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Apendices

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Apéndice 1: MAESTROS Y LITERATURA

VÍCTOR Hugo dijo que un poeta ha conservado los ojos de niño. Entonces, nada mejor que un poeta para comprender el mundo infantil. Gabriel Mistral, por ejemplo, entretejió su quehacer poético con su antigua vocación de maestra. Su obra no sólo muestra amor y preocupación por los niños, sino también interés didáctico. Esto la convierte en uno de los casos más distinguidos de poeta y pedagogo, en lo cual podemos hermanarla con uno de sus autores predilectos y entrañables, Rabindranath Tagore, quien llevó a la práctica sus concepciones, que unían en un todo obra y necesidad de comunicación, de desarrollo vital, a través de la pedagogía. De ello hablaremos más adelante.

Caso frecuente, asimismo, ha sido el del escritor que ha ejercido el magisterio como medio de vida, si no más rentable, por lo menos algo más seguro que el del mero oficio de las letras. En América, Alfonsina Storni y Rómulo Gallegos fueron maestros, y antes que ellos, José Faustino Sarmiento.

En España, tenemos los casos de José María Gabriel y Galán y de Antonio Machado. En ambos, si no su mismo magisterio, su condición de personalidades un tanto diferenciadas en las localidades donde debieron desarrollar su profesión, influyó en su poesía.

José María Gabriel y Galán nació en Frades de la Sierra. A los 15 años fue a Salamanca a estudiar Magisterio elemental, obteniendo un cargo de maestro en la escuela de Guijuelo. Completó luego estudios de Magisterio superior en Madrid, siendo nombrado maestro en Piedrahita, Avila. Allí sesiente melancólico y desvinculado de la vida del pueblo, desahogándose en la poesía: «Sólo el pobre poeta, el visionario / el hongo de los valles de la aldea / por los cuales pasea / un dolor siempre igual y siempre vario / no tiene un alma amiga.»

El matrimonio cambia su vida y da otro rumbo a su creación. Abandona el magisterio e inicia una vida de labrador acomodado en El Guijo, Cáceres. Escribe entonces «poesía sana para el pueblo» y, ya conocido, desdeña las tentaciones de la ciudad y sus cenáculos. Prefiere ser maestro en la vida, hablando largamente con los campesinos, aprendiendo y enseñando a través del diálogo, razón que lo convierte en uno de los pocos poetas que han escrito desde el pueblo.

«Ellos (los cacereños), que son también poetas, al sentirse estremecidos por la emoción artística, aplauden sinceramente al poeta, sin cuidarse de observar que el poeta, el milagro no es aquel, sino el que cada uno de ellos lleva dentro de sí mismo». Sus obras más conocidas son El ama y Mi vaquerillo.

En 1907, Antonio Machado obtiene una cátedra de francés en el Instituto General y Técnico de Soria. Soria será Campos de Castilla, el amor y la desgracia. Allí se casa con Leonor Izquierdo, su mujer niña, después de cuya muerte, pocos años más tarde, abandonará ese lugar.

A través de un proverbio castellano —«nadie es más que nadie»—, que a juicio de Machado condensa el alma de Castilla, concluye el poeta que por mucho que valga un hombre, nunca tendrá un valor más alto que el valor de ser hombre. Para él, Soria es una escuela de humanismo, de democracia, de dignidad. Por ello enseña a sus alumnos: «Estimad a los hombres por lo que son, no por lo que parecen. Amad a los buenos y a los sabios, porque son los poderosos de la tierra, porque ellos representan el único valor que contienen las multitudes humanas.»

Deja Soria desolado por la pérdida de su esposa y toma posesión de la cátedra de francés en el Instituto de Baeza, en donde permanecerá hasta 1919. Durante esa etapa, hace estudios de Filosofía. Luego se trasladó a Segovia, lo que le permitió una participación más activa en la vida intelectual madrileña.

En Italia, Ada Negri y Luigi Pirandello también fueron maestros. Este último enseñó Literatura italiana en la Escuela Normal Femenina de Roma, entre 1897 y 1921. En 1925 fundó su propio teatro en Roma, y en 1934 recibió el Premio Nobel de Literatura, dos años antes de su muerte.

Selma Lagerlof nació en 1858, en Marbacka, Suecia, región de bosques interminables y farallones. Pasó su infancia y parte de su juventud en la granja paterna. A los 22 años marcha a Estocolmo e ingresa en la Escuela Normal, siendo designada maestra de primera enseñanza en Löndskrona. Allí publica la Saga de Gösta Berling, —la saga de su tierra— que le da celebridad y le permite retirarse a la finca paterna. En 1906 publica El maravilloso viaje de Nils Holgersson a través de Suecia, que es libro de texto en las escuelas de su país. Este es el relato de la aventura ocurrida a un niño trasformado en liliputiense por un duende familiar que recorre todo su país montado sobre un pato.

En 1907, Selma es nombrada doctor «honoris causa» de la Universidad de Upsala, y es la primera mujer que llega a formar parte de la Academia Sueca. En 1909 se le concede el Premio Nobel de Literatura.

Su obra está dedicada a los niños, a sus alumnos de Löndskrona y a todos los niños del mundo. Fue ante todo una educadora, una maestra de enseñanza primaria, deseosa de trasmitir los relatos que iluminaron su propia niñez, con una mezcla de realidad y fantasía del todo natural para la sensibilidad infantil.

En agosto de 1941, el viento a orillas del Ganges elevó las cenizas de Rabindranath Tagore, de acuerdo al rito funerario de su religión. Había nacido en Calcuta en 1861, en una familia de elevado rango. Muy niño perdió a su madre y toda su vida estaría marcada por el dolor y la muerte: la de su joven y amada esposa y la de sus dos hijos pequeños.

Sus primeros versos los escribió en la adolescencia, mientras viajaba con su padre por la India. Desde temprano incubó la inquietud de lograr la unión espiritual entre Oriente y Occidente. Parte de su educación la realizó con jesuítas, y como era de rigor para los jóvenes hindúes de su rango, la completó en Inglaterra.

En 1900 funda su escuela, Shantiniketan, con una docena de alumnos de diversas castas y nacionalidades, que se unirán en un ensayo de convivencia humana. En esta empresa lo acompañará su padre.

En 1913 recibe el Premio Nobel de Literatura y en 1918 en Shantiniketan se constituye la Universidad Internacional Bisva Bharati: «donde el universo entero se une en el mimo nido».

Tagore nos ha legado una obra literaria enorme y enriquecedora: El Jardinero, Sadhana o la vida espiritual, Pajaros perdidos, El cartero del rey, etc. Fue además un pintor y dibujante de categoría. Como voluntario embajador de la paz, recorrió todo el mundo, llevando su palabra de convivencia y serenidad.

Tuvo un corazón esencialmente pedagogo y poeta, pues sintió la necesidad de plasmar sus ideas y ver cómo los espíritus despiertan y se desarrollan, llevando al niño a la plenitud de sus posibilidades físicas e intelectuales.

Decía: «Yo ya se que estoy imponente con esta barba mia, con mi pelo cano y mi ropón indio. Los que sólo me conocen por fuera creen equivocadamente que soy un viejo…, pero si yo pudiera enseñaros mi corazón, veríais lo joven y tierno que es… Y veríais también que soy lo bastante niño para creer en estas cosas de las que las personas maduras se avergüenzan: digo que creo en una vida ideal.

«El maestro, lejos de erigirse en paradigma, debe ser un hermano mayor, dispuesto a caminar con los niños por la misma senda del saber elevado y de la aspiración. Me decidí a educar niños, no porque tuviera un talento especial para la enseñanza, sino porque me parecía que poseía el secreto para hacerlos dichosos. Al abrir mi Escuela tenía una experiencia negativa, el recuerdo de mi escuela, boca que traga, maestro repetidor. Sabía, por lo tanto, como no deben ser tratados los niños, recibiendo una educación separada de la vida. La escuela ha sido una oficina destinada a manufacturar productos uniformes… No se puede enseñar sino aquello que se ama. Vale más callarse cuando no gustamos de lo que enseñamos. Privamos al niño de la tierra para enseñarle la geografía; le quitamos el lenguaje para iniciarlo en la gramática. La enseñanza se fundamenta en enseñar a vivir, así el hombre sentirá hambre de extender y multiplicar sus conocimientos.

«No es indispensable que los niños entiendan al pie de la letra y con todo detalle; basta con que sus espíritus se despierten. La naturaleza no sabe ocultar nada al niño; el tomará de ella lo que le convenga, lo que comprenda, lo mismo que la poesía. Un niño al que se le pregunta qué pasa cuando se le despierta el espíritu, responderá seguramente una tontería, pues lo que pasa en él, es mucho más grande que lo que puede explicar. Cosa esta que ignoran los que se fían en los exámenes para medir los resultados de la enseñanza: «No llevéis los árboles a la clase. Haced la clase bajo los árboles, a la vista de sus flores y frutos».

Shantiniketan se levantó en una zona árida, cerca de Calcuta. En un régimen de internado convivían 150 niños entre los 6 y los 18 años. Pertenecían a todas las castas. Siempre hubo muchos profesores para que las clases no fueran numerosas. Siempre, también, estuvo en déficit económico.

La escuela no tenía director. Los maestros elegían un comité ejecutivo, el cual designaba un presidente, que llevaba las labores administrativas por un año. Los muchachos, a su vez, tenían comités para tratar sus asuntos y sus propios tribunales para corregir las faltas.

En la idea de que la confianza engendra confianza, se les dejaba solos en los exámenes, basándose en su palabra. El tiempo, además del estudio, alcanzaba para los deportes, la meditación y los trabajos productivos.

¿Fruto de estos métodos? Muchos testimonios hablan de la expresión de felicidad que rebosaban las caras de esos muchachos. Con el solo fin de la felicidad y el inseparable amor a la vida y el conocimiento, Rabindranath Tagore fundó Shantiniketan en 1900.


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Apéndice 2: LA MUJER AMERICANA Y LA LITERATURA

GABRIELA Mistral no es la única exponente femenina en el campo de las letras hispanoamericanas. Junto al suyo, otros nombres —algunos bastante olvidados— reclaman nueva luz sobre su obra y su condición de mujeres adelantadas a su época y, por ello, rebeldes y premonitorias. Ellas son Sor Juana Inés de la Cruz, Delmira Agustini, Juana de Ibarbourou y Alfonsina Storni. Estas tres últimas contemporáneas de Gabriela y nativas, como ella, de países del Cono Sur de América, en los cuales, por variadas razones —fuertes corrientes inmigratorias o, como en el caso de Chile, por sus duras condiciones de prolongada lucha de conquista— la emancipación femenina comienza más temprano. Sin embargo, mucho antes —en la etapa colonial—, una monja mexicana es el ejemplo más señero de mujer esclarecida y combatiente.


Sor Juana Inés

Sor Juana Inés de la Cruz fue la figura más relevante de la poesía colonial hispanoamericana. Aun hoy su lucha y sus argumentos no han perdido vigencia. Intelectual, antes que nada, defendió el derecho de la mujer al conocimiento.

Su tierra natal, Nepantla, es tierra de volcanes, lo cual, según Gabriela Mistral, influyó en su índole. Niña prodigio, aprende a leer a hurtadillas. A los 13 años es enviada como dama de compañía a la marquesa de Mancera, virreina de Nueva España. En la corte deslumbra por su belleza y por su ingenio. Insatisfecha, concibe el proyecto de vestirse de hombre y concurrir a la universidad. En la frustración de este deseo y en su nula vocación de casada, el convento se le presenta como única alternativa.

No le faltaron enamorados, mas «no quiso ser pared blanca donde todos quisieren echar borrón». Es evidente que no fue la ausencia del amor terrestre ni la urgencia del divino lo que la llevó al claustro.

Desde el convento participa en la vida intelectual y palaciega. Escribe profusamente: comedias, villancicos, tratados de música. Pero no todo es grato. Estaba rodeada de monjas que veían en el saber los cuernos del demonio. Decían: «No conviene a la santa ignorancia tanto estudio». Una superiora le manda que no estudie y su confesor la deja durante dos años sin auxilios espirituales. Sor Juana persiste y no claudica. Desde su soledad, y apoyándose en los textos de los padres de la iglesia, defiende su derecho y el de todas las mujeres al conocimiento, y con él, a impartir enseñanza.

De cuanto se ha dicho sobre su persona, lo más penetrante y certero es su Respuesta a Sor Filotea de la Cruz. En ella defiende su vocación intelectual, su amor al saber, sus trabajos, sus triunfos y derrotas. Luego no escribirá más. Desnuda de libros los muros de su celda y, tal vez, sintiéndose poco amada por Cristo, busca y realiza las labores más humildes del convento. Cuidando apestados, se contagia y muere en 1695, a los pocos años de su voluntario silencio.

Su obra poética es variada, numerosa y desigual. Aunque confiesa que sólo escribió con gusto El Sueño, a imitación de Las Soledades de Góngora, sus sonetos y endechas son obras de un gran poeta del amor terrenal. Su obra de teatro El Divino Narciso está en la línea de los autos dramáticos de Calderón.

Para comprender aspectos de la obra de Sor Juana, es necesario recordar el mundo prehispánico y la cercana conquista. La construcción unitaria que conforman monarquía y catolicismo, no puede evitar que en un cielo recientemente implantado tengan cabida, con disfraces someros, los viejos dioses y las antiguas mitologías. De esta pluralidad, india, española y africana, nacen las «cláusulas tiernas del mexicano lenguaje», remota adivinación de nacionalidad: «¿Qué mágicas infusiones / de los indios herbolarios / de mi patria, entre mis letras / el hechizo derramaron?».

El amor es otra de las constantes de su poesía, más su erotismo es intelectual. A la Señora de Paredes dice: «Ser mujer y estar ausente / no es de amarte impedimento / pues sabes tú que las almas / distancia ignoran y sexo «.

En su poema capital El Sueño, sostiene que éste es una larga y lúcida vigilia, pues frente al saber diurno se alza otro —necesariamente rebelde— que despierta al espíritu, coincidiendo en esto con algunas de las preocupaciones de la poesía moderna.


Juana de Ibarbourou

A comienzos de este siglo, señoras «de espíritu», protegidas bajo el alero de la burguesía, encuentran en los salones literarios un cauce para sus inquietudes y una forma de expresión cuya importancia no se debe desconocer en el posterior desarrollo de las artes y de las letras de sus respectivos países. Simultáneamente en el norte de Chile, en las salitreras y en Buenos Aires y Santiago, la mujer proletaria no sólo ocupa un puesto de trabajo, sino que participa en las nacientes organizaciones políticas.

En Uruguay las letras estaban representadas por figuras de la talla de Rodó, Herrera y Reissig, Horacio Quiroga. La bohemia y el romanticismo llevaban a feroces duelos por un verso, mientras fermentaban la agitación y las ideologías revolucionarias.

Por otra parte, la salida del clima opresivo y sombrío que había provocado la primera Guerra europea, inclinan a la dulzura y la evasión. En este momento surge la poesía femenina, expresada con inteligencia y talento.

Fue María Eugenia Vaz Ferreira la precursora indiscutible. De temperamento sombrío, su razón perdida le deparó un triste final. Su obra La isla de los Cánticos salió a la luz después de su muerte.

Su antítesis fue Delmira Agustini. Joven mimada y protegida dentro del medio burgués al cual pertenecía, sintió desde niña la vocación poética, expresando con sorprendente audacia sus emociones y su pasión. Sus primeros libros merecieron el elogio de Rubén Darío. Extrañamente esta joven casada y educada en añejas convenciones, alzó su voz con una libertad negada a las mujeres de su época. Murió trágicamente —su marido la mató, suicidándose luego— antes de cumplir los 30 años, dejando El libro blanco, El rosario de Eros y Los cálices vacíos.

Juana de Ibarbourou no se inscribe en el destino trágico de sus dos antecesoras; por el contrario, su patrimonio es la frescura y la gracia. Nacida en el departamento uruguayo de Cerro Largo en 1895, es hija de Vicente Fernandez, español, y de Valeriana Morales, uruguaya. El apellido con el que se la conocerá lo toma de su esposo, Lucas Ibarbourou.

Su infancia transcurre plácida en su pueblo natal y nada la distingue. Como alumna no fue aventajada ni brillante. Muy joven contrae matrimonio y se desplaza con su esposo, militar, por diversas provincias de su país. En 1918 llegan a Montevideo y Juana se revela como poetisa.

Su verso por entonces fluía solo, como un regalo, pese a que se advertía en ella una preocupación filosófica por la fugacidad de la existencia. Debido a la brevedad de sus estudios, es notoria en esta primera época, cierta falta de lectura y una base orgánica de aprendizaje, carencia que intentará corregir a lo largo de su carrera trabajando tenazmente a fin de depurar forma y lenguaje.

Hay quienes le reprochan la pérdida de su frescura inicial, sin advertir que la creación, en su dinámica, quema etapas y los años necesariamente modifican óptica y sensibilidad. En sus versos de madurez hay una mayor referencia a su propia vida, a sus experiencias y recuerdos, conservando el interés solícito y solidario por cuanto la rodea.

En 1929, a propuesta del poeta peruano José Santos Chocano, es proclamada «Juana de América» en un acto multitudinario entre cuyos asistentes destacan el poeta mexicano Alfonso Reyes y Juan Zorrilla de San Martín.

Su obra múltiple abarca, además de la poesía, el teatro infantil y la prosa. Las lenguas del diamante, Raíz salvaje y Diario de una isleña son algunos de sus títulos más significativos.


Alfonsina

En enero de 1938 los «Cursos Suramericanos de Vacaciones» reúnen en Montevideo a tres mujeres descollantes en el. campo que nos ocupa. Ellas son: Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou y Alfonsina Storni.

Alfonsina Storni nació en Suiza en 1893, de padres suizos ya afincados en la Argentina, donde poseían una sólida situación económica.

Sus primeros años en Argentina transcurren en San Juan, donde hace sus estudios. De su infancia recuerda un suceso trivial, pero tal vez definitorio para su vida. Es acusada de haber robado algún dinero de su madre. Impotente para defenderse de la injusticia, siente nacer en ella un sentimiento anarquista y rebelde.

Estudia magisterio y se dedica no sólo a la creación poética y teatral, sino también a la docencia. Como maestra nocturna adquiere un profundo y descarnado conocimiento de la vida, enfrentándose a realidades diferentes al medio intelectual bonaerense donde brillaba.

En una autorretrato que no carece de humor, se describe como una mujer sincera y de gustos sencillos, aunque demasiado nerviosa. Reconoce haber escrito horrores, pero ser creativa y sagaz; y manifiesta que su mayor interés es el teatro, pese a la desconfianza que despierta en los críticos. Su éxito lo atribuye, más que a su indudable talento, a la sorpresa de ser la primera argentina que se dedica a la poesía.

Participa activamente en la vida literaria, tanto recitando su propia obra, como dando conferencias o escribiendo incisivas críticas. Su actitud es la de mostrar el revés de las cosas, de desvelar la verdad. Su obra poética es extensa, de la cual ella prefiere Ocre, escrita en plena juventud.

Hacia 1935 manifiesta su deseo de dejar de escribir por un tiempo, para meditar y madurar. Piensa asumir entonces un Consulado en Europa, con la idea de que un diplomático escritor puede expresar mejor que nadie la realidad del país que representa.

Es posible que el conflicto y la tragedia de Alfonsina Storni provengan de la defensa de su condición de mujer del siglo XX, frente a los «ternurismos» del patriarcado, lo cual conlleva el desencanto en su relación amorosa y un nivel de conciencia que enfoca hacia la crítica social. De sus versos se desprende la contradicción entre un corazón tierno y una lucidez acerada… «Mi alma tiene todos los matices, / Ya lo dije, es verdad / De feroz rebeldía pasa dulce / A la dulce humildad».

Y también en Frente al mar: «Yo me pasé la vida perdonando, / porque entendía, mar, yo me fui dando».

Asimismo su vocación de muerte aparece desde temprano en su obra, como en este saludo a Horacio Quiroga: «Morir como tú, Horacio, en tus cabales / y así como en tus cuentos, no está mal / un rayo a tiempo y se acabó la feria / Allá dirán».

Enferma, en los últimos años de su vida realiza su propia Antología, lo cual le parece necesario justificar con cierta ironía: «… la inteligencia de que cuando un escritor no puede celar su obra se la desnudarán extraños, sin atender pudores, ha soplado mis reparos autocríticos, que son muchos».

Alfonsina Storni se suicida arrojándose al mar en octubre de 1938. En su habitación de La Plata deja un escueto mensaje escrito con letra temblorosa: «Me arrojé al mar».


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Apéndice 3: EL MECENAZGO DE LOS ESTADOS LATINOAMERICANOS CON LOS ESCRITORES: LA DIPLOMACIA

SER escritor e intentar vivir de la literatura es, sin duda, empresa arriesgada y doblemente aventurada si lo que se pretende es conformar una obra en países, —como los hispanoamericanos—donde el subdesarrollo puede frustrar al más empedernido.

Las letras americanas son tristemente pródigas en desesperados y suicidas. La incomprensión, la pobreza y el alcohol conforman una cadena en la cual no pocos han sucumbido. Las bibliotecas y las universidades son con frecuencia el refugio, donde por pequeños sueldos y muchas veces trabajos insignificantes y tediosos el hombre de letras subsiste, inhibido de llevar a cabo su obra con libertad y recursos. Pablo de Rokha, enorme poeta chileno, pasó su vida vendiendo sus libros, —que el mismo malamente editaba— puerta a puerta y a lo largo de los caminos de América. Enfermo y agotado por esta lucha sin tregua, puso fin a su vida en 1968, a los 74 años de edad, sin haber sido reconocido.

Para los consagrados, sin embargo, los gobiernos hispanoamericanos han provisto una salida de lucimiento: la diplomacia, pensando quizá, como Alfonsina Storni, que un escritor es el más capacitado, a través de artículos y publicaciones, para dar a conocer al país que representa. Pero al mismo tiempo, la diplomacia como premio y merecimiento, bien puede esconder una trampa y llegar a convertirse en jaula dorada y en un compromiso.

Hemos visto que Gabriela Mistral fue durante buena parte de su vida Cónsul honorario de Chile en cualquier parte donde fijará su residencia. La lista de escritores que, como ella, han prestado servicios diplomáticos a sus gobiernos, es bastante nutrida. Se trata, en la mayoría de los casos, de profesionales pertenecientes a familias que han podido ofrecerles una educación privilegiada. Y un detalle curioso: todos ellos han llegado a España.

Rubén Darío representó a su país, Nicaragua, ante el gobierno español en 1892 y luego en 1909-11 lo cual fue de singular importancia para el desarrollo de las letras españolas e hispanoamericanas. También fue Cónsul en Buenos Aires y París. En Madrid conoció a Juan Crisóstomo Ruiz de Nervo, Amado Nervo, conocido poeta mexicano, que fue embajador en Madrid y París, y posteriormente en Buenos Aires y Montevideo.

José Santos Chocano, peruano, durante algún tiempo representó la imagen de poeta de América. Dijo en cierta ocasión: «Walt Whitman tiene el Norte, pero yo tengo el Sur». D6e ajetreada vida política, participa en tentativas revolucionarias. Representa a su país en Centroamérica y España. En México colabora con Pancho Villa y en Guatemala es condenado a morir fusilado, de lo cual lo salva el movimiento de opinión que se crea a su favor. Sus últimos libros los escribe en la cárcel. Muere en Chile en 1934.

Miguel Angel Asturias, guatemalteco, recibió el Premio Nobel de Literatura en 1967. Abogado, es cofundador de la Universidad Popular de su país. Es autor, entre otras obras, de una traducción del Popol Vuh, y de El Señor Presidente, imagen de un dictador centroamericano. En la revolución de 1944, que inició un período democrático en Guatemala, tomó la defensa de su país frente a los Estados Unidos. Como agregado cultural en Buenos Aires, viaja por Suramérica. Es nombrado ministro consejero en París, y luego embajador en El Salvador. La caída del presidente Arbenz le obliga a exilarse en Buenos Aires. Fue galardonado con el Premio Lenin de la Paz. Bajo la presidencia de Julio César Méndez, es nombrado embajador en París.

Alfonso Reyes, hombre de singular cultura, poeta y ensayista mexicano, entre cuyas obras se cuenta Ifigenia Cruel, Visión de Anahuac, etc., ingresa en el cuerpo diplomático en 1913 y va a Francia como segundo secretario de legación. Es nombrado posteriormente ministro plenipotenciario para España y Francia. Entre los años 30 y 36 es embajador en Argentina y Brasil. En 1957 es elegido director de la Academia Mexicana de la Lengua.

La educación de Octavio Paz se inició en los Estados Unidos. De regreso a México participa en las rebeliones estudiantiles de la época. Durante la guerra civil española reside en Madrid y en diversas ciudades de la España republicana. En 1943 es designado para un cargo diplomático en Estados Unidos. Poeta, crítico y ensayista, ha escrito No pasarán, Bajo tu clara sombra y otros poemas sobre España y El laberinto de la soledad, entre otras obras.

Hijo de padres diplomáticos, la infancia de Carlos Fuentes trascurrió en Estados Unidos y diversos países suramericanos. Ha estado encargado de la sección de prensa y cultura del Ministerio de Relaciones Exteriores Mexicano. Incisivo periodista y novelista, es autor de La muerte de Artemio Cruz, Cambio de Piel, etc.

Alejo Carpentier, cubano, fue novelista, cuentista, ensayista y musicógrafo. Abandona la carrera de Arquitectura y se dedica al periodismo. A raíz de sufrir un encarcelamiento por causas políticas, se traslada a París en 1928. Durante los años de la guerra civil, permanece en España. En 1959 regresa a Cuba, incorporándose a las labores culturales de la Revolución. Es subdirector de la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación, y desempeñará hasta su muerte el puesto de agregado cultural en la Embajada de su país en París. Es autor de Los pasos perdidos, El siglo de las luces, El recurso del método, además de numerosos cuentos y ensayos sobre música.

La experiencia como diplomático de Pablo Neruda merece ser relatada con más detalle. En ella encontramos algunas de las claves de su quehacer poético y de su toma de posición, y es representativa de la acción que es posible realizar en un cargo de esa naturaleza.

En 1928 Neruda ya había alcanzado cierta popularidad con sus primeros libros, y el ambiente santiaguino comenzaba a quedarle estrecho. Ante la necesidad de emprender la consabida peregrinación de los intelectuales hispanoamericanos a Europa y la evidencia de su condición de joven pobre, concibió la idea de solicitar algún puesto diplomático.

Y eligió Rangún, una «abolladura», según sus palabras, en el mapa del lejano Oriente. Allí encontró malaria, miseria, soledad y colonialismo. Por su afán de comprender y convivir con los nativos, es rechazado por la colonia inglesa y su soledad llega a ser casi cósmica. Lejos de encontrar la espiritualidad oriental, observa una vida de brutales exigencias materiales; la situación colonial abyecta, el cólera, la viruela y el hambre, imprimen a sus trabajos una gran ferocidad.

Comienza a escribir Residencia en la Tierra. Es la época más dolorosa de su poesía. Trasladado luego a Ceilán, su única compañía son un perro, una mangosta, que perdería más tarde en Batavia, y amores eventuales. Además, su cargo no le salva de la pobreza. En esas condiciones, incapacitado de entrar de verdad en el mundo que le rodeaba y aislado de su propio mundo, Residencia en la Tierra progresó con dificultad. En Batavia, abrumado por a soledad, se casó con Antonieta Agenaar, criolla holandesa con algo de sangre malaya.

Regresa a Chile y en 1933 es designado cónsul en Buenos Aires. Al mismo tiempo García Lorca llegaba a esa ciudad, para estrenar Bodas de Sangre. Entre ambos poetas nació una mutua admiración y una amistad entrañable y duradera.

En 1934 es trasladado a Barcelona, pasando después a Madrid, donde se desarrolla un intenso movimiento poético. A los pocos días de llegar era uno más entre los poetas españoles y se enamora del Madrid de aquella época, sus sonidos, olores y colores. Por Miguel Hernández siente un respeto y afecto profundos. El fracaso de su asilo en Chile y su muerte, así como la de Federico, será un dolor que Neruda llevará toda su vida. En Madrid edita Caballo Verde, revista de la cual sólo aparecieron 5 números. El sexto no salió a la calle. La guerra civil había comenzado.

Su obra capital de aquella época, España en el corazón, se imprimió en el frente, cerca de Gerona, a donde Manuel Altolaguirre había trasladado su imprenta. Los soldados aprendieron a manejar los tipos. Cuando faltó papel, lo fabricaron en un molino de la zona, utilizando trapos, banderas, viejos uniformes destrozados. Estos mismos hombres cargaron los sacos con libros al exilio.

Por su participación en la guerra civil española, Neruda es cesado como cónsul, lo cual poco puede afectar a un poeta que está viviendo la experiencia que marca el destino de un hombre para siempre. Frente al dolor de España desangrada, Neruda toma posición política y militante.

Poco más tarde, el gobierno chileno del Frente Popular lo envió a Francia a buscar refugiados. Ante la indiferencia y el menosprecio de los engolados diplomáticos de carrera, Neruda enorgullece, pues siente que su poesía ha servido para encontrar patria a cientos de españoles. El Winnipeg zarpa rumbo a Chile y el poeta despide emocionado ese barco de esperanza, una de sus obras.

Durante el gobierno de la Unidad Popular, Neruda —antes candidato a la Presidencia de su país— es nombrado embajador en Francia. Recibe también el Premio Nobel. Regresa a Chile con la salud seriamente quebrantada. Allí escribe y combate hasta su muerte, ocurrida en los penosos días que siguieron a la caída del presidente Allende.


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Apéndice 4: LO AUTOCTONO Y LO POPULAR EN LA LITERATURA LATINOAMERICANA

PARA encarar este tema, se hace necesaria una reflexión previa sobre «lo hispanoamericano», teniendo en cuenta que la visión que desde Europa se ha tenido de América —aunque parezca redundante— ha sido a través de pautas de interpretación europeas. Escuchemos ahora lo que nos dicen los hispanoamericanos de sí mismos.

Cuando los españoles llegaron al Nuevo Mundo, ni América —innombrada entonces— los esperaba, ni ellos sabían de América. En este doble asombro, y a partir de ello, los tradicionales señores de esas tierras debieron aceptar que ya no eran ni serían más lo que habían sido. Su mundo pasaba a ser de otros, que tampoco traían consigo las raíces del suyo, dejado atrás, del otro lado del océano.

Los conquistados no tuvieron otras alternativas que dejarse morir, o luchar hasta el fin; o «aprender», abandonando lo que habían sido sus valores y con ello, y sobre todo, aceptando al nuevo Dios.

Por su parte los conquistadores se encontraron con un mundo que hizo vacilar sus esquemas. Allí, además de poblar la tierra, podían encontrar el oro, el mando y el poder. Construir, levantar ciudades, obtener tierras y quedarse.

Para el indio, más terrible que todas las batallas y servidumbres, fue el advenimiento de un mundo extraño por completo. Y así fue también la huella de dolor, inteligencia y nostalgia que quedó en el mundo indígena, y en no menor medida, en el mundo mestizo.

Menos claro —por las compensaciones de poder y valimiento—, fue el drama de los europeos que dejaron para siempre atrás su tradición, sus vínculos, su antigua sociedad e historia. También esta nostalgia, —la imposibilidad de rehacer auténticamente el mundo perdido— se traspasó al alma criolla. Convertidos en «indianos» para los españoles de España, sus hijos fueron a menudo mestizos o mulatos. Y, en el desconcierto, la mirada se vuelve a Europa en busca de raíces.

España trasplantó un idioma ya maduro. Por ello las letras americanas no debieron recorrer inciertos rumbos en su infancia. Es el mediodía de España el que marca los hitos. La más sobresaliente de las epopeyas americanas la escribió el español Alonso de Ercilla y Zúñiga, durante la larga guerra contra los indígenas de Chile. La Araucana, (1568-89) destaca la fuerza y el valor de los indígenas, —tal vez con el propósito de realzar el valor de los conquistadores— y, desde luego, les atribuye las virtudes del mejor español.

Pero el auténtico mundo indio, no por sojuzgado, pierde su presencia. Religión, creencias, relatos, comienzan a comparecer. El Popol Vuh, el libro de la creación del mundo, los relatos de los códices nahuas, las historias de los Incas, se trasmiten oralmente y, tal vez pasando por las oscuras cocinas coloniales, transformándose, modificándose de boca en boca, comienzan a tomar un lugar en el mundo criollo.

Esto aflora más visiblemente en la arquitectura, en el llamado Barroco Americano.

El quechua Kondorri mezcla, en portales de piedra, sol y luna con grandes ángeles con rostro de indio, acantos con hojas americanas, violines, maíz y charangos, en un intento de colocar sus signos en el ordenamiento español. En Ouro Preto, Brasil, el Alejaidinho puebla su ciudad de figuras de piedra, en las que también aparecen las culturas africanas.

En las letras se hacen presente el Inca Garcilaso de la Vega y Sor Juana Inés de la Cruz, de quien ya hemos hablado.

Gómez Suárez de Figueroa, el Inca Garcilaso, nació en el Cuzco en 1539, hijo de padre español y madre india. En 1560 marcha a España y vive principalmente en Córdoba, donde escribe los Comentarios Reales, en los que llama a «careo» público a los historiadores españoles, pues lo dicho por ellos, sin ser falso, al adolecer de una incomprensión fundamental del mundo americano, resulta equívoco y difícil de entender. Las fuentes del Inca Garcilaso son de primera mano, ya que habla el quechua y están iluminadas por el poder del amor y el recuerdo. Su relato es la antigua historia oída a sus mayores indios en la casa materna. Conocedor de ambos mundos, su función llega a ser la de un moderador.

Escribe… «como natural de Cuzco… me sea lícito, pues soy indio, que en esta historia yo escriba como indio»… «que yo como indio traduje en mi tosco romance»… «Para los que no entienden indio ni latín, me atreví a traducir los versos en castellano, arrimándome más a la lengua que mamé en la leche». Los Comentarios son la historia del Imperio Inca, con sus antecedentes, la vida de cada Inca, el descubrimiento y la significación del Nuevo Mundo, y algunos capítulos dedicados a la guerra de Arauco.

Después de la rebelión india encabezada por Túpac Amaru, se estimó que los Comentarios resultaban subversivos, por lo que fueron prohibidos en 1782.

La naciente sociedad criolla mira nostálgicamente a España, pero otro paisaje, otro clima, la mezcla de las sangres, determinan voces, costumbres, pequeños gestos que se traducirán en bailes y canciones, en el arte y en las letras.

Mariano Melgar, peruano que, como tantos otros, llevaba algo de sangre aborigen, escribió, hacia 1800, poemas siguiendo la forma del «yaraví», canción indígena del altiplano: «Vuelve que ya no puedo vivir sin tus caricias / vuelve mi palomita / vuelve a tu dulce nido», que reflejan un espíritu en que la galanura y la gracia forman parte del íntimo ser americano.

Pero no todo eran sonrisas y requiebros. Los criollos gestaban la Independencia, y las mismas graciosas mujeres que entonaban canciones sentimentales, coplas y «cogollos», sabrían tomar un lugar en la lucha con inquebrantable entereza.

Es el período de ideas libertarias y nacionalistas, expresadas no sin grandilocuencia, Andrés Bello exclama: «Deja los alcázares de Europa!», y luego añade: «América del sol joven esposa/ del antiguo océano hija postrera / en su seno feraz cría y esmera».

Paralelamente a España, y en medio de la agitación que deja la recién conquistada Independencia, aparece el romanticismo, que se distingue del español por una tendencia temperamental mas acentuada. Toca temas populares con un exacerbado sentimiento de la naturaleza y en un clima de rebeldía social y política. Los temas suelen ser de inspiración nativa —los héroes y heroínas son descritos con características físicas «de la raza»—, aunque la forma permanece europea. Podríamos decir que la novela que mejor representa el período es María, del colombiano Jorge Isaacs. De un sentimentalismo desbordante, además del relato amoroso, plantea una armonía amable entre campo, campesinos y paisaje, la cual depende de una clase de propietarios lo suficientemente paternalistas como para constituir una fuerza de cohesión social.

Ricardo Palma, por su parte, introduce el tema indigenista en sus Tradiciones peruanas, que son un resumen de la totalidad de la vida histórica de su país, desde el tiempo de los Incas.

Con la aparición de Facundo, obra capital de Domingo Faustino Sarmiento, y que es un ensayo de interpretación histórica, social, cultural y espiritual de la realidad argentina, se presenta por primera vez el conflicto entre «civilización y barbarie». En el aspecto formal, es perceptible la influencia francesa: «¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte, para que, sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones que desgarran las entrañas de un noble pueblo!».

Facundo, caudillo gaucho, solitario, pendenciero y rebelde, es para Sarmiento la encarnación de la «barbarie». Lo acompañan diversos personajes del mundo argentino: el rastreador, el baqueano, el gaucho malo, el cantor. Arquetipos de lo natural e individual. Con ellos, Sarmiento consiguió dar forma a un fenómeno típicamente americano y que obedece a razones exclusivamente americanas.

El gaucho, como el indio, representaba una fase de la sociedad americana que la occidental había superado. Su vida nómada no podía sobrevivir a la creación de grandes haciendas de explotación industrial. Este destino trágico lo comprendió José Hernández, creador de Martín Fierro, quien caló más hondo que Sarmiento, cuya imaginación aún estaba colonizada, pues no imaginó a su patria marchando en alguna dirección diversa a las pautas marcadas por Europa. Hernández tomó posición del lado de la «Barbarie»: la independencia, la hombría, el valor.

Martín Fierro tiene su antecedente en la poesía popular de la pampa, en la que se mezclan elementos indios, negros y españoles, y en el «gauchesco» urbano. Por esos años, el uruguayo Bartolomé Hidálgo vendía en la calle una especie de libelo político en el que dialogaban dos gauchos, que comentaban los sucesos del momento usando la forma de «cielito»: «cielito, cielito que sí…» El poema de Hernández es la historia de los infortunios de Martín Fierro, payador orgulloso de su inventiva, y rebelde que debe vivir fuera de la ley: «Aquí me pongo a cantar / al compás de la vihuela; / que al hombre que lo desvela / una pena extraordinaria / como la ave solitaria / con el cantar se consuela».

Distinta forma de realismo nos ofrece Alberto Blest Gana, novelista chileno que describió con acierto la vida de su país. Pero su empeño — analizar a la manera de Balzac las fuerzas ocultas que movían a la sociedad de su época— resultó ficticio ante el hecho de que la oligarquía terrateniente dominaba completamente, y sin contrapeso, a esa nación.

En Cuba, además bien desde el exilio, José Martí intentaba por vez primera combinar literatura y revolución. Poeta, puesto al servicio de la independencia, cambió el lenguaje haciéndolo sencillo y conciso, para dar lugar a una prosa funcional. Antes de los 20 años había sido condenado a trabajos forzados. El descarnado relato de esa experiencia es un reclamo y un análisis lúcido de la situación que vivían los pueblos americanos.

Los poetas modernistas, por el contrario, se vieron como proscritos de la sociedad, pero como proscritos geniales, «por encima» de las contingencias políticas. Sin embargo, con Darío a la cabeza, América se hace con la dirección estética del género y su importancia será decisiva en el desarrollo de la literatura en español. En el modernismo la influencia francesa sustituye a la española, pero no avasalla del todo lo netamente americano.

Doña Bárbara, Don Segundo Sombra y El mundo es ancho y ajeno, fueron las primeras novelas hispanoamericanas que llamaron la atención de Europa. Describen injusticias y luchas sociales, en el marco de una naturaleza enorme y hostil.

Rómulo Gallegos y Ricardo Güiraldes, autores de los dos primeros títulos, tratan de expresar la esencia de sus países y las luchas y pasiones de los hombres. Ciro Alegría, en El mundo es ancho y ajeno, agrega el elemento de su personal compromiso político. Trata de la expropiación de las tierras de una comunidad indígena en la sierra peruana, suceso que precipita el cambio y la inserción del indio en la lucha de clases. Sólo en esta conciencia, —plantea Alegría— podrá el indio proyectarse hacia el futuro.

Nicolás Guillén, po?ta cubano contemporáneo, mezcla los temas políticos y raciales, incorporando el tema del negro, —la realidad afrocubana— que llega a ser algo más que un desafío pintoresco a los valores europeos. La cultura negra había estado soterrada y hasta los años 20, ignorada por la mayor parte de los intelectuales: «Estamos juntos desde muy lejos / jóvenes, viejos / negros y blancos, todo mezclado».

Ha llegado el tiempo en que la poesía americana rompe las fronteras con Gabriela Mistral, César Vallejo y Pablo Neruda.

La poesía de Neruda es la expresión directa de una fuerza natural. Su palabra es la palabra de los volcanes de América, capaz de recoger y nombrar la sangre y la madera; los frutos, la piedra. Alguien dice: «Neruda manda las carabelas de vuelta». «Antes de la peluca y la casaca / fueron los ríos, ríos arteriales / fueron las cordilleras, en cuya onda raída/el cóndor o la nieve parecían inmóviles: / fue la humedad y la espesura, el trueno / sin nombre todavía, las pampas planetarias.»

Augusto Roa Bastos es paraguayo. Jose María Arguedas era peruano. Ambos han escrito novelas muy apegadas a la realidad minuciosamente observada. La crudeza de los hechos que describen, está mitigada por el lirismo del estilo, el que deriva, en buena medida, del uso de palabras indias y del ritmo de estas lenguas.

Nacido en Andahuaylas, en la sierra peruana, y criado en medio de la comunidad india, José María Arguedas es bilingüe, quechua y español. En su obra aparece el mundo peruano en toda su complejidad, con el indio, miserable y humillado, pero fiel a su cultura y a su última dignidad. Como poeta escribió en quechua, traduciendo luego al castellano. Fue su empeño lograr un lenguaje en que tuvieran cabida las formas —que conllevan un modo de pensamiento— del mundo indígena. Quizá su cuento Yawar Fiesta sea la mejor concreción de este intento.

Después del triunfo de la Revolución Cubana, las letras americanas son animadas por el compromiso político y militante de la mayoría de los autores. Se mira a América en la convicción de que tarde o temprano el movimiento libertario se extenderá a todo el continente.

La novela se convierte en la gran plaza donde se plantean los problemas —cada cual los suyos— desde todos los rincones americanos. Se rompe el molde de la narrativa lineal y se incorpora la magia, la fantasía y el humor.

Gabriel García Márquez funda Macondo, y con él, un mito. Todo es posible y todo es real, como en los cuentos populares. El propósito es mostrar a América, sus luchas, sus valores, sus modos de comprensión e interpretación. La figura de El Señor Presidente», de patriarca, se hace presente, mostrando la antigua «barbarie» —no se trata ahora de un gaucho noble y rebelde, sino de un dictador de pacotilla—, la dolorosa realidad de un continente que todavía no ha alcanzado su total independencia. Los autores de este período, García Márquez, Cortázar, Vargas Llosa, Rulfo, Carpentier, Fuentes, cada uno de acuerdo a sus recursos, aunan su quehacer en el propósito de la conciencia y el inevitable cambio.

Demasiados países americanos son aún oprimidos por regímenes políticos que no sólo desprecian la cultura, sino la misma condición humana. Malamente se puede llevar a cabo alguna forma de creación en tales condiciones. Por ello muchos intelectuales se trasladan a Europa, que posibilita una mayor perspectiva. Pero allí donde se encuentren estos hombres escriben con su voz y para los suyos, y con ello se hacen universales.

Al volver sobre el objetivo de este trabajo, es necesario considerar algu?os aspectos. El americano todavía tiene una tendencia a creer que su expresión no es forma alcanzada, sino problematismo, cosa a resolver. Se enfrenta a una enorme complejidad con una suerte de ausencia de historia. Todo es demasiado reciente y precario. Casi no existen documentos. Es difícil llegar al hombre del siglo XVII y casi imposible al indio colonizado del siglo XVI. Ante la evidente necesidad de buscar apoyo en el pasado, para recrearlo, casi el único recurso válido es el uso de la imaginación. Las manifestaciones populares, artesanía, música, —citaremos los corridos y los tangos— recogen con singular acierto estos elementos y componen a partir de remotísimos recuerdos, de entrañables nostalgias, desde el Popol Vuh y España, al tráfago urbano de Ciudad de México y la inmensidad parda de la pampa, alegría, congoja y rebelión.

Por último, hay que decir en justicia que los hombres de letras americanos en una u otra forma expresaron y expresan su continente y sus luchas. El «mimetismo» ha sido el impuesto por la empedernida ceguera de las burguesías criollas, vueltas hacia Europa, colonizadas y sordas a su propia realidad. Bogotá ha sido calificada como la «Atenas» de América, y los chilenos se han sentido «los ingleses de Suramérica». Mientras se ignoraba el Martín Fierro por considerarlo de mal gusto.


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Apéndice 5: RUBEN DARIO Y EL MODERNISMO, COMO INVENCION Y COMO ESTIMULO

RUBÉN Darío fue, sin duda, la cabeza del modernismo. Encarnó en su obra y en su contradictoria vida todos los aspectos de éste; el cual, según el crítico Federico de Onís, a quien citamos textualmente, «como el Renacimiento o el Romanticismo es una época y no una escuela, y la unidad de esa época consistió en producir grandes poetas individuales que cada uno se define por la unidad de su personalidad y todos juntos por el hecho de haber iniciado una literatura independiente, de valor universal, que es principio y origen del gran desarrollo de la literatura hispanoamericana posterior».

La creación modernista corresponde, pues, de 1880 hasta el segundo decenio del presente siglo, y en ella se dieron estilos ampliamente divergentes, desde el parnasianismo en algunas fases de la obra de Rubén Darío, hasta el romanticismo tardío de José Asunción Silva. En términos generales, el modernismo en Hispanoamérica se desenvolvió en un ámbito de incertidumbre, de crisis de fe y derrumbe del orden social en que por primera vez el poeta tendió a considerar la actividad literaria como superior a la política. Para ellos Víctor Hugo representó el ideal de poeta laureado, que permanece por encima de las luchas contingentes.

El fin de siglo aportó a Hispanoamérica nuevos niveles de lujo y refinamiento, en el cual los poetas vinieron a enriquecer un escenario literario más bien pobre, reflejando los gustos de la burguesía de la época, sin trasgredir, empero, sus tabúes, disfrazando las tensiones y contradicciones, desviando la atención hacia otros asuntos. Cumplieron, además, una función de mediadores entre el gusto europeo y el hispanoamericano. Sin embargo, lo que para el artista europeo significaba una crítica de la ciencia y de la industria, desde su posición de marginado de la sociedad capitalista, para el hispanoamericano — que no participaba de esa problemática y sólo recibía su efecto— resultaba una confirmación de la posición «especial» del artista.

Celebrando la sensualidad y la perversión, aspiraron a un tiempo más amplio. Para expresarse sintieron la urgencia de una innovación lingüística, liberadora de todo condicionamiento y limitación. Y recurrieron a la poesía francesa: Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé, Verlaine, demostraban que la poesía era autónoma de cualquier exigencia cívica y que el arte tenía su fin en sí mismo, como mero goce estético, iniciando la larga polémica del «arte por el arte». Oponiéndose al subjetivismo romántico, se plantearon la posibilidad de una literatura objetiva, y con tal fin, buscaron temas distantes y exóticos, ajenos a cualquier referencia biográfica y —especialmente los parnasianos— rechazaron el presente. Los poetas modernistas hispanoamericanos se fascinaron con unos y otros, conformando esta renovación con un cierto número de impulsos paralelos, tal vez tantos como poetas corresponden a este período.

El colombiano José Asunción Silva permaneciómás cerca de las raíces románticas. Aislado, limitado a Bogotá, su poesía resultó ténue y sentimental. Julián del Casal, cubano, «vivió» el modernismo. Tuberculoso, escribía y leía en un diván con cojines, en los que resaltaba el oro, la laca y el bermellón. Salvador Díaz Mirón, mexicano, es el que se muestra más cercano al naturalismo. Otro mexicano, Manuel Gutiérrez Najera, transplantó el lujo, el refinamiento y la frivolidad parisienses a su país. Julio Herrera y Reissig, uruguayo, expresó en sus poemas un sentido de aislamiento desamparado: «Manchó la soñadora transparencia de la tarde infinita el tren lejano / aullando de dolor hacia la ausencia». El boliviano Ricardo Jaimes Freyre fundó con Rubén Darío la Revista de América, publicada en Buenos Aires a finales de 1890. Diplomático y político, tiende, como Herrera y Reissig, a ver el mundo moderno como un desierto, de donde han desaparecido la calidez y el consuelo del contacto humano.

Rubén Darío, el gran catalizador de los elementos artísticos de la época, nació en Metapa, localidad provinciana de Nicaragua, el 18 de enero de 1867. Su verdadero nombre era Félix Rubén García Sarmiento. La familia de su padre era conocida por «los Daríos» en su pueblo natal, debido al nombre del bisabuelo de Rubén. De ahí, y no por otras exóticas razones, como se ha especulado, procede el seudónimo de Rubén Darío.

En Nicaragua fue una especie de genio adolescente y desde muy joven comenzó a viajar. También desde muy joven adquiriría una peligrosa afición al alcohol, que marcaría el resto de su vida. Cumplió 20 años en Chile, donde se alimentaba de sardinas para poder vestir elegantemente y estar a tono con sus amistades aristocráticas. Allí publicó Azul, su «amado viejo libro», su «libro primigenio, el que iniciara un movimiento mental que, había de tener tantas triunfantes consecuencias» y el cual le proporcionó una corresponsalía en el diario La Nación de Buenos Aires, cargo que sería su seguro puntal económico a lo largo de su azarosa vida.

Llegó a Madrid en 1892 formando parte de una delegación que asistía al IV Centenario del Descubrimiento de América. Conoció entonces a Menéndez y Pelayo, Castelar, Emilia Pardo Bazán, Cam-, poamor, Juan Valera, Cánovas del Castillo, y unos cuantos condes y miembros de la aristocracia.

De regreso a América, tomó contacto en Nueva York con José Martí, quien sería fusilado poco después. Rubén estaban en todas partes, con unos y otros, sin que su conducta social o política pueda ser definida con claridad, aunque siempre estuvo dispuesto a desempeñar un cargo diplomático y a prodigar un elogio. El conocimiento de Martí y su muerte no dejaron de impresionarle, aunque se situaba en los polos opuestos en cuanto al enfoque del quehacer artístico y el compromiso social.

Poco después llegó por primera vez a Francia, donde no le resultó fácil entrar en el ambiente literario. Sus amigos de ese momento fueron los poetas Jean Moreas y Alejandro Sawa. Ocupa luego un cargo diplomático en Buenos Aires, época en que funda con Ricardo Jaimes Freyre la Revista de América, «órgano de la naciente revolución intelectual». Atacaba el dogmatismo hispano, el anquilosamiento académico, etc., y propiciaba mayor libertad en la construcción del lenguaje con giros y vocablos exóticos para rejuvenecer y flexibilizar el idioma.

A su regreso a España, ésta se encuentra inmersa en un período —según Rubén— de politiqueo y ceguera, mientras regresan los derrotados soldados de Cuba y Filipinas. La literatura parece estar en un compás de espera.

Como ministro de Nicaragua en Madrid, no obtuvo la estabilidad y el prestigio que el cargo le auguraba, pues su país no fue precisamente pródigo en remuneraciones, y prácticamente debió pagar este servicio diplomático de su bolsillo. Abrumado por las deudas, marchó nuevamente a París. En Madrid había iniciada una relación amorosa con Francisca Sánchez, mujer de «pocas letras», e hija de un guarda de la Casa de Campo, con la cual tuvo cuatro hijos. Darío estaba casado en Nicaragua, pero Francisca sería su tolerante compañera durante el resto de su vida.

Los últimos años de Darío estarían ensombrecidos por el alcoholismo y sus secuelas. Cansado y prematuramente envejecido, dedica a Francisca estos versos: «Llena de la ilusión que da la fe/lazarillo de Dios en mi sendero / Francisca Sánchez, acompañame».

Al iniciarse la guerra del 14, decide emprender una gira por América, a fin de promover una campaña por la paz. Pero su salud es cada vez más endeble. Enferma de gravedad en Nueva York y muere de cirrosis en Nicaragua, el 5 de febrero de 1916, a los 49 años de edad. A su muerte escribe Antonio Machado: «Si era toda en tu verso la armonía del mundo, / ¿Dónde fuiste, Darío, la armonía a buscar?».

Rubén Darío se identificó con el mundo que terminó en 1914, cuyos gustos, tentativas y limitaciones expresó con absoluta fidelidad. En ello residió su genio. Como hombre de su época acusó sus crisis religiosas y morales, reflejando en sus versos la duda y la angustia. Aunque su poesía hoy nos parezca superada y hayamos perdido el gusto por la mitología clásica que sirve de motivo a muchos de sus poemas, y a que la vulgaridad siempre amenazó al modernismo, a partir de su ejemplo la literatura hispanoamericana desarrolló una preocupación más seria por la forma y el lenguaje.

Rubén absorbió todas las influencias, desde el parnaso al simbolismo, y probó todos los tipos de versos, desde la imitación arcaizante hasta el soneto con 16 sílabas. También influyeron en su obra Hugo, Gautier, Laconte de Lisie, Eugenio de Castro. Buscaba una poesía profética, que desenmascarara el clisé mental y abriera el camino a nuevas ideas. En cierto sentido tuvo alguna afinidad con Garcilaso, en su función de puente entre dos mundos.

Max Henríquez Ureña, crítico cubano, le dice: «No serás el poeta de América… pero… no creo que necesites mayor suma de savia americana en la floresta rica de tu poesía. Fuiste el primero en levantar el pendón de rebeldía contra la anquilosis tradicional del verso castellano… Has realizado una revolución redentora en nuestra métrica».

Dejó veinte libros: Azul, Los raros, Prosas profanas y otros poemas, Cantos de vida y esperanza, etc.; innumerables escritos periodísticos y una novela inconclusa: El oro de Mallorca.

Sus primeros versos cayeron dentro de los cánones usuales, sin apartarse de la corriente predominante de la época; en ellos ya se advierte una adaptación del alejandrino francés al castellano. Azul da a conocer a Rubén y le vale una crítica de Juan Valera, quien se asombra de que un autor que todavía no ha conocido otro mundo que el americano, pueda asimilar, como Darío, el espíritu francés, le concede que, pese al profundo galicismo, el lenguaje persiste español, legítimo y de buena ley. Exento de carácter nacional, es una individualidad, ni romántica ni naturalista, ni neurótica, ni decadente, ni simbólica, ni parnasiana. De la mezcla de todos estos elementos obtiene, según Valera, una rara quintaesencia.

Por su parte, el mismo Rubén manifiesta que el origen de la novedad reside en su reciente conocimiento de los autores franceses del parnaso: «Comprendí —escribe— que no sólo el galicismo oportuno, sino ciertas particularidades de otros idiomas son utilísimas y de una incomparable eficacia en un apropiado trasplante». Y añade: «El arte es augusto, tiene mantos de oro o de llamas, o anda desnudo y amasa la greda con fiebre y pinta con luz y es opulento y da golpes de ala como las águilas o zarpazos como los leones…»

En esta línea de pensamiento leemos: «¿Hay en mis venas alguna gota de sangre de Africa o de indio chorotega o negrandano? Pudiera ser —esto sorprende pues era evidentemente mestizo— a despecho de mis manos de marqués, mas he aquí que veréis en mis versos, princesas, reyes, cosas imperiales, visiones de países lejanos e imposibles; ¡qué queréis! Yo detesto la vida y el tiempo en que me tocó nacer y a un Presidente de la República no podría saludarlo como te saludo a ti ¡oh Halagabal! de cuya corte, oro, seda, mármol, me acuerdo en sueños. Lo demás es tuyo, demócrata Walt Whitman…»

Defensor de la aristocracia literaria, tendió al pasado, a las mitologías e historias espléndidas: «Abomino de la democracia funesta de los poetas, así sean sus adoradores como Walt Whitman». Tal vez por estas manifestaciones Paul Groussac, crítico francés y argentino por adopción sostuvo que la tentativa de Rubén era del todo exótica, pues no allegaba al intelecto americano elementos asimilables y útiles para su desarrollo ulterior.

Decía Rubén: «Como hombre he vivido en lo cotidiano. Como poeta no he claudicado nunca, pues siempre he tendido a la eternidad».

Sin embargo, así como jamás desdeñó un cargo diplomático, muestra una faceta de poeta cívico, en cuya línea se inscribe el Canto épico a las glorias de Chile, Canto a la Argentina, y más significativamente en su ataque a Roosevelt: «Eres los Estados Unidos / eres el futuro invasor de la América ingenua que tiene sangre indígena / que aún reza a Jesucristo y aún habla en español…», que hace difícil de comprender su cambio de posición en Salutación al Aguila: —«Tráenos los secretos de las labores del Norte / y que los hijos nuestros dejen de ser los retores latinos / y aprendan de los yanquis la constancia, el vigor, el carácter…»

El modernismo se prolongó a España, donde la expresión poética —según Darío— estaba totalmente anquilosada y los únicos innovadores del instrumento lírico eran los poetas del Madrid Cómico y los libretistas del género chico. Sin embargo, de los autores de la generación del 98, Salvador Rueda se mostró cercano a su línea, Machado lo miró con respeto, Unamuno fue algo refractario; y despertó el entusiasmo de Villaespesa y Valle Inclán, aún más evidente en el joven Juan Ramón Jiménez. En América, Amado Nervo, Guillermo Valencia, José Santos Chocano y Delmira Agustini pueden considerarse como modernistas tardíos.

José Santos Chocano fue el primer poeta que empleó un sistema de referencias americano en su poesía, sustituyendo al centauro modernista por el caimán de su tierra. Esta tendencia se afirma en Carlos Pezoa Veliz y Leopoldo Lugones, que sitúan, mediante referencias, sus versos en sus respectivos países y entornos, aunque no difieren del tema modernista del transcurso del tiempo y la interrogante ante la muerte.

El modernismo aportó un cuidado del lenguaje y del valor intrínseco de las palabras, enriqueciendo al realismo, algo limitado al funcionalismo de la prosa. Ricardo Güiraldes y Horacio Quiroga, escritores de los años 20, supieron combinar la observación escrupulosa de la realidad con la atención a la calidad del estilo. El modernismo, pues, desvió la prosa desde una orientación más bien funcional hacia la búsqueda de valores formales, lo que tal vez haya hecho posible la aparición de escritores de las características de Alejo Carpentier o Lezama Lima.

El siglo XX literario en América comienza en 1922, con la publicación de Trilce, de César Vallejo. Dos años más tarde, Neruda publicó Veinte poemas de amor, e hizo su aparición Vicente Huidobro. El modernismo quedó atrás una vez cumplida su función liberadora.


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Apéndice 6: TESTAMENTO DE GABRIELA MISTRAL

LAS claúsulas y el espíritu de este testamento, redactado un año antes de su muerte, dicen de su grandeza de alma.

«Yo, Lucila Godoy Alcaya (también conocida como Gabriela Mistral), con residencia en 15 Seruce Stres, Rosylyn Harbor, Long Island, Nueva York:

Hago público y declaro este mi último Testamento, y revoco todos y cualesquier testamentos y codicilos que haya yo hecho en el pasado.


PRIMERA—I— Dispongo que todas mis deudas y gastos de funeral sean pagados de mis bienes por mi Albacea, tan pronto como sea posible después de mi muerte.

a) Todos los impuestos o derechos de herencia, sucesiones, traspasos y demás relativos que gravan los bienes de mi sucesión, deberán ser pagados con cargo a mi dicha sucesión.


SEGUNDA—II— La Medalla de Oro y el Pergamino que me fueron otorgados por la Academia Nobel se los lego al pueblo de Chile, bajo la custodia de la Orden de San Francisco.


TERCERA—III— Todos los dineros que se me deban o que provengan de la venta de mis obras literarias en la América del Sur se los lego a los niños pobres del pueblo de Montegrande, Valle de Elqui, Chile. Dichos dineros deberán ser pagados a la referida Orden de San Francisco, la que los recibirá y distribuirá, y la que decidirá acerca de que los niños han de recibir este beneficio bajo los términos de este Testamento, y dicha Orden se hará cargo de distribuir dichos dineros, lo que llevará a cabo sin tomar en cuenta el credo religioso o cualquier otra afiliación de cualquier niño o niños. Es mi voluntad que la mencionada Orden de San Francisco retenga el diez por 100 de dichos dineros para sus propias necesidades y otras obras de caridad.


CUARTA—IV— Cualquier mueble o inmueble que yo tenga en La Serena, Chile, se los lego a los niños pobres del pueblo de Montegrande, Valle de Elqui, Chile, y para este fin la Orden de San Francisco, recibirá el título de propiedad a su propio nombre y usará dicha propiedad o propiedades, o el producto de su venta, en la forma que dicha Orden considere mejor a su sola discreción, en la forma que se ha indicado en la Cláusula Tercera.


QUINTA—V— Todos los dineros que provengan de la venta de mis obras literarias en todas partes del mundo, a excepción de la América del Sur, se los lego a mis amigas Doris Dana, de Roslyn, Long Island, New York, y Palma Guillén de Nicolau, de la ciudad de México, México, por partes iguales, y en caso de que alguna de ellas muera antes que yo, la otra recibirá todos los dineros que se reciban de la referida venta de mis obras literarias, tal como en esta cláusula queda expresado.


SEXTA—VI— Nombro y designo a Doris Dana, de Roslyn, Long Island, New York, para que actúe como única gerente y tome todas las decisiones relativas a la publicación de mis obras literarias tanto pasadas como futuras en cualquier parte del mundo, y todas las decisiones que ella tome serán obligatorias. Los términos de esta cláusula no limitarán en modo alguno su derecho a nombrar o escoger cualesquier apoderado o apoderados que ella considere oportuno nombrar, para administración de las referidas obras, y tendrá él derecho de revocar tales nombramientos y hacer otros nuevos.


SEPTIMA—VII— Mi casa en el número 729 East Anapsau Street, Santa Bárbara, California, y todo lo que ella albergue, así como cualesquier bienes muebles y efectos personales que en ella se encuentren, de cualquier naturaleza que sean, se los lego a mi amiga Doris Dana, de Roslyn, Long Island, New York.


OCTAVA—VIII— La hipoteca en que soy acreedora sobre una casa situada en 1305 Buena Vista Duarte, Monravia, California, se la lego a mi amiga Palma Guillén de Nicolau, de la ciudad de México, México.

a) También lego a dicha Palma Guillén de Nicolau cualesquier clase o naturaleza que se encuentren en dicha casa.


NOVENA—IX— Es mi voluntad que mi cuerpo sea enterrado en mi amado pueblo de Montegrande, Valle de Elqui, Chile.


DECIMAPRIMERA—XI— Nombro y constituyo a mi amiga Doris Dana, de Roslyn, Long Island, New York, como Albacea de mi sucesión, y es mi voluntad que no preste fianza ni ninguna otra clase de garantía por el fiel desempeño de sus funciones como Albacea en cualesquier jurisdicción.

a) Mi Albacea tendrá autorización completa, a su absoluta discreción, para vender todos o cualesquier muebles o inmuebles que me pertenezcan al tiempo de mi muerte o que en cualquier momento tenga ella bajo su administración bajo este Testamento, ya sea en venta privada o en pública subasta, en efectivo o a crédito, para cambiarlos y para conceder opciones de compra de los mismos, para prorrogar el tiempo de pago y para comprometer, transar o someter a árbitros en los términos que ella considere prudente, y para finititar, con o sin causa, cualquier reclamación en favor o en contra de mi sucesión, hacer cualesquier distribución en especie o en dinero o parte en una y en otros, y en general, para hacer todos los actos y cosas y para ejercer cualquier otra contribución adicional que, a su juicio, sea necesaria o conveniente en la posesión, administración, conservación y participación de mi sucesión.

b) Si por cualquier razón la arriba nombrada Doris Dana se viere imposibilitada para desempeñar el cargo de Albacea de este Testamento, nombro y constituyo en su lugar a mi amigo el señor Clodoaldo Barrera, con oficinas en 20 Exchange Place New York, 5, New York, para que desempeñe el cargo de Albacea con todas las facultades arriba constituidas en favor de Doris Dana.

En testimonio de lo cual he firmado este Testamento de mi puño y letra, bajo mi sello, hoy día 17 de noviembre de 1956.