empleo de sargento al de general.

El campo guerrillero, terminada la fase de improvisaciones, se va institucionalizando: Ya tiene un estado mayor, oficiales con grado reconocido... Incluso su etiqueta y ceremonial. Cuando Guevara recuerda la escena de la entrega de insignias, su ingenuidad casi enternece.

«La dosis de vanidad que todos tenemos dentro hizo que me sintiera el hombre más orgulloso de la tierra ese día. El símbolo de mi nombramiento, una pequeña estrella, me fue dado por Celia Sánchez, junto con uno de los relojes de pulsera que habían encargado a Manzanillo.»

La «segunda columna» guerrillera

El nuevo Jefe con mando en campaña decide no defraudar a los que han depositado su confianza en él. «Teníamos —dice— que hacer algo para justificar esa vida semiindependiente que llevaríamos en la zona hacia la que debíamos marchar en la región del Hombrito, y empezamos a lucubrar hazañas.»

La primera operación que Guevara dirige personalmente será el ataque a la localidad de Bueyecito. En pequeño consejo de guerra, Guevara decide que, acompañado por uno de sus hombres, procurará sorprender a la guardia del cuartel y cuando lo haya logrado, dará la orden de ataque a la tropa emboscada en las cercanías, la señal será un disparo al aire. Nuestro flamante jefe de la segunda columna relata su participación en el combate.

«Nos topamos —el centinela y Guevara— cara a cara, apenas a unos metros de distancia; yo tenía la “Thompson” montada y él un “Garant”; le di el alto y el hombre, que llevaba el “Garant” listo, hizo un movimiento; para mí fue suficiente: apreté el disparador con la intención de descargarle el cargador en el cuerpo; sin embargo, falló la primera bala y quedé indefenso. Israel Pardo tiró, pero su pequeño fusil 22, defectuoso, tampoco disparó. No sé bien cómo Israel salió con vida; mis recuerdos alcanzan sólo para mí que, en medio del aguacero del “Garant” del soldado, corrí con velocidad que nunca he vuelto a alcanzar y pasé, ya en el aire, doblando la esquina para caer en la calle transversal y arreglar ahí Ja ametralladora.»

Los que aguardaban la señal tomaron el primer disparo del centinela batistiano por la orden de su jefe. Lanzados en tromba, dominaron en pocos minutos a la guarnición. Se hicieron prisioneros, y lo que más importaba: un importante botín de armas.

Ante aquel primer éxito, debido a la fortuna más que nada, Guevara se muestra casi avergonzado:

«... Se repartieron las armas, y aunque mi participación en el combate fue escasa y nada heroica, pues los pocos tiros los enfrenté con la parte posterior del cuerpo, me adjudiqué un fusil ametrallador “Browning” que era la joya del cuartel (de Bueyecitos), y dejé la vieja “Thompson” y sus peligrosísimas balas que nunca disparaban en el momento oportuno.»

No tardarían en producirse otros hechos de guerra más gloriosos. El Comandante aprende con rapidez el oficio. Sus marchas y contramarchas por la región de El Hombrito resultan demasiado llamativas, de modo que los batistianos deciden acabar con aquella provocación. El 30 de agosto, el ejército regular intenta el cerco de la segunda columna, pero es derrotado en toda la línea. El «Che» había descubierto una excelente táctica: concentrar el fuego en la vanguardia de las columnas enemigas en marcha; cuando alguno de los hombres que iban en cabeza caía, los demás se negaban a seguir avanzando, paralizados por el terror. Llegó un momento en que ninguno de los batistianos quería ocupar los primeros puestos, y llegó un momento en que las tropas gubernamentales se negaron, pura y simplemente, a penetrar en la región de Sierra Maestra.

La columna del «Che» hace una incursión al pueblo de San Pablo de Yao, donde los lugareños acogen a los guerrilleros con los brazos abiertos. La columna recibe un completo repuesto para su intendencia, sin tener que pagar nada por unos víveres que los campesinos entregan gustosos.

En las primeras semanas de septiembre, Guevara consigue una victoria de la que se habla en toda la isla: pone cerco a la pequeña localidad de Pino del Agua y consigue aniquilar la guarnición de Batista. Luego se repliega sobre Pico Verde, donde campea la columna que dirige personalmente Fidel Castro. Allí se toma el «Che» un merecido descanso, que aprovecha para reorganizar su tropa; porque sus hombres actúan de maravilla, cuando se trata de combatir, pero en el plan disciplinario dejan mucho que desear.

En el último trimestre del año, Guevara puede dar por terminada la labor que se le había encomendado en aquella su primera campaña: la zona del Hombrito puede considerarse definitivamente controlada por la guerrilla. En los campos y ciudades de Cuba ya se habla del «Che» Guevara como de una figura de leyenda. Es por entonces cuando le toca en suerte una labor más ingrata que la de luchar contra el ejército de Batista, pero necesaria: limpiar Sierra Maestra de los bandidos que, so capa de seudo-guerrilleros, intentan aprovecharse del clima de inseguridad creado por la revuelta.

La «quinta columna» de Frank Pais

Siendo Ernesto «Che» Guevara la figura central de este libro, hemos centrado en nuestro héroe el relato de la insurrección antibatistiana. De tal modo, los lectores pueden recibir la falsa impresión de que sólo en Sierra Maestra se luchaba contra el dictador. Pero así no era, ni mucho menos. Casi desde 1953, fecha en que aparece una resistencia clandestina, el cerebro de la insurrección cubana era Frank Pais, organizador de los comandos estudiantiles de La Habana, estratega de los golpes de mano, y receptor de las ayudas económicas y en armas procedentes del exterior (principalmente de los Estados Unidos). Cuando tiene lugar el desembarco en Playa de las Coloradas, la rebeldía cubana tendrá dos jefes, considerados prácticamente del mismo rango: Fidel y Pais. Es preciso destacar que el dirigente de la capital no sintió en absoluto la mordedura de los celos ante la creciente popularidad del jefe guerrillero y le apoyó con todos los medios a su alcance; las armas que los hombres de Fidel no tomaban por sí mismos al adversario, era Pais quien las hacia llegar a Sierra Maestra.

La muerte de Frank Pais en manos de la policía batistiana evitó a la revolución el problema que, después de la victoria, hubiera quizá planteado la presencia de dos jefes igualmente prestigiosos. Hombres de Pais atacaron el 13 de marzo de 1957, el palacio del gobierno, en La Habana, en un intento de suprimir al dictador. Al fracasar el golpe, Batista desencadenó una feroz represión, a la que los estudiantes respondían con atentados y estallidos de bombas; en una de tales acciones, la fábrica que surte de fluido eléctrico a La Habana resultó parcialmente destruida. Fue entonces cuando la policía de Batista detuvo a Frank Pais y lo asesinó, después de someterlo a horrendas torturas. El hecho tiene lugar en Santiago de Cuba, donde Frank se hallaba escondido. El entierro dio lugar a una jornada luctuosa: La policía, temiendo que se produjeran disturbios, disolvió por la tremenda el imponente cortejo; murieron ametrallados muchas mujeres y niños que encabezaban la manifestación.

Las violentas represalias del dictador Batista y las criminales exacciones de su temible policía provocaron que sectores cada vez más amplios de la población se volvieran contra él. Una parte de la marina de guerra, en unión de algunos jóvenes adheridos al Movimiento del 26 de julio conseguiría dominar durante algunas horas la ciudad de Cienfuegos. El 9 de noviembre de 1957, explotaron en La Habana más de cien bombas; con aquella ruidosa demostración los rebeldes de la ciudad hacían saber a todo el país que la comarca del Hombrito, en plena Sierra Maestra, se había convertido, gracias a un guerrillero conocido por «El Che», en la primera «zona libre» de Cuba. Es a partir de entonces cuando la contienda civil toma los caracteres de una feroz lucha sin cuartel.

Hacia un ejército regular

Se formaliza la guerra. Terminó la fase guerrillera y ahora los combates quedan sometidos a unos cánones casi clásicos: guerra de posiciones y movimientos. Raúl Castro abre un segundo frente en las montañas del norte, mientras los avezados combatientes de Sierra Maestra realizan atrevidas incursiones en la llanura. El joven teniente Cienfuegos no deja un instante de respiro a las columnas de Batista, y Juan Almeida (el capitán herido que iba el año anterior en la columna puesta bajo la responsabilidad de Guevara) se atreve a lanzar un ataque contra Santiago de Cuba.

El Movimiento del 26 de julio, del que los guerrilleros son el brazo armado, se ha convertido en una fuerza nacional. Los nuevos adheridos proceden casi todos de la clase estudiantil, que, después de la muerte de Frank Pais, reconoce sin discusión la jefatura de Castro; la población rural también aporta nutridos efectivos a los batallones insurgentes. Los obreros industriales, en cambio, siguen mostrándose reacios a participar en la lucha. Un llamamiento a la huelga general, lanzado por los castristas el 9 de abril de 1958, acaba en estrepitoso fracaso.

Batista se da cuenta de que ahora la lucha es a vida o muerte: o su ejército termina con las guerrillas, o las guerrillas terminarán con su ejército y con él mismo. Porque de no lograrlo, habrá de luchar no solamente contra los guerrilleros, sino contra el país entero. Aparecen síntomas gravísimos: los partidos políticos, incluso los que le apoyan, se muestran inquietos, los negocios se paralizan, el turismo deja de acudir a La Habana, y los grandes grupos financieros, cubanos y norteamericanos, ponen ya en duda el poder real de la dictadura.

Batista, pues, moviliza todas las fuerzas militares de que dispone. Catorce batallones del Ejército, bien apoyados por fuerzas de aviación, artillería y marina, son lanzados contra los hombres de Castro. En el transcurso del mes de junio, el dictador consigue recuperar el noventa por ciento del territorio rebelde.

Fidel Castro tiene que refugiarse de nuevo en lo más fragoso de Sierra Maestra; sus fuerzas han quedado reducidas a poco más de trescientos hombres.

Pero la rebeldía cubana es una hidra de cien cabezas, en la que, si queda una sola sin cortar, las demás rebrotan. En julio de 1958 los guerrilleros toman de nuevo la iniciativa y sólo en dos encuentros, los de Santo Domingo y El Jigüe, consiguen hacer doscientos cincuenta prisioneros; cifra muy superior al número de los atacantes. A comienzos de agosto, toda Sierra Maestra se hallaba otra vez libre de adversarios.

A esta victoria militar, Fidel Castro podía unir otro notable triunfo; éste, de carácter político: el 20 de julio, representantes de todos los partidos políticos integrados en la oposición de la i¿quidrda, centristas, e incluso de derechas, se reunían en Caracas para firmar con Fidel Castro un pacto de acción conjunta. Los únicos en no dar su adhesión eran los comunistas. Seguían desconfiando de los objetivos políticos que Castro se había propuesto alcanzar.

Todo así quedaba dispuesto para que la rebeldía pudiese iniciar su ofensiva final.

Cuando en agosto de 1958 se abre la última fase de la contienda, el «Che» ha llegado al pináculo de su prestigio militar. Fidel Castro tiene depositada en él su entera confianza; siempre que una misión parece arriesgada o peligrosa, serán sus hombres los que la lleven a cabo.

La veterana segunda columna es ahora llamada la cuarta, porque se ha multiplicado el número de unidades castristas. Cuando se inicia la ofensiva final, son cinco las agrupaciones de combate que se extenderán por todo el territorio de la isla. Al frente de las mismas van Fidel, su hermano Raúl, Camilo Cienfuegos, Juan Almeida y Ernesto Guevara.

El «Che» tiene señalada la misión de llevar a sus hombres hasta la sierra de Escambray, donde ha quedado constituida una sexta columna, integrada por elementos del directorio estudiantil cubano.

La primera etapa de Guevara llevará el nombre de Las Villas. Basa su campaña por esa provincia en la destrucción sistemática de las vías de comunicación. La cuarta columna emprende la marcha el 31 de agosto. Diez días después el enemigo tiende una emboscada, pero el «Che» logra zafarse de la situación apurada y unirse a la columna de Cienfuegos, de acuerdo con lo previsto en la parte inicial del plan.

Luego la cuarta columna se dirige a la zona montañosa de Las Villas, cerca de la costa sur, con tiempo para impedir en la región el normal desenvolvimiento de las elecciones en caricatura que, como remedio a sus males, ha organizado Batista. Estas elecciones, boicoteadas por todos los partidos de oposición, constituyeron un rotundo fracaso para el dictador.

Desde allí Guevara encamina sus tropas hacia el centro de la Isla, en seguimiento de Camilo Cienfuegos, que le precede. Los batistianos rehuyen el combate, de lo cual se alegra Guevara, que no las tiene todas consigo, viéndose, como se halla, en pleno territorio enemigo y al frente de un contingente formado en gran parte por soldados bisónos:

«Todo indica —escribe a Castro— que los guardias no quieren guerra; y nosotros tampoco. Te confieso que le tengo miedo a una retirada con ciento cincuenta inexpertos reclutas en estas zonas desconocidas.»

En el curso de la campaña, el «Che» ha tenido que empeñar combate sólo en tres ocasiones. Con sus fuerzas prácticamente intactas se presenta en los suburbios de Santa Clara. Una batalla, que resultará decisiva, tiene lugar en los días 29 y 30 de diciembre. La población cae cinco jornadas después. Además de la ciudad, Guevara se apodera de un importantísimo convoy militar y hace más de un millar de prisioneros.

Entretanto, Fidel Castro, su hermano Raúl y Juan Almeida, confluían en dirección de Santiago de Cuba, que se entregará a los guerrilleros sin combatir. Pero el golpe de gracia para el régimen de Batista fue la batalla de Santa Clara. Todo el mérito de aquella victoria es de Guevara, y sin embargo, en el documental confeccionado algún tiempo después por el Instituto Cubano de las Artes e Industrias Cinematográfico, el «Che» ni siquiera es mencionado. Difícilmente puede darse un mayor ejemplo de modestia y de aversión al tan traído y llevado «culto a la personalidad», ya que cuando la cinta se produjo, Guevara era en Cuba todopoderoso.

La tiranía de Batista pasó a la Historia. El propio dictador huye a la República Dominicana, el 31 de diciembre, acompañado por sus familiares y algunos de sus más próximos colaboradores. Una parte del mando militar, apoyado por el embajador de los Estados Unidos, intenta constituir un Directorio castrense; pero la tentativa queda paralizada cuando Fidel Castro lanza la orden de huelga general (que ahora los comunistas acatan) y dispone que todas sus fuerzas tomen a marchas forzadas el camino de La Habana.

Apoyos y recelos

El verdadero matiz político de los movimientos que luchaban contra Batista debe ser tenido muy en cuenta si no se quiere incurrir en un error de interpretación muy generalizado, en cuanto al carácter de la resistencia cubana. Es importante, sobre todo, ponderar con exactitud el papel desempeñado por los comunistas en aquellos borrascosos años, y en qué grado participaron en la lucha campal o ciudadana.

En diversas ocasiones nos hemos referido, al hilo del relato, a la distancia que mantuvieron entre sí comunistas y guerrilleros en los años de lucha. Las organizaciones resistentes, Movimiento del 26 de julio y Directorio Estudiantil, reclutaban sus adeptos entre las clases medias. Por lo demás, todos los documentos gráficos que muestran al Fidel Castro de Sierra Maestra, lo hacen aparecer, aparte las barbas (que constituían, junto con el descuido indumentario, una especie de uniforme guerrillero), siempre con un rosario colgado del cuello.

En los primeros meses de lucha, los guerrilleros miraban con recelo a la población rural, y ésta, por su parte, les pagaba con la misma moneda. Luego, el mutuo recelo se fue disipando; muchos campesinos se incorporaron a la lucha, y aun aquellos que no decidían tomar las armas, se mostraban fieles aliados auxiliares de la guerrilla.

Pero la aportación campesina al movimiento guerrillero no significa, en absoluto, una participación comunista. Lo que al hombre del campo interesa es el reparto de la tierra, y el marxismo preconiza lo contrario. Por esto el cultivador sin tierras será siempre un mal marxista. Por esto mismo, al entenderse con los guerrilleros demuestran que no los tenían por comunistas. No tiene valor, como argumento en contra, el hecho evidente de que las masas rurales hayan participado en todos los levantamientos marxistas. Queda desvirtuado por el hecho, igualmente cierto, de que donde triunfó la revolución, en Rusia y en China de modo especial, el nuevo Estado comunista hubo de reprimir por la violencia grandes levantamientos campesinos. Cuba no ha sido una excepción: al derivar Castro hacia el comunismo, surge de inmediato una guerrilla rural anticastro.

La clase obrera ciudadana, los trabajadores «politizados» y atraídos por el ideario comunista, se mantuvieron, por el contrario, alejados del movimiento de resistencia, prácticamente hasta que la victoria revolucionaria fue inminente. Ya hemos visto cómo los trabajadores industriales cerraron los oídos a la llamada del campo en lucha, y cómo, a finales de 1957, dejaron sin respuesta la orden de huelga general que lanzara Fidel Castro. El hecho tiene su explicación:

Allá por los años treinta, los comunistas habían ayudado al sargento Batista en su primer asalto al poder, y luego colaboraron con las primeras administraciones batistianas. Luego, cuando Batista se alió, ya sin rebozo, con los grandes intereses plutocráticos, los comunistas se distanciaron, pero manteniendo una actitud de benévola tolerancia, como si confiaran en que algún día su ex casi-asociado pudiese volver al buen camino.

El caso concreto del PSP

Esta especie de pacto tácito de no agresión entre el dictador y el comunismo se mantuvo cada vez que Batista se hizo con el poder y se mantuvo en él (que fueron varias, cortadas por breves interregnos). En la última ocasión, desde 1952 a 1958, la benevolencia fue derivando en expectativa, y por fin en neutralidad a secas; aunque sin llegar a la ruptura violenta sino cuando el castrismo y la propia corrupción tenían ya tambaleante a Batista.

Luis Simón, que conoció a Guevara en septiembre de 1958, cuando la cuarta columna recorría triunfalmente la provincia de Las Villas, nos dice que por entonces el «Che» no se recataba para poner de oro y azul «al dogmatismo de los marxistas», al «stalinismo» y «a los verdugos de Budapest».

Se trata sólo de un testimonio, al que no se puede dar más valor del que tiene cualquier afirmación no demostrada. Pero se da el caso de que hay escritos del propio Guevara que dan un gran margen de verosimilitud a lo que afirma Simón.

En efecto: Por el otoño de 1958, cuando el régimen de Batista se hallaba ya en las últimas, el Partido Socialista Popular (etiqueta bajo la cual el dictador permite que actúen los comunistas) sale de su neutralidad y establece algunos contactos con las fuerzas de la resistencia. Debiera suponerse que Guevara, dadas sus convicciones, recibiría con alborozo a los nuevos compañeros de lucha. Quizá lo hiciera en su fuero interno. Pero, con sus actos externos, demuestra una total falta de simpatía y un tremendo recelo hacia los recién llegados camaradas. Parece que Guevara se pusiera con ellos «en plan hueso», dispuesto, como se dice vulgarmente, «a no pasarles ni una». Y no muestra tal humor en torno a una fogata de campamento, cuando las palabras se las lleva el aire, sino con comunicaciones oficiales, cuando un jefe militar tiene que sopesar cada uno de los términos que emplea, puesto que de una tilde puede depender la vida de alguno de sus hombres.

El 20 de septiembre Guevara envía un informe a Castro. En el escrito se recoge una noticia que llega del campo adverso: un tal Tabernillas, del Estado Mayor enemigo, había comunicado, de manera oficial y dando toda clase de pelos y señales, la destrucción de la cuarta columna castrista.

Guevara explica en qué forma supone hayan llegado a conocimiento del enemigo los datos de nombres, filiaciones, armamento de la columna, etc., que se incluyen en el falso comunicado: Durante la marcha, dos guerrilleros recién incorporados habían perdido sus mochilas.

«... Sucedió que en una de las mochilas encontraron la libreta donde estaba apuntado el nombre, la dirección, las armas, balas y pertrechos de toda la columna, miembro por miembro. Además, un miembro de esta columna, que es miembro también del PSP dejó su mochila con documentos de esa organización.»

Al hecho en sí, cualquier código de justicia militar lo define como «inteligencia con el enemigo», en el caso de haber sido voluntaria la pérdida de la mochila, o «negligencia criminal», si fuera casual el extravío; de una u otra forma, sujeto a la pena de muerte.

El «Che» no ignora que Castro puede disponer el inmediato fusilamiento del culpable. Sin embargo, expone fríamente los hechos, sin paliar en absoluto su gravedad. Es más: al poner de relieve que aquel posible reo de muerte pertenece al PSP, parece como si Guevara hubiese visto en aquella circunstancia un primer indicio de culpabilidad.

El 3 de octubre, nuestro Jefe de la Cuarta Columna hace a Castro sabedor, en otro comunicado, de su mala situación en cuanto a suministros, y de lo que ha intentado para paliarla.

«No pudimos establecer contacto con la organización del 26 de julio, pues un par de supuestos miembros se negaron a la hora en que pedí ayuda, y sólo la recibí monetaria, nylons, algunos zapatos, medicinas, comida y guías, de parte de los miembros del PSP, que me dijeron haber solicitado ayuda de los organismos del movimiento —del movimiento comunista, se entiende— recibiendo la contestación siguiente, que debe tomarse a beneficio de inventario, pues no me consta: “Si el ’Che’ manda un papel escrito, nosotros le ayudamos; si no, que se j... el ’Che’.”»

Así andaban las relaciones entre Guevara y el PSP: Los afiliados «de la base» hacen lo posible y le mandan lo poco que tienen; pero tratándose de las alturas... «que se j... el “Che”».


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Che Guevara
de Colección Grandes Biografías


Introducción

EL 3 de enero, Camilo Cienfuegos y Ernesto Guevara llegan a La Habana por vía marítima, e inmediatamente toman posesión de las fortalezas de Columbia y La Cabaña. Al siguiente día, jura su cargo de Presidente Provisional de Cuba el juez de la Corte Suprema Manuel Urrutia.

Entretanto, Fidel Castro recorre la isla de un extremo a otro, desde Santiago a la capital, parándose a discursear en cada localidad medianamente importante. Los soldados del ejército regular se rinden a millares. Otros miles de voluntarios se incorporan a la columna de Castro; son los que al triunfar una revolución se suben al carro del vencedor cuando ya no hay peligro de darse un batacazo y el sitio resulta muy seguro..., y muy prometedor como manantial de futuras prebendas.

El día 5, son cinco (coincidencia de las cifras) los países iberoamericanos, a comenzar por Venezuela, que han reconocido el nuevo Gobierno. Dos fechas más tarde lo hacen los Estados Unidos. El 10, bajo el apremio de la opinión pública cubana tiene que dimitir el antiguo embajador Earl Smith, acusado de haber apoyado a Batista.

El 8 de enero, Castro había hecho su entrada triunfal en La Habana. Sin apenas concederse un respiro, anunciará sus iniciales medidas de gobierno. Entre las primerísimas está la de pedir que los Estados Unidos retiren su misión militar permanente. El 16, Washington designa como nuevo embajador a Philip Bonsal. Aquel mismo día Castro asume las funciones de Primer Ministro.

Esta es, a grandes rasgos, la película de la vida oficial cubana en las primeras quince jornadas de régimen castrista. Comenzaba para los revolucionarios aquello que Guevara denominó, en un discurso pronunciado tres meses antes, la fatigosa tarea política. Una fatigosa tarea que para los bisónos estadistas tiene dos caras: la internacional y la doméstica, entreveradas una en la otra, puesto que los gobernantes cubanos siempre habrán de considerar la reacción que sus decisiones puedan provocar en el exterior; durante los primeros meses de régimen castrista, Washington será el foco principal de aquellas reacciones; luego, cuando Castro pase definitivamente al comunismo, habrá de tener en cuenta, tanto las reacciones americanas como las de Moscú.

Convencimientos antes que ideas

Para Ernesto Guevara comienza la etapa más difícil de su existencia, precisamente porque habrá de llevar una vida parecida o igual a la del procomún de los mortales, tanto si ocupan una elevada posición como si en la escala social les corresponde un lugar modesto. Tendrá que levantarse todas las mañanas a la misma hora después de haber dormido en una cama normal, ver gente aburrida, resolver sobre la marcha problemas grandes o pequeños, y acostarse al fin, convencido en lo íntimo de que desperdició un precioso día que ya nunca jamás podrá recuperar.

Canto a Fidel

Vámonos
ardiente profeta de la aurora
por recónditos senderos inalámbricos
a liberar el verde caimán que tanto amas.
Cuando suene el primer disparo y se despierte
en virginal asombro la manigua entera
allí, a tu lado, seremos combatientes,
nos tendrás.
Cuando tu voz derrame hacia los cuatro vientos
reforma agraria, justicia, pan, libertad,
allí, a tu lado, con idéntico acento,
nos tendrás.
Y cuando llegue el final de la jornada
la sanitaria operación contra el tirano,
allí, a tu lado, aguardando la postrer batalla,
nos tendrás...
Y si en nuestro camino se interpone el hierro,
pedimos un sudario de cubanas lágrimas
para que se cubran los guerrilleros huesos
en el tránsito de la historia americana. Nada más.

Poema Canto a Fidel Ernesto Che Guevara. (1956)

La fatigosa tarea política tiene que resultar doblemente abrumadora en un hombre habituado desde su infancia feliz, desde los días venturosos de Alta Gracia, el villorrio colgado en los contrafuertes andinos, a los panoramas inmensos y siempre cambiantes, a contemplar la lenta mutación de las constelaciones australes en el azul terciopelo de la bóveda celeste, y a esperar que cada jornada le aporte una nueva carga de sorpresas.

Como comienzo de su nueva vida, si Guevara quiere representar por lo menos con mediano éxito el papel que le ha tocado en suerte, tendrá que hacerse, o improvisar, una personalidad política con el material doctrinario de que dispone y con las deducciones teórico-prácticas que pueda colegir de sus experiencias pasadas. La empresa no ha de resultarle fácil, ya que si es inmensamente rico en experiencias vitales de toda suerte, su acervo doctrinario resulta más bien flaco.

Theodore Draper, más avispado que otros investigadores, ante una cosecha tan pobre como la obtenida por sus compañeros de búsqueda, elude la contradicción mediante un donoso escape por la tangente: «Hasta la toma del poder (Guevara) prefirió pasar por un hombre de hechos y no de palabras.»

Dando en parte razón a Theodore Draper, puede afirmarse que hasta enero de 1959, precisamente hasta el día 27 de aquel mes, Ernesto Guevara nunca expuso, en forma extensa y concreta, su pensamiento político. Si acaso, alguna que otra frase suelta, dejada caer en el contexto de una charla entre amigos, y nada más.

La conferencia tiene lugar en los locales de «Nuestro Tiempo», una de las organizaciones integradas en el «frente unido» que controlaban los comunistas. Las palabras de Guevara demuestran la verdad de nuestro anterior aserto: su experiencia vital era mucha, y escasas, por el contrario, sus ideas librescas.

En su discurso, el «Che» promete una reforma agraria de rápida ejecución, auténtica y profunda, porque los campesinos se han ganado el derecho a la libertad con su acción revolucionaria; presagia que habrá disgustos con los que monopolizan la riqueza; propone «la estrategia de la guerrilla» como único medio eficaz para el logro y posterior conservación de los avances sociales. Finalmente, lanza la idea de que «la revolución no está limitada a la nación cubana» y en consecuencia, es susceptible de ser exportada.

La palabra «socialismo» no es pronunciada por Guevara, si bien la promesa de «un futuro socialismo» emana de todo el contexto: Un socialismo sin enunciados teóricos ni zarandajas dogmáticas. Se limita el orador a enunciar un programa de realizaciones empíricas en favor de la clase más necesitada: el campesino sin tierra, cuya miseria conoció ya en sus correrías de vagabundo y de la que pudo empaparse durante su aventura en Sierra Maestra. ¿El único aporte original del discurso? El espíritu y la estrategia de la guerrilla como panacea para todos los males sociales.

El debut sociopolítico del «Che» después de haber preferido disimular durante tanto tiempo su sólida preparación ideológica, resulta decepcionante para los que tenían derecho a esperar una magistral exposición de principios teórico-tácticos, con ajuste a cualquiera de las tendencias, ortodoxas o «desviacionistas», del marxismo. En este aspecto, el discurso encuéntrase a la altura de cualquier recién afiliado a la sindical marxista cubana o de cualquier otro país.

No defraudaría, en cambio, a los que admiran, quieren, o detestan en el «Che» los rasgos más sobresalientes de su carácter: la sinceridad, el aliento vital y la espontánea entrega a la causa de los que sufren y a la lucha contra la injusticia.

Mientras Fidel Castro, con una visión más ajustada del juego político, cubiletea por entonces con los posibilismos, multiplica sus declaraciones emolientes y hace protestas de anticomunismo para tranquilizar a la opinión moderna del país y de fuera, Guevara toma el toro por los cuernos y proclama sin rebozos que el remedio de los más desvalidos no admite espera. «Hay que hacer algo» si bien el propio Guevara no tiene idea cabal de cómo hacerlo. Es decir: sí cree saberlo: mediante la llave maestra de la «estrategia guerrillera».

Estrategia guerrillera. Esta será la fórmula mágica para el «Che» a partir del momento en que su gran aventura vital se politiza. Dos palabras grabadas a sangre y fuego en su espíritu, que determinarán todas sus ideas y acciones en los ocho años que le quedan por vivir, precisamente porque las ha descubierto en la más emocionante de sus aventuras: en Sierra Maestra.

¿Su postura ideológica? No puede ser más sencilla; tan sin complicaciones ni recovecos como su alma generosa de niño grande. Y ello, pese a los esfuerzos que por «hinchar el perro» han despilfarrado, mano a mano, los incondicionales entusiastas y los enemigos acérrimos: «Nuestra posición —nos dice—, cuando se nos pregunta si somos marxistas o no, es la que tendría un físico al que se le pregunta si es “newtoniano”, o a un biólogo si es “pasteuriano”. Se debe ser marxista con la misma naturalidad que se es “newtoniano” en Física o “pasteuriano” en Biología.» En espíritus sensibilizados ante la opresión y la injusticia de los actos al impulso primigenio es anterior a cualquier adjetivación; en este sentido, tanto vale marxista como cristiano, utópico como realista o posibilista.

La guerrilla, palanca de la revolución

En 1960 Guevara publica un manual, La guerra de guerrillas, en el que fija las conclusiones a que le han llevado sus experiencias como luchador en campo abierto. Son esas conclusiones que nosotros hemos sintetizado en la fórmula: Táctica guerrillera, panacea universal. En posteriores escritos, Guevara modifica ciertos aspectos de su tesis, pero en lo esencial La guerra de guerrillas mantiene su validez como texto fundamental para los que quieran conocer al Guevara que ya no es aquel de los años de bohemia, pero que mucho menos es el ideólogo que algunos han inventado. No parece arriesgado suponer que la figura del auténtico Guevara politizado que surge de Sierra Maestra presenta los perfiles políticos de la imagen que uno se forja después de leer las páginas del manual. Tanto es así, que cuando en 1965 el «Che» abandona su privilegiada situación en Cuba para sumergirse otra vez en los avatares de la lucha insurreccional preconizada en su libro, actúa como el apóstata que por cobardía o comodidad claudicó y vuelve luego arrepentido al credo que traicionó.

Uno de los más grandes teóricos militares de todos los tiempos, Clausewitz, formuló, a comienzos del siglo XIX, el principio de que la guerra es una forma de la política, que se impone cuando falla la política normal. En La guerra de guerrillas, el «Che» aplica dicho principio a la sola política que admite: la revolucionaria. Pero va mucho más allá que el maestro de estrategas prusiano.

La política de corte clásico, no importa cuan progresista pueda ser, a los ojos de Guevara significa tan sólo un mal que debe ser extirpado de la superficie terráquea. El único medio de conseguirlo es la revolución. Aplicando a ésta el principio de Clausewitz, y aún rebasándolo, en La guerra de guerillas nos dice su autor que la guerrilla es más que una forma de revolución: es la revolución misma. Y puesto que todos los males que actualmente aquejan a la humanidad tienen en la revolución su remedio, la guerrilla es la panacea universal.

En los párrafos preliminares del manual afirma Guevara que la victoria del pueblo cubano sobre la dictadura trastroca todos los viejos dogmas relativos a la conducción de las masas populares en su lucha por la libertad; por lo menos, en América Latina.

Gran parte del manual trata, naturalmente, de cuestiones militares: instrucción física y moral del combatiente, tácticas de maniobra, utilización del material, etcétera. Pero lo que realmente presta interés al opúsculo es la serie de principios político-sociales que Guevara expone. En especial, dos ideas que sirven de base a un nuevo concepto del proceso revolucionario: las teorías del foco de guerrilla y de la misión social del guerrillero.

La teoría del foco de guerrilla se apoya en tres postulados fundamentales:

1.° Las fuerzas populares pueden ganar una guerra contra el ejército regular.

2.° Para desencadenar la revolución es innecesario aguardar a que el proceso histórico llegue al cumplimiento de las premisas necesarias: el foco insurreccional puede hacer surgir las condiciones favorables.

3.° En la lucha revolucionaria tiene tanta importancia la participación de las masas rurales como la del proletariado urbano. Aunque debe ser estimada en su justo valor la aportación de la clase obrera urbana, en los países subdesarrollados de Iberoamérica, la masa campesina es numéricamente mucho más importante, y en consecuencia, su intervención en la lucha insurreccional resulta decisiva. Por otra parte, los combatientes de la ciudad corren gravísimo peligro; en el campo, por el contrario, las condiciones son mucho más favorables porque la población se ve apoyada por los guerrilleros, y en situaciones difíciles puede buscar amparo en lugares inaccesibles a las fuerzas represoras.

Como puede verse, Guevara no hace sino plasmar en el papel sus propias vivencias de guerrillero. Que sus conclusiones aparezcan como graves herejías contra el dogma marxista, es un hecho del que no tiene la culpa Guevara, sino aquellos dogmáticos que no hubieron de luchar, como él, en Sierra Maestra, y no consiguieron, por añadidura, un éxito fabuloso con aquella forma de combatir.

El combatiente revolucionario por excelencia, es decir: el guerrillero, actúa en el medio rural; precisamente donde las reivindicaciones del pueblo toman la forma más radical y pura, encaminadas casi exclusivamente al cambio de la estructura social en la propiedad de la tierra. En consecuencia, el guerrillero «...ha de interpretar el deseo de los campesinos: ser los propietarios de la tierra»...

Un poco más adelante, Guevara confirma el postulado: «Cualquiera que sea la estructura ideológica que anima la lucha, la aspiración a la propiedad de la tierra constituye la base económica.»

Este corto párrafo tiene una importancia excepcional. Considérese bien: los fundamentos ideológicos de la revolución tienen una importancia relativa, si es que tienen alguna; incluso parece quedar implícita la idea de que tales fundamentos no tienen por qué ser forzosamente los del marxismo. Lo importante es el fin perseguido por la revolución, que no es otro sino la transformación agraria.

Marxista por propia deducción

En octubre de 1960, habiendo transcurrido casi dos años desde el triunfo de la revolución, la revista Verde Olivo publica un artículo del «Che» titulado Notas para el estudio de la ideología de la revolución cubana. Este texto marca el paso definitivo de su autor al campo del marxismo. Aunque se trate, quede bien entendido, de un socialismo con muchas notas que le diferencian de la dogmática ortodoxa.

Desde el comienzo del trabajo adopta Guevara una posición ecléctica cuando dice que la cubana es «una revolución singular», que muchos entienden «no se ajusta a una de las premisas de lo más ortodoxo del movimiento revolucionario, expresada por Lenin así: “Sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario”». Guevara niega de modo puro y simple dicho principio leninista; entre teoría y empirismo se queda con el segundo:

«... La revolución puede hacerse si se interpreta correctamente la realidad histórica y se utilizan correctamente las fuerzas históricas que intervienen en ella, aún sin conocer la teoría.»

El afortunado experimento cubano demuestra, según Guevara, cuan innecesaria es la teoría como fundamento necesario de la revolución, puesto que en Cuba «los actores principales no eran exactamente teóricos». Es más: aquellos «actores principales» —por supuesto, los guerrilleros— de acuerdo con el contexto del artículo que comentamos, sólo tomaron conciencia del fenómenos social en que se hallaban inmersos después de muchos meses de lucha en la Sierra. De ahí, que la revolución cubana presente dos etapas perfectamente definidas: antes de 1959 y después de dicho año; es decir, antes y después del triunfo. Pero una y otra etapa, la de la lucha armada sin objetivos político-sociales concretos, y la de la transformación social decidida a posteriori, que se suceden cronológicamente, son partes inseparables del fenómeno total revolucionario.

A continuación, Guevara formula su declaración de fe marxista; pero de un marxismo podría decirse que genérico; es aquel párrafo del símil físicobiológico mencionado ya, en el que viene a decir que es marxista porque un revolucionario no tiene más remedio que serlo, al igual que los peces deben saber nadar entre dos aguas, so pena de no ser peces. Pero, según Guevara, un marxista, para serlo auténtico, debe saber elegir su camino revolucionario en la intrincada selva de los hechos sociales que le rodean, sin confiar en que dogmas y teorías puedan servirle de guía:

«(Marx) interpreta la historia, prevé el futuro; pero además de preverlo, donde acabaría su obligación científica, expresa un concepto revolucionario: no sólo hay que interpretar la Naturaleza, es preciso transformarla.»

¿Cómo llegar a esta transformación? Del modo más eficaz posible. Ahora bien: Guevara cree que la forma más eficaz es lanzarse al campo, metralleta en ristre, para luchar contra la tiranía. Por lo menos, será un camino más entre los muchos que conducen a Marx:

«Nosotros, revolucionarios prácticos, iniciando nuestra lucha, simplemente cumplimos leyes previstas por Marx el científico, y por ese camino de rebeldía, al luchar contra la vieja estructura del poder, al apoyarnos en el pueblo para destruir esa estructura, y al tener como base de nuestra lucha la felicidad de este pueblo, estamos simplemente ajustándonos a las predicciones del científico Marx.» Eso, aunque los guerrilleros no se hayan propuesto un fin social concreto.

Resulta extraño que los pontífices del dogma ortodoxo hayan llevado al índice de las herejías ese principio táctico del «Che», cuando del mismo tantísimo provecho hubieran podido sacar: Con lo que afirma Guevara, el acomodaticio método de los «compañeros de viaje» queda elevado al rango de precepto; los aliados temporales en la lucha por el asalto al poder quedan elevados al rango de auténticos seguidores de Marx, pese a que ellos mismos lo ignoren. Cuando en el proceso revolucionario, la fase de la transformación económica y social suceda a la estrictamente militar, los «compañeros» habrán de adaptarse a las nuevas exigencias, y quedará justificada la eliminación de los refractarios, puesto que su oposición a los nuevos objetivos significa que traicionan su anterior inconsciente marxismo.

El Guevara de Sierra Maestra combate la tiranía sin pensar gran cosa en el sistema que haya de sustituirla.

Después del triunfo, se va paulatinamente deslizando hacia el marxismo; hacia un marxismo desde luego muy sui generis. En su evolución, el «Che» sigue la misma marcha que el propio régimen cubano: Fidel Castro sólo declarará sus convicciones comunistas a finales de 1960; prácticamente al mismo tiempo que «Che» Guevara.

Queda por ver hasta qué punto la evolución político-social de los hombres que conducían la revolución cubana fue determinada por un proceso de reflexión anímica o forzada por las circunstancias.


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Che Guevara
de Colección Grandes Biografías


Introducción

VARIAS explicaciones han sido dadas a posteriori al hecho de que un movimiento insurreccional cuyas fuerzas se reclutaban entre la juventud intelectual y burguesa terminara tomando una dirección paladinamente marxista. Se ha dicho que Fidel Castro era desde siempre un cripto-comunista que sólo con fines tácticos disimulaba sus convicciones; que siendo un mero reformador nacionalista se dejó dominar por Guevara, acérrimo comunista de siempre introducido en la insurrección mediante la clásica maniobra del caballo de Troya...; y por fin, que el régimen cubano evolucionó por la fuerza de las circunstancias, y en especial, a causa de la ruptura de Castro con los Estados Unidos, hábilmente aprovechada por la Rusia soviética.

Radicales y moderados

A nuestro entender, esta última versión es la que mejor se ajusta a los condicionamientos históricos del momento. Antes de que cayera Batista, sin duda hubieron de producirse roces entre los elementos integrados en la rebelión; conflictos entre los guerrilleros y los sectores ciudadanos del Movimiento del 26 de julio, y luego con los comunistas, aliados de última hora. Después del triunfo es cuando aquellas diferencias, mantenidas hasta entonces en tono menor, adquieren virulencia. La cuestión estribaba no en saber «lo que debía hacerse» sino en «quién lo haría». En definitiva: surge la inevitable lucha por el poder.

No creemos que Fidel Castro fuese un cripto-comunista que disimulaba su condición de tal; tampoco que se dejara seducir por Guevara, el «marxista de siempre». Pese a lo improbable de tal veteranía marxista, el examen de los hechos parece venir a demostrar que Guevara precedió a Castro en su evolución hacia la doctrina marxista —si bien muy «personalmente» interpretada.

Allá por 1964, Ernesto Guevara escribe un prólogo para el libro de Castro El partido marxista leninista. Hablando de las tendencias que se oponían dentro del campo insurrecional, dice:

«El ejército rebelde —es decir, los guerrilleros— ya es ideológicamente proletario y piensa en función de clase desposeída; el Llano —dicho en otras palabras: los que luchaban en las ciudades— todavía sigue siendo pequeño-burgués, con futuros traidores en su dirección, influenciados por el medio en que se desenvuelven.»

Dejando a un lado la consideración de que allá por 1964, tanto Guevara como Fidel, cerrada su fase de evolución, necesitaban «hacerse» un historial marxista, si se considera el proceder de uno y otro en los meses que siguieron al triunfo de la revolución, Guevara sería el «guerrillero ideológicamente proletario» y Castro el exponente del «llano pequeñoburgués».

A lo largo de 1959 y gran parte del 60, Fidel Castro, ya Primer Ministro, reitera sus declaraciones de fidelidad al liberalismo y a la democracia. En su actitud templada, sin duda recela de aquel a quien todos consideran como «el más a la izquierda de sus colaboradores». Es por ello probablemente que decide tenerlo por algún tiempo alejado de La Habana, enviándolo a visitar países en misión de propaganda.

El 9 de febrero de 1959, Urrutia, jefe provisional del nuevo Estado, reconoce públicamente los méritos contraídos por el luchador argentino concediéndole la nacionalidad cubana. Entretanto, Guevara no ha sido designado para ningún puesto dentro de la Administración civil; sus funciones siguen limitadas a las de un comandante de las Fuerzas Armadas.

Fidel Castro desarrolla una política contemporizadora, procurando atraerse a la opinión templada, tanto en el interior como fuera del país; el Gabinete incluye a cinco representantes de los partidos centristas, y su presidente procura no imponer ninguna reforma que pueda irritar al todopoderoso vecino yanqui, de cuyas compras de azúcar depende toda la economía cubana.

En abril de 1959 las relaciones con los Estados Unidos parecían medianamente satisfactorias; Castro es invitado a visitar el país por la Sociedad de editores de periódicos de los Estados Unidos. Aquella visita es origen de los primeros roces: En las conferencias públicas que pronuncia, en sus entrevistas con el vicepresidente Nixon y con el secretario de Estado Christian Herter, Castro revela ciertos aspectos de la orientación que piensa dar a la economía cubana. La opinión y los gobernantes americanos sienten que una grave amenaza se cierne sobre los intereses yanquis en la isla. La situación se hace tensa.

El 2 de mayo siguiente, Fidel acude a Buenos Aires y ante la Comisión Interamericana para la Lucha contra el Subdesarrollo, propone que los Estados Unidos aporten una ayuda de treinta mil millones de dólares. El subsecretario de Estado Douglas Dillon responde que ni se debe pensar en tal colosal cifra. Los demás gobiernos latinoamericanos no apoyan a Castro y éste se retira ofendido con todos ellos.

Fidel toma la revancha dos semanas después: el 17 de mayo promulga en Sierra Maestra la ley de reforma agraria. En ésta se fija un límite de cuatrocientas hectáreas a los propietarios agrícolas.

Surge la crisis; en el Stock Exchange de Nueva York se desploma la cotización de los valores azucareros cubanos y en las grandes cadenas de periódicos aparece por primera vez el nombre de Castro con el sambenito de «agente del comunismo internacional». En Cuba dimiten los cinco ministros que representan a los partidos moderados.


USA arroja a Cuba en manos de la URSS

En medio de tan alarmante situación, Ernesto Guevara contrae un segundo matrimonio. Esta vez la esposa se llama Aleida March y es cubana. Ningún biógrafo del «Che» aclara si había fallecido su primera mujer legítima, Hilda Gadea, o bien había sido disuelto el matrimonio en el que interviniera Raúl Castro como padrino. Resulta lícito el suponerlo así, dadas las facilidades existentes en Méjico para la disolución del vínculo matrimonial.

El día 13 del mismo mes inicia un largo periplo propagandístico a través de los países afroasiáticos. Visitará la R.A.U., el Japón, Indonesia, Ceilán, el Paquistán, Marruecos y Yugoslavia.

El hecho de que haya transcurrido tan poco tiempo desde la boda, es generalmente interpretado como prueba de que Fidel haya impuesto el viaje temeroso, al parecer, de la presencia en Cuba de un colaborador «demasiado izquierdista», y por lo mismo, competidor cualificado cuando el propio Castro ha iniciado su «giro hacia la izquierda».

Durante la ausencia de Guevara se van ahondando las diferencias entre Fidel y los elementos moderados que hasta entonces le apoyaron. El 30 de junio deserta y huye a los Estados Unidos el comandante Díaz-Lanz, jefe de las Fuerzas Aéreas de Cuba. En Washington comparece ante la Subcomisión de Seguridad Interior del Senado y es escuchado por los altos dirigentes de la C.I.A. Díaz-Lanz afirma que Castro se halla dominado por los comunistas.

En el mes de julio, la oposición derechista cubana desencadena una violenta campaña contra Fidel Castro. Este decide jugarse el todo por el todo en un lance arriesgado: presenta la dimisión y acusa públicamente al presidente Urrutia de torpedear los planes del Gobierno. Gracias a sus ahora fieles aliados comunistas, la jugada sale a Fidel perfecta; estalla una huelga general en apoyo del dimitido presidente del consejo. Es Urrutia quien abandona su puesto: le sustituye en la presidencia de la república Osvaldo Dorticós, un abogado que simpatiza con el marxismo. El 26 de julio, Fidel, ante más de 600.000 obreros y campesinos, pronuncia una de sus interminables peroratas. Alardes oratorios y diatribas aparte, lo importante del discurso es la parte donde Castro declara que «se somete a la unánime voluntad expresada de modo tan inequívoco por el pueblo»: retirará la dimisión y se mostrará «muy resignado» a seguir al frente del Gobierno.

Cuando el 7 de septiembre, después de tres meses de ausencia, Guevara vuelve a Cuba, la posición de Fidel Castro se halla sólidamente asentada. La revolución ha encontrado a su jefe indiscutible.

En el campo internacional también era firme la posición de Castro.

Los Estados Unidos habían declarado con excesiva premura el boicot económico de la isla. Cuba,, país de monocultivo, depende casi en absoluto (más bien sin casi), de sus exportaciones de azúcar. Hasta entonces, los Estados Unidos venían sosteniendo la economía del país comprando todos los excedentes, aunque no tuvieran necesidad de la mercancía. Con un criterio excesivamente simplista, los gobernantes de Washington pensaron que bastaría con interrumpir las compras para conseguir la rendición de Cuba por hambre. Pero a ocho mil kilómetros de distancia surge una mano amiga que hará salir a Castro del atolladero. No en vano los soviéticos han convertido la palabra drujchba (amistad) en uno de sus «slogans» favoritos; aunque, naturalmente, se cuidan mucho de precisar que no todos los amigos son desinteresados.

De cualquier forma, el 30 de septiembre de 1959, Fidel Castro puede anunciar en tono, triunfal que la Unión Soviética comprará trescientas treinta mil toneladas de azúcar cubana; lo suficiente para endulzar todo el inmenso ex imperio de los zares.

Fidel Castro puede respirar tranquilo. Se ha disipado el peligro de muerte por asfixia económica con que le amenazaba Washington. Pero hay favores que se pagan, y a muy alto precio por cierto. Tan alto, como el importe de la factura que presentan los soviéticos a su nuevo protegido.

Fidel quería liberar a su país del monopolio económico ejercido por su poderoso vecino yanqui. Pero, a fin de cuentas, sólo conseguiría sustituir la vieja servidumbre por otra de nuevo cuño. El dirigente de la revolución cubana pensará quizá que los amigos y la familia, cuanto más lejos, mejor. Por otra parte, si hay un adversario que amenaza y un aliado que ofrece ayuda, la elección es bien sencilla. Ante igual opción, cualquier estadista digno de tal nombre hubiese obrado como Fidel Castro.

Bien puede decirse que éste es el momento, en que la revolución cubana pierde su carácter de rebelión nacional. Este es el momento en que sus dirigentes: Fidel Castro, «Che» Guevara, Dorticós, Roa y tantos otros, descubren su vocación por el marxismo. A partir de entonces, todos y cada uno de los protagonistas descubrirán en sí mismos una veta de teorizante doctrinario. Todos resultarán marxistas tan convencidos como el propio Lenin, o más aún. Pero se da un hecho incontrovertible: toda la literatura doctrinal salida de aquellas plumas es posterior a la «volte face» del régimen cubano al romper con los Estados Unidos y aparecer en escena el nuevo aliado soviético. Ello es aplicable tanto a Guevara y a Fidel Castro, como a cualquiera de los dirigentes surgidos de la revolución, salvo aquellos que, incorporados a ella en el último instante, pertenecían ya de antes al PSP.

Al frente del Banco Nacional

Cuando Guevara vuelve a Cuba en septiembre de 1959, afianzado Castro en el poder y disipado todo peligro de competencia, el jefe, ahora indiscutible, no piensa por un momento en prescindir de su valioso colaborador. El 7 de octubre Fidel anuncia que Guevara se hace cargo del departamento industrial del I.N.R.A. (Instituto Nacional de la Reforma Agraria). Apenas transcurrido mes y medio, Castro le confía un puesto de mayor responsabilidad aún: la dirección del Banco Nacional de Cuba.

Resultaría interesantísimo saber cómo se las manejaba Ernesto Guevara durante su fase de aprendiz en un sector tan complicado y árido como es el de la economía. No habrían de faltar anécdotas sabrosas, puesto que las características humanas de nuestro personaje, opuestas en absoluto a todo lo que pueda significar burocracia u ordenancismo, debieron llevarle a dar un enfoque original a sus métodos de trabajo y a sus relaciones con los subordinados. Por desgracia, el rico material biográfico relativo a esta época, que sin duda existe, seguirá siempre bajo el secreto del sumario, puesto que la propaganda oficial habrá cuidado de no tenerlo al alcance de la pública curiosidad.

Sin embargo, Luis Simón destaca un rasgo muy singular del Guevara tecnócrata en ciernes: El violento golpe de timón aplicado por Fidel a la revolución cubana no logró disipar del todo el recelo que ya en Sierra Maestra inspiraba al «Che» los miembros del PSP. Nos dice Simón que a comienzos de 1960 Guevara le otorgó facultades especiales como «delegado personal» suyo, «para que eliminase a determinados comunistas de algunos centros...» El recién nombrado Presidente del Banco Nacional atribuye a los comunistas la intención de «poner a la administración revolucionaria en contra de la masa obrera, y a la masa obrera en contra de la administración». En otra ocasión, «calificó a los comunistas de “oportunistas de izquierda” y les increpó diciéndoles que el procedimiento que estaban empleando no era el más adecuado para apoyar la revolución».

Parece como si Guevara y Fidel hubieran cambiado sus respectivos papeles. El antes moderado Castro confía de modo pleno en los comunistas, en tanto que «su colaborador más extremista» se muestra reacio a colaborar con ellos.

Salvo la natural desconfianza que puedan inspirar las aseveraciones de un testigo, el hecho en sí sólo demostraría que Fidel Castro era más fino maniobrero que Guevara, más «político».

Cuando Ernesto Guevara es llamado a desempeñar importantes funciones en el campo económico, no se llama a engaño: su ignorancia en materia de economía es enciclopédica y él no disimula. Cuando ya llevaba cierto tiempo en el desempeño de sus funciones técnicas, un periodista latinoamericano le preguntaba por los errores que podía haber cometido. Guevara le responde:

«Habrán de ser solamente algunos (...). Si cuento todos los errores, tenemos para diez días.»

Guevara penetra en el desconocido terreno con su proverbial intrepidez. Pero también cuida de colmar las lagunas, o por mejor decir, la inmensa laguna de su ignorancia. «A comienzos de 1960 —nos dice Simón— estudiaba teoría combinatoria, cálculo de probabilidades y análisis matemático aplicado a la economía. Estudiaba la economía cubana intensamente, y tenía al alcance de la mano el texto de Alienes Urosa y los informes de la “Foreign Policy Academy” y la Misión Truslow...»

Los problemas que ha de afrontar Guevara hubieran arredrado a un consumado estadista. Con auténtico espíritu guerrillero, el «Che» arremete contra ellos cual si se tratara, según la expresión puesta de moda por Mao Tse Tung, de inofensivos «tigres de papel». El decreto nombrándole Presidente del Banco Nacional le hacía virtualmente responsable de toda la actividad económica cubana. En un piélago de cotidianas dificultades, he aquí los tres escollos mayores que Guevara tendrá que sortear en el curso del año 1960 que comienza.

Ante la noticia de que el azúcar cubano tiene, por voluntad de Eisenhower, definitivamente perdido el mercado americano, todo lo que hace Guevara es decir que así los campos quedan mejor delimitados, y más completa la independencia de Cuba frente a los Estados Unidos.

Frente a las empresas propietarias de las refinerías reacias a trabajar para el Gobierno, el contragolpe del «Che» resulta demoledor. El 17 de junio anuncia un plan de promoción industrial para la isla, y dentro del mismo, la nacionalización de las instalaciones petrolíferas.

Con respecto a la retirada cubana del Banco Mundial, Guevara le quita importancia: si bien admite que será necesario restringir las importaciones para conservar las reservas en divisas, añade que los cubanos están acostumbrados a mayores sacrificios y que en ningún caso —esto lo afirma en presencia del embajador americano Bonsal— se hallan dispuestos a ceder en lo más insignificante con el fin de atraer capital extranjero.

Coincidiendo con el acuerdo de Eisenhower cortando en seco las importaciones de azúcar cubano, se presenta en La Habana el enviado soviético Anastasii Mikoyan. Trae muchas promesas de ayuda para el programa de «industrialización» al que por entonces Guevara está dando vueltas en su mente y cuya producción «algún día» —un día que se pierde en las brumas del futuro— podrá sustituir a lo que antes venía del extranjero (léase Estados Unidos). Pero Mikoyan también trae algo positivo en sus alforjas de viajante político: un préstamo de cien millones de dólares, a largo plazo y con bajo interés.

Habida cuenta de las ingentes necesidades cubanas, la cifra prestada resulta casi ridicula (recuérdese que Fidel exigía de los Estados Unidos treinta mil millones, a repartir entre los países iberoamericanos más necesitados). Por otra parte, ni Fidel ni su ejecutivo Guevara debieran ignorar en lo que suelen consistir tales préstamos, cuando el prestamista es la Rusia soviética. Cuba necesita por encima de todo bienes de equipo; pero de dichos bienes también precisan los soviéticos, para satisfacer sus propias necesidades y la creciente demanda de los países afroasiáticos. Por lo tanto, Cuba recibirá, de modo preferente, lo que a Rusia le sobra en cantidad: armamento pesado; cazas «Mig», tanques y artillería..., que maldita la falta que le hacen a Cuba, puesto que de poco iba a servirle si acaso surgía un conflicto de verdad con el poderoso vecino yanqui. Petróleo, sí; alguno llegará, pero muy tasado y medido, porque la producción rusa no admite parangón con la americana.

Es evidente que los Estados Unidos, en los tiempos de «inicua explotación», cuando cargaban con el santo y la limosna de la economía cubana, llegada la hora de las compensaciones mostrábanse más generosos. Pero el modestísimo crédito soviético es mejor que nada, y sobre todo, tiene el valor de un símbolo: el régimen castrista «ya no se siente solo».

Aquel primer empréstito de gobierno a gobierno tendrá grandes consecuencias en todos los campos de la política oficial cubana. Cuando en septiembre de 1960 se reúna la Asamblea General de las Naciones Unidas, Cuba se alineará en el área de los países socialistas. Aquel mismo mes, Castro establece relaciones diplomáticas con la China Popular y con el gobierno de Corea del Norte.

Las repercusiones dentro de la propia isla serán de igual trascendencia. En un famoso discurso Fidel declara, ya sin circunloquios y empleando términos absolutamente ortodoxos, que Cuba es una «democracia popular» que se propone «construir el socialismo» por las vías del marxismo-leninismo.

Entre el modelo ruso y el chino

Guevara no será menos. El 21 de octubre abandona el país en misión comercial. Al frente de la delegación que le acompaña, visita Checoslovaquia, la Unión Soviética, la China Popular, Corea del Norte y Alemania Oriental. Muy en su papel, en todas partes discute y firma tratados. En Praga, suscribe con Novontny un pacto de comercio y de intercambio cultural. En Moscú logra «colocar» a Mikoyan tres millones de toneladas de azúcar; la cantidad decuplica las trescientas mil toneladas pregonadas con tanto bombo por Fidel un año antes; además consigue arrancar al estadista ruso la promesa de que los soviéticos «asegurarán la entrega de aquellas mercancías vitales para el país, que Cuba no puede conseguir en otra parte». En Pekín, donde permanece dos semanas, Guevara mantiene varias conversaciones con Mao y firma un tratado de cooperación económica y un acuerdo de asistencia científica y técnica.

A la vuelta del fructífero viaje, se observa que Guevara, después de haber visto de cerca los experimentos y logros de tantos países socialistas, no parece haber sacado una conclusión definitiva. Según Simón, «los cambios de actitud y conducta del “Che” tomaron un sesgo contradictorio e inseguro».

Sin duda le ha impresionado el enorme potencial de la URSS, conseguido, según los dirigentes soviéticos, gracias a que el país pudo laborar en paz dentro del sistema de «coexistencia» con los Estados no-socialistas inaugurado por Kruschev. Aquella favorable impresión debía dictar las palabras que pronunciaba Guevara el 11 de diciembre de 1960:

«Cuba debe seguir el ejemplo de desarrollo pacífico dado por la URSS.»

Pero en la China Popular había podido contemplar otra versión del comunismo, que también estaba consiguiendo la transformación interna desde unas condiciones iniciales que, salvadas las inconmensurables diferencias de espacio territorial y volumen de población, eran semejantes a las de Cuba, país agrícola y aislado internacionalmente:

«China vive actualmente la misma parte de su historia revolucionaria que Cuba: todo el mundo se muestra pleno de entusiasmo, todo el mundo trabaja horas suplementarias, todo el mundo se interesa en la producción, en elevar la producción.»

Por lo demás, China mantiene una tesis revolucionaria que se opone a la doctrina teórica y a las tácticas preconizadas por la URSS: la revolución marxista no es cosa de sociedades industrializadas sino de pueblos subdesarrollados. Además, la revolución no aparecerá por generación espontánea mientras se «coexiste» pacíficamente con los países no-socialistas. Por el contrario, la simiente revolucionaria debe ser introducida fraudulentamente y por la violencia en todos los terrenos sociales que hagan propicia su fructificación.

Aquellas opuestas impresiones determinarán el carácter «contradictorio e inseguro» de la postura que adopta el «Che» a partir de 1961 y que destaca su biógrafo Simón. Comunista se mostrará, y de los más acérrimos, tanto en sus escritos como en sus actos. Pero comunista «contradictorio»:

Guevara intentará transformar la economía cubana de acuerdo con los módulos soviéticos, y después de muchas indecisiones y cambios de frente acabará fracasando en su empeño. Lo cual probablemente hubiera ocurrido también de haber seguido el patrón chino. Por el contrario, sus ideas en cuanto a la misión mundial de la revolución han sido tomadas de Mao y Chu En Lai.


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Che Guevara
de Colección Grandes Biografías


Introducción

EL 3 de enero de 1961 se produce la ruptura de relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos. El día 20 de aquel mes ha de tomar posesión el nuevo Presidente, John F. Kennedy, cuya tendencia progresista es notoria. Con aquella ruptura de relaciones parece que Eisenhower desea poner a su joven sucesor ante un hecho irreversible.

Pese a que el embajador Bonsal hubiese abandonado su puesto en La Habana, la Cuba revolucionaria seguía pensando que después del inminente relevo en la Casa Blanca podían mejorar las relaciones con Washington; incluso parecía observarse una tácita tregua en la pequeña guerra diplomática y radiofónica sostenida por el pequeño David del Caribe y el colosal Goliath yanqui.

La esperanza Kennedy no está garantizada

Sin embargo, los escasos viajeros que se trasladan desde el aeropuerto de Rancho Boyero a la capital cubana en un autobús de las líneas aéreas, pueden comprobar el clima de tensión que reina en el país. Sin cesar pasan camiones militares con su carga de soldados en uniforme de campaña. Ya en la ciudad, el autobús se cruza con un destacamento de la milicia femenina.

Ricardo Rojo, el viejo camarada de aventuras y amigo del ahora todopoderoso Ernesto «Che» Guevara, es uno de los viajeros a quienes sorprende todo aquel aparato militar. Acaba de llegar de Alemania, vía Nueva York-Miami, después de renunciar al puesto diplomático en la embajada de Argentina en Bonn que para él había conseguido su protector Frondizi. La curiosidad que a Rojo inspiraba la experiencia político-social cubana y la nostalgia del turbulento compañero que en diciembre de 1955 había dejado en Méjico, pudieron más en él que los placeres y tranquilidad de la vida diplomática en el viejo continente.

Rojo había pedido que le reservaran habitación en el Hotel Nacional; precaución innecesaria, pues el hotel está semivacío. En cuanto ha tomado posesión del cuarto que le asignan, extrae su agenda para comprobar un número de teléfono que le facilitó en Bonn cierto periodista argentino; es el de la línea directa que comunica con el despacho del Presidente del Banco Nacional.

Ricardo tiene ya en la mano el auricular del aparato, cuando se acuerda de que su amigo periodista le ha dicho que Guevara no suele acudir a su despacho hasta pasado mediodía. Son las diez de la mañana; tendrá, pues que dejar pasar aquellas horas sobrantes.

Al fin marca el número. En el otro extremo de la línea no contesta la voz impersonal de una secretaria, sino la de alguien que, por el tono impaciente revela ser hombre importante y habituado a mandar:

—¿Quién es?

—«El Francotirador», que visita con carácter oficial a su amigo «El Chancho» —responde Ricardo Rojo.

A través de micrófono llega el eco de una exclamación de sorpresa, seguida luego por una estentórea carcajada. Rojo acababa de exhumar del olvido los motes que se daban los dos amigos en el curso de sus vagabundas correrías.

El despacho de Guevara se hallaba en un edificio enorme, construido en los últimos tiempos de Batista, y cuyo destino, que no llegó a verse cumplido, era dar albergue a las dependencias del Ministerio de la Guerra. Guevara ocupaba una serie de habitaciones comunicadas entre sí en uno de los últimos pisos. La sala de mayor capacidad había sido habilitada como cuerpo de guardia para la escolta personal del «Che», formada por veteranos de Sierra Maestra. Resulta fácil imaginar el efecto que aquellos tipos barbudos, que no habían perdido ninguno de sus hábitos guerrilleros, ni tan siquiera el «olor a miliciano», debían producir en los acicalados funcionarios y potentados banqueros europeos que visitaban a Guevara.

La cálida recepción del «Che» demostró a Rojo que al camarada de aventuras no se le había subido a la cabeza su nueva situación, y que pese a los cinco años transcurridos, conservaba vivos los afectos:

—¡Hombre! Llevaba no sé cuánto tiempo esperándote. ¿Dónde te habías metido?

Cuando Guevara supo que Ricardo había hecho una escala de tres semanas en Nueva York antes de proseguir su viaje hacia La Habana, quiso conocer cuáles habían sido las reacciones del hombre de la calle americano al producirse la ruptura de relaciones diplomáticas con Cuba. Ricardo Rojo le explicó que la opinión pública yanqui estaba convencida de que por parte de Cuba podía esperarse lo peor; incluso que la Isla sirviera como trampolín para un ataque soviético. Guevara escuchaba en silencio, sin dejar por un momento de aspirar el humo de un enorme cigarro.

Ricardo prosiguió explicando que había tenido una larga entrevista con Joseph Newman, periodista del New York Herald Tribune, especializado en asuntos de América Latina. Al enterarse Newman de que Rojo pensaba ir a Cuba, sometió al viajero a un interrogatorio en regla, pese a que las respuestas de Ricardo sólo podían tener el valor de meras hipótesis. Quiso conocer su opinión en cuanto al real entusiasmo de las masas por el régimen castrista; si pensaba que un desembarco parecido al de Playa de las Coloradas, pero de signo contrario, era susceptible de provocar un levantamiento popular contra Fidel. El periodista americano, que acababa de realizar él mismo una gira por Cuba, confesó que tal eventualidad le parecía muy improbable.

Al fin Guevara rompió su prolongado silencio. No compartía el optimismo de aquellos que confiaban en el relevo de Presidente en los Estados Unidos. En La Habana se tenía información muy exacta respecto a cómo andaban los planes de invasión. En Guatemala, por ejemplo, la instrucción del cuerpo «mercenario» —así lo llama el «Che»— iba muy adelantada. Guevara tiene a Kennedy por hombre de buena fe y no le cree partidario de aventuras «imperialistas»; pero el quid de la cuestión está en averiguar hasta qué punto el nuevo Presidente se muestre dispuesto a sacrificar parte de su ascendiente, oponiéndose a una opinión pública removida por las falsedades que difunden los «plutócratas» de Wall Street. Piensa Guevara que si cupiera la esperanza de convencer a los Estados Unidos, por el modo que fuese, antes de que aquellos iniciaran la aventura, ese «modo» tendría que ser intentado por Cuba. Pero las circunstancias que concurrían en el momento no dejaban casi margen a la esperanza.

—Quizá Betancourt lleve razón —prosiguió el «Che»— cuando dice que hay unos Estados Unidos «buenos» y unos Estados Unidos «malos», y que la suerte de América latina depende de cuáles al fin dominen. Pero en tanto la masa obrera del país no adquiera conciencia de la clase y los negros no organicen su rebelión, los intereses económicos yanquis seguirán predominando.

El guerrillero «Che» sigue en activo

Ricardo Rojo no es el único amigo de entre los «viejos» que Guevara reencuentra por aquellos días. Cuando el país entero vive inmerso en un clima de angustiosa espera, cuando la inquietud de los que confían en la revolución y la esperanza de sus adversarios casi toma la forma de dolor físico, el «Che» busca en la amistad de los incondicionales un refugio donde librarse por unas horas de su zozobra y de los quebraderos de cabeza que le suministran las dificultades de un trabajo para el que no está preparado. En la ciudad donde su palabra es ley indiscutida, donde sólo hay un hombre con poderes más amplios que los suyos, reanuda una costumbre de los felices tiempos de bohemia. Al filo de medianoche su gabinete de trabajo se abre para los íntimos; Guevara se quita los andrajos de la púrpura y se siente otra vez «El Chancho» de los años juveniles.

En la sierra de Escambray, provincia de Las Villas, antiguo escenario de las hazañas militares de la cuarta columna guerrillera y de su comandante Guevara, han aparecido unos nuevos guerrilleros, pera de color anticastrista. La prensa estadounidense habla de un verdadero ejército, millares de hombres perfectamente armados, que sólo aguardan el desembarco de los «liberadores» para pasar ellos mismos a la acción. Guevara, experto en la materia —mucho mejor conocida para él, desde luego, que la intrincada economía política— opina que los insurgentes «reaccionarios» no son más de doscientos. ¿Cifra despreciable? De ningún modo... El «Che» recuerda que los iniciadores de Sierra Maestra fueron doce. Primero eran una docena, luego un centenar, y al final, todo el país.

El Gobierno cubano andaba muy lejos de menospreciar aquel peligro todavía en estado latente. Quince mil milicianos gubernamentales rastreaban el país; casi el doble de los que Batista llegó a poner en línea contra la guerrilla revolucionaria. Y sin embargo, los guerrilleros de ahora, igual que los de antes, lograban escapar siempre del cerco.

¿Qué ocurriría cuando llegasen a desembarcar los «lacayos a sueldo de Wall Street»? Nadie podía vaticinarlo. El recuerdo de Arbenz y de Guatemala tenía forzosamente que acudir a la mente de Guevara y de Rojo. Ernesto juraba que, ocurriese lo que ocurriese, aquella vergüenza no se repetiría en Cuba. Con la gente de Arbenz él había perdido inútilmente la voz a fuerza de aconsejar que se constituyesen milicias rurales.

—Si aquellos pobres campesinos guatemaltecos hubieran sido instruidos a tiempo —afirmaba en tono amargo el «Che»—, ni Castillo Armas ni nadie, ni siquiera los yanquis, habrían logrado que su revolución abortase.

En Cuba las milicias campesinas ya se estaban formando e instruyendo. Guevara dirigía personalmente aquella labor. Los milicianos se mostraban aún luchadores deficientes, ni siquiera capaces de acabar con doscientos guerrilleros anticastristas. Pero Guevara les enseñaría. Todos acabarían siendo iguales a un soldadito de la cuarta columna cuyo’ rostro jamás olvidaría su comandante. Le habían quitado el arma como castigo por una falta leve.

Guevara le había dicho:

—Si quieres otro fusil, ve a primera línea y quítaselo al enemigo.

Después del combate, Guevara visitaba un hospital de campaña. De pronto, un brazo surgido de cierto bulto en sábanas ensangrentadas tiró de su manga; unos ojos, ya casi velados por la muerte le miraban, mientras una voz apagada musitaba:

—Comandante... Me habéis mandado a buscar un arma y la he ganado.

Por eso al ser nombrado Ernesto Guevara Presidente del Banco Nacional se había negado rotundamente a dejar su grado y destino en las Fuerzas Armadas. Por eso llegaba tan tarde a su despacho del Banco, casi siempre después de terminar alguna visita de inspección. Por eso había seguido un curso de pilotaje aéreo: en su avioneta «Cessma» podría visitar en menos tiempo más acantonamientos de milicianos.

En ocasiones Guevara deseaba que al fin se produjera el temido desembarco. Una espera prolongada podía resultar más peligrosa que la lucha franca con el enemigo. El «Che» no podía olvidar la desastrosa sicosis de invasión que había hecho presa el año 1954 en el pueblo de Guatemala y lo había dejado moralmente indefenso ante unas fuerzas atacantes irrisorias.

Por otro lado, no debía ni podía descuidar su responsabilidad como dirigente de la economía cubana; y no ignoraba que la tan traída y llevada invasión motivaba un alarmante descenso en los índices de productividad. Muchos obreros agrícolas e industriales habían abandonado su herramienta de labor para empuñar la de guerra: los que seguían trabajando, con tanta historia de invasiones no prestaban atención a lo que hacían.

«Si vamos a seguir en pie de guerra durante un año más —decía Guevara—, la producción habrá caído a nivel de cero. La revolución se habrá ido al garete sin que el enemigo haya tenido que disparar un. solo tiro.»

Luchar contra la sicosis de invasión... Resultaba más fácil proponérselo que lograrlo, cuando todos los ciudadanos de la capital podían distinguir en el horizonte, desde cualquier ventana con vistas al mar, la silueta negra y amenazadora de un acorazado de la Navy, avanzadilla de un poderío capaz de terminar en un abrir y cerrar de ojos con la revolución cubana y con Cuba misma.

Cuba no era Guatemala

Cuando el 16 de abril de 1961 se produjo al fin el acontecimiento tan temido por unos y tan deseado por otros, un «¡Oooh...!» desencantado brotó de todos los pechos ante el desastrado y súbito final de un espectáculo que se había anunciado con tanto alarde publicitario.

Como en una pieza de teatro en la que ninguno de los actores llevase aprendido el papel, apenas comenzada la obra, el escenario se convirtió en un pandemónium de despropósitos, y el empresario del negocio —Kennedy para el caso— hubo de ordenar correr el telón cuando apenas se había llegado a la mitad del primer acto.

No vamos a entrar en los detalles militares de la operación. Baste decir que unos millares de cubanos anticastristas, instruidos en campos de América Central, desembarcaron en la isla, bien provistos de armamento; incluso carros y artillería ligera. El desembarco debía realizarse bajo la protección de cazabombarderos que despegarían de un portaaviones americano, llevando los emblemas de la aviación cubana en las alas, y que debían simular procedían de bases en la isla sublevadas contra Fidel. Pero los aparatos no acudieron a la cita en el momento previsto. El comandante del portaaviones no había tenido en cuenta que el meridiano de Playa Girón y el del punto por el que cruzaba su nave correspondían a distinto huso horario. No previo que su reloj debía ser adelantado sesenta minutos. Cuando sus aviones aparecieron en el campo de lucha, con una hora de retraso, machacaron a los anticastristas que habían podido librarse hasta entonces del violento fuego gubernamental. No hubo «paraguas» aéreo y los desembarcados hubieron de soportar una violentísima reacción de las fuerzas castristas. Ametrallados desde el aire por la caza cubana (esta vez auténtica) y atacados desde tierra por las unidades blindadas y la artillería, los invasores, que apenas habían tenido tiempo de asentar sus plantas en la playa, hallábanse ya en situación desesperada.

Antes decíamos que ninguno de los actores tenía estudiado su papel; ello no puede aplicarse al «Che» y a sus milicias. Al primer atisbo de alarma Guevara ocupa su puesto de combate y lleva la dirección de las operaciones —que no eran simples encuentros de guerrilla— en el sector más peligroso. Su improvisada tropa se portó bizarramente; bien es verdad que disponía de abrumadora superioridad moral y material. De los invasores, apenas llegarían a dos centenares los que lograsen reembarcar y ponerse a salvo. Los otros, más de un millar, murieron o cayeron prisioneros. Las milicias proletarias, cuya real eficacia bélica tanta inquietud causaba en su comandante, demostraron que habían asimilado las lecciones recibidas.

Los fariseos se rasgan las vestiduras

En tanto nadie opone un «pero» al comportamiento militar de Guevara en los días de la crisis, de muchos vituperios ha sido objeto, por el contrario, en relación con el asunto del canje de prisioneros —aunque para ser más precisos habría que decir «de la venta».

De aquella operación de canje, convertida en negocio comercial, aparece Fidel Castro como patrocinador directo. Mas como máximo rector de la economía cubana, Guevara hubo sin duda de intervenir, y quizás incluso aconsejar.

Fidel propuso a los Estados Unidos la entrega de los prisioneros, pero señalando un fuerte precio de rescate por cabeza. El importe de la «operación» podían hacerlo efectivo los «compradores» en artículos que Cuba necesitaba con urgencia; en especial, medicamentos.

Los puristas del Derecho Internacional se rasgaron las vestiduras; aquel cambalache quebrantaba todas las normas del derecho de gentes, era traficar con carne humana, significaba una regresión a la barbarie medieval. Fidel Castro podía, según ellos, fusilar a los prisioneros o condenarlos a trabajos forzados a perpetuidad, puesto que se trataba de subditos cubanos, sometidos a las leyes del país. Considerados desde tal punto de vista, podía tratarse de un delito de alta traición. Pero ¡venderlos!... En pleno siglo XX resultaba inconcebible tamaña ofensa contra la dignidad del hombre.

Nos permitimos discrepar. Nos parece más piadosa la realista oferta de Fidel que todos los vituperios de los «humanitarios» Aristarcos. Si la idea fue de Guevara, piensa que en el balance total de sus aciertos y errores, la posteridad tendrá que llevar el apunte a la columna del «haber». A fin de cuentas, los Estados Unidos pagaron; los prisioneros recobraron la libertad, y Alberto Granados, junto con otros colegas médicos, pudo salvar la vida de muchos niños cubanos con la estreptomicina llegada de Norteamérica.


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Che Guevara
de Colección Grandes Biografías


Introducción

EL 21 de febrero de 1961, Fidel Castro asienta sobre nuevas bases la estructura gubernamental. Desaparece la banca privada y todas las actividades en ese campo son absorbidas por el Banco Nacional; pero disminuye la importancia de éste, ya que las cuestiones presupuestarias y de financiamiento pasan a depender del Ministerio de Hacienda. Se crea un nuevo departamento ministerial: el de Industria. Guevara es nombrado titular de dicho ministerio el 23 de febrero. En dicho puesto ejercerá las funciones que había desempeñado ya como Jefe del Servicio de Industria del I.N.R.A. y en el Banco Nacional, pero ampliadas y mejor definidas: movilización de la mano de obra, desarrollo industrial derivado de la reforma agraria, y control de todas las industrias nacionalizadas o de nueva creación: instalaciones petrolíferas, minería, etcétera, el Ministro dispondrá de facultades omnímodas.

En su nueva etapa gubernamental, Guevara tropieza con ingentes dificultades: escasez de manos útiles provocada por la movilización militar (el conflicto con Estados Unidos todavía no ha estallado) y carencia de un programa de planificación; por ejemplo: se ha recibido del Japón equipo para sesenta plantas industriales y el Gobierno no sabe qué hacer con él.

El «hombre nuevo» frente al «afán de lucro»

Al emprender su difícil tarea, Guevara se inspirará en una teoría de pura raigambre leninista: la del «hombre nuevo».

Allá por los primeros años 20, Lenin se dio cuenta de que algo fallaba en el andamiaje dialéctico de Carlos Marx. El socialismo era, según su creador, el sistema económicamente óptimo, por tratarse del único que utiliza racionalmente todos los factores que actúan dentro del proceso creativo de riqueza. Sin embargo, los bolcheviques comprobaban que al actuar las empresas de acuerdo con las normas socialistas, los índices de productividad bajaban verticalmente. Los críticos de Marx habían puesto ya de manifiesto la causa de aquella contradicción: Das Kapital omitía uno de los grandes incentivos que aceleran la productividad: el «espíritu de empresa», o por decirlo de una forma más cruda, «el afán de lucro».

Para colmar la laguna, Lenin concibe su teoría «del hombre nuevo»: la «construcción del socialismo» exige que el trabajador a todos los niveles sea movido por un estímulo más fuerte que la esperanza egoísta de una mayor ganancia. El «hombre nuevo» será estimulado sólo por la satisfacción de participar en la labor común. Mientras tal transformación del hombre no se produzca, la dictadura del proletariado no podrá relajar sus medios coercitivos.

Guevara se entusiasma cuando descubre la teoría. Expuesta por el «Che», parece mucho más efusiva y seductora que a través de los fríos esquemas de Lenin:

«El trabajo, y la floración de la juventud en el trabajo; esto es lo fundamental. El trabajo es una recompensa en ciertos casos, un instrumento educativo en otros, pero nunca un castigo. Con la nueva generación aparecerá una revisión radical del concepto de trabajo.»

Naturalmente, Guevara encaja su hallazgo ideológico en el sistema general de su filosofía guerrillera, para la cual más vale un ejemplo práctico que cien teorías abstractas. En cierta ocasión, el «Che» da por terminada prematuramente su tertulia nocturna:

—Vamonos a la cama —dice a Ricardo Rojo—. Mañana te espera un día duro. Está preparado a las cuatro y media.

En efecto: a dicha hora paraba frente al hotel donde Ricardo se alojaba un coche oficial en el que van el Ministro, su mujer Aleida y el médico Alberto Granados.

Cuando Guevara y sus acompañantes llegan a la plaza de la Revolución todavía no son las cinco. En el lugar había más de tres mil personas y la flota de autocares y camiones engalanados con banderas cubanas que debía transportar aquel gentío. Casi todo el mundo, mujeres y hombres, cubría sus cabezas con amplios sombreros de yarey; era un mundo formado por funcionarios y gente de las profesiones liberales, con sus esposas e hijos. La cosecha de caña estaba en plena sazón, había que recogerla y faltaban brazos. Los trabajadores voluntarios tendrían pues, que moverse mucho, para demostrar a los auténticos obreros del campo que todo aquello no era una bambalina propagandística.

A lo largo de los cuarenta kilómetros que separaban La Habana de las plantaciones elegidas, Rojo iba pensando que todo se desarrollaría de acuerdo con el patrón «latinoamericano»: El Presidente de la República o alguno de sus ministros trabaja a pleno sol durante algunos minutos, rodeado de reporteros gráficos. Luego, acompañado por numeroso séquito de funcionarios y periodistas, se refugia en algún lugar umbroso donde aguarda un opíparo refresco.

Con los machetes que sirven para cortar la caña, fueron distribuidos a los neófitos una especie de camisones de grosero lienzo cuyas largas mangas debían abotonarse a la muñeca. Rojo miró extrañado al Ministro:

—Nos asaremos de calor...

Guevara, con una luz de malicia en los ojos, respondió únicamente:

—Se ve que nunca cortaste caña...

En efecto: la caña suelta un polvillo impalpable que se introduce por los poros, levanta ampollas y es un martirio para los no habituados.

Las escépticas previsiones de Ricardo Rojo no se cumplieron: ni periodistas, ni elegante sombrajo, ni refrescos. Desde las seis a las once y media el Ministro cortó caña de azúcar, haciendo el trabajo de tres hombres. Luego, una prolongada siesta, como todos los demás. Y luego, desde las tres hasta las siete de la tarde, otra vez a cortar caña.

El «Che» aparecía radiante, como si al conjuro de su ejemplo hubiera surgido en Cuba el «hombre nuevo». Y en efecto, aquel que no tuviera en cuenta lo efímeros que suelen ser los arrebatos de colectivo entusiasmo, podía suponer que alboreaba una nueva Edad de Oro: jefes de sección y directores, codeándose con modestas secretarias y todavía más modestos ordenanzas; señoras elegantes gastando bromas a humildes mujeres del pueblo. En fin: toda una comunidad unida por el trabajo manual, con la gozosa satisfacción de cumplir un deber que a todos incumbía.

El éxito de aquella experiencia, así como el de otras parecidas, hicieron pensar al nuevo Ministro de Industria que la fórmula guerrillera en su versión laboral podía ser el remedio de todos los males que afectaban a la economía cubana. Fue creada la Orden de los «héroes del trabajo» y Guevara profetizó que cuatro años de masiva labor voluntaria transformarían en gran manera la faz económica del país.

Industrialización y pluricultivo

Durante la permanencia de Guevara en el Ministerio de Industria se observan dos etapas perfectamente definidas: desde 1961 a 1963, y a partir de dicho años hasta 1965. Esas dos etapas se pueden sintetizar en una sola cuestión: ¿Industrialización o caña de azúcar?

En el período 1961-63, la política económica de la isla, impulsada todavía por la euforia que siguió al triunfo revolucionario, se mueve bajo el signo preferencial de la industrialización..., o más bien del optimismo: creación de industrias que antes no j existían, pero sin descuidar el desarrollo agronó¡mico. En fin: el mejor de los mundos... Y unos brutales desengaños.

La primera decepción es motivada por la caña de azúcar. El plan para 1961 era de maravillosa sencillez: En los tiempos de Batista, la superficie cultivada era X; ahora se pondrían en explotación 130.000 hectáreas más de terreno; si a una hectárea corresponde un rendimiento Y, la zafra de 1961 habría de proporcionar (X + 130 000 x Y) toneladas de caña. Una simple regla de tres al alcance de un niño de siete años. Desgraciadamente, Guevara y sus consejeros verde oliva (color del uniforme guerrillero) no habían tenido en cuenta: Primero: un terreno recién roturado no rinde lo que una plantación en plena productividad. Segundo: la condenada ley del «afán de lucro», que mientras el seráfico «hombre nuevo» no surgiera de las lústrales aguas revolucionarias, seguiría ejerciendo su maléfica influencia.

En resumen: la zafra de 1961 fue un desastre, doblemente lamentable, porque por entonces Cuba ya disponía de mercados para el producto: toda el área socialista y el Tercer Mundo.

Mas para la indomable moral guerrillera el grave traspiés era una futesa. Además, tropezando es como se aprende a caminar. De modo que, si el monocultivo azucarero sólo daba quebraderos de cabeza y poco rendimiento, había simplemente que abandonarlo y tomar por caminos menos trillados. ¿Que se exportará menos azúcar? No importa: para cubrir su déficit en el comercio exterior, Cuba producirá lo que necesite. La reforma agraria se inspirará, por lo tanto, en la diversificación agronómica, y sobre la marcha será puesto en ejecución un ambicioso plan de desarrollo industrial.

Tan pronto como lo ha pensado, Guevara pone manos a la obra. El 15 de febrero de 1962 crea una Comisión económica para la reforma industrial y los maravillosos proyectos teóricos comienzan a darse como los hongos en un clima más propicio que el cubano.

La isla del azúcar y del tabaco va camino de convertirse, sobre el papel, en una nueva Bélgica o Checoslovaquia del Hemisferio Occidental. El guerrillero Ministro de Industria predice que ya en 1962 quedarán dobladas las cifras de producción eléctrica, y antes de 1965 las correspondientes al cemento. En la producción de acero (nula de momento) debe llegarse al medio millón de toneladas anuales. Se instalarán fábricas textiles con ayuda de la República Democrática Alemana, y astilleros navales, gracias a los técnicos polacos. Las refinerías de petróleo ya existentes serán ampliadas, y brotará de la nada una industria farmacéutica y otra de electrodomésticos (esta última, para que las amas de casa cubanas no tengan nada en absoluto que envidiar a las norteamericanas).

Si el optimismo guerrillero de Guevara no le permitía darse cuenta de que su frenético proyecto de industrializar el país en dos años era irrealizable, por lo menos le hacía ver que sólo el intento de ponerlo en marcha exigiría una severa política de centralización autoritaria. El 5 de junio de 1961 transcurrido apenas un mes y medio desde la malaventurada intentona de Playa Girón, el «Che» anuncia en un discurso que la lucha contra los solapados enemigos del nuevo orden económico obligará quizás a unificar todas las fuerzas revolucionarias en un partido único.

No se sabe si aquel globo de ensayo lo lanzó Guevara por iniciativa propia o de acuerdo con Fidel Castro. Empleando una terminología tenística, podría decirse que cada uno en su campo, económico y político respectivamente, parecen ambos empeñados en no «dejarse romper el servicio» de sus afirmaciones marxistas. Por fin, es Castro quien se lleva el gato al agua con un saque imposible de restar: su decreto del 3 de julio fusionando todas las organizaciones revolucionarias en un solo partido.

El control del nuevo P.S.P. (Partido Socialista Popular) a través de su apparat, actúa de freno para las alegres improvisaciones guerrilleras del Ministro de Industria; pero se muestra igualmente ineficaz como remedio para los incurables males que derivaban de una industrialización sin sólida base.

En sus relaciones con el Partido, Guevara tenía que tascar el freno, so pena de pasar por «desviacionista» impenitente y ser descalificado políticamente. En alguna de sus declaraciones reafirma, como disciplinado militante, los grandes principios leninistas: centralismo democrático, discusión, crítica y autocrítica, lucha contra la rutina... Así, cuando en cierta ocasión se dirige a los futuros miembros del Partido:

«Somos capaces de analizar fría y objetivamente nuestro trabajo y criticarlo cuando no resuelve los problemas fundamentales, cuando caemos en el automatismo y conformismo, cada vez que deja de ser creador y vivo.»

Los ataques a la burocracia serán una válvula de escape para el inconformismo de Guevara. En sus discursos de la época, los males que al país acarrea el burocratismo aparecen como un fatigoso estribillo:

«(La juventud) debe declarar la guerra a todos los tipos de formalismo. (...) El joven comunista debe revelarse contra todo lo que sea injusto, quienquiera sea el responsable.»

«Hay que retirar (ciertas tareas) de las manos de la burocracia y encomendarlas a la masa trabajadora.»

«(El aparato político) en parte se ha convertido en trampolín para conseguir ascensos y llegar a los cargos burocráticos.»

El florilegio de diatribas podría extenderse hasta el infinito.

La solapada lucha Guevara-Partido sale a la superficie a mediados de 1963, al socaire de la calamitosa situación económica. La gestión del «Che» al frente del Ministerio de Industria es objeto de ataques cada vez más acerbos; justificados, la mayoría de ellos.

En el sector agronómico, el intento de conversión al pluricultivo había llevado a un estrepitoso fracaso, pero no tan grande como el de la planificación industrial.

En 1961 se había previsto la inversión de 850 millones de dólares en la instalación de nuevas industrias. El presupuesto cubría un período de cuatro años; pero en 1963 los créditos estaban prácticamente agotados, y sin embargo, el rendimiento de la producción seguía en continuo descenso. En aquel desequilibrio intervenían factores imputables unos al Ministerio de Industria y otros no: había que tener en cuenta la escasez de mano de obra cualificada y de cuadros técnicos, lo inadecuado que resultaba para las condiciones existentes en Cuba mucho del equipo y utillaje procedente de los países socialistas y las insuficiencias de la colaboración técnica que aportaban aquellos países: muchas veces llegaban las instalaciones, y meses después los que debían montarlas. En ocasiones ocurría de otro modo: llegaba puntualmente la maquinaria con sus montadores, pero los funcionarios cubanos del Ministerio no habían previsto siquiera dónde había que instalarla.

De nuevo el protagonismo del azúcar

Ante la caótica situación, el equipo dirigente acuerda someter a revisión la política económica en su conjunto. Guevara es el primero en reconocer sus errores y en aceptar que no se puede seguir adelante con el experimento de industrialización. Con absoluta sinceridad admite cuatro fallos fundamentales de su gestión: Haber descuidado el cultivo de la caña; no tener previsto que gran parte del equipo procedente de los países socialistas era inadecuado a las condiciones del país y a la idiosincrasia del trabajador cubano; confiar demasiado en las cifras muertas de la estadística; y haber empeñado capitales y esfuerzos en la fabricación de artículos que fácilmente se podían traer del extranjero.

La nueva orientación económica es conocida por el pueblo a través de una comunicación de Fidel Castro. El Jefe del Gobierno destaca que la decisión ha sido tomada por acuerdo unánime de todos los ministros (por lo tanto, también de Guevara). En un período de diez años, la economía cubana tendrá por base la agricultura: la exportación de sus productos servirá para financiar el plan de industrialización. El cultivo de la caña tendrá nuevamente la primacía: en 1970 tiene que llegarse a una cosecha de 10 millones de toneladas. Asimismo, se dará trato preferencial a la ganadería. Hasta 1970 habrá que prescindir de todas aquellas industrias no relacionadas directamente con la actividad agropecuaria.

El «Che» se somete; pero resulta evidente que no consigue dominar su complejo de fracaso. Cada vez irá mostrando menos interés por la economía y por los entresijos de la producción.

Pero el temperamento de Guevara está reñido con la inactividad. En su fuero interno había elegi do ya una misión más acorde con su talante aventurero: la difusión del credo revolucionario-guerrillero por todos los pueblos de la Tierra.

Comienza una nueva etapa trashumante para el incurable nómada. Pero en las próximas correrías no se darán las notas de pintoresca bohemia que fueron la salsa y la sal de su anterior peregrinar por tierras americanas. Antes viajaba «El Chancho»; ahora es el umversalmente célebre «Che»: un public relations de la revolución, injertado en diplomático.


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Che Guevara
de Colección Grandes Biografías


Introducción

EL «Che» había debutado en agosto de 1961 como embajador-viajante de la revolución. En aquella ocasión asistiría como representante del Gobierno cubano en la Convención de Punta del Este (Uruguay) que debía estudiar el ambicioso plan «alianza para el progreso» de John Kennedy. El plan consistía en ofrecer a los países iberoamericanos ayuda financiera y técnica, pero a condición de que todo el pueblo se beneficiase y no tan sólo las clases oligárquicas. Kennedy había pedido al Congreso la aprobación de un crédito inicial de quinientos millones de dólares. Poco popular en los medios políticos y financieros de Washington, la alianza fue prácticamente descartada por Johnson después del asesinato de Dallas.

No era la primera vez que Guevara se ausentaba de Cuba: en el verano de 1959 había recorrido los países afroasiáticos y en octubre del 60 los países de régimen socialista. Pero esas dos salidas no se deben contabilizar en su historial de propagandista revolucionario. La primera fue una especie de gira político-turística forzada por Fidel en su deseo de tener alejado a un eventual competidor durante la fase de lucha por el poder. La segunda, visita de cortesía y negocios a los regímenes amigos, podría decirse que no trascendió, pese a extenderse por medio mundo, de la esfera familiar socialista.

Después de la desgraciada intentona de Playa Girón, la influencia de los Estados Unidos en los países iberoamericanos había llegado a su más bajo nivel. Con su alianza por el progreso, John Kennedy pretendía reconquistar alguna de las posiciones perdidas. Con un loable criterio realista, los dirigentes de la Cuba revolucionaria, pese a que la fracasada invasión anticastrista hubiera justificado una postura de total rompimiento frente a los Estados Unidos, no quisieron desaprovechar la ocasión de reemprender, si las circunstancias se mostraban propicias, su diálogo con el poderoso vecino, en terreno neutral y al socaire de lo que parecía un gesto de buena voluntad por parte del Presidente americano. Por otro lado, los dos más grandes países iberoamericanos, el Brasil y Argentina, eran gobernados a la sazón por hombres de la nueva ola progresista: Quadros y Frondizi, con cuyos regímenes la delegación cubana, con ocasión del viaje a Punta del Este podría entrar en contacto.


Es comprometido tratar con el «Che»

Ernesto Guevara salió de La Habana en la medianoche del 2 de agosto de 1961 en un avión «Britannia» de las líneas cubanas, acompañado por cuarenta y cuatro consejeros económicos, diplomáticos, periodistas e individuos de su escolta. Ernesto había hecho avisar a sus padres y hermanos para que acudiesen a Montevideo; no les había visto desde aquel lejano día de 1953 en que partió de la estación bonaerense de Rosario para emprender una de las aventuras más extraordinarias que hombre alguno de nuestro siglo ha protagonizado. A causa de que varios regímenes sudamericanos habían roto sus relaciones diplomáticas con Cuba, o las mantenían en estado muy precario, el avión de los delegados castristas hubo de repostar en Paramaribo (Guayana holandesa) y en forma casi clandestina: las autoridades locales no hicieron acto de presencia en el aeródromo; tan sólo acudió una comisión de los partidos nacionalistas.

Pese a ser el Uruguay uno de los países de Iberoamérica más progresivos, las autoridades locales temían que la llegada del «Che» y sus cubanos provocara reacciones demasiado espectaculares en presencia de las otras delegaciones que asistirían a la Conferencia. En efecto: el día en que los delegados cubanos se trasladaban en automóvil desde Montevideo a Punta del Este, desde primera hora de la mañana cubría el trayecto una multitud formada por obreros y estudiantes que enarbolaban banderolas cubanas, y rojas con la hoz y el martillo. La policía uruguaya bloqueó la carretera e hizo que se dispersaran los manifestantes.

La delegación cubana ocupaba todo el segundo piso del Hotel Playa. El lujoso escenario tomó en seguida un aspecto híbrido, entre oficina y «vivac»: eficientes secretarias, cuaderno y bolígrafo en ristre, tropezaban por los pasillos con los inevitables guardaespaldas «verde oliva», metralleta en ristre.

Por aquel entonces el asma de Guevara se había recrudecido. En diciembre del año anterior, cuando se hallaba en Pekín, había sufrido un fuerte acceso en presencia de Mao Tse Tung; tan fuerte, que llegó a desvanecerse por parálisis cardíaca. Mao le obligó a que probara la terapéutica de acupuntura; pero aquel remedio curativo, que los chinos antiguos y modernos consideran infalible, no pudo con la enfermedad del «Che». Después de la experiencia, comentaba el desengañado paciente:

—¿Os dais cuenta? Mi asma endemoniada resultó más fuerte que los chinos; y eso que presumen de que nada ni nadie puede resistírseles.

A pesar de su precario estado de salud, Guevara puso a prueba en Punta del Este sus fuerzas, con un ritmo sobrehumano de trabajo que pocos hubieran resistido. Tuvo intervención destacadísima en las reuniones plenarias de la Conferencia, que tenían lugar en el Edificio de las Americas, convertido en un infierno de pasiones e intereses encontrados. Igual ambiente volcánico reinaba en las dos docenas de residencias particulares donde se reunían en secreto los delegados, establecían planes de acción conjunta o conspiraban contra uno u otro (siendo, naturalmente, las delegaciones de Cuba y Estados Unidos los centros de preferente atracción).

En el seno de la Asamblea resultó palpable que Guevara mantenía una postura de reserva; su discurso principal defraudó a los demás delegados al no producirse la esperada violenta ofensiva verbal contra los Estados Unidos. En tono siempre mesurado, el «Che» se limitó a criticar lo expuesto por Douglas Dillon, delegado de U.S.A.; comparó lo que había conseguido Cuba en dos años de revolución con lo que podían esperar del plan Alianza para el Progreso los países iberoamericanos; puso en duda qué los Estados Unidos llegaran a desembolsar efectivamente los fondos prometidos, e hizo un esbozo de las bases sobre las cuales Cuba podría reconsiderar su participación en un programa conjunto interamericano.

Aquella templanza podía explicarse por un motivo que los delegados en la Conferencia de Punta del Este ignoraban: el Presidente argentino Frondizi y el brasileño Quadros habían hecho saber a Guevara, por vía confidencial, que deseaban entrevistarse con él en secreto. Antes de adoptar cualquier postura irreversible, quería el «Che» conocer lo que resultaba de aquellas entrevistas personales.

El 18 de agosto de 1961 despegaba del aeropuerto de Montevideo una avioneta enviada por el gobierno argentino, llevando a bordo tres pasajeros: el «Che», otro cubano de su séquito (Aja Castro era su nombre) y el argentino Carretoni, que había servido de intermediario entre Guevara y Frondizi. En el pequeño aeródromo de Don Torcuato, a treinta kilómetros de Buenos Aires, aguardaba el jefe de la casa militar de Frondizi, acompañado por una pequeña escolta. Le habían dicho que debía recibir a un personaje importante, aunque sin revelarle su identidad. Se puede suponer la sorpresa de aquel coronel argentino cuando vio surgir del avión la inconfundible silueta del «Che», con sus melenas y barbas, en su viejo uniforme verde oliva, cubierto con la legendaria boina y luciendo la minúscula estrella roja de cinco puntas como único distintivo de jerarquía. El jefe de la casa militar, totalmente confuso, dudaba entre tratar al inusitado visitante como a un colega perteneciente a las fuerzas armadas de otro país u ordenar su arresto por prófugo. Guevara, con su habitual desparpajo, rompió el hielo:

—Soy el comandante Guevara, coronel. Supongo que nos llevará este automóvil, ¿verdad?

El presidente Frondizi recibió al «Che» en su residencia oficial de Olivos. El Presidente y el «prófugo» hablaron a solas por casi una hora y media. Guevara intentó convencer a Frondizi de que debía oponerse a cualquier nueva inversión norteamericana en el país. Según el «Che», la experiencia de Cuba probaba que cuando los «yanquis» ofrecían ayuda económica, siempre acababan haciéndose pagar más de lo aportado en forma de monopolios y de intromisión en los asuntos domésticos del país.

Frondizi, por su parte, insistió en que ningún pueblo americano toleraría que Cuba se integrara en un sistema militar extracontinental. El presidente argentino se refería, naturalmente, al Pacto de Varsovia. Aquí Guevara hubo de sentirse tocado en un punto vulnerable. Respondió con argumentos propagandísticos, quizás eficaces en un mitin, pero impropios de una conversación diplomática de alto nivel: Según el «Che», Cuba tuvo que recurrir a la ayuda militar de la Unión Soviética empujada por «el agresor». Los soviéticos no eran «imperialistas» al estilo de los Estados Unidos; respetaban escrupulosamente la independencia de los países amigos y cualquier tipo de ayuda militar que pudieran éstos recibir dejaba totalmente a salvo su libertad de acción.

En cuanto a la pregunta de Frondizi sobre la posibilidad de que Cuba volviese paulatinamente a un sistema democrático al estilo liberal, la respuesta del «Che» fue tajante: el pluripartidismo se había mostrado nefasto en su país, el gobierno llevaba dos años luchando contra tal forma de política y no pensaba dar un solo paso atrás en el camino emprendido.

Aunque la entrevista no llevó a ningún resultado positivo, se mantuvo en términos cordiales. Después de la reunión, Frondizi quiso que su invitado conociese a su esposa y a su hija única.

—¿Le apetecería un buen bistec? —propuso la primera dama argentina.

—¡Con sumo gusto! —aceptó con alegría el «Che»—. ¡Un buen bistec «a caballo»! ¡Qué magnífica idea!

Aquel almuerzo en casa del Presidente de la República sería el último de Guevara en la tierra que le vio nacer.

«¡El “Che” ha venido! ¡Guevara está en Buenos Aires!» Aquella visita que se había querido mantener oculta se había convertido en el secreto de Polichinela. El rumor se insinuó primero en los centros oficiales y luego trascendió a la calle. Algunos afirmaban haber visto al inconfundible personaje circular en automóvil por las vías bonaerenses. En efecto, así era: Frondizi había autorizado que Guevara visitase a una hermana de su madre que se hallaba en trance de morir. La agitación en la capital crecía por momentos y podía temerse que los partidarios o los acérrimos enemigos creasen dificultades.

Pero, de momento, la única repercusión tangible del paso del «Che» por Buenos Aires fue la dimisión de Adolfo Múgica, Ministro de Asuntos Exteriores. Deseando curarse en salud, el Ministro adujo que la entrevista se había montado a sus espaldas (si bien estaba en realidad perfectamente informado). Sin embargo, la opinión derechista nunca perdonó a Frondizi su audaz iniciativa. Transcurridos siete meses, el Presidente de la República era derrocado por un levantamiento militar.

El brasileño Janio Quadros fue la segunda víctima indirecta del paso de Guevara por Punta del Este. El progresista Quadros se hallaba muy amenazado por las fuerzas derechistas de su país; queriendo atraerse a la opinión de extrema izquierda, que podría prestarle apoyo en el caso de que sobreviniera una crisis, dio carácter oficial a la visita de Guevara y le condecoró con la Ordem Nacional do Cruzeiro do Sul. Su atrevimiento le costó la Presidencia de la República. En Río de Janeiro las masas populares, enarbolando retratos del «Che» y banderas cubanas, se entregaron a una serie de manifestaciones cada vez más violentas. Siete, días después Quadros hubo de dimitir ante la amenaza de un levantamiento militar.

Sus siete vidas cada vez son menos

Guevara hubiese podido repetir la frase de don Juan Tenorio: «Por dondequiera que voy va el escándalo conmigo.» Sus últimos días en el Uruguay también resultaron agitados. En un mitin organizado por los estudiantes de Montevideo fue objeto de un atentado. Salió ileso, pero murió un profesor y varios estudiantes resultaron heridos.

Al «Che» no debió afectarle gran cosa el incidente, porque se hallaba inmunizado contra el espanto. «Yo no soy de los que mueren en la cama», era una frase que repetía con frecuencia; por lo visto, no creía que su buena estrella le protegiera eternamente. Cuatro eran las cicatrices que surcaban su dura epidermis. El lector recordará que Guevara afirmaba en cierta carta tener siete vidas como los gatos. De ser así, el saldo favorable se había reducido a tres.

De los días que siguieron al desembarco en Playa de las Coloradas conservaba dos recuerdos: un balazo le había penetrado por el cuello, cerca de la nuca, y tras complicada trayectoria vino a salir al exterior por el omóplato. Otro proyectil se había estrellado contra su pecho, afortunadamente con poca fuerza.

En Sierra Maestra sería otra vez herido a finales de 1957, aunque de menos importancia: un balazo en un pie que curó sin dejar ninguna reliquia de cojera.

El cuarto accidente, totalmente fortuito, pudo costarle la vida. En abril de 1961 se hallaba en Playa Girón disponiendo el ataque de sus milicianos contra los invasores anticastristas. De pronto sintió un estampido a sus pies, y la boca repleta de sangre. Por un momento pensó que las fuerzas adversarias se habían infiltrado a su espalda y rodeaban el puesto de mando. Pero no: era su propio revólver que al caer al suelo se había disparado por sí solo. El proyectil penetró por la mejilla; unos centímetros más arriba, y se hubiese quedado alojado en el cráneo.

Dos «Ches» en conflicto

La siguiente gran misión diplomática que el gobierno revolucionario cubano encomienda al «Che», será su segunda visita a la URSS a finales de agosto de 1962.

Aquel viaje señalará en la evolución de Guevara, el cénit de sus tendencias prosoviéticas. Refiriéndose al «gran país hermano», había escrito poco antes frases que parecen concebidas por cualquier fiel mandatario de un país satélite:

«En la época actual del imperialismo, también la conciencia adquiere características mundiales. Y esta conciencia de hoy es el producto del desarrollo de todas las fuerzas productivas en el mundo y el producto de la enseñanza y educación de la Unión Soviética y los demás países socialistas sobre las masas de todo el mundo.»

Es posible que cuando Guevara emprendía su segundo viaje a Moscú buscase tan sólo un apoyo económico que sacase del marasmo a su agonizante programa de industrialización. Pero se halló en el caso del cazador que «sale a perdices» y tropieza con una soberbia pieza de caza mayor. Guevara iba dispuesto a mendigar unos créditos y se encontró con que Moscú le ofrecía una colaboración militar incondicional e ilimitada: los medios que harían de Cuba una gran potencia en miniatura. Naturalmente, Guevara no dejó escapar la ocasión que se le venía a las manos; ¿quién osaría, después de tal éxito, recordar al «Che» que tal o cual planta fabril rendía menos de lo esperado? ¿Acaso no le debería Cuba un poder bélico con el que sería posible tratar de «tu a tú» al coloso yanqui?

Este es el origen de todo el tenebroso asunto de los proyectiles teledirigidos, del febril intercambio de mensajes entre Kruschev y Kennedy a través del famoso «teléfono rojo» y del final desmantelamiento de las bases cubanas dotadas de cohetes rusos.

Ernesto Guevara no perdonaría jamás a Moscú lo que consideraba una traición al movimiento revolucionario mundial y a su propia persona. En abriljunio de 1963 y en enero de 1964 será Fidel Castro quien viaje a Moscú para resolver cuestiones económicas pendientes. Más acomodaticio que su «brillante segundo», Fidel se da cuenta de que en el mundo ha sonado la hora de la «coexistencia» y se dispone a seguir aquella vía. Después de encajar el golpe que para Cuba significaba el desmantelamiento de las bases de «missiles», Castro pone freno a sus escandalosas proclamas revolucionarias para uso de Iberoamérica, declara que se halla dispuesto a reanudar sus negociaciones con Estados Unidos y hace protestas de neutralidad estricta en el conflicto chino-soviético.

Entretanto, Guevara respira por la herida dolorosa de su sumisión a las críticas del clan «ortodoxo» y a lo que considera una imperdonable infidelidad de su último interesado amor político: la Unión Soviética.

«Una Cuba agrícola, una Cuba convertida de nuevo en proveedora mundial de azúcar, pondrá en entredicho la existencia del socialismo en nuestro país. Además, Cuba quedará tan debilitada en la esfera internacional, que habrá de depender enteramente de la protección soviética. No creo que hayamos hecho la revolución para llegar a esto.»

Para el «Che» resultaba sin duda muy difícil plegarse a la nueva situación. Pero, de momento, sus diferencias con el resto del equipo gubernamental castrista permanecían ocultas. En Guevara se produce por entonces una especie de desdoblamiento. La palabra «coexistencia» estaba muy de moda; pues bien: puede afirmarse que dentro de nuestro personaje «coexistían» el Guevara-ministro, que aceptaba sin rechistar el frenazo en seco impuesto por Castro al plan de industrialización, y el Guevara-guerrillero en cuya mente iba ya perfilándose su gran «solución final»: la idea de aplicar su maravillosa fórmula «guerrilla-revolución» a todo el continente iberoamericano. Los dos Guevara se manifiestan en dos hechos de opuesto significado: su viaje a la capital argelina y su llamamiento al amigo Ricardo Rojo, gran conocedor de la realidad político-social iberoamericana.

En julio de 1963, apenas un mes antes de que Fidel Castro proclame a los cuatro vientos el giro de ciento ochenta grados dado a la política económica cubana, el «Che» asistirá en Argel a un seminario para la planificación económica. Ante los delegados que representan al subdesarrollado Tercer Mundo, Guevara canta la palinodia de sus errores como podría haberlo hecho cualquier personaje o personajillo soviético llamado al orden por el todopoderoso Politburo moscovita. Si bien atribuye una parte de culpa en el fracaso de la industrialización al burocratismo anejo a toda excesiva centralización, admite como causas fundamentales del retroceso en la producción, la irracional introducción en un país eminentemente agrícola de métodos adecuados tan sólo a economías altamente desarrolladas, el exceso de confianza en una estadística triunfalista, y la creencia, por parte del planificador, de que la voluntad de un hombre o de un equipo puede sobreponerse a las circunstancias reales. El «Che» acepta, como conclusión de su sincero mea culpa, que Cuba debe volver al clásico monocultivo de la caña.

Proyecto de guerrilla en Argentina

De este modo el Guevara «oficial» se ponía la venda antes de recibir la inminente pedrada. Pero, pocos meses antes, en febrero exactamente, nuestro «Che» auténtico, el guerrillero, hacía venir a Ricardo Rojo, el amigo incondicional ante quien podía revelar sin temor sus más íntimos pensamientos.

Rojo se hallaba en Buenos Aires cuando un mensajero de confianza le comunicó que Guevara quería verlo y le entregó un pasaje en avión para La Habana. Lo complicado del itinerario revela el grado de aislamiento, no ya político, sino físico, en que por entonces se hallaba Cuba: Para ir a La Habana desde Buenos Aires, Rojo hubo de hacer escala en Praga (Checoslovaquia), Shannon (Irlanda) y Oxford (Canadá); sin contar un aterrizaje imprevisto en Gander (Terranova), donde el avión cubano hubo de permanecer siete días, con una temperatura de veinticinco grados bajo cero, en espera de que otro aparato canadiense trajera una pieza imprescindible. En los almacenes de Gander (vieja base norteamericana instalada en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial) había centenares de ellas, pero los propietarios se negaron a facilitarla.

La bienvenida de Guevara fue tan poco protocolaria como solía:

—Considérate raptado; pero no temas: sólo te he hecho venir para que hablemos.

En efecto: aquella estancia de Rojo en Cuba, que se prolongó hasta el 10 de abril, quedó convertida en una larga conversación entre los dos amigos.

Guevara comenzó criticando a los soviéticos:

—Los rusos decidieron llevarse los cohetes de alcance medio sin tan siquiera decírnoslo. ¡Fidel y yo nos enteramos por un periodista que había recibido información anticipada sobre la declaración oficial soviética! Cuando pocos minutos después pudimos comprobar la verdad, Fidel soltó un «¡carajo!» (sic) y yo otro. Para dar salida a su indignación, Fidel dio una patada a la pared que hizo añicos un gran espejo que allí había...

Guevara no creía que la «Operación missiles» hubiera sido una inteligente maniobra de Kruschev con la que, a fin de cuentas, el Premier soviético salvó al régimen cubano; al ceder en lo poco, consiguió lo esencial: que tanto Kennedy como sus sucesores renunciaran a nuevas intervenciones directas en la isla.

En opinión de Guevara, el papel de la URSS como gran líder de la revolución mundial había terminado. Era preciso rendirse a la evidencia: Rusia iba a lo suyo, lo mismo que los Estados Unidos. Y ahora «lo suyo» era la política de mano tendida. Por lo tanto, a Cuba no le quedaba otro recurso sino seguir su propio camino revolucionario sin pretender interferir, so pena de suicidio, en el equilibrio de fuerzas a que habían llegado los dos grandes colosos mundiales.

Cuba tenía, pues, que fraguarse su propia vía distinta del surco marcado por las grandes potencias. Ello hacía que para Cuba resultase de absoluta necesidad crear nuevos lazos con los demás países de Iberoamérica. La empresa no era fácil, como bien pudo comprobarlo Guevara en 1961, con ocasión de la Conferencia de Punta del Este; pero la propia existencia del régimen cubano dependía de que se lograra establecer un sistema de cooperación subcontinental. Guevara se plantea el dilema con toda crudeza: los países capitalistas iberoamericanos deben admitir la coexistencia con una Cuba socialista (cosa totalmente improbable), o hay que provocar en aquellos países movimientos revolucionarios que derroquen a los gobernantes capitalistas e instauren unos regímenes amigos.

De hallar una excusa válida para volver a las andadas, a Guevara le resultaría indiferente que la lucha fuese contra cualquiera de los dictadores de sable y espuelas que imponían su ley en uno u otro país de Iberoamérica, o contra el más progresista de los gobernantes que hubiera sido proclamado con todos los requisitos de la legalidad democrática. Para el «Che» todos eran enemigos de la «revolución antiimperialista»; más los segundos que los primeros, puesto que un tirano es adversario declarado y de siempre, mientras que todo«reformista» es un traidor a la buena causa. Y el peor de todos, Rómulo Betancourt, el «seudoizquierdista» que Guevara conoció en Costa Rica («¿Te acuerdas —le dice a Rojo—. Ya por entonces no me fiaba de él»), aquel que tantas esperanzas despertó al ser proclamado Presidente de Venezuela, y que al fin acabó («¡como todos!») «vendido al oro americano». Por eso los ojos del «Che» chispeaban de incontenible satisfacción el día en que supo que un comando revolucionario se había apoderado de un buque venezolano de cinco mil toneladas el mismo día en que Caracas sentía estremecer sus cimientos bajo el pavoroso rumor de centenares de bombas.

Sin embargo, había otro país que interesaba especialmente al «Che» Guevara: el suyo propio, la Argentina. No era otra la razón que le hizo llamar a Ricardo Rojo: sabía que desde la caída de Frondizi la situación político-social argentina iba deteriorándose y que su economía se hallaba cerca del colapso.

Guevara exigió de Rojo una descripción exhaustiva del panorama argentino: cómo pensaba cada uno de los personajes políticos del país, cuál era el espíritu que reinaba en las fuerzas armadas, si la masa trabajadora seguía considerando a Perón como su ídolo...

Rojo intentó convencer a su amigo de que una intervención guerrillera poco tenía que hacer en la Argentina; las condiciones del país eran totalmente distintas a las que reinaban en Cuba cuando se produjo el desembarco de Playa de las Coloradas: existía un numeroso proletariado ciudadano muy evolucionado, que sufría gravemente las consecuencias de la calamitosa situación económica. Resultaba, pues, inútil pensar en una revolución que dejase al margen a dicho sector social. Por otra parte, las fuerzas armadas argentinas no eran las cubanas: se trataba de instituciones con arraigado espíritu de cuerpo y a cuya cabeza no había ningún jefe que bajo los entorchados de su alta graduación escondiese los galones de sargento. Aquellas fuerzas armadas no entrarían, pues, en descomposición, por el mero hecho de verse atacadas por algunos centenares o millares de guerrilleros. En cuanto a la posibilidad apuntada por Guevara: que Perón regresase de España para ponerse al frente de una insurrección, había que descartarla por completo.

Quedaba por examinar la situación de las masas campesinas, que, según las ideas de Guevara, habrían de constituir la punta de lanza revolucionaria. La confianza que al «Che» inspiraba el agro argentino se basaba en el monumental error de trasponer a otros medios iberoamericanos las condiciones del medio rural que había conocido en Sierra Maestra.

Sin embargo, Guevara seguía en sus trece. Sordo a todos los argumentos de Ricardo Rojo, continuaba insistiendo en que «las condiciones objetivas de la revolución habían aparecido ya en Argentina: aumenta el desempleo, las gentes tienen hambre y la clase laboriosa va reaccionando. Esta reacción provoca la represión, y la represión, a su vez, al crear un clima de terror, hace que crezca el odio. En ese momento preciso las condiciones subjetivas deben intervenir al lado de las condiciones objetivas, a saber: la conciencia de que se puede lograr la victoria por la violencia, frente a los imperialistas y a sus aliados del interior».

En este párrafo parece que Guevara contradiga su dilecto principio que identifica guerrilla con revolución. Sus palabras, que parecen referirse más a una revolución ciudadana que a un levantamiento campesino, podrían ser suscritas por el más ortodoxo de los marxistas. Sin embargo, al imaginar una situación revolucionaria en Argentina, el «Che» insistía en su esquema favorito; unos núcleos guerrilleros organizadores del ejército campesino que caería como un alud sobre las ciudades. Enamorado de su idea, Guevara se ponía de espaldas a la realidad.

Cuando el 10 de abril de 1963, el «Che» daba en el aeropuerto de La Habana los últimos abrazos al amigo que regresaba al país natal de ambos, sus palabras de despedida fueron:

—Ya verás; la clase dirigente argentina no aprenderá nunca. Unicamente la guerra revolucionaria podrá cambiar las cosas.

Ricardo Rojo quedó convencido de que antes de transcurrir mucho tiempo la prensa mundial hablaría de unos grupos guerrilleros que operarían en las provincias del Norte, allá en Jujuy, Salta o Formosa, territorios apropiados para la lucha irregular. Naturalmente, temía por la suerte del intento y por la de su organizador.


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Che Guevara
de Colección Grandes Biografías


Introducción

Como guerrillero y como poltico
Como guerrillero y como poltico

COMO afirmamos en el capítulo anterior, a partir de mediado el año 1963 Ernesto «Che» Guevara llevará una doble vida. Sigue siendo Ministro del Gabinete cubano y, como tal, desempeña las misiones que le son confiadas. Pero en su fuero interno ya nunca cesará el bulle-bulle de sus inquietudes revolucionarias. A espaldas de sus colegas, incluso de sus colaboradores inmediatos, va forjando planes, mantiene secretas entrevistas con algunos personajes de poco relieve y actúa, en definitiva, como Don Quijote, cuando, tranquilo en apariencia, preparaba en su casa y a la vista del Ama y la Sobrina, su Tercera Salida. En el relato cervantino, los que ayudan a Don Quijote son el bueno de Sancho Panza y el travieso bachiller Sansón Carrasco. En la vida del «Che», los ayudantes se llaman Jorge Masetti, Hermes Peña o Raúl Dávila... Más adelante habrá ocasión de volver a mencionar estas figuras secundarias.

Por el momento, en la vida pública del «Che» no aparece síntoma tangible de cambio alguno. Como Ministro de Industria establece, a finales de 1963, un sistema de normas nacionales de trabajo y una escala de salarios en el sector industrial. En enero del siguiente año, firma el acuerdo de asistencia técnica entre Cuba y la URSS que Fidel Castro había negociado en Moscú.

Diplomático en Ginebra, Moscú y la ONU

Pero las actividades públicas más destacadas de Guevara siguen teniendo lugar en el campo diplomático. En marzo de 1964 acude a Ginebra como delegado de Cuba en la Conferencia Mundial para el Comercio y Desarrollo que se celebra bajo los auspicios de la O.N.U. En sus intervenciones pondrá de relieve los peligros que para el comercio mundial y la paz significan las inversiones de capitales extranjeros cuando éstas llegan a dominar la economía interna de un país. Como medida de salud pública propone que, cuando un país subdesarrollado vea disminuidos sus ingresos al estar controlados los precios internacionales por las mismas potencias que le han adelantado los capitales, el deudor sea eximido de satisfacer cualquier dividendo, interés o cuota de amortización.

En Ginebra, por lo demás, Guevara insistirá en el peculiar concepto cubano de la coexistencia pacífica: un diálogo entre países de sistema político diferente, pero sin merma del derecho de los pueblos a luchar por su propia libertad. Lo que viene a significar que los países capitalistas tienen que dialogar con los regímenes revolucionarios y además aguantar con paciencia las acciones subversivas que promueva su interlocutor.

Después de la Conferencia, el «Che» hizo una escala de dos días en París, que aprovechó para firmar un acuerdo comercial. A continuación se dirigió a la capital argelina. El entonces Presidente Ben Bella le prometió mediar con vistas a una normalización de las relaciones Estados Unidos-Cuba.

En noviembre de 1964, Guevara vuelve a ponerse en camino. Esta vez su destino vuelve a ser Moscú. Pretexto de aquella tercera y última visita del «Che» a la capital soviética son las fiestas conmemorativas de la Revolución bolchevique. Pero había otro motivo menos protocolario: la preocupación de los gobernantes cubanos, y en especial de Guevara, ante los progresos de la política de acercamiento entre rusos y yanquis. En sus conversaciones con los dirigentes soviéticos el «Che» debió convencerse de que para Rusia la coexistencia pacífica no era una simple táctica oportunista y sólo aceptada en tanto resultase provechosa para el movimiento revolucionario mundial. Los soviéticos aceptaban gustosos la nueva política y parecían dispuestos a respetar honradamente las reglas del juego, por cuanto significaba la división del mundo en dos grandes esferas de influencia, una de las mismas dominada por la URSS a cambio de no incitar movimientos revolucionarios en la otra zona. Ello podía hacer temer a Cuba que, de llegar sus relaciones con los Estados Unidos a otro punto crítico, Rusia traicionara sus deberes de primogénita en la gran familia socialista y se mantuviese neutral.

Al igual que solía ocurrir en las juveniles expediciones vagabundas del «Chancho», que se sabía cómo empezaban pero nunca dónde y cómo terminarían, aquel viaje, último que Guevara realizaría con carácter oficial, tuvo impensadas derivaciones. De acuerdo con el programa previsto, el «Che» tenía que hacer un alto en Nueva York y luego volver a La Habana. Pero lo que ocurrió luego hace suponer que Guevara no sentía grandes deseos de volver a sus lares ni sus colegas cubanos se mostraban impacientes por verle regresar. Así, en diciembre- de 1964 comienza desde Manhattan (hay que suponer que con el beneplácito de Fidel Castro) un largo recorrido por los países africanos y no vuelve a Cuba sino a mediados de marzo del año siguiente.

El 11 de diciembre, en Nueva York, Guevara participa en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Su intervención oratoria demuestra que su estancia en Moscú le ha servido para reafirmar sus conclusiones: el régimen cubano ya no puede confiar en las garantías soviéticas y para sobrevivir tendrá que montar su propio sistema de coexistencia. Por otra parte, la revolución en Sudamérica es cuestión que habrán de resolver los propios iberoamericanos y sin contar con ayudas ajenas.

He aquí la parte de su discurso dedicada a los Estados Unidos y, de modo implícito, a Rusia:

«El imperialismo norteamericano pretende hacernos creer que la coexistencia pacífica interesa solamente a las grandes potencias mundiales. Pero si se pretende asegurar la paz del mundo, la coexistencia pacífica no puede limitarse a los Grandes. La coexistencia pacífica debe afectar a todos los países, al margen de su tamaño, de cuáles hayan sido anteriormente sus relaciones históricas y de los problemas que hayan surgido en un momento dado entre tal y cual.»

A los pueblos iberoamericanos les dedica una proclama que se haría célebre:

«Soy cubano, y argentino también, y si los muy ilustres dominios de América latina no han de tomarlo a ofensa (Guevara se refiere a Puerto Rico, las Guayanas y demás comarcas no independientes) diré que también me siento patriota de América latina por entero, tan patriota como el que más lo sea en cualquier país de América Latina. Llegado el momento, estaré dispuesto a dar mi vida por la liberación de un país cualquiera de América latina, sin pedir a nadie nada, sin exigir nada, sin explotar a nadie.»

Pocos días después, en una entrevista televisada por la cadena de la C.B.S., Guevara insiste en la necesidad de restablecer la relaciones con los Estados Unidos, sobre la base de que éstos acepten a Cuba tal como es:

«Todo lo que Cuba pide a los Estados Unidos es que olviden el pasado, tanto lo bueno como lo malo.»


El tercer mundo espolea al guerrillero

Desde Nueva York, el 17 de diciembre, Guevara se dirige a la capital argelina, pasando por Canadá. Comienza su largo periplo africano.

En Argel Guevara trató con Ben Bella, el exsargento de las fuerzas coloniales francesas convertido en Presidente de la nueva Nación, de la creación de un frente socialista independiente de Moscú o de Pekín. Otro punto de apoyo en aquella «tercera fuerza» marxista emancipada de unas tutelas que se revelaban excesivamente onerosas, sería el Congo-Brazzaville (ex Congo francés) que, después de la moderada gestión de su primer Presidente Fulbert Youlou, bajo la dirección de Alphonse Massemba-Debat, había tomado, con la ayuda de consejeros técnicos, políticos y militares llegados de Cuba, una orientación francamente socialista.

Desde Argel, Guevara pasó a Bamako, capital de la República de Mali, donde los moderados del Parti Progressiste Sondaríais habían sido desplazados del poder por un golpe subversivo de la extremista Union Soudanaise;ésta confirmó su predominio copando todos los escaños de la Asamblea legislativa en unas elecciones tan sinceras como pueden ser las consultas electorales en un país donde apenas el ocho por ciento de los electores saben leer.

Al igual que haría durante el resto de su viaje, el «Che» procuró en Bamako cargar el acento sobre el carácter «antiimperialista» de la revolución cubana, dejándose de sutilezas doctrinarias que, para los ingenuos auditorios africanos, hubieran significado lo mismo que un párrafo de la Iliada en su versión griega original. Conviene aquí puntualizar que durante su periplo por tierras africanas Guevara pudo hacerse entender sin ayuda de intérpretes, ya que aquel fanático y tosco guerrillero inventado por el mito hablaba francés e inglés, y todos los países visitados pertenecían a las áreas franco y anglófona.

El día de Año Nuevo llega el «Che» a Brazzaville, donde convence al Presidente Massemba de que, para el éxito en la lucha contra los imperialistas, los países africanos deben adoptar una política común y aceptar la dirección de Argel. Cosa difícil de conseguir en un continente inmerso todavía en las disensiones tribales, y tanto más, cuando el dirigente propuesto, Ben Bella, pertenece a la odiada raza blanca.

A continuación, Guevara visita Konakry, capital de Guinea, donde permanece desde el 7 al 13 de enero. Allí conoce a Séku Turé, el más auténticamente procomunista entre todos los noveles gobernantes africanos. Luego, desde el 14 al 20 de enero, se detiene en Accra, capital de Ghana. Allí pronuncia una conferencia sobre el tema «La acción neo-colonialista en América Latina y la necesidad de una acción conjunta entre Africa, Asia y América Latina». Pero en Accra, además de presentar, como en los otros puntos del recorrido, su muestrario político-revolucionario, se permite un brevísimo asueto para visitar el maravilloso jardín botánico de Aburi, a treinta kilómetros de la capital; rodeado por la sorprendente flora tropical, vuelve a ser, por unas horas, aquel «Chancho» juvenil enamorado de la naturaleza.

Desde Accra, el «Che» se dirige a Porto Novo, capital del Dahomey. Pero allí sólo permanece dos días. Una llamada perentoria de Fidel Castro interrumpe su vaivén de lanzadera por las Repúblicas africanas: debe abandonar lo que tenga entre manos y tomar el camino de París por la vía más rápida; en la capital francesa le aguarda Osmani Cienfuegos con nuevas instrucciones.

Pensado y hecho: un avión de «Air France» pone a Guevara en Argel, y desde allí, tras corta escala, otro le sitúa en la Ville Lumiére.

¿Qué terremoto político exigía la intervención personal de Guevara? Osmani Cienfuegos se lo explica: más que de un cataclismo, se trata de una posibilidad amenazadora. La otra «guerra fría», aquella que sostienen Moscú y Pekín, está entrando en una fase de peligroso recalentamiento. Puesto que desde el Africa Occidental a Pekín apenas la distancia sobrepasa los diez mil kilómetros (¡una insignificancia!), Fidel había pensado que Guevara se diese una vuelta por la capital china para intervenir allí como amigable componedor entre los dos colosos rojos que se enseñaban los dientes allá en la línea fronteriza del Sinkiang con el Kirguiztán.

Ordenes son órdenes y hay que cumplirlas: Guevara y Cienfuegos toman el avión de Pekín, llegan a la capital del Celeste Imperio, permanecen en ella desde el 2 al 10 de febrero, sueltan su embajada y vuelven como se habían ido: con nada entre dos platos. A pesar de las buenas intenciones cubanas, el inquilino del antiguo Palacio Imperial de Pekín seguiría gruñendo a los del Kremlin, y viceversa, hasta Dios sabe cuando...

Al margen de la fracasada mediación diplomática, cuyo nulo éxito el propio Guevara debía dar por descontado, su fugaz paso por la capital francesa es importante por otra clase de motivos, relacionados con el «Che» Guevara de doble vida que mencionábamos al comienzo de este capítulo: con el luchador nato, eterno inconformista que, poco a poco, iba recuperando su identidad oculta desde 1959 tras la envoltura ficticia de «personaje importante».

En París aguardaba su llegada, además de Cienfuegos, unos de sus fieles: el abogado Gustavo Roca, camarada de días más felices allá en el colegio «Deán Funes» y en la pandilla de «La Malagueña». Roca trae malas noticias. La guerrilla que Masetti, el periodista argentino, trataba de implantar en los confines norteños del país, había sido aniquilada. El propio Masetti, al igual que su segundo Hermes Peña, no habían sobrevivido.

Guevara siente que un doloroso nudo le corta la respiración. Aquellos hombres se habían lanzado al azaroso juego de la guerrilla animados por su ejemplo y murieron aguardando inútilmente que viniera el legendario «Che» a ponerse a su cabeza.

Posiblemente aquel día, en París, se reafirmó la decisión de Guevara. Tenía que volver a la guerrilla; no ya porque sintiese la llamada ineluctable de su destino, sino porque, además, había contraído un compromiso de honor con un puñado de precursores que a sí mismos se denominaban pomposamente «ejército guerrillero popular».

Aún habría de pasar algún tiempo, porque no resulta fácil dejar de ser Ministro en un gobierno socialista, cuando se ha llegado a tener fe absoluta en el socialismo, y más difícil resulta todavía separarse de unos camaradas con los que tantos sinsabores e ilusiones se han compartido. Pero no importa: el «Che» no pondrá oídos sordos al llamamiento de aquellos que habían muerto considerándole su jefe nato.

Entretanto, prosigue la vida «oficial» del «Che» y su interrumpido viaje por tierras africanas. Al regresar de China su primera visita es para Tanzania, Estado socialista que mantiene cordialísimas relaciones con Cuba. En su capital, Dar-el-Salaam, bañada por las aguas del Océano Indico, pronuncia un discurso que puede considerarse como resumen epilogal de su vertiginosa excursión por tierras de Africa:

«... Después de mis entrevistas con los dirigentes de siete países africanos, estoy convencido de que será posible crear un frente común de lucha contra el colonialismo, el imperialismo y el neocolonialism.»

El 19 de febrero, Guevara deja Tanzania, camino nuevamente de Argel. Pero antes hace una corta parada en El Cairo. En la capital egipcia tiene ocasión de hablar con Gastón Soumialot, quien, cuatro meses antes, en septiembre de 1964, cuando el Congo exbelga vivía en plena fiebre de secesión, había proclamado en Stanleyville una República popular del Congo que a los dos meses sería triturada por un cuerpo de tropas anglo-americano-belgas al servicio del Gobierno central de Léopoldville (la actual Kinshasha). Aquella intervención fue provocada por las inenarrables tropelías perpetradas por los hombres de Soumialot, los temibles «simbas», con la población blanca y con los indígenas no afectos a la flamante «República popular».

Después de su derrota, Gastón Soumialot se había refugiado en El Cairo, donde la Administración de Nasser puso a su disposición una residencia en Zamalek, el distinguido barrio diplomático de la capital egipcia.

Guevara no podía ignorar el cariz de barbarie que tomaba la lucha clandestina en tierras del Africa negra. Pero ello no era obstáculo para la simpatía que le inspiraban aquellos movimientos. Debía suponer, y con razón, que los blancos carecían de autoridad moral para protestar: el europeo refinado y culto no había intentado, en siglos de colonialismo, sacar a las poblaciones autóctonas de su salvajismo ancestral; no tenía derecho a quejarse, por lo tanto, si unas pobres criaturas salvajes se portaban como tales.

El «Che» sentíase atraído especialmente por Gastón Soumialot y su movimiento congoleño de resistencia. Primitivismos al margen, los métodos de Soumialot coincidían con los principios tácticos de Guevara: acción guerrillera en terreno selvático, a la espera de que las ciudades, más fácilmente defendibles por las fuerzas regulares, caigan por sí mismas como fruto maduro.

Soumialot propuso al «Che» que fuese al Congo para poner su experiencia de combatiente al servicio de aquella revolución primitiva. Más adelante se verá que Guevara tuvo en cuenta la invitación.

Amarga referencia al imperialismo socialista durante su segunda estancia, Guevara permanecerá en Argel desde el 20 de febrero al 1.° de marzo. El discurso que pronuncia en un simposio de estudios económicos para los países afroasiáticos marca su definitiva elección entre los Grandes del socialismo y el Tercer Mundo. Según el orador, «el desarrollo de, los países que se han empeñado en la vía de su liberación debe ser financiado por los países socialistas».

Sin embargo, los poderosos del mundo socialista tienen que descartar toda idea de beneficio egoísta cuando ayuden a un pueblo subdesarrollado:

«No se trata de un intercambio comercial basado en los precios, puesto que la ley del valor y las relaciones económicas internacionales fundamentadas en ella redundan en perjuicio de los países subdesarrollados ».

El frío marxismo ortodoxo podría tachar a Guevara de no haber olvidado sus resabios «decanden-tista-filantrópicos»: ¡Un Estado socialista no es un asilo para pobres! A su vez el «Che» puede replicar, y efectivamente lo hace así en su discurso, que resulta mucho más imperdonable que la filantropía, el hecho de que un país marxista industrializado actúe como explotador imperialista. Porque, según él, esos países, «en cierta medida, se hacen cómplices de la explotación imperialista... Los países socialistas tienen el deber moral de liquidar su tácita complicidad con los países explotadores del universo».

Guevara exige que desaparezca la discriminación mercantil en las relaciones comerciales entre países socialistas, no sólo para los bienes de consumo y de equipo, sino también para las armas que necesitan los movimientos revolucionarios:

«Si resulta absurdo suponer que un director de empresa en un país socialista en guerra pudiera demorar el envío de los tanques que produce a un frente de combate hasta no recibir garantías de pago, no es menos absurdo el que quiera verificar la solvencia de un pueblo que lucha por su liberación o que necesita de armas para defender su libertad.»

No cabe la menor duda: El inconformista «Che» ha llegado al convencimiento de que la verdad revolucionaria está en el Tercer Mundo y ha desbordado el comunismo oficial por el ala izquierda.

Desde Argel, Guevara vuelve a la capital cairota donde permanecerá desde el 2 al 10 de marzo. En aquellos días debió dedicarse a perfilar futuros planes con los revolucionarios congoleños.

El 14 de marzo de 1965, Ernesto «Che» Guevara está de regreso en La Habana.


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Che Guevara
de Colección Grandes Biografías


Introducción

EN el aeropuerto de Rancho Boyeros, el hijo pródigo del régimen cubano fue recibido por la plana mayor gubernamental: Fidel Castro, el presidente Dorticós, Carlos Rafael Rodríguez, Emilio Aragonés, etcétera, etcétera. Sin embargo, nadie dispuso las más finas vestiduras para el recién llegado ni ordenó poner en el asador la res mejor cebada. Se cumplió con el protocolo, pero no hubo pompa. Entre los íntimos, esperaban al «Che» su esposa (cuyo talle deforme revelaba un embarazo muy avanzado) y Gustavo Roca. Estos pudieron únicamente saludar al viajero desde lejos, ya que Fidel, sin dar apenas lugar a que hablase con nadie, secuestró materialmente a Guevara en la misma portezuela del avión y le hizo entrar en su automóvil. A los periodistas ansiosos de reportaje, les despidió con un breve: «Ya habrá tiempo para declaraciones.»

Pero las declaraciones tardarían varios meses, y cuando al fin Guevara fue «otra vez noticia», su viaje por tierras africanas había perdido actualidad y los comentarios se refirieron a otros hechos de su vida.

Gustavo Roca pudo hablar con el «Che» a los dos días de su llegada. Según éste, había hecho a Fidel un larguísimo informe verbal: casi cuarenta horas de exposición, sólo interrumpida por las frecuentes preguntas de Castro. ¿Hubo alguna diferencia de criterio? ¿Acaso disputas? El «Che» no reveló a Roca nada que permita suponerlo. Sin embargo, es lícito pensar que «algo» tuvo que ocurrir en la entrevista Guevara-Fidel, puesto que poco después nuestro héroe hace alusión en una carta para su madre a ciertos planes de vida que recuerdan al emperador Diocleciano cuidando de sus lechugas en la costa dálmata. Más adelante habremos de volver sobre esta correspondencia entre Celia de la Serna y su hijo Ernesto.

Silencio y conjeturas

El período enigmático en la vida del «Che» no comienza, en rigor, cuando éste, sin dar explicaciones, abandona Cuba (se supone que a mediados de abril de 1965) para ir en pos de un destino ignorado. De hecho, la sombra se cierne a su alrededor a partir del momento en que abandona el avión en el aeropuerto de Rancho Boyeros. Como dato concreto para establecer cuál es por entonces su estado de ánimo, el biógrafo sólo dispone de la carta que Guevara escribe a su madre. En cuanto al acontecer de su vida pública y privada, nada o casi nada; su confidente del momento, Gustavo Roca, se mantiene discreto (quizá porque no hubiera tales confidencias) y los periódicos cubanos apenas mencionan su nombre un par de veces. Quien intente reconstruir la vida que llevó el «Che» en La Habana por los meses de marzo y abril de 1965 se tendrá que basar, pues, en meras suposiciones, en las circunstancias ambientales, y sobre todo, en la sicología de los dos principales personajes que intervienen en la acción.

Fidel Castro: más «político», más hábil oportunista que su «segundo de abordo», y desde luego, con mucha menos imaginación y vida interior. Fidel es uno de esos hombres de voluntad rectilínea, que se proponen un solo fin y que para llegar a él no vacilan ante el esfuerzo ni ante la posible ilicitud de los medios que hayan de poner a contribución. Ha identificado su propia existencia con el caudillaje de la revolución cubana; si se viera desplazado de tal situación, el universo subjetivo de Castro se derrumbaría y el propio Fidel quedaría convertido en ui} pelele huero de contenido vital. Nada tiene, pues, de extraño, que olvide un principio y abandone a un camarada de lucha si ello favorece a sus planes.

El «chaqueteo» soviético cuando el asunto de los «missiles» supo a Castro, indudablemente, a cuerno quemado. Pero en tanto Guevara ya nunca se curaría de aquel desengaño, Fidel toma el camino de Moscú, dispuesto a echar pelillos a la mar. Después de sus visitas al Kremlin, su actitud al regreso demostró que traía bien aprendidas las lecciones que allí seguramente le dieron. La URSS y U.S.A. se hallaban en plena euforia «coexistencialista»; pues bien: Fidel pide al gobierno del general Franco que medie como amigable componedor entre Cuba y los Estados Unidos. Poco después, en unas declaraciones que publica el Times londinense, afirma Castro que se halla dispuesto a interrumpir su ayuda a las guerrillas de Iberoamérica si, por su parte, Washington deja de apoyar a los refugiados anticastristas; ofrece poner en libertad a los presos políticos, salvo aquellos que resultasen autores de algún delito común, e incluso plantea la posibilidad de indemnizar a las empresas norteamericanas nacionalizadas.

El «Che» Guevara: ¿Cuál era por entonces el objeto de sus máximos afanes? ¿Los problemas de la economía cubana? Poco cuidaba de ellos. ¿Sus misiones diplomáticas? Sí; era una labor que parecía desempeñar gustoso. Pero resulta sintomático el hecho de que a lo largo de sus viajes aparezcan, como incesante leitmotiv, sus alusiones a la insurrección armada de Iberoamérica; sintomático de que algo más importante para el «Che» que los sinsabores económicos de Cuba, que la estrategia política mundial, tenía ocupada su mente. ¿Qué cosa podía ser?... Un acontecimiento que apenas tenía importancia, que los periódicos no mencionaban porque las gentes informadas, aparte los protagonistas, podían contarse con los dedos de una mano:

En los confines del Norte argentino, un puñado de aventureros que consideraban al «Che» como su jefe nato, habían tomado las armas...

La «invasión» de Argentina

Pero la historia de los meses que siguieron demuestra que nuestro «Che» había madurado ya su decisión: desde que Gustavo Roca le había comunicado en París el desgraciado final de la guerrilla argentina tenía contraída una deuda de honor con aquellos valientes y con todos aquellos que a lo largo y a lo ancho de América latina confiaban en él. El «Chancho», el Guevara de los arranques juveniles, volvía por sus fueros. En los tiempos dorados de «La Malagueña» cordobesa, cuando Chinchina y Cuco Ferreyra, los Moyano y los Aguilar proyectaban alguna barrabasada, el «Chancho» reclamaba para sí el puesto más arriesgado. Ahora, cuando las masas desnutridas de indios y mestizos sudamericanos ocupaban en sus afectos el lugar de aquellos niños elegantes de antaño, el travieso «Chancho», convertido en el implacable «Che», no podía defraudar a sus nuevos amigos.

Al regreso de Guevara, el fracasado intento de guerrilla en el Norte argentino tuvo que ser el tema casi exclusivo en las charlas de Gustavo Roca y Guevara. Durante su encuentro de París, Roca hubo de limitarse a dar las malas noticias en forma escueta, puesto que la brevedad del tiempo entre la llegada de un avión y la salida de otro no daba para más. Ahora, en La Habana, Guevara debió conocer por lo menudo los detalles del desastre. La influencia decisiva que aquel desgraciado ensayo hubo de ejercer en el ánimo del «Che», así como la intervención directa que tuvo en la génesis del plan, hacen que el lector tampoco deba ignorar aquellos importantes detalles.

En otros lugares de nuestro relato hemos mencionado, sin destacar su nombre, al periodista Jorge Masetti. Merecía mayor atención, y ahora se la vamos a dar, pues el personaje adquiere importancia cuando la vida de Guevara va paulatinamente acercándose a su trágico final en las altiplanicies bolivianas.

Masetti, peronista ferviente, había conocido a Ricardo Rojo cuando éste, por órdenes de Frondizi, estableció contacto con las organizaciones justicialistas que agrupaban a los viejos «descamisados» de Perón. Rojo y Masetti simpatizaron, pues coincidían sus puntos de vista nacionalistas. El periodista, sabedor de que Ricardo era íntimo de Guevara, le pidió una carta de introducción para el guerrillero. Rojo se la dio:

«Querido Chancho: el portador es un amigo que desea realizar un reportaje para la emisora El Mundo de Buenos Aires. Te ruego que lo atiendas bien; se lo merece. Firmado, El Francotirador.»

Provisto de aquel singular salvoconducto, en marzo de 1958 Masetti conseguía llegar a Sierra Maestra. Tenía la misma edad que nuestro «Che» y le cayó en gracia. Estuvo con los guerrilleros algunas semanas y escribió su reportaje. A la hora del triunfo, en 1959, Guevara llamó a Massetti a su lado y le encargó el montaje de una agencia oficial de información: Prensa Latina. Masetti salió con bien de la empresa, pero tuvo que luchar con los celos profesionales de sus colegas cubanos. Guevara lo sostuvo tanto tiempo como pudo, pero al fin hubo de aconsejarle que, para evitar males mayores, presentase la dimisión. A partir de entonces, el periodista argentino se mantuvo en una discreta penumbra, pero en 1963 era uno de los asiduos, junto con Ricardo Rojo, Gustavo Roca, etcétera, etcétera, a las tertulias nocturnas de Guevara. En el despacho del Ministro de Industria cubano fue tomando forma el proyecto de un foco guerrillero que desde Bolivia se proyectara en territorio argentino.

En junio de 1963, Masetti se pone en acción; por supuesto, con el beneplácito de Guevara. Sus primeros tanteos los realiza en La Paz, donde aparece acompañado por Hermes Peña, Raúl Dávila y «El Papi», tres veteranos de Sierra Maestra que habían combatido a las órdenes del «Che».

Los cuatro arriscados misioneros de la revolución abrigaban un plan ambicioso: crear a lo largo de los contrafuertes andinos, desde el Perú a la Argentina, una cadena de focos insurreccionales. Pero la coyuntura no parece muy propicia: En el valle peruano de Cuzco, limítrofe con Bolivia, los movimientos campesinos de resistencia van de capa caída desde que su animador, el estudiante Hugo Blanco, fue detenido. En cuanto a la frontera boliviano-argentina, las condiciones resultaban igualmente poco favorables: los militares que detentaban el poder desde la caída de Frondizi habían prometido una era de normalidad constitucional, a partir de unas elecciones sinceras. Ello disminuía las probabilidades de que un levantamiento recibiera el asenso popular.

Sin embargo, Masetti tenía tomada ya su decisión; incluso había dado al embrión de núcleo revolucionario que proyectaba el fastuoso nombre de «Ejército Guerrillero del Pueblo» (el «E.G.P.» para los entendidos) y disponía de una finca: «Emboro-za», limítrofe con el territorio argentino, a la que iban llegando, si bien al ritmo de cuentagotas, los futuros «guerrilleros del Pueblo». La mayoría de los reclutas eran estudiantes nacionalistas o tránsfugas del comunismo; unos y otros, poco enraizados en la masa popular: la formación peronista de Masetti le hacía desconfiar de las organizaciones políticas de izquierda y no había mantenido contactos con ellas.

En «Embóroza» se llegaron a reunir, todo lo más, una docena de combatientes. Entre los últimos enrolados estaba Federico Méndez, mecánico de profesión, y los hermanos Juan y Emilio Jouvé, estudiantes de. Comercio. Ninguno había cumplido los veinticinco años.

Con aquellos míseros efectivos, Masetti decidió la «invasión» del territorio argentino; si le faltaban soldados, disponía por lo menos de una bandera: roja y negra> con un sol de oro en el centro.

El «Ejércitb Guerrillero del Pueblo», dividido en dos pelotones, cruzó la frontera, vadeó el río Bermejo e instaló su primer campamento en las orillas de otra pequeña corriente de agua: el río Pescado. Allí Masetti ¡redactó una proclama en la que pedía nada menos que la dimisión de Arturo Illía, elegido Presidente de la Nación en los comicios del 7 de julio.

Aquel cartel conminatorio no fue acatado por el Presidente de la República, pero sirvió para poner en estado de alarma los servicios de seguridad, que decidieron practicar un reconocimiento por la zona norte del país con el fin de tomar el pulso al even-, tual peligro. Una docena de jóvenes argentinos con la cabeza caliente tomaron asimismo el camino de Salta con la intención de incorporarse al E.G.P.

Entretanto, el reducido contingente daba señales de baja moral: el país no se había levantado al conjuro del arrogante comunicado de Masetti, y lo que quizás era peor..., ¡no aparecía un enemigo a quien combatir! El periodista-guerrillero tuvo que imponer una disciplina de hierro para evitar que se disgregara el grupo; la tabla de castigos iba desde un simple recargo en las faenas enojosas hasta la pena de muerte.

Masetti no era el menos decepcionado. Los hombres, por su parte, exteriorizaban sin disimulo su disgusto; incluso con el grado militar que reconocían al periodista. Para todos Masetti era «el Segundo»; es decir: el segundo comandante... ¡Qué distintas irían las cosas —pensaban todos— si hubiera llegado ya el auténtico comandante en jefe! Resulta innecesario precisar el nombre de aquel «comandante en jefe» que se hallaba en todas las mentes.

La primera crisis grave se produjo cuando Adolfo Rotblat, un recluta de los últimos llegados, a quien todos llamaban «el Pupi», afectado por graves crisis de asma (la misma enfermedad del «Che»), y sobre todo, desesperado por la inacción, intentó desertar. No se trataba, en puridad, de un caso de deserción ante el enemigo, puesto que no había tal enemigo. Pero Masetti, para evitar los peligros del contagio, acordó que debía ser aplicada la pena de muerte, y así se hizo.

Pese a que la «Operación Dorado» (nombre clave que Masetti había dado a la «invasión») andaba muy lejos de resultar un éxito, los voluntarios iban afluyendo: un albañil tuerto al que se designó para la delicada labor de ranchero; un estudiante de filosofía, de veintisiete años, con un abuelo almirante; otro estudiante, de veinticinco, recién casado; dos hermanos, mecánicos sin trabajo; dos empleados de la Banca israelita de Córdoba; un obrero de la industria petrolífera, un cultivador de flores, un estudiante de Medicina desertor del Ejército, un emigrante recién llegado de España... En fin: el más variado muestrario que se pueda imaginar.

En febrero de 1964, es decir, a los cinco meses de haberse iniciado la «invasión», el enemigo seguía sin hacer acto de presencia, pero hubo un segundo caso de corte marcial por motivos graves. El reo era Groswald, uno de los dos israelitas de Córdoba, al que se acusaba de insubordinación, faltas contra la moral revolucionaria y negligencia en el cuidado de las armas. La pena fue también de muerte.

Por lo visto, salvo los ejercicios de tiro, los únicos que disparaban de verdad en el «Ejército Guerrillero del Pueblo» eran los pelotones de ejecución. Masetti no podía engañarse a sí mismo: aquel tipo de guerrilla no conducía a ninguna parte, y lo peor que a él personalmente le podía ocurrir era que de pronto hiciese acto de presencia en el campamento del E.G.P. aquel tan deseado «comandante en jefe», las quejas de sus hombres pondrían en peligro su mando, y quizás incluso su vida.

El fin de la guerrilla fue provocado por la traición. El 2 de marzo se incorporaban al grupo guerrillero dos nuevos reclutas. En realidad eran confidentes de la policía militarizada. Fueran adonde fueran los guerrilleros, desde aquel día veíanse hostigados por los gendarmes; parecía que los perseguidores dispusieran de un radar para descubrir a los hombres de Masetti, o que toda la policía de Argentina se hubiera concentrado en la zona fronteriza con Bolivia. Un grupo fue acercado y los hombres que lo formaban tuvieron que rendirse para no perecer de inanición; antes habían perecido ya tres de ellos.

A mediados de abril, el capitán Hermes y otro guerrillero cayeron sobre un puesto de la gendarmería y mataron al centinela. Poco después, caían los dos acribillados. Más que un golpe de mano militar fue un acto de desesperación. Pero, en todo caso, el único auténtico hecho de armas que se puede inscribir en el activo bélico de la guerrilla.

Los efectivos del E.G.P. nunca pasaron de los treinta hombres. Catorce fueron hechos prisioneros y los demás murieron. El «segundo» comandante Masetti se internó en la selva virgen de Yuto y nunca más se supo de él: la selva virgen lo devoró.

Así acabó la «invasión» del territorio argentino por el «Ejército Guerrillero del Pueblo». ¿Qué conclusiones sacó Guevara del poco afortunado ensayo? ¿Serviría para perfeccionar su doctrina táctica del «núcleo guerrillero como base de la Revolución»?

Antes de que Guevara conteste a esas preguntas habrán de transcurrir dos años todavía. Entretanto, el «Che» llora la muerte de unos camaradas, Hermes y Masetti, que, si cometieron errores graves, supieron rescatar su culpa con la propia vida.


Texto en negrita -

Che Guevara
de Colección Grandes Biografías


Introducción

EN La Habana todo el mundo se pregunta qué le ocurre al «Che» o qué ocurre con el «Che». Los periódicos dedicaron un parco comentario a su llegada, y luego cayeron en total mutismo, como si jamás hubiera existido en la tierra un individuo llamado Ernesto Guevara. Los periódi, eos no hablaban del «Che», y el «Che» a su vez parecía empeñado en ocultarse: no acudía al Ministerio de Industria, ni a la Presidencia del Consejo, donde regularmente tenían que despachar los ministros por lo menos una vez a la semana. En el mes que siguió, su nombre sería mencionado por la prensa o la radio sólo dos veces: el 24 de marzo, la emisora de La Habana alude a unas declaraciones suyas publicadas por el semanario Liberation, de Marruecos, y el 13 de abril el periódico Revolución inserta párrafos de un artículo sobre «el hombre nuevo» escrito por Guevara y que bastante tiempo antes fue publicado por la revista Verde Olivo.

Este silencio impenetrable es tanto más significativo cuanto que, por entonces, se estaban produciendo acontecimientos muy graves que afectaban muy directamente a la vida íntima del «Che». Tratemos de encontrar las claves.

Extrañas cartas en extrañas circunstancias

¿Qué hacía Guevara entretanto?...: escribir a su madre y aguardar la respuesta.

La carta del «Che» lleva fecha 16 de marzo; tenía que llevarla Gustavo Roca que, pocos días después, abandonaría Cuba, pero no llegó a poder de Celia de la Serna sino un mes más tarde, porque antes de regresar a Buenos Aires Gustavo recorrió varios países de Europa.

Según Ricardo Rojo, el «Che» pone de manifiesto en la carta un absoluto desánimo y su intención de abandonar todas las actividades públicas:

«Guevara anunciaba a su madre que se disponía a renunciar a su papel de jefe revolucionario en Cuba, que se proponía trabajar durante un mes en los campos de caña de azúcar y que luego pasaría cinco años en una fábrica para estudiar desde el interior el funcionamiento de una de aquellas industrias que antes había dirigido desde la cumbre.»

Como pudo verse, ni la menor alusión al Congo. Una de dos: el «Che» no tenía decidido aún el viaje, o quería que Celia ignorase aquel proyecto.

La referencia de Rojo termina con una frase que por lo significativa hemos separado del resto del párrafo:

«... Le indicaba (a su madre) que bajo ningún pretexto debía ir a La Habana.»

Si es que Guevara creyó realmente necesario prevenir a su madre de forma tan perentoria, el hecho se presta a muchas reflexiones. Hace suponer que había ocurrido en su entrevista con Fidel algo tan grave que le hacía temer por su seguridad e incluso por la de Celia en el caso de que ésta cayera en la tentación de visitarle.

Carta semejante revela en el que la escribió un estado depresivo y a la vez de inquietud por la solidez de su situación dentro de la máquina gubernamental cubana. En cuanto a tal inquietud, si el comportamiento de Guevara en los meses precedentes no revelara su cansancio y decepción al cabo de seis años dedicados a una labor político-administrativa, podía pensarse que con sus apuntados planes de retirada voluntaria quería evitarse la vergüenza de una destitución que la forma poco efusiva de ser recibido por los dirigentes cubanos hacía presumible. A este respecto, cabe insistir en la conclusión a que se llegó en consideración a los antecedentes del caso, a los hechos históricos y a la sicología de los personajes: el distanciamiento, y posiblemente la dimisión irrevocable (aunque mantenida en secreto) de Guevara, surgiría probablemente por iniciativa del propio «Che», quien, antes de llegar a La Habana, debía de tener muy meditado aquel paso.

En cuanto a la firmeza de propósitos con que nuestro héroe piensa en abandonar las vanidades del mundo para buscar refugio en humildes menesteres, igual que hizo en 1555 el César Carlos renunciando al Imperio para dedicarse a dar cuerda a sus relojes, no creemos que deba darse importancia mayor a sus palabras. Víctima de pasajera flaqueza, en un momento de crisis moral Guevara pudo creer en la sinceridad de sus intenciones. Pero un temperamento pletórico como el suyo pronto habría de recuperar su acostumbrado ritmo vital y dejarse de simbólicos eremitorios y tebaidas.

Celia de la Serna responde a su hijo con una larga carta que lleva fecha 14 de abril y que después de la muerte de Guevara originaría violentas polémicas. Ricardo Rojo publica su texto íntegro en el libro Vida y Muerte de un amigo y afirma que debía encargarse de llevar la carta un líder sindical argentino invitado a visitar La Habana con motivo de las fiestas del Primero de Mayo. Pero no dice taxativamente que la misiva llegase a salir. Pepe Aguilar, viejo amigo del «Chancho» allá por la época dorada cordobesa, en un artículo aparecido en la revista uruguaya Punto Final el 24 de septiembre de 1968, lanza contra Ricardo Rojo la acusación de que éste retuvo la carta:

«... En un acto de bajeza incalificable la conservó y ahora la publica en un intento de apoyar sus mentiras.»

Aparte la calificación moral del hecho, éste tiene muy relativa importancia, puesto que, retenida o enviada, la carta de Celia no pudo en ningún caso influir en el ánimo de Guevara, ya que nunca sería leída por éste; si Rojo la retuvo, porque la cosa cae por su propio peso; si el líder sindicalista la llevó a La Habana, porque al llegar aquél a la capital de Cuba el «Che» había ya desaparecido como por escotillón.

Según el texto publicado por Rojo, Celia reprocha con algo de acritud a su hijo sus proyectos de «machetero» para el período de un mes, o de aprendiz gestor de empresas para el de cinco años, cuando tan escasos andan los hombres capaces de organizar un país. Con auténtica intuición de mujer y de madre da repetidamente en el clavo: dice que al saber a su hijo tanto tiempo alejado de Cuba se preguntaba si a su regreso continuaría siendo Ministro de Industria. Luego se contesta ella misma: si Ernesto piensa en dirigir una empresa durante cinco años, es que ha dejado ya de ser ministro. Dando por hecho que las relaciones entre su hijo y los gobernantes cubanos andan por mal camino, sugiere a su hijo que continúe su labor en Argelia o en Ghana, donde su experiencia resultaría enormemente valiosa.

Para dar plenamente en la diana, sólo le faltó a la madre adivinar que, cuando ella escribía, su hijo andaba ya lucubrando nuevas aventuras guerrilleras. Quizá lo sospechara, pero en tal caso, el marávilloso mecanismo que determina las reacciones del alma humana desplazó aquel pensamiento a la esfera de lo inconsciente para que no fuese un tormento peor que todos los demás eih las dolorosas últimas semanas que separaban a Celia de una muerte inminente. Porque cuando escribe aquella carta que su hijo no ha de leer, Celia se debate contra los ultimes zarpazos de un cancel cada vez más extendido, que le produce continuos dolores.

Hasta la última fase del terrible mal, aquella mujer de una pieza ocultó a todos los tremendos dolores que padecía; cuando alguien le aconsejaba que se cuidase, contestaba que no se preocupara, que todo lo que tenía era cansancio.

El 10 de mayo Celia fue hospitalizada. Seis días después los médicos declaraban la inminencia del fin. Ricardo Rojo habló por teléfono con la esposa del «Che». Aleida parecía nerviosa: dijo que su marido no estaba en La Habana «pero que seguía en Cuba». Al pedirle Rojo que avisase a Ernesto cuanto antes, respondió que sería muy difícil poder hablar con él. El 18, hallándose ya en coma la enferma, Rojo telegrafió:

«Comandante Guevara. Ministerio de Industria. La Habana. Tu madre gravemente enferma quiere verte. Un abrazo. Ricardo Rojo.»

No hubo respuesta. Celia de la Serna de Guevara moría al día siguiente.

El hecho de que Guevara no hubiese respondido a ninguna de las llamadas demuestra que no llegó a enterarse del gravísimo estado de su madre. Si no había salido de Cuba, tal como dijo su mujer, tenía que estar en un sitio desprovisto de teléfono y al que no llegaban los telegramas. El 21 de mayo, los periódicos de La Habana publicaban una nota necrológica, pero Ernesto siguió sin dar noticias: en el lugar donde se hallase, al parecer tampoco llegaban los periódicos.

Nadie sabe nada y todos creen saberlo

¿Dónde se encontraba en realidad Guevara por las fechas en que murió su madre? ¿Sometido a vigilancia? ¿Incomunicado? ¿Había dejado ya la isla? Todas las suposiciones resultaban admisibles, salvo la de que siguiese su vida normal en La Habana.

La última referencia oficial procede de Fidel Castro en persona. Había transcurrido más de un mes desde que regresara el «Che» a Cuba. El 20 de abril, Castro tenía que cortar caña en una de aquellas espectaculares jornadas de trabajo voluntario. En pleno campo aceptó una improvisada rueda periodística en la que intervinieron varios redactores extranjeros. Todos querían saber lo que había sido del «Che».

—Lo único que puedo deciros —afirmó Fidel— es que el comandante Guevara se hallará siempre donde más útil pueda ser a la revolución. Estuvo en Africa, y creo que su gira dará buenos frutos. Llegó hasta China para preparar el camino a una importante delegación nuestra. Es un hombre de múltiples aptitudes y de una inteligencia extraordinaria. En suma: uno de nuestros dirigentes más completos.

Aquella vaguísima declaración que llegaba después de tan largo silencio sólo sirvió para excitar todavía más la curiosidad general. Un periódico anunció que Guevara comparecería en público el 1.° de Mayo. Pero aquella noticia luego no se confirmó.

Ricardo Rojo no cree que por entonces Guevara hubiese abandonado la isla. Piensa más bien que sus colegas debían tenerle confinado, pero no preso, en plan de residencia forzosa. El propio «Che» había impuesto en otras ocasiones «retiros» de la misma especie a camaradas que por una causa u otra convenía que, «para su propio bien» descubrieran, apartados del mundanal ruido, sus propios errores tácticos doctrinales.

Rojo dice que, «según datos que posee», la tanda de retiro comenzó el 20 de marzo y se prolongó hasta julio de 1965. El que tal afirma debe considerar aquellos datos material preciosísimo, puesto que los guarda celosamente para disfrutarlos a solas.

A principios de junio, los rumores que hasta entonces no habían trascendido de la propia isla de Cuba, comienzan a difundirse por los cuatro puntos cardinales: se dice que ha muerto; que lucha en la República Dominicana junto a los seguidores del coronel Caamaño, que no ha muerto pero Fidel lo tiene preso. Lo único de cierto es que Arturo Guzman, Viceministro de Industria, es encargado de la gestión y firma en el departamento, aunque se silencia la situación del anterior titular de la Cartera. Aquel mismo día el Embajador de Cuba en Méjico declaraba:

«Guevara no ha caído en desgracia con el Gobierno cubano, ni en relación con su doctrina revolucionaria, dado que precisamente él ha sido uno de sus fundadores. Todo gobierno revolucionario tiene que cambiar sus funcionarios. No hay nada de raro en que un ministro cambie de cargo.»

Desde luego: un relevo en los puestos oficiales es algo habitual en las Administraciones, sean revolucionarias o conservadoras. Mas es cierto también que, cuando el representante de un gobierno da explicaciones tan vagas como las del Embajador de Cuba en Méjico, conviene muchas veces tomar las palabras en su opuesto sentido.

Lo que ni el Embajador ni nadie podía negar era que Guevara seguía sin dar señales de vida y que los rumores iban a más. Unos afirmaban que había sido visto en Colombia (e incluso precisaban que lo llevó un submarino soviético), otros en Guatemala, preparando una revancha contra la «United Fruit»... No podían faltar, naturalmente, los que hablaban del Vietnam; unos estudiantes peruanos dirían en Lima «que lo habían oído de la propia boca de Castro en la Universidad de La Habana»...

En el mundo iberoamericano se iba difundiendo una especie de «sicosis Guevara» que desde la masa innominada iba ganando a las autoridades: El presidente del Gobierno de «Reconstrucción Nacional» de la República Dominicana, general Imbert Barrera, anunciaba el 21 de agosto que Guevara «podía haber encontrado la muerte en este país (Santo Domingo) durante los primeros días de la revolución dominicana».

La errónea versión llegó a convertirse casi en verdad oficial cuando el Directorio Estudiantil Revolucionario en Miami difundió un comunicado en el que se daban toda clase de pormenores: El «Che» había llegado a la capital dominicana el 29 de abril, cinco días después de iniciada la lucha, y había muerto el 3 ó 4 de mayo en una escaramuza callejera. Según el Directorio Estudiantil, Guevara fue llevado a la isla de Santo Domingo por un barco de pequeño calado desde algún puerto pesquero de la provincia cubana de Oriente. Le recibió el mayor Emilio R. Mejías, enlace de Castro con Caamaño. El comunicado seguía diciendo que Guevara ofreció la participación de diez oficiales de la marina especialistas en el alijo de armas y de algunas tropas de tierra. El «Che» habría sido visto por última vez el 3 de mayo, dirigiendo un grupo numeroso de insurgentes. Según el comunicado, el día 5 Caamaño hizo incinerar «por razones sanitarias» los cadáveres en el sector donde luchaba Guevara.

Autocrítica y testamento político

El 3 de octubre se producirá la revelación sensacional. El día anterior, desde el escenario del «Teatro Chaplin», Castro anuncia una profunda reorganización del Partido Unido de la Revolución Socialista (PURS). En la lista de nuevos cargos no venía el nombre de Guevara. Veinticuatro horas después, Fidel da lectura, en otro acto público, a la carta en que su camarada de tantos años anuncia que abandona la isla, después de renunciar a todos sus cargos y a la ciudadanía cubana.

«Esa carta —dice Castro en su discurso— no lleva fecha porque debía ser leída en el momento considerado más oportuno; pero en realidad me fue entregada el primero de abril de este año, es decir, hace exactamente seis meses y dos días.»

La importancia fundamental del documento nos induce a publicar su texto íntegro:

«La Habana, año de la Agricultura.

»Fidel,

»Me recuerdo en esta hora de muchas cosas, de cuando te conocí en casa de María Antonia, de cuando me propusiste venir, de toda la tensión de los preparativos. Un día, pasaron preguntando a quién se debía avisar en caso de muerte, y la posibilidad real del hecho nos golpeó a todos. Después, supimos que era cierta, que en una revolución se triunfa o se muere (si es verdadera). Muchos compañeros quedaron a lo largo del camino hacia la victoria.

»Hoy, todo tiene un tono menos dramático, porque somos más maduros; pero el hecho se repite. Siento que he cumplido la parte de mi deber que me ataba a la revolución cubana en su territorio, y me despido de ti, de los compañeros, de tu pueblo, que ya es mío.

»Hago formal renuncia de mis cargos en la dirección del partido, de mi puesto de Ministro, de mi grado de Comandante, de mi condición de cubano. Nada legal me ata a Cuba, sólo lazos de otra clase que no se pueden romper como los nombramientos. Haciendo un recuento de mi vida pasada, creo haber trabajado con suficiente honradez y dedicación para consolidar el futuro revolucionario. Mi única falta de alguna gravedad es no haber confiado más en ti desde los primeros momentos de Sierra Maestra, y no haber comprendido con suficiente celeridad tus cualidades de conductor y de revolucionario.

»He vivido días magníficos y sentí a tu lado el orgullo de pertenecer a nuestro pueblo en los días luminosos y tristes de la crisis del Caribe.

»Pocas veces brilló más alto un estadista que en esos días. Me enorgullezco también de haberte seguido sin vacilaciones, identificado con tu manera de pensar y de ver y apreciar los peligros y los principios.

»Otras tierras del mundo reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos. Yo puedo hacer lo que te está negado por tu responsabilidad al frente de Cuba, y llegó la hora de separarnos.

»Sépase que lo hago con una mezcla de alegría y dolor; aquí dejo lo más puro de mis esperanzas de constructor y lo más querido entre mis seres queridos, y dejo un pueblo que me admitió como un hijo; eso lacera una parte de mi espíritu. En los nuevos campos de batalla llevaré la fe que me inculcaste, el espíritu revolucionario de mi pueblo, la sensación de cumplir con el más sagrado de mis deberes: luchar contra el imperialismo dondequiera que esté; esto reconforta y cura con creces cualquier desgarradura.

«Digo una vez más que libero a Cuba de cualquier responsabilidad, salvo la que emane de su ejemplo. Que si me llega la hora definitiva bajo otros cielos, mi último pensamiento será para este pueblo y especialmente para ti. Que te doy las gracias por tus enseñanzas y tu ejemplo y que trataré de ser fiel hasta las últimas consecuencias de misactos. Que he estado identificado siempre con la política exterior de nuestra revolución y lo sigo estando. Que en dondequiera que me pare, sentiré la responsabilidad de ser revolucionario cubano, y como tal actuaré. Que no dejo a mis hijos y mi mujer nada material, y no me apena: me alegro que así sea. Que no pido nada para ellos, pues el Estado les dará lo suficiente para vivir y educarse.

»Tendría muchas cosas que decirte a ti y a nuestro pueblo, pero siento que son innecesarias; las palabras no pueden expresar lo que yo quisiera, y no vale la pena emborronar cuartillas.

»Hasta la victoria siempre. ¡Patria o Muerte!

»Te abraza con todo fervor revolucionario:

»“Che”.»

Fidel terminó su alocución con una corta frase: «Dejo que los enemigos de la revolución sigan haciendo conjeturas sobre Guevara.»

¿Conjeturas? Mucho más numerosas y lúgubres de lo que podía suponer Fidel. Las repetidas alusiones del «Che» a la idea de la muerte, la frase en que confiaba mujer e hijos a la solicitud del Estado, crearon en la inmensa sala del Teatro un ambiente de lectura testamentaria. Además, estaba el aspecto funeral de Alida March, la esposa, que ocupaba un puesto de honor en la tribuna; el corresponsal de la agencia Reuter lo describe así: «Permaneció sentada con la cabeza inclinada, marcado aire de tristeza y completamente vestida de negro.» Y luego, el broche final de Castro: «Dejo que los enemigos de la revolución sigan haciendo conjeturas sobre Guevara.» Forzoso era que la mente colectiva del auditorio pensara en uno de aquellos sacrificios rituales que hasta la desaparición de Stalin gozaron de tanta boga en los países socialistas; en una de aquellas ejecuciones donde la propia víctima aceptaba la «liquidación física» como un último servicio al Partido y a la felicidad del pueblo.

Pero, no; los maliciosos pesimistas se pasaban de listos. Al «Che» no lo habían obligado a «suicidarse voluntariamente», ni se le había administrado el clásico tiro en la nuca. Para Guevara todavía estaba lejos, aunque ya no tanto, la hora en que, según sus propias palabras, «no moriría en la cama».

La carta que hemos transcrito es el desenlace de un largo conflicto político que en estado más o menos activo enfrentó al «Che» con sus colegas, prácticamente desde el momento en que triunfó la revolución. Existen dos escritos, probablemente de aquella misma época, de igual o mayor significación para quienes desean conocer al auténtico Guevara, humano y cordial, cruelmente desgarrado por fuerzas opuestas; por un lado su vocación aventurera y unos deberes impuestos por el «honor revolucionario» que, según sus propias palabras, le arrastraba a ceñir otra vez «el costillar de Rocinante... con unas piernas flaccidas y unos pulmones cansados»; por el otro, la ternura y cariño entrañable que siente por los suyos.

Uno de dichos textos es el que transcribíamos en síntesis al comienzo de este libro; aquél en que, «pequeño condottiero del siglo XX», había precisamente de «sentir otra vez bajo sus talones el costillar de Rocinante» y predice su muerte cercana. La fecha de esta carta debe coincidir con la de adioses a Fidel y al pueblo cubano, porque la dirige «a sus padres»; es decir: que al escribirla, el «Che» aún ignoraba la muerte de su madre.

Los últimos párrafos de la misiva dicen así:

«Os he querido mucho, aunque no haya sabido expresaros mi afecto, mi modo de obrar está falto de matices y creo que a veces no me habéis comprendido. Sé que no era fácil comprenderme, pero hoy tenéis que creerme (...) Acuérdense de vez en cuando de este pequeño condottiero del siglo XX. Un beso para Celia, Roberto, Ana María y Pototín y Beatriz, y todo el mundo. Su hijo pródigo y testarudo les besa con cariño. Ernesto.»

La otra carta es para los niños:

«A mis hijos.

»Queridos Hildita, Aleidita, Camilo, Celia y Ernesto (Guevara menciona los hijos que ha tenido en los dos matrimonios):

»El día en que lean esa carta ya no estaré entre ustedes. Apenas se acordarán de mí y los más pequeños me habrán olvidado del todo.

»Su padre fue un hombre que obró siempre de acuerdo con lo que pensaba y siempre se mantuvo fiel a sus convicciones.

»Sean buenos revolucionarios. Estudien mucho y aprendan a dominar la técnica, que a su vez permite dominar a la naturaleza. Acuérdense de que la revolución es lo que cuenta, y que cada uno de nosotros, tomado aisladamente, no vale gran cosa.

»Por encima de todo, sean siempre capaces de sentir en lo más profundo de ustedes mismos las injusticias que se cometan contra cualquiera y en cualquier parte del mundo que sea. Esta es la más bella virtud de un revolucionario.

»Adiós, hijos míos; espero volver a verles algún día. Les beso muy fuerte y les estrecho contra mi corazón. Papa.»

Los ideales se sacrifican a la política

Queda por saber si en la siguiente aventura de Guevara por tierras congoleñas la decisión fue del «Che», con independencia o aun contra la voluntad de Fidel, o si ambos anduvieron acordes al elegir aquel nuevo campo de actividades para nuestro héroe.

Jean-Jacques Nattier opina que Guevara fue al Congo de pleno acuerdo con Castro y dentro del esquema táctico general que seguía la política exterior cubana.

Ricardo Rojo coincide con esta tesis, e incluso la lleva más allá. Viene a decir que todo el misterio creado en torno del «Che», desde marzo a octubre de 1965, fue una simple cortina de humo tendida para enmascarar los planes que de consumo habían trazado para el guerrillero los dos compadres. Una de las piezas maestras de aquel aparato escenográfico habría sido la artimaña con que Castro simuló la presencia, e incluso la muerte de Guevara en Santo Domingo.

Según Rojo, la salida del «Che» fue cuidadosamente preparada por el servicio «G-2», policía política cubana que funcionaba bajo la dirección del comandante Manuel Piñeyro, alias «Barbarroja».

Entretanto, Guevara seguía tranquilamente su viaje hacia el Congo.

Ha de suponerse que Guevara luchó junto a los grupos armados de Mulele y Soumialot que se enfrentaban a los mercenarios blancos de aquel Moisés Tshombe inicialmente adversario del poder central congoleño y luego presidente del mismo hasta que fue derrocado por el jefe del ejército, coronel Mobutu.

Debe suponerse que durante su colaboración con los «simbas» congoleños, Guevara hubo de pasar forzosamente por malos ratos: por ejemplo, cuando aquellos devoraban tranquilamente, de acuerdo con un rito africano ancestral, el corazón de los enemigos muertos para infundirse su valentía y coraje.

Posiblemente, la contemplación de aquel espectáculo y de otros semejantes contribuyó a que Guevara decidiese pasar del Congo exbelga al Congo exfrancés. Por otra parte, lo hacían aconsejable dos acontecimientos que habían modificado sustancial-mente el panorama político africano: La caída de Ben Bella en Argelia el 20 de junio de 1965, y en el Congo, la destitución de Tshombe por el coronel Mobutu el 24 de noviembre.

La guerrilla congoleña perdió gran parte de su fuerza dinámica cuando desapareció el estímulo para la lucha que significaba la presencia de Tshombe, quien, más con razón que sin ella, era considerado un agente del odiado imperialismo blanco. Algunos jefes guerrilleros se sometieron, y Mobutu, con apoyo de los mercenarios blancos, dio buena cuenta de los recalcitrantes.

Guevara pasó a Brazzaville en los comienzos de 1966. Allí encontraría unas condiciones de lucha más adecuadas a 4a delicadeza (relativa) de un hombre que procedía de la evolucionada sociedad blanca: el enemigo tenía el carácter de «invasor» y sus compañeros de lucha no eran ya los salvajes «simbas», sino auténticos «defensores del orden socialista»; muchos de ellos adiestrados por instructores que, como el «Che», habían llegado de Cuba.

El 15 de febrero Guevara escribe una carta a su hija mayor, Hilda, con motivo de su décimo aniversario. En ella le dice que se encuentra lejos, y que seguirá separado de ella por mucho tiempo, luchando contra el enemigo de la revolución.

Pero aquel «mucho tiempo» resultó bastante más corto que lo previsto por el «Che». Varias circunstancias contribuyeron a que tuviese que abandonar el Congo antes de lo que pensaba.

En enero se había celebrado en La Habana una Conferencia Tricontinental de países socialistas. La mayoría de los representantes había dado en ella su voto favorable a una moción de los delegados cas-tristas que propugnaba la «coexistencia pacífica»; únicamente votaron en contra los mandatarios prochinos. Se produjo un enfriamiento en las relaciones Cuba-China, que llegaron a un punto muy cercano a la congelación cuando Fidel Castro acusó públicamente a los chinos de provocar un levantamiento en el seno de las fuerzas armadas cubanas.

Aquella disputa que tenía lugar en la otra ribera del Atlántico repercutió en el Congo. Mulele y Soumialot, pro-chinos, recibieron de Pekín orden de influir en los regímenes socialistas africanos para que pidieran al Gobierno de La Habana que Guevara abandonase la zona. Es probable que los dos jefes guerrilleros obedecieran gustosamente, ya que el paso del «Che» desde el Congo-Leopoldville a Brazzaville tuvo que dejarles bastante menos que satisfechos.

Parece ser que, de momento, Guevara se negó a obedecer las órdenes. Pero las demandas de los chinos, de los rusos, de Soumialot o de quien fuese, debieron de hacerse más insistentes, ya que a finales de febrero se presentaron en Brazzaville dos representantes personales de Fidel, y a la vez amigos del «Che»: Los comandantes Aragonés y Drake, con la misión de convencer al recalcitrante.

Los dos enviados debieron salirse con la suya, puesto que Guevara y sus más inmediatos colaboradores dejaban el territorio congoleño en el mes de marzo. No se conoce la fecha exacta.

Todas aquellas idas y venidas, conciliábulos y peticiones de unos gobiernos socialistas a otros, tuvieron lugar en el mayor secreto. El paso de Guevara por el Congo y su forzada salida fueron cuestiones que los dirigentes socialistas trataron en familia.

Entretanto, la opinión pública mundial seguía preguntando qué había sido del «Che». La mayoría de las gentes se había tragado la versión amañanada por el comandante Piñeyro que le daba por muerto en las luchas internas de la República Dominicana.

El «Che» vive. Pero en marzo de 1966, después de su estéril aventura congoleña, su aspecto es muy distinto al del «Chancho» juvenil, y aun al del guerrillero que en Sierra Maestra resistía fatigas que hubiesen abrumado a otro cualquiera, más fuerte y con los bronquios sanos. Cuando nuestro héroe se dispone a representar el último acto de su tragedia sólo tiene treinta y ocho años, pero aparenta mayor edad. Los que por entonces lo ven se dan cuenta de que unos pocos otoños más convertirán a Guevara en un hombre maduro que va para viejo.


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Che Guevara
de Colección Grandes Biografías


Introducción

El cadáver del Che es presentado a la prensa.
El cadáver del Che es presentado a la prensa.

ALGUNOS hechos ocurridos en el año que transcurre desde marzo de 1966 (regreso a Cuba de Guevara) a abril de 1967 (cuando ya se hallaba luchando en Bolivia) vienen aparentemente a justificar la tesis, mantenida por muchos, según la cual Fidel Castro y el «Che» siempre anduvieron de acuerdo en lo fundamental y por encima de sus diferencias de criterio. Para los que así piensan, la conspiración de silencio en torno de Guevara, su alejamiento, los bulos puestos en circulación, no eran otra cosa que lances en el juego escondido que entrambos se traían; algo así como una partida de «mus» en la que aquellos que van de compañeros se pasan señas a escondidas de la pareja contraria.

Resulta difícil admitir una opinión tan extremada, puesto que Castro no es Talleyrand ni Guevara un Fouché. Posiblemente la verdad auténtica, la verdad que algún día la historia quizás haga demostrable, se puede hallar en el justo medio y de acuerdo con un juicio que no creemos aventurado sobre todas aquellas cosas que les unía o que les separaba.

Divorcio de dos personalidades complementarias

Las diferencias doctrinales, de táctica, e incluso de carácter, habían creado entre Fidel y su segundo una situación de rivalidad y antagonismo que forzaba la separación; en forma semejante a como hay matrimonios en los que marido y mujer se quieren mucho, pero que llegan a no poder soportarse uno al otro. Pero entre Fidel y el «Che» se daba una base de identificación fundamental (como la presencia de hijos en el matrimonio), y sobre todo, el hecho de que la conveniencia les llevaba, desde posiciones doctrinales encontradas, a una identidad de intereses y tácticas.

Algunas de las circunstancias que abonan esta opinión se dan con anterioridad al regreso del «Che» a Cuba en marzo de 1966.

Como indicamos en el capítulo anterior, la Conferencia tricontinental de La Habana se celebró en enero de 1966. Allí quedaron marcadas tres posiciones perfectamente definidas: la soviética, defensora de la «coexistencia pacífica»; la china, que propugnaba «la insurrección mundial sin limitaciones»; y la cubana, de signo intermedio: «coexistencia», pero «reconociendo a los pueblos esclavizados el derecho a buscar el camino de su liberación». En principio, Castro pasaba por exponente de la postura soviética y Guevara de la china, aunque, así trazado, el esquema resulta excesivamente simplista.

En todo caso, a partir de actitudes teóricamente opuestas, Fidel y el «Che» vienen a coincidir en la tesis intermedia cubana: Para Castro lo fundamental es la reafirmación de su régimen en la Isla; si pudiera lograrla mediante la coexistencia, sería «coexistente» acérrimo. Pero los Estados Unidos no parecen dispuestos a extender el alcance de aquella táctica más allá del binomio USA-URSS, y en ninguna forma, desde luego, a sus relaciones con Cuba. Consecuentemente, Fidel Castro decide que la creación de nuevos Estados revolucionarios en Iberoamérica es condición necesaria para la pervivencia de su régimen en Cuba.

Para el «Che», por el contrario, la lucha revolucionaria es lo esencial, pero la creación de sus queridos «núcleos guerrilleros» precisa de una potencia que los respalde; ni siquiera Sierra Maestra hubiera sido posible de no contar con el apoyo de los Estados Unidos. Si Cuba está en condiciones de patrocinar acciones subversivas en Sudamérica y quiere hacerlo, el «Che» actuará, naturalmente de pleno acuerdo con ella.

Ya tenemos, pues, a Castro y a Guevara en un terreno de común entendimiento. En la cartadespedida, el «Che» no dice qué carácter tomarán sus futuras relaciones con el régimen cubano. En la sesión de clausura de la Conferencia Tricontinental, Castro disipa los malentendidos:

«El compañero Ernesto Guevara, unos cuantos revolucionarios de este país, y unos cuantos revolucionarios de fuera de este país, saben cuándo salió, qué ha estado haciendo en este tiempo. Y, desde luego, los imperialistas estarían muy interesados en saber, con todos los detalles, dónde está, qué ha hecho, cómo lo hace; al parecer no lo saben, y si lo saben lo disimulan mucho.»

En otro párrafo de su discurso, dice Fidel:

«El compañero Guevara se unió a nosotros cuando estábamos exiliados en Méjico, y siempre, desde el primer día, tuvo la idea, claramente expresada, de que, cuando la lucha terminara en Cuba, él tenía otros deberes que cumplir en otra parte, y nosotros siempre le dimos nuestra palabra de que ningún interés del Estado, ningún interés nacional, ninguna circunstancia, nos haría pedirle que se quedara en nuestro país, obstaculizando el cumplimiento de ese deseo o de esa vocación.»

Después de aquellas palabras, la situación quedaba perfectamente aclarada: Guevara gozaba de cierta independencia con respecto de la revolución cubana, pero en su actuación obraba de pleno acuerdo con los dirigentes de la misma.

Fundamentos de las guerras de liberación

En vista de las encontradas posiciones que se manifestaron en el seno de la conferencia tricontinental, para fortalecer la actitud de Cuba dentro de la «familia socialista», Castro decidió la creación de una Organización Latinoamericana de Solidaridad, cuya finalidad era establecer un plan de acción conjunta para los distintos movimientos socialistas de América del Sur y Central.

En abril de 1970, tres meses antes de que la OLAS (sigla de la nueva organización) celebrase su primera reunión plenaria, el secretario ejecutivo, capitán Osmani Cienfuegos dio a conocer a los miembros de aquélla una declaración «que habíar enviado a la OLAS el compañero Guevara». Cienfuegos también mostró algunas fotografías del «Che», como mentís a los aciagos rumores que por el mundo habían corrido.

Aquella pública reaparición del «Che», aunque no en persona, probaba que sus diferencias con Fidel habían quedado superadas, o bien que el plan para la guerrilla en Bolivia, a la que por entonces Guevara estaba entregado en cuerpo y alma, era obra de los dos.

En su declaración, Guevara procede a un análisis del fenómeno «guerras de liberación» en Asia, en Africa y en América Latina como algo que constituye un todo inseparable.

«La táctica general de los pueblos —afirma el “Che”— debe ser atacar vigorosamente y sin interrupción en todos los lugares en que ocurre una confrontación. Y en aquellos lugares en que esta miserable paz que soportamos no ha sido rota, ¿cuál debe ser nuestra tarea? Liberarnos a cualquier precio.»

Guevara presenta el caso del Vietnam como símbolo de aquella parte de la humanidad que lucha por sus reivindicaciones:

«Hay una penosa realidad: Vietnam, esa nación que representa las aspiraciones y las esperanzas de victoria de todo un mundo desheredado...»

A continuación arremete contra los Estados Unidos por ser los causantes de la tragedia vietnamita y, puesto que Guevara convierte al Vietnam en un símbolo del mal generalizado, los causantes de todos los males que aquejan a la humanidad doliente son los Estados Unidos. Pero China y la URSS apenas salen mejor paradas:

«Ese pueblo (el vietnamita) debe soportar los embates de la técnica norteamericana, casi a mansalva, con algunas posibilidades de defensa en el norte, pero siempre solo.

»El imperialismo norteamericano es culpable de agresión. Sus crímenes son inmensos y conocidos por el mundo entero. ¡Ya conocemos esto, señores! Pero son tan culpables como ellos quienes en el momento decisivo vacilaron en convertir al Vietnam en una parte inviolable del territorio socialista.»

Cuando se refiere de modo especial a lo que ocurre en Iberoamérica, Guevara dice que los focos insurreccionales han tenido hasta el momento carácter episódico, pero que seguirán nuevos movimientos de más fuerza y envergadura:

«Es el camino del Vietnam; es el camino que deben seguir los pueblos; es el camino que seguirá América, con la característica especial de que los grupos de armas pudieran formar algo así como juntas de coordinación para hacer más difícil la tarea represiva del imperialismo yanqui y facilitar la propia causa.»

No resulta extraño que Guevara nos hable con tanta seguridad, puesto que ya está él mismo siguiendo «aquel camino» en Bolivia.

Cuando el «Che» describe las tácticas a seguir en los futuros movimientos insurreccionales, vuelve a las tesis expuestas en La guerra de guerrillas:

«Pero no podemos permitirnos abrigar ninguna ilusión; no tenemos ningún derecho a creer que la liberación se pueda conseguir sin lucha. Y las luchas no serán simples combates callejeros de piedras contra granadas de gas, ni huelgas generales pacíficas; ni será una lucha en que el pueblo enfurecido destruya el aparato represivo de la oligarquía gobernante en dos o tres días. Será una lucha larga y cruel, cuyo frente estará en los escondites guerrilleros, en las ciudades, en las casas de los combatientes. No hay otro camino que prepararla y decidir comenzarla.»

Al final de su proclama, Guevara insiste en el carácter de la lucha, universal y sin compartimientos estancos.

«... Morir bajo las enseñas del Vietnam, de Venezuela, de Guatemala, de Laos, de Guinea, de Colombia, de Bolivia, de Brasil, para citar sólo los escenarios actuales de la lucha armada, ha de ser igualmente glorioso y apetecible para un americano, un asiático, un africano, y aun un europeo.»

La fecha exacta de la marcha de Guevara en pos de lo que había de ser el último episodio aventurero de su vida no se conoce con exactitud. Se la sitúa en agosto de 1966, porque coincide con una reactivación de los preparativos insurreccionales en el que había de ser teatro de sus postreras hazañas.

En agosto de 1967 Castro ratifica que se hallaba perfectamente identificado con la táctica guerrillera de Guevara, cuando en la Conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad que se celebra en La Habana patrocina la elección del camino guerrillero como «línea fundamental» de la revolución, en siete de los diecinueve puntos que se recogen en la «Resolución final» de la Conferencia.


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Che Guevara
de Colección Grandes Biografías


Introducción

El cadáver del Che en el pueblo boliviano de La Higuera.
El cadáver del Che en el pueblo boliviano de La Higuera.

LA elección de Bolivia por el «Che» como campo donde implantar su futuro «núcleo guerrillero» ha sido muy criticada a posteriori. En opinión de muchos, la zona más indicada era Venezuela: por su proximidad a Cuba, que hubiera permitido llevar clandestinos refuerzos a los insurgentes, por el hecho de que ya operara en el país un importante movimiento de guerrillas, y por último, por las condiciones sociales reinantes en el país, que presentaban cierta semejanza con las que se daban en Cuba por el año 1956.

Sin tener en cuenta el hecho de que después de fracasado un plan resulta muy fácil ponerle defectos (nos referimos a la insurrección guerrillera en Bolivia), aquellas críticas, hasta cierto punto fundamentadas, no tienen en cuenta determinados hechos que aconsejaban descartar a Venezuela.

En primer lugar: Una reactivación de las guerrillas venezolanas hubiera provocado forzosamente violenta reacción en los Estados Unidos, cuyos intereses en Venezuela son más importantes que en cualquier otro país iberoamericano. No era dable a Castro autorizar ninguna iniciativa que pudiese conducir a la «vietnamización» de la guerrilla venezolana, a una intervención yanqui que probablemente se hubiera extendido a la propia isla de Cuba y dado al traste con el régimen de Fidel.

En segundo lugar: Guevara sentíase atraído por Bolivia con igual fuerza en 1966 que cuando en otoño de 1963 animaba la precursora operación de Masetti: porque lo que realmente le atraía de Bolivia era su proximidad con el territorio argentino. Hecho demostrativo de que el terruño natal tira incluso de aquellos que alardean de no tener otra patria que la humanidad entera.

El grupo inicial y los primeros contactos

Desde aquel ya lejano 1953 en que Guevara pasó por Bolivia, habían ocurrido en el país muchas cosas. A finales de 1964 caía el gobierno izquierdista de Paz Estenssoro, a causa principalmente de la miseria que había ocasionado en el país el desplome del mercado de estaño, único producto de la exportación boliviana.

Unos meses antes, allá por mayo, habían aparecido en la provincia de Santa Cruz, en la zona limítrofe con el Brasil, algunos grupos guerrilleros campesinos, pero de signo absolutamente opuesto al castrismo: se trataba de antiguos propietarios despojados por la reforma agraria del Movimiento Nacional Revolucionario (el partido de Paz Estenssoro), que se apoyaba en un grupúsculo totalitario que a sí mismo se denominaba Falange Boliviana.

Al general René Barrientos, nuevo presidente dictatorial, no le faltaban dotes de habilidad política. Impuso un trato de mano de hierro a los trabajadores de los distritos mineros, afiliados casi todos al partido comunista. Pero, en cambio, supo atraerse a las masas campesinas. Otorgó algunas compensaciones a los propietarios afectados por la reforma agraria, pero, en sus líneas generales, mantuvo todos los asentamientos y repartos de tierra realizados por el anterior gobierno. A los pocos propietarios recalcitrantes que siguieron pensando en recuperar sus fincas por la tremenda, les hizo entrar en razón con unos bien entrenados comandos anti-guerrilla. Los campesinos acabarían siendo casi todos «de Barrientos», porque veían en él un protector.

Esta era la situación cuando el «Che» llegó a territorio boliviano a mediados de septiembre. El semibloqueo impuesto a Cuba por los Estados Unidos y el secreto que se debía mantener en torno al viaje de Guevara, obligaron a éste a seguir un itinerario complicadísimo. Salió de La Habana en un avión de la compañía «Iberia» que le llevó a Madrid. Desde la capital de España continuó viaja hacia Sao Paulo, en el Brasil. Luego prosiguió en autocar hasta Corumbá, en la raya fronteriza, pasó a Puerto Suárez, ya en territorio boliviano, y al fin llegó a Cochabamba.

Algunos de los que habían de ser sus ayudantes le habían precedido. En total eran quince, casi todos procedentes de la famosa cuarta columna que consiguiera en 1958 la decisiva victoria de Santa Clara.

Para llegar a Bolivia, aquellos hombres se distribuyeron en cuatro grupos. Todos llevaban documentación con nombre supuesto: dos pasaportes uruguayos, seis panameños, dos colombianos y siete del Ecuador. Los dos pasaportes sobrantes eran llevados como reserva, para el caso de que la identidad de alguno fuese descubierta e hiciera necesario un repentino cambio de personalidad.

Algunos de aquellos hombres ostentaban el grado militar de comandante y habían desempeñado en Cuba funciones políticas destacadas. Juan Acuña era miembro del Comité central del Partido Comunista antes de que éste tomara el nombre de Partido Socialista Popular. Orlando Pantoja Tamayo había desempeñado cargos importantes en el famoso «G-2», temible policía militar. Elíseo Reyes se había incorporado a la guerrilla de Sierra Maestra cumplidos apenas los dieciséis años; por entonces le llamaban «San Luis» debido a su cabellera rubia y angelical aspecto de niño de coro; pertenecía también al Comité central del Partido Comunista. Gustavo Machín fue por algún tiempo Viceministro de Industria. Alberto Sánchez y Jesús Suárez Cayol habían ocupado también altos puestos en la Administración.

Cada uno de los grupos siguió su propio camino y llegó a Bolivia en distinta fecha. Orlando Pantoja, con los tres camaradas que le acompañaban, estaba en Cochabamba pocos días antes de que llegase Guevara; había penetrado en Bolivia por la frontera del Perú. Otro de los pelotones, integrado éste por cinco hombres, llegó desde Chile, por las alturas de Arica, cruzando las salinas de Uyuni. Los últimos expedicionarios se presentaron en diciembre, por la frontera argentina; antes habían tenido que realizar el interminable periplo. La Habana-Leningrado-Moscú-Praga-Buenos Aires.

En Cochabamba, segunda ciudad boliviana por el número de habitantes, y quizá primera por su belleza, Guevara entró en relación con algunos elementos del partido comunista boliviano. Su primera entrevista la mantuvo con Jorge Kolle Cueto, perteneciente al Secretariado del partido. El coloquio resultó más bien frío. Por lo visto Kolle se proponía tan sólo comprobar la real presencia del legendario Guevara en el país pero no había pensado en ayudas o colaboraciones. Sin embargo, aquella conversación hubo de ser útil para el «Che», puesto que Kolle le presentó una muy amplia reseña de la situación político-social boliviana, no ajustada del todo a ciertas ideas preconcebidas por Guevara: en opinión de Kolle, una insurección, para tener éxito, habría de basarse más en el proletariado minero que en la población rural, ya que ésta se mostraba generalmente afecta al gobierno de Barrientos.

El cuartel general guerrillero

Más fructíferas para Guevara resultaron sus relaciones con Roberto Peredo, miembro también del Comité central del P.C. Se trataba de un joven taxista de veintiocho años, con grandes dotes de organizador. En 1962 y 1965 había estado en La Habana; convencido de las excelencias de la táctica guerrillera, intentó imponer sus puntos de vista en el seno del Comité central boliviano. Al saber que algunos de sus conocidos cubanos se hallaban en el país, desperdigados por varias localidades del extenso y casi desértico departamento de Santa Cruz, en el extremo oriental boliviano frontero al Brasil, acudió a visitarles, y al conocer los proyectos que traían decidió hacerlos suyos y romper la disciplina del Partido, que por entonces era opuesto a cualquier tipo de revolución.

Peredo propuso a Guevara la compra de una finca que él conocía, situada en un paraje desierto y salvaje que llevaba el nombre de Ñancahuazu, del nombre de un torrente que discurría por él. El lugar se hallaba cerca de Lagunillas, en la provincia de Santa Cruz. Roberto Peredo creía la propiedad muy adecuada como centro de operaciones para una guerrilla, con la ventaja suplementaria de que, si era explotada racionalmente, podía dar alimento para buen número de combatientes.

El plan no era descabellado. Si se observa el ma pa de la provincia de Santa Cruz, puede verse un cuadrilátero casi deshabitado, al que limitan por el oeste Camiri y Santa Cruz, al este Puerto Suárez, y al norte Concepción y San Ignacio. La región se halla encajonada entre las fronteras brasileña, paraguaya y argentina. Constituye una importante zona de paso para las comunicaciones internacionales: por ella discurren dos ferrocarriles: uno desde Santa Cruz a Puerto Suárez (frontera brasileña) y el otro también desde Santa Cruz a Yacuiba (frontera con Argentina). En los mapas de la provincia no se ven apenas marcas de aglomeración urbana o rural. Ello no es olvido de los cartógrafos, sino prueba de que la población humana no existe apenas: Considérese que, con una extensión semejante a la de Gran Bretaña, Bélgica y Holanda reunidas, la provincia de Santa Cruz sólo cuenta con un número de habitantes inferior a los 350.000; densidad inferior a persona por kilómetro cuadrado.

La finca Nancahuazu se halla en el centro de esta comarca desértica. Pero en este caso, el adjetivo «desértico» no debe hacer sugerir al lector la imagen de una soledad como la del Sahara: la provincia de Santa Cruz se halla inmersa en plena selva tropical. A Nancahuazu se va desde Lagunillas (un insignificante burgo de seiscientos habitantes que a los naturales les parece ciudad) por un camino que discurre por los inmensos dominios de El Pineal. Pero allí termina lo que se podría llamar carretera. A partir de aquel punto hay que seguir por senderos apenas señalados en la espesura y frecuentemente cortados por cerros abruptos o profundas gargantas. Las plantas trepadoras lo cubren todo, de forma que hay que abrirse paso a golpes de machete; a dos metros de distancia quedaría totalmente oculto cualquiera que acechara el paso de un caminante. La finca de Nancahuazu está cruzada por un torrente del mismo nombre, que no facilitaría sus desplazamientos a los guerrilleros ni a nadie, pues discurre turbulento entre dos telones de maleza. En cambio, proporcionaría tanto a un guerrillero como a cualquier pacífico viandante una molestia completamentaria: allá donde sus aguas se remansan, surgen nubes de mosquitos: los temibles «mariguíes» de la región. Sin embargo, el peor enemigo de los guerrilleros será la maleza: zarzas, plantas trepadoras y cierto tipo de cactáceas cuyas hojas, cortantes como cuchillos dentados, rasgan la ropa y la piel.

Podría pensarse que, desde el punto de vista militar, aquella salvaje zona resultaba ideal para la lucha de guerrillas: semidesierta, impenetrable, y apoyada en tres fronteras por las que podrían llegar refuerzos y que, caso de venir mal dadas, ofrecerían seguro asilo. Pero en su aspecto humano-sociológico había que ver las cosas de otro modo.

En cualquier medio ambiente, y tanto más cuanto peores sean en él las condiciones de vida, guerrillero ideal ha de ser aquel a quien el hábito y una larga línea de herencia tengan mejor adaptado al medio. Dicho de modo menos abstruso: difícilmente será buen guerrillero quien luche fuera de su país. De ahí que normalmente fracasen las unidades «anti-guerrilla» teóricamente instruidas en los métodos de lucha guerrillera por los Estados Mayores. Las condiciones del combatiente autóctono no pueden ser improvisadas en un campo de entrenamiento. Excepción de esta regla puedan quizá ser los jefes; y no todos, sino solamente aquellas individualidades de auténtica excepción, poseedoras de una fuerza moral y física superior a todas las dificultades; el propio Guevara resulta magnífico ejemplo de tal casta guerrillera fuera de serie. Pero, en cuanto descendemos a nivel de la masa combatiente, aquella norma se cumple con la exactitud de un principio matemático.

Sin apoyo en el campo y en el partido

Ahora bien: ¿Podría el «Che» reclutar hombres de la región?... Muy difícil le sería. En la provincia de Santa Cruz la población es escasísima, y además, formada por un campesinado que, desde la reforma agraria de Paz Estenssoro, protegida luego por Barrientos, no siente el menor interés por modificar su status social.

«El término “indio” —dice Luis Mercier Vega refiriéndose al agricultor boliviano— ha cedido lugar al de “campesino”, y el cambio no se limita a las palabras. El primero, y sin duda el definitivo, beneficiario de la revolución de abril de 1952 (es decir, la reforma agraria de Estenssoro) es el campesino indígena, ayer clavado a una tierra que no le pertenecía, sometido al propietario y dependiente enteramente de éste, y que ahora trabaja su parcela, va a la ciudad, vende sus productos, y a veces acomete la gran aventura de la marcha hacia el este.»

Guevara, tal como le previnieron los primeros comunistas con que trató a su llegada, se vería obligado a reclutar su gente fuera del campo: en las grandes ciudades y en los distritos mineros. Luego la experiencia demostraría que los combatientes de tal procedencia nunca se aclimatarían a las intolerables condiciones reinantes en la provincia de Santa Cruz.

Sea como fuere, Guevara puso en marcha su plan guerrillero, de acuerdo con las sugerencias de Roberto Peredo. Ñancahuazu se convirtió en su centro de operaciones. La casa propiamente dicha era una modestísima edificación de una sola planta, recubierta con planchas onduladas de amianto; lo que en España suele llamarse «uralita» y en algunos países de América «calamina». Aquella instalación hubiese parecido en Europa una habitación impropia de gentes civilizadas. Pero en Santa Cruz la uralita parecía casi un lujo; la casa de Nancahuazu era llamada en la región «la Casa de calamina», para distinguirla de las otras casas, más humildes todavía. Pues bien: a la «Casa de calamina» llegaban de noche los guerrilleros apostados en los alrededores para recoger sus raciones, dar la novedad y tomar órdenes.

Para reforzar la magra despensa que suministraban los productos de la finca (los cacahuetes eran el más abundante producto de la casa), Peredo solía ir en su taxi a Camiri, en tanto el estado del camino lo permitía. De aquella pequeña localidad, a la que el descubrimiento de unos pozos petrolíferos había dado cierto auge, venían los alimentos complementarios del cacahuete, el vestuario y las medicinas que el crecimiento paulatino de la guerrilla hacía necesarios.

Como ya hemos dicho, los nuevos reclutas procedían en su mayoría de los distritos mineros. La noticia de que «Guevara estaba allí» provocó, al difundirse por los poblados de la región estañífera, un clima de gran exaltación. Los mineros discutían la conveniencia de incorporarse a la guerrilla de Guevara o de seguir fieles a la disciplina del Partido que, por el momento, proscribía toda participación en movimientos revolucionarios.

La situación no era cómoda para los dirigentes del P.C.: oponerse resueltamente a la guerrilla de Guevara podía motivar que éste llegase a una alianza con los odiados trotskistas y con los pro-chinos, puesto que el «Che» no cerraría las puertas a ningún eventual refuerzo; pero seguirle por el camino de la insurección armada significaría una desobediencia flagrante a las directrices de Moscú.

Ante aquel callejón sin salida, el Secretario general del P.C. boliviano decidió trasladarse a La Habana para tratar el asunto con Fidel Castro. Con ello Monje ponía en manos del dirigente cubano aquel rompecabezas sin solución, que al no tenerla, también para Fidel resultaría irresoluble: Castro no podía desautorizar al «Che», pero tampoco podía ignorar los pactos existentes entre Moscú y los partidos comunistas iberoamericanos que obligaban a éstos a seguir las consignas de «coexistencia pacífica». Fidel se salió por la tangente de las buenas palabras y aconsejó a Monje que procurase llegar a un acuerdo con el «Che».

Vuelto a Bolivia, el día de Año Nuevo de 1967 Monje se entrevistaba con el «Che»; al término de una conversación poco cordial propuso en la «Casa de calamina» una solución a su problema semejante a la que había encontrado el taxista Roberto Peredo: como Secretario general del Partido, Monje no podía unirse a la guerrilla, pero sí a título particular, previo el abandono de su cargo en el Comité Central e incluso a su condición de afiliado.

—De este modo —concluyó Monje— yo podría seguir en la guerrilla una línea paralela a la del partido, pero manteniéndome fuera del partido.

Al «Che», habituado como estaba a las argucias casuísticas de la dialéctica marxista, la solución le pareció de perlas. Pero su satisfacción bajó muchos puntos cuando Monje comenzó a presentar exigencias:

—Yo deberé supervisar las negociaciones con los demás grupos políticos bolivianos. Sería lamentable que algún agente provocador se infiltrara en k guerrilla, ¿verdad?

La cosa no tenía vuelta de hoja. El «Che», si bien torciendo el gesto, hubo de aceptar. El que tal pedía era nada menos que Secretario General del Partido. Además, como boliviano que era, debía conocer a la gente del país mejor que Guevara. Pero la siguiente pretensión de Monje colmó la medida:

—Ultimo punto: mientras las operaciones tengan lugar en territorio boliviano, el jefe militar y político seré yo.

Aquí Guevara cortó en seco la discusión:

—De ningún modo. Aquí no hay otro jefe que yo.

No hubo acuerdo. Pero de las minas de estaño siguieron llegando voluntarios. Al frente de un grupo numeroso el 19 de enero se presentaba Moisés Guevara, líder sindical de la mina de San José, para ponerse a las órdenes de su tocayo en apellido.

Primeras acciones y primeras traiciones

La vida en el campamento era dura. La zona de operaciones continuaba tranquila, por falta de adversario a quien combatir; pero Guevara, conocedor de lo desmoralizadora que resultaba la inacción había impuesto un régimen de actividad continua. Aparte los ejercicios de instrucción militar y una dura jornada de trabajo agrícola, los guerrilleros habían de soportar interminables sesiones de adoctrinamiento, para ponerse así en condiciones de adoctrinar a los demás: Los mejor dotados tenían que estudiar el quichua, lengua de los indios aborígenes, para servir de intérpretes en los contactos del «núcleo» revolucionario con la población autóctona.

La penuria comenzaba a enseñorearse del campamento. La noche de Año Nuevo había sido debidamente festejada con un opíparo banquete: cochinillo asado, turrón, sidra y cerveza. Pero aquellos recuerdos de pasado esplendor hacían más difícil de soportar la miseria presente. El febrero la despensa quedó prácticamente agotada. En vano reiteraba Peredo sus viajes a Camiri; siempre volvía con las manos vacías. Guevara acabó por saber que su proveedor de la Paz, recomendado de buena fe por los comunistas locales, resultó un granuja de tomo y lomo: Luego de haber expedido normalmente dos o tres envíos a Camiri, se había esfumado, y con él 250.000 dólares que Guevara le había entregado. Los guerrilleros hubieron de recurrir nuevamente a los cacahuetes y a dedicarse a la captura de monos, que comían asados. Cuando pasaba por el campamento alguna bandada de palomas torcaces, era un día de fiesta.

Hicieron su aparición los primeros alarmantes indicios de baja moral. Hubo dos casos de deserción y varios extravíos de armas. Sin que Guevara pudiera evitarlo, hubo noches en que el recuerdo de Masetti con su desastrado fin le impidió conciliar el sueño.

Tampoco las relaciones con los raros campesinos de la región eran buenas. Las patrullas enviadas en misión de reconocimiento pudieron observar que, cuando un paisano les veía de lejos, procuraba tomar por otro camino. Los guerrilleros no podían saber con seguridad si alguno de aquellos recelosos lugareños les había denunciado, pero lo sospechaban. A finales de febrero comenzaron a verse por la región las primeras patrullas militares. Pero en una región tan desolada y salvaje a los hombres de Guevara les resultaba fácil ocultarse a su vista.

Una prueba evidente de traición la tuvo el grupo guerrillero el 19 de marzo. Tres días antes habían desertado dos mineros de los que vinieron con Moisés Guevara. Ha de suponerse que al ser interrogados por la policía del Ejército, para hacerse perdonar o bajo la presión de los «habituales interrogatorios», debieron de cantar: los soldados iban a tiro hecho cuando un pelotón del Ejército, el mismo seguramente que los aprehendiera, se apoderó de un depósito de municiones y vestuario.

Con ser lamentable para los guerrilleros la pérdida de un material que difícilmente podrían reponer, resultaba de mucha mayor gravedad el hecho de que aquel hallazgo tenía que abrir los ojos al Ejército boliviano. Algunas de las prendas llevaban la etiqueta: «Casa Albión. Habana.» Demasiado tarde se daba cuenta el «Che» del descuido imperdonable que significaba no haber hecho desaparecer aquellos letreros acusadores. La prueba de que Cuba estaba implicada en el asunto podía tener graves consecuencias.

En los servicios secretos del Ejército se dio la alarma general. No se trataba, pues, de una guerrilla como tantas otras. El incidente tomaba dimensiones internacionales. Tanto era así que el coronel Kolle Cueto —hermano del dirigente comunista ya conocido por nosotros— se desplazó a Buenos Aires y Río de Janeiro para tratar el asunto con las autoridades locales.

Guevara decidió que era necesario cambiar de táctica; daba por hecho que el gobierno boliviano reaccionaría enérgicamente. Aguardar pasivamente el principio de su acción militar, podría resultar peligroso. Tanto más cuanto que uno de sus lugartenientes había cometido otro error imperdonable. Sorprendido por una de las muchas patrullas que ahora registraban la zona tan incansable como estérilmente, eludió el combate, así como estaba mandado, pero en vez de dirigir a sus perseguidores hacia una pista falsa, se replegó directamente sobre Ñancahuazu. A los soldados les hubiera bastado con seguir sus huellas para dar con un escondrijo, que iba perdiendo sus caracteres de tal.

Por un momento pensó Guevara en el fusilamiento del imprudente. Pero luego, recordando quizá su propia falta en el asunto del vestuario, se limitó a degradarlo.

¡A la ofensiva, pues! Para los guerrilleros había terminado el largo período de inactividad; si lo que deseaban era jaleo, ahora tendrían cuanto quisieran.

El 23 de marzo conseguía el «Che» su primera victoria. En un encuentro con fuerzas muy superiores, los guerrilleros hacían veinte bajas al enemigo, sin ellos experimentar pérdidas: siete muertos, cuatro heridos y nueve prisioneros. Los heridos y prisioneros fueron devueltos a su campamento, después de haber recibido aquéllos los primeros cuidados. El botín de guerra consistía en seis fusiles Mauser, tres ametralladoras, y una buena reserva de munición.

Aquel encuentro fue sin duda un éxito militar, pero también un error táctico. Así lo confiesa el propio «Che»:

«Nos vemos obligados a emprender el camino antes de lo que habíamos pensado... La situación no es buena.»

En efecto, no era buena. Y dos de los prisioneros liberados, que tenían el grado de oficial, se encargaron de empeorarla. Al volver a su campo, despojados de armas y uniformes, para salvar la cara exageraron la importancia del grupo guerrillero por el que se habían dejado sorprender. Según ellos, la guerrilla sobrepasaba los quinientos hombres.

El Estado Mayor boliviano dio por bueno el informe de los dos oficiales, y tomó medidas en proporción con la supuesta fuerza del peligro que se debía combatir. Basta leer el informe del general Jorge Belmonte Ardiles, una semana después del encuentro:

«... El cerco está virtualmente completo, por lo que será difícil que los guerrilleros logren escapar. Ese cerco comprende una vasta extensión de un radio de ciento cincuenta kilómetros. La aviación ha bombardeado algunas zonas y se han ocupado dos pistas de aterrizaje clandestinas, presuntamente utilizadas por los guerrilleros para su abastecimiento. La aviación ha hecho descender algunos grupos aerotransportados en zonas de difícil acceso, y éstos avanzan en demanda de fuerzas del Ejército que proceden del noroeste.»

Ante la lectura de tal parte, uno recuerda el desembarco de Normandia. ¡Y todo aquel alarde de fuerza contra unas pocas docenas de guerrilleros desaharrapados, hambrientos, y cuyas armas más eficaces eran las tres ametralladoras que habían arrebatado al adversario!

Entretanto, al margen del esfuerzo militar, la opinión antibolchevique también se moviliza en el país. El «Frente revolucionario» que llevó al poder a Barrientos declara su apoyo incondicional a éste. Ello era de esperar. Pero mucho más significativa y preñada de consecuencias para el porvenir de la guerrilla resulta la actitud de la Confederación Nacional de Campesinos, organización que nada tendría de reaccionaria, puesto que su credo social se basaba en la reforma agraria (el mismo que sustentaba Guevara por los días de Sierra Maestra). Pues bien: la Confederación otorga un apoyo «condicional» al Gobierno: condicional, subrayan los campesinos, para que nadie ponga en duda que mantiene todas sus reivindicaciones; pero al mismo tiempo «repudian la intromisión de elementos extranjeros en la política del país» y deciden la «movilización general de campesinos a fin de formar milicias que colaboren en la defensa de la dignidad nacional».

¡Se ha producido, pues, la movilización campesina que predecía Guevara, pero en sentido opuesto al esperado por el «Che»!

El ejército sigue, por su parte, dando cuenta de acciones guerreras. El 30 de marzo afirma que hubo un encuentro al norte de Lagunillas en el que resultaron muertos dos guerrilleros, y otro en Tiraboy. La aviación sigue ametrallando desde el aire «a los fugitivos» y «otro aeropuerto clandestino» había sido ocupado por fuerzas militares cerca de Río Grande.

Asimilación de un fracaso

En el campo guerrillero, nadie, desde el propio «Che» al último de sus hombres, revela el menor optimismo. Ernesto Guevara tiene que rendirse a la evidencia: los principios expuestos en su Guerra de guerrillas fallaron en Bolivia; el «núcleo insurreccional» se mostró incapaz de crear por sí mismo las condiciones necesarias para el triunfo de la revolución. ¡Y en sus fuerzas no hay un solo voluntario campesino! El hecho es de por sí expresivo, aunque Guevara ignore que los campesinos bolivianos le han declarado la guerra; los campesinos, no precisamente los terratenientes, sino los auténticos trabajadores del campo.

Ante un caso como el que debía afrontar, cuando se daba el hecho, según Guevara reñido con la lógica, de que unos revolucionarios por naturaleza, se negaban a representar su papel, el guerrillero debió pensar en la conveniencia de haber previsto una solución alternativa. Pero, ¡quién piensa en que puedan fallar las teorías que uno mismo ha concebido! Un fallo que consistía en no haber previsto que la propia teoría puede fallar y en no tener preparada una salida de emergencia, como en los teatros para caso de incendio.

Esa salida hubiera podido ser la de una buena «frontera de apoyo». Durante la etapa guerrillera de Mao Tsé Tung, éste pudo contar, en sus épocas de vacas flacas, con la frontera soviética; los vietnamitas, con la china; en Sierra Maestra, llegaban los aviones americanos repletos de armas. En cambio, ¿cuál era en Bolivia la situación del pobre «Che»? Tres fronteras tenía al alcance de la mano: la brasileña, paraguaya y argentina; pero cubiertas por sendos ejércitos hostiles que no dejarían pasar un solo voluntario, ni una sencilla pistola automática, ni siquiera un cartucho de munición.

Puesto que los campesinos habían fallado, la última esperanza del movimiento guerrillero en apuros podría ser el apoyo que viniese de los grupos ciudadanos de oposición; pero se trataba, en todo caso, de una esperanza muy débil. El exceso de confianza puede perder a un hombre, y eso le había ocurrido al «Che»: su confianza ilimitada en la táctica del «núcleo guerrillero» le hizo subestimar a los grupos de oposición como posibles aliados y ahora resultaba tarde para rectificar. Castro había sido más hábil cuando en 1958 se atrajo a todos los grupos oposicionistas y concluyó con ellos el Pacto de Caracas; y, aunque luego Fidel arrojase a todos por la borda, era evidente que la colaboración de los grupos políticos, resultó en su momento valiosísima. Guevara, en cambio, ¿qué había hecho en Bolivia?... El «Che» había de reconocer que ni siquiera consiguió asegurarse una colaboración eficaz de su aliado natural: el partido comunista.

Ernesto Guevara enmendaba en parte sus errores políticos a fuerza de pericia militar. Era natural, puesto que el hombre de acción superaba en mucho al pensador o al político. En Iripiti, cerca de su madriguera de Nancahuazu, sus perseguidores sufren otra cruel derrota. Esta vez los soldados muertos fueron once, siete los heridos y once más —un oficial entre ellos— cayeron prisioneros. También los guerilleros sufrieron algunas pérdidas; pero a costa de las mismas lograron un estupendo botín: treinta y cinco excelentes armas, entre fusiles y ametralladoras.

Alejado por el momento el peligro de cerco, Guevara decide que abandonen el campo guerrillero tres visitantes civiles que significan una remora para su libertad de movimientos. Se trataba del francés Regís Debray, del argentino Ciro Bustos y de George Andrew Roth, de nacionalidad británica y fotógrafo de profesión. El argentino había llegado al campamento guerrillero por motivos de índole política; el francés y el inglés, llevados por un afán de notoriedad periodística.

Guevara no sabía cómo librarse de sus tres visitantes, puesto que la garganta de Nancahuazu se hallaba estrechamente vigilada por las fuerzas del ejército. Cuando la acción del 10 de abril pareció dejar abierta una brecha, aconsejó a los tres civiles que aprovecharan la circunstancia para dejar el campamento. Fue un consejo inoportuno: el 21 de abril una patrulla militar hacía prisionero al trío.

En un principio, el arresto de los tres civiles apenas tuvo resonancia. Pero a partir del 15 de mayo la cosa cambió. El general Osvaldo Candía, comandante en jefe de las fuerzas armadas, hizo saber que el gobierno tenía la plena seguridad de que las guerrillas «estaban dirigidas por comunistas extranjeros que recibían instrucciones desde La Habana». En el comunicado quedaba implícita la idea de que Debray era uno de los que transmitían aquellas instrucciones.

Tres días después, el 18 de mayo, una segunda declaración oficial hace más comprometida todavía la posición de Debray: ante una junta militar, el coronel Arana Serrudo afirma tajantemente que «el “Che” Guevara en persona manda las guerrillas en Bolivia bajo el apodo de comandante “Ramón”». Hasta entonces el hecho no había sido reconocido de forma oficial e incluso muchas personalidades gubernamentales negábanse a darlo por cierto. El presidente Barrientos era una de éstas; el día primero de abril, habiendo manifestado el general Belmonte en su presencia que «Guevara se hallaba en territorio boliviano», Rene Barrientos le cortó con un rotundo «Guevara está muerto».

¡Guevara en el país y Debray acusado de ser su agente! La situación del francés no podía ser más peligrosa.

La vista del juicio se inició el 17 de agosto. Una y otra vez Debray hizo protestas de inocencia, aludió a su condición de periodista y a su deber como tal de ir en busca de información allí donde pudieran ocurrir hechos interesantes para el público. Todo fue en vano. La sentencia fue implacable.

Unos días antes de que ocurriera el arresto de Debray, que sirvió a las autoridades bolivianas para obtener un testimonio irrefutable de la presencia de Guevara en el país, Osmany Cienfuegos, secretario general de la OLAS, daba en La Habana, exactamente el 16 de abril, publicidad a aquella proclama de Guevara «A los Pueblos del Mundo» mencionada por nosotros en el capítulo anterior. De este modo, la presencia del guerrillero en Bolivia sería reconocida prácticamente al mismo tiempo en La Habana y en La Paz.


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Che Guevara
de Colección Grandes Biografías


Introducción

Che Guevara con Fidel Castro en un cartel situado en la plaza de la Revolución de La Habana.
Che Guevara con Fidel Castro en un cartel situado en la plaza de la Revolución de La Habana.

ALLÍ está el «Che»: agazapado en la maleza del territorio de Santa Cruz. Ahora que las tropas perseguidoras lo saben, cambia el significado del combate: dominar a la guerrilla resulta secundario ante el objetivo fundamental de acabar con el «Che»; porque aunque la guerrilla fuese aniquilada, si pervivía el «Che», la guerrilla rebrotaría; en cambio, terminar con el «Che» significaba el fin de la guerrilla. Por eso, las patrullas peinan ahora el terreno metro a metro; no se trata de sacar a las fuerzas guerrilleras de su escondrijo, sino de impedir que un hombre se pueda filtrar entre las mallas.

La lucha se hace más violenta y directa; encuentros brevísimos con pocas víctimas; pero como los enfrentamientos se multiplican crece asimismo el número de muertos. En El Mesón, al sur del monte Dorado, caen dos soldados. Algunos días más tarde, otros, dos en Taperillas. En el mismo lugar y en un segundo encuentro, los muertos son tres soldados y un oficial.

Una proclama sin eco

Por aquellas fechas, entre combate y combate, Guevara y Roberto Peredo redactan la primera declaración pública de la guerrilla. Como es de rigor, ésta se adjudica la condición de «Ejército de Liberación Nacional». Se trata de un larguísimo documento en el cual los yanquis y la pandilla de los lacayos son llevados al banquillo rodeados por las cláusulas consagradas por el uso: «bajo los ojos horrorizados del mundo entero...», «nuestra gloriosa juventud...», «la sangre (igualmente gloriosa) con que han sido escritas las páginas (también gloriosísimas) de nuestra historia...» etcétera, etcétera..., con las inevitables alusiones a Bolívar y a Sucre.

Aquella proclama de altisonantes acentos apenas fue leída en Bolivia. Pero, al filtrarse a través de las fronteras, muchos periódicos del extranjero la publicaron. Mas en nada cambió la impresión que se iba generalizando: los guerrilleros estaban cogidos en una ratonera y nada podría librarles.

Se trataba, en todo caso, de una ratonera inmensa, que podía dar a los perseguidos una falsa sensación de libertad.

En el mes de junio se abrió para la guerrilla un paréntesis de esperanza. Parecía que al fin se cumplían las previsiones teóricas de Guevara: los mineros sacudían el marasmo y pasaban a la insurrección. El 12 de junio asaltaban el puesto de policía de Llalagua; el 20 declaraban «territorio liberado» las zonas de Catavi y Hanuni. Pero, el 24, las fuerzas del ejército iniciaban una terrible acción represiva: en San Juan resultaron cuarenta mineros muertos y más de cien heridos.

La matanza de San Juan acabó con el único esfuerzo potencial que podían esperar los guerrilleros. Pero éstos eran gente a prueba de desengaños. Por los mismos días en que el levantamiento minero era anegado en sangre, los hombres de Guevara iniciaron un audacísimo movimiento: el comandante Acuña Núñez se pone al frente de una columna formada por los mejores elementos, incluidos los «viejos» de Sierra Maestra. En realidad, la «columna» es, todo lo más, una patrulla reforzada; una veintena de hombres. Núñez, en un movimiento hacia el este, alcanza la línea ferroviaria que de sur a norte une Yacuiba, en la frontera argentina, con Santa Gruz; luego sigue a lo largo del ferrocarril. El avance no se realiza sin combatir: unidades del ejército fueron rechazadas en El Espino y luego en Muchiria. La columna cruzó Río Grande por Abapo, siguió por la orilla izquierda, y luego a lo largo de Río Rositas. Objetivo de la correría era llegar a la carretera Santa Cruz-Cochabamba, en plan de demostración por territorio habitado, puesto que la soledad de Nancahuazu anulaba el efecto propagandístico de las mayores hazañas.

El 7 de julio de 1967, los guerrilleros bloqueaban la carretera Santa Cruz-Cochabamba por la región de Las Cuevas, cortaban la línea telefónica y se apoderaban de un autocar; es decir: lo recibían en bandeja de unos estudiantes, felices al poder prestar aquel elemento de transporte a unos auténticos guerrilleros. La columna, de este modo motorizada, penetró en la localidad de Samaipata y la conquistó sin lucha. Los hombres de Núñez permanecieron en Samaipata escasamente una hora, pero aquel breve tiempo les bastó para proceder al arresto de las autoridades, hacer buen acopio de artículos de vestir, comer y curar, y aún les sobraron minutos para dirigir un encendido discurso a los lugareños que miraban con ojos de susto a los desastrados combatientes.

La operación del comandante Acuña Núñez alcanzó plenamente los fines propagandístico-políticos que se proponía. El Gobierno y el ejército quedaron cubiertos de ridículo, los movimientos políticos de oposición arreciaron sus campañas antigubernamentales, y tres de los partidos que apoyaban a Rene Barrientos le retiraron su colaboración. Jamás estuvo el Gobierno tan cerca de su caída, que pudo consumarse de haber llegado la oposición a un acuerdo con las guerrillas.

El ejército no podía encajar el golpe sin por lo menos intentar la revancha. Lo intentó y la consiguió.

En su repliegue, los hombres del «Che» habían acampado cerca del río Morocos. El ejército atacó de improviso. Al ser la primera vez que los militares tomaban la iniciativa, cogieron totalmente desprevenidos a los guerrilleros. Estos pudieron zafarse del compromiso, pero fue al precio de dejar en manos de los atacantes gran parte de su material y armamento.

A partir de aquel día, ni el «Che» ni sus hombres tuvieron un solo día tranquilo. El ejército seguía tras de sus pisadas como un cazador a la pieza que sabe va herida. Uno de los episodios más sangrientos tuvo lugar el 31 de agosto:

El comandante Acuña Núñez, con los diecisiete hombres útiles que le quedaban, recorría la zona del Vado del Yeso, en la confluencia del Masicuri con Río Grande. Dos de los guerrilleros se acercaron a una casucha que había cerca del río y pidieron algo de comer. Dijeron a la mujer que les atendió que al día siguiente volverían a pasar por allí. Un hijo de aquellos campesinos fue con el cuento a los soldados. El jefe del destacamento dijo a las gentes de la casa que al llegar los «bandidos» no se diesen por enterados de nada y aquéllos llevarían su merecido.

En efecto: al día siguiente aparecieron otra vez por entre la maleza el comandante Acuña y sus hombres. Cuando totalmente descuidados vadeaban el río, desde la espesura de la orilla les llegó una descarga cerrada. Uno de los primeros en caer fue Acuña, muerto en el acto. Los hombres arrojaron lejos de sí todo lo que podía embarazar sus movimientos e intentaron salir del agua del modo que fuese. A los pocos segundos, la corriente aparecía roja de sangre y las aguas arrastraban nueve cadáveres.

Los ocho supervivientes tropezaron de nuevo con los soldados en Yajo Pampa dos días después. Otros cuatro murieron. De este modo quedó aniquilada una de las mejores unidades guerilleras.

Los veinte últimos

De todo el antiguo grupo combatiente, que nunca fue muy numeroso, apenas quedaban al «Che» veinte seguidores. Toda la táctica guerrillera tenía que limitarse a una continua huida, y todo el esfuerzo logístico, a encontrar algo para comer. En aquella desatinada marcha, Guevara y los últimos supervivientes recorrieron las zonas de Carapari, Yuque y Ticucha. En el cerro de Iquira tuvieron un encuentro con los soldados. El «Che» perdió un hombre y un legajo de documentos. A esos papeles vinieron a unirse los que pocos días después fueron hallados en el escondrijo de Nancahuazu, descubierto al fin por las fuerzas del ejército.

Entre los documentos había fotografías y muchísimos apuntes escritos por Guevara de su puño y letra. El ministro de Asuntos Extranjeros boliviano se desplazó a Washington para exhibir aquella prueba de la agresión cubana contra su país ante los embajadores de los países pertenecientes a la O.E.A. El efecto de sensación fue nulo: casi ninguno de los diplomáticos creyó en la autenticidad de los documentos exhibidos, bien porque siguieran convencidos de que el «Che» había muerto mucho tiempo antes, bien porque considerasen al Gobierno boliviano capaz de una superchería.

En la epopeya de Guevara, la dramática situación en que se hallaba era presagio del final inminente. Ahora sólo son diecisiete los hombres que le siguen, y en torno del heroico pelotón, una jauría de cinco mil perseguidores huele la presa. Ernesto Guevara está condenado, y él lo sabe. Pero en tanto conserve un soplo de vida, luchará como un héroe de las antiguas Sagas para salvarlo. Y lo hará con optimismo, con alegría... «Los demás» le han condenado, quizá también el destino; pero él no acata el duro veredicto: el 7 de octubre apunta en su Diario que «todo se desarrolla sin complicaciones en la guerrilla».

Doce días antes, el 26 de septiembre, su reducida hueste había tenido un sangriento encuentro con los soldados. Ocurrió en Higueras, cerca del cañón de Yuro, al regreso de una expedición en busca de medicamentos y víveres. Murieron el fiel Roberto Peredo y otros dos. Ahora, el «núcleo guerrillero» estaba formado por catorce hombres.

Guevara decidió que el pelotón se fraccionara todas las mañanas en varios piquetes, para poder desplazarse con mayor movilidad. Al anochecer, los catorce hombres se debían reunir en un lugar convenido. Antes de emprender la marcha, Guevara realizaba personalmente una descubierta para explorar el terreno y elegir la ruta.

El 7 de octubre (aquel día en que «todo se desarrollaba sin complicaciones»), los fugitivos tuvieron algunos contactos con el paisanaje; todo mujeres. Una vieja que vigilaba el triscar de una cabra les dijo que llevaba varios días sin ver soldados. Luego, en una cabana, vieron a otra mujer que cuidaba de su niña enferma. A una y otra campesina dejaron algún dinero, pidiéndoles que no dijeran nada.

¿inútil heroísmo final?

El acosado pelotón continuó su marcha por entre un sembrado de patatas. Sus huellas quedaron perfectamente impresas en el blanco terreno.

Al día siguiente, una campesina dijo a unos soldados que había oído voces en el cañón del Yuro, no lejos del lugar por donde aquel torrente vierte sus aguas en el río San Antonio. Los militares enviaron algunos hombres a reconocer el lugar. A los pocos minutos, una ráfaga de ametralladora revelaba que los guerrilleros habían sido sorprendidos.

Uno de los guerrilleros venidos de las minas, Simón Cuba, respondió al fuego. A su lado disparaba el «Che», cuando una ráfaga del enemigo le alcanzó en las piernas. Cuba le alzó en sus hombros e intentó llevarlo a terreno cubierto. Otra ráfaga hirió de nuevo a Guevara, esta vez en la cabeza: era un balazo de refilón que sólo le causó un arañazo y le llevó lejos la boina. Cuba puso a su jefe en el suelo y se volvió hacia el enemigo, en un intento de mantenerlo a distancia, pero los soldados ya rodeaban a los dos. Un soldado hizo fuego desde menos de diez metros y Cuba se desplomó.

Guevara se hallaba en situación desesperada, pero todavía intentó defenderse. Abrazado al tronco de un árbol, llegó a disparar su pesado fusil automático manejándolo con una sola mano, pero fue cosa de pocos segundos; otro disparo enemigo le volvió a herir en la pierna derecha, mientras un segundo proyectil hacía saltar en añicos la culata de su «M-2» y luego se alojaba en el antebrazo derecho. Los soldados le hicieron prisionero.

Guevara estaba acribillado, pero ninguna herida era grave. No perdió el conocimiento en ningún instante; incluso pudo decir a los soldados la forma en que tenían que aplicar un torniquete a uno de ellos que se desangraba por la femoral.

El «Che» fue puesto en unas parihuelas y llevado por cuatro soldados a Higueras, localidad situada a doce kilómetros del lugar del encuentro. Por el camino estuvo hablando con el capitán Gary Prado Salgado, jefe de compañía en el 2.° Regimiento Antiguerrilla que le había capturado, y con el coronel Andrés Selnich, comandante del Tercer Grupo táctico. Ambos eran dos caballeros a la antigua usanza, orgullosos de su pura ascendencia europea, y como tales se portaron.

En Higueras hubo discusión, mientras el maltrecho Guevara esperaba su destino en el aula de la escuela rural donde fue depositado. El mayor Niño Guzmán quería llevarlo en el helicóptero que pilotaba; Vallegrande se hallaba a veinte minutos de vuelo y allí podría ser bien atendido el «Che». Pero el coronel Selnich se opuso: tenían derecho de prioridad sus soldados también heridos.

Entretanto, el coronel, Joaquín Zenteno Anaya, comandante de la Octava División del Ejército, se hallaba en comunicación telefónica con La Paz. El 9 de octubre, a primera hora, llegó la orden definitiva. Guevara tenía que ser fusilado aquella misma mañana.

El capitán Prado le disparó una ráfaga de metralleta; cuatro proyectiles dieron en el blanco. El coronel Selnich le dio el tiro de gracia.

A un oficial del Ejército a veces le corresponden esos penosos deberes. Por esto Alfred de Vigny tituló a su libro Grandeza y Servidumbre de la vida militar.

Ricardo Rojo, cuyo texto hemos seguido en sus grandes líneas al relatar el último acto de la tragedia, menciona las palabras asesinato y verdugos. Creemos que ambas expresiones ofenden y calumnian tanto al pueblo boliviano como al capitán Prado y al coronel Selnich.

Por grande que sea la admiración que inspire la figura de Ernesto «Che» Guevara, no se puede negar el hecho de que, al luchar en Bolivia, no lo hacía en nombre de ninguna potencia beligerante y en guerra con el país. No podía, pues, reclamar los privilegios que el derecho de gentes concede a los prisioneros de guerra. De acuerdo con el código de justicia militar vigente en cualquier país, socialista, demócrata o reaccionario, la pena capital estaba justificada.

Pero Guevara había pertenecido, con alta graduación, a un ejército extranjero. Su muerte, administrada sin crueldad por manos de oficiales con idéntico grado al suyo, no carece de dignidad.

La versión que el general Ovando García presenta, difiere de la anterior sólo en el detalle del fusilamiento. El relato no reseña grandes diferencias hasta la llegada a Higueras. Según el general Ovando, un helicóptero recogió al «Che» y lo llevó a Vallegrande. El mayor Niño de Guzmán, piloto del aparato, habría oído murmurar al herido: «Yo soy el “Che” Guevara y he fracasado.»

El general Ovando no menciona lo que ocurrió entre el momento de la captura y la salida del helicóptero, ni tampoco desde la llegada del aparato a Vallegrande y el momento de la muerte del «Che».

A partir del momento en que se difundió por todo el orbe la noticia del trágico final, han surgido en cúmulo las teorías, leyendas e insensateces en torno al desaparecido héroe: desde aquellas que siguen afirmando la muerte del «Che» mucho antes del episodio boliviano y afirman que el guerrillero jamás estuvo en aquel país, hasta los que hacen de Guevara una especie de rey Don Sebastián que hoy se esconde, pero que algún día reaparecerá para continuar su aventura vital. Recientemente la prensa mundial y los diarios televisivos daban la noticia de la aparición en Chile de un libro sensacionalista cuyo autor asegura conocer «de muy buena tinta»

el actual paradero de Guevara: Este se halla en Siberia purgando sus delitos de lesa ortodoxia marxista.

La sola mención de tales lucubraciones resulta ofensiva para la memoria de una figura histórica en la que se pueden admirar las virtudes o reprochar los defectos, pero a la que nadie puede negarle grandeza.

Paz a los muertos...


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Che Guevara
de Colección Grandes Biografías


«CHE» Y SU ENTORNO POLITICA Y SOCIEDAD
1928 Nace en Rosario el 6 de junio. Comienza el segundo mandato presidencial de Irigoyen.
Es asesinado el presidente Alvaro Obregón, de Méjico.
Fuad de Egipto instaura un régimen dictatorial.
Chiang Kai-shek, presidente de China.
Herbert Hoover, presidente USA.
1929 Se agrava la gran depresión económica. Pactos de Letrán: el Vaticano, Estado independiente.
León Trotski se exilia de Rusia.
Mussolini gana las elecciones de lista única.
Crack de la bolsa de Nueva York.
1930 Golpe de Estado del general J. Félix Uriburu.
Comienza la era Trujillo en Santo Domingo.
La familia Guevara se instala en la provincia de Misiones. Trujillo destituye al general Horacio Vázquez en Santo Domingo.
Gandhi inicia su segunda campaña de desobediencia civil.
Dimisión de Primo de Rivera.
Ley proteccionista de Hoover.
El nacionalsocialismo se destaca en las elecciones alemanas.
1931 Los Guevara se trasladan a San Isidro, en los alrededores de Buenos Aires. Aparecen los primeros síntomas de asma.
Méjico ingresa en la Sociedad de Naciones.
Proclamación de la II República española.
Suspensión de pagos del Creditanstal dé Viena y del Danatbank de Alemania. Inglaterra abandona el patrón oro.
1932 Los Guevara se trasladan a Alta Gracia (Córdoba).
Empieza la guerra del Chaco entre Bolivia y Paraguay.
Guerra entre Perú y Colombia por el puerto de Leticia.
Agustín P. Justo derriba a Uriburu.
Conferencia de Ginebra para el desarme.
Oliveira Salazar crea en Portugal el «Estado novo».
F. D. Roosevelt, presidente USA. Los nazis aumentan sus escaños en el Reichstag.
1933 Los países iberoamericanos firman en Río de Janeiro un tratado de no agresión.
Fallida revolución en Cuba. Golpe de Estado de Batista en Cuba.
Hitler, canciller.
Incendio del Reichstag.
USA restablece las relaciones diplomáticas con la URSS.
Alemania abandona la Sociedad de Naciones.
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTES Y LETRAS
Descubrimiento de la penicilina por Fleming.
Fermi:Introducción a la física atómica.
Hjemslev: Principios de gramática general.
Tubo iconoscópico para televisión.
Un perro andaluz (película de Buñuel y Dalí).
Bertold Brecht: La ópera de cuatro cuartos.
Cassirer: Filosofía de las formas simbólicas.
Heidegger: ¿Qué es metafísica? Bertrand Russell: Etica y moral.
Primera exhibición de televisiónteléfono en Alemania.
Hemingway: Adiós a las armas.
Bertold Brecht: Ascensión y caída de la ciudad de Mahagonny.
W. Faulkner: Sartoris.
Rómulo Gallegos: Doña Bárbara.
Freud: El malestar de la cultura. W. Reich: La revolución sexual.
Ortega y Gasset: La rebelión de las masas.
Comercialización de alimentos congelados en USA.
Pollock se traslada a Nueva York.
K. Jaspers: Situación espiritual de nuestro tiempo.
Lanzamiento del primer proyectil de combustible líquido desde Berlín.
Butenandt descubre la androsterona.
La sangre de un poeta (película de J. Cocteau).
La edad de oro (película de Buñuel y Dalí).
E. Mounier funda la revista Esprit.
E. Gilson: El espíritu de la filosofía en la Edad Media.
Domagk pone a punto el Prontosil, la primera sulfamida.
En USA se fabrica el primer marcapasos artificial.
Gran Hotel (película).
Aldous Huxley: Un mundo feliz.
W. Reich: Análisis del cardcter.
Primera extirpación de pulmón por cáncer bronquial.
Radiodifusión por F.M. en USA.
Bertold Brecht tiene que exiliarse.
Quema de libros en Berlín.
Estreno de la ópera Janitzio, del compositor mejicano Silvestre Revueltas.
Diego Rivera pinta el mural del Centro Rockefeller. P. Neruda: Residencia en la tierra.
«CHE» Y SU ENTORNO POLITICA Y SOCIEDAD
1934 Muere asesinado en Nicaragua Augusto César Sandino.
Lázaro Cárdenas, presidente de Méjico.
Gobierno de coalición en Francia. Mao Tse-tung inicia la «Larga Marcha».
Revolución de octubre en Asturias y Cataluña.
Asesinato de Alejandro de Yugoslavia.
1935 Fin de la guerra del Chaco (80.000 muertos bolivianos y 50.000 paraguayos). Muere el dictador venezolano Juan Vicente Gómez. Alemania recupera el Sarre.
Comienza la campaña antijudía.
Italia invade Etiopía.
Ley de Seguridad Social en USA.
El Komintern lanza la consigna de «frentes populares».
1936 Conferencia de Paz Interamericana suscrita por 21 pases.
Anastasio Somoza destituye al presidente Sacasa en Nicaragua.
El «frente popular» gana las elecciones en España.
Guerra civil.
Proceso de Moscú.
Pacto germano-italiano, futuro Eje Roma-Berlín.
Abdicación de Eduardo VIII de Inglaterra.
1937 Roosevelt, reelegido presidente, firma la Ley de Neutralidad.
Bombardeo de Guernica.
Japón declara la guerra a China mediante un ataque por sorpresa.
1938 El gobierno mejicano expropia compañías inglesas y norteamericanas. Alemania invade Austria.
Incorporación de los Sudetes.
Siguen las purgas en la URSS.
Comienza la reclusión de judíos en campos de concentración.
1939 Junto con su hermano Roberto se escapa de casa y se contrata para la vendimia.
Buques ingleses persiguen al acorazado alemán Graf Spee en la bahía del Río de la Plata.
Termina la guerra civil española.
Italia se anexiona Albania.
Proyecto inglés de una Palestina independiente.
Pacto de no agresión Alemania-URSS. Invasión de Polonia.
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTES Y LETRAS
Blondel: El pensamiento. Reichstein sintetiza la vitamina C. Joliot-Curie: radiactividad artificial.
Primera lavandería pública en USA.
Los nazis prohiben la ópera de Paul Hindemith: Mathis der Mater.
Gilberto Freyre:Casa grande y senzala.
Joaquín Torres, pintor uruguayo, formula su teoría del «constructivismo».
Hitler asiste a la primera representación de La favola del figlio cambiato, de Pirandello (premio Nobel de este año).
J. Piaget: El nacimiento de la inteligencia en el niño.
Reichebach:Teoría de la probabilidad.
Primeros experimentos con el radar en Inglaterra.
Primer servicio público de televisión en Alemania.
Ana Karenina (película).
Carlos Chávez, compositor mejicano, estrena su Sinfonía India.
Leopoldo Marechal: Laberinto de amor.
López y Fuentes: El Indio.
E. Fromm: Autoridad y familia.
Primer helicóptero en servicio en Alemania.
Couffignal formula la teoría de la máquina de calcular.
John dos Passos: El gran dinero. André Gide: Retorno de la URSS.
Mueren Pirandello y F. García Lorca.
Thomas Mann tiene que exiliarse.
K. Horney: La personalidad neurótica en nuestro tiempo.
En USA se generaliza el empleo del nailon y de la manta eléctrica.
Levine y Stetsone descubren el factor rhesus.
P. Ruiz Picasso: Guernica.
Nicolás Guillen: Cantos para soldados y sones para turistas.
Rodolfo Usigli: El gesticular (teatro).
R. Goldschmidt: Genética fisiológica.
P. Karrer sintetiza la vitamina E. Tubo de rayos catódicos para transmisión en color (Alemania).
Tratamiento por shok electroconvulsivo.
Nikos Kazantzakis: La Odisea: conclusión moderna.
César Vallejo: España, aparte de mí este cáliz.
Samuel Beckett: Murphy.
Exposición internacional surrealista en París.
B. Malinowski: El grupo y el individuo dentro de un análisis funcional.
Siembra artificial de nubes para producir lluvia (Francia).
Utilización del DDT como insecticida.
James Joyce: La velada de Finnegan.
José Gorostiza: Muerte sin fin.
Lo que el viento se llevó
(película).
Miró empieza sus Arpilleras con pájaros y sus Constelaciones.
«CHE» Y SU ENTORNO POLITICA Y SOCIEDAD
1940 Asesinato de Trotski en Coyoacán (Méjico).
Nueva Constitución cubana; Batista, presidente.
Los alemanes invaden Noruega, Dinamarca, el Benelux y Francia.
Japón pacta con Alemania e Italia. Roosevelt, presidente por tercera vez.
1941 Termina sus estudios primarios.
Los Guevara se trasladan a Córdoba.
Muere Alfonso XIII.
Los alemanes invaden la URSS.
Ataque japonés a Pearl Harbour.
USA entra en la contienda.
1942 Guerra generalizada en el Pacífico entre japoneses y americanos.
Batalla del Alamein en el norte de Africa.
Batalla de Stalingrado.
1943 Golpe militar en Argentina.
Perón al frente del Departamento Nacional de Trabajo.
Los aliados desembarcan en el norte de Africa y en Sicilia.
Mussolini es depuesto por el Gran Consejo Fascista.
Conferencia de Teherán.
1944 Terremoto de San Juan (10.000 muertos).
Batista preside las elecciones y se retira.
Bombardeo de Montecasino.
Roma, ciudad abierta.
Desembarco de Normandía.
Los aliados entran en París. Recuperación de Filipinas.
1945 Perón se casa con Eva Duarte (Evita). Conferencia de Yalta.
Asesinato de Mussolini y suicidio de Hitler.
Rendición de los ejércitos del Eje.
Bomba atómica sobre Hiroshima y rendición de los japoneses.
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTES Y LETRAS
N. Hartmann: La construcción del mundo real.
W. V. Quine: Lógica matemática.
Kerst pone a punto el acelerador de partículas betatrón.
Hemingway: Por quién doblan las campanas.
El gran dictador (película de Ch. Chaplin).
Joaquín Rodrigo estrena el Concierto de Aran juez.
Ernst Jünger: Los acantilados de mármol.
H. Marcuse: Razón y revolución. Fermi construye la primera pila atómica.
Primera red comercial de TV en USA. Fabricación de terilene, fibra sintética de poliéster.
Ciudadano Kane (película de Orson Welles).
Ciro Alegría: El mundo es ancho y ajeno. Bertold Brecht llega a Hollywood.
H. Reinchenbach: Fundamentos filosóficos de la mecánica cuántica.
Entra en servicio el primer reactor atómico.
Práctica de la vagotomía en úlceras del aparato digestivo.
John Steinbeck: La luna se ha puesto.
C. José Cela: La familia de Pascual Duarte.
El compositor mejicano Manuel M. Ponce estrena Concierto para violin.
E. Saint Vincent Millay: El asesinato de Lídice (poema).
Jean Paul Sartre: El ser y la nada. Otto M. Warburg investiga en profundidad el fenómeno de fotosíntesis.
Puesta a punto de un pulmón acuático en Francia.
Dylan Thomas: Nuevos poemas. Se estrena en Nueva York la comedia musical Oklahoma!, de Rotgers y Hammerstein.
J. Brachet: Embriología química.
Spengler: La decadencia de Occidente.
Computadora controlada de secuencia automática: Harvard Mark.
Primer riñon artificial (Holanda).
Reanudan sus actividades literarias A. Malraux, A. Camus, Paul Eluard, ’L. Aragón...
E. Fromm: El miedo a la libertad.
E. Kretschner: Psicología médica.
Fundación de la UNESCO.
Tratamiento quirúrgico de los niños azules.
Gabriela Mistral, premio Nobel de Literatura.
Samuel Beckett: Watt.
Tennessee Williams: El zoo de cristal.
George Orwell: Rebelión en la granja.
«CHE» Y SU ENTORNO POLITICA Y SOCIEDAD
1946 Juan Domingo Perón, presidente de Argentina. Instauración de la República en Italia.
Filipinas obtiene la independencia.
Proceso de Nürenberg.
Bloqueo internacional de España.
1947 Se gradúa de bachiller y comienza la carrera de medicina.
Los Guevara se trasladan al barrio residencial de Palermo en Buenos Aires.
Plan Marshall de ayuda a Europa.
Independencia de la India y Pakistán. Creación de la Kominform.
1948 Veranea con unos amigos en Alta Gracia.
Es asesinado en Bogotá el dirigente Jorge Gaitán.
Asesinato de Gandhi.
Bloqueo de Berlín y establecimiento de un puente aéreo.
Yugoslavia se desliga de la Kominform.
Truman, reelegido presidente USA.
1949 Constitución del Pacto del Atlántico Norte (OTAN).
Creación de dos Estados dentro de Alemania.
Chiang Kai-shek se repliega a Formosa.
Proclamación de la República Popular China.
Independencia de Indonesia.
1950 Realiza una gira de 4.000 kilómetros con un velomotor montado por él mismo.
Monta en el garaje de su casa una «fábrica de insecticidas» marca «Vendaval».
Segundo período presidencial de Getulio Vargas en Brasil.
Guerra de Corea.
Creación de un comité para el control de las «actividades antiamericanas».
La ONU levanta el bloqueo de España.
1951 Junto con Alberto Granados inicia un viaje en motocicleta en dirección a Chile. Fijación del límite entre las dos Coreas en el paralelo 38.
Ejecución de los esposos Rosenberg.
Japón firma la paz con 48 naciones.
W. Churchill, primer ministro inglés.
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTES Y LETRAS
A. Malraux: La condición humana.
P. Reiwald: Del espíritu de masa a la psicología de masas.
Primera máquina de fotocomposición (Francia).
Fundación de la OMS.
J. Cocteau: La bella y la bestia.
M. Angel Asturias: El señor presidente.
Saint-Exupéry: El principito.
E. Mounier: ¿Qué es el personalismo? Descubrimiento de los manuscritos del mar Muerto.
Primer avión supersónico: Bell X-1. Síntesis de la cloromicetina.
Thomas Mann: El doctor Fausto. Malcolm Lowry: Bajo el volcán. Albert Camus: La peste.
Giacometti: Hombre señalando (escultura).
Américo Castro: España en su historia.
Producción sintética de cortisona.
Brattain y Bardeen ponen a punto el transistor.
Primera casa con calefacción solar (USA).
Samuel Beckett: Malone muerto.
Norman Mailer: El desnudo y el muerto.
Exposición de Pollock en Nueva York.
Salvador Espriu: Primera historia d’Esther.
Teilhard de Chardin: El grupo zoológico humano.
G. P. Murdock: Estructura de la sociedad.
Rof Carballo: Patología psicosomática. Primera computadora de programa almacenado (USA).
Bertold Brecht abre su Berliner Ensemble en el Berlín oriental.
Arthur Miller: La muerte de un viajante.
George Orwell: 1984.
Miró: Mujeres y pájaros a la luz de la luna.
M. Mead: Antropología social y su relación con la psiquiatría.
Ferrater Mora: Diccionario de filosofía.
Primera computadora comercial: UNIVAC.
Eugene Ionesco: La cantante Calva (teatro).
Octavio Paz: El laberinto de la sociedad.
Sala especial de la Bienal de Venecia para Antoni Tapies.
Neruda: Canto General.
B. Breitner: El problema de la bisexualidad.
H. Marcuse: El hombre unidimensional.
Primera progestina sintética (Méjico).
Primera central atómica experimental en USA.
Henri Matisse decora la capilla del Rosario de Vence.
Primera audición de Música para cambios, de John Cage.
Giacometti: Carreta (escultura).
Viva Zapata (película de Steimbeck).
«CHE» Y SU ENTORNO POLITICA Y SOCIEDAD
1952 Recorren Chile, Perú, Colombia y llegan hasta Caracas.
Puerto Rico se convierte en Estado Libre Asociado.
Segundo mandato presidencial de Perón. Muere Eva Perón.
Nuevo golpe de Estado de Batista en Cuba; Fidel Castro le demanda ante el Tribunal de Garantías Constitucionales.
Paz Estensoro acomete la reforma agraria en Bolivia.
Nehru gana las primeras elecciones indias.
Golpe de Estado en Egipto. Eisenhover, presidente USA.
1953 Se doctora en medicina con una tesis sobre las enfermedades alérgicas.
Emprende un viaje con destino a Venezuela que termina en Guatemala.
Fidel Castro ataca, sin éxito, el cuartel de Moneada.
Muerte de Stalin.
Fin de la guerra de Corea.
Tito, presidente de Yugoslavia.
1954 En San José conoce a los venezolanos Rómulo Betancourt y Raúl Leoni y al dominicano Juan Bosch.
Pasa de Guatemala a Méjico.
Jacobo Arbenz es derrocado por Castillo Armas.
Duvalier, presidente vitalicio de Haití.
Rendición de Dien Bien Phu.
Gamal Abdel Nasser, primer ministro egipcio.
Firma del Tratado de Defensa Colectiva del Sudeste Asiático.
1955 Se casa en Méjico con la peruana Hilda Gadea Onfalia; Raúl Castro, padrino de boda.
Batista es reelegido y pone en libertad a Fidel Castro.
Conoce a Fidel Castro, exiliado en Méjico.
Perón abandona Argentina tras el golpe de Estado de los generales Lonardi y Aramburu.
Churchill dimite; le sucede Anthony Edén.
Vietnam del Sur se convierte en república.
España ingresa en la ONU.
1956 En noviembre embarca con un grupo de cubanos; desembarcan en Playa de los Colorados.
Kubitschek, presidente de Brasil.
Comienza en Rusia el proceso de desestalinización.
España concede la independencia a Marruecos.
Nacionalización del canal de Suez.
Represión del levantamiento húngaro por las tropas rusas.
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTES Y LETRAS
M. Buber: Nueva manera de hablar del judaismo.
Película tridimensional de Cinerama.
Prueba con éxito de la primera bomba de hidrógeno.
Hemingway: El viejo y el mar.
John Pollock: Postes azules.
Dylan Thomas: Bajo la Vía Láctea (comedia radiofónica).
Prokofiev: Sinfonía de la juventud.
Américo Castro: La realidad histórica de España.
Puesta a punto de la válvula cardiopulmonar y de la máquina corazónpulmón.
Gregory Pincus elabora la pildora anticonceptiva.
Estreno de Esperando a Godot, de Samuel Beckett.
Vegas Pacheco construye el edificio «Polar» de Caracas.
El pintor mejicano Rufino Tamayo, primer premio en la Bienal de San Pablo.
J. L. Moreno: Fundamentos de sociometría.
Primer trasplante de riñon y primera válvula cardíaca artificial (USA).
Vacuna antipolio de Salk.
Hemingway, premio Nobel de Literatura.
William Golding: El señor de las moscas.
Muere Jacinto Benavente.
Françoise Sagan: Bonjour tristesse.
P. Ruiz Picasso: Las mujeres de Argel.
H. Marcuse: Eros y civilización.
Muere Ortega y Gasset.
Botadura del primer submarino atómico: Nautilus.
Juan Rulfo: Pedro Páramo.
Vladimir Nabokov: Lolita.
Rififi
(película de Jules Dassin).
Muere en Zurich Thomas Mann.
C. Sánchez Albornoz: España, un enigma histórico.
H. D. Wendland: La Iglesia en la sociedad moderna.
Juan Ramón Jiménez, premio Nobel de Literatura.
John Osborne: Mirando hacia atrás con ira.
Estreno en Méjico de Poesía en voz alta, de varios autores.
Muere Bertold Brecht.
«CHE» Y SU ENTORNO POLITICA Y SOCIEDAD
1957 Frank Pais, jefe del movimiento anti-Batista en el interior, es detenido y ejecutado.
Los guerrilleros dominan Sierra Maestra.
Creación del Mercado Común Europeo.
1958 Comienzan las emisiones de radio «desde el territorio de Cuba libre en Sierra Maestra».
Toma de Santiago el 25 dé diciembre; Batista abandona el país y se refugia en Santo Domingo.
López Mateos, presidente de Méjico.
Frondizi, presidente de Argentina.
Creación de la RAU (Egipto y Siria).
Insurrección de las tropas francesas en Argel.
Guerra civil en el Líbano.
Elección del papa Juan XXIII.
1959 El «Che» entra en La Habana el de enero, Castro lo hace el 8.
Viajes de Castro a los Estados Unidos y Buenos Aires.
Se casa con Aleida March y viaja por Africa y Asia.
Es nombrado director del Banco Nacional.
1960 Publica La guerra de guerrillas.
Escribe en la revista Verde Oliva «Notas para el estudio de la ideología de la revolución cubana».
Viaja a varios países del área comunista.
Primeros acuerdos comerciales con la URSS.
Los congoleños se sublevan contra Bélgica.
Independencia de Chipre.
J. F. Kennedy gana las elecciones americanas.
1961 Fracasa el desembarco de fuerzas anticastristas en la Bahía de Cochinos.
Es nombrado ministro de Industria.
Asiste a la Convención de Punta del Este (Uruguay).
Construcción del muro de Berlín.
Aplastamiento del movimiento ultra en Argelia.
Independencia del Congo (Zaire).
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTES Y LETRAS
P. Ringger: Parapsicología. Lanzamiento del primer satélite artificial Sputnik I. Samuel Beckett: Fin de partida.
Muere el pintor mejicano Diego Rivera.
Gilbert Amy: Cantata a García Lorca.
Levy Strauss: Antropología estructural.
Primeras comunicaciones experimentales vía satélite.
Comercialización de discos estereofónicos.
Osear Niemeyer diseña el palacio presidencial de Brasilia.
Carlos Fuentes: La región más transparente.
Roberto Matta, pintor chileno, colabora en la decoración del palacio de la UNESCO.
B. Pasternak: Doctor Zivago.
Fotografía de la cara oculta de la luna por el Lunik III.
Comercialización del anticonceptivo intrauterino.
Producción de penicilina sintética.
Stockhausen: Grupos (música espacial).
El manantial de la doncella (película de Bergman).
Los 400 golpes (película de Truffaut).
Fundación del Centro de Música Electrónica Columbia-Princeton.
J. P. Sartre: Crítica de la razón dialéctica.
Primera implantación con éxito de un marcapasos.
Botadura del portaaviones atómico Enterprise.
Buero Vallejo: Las Meninas.
H. Werner Hense: El príncipe de Hom-burg (ópera).
Stockhausen: Contactos.
Allen Ginsberg: Empty Mirrors (poemas).
K. Samuelsson: Religión y economía.
Primer vuelo espacial tripulado (Gagarin).
Plácido (película de Berlanga).
Viridiana (película de Buñuel).
Se suicida Hemingway.
Se autoriza en USA Trópico de Cáncer,
de Henry Miller.
«CHE» Y SU ENTORNO POLITICA Y SOCIEDAD
1962 Planes para la industrialización del país.
Se establecen bases rusas en Cuba y Kennedy ordena el bloqueo de la isla.
Canje de 1.179 prisioneros por 50 millones de dólares.
Independencia de Argelia.
1963 Fracasan sus planes de industrialización; se enfrenta con el Partido y ve menguadas sus atribuciones.
Asiste en Argel a un seminario sobre planificación económica.
Se pone en contacto con el Ejército Nacional de Liberación colombiano.
Masetti inicia la guerrilla en el norte argentino.
Muere el papa Juan XXIII; es elegido Pablo VI.
Firma de un tratado contra las armasnucleares.
Asesinato del presidente Kennedy.
1964 Castro: El partido marxista, con prólogo del «Che».
Asiste en Ginebra a la Conferencia Mundial para el Comercio y el Desarrollo.
Viaja a Moscú; asiste a la Asamblea de las Naciones Unidas y viaja por varios países africanos. Díaz Ordaz, presidente de Méjico.
Guerra entre Vietnam del Norte y del Sur.
Kruschev es destituido como primer ministro.
H. Wilson, primer ministro inglés.
1965 Prosigue su viaje por Africa.
A su regreso desaparece durante unos meses.
Muere su madre (19 de mayo).
Anda por el Congo ex belga.
Desembarco de tropas americanas en Santo Domingo.
Rhodesia se proclama independiente.
Clausura del Concilio Vaticano II.
1966 Regresa a Cuba en marzo.
En enero se reúne en La Habana la Conferencia Tricontinental de países socialistas.
Organiza la guerrilla en Bolivia.
Indira Gandhi, primera ministra india.
Golpe de Estado en Indonesia contra Sukarno.
Comienzo de la «revolución cultural» china.
1967 Es apresado y muerto en Bolivia. Golpe de Estado de los coroneles en Grecia.
Guerra de los Siete Días entre Israel y Egipto.
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTES Y LETRAS
Se intensifican los vuelos espaciales tripulados por americanos y rusos.
Se generaliza el empleo de pilas solares para producir electricidad.
Edward Albee: ¿Quién teme a Virginia Woolf?
Los Beatles empiezan a actuar en televisión.
Mies van der Rohe: proyectopara el teatro del Estado de Nueva York.
Primer vuelo espacial tripulado por una mujer (Tereskova).
Transfusión prenatal de sangre.
Primer holograma óptico satisfactorio.
Julio Cortázar: Rayuela.
Llanto por un bandido
(película de Saura).
Jorge Carrera Andrade: Hombre planetario (poema).
Rolf Hochhuth: El Vicario (teatro).
Proyecto de desalinización del agua de mar mediante la energía atómica en Israel.
Primer trasplante de pulmón en USA.
Hemingway: París era una fiesta (postuma).
Saul Bellow: Herzog.
Y ahora estas mujeres
(película de Bergman).
Sigue la carrera por la conquista del espació entre USA y la URSS, con permanencias cada vez más prolongadas de hombres en órbita.
«Pájaro del alba», primer satélite artificial para comunicaciones televisivas.
Mueren T. S. Elliot y Le Corbusier.
La Iglesia católica suprime el Índice de libros prohibidos.
Procedimiento para archivar datos mediante videotape computerizado.
Exposición de Modest Cuixart en Barcelona.
La destitución de Hai Jui, obra de teatro chino, blanco de la Revolución Cultural.
Exposición de Picasso en el Museo de Vallauris.
Muere Giacometti.
Primer trasplante de corazón en Sudáfrica.
Sintetización del ADN.
Primera transmisión televisiva por láser.
García Márquez: Cien años de soledad.
Stockhausen: Himnos para sonidos electrónicos y concretos.
Pippermint frappé
(película de Saura).