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Bartolomé de Las Casas (Versión para imprimir)

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Difícil lo tienen los historiadores a la hora de darle o quitarle razón a fray Bartolomé de Las Casas. Y podemos estar seguros de que no se pondrán de acuerdo, como podemos estar seguros de que los ríos de tinta que correrán en libros y revistas y las riadas de palabras que se precipitarán torrencialmente en conferencias, congresos y coloquios en los años próximos poco o nada harán variar las posiciones que desde los albores de la «civilización» humana han enfrentado a los espíritus cultos a la hora de enjuiciar los actos de los demás tomando como punto de referencia sus propias convicciones o sus propias intenciones, buenas o malas.

La tragedia de fray batolomé de las casas, como de cuantos se interesaron, en contacto con la realidad o desde sus cátedras, curias y bibliotecas, por la suerte de los «indios» en los comienzos del siglo xvi estuvo en que, como tantas veces ha sucedido, quisieron, en un acto de discutible buena voluntad, cohonestar el «sí, pero no» que tantos desafueros ha desencadenado o patrocinado a lo largo de la historia. Las leyes, que venían a reconocer los derechos y obligaciones de los indios como súbditos de la corona, siempre caminaban detrás de los hechos, que ya eran irreversibles, y los encargados de aplicarlas tuvieron que plegarse a la realidad de buen o mal grado.

En realidad no se trata de discutir si los hechos denunciados por fray Bartolomé de las casas se ajustaban o no a la realidad, sino de si la teoría aplicada a la solución de situaciones concretas era compatible con los principios «evangélicos» en nombre de los cuales se pretendía justificar no sólo el derecho sino el deber de imponer de grado o por la fuerza una religión y una cultura que se autodefinían como superiores y necesarias a todos los hombres. los indios tenían que ser salvados a pesar de ellos. por eso, los evangelizadores se sentían obligados a conseguir que los indios aceptaran su obligación de ser redimidos en virtud de un mandato divino.


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Contenido

Introducción

CASI accidentalmente surge ante los españoles del siglo XV un mundo que conquistar y colonizar. Todo un continente, desde lo que hoy es Estados Unidos hasta Chile, veinticinco millones de kilómetros cuadrados, una superficie treinta veces mayor que la que tiene España, se incorporan a la corona castellana. El historiador uruguayo Carlos Machado escribe: «sobre diez mil kilómetros de longitud, a diez mil kilómetros del trono de Valladolid. Empresa de gigantes». La pesada burocracia imperial tiene ante sí un mundo para administrar, para explotar, y enfrenta mil dificultades. La sublevación de los indios que no desean trabajar para los hombres blancos. No pocos prefieren suicidarse. La rivalidad entre los conquistadores. Su desobediencia ante las instrucciones e intereses reales. El mismo Colón será encarcelado y llevado a la Península como un malhechor, o el gobernador de Cuba, receloso de los triunfos de Cortés en México, y de la manera independiente de su proceder, enviará una flota contra él. Cortés hundirá sus naves para evitar que algunos de sus hombres le traicionen. Pero a esta situación caótica hay que sumarle el muy reciente triunfo sobre los moros y la sublevación de los comuneros. En 1521, en Villalar, las tropas reales impondrán su autoridad con severidad.

Un mundo que conquistar y colonizar

El encarecimiento de los productos de Oriente y la peligrosidad de las rutas que llevan a él han soplado con fuerza en las velas de las carabelas de Colón. Varios factores hacen posible este viaje: se impone la idea de la esfericidad de la Tierra, se dispone de la brújula, conocida en Europa desde el 1200; se ha desarrollado el cárabo moro, que se convierte en la carabela. Desde la antigüedad se habla de la Atlántida, pero nadie ha sospechado de la existencia de ese continente que se extiende de polo a polo. Será España el país descubridor, modificando profundamente no sólo a este nuevo mundo, sino también al otro. El centro de gravedad económico internacional se desplaza de los mares internos europeos al Atlántico. Se incrementa el comercio mundial y el desarrollo de la agricultura gracias a los cultivos americanos: patatas, maíz, tomate, tabaco, contribuye al posterior crecimiento demográfico europeo.

Pero a pesar de que España está ocupada en constituirse como Estado bajo la corona de los Reyes Católicos y no tiene recursos, ni mayor interés, para destinar a las Indias, «en la América española la conquista precedió a la colonización. En la América anglosajona la colonización precedió a la conquista. En dos siglos, los anglosajones penetraron en su país doscientos kilómetros; en treinta años, los españoles atravesaron un continente de parte a parte» (A. Curtis Wilgus).

Antes de la mitad del siglo XVI se establecen virreinatos en México y en Lima (1535 y 1542). El poder real intenta disciplinar la presencia española en América mediante las audiencias. En 1511 se establece la primera en Santo Domingo. Sus oidores deben ser consultados por el gobierno colonial. Estos tribunales, confiados a hombres de sólida formación y fieles al rey, comienzan a arraigar la política que Castilla necesita. En Santo Domingo serán llamados el partido del Rey y su fuerza es tal que determinan la caída del gobernador, Diego Colón, en 1524.

En 1527 se establece la Audiencia de México, y se van constituyendo las de Panamá, Guatemala, Lima, Guadalajara, Santa Fe, Charcas, Quito, Santiago de Chile, Cuba, Caracas, Cuzco, Bogotá, Buenos Aires. En 1563 se establece la última de ellas.

Estas Audiencias, celosas inspectoras de los intereses reales, están alarmadas. La colonización se está llevando a cabo a un precio excesivamente alto. Los indios, declarados vasallos, y no esclavos —un hecho particularmente importante y que honra a España— están siendo extinguidos por la desmedida ambición de los conquistadores y colonos.

«¿No tienen ánimas racionales?» (Montesinos)

Una investigación desapasionada de las personalidades y de la incansable militancia de Bartolomé de Las Casas, como la de Montesinos y otros muchos españoles, en defensa de la vida y de los derechos de los indios, tiene sus raíces en una visión ética y religiosa del mundo, y también en la necesidad política y económica de organizar de una manera racional, productiva y permanente, las nuevas tierras descubiertas. En su famoso sermón, Montesinos pregunta a los españoles si los indios no tienen alma, pues el deseo de enriquecerse hace que éstos quieran negar su humanidad, y en el camino de negarla, se cometerá un irreparable genocidio.

Las Casas se nutre del pensamiento de Santo Tomás: «Para él todo hombre es por naturaleza libre, y la esclavitud es presentada simplemente como un hecho y no como un derecho» (Ramón-Jesús Queraltó Moreno). Y de allí que diga: «todas las naciones del mundo son hombres y de todos los hombres y de cada uno de ellos es una no más la definición, y ésta es que son racionales; todas tienen su entendimiento y su voluntad y su libre albedrío como sean formados a la imagen y semejanza de Dios; todos los hombres tienen sus cinco sentidos exteriores y sus cuatro interiores, y se mueven por los mismos objetos dellos; todos tienen los principios naturales o simientes para entender y para aprender y saber las sciencias y cosas que no saben, y esto no sólo en los bien inclinados, pero también se hallan en los que por depravadas costumbres son malos». Las Casas afirma que «cuando algunas gentes tales silvestres en el mundo se hallan, son como tierra no labrada que produce fácilmente malas yerbas y espinas inútiles, pero tiene dentro de sí virtud tanta natural que labrándola y cultivándola da frutos domésticos, sanos y provechosos». El apóstol de los indios coincide con la corona cuando subraya la humanidad de los indios, y aspira, como ésta, a que se «castellanicen», a que se conviertan en fieles vasallos, cristianos y obedientes contribuyentes. Dadas aquellas circunstancias históricas, nada mejor podía sucederle a los nativos.

Según Juan Friede, «el problema indígena fue de carácter social y formó parte de un conjunto de problemas que afrontó España debido a la conquista y ocupación de América», y agrega que es improcedente dudar de la sinceridad de las famosas Leyes de Indias, «basadas en conceptos jurídicos y morales en vigencia en su época, tomando para ellos los pareceres de consejeros, teólogos y juristas… De manera que es injusto considerar a las Leyes de Indias —así como lo hacen muchos— como un cuerpo apócrifo, guiado sobre todo por el deseo de disimular lo que sucedía en realidad. Pero asimismo debe ser rechazada la idea de que esas leyes obedecían al amor abstracto a la justicia, como lo hacen otros. La presencia del indio en sus posesiones de ultramar originó para España problemas nuevos no debidos propiamente a la Conquista en sí —una acción bélica, rápida, fácil y de corta duración— sino al traslado a América de grandes contingentes de españoles que inmigraban bajo el nombre de conquistadores o de colonos. Fue la forzosa convivencia entre el indio y el español, y no la Conquista en sí, la que originó situaciones que exigían soluciones inmediatas…».

Las Leyes de Indias expresaban el paternalismo medieval entremezclado con ideas renacentistas de los derechos individuales; el proteccionismo tradicional de la Corona se entremezclaba con ideas mercantilistas modernas; elementos feudales disyuntivos chocaban con la centralización del poder. En ellas conviven diversas contradicciones: «Se declaraba la libertad personal del indio en calidad de vasallo de la Corona y se limitaba esa libertad por medio de imposiciones específicas; había una preocupación real por la conservación y crecimiento demográfico del aborigen, que simultáneamente se hacía ilusoria por la tolerada o permitida explotación; había el deseo de recompensar al conquistador sus servicios a la Corona y eran los indios quienes debían proporcionar esta recompensa; se respetaba el derecho de propiedad que ejercía el indio sobre su tierra, pero simultáneamente se toleraba la ocupación de ésta por el colono. Las Leyes de Indias carecían de las indispensables y precisas instrucciones de procedimiento para lograr su cumplimiento» (Juan Friede).

Opinamos que es injusto acusar a Las Casas de la responsabilidad de la llamada leyenda negra sobre la colonización española. Las Casas, más que jurista, teólogo, historiador y moralista, a veces «enormista» como dice Menéndez Pidal, obsesivo quizás en su pasión por los indios, es «ante todo la cabeza de un movimiento político, organizador de un verdadero partido activista; el único partido pro-indígena habido hasta ahora en España y en América (nuestros tiempos inclusive), que tuvo una resonante influencia sobre la realidad americana» (Juan Friede). Y una pléyade de seguidores siempre lo acompañaba, tanto entre las esferas civiles como las eclesiásticas.


La riqueza depende de la explotación del indio

El empleo del indio como mano de obra sin mayores condiciones era para los colonizadores el elemento número uno de su enriquecimiento. Sin la obligatoria participación de los nativos en las plantaciones, en las minas y en los servicio domésticos, los españoles no querían establecerse en las nuevas tierras. «En las míseras e inseguras condiciones en que los inmigrantes llegaban generalmente a las Indias… el único aliciente para permanecer en las tierras muchas veces inhóspitas por el clima y topografía del terreno, y en condiciones de vida tan diferentes de las que llevaban en su patria de origen, consistía en poder desplazar al indio de sus tierras, apropiarse de sus bienes, mujeres e hijos y, ante todo, violentar su «natural perezoso», es decir, forzarlos a trabajar» (Juan Friede). Pero esta necesidad del hombre europeo tenía que chocar con la idiosincrasia de los indios. Acostumbrados a vivir en libertad, con una economía de auto-consumo, el trabajo intensivo y la producción de un excedente de bienes que no les pertenecía, los incitaba a sublevarse. Y esta sublevación iba a ser aprovechada por los españoles, pues la ley autoriza a esclavizar a los insurrectos.

Pero no sólo la explotación laboral del indio le causa daño. La presencia del hombre blanco significa una catástrofe para los americanos pues son portadores de enfermedades epidémicas como la viruela, el sarampión y el tifus, desconocidas en el Nuevo Mundo, y que provocan la muerte de innumerables nativos. Los cambios ecológicos también les perjudican. El nuevo sistema de cultivo, el trigo, y el desvío de ríos para regar las tierras de los colonizadores, a su vez, las más aptas, condenan al hambre a muchos grupos, que se internarán en los desiertos o en las montañas, desapareciendo. Han perdido sus mejores tierras, se les quiere obligar a abandonar ancestrales costumbres como la de plantar maíz, carecen de agua, y lo más terrible, en donde hay oro, tienen que trabajar hasta desfallecer en su extracción. El oro americano se tiñe de rojo. Hasta los ídolos de oro de los indígenas son derretidos, y en lingotes, enviados a España. El Inca, inútilmente, entregará un tesoro hoy valuado en dos mil quinientos millones de dólares, para recuperar su libertad. El oro se convertirá para los indios en una maldición.


Genocidio

El encuentro de estos dos mundos significa la muerte de millones de indios. La cifra, según Las Casas, fue de quince millones. En el siglo XVI, la presencia de los auropeos en América y en Africa, puede ser calificada de genocida. Y si comparamos la presencia de Inglaterra, Portugal, Francia y Holanda en Africa, con la de España en América, podemos afirmar que esta última es mucho más humana, menos destructiva. El doctor Rivet estima que la población indígena en el momento de la conquista puede ser estimada en 40 millones de personas, cálculo ratificado por un equipo de historiadores, etnólogos y demógrafos de Berkeley, y «pese a los aportes de sangre europea y de sangre negra traída por la trata, la población de América Española puede calcularse en 1800 —tres siglos después—, en 15 millones… La población de las Indias de Castilla era, quizá, de diez millones en la segunda mitad del siglo XVIII. Si nos atenemos a estas cifras, la conquista española habría producido la desaparición de las dos terceras partes y hasta de las tres cuartas partes de la población indígena… Hay mucho de verdad en el cuadro que pinta Bartolomé de Las Casas en su Historia de las Indias» (Pierre Chaunu). La población de las Antillas, según el historiador A. Curtis Wilgus, fue de 300.000 indios, y según Chaunu sólo en Santo Domingo ascendía al medio millón. En 1510 había sólo 50.000 nativos, en 1530 unos 16.000 y en 1540, tanto en Santo Domingo como en las Antillas los indios se habían extinguido.

Simultáneamente, los africanos sufren la presencia de portugueses, ingleses, franceses, holandeses y árabes, quienes saquean el continente en busca de oro, pieles, marfil, piedras preciosas, maderas, y especialmente, esclavos. No hay en Africa un Bartolomé de Las Casas. En regiones en donde hoy existen Estados independientes como Guinea, Costa del Marfil, Nigeria, Gabón, Angola, Mozambique, Tanganika, Madagascar y Etiopía, se organiza una despiadada caza del hombre y de la mujer africanos. Según el Atlas Histórico Mundial hasta principios del siglo XIX, son apresadas unos 22 millones de personas, de las cuales la mitad morirán al ser transportadas. Investigadores como Arnault, como W. du Bois, M. Ducasse y otros especialistas coinciden en una terrible estimación: la esclavitud costó 150 millones de seres africanos. Fue la violación de un continente jamás igualada en la antigua o moderna historia.

La referencia a Africa nos permite ubicarnos históricamente, y entonces es posible hasta asombrarse de que «la reina Isabel, antes de morir, en el famoso codicilo que mandó unir a su testamento, ordenó las benignas normas cómo habían de ser tratados los indios, sus nuevos y desconocidos súbditos, y que es uno de sus más preclaros timbres de gloria» (José Repollés Aguilar). Pero el mismo historiador reconoce que «a pesar de estos desvelos, la raza caribe que poblaba las Antillas, degenerada y débil, no pudo resistir el trabajo de las tierras y de las minas y desapareció casi por completo, mientras se conservaba y aumentaba la población indígena del continente americano».

España es el único país que desde sus instituciones contempla los derechos de los nativos de las nuevas tierras; claro que, en la práctica, muchas veces se impone el desmedido propósito de acumular riquezas. En México, y contrariando lo afirmado por Repollés Aguilar, la liquidación del imperio indio y la presencia del hombre blanco provocan una mortandad humana impresionante. Este impacto devastador será neutralizado sólo a mediados del siglo XVI.

Para algunos investigadores, como Ramón Menéndez Pidal, Las Casas «no sólo enormizaba el número de las crueldades sino que enormizaba la crueldad». Considera que las cifras proporcionadas por él «son increíbles, aún después de ser inventadas las cámaras de gas y demás prácticas de genocidio moderno». Dice que «es preciso inventar un vocablo nuevo» (enormizar), pero los hechos demuestran que la presencia europea en América y en Africa, entre los siglos XV y XVII, y en el caso de Africa hasta el XIX, permite el uso de otro vocablo también nuevo: genocidio. Decir de Las Casas que sufre de exageración patológica o de «una descomedida andaluzada», es desviar la atención de un período histórico que debe ser asumido con serenidad pero también con toda sinceridad.

Las denuncias contra el sufrimiento de los indios son muy numerosas como para dudar de ellas, y proceden de personalidades que gozaban de prestigio. Este es el caso de fray Pedro de Córdoba, que en 1517, afirmaba que los españoles no poblaban sino que despoblaban las Indias: «Han tenido mucho cuidado y diligencia de hacerles sacar oro y labrar otras haciendas y sufrir el ardor del sol en cueros vivos, sudando la furia de los trabajos, no teniendo a la noche en qué dormir sino en el suelo, no comiendo ni bebiendo para sustentar la vida, matándolos de hambre y de sed. Las mujeres han trabajado y trabajan en esta tierra tanto y más que los hombres y así desnudas y sin comer y sin camas; y aún algunas preñadas y paridas, que Faraón y los egipcios aun no cometieron tantas crueldad contra el pueblo de Israel…»


Un indio, de 5 a 7 pesos; un negro, 50 pesos o más

Ni «degenerada» ni «débil» como dice Repollés Aguilar, los indios se niegan a soportar el trabajo forzado al cual son condenados. Los encomenderos olvidan sus deberes y los condenan a una corta vida. En cuanto a la esclavitud tenía «un funesto resultado geopolítico. Ora en plantaciones, ora en minas, ora en transporte o servicios domésticos, la vida de un esclavo indio era extremadamente corta… El indio una vez que se ve preso, y si escapa, antes quiere morir que no volver a serlo, informaban al Consejo en 1533. En Cuba se registran suicidios colectivos: «y unos pueblos convidaban a otros a que se ahorcasen»… Creían que iban a vivir a otra parte donde tenían todo descanso, y de todas las cosas que habían menester abundancia y felicidad». De allí que no sorprenda que en los mercados del Caribe el precio de un indio era de 5 a 7 pesos, mientras que el esclavo negro podía valer 50 pesos o más. Quizá los negros, los más fuertes, luego de atravesar el océano y llegar con vida, lejos de sus tierras, alentaban la esperanza de poder alguna vez volver a ellas.

Hasta el mismo Las Casas estimó oportuno la compra de negros esclavos para proteger a los indios, pero con el correr de los años muchos de ellos perecieron y la presencia negra en América Latina disminuyó tanto, que nos demuestra que no hay raza capaz de soportar trabajos tan infames, y condiciones de vida tan terribles. «En 1517 el P. Bartolomé de Las Casas tuvo mucha lástima de los indios que se extenuaban en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas, y propuso al emperador Carlos V la importación de negros, que se extenuarán en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas» (Menéndez Pidal).


La encomienda

En 1542 el rey intenta suprimir la encomienda, con el propósito de salvaguardar la vida de sus vasallos indígenas, pero fracasa. Es la encomienda, o mejor dicho a través de ella, la institución que permitió la explotación de los indios. En 1497, cinco años después del descubrimiento, se autoriza el reparto de tierras y de indios en los siguientes términos: «á vos Fulano, se os encomiendan tantos indios de tal cacique y enseñadle las cosas de nuestra santa fe católica». En 1521, ante los desmanes que se cometen, se ordena que los indios no sean inducidos, atemorizados ni apremiados. En 1538 se dispone que los indios viviesen agrupados y que esto se procurase sin hacerles opresión. En 1541 se dispone que los indios de un país frío no fueran llevados a un país cálido, y que se les permitiese su traslado a su voluntad de un país a otro. Como se puede apreciar, el poder real, aconsejado por personas como Las Casas, trata de proteger a los indios.

Las encomiendas no fueron concesiones a título perpetuo, sino especie de fundos de la corona, otorgados generalmente por dos generaciones —en México excepcionalmente por tres o cuatro—, después de las cuales quedaban reunidas a la corona de Castilla, entrando los indios a ser vasallos directos del monarca. En 1538 se dispuso que sólo se concedieran encomiendas a las personas que residían en las provincias conquistadas, y en 1545 se amplió el repartimiento pero sólo a personas de «mérito de la Metrópolis» (Enciclopedia de Espasa-Calpe).

Los encomenderos sólo piensan en sus intereses. Las Casas denunciará mil veces «la general corrupción de jueces, oficiales y demás funcionarios de Indias» que se niegan a sancionarlos (Manuel Giménez Fernández). Le pedirá al Papa Pío V que excomulgue «a los esclavizadores y explotadores de los indios». Estos dirán que los castigan por sus pecados «contra la ley natural, como sodomía o sacrificios humanos» (Menéndez Pidal), como así también por antropofagia.

Las Casas tropieza una y otra vez con «las burlas de los más y el desprecio de los oligarcas, la convicción general, interesada en muchos, de que el único trato posible con los indios era la conquista y la esclavización» (Giménez Fernández). No puede soportar «la indignación ante la criminal tolerancia de las autoridades de La Española con los armadores, captores y traficantes de indios esclavos».


Las Casas, un luchador infatigable

El mismo Menéndez Pidal, quien no siente simpatía por Las Casas dice que «es un hombre de acción, inquieto, batallador, incansable… Todos admiramos su gran temperamento fuerte y resistente, su incansable actividad de luchador tenaz durante toda una larga vida, su ir o venir catorce veces a través del océano, siempre alerta para defender la libertad y los derechos de los indios, su polemizar continuo contra los que fundados en la imponente autoridad de Aristóteles sostenían que los hombres recién descubiertos eran siervos por naturaleza, todos reconocemos su firmeza y su tesón, cuando él, simple clérigo o fraile, sin más autoridad ni apoyo en el mundo que su hábito y su pobreza, arremetía contra obispos, frailes, contra consejeros de Indias, contra gobernadores, contra juristas, contra historiadores, contra todo el que se opusiese a los principios morales de la colonización que él creía justos…»

Pero Las Casas no está solo. Es el virtual líder de un movimiento que representa los más nobles valores del cristianismo y del humanismo de su época, «una satisfacción para España, la existencia de hombres como Montesinos, Las Casas, Vitoria, etc…» (Queraltó Moreno). Y hoy, los veinte y pico de Estados latinoamericanos, tienen para con todos ellos una deuda de gratitud. Puede decirse que aún hoy, es un «campeón de los derechos del hombre y de la fraternidad de todos los seres humanos…» (Lewis Hanke).

Durante los últimos años de su vida, que transcurren en Toledo y luego en Madrid, «Casas fue más que nunca incansable, tenaz e insobornable» (Manuel Giménez Fernández). Adoctrina a sus numerosos discípulos y seguidores, repartidos por toda España: Jaén, Sevilla, Toledo, Granada, Sanlúcar y Salamanca, y en toda América, desde México hasta Chile, pasando por Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Panamá, Costa Rica, Santo Domingo y Guatemala. «Asesora a magistrados como Francisco Ceinos y Lebrón de Quiñones. Polemiza con quienes intentaban una fórmula de acomodamiento en la conservación de las encomiendas, como el confesor de Felipe II, Bartolomé Carranza de Miranda o los dominicos de Guatemala» (Giménez Fernández). Según Gabriel de Cepeda, poco antes de morir, pedía con el mismo apasionamiento que lo guía durante medio siglo, que se protegiera a los indios y se lamenta por lo poco que ha podido hacer por ellos.



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Introducción

LAS tropas de Fernando III el Santo (1199-1252), luego de tomar Córdoba (1236), Jaén (1246) y Carmona (1247), sitiaron durante quince meses la ciudad de Sevilla, en poder de los árabes desde hacía cinco siglos. En noviembre de 1248 se produce la capitulación; se abren las quince puertas de la muralla circular y el ejército cristiano penetra en la ciudad.


Un caballero francés en Sevilla

Entre los sitiadores figuraba un caballero francés de la estirpe de los condes de Limoges: Don Bartolomé de Casaux. Había atravesado los Pirineos atraido por la gesta de la Reconquista, siendo retribuido luego del triunfo «por juro de heredad y para siempre» con propiedades conquistadas a los moros. El caballero francés ya no regresará a Francia, aprenderá a amar su nueva tierra y pronto mudará su apellido Casaux por Las Casas.

Desde entonces los archivos de Sevilla, recogerán el apellido vinculándolo a la Iglesia Católica, a las armas y al servicio de la Corona.

El rey Alfonso XI (1221-1284) nombra a un Las Casas como «fiel ejecutor de ordenanzas reales y como regidor número 24 del reino. Este número quedó unido a la familia hasta el siglo XVII, sucediéndose unos a otros en el ejercicio del cargo. Asimismo fueron nombrados en varias oportunidades «tesoreros mayores» de Andalucía.

En época del reinado de Juan II (1405-1454), padre de Isabel la Católica (1451-1504), se entrega a Don Guillén Las Casas, «Caballero el más poderoso de Sevilla», por disposición real la Villa de Montilla, y a Don Alonso de Las Casas la tenencia del Castillo de Priego, que «por ser hombre caudaloso lo podría tener bien».

Vemos a la familia sirviendo con las armas a la Corona. Don Guillén de Las Casas murió en la batalla de la Ajarquía de Málaga. Don Alfonso de Las Casas, por su comportamiento en la batalla de Las Lomas, fue nombrado Caballero del Rey. Don Guillén (este nombre se repite continuamente en la historia familiar), en tiempos de Enrique II, es enviado a Francia para obtener refuerzos militares. Y encontramos a otro Las Casas en tierras canarias; se le concedió por cédula real la conquista de Tenerife y La Palma, otorgándole en premio «las tierras que conquistase para él y sus sucesores». Varios religiosos dio la familia. Entre ellos un Deán de la Catedral de Sevilla y un Maestro General de la Orden de Predicadores: Fray Alberto de Las Casas.


La infancia

En 1474 —algunos sostienen que fue en 1484—, nace en Sevilla Bartolomé de Las Casas. Tres parroquias pueden haber sido su cuna. Las de San Lorenzo, San Vicente o la Magdalena, las tres frente al barrio de Triana, junto al Guadalquivir, en cuya catedral fue bautizado.

Sabemos que su padre, Pedro de Las Casas, había nacido en Tarifa, hijo de un tal Peñaloza y de una Las Casas. Algunos historiadores sostienen el origen converso de Bartolomé de Las Casas. Tal afirmación —de ser cierta—, debió sustentarse en la rama paterna, de la cual se tienen pocos datos, pues se ha comprobado con abundante documentación que ya en el siglo XII los Las Casas eran cristianos; esta afirmación se refuerza con el hecho de que muchos integrantes de la familia pertenecieron a órdenes de Caballeros, entre ellas a la de Calatrava, la más antigua de España, aprobada por el Papa Alejandro III en 1164.

La infancia de Bartolomé estuvo signada por la epopeya de la Reconquista. Dado el ambiente familiar en que transcurrieron sus primeros años no pudo ser ajeno al clima de euforia creado por los triunfos cristianos sobre los moros, ni a la angustia provocada por las derrotas sufridas a manos de estos. Muchos de sus parientes, tanto por vía materna como paterna, participaban en los frentes de batalla y ocupaban sitios junto al rey.

No resulta entonces aventurado afirmar que a los nueve años habrá presenciado en lugar preferencial los solemnes actos que sucedieron a la entrada de los Reyes Católicos en Sevilla. Su tío Don Alfonso de Las Casas, era uno de los ocho caballeros que portaban la vara del rico palio bajo el cual entraron los soberanos en la ciudad andaluza.

Poco es lo que se sabe sobre los primeros años de Bartolomé. Es probable que haya iniciado los estudios primarios en la escuela catedralicia del Colegio de San Miguel, y sus primeros contactos con la vida monacal debieron ser las visitas a su tía Doña Juana, monja en el Monasterio de Santa María de Las Dueñas. Transcurrieron los años y Bartolomé fue convirtiéndose en un joven ante el cual se presentaban dos caminos posibles: el ejército o la Iglesia.


Salamanca

Posiblemente en 1490, Bartolomé de Las Casas comenzó sus estudios de «ambos derechos» en la Universidad de Salamanca. Debió de llegar a la ciudad en los primeros días de octubre ya que los cursos comenzaban el día de San Lucas, el 18 de octubre. María Rosa Miranda nos brinda esta semblanza: «Cabalgando sobre caballo propio y seguido del criado que cuidaba el equipaje portado a lomos de mula, el aprendiz de estudiante vendría polvoriento por la reseca carretera castellana, escasa de árboles y amplia de horizontes». Ignoramos cuál habrá sido su vida en los claustros fundados por Fernando III el Santo. No existen datos que nos permitan reconstruir la historia.

Un familiar suyo era sacerdote en el convento de San Esteban y posiblemente allí vio a Cristóbal Colón por primera vez. El futuro descubridor de América había aceptado la hospitalidad y ayuda del clérigo Diego de Deza, quien lo estimulaba a continuar en la empresa que se había propuesto. Años más tarde, Colón retribuiría esa confianza al decir a los reyes: «Sepan vuestras Altezas que a ese fraile deben el descubrimiento de las Indias». Durante siete años trajinó Colón las antesalas de los salones cortesanos; escuchado por unos, desoido por otros, hubo de esperar a que Granada cayera y con ella el poder árabe en la Península para que la corona atendiera a sus reclamos y facilitara los medios necesarios para la expedición. Cuentan sus biógrafos que Bartolomé de Las Casas se adhirió con entusiasmo a las teorías de Colón y defendió sus argumentos en las discusiones con sus compañeros de estudio.

Luego de la caída de Granada y gracias a la gestión de la reina, Colón fue autorizado a utilizar fondos del reino de Aragón para financiar la arriesgada empresa, tan descabellada para muchos. El Puerto de Palos fue el escenario del primer acto concreto para la aventura y allí encontramos a un familiar de Bartolomé, a su tío paterno Juan Peñalosa, participando activamente en la misma, ya que había sido nombrado contino real, siendo su misión el reclutamiento de los marinos que habrían de acompañar al Almirante. El 3 de agosto de 1492 las tres naves se hicieron a la mar hacia el asombro.


La llamada de las Indias

El regreso del Almirante Colón provocó una ola de admiración popular. Una vez desembarcado, emprendió el camino de Barcelona, donde se hallaban los reyes en ese momento, llevando consigo algunos indios que presentó ante los monarcas. El éxito de la misión despertó el entusiasmo y tanto señores como menesterosos acariciaban la idea de acompañar al Almirante en su segundo viaje. Pedro de Las Casas no fue ajeno a la llamada de las Indias y la fortuna. Junto con su hermano Francisco Peñaloza, que se desempeñaba como «jefe de hombres de armas» de la expedición, se embarcó en Cádiz en uno de los diecisiete buques que con mil quinientos hombres a bordo se hicieron a la mar el 25 de septiembre de 1493.

Sobre la tripulación escribe María Rosa Miranda: «Los había de todas clases y condiciones. Grandes señores familiarizados con la Casa Real, hidalgos de brillante atuendo, guerreros en paro forzoso una vez terminada la campaña, hombres de letras, labradores, etc. Para propagar la fe iban varios religiosos y algunos clérigos y al frente de todos ellos, Fray Buil, monje de San Benito que llevaba «poder del papa muy cumplido en las cosas espirituales y eclesiásticas». También se proveyeron ornamentos «de carmesí muy rico» para las futuras iglesias y la reina «dio uno de su capilla particular».

Bartolomé de Las Casas vio partir a su padre hacia Las Indias, y tal vez sospechara que del éxito de aquel en las lejanas tierras dependía su propio futuro. No podía arrancar de su mente las imágenes del espectáculo que brindó Colón a su paso por Sevilla en marzo de 1493: «Despachado el correo —escribirá años más tarde Las Casas—, Don Cristóbal Colón, ya Almirante, con el mejor aderezo que pudo, se partió de Sevilla llevando consigo los indios, que fueron siete los que le habían quedado de los trabajos pasados, porque los demás se le habían muerto; los cuales yo vide entonces en Sevilla y posaban junto al arco que se dice de las Imágenes, a San Nicolás. Llevó papagayos verdes, muy hermosos y coloreados, y guayzas, que eran unas carátulas hechas de pedrería de huesos de pescado, a manera puesto de aljófar, y unos cintos de lo mismo, fabricados por artificio admirable, con mucha cantidad y muestras de oro finísimo y otras muchas cosas, nunca otras antes vistas en España ni oídas.»

Para dar testimonio de «esas cosas nunca vistas ni oídas» la historia le reservaría un sitio privilegiado. Si Colón descubre estas nuevas tierras, él descubrirá la humanidad en sus nativos y dedicará toda su vida a defenderla.


El regalo

La ausencia de Pedro de Las Casas se prolongó durante cinco años, en el transcurso de los cuales se le unieron sus hermanos, Diego y Gabriel Peñaloza. Mientras tanto, Bartolomé continuaba con éxito sus estudios en Salamanca y había tenido su primera experiencia como hombre de armas, participando como soldado en las milicias concejiles sevillanas, a las que se encomendó el sofocamiento de la sublevación morisca en Granada, hecho ocurrido en 1497. Según Giménez Fernández, en esos días asiste a las clases impartidas por el sabio Alonso de Nebrija.

En enero de 1498 Cádiz presenció la llegada de cinco naos provenientes de las Islas del Mar Océano. La multitud agolpada en el puerto dio una calurosa bienvenida a los marinos y se asombró ante el espectáculo exótico de las plantas y animales desconocidos y en especial ante los 600 hombres de piel morena traídos por el Almirante para ser vendidos como esclavos en la Península.

Uno de los recién llegados era Don Pedro de Las Casas quien «entre las alhajas que de las Indias trajo una fue un indiezuelo que le dio el Almirante Colón, el cual dio por page a su hijo Bartolomé de Casaus». El estudiante de Las Casas, al decir de González Calzada, hizo del indio un «sujeto de observación», intentando, a través de él, comprender la idiosincracia de los habitantes de las nuevas tierras, pretendiendo «investigar su mitología para cotejarla con la religión de Cristo». También utilizó sus conocimientos de latín y filología para establecer paralelos entre las viejas lenguas y el inexpugnable nuevo idioma. «En fin, pretende ingenuamente conocer, a través de un tierno fruto, todo el árbol genealógico del mundo descubierto por Colón».

Si para Bartolomé la presencia del joven indio en España significa un inmejorable instrumento de aprendizaje, para Colón constituye el inicio de un pingue negocio. Había prometido a los reyes traer de las «Islas y tierras de Mar Firme» cuantiosos cargamentos de oro; sin embargo, su propósito no se cumplía. Los contratiempos se sucedían unos a otros, la tierra prometida era un espejismo. El oro anhelado se reducía a escasas cantidades logradas con ingentes esfuerzos. Ya comenzaban a levantarse voces diciendo «no había oro ni cosa de que se pudiese sacar provecho alguno, y que todo era burla cuanto al Almirante decía».

Colón vio en la población indígena la veta que lo llevaría a un filón mucho más rico y sencillo de extraer. Cada indio podía ser vendido «a mil quinientos maravedís la pieza» y resarcir con creces los gastos de la conquista, añadiendo: «De acá se puede, con el nombre de la Santísima Trinidad, enviar todos los esclavos que se pudiesen vender». Para no contravenir la orden real que indicaba que se los tratara «sin que les fagan enojo alguno», esgrimió el argumento esclavista de la época que autorizaba la sumisión a esclavos de los vencidos en «guerra justa» y que escondía tras de sí la justificación aristotélica de la esclavitud, quien decía en su obra «La Política»: «Es evidente que unos hombres son libres por naturaleza y otros esclavos y que para estos la esclavitud es una cosa justa y conveniente».

Colón coincide con el Estagirita al considerar que la esclavitud es conveniente para los sometidos a su régimen y en carta a los reyes dice refiriéndose a los caníbales («comedores de hombres») y sus prácticas antropofágicas: «Tomar dellos y dellas y enviarlos allá a Castilla no sería sino bien, porque se quitarían de una vez de aquella inhumana costumbre, y entendiendo la lengua muy pronto recibirían el bautismo y harían el provecho de sus ánimas». Y en otro lugar, dice: «Cuantos más allá se llevasen sería mejor». La respuesta de la reina fue contundente al ordenarle que «procure allá se reduzcan a nuestra santa fe católica y asimismo lo procure con los de las islas donde está».

No obstante la terminante prohibición real, en las naos procedentes de Indias comenzaron a llegar indios sometidos a esclavitud. El cargamento traido en enero de 1498, sin ser el primero, resultó el más importante. Y así fue como las plazas de las ciudades españolas, entre ellas Sevilla, se convirtieron en el mercado en que se exhibía la mercancía humana ultramarina.

A oídos de la reina llegaron las noticias del estado al cual habían sido reducidos sus vasallos, pues así los consideraba, desobedeciendo sus disposiciones. Por lo tanto censura al Almirante, como así también a los otros españoles vinculados al hecho, entre ellos a Pedro de Casaus. Con enojo dice: «¿Quién dio licencia a Colón para repartir mis vasallos con nadie?». Ordena pregonar en Sevilla y en otras partes que todos los que tuviesen indios, debían devolverlos, o serían castigados con la muerte. Este humanitario decreto privaba a Bartolomé de su «sujeto de observación», pero fijaba un precedente en el cual se apoyaría una y otra vez en su lucha futura.


El clérigo las Casas

Posiblemente alrededor del año 1500 Bartolomé de Las Casas concluye sus estudios en los claustros salmantinos, y apoyándose en sus conocimientos de latín aspira a lograr la «tonsura» de clérigo. Aunque hay discrepancias entre los historiadores, parece ser que efectivamente así lo hizo y que logró una plaza de doctrinero en la expedición que partió del puerto de San Lucas de Barrameda el 13 de febrero de 1502. Algunos historiadores mantienen otra tesis, según la cual Don Pedro Las Casas, quien regresó de las nuevas tierras en 1498, había dejado en ellas considerables intereses ya que «fue uno de los más aprovechados en la Isla Española, porque el Almirante y su hermano le favorecieron y su industria no le desayudaba». La administración de tales bienes se hacía dificultosa desde la Península y decidió enviar a su hijo Bartolomé a Indias para que se hiciera cargo de sus negocios.



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Introducción

Fray Bartolomé de Las Casas.
Fray Bartolomé de Las Casas.


EL 13 de febrero de 1502, partía de Sanlúcar de Barrameda una expedición al mando del capitán general Antonio Torres, compuesta por 32 naves y 2.500 hombres. Entre el pasaje figuraba el recientemente nombrado gobernador de La Española, Don Nicolás Ovando (1460-1518), quien debía sustituir en el gobierno de la isla a Francisco de Bobadilla. A los ocho días de navegación, en las cercanías de Las Canarias, escala obligada, se desató una tempestad que castigó duramente a la flota y provocó el naufragio de una nao, «La Rábida», que llevaba a bordo 120 pasajeros, que resultaron muertos.

Por fin lograron recalar en el puerto de La Gomera y permanecieron en la hospitalaria isla por espacio de unas pocas semanas. El joven clérigo Las Casas aprovecha el tiempo de espera, recorriendo los alrededores junto con otros compañeros de viaje, entre ellos Pedro de Atienza, quien observaba con interés las plantaciones de caña de azúcar, pensando en la posibilidad de adaptar el cultivo en tierras antillanas. Así lo hará tiempo después, comprobando que su previsión se cumplía con suma generosidad.

Una vez aprovisionada, la flota se pone nuevamente en marcha. Muy pronto el mundo se reduce a agua y cielo. Bartolomé de Las Casas ocupa estos días alternando con los viajeros más principales, enterándose de las características de la nueva tierra y sus gentes. Trata de proyectar su futura actividad de administrador de la cuantiosa hacienda paterna. Pero la vida a bordo no sólo se reduce a esas conversaciones. Podemos imaginarnos al joven clérigo, escrutando con avidez el horizonte, hasta ayer limitado y conocido, y hoy abierto a un nuevo mundo.

Ya las márgenes de la costa están a la vista, y muy pronto las naves remontan el río Ozana y atracan en el puerto de la pequeña villa de Santo Domingo, siendo recibidos por el comendador de la Orden de Calatrava, Don Francisco de Bobadilla, a quien se le encomendó en el año 1500 poner fin a las disensiones de los pobladores de la isla. El enviado real hizo principal responsable de éstas a Cristobal Colón y a su hermano, enviándolos encarcelados a España. La extrema medida molestó a los reyes, que la desaprobaron con energía, disponiendo su reemplazo por Nicolás de Ovando.

Bobadilla dio un gran impulso a la actividad de la isla, facilitando en extremo las empresas privadas de los colonos, entre quienes repartió tierras, autorizó a tomar indios para las labores de campo y permitió la búsqueda de oro por cuenta propia. «No hay bueno ni malo que no tenga dos o tres indios que le sirvan y perros que le cacen.»

No obstante la situación de servidumbre a la que se hallaban sometidos, los indios no sufrían mayores agobios, dedicados a las faenas del campo, a la pesca y caza para sus amos. Pero el descubrimiento de yacimientos de oro trastocaría completamente esta situación. Ovando autoriza el empleo de los nativos en la explotación de los yacimientos.


El huracán y la peste

La llegada del contingente español, 2.500 hombres, planteó problemas de difícil solución a la pequeña ciudad, que no se hallaba en condiciones de alojarlos. Una única fuente de agua habría de servir a todos los vecinos y las precarias casas de madera con techos de paja se vieron prontamente atestadas.

Un acontecimiento imprevisto aumentaría los problemas: el huracán, como llamaban los indios al furioso viento que arrancaban los árboles de raíz y hacía volar por los aires sus precarias viviendas y a los animales. «No parecía sino que todo el ejército de demonios se había del infierno soltado.»

No sólo sufrieron los hombres en tierra. En el mar las gigantescas olas engulleron 22 de las 30 naves que navegaban de regreso a la Península. Entre ellas la nave capitana, llevando a bordo al comendador Bobadilla y al capitán general Antonio Torres.

El huracán destrozó la ciudad. Los hombres se refugiaron en los montes. Luego, cuando se hizo la calma, contemplaron azorados los desguazados árboles y los animales muertos. Trás el terrible viento, la peste. La fiebre amarilla castiga con saña a la diezmada colonia. «Probábalos la tierra dándoles calenturas; sobre aquéllas faltábales la comida y la cura y todo refugio; comenzáronse a morir en tanto grado que a enterrar no se daban a manos los clérigos.»


«Ayuda obligatoria»

El comendador Ovando decidió levantar la nueva ciudad en la margen opuesta del río. Sin embargo, la reconstrucción de las haciendas dañadas requiere la ayuda de los aborígenes, refugiados en los montes. Hasta Ovando llegaban los pedidos de sus hombres, para que realizara un nuevo «repartimiento» que obligara a los indios a prestar su ayuda. Ovando considera estos pedidos como justos y oportunos, pero no puede llevarlos a cabo. Antes de partir hacia estas tierras la reina le había dictado sus instrucciones. «Entre otras cláusulas de sus intrucciones fue una muy principal y muy encargada y mandada, conviene a saber, que todos los indios vecinos y moradores desta isla fuesen libres y no sujetos a servidumbre, ni molestados ni agraviados de alguno, sino que viviesen como vasallos libres, gobernados y conservados en justicia, como lo eran los vasallos de los Reinos de Castilla, y mandándole asimismo que diese orden como en nuestra santa fe católica fuesen instruidos; y cerca deste cuidado, del buen tratamiento y conversión desta gente, fue siempre la bienaventurada reina muy solícita.»

Para lograr la autorización real, Ovando escribe a la reina explicando la situación vigente en la isla, lamentándose además de las costumbres «inhumanas» de los aborígenes, y expresando sus temores en cuanto a la salvación de sus almas. El informe es cierto, pero oculta un objetivo: convencer a la reina de la necesidad de no tratar a los indios como vasallos.

Una gran parte de la población aborigen se había refugiado en los montes, evitando todo contacto con los hombres blancos. No desean trabajar para ellos y su religión les resulta algo extraño, ajeno por completo a sus costumbres. Ovando se preocupa por su cristianización pero su mayor interés es utilizarlos en la extracción de oro, la única riqueza del lugar que justifica tantos sacrificios. La reina al fin se deja convencer por el gobernador. «Por cuanto ella deseaba y pudiera decir que era obligada, y en ello no le iba menos que el alma, que los indios se convirtiesen.» Se autoriza un nuevo repartimiento y el camino hacia la obtención de oro queda libre de escollos, pero así comienza la explotación de los indios.

La reina quiere cumplir con lo prometido al Papa, y en su testamento dejará establecido: «item, por cuanto al tiempo que nos fueron concedidas por la Santa Sede apostólica las islas y Tierra Firme del mar Océano, descubiertas y por descubrir, nuestra principal intención fue al tiempo que lo suplicamos al Papa sexto Alejandro, de buena memoria, que nos hizo la dicha concesión, de procurar de inducir y traer los pueblos dellas y los convertir a nuestra sancta fe católica, y los enseñar y dotar de buenas costumbres, y poner en ello la diligencia debida (según más largamente en las dichas letras de la concesión se contiene); por ende, suplico al Rey, mi Señor, muy afectuosamente, y encargo y mando a la dicha princesa, mi hija, y al dicho príncipe su marido que así lo hagan y cumplan, y que éste sea su principal fin, y que en ello pongan mucha diligencia, y no consientan ni den lugar que los indios vecinos y moradores de las dichas Indias y Tierra Firme, ganadas y por ganar, resciban agravio alguno en sus personas, ni bienes, mas manden que sean bien y justamente tratados, e si algún agravio han rescibido lo remedien, y provean por manera que no excedan cosa alguna de lo que por las letras apostólicas de la dicha concesión nos es inyungido y mandado.»


El encomendero

Se desconoce cual fue la actividad de Bartolomé de Las Casas durante los catastróficos acontecimientos que asolaron la isla. Algunos historiadores sostienen que su ayuda fue importante en la lucha contra la fiebre amarilla y narran escenas que lindan con la santidad. Menos apasionados y tal vez más objetivos son quienes sostienen que el clérigo Las Casas no tomó parte activa en las labores contra la peste, pues no se hallaba en la ciudad, sino en sus campos de la provincia de Cibao, donde tuvo «labranzas de pan de tierra que valían cada año más de cien mil castellanos». Son muchas las referencias de Bartolomé de Las Casas sobre esta región que lo maravillan. Sabemos por él que era «abundante en pinares», que la surcaban muchos ríos, en donde él «hizo coger algún oro» y que en una isla del río Janique, colonos cristianos plantaron las primeras cebollas que hubo en América.

El clérigo Las Casas dirigía con habilidad su hacienda. Tuvo su repartimiento de indios, a quienes mandaba sin rigor excesivo pero con firmeza. Su proceder no difería sustancialmente del de un buen encomendero cristiano, para quienes tratar con cuidado a los indios significaba asegurarse la insustituible mano de obra.

También se tienen noticias de que en estas fechas inicia un rentable negocio de exportación de sal. En las cercanías de la Isla Margarita, en Punta de Anaya, había unos ricos salitrales con una sal de gran pureza. «Es muy blanca y sala mucho.»

La imagen del clérigo estaba lejos de ser la que hoy se conoce, con sus partidarios y adversarios enfrentados. María Rosa Miranda escribe: «Es el típico ejemplar del encomendero atento a sus negocios, que tiene por fin juntar talegas repletas de oro virgen, muy solícito en su lucro personal y despreocupado en absoluto de problemas sentimentales acerca de la raza vencida».


La guerra

En la isleta de Saona, en la provincia de Higüey, al norte de Santo Domingo, ocurrió un incidente que culminó en guerra. Un grupo de españoles llegaron a ella con el propósito de cazar, acompañados por feroces perros. La imprudencia de los visitantes posibilitó que los animales atacaran a uno de los jefes indios del lugar, que resultó muerto a causa de las heridas. El pequeño contingente, ante la ira de los nativos, decide embarcarse. La mecha del conflicto había sido encendida.

Tiempo después arriba una expedición de colonos con la misión de levantar un poblado en las inmediaciones. Ocho hombres saltan a tierra y caen bajo las flechas de los nativos. Cuando la noticia llega a Santo Domingo, el gobernador Ovando decide dar un escarmiento ejemplar y manda reclutar soldados para batir a los rebeldes. Bartolomé de Las Casas fue uno de los 300 hombres que, armados de ballestas, espadas y arcabuces, bajo las órdenes de Juan de Esquivel, se embarcaron rumbo a Saona y a la guerra.


Cotubano

Cotubano era el cacique de los higüey, la tribu que se atrevió a atacar a los españoles. Rápidamente estos los someten, gracias a la superioridad de sus armas y a la pericia militar. El jefe nativo decide pactar la paz. Juan de Esquivel acepta gustoso y asegura a los vencidos que no serían sacados de su isla ni llevados a servir lejos de ella. Se edificó una fortaleza y en ella quedaron nueve españoles al mando del capitán Villamán, como representante de la autoridad castellana.

Juan de Esquivel no había terminado de saborear su triunfo, cuando hasta Santo Domingo llegó el único sobreviviente de la matanza. La fortaleza había sido atacada por los indios, comandados por Cotubano, faltando a lo pactado. Rota la tregua, iba a desencadenarse una verdadera guerra.

Las anteriores acciones bélicas fueron sólo el prólogo de una verdadera guerra que habría de prolongarse «de ocho a diez meses». Cotubano había convocado en su auxilio a los principales caciques de las tribus higuey. Su prestigio como guerrero era reconocido por todos y poseía un fuerte carisma: «Todos de verle, se admiraban.» Bartolomé de Las Casas recogería sus impresiones del conflicto con los indios: «Salieron los indios contra los cristianos en sus canoas, con arcos y flechas arboladas con hierba ponzoñosa, traían también unas cuerdas haciendo ademanes de que los habían de atar con ella, y por esto creo cierto que esta tierra era la provincia del Higüey porque la gente della era más belicosa y tenía de la dicha hierba.»

El comienzo de la campaña militar favoreció a los españoles. Los indios ingenuamente, presentaron batalla a campo abierto, y fueron superados por la pericia y las armas europeas. Cotubano comprendió su error y decidió utilizar la lucha emboscada, apelando a la sorpresa y a las trampas. La selva era el habitat natural de los nativos. No había secretos en ella y se convirtió en su aliada.

Acosados por un enemigo que aparecía y desaparecía con rapidez, por una naturaleza hostil que cerraba sus pasos, los españoles comprendieron que no podían seguir aguardando la oportunidad de una lucha frontal, sino que debían ir a buscar a los indios a sus escondites. Comenzaron entonces jornadas alucinantes. Las cuadrillas en que se habían dividido los europeos ambulaban por la selva, presas del sol, los tremedales, los insectos, las flechas envenenadas y la falta de aprovisionamento. «En estos comedios todos los españoles padecieron grandes hambres.»

La guerra se transformó en un conflicto de exterminio: uno y otro bando anhelaba la aniquilación del otro. En contacto con una naturaleza irritante, casi insoportable, los combatientes se mimetizaron con ella, las referencias de la civilización y sus normas eran algo lejano y se desdibujaban. Ahora la realidad era una intrincada selva poblada de fantasmas huidizos, un sol de fuego, una ciénaga sedienta.

Poco a poco, fueron cayendo los caciques indios. Sin sus jefes los demás combatientes iban siendo fácilmente reducidos. Pero Cotubano escapaba airoso de todo acecho. No obstante, se veía obligado a retroceder y cada vez eran menos los hombres que le acompañaban. Una delación permitió a los españoles conocer su refugio en la isla de Saona. Hacia allí se dirigió el capitán Juan de Esquivel con 50 soldados.

Luego de atrapar a algunos espías del cacique e interrogarles, se supo que el jefe indio vivía en una cueva entre peñascales. Se montaron cuerpos de vigilancia y finalmente Cotubano cayó prisionero. El gobernador Ovando liberó del suplicio al reo pero le condenó a muerte. Con el ahorcamiento del jefe rebelde se puso fin a la sublevación de la isla.

La pacificación produjo el incremento de fundaciones de poblados y encomiendas. El oro comenzó a extraerse en cantidades apreciables gracias al esforzado trabajo de los indios, explotados de una manera abusiva. En 1502, cuando Ovando llega a Santo Domingo, vivían en ella aproximadamente 300 españoles. Ocho años más tarde la población ascendía a 10.000 repartida en 17 villas, entre ellas Puerto Plata, Azua y Maguana.


El diácono

En el año 1506, Bartolomé de Las Casas se embarca rumbo a España. Posiblemente permaneció unos días en Sevilla y luego se dirigió a Roma donde conoció la vida de la corte de Borgia. Es probable —así lo afirma Giménez Fernández— que el motivo de este viaje fuera recibir las órdenes hasta el diaconado. Muchos biógrafos no registran este viaje en sus investigaciones, y desconocen en consecuencia su ordenamiento como diácono.

Poco tiempo después permaneció en Europa. El mismo Las Casas dirá: «Yo estuve aquí lo más del tiempo que el gobernó.» Se refiere a la gobernación de Nicolás de Ovando, que finalizó en 1509, siendo reemplazado por Don Diego Colón, hijo del Almirante.


Diego Colón

En julio de 1509, la ciudad de Santo Domingo se vistió de fiesta para recibir al hijo mayor del Almirante (éste había muerto el 20 de mayo de 1506). Don Diego Colón arribaba a las tierras descubiertas por su padre. Le acompañaba su esposa, la virreina Doña María de Toledo, hija del comendador mayor de León, prima del rey Fernando y sobrina del duque de Alba, «el cual, de los grandes de Castilla, era el que más en aquellos tiempos con el Rey privaba». Llevaba consigo dos nombramientos, almirante y visorrey y debía sustituir en su cargo a Don Nicolás Ovando. Entre el nutrido séquito destacaba la presencia de varias jóvenes que acompañaban a la virreina y que venían a Indias «para casar» con hombres principales y ricos «de por acá». Que viajaran mujeres solteras a América era excepcional.

En consideración a la llegada de la virreina y sus damas, se derogó apresurademante la austera ordenanza que prohibía el uso de la seda en los vestidos, como medio de evitar el lujo y el derroche de los colonos.


En septiembre de 1509, Ovando abandona la isla y Don Diego Colón queda al frente del gobierno, funciones que ejerció hasta el año 1523. Bartolomé de Las Casa fue beneficiado por el nuevo gobernador con una considerable extensión de tierra en La Concepción, y su correspondiente repartimiento de indios. En este lugar habrá de comenzar su trabajo como doctrinero.



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Introducción

Medalln de madera con la efigie del Cardenal Cisneros.
Medalln de madera con la efigie del Cardenal Cisneros.


DIEGO Colón favoreció a Bartolomé de Las Casas con una extensión de tierras en La Concepción de la Vega. Era ésta una de las dos villas que el rey Fernando «adornó con títulos y privilegios de ciudades» por haber sido elevadas por el Papa Julio II a la categoría de diócesis. La ciudad era importante de por sí, pues en ella se efectuaban anualmente dos fundiciones del oro extraído en La Española.


El sacerdote

Es en este lugar donde Bartolomé de Las Casas desarrollará hasta 1512 su labor como doctrinero, una labor a la cual se dedicó con entusiasmo, pero que se veía interferida por su doble condición de clérigo y encomendero. Probablemente en 1512 recibió las órdenes como sacerdote, de manos de Don Alonso Manso, obispo de Puerto Rico. La ordenación constituyó un verdadero acontecimiento social, al cual acudieron Diego Colón y su esposa, acompañados de un numeroso séquito. La distinguida comitiva se había desplazado hasta la pequeña ciudad para presenciar la ceremonia y escuchar la misa cantada que oficiaría el flamante sacerdote. Esta misa-canto fue «la primera que se cantó nueva en todas estas Indias» y resultó «muy celebrada y festejada del Almirante y de todos los que se hallaron en la ciudad de La Vega que fueron gran parte de los vecinos desta isla».

En estos días llega a La Concepción el dominico fray Pedro de Córdoba para entrevistarse con Diego Colón, que permanecía allí. Aprovecha su estancia en la ciudad para dar un sermón en la iglesia local y al cual asiste Las Casas, quien luego escribirá «sermón alto y divino, e yo lo oí, e por oírselo me tuve por felice».

Una vez concluida la misa, el dominico pidió a los asistentes que le enviaran sus indios, pues era su intención predicar para ellos. Una vez reunidos los aborígenes, fray Pedro de Córdoba con un crucifijo en la mano y valiéndose de un intérprete empezó a hablarles de los fundamentos de la religión cristiana. El acontecimiento es de importancia relevante «porque aquel (sermón) fue el primero que a aquellos y a los de toda la isla se les predicó al cabo de tantos años». Bartolomé de Las Casas se siente impresionado por el modo en que el fraile logra atraer la atención de los indios y decide imitarlo. Y es así que dirá «como el siervo de Dios fray Pedro de Córdoba en la Iglesia de La Vega lo había principiado; a mí que esto escribo me ocupó algún tiempo este cuidado».


La voz que clama en el desierto

En 1510 hace su aparición en Indias la orden de los dominicos, que constituiría la vanguardia en la lucha por los derechos de los indios. Los primeros que llegaron a La Española fueron cuatro, de los cuales se conserva el nombre de tres de ellos: fray Pedro de Córdoba, un joven prior de 28 años de edad, «varón de noble linaje, pero más loable por su virtud»; fray Antón Montesino, «amador también del rigor de la religión, muy religioso y buen predicador» y fray Bernardo de Santo Domingo «poco o nada experto en las cosas del mundo, pero entendido en las espirituales, muy letrado y devoto». A esta primera avanzada siguió otra que aumentó su número a ocho miembros. Muy pronto los dominicos comenzaron a preocuparse por la triste situación de los aborígenes.

La víspera de un domingo de diciembre de 1512, los ocho miembros de la congregación elaboran un sermón y lo firman en forma conjunta, asumiendo de esa forma las consecuencias que se desencadenarían. Antón de Montesino fue el elegido para pronunciar el polémico sermón ante los españoles congregados en la Iglesia: «Para os lo dar a conocer me he sobido aquí, yo que soy voz de Cristo en el desierto de esta isla, y por tanto, conviene que con atención, no cualquiera, sino con todo vuestro corazón y con todos vuestros sentidos, la oigáis; la cual voz os será la más nueva que nunca oísteis, la más áspera y dura y más espantable y peligrosa que jamás pensasteis oír… Todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas dellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curallos en sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren, y por mejor decir los matáis, por sacar y adquirir oro cada día? ¿Y qué cuidado tenéis de quien los doctrine, y conozcan a su Dios y criador, sean baptizados, oigan misa, guarden las fiestas y domingos? ¿Estos, no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amallos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis, esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad, de sueño tan letárgico, dormidos? Tened por cierto, que en el estado que estáis, no os podéis más salvar, que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe de Jesucristo.»

La respuesta no se hizo esperar. Se levantaron voces de protesta entre los encomenderos y Diego Colón decidió tomar cartas en el asunto y obligar a desdecirse a «aquel fraile que había predicado tan grandes desvaríos». Con ese objetivo se presentó en el convento de los dominicos y exigió a Pedro de Córdoba que obligara a Montesino a desdecirse públicamente, pues el sermón atentaba contra la autoridad del rey en Indias. El prior contestó «que lo que había predicado aquel padre había sido de parecer, voluntad y consentimiento suyo y de todos los demás Padres, después de muy bien mirado y conferido entre ellos». Añadiendo que todo lo expuesto era «verdad evangélica y cosa necesaria a la salvación de todos los españoles».

Diego Colón insistió en la conveniencia de un segundo sermón que apaciguara los ánimos de la población, y Pedro de Córdoba prometió que el próximo domingo Montesinos hablaría a los fieles. La expectativa en la isla crecía, «unos a otros se convidaban a que fuesen a oír aquel fraile que se había de desdecir de todo lo que había dicho el domingo pasado». Sin embargo, grande fue la sorpresa de todos cuando Montesinos no sólo no se rectificó, sino que redobló sus severas críticas desde el púlpito. Inició su sermón con estas palabras: «Tornaré a referir desde su principio lo que el domingo pasado os prediqué, y aquellas mis palabras que así os amargaron mostraré ser verdaderas.» Reforzó sus argumentos y añadió los principios que deberían guiar a un buen cristiano:

1.° Las leyes de la religión deben anteponerse a los intereses de los particulares y del Estado.

2.° No existen diferencias raciales ante los ojos de Dios.

3.° La esclavitud y servidumbre son ilícitas.

4.° Se debía restituir a los indios su libertad y bienes.

5.° Se los debía convertir al cristianismo con el ejemplo.


Descontento real

Los encomenderos españoles no tardaron en escribir al rey denunciando la situación que a su entender ponía en peligro la tranquilidad de la isla. Según ellos los dominicos «habían escandalizado al mundo sembrando doctrina nueva, condenándolos a todos para el infierno porque tenían los indios y se servían dellos en las minas y los otros trabajos (predicando) contra lo que Su Alteza tenía ordenado, y que no era otra cosa su predicación sino quitalé el señorío y las rentas que tenía en estas partes».

Una vez enterado Fernando V envió a buscar al provincial de los dominicos de Castilla, el Padre Alonso de Loaysa, a quien puso al tanto de lo sucedido en La Española, quejándose de la actuación de los frailes que «le habdan mucho deservido en predicar cosas contra su Estado, y alboroto y escándalo de toda la tierra grande». El rey continuó con una velada amenaza de expulsión al recomendar a Loaysa «que luego lo remediase sino que el lo mandaría remediar». Viendo el enojo real, el responsable de la Orden prometió que sus frailes «conocerían su falta y enmendarían enteramente y remediarían lo dañado».

El Padre Loaysa escribe al Prior Pedro de Córdoba recomendándole que rectificara su conducta, pues existe el riesgo de expulsión de la Orden del Nuevo Mundo. «Acá —escribe— me han hablado sobre ciertas cosas que un Padre de los que allá están predicó… Mucho soy maravillado de ello, y no sé a qué atribuir esto… Os ruego que trabajéis con esos Padres en que cesen de predicar tales doctrinas, pues son escandalosas y aun de tal condición que, si se hubiesen de cumplir, no quedaría allá cristiano, y donde pensáis aprovechar dañáis acá y allá… Tened por cierto que a ningún fraile daré licencia para pasar allá hasta que el señor Gobernador me escriba de la enmienda que hobiéredes hecho en este escándalo que por acá tanto ha sonado… Y porque el mal no proceda adelante y tan grave escándalo cese, vos mando a todos y a cada uno de vos en particular, en virtud del Espíritu Santo y santa obediencia… que ninguno sea osado de predicar más en esta materia… Si alguno tiene escrúpulo de no poder hacer otra cosa, véngase, que en su lugar yo proveeré otro, porque no os traigan a todos.»

Varios consejeros reales, entre ellos el obispo Fonseca, aconsejaron a Fernando V la expulsión de los dominicos. Los encomenderos por su parte, decidieron enviar a la corte un enviado que subrayara su posición. La designación recayó en fray Alonso del Espinar, el prior de los Padres Franciscanos. Pedro de Córdoba y sus frailes sabían que su presencia en la Península se hacía imprescindible y deciden iniciar una colecta para sufragar el viaje del Padre Montesinos.


Dos frailes en la corte del Rey Fernando

Muy diferente fue el trato que los dos frailes, llegados de Indias, recibieron en la corte del rey Fernando. Alonso del Espinar llegaba precedido de importantes recomendaciones, ya que los encomenderos «escribieron al obispo de Burgos, don Juan de Fonseca, y a Lope Conchillos, secretario que todo lo gobernaba, en favor del dicho Padre, y al camarero real Juan Cabrera, del Rey muy privado, y a todos los demás que sabían para con el Rey poder ayudarle, y a los del Consejo Real que para las cosas de las Indias se juntaban». Sus cartas de presentación abrieron para el franciscano todas las puertas y fue escuchado con atención. En cambio, Antón Montesinos hubo de hacer largas antesalas, hasta que valiéndose de un ardid, burlando la guardia real, logró irrumpir en el despacho de Fernando V y expresó sus razones al monarca. Las palabras del dominico, el tañir de la otra campana, conmovieron a Fernando, quien decide convocar una junta para estudiar la situación de los indios. Comprende que la ambición de los encomenderos pone en peligro la colonización de las nuevas tierras y la vida misma de sus nuevos vasallos.

De esta junta reunida en Burgos, en 1512, y la posterior con sede en Valladolid, en 1513, saldría una nueva legislación para Indias, que aunque en la práctica fuera ignorada casi sistemáticamente, significaba un valioso avance de carácter humanitario, pues se reglamentaba la colonización, suavizando las condiciones de vida y de trabajo de los indios.


El «behique» Las Casas

Bartolomé de Las Casas permaneció ajeno a esta guerra de frailes y encomenderos, en sus tierras de La Concepción, alternando su tarea de doctrinero con las de la administración de su encomienda. Debió conocer, al igual que los demás colonos de La Española, las incidencias que rodearon al polémico discurso de Montesinos, pero su actitud no parece haber sido distinta a la de sus compatriotas.

En 1511 Diego Colón decide comenzar la exploración de la vecina isla de Cuba, desconocida hasta ese entonces. Le encarga dicha misión al capitán Diego de Velázquez (1465-1523), quien parte junto a 300 hombres en cuatro naves, desde el puerto de Salvatierra de Sabana, rumbo a Maici, provincia del este de Cuba.

A su llegada los españoles se encontraron con una desagradable sorpresa. El cacique Hatuey, quien huyó de Santo Domingo, luego de luchar junto a Cotubano contra los españoles, había organizado la defensa de la región, convirtiéndose en jefe de los caciques de la zona. Velázquez desembarca en el puerto de Las Palmas y se enfrenta a los indios en armas. La cruenta lucha se prolonga por espacio de tres meses, al término de los cuales los jefes indios, incluido Hatuey, han sido muertos.

Pacificada la región, la colonización exige la ayuda amistosa de los aborígenes. Para ello era menester vencer su hostilidad, y Velázquez decide recurrir a los servicios espirituales del sacerdote recién ordenado en La Concepción. En 1512 Bartolomé de Las Casas llega a Cuba en compañía de Paáfilo Narváez (1470-1528), que se convierte en el segundo de Velázquez, «de manera que después de él tuvo en aquella isla el primer lugar». Las Casas es nombrado consejero y predicador de la expedición, comenzando aquí su tarea misional. Muy pronto logrará el respeto y la confianza de los nativos, quienes lo llamaron «behique», nombre que daban a sus brujos.

María Rosa Pando Miranda escribe que «misioneros y fuerzas conquistadoras caminaban en avance constante, desbrozando caminos a través de espesuras donde la muerte acechaba de varias formas, conquistando tribus, enseñando el nombre de Dios y extendiendo el dominio de España». Gracias a la labor de Las Casas «conseguían los soldados abrirse camino pacíficamente entre las tribus hostiles». Ante la proximidad de los españoles los indios aguzaban sus flechas, pero bastaba que Las Casas, el «behique» bueno, enviara por delante a algún indio amigo, dando noticia de su llegada, para que los nativos le ofrecieran hospitalidad y salieran a recibirlo. Se maravillaban de ver a aquellos hombres extraños y esos monstruos, sus caballos, que mordían el aire y galopaban trepidando como truenos sobre la tierra.

Las Casas reúne a los nativos y les explica los fundamentos de la religión cristiana. Para su asombro, algunos ancianos exponen sus propias teorías sobre el origen del hombre y del mundo. El cielo, la tierra y todas las cosas criadas en ella, afirmaban, habían sido creadas por tres personas, las cuales habían venido de distintas partes. Las Casas trata de hacer coincidir las versiones cristianas con estas, y dice que estas tres personas son la Santísima Trinidad: «Yo les decía que aquellas tres personas eran un verdadero Dios en Trinidad.»

Los ancianos hablaban de un diluvio y del origen de la tribu. El mundo se había perdido por mucha agua; un hombre, sabiendo que habría de producirse una terrible inundación, construyó una nave grande, y se embarcó con su familia y muchos animales. Un día se embriaga con vino agrio de las parras monteses que había en Cuba y se duerme. Un hijo suyo que era malo, se burló de él, pero otro hijo, que era bueno, lo cubrió para que no tomara frío. El hombre, cuando despertó, castigó al malo y bendijo al bueno. «Los indios de esta tierra descendemos del hijo que se rió, por eso andamos desnudos y no tenemos sayos ni capas; vosotros, los españoles, procedéis del hijo bueno y por eso tenéis vestidos y caballos…»

Las Casas, cariñoso y tierno con los nativos, bautiza a los niños y promete el amor de Dios a aquellos que se conviertan al cristianismo. Su fama se extiende por la isla y logra hacer desaparecer la hostilidad que había en ellos. Se olvidan de los relatos terribles contados por los que habían huido de Santo Domingo, cansados de ser explotados por los encomenderos.


Ataque en Bayamo y sus represalias

El teniente Narváez al frente de 25 soldados se interna en la provincia de Bayamo. Los indios de la región deciden rechazar a los invasores. Durante la noche «despertaron despavoridos y atónitos, sintiéndose agredidos de improviso por una apretada multitud de indios que los cercaba en medio de una gritería pavorosa». Narváez logra montar su yegüa y arremete contra ellos, lo cual provoca la retirada de los atacantes. El caballo les produce pavor a los nativos.

Enterado Velázquez de lo sucedido reúne algunos efectivos, y con la compañía de Bartolomé de Las Casas salen en auxilio de Narváez. Pero la llegada de la prometida del capitán, doña María, dama de la Virreyna, modifica sus planes. Mientras tanto los indios de Bayamo, refugiados en Camagüey, desean volver a sus tierras y deciden pactar con los españoles. Para ello le solicitan al «behique» su perdón y protección. Agradecidos los indios le regalan a Las Casas y a Narváez unos sartales de rústicas cuentas «dellos por gran riqueza estimadas».

Pero en Caonao estallaría la tragedia. Los españoles llegan al pueblo y son recibidos con pan de yuca y pescado, «todo ello en una choza grande presto para ser servido. Los indios, unos dos mil, se agrupan alrededor de la plaza dominados por la curiosidad. Sin saberse bien qué pasó, pues los historiadores no tienen claro este episodio, los españoles atacan a los indios. «Exaltados por el temor de una sorpresa debieron creerse agredidos, y desnudando las recién afiladas espadas empezaron a repartir estocadas a derecha e izquierda, sin mirar a quién acometían. Unos mataban porque veían matar a los otros, y ninguno sabía la causa. La confusión fue espantosa, y los muertos innumerables; en un tiempo mínimo la plaza entera se llenó de heridos, de sangre, de lamentos» (María Rosa Pando Miranda).

Las Casas intenta desesperado impedir la matanza, pero los soldados no le obedecen. Un joven, de unos. 25 años, se refugia en una choza. Las Casas le dice que puede salir de ella, pues le asegura que nadie le hará daño. Pero unos minutos después es herido de muerte por un soldado. Logra llegar hasta donde está el sacerdote y éste lo bautiza. Enfurecido, Las Casas exige a Narváez que detenga a sus soldados.

Esta tragedia es conocida por los indios de la región, y abandonan sus pueblos en dirección al mar; temen que a ellos les pase lo mismo. Los españoles siguen avanzando, pero sólo encuentran aldeas desiertas y nada para comer. Una vez más, los conquistadores recurren a Las Casas. El es la única persona en la cual los nativos confían. Con la colaboración de un indio de La Española, fiel amigo del sacerdote, llamado Camacho, convencen a un joven nativo de las buenas intenciones de la expedición. Las Casas le regala una camisa y otras cosas, y el joven promete convencer a sus hermanos. Camacho le pone el nombre de Adrianico. «Fuése muy contento, afirmando que él cumpliría su palabra.» Días después, cuando el desaliento ya ha cundido en el campamento castellano, llega Adrianico acompañado por ciento ochenta nativos que desean llegar a un arreglo con los extranjeros. Adrianico y un hermano suyo quedan a disposición de Las Casas, sirviéndole como el viejo Camacho. A partir de ese momento los recelosos nativos comienzan a volver a sus pueblos y los españoles ven asegurado su alimento. Las Casas, mediador insustituible entre ambos bandos, se encuentra en una situación embarazosa, pues se le encargan las tareas pacificadoras, pero no se le consulta en el aspecto militar ni tiene autoridad entre los soldados. Teme que los indios piensen que es un «behique» malo.


Las «cartas» de las Casas

Los conquistadores se enteran por nativos venidos de la provincia de La Habana, que allí, en una aldea, están prisioneros tres españoles, dos de ellos mujeres. Calculan que por lo menos dicha aldea está a más de cien leguas y Las Casas recurre entonces a sus «cartas». Escribe en un papel y este es llevado por un indio amigo que sabe leerlo. Se dirige al cacique exigiendo que devuelva los prisioneros, pues si no «se enojaría mucho el Padre si en hacerlo tardasen». Las cartas eran para los indios algo mágico. «Que aquellos papeles contaran lo que sucedía en otras partes lejanas, los dejaba cavilosos y maravillados. A veces no se atrevían ni a tocarlas, otras las acercaban a sus oídos para ver si a ellos les decían algo, y al no percibir más que silencio los confundía todavía más» (Pando Miranda).

Las Casas se aloja en un pueblo llamado Carahatc, construido sobre las aguas; las chozas están levantadas sobre el agua mediante estacas que se afianzan en el fondo del mar. Dos semanas después llega una canoa con las dos mujeres cautivas. Están casi desnudas; sólo se cubren con algunas hojas. Las mujeres «no se hartaban de dar gracias al Señor». Cuentan que habiendo arribado a la isla cayeron en una emboscada. Los sobrevivientes fueron ahorcados en un árbol grande llamado ceiba. Y a ellas las perdonaron por ser mujeres.

Los españoles deciden rescatar al hombre que aún queda prisionero y que no ha sido devuelto como las mujeres. Recurren a las embarcaciones de los nativos y se dirigen a La Habana, a un lugar que luego se llamará Matanza, en recuerdo de los españoles muertos allí. Enterados de la proximidad de los extranjeros, las aldeas son abandonadas. Una vez más Las Casas recurre a sus cartas. Envía a los caciques de la región papeles en donde se consigna que los españoles no les harán daño. Estos, creyendo en la promesa del brujo bueno, se presentan (unos veinte) con diversas comidas con las cuales agasajar a los hombres blancos. Una vez más Las Casas se siente traicionado. Narváez, indiferente ante las promesas del sacerdote, hace detener a los caciques y los condena a ser quemados vivos. Las Casas pide perdón para ellos, y le amenaza con informar al mismo rey de semejante conducta. Durante dos días el teniente reflexiona sobre su decisión y finalmente, como escribirá Las Casas, cedió «más de miedo que de voluntad». Los jefes indios son liberados menos uno, posiblemente el más importante. Pero cuando llega Velázquez, éste ordena que sea puesto en libertad.

A todo esto el prisionero español aún no había sido rescatado. Las Casas, sabiendo ya en qué aldea se encuentra, envía una de sus cartas pidiendo que fuera bien tratado. Cuando se aproximan al poblado los recibe una comitiva compuesta por unos trescientos hombres, desarmados, y portando en calidad de regalo un cuarto de tortuga cada uno. Detrás de ellos llegó el cacique trayendo de la mano al español. El jefe indio dice que había defendido la vida del cautivo, pues otros jefes deseaban matarlo, y que lo había tratado como a un hijo.

«El español —Pando Miranda—, confirmó las palabras del jefe indio. Llevaba tres o cuatro años viviendo entre la tribu y casi había perdido el recuerdo de su idioma natal. En cambio había adquirido las costumbres indígenas con tanta naturalidad que constituyó por algún tiempo el amistoso regocijo de sus compañeros; se sentaba, se movía y hacía los mismos gestos que los indios.»


A orillas del Arimao

Diego Velázquez premió a Bartolomé de Las Casas por sus valiosos servicios en la colonización de Cuba, ya que «mucho había en aquellos caminos servido y trabajado, asegurando la mayor parte de aquella isla y excusando hartas muertes de indios». La recompensa consistió en una enorme extensión de tierra a orillas del río Arimao, en cuyas aguas se había hallado abundante oro, y que el sacerdote explotó en sociedad con Pedro Rentería. Las Casas dice de él que era «más dispuesto a las cosas de Dios y de la religión que para las del mundo, las cuales él tenía en harto poco».

Las tierras obtenidas eran buenas para la agricultura y ganadería, y los dos socios prosperaron rápidamente comerciando sus productos, llevados por mar, a Puerto Rico y La Española. Las Casas, dejando de lado su tarea misional, se dedica por entero a sus negocios y como el mismo dice «comenzaba a tener fama de codicioso».

Las Casas escribirá que «andaba bien ocupado y muy solícito en sus granjerías, como los otros, enviando indios de su repartimiento a las minas, a sacar oro y hacer sementeras, y aprovechándose dellos cuanto más podía, puesto que siempre tuvo respecto a los mantener, cuanto le era posible, y a tractallos blandamente y a compadecerse de sus miserias; pero ningún cuidado tuvo más que los otros de acordarse de que eran hombres infieles y de la obligación que tenía de dalles doctrina, y traellos al gremio de la Iglesia de Cristo».

Así recuerda sus andanzas por Cuba, el futuro protector de los indios. Bataillon y Saint-Lu subrayan que no hay que «perder de vista que se trata de memorias escritas con una distancia de años (casi medio siglo) y sin duda un poco adornadas». Es posible que Las Casas, durante bastante tiempo, no entendió realmente el carácter de la conquista, en manos de personajes como Narváez, hombre desprovisto de cultura y sin experiencia en una tarea de tal envergadura. En diferentes ocasiones señala «su propia ceguera» (Bataillon y Saint-Lu).


Los dones de los injustos

En 1514 los socios deciden ampliar sus negocios y Pedro de Rentería se traslada a Jamaica para tramitar la importación de víveres que escaseaban en Cuba. En esos mismos días llegan a la isla tres misioneros dominicos de La Española: Gutiérrez de Ampudia, Pedro de San Martín y Bernardo de Santo Domingo. El encuentro entre los recién llegados y Las Casas será de fundamental importancia, ya que será la causa del brusco giro que dará a su vida el sacerdote-encomendero. Los dominicos lo ponen al tanto de sus esfuerzos, tanto en Indias como en España, para conseguir el bienestar de los aborígenes, y Bartolomé se plantea concretamente el sentido de su misión. Era un sacerdote, no un comerciante ávido de riquezas, y en las próximas Pascuas lo demostraría.

Sabiendo que Velázquez se hallaba en Santi-Spiritus, se dirigió hacia allí con la intención de oficiar la misa de Pascuas. Una vez instalado en la ciudad comenzó a preparar su sermón. Al abrir La Biblia, en el libro del Eclesiastés, su atención se concentra en el capítulo 34, donde lee: «Un sacrificio inicuo es una ofrenda manchada y las expiaciones de los impíos no son agradables. El Altísimo no agradece los dones de los injustos, ni mira sus ofrendas. Ofrecer un sacrificio con los bienes de los pobres, es como sacrificar un hijo ante los ojos de su padre. El pan de los pobres es su vida; el que se lo quita es un asesino. Tomar el pan ganado con sudor es como matar a su prójimo. Privar al trabajador de su salario es como verter su sangre.»

Las Casas hace doce años que está en el Nuevo Mundo, y al fin, como San Pablo, encuentra su «camino de Damasco», y se decide a recorrerlo hasta las últimas consecuencias. Su sermón, al igual que el de Montesinos, describe con hondo dramatismo las muchas situaciones de injusticia a las que se veían sometidos los indios, infieles que deben ser bautizados y personas que deben convertirse en vasallos.

Su sermón provocó malestar, pero los dardos contra él iban destinados no tanto a los argumentos expuestos desde el púlpito, sino hacia el derecho que asistía a éste para formularlos. ¿Acaso el mismo no era un encomendero? ¿Cómo se podía atacar lo que se practicaba? La contradicción era evidente, pero Las Casas estaba dispuesto a terminar con ella. Necesita dar el ejemplo, necesita cortar toda relación personal con la encomienda y dedicarse por entero a proteger a los indios. Recuerda con tristeza la campaña de Cuba, cuando bautizaba a algunos agonizantes indios, a la vez que se veía incapaz de defenderlos.


La renuncia

Las Casas visita a Diego Velázquez y decide renunciar en él los indios y no tenerlos a su cargo más, por eso que los tuviera por vacuos e hiciese de ellos su voluntad. Ha dado el primer paso, del cual no se volverá atrás. Dedicará 52 años de su vida, de manera incansable, insobornable, apasionada, a los derechos de los indios.

Velázquez se mostró muy sorprendido e intentó disuadirlo con estas palabras: «Mirad padre, no os arrepintáis, porque por Dios que os querría ver rico y prosperado, y, por tanto, no admito la dejación que hacéis de los indios; y porque mejor lo consideréis, yo os doy quince días para bien pensarlo, después de los cuales me podréis tornar a hablar lo que determinaréis.» Inútiles fueron los argumentos de Velázquez. Las Casas replicó: «Señor, yo recibo gran merced en desear mi prosperidad con todos los comedimientos que vuesa merced me hace; pero haced, señor, cuenta que los quince días son pasados, y plega a Dios que si yo me arrepintiere de este propósito que os he manifestado y quisiera tener los indios o por el amor que me tenéis quisiérais dejármelos o de nuevo dármelos y me oyéreis, aunque llore lágrimas de sangre, Dios sea el que rigurosamente os castigue y no os perdone este pecado.»

Acto seguido suplicó a Velázquez que mantuviera en secreto su decisión y que no entregara sus indios a nadie hasta que regresara su socio y amigo Pedro de Rentería de su viaje a Jamaica: «Sólo suplico a vuestra merced que todo esto sea secreto y los indios no los deis a ninguno hasta que Rentería venga, porque su hacienda no reciba daño.»


Secreto revelado

Las Casas envía una carta a su socio, urgiéndole que regresara a Cuba, pues «tenía determinado de ir a Castilla por cierto negocio de gran importancia». Era su intención aguardar el regreso de Rentería para anunciar públicamente lo acordado con Velázquez. Sin embargo, los acontecimientos se precipitaron y se vio obligado a adelantar sus proyectos. Las críticas adversas se sucedían, todas ellas dirigidas hacia su doble condición de enjuiciador-encomendero. Decide presionar y salirles al paso.

En la fiesta de la Asunción pronuncia un sermón, en donde luego de atacar el régimen de encomiendas, ratificó su opinión, diciendo que «por conocer el peligro en que vivía, había dejado los indios». Inmediatamente dirigió su palabra a Velázquez, que se hallaba presente, y dice: «Señor, yo os doy licencia para que digais a todos los que quisiereis cuanto en secreto concertado habíamos». La sorpresa del auditorio fue enorme: «Quedaron todos admirados y aún espantados de lo que les dijo, y algunos compungidos y otros como si lo soñaran, oyendo cosas tan nuevas como era decir que sin pecado no podían tener los indios en su servicio.»

Finalmente regresó Rentería, y Las Casas lo puso al tanto de las novedades. Su socio escuchó conmovido el relato y coincidió con él: «Yo—dice Rentería—, he pensado algunas veces en las miserias y angustias y mala vida que estas gentes pasan, y como todas cada día, igual que en La Española, se consumen y acaban, hanme parecido que sería piedad ir a hacer relación al Rey de ello, porque no debe saber nada, y pedirle que al menos nos diese licencia para hacer algunos colegios donde los niños se criasen y enseñasen…»

Emocionado por la comprensión del amigo, y de que coincida con él, Las Casas dice: «Pues sabed, señor y hermano, que no es otro mi propósito sino ir a buscar el total remedio de estos desventurados.»

Rentería termina la entrevista, diciendo, «Padre, que no yo, sino vos habéis de ir, y conviene que vayáis a Castilla y representeis al Rey todos los males y perdición de estas gentes que acá pasan, y que dijereis como letrado. Para ello tomad nuestra hacienda y de todo lo que yo en esta carabela traigo, y háganse dineros los que se pudieren hacer, y llevad con que podáis estar en la corte todo el tiempo que fuere necesario para remediar estas gentes. Y Dios, Nuestro Señor, sea el que siempre os encamine y ampare».

Antes de embarcarse rumbo a la Península, Bartolomé de Las Casas se dirigió a La Española en donde se entrevistó con el prior de los dominicos, Pedro de Córdoba, a quien manifestó el propósito que lo llevaba a la metrópolis. El dominico lo escuchó con interés y con agrado, pero advirtió a Las Casas de las dificultades con las cuales se debería enfrentar. Eran conocidos los intereses que defendían el obispo Fonseca y el secretario Conchillos. El primero poseía en La Española 800 indios de repartimientos y otros tanto en Cuba, Jamaica y Puerto Rico; por su parte, Conchillos era dueño de importantes tierras con repartimientos de indios en las tierras recién conquistadas.

Las Casas escuchó las razones de fray Pedro y sin arredrarse le dijo probaría «todas las vías que pudiere y me pondré a todos los trabajos que se me ofrecieren por alcanzar el fin de lo que he comenzado, y espero que nuestro Señor me ayudará, y cuando no lo alcanzase habré hecho lo que debía, como cristiano. Vuestra Reverencia me encomiende a Dios y haga siempre encomendar».

En septiembre de 1515, Bartolomé de Las Casas, se embarca rumbo a Sevilla en compañía de Antón Montesinos.



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Introducción

LUEGO de una travesía tranquila, Las Casas desembarca en Sanlúcar de Barrameda. En Sevilla visita el Convento de San Pablo, y Montesinos le presenta a sus superiores, los cuales se muestran deseosos de ayudarle, y le recomiendan al arzobispo de Sevilla, fray Diego de Deza. Este fraile era el mismo que había ayudado a Cristóbal Colón. Luego de ser maestro de Teología en Salamanca, se desempeñó como preceptor del príncipe Don Juan, y finalmente, fue nombrado arzobispo de Sevilla; tenía en la corte muchas relaciones importantes y era amigo personal del rey.

Fray Diego de Deza recibe la visita de Las Casas y le pregunta:

—«¿Y decís, Padre, que pasan graves cosas en aquella tierra de Indias»?

—«Tantas —contesta el sacerdote— que, sin verlas, no se podrían creer. Yo referiré a vuestra excelencia».

Durante un largo rato Las Casas cuenta al arzobispo los sucesos que ha presenciado en las islas. A su término, Deza se ha convertido en su aliado y está dispuesto a ayudarlo. Le aconseja que se entreviste con el rey y le entrega una carta de recomendación. Se encamina hacia la Corte que en ese momento se hallaba en Plasencia, y gracias a la gestión del fraile Tomás Matienzo, religioso de la orden de Santo Domingo y confesor del rey, logra entrevistarse con Fernando V.


Entrevista con el Rey

El rey está muy enfermo y lo recibe en sus aposentos. Manuel Giménez Fernández, dice al respecto: «Bartolomé de Las Casas nada consiguió, porque el rey, embotado por la hidropesía y casi moribundo, apenas le prestó atención, aplazando la decisión como entonces solía hacer».

El Padre Matienzo reconforta al desilusionado Las Casas y le promete conseguir una nueva entrevista con el monarca. Mientras tanto le aconseja que vea al secretario Conchillos y al obispo Fonseca, las dos personalidades que al lado del rey, gobernaban los asuntos del Estado.


¿Qué se me da a mí y qué se le da al Rey?

Las Casas fue recibido en primer lugar por Lope Conchillos, quien se mostró muy cortés y al decir de Giménez Fernández, «quiso hacerle desistir de su empeño ofreciéndole medros personales». El encuentro con el obispo Fonseca discurrió por caminos aún más ásperos. María Rosa Pando Miranda nos brinda la siguiente semblanza del prelado: «Don Juan Rodríguez de Fonseca, Obispo de Burgos, tiene más de soldado que de eclesiástico. Fina estampa de una época que termina, es una figura interesante, y, quizás, el último de aquellos prelados de la Edad Media que tomaban parte activa y preponderante en la vida política del Reino, sabían vestir la armadura militar y, acaudillando huestes, marchaban hacia el campo de batalla provistos de lanza y escudo. Entraban como capitanes y peleaban como campeones. Los Reyes habían confiado a su pericia la organización de todas las armadas que por la mar se hicieran. Y al descubrirse el Nuevo Mundo, fue también encargado del aparejo de las flotas, del número de navíos que habían de llevar y de todo el suministro de hombres, armas y bastimentos. Todos los asuntos transoceánicos habían ido pasando a sus manos hasta constituirse en árbitro casi supremo de ellos: era el que todas las cosas de Indias meneaba y gobernaba».

El encuentro de los dos hombres no pudo ser más frío. Sin amilanarse ante la evidente hostilidad del Obispo, Las Casas comenzó a leer el documento que había preparado y en el cual se hacía un análisis minucioso de la lamentable vida de los aborígenes. Visiblemente molesto, Fonseca le interrumpe diciendo: «¡Mirad que donoso necio! ¿Qué se me da a mí y que se le da al rey?».

Las duras palabras demostraban la falta de interés de Fonseca por el problema indio. Bartolomé de Las Casas contestó con igual énfasis: «¿Qué ni a Vuestra Señoría ni al Rey que se mueran aquellas ánimas no se da nada? ¡Oh gran Dios eterno! ¿Y a quién se le ha de dar algo?». Dicho esto se retiró dejando al obispo indignado, rodeado de sus colaboradores.


El Regente Cisneros

Ahora sólo quedaba una esperanza para Las Casas: entrevistarse nuevamente con Fernando V. Con esa intención se dirigió a Sevilla donde era esperado el monarca. Intentaba además informar al arzobispo de Deza de lo ocurrido «y disponerlo para que cuando el Rey llegase le suplicara le oyese muy a la larga, y que estuviesen el Obispo y Conchillos presentes.» Sin embargo, sus propósitos no se cumplieron. El Rey no alcanzó a llegar a Sevilla. Murió en el pequeño pueblo andaluz de Madrigalejo.

Ahora el trono de Castilla quedaba en manos de su hija, Doña Juana, pero el estado mental de ésta le impedía hacerse cargo de sus obligaciones y la dirección del Estado recayó entonces en el cardenal fray Francisco Jiménez de Cisneros (1437-1517), el cual habría de gobernar en calidad de regente hasta la venida al país de Don Carlos de Gante que se hallaba en Flandes. Las Casas decide «ir a Flandes a informar al príncipe Don Carlos y a pedirle remedio de tantos males».

Con acierto, pocas horas antes de morir, Fernando ha confiado la regencia de Castilla a Cisneros, de quien se dice que «ha nacido hidalgo pobre y encumbrado por sus propios méritos, reunía, en combinación insuperable, admirables dotes de energía, actividad, talento y virtud, que le hicieron ser el Regente sabio y vigoroso que exigían las circunstancias… Bajo la púrpura cardenalicia viste siempre el hábito de la Orden de San Francisco, y en la intimidad es austero como un simple fraile» (Pando Miranda).

Las Casas, antes de ir a Flandes, decide pasar por Madrid, en donde se ha instalado la Corte. Piensa en la conveniencia de informar al Regente sobre los asuntos de Indias, como así también a Adriano de Utrecht, tutor del príncipe Carlos; es embajador y co-regente. Adriano, años después, será elegido Papa.

Ya en Madrid, Las Casas prepara un informe en latín para Adriano y en romance para Cisneros. El más sorprendido de los dos, es el embajador. Se dirije a las habitaciones del Cardenal con el escrito, asombrado y apenado. El Cardenal, más conocedor de los problemas de los indios, le dice que aquello es cierto. «Ambos decidieron tomar muy en cuenta las reclamaciones… Las Casas recibió orden de no seguir adelante en su camino. El Regente le prometía darle en Madrid el remedio que iba a buscar a Flandes.» (Pando Miranda.) El llamado partido fernandino ha perdido poder, y esta situación es aprovechada por Las Casas con sabiduría.

Según Giménez Fernández, «Adriano, hombre bondadoso, concienzudo y culto, dio inmediata cuenta a su corregente, el austero y enérgico Cardenal de España y Arzobispo de Toledo, Don Francisco Ximénez de Cisneros, quien, interesado en depurar los abusos de la camarilla fernandina, prestó oídos a Las Casas».


Una libra de carne

Las Casas se siente lleno de esperanzas. El Regente oyó «muchas veces todo lo que le quiso decir». Reúne a Adriano, al doctor Carbajal, al Obispo de Avila y al doctor Palacios Rubios, para que el sacerdote les informe sobre las Indias. Este describe con detalles el despoblamiento de regiones enteras, el trabajo agotador que imponen muchos encomenderos, haciendo que los indios enfermen, degraden, huyan o se suiciden. «Aquel tiránico sistema de encomiendas era para los indios como una máquina infernal que pulverizaba sus vidas, sus familias, sus tradiciones, todas las cosas que les eran amadas» (Pando Miranda).

Fernandinos

están inquietos. Saben que Las Casas es implacable en sus opiniones y ven con angustia que el Regente siente mucho afecto por él. Un episodio vendría a perjudicarlos. Son leídas ante el Cardenal las leyes de Indias sancionadas por la Junta de Burgos, debido a que el sacerdote sevillano afirma que son incompetentes. El encargado de leerlas es un partidario de Conchillos, y cuando llega al párrafo que mandaba dar cada ocho días y en las fiestas una libra de carne a los indios que trabajaban en las granjas, decide no leerlo. Pero Las Casas se da cuenta del ardid y lo denuncia. El lector es obligado a volver a leer el texto pero vuelve a ignorar el derecho de los indios a la libra de carne. Las Casas vuelve a interrumpirlo. Molesto el Cardenal, ante su insistencia, éste le dice que mande su «Señoría Reverendísima cortar la cabeza si aquello que refiere el escribano es verdad que lo diga aquella ley». El Regente entonces pide a otra persona que lea el controvertido texto y se descubre el engaño. Este episodio pone aún más en evidencia los métodos inmorales a los que recurren Fonseca y Conchillos, para defender sus intereses.


Agravios, remedios, denuncias

En marzo de 1516, y hasta mayo, Las Casas presenta sucesivamente sus Memoriales de los Agravios, de los Remedios y de las Denuncias. Una de las consecuencias de ello es la destitución de Fonseca y Conchillos, que son reemplazados, respectivamente, por el Obispo de Avila, Francisco Ruiz y el secretario Jorge de Baracaldo.

El Regente decide encargar a Las Casas la preparación de un plan de reformas, que incluya la constitución de comunidades indias libres, otras intervenidas por funcionarios reales, y la reforma de las Leyes de Burgos. Debe colaborar en el asunto Palacios Rubios, pero éste deja que Las Casas se ocupe de la redacción del plan y se limita sólo a revisarlo una vez que está terminado. Aduce que el sacerdote es la persona más indicada y no él. Montesinos, que viaja a Madrid, rechaza el ofrecimiento en el mismo sentido. Presentado a la Junta, presidida por el Cardenal, aprobó ésta lo redactado, y aún la mejoró con algunas enmiendas de carácter general.

Las Casas plantea que debe cesar inmediatamente el trabajo forzado al cual se ven sometidos los indios: «…que en ninguna cosa sirvan ni trabajen que de trabajo sea; lo uno, porque siguiendo la mala e pestífera costumbre que los españoles en servirse de los indios tienen, matarán y darán causa a matar y a morir en poco tiempo muchos dellos…»

Una reforma propuesta por Las Casas es la transformación de las encomiendas individuales en comunidades autónomas o bajo la dirección de funcionarios fieles a las nuevas leyes: «…que vuestra señoría mande hacer una comunidad en cada villa y ciudad de los españoles, en que ningún vecino tenga indios conocidos ni señalados, sino que todos los repartimentos estén juntos y que hagan labranzas juntos, y los que hobieren de coger oro lo cojan juntos. Y para esto que haya mayordomos, los que fueren menester, y otros ministros necesarios para la dicha comunidad, que abajo se nombrarán, los cuales no tendrán en ella ni en el provecho della parte alguna, así en las labranzas que hicieren con los indios, como en el oro que con ellos cogieren, salvo ciertos salarios y partido que se les dé en dinero a las fundiciones, cuando todos los gastos se pagaren, como más largo se dirá…»

Otra iniciativa del sacerdote es el envío desde la Península de «cuarenta labradores, más o menos, según la disposición de cada lugar, con sus mujeres y hijos, de cuantos en estos reinos hay sobrados y por ventura necesitados para siempre allá permanezcan. Y que den a cada uno cinco indios con sus mujeres e hijos en compañía, para que sean compañeros y trabajen de por medio; y sacada la parte de S.A., lo otro lo partan hermanablemente el tal labrador y los cinco indios. Y poseyendo dineros y tratándolos y lo demás en que entenderán, avisarse han y hacerse han ostiles y aguzárseles han los ingenios… Porque los compañeros que tuvieren serán como sus ayos, que los inducirán al trabajo, y ellos viendo que los cristianos trabajan tendrán mejor ganas de hacer lo que vieren, y asimismo se mezclarán casándose los hijos de los unos con las hijas de los otros…» En 1516, cuando Las Casas está redactando las normas para un mundo casi ideal, basado en normas fraternales, Tomás Moro (1478-1525), escribe Utopía, una república imaginaria, perfecta, emplazada en una isla. También Las Casas desea plasmar en el papel una organización social perfecta para sus islas: Cuba, Jamaica, Santo Domingo, Puerto Rico. La vida le demostrará la ingenuidad de sus propósitos.

También le preocupa la cristianización de los indios y se apoya en las bulas alejandrinas para insistir en el asunto. Pide entonces el envío de sacerdotes letrados, capaces de concienciar a los españoles en cuanto a sus deberes en relación con los nativos y en las tareas de incorporar a la iglesia a los mismos. «…Que no esté en una villa de los españoles un cura solo, sino dos, porque se puedan confesar cuando de celebrar hobieren; porque acaece estar un clérigo dos y tres años sin confesarse, diciendo misa por ventura cada día, que no sin alguna conciencia creo que se hace.»

En esta oportunidad Las Casas propone algo de lo cual se arrepentirá más tarde: «No fue discreto remedio el que aconsejó que se trujesen negros para que se libertasen los indios, aunque él suponía que eran justamente captivos, aunque no estuvo cierto que la ignorancia que en este tubo y buena voluntad lo escusase delante el juicio divino» (Las Casas, Historia de las Indias).

Esta proposición no tiene mayor consecuencia. Sugiere que cada comunidad pudiera mantener algunos negros. La trata de negros es conocida en las Indias españolas desde 1505, cuando diecisiete negros son enviados a La Española para extraer cobre de las minas. Llegará a plantear que se le permitiera a cada vecino «llevar francamente dos negros y dos negras».

Al respecto dice Manuel González Calzada: «Afortunadamente para su personalidad de luchador social y defensor de la justicia humana, ni Cisneros ni Adriano pusieron atención a tal sugerencia; esto dio tiempo a Las Casas, como veremos más adelante, para arrepentirse y estampar un mea culpa en algunas páginas de sus obras. Por estas fechas comienza a merecer atención la idea de cubrir con negros la falta de aborígenes, idea que llegó a cobrar tal fuerza de necesidad económica y social, que actualmente se observa en las Antillas, Estados Unidos de Norteamérica y otros lugares del Continente la total ausencia de aborígenes a cambio de una considerable población de color, que a pesar de considerarse legalmente libre continúa soportando el peso de sus tradiciones y la esclavitud moral a que los blancos la tienen sometida».

Las Casas y sus amigos obtienen algunos triunfos significativos. El Regente ordena que se supriman todos los repartimientos de indios que tenían los Consejeros del Rey y otros personajes residentes en Castilla. Y, desde entonces, nunca más los Oficiales de la Corona volvieron a poseer encomiendas. Otra medida es proceder a investigar el trato que los jueces de La Española habían permitido dar a los nativos.

Las propuestas de Las Casas le acarrean innumerables enemigos. Algunos jerónimos, inclusive, exponen en público sus opiniones opuestas. «Su amor a los indígenas aparecía como extravagancia; su desinterés era fanatismo; su campaña de liberación, envidia y aborrecimiento injustificando a los conquistadores» (Pando Miranda).

Algunas de sus iniciativas son consideradas excesivas: los niños menores de nueve años deberán ser alfabetizados, «y que se trabaje con todos los Cacique e indios, cuando fuere posible, que hablen castellano», tendrán que construirse hospitales para los enfermos, los ancianos y para los niños huérfanos, las mujeres no deberán trabajar en las minas, se enseñarán oficios a los nativos como carpintería, sastrería, herrería y otros. Las Casas plantea una legislación social que para la época puede parecer utópica. En cuanto a las minas se fijan turnos y descansos adecuados. La arbitraria explotación queda prohibida y la riqueza de muchos encomenderos comprometida. Es comprensible que Las Casas encuentre más enemigos que amigos. Representa a los vasallos de piel cobriza del otro lado del océano.


Protector Universal de los Indios

El Regente, en nombre del rey y la reina, confía a tres Padres Jerónimos, con un juez ejecutor, el segoviano licenciado Alonso de Zuazo, y el propio Bartolomé de Las Casas como Procurador de los Indios. «Desgraciadamente —escribe Giménez Fernández—, el franciscano Cisneros no quiso encargar de la implantación del Plan a sus primeros propugnadores los Dominicos reformados, ni contaba en España con franciscanos aptos para ello…»

Se le encomienda al ahora Protector Universal de los Indios pasar a «las Indias, así de las islas Española, Cuba, San Juan y Jamaica, como tierra firme», para informar y dar parecer a los Padres Jerónimos y «otras personas que con ellos entendieron en ello, de todas las cosas que tocaren a la libertad e buen tractamiento e salud de las ánimas e cuerpos de los dichos indios de las dichas islas y tierra firme, y para que nos escribáis e informéis y vengáis a informar de todas las cosas que se hicieren y convinieron hacerse en las dichas islas, y para que en todo hagáis lo que conviniere al servicio de Nuestro Señor e nuestro, que para ello vos damos poder cumplido, con todas sus incidencias y dependencias, emergencias anexidades y conexidades; y mandamos al nuestro Almirante e Jueces de apelación e otras cualesquier justicias de las dichas islas y tierra firme, que vos guarden e hagan guardar este Poder, e contra el tenor y forma dél vos no vayan, ni pasen, ni consientan ir ni pasar en tiempo alguno, ni por alguna manera, so pena de la nuestra merced e de 10.000 maravedís a cada uno que lo contrario hiciere». El despacho fue firmado el 17 de septiembre de 1516.


Triunfo y fracaso

El 11 de noviembre de 1516 Bartolomé de Las Casas y los tres Padres Jerónimos se embarcaron en Sanlúcar de Barrameda rumbo a La Española; lo hicieron en naves distintas, pues los jerónimos no consistieron que el Protector viajara con ellos, aludiendo problemas de plazas.

Al llegar a San Juan de Puerto Rico, la expedición hizo una escala de cinco días. El barco en que viajaba Las Casas sufrió una avería y debía prolongar su estadía en puerto dos semanas. El clérigo solicitó entonces a los comisionados que le permitieran viajar en su nave, pero estos volvieron a negarse diciendo que así lo hacían «porque sabían que (Las Casas) era odioso a los seglares y por no ser tenidos por parciales».

Con un atraso de trece días llegó el Protector a La Española y muy pronto comprobó que los encomenderos habían conseguido ganar para sí la voluntad de los enviados. La llegada de los Jerónimos fue festejada por las autoridades y vecinos de La Española con bombo y platillos. Al puerto de la pequeña ciudad acudieron los Oficiales del Rey, los Oidores de la Audiencia y todos los «señores principales de la isla». Colmaron de honores a los visitentes y les hicieron comprender las ventajas que podían obtener de tan distinguidas amistades. Hablaron a los tres jerónimos de las costumbres sanguinarias de los indios: «Pueden estar seguros vuestras paternidades que, si no tuviéramos a los indios bien vigilados y repartidos en encomiendas, se echarían a traición sobre nosotros, matándonos sin piedad».

Los argumentos convencieron a los comisionados, que se limitaron a suprimir las encomiendas de los españoles que no vivieran en la isla. En cuanto a los otros, ordenaron «que se sirviesen de los indios como antes poniendo mucho cuidado en que los tratasen bien».

Manuel González Calzada dice refiriéndose a la gestión de los jerónimos en La Española: «…todo fue en vano; inútiles el celo y la diligencia puestos en los trabajos de quienes fueron encargados de redactarlas; inútiles los esfuerzos puestos al servicio de una idea con la que se creyó, ingenuamente y por segunda vez, proteger los intereses de España defendiendo el bienestar y la libertad de su nuevos súbditos. Preparados desde la metrópoli en contra de lo que de ellos se pedía, los Jerónimos llegaron a las Indias llenos de precauciones, muy lógicas en principio, pero favorables a los intereses creados y al orden de cosas establecido por los colonos.»

«Como se les intruía en las Ordenanzas, los frailes comenzaron por observar las formas en que se desarrollaba la vida en su nueva residencia, y al temor que en ellos despertó en España la ignorancia de lo que deberían hacer para cumplir su comisión, se unieron los relatos de los indianos y la realidad que encontraron en las islas: odio general hacia Las Casas y los dominicos que lo apoyaban. No tuvieron que investigar mucho para resolver cómo deberían proceder para evitarse malos ratos; a las primeras de cambio se dieron cuenta de la vida tan amarga que les esperaba si se colocaban en un plano de lealtad a los soberanos españoles, y concluyeron por emplear la prudencia, para tranquilidad de ellos y de quienes, si se veían afectados en sus intereses, podían privarlos hasta de lo más indispensable para subsistir… Y realmente, sólo se concretaron a ejecutar la mínima parte de las Ordenanzas, en lo que se refería a la libertad de los aborígenes encomendados a jueces y oficiales del rey. En la historia, podemos considerar el viaje de los jerónimos como un gran triunfo de Las Casas en la Corte española, pero también como el primero y rotundo fracaso del Procurador Universal de los Indios al otro lado del océano.»

Batolomé de Las Casas, apenado, decide retornar a Castilla y poner al tanto de lo ocurrido a Cisneros y Adriano. Los jerónimos, enterados de su proyecto, tratan de disuadirlo y ante la negativa de éste, escriben al Regente intentando indisponerlo con el Protector. Las consecuencias de estas cartas las sufrirá a su llegada a la Península.


La muerte de Cisneros

Ya en Sevilla, Las Casas se entera de que Cisneros se halla gravemente enfermo en Aranda de Duero; hacia allí se dirige para entrevistarse con él. Las cartas de los jerónimos habían minado la simpatía que le brindaba Cisneros. El Regente no está dispuesto a enfrentarse con los colonos españoles en Indias. Pocos minutos de conversación demuestran a Las Casas los profundos cambios operados. Dado el estado de salud del Prelado, decide postergar su propia versión de los hechos. La muerte impedirá que esa ocasión se concrete. En septiembre de 1517 moría el Cardenal Cisneros, «el más poderoso de los humildes y el más humilde de los poderosos». El pesar fue enorme: «toda la gente de la villa (Roa), mezclada con los nobles de la Corte, le fueron a ver como a cuerpo de santo y a besarle todos las manos y los pies, que no había, con la muchedumbre de gente, quien pudiera llegar, con tantas lágrimas y tan universal llanto, y no había hombre que le viese según estaba, que no allegase a él, que nunca tan hermoso le vio ninguno.»


Castellanos contra flamencos

Luego de la muerte de Cisneros, Las Casas decide viajar a Flandes a solicitar la ayuda y protección de Carlos V; sin embargo, por segunda vez, un acontecimiento inesperado evitó el largo viaje. Pocos días antes del fallecimiento del Cardenal el joven monarca había desembarcado en Villaviciosa de Asturias, y se dirigía rumbo a Valladolid a donde llegó escoltado por un impresionante séquito. Muy pronto se formaron dos bandos que pugnaban por lograr el control del poder público; sin relación a las Indias, estaban encabezados por el Obispo Fonseca y Lope Conchillos, por el bando castellano, y el Gran Canciller, Juan Sauvage, el camarero mayor monsieur de Xevres y el camarero privado monsieur de Laxao, por el de los flamencos.

El protector pronto comprendió que «no había necesidad de negociar con el Rey cosa ninguna», sino con el Gran Canciller de Castilla, magnate flamenco, «docto en derechos», varón prudente, «capacísimo para negocios y de gran autoridad». Es el presidente de todos los Consejos, y en él «puso el Rey toda la justicia y gobernación de Castilla y de las Indias». Las Casas «comenzó a trabajar de infomarle y dióle algunas cartas de las que traía de crédito». Algunas de ellas están firmadas por franciscanos de Picardía, a los cuales conoce el Canciller, y esto favoreció los propósitos de Las Casas.

Las Casas, dadas como están las cosas, se apoya en los flamencos. Estos no tienen intereses creados en las Indias. «Tendremos que aceptar —escribe González Calzada— que al recurrir a los flamencos interpretó perfectamente la situación política de Castilla y llamó a las puertas para obtener lo que necesitaba. No corresponde aclarar aquí si fue o no la actitud del clérigo deslealtad hacia su propio país, como algunos han argumentado, pero sí es justo admitir en él un paso inteligente contra sus enemigos y en favor de sus representados.»

El Gran Canciller desconocía el idioma castellano y Las Casas se ocupa de la correspondencia y demás documentos procedentes de las Indias. Sin ocupar ningún cargo oficial, se convierte en el hombre de confianza de la mano derecha del rey. Se ocupa de traducir lo esencial de cada documento al latín y agrega notas con su opinión sobre el asunto, «por este modo desengañó en muchas cosas al Gran Canciller, que le pedían y con falsedad le informaban, y dio claridad de mucho en lo tocante a estas partes». Conchillos no se resigna y presenta al Gran Canciller para que firme «una libranza de muchas cédulas y provisiones», pero esta acción colmó su paciencia, y provocó su expulsión de la Corte: «Andá, íos de aquí, que vos y el Obispo habéis destruído las Indias». «Salióse tristísimo, y, viendo que todo el gran favor que del Rey Católico tuvo se le había del todo acabado, acordó dejar para siempre la Corte e irse a Toledo, donde tenía su casa.»

«Las Casas quedaba, pues —escribe González Calzada— con un enemigo menos en la Corte… Habiendo ganado la primera partida dentro del nuevo régimen, obtuvo para sí la buena voluntad oficial, que le infundió nuevos bríos para insistir en la realización de sus planes. Por tercera vez, Castilla habría de recoger en su historia otro intento real para establecer el orden, la ley y la buena administración en sus dominios del mundo encontrado al azar por Cristobal Colón.»


La vuelta al mundo

Fernando de Magallanes (1480?-1521) se presentaba en la Corte castellana, proponiendo llegar a las Molucas por el oeste. El Gran Canciller es un hombre prudente, pero Las Casas simpatiza rápidamente con el proyecto del portugués, e insiste en la conveniencia de que tal viaje se realice. «Siete años ha permanecido en el Oriente y ha visitado muchas islas que caen bajo la línea Equinoccial. Tan lejos ha ido que no sabe a ciencia cierta dónde ha estado, pero ha traído de allí dos esclavos que le siguen a todas partes: un indígena de Sumatra que tiene la piel de color de canela y el indio Enrique, que es fiel y sumiso como un can. Los dos pueden dar fe de sus palabras… Su ruta es segura: le llevará a descubrir muchas tierras ignoradas, y al paso para un nuevo camino a las Molucas, donde aguardan a los Monarcas castellanos grandes lucros que hasta entonces sólo usufructaría Portugal» (Pando Miranda).

Ninguno de los presentes imagina que la expedición de Magallanes dará la vuelta al mundo por primera vez en la historia de la humanidad. El viaje durará tres años y sus integrantes afrontarán toda clase de adversidades. Magallanes mismo morirá a manos de los indios en la isla de Mactá. Sólo su amigo Ruy Faleiro, avezado cosmógrafo, presiente trágicas consecuencias. Se niega a marchar «y desde aquel momento todos le tuvieron por loco».

La expedición, cinco naves, recorre las costas brasileñas, uruguayas y argentinas, y descubre el paso que permite viajar hacia el Pacífico. Filipinas será descubierta por los expedicionarios. El Nuevo Mundo comienza a aparecer en su enorme dimensión. En cada uno de estos lugares, se encuentran indios, y su Protector sigue incansable buscando la mejor solución para ellos.


Planes posibilistas de reformas de 1519

La Corte parte para Aragón. El Gran Canciller le encarga a Las Casas que redacte memoriales para reformar la legislación de las Indias; éste no puede abocarse el trabajo con la premura que desea, pues enferma y guarda cama en Aranda. Cuando se reincorpora al séquito del Gran Canciller, en Calatayud, ya es tarde. Sauvage muere poco después. Las Casas ha perdido a un gran amigo y al hombre que tenía el poder necesario para llevar a la práctica sus planes. La gobernación de las Indias se confía a «Fonseca y Cobos, que la ejercieron despóticamente destituyendo a los Comisarios Jerónimos, residenciando al juez Zuazo y saqueando los recursos de la Casa de la Contratación» (Giménez Fernández). La muerte de Sauvage, víctima de una de tantas epidemias habidas por estas épocas, cierra por segunda vez las puertas a Las Casas, «pues con el clan fonsequista en el poder era imposible cualquier acción en favor del buen trato hacia los indios» (Queraltó Moreno).

En 1519 comienza una etapa en la vida de Las Casas que Giménez Fernández califica de posibilista. «Su etapa doctrinaria se basaba en dos aspiraciones básicas: la fundación de pueblos de indios libres, y la instauración de comunidades hispanoindias en torno a familias castellanas, sobre todo en esto último. El paso de las tesis doctrinarias a las tesis posibilistas, según Giménez Fernández… viene dado esencialmente por el abandono de la obligación y exigencia de la restitución a los indios injuriados o explotados…» (Queraltó Moreno).

En esta etapa Las Casas trata de llevar a la práctica algunos aspectos de su política en favor de los indios. Sabe que los fonsequistas están dispuestos a sabotearlo. Por otra parte, está cansado de leyes generales que no van más allá de su promulgación. Debe apurarse. La conquista y la colonización se siguen extendiendo, llevando en su seno los elementos de opresión y exterminio de los nativos: «Parecían fuertes, pero no lo eran. Resultaban tan flojos, tan endebles que hasta parecían morirse por un soplo de aire» (Pando Miranda).

Queraltó Moreno escribe que se decide a obrar con «prudencia política». Considera que es mejor alcanzar algo que no alcanzar absolutamente nada.

«Los dominicos de Indias, Las Casas y demás colaboradores, veían que la única posibilidad de hacer ver a la corte la injusticia y, sobre todo, la posibilidad de que los indios fueran tratados como verdaderos seres humanos, era la de intentar una experiencia colonizadora pacífica en territorios aún no hallados por soldados ni aventureros o encomenderos» (Queraltó Moreno). Las Casas presenta, sucesivamente, cuatro planes, y el último, por fin, es aceptado. En él Las Casas favorece más a la Corona, y este aspecto de su propuesta, y su «triunfo dialéctico» sobre el Obispo Juan de Quevedo, son los factores que deciden la aprobación. Las Casas consigue la autorización el 12 de diciembre de 1519.

Conviene reproducir parte del discurso de Las Casas ante Carlos I, cuando su «triunfo dialéctico». El Rey, ante el Consejo reunido, le pide al Protector de los Indios que le presente un informe: «Muy alto y poderoso Rey y señor, yo soy de los más antiguos que a las Indias pasaron y ha muchos años que estoy allá, en los cuales he visto por mis ojos, no leído en historias que pudieran ser mentirosas, sino palpado, porque así lo diga, por mis manos, cometer en aquellas gentes mansas y pacíficas las mayores crueldades.» Pando Miranda dice que «palpitante de emoción va revelando los inadecuados medios con que se pretende sojuzgar a los pueblos indígenas, que se revuelven contra los invasores en odio tumultuoso porque se sienten vejados con exceso, y también ellos tienen derecho a defender su vida, su libertad y sus tradiciones. Afirma que los indios pueden ser civilizados con procedimientos pacíficos. Dios les había conferido los mismos talentos que al hombre blanco, y, en contra de lo que aseguraban sus enemigos, la falta de cualidades era sólo aparente, debida a la desgraciada situación en que vivían y habían sido criados. Cuando estas tribus se sientan atraídas con amor, tendrán una esperanza nueva y amarán a los que hoy aborrecen. Refuta la opinión que, fundándose en la doctrina de Aristóteles sobre las gentes rudas y bárbaras, acaba de exponer el Obispo asegurando ser los indígenas siervos por naturaleza. El filósofo era gentil —dice— y, por tanto, se ha de usar de su doctrina, cuanto con nuestra santa fe y costumbres de la religión cristiana conviniere. Nuestra religión cristiana es igual y se adapta a todas las naciones del mundo, y a todas igualmente recibe, y a ninguna quita su libertad, ni sus señores, ni mete debajo de servidumbre, so color, ni achaques de que son siervos a natura».

Las Casas ha obtenido del Rey cien leguas de territorio en Tierra Firme. Se compromete a pacificar a los indios, proporcionando a la Corona a los dos años, veinte mil de los tales como súbditos y una renta a los diez años de doscientos mil ducados. Se compromete también a fundar diez pueblos de cristianos con cincuenta vecinos cada uno en un plazo de cinco años. Los misioneros serían acompañados por cincuenta pobladores castellanos y diez indios intérpretes. Las heredades que hallasen estos pobladores les pertenecerán a perpetuidad, y estos pueden tener hasta tres esclavos negros.

Pero esta victoria se transformará en derrota desde su comienzo. La sublevación de Toledo, Segovia, Avila, Zamora, Salamanca y Valladolid, contra Carlos V, dificulta el despacho de las Reales Cédulas complementarias, y esto hace que Las Casas llegue a Sevilla luego del motín de Don Juan de Figueroa y su aplastamiento al día siguiente por sus rivales Guzmanes, «por lo que no pudo encontrar ni socios ni capitales para su empresa y hubo de contentarse con llevar a los amotinados, condenados y proscritos que aprovecharon su enrolamiento para lograr su fuga» (Giménez Fernández).

La «Compañía» no llega a funcionar. A sus miembros se les ha prometido un título, el de «caballeros de espuela dorada», de lo cual nadie se acordará. Con setenta labradores partirá el incansable Protector de los Indios.


Hacia tierra firme

El 14 de diciembre de 1520 parten rumbo a Puerto Rico, adonde arribaron el 10 de enero de 1521. Malas noticias aguardaban a los viajeros. En la costa firme los indios chiribichi y maracapana se habían levantado en armas dando muerte a los dominicos que vivían en la región desde hacía cinco años. Al parecer la rebelión se debió a la acción de un particular llamado Ojeda, quien organizó junto con otros socios una cacería de esclavos que provocó la indignación de los aborígenes.

El Virrey de La Española ordenó a Gonzalo de Ocampo que se dirigiera a tierra firme y diera un escarmiento a los indios. La expedición de Ocampo, compuesta por trescientos soldados llegó al Puerto de San Juan, donde se hallaba Bartolomé de Las Casas y allí pudo este conocer los planes del Virrey. Decidido el clérigo a evitar los funestos resultados de una acción violenta contra los indios, se entrevistó con Ocampo, indicándole que no podía sin su autorización llevar a cabo la orden de Diego Colón, ya que por Cédula Real esas tierras le habían sido concedidas. Ocampo comprobó la validez de los documentos mostrados por Las Casas, pero se negó a acatar sus órdenes. Viendo la imposibilidad de hacer valer sus derechos, Las Casas se embarcó rumbo a Santo Domingo, para lograr del Virrey y los Oidores el reconocimiento pleno de sus títulos. Los labradores emigrantes quedaron en San Juan a la espera de su vuelta.

Mientras tanto los setenta «socios» que Las Casas había alistado con tantas dificultades, viendo el cariz que tomaba la situación, decidieron apartarse de la empresa y se alistaron en la expedición que Juan Ponce de León (1460?-1521), preparaba para dirigirse hacia Florida en busca de la mítica fuente de juvencia.

El recibimiento en La Española, como era de esperar fue frío. Pronto comprendió Las Casas que si no negociaba con las autoridades, sus proyectos tan minuciosamente planeados, y esta vez pragmáticos, se derrumbarían como un castillo de naipes. Queraltó Moreno dice al respecto: «Ante la coyuntura de la expedición de castigo, Las Casas no tuvo más remedio que avenirse con la Consulta de Santo Domingo, pues de nada valía la prerrogativa que él traía prohibiendo la esclavización de la Costa de las Perlas. Tuvo que ceder con este castigo a fin de que se le proporcionasen dos carabelas para llegar a Cumaná, territorio en el que debía asentarse, porque de lo contrario sólo le hubiera quedado la posibilidad de… ¡ir a nado hasta Venezuela! Hasta tal punto llegaban las oposiciones a Las Casas en Indias, pues ni con la provisión real que portaba se le permitía actuar.»

Un nuevo dolor vino a sumarse al alicaído ánimo de Las Casas. Muere su amigo y colaborador fray Pedro de Córdoba. Luego de participar en las honras fúnebres, se embarca rumbo a San Juan de Puerto Rico.


Cumaná

El 30 de julio de 1521 sale hacia Puerto Rico la pequeña flota compuesta de dos carabelas, La Concepción y Sancti Spiritu. Junto con Las Casas viajan su segundo, Francisco de Soto, su capellán Blas Hernández y su auxiliar Juan de Zamora. Al llegar a destino se enfrentan con una desagradable novedad: los labriegos rechazan acompañarles. Escribe Pando Miranda: «Fue una magnífica treta de los enemigos del clérigo para quitarle los hombres que había traído. Los convencieron de que habían sido engañados por un iluso embaucador, el cual los había sacado de sus pueblos para matarlos de hambre y de trabajo. Quedándose allí acertarían mejor; serían propietarios y tendrían indios que cultivasen para ellos las labranzas».

La deserción de los campesinos amarga profundamente al clérigo. Durante unos minutos piensa en abandonar la empresa, pero renace en él su característico ímpetu y las naves enfilan hacia su destino. Parece casi increíble que los inconvenientes due se suceden en su vida, uno tras otro, no logren debilitar su carácter.

El recibimiento brindado por los misioneros franciscanos picardos, encabezados por su prior fray Juan Garceto, fue caluroso. Muy distinta en cambio fue la reacción de los soldados de Ocampo, instalados en las cercanías, en una aldea a la que denominaron «Nueva Toledo», ya que «con Las Casas allí en Cumaná la captura de esclavos había terminado» (Queraltó Moreno).

Los soldados, viendo menguar el negocio, abandonaron a Ocampo y se embarcaron hacia La Española, «desde donde siguieron haciendo incursiones para esclavizar los posibles catecúmenos de Las Casas, provocando la revuelta de éstos, antes pacíficos Guayqueríes, que llamaron en su auxilio a los caribes para exterminar a todos los cristianos» (Giménez Fernández).

Las Casas, enterado por una india llamada María, del peligro que acechaba a la comunidad cristiana, decide ir a buscar auxilio a Santo Domingo. Se embarca a fines de diciembre de 1521, pero una tormenta desvía la nave que va a dar a Yaquimo en el extremo opuesto de la isla.

Aprovechando su ausencia, su segundo, Francisco de Soto, organiza una expedición de captura de esclavos dejando desprotegida la misión, que es atacada e incendiada por los indios el 10 de enero de 1522, «matando a Francisco de Soto que regresaba a la sazón, al lego franciscano fray Dionisio, al artillero Artieda y a un indio intérprete, pudiendo los demás escapar difícilmente a la península de Araya y de allí a Cubagua y a Santo Domingo» (Giménez Fernández).

A todo esto, Las Casas recorría el camino de Villanueva de Yaquimo a Santo Domingo, ignorante de lo sucedido. Al llegar a la capital se enteró del desastre y fue objeto de las burlas y críticas de sus compatriotas, para quienes el fracaso era la ratificación de sus opiniones. Sumido en una profunda crisis de conciencia, Las Casas busca consuelo en fray Domingo de Betanzos, quien le aconseja que ingrese en el convento que la orden de los dominicos tiene en La Española.



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Introducción

RESTITUYE al tesoro una parte considerable de los maravedíes de la fracasada empresa en Venezuela, e ingresa en el convento que la orden de Predicadores tienen en la capital de La Española. Según Bataillón y Saint-Lu, «la crisis moral que conoció Las Casas en 1522 no es simplemente el abatimiento de un hombre que ha sufrido un fracaso, ni incluso, únicamente, el remordimiento que puede nacer de un sentimiento de culpabilidad». El Protector cree que Dios «le quiso castigar y afligir por juntarse a hacer compañía con los que él creía que no le ayudaban ni favorecían por Dios ni por celo de ganar las ánimas, que por aquellas provincias parecían, sino por sóla codicia de hacerse ricos, y parece que ofendió a Dios maculando la puridad de su negocio espiritualísimo…» Las Casas cree en el poder del diablo y sus huestes en el mundo. El poder del mal se extendería por todo el universo y se escondería inclusive en los pueblos cristianos. Su balance en ese momento no puede ser más pesimista. Posiblemente se arrepiente de su pragmatismo, se da cuenta de que hizo concesiones sin poder a cambio de ayudar a los indios.


Reflexión en el claustro

Pero no se rinde. Refugiado en el claustro, restaña sus heridas, serena su espíritu. Estudia con esa pasión tan vigorosa que no lo abandona. Para algunos autores es una obsesión, casi patológica. Menéndez Pidal dirá que es «enormista». Ha de escribir cientos de folios, entre ellos los que corresponderían a su Historia de las Indias.

Su compromiso con la causa de los nativos y su compromiso con Dios, él así lo cree, parecen no tener límites. Ninguna otra cosa parece conmoverlo, ni la sublevación de los comuneros ni el drama de los negros. De su refugio volverá al mundo más sólido que nunca, en plena madurez intelectual e ideloógica.

Las Casas debe haber sufrido tremendas presiones. Su objetivo dadas las circunstancias históricas, es utópico. La experiencia dirá, siglos después, que ni las repúblicas independientes del siglo XIX, nacidas en el espíritu de la igualdad, fraternidad y libertad de la Revolución Francesa, considerarán con humanidad el problema indígena. Todos los intentos fracasarán, incluyendo el de los jesuitas en regiones de Paraguay, Brasil, Argentina y Uruguay. La experiencia es comenzada en el siglo XVII y se llegan a establecer 30 reducciones y se calcula que se educa y cristianiza a unos 150 mil indios. Los jesuitas les enseñan diversos trabajos y cultivan con éxito la yerba mate. El poder teocrático de los misioneros y el económico molestarán a Carlos III y a los latifundistas de la zona. El resultado será la expulsión de los jesuitas, en 1767, y la destrucción de las reducciones.

El Protector de los Indios no podrá modificar el curso de la historia, pero constituirá un ejemplo ético de incalculable valor y un antecedente histórico imposible de ignorar. No se da cuenta de que sus propósitos enfrentan los intereses más básicos de la sociedad a la cual pertenece. No se da cuenta de que nunca conseguirá traer colonos españoles a las Indias, pues los señores feudales de la Península no lo pueden permitir; son sus vasallos, los que producen su renta. Para ello habría que revolucionar las estructuras económicas y políticas de España. Pero una España plenamente capitalista, como Inglaterra con su Revolución Industrial, tampoco tendrá consideración para con los indios, y esto nos lo indica el destino de los nativos del norte de América. La guerra con los pieles rojas dura tres siglos, y es a muerte. Los indígenas hacen todo lo posible por exterminar a sus habitantes. En 1837 el gobierno de los Estados Unidos entrega territorios al estado blanco de Oklahoma. En 1907 todos los territorios son incorporados a dicho estado.

Pero si aún a comienzos del siglo XX, por ejemplo, los grandes estancieros de la Patagonia (Argentina) cometen genocidio con los patagones, (así llamados por Magallanes en aquel su histórico viaje, pues dejan enormes huellas ya que envuelven sus pies en cueros por el intenso frío), las tierras americanas conquistadas y colonizadas por España, han corrido mejor suerte que las de Brasil (en donde aún hoy, en el Amazonas, se extermina a los indios), Norteamérica a África, en donde, sólo hace tres décadas, desde la terminación de la segunda guerra mundial, han podido constituirse por fin, naciones independientes, con un atraso en muchos aspectos casi criminal.

Cuando a comienzos del siglo XIX cunde por toda la América hispánica el movimiento independentista, encabezado por Bolívar, San Martín, Morelos, Sucre, Artigas y otros, surgen nuevas naciones y las estadísticas indican que una parte importante de la población nativa se ha salvado, y que en algunos países hasta pudo integrarse.

En once países americanos de origen hispano su actual población en su gran mayoría es mestiza e inclusive india. Estos son Bolivia, Colombia, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua, Paraguay, Perú y Venezuela. En cuatro de ellos los indios forman un gran sector de la población: Bolivia, Guatemala, México y Perú. Estas estadísticas, hechos concretos, evidencian que la labor de Las Casas y de otros muchos no fue inútil. Y que esencialmente el criterio español de conquista y colonización era lo suficientemente progresista, como para permitir un movimiento como el de Las Casas.

Hacemos estas consideraciones en este momento de la vida del Protector de los Indios, pues todo indica que el fracaso lo acompaña permanentemente, y que la cordura, la «sensatez», podían inducirlo a no salir nunca más del convento. Pero su obsesión no logra quemarlo con su fuego y consumirlo. El mismo Las Casas, estudiando y cavilando en la soledad de su celda, debe haber descubierto las posibilidades de su lucha. No es un Quijote. Elaborará nuevos planes, concienciará a unos y a otros, seguirá siendo un escollo visible e imposible de sortear para las pretensiones de los encomenderos y aventureros. la historia tiene sus leyes, y Las Casas intenta violentarlas, llegar a sus límites. Y la América española no extinguirá a sus nativos. La masacre de las Antillas no se repetirá.


Reclamo ante la Audiencia

«Tres años permaneció Bartolomé de Las Casas en silencio dedicado al estudio intenso de la Teología y al perfeccionamiento de sus inconexos conocimientos jurídicos y a la serena meditación sobre sus experiencias vitales» (Giménez Fernández). En diciembre del año 1523, luego de pasado un año de novicio, profesa en la hermandad de Santo Domingo.

En 1526, ante «la criminal tolerancia de las autoridades» (Giménez Fernández) de La Española en relación a los traficantes indios esclavos, pide por ellos al nuevo presidente de la Audiencia, el arzobispo Alonso de Fuenmayor. Pero una vez más no será oído. Además, los superiores del Convento deciden alejarlo del lugar para satisfacer al arzobispo. Es enviado a un nuevo convento dominico, situado en el Puerto de Plata, en la costa norte de la Isla Española. Allí llega en 1527, y permanece tres años dedicado al estudio y la meditación. Prosigue escribiendo su «Historia de las Indias», que veinticinco años más tarde divide en General y Apologética o Natural.

Las Casas no sólo se dedica a tareas de índole intelectual. Trata de cristianizar a los indios que quedan en la región, diezmados por la explotación española, y en cuanto a los colonizadores «para absolverles exigía la restitución de lo extorsionado con el trabajo de los indios» (Giménez Fernández).

Según Bataillon y Saint-Lu, durante este período «el antiguo clérigo secular de modesto saber supo aprovechar su retiro para acumular, en compañía de los predicadores y de sus libros, un extraordinario tesoro de conocimientos teológicos y jurídicos, fundamentos doctrinales sobre los cuales, en adelante, apoyaría sistemáticamente su acción en favor de los indios». No entendemos por qué Las Casas, cuando se refiere a estos años de su vida, dice que «durmió al parecer». Quizá se refiere a que acumuló fuerzas, descansó sin mayores preocupaciones, algo que él desconoce durante años, y que luego de ocho años de este dormir reparador se decide a continuar su obra.


Dos imperios se derrumban

En 1522 comienza Francisco Pizarro (1475?-1541) a organizar la expedición contra el Imperio Inca. Y en 1519 Hernán Cortés (1485-1547) desembarca en la costa de Yucatán. En los años que Las Casas se encuentra en el convento, el reino de Castilla conquista los dos grandes imperios de América. Sus millones de súbditos, afortunadamente, no correrán el triste destino de los nativos de las Antillas, pero la llegada de los hombres blancos será para ellos la llegada de los bárbaros.

La expedición de Cortés tropieza y destruye «dos brillantes civilizaciones» (Pierre Chaunu). «La más antigua, la más refinada, la civilización maya, originaria de los altiplanos de Anahuac, se había plegado, poco a poco, hacia la costa. Cuando Cortés desembarca en México, los aztecas acababan de establecer un dominio militar; por ello nuestra visión ha sido, con frecuencia, falseada por este corte brutal que fijó la hora, quizá sin mañana, de la grandeza azteca.» Su religión es sofisticada, pero sangrienta: sus dioses exigen sacrificios, de lo contrario se mueren. El sol, su origen, para los mexicanos, es el sacrificio de un Dios que, quemándose vivo, ascendió al cielo y se convirtió en la estrella que les da luz y calor. De allí la necesidad de hacer la guerra y ofrecer a los prisioneros y a veces a las doncellas al sacrificio para alimentar el fuego solar. La dirección de este estado militar corresponde a un emperador absolutista, elegido por un consejo de ancianos, un senado, de entre las familias más ricas y capaces desde el punto de vista de la guerra. La tierra, el factor básico de su economía, pertenece a los dioses (a los sacerdotes) y al Estado. Una parte importante de la mano de obra, utilizada en las obras públicas, algunas de gran magnitud, la proporcionaban los esclavos, prisioneros de guerra o condenados por algún delito común.

Cortés toma la ciudad de Tabasco, luego de una fácil batalla; sus armas de fuego y las cabalgaduras producen pánico en los nativos. Allí, los vencidos, ofrecen en señal de amistad veinte doncellas, una de las cuales es Marina, quien servirá de intérprete y será un gran auxiliar por sus conocimientos sobre las costumbres de las distintas tribus, que son enemigas entre sí y la mayoría de ellas odian a los dominadores aztecas. El emperador Moctezuma II (1466-1520) pacta con los españoles, pero sus súbditos se sublevan dándole muerte. «Su regio estandarte de quinientas plumas de quetzal es un trofeo en el fabuloso botín de los conquistadores, que se dicen españoles, tan ávidos de oro y poder en las tierras holladas» (Alfredo Maestre Fernández). En la llanura de Otumba los españoles, con la colaboración de tribus amigas, derrotan a un ejército de cien mil indios. Durante setenta y cinco días los aztecas defienden con heroísmo la ciudad de Tenochtitlán.

Los problemas internos del imperio indio, y su asombro y terror ante las armas europeas y la capacidad militar de los castellanos, son los factores principales que permiten su destrucción. Prescott escribe que «la conquista de México como empresa militar es poco menos que milagrosa, demasiado inverosímil aun para novela…».

Diez años después, Pizarro «con ciento ochenta hombres y treinta y siete caballos, con menos bagaje que Cortés, parte hacia un país más grande y de difícil acceso… Sin embargo, logró en dos años, por la astucia y la violencia, derrumbar el imperio de los incas» (Chaunu). Se calcula que este imperio tiene una población de doce millones de habitantes, y también, como el mexicano, su constitución es teocrática. El emperador es hijo del Sol y nunca usa algo dos veces, ni una copa, ni un vestido, ni una sandalia. Su fastuosa capa de chinchilla pasará a los hombros del jefe de la cristiandad.

La tierra está dividida en tres partes: una, para el Dios Sol; otra, para el Inca, y la tercera, para la población en general. En caso de sequía u otra calamidad, el pueblo recibía gratuitamente alimentos almacenados en los depósitos del Estado y de los sacerdotes. Es un régimen cristalizado, en donde nadie pasa hambre, pero en donde está prohibida cualquier iniciativa. Los incas, al igual que los romanos, van formando su imperio sobre la base de imponerse a los pueblos vecinos, y su apogeo es justamente en el siglo XV, poco antes de la llegada de los españoles.

Desconocen la rueda y la escritura, pero su cultura es realmente notable. Se destacan por sus conocimientos astronómicos y construyen palacios, carreteras de cientos de kilómetros, templos, fortalezas en los lugares estratégicos (pucarás), cultivos en terrazas, acueductos y sistemas de irrigación.

Pizarro desembarca en San Mateo y se interna en el nuevo país. El imperio inca «se hallaba desgarrado por una guerra civil, encendida por los príncipes Huáscar y Atahualpa, y de la cual se aprovechó hábilmente Pizarro… También parece que les favoreció a los españoles la primera erupción, ocurrida por esas fechas, del volcán Cotopaxi, situado en la cordillera oriental de los Andes. Todo fue porque los indígenas tomaron aquel imponente fenómeno como indicio de la cólera de sus dioses por resistir la dominación española» (Répolles Aguilar).

Es aquí en donde los españoles encuentran grandes cantidades de oro. El inca Atahualpa (muerto en 1533) prisionero de Pizarro, ofrece por su rescate llenar de oro, hasta la altura de su brazo, la estancia de la prisión, que tenía 22 pies de largo y 10 de ancho, «2.500 millones de dólares en oro, según estimaciones» (Carlos Machado). Pero acusado de traición por la muerte de su hermano Huéscar, es ajusticiado.


« A la hora undécima de la tarde»

Los obispos de México y de Tlascala, fray Juan de Zumárraga y fray Julián Garcés, determinaron el retorno a la lucha de Bartolomé de Las Casas, al designarlo como reformador de la Orden de los Dominicos en aquellas tierras.

En noviembre de 1531 desembarca en Veracruz en compañía de fray Tomás de Berlanga y del presidente de la Audiencia de La Española, don Sebastián Ramírez de Fuenleal. Sin embargo, no podrá realizar la misión encomendada. Los dominicos de México consiguen la adhesión de las autoridades del Cabildo y lo encarcelan, remitiéndolo de vuelta a La Española.

La humillación sufrida no amilana al Protector de los Indios, que se dedica a preparar una extensa carta, que envía al Consejo Real y Supremo de las Indias. Este organismo, presidido por fray García de Loaysa, constituía la instancia superior de toda la administración colonial y había sido creado en 1524.

La extensa carta constituye, como afirma Giménez Fernández, la «primera formulación del resultado de sus estudios doctrinales aplicados a sus actuaciones posibilistas». Conviene transcribir algunos de sus párrafos sobresalientes. Comienza con un largo exordio donde explica el porqué se ha decidido a elevar su voz de denuncia: «… muévame, por otra parte, la compasión de tan universales tribulaciones de que todos estos reinos de España, e por mejor decir de toda la cristiandad, en estos nuestros tan trabajosos tiempos, con tan encendidas y horribles guerras y otras intolerables angustias abunda; porque quizá que podría ser curado y amelecinado el mundo con aplicar la medecina a las llagas que por esta parte de acá el linaje humano ha rescebido, y la ley de Dios aún hoy, más que nunca, padesce, todo el cuerpo místico que a nuestra parte toca, por ventura, sanaría.»

Luego de estos párrafos solicita la atención del Consejo con estas palabras que reflejan su preocupación por ganar más fieles para la causa de la cristiandad. Las Casas ve a América como el nuevo escenario donde desarrollar la Gran Cruzada, una gesta incruenta de reafirmación religiosa: «… oiga lo que yo aquí dijera, y no miren a mi bajeza de ser y rudeza de decir, sino a la voluntad con que a decirlo soy movido; que no es otra, como Dios (quién conoce la profundidad del corazón humano) me es testigo, sino ver la fe de Jesucristo, tan vituperada y afrentada e corrida en este Nuevo Mundo, y la perdición de tan infinito número de ánimas, cada día más e más, así de los nuestros cristianos, como de esotras gentes, llamadas por Cristo a la hora ya undécima de la tarde para salvarlas eternamente, donde con grandes trabajos, donde no con imposibles gastos de riqueza, antes con infinita ganancia dellas, y con no pensada felicidad, podría ver más encumbrada, más difusa, y Dios por allá más conoscido, adorado y magnificado que en ningún tiempo de los que a los Apóstoles sucedieron jamás fue de gentes infieles.» Después afirma que «ya llegan al cielo los alaridos de tanta sangre humana derramada. La tierra no puede ya sofrir ser tan regada de sangres de hombres. Los ángeles de la paz, y aun el mismo Dios, creo que ya lloran. Los infiernos solo se alegran». A continuación expone su proyecto de colonización «en la acción pacífica de religiosos y de obispos virtuosos protegidos por guarniciones enteramente sometidas a su autoridad; sistema que, sin eliminar las justas ganancias de la Corona, que serán mejor garantizadas, pone netamente en un primer plano la necesaria tarea evangélica» (Bataillon y Saint-Lu).

En este momento aparece un Las Casas más mesurado, que amenaza con el infierno, en el cual cree ciegamente, pero que ha aprendido a desempeñarse con habilidad política y con una táctica más adecuada. Las Casas es cada vez menos idealista. Trata desesperadamente de salvar la mayor cantidad posible de vidas humanas.


De Unico Vocationis Modo

La carta enviada al Consejo de Indias en 1531 fue el ensayo de una obra de mayor envergadura acometida por el Protector. Nos referimos a su tratado latino sobre la conquista evangélica, De Unico Vocationis Modo, o «Del único modo de atraer a todos los pueblos a la verdadera religión», en el que con gran erudición teológica -jurídica y desde una evidente perspectiva indiana propone un método pacífico de conversión de los aborígenes: «La Providencia divina ha establecido, para todo el mundo y todos los tiempos, un solo y único medio de enseñar a los hombres la verdadera religión, a saber la persuasión razonada del entendimiento, junto a la invitación, la suave exhortación de la voluntad.»

La persuasión es elevada por Las Casas a la categoría de método evangelizador por excelencia y el propio clérigo tendrá ocasión de experimentarla en los acontecimientos ocurridos en La Española en 1534. Pero historiadores de la importancia de Menéndez Pidal critican con dureza esta proposición. Menéndez Pidal escribirá que «si los caciques, los Moctezumas, los Atahualpas, hubiesen sido conservados inconmovibles a perpetuidad en sus descendientes, según quería Las Casas, y si los ingleses hubiesen seguido las mismas normas jurídicas, América sería hoy un continente de pueblos con numerosas lenguas y religiones paganas, como lo es el Asia, pues los misioneros de las Indias Occidentales no habrían tenido mejores éxitos que los de las Indias Orientales, como lo probaron los muchos fracasos de catequesis pacífica hechos sin la vigilancia o el amparo de las armas».


Equilibrio

En 1533 Las Casas se hallaban en el monasterio que los padres dominicos poseían en Puerto de Plata, y había hecho amistad con un encomendero que en su lecho de muerte y en señal de arrepentimiento, pidió al religioso que pusiera en libertad a sus indios y destinara sus múltiples bienes a resarcir los daños que les hubiera causado.

Así lo hizo Bartolomé de Las Casas, despertando la ira del heredero, Pedro de Vadillo, oidor de la Audiencia de La Española, quien consiguió que ésta dejara sin efecto la resolución del muerto, y el 7 de noviembre de 1533, ordena su encarcelamiento en Santo Domingo. La gestión de los dominicos evitó que la condena se cumpliera, aceptando la Audiencia su reclusión en el monasterio de la orden. Sin embargo, poco duraría este encierro obligatorio, ya que las propias autoridades requirieron en enero de 1543 su ayuda, para pactar un acuerdo con el belicoso cacique del Bahuruco, Enriquillo.

«La rebelión del Cacique del Bahuruco fue por más de diez años auténtica pesadilla para la población y autoridades de La Española. Tuvo por origen una injusticia, y costó vidas, dinero y muchos sobresaltos» (Pando Miranda). «Alto y gentil hombre, de cuerpo bien proporcionado y dispuesto», era un jefe educado por los franciscanos desde niño y había sido bautizado con el nombre de Enrique. Le llamaban «Enriquillo».

Enrique está encomendado a un hidalgo español, de apellido Valenzuela, que tiene haciendas en San Juan de la Maguana. En una oportunidad el español le quita su yegua, «lo que más estimaba de su hacienda», y otro día, le quita su esposa, llamada Lucía. El indio reclama indignado ante su amo, pero este en vez de atenderlo lo hace castigar. Humillado, Enrique se dirige al teniente de gobernador de la villa, Pedro Vadillo, a quien le expone lo sucedido. Pero resulta que éste es amigo de Valenzuela, y lo hace apresar por unos días. Apela a la Audiencia, pero ésta se limita a enviar una carta a la villa. «Cuando terminó el tiempo del servicio, el jefe indígena reunió a sus hombres y se internó con ellos en la sierra. Había en las miradas un misterio negro de rebelión» (Pando Miranda).

La temporada de descanso concluye pero ni Enrique ni sus hombres se presentan ante su encomendadero. Valenzuela, acompañado de once hombres armados, acuciado por la necesidad de la cosecha, sale en su busca. En la selva lo esperan los sublevados y se traban en lucha. Dos castellanos son muertos y Enrique le perdona la vida a su patrón: «Agradece, Valenzuela, que no te mato. Anda y no vuelvas más acá; guárdate…»

Desde Santo Domingo son enviados 80 soldados para someterlos, pero el jefe indio durante muchos días cansa a los españoles en los caminos de la selva. Cuando considera que están agotados, los ataca y derrota. Este triunfo hace que los indios se animen a desobedecer a los españoles y se agrupan alrededor del jefe insurrecto. Enrique ejercita a sus hombres en el manejo de las armas, especialmente de las lanzas. Los españoles que sorprende y que «iban de paz a sus negocios», no son atacados, pero se les quitan las armas. Finalmente, Enrique organiza una república independiente. En una extensión de treinta leguas se construyen aldeas y se cultivan las tierras del lugar. En los contornos de su territorio había centinelas y contaba con un servicio de espías, por lo cual sabía de antemano los movimientos de los hombres blancos. Por las noches recorre las aldeas acompañado de dos lugartenientes.

Siguen el ejemplo de Enrique otros jefes nativos. Ciguallo y Tamayo organizan partidas contra los españoles, y atacan inclusive a gentes sin armas, lo cual deplora Enrique. Pero el odio contenido ha estallado y es difícil poder controlarlo.

Imposible de restablecer el orden por la vía militar, los españoles deciden que fray Remigio, uno de los religiosos que lo crió se dirija a parlamentar con Enrique. Detenido por los centinelas es maltratado, pero finalmente es llevado ante el jefe. Según cuenta Pando Miranda, el indio hizo gala de un gran sentido de argumentación. Pasó dolorida revista a los agravios recibidos; aquellos conquistadores que habían venido de fuera habían sido los que dieron muerte a su padre y a su abuelo… decía que por no ser muerto como lo habían sido sus padres, y por librarse de su encomendero, se había retirado a aquellos montes que le ofrecían refugio y paz.

Años más tarde, ante los reclamos del Emperador para que se le redujera, el presidente de la Audiencia de La Española, Sebastián Ramírez de Fuenleal, le pide a Las Casas que intervenga en el asunto. El Protector se dirige sólo a la región dirigida por Enrique. Ya ante él, éste lo reconoce como un hombre bueno, que quiere a los indios.

Las Casas le convencerá de la inconveniencia de vivir fuera de la ley de los blancos. Le explica que estos son poderosos y que no permitirán que la rebelión continúe. Enrique le pide al sacerdote «seguro de vida y perdón general, conservación de su señorío y hacienda y libertad para sus hombres, que continuarán viviendo en la tierra de sus antepasados sin recibir ninguna molestia» (Pando Miranda). Las Casas vuelve a Santo Domingo con la propuesta del cacique, la cual es aceptada. Tiempo después ambas delegaciones de paz conferenciarán en lo alto de una peña partida en dos mitades, separadas ambas cimas por un precipicio. Allí establecerán la paz.


Nicaragua, «un paraíso del Señor»

El éxito obtenido ante Enriquillo obligó a la Audiencia a levantar la reclusión de Las Casas, posibilitando que este aceptara la invitación de fray Tomás de Berlanga, recientemente nombrado obispo del Perú. Para desplazarse hacia esas tierras, los dos religiosos se embarcaron en junio de 1534 hacia Panamá, desde donde seguirían por tierra a Lima, pero una tempestad hizo perder el rumbo a la nave y esta vagó casi dos meses en el mar, arribando finalmente a Nicaragua.

Las Casas decide no continuar viaje y se instala en el Convento de Granada. De todas las tierras conocidas, Nicaragua parece haber sido lo que más le impresionó y de dicho país escribirá, «Nicaragua es la médula y riñonada de todas las Indias… Es un paraíso del Señor. Es unos deleites y alegría para el linaje humano, dado que la Española isla y todas las otras y otras partes de esta Tierra Firme donde yo he andado, sea tal cual nunca fue oído, éste, empero, me tiene admirado más que ninguna en ver tanta fertilidad, tanta abundancia, tanta amenidad y frescura, tanta sanidad, tantos frutales, ordenado como las huertas de las cibdades de Castilla, y, finalmente, todo cumplimiento y provisión para vivienda y recreación y suavidad de los hombres».

Sin embargo, en contraste con la maravilla pródiga de la naturaleza, el trato a los aborígenes no difería allí del que recibían en zonas menos afortunadas. La comprobación de este estado de cosas mueve a Las Casas, en octubre de 1535, a escribir al Rey y al Consejo de Indias, «ofreciéndose para intentar la penetración pacífica en las tribus aún inexploradas que vivían al sur de Nicaragua hasta Costa Rica» (Giménez Fernández).

Estos eran los términos del ofrecimiento: «Por esta laguna abajo hay gran cuantidad de pueblos y gente que no sirven a Su Majestad, y están capitales enemigos de los cristianos, por las obras que dellos han recibido, como todos los otros. Si vuestra merced (el destinatario es, sin duda, un personaje de la corte) nos envía una cédula de Su Majestad para que, asegurándolos nosotros y reduciéndolos a su imperial servicio, ningún cristiano, chico ni grande, tenga que hacer con ellos, ni sean subjetos a ninguna servidumbre de particular cristianos, yo, con mis compañeros, presumiendo del divinal socorro y ayuda, porque no buscamos sino su gloria y salvación destas ánimas, nos referimos a las asegurar y subjetar al servicio del Rey nuestro señor, y los convertir a que conozcan a su Criador, y al cabo de los hacer tributarios, conforme a las cosas que tovieran de que puedan dar tributo, lo den cada año, y sirvan con ello a Su Majestad. Y podrán salir de aquí muy grandes provechos y servicios al Rey, y a España, y a la tierra…»

Sin embargo, el proyecto de colonización pacífica no podrá llevarse a cabo, a pesar del interés demostrado por los Consejeros de Indias, Bernal Díaz de Luco y Mercado de Peñaloza, pues todavía se hallaba entronizado el clan Fonseca, enemigo inconciliable del Protector de los Indios.

En enero de 1536 el gobernador de Nicaragua, Rodrigo de Contreras, organiza una expedición contra los indios, que es denunciada por Las Casas a la reina emperatriz doña Isabel (1503-1539). La gestión tiene un relativo éxito pues por Real Cédula de Valladolid, expedidas el 7 de julio de 1536, se aplaza por dos años la misma. Las Casas ante la manifiesta hostilidad de las autoridades y el fracaso de sus planes, abandona Nicaragua y parte hacia Guatemala.


Sublimis Deus: el alma de los indios

En noviembre de 1536, Las Casas se instala en Santiago de Guatemala. A los pocos meses, la llamada de su amigo el obispo Juan Garcés le obligará a abandonar su nueva residencia y dirigirse a Tlasca. El obispo era uno de los tantos prelados que desde América comenzaban a elevar su voz en favor de los derechos indígenas, y hacía suyas las prédicas de Las Casas y del obispo de México fray Juan de Zumárraga, que había dicho que «estas conquistas, que son oprobiosas injurias de nuestra Cristiandad y Fe Católica, y, en toda esta tierra no han sino carnicerías cuantas conquistas se han hecho».

También en España soplaban nuevos vientos; el teólogo salmantino, Francisco de Vitoria (1480?-1548), exclamaba: «los cristianos no pueden ocupar por la fuerza las tierras de los infieles, si éstos las poseen como sus dueños verdaderos, es decir si desde siempre han estado bajo su dominio».

La llamada de Garcés se debía a lo siguiente: Desde hacía tiempo el obispo acariciaba la idea de enviar a Roma un enviado que lograra del Papa el reconocimiento de la naturaleza humana de los indios. Con ese propósito había elaborado junto con el dominico fray Bernardino de Minaya, una serie de argumentaciones para presentar a Paulo III (1468-1539); conocedores ambo del tratado lascasiano «De unico vocationis modo» decidieron apoyarse en él, solicitando de su autor la imprescindible ayuda.

El «largo sueño» del Protector comenzaba a dar sus frutos. Las meditaciones del claustro se transformaban en arma de combate, en eficaz herramienta de trabajo. En octubre de 1537 el fraile Minaya obtenía la ayuda de la esposa de Carlos V, doña Isabel, y el 2 de junio de 1538, gracias a su gestión, lograba del Papa Paulo III la bula «sublimis Deus», por la cual la iglesia reconocía calidad humana a los indios: «Considerando que los indios, siendo hombres verdaderos, no solamente son aptos para recibir la fe cristiana sino que, por lo que sabemos, lo desean grandemente… Decidimos y declaramos, no obstante toda opinión contraria, que los mencionados indios no podrán ser de ninguna manera privados de su libertad ni de la posesión de sus bienes… y que deberán ser llamados a la fe de Jesucristo por la predicación de la palabra divina y a través del ejemplo de una virtuosa y santa vida.»

«Sublimis Deus», en gran medida obra de Bartolomé de Las Casas, es un paso de enorme trascendencia en la historia de nuestra civilización, que honra a Francesco Todeschini-Piccolomini, el Papa Paulo III. Que se reconociera a los pueblos del nuevo continente su carácter humano, es un paso realmente revolucionario de la sociedad moderna. Puede decirse que es una conquista de índole democrática sólo comparable a la abolición del vasallaje y a la declaración de los derechos humanos.



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Introducción

LUEGO de cumplir su misión en Tlascala, Las Casas regresó a Guatemala, donde le aguardaba una enorme tarea: la pacificación de los belicosos indios de Tuzulutlán, que habían batido en retirada a todas las expediciones que contra ellos se habían mandado. El 2 de mayo de 1537 consigue del gobernador licenciado don Alonso de Maldonado un compromiso escrito, ratificado el 6 de julio de 1539 por el virrey de México, don Antonio de Mendoza, por el cual se establecía que los nativos una vez pacificados no serían entregados en encomienda y estarían bajo la protección de la Corona en calidad de vasallos. El trascendental documento dice: «Yo, el licenciado Alonso Maldonado, gobernador de esta ciudad y provincia de Guatemala, en virtud de los poderes que he recibido de Su Majestad el rey y en nombre suyo, pongo desde ahora a todos los indios que pacificareis y a todas las provincias que ellos ocupan bajo la soberanía directa de Su Majestad, para que le sirvan en calidad de vasallos; y no los daré en encomienda a ninguna persona, y ningún español, ni ahora ni nunca, podrá tenerlos en posesión… Ordeno que durante cinco años y bajo pena de graves sanciones ningún español los hostigue ni penetre en sus tierras, a fin de que no sean inquietados ni atemorizados, y que vuestra predicación y su conversión no sean impedidos… Los dichos cinco años deben ser contados a partir del mes que penetréis efectivamente en las provincias donde se encuentran hoy los rebeldes; y no se contarán a tal efecto los días que paséis en aquellas tierras para establecer contactos y llevar a cabo conversaciones con objeto de apaciguarlos.»

Una vez logradas las garantías necesarias inicia el Protector su campaña de colonización pacífica con la colaboración de los frailes Pedro de Angulo y Rodrigo de Ladrada. Buscan a cuatro indios cristianos y hacen que aprendan de memoria cantos religiosos, en los cuales se explican los elementos más básicos del evangelio. Además llevan chucherías y utensilios para obsequiar a los indios habitantes de la Tierra de Guerra. En una aldea, ante la presencia de un cacique muy respetado en la región, «tendieron ante él la apetitosa mercancía que llevaban y le rogaron tomase libremente cuanto pudiera ser de su gusto. Allí había cascabeles, tijeras, peines, espejos, collares de cuentas de vidrio… Luego acudió todo el pueblo a contemplar y adquirir la extraordinaria bisutería a bajo precio… Los cuatro cristianos sacaron una sonajas combinadas con cascabeles y comenzaron a entonar sus cantares nunca oídos, tan maravillosos que tuvieron el poder de inmovilizar de asombro a los oyentes. El cacique era el más interesado de todos…» (Pando Miranda). Luego de lo cual los enviados dicen que «amigos de Dios», que aman a los indios, «les habían enseñado todo aquello, y si ellos lo deseaban, vendrían también hasta allí para instruirles en muchas cosas más».

El jefe de los desconfiados nativos de Tuzulutlán accedió a convertirse al cristianismo y «él mismo se hizo predicador de sus vasallos, y fue el primero que derribó los ídolos y los quemó, y a imitación suya hicieron lo propio muchos principales».

El cacique cristianizado permitió que se edificara una iglesia, pero los indios de la tribu de Cobán, más recelosos, la quemaron. Las Casas, acompañado por Pedro de Ángulo, decidió establecer relación con esos hombres que «llenos de valor, tenían la agilidad del tigre junto con la irresistible acometida del puma».

Sesenta guerreros de la tribu de Juan los acompañan; ellos aseguran a los de la tribu de Cobán que estos hombres blancos no «buscan oro ni plata, ni pieles de tigres, ni mantas de algodón» (Pando Miranda). Se asombran además de que los sacerdotes hablen su lengua. Las Casas logra convencerlos de sus buenas intenciones. Así «dos frailes inofensivos han conquistado a la soberbia Tuzulutlán, la indomable Tierra de Guerra».

Las Casas invita a Juan a visitar la ciudad de Guatemala. Este acepta y se hace escoltar por una comitiva digna de su rango. Ya en la ciudad se instala en el convento de Santo Domingo, en donde es visitado por el obispo don Francisco Marroquín; asimismo lo recibe el Adelantado de la Provincia, el capitán Pedro de Alvarado. Juan recorre la ciudad y las autoridades indican a los comerciantes que ellas pagarán lo que el jefe indio quiera llevarse, pero «todo lo miró el jefe con gesto inquisitivo; pero, por más que le rogaron, no quiso aceptar cosa ninguna ni dio muestras de admiración por nada» (Pando Miranda).

Las Casas vuelve a tropezar con problemas. Varios misioneros que están colaborando con él son reclamados por el provincial dominico de México, y por lo tanto deben marcharse. Debido a ello deja a Angulo en Guatemala, y decide marcharse a España. El gobernador lamenta su partida y le escribe a Carlos V que «es persona de buena vida y ejemplo, y en lo que toca a la instrucción y conservación y buen tratamiento de los naturales de estas partes, está muy adelante, y junto con esto ha deseado y procurado lo que ha podido como Vuestra Majestad en estas partes sea servido y aprovechado. Suplico a Vuestra Majestad allá le mande favorecer y le anime para que siempre lleve adelante su buen propósito…»

«Acompañado de fray Rodrigo de Ladrada, desde entonces su compañero inseparable, se encaminó a España a buscar cerca del Emperador la solución a estos y otros inconvenientes» (Giménez Fernández).


Las leyes nuevas

En 1540 encontramos a Las Casas en la Península, y muy pronto comprende el cambio que se ha operado en el Consejo de Indias, hostil hasta ayer, y hoy claramente favorable a sus proyectos. Al poco tiempo de llegar a Madrid, obtiene la Cédula Real que ratifica el pacto hecho con el gobernador Alonso de Maldonado, por el cual se prohíbe el ingreso en las tierras pacificadas de todo español que no fuera misionero durante el lapso de cinco años.

Carlos V se hallaba en Flandes y Las Casas le dirige una carta solicitando su autorización para esperar su regreso. El permiso se le otorga y aprovecha su estancia en la Metrópoli para auxiliar a las misiones de Guatemala. Parten refuerzos con ropas, libros y cuantiosas provisiones con destino a la que fuera la Tierra de la Guerra. La prédica de Las Casas está dando sus frutos.

El en ese momento presidente del Consejo de Indias, cardenal Loaysa, está dispuesto a apoyar de manera incondicional las propuestas del Protector. «El resultado de todas estas gestiones fue la promulgación de las Nuevas Leyes en Barcelona el 20 de noviembre de 1542, que, aunque fueron atenuadas por las de Valladolid del siguiente año, suponían el triunfo de las ideas lascasianas. Tres puntos tocaban estas leyes de modo especial: se suprimían las conquistas, se acababa con el sistema de encomienda y repartimientos, y se disponía un buen cuidado y trato a los indios» (Queraltó Moreno).

Las Nuevas Leyes se publican en Madrid en 1543, y con la firma de Carlos V, queda abolida la servidumbre de los indios «Ordenamos y mandamos, que de aquí adelante por ninguna causa ni otra alguna, aunque sea so título de rebelión, ni por rescate ni de otra manera, no se pueda hacer esclavo indio alguno, y queremos que sean tratados como vasallos nuestros de la Corona de Castilla, pues lo son. Ninguna persona se puede servir de los indios por vía de naboría ni de tapia, ni otro modo alguno contra su voluntad. Y como hemos mandado que aquí en adelante, por ninguna vía se hagan los indios esclavos, así en los que hasta aquí se han hecho contra razón y derecho, y contra las provisiones e instrucciones dadas, ordenamos y mandamos que las Audiencias, llamadas las partes sin tela de juicio, sumaria y brevemente, sola la verdad sabida, los pongan en libertad.»

No sólo el triunfo es a nivel jurídico. Son destituidos los consejeros de India, Beltrán y Carvajal, obligados a devolver el dinero obtenido mediante sobornos. Son alejados también Loaysa y Cobos.

En este período Las Casas escribe la «Brevísima Relación de la Destrucción de las Indias» y presenta una serie de Memoriales en defensa de las Leyes Nuevas. Las Casas insiste en sus argumentos de siempre y aporta nuevas informaciones que hacen imposible discutir la oportunidad de estas leyes: «Daremos por cuenta muy cierta y verdadera que son muertas en los dichos cuarenta años por las dichas tiranías e infernales obras de los cristianos, injusta y tiránicamente, más de doce cuentos de ánimas, hombres y mujeres y niños; y en verdad que creo, sin pensar engañarme, que son más de quience cuentos.» Cada cuento es un millón. Las Casas escribe que quince millones de nativos han muerto en cuatro décadas.

Pero Carlos V y sus consejeros no sólo están conmovidos por las denuncias de Las Casas. Además, temerosos de que las encomiendas se constituyan en embriones de fondos, desean suprimirlas.

El Protector se da cuenta y subraya este peligro. Afirma que la encomienda lleva en sí mismo «la creación de una feudalidad cuyos privilegios y espíritu de solidaridad amenazarán el poder real» (Bataillon y Saint-Lu).


Las Casas es nombrado obispo

Con la intención de alejarlo de la Corte, Cobo le ofrece el obispado con sede en Cuzco, ofrecimiento que Las Casas rechaza. Pero cuando le ofrecen el de Chiapas, decide aceptarlo, pues es lindante con el Tuzulutlán. Su consagración se efectúa en Sevilla, en el convento dominicano de San Pablo, y asisten a la ceremonia sus hermanos de hábito y su familia y amigos. «Hubo flores y múltiples luces de cirios en la iglesia conventual, nubes de incienso, oro y sedas en los ornamentos sagrados de los obispos consagrantes, que fueron el de Córdoba y el de Trujillo, y un sobrino del cardenal Loaisa» (Pando Miranda). Las Casas, empuñando el báculo pastoral, bendice a sus vecinos. En carta escrita al Consejo de Indias dice emocionado: «Hoy, domingo de Pasión, quiso Nuestro Señor darme a mí la gloria de la consagración, muy al revés de sus ignominias que tal día, según la representación de la Iglesia, padeció. No sé lo que Su Majestad pretende con haberlo así ordenado, porque ni antes pudo hacerse ni había tiempo para esperar.»

Ya obispo se dedica a organizar un contingente de misioneros, en su mayoría dominicos reclutados en el convento de San Esteban de Salamanca, los cuales le acompañarían en su viaje a Chiapas. Sin embargo, en Sevilla surgieron acontecimientos que requirieron su intervención. Muchas familias de la ciudad poseían indios reducidos a servidumbre forzada. Algunos habían sido traídos por sus encomenderos desde América y otros adquiridos subrepticiamente a mercaderes de esclavos. Los indios, al saber que Las Casas los defiende, van al convento a quejarse. Se dirige Las Casas al rey para que éste pregone por todo el reino que «todos los indios que en él hay fuesen libres, porque en verdad que lo son tan libres como yo».

El Protector y treinta misioneros llegan a Santo Domingo el 8 de septiembre de 1544, siendo recibido con hostilidad por la población española, pues se sienten perjudicados por las nuevas leyes.


En los llanos de Chiapas

El 14 de diciembre de 1544, Las Casas abandona Santo Domingo rumbo a Chiapas. La travesía es accidentada, pues una de las naves naufraga pereciendo ahogados nueve misioneros. El 19 de enero de 1545 desembarca en San Lorenzo de Campeche, donde soportará—al igual que en Santo Domingo—la hostilidad de los pobladores y del gobernador Francisco de Montejo. Desde esta ciudad y luego de detenerse unos días en Tabasco, se encamina a la Ciudad Real de los Llanos de Chiapas.

Cuando se produce la caída de Moctezuma, los indios de esta región de México se rinden voluntariamente a los españoles. Acatan el dominio de la Corona castellana, pero esta sumisión habría de durar poco, y una vez alejado el ejército conquistador, se levantaron en armas. Hernán Cortés designa entonces al capitán Diego de Mazariegos, quien al frente de sus soldados, parte a sofocar la rebelión. Mazariegos intenta persuadir a los aborígenes, pero es inútil. Los indios estaban decididos a resistir y «pelearon hasta que no pudieron levantar los brazos. Ante el avance incontenible de los españoles, resolvieron suicidarse: «Con sus mujeres e hijos, se despeñaron por la parte del río, que es altísima, y allí perecieron tantos que, de muchos que eran, quedaron pocos más de dos mil». A los sobrevivientes «el capitán Diego de Mazariegos los bajó del cerro donde antes vivían, e hizo que poblasen en un campo llano y grande a orillas del río». El primitivo poblado fue transformándose con el correr del tiempo en la Ciudad Real de Chiapas, una de las más prósperas de México.

Mazariegos guiaba los destinos de la nueva población con enorme celo. Dictó decretos tendientes a mantener la salubridad pública como el siguiente: «Que ninguno eche basuras en las calles, so pena de un peso de oro, y la segunda vez se doble la penas y que todos tengan bien barridas sus pertenencias.» Impidió también —cosa insólita para la época y lugar— la circulación de bestias de carga por las calles, multando asimismo al propietario que los dejara sueltos: «Que el que trajere yeguas o potros por las calles, o los pierda, pague un peso de oro.» Pero no sólo el aspecto urbanístico preocupaba al capitán, también los indios fueron objeto de sus desvelos: «En el buen tratamiento de los indios, así naturales como forasteros, fueron muy humanos los fundadores de la Ciudad Real.» Se les entregó tierras en propiedad, disponiéndose que si algún español estuviera interesado en ellas «que se la compre o pague, e se concierte con ellos de manera que ellos queden contentos».

Se obligó a los españoles a respetar el descanso semanal de los aborígenes: «El que trabajare con los indios domingos e fiestas principales del año, tiene pena de tres pesos.» También se creó una escuela donde se atendía a la educación de los hijos de los jefes y caciques: «En la crianza y enseñanza de los hijos de los nobles y principales de los indios tuvieron mucho cuidado.» Los fundadores de la ciudad erigieron una iglesia a la cual dieron el nombre de «La Anunciación» y quedaba bajo la potestad del obispo de Tlascala; sin embargo, dado el crecimiento y empuje de la nueva ciudad, pronto fue elevada al rango de diócesis, nombrándose a Don Juan de Arteaga como obispo de la misma. El mencionado obispo falleció sin llegar a ocupar la silla episcopal. El sucesor será Bartolomé de Las Casas.

En el momento que Las Casas llega, Chiapas atraviesa una crítica situación. «Ya no gobernaba la región el capitán Mazariegos —escribe Pando Miranda— Terrenos y encomiendas habían pasado a nuevas manos y la ciudad vivió días de inquietud. Los más perjudicados con el cambio fueron los indios. Inermes y sojuzgados, ya nadie tomaba en cuenta sus intereses. Perdieron su corta felicidad rutinaria, quedando cercados por la soledad y el desamparo mismo.»

A fines de febrero de 1545, el Protector ocupó la silla de prelado, y el 20 de marzo publicó su primera carta episcopal, en la cual disponía que se negaba la absolución a todos aquellos que no librasen sus indios restituyéndoles lo obtenido bajo el sistema de encomiendas. «La oposición a todo esto fue enorme; sólo encontró Las Casas el apoyo de sus misioneros dominicos y del clérigo Juan de Parera, pero mercedarios y demás frailes y, por supuesto, los seglares del territorio, combatieron con ahínco estos preceptos del nuevo obispo» (Queraltó Moreno).

La hostilidad de los fieles iba en aumento, hasta llegar a la amenaza de muerte. Los dominicos, temiendo por la vida del obispo, sugieren que es conveniente que éste se marche de la diócesis, pero Las Casas les contesta: «¿A dónde quieren, Padre, que me vaya? ¿Dónde estaré seguro tratando el negocio que trato de la libertad de estos pobrecitos? Si la causa fuera mía, de muy buena gana la dejara, porque cesasen estos males y se sosegaran todos. Pero es de mis ovejas, de estos miserables indios oprimidos y fatigados con esclavitud injusta y tributos insoportables que otras ovejas mías les han impuesto… Aquí me quiero estar, esta iglesia es mi esposa, no la tengo que desamparar; éste es el alcázar de mi residencia, quiérole regar con mi sangre, si me quitaren la vida, para que se embeba en la tierra el celo del servicio de Dios que tengo y quede fértil para dar el fruto que yo deseo, que es el fin de la injusticia que la mancha y posee. Este es mi deseo, ésta es mi voluntad determinada, y no seré yo tan dichoso que permita Dios a los moradores de esta ciudad que la pongan en ejecución, que otras veces me he visto en más peligros, y por mi demérito me quitó Dios la corona del martirio de las manos.»

Las Casas, acostumbrado a la adversidad, permanece en la ciudad hasta octubre de 1545, salvo una corta ausencia en la cual se traslada a Tuzulutlán, para verificar el éxito de su misión pacificadora. En octubre decide ir a Gracias de Dios, sede de la Audiencia para solicitar ayuda al presidente de la misma, Alonso Maldonado. Sin embargo, nada consigue, ya que, como dice Bataillón y Saint-Lu, «Maldonado, presidente de la Audiencia, su antiguo amigo y protector, se ha adaptado totalmente a la causa de los colonos y obstaculiza su acción. Por lo que el obispo, henchido de indignación, denuncia a la Corona la traición de los funcionarios ambiciosos y codiciosos». Las Casas denuncia que «en lo que a los indios toca, ningún remedio ni alivio han éstos dado; antes, por no cumplir las ordenanzas que Su Majestad hizo, siendo tan justas, para remedio y paz destas Indias y destas Tierras, han sucedido y suceden cada día más agravios y opresiones a estas gestas».

Las Casas decide regresar a Chiapas, y para ese tiempo el rey ordena por Real Cédula del 20 de octubre de 1545 la extinción definitiva del régimen de encomiendas, y es enviado a Indias para hacer efectiva el licenciado Francisco Tello de Sandoval, con el título de visitador general de la Nueva España.


Cólera justificada

En marzo de 1546 el enviado real desembarca en San Juan de Ullua, dirigiéndose luego hacia México. La noticia de las nuevas leyes lo había precedido, creando un álgido ambiente de descontento. Tello de Sandoval se hospedó en el convento de Santo Domingo de la capital azteca, en donde recibió a una nutrida embajada, que se mostró contraria a la implantación de la nueva ordenanza. En realidad, había motivos suficientes para provocar la cólera de encomenderos y funcionarios, ya que se establecía que «ningún virrey, Audiencia o persona alguna pudiera encomendar indios por ninguna vía, ni en ninguna manera, sino que muriendo la persona que tuviere los indios, fueren éstos puestos en la Corona Real». Se establece asimismo que «se quitasen las encomiendas y repartimientos a los obispos, monasterios y hospitales, a los que hubiesen sido gobernadores, presidentes y oidores, corregidores y oficiales de Justicia o tenientes y oficiales de Su Majestad». «Por ninguna causa de guerra, rebelión o rescate, ni por otra de cualquier género, se pudiera hacer esclavo a indio alguno, pues todos eran vasallos de la Real Corona de Castilla.»

Las Audiencias deben limitar los repartimientos excesivos. Y se deben tomar una serie de medidas para humanizar el trabajo: se prohíbe terminantemente emplear indios en los yacimientos mineros o en el buceo para recoger perlas. El transporte de carga se autoriza sólo si es indispensable y las cargas no deben pesar mucho. Se establece además que el indio tiene derecho a no servir y que todo trabajo que preste se le debe pagar.

Tello de Sandoval se dejó influenciar por las reclamaciones de los visitantes, que son encabezados por el mismo virrey, don Antonio de Mendoza, y aprobó la idea de enviar a Flandes, donde se hallaba Carlos V «ocupado en las guerras que hacía contra los luteranos», una delegación formada por tres sacerdotes y dos regidores del cabildo, con el propósito de obtener la suspensión de las Nuevas Leyes para evitar «los males que amenazaban». Partió la embajada rumbo a Alemania y el «Visitador» decidió convocar una Junta Episcopal en la ciudad de México.


La junta Episcopal

Las Casas no quería abandonar su diócesis de Chiapas. Las intrigas de los funcionarios se sucedían sin cesar y él estaba dispuesto a afrontar en el sitio que le correspondía, «con sus ovejas». La llamada del visitador real, desde México, le obligó a abandonar Chiapas, dejando en su lugar al canónigo Juan de Pareda.

En mayo de 1546 arribó a la capital azteca en compañía de Rodrigo de Ladrada —su inseparable amigo— y se incorporó a la Junta integrada por los obispos de México Tlascala, Guatemala, Mechoacán y Oaxaca. Apoyado por el obispo Zumárraga, se impuso la tesis sustentada por Las Casas en lo referente a la capacidad y libertad de los indios y los deberes que para ellos tenía la Corona.

La alegría de este éxito pronto se trocaría en amargura. La comisión enviada a Flandes convence al Emperador de sus argumentos, y Carlos V ordena la derogación de las Nuevas Leyes. Los indios quedaban nuevamente a merced de los encomenderos.


La penitencia

Las Casas se entera en la ciudad de Ratisbona de las malas nuevas. El Emperador ordena la suspensión de las Nuevas Leyes «hasta que otra cosa en contrario se demande», pero el Protector de los Indios sólo obedece las leyes del Evangelio y de acuerdo a su óptica personal. En esta oportunidad se atreve a desobedecer a la Corona, en la cual se auxilia en su ciclópea tarea. Antes de partir, por última vez, a España para reclamar por «sus ovejas», escribe un manual de instrucciones tan subversivo que luego Sepúlveda pedirá su retiro de la circulación. El manual se titula «El Confesionario». Sus doce reglas condenan de manera inapelable, ante Dios, a los que explotan a los indios.

El subversivo Manual expresa que aquellos encomendados que quieran confesar en el artículo de la muerte, «antes que entre en la confesión haga llamar un escribano público, o del rey, y por acto hágale el confesor declarar al dicho confesor que es necesario restituir toda su hacienda de la manera que a él pareciere que se debe de restituir, sin quedar cosa alguna para sus herederos, lo puede libremente hacer… viendo que convenía a la seguridad de su ánima. Lo segundo, declare y asiente el escribano que se halló en tal o en tales conquistas o guerras contra indios en estas Indias, y que hizo y ayudó a hacer los robos, violencias, daños, muertes y captividades de indios… Lo cuarto, si tuviese algunos indios por esclavos de cualquier vía o título o manera que los hubiese habido o los tenga, luego encontinente y desde luego les dé por libre irrevocablemente… Y mandará que se les pague a los dichos indios que tuvo por esclavos… todo aquella que juzgare el discreto confesor…». Como podemos apreciar, Las Casas decide enviar al infierno a todos aquellos, encomendadores, funcionarios o conquistadores, que no liberen a los indios y los indemnicen.

Acompañado por Ladrada, se embarca en Veracruz. Juan de Pareda es el sacerdote que designa Las Casas para que quede en su lugar. Preocupado por la situación en España, desembarca en las Azores, desde allí se dirige a Lisboa, entrando a Castilla por Salamanca.



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Introducción

EN 1547 Bartolomé de Las Casas llega a la Península donde permanecerá hasta su muerte, «dedicándose a aquellas actividades donde había logrado más eficaces resultados: el envío a Indias de obispos celosos como el grupo de religiosos dominicos formados en el Colegio de San Esteban de Salamanca a las sedes neogranadinas o peruanas, y de misioneros semejantes a los llevados por él a su diócesis de Chiapas; y la clasificación doctrinal, mediante la elaboración de tratados monográficos sobre los temas más debatidos: encomiendas, predicación, conquistas, restitución, libertad personal y política de los indios, títulos de soberanía de los reyes de Castilla» (Giménez Fernández).

En esta última etapa, siendo ya un anciano, ha de redoblar sus esfuerzos, aclarando su inteligencia, neutralizando su proverbial agresividad, para reforzar con eficacia sus argumentaciones. Una serenidad de pensamiento, desconocida hasta entonces, se ha apoderado de él. José Martí (1853-1895), el poeta cubano, lo recuerda así: «No se puede ver un lirio sin pensar en el padre Las Casas, porque con la bondad se le fue poniendo de lirio el color, y dicen que era hermoso verlo escribir, con su túnica blanca, sentado en un sillón de tachuelas, peleando con la pluma de ave porque no escribía de prisa. Y otras veces se levantaba del sillón, como si le quemase: se apretaba las sienes con las dos manos, andaba a pasos grandes por la celda, y parecía como si tuviera un gran dolor… Así pasó la vida, defendiendo a los indios…»


Sepúlveda: la gran polémica

Con el fallecimiento de su adversario Cobos y la buena disposición que en ese momento tienen la Corte y el Consejo de Indias, para sus reformas, el camino de Las Casas se presenta mucho más libre. Se dirige entonces a Aranda del Duero, sede del Consejo, y luego a Monzón y Alcalá de Henares, donde el 1 de diciembre de 1547, obtiene catorce Reales Cédulas en apoyo a su misión evangelizadora en Indias, ese continente que el propuso —sin éxito— se llamara Columba.

Muy pronto deberá dedicarse por entero a defender sus tesis contra Sepúlveda en las famosas jornadas conocidas como Las Controversias de Valladolid. Juan Ginés de Sepúlveda (1490-1573) era un eminente latinista preceptor del príncipe Felipe, que había alcanzado amplio reconocimiento por sus traducciones de Aristóteles y sus escritos en contra de Erasmo y Lutero. En 1546 escribió la obra «Democrates Alter» o «Sobre las causas de una guerra justa», base de la extensa disputa con Las Casas.

Tito livio

español escribe en «Demócrates segundo» que las guerras hechas por los españoles contra los indios son legítimas y que la esclavitud de esos nativos es correcta. Sepúlveda ataca duramente las instrucciones escritas por Las Casas, tituladas El Confesionario, y «por orden real, todos los ejemplares del mismo» (Queraltó Moreno) son retirados de la circulación pública. Los partidarios de Las Casas habían impedido a su vez en 1546 la publicación de «Democrates alter», con la ayuda de fray Melchor Cano, teólogo dominico que desempeñaba la cátedra de teología en la Universidad de Salamanca, y también con la del obispo de Segovia, don Antonio Rodríguez de Haro.

Durante dos años se enfrentan Las Casas y Sepúlveda; «la opinión de la gente culta se dividió en dos bandos» (Pando Miranda). En 1550, tras dos años de polémicas, Las Casas acusa a su contricante de que sus publicaciones son «funestas y venenosas»; algunas de ellas han sido enviadas a Roma para ser publicadas allí. Carlos V decide convocar en Valladolid a letrados, teólogos y jurisconsultos para que «platicasen y determinasen si contra las gentes de aquellos Reinos se podían lícitamente, y salva justicia, sin haber cometido nuevas culpas más de las en su infidelidad cometidas, mover guerras que llaman conquistas». La primera se celebró del 15 de julio al 15 de noviembre de 1550. Conviene señalar que tres meses antes el emperador ha suspendido los proyectos conquistadores en América.

Sepúlveda debe hablar en primer lugar, y lo hará durante «dos o tres horas», ante «catorce graves varones reunidos allí por orden imperial; han sido elegidos entre los mejores de aquella España cumbre del siglo XVI» (Pando Miranda). La opinión de Sepúlveda es la siguiente: «La gravedad de los delitos “contra natura” de los indígenas y la idolatría; la rudeza de sus inteligencias incapaces de regirse por sí mismas, fundamentado ello en Aristóteles; por el mismo fin de la predicación, porque conquistados serán más fáciles de adoctrinar; por sus delitos de antropofagia» (Queraltó Moreno), autorizaría a la Corona de Castilla a reducir por la fuerza a los nativos y a gobernarlos como si fueran perpetuos «menores de edad».

Las Casas se presenta ante el Tribunal con un documento que se extiende a través de 560 folios. Según Bataillon y Saint-Lu «exalta animosamente, y no sin audacia a veces, los valores superiores de su idealismo humanitario». El Apostol de los Indios recuerda que Isabel y Fernando aceptaron con lealtad las obligaciones a que les obligaba la Bula del Papa Alejandro VI cuando les concedió el señorío de las Indias. Y que la bula Sublimis Deus expedida por el Papa Pablo III aclara sin lugar a dudas que los indios son seres inteligentes y que pueden auto-gobernarse. «¡Nada de señores y de siervos —exclama—. Dos estirpes humanas hijas del mismo Dios y regidas por el mismo cetro, que debían convivir amistosamente en el país descubierto, que es ancho y grande…»

«La segunda sesión —Queraltó Moreno— se celebró en abril de 1551… Sepúlveda y Las Casas creyeron ambos que habían triunfado el uno sobre el otro, pero el hecho es que los jueces no dieron por escrito —como se acordó—su parecer acerca de las razones presentadas por uno y otro bando… Pero sí podemos decir con Giménez Fernández, que la política regia posterior se inspiró en la tesis de libertad y racionalidad de los indios de Las Casas ordenando además que se detuvieran de nuevo las conquistas.»


Treinta proposiciones muy jurídicas

Mientras se desarrollaba la polémica con Sepúlveda, Las Casas hubo de hacer frente a una grave acusación: sus enemigos de Indias emprendieron contra él una campaña, y el nudo de la misma fue el tratado con instrucciones para la confesión escrito en Chiapas y conocido como El Confesionario.

Como se recordará, esta obra negaba la absolución a todos aquellos que no dieran la libertad a sus indios y les restituyeran lo obtenido bajo el régimen de la encomienda. María Rosa Pando Miranda nos dice al respecto: «Los usufructuarios de encomiendas protestaron clamorosamente contra la severidad de unas doctrinas que les obligaban a restituir lo mal ganado. Seguros de que no resultaría eficaz combatir de frente al pequeño libro, decidieron presentar a su autor como delincuente político; le acusaron de que negaba en el escrito los derechos de la Corona de Castilla al mando supremo del Imperio de las Indias. Bajo este falso celo por el real servicio, lo que realmente ellos defendían era su amor por las propiedades adquiridas que veían en peligro y no querían perder.»

La Corona respondió a las acusaciones, enviando a recoger todos los ejemplares que hubiera en la Península del polémico libro, sometiéndolo a un exhaustivo análisis por una comisión de juristas y teólogos designada por el Real Consejo de Indias. En virtud de su derecho a la defensa, Las Casas elabora un trabajo llamado «Treinta proposiciones muy jurídicas», en el cual deja en claro la potestad de la Iglesia y de la Corona de Castilla en tierras de Indias: «Los reyes de Castilla y León son verdaderos príncipes soberanos y universales señores y emperadores sobre muchos reyes, y a quién pertenece de derecho todo aquel Imperio alto, e universal jurisdicción sobre todas las Indias, por la auctoridad, concesión y donación de la dicha Santa Sede Apostólica, y así, por auctoridad divina. Y éste es y no otro el fundamento jurídico y sustancial donde está fundado y asentado todo un título.»

La réplica del obispo de Chiapas fue aceptada, reconociendo el Tribunal, públicamente, la lealtad de Las Casas para con el rey.


Recluta de misioneros

Luego de la batalla con Sepúlveda y el cambio radical operado en la política del Consejo de Indias al prohibir las conquistas y la esclavitud de los indios, Las Casas se dedicó a reclutar misioneros que continuarán su obra en el Nuevo Mundo. Había comprendido finalmente que el lugar más efectivo de su accionar se hallaba cerca de la Corte, donde podía influir, presionar, para que se llevasen a cabo sus reformas. Las Casas al fin de su vida se transforma en un hombre político, que no abandona sus principios, pero que adecua su táctica a las posibilidades, a la realidad del momento.

En este momento debía recordar las palabras que el oidor Juan Rogel le dijera en su despacho de Chiapas en el año 1546: «Bien sabe Vuestra Señoría que, aunque estas Nuevas Leyes y Ordenanzas se hicieron en Valladolid, con acuerdo de tan graves personajes como Vuestra Señoría y yo vimos, una de las razones que las han hecho aborrecidas en las Indias ha sido haber Vuestra Señoría puesto la mano en ellas, solicitándolas y ordenando algunas: que como los conquistadores tienen a Vuestra Señoría por tan apasionado contra ellos, entienden que lo que procura por los naturales no es tanto por el amor de los indios cuanto por el aborrecimiento de los españoles.»

Si las reformas molestaban a los españoles residentes en Indias, la presencia de Las Casas, su promotor, les resultaba insoportable. En agosto de 1550 presenta su renuncia indeclinable como obispo de Chiapas, consiguiendo que se nombre en su reemplazo a uno de sus discípulos, fray Tomás Casillas.

El 10 de marzo de 1551 el Protector es nombrado beneficiario del importante legado de don Juan de Ecija, y lo utiliza para asegurarse contractualmente para sí y su amigo y confesor, Rodrigo de Ladrada, el alojamiento por el resto de sus días en el colegio dominicano de San Gregorio, en Valladolid.

Las Casas viaja a Sevilla, acompañado por veinte misioneros que ha podido reclutar, los cuales se embarcan en la expedición de la armada que parte para Puerto de Caballos. Estos continuadores del Protector son portadores de siete tratados que puden ser calificados de acuerdo sólido de su doctrina proindigenista.


Los siete tratados

Estos siete tratados son los instrumentos de trabajo de los lascasianos. Ellos son la «Brevísima relación de la Destrucción de las Indias», el «Octavo Remedio», que amplía un memorial presentado al Consejo de Indias, «Avisos y reglas para confesores», «Treinta proposiciones muy jurídicas», «Disputa o controversia» (con Sepúlveda), «Tratado de los indios que se ha hecho esclavos», «Principia ad defendendam justitiam indiorum».

Los tratados son editados en varias imprentas de Sevilla, de una manera privada, casi clandestina. Dos de las imprentas utilizadas son las de Sebastián Trujillo y Jácome Cromberger. Así logra aprovisionar convenientemente a sus misioneros, «a sus discípulos que estaban allí, y a sus amigos esparcidos desde Chile hasta Texas de un cuerpo somero de su doctrina» (Giménez Fernández).


Los últimos años

Las Casas retorna a la Corte, en Valladolid, y no se separa de ella. En 1557 se encuentra en la misma cuando Carlos V, el que fuera el «más rey que otro cualquiera, porque no sólo es hijo de reyes, sino nieto de setenta y tantos reyes» (Menéndez Pidal), abdica en favor de su hijo, en quien tanto confía, Felipe II (1527–1598). El nuevo monarca conoce la labor de Las Casas; éste en 1543 le entregó la «Brevísima relación de la Destrucción de las Indias». Entre otras cosas conseguirá que se reinstaure la Audiencia de Guatemala, pues los indios de la región se veían obligados a viajar hasta la de México. Elabora también el «Memorial sumario a Felipe II».

Incansable, escribe «De imperatoria seu regia potestate», en donde analiza las atribuciones del monarca y los derechos de los súbditos. También trataba en «Los tesoros del Perú» y en el «Tratado de las doce dudas», donde el Protector condena a los españoles que detuvieron y ejecutaron a Atahualpa en 1533, el último emperador de los Incas, planteando que le sean devueltos a este pueblo sus riquezas y que se respete su organización social.

«Por último —escribe Giménez Fernández—, entre 1562 y 1564, le quedó tiempo para una última y detenida lectura y revisión de su Historia General, probablemente con vista a las disposiciones de su testamento, hoy perdido, otorgado en Madrid el 17 de marzo de 1564, donde legaba aquélla con sus demás libros y papeles al Colegio de San Gregorio, de Valladolid.»


La muerte y el juicio

Los últimos dos años de la vida de Las Casas transcurrieron en Madrid, primero en el convento de San Pedro Mártir y por último en el de Atocha, en las afueras de la ciudad. Sus últimos días los pasa en compañía de fray Labrada. Su único pesar es no haber hecho aún más en favor de los indios, «porque la bondad y misericordia de Dios tuvo por bien de elegirme por su ministro, sin yo lo merecer, para procurar y volver por aquellas universas gentes de las que llamamos Indias». Uno de sus últimos actos fue escribirle una carta al recién elegido Papa Pío V a quien le pide que excomulgue a los esclavizadores y explotadores de los indios.

Muere —posiblemente—, el 20 de julio de 1566, siendo enterrado en la capilla mayor de Atocha. Años después, cumpliendo disposiciones testamentarias, sus restos serán trasladados a Valladolid.

El Protector de los Indios moría, luego de consagrarse hasta sus últimos días a la causa en favor de los nativos. Tras él quedaba una larga historia de luchas y de sacrificios, de triunfos y fracasos, de violencias y de bondad. Fue una vida apasionada, aún hoy se lo discute. Algunos como Menéndez Pidal lo tildan de «patológico», otros, en cambio lo consideran un santo. Gabriela Mistral (1889–1957), dirá: «Si la Iglesia hubiese canonizado a fray Bartolomé, pasando por alto sus violencias, como hizo con otros santos en exceso turbulentos, entonces la hornacina, la nave, la capital rural o la catedral de santo patrón cubrirían nuestro continente, ya que en todas partes se habrían levantado edificios en su honor…»

Un año después de su muerte, el 6 de mayo de 1567, Bartolomé de Las Casas gana otra batalla: el Consejo de Indias declara libres a los indios de Cobán y siete años más tarde, en 1573, se publican las Ordenanzas de Ovando que recogen la inspiración lascasiana condenando definitivamente la conquista armada.

Después de quinientos años, los pueblos de Latinoamérica siguen levantando la figura de este ilustre español como símbolo reivindicatorio. Pablo Neruda (1904–1973), en su Canto General le brindará este homenaje:

Pocas vidas da el hombre como la tuya, pocas sombras hay en el árbol como tu sombra, en ella todas las ascuas vivas del continente acuden, todas las arrasadas condiciones, la herida del mutilado, las aldeas exterminadas, todo bajo tu sombra renace, desde el límite de la agonía fundas la esperanza.

Hoy a esta casa, Padre, entra conmigo. Te mostraré las cartas, el tormento de mi pueblo, del hombre perseguido. Te mostraré los antiguos dolores. Y para no caer, para afirmarme sobre la tierra, continuar luchando, deja en mi corazón el vino errante y el implacable pan de tu dulzura.



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Llegada de colonos a Amrica, segn un grabado del siglo XVI
Llegada de colonos a Amrica, segn un grabado del siglo XVI

PARA Bartolomé de Las Casas «todas las naciones del mundo son hombres, y de cada uno de ellos es una sola la definición: todos tienen entendimiento y voluntad… Todos sienten placer con lo sabroso y alegre, y todos desechan y aborrecen el mal y se alteran con lo desabrido y les hace daño…». Se apoya en Marco Tulio Cicerón (106–43 antes de N. E.), y afirma junto con él: «Uno es el linaje de todos los hombres y todos los hombres en cuanto a su creación y las cosas naturales son semejantes. Ninguno nace sabiendo y todos tenemos necesidad, en los comienzos, de ser ayudados y guiados por los que nacieron primero.»

Considera que el ser humano es libre por naturaleza: «… desde su origen todas las criaturas nacen libres, y con una naturaleza igual, Dios no hizo a uno esclavo de otro, sino que a todos concedió idéntico arbitrio; y la razón es que a una criatura racional no se la subordina a otra, como por ejemplo, un hombre a otro hombre… Porque la libertad es un derecho ingerido en los hombres por necesidad y por sí desde el principio de la criatura racional, y es por eso de derecho natural… Desde el principio del género humano, todos los hombres, todas las tierras y toda las otras cosas, por derecho natural y de gentes, fueron libres…».

Reconoce que «las gentes silvestres son como tierra no labrada que producen fácilmente malas yerbas y espinas inútiles», pero afirma que «tienen dentro de si virtud natural, que cultivándola de frutos sanos y provechosos». Que por naturaleza los indios son libres, y, por tanto, lo que el filósofo Aristóteles (384–322 antes de N. E.) dice en el principio de su «Política», «los que tienen viva inteligencia son naturalmente los guías y señores de los otros, y los que son inferiores por razón son naturalmente esclavos», debe desecharse para Las Casas, «el filósofo era gentil y está ardiendo en los infiernos y, por tanto, se ha de usar su doctrina en tanto y cuanto convenga a nuestra fe y costumbre cristiana». Proclama que la «religión cristiana es igual y se adapta a todas las naciones del mundo. A todas recibe sin quitar a ninguna de su libertad y señoría y sin someterlas a servidumbres, bajo el pretexto de que son siervos a natura o libres».

Para él Dios prefiere la persuación y desecha la violencia: «… con cuanta misericordia, dulzura y mansedumbre, paz y piedad quiso Dios convertir al mundo a su fe. Lo primero y principal que encomendó a sus sucesores fue que ofrecieran su paz…, con la suavidad de sus virtudes y buenas obras…, dejando las propias vidas… Y eso mostró el hijo de Dios poniendo el ejemplo de la oveja perdida, que tomó sobre sus hombros, y del hijo pródigo…, diciendo: Yo os envío como ovejas entre lobos para amansarlos y traerlos a Cristo».

Este es el camino que Las Casas elije para convertir a los indios y se indigna por las arbitrariedades de los conquistadores: «¿Por qué entonces en vez de enviar ovejas que conviertan a los lobos, enviáis lobos hambrientos, tiranos, crueles, que despedazan, destruyen, escandalizan y espantan a las ovejas?».

Una y otra vez denuncia los atropellos cometidos por sus compatriotas, y no sólo no trata de disimularnos sino que hasta los «enormiza» como dice Menéndez Pidal, pues así alarma y preocupa a quienes pueden remediarlos: «Entraban en los pueblos y no dejaban niños, ni viejos, ni mujeres preñadas o paridas, que no desbarrigaban y hacían pedazos… Hacían apuestas sobre quien lograba separar por el medio, de una cuchillada, a un hombre… Tomaban las criaturas de las tetas de las madres y sujetándolas por las piernas, estrellaban sus cabezas contra las peñas». Las Casas, indignado, se atreve a pronunciar terribles amenazas: «Dios ha de castigar con horribles castigos y tal vez destruirá en su totalidad a España», por los pecados que los españoles cometen en las Indias. «El daño —dice también— que la coronal real de Castilla y León por esta causa ha causado los ciegos lo verán, los sordos lo oirán, los mudos lo clamarán y los muy prudentes lo juzgarán…»

Su defensa apasionada de los indios lo ha convertido en uno de los «pocos hombres en toda la historia universal» portador de una tan especial carga de sugestiones pasionales, de actualismo perenne, de trascendencia, según escribe Juan Pérez de Tudela Bueso, en su estudio crítico preliminar a las obras de Las Casas. No vacila en denunciar que «la causa por la que murieron los indios y morían cada día, ha sido principalmente por darlos y repartirlos a determinadas personas para que se sirvieran de ellos. Esta es la causa de su muerte y de ella dependen». Aconseja con una inteligencia notable para la época que debería establecerse «una comunidad en cada villa y ciudad de los españoles en la cual ningún vecino tenga indios propios, sino que todos los repartimientos estén juntos y las labranzas sean comunes, y los que hubieran de recoger oro lo hicieran juntos… Para esto deberían existir «mayordomos» y otros «ministros» necesarios para tal comunidad, quiénes no tendrían en ella ningún provecho personal ni en las labranzas ni en el oro, salvo cierto salario que se les pagare en dinero».

Condena con suma severidad la encomienda, calificándola de «el mal mayor y lo que ha sido la causa de la total destrucción de aquellas tierras, y lo será de lo que queda si no se remedia». Para Las Casas la encomienda se opone al «bienestar de esa república indiana, y además está contra toda razón y prudencia humanas, contra el bien y el servicio del rey, nuestro señor, y contra todo derecho civil y canónico, es contra todas las reglas de la filosofía moral y la teología, contra Dios y contra su intención y contra su Iglesia…».

Reivindica de manera incondicional el mandato de Cristo que establece el amor al prójimo como a sí mismo. Insiste en que «no hay diferencia en la naturaleza de la creación del hombre» y que «tampoco se establece diferencia en la vocación de todos ellos, encaminada a su salvación, ya sean bárbaros, ya sean cultos… Todos los hombres tienen alma racional y ceden a la delicadeza, al deleite, a la dulzura, a la suavidad, a la benignidad y a la afabilidad…». Para Las Casas «Dios ha adornado el alma de una luz intelectual, con la cual le ha dado cierto conocimiento de sí mismo, que es el principio del conocimiento en el orden de la fe… Por eso el hombre puede llegar desde luego a algún conocimiento de Dios por medio de la razón natural». No sólo los indios son capaces de recibir la fe cristiana, sino que acudirían a ella «con la mayor prontitud», como lo afirma en su bula papal del 2 de junio de 1537 Paulo III. Este análisis de la naturaleza del indio lleva al Apostol de los Indios a plantearse que «el modo de inducir a los hombres al conocimiento de la religión y la fe cristiana, es o debe ser semejante al modo de llevarlos al conocimiento de la ciencia». Y este modo no puede ser otro que el de la persuasión: «Es un modo que persuade el entendimiento y atrae, mueve o excita la voluntad. Luego el modo de atraer a los hombres al conocimiento es la verdadera religión…». Las Casas plantea de manera indudable la capacidad de los indios de adquirir conocimiento a través de la persuasión, rechazando el camino de la violencia, como así también el argumento de su incapacidad para gobernarse a sí mismos: Es «imposible que una nación toda sea inhábil, bárbara en extremo, falta de juicio y apocada razón, y que, por tanto, no esté en condiciones de gobernarse y que no pueda ser atraída a la religión cristiana».

Para evangelizar a los nativos establece una serie de normas, que son un programa de humanidad, y, asimismo, de inteligencia política. Son doce pasos, que Ramón-Jesús Queraltó Moreno describe de la siguiente manera:

1. La primera llegada de los españoles debe ser pacífica y muy moderada, y han de ir en ella predicadores de la fe.

2. No debe provocar ninguna queja.

3. La entrada ha de hacerse despacio y no repentinamente para no infundir sospechas.

4. El desembarco o entrada en cualquier tierra, sea ordenada y sin causar daños y no se realice sin el permiso de sus habitantes.

5. El saludo y alocución a las gentes de Indias ha de ser grato y demostrando el debido honor y respeto a los príncipes y magistrados indígenas.

6. El trato dado a los indios ha de ser suave, blando y cristiano, y los españoles han de mostrar un testimonio de virtud cristiana que a los naturales les induzca a reverenciar al Dios de los hispanos.

7. La notificación de la presencia española ha de ser hecha a tiempo, o sea, con paciencia, con intervalos de muchos días, pacífica, exponiendo la causa de la legación y llegada, es decir, el deseo de instruirles en la fe verdadera y la intención de llevarles cultura y civilización.

8. Mientras tanto, para la protección o defensa de los predicadores de la fe y de los logrados de nuestros Reyes, debe construirse una torre o casa, bajo el pretexto de alguna necesidad.

9. La exhortación a escuchar a los legados y predicadores debe ser hecha suave y dulcemente en lugar a propósito para que se congreguen a escuchar la predicación.

10. Ha de informarse a los indios del título de nuestros Reyes a aquellas tierras y, puesto que procede del Pontífice, sea hecha por los predicadores, para demostrar el derecho que favorece a los monarcas españoles. Debe ser explicado con todo lujo de señales y detalles, para que comprendan perfectamente el contenido.

11. Después de mostrárseles el título de la manera más moderada, afable y discreta que se pueda, deben aquellas gentes con sus reyes ser persuadidos con buenos razonamientos y afables palabras, mostrándoles los bienes que posteriormente alcanzarán, con el fin de que presten su consentimiento voluntariamente a la institución papal, que hace a los reyes españoles príncipes universales y señores de aquel mundo.

12. Una vez tenido el consentimiento libre de aquellos reyes y pueblos, y admitida como jurídica y aceptada la institución papal de nuestros Reyes, se debe tratar y pactar con ellos sobre el modo de reinar, sobre los tributos que han de dar a nuestros Reyes, con prestación de juramento por ambas partes, sobre el cumplimiento de la convención y los pactos y instrumentos similares.

Para Las Casas el derecho de los reyes católicos en el Nuevo Mundo es indiscutible, derecho otorgado por el Santo Padre, pero asimismo subraya los límites de estos derechos: «Mientras los pueblos y habitantes de aquel mundo de las Indias, con sus Reyes y Príncipes, no consientan libremente en la institución hecha acerca de ellos en la Bula papal, no la admitan como jurídicamente válida y no entreguen la posesión a nuestros reyes ínclitos de las Españas, estos no tienen más que un título, esto es, una causa para adquirir el supremo principado de aquel mundo y un derecho a la cosa, esto es, un derecho a los reinos y supremacía o dominio universal sobre aquellos, el cual se origina del título; ahora bien, carecen del derecho sobre la cosa, esto es, sobre los reinos.»

Bartolomé de Las Casas escribe que «en los reinos de acá no puede el Rey enajenar los hombres ni las rentas reales, porque son inalienables e imperdibles y porque en ello perjudica a sus sucesores, luego ni los de acullá. Y afirmo a Vuestra Majestad (se refiere a Felipe II) que podemos decir sin salir un punto de la verdad, que mucho menos se pueden enajenar los hombres libres, reyes y señores y subditos de las Indias».

Las Casas, pionero de los modernos derechos humanos, escribe que «la libertad es un derecho inherente al hombre necesariamente y desde el principio de la naturaleza racional, es por eso de derecho natural… Por eso la esclavitud de suyo no tiene origen en causas naturales, sino accidentales; es decir, por haber sido impuesta o en virtud de una figura jurídica, a decir de las Instituciones y el Digesto»… «Ninguna sumisión, ninguna servidumbre, ninguna carga puede imponerse al pueblo, sin que el pueblo, que ha de cargar con ella, dé su libre consentimiento a tal imposición… Originariamente todas las cosas y todos los pueblos fueron libres; luego si se llegase a imponerse cualquier tipo de carga u obligación contra la voluntad del pueblo o del dueño privado, será por coacción, impidiendo en consecuencia al pueblo el uso de su propia libertad que le corresponde por derecho natural.» Para Las Casas los súbditos «no están sometidos a la potestad del rey, sino que están bajo un hombre sino bajo una ley justa, a decir de Aristóteles. Resulta, en consecuencia, que aunque los reyes posean ciudadanos y súbditos, éstos no son, sin embargo, objeto de total y plena posesión».

Reconoce el derecho real, pero a su vez, detalla con precisión sus límites y señala cuando éste se transforma en ilegal, en arbitrario. Las Casas es un jurista con pleno conocimiento del derecho de la época y además es un defensor de aquellos que, como los indios, sufren las arbitrariedades del poder político y económico. De allí que escriba que «toda autoridad pública, rey o gobernante, de cualquier reino o comunidad política, por soberano que sea, no tiene libertad ni poder para mandar a los ciudadanos arbitrariamente ni al capricho de su voluntad, sino únicamente de acuerdo con las leyes de la comunidad política. Es así que las leyes deben ser promulgadas para promover el bienestar de todos los ciudadanos y nunca en perjuicio del pueblo, sino más bien de ajustarse al interés público de la comunidad, y no por el contrario ésta a las leyes… Además, en asunto que ha de beneficiar o perjudicar a todos, es preciso actuar de acuerdo con el consentimiento general. Por esta razón en toda clase de negocios públicos se ha de pedir el consentimiento de todos los hombres libres… Por más soberano que sea, no tiene el gobernante potestad para donar, conceder, permutar o negociar con bienes o daños de los súbditos sin haber requerido y obtenido legalmente su consentimiento expreso… Se concluye con juristas y canonistas que ni los reyes ni los emperadores tienen poder fundado sobre las haciendas de los ciudadanos, ni sobre la posesión de sus territorios, provincias o tierras del reino ni tampoco sobre el dominio útil ni directo de los habitantes…».

En su incansable bregar pos los indios, Las Casas hace especial hincapié en cuanto a la guerra que se les hace. Afirma que contraría el derecho natural y que se les causa «infinitos e irreparables daños, como muertes, carnicerías, estragos, rapiñas, servidumbre y otras calamidades semejantes, a personas que viven en sus tierras y reinos, separadas del imperio de los cristianos, y sin tener de su parte ninguna culpa». Esta guerra es injusta «teniendo en cuenta que ninguna guerra es justa si no hay causa alguna para declararla; es decir, que la merezca el pueblo el cual se mueve la guerra, por alguna injuria que le haya hecho al pueblo que ataca». Para Las Casas la naturaleza ha establecido entre todos los hombres ciertos derechos de parentesco… Y este derecho de parentesco entre todos los hombres es tan natural y queda tan confirmado con el precepto del Señor al decir: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, que ni por pacto se puede renunciar a él…» Se basa en este parentesco natural para desaprobar toda guerra contra los nativos y subraya que al ser infieles «que nunca han sabido nada acerca de la fe, ni de la Iglesia, ni han ofendido de ningún modo a la misma Iglesia, se les declara con el solo objetivo de que, sometidos al imperio de los cristianos por la misma guerra, preparen sus ánimos para recibir la fe o la religión cristiana, o también para remover los impedimentos que puedan estorbar la predicación de la misma fe», argumento que Las Casas rechaza de plano. Insiste en que son inocentes ante Dios y que el camino para convertirlos es la persuasión, método que él mismo utilizará con éxito en varias oportunidades.

Pone de manifiesto la inmoralidad que significa anteponer «su propia utilidad particular y temporal cosa que es propia de los tiranos, al bien común y universal, es decir, al honor divino y a la salvación y vida espiritual y temporal de innumerables personas y pueblos…» Condena con la mayor severidad a los que hacen la guerra a los indios para cristianizarlos por la fuerza y para obligarlos a prestar servicios en las encomiendas.

Apela a la historia de la Península para hacer resaltar tan injusta política: la guerra para someter a los pueblos americanos. «La infidelidad de los judíos y de los sarracenos es más grave y condenable que la de los idólatras, pues en aquéllos se perfecciona la razón de su infidelidad y la gravedad de su pecado; en éstos, en cambio, intervienen la ignorancia y privación de la palabra de Dios, según se ha dicho. Efectivamente, los judíos y sarracenos escucharon la palabra de Cristo y la predicación de los varones apostólicos; así las palabras de la verdad evangélica hieren todos los días sus duros corazones. Al no aceptar, pues, la doctrina evangélica por su citado espíritu pertinaz y continaz, son reos de maliciosa gravedad. Ahora bien, los idólatras, al menos los indios, sobre quienes discutimos ahora, nunca ni de oídas supieron nada sobre la doctrina de la verdad cristiana; por lo tanto, su pecado es menos grave que el de los judíos o sarracenos, pues en cierto modo les excusa la ignorancia.»

En los escritos de Las Casas la esclavitud de los indios es claramente condenada. Los indios son vasallos de la corona de Castilla, derecho otorgado por el Papa, y todos los esclavos existentes en Indias han sido hechos contra toda ley y justicia y contra las expresas provisiones y mandamientos de su majestad y sus predecesores. Su majestad está obligada por los preceptos de la Ley Divina a declararlos libres, puesto que lo son». La doctrina de la guerra justa y los derechos de la conquista tienen en Las Casas en enconado enemigo: La conquista «es un vocablo tiránico, mahomético, abusivo, impropio e infernal. Porque en todas las Indias no existen moros de Africa, ni turcos ni herejes que persiguen a los cristianos y trabajan para destruir nuestra Santa Fe. No debe haber conquista sino predicación del evangelio de Cristo, dilatación de la Religión cristiana y conversión de las almas, y para ello no es menester la conquista armada sino la persuasión por medio de palabras dulces y divinas y ejemplos y obras de Santa Vida».

Las Casas deja tras de si miles de páginas que nos permiten calificarlo como un pensador brillante, un humanista consecuente, un político excepcional. Fue el abogado, el defensor de una raza. La historia universal no registra un hecho similar. Llegó inclusive a provocar el odio de sus compatriotas en su bregar apasionado por los indios; para Las Casas eran sus iguales, sus hermanos.


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Introducción

EXPLANADO queda lo que tuvimos entendido de la isla de Cuba, y de lo que en ella hallamos, y de las gentes que la moraban o habitaban; resta ya referir de la pasada que a ella hicimos los cristianos, puesto que yo no pasé con él, sino después, desde a cuatro o cinco meses en otro viaje. Partió, pues, Diego Velázquez con sus trescientos hombres de la villa de la Cabana, desta isla Española, en fin, a lo que creo, del año mil quinientos once, y creo que fue, si no me he olvidado, a desembarcar a un puerto llamado de Palmas, que era en la tierra o cerca della, donde reinaba el señor que dije haberse huido desta isla y llamarse Hatuey, y que había juntado a su gente y mostrádoles lo que amaban los cristianos como a señor propio, que era el oro, como pareció en el cap. 21. Sabida la llegada de los nuestros, y entendido que de su venida no podía resultarles sino la servidumbre y tormentos y perdición, que en esta Española habían ya muchos dellos visto y experimentado, acordaron de tomar el remedio, que la misma razón dicta en los hombres que deben tomar; y la naturaleza aun a los animales y a las cosas insensibles que no tienen conocimiento alguno enseña, que, contra lo que corrompe y deshace su ser, deban tomar, y éste es la defensión. Pusiéronse, pues, en defensa con sus barrigas desnudas y pocas y débiles armas, que eran los arcos y flechas, que poco más son que arcos de niños, donde no hay hierba ponzoñosa como allí no la hay, o no las tiran de cerca a cincuenta o sesenta pasos, lo que pocas veces se les ofrece hacer, sino de lejos, porque la mayor arma que ellos tienen es huir de los españoles, y así conviéneles siempre no pelear de cerca con ellos. Los españoles, los que alcanzaban, no era menester animallos ni mostralles lo que habían de hacer. Guarecioles mucho a los indios ser toda la provincia montes y por allí sierras, donde no podían servirse de los caballos, y porque luego que los indios hacen una vez cara con una gran grita, y son de los españoles lastimados con las espadas, y peor cuando de los arcabuces y alcanzados de los caballos, su remedio no está sino en huir y desparcirse por los montes donde se pueden esconder, así lo hicieron éstos, los cuales hecha cara en algunos pasos malos, esperando a los españoles algunas veces, y tiradas sus flechas sin fruto, porque ni mataron ni creo que hirieron jamás alguno, pasados en esto dos o tres meses, acordaron de se esconder. Siguiose luego, como siempre se suele seguir, andar los españoles a caballos por los montes, que llaman ellos ranchear, vocablo entre ellos muy famoso y entre ellos muy usado y celebrado, y dondequiera que hallaban manada de indios, luego como daban en ellos, mataban hombres y mujeres, y aun niños, a estocadas y cuchilladas, los que se les antojaba, y los demás ataban, y llevados ante Diego Velázquez, repartíaselos a uno tantos y a otro tantos, según él juzgaba, no por esclavos, sino para que le sirviesen perpetuamente como esclavos y aún peor que esclavos, sólo era que no les podía vender, al menos a la clara, que de secreto y con sus cambalaches hartas veces se ha en estas tierras usado. Estos indios así dados, llamaban piezas por común vocablo, diciendo: «yo no tengo sino tantas piezas y he menester para que me sirvan tantas», de la misma manera que si fuera ganado. Viendo el cacique Hatuey que pelear contra los españoles era en vano, como ya tenía larga experiencia en esta isla por sus pecados, acordó de ponerse en recaudo huyendo y escondiéndose por las breñas, con hartas angustias y hambres, como las suelen padecer los indios cuando de aquella manera andan, si pudiera escaparse. Y sabido de los indios que tomaban quién era (porque lo primero que se pregunta es por los señores y principales para despachanos, porque, aquéllos muertos, fácil cosa es a los demás sojuzgallos), dándose cuanta prisa y diligencia pudieron en andar tras él muchas cuadrillas para tomallo, por mandado de Diego Velázquez, anduvieron muchos días en esta demanda, y a cuantos indios tomaban a vida interrogaban con amenazas y tormentos, que dijesen del cacique Hatuey dónde estaba; ellos decían que no sabían, dellos, sufriendo los tormentos, negaban, dellos, finalmente, descubrieron por dónde andaba, y al cabo lo hallaron. El cual, preso, como a hombre que había cometido crimen lesae maiestatis, yéndose huyendo desta isla a aquella, por salvar la vida de muerte y persecución tan horrible, cruel y tiránica, siendo Rey y señor en su tierra sin ofender a nadie, despojado de su señorío, dignidad y estado, y de sus súbditos y vasallos, sentenciáronlo a que vivo lo quemasen. Y para que su injusta muerte la divina justicia no vengase sino que la olvidase, acaeció en ella una señalada y lamentable circunstancia: cuando lo querían quemar, estando atado al palo, un religioso de San Francisco le dijo como mejor pudo que muriese cristiano y se bautizase; respondió, que ¿para qué había de ser como los cristianos, que eran malos? Replicó el Padre, porque los que mueren cristianos van al cielo y allí están viendo siempre a Dios y holgándose; tornó a preguntar si iban al cielo cristianos, dijo el Padre que sí iban los que eran buenos, concluyó diciendo que no quería ir allá, pues ellos allá iban y estaban. Esto acaeció al tiempo que lo querían quemar, y así luego pusieron a la leña fuego y lo quemaron. Esta fue la justicia que hicieron de quien tanto contra los españoles tenía para destruillos y matallos como a injustísimos y crueles enemigos capitales, no por más de que huía de sus inícuas e inhumanas crueldades; y ésta fue también la honra que a Dios se dio, y la estima de su bienaventuranza que tiene para sus predestinados, que con su sangre redimió, que sembraron en aquel infiel, que pudiera quizá salvarse, lo que se llamaban y arreaban de llamarse cristianos. ¿Qué otra cosa fue decir que no quería ir al cielo, pues allá iban cristianos, sino argüir que no podía ser buen lugar pues a tantos malos hombres se les daba por eterna morada?

En esto paró el Hatuey, que, cuando supo que para pasar desta isla a aquélla los españoles se aparejaban, juntó a su gente para la avisar por qué causa les eran tan crueles y malos, conviene saber, por haber oro, que era el Dios que mucho amaban y adoraban. Bien parece que los conocía, y que con prudencia y buena razón de hombre temía venir a sus manos, y que no le podía venir dellos otra utilidad, otro bien, ni otro consuelo, al cabo, sino el que le vino.

Bartolomé de las Casas. «Historia de las Indias». Libro Tercero. Capítulo XXV. Biblioteca de Autores Españoles. Madrid, 1961.





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Introducción

DE la isla de Cuba y de otras, que son San Juan y Jamaica, todas estas cosas que se han dicho de la gente y otras particularidades de la isla Española, se pueden decir, aunque no tan copiosamente, porque son menores; pero en todas ellas hay lo mismo, así en mineros de oro y cobre, y ganados y árboles y plantas, y pescados y todo lo que es dicho; pero tampoco en ninguna de estotras islas había animal de cuatro pies, como en la Española, hasta que los cristianos los llevaron a ellas, y al presente en cada una hay mucha cantidad, y asimismo mucho azúcar y cañafístola, y todo lo demás que es dicho; pero hay en la dicha isla de Cuba una manera de perdices que son pequeñas, y son cuasi de especie de tórtolas en la pluma, pero muy mejores en el sabor, y tómanse en grandísimo número; y traídas vivas a casa y bravas, en tres o cuatro días andan tan domésticas como si en casa nacieran, y engordan en mucha manera; y sin duda es un manjar muy delicado en el sabor, y que yo le tengo por mejor que las perdices de España, porque no son de tan recia digestión. Pero dejado aparte todo lo que es dicho, dos cosas admirables hay en la dicha isla de Cuba, que a mi parecer jamás se oyeron ni escribieron. La una es, que hay un valle que dura dos o tres leguas entre dos sierras o montes, el cual está lleno de pelotas de lombardas guijeñas, y de género de piedra muy fuerte, y redondísimas, en tantas manera, que con ningún artificio se podrían hacer más iguales o redondas cada una, en el ser que tiene; y hay de ellas desde tan pequeñas como pelotas de escopeta, y de ahí adelante de más en más grosor creciendo; las hay tan gruesas como las quisieren para cualquier artillería, aunque sea para tiros que las demanden de un quintal, y de dos y más cantidad, y groseza cual la quisieren. E hallan estas piedras en todo aquel valle, como minero de ellas, y cavando las sacan según que las quieren o han menester. La otra cosa es, que en la dicha isla, y no muy desviado de la mar, sale de una montaña un licor o betún a manera de pez o brea, y muy suficiente y tal cual conviene para brear los navíos; de la cual materia, entrada en la mar continuamente mucha copia della, se andan sobre el agua grandes balsas o manchas, o cantidades encima de las ondas, de unas partes a otras, según las mueven los vientos, o como se menean y corren las aguas de la mar de aquella costa donde este betún o materia que es dicha anda.

Quinto Curcio, en su libro quinto, dice que Alejandro allegó a la ciudad de Memi, donde hay una gran caverna o cueva, en la cual está una fuente que milagrosamente desaparece gran copia de betún; de manera que fácil cosa es creer que los muros de Babilonia pudiesen ser murados de betún, según el dicho autor dice, etc. No es solamente en dicha isla de Cuba visto este minero de betún, porque otro tal hay en la Nueva España, que ha muy poco pues se halló en la provincia que llaman Pánuco; el cual betún es muy mejor que el de Cuba, como se ha visto por experiencia, breando algunos navíos. Pero dejado aquesto aparte, y siguiendo el fin que me movió a escribir este repertorio, por reducir a la memoria algunas cosas notables de aquellas partes, y representarlas a vuestra majestad aunque no se me acordase de ellas por la orden, y tan copiosamente como las tengo escritas; antes que pase a hablar en Tierra Firme, quiero decir aquí una manera de pescar que los indios de Cuba y Jamaica usan en la mar, y otra manera de caza y pesquería que también en estas dos islas los dichos indios de ellas hacen cuando cazan y pescan las ánsares bravas, y es de esta manera: hay unos pescados tan grandes como un palmo, o algo más, que se llama pez reverso, feo al parecer, pero de grandísimo ánimo y entendimiento; el cual acaece que algunas veces, entre otros pescados, los toman en redes (de los cuales yo he comido muchos). E los indios, cuando quieren guardar y criar algunos de éstos, tiénenlo en agua de la mar, y allí dánle a comer, y cuando quieren pescar con él, llévanle a la mar en su canoa o barca, y tiénenlo allí en agua, y átanle una cuerda delgada, pero recia, y cuando ven algún pescado grande, así como tortuga o sábalo, que los hay grandes en aquellas mares, o otro cualquier que sea, que acaece andar sobre azaudos o de manera que se pueden ver, el indio toma en la mano este pescado reverso y halágalo con la otra, diciéndole en su lengua que sea animoso y de buen corazón y diligente, y otras palabras exhortatorias a esfuerzo, y que mire que sea osado y afierre con el pescado mayor y mejor que allí viere; y cuando le parece, le suelto y lanza hacia donde los pescados andan, y el dicho reverso va como una saeta, y afierra por un costado con una tortuga, o en el vientre, o donde puede, y pégase con ella o con otro pescado grande, o con el que quiere. El cual, como siente estar asido de aquel pequeño pescado, huye por la mar a una parte y a otra, y en tanto el indio no hace sino dar y alargar la cuerda de todo punto, la cual es de muchas brazas, y en el fin de ella va atado un corcho o un palo, o cosa ligera, por señal y que esté sobre el agua, y en poco proceso de tiempo, el pescado o tortuga grande con quien el dicho reverso se aferró, cansado, viene hacia la costa de tierra, y el indio comienza a coger su cordel en su canoa o barca, y cuando tiene pocas brazas por coger, comienza a tirar con tiento poco a poco, y tirar guiando el reverso y el pescado con quien está asido, hasta que se lleguen a la tierra, y como está a medio estado o uno, las ondas mismas de la mar lo echan para fuera, y el indio asimismo le afierra y saca hasta lo poner en seco; y cuando ya está fuera del agua el pescado preso, con mucho tiento, poco a poco, y dando por muchas palabras las gracias al reverso de lo que ha hecho y trabajado, lo despega del otro pescado grande que así tomó, y viene tan apretado y fijo con él, que si con fuerza lo despegase, lo rompería o despedazaría el dicho reverso; y es una tortuga de estas tan grandes que las que así se toman, que dos indios y aun seis tienen harto que hacer en la llevar a cuestas hasta el pueblo, o otro pescado que tamaño o mayor sea, de los cuales el dicho reverso es verdugo o hurón para los tomar por la forma que es dicha. Este pescado reverso tiene unas escamas hechas a manera de gradas, o como es el paladar o mandíbula alta por de dentro de la boca del hombre o de un caballo, y por allí unas espinicas delgadísimas y ásperas y recias, con que se afierra con los pescados que él quiere, y estas escamas de espinicas tiene en la mayor parte del cuerpo por de fuera. Pasando a lo segundo, que de uso se tocó en el tomar de las ánsares bravas, sabrá Vuestra Majestad que al tiempo del paso de estas aves, pasan por aquellas islas muy grandes bandas de ellas, y son muy hermosas, porque son todas negras y los pechos y vientre blancos, y alrededor de los ojos unas berrugas redondas muy coloradas, que parecen muy verdaderos y finos corales, las cuales se juntan en el lagrimal y asimismo en el cabo del ojo, hacia el cuello, y de allí descienden por medio del pescuezo, por una línea o en derecho, unas de otras estas berrugas, hasta en número de seis o siete de ellas, o pocas más. Estas ánsares en mucha cantidad se asientan a par de unas grandes lagunas que en aquellas islas hay, y los indios que por allí cerca viven echan allí unas grandes calabazas vacías y redondas, que se andan por encima del agua, y el viento las lleva de unas partes a otras, y las trae hasta las orillas, y las ánsares al principio se escandalizan y levantan, y se apartan de allí, mirando las calabazas; pero como ven que no les hacen mal, poco a poco piérdenles el miedo, y de día en día, domesticándose con las calabazas, descuídanse tanto, que se atreven a subir muchas de las dichas ánsares encima de ellas, y así se andan a una parte y a otra, según el aire las mueve; de forma que cuando ya el indio conoce que las dichas ánsares están muy aseguradas y domésticas de la vista y movimiento y uso de las calabazas, pónese una de ellas en la cabeza hasta los hombros, y todo lo demás ya debajo del agua y por un agujero pequeño mira adonde están las ánsares, y únese junto a ellas, y luego alguna salta encima, y como él lo siente, apártase muy paso, si quiere, nadando, sin ser entendido ni sentido de la que lleva sobre sí ni de otra; porque ha de creer Vuestra Majestad que en este caso del nadar tienen la mayor habilidad los indios, que se puede pensar; y cuando está algo desviado de las otras ánsares, y le parece que es tiempo, saca la mano y ásela por las piernas y métela debajo del agua, y ahógala y pónesela en la cinta, y torna de la misma manera a tomar otra y otras; y de esta forma y arte toman los dichos indios mucha cantidad de ellas. También sin se desviar de allí, así como se le asientan encima, la toma como es dicho, y la mete debajo del agua, y se la pone en la cinta, y las otras no se van ni espantan, porque piensan que aquellas tales, ellas mismas se hayan zambullido por tomar algún pescado. E aquesto baste, cuanto a lo que toca a las islas, pues que en el trato y riquezas de ellas, no aquí, sino en la historia que escribo general de ellas, ninguna cosa está por escribir de lo que hasta hoy se sabe. E pasemos a lo que de Tierra Firme puede colegir o acordarse mi memoria; pero primero me ocurre una plaga que hay en la Española y esotras islas que están pobladas de cristianos; la cual ya no es tan ordinaria como fue en los principios que aquellas islas se conquistaron; y es que a los hombres se les hace en los pies entre cuero y carne, por industria de una pulga, o cosa mucho menor que la más pequeña pulga, que allí se entra, una bolsilla tan grande como un garbanzo, y se hinche de liendres, que es la labor que aquella cosa hace, y cuando no se saca con tiempo labra de manera y auméntase aquella generación de niguas (porque así se llama, nigua, este animalito), de forma que se pierden los hombres, de tullidos, y quedan mancos de los pies para siempre; que no es provechoso de ellos.

Fernández de Oviedo. «Sumario de la Natural Historia de las Indias». Capítulo VIII. «De la isla de Cuba y otras». madrid, 1963. (Edición de Juan bautista Avalle-Arce)



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Introducción

DICHO de aquella isla lo que toca a la grandeza, sitio y cualidades, y de lo que en sí contenía, como está declarado, consiguientemente se sigue deber decir lo que concierne a la gente de que la hallamos poblada. Las gentes que primero la poblaron eran las mismas que tenían las de los Lucayos pobladas, gentes simplicísimas, pacíficas, benignas, desnudas, sin cuidado de hacer mal a nadie, antes bien, unas a otras, como parece asaz claro en el libro I, cuando las descubrió y anduvo entre ellas muchos días el primer Almirante, se favorecían. Después pasaron desta isla Española alguna gente mayormente después que los españoles comenzaron a fatigar y a oprimir a los vecinos naturales desta, y, llegados en aquélla, por grado por fuerza en ella habitaron, y sojuzgaron por ventura los naturales della, que, como dije arriba, llamábanse cibuneyes, la penúltima lengua, y según entonces creíamos, no había cincuenta años que los destas hubiesen pasado a aquella isla. Finalmente, la gente que hallamos en ella era poco más o menos como la de ésta, excepto la de los dichos cibuneyes, que, como dije, muy modesta y simplícisma. Tenía sus reyes y señores, y sus pueblos de 200 y 300 casas, y en cada casa muchos vecinos, como acostumbaban los desta isla. Vivían todos pacíficos, no me acuerdo que oyésemos ni sintiésemos que unos pueblos contra otros, ni señores con otros, tuviesen guerra. Estaban, como dije, abundantísimos de comida y de todas las cosas necesarias a la vida; tenían sus labranzas, muchas y muy ordenadas, de lo cual, todo tener de sobra y habernos con ello matado la hambre, somos oculares testigos. También dije que sus bailes y cantos eran más suaves y mejor sonantes, y más agradables que los desta isla. La religión que tenían ninguna era, porque ni tenían templos, ni ídolos, ni sacrificios, ni cosa que cerca desto pareciese a idolatría; sólo tenían los sacerdotes, o hechiceros, o médicos, que en nuestra Apologética Historia dijimos tener las gentes desta isla, los cuales se cree que hablaban con los demonios, o los demonios les declaraban sus dudas y les daban, de lo que pedían, respuestas. Y para ser dignos de aquella visión o comunicación diabólica, desta manera que diremos se disponían: ayunaban tres y cuatro meses, y más continos, que cuasi cosa no comían, si no era cierto zumo de hierbas que sólo bastaba para no expirar y salírseles el ánima; después que así quedaban flaquísimos y macerados, eran ya dignos y aptos para que les pareciese aquella visión infernal, y con ellos comunicase, y apareciéndoles, notificaba si habían de haber buenos o malos temporales, si enfermedades, si hijos les nacerían o vivirían los ya nacidos, y otras cosas que le preguntaban; y éstos eran sus oráculos como fue costumbre en todas las naciones del mundo que carecieron del conocimiento del verdadero Dios, tener ciertos hechiceros o sacerdotes, hombres o mujeres, que llamaban pythios o pythias, que de tal manera tenía pacto con el diablo, que, o se le revestía en el cuerpo, o le aparecía en alguna manera o forma, del cual tenían sus respuestas, y sabían las cosas por venir que los demonios podían saber por vía natural o experiencia, como que desde a tantos días llovería o cosas semejantes.

Bartolomé de las Casas. «Historia de las Indias». Fragmento del libro tercero, capítulo XXIII. Biblioteca de Autores Españoles. Madrid, 1961




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Introducción

DON Fernando e doña Isabel por la gracia de Dios e Reina de Castilla, de León, de Aragón, de Sicilia, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarbes, de Algeciras e de Gibraltar e de las islas Canarias, Conde e Condesa de Barcelona, Señores de Vizcaya e de Molina, Duques de Atenas e de Neopatria, Condes del Rosellón e de Cerdeña, Marqueses de Oristán e de Gociano. Facemos saber a todo cuantos esta nuestra carta vieren cómo nos mandamos facer en la muy noble ciudad de Sevilla una Casa de Contratación en que han de estar e residir ciertos Oficiales que han de tener cargo de las cosas tocantes a la dicha Contratación conforme a unas Ordenanzas que cerca dello mandamos facer, su tenor de las cuales es este que se sigue:

1. Que se labre una Casa para guardar todo lo que vine (sic) de Indias, así mantenimientos como provisiones.

Primeramente ordenamos o mandamos que en la ciudad de Sevilla se haga una Casa de Contratación para que en ella se recojan y estén el tiempo que fuere necesario todas las mercaderías e mantenimientos e todos los otros aparejos que fueren menester para proveer todas las cosas necesarias para la contratación de las Indias e para las otras islas e partes que nos mandaremos, e para enviar allá todo lo que convenga de enviar e para en que se reciban todas las mercaderías e otras cosas que allá se enviaren a estos nuestros reinos, e para que allí se venda dello todo lo que oviere de vender e se enviare a vender e contratar a otras partes donde fuere necesario, la cual dicha Casa mandamos que sea fecha de manera que haya en ella disposición para todo lo susodicho.

2. Sobre que todas las mercancías estén con separación.

Otrosí ordenamos e mandamos que en la dicha Casa se hagan apartimientos convenibles según que bien visto fuere en cada cosa de las susodichas haya de estar y esté por manera que esté bien guardado todo lo que allí se pusiere e en lugares que no se pueda dañar, e esté lo uno apartado de lo otro según la calidad de las mercaderías lo requiere.

3. Que se labre una sala separada para que se junten los Oficiales.

Otrosí ordenamos e mandamos que dentro de la dicha Casa se depute a fagan un lugar que esté apartado, en que los Oficiales que por nos serán nombrados para estar y residir en la dicha Casa se junten cada día las horas que fueren necesarias para que allí juntos entiendan en proveer todas las cosas que convengan a la dicha negociación e para el buen despacho e expediente de las mercaderías que a la dicha Casa se trajeran e para las contratar e vender o enviar a donde fuere necesario e para negociar todas las otras cosas que para la administración de la dicha Hacienda convenga.

4. Que para el buen gobierno de la Casa se señale un factor, un tesorero y escribano y contador.

Otrosí ordenamos e mandamos que en la dicha Casa esté o resida un factor que sea hombre hábil e diligente, que tenga cargo de la dicha negociación, e un tesorero, el cual haya de recibir e reciba todas las cosas e mercaderías e mantenimientos e dineros e otras cualesquier cosas que oviere o vinieren a la dicha Casa, e un contador y escribano que sean personas hábiles e de buena fama, los cuales tengan sus libros encuadernados de marca mayor en que escriban e asisten todas las cosas quel dicho tesorero recibiere e las que fueren a su cargo de cobrar, así en mercaderías como mantenimiento, e dineros que oviere o viniere a la dicha Casa e asimismo todas las cosas quel dicho factor despachare e hiciere en la dicha negociación, poniendo cada cosa sobre sí entrarlos apartados haciendo primeramente el cargo de lo que se recibiere e gastare cómo e en qué cosas se pagó e a qué personas e por qué causas, las cuales dichas personas de suso declaradas mandamos que sean las que por nos para ello fueren nombradas e diputadas, e que las dichas personas fagan todo lo susodicho dentro en la dicha Casa e estando juntos porque en todo ello haya más Recaudo, en los cuales dichos libros mandamos que se señalen e firmen todos los dichos factor e tesorero e escribano en cada partida.

5. Que todo lo que el tesorero reciba, lo reciba delante del factor, escribano y contador.

Otrosí ordenamos e mandamos que todas las mercaderías que el dicho tesorero e la dicha Casa recibiere las reciba en presencia del dicho factor e del dicho escribano e contador, e reciba cada una de las dichas mercaderías por la suerte que fuere declarándolo todo por menudo, e los precios que ovieren costado, e la cantidad que de cada cosa recibiere, porque unas mercaderías valen más que otras y en esto no se pueda hacer ni haga fraude ni engaño alguno.

6. Que el tesorero y factor tengan cuidado de los mantenimientos y mercaderías que se necesiten.

Otrosí mandamos que los dichos factor e tesorero de la dicha Casa tengan cuidado de se informar e saber de todas las mercaderías e otras cosas que fueren provechosas, o que haya dellas necesidad para la dicha contratación, e a qué tiempo será necesario de las enviar e qué navios serán menester para lo llevar, e que para el tiempo que viere que conviene tengan juntas e aparejadas todas las mercaderías e mantenimientos que para la dicha contratación en aquel viaje fueren necesarias, e los navios en que han de ir, de manera que por su culpa ni negligencia no se impida ni dilate el dicho viaje e se haga todo como convenga para la buena negociación de la dicha contratación.

7. Que tengan mucho cuidado en proveer lo necesario de mantenimientos.

Otrosí que los dichos Oficiales hayan de tener e tengan mucha astucia y cuidado de las mercaderías e mantenimientos e cosas que pudieran tomar fiados a buenos precios para que en ello ni en los precios por que las tomaren no se puedan recibir mucho daño, e asimismo de las mercaderías e mantenimientos que oviere de comprar a dinero a luego pagar, a qué tiempo las compran para que sea a los precios más provechosos que ser pudieren para la dicha Contratación, por manera que la dicha Casa esté provista e fornedida de todas las mercaderías e mantenimientos que fueren necesarios según e como se requieren para los viajes que en aquel tiempo se ovieren de hacer para las Indias e para que en viniendo el tiempo de enviar los navios los puedan despachar sin que por su culpa ni causa haya en ello impedimento ni dilación alguna.

8. Que los Oficiales nombren los capitanes que han de ir en los navios con las mercaderías.

Item mandamos que los dichos Oficiales hayan de tener e tengan cuidado de buscar personas convenientes e de buen recaudo para capitanes de los navios que ovieren de ir a facer los dichos viajes con las dichas mercaderías, e asimismo escribanos que sean buenas personas fiables, por ante quien se les entreguen e fagan cargo de todas las mercaderías e mantenimientos que recibieren en los dichos navios e los dichos patrones firmen de sus nombres en el libro o libros donde se asentaren en su cargo lo que así reciben e lo den e entreguen por ante los dichos mismos escribanos a las personas que por nuestro mandato lo ovieren de recibir en las Indias o en otras partes donde por los dichos Oficiales fueren consignado, para que se fagan descargar e tomen conocimientos firmados de las personas a quien lo entregaren e de los escribanos ante quien lo entregaren, el cual ha de traer e entregar a los dichos Oficiales de la dicha Casa para hacer cargo dello a los que lo recibieren según dicho es.

9. Que los dichos Oficiales se informen del cos to de cada navio.

Item mandamos que los dichos Oficiales hayan de tener e tengan muchos cuidados de ver e saber el costo que los dichos navios ficieren en los dichos viajes por el flete que llevaren e vean si conviene para el bien de la dicha negociación e para que se fagan a menos costa que nos mandemos facer algunos navios para la dicha contratación, e qué ventaja hay de lo uno a lo otro e cuál es lo que más cumple a nuestro servicio e al bien de la dicha negociación, e nos le notifiquen e fagan saber para que nos les enviemos mandar lo que fagan.

10. Que den una Instrucción firmada a los capitanes del viaje que han de hacer y lo que han de ejecutar.

Otrosí mandamos que los dichos Oficiales, cada y cuando despachasen los dichos navíos para los dichos viajes, hayan de dar e den a los capitanes de los dichos navíos y a cada uno dellos e a los escribanos que en ellos fueren, por escrito, la Instrucción de todo lo que han de facer firmada de sus nombres, del viaje que han de llevar como de la orden que han de tener en el dar e entregar de las dichas mercaderías a las personas que las ovieren de recibir por nuestro mandado, según dicho es, e de lo que han de facer para el retorno, de lo que han de traer para que no excedan de aquello que por la dicha Instrucción les fuere mandado so las penas que a ellos bien visto fuere que se les debe poner.

11. Que se informen de los Oficiales que hay en Indias de los mantenimientos que fueren necesarios para remitirlos de aquí.

Otrosí mandamos que los Oficiales de la dicha Casa tengan mucho cuidado de se informar de los Oficiales que por nuestro mandado estuvieren en las Indias para entender en las cosas de allá, para que les avisen de todo lo que para allá fuere necesario, porque acá todas las cosas de que allá fueren avisados provean de las mercaderías e mantenimientos que fueren necesarios según la necesidad que allá oviere e los tiempos para que se envien, e les escriban e fagan saber todas las cosas que ellos enviaren para allá y las que les pareciere que de allá les deben enviar para acá, según la necesidad que acá oviere dellas, para que los dichos Oficiales que residieren en las Indias les envien a esas partes las cosas e mercaderías que allá ovieren, de que acá les avisaren que hay necesidad para que en todo ello haya el despacho que conviene para la buena negociación de la dicha contratación, e que de todas las cosas que cumplieren a la negociación que nos mandemos proveer así que escriban de las Indias como de lo que los dichos Oficiales vieren que cumple, nos envien relación con su parecer e nos mandamos saber las personas en nuestra Corte que tengan especial cargo de los despachos que en ella se ovieren de hacer tocantes a la dicha contratación para que mejor e con más brevedad se haga.

12. Para que todo el oro entre en poder del tesorero remitiendo éste una carta cuenta de todo lo que recibiese como de lo que gastase.

Otrosí mandamos a los dichos Oficiales de la dicha Casa que todo el oro que viniere de las Indias lo reciba el dicho tesorero en la manera que por estas nuestras ordenanzas les hemos mandado, que reciban las otras mercaderías de suso declaradas en presencia del dicho factor e escribano, e que luego como fuere venido e lo ovieren recibido e cuánto puede montar después de ser labrado y nos envien cada año la cuenta de todo su cargo, e data de las cosas que ovieren recibido e dado para que nos seamos informados dello, e asimismo nos envien una copia firmada de sus hombres de todas las deudas que oviere en esa dicha Casa, de todas las libranzas que nos ovieremos librado en ellos a cualesquier persona, e por ello hayan sido aceptadas, para que nos mandemos proveer sobre todo ello como cumple a nuestro servicio e les enviemos a mandar lo que han de pagar y facer después de visto lo que oviere venido y se deviere, y, entre tanto, mandamos que los dichos Oficiales de la dicha Casa no puedan gastar ni gasten cosa alguna del dicho oro que a la dicha Casa e a su poder viniere de las Indias sin nuestra licencia e especial mandado, e fasta tanto que nos por nuestra carta o Instrucción firmada de nuestros hombres les enviamos a mandar cómo e en qué cosas es nuestra merced que se gaste la suma a la que el oro montare, diciéndoles que tomen e gasten tanta cuantía para los gastos e deudas de la dicha Casa e que de lo otro que sobrare fagan lo que la nuestra merced fuere, pero queremos que entre tanto que nos facen saber lo susodicho los dichos Oficiales tengan cuidado de facer labrar el dicho oro en la Casa de la Moneda de la dicha ciudad de Sevilla para que hayamos breve despacho en lo que dello mandaremos gastar.

13. Que los patrones y escribanos de los navios han de traer copias del oro y mercaderías que trajeren.

Otrosí mandamos que los patrones e escribanos de los navios en que viniere el oro e otras mercaderías e cosas que de las Indias se trajeren a la dicha Casa traigan certificación e copia firmada de los Oficiales de las Indias, que dello tuvieren cargo de la cantidad del oro e otras cosas que trajeren porque por la dicha copia lo den e entreguen a los Oficiales de la dicha Casa de Sevilla, las cuales copias han de guardar los dichos Oficiales para dar sus cuentas por ellas e han de dar conocimiento de todo lo que recibieren a los dichos patronos e escribanos para su descargo.

14. Que se informen de lo que se necesita en Berbería para proveer así de mercaderías como de mantenimientos.

Otrosí porque nuestra merced es que los Oficiales de la dicha Casa hayan de tener e tengan cargo de todo el trato que por nuestro mandato se ha de facer en las partes de la Mar Pequeña y del cabo de Aguer e de otra cualquier parte de la Berbería, mandamos que los dichos Oficiales se informen de todo ello e vean lo que conviniere e fuere necesario de se proveer, así de mercaderías como de mantenimientos, para que asimismo lo envien a las dichas partes de la Mar Pequeña e cabo Aguer o a otra cualquier parte de la Berbería a dónde nos tovieremos nuestros factores para que aquéllos lo reciban y ellos les envien el retorno de las mercaderías que en aquellas partes oviere, los cuales dichos Oficiales asimismo mandamos que tengan mucho cuidado de abastecer a su tiempo la fortaleza de Santa Cruz de los mantenimientos e otras cosas que para ello fueren necesarias, por manera que siempre esté fornecida e abastecida de todo lo que convenga, guardando los unos e los otros en la forma del cargar e vender e contratar de las dichas mercaderías la forma e orden que por éstas nuestras ordenanzas mandamos que se tenga e guarde en lo del trato de las Indias, pero si se fallaren personas que quieran arrendar el dicho trato de manera que vean que será nuestro servicio y provechoso a que la renta del dicho trato se acreciente, entienda en ello y lo concierte placiendo a nos e antes que lo despacharen nos avisen dello por extenso para que lo mandemos otorgar e proveer como la nuestra merced fuere.

15. Que cada Oficial firme un libro donde asiente todo lo que remita a Berbería y lo que se retorna a la Casa.

Otrosí mandamos que de todo lo que los dichos Oficiales de la dicha Casa cargaren e enviaren para el trato de la dicha Mar Pequeña e cabo Aguer e a otra cualquier parte de la Berbería e para fornecer la dicha fortaleza de Santa Cruz acuda uno de los dichos escribanos de la dicha Casa, fagan un libro trato e lo que costó cada cosa dello, e asimismo lo que en retorno de aquello se trajeren a la dicha Casa haya cuenta e razón según e por la forma e orden que por éstas nuestras órdenes mandamos que se haga en lo de las Indias.

16. Que se informe de todas las cosas que se necesiten para las islas de Santa (sic) Ana y del comercio que hay allá.

Otrosí mandamos a los dichos Oficiales de la dicha Casa que con mucha astucia y diligencia procuren de saber y sepan de todas las cosas que hay en las dichas islas de Canarias de que se pueda facer provecho e para que se pueda contratar, para que sabido den orden que las dichas cosas se aprovechen y contraten en estos reinos y de qué manera se deben negociar los azúcares e otras cosas que en ellos oviere y qué derechos será bien que se ordenen de poner en las dichas islas para que nuestras rentas puedan ser acrecentadas sin mucho daño de la población de las dichas islas e para que de todo nos avisen e mandemos que en la forma del comprar las dichas mercaderías e mantenimientos e cargar e llevar a las dichas islas y en lo que de ellas se trajeren a la dicha Casa se tenga e guarde la misma forma e orden que por estas nuestras ordenanzas mandamos que se tenga e guarde la en las otras contrataciones de suso declaradas, e lo uno e lo otro venga a la dicha Casa pero que de todo ello se provea lo que por estas nuestras ordenanzas mandamos facer.

17. Que pongan especial cuidado en tener un cargo general de todo lo que se ha descubierto y en adelante se descubriere.

Otrosí mandamos que los dichos Oficiales de la dicha Casa tengan cargo general de todas las cosas que se han de facer para la contratación, así de la tierra que descubrió Bastida como de las islas onde se fallan las perlas e las otras que agora descubire el Almirante don Cristóbal Colón e de todas las cosas que para ello fueren necesarias de se facer e proveer, especialmente en cuanto toca a la primera armada que por nuestro mandado ha de ir a la dicha tierra que descubrió Bastida mandamos que los dichos Oficiales tengan mucho cuidado en saber si algunas personas quisieran cargo de facer la dicha armada a sus costas e de proveer de todas las otras cosas que para la dicha contratación fueren necesarios, así de mercaderías como de mantenimientos, e si conviene a nuestro servicio que mandemos dar la dicha licencia a las personas que así se quisieren encarga dello, con tanto que las personas a quien así diéremos la dicha licencia vayan bajo la obediencia de nuestro capitán que por nos fuere nombrado para la dicha armada e con que las dichas personas que así hiciesen la dicha armada y a quien diéremos la dicha licencia nos hayan de dar e den la parte que nos ovieremos de haber según el asiento que con ellos mandemos tomar de lo que en la dicha tierra rescataren y ovieren en el dicho viaje sin que saquen ni descuenten dello ningún costo, así de flete de los dichos navíos como de las mercaderías e mantenimientos que levaren para hacer la dicha contratación, ni otra cosa alguna e antes que lo acaban de asentar lo consulten con nos.

18. Sobre la casa que se ha de hacer en la parte donde se hallan las perlas.

ítem en cuanto toca a la contratación que se ha de hacer en la dicha tierra donde se fallan las perlas mandamos que los dichos Oficiales de la dicha Casa tengan mucho cuidado de ver e saber la forma que se debe tener en la contratación de la dicha tierra donde se hallan las dichas perlas e de los aparejos que furen necesarios de hacerse para ello y de qué manera se hará que sea a menos costa y con más aprovechamiento e para quel dicho trato se aumente e que de todo ello nos fagan relación para que nos lo mandemos proveer como viéremos que más cumple a nuestro servicio.

19. Que los Oficiales particularmente informen de la Casa que se ha hacer en la tierra que se descubriere.

Item en cuanto toca a la contratación que se ha de facer en la dicha tierra que agora placiendo a Dios se descubriere por el dicho Almirante mandamos que los dichos Oficiales de la dicha Casa tengan mucho cuidado de saber qué tierra es la que así se descubriere e qué mercaderías e otras cosas hay en ellas e qué forma se toma en la contratación de la dicha tierra e de las cosas que fueren necesarias.

20. Que sean todas las mercaderías francas de almojarifazgos y otros derechos.

Otrosí es nuestra merced que se cargaren e sacaren de dicha Casa todas las mercaderías nuestras e las que se trajeren a ella sean francas de almojarifazgo e de todos otros derechos así de entrada como de salida, e de alcabala de la primera venta. Así, por esta nuestra carta mandamos a los dichos Oficiales que han de estar residiendo en la dicha Casa de Contratación de la dicha ciudad de Sevilla, que guarden e cumplan todo lo contenido en las dichas Ordenanzas, e contra el tenor e forma de contenido en ellas no vayan ni pasen por alguna manera; e mandamos a los nuestros contadores mayores que asienten en los nuestros libros el traslado desta nuestra carta e sobre escrito por ellos donde el original para que se cumpla lo en ella contenido, e los unos ni los otros no fagades ni fagan nada más so pena de la nuestra merced e de diez mil maravedís para la nuestra cámara a cada uno que lo contrario hiciere, e demás mandamos al hombre que les esta carta mostrare que vos emplacen a que parezcades ante nos en la nuestra Corte doquier que nos seamos, del día que vos emplazare fasta quince días primeros siguientes so la dicha pena, so la cual mandamos a cualquier escribano público que para esto fuere llamado que dende al que se le mostrare testimonio signado con su signo porque nos sepamos en cómo se cumple nuestro mandado.

Dada en la villa de Alcalá de Henares a veinte días del mes de enero de mil quinientos tres. Yo el Rey, yo la Reina, Yo Juan López de Carraga, secretario del Rey e de la Reina nuestros señores, la fice escribir por su mandado.

(De letra distinta se lee): Que cumplan y guarden lo expresado en estas Ordenanzas so las penas que se imponen y las que hagan guardar y cumplir. Alcalá de Henares, a 20 de enero de 1503.

Licado por José María Chacón y Calvo en su «Cedulario Cubano (Los orígenes de la colonización) I. (14931512)». Madrid, 1929. Páginas 5364.




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AQUESTA particularidad de minas es cosa mucho para notar, y puedo yo hablar en ellas mejor que otro, porque ha doce años que en la Tierra Firme sirvo de veedor de las funciones del oro y de veedor de minas, al Católico rey don Fernando, que en gloria está, y a Vuestra Majestad, y de esta causa he visto muy bien cómo se saca el oro y se labran las minas, y sé muy bien cuán riquísima es aquella tierra, y he fecho sacar oro para mí con mis indios y esclavos; y puedo afirmar como testigo de vista que en ninguna parte de Castilla del Oro, que es en Tierra Firme, me pedirá minas de oro, que yo deje de ofrecerme a las dar descubiertas dentro de diez leguas de donde se me pidieren y muy ricas, pagándome la costa del andarlas a buscar, porque aunque por todas partes se halla oro, no es en toda parte de seguirlo, por ser poco, y haber mucho más en un cabo que en otro, y la mina o venero que se ha de seguir ha de ser en parte que, según la costa se pusiere de gente y otras cosas necesarias en la buscar; que se pueda sacar la costa, y además de eso, se saque alguna ganancia, porque de hallar oro en las más partes, poco o mucho, no hay duda. El oro que se saca en la dicha Castilla del Oro es muy bueno y de veinte y dos quilates y dende arriba; y además de lo que de las minas se saca, que es en mucha cantidad, se han habido y cada día se han muchos tesoros de oro, labrados, en poder de los indios que se han conquistado y de los que de grado o por rescate y como amigos de los cristianos lo han dado, alguno de ello muy bueno; pero la mayor parte de este oro labrado que los indios tienen es encobrado, y hacen de ello muchas cosas y joyas, que ellos y ellas traen sobre sus personas, y es la cosa del mundo que comúnmente más estiman y precian. La manera de cómo el oro se saca es de esta forma, que o lo hallan en zabana o en el río. Zabana se llaman los llanos y vegas y cerros que están sin árboles, y toda tierra rasa, con yerba o sin ella; pero también algunas veces se halla el oro en la tierra fuera del río en lugares que hay árboles, y para lo sacar cortan muchos y grandes árboles; pero en cualquiera de estas dos maneras que ello se halle, ora sea en el río o quebrada de agua o en tierra, diré en ambas maneras lo que pasa y se ha hace en esto. Cuando alguna vez se descubre la mina o venero de oro es bucando y dando catas en las partes que a los hombres mineros y expertos en sacar oro les parece que lo puede haber; y si lo hallan, siguen la mina y lábranlo en río o zabana, como dicho es; y siendo en zabana, limpian primero todo lo que está sobre la tierra, y cavan ocho o diez pies en luengo, y otros tantos, o más o menos, en ancho, según al minero le parece, hasta un palmo o dos de hondo, y igualmente sin ahondar más lavan todo aquel lecho de tierra que hay en el espacio que es dicho; y si en aquel peso que es dicho hallan oro, síguenlo; y si no, ahondan más otro palmo y lávanlo, y si tampoco lo hallan, ahondan más y más hasta que poco apoco, lavando la tierra, llegan a la peña viva; y si hasta ella no topan oro, no curan de seguirlo ni buscarlo más allí, y vanlo a bucar a otra parte; pero donde lo hallan, en aquella altura o peso, sin ahondar más, en aquella igualdad que se topa siguen el ejercicio de lo sacar hasta labrar toda la mina que tiene el que la halla, si la mina le parece que es rica; y esta mina ha de ser de ciertos pies o pasos en luengo, según límite que en esto y en el anchura que ha de tener la mina ya está determinado y ordenado que haya de terreno; y en aquella cantidad ningún otro puede sacar oro, y donde se acaba la mina del que primero halló el oro, luego a par de aquél puede hincar estacas y señalar mina para sí el que quisiere. Estas minas de zabana o halladas en tierra siempre han de buscarse cerca de un río o arroyo o quebrada de agua o balsa o fuente, donde se pueda labrar el oro, y ponen ciertos indios a cavar la tierra, que llaman escopetar; y cavada, hinchen bateas de tierra, y otros indios tienen cargo que llevar las dichas bateas hasta donde está el agua do se ha de lavar esta tierra; pero los que las bateas de tierra llevan no las lavan, sino tornan por más tierra, y aquella que han traído dejan en otras bateas que tienen en las manos los lavadores, los cuales son por la mayor parte indias, porque el oficio es de menos trabajo que lo demás; y estos lavadores están asentados orilla del agua, y tienen los pies hasta cerca de las rodillas o menos, según la disposición de donde se asientan metidos en el agua, y tienen en las manos la batea, tomada por dos asas o puntas para la asir (que la batea tiene), y moviéndola, y tomando agua, y poniéndola a la corriente con cierta maña, que no entra del agua más cantidad en la batea de la que el lavador ha menester, y con la misma maña echándola fuera, el agua que sale de la batea roba poco a poco y lleva tras sí la tierra de la batea, y el oro se abaja a lo hondo de la batea, que es cóncava y del tamaño de un bacín de babero, y cuasi tan honda; y desque toda la tierra es echada fuera, queda en el suelo de la batea el oro, y aquel pone aparte, y torna a tomar más tierra y lavarla, etc. E así de esta manera continuando cada lavador, saca al día lo que Dios es servido que saque, según le place que sea la ventura del dueño de los indios y gente que en este ejercicio se ocupan; y se hace de notar que para un par de indios que laven son menester dos personas que sirvan de tierra a cada uno de ellos, y dos otros que escopeten y rompan y caven, y hinchan las dichas bateas de servicio, porque así se llaman, de servicio, las bateas en que se lleva la tierra hasta los lavadores; y sin esto, es menester que haya otra gente en la estancia donde los indios habitan y van a reposar la noche, la cual gente labre pan y haga los otros mantenimientos con que los unos y los otros se han de sostener. De manera que una batea es, a lo menos en todo lo que es dicho, cinco personas ordinariamente. La otra manera de labrar mina en río o arroyo de agua se hace de otra manera de labrar mina en río o arroyo de agua se hace de otra manera, y es que echando el agua de su curso en medio de la madre, después que está en seco y la han xamurado (que en lengua de los que son mineros quiere decir agotado, porque xamurar es agotar) hallan oro entre las peñas y hoquedades y resquicios de las peñas y en aquello que estaba en la canal de la dicha madre del agua y por donde su curso natural hacía; y a las veces, cuando una madre de éstas es buena y acierta, se halla mucha cantidad de oro en ella. Porque ha de tener Vuestra Majestad por máxima, y así parece por el efecto, que todo el oro nace en las cumbres y más alto de los montes, y que las aguas de las lluvias poco a poco con el tiempo lo trae y abaja a los ríos y quebradas de arroyos que nacen de las sierras, no obstante que muchas veces se halla en llanos que están desviados de los montes; y cuando esto acaece, mucha cantidad se halla por todo aquello, pero por la mayor parte y más continuadamente se halla en las haldas de los cerros y en los ríos mismos y quebradas; así que de una de estas dos maneras se saca el oro.

Para consecuencia del nacer el oro en lo alto y bajarse a lo bajo se ve un indicio grande que lo hace creer, y es aqueste. El carbón nunca se pudre debajo de tierra cuando es de madera recia y acaece que labrando la tierra en la halda del cerro o en el comedio o otra parte de él, y rompiendo una mina en tierra virgen, y habiendo ahondado uno, y dos, y tres estados, o más, se hallan allá debajo en el peso que hallan el oro, y antes que le topen también; pero en tierra que se juzga por virgen y lo está, así para se romper y cavar algunos carbones de leña, los cuales no pudieron allí entrar, según natura, sino en el tiempo que la superficie de la tierra era en el peso que los dichos carbones hallan, y derribándolos el agua de lo alto, quedaron allí; y como después llovió otras inumerables veces, como es de creer, cayó de lo alto más y más tierra, hasta tanto que por discurso de años fue creciendo la tierra sobre los carbones aquellos estados o cantidad que hay al presente, que se labran las minas desde la superficie hasta donde se topan con los dichos carbones.

Digo más, que cuando más ha corrido el oro desde su nacimiento hasta dónde se halló, tanto más está liso y purificado y de mejor quilate y subido, y cuanto más cerca está de la mina o vena donde nación, tanto más crespo y áspero le hallan y de menos quilates, y tanto más parte de él se menoscaba o mengua al tiempo del fundirlo y más agro está. Algunas veces se hallan granos grandes y de mucho peso sobre la tierra, y a veces debajo de ella.

El mayor de todos los que hasta hoy en aquestas Indias se ha visto fue el que se perdió en la mar, cerca de la isla de la Beata, que pesaba tres mil doscientos castellanos, que son una arroba y siete libras, o treinta y dos libras de diez y seis onzas, que son sesenta y cuatro marcos de oro; pero otros muchos se han hallado, aunque no de tanto peso.

Yo vi el año de 1515 en poder del tesorero de Vuestra Majestad, Miguel de Pasamonte, dos granos, que el uno pesaba siete libras, que son catorce marcos, y o otro diez marcos, que son cinco libras, y de muy buen oro de veintidós quilates o más.

Y pues aquí se trata del oro, paréceme que antes de pasar adelante y que se able en otra cosa, se diga cómo los indios saben muy bien dorar las piezas de cobre o de oro muy bajo; lo cual ellos hacen, y les dan tan excelente color y tan subida que parece que toda la pieza que así doran de tan buen oro como si tuviese veintidos quilates o más. La cual color ellos le dan con ciertas yerbas, y tal, que cualquiera platero de los de España o Italia, o donde más expertos los hay, se tendría el que así lo supiese hacer, por muy rico con este secreto o manera de dorar. Y pues de las minas se ha dicho asaz por menudo la verdad, y particular manera que se tiene en sacar el oro, en lo que toca al cobre, digo que en muchas partes de las dichas islas y Tierra Firme de estas Indias, se ha hallado, y cada día lo hallan, en gran cantidad y muy rico; pero no se curan hasta agora de ello, ni lo sacan, puesto que en otras partes sería muy grande tesoro la utilidad y provecho que del cobre se podría haber; pero como hay oro, lo más priva a lo menos, y no se curan de esotro metal.

Plata, y muy buena y mucha, se halla en la Nueva España, pero como al principio de este repertorio dije, yo no hablo en cosa alguna de aquella provincia al presente; pero todo está puesto y escrito por mí en la General historia de las Indias.

Gonzalo fernández de oviedo. Sumario de la natural historia de las indias». capítulo lxxxii. «de las minas de oro». madrid, 1963. (Edición de Juan Bautista Avalle-Arce).


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Introducción

DOÑA Isabel por la gracia de Dios, por cuanto el Rey mi señor e yo, por la instrucción que mandamos dar a don fray Nicolás de Ovando comendador mayor de Alcántara al tiempo que fue por nuestro Gobernador a las islas e tierra firme del mar océano, hemos mandado que los indios vecinos e moradores de la isla Española fuesen libres e no sujetos a servidumbre según más largamente en la dicha instrucción se contiene, e agora soy informada que a causa de la mucha libertad que los dichos indios tienen huyen e se apartan de la conversación e comunicación de los cristianos, por manera que aún queriéndoles pagar sus jornales no quieren trabajar e andan vagamundos, ni menos los pueden aver para los doctrinar e atraer a que se conviertan a nuestra santa fe católica; e que a esta causa los cristianos que están en la dicha isla e viven e moran en ella no hayan quien trabaje en sus granjerías e mantenimientos ni les ayude a sacar ni coger el oro que hay en la dicha isla, de que a los unos e a los otros vienen perjuicio, e porque nos deseamos que los dichos indios se conviertan a nuestra santa fe católica e que sean doctrinados en las cosas della, e porque esto se podrá mejor facer, comunicando los dichos indios con los cristianos que en la dicha isla están, e andando e tratando con ellos e ayudando los unos a los otros para que la dicha isla se labre e pueble e aumenten los frutos della e se coja el oro que en ella oviere para los estos mis reinos e los vecinos dellas sean aprovechados, mande dar esta mi carta en la dicha razón por la cual mando a vos el dicho nuestro gobernador que del día que ésta mi carta vierdes, en adelante compeláis e apremiéis a los dichos indios que traten e conversen con cristianos de la dicha isla e trabajen en sus edificios, ecoger e sacar oro e otros metales, en hacer granjerías e mantenimientos para los cristianos vecinos moradores de la dicha isla, e fagáis pagar a cada uno el día que trabajare el jornal e mantenimiento que según la calidad de la tierra e de la persona e del oficio vos pareciere que debiere haber mandado a cada cacique que tenga cargo de cierto número de los dichos indios para que los haga ir a trabajar donde fuere menester e para que las fiestas e días que pareciere se junten a oír e ser doctrinados en las cosas de la fe en los lugares diputados e para que cada cacique acuda con el número de indios que vos le señalardes a la persona o personas que vos nombrardes para que trabajen en lo que las tales personas les mandaren pagándoles el jornal que por vos fuere tasado, lo cual hagan e cumplan como personas libres como lo son e no como siervos, e faced que sean bien traitados los dichos indios e los que dellos fueren cristianos mejor que a los otros, e non consintáis ni déis lugar a que ninguna persona les haga mal ni daño ni otro desaguisado alguno, e los unos ni los otros no hagáis ni hagan ende al por alguna manera so pena dela mi merced.

Dada en la villa de Medina del Campo a veinte días del mes de diciembre, año del nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo, de mil quinientos tres, yo la Reina, yo Gaspar de Trizio, secretario del Rey e de la reina e de nuestros señores la fice escribir por su mandado, Episcopus Cartagenis, Franciscus licenciatus, Juanes licenciatus, Fernandus Tello licenciatus, Carvajal licenciatus de Santiago.

Publicada por José Jaría Chacón y Calvo en su «cedulario cubano» (Los orígenes de la colonización) I. (14931512), págs. 8587. Madrid, 1929.



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Introducción

LLEGADO el domingo y la hora de predicar, subió en el púlpito el susodicho padre fray Antón Montesinos, y tomó por tema y fundamento de su sermón, que ya llevaba escrito y firmado de los demás: Ego vox clamantis in deserto. Hecha su introducción y dicho algo de lo que tocaba a la materia del tiempo del Adviento, comenzó a encarecer la esterilidad del desierto de las conciencias de los españoles desta isla y la ceguedad en que vivían; con cuánto peligro andaban de su condenación, no advirtiendo los pecados gravísimos en que con tanta insensibilidad estaban continuamente zabullidos y en ellos morían. Luego torna sobre su tema, diciendo así: «Para os los dar a cognoscer me ha sobido aquí, yo que soy voz de Cristo en el desierto desta isla, y por tanto, conviene que con atención, no cualquiera, sino con todo vuestro corazón y con todos vuestros sentidos, la oigáis; la cual os será la más nueva que nunca oísteis, la más áspera y dura y más espantable y peligrosa que jamás no pensastéis oír.» Esta voz encareció por buen rato con palabras muy pungitivas y terribles, que les hacía estremecer las carnes y que les parecía que ya estaban en el divino juicio. La voz, pues, en gran manera, en universal encarecida, declaroles cuál era o que contenía en sí aquella voz: «Esta voz, dijo él, que todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tal cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas dellas, con muerte y estragos nunca oídos, habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curallos en sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren, y por mejor decir, los matáis, por sacar y adquirir oro cada día? ¿Y qué cuidado tenéis de quien los doctrine, y conozcan a su Dios y criador, sean bautizados, oigan misa, guarden las fiestas y domingos?

«¿Estos, no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amallos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos? Tened por cierto, que en el estado que estáis no os podéis más salvar que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe de Jesucristo. Finalmente, de tal manera explicó la voz que antes había muy encarecido, que los dejó atónitos, a muchos como fuera de sentido, a otros más empedernidos y algunos algo compungidos, pero a ninguno, a lo que yo después entendí, convertido.

Concluido su sermón, bájase del púlpito con la cabeza no muy baja, porque no era hombre que quisiese mostrar temor, así como no lo tenía, ni se daba mucho por desagradar los oyentes, haciendo y diciendo lo que, según Dios, convenir le parecía; con su compañero vase a su casa pajiza, donde, por ventura, no tenían qué comer, sino caldo de berzas sin aceite, como algunas veces les acaecía. El salido, queda la iglesia llena de murmullo, que, según yo creo, apenas dejaron acabar la misa. Puédese bien juzgar que no se leyó lección de Menosprecio del mundo a las mesas de todos aquel día.

En acabando de comer, que no debiera ser muy gustosa la comida, júntase toda la ciudad en casa del Almirante segundo en esta dignidad y real oficio, don Diego Colón, hijo del primero que descubrió estas Indias, en especial los oficiales del rey, tesorero y contador, factor y veedor, y acuerdan de ir a reprehender y asombrar al predicador y a los demás, si no lo castigaban como a hombre escandaloso sembrador de doctrina nueva, nunca oída, condenando a todos, y que había dicho contra el rey e su señorío que tenía en estas Indias, afirmando que no podían tener los indios, dándoselos el rey, y éstas eran cosas gravísimas e irremisibles.

Bartolomé de las Casas. «Historia de las Indias». Libro Tercero. Fragmento del capítulo IV. Biblioteca de Autores Españoles. Madrid, 1961.




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Introducción

LA Reina y el Rey. —Bartolomé de las Casas, clérigo natural de la ciudad de Sevilla, vecino de la isla de Cuba, que es en las Indias: Por cuanto somos informados que ha mucho tiempo que estáis en aquellas partes e residís en ellas, de donde sabéis y tenéis experiencia en las cosas dellas, especial en lo que toca al bien y utilidad de los indios, y sabéis y tenéis noticia de la vida y conversación dellos por haberlos tratado, y porque conocemos que tenéis buen celo al servicio de Nuestro Señor y nuestro, de donde esperamos que lo que vos encargáremos y mandáremos haréis con toda diligencia y cuidado, y miraréis lo que cumple a la salud de las ánimas y cuerpos de los españoles e indios que allá residen, por ende, por la presente vos mandamos que paséis a aquellas partes de las dichas Indias, así de las islas Española, Cuba, San Juan y Jamaica, como Tierra Firme, y aviséis e informéis y déis parecer a los devotos padres jerónimos, que nos enviamos a entender en la reformación de las Indias, y otras personas que con ellos entendieron en ello, de todas las cosas que tocaren a la libertad e buen tratamiento e salud de las ánimas y cuerpos de los dichos indios de las dichas islas y tierra firme y para que nos escribáis e informéis y vengáis a informar de todas las cosas que se hicieren y convinieren hacerse en las dichas islas, y para que en todo hagáis lo que conviniere al servicio de Nuestro Señor e nuestro, que para todo ello vos damos poder cumplido, con todas sus incidencias y dependencias, emergencias, anexidades e conexidades; y mandamos al nuestro Almirante e jueces de apelación e otras cualesquiera justicias de las dichas islas y tierra firme, que vos guarden y fagan guardar este poder, e contra el tenor y forma dél vos no vayan, ni pasen, ni consientgan ir ni pasar en tiempo alguno ni por alguna manera, so pena de la nuestra merced e de diez mil maravedíes a cada uno que lo contrario hiciere. Fecha en Madrid, a diecisiete días de septiembre de mil quinientos dieciséis.— F. Cardinalis, Adrianus Ambasiator.—Por mandado de la Reina y del Rey, su hijo, nuestros señores los gobernadores, en su nombre, George de Barcaldo.

Bartolomé de las Casas. «Historia de las Indias». Libro tercero. Fragmento del capítulo xc. Biblioteca de Autores Españoles. Madrid, 1961.



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LA ley primera fue la que los españoles, después de ser ciertos que habían de tener perpetuos los indios repartidos, más deseaban, conviene a saber: que los indios todos se sacasen de sus pueblos y tierras donde habían nacido y se habían criado, a otras que estuviesen cerca de los pueblos y lugares de los españoles, a ellos harto desproporcionadas. Ya queda dicho cómo en todas estas Indias es perniciosa la salud y vida destas gentes la tal mudanza, pero por tenerlos los españoles más a mano para servirse dellos, que fuese la primera ley ésta, trabajaron. Mandó la ley que para cincuenta indios hiciesen los a quien estaban repartidos cuatro bohíos o casas de paja, en los asientos donde hobiesen de pasarlos, de treinta pies de largo y quince de ancho. Item, cinco mil montones los tres mil de yuca, que son las raíces de que hacían el pan, y los dos mil de ajes, que son raíces que se comen por fruta. Item, doscientos cincuenta pies de ají, que es la pimienta que sirve de poner sabor a lo que se guisa, si es algo. Y por este respecto, creciendo y menguando, según la cantidad de los indios que aquél tuviese encomendados que se les sembrase media fanega de maíz y se les diese una docena de gallinas con un gallo.

Nótese aquí qué menos se pudiera ordenar ni proveer si fueran los hombres ovejas o vacas; para tantas reses, tantos corrales y tanto pasto, sacándolas de unas dehesas para otras; y así los desparcían en muchas partes, deshaciéndoles los pueblos y vecindad, en que ellos vivían en su policía ordenada y natural, y sin hacer mención y cuenta que el hijo fuese con su padre o la hija con su madre, ni la mujer con su marido; finalmente, ni más ni menos sino como si fueran animales.

Otro defecto de esta ley, entre los dichos y otros más, fue que manda a los españoles a quien estuviesen repartidos o encomendados, que les hiciesen las casas y las dichas labranzas y no declara bien, puesto que della se puede colegir, a cuya costa se habían de hacer, que según razón y justicia debiera ser a costa dellos; pero no fue así, sino que las hicieron con sus sudores los malaventurados. Y así, esta ley fue con oscuridad; fue lo mismo imposible según Natura, conviene a saber, según razón natural, y según la costumbre, conviene a saber, contra la costumbre de los vecinos naturales y de su patria; fue disconveniente al tiempo y al lugar; fue superflua e inútil, antes nociva y destructiva destas gentes, sacándolos de sus asientos y pueblos propios y naturales; fue sobre todo hecha para provecho e interés particular de los españoles, contraria del bien destas gentes común y universal, y así, llena de toda injusticia e iniquidad, porque tuvo todas las condiciones y cualidades de las que la ley justa debe tener, contrarias, como pone San Isidoro en el libro 5.° de las Etimologías, y tráense en los Decretos, distinción cuarta.

Por la segunda ley, encargaba mucho el Rey que los caciques fuesen sacados de sus pueblos para los dichos asientos nuevos, por la mejor manera que ser pudiese, por que recibiesen menos pena atrayéndolos por halagos y persuasiones blandas a ello; pero tal, ¿qué aprovechaba para su consuelo, viéndose privados de su señorío, y sus vasallos muertos, y teniendo certidumbre que brevemente habían ellos y los que de sus vasallos restaban, de morir?

Por la tercera ley se mandaba que cada uno de los españoles que tenían indios hiciese una casa de paja, para que fuese iglesia, junto con el asiento, en la cual se pusiesen imágenes de Nuestra Señora y una companilla para llamar los indios a rezar en anocheciendo venidos a trabajar, y en las mañanas, antes que a los trabajos fuesen, y que fuese una persona con ellos para les decir el Avemaría y el Paternóster y el Credo y la Salve Regina. Esta persona era el minero en las minas y el estanciero en las estancias o granjas. Para escarnio de la fe y religión cristiana, que como arriba dejimos, les dijesen las dichas oraciones en latín o en romance, que no entendían más que si a papagayos instruyeran; y dado que las palabras entendieran (lo que no entendían), ¿qué les aprovechaba para recibir la fe a gente que se había de instruir desde sus primeros principios, que consisten en la explicación de los artículos de la fe, para creer, y en la de los diez mandamientos, para saber lo que para guardar la ley de Dios habían de hacer, pero ignoraban el primer principio, que es saber que hay un Dios, cuya substancia y ser divino es fuera de todas las cosas que vemos y oímos; los cuales, empero, ni supieron si había Dios, y si alguna vez nombrarlo oían, si era el sol o las estrellas, o, como se dijo, de palo o de piedra? Algunas veces, aquél que los llevaba a la iglesia a rezar era un muchacho indio que habían criado en sus casas los españoles y enseñado las dichas oraciones y aquél se las refería.

En las leyes siguientes, hasta la docena, se proveía y mandaba que en término de una legua, en conveniente comarca se hiciese una iglesia donde concurriesen los indios de alrededor a oír música y otras cosas enderezadas para este fin, buenas; pero ni hubo clérigo ni quien la dijese, ni lo demás que a esto se enderezaba se pudo cumplir; e así fueron todas inútiles y sin provecho e imposibles.

La terciadécima fue, por la cual se ordenó y mandó que los indios trabajasen en sacar oro en las minas cinco meses, y, complidos cinco meses, holgasen cuarenta días, con tanto que alzasen los montones de la labranza que comían, en aquel tiempo; que bastaban poco menos que por el trabajo principal, aunque no tuvieran otro, porque los indios que no iban a las minas no tenían casi en todo el año otro mayor. Dije casi, porque mayor era de nuevo hacer de tierra virgen aquellos montones al principio cuando se hacía la labranza. Y esta era la huelga que a los que habían cinco meses continuo en las minas padecido trabajos, como están dichos, intolerables, les daban. Este alzar los montones era levantar la tierra con unos palos tostados por azadas y azadones, poco menos de altos que hasta la cinta, y de grandeza cuatro pasos en redondo; finalmente, era cavar y trabajar y sudar el agua mala, como dicen; por manera, que aun aquellos cuarenta días no quisieron los que esto aconsejaron que del todo resollasen. Dentro destos cuarenta días eran obligados los oficiales del rey de tener fecha la función, conviene a saber, haber fundido el oro todo que en los cinco meses se había sacado, y cobrado el quinto para el rey, y luego tornar otros cinco meses a gastar las vidas de los indios en las minas. La injusticia desta ley parece en echar los indios en las minas el tiempo dicho, que eran los nueve meses del año y algo más, contra su voluntad, siendo libres, a trabajos a que los facinosos malhechores que merecían muerte eran condenados, o los esclavos, según arriba declarado. Fue también injusta esta ley, juntamente con ser cruel, mandando que en aquellos cuarenta días no tuviesen del todo holganza.

Otras hubo que comienza así: «Porque en el mantenimiento de los indios está la mayor parte de su buen tratamiento y aumentación, ordenamos y mandamos que todas las personas que tuvieren indios sean obligadas de les dar a los que estovieren en las estancias e de les tener contino en ellas, pan y ajes e ají abasto, e que a lo menos los domingos e Pascuas y fiestas, les den sus ollas de carne guisada al respecto que a los de las minas; e a los indios que anduvieren en las minas les den pan e ají, todo lo que hubieren menester, y les den una libra de carne cada día, y que el día que no fuere de carne, les den pescado o sardinas o otras cosas con que sean bien mantenidos, etc.». Esta es la ley que proveyó acerca del mantenimiento de los indios; la iniquidad y crueldad della juzgue la persona que tuviere algún juicio, aunque no por reglas de cristiandad; juzgue también la insensibilidad de los del Consejo y de algunos teólogos, que al hacer destas leyes con ellos se hallaron. ¿Dónde pudo concurrir mayor ceguedad que a los indios que trabajaban en las estancias o granjas, que tenían trabajos iguales y aun mucho mayores que los cavadores padecen en Castilla, ordenasen que les diesen por comida cotidiana pan cazabí, que no tiene casi más substancia que hierbas y ajes, que son como turmas de tierra, y ají, que es la pimienta; en fin, es hierba; como si dijeran, denles paja y heno abasto; y que los domingos y fiestas y Pascuas, como si los mandaran dar vestidos nuevos o camisas lavadas, mandasen dar una libreta de carne? ¡Y que confiese la ley en su principio, que porque en el mantener de los indios está la mayor parte de su buen tratamiento y aumentación! ¿Qué tratamiento se puede decir de aquél y qué aumentación pudieron recibir los desventurados, cavando y trabajando todo el día sin descansar, y comiendo sólo hierbas y raíces asadas y cocidas y una libreta de carne (no libra, porque no era sino la cuarta parte de un arrelde), de domingo a domingo y Pascuas y fiestas? El tratamiento que en esto se le hizo y el aumentación que recibieron, pareció bien desde a pocos días, porque todos, en breve, perecieron.

Exagerando yo en Valladolid, después la tiranía destas leyes, con un maestro en teología, que se halló en hacellas, y creo que las firmó de su nombre, y él justificándolas, cuando le referí ésta dijo: «No me hicieron esa relación a mí que la comida era ésa.» Repliqué yo: «¿Por qué no os informastéis vos, padre maestro, del padre fray Antón Montesinos, de la tal comida, pues tanto iba en ello, y pasastéis con sola la información que los enemigos de los indios hacían, yéndoles tanto interés a ellos como les iba? o, ¿por qué firmábades materia que no entendíades?»

También tuvo esta ley otro defecto, que de palabra se justificó y no en efecto, en mandar que los días que no fuesen de carne les diesen libreta de pescado o sardinas, y añadiendo «o otras cosas»; parece cuasi abiertamente que entendían que la ley era sólo para cumplir, porque aunque en la mar había y hay abundancia de pescado y los mismo en los ríos, pero como todo su fin de los españoles no era sino amontonar oro, no había uno ni ninguno que se ocupase en pescar, ni en otra granjería fuera de las minas o de aquello que se enderezaba para sacar oro de las minas. Así que, pescado, nunca de las ojos lo vieron los indios, y menos sardinas, que habían de venir de Castilla. Por manera que los días que no eran de carne, pasaban con las raíces y hierbas dichas su triste vida, también los indios de las minas; y éstas eran las otras cosas que la ley con disimulación dice, y bien sabían los susodichos españoles, que se hallaron presentes al hacinamiento destas leyes, que dalles pescado o sardinas era imposible. Y así parece, por todo lo dicho, que aquesta ley fue iniquísima, llena de injusticia…



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Introducción

OTRA ley hubo que trajo consigo clara la injusticia y tiránica inquietud que fue casi el fin de todas las demás y a que todas las otras se ordenaban conviene a saber: que por fuerza y con cierta pena se mandó a los que tenían indios de repartimiento, que de todos ellos echasen la tercera parte, o, si quisiesen, trajesen más de la tercera parte a sacar oro: «pero permitimos, dice la ley que los vecinos de la Zabana (que estaban cien leguas y más de las minas), y los de la Vila Nueva de Yaquimo (que estaba ochenta), no sean obligados a traer indios en las minas, porque están muy lejos dellas, pero mandamos que hagan hamacas, etc.»

Pero por otra ley que tras ésta se sigue, y es la 26.a, que concedió que los que tenían las casas y haciendas lejos de las minas, que no podían proveer de mantenimientos a los indios, pudiesen hacer compañía con los vecinos que tuviesen las haciendas, cerca o en comarca, y que aquestos pusiesen los mantenimientos y aquéllos los indios, y después partiesen el oro que los indios sacasen, fue causa que los vecinos de la villa de Yaquino trajesen los indios a las minas, hecha compañía con otros que tenían las haciendas comarcanas, y éstos yo los vide; por manera, que los traían de treinta y cuarenta y cincuenta y sesenta leguas, sacados de sus propias tierras y casas, que sola esta mudanza bastaba para matarlos, cuanto más los trabajos y hambres que padecían, porque, como se dirá, nunca cosa de las dichas en favor de los indios se cumplió, sino como de antes o muy poquito más.

Enfermaban en las minas por las susodichas causas: no los curaban, sino dábanles un poco de carabí e ajes, y enviándolos a sus tierras a que se curasen, los cuales se iban cuanto más podían durar, y cuando el mal les crecía o la comida les faltaba, echábanse en un monte o arroyo, donde se acababan; yo los vide algunas veces, y digo verdad.

Otra ley trata del jornal que les habían de dar, y éste fue un peso de oro cada año a cada persona, para con qué, según dice la ley, tuviesen los indios con qué se vestir; podíase comprar en aquellos tiempos con un peso de oro, que vale quinientos y cincuenta maravedis, un par de peines y un espejo y un paño de tocar o una sola caperuza colorada; y andando todos desnudos desde la cabeza hasta los pies, mirad con qué se habían de vestir e ataviar.

Ya dijimos en el cap. 14° del libro 2.° que el comendador mayor les mandó dar por jornal medio peso de oro que salían tres blancas en dos días y agora, por leyes del rey, se les mandó asignar tres maravedís en dos días y aun no sé si llega a tanto.

Ved el escarnio de las leyes, y cuán llenas de iniquidad. Otra ley hubo que mandó que ninguna mujer preñada, que pasase de cuatro meses de preñez, no la enviasen a las minas, ni a hacer montones, sino que las tuviesen los españoles en sus estancias y se sirviesen dellas en las cosas de por casa, que son de poco trabajo, así como hacer pan y guisar de comer y desherbar; véase qué crueldad e inhumanidad, que hasta cuatro meses pudiese trabajar, la mujer preñada en las minas y hacer montones, que son trabajos para gigantes, como queda declarado, y que hasta que eche la criatura sirva en casa de hacer pan, que no es chico sino grande trabajo y mayor el desherbar las labranzas. Clara está, como de las otras la injusticia destá ley, y cuan indigna fue que mano real la firmase.

Otras muchas fueron constituídas con las referidas, que suenen favor de los indios y en sí eran justas; pero supuesto estar los indios en poder de los españoles y el fin que dellos pretendían y las leyes ya declaradas, que a la clara favorecían todos lo que ellos andaban y hoy andan los demás a buscar, si no fueran injustas, fueron, empero, vanísimas y superfluas y más para cumplir con el mundo que para remedio alguno de los indios, con efecto y con verdad. Vano es todo aquello, según el Filósofo, que no alcanza su fin.

Entre las demás hubo algunas que mandaban que en cada lugar o pueblo de españoles hubiese dos visitadores que visitasen cada año dos veces los indios y viesen si recibían agravios y para que las leyes se guardasen; y lo bueno fue, que una ley mandaba que a los visitadores les diesen indios de repartimiento, demás aún de los que como vecinos les habían de ser dados: mirar que ceguedad de los del Consejo y de los reverendos teólogos, que no vieron que teniendo indios eran parte, y que habían de ser más tiranos que los otros, como lo fueron, y menos dignos de ser renumerados, antes de mayor castigo merecedores y capaces. Y una de las grandes y eficaces de no haber aprovechado para remediar las calamidades de los indios en todas estas partes muchas ordenanzas y cédulas y provisiones que los reyes han proveído y enviado, ha sido tener los jueves y gobernadores destas Indias en los indios o en los intereses que dellos salen, parte o arte, y esto cada día hasta hoy lo hemos llorado y hoy lo lloramos y abajo parecerá más claro.

Es bien aquí de considerar que en la constitución de todas estas leyes se hallaron presentes y se admitieron todos los españoles principales que arriba dejamos nombrados; esto es cosa evidente, porque como entonces no se sabía casi nada de las cosas destas Indias, ni qué era yuca y ajes, ají o cazabí o montones; la Villa de la Zabana y la Villa Nueva de Yaquimo estar lejos de las minas; hamacas y areitos, que son bailes que los indios tenían, los cuales, por una de las leyes, se prohíben; que los quitados y otros vocablos y avisos que no se podían saber si las personas idas de acá no las avisaran y manifestaran, manifiestamente se arguye haberse los dichos, en el hacer de las dichas leyes, hallado.

De donde queda luego manifiesta la ceguedad o malicia de los del Consejo, que admitían al constituir de las dichas leyes, los enemigos de los indios, como se ha dicho arriba, tan interesados en los sudores y calamitosa servidumbre de los inocentes indios, rabiando por sacalles la sangre.

Con esto quiero este capítulo acabar, que se hizo entre las otras leyes una, conviene a saber: que porque los caciques tuviesen quien los sirviese y hiciesen, diz que lo que les mandasen para cosas de su servicio, que si los indios de tal cacique se hubiesen de repartir en más de una persona y tuviese cuarenta personas, le fuesen dadas dellas, dos para que le sirviesen, y si tuviese setenta, le diesen tres, y si ciento, se le diesen cuatro, y si hasta ciento y cincuenta, le diesen seis, pero desde allí adelante, aunque más gente tuviese, no se le diesen más personas. ¿Qué mayor injusticia ni más confusa desorden pudo ser imaginada que desposeer a los naturales señores de sus súbditos, señoríos y estados, sin culpa alguna, y de millares de gentes que poseían dalles, seis personas que les sirviesen, y de pueblos ordenados, en que política y pacíficamente vivían juntos infinitos vecinos, repartillos y desparcillos así, haciendo de cada pueblo tantos pedazos? Yo conocí señor dellos, cuyo padre había los tiempos pasados hartado la hambre muchas veces a los cristianos y librado de la muerte, que juntaban diez y doce mil hombres de pelea, y no le dejaron sino las seis personas para que le sirviesen como a los demás.

Pues si esto parece grave, véase lo que la misma ley dice un poco más abajo, esto es, que el mismo cacique, rey y señor natural, con las seis personas que le daban, fuese con el español que en los indios suyos tuviese por repartimiento el mayor número y mayor parte, con que fuesen muy bien tratados, no les mandando trabajar, salvo en cosas ligeras con que ellos fuesen ocupados, porque no tuviesen ociosidad, por evitar los inconvenientes que podían suceder; de la ley son todas estas palabras. Por manera, que aun el señor y rey natural, con los seis que le daban para que le sirviesen, habían de servir al español en cosas ligeras, por temor de la ociosidad; debajo de aquella palabra fingida y colorada, muchas veces repetida en las leyes y con que Dios mucho fue irritado, conviene a saber, que sean bien tratados, este tratamiento siempre fue aquel con que a todos los extirparon; y nunca faltó hoy la dicha palabra, «que sean bien tratados».

Cuanta iniquidad dentro de sí contuviese aquella ley y cuán tiránica fuese y cuánta ceguedad en el Consejo cayese y en los otros señores teólogos y letrados, no creo que hay necesidad de declararlo. [Promulgáronse las dichas leyes en la ciudad de Burgos, a 27 de diciembre de mil y quinienientos y doce años.]

Bartolomé de Las Casas. «Historia de las Indias». Libro Tercero, capítulos XV y XVI. Biblioteca de Autores Españoles. Madrid, 1961.




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Introducción

«MUY alto y poderoso príncipe, rey e señor:

Vuestra Alteza nos mandó, que porque algunos religiosos y personas de consciencia, que tenían alguna noticia de las cosas de las Indias, habían informado a Vuestra Majestad que en las ordenanzas que mandó hacer para el buen testamento y conversión y doctrina de los indios de la isla Española, y de las otras islas, Indias y tierra firme del mar Océano, había algunas cosas que para el saneamiento de la consciencia de Vuestra Alteza convenía enmendarse; y porque nosotros, los que de yuso firmamos nuestros nombres, vistas las ordenanzas, y oídas otras personas que de las Indias tenían mucha noticia y experiencia, y después de muy bien visto y platicado y haber estudiado sobre ello, lo que en Dios y en nuestras consciencias nos parece que se debe añadir y enmendar en las dichas ordenanzas, son las cosas siguientes:

Primeramente, que las mujeres indias casadas no sean obligadas de ir ni venir a servir con sus maridos a las minas ni a otra parte ninguna, si no fuere por su voluntad dellas o si sus maridos los quisieren llevar consigo; pero que las tales mujeres sean compelidas a trabajar en sus haciendas propias o en las de los españoles, dándoles sus jornales que con ellas y con sus maridos se convinieren, salvo si las tales mujeres estuvieren preñadas, porque con estas tales Vuestra Majestad debe mandar que se guarde lo contenido en la ordenanza que sobre esto está hecha.

Que Vuestra Majestad debe mandar que los niños y niñas menores de catorce años no sean obligados a servicio en cosas de trabajo hasta que hayan la dicha edad de catorce años, pero que sean compelidos a hacer y servir en las cosas que los niños pueden bien comportar, como en desherbar las heredades y cosas semejantes en las haciendas de sus padres, los que las tuvieren; y los mayores de catorce años estén debajo del poder de sus padres hasta que tengan legítima edad o sean casados; y los que no tuvieren padres ni madres, lo hagan debajo de las personas a quien Vuestra Alteza los mandare encargar, conforme al parecer de los jueces, así en la edad, como en el trabajo que han de hacer, con tanto que por esto no sean impedidos a ser doctrinados y enseñados en las cosas de la fe, a las horas que lo han de aprender, dándoles de comer y pagándoles sus jornadas que fueren tasados por los dichos jueces: y si alguno dellos quisiera aprender oficio, pueda libremente hacerlo; y éstos no sean competidos a otra cosa, estando en el oficio.

Asimismo, debe Vuestra Alteza mandar que las indias que no fueren casadas, las que están bajo el poderío de sus padres o madres, que trabajen con ellos en sus haciendas o en las ajenas conviniéndose con sus padres, y las que no estuvieren debajo del poder de sus padres o madres, porque no anden vagabundas, ni sean malas mujeres y que sean apartadas de vicios, que sean doctrinadas y contreñidas a estar juntas con las otras y a trabajar en sus haciendas, si las tuvieran, y si no las tuvieren, en las haciendas de los indios y de los otros, pagándoles sus jornales, como a las otras personas que trabajan por ellos.

Que asimismo Vuestra Alteza debe mandar que los dichos indios sean obligados a servir nueve meses al año, como por Vuestra Alteza en las dichas ordenanzas así lo tiene declarado y mandado; y que los tres meses contenidos en la dicha ordenanza, que a los dichos indios se les da de huelga, por que no tornen a sus vicios y a su manera de vida y acostumbrada, sean compelidos a trabajar en sus haciendas mismas, o por jornales en las de los otros vecinos, y que esta manera de servir sea por el tiempo que a Vuestra Alteza pareciere. Y porque los dichos indios podrían con el tiempo y con la conversación de los cristianos hacerse tan políticos y tan entendidos y capaces y tan aparejados a ser cristianos, para que por sí sepan regirse y vivan y sirvan como acá lo hacen los otros cristianos. Vuestra Alteza ha de mandar que anden vestidos; y como se fuere conociendo la habilidad de cada uno, se les vaya dando la facultad para vivir por sí, teniendo la dicha policía y habilidad para ser cristianos; y este capítulo se entiende de los hombres; y sobre todo, Vuestra Alteza debe mandar que las mujeres se vistan dentro de cierto término, bajo alguna pena.

Este servicio que a Vuestra Majestad es debido por los dichos indios de la manera susodicha, Vuestra Alteza tiene muy justas y moderadamente ordenadas las cosas de las dichas Indias, así para el buen tratamiento y conversión y doctrina de los dichos indios, como para la gobernación de aquellas partes, y que debe Vuestra Alteza mandar que en todo y por todo se guarden las dichas ordenanzas que Vuestra Majestad tiene mandadas hacer, con estos dichos aditamentos, y que haciéndose así, su real consciencia será eternamente descargada. Y así firmamos aquí nuestros nombres.—Episcopus Palentinus, conde.Frater Tomás de Matienzo.Fray Alonso de Bustillo.Lecenciado Santiago.El doctor Palacio Rubios.El licenciado Gregorio.

Bartolomé de las Casas


«Historia de las Indias»


Contenidas en el libro tercero, capítulo XVII. Biblioteca de Autores Españoles, Madrid, 1961.