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Apéndice VII. La Guerra Civil

De Mienciclo E-books

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Contenido

Introducción

Estatua de Lincoln en el Lincoln Memorial de Washington.
Estatua de Lincoln en el Lincoln Memorial de Washington.

EL Sur amenaza con la separación desde que Lincoln es elegido candidato. Lo hará antes de que «el leñador», «el honrado Abe» — ya «profeta» de los negros— entre meses después en la Casa Blanca. Pero, aunque se habla de guerra en todas partes, la lucha tarda en estallar. Cuando lo hace, Lincoln ya ha ascendido al poder.

Todos los historiadores suelen estar de acuerdo en que el cañoneo del Fort Sumter, en la bahía de Charleston, por las fuerzas de los Estados confederados es el primer acto de la guerra civil. Lincoln acaba de tomar posesión de la Presidencia.

El fuerte, el único que las tropas fieles al Gobierno federal conservan en territorio del Sur, mantiene izada la bandera de la Unión durante tres meses, sin que los confederados se decidan a atacarlo ni el Gobierno a tomar postura.

Al fin, el 29 de marzo, veinticinco días después de que Lincoln jure el cargo de la Presidencia se decide a enviar una expedición de socorro con vituallas, en navíos mercantes. Los sudistas, que se separaron el 4 de febrero, un mes antes de la jura presidencial, consideran el gesto como una provocación, ya que no pueden aceptar que el gobierno de Washington dé órdenes o proporcione vituallas a un territorio enclavado en el territorio de la Confederación. Sólo una voz, la de Tooms, secretario de Estado de la Confederación, opina que cañonear el fuerte equivale a un suicidio, porque el Norte es más fuerte. No se le escucha.

Al mediodía del 11 de abril, el general sudista Beaugerard acude a Charleston y envía al fuerte emisarios exigiendo la capitulación. El comandante del fuerte, Anderson, uno de los héroes de la guerra para los nordistas, responde esa misma noche negándose a capitular. En la madrugada del 12 de abril, a las 4,30, se dispara el primer cañonazo desde las baterías sudistas. El 14 se entrega Fort Sumter. Sus hombres, con bandas de música a la cabeza y su comandante dirigiéndolos con la bandera desplegada, embarcan abandonando el fuerte. Al día siguiente, Lincoln firma la proclama pidiendo 75.000 voluntarios para dominar la insurrección contra el Gobierno central.

Estados abolicionistas

Lincoln es elegido el 6 de noviembre de 1860, y Carolina del Sur, el primer Estado secesionista, se separa de la Unión el 20 de diciembre. Le han seguido después Mississipí, Florida, Alabama, Georgia y Louisiana a lo largo de enero de 1861. El 1. de febrero, Texas celebra una consulta en las urnas: 46.000 personas votan a favor de la secesión y apenas 15.000 prefieren no romper la Unión. El 4 de febrero los confederados forman en Montgomery, capital de Alabama, un gobierno, eligen su constitución y nombran a Jefferson Davis Presidente de lo que denominan Confederated States of America.

Pero será el bombardeo de Fort Sumter el acontecimiento que decida a los indecisos. Virginia, Carolina del Norte, Arkansas y Tennessee dudan.

Dudan también los Estados que limitan con los separados, y ésta es una duda más importante, ya que en ellos coexisten, por así decirlo, dos formas de vida. Se trata de Kentucky, Missouri y Maryland.

Ante la perspectiva de la guerra, Carolina del Norte y Arkansas se inclinan hacia los hermanos del Sur. Pronto les sigue Tennessee, que será uno de los más importantes teatros de operaciones de la campaña. En Virginia, la Convención se declara a favor de la secesión. Pero en este Estado, cuna de la independencia, se produce una secesión dentro de la secesión: los condados occidentales no aceptan la separación y llaman en su ayuda a las tropas federales. En junio, esos 34 condados formarán ya un nuevo estado dentro de la Unión: West Virginia.

En Kentucky, la solución adoptada es ecléctica: en la consulta en las urnas, la mayoría se pronuncia por la neutralidad, lo que es una forma de separarse, aunque no se combata a la Unión. Missouri y Maryland, finalmente, y a pesar de motines populares como los que se desarrollan en Baltimore, deciden permanecer fieles a la Unión. El Oeste permanece pasivo.

La Confederación la forman, pues, once Estados, si bien la bandera luce trece estrellas. Dos representan a los Estados de Kentucky y Missouri, cuyos ciudadanos, partidarios de la esclavitud, escapados a la Confederación, han formado gobiernos en el exilio.

Figuras y efectivos de los dos bandos

La lenta, pero constante disposición para la guerra por parte de los rebeldes del Sur se ve facilitada por la presencia en sus filas de grandes militares de carrera.

El Norte industrioso manda a sus mejores hijos a las fábricas; en las grandes familias del Sur, en cambio, se tiene a gala que uno de los miembros varones haga carrera en el Ejército. El caso más típico es el de Lee. Era el mejor oficial de carrera de toda la Unión y podía aspirar al mando supremo de las tropas federales. Pero era virginiano. Y escribe una carta de dimisión en la que dice que «no puedo disparar contra mi Estado natal, mis hijos, mi hogar». Lee asume, pues, el mando del ejército de Virginia. Y la falta de mandos en el Norte es tan desesperada, que Garibaldi escribirá, en abril de 1861, a Lincoln ofreciéndose a luchar a su lado.

Naturalmente, este tipo de conflictos íntimos y familiares se dan por doquier en los primeros momentos. Hay el caso del senador Crittenden, de Kentucky, dos de cuyos hijos combaten en las tropas federales y uno en las confederadas. La misma señora Lincoln tiene tres hermanastros en el ejército sudista, lo cual le valdrá grandes críticas en Washington, donde, sin embargo, tales casos abundan.

La disparidad de las fuerzas será muy grande durante toda la guerra. El Norte posee la producción industrial, la técnica, las redes ferroviarias, las finanzas. Dispone también de mayores reservas humanas, ya que veinte millones de ciudadanos permanecen en los Estados fieles a la Unión, que abarcan un inmenso territorio. El Sur apenas si alcanza la extensión de Europa y sólo tiene seis millones de pobladores.

Sin embargo, la ventaja sudista es clara al principio y tardará en dejarse sentir su debilidad, que llega a ser dramática.

El carácter voluntario del servicio militar complica las cosas. Los 75.000 voluntarios pedidos por Lincoln en abril tardan tres meses en reunirse. El Sur, por su parte, libera del servicio de armas a una enorme cantidad de ciudadanos en los primeros tiempos. Y es que los dos campos, como suele suceder en todas las guerras civiles, están convencidos de que la lucha durará tres meses. Por ello, los primeros golpes del Sur son muy convincentes. Aparte de que sus estrategas y tácticos sean mejores, sus voluntarios, criados en las plantaciones y los bosques, resultan excelentes jinetes, estupendos tiradores. Los jefes adoptan medidas tácticas llenas de buen sentido y de innovación moderna: la más famosa es la del uniforme gris, frente al azul de los federales. El gris funciona como un buen camuflaje en terrenos neblinosos.

Las batallas decisivas

Como los dos bandos piensan que la guerra durará poco y el Sur confía en cortar a los norteños sus conexiones con el Oeste, el primer impulso parte de los confederados.

De entrada, esta estrategia agresiva tendrá un carácter político. Los secesionistas trasladan la capital de Montgomery, en el interior de los bosques de Alabama, a Richmond, a 120 millas de Washington, en Virginia. Al prolongarse la guerra, eso resultará un error. Pero en estos primeros momentos no lo parece. Con la capital en Richmond, el Sur iniciará el primero de sus grandes ataques. Su objetivo inmediato en Washington.

En julio de 1861 se produce la primera gran batalla. La de Bull Run, cerca del nudo ferroviario de Manasas, al otro lado del río Potomac, en Virginia. Beaugerard y Jackson, uno de los héroes del Sur, a quien por su conducta en esta batalla se le apodará «Stonewall» (Muro de piedra), terminan por poner en fuga a los federales. Sin embargo, les ha desconcertado el éxito tan relativamente fácil y no lo aprovechan.

Tras la batalla de Bull Run, el Norte comprende que ha de prepararse para una guerra larga. Si bien los sudistas no han aprovechado al máximo el éxito cruzando el Potomac y lanzándose hacia la capital federal, su posición queda ventajosa. De ahí que los militares federales decidan atacar por los flancos a la retaguardia sudista, para impedir que éstos puedan abastecerse. Por tierra y por mar se declara el bloqueo marítimo de los puertos sureños. Ningún barco puede entrar o salir de ellos. La marina federal vigila frente a las costas día y noche. El barco que intente escapar será apresado o bombardeado y echado a pique. El bloqueo acarrea problemas, ya que Europa, y en especial Inglaterra, quieren seguir negociando con el Sur. Surge un incidente con la fragata británica «Trent» en diciembre de este primer año. Puede decirse que, en 1861, el Sur sigue conservando su ventaja.

Para 1862 Lincoln ha renovado el mando nordista. Sustituye al viejo general Scott, héroe de la guerra contra los ingleses, por un ambicioso oficial de las nuevas promociones: MacClellan. En enero, los federales obtienen sus primeros éxitos en Fort Henry y Fort Donleson. El 8 y 9 de marzo se lleva a cabo el combate naval entre el acorazado federal «Monitor» y el «Merrimac», al que los del Sur han rebautizado «Virginia». La batalla queda indecisa, pero el Sur no puede romper el bloqueo, que en el otoño del año anterior había consolidado el Norte al tomar una flotilla el canal de Port Royal, entre Charleston y Savanah.

En mayo del 62 llega el primer gran fruto del bloqueo para las tropas nordistas, aunque la situación en los frentes del Este continúe incierta. En la línea del Mississipí, uno de los centros vitales de la Confederación, los federales consiguen ocupar Nueva Orleáns y Memphis. El padre del éxito es el comandante de la flota del golfo de México, Ferragut, que, paradójicamente, había nacido en Nueva Orleáns. Europa empieza a ver que el Sur puede perder la guerra, ya que Nueva Orleáns era un punto capital para el abastecimiento, el mejor puerto del Sur.

En mayo se inicia una confrontación en Virginia, en la península de Yorktown. Se suceden una serie de combates. El primero de julio tiene lugar la batalla de Mavelrn Hill, que forma parte de la denominada batalla de los siete días. Igual que Jackson en Bull Run el año anterior, tampoco el nordista Mac Clellan sabe aprovechar ahora el triunfo, que no es espectacular, pero que ha dejado a los confederados exhaustos, y no se dirige a Richmond, que tiene al alcance de la mano. En estos momentos, el Norte forma sus primeras unidades de negros y el Sur se lanza sin éxito a experimentar submarinos para forzar el bloqueo.

Sin embargo, los confederados atacan por otra línea. Stonewall Jackson, el héroe de la primera batalla de Bull Run, se ha metido, en mayo, por el valle de Shanandoah, en el este de Pennsylvania. Y aunque en el verano los sudistas pierden en Virginia, en agosto avanzan y entran en Kentucky.

En agosto, los federales intentan en Bull Run una segunda batalla, cuyos resultados son muy similares a los de la primera, y eso que el dubitante Mac Clellan no la ha dirigido. Pero vuelve a ganar Lee.

En septiembre, al fin, Mac Clellan le corta el paso a Lee, que amenazaba, en un audaz movimiento, a Maryland. La batalla es tremenda. Se lleva a cabo en Antietam, un riachuelo. La carga nordista, dirigida por Burside sobre el puente del río, ha pasado a la leyenda, cubriendo a los soldados y jefes federales más populares de un aura de valor. Al mismo tiempo, la caballería sudista, ya legendaria en cientos de acciones, y mandada por uno de los jefes más populares del Sur, Stuart, confirma una y otra vez su reputación. Sin embargo, el resultado final —con casi trece mil muertos por cada bando— favorece al Norte, pues Lee no puede seguir hacia arriba y cortar el campo unionista en dos.

En 1863 se inicia la segunda etapa de la guerra. El Norte, poco a poco, va imponiéndose.

Eliminado Mac Clellan, el ejército de la Unión pasa al ataque. En el frente del Este se lanza decidido hacia Richmond, la capital sudista. En el occidental, se decide a conquistar el Mississipí. Es el año en que empiezan a llegar a los altos puestos jóvenes oficiales que han ganado fama y experiencia en la primera parte de la guerra.

En mayo, en la batalla de Chancellorsville, en el frente del Este, en el corazón de Virginia, el Sur, aunque gana el combate, pierde uno de sus mejores hombres: Stonewall Jackson. Al mismo tiempo, en el frente del Oeste, el joven y cada vez más popular Ulyses S. Grant avanza en dirección a Vicksburg, en el río Mississipí, por encima de Nueva Orleáns, de modo que, si consigue tomar Vicksburg, algo así como el Gibraltar del gran río, las comunicaciones de los primeros Estados secesionistas con los compañeros del Oeste, Louisiana, Texas y Arkansas, quedarán cortadas o enormemente dificultadas, pues, además, el Norte tendrá el dominio del río y el Sur se habrá convertido en una fortaleza sitiada por el agua: bloqueada en la costa este y sur, bloqueada ahora desde el Mississipí. Grant quiere devolverle así a Lee el golpe de éste en Maryland.

Lee concibe entonces otra vez una acción para el plan estratégico que siempre ha obsesionado al Sur: cortar al Norte de el Medio y el Lejano Oeste, al tiempo que le hiere en su corazón, los grandes centros industriales. De manera que el comandante en jefe sudista mueve su ejército de Virginia en dirección al Norte, en dirección a Pennsylvania. Corre el riesgo gravísimo de dejar al descubierto la capital, Richmond, pero si se sale con la suya, además de los dos objetivos enumerados habrá obligado a Grant a abandonar el Mississipí para correr hacia el Norte. Puesto que si Lee alcanza Filadelfia y la toma, la suerte de la guerra quedaría invertida. Cuando uno de sus hombres objeta a Lee que los yanquis pueden tomar a su vez Richmond, Lee responde con una frase de jugador de ajedrez: «Muy bien; cambiaremos las reinas». Sólo que era algo más. Significaba, para el Sur, abandonar por fin la actitud defensiva a la que sus recursos y su territorio le forzaban. Los esclavistas del Norte ayudarían a esa consolidación.

Para detener a Lee, Lincoln hace un nuevo cambio en el alto mando. Sustituye a Hooker y nombra a Meade como comandante supremo. Meade, un hombre metódico y concienzudo, sin la audacia de Lee, sale en persecución del comandante sudista al mando del quinto ejército del Potomac. Lo alcanzará más arriba todavía de Antietam. En Gettysburg. Y allí la tranquilidad y método de Meade dan buenos resultados.

Del 1 al 3 de junio, los sudistas se lanzan al ataque y de nuevo se escriben páginas de un valor y una determinación heroica, que todo americano recuerda: carga de los virginianos de Pickett, carga de la caballería de Jonston en Culp’s Hill, carga de Ewell, para dominar la llamada colina del cementerio.

Meade y sus colaboradores aguantan. Se distinguen Wadsworth y Slocum resistiendo los feroces asaltos confederados a las colinas. Al tercer día de esta batalla decisiva —a la que asiste, además, el primer fotógrafo de guerra, Brady, con un carromato de su invención—, Lee tiene que retirarse. Ha perdido 27.000 hombres. Meade, 23.000. Pero el jefe nordista dispone aún de 70.000, a los cuales puede reunir con relativa facilidad y convertir la sabia y valerosa retirada de Lee en una catástrofe. Pero como Mac Clellan, el meticuloso Meade prefiere no precipitarse.

Lee ha perdido en Gettysburg porque su enemigo era más numeroso y disponía de una artillería más potente, ya que, pese a la resistencia a la guerra de ciertos grupos, el esfuerzo industrial del Norte empezaba a dar ya espectaculares resultados. También los lugartenientes de Lee, Ewell y Longstreet, cometieron errores graves. Pero Lee, que era todo un carácter, exigió para sí la responsabilidad entera del desastre.

La primera consecuencia de Gettysburg es la caída de Vicksburg. La guerra podría haber terminado. Pero ahora, en el Norte, a mucha gente le interesa que dure, aunque haya más revueltas populares contra las levas y más descontento popular por la elevación de los impuestos. La guerra está metiendo dinero fresco en muchos bolsillos.

Se suceden una serie de encuentros en los que el Norte sigue llevando la mejor parte; el más conocido es el de Chatanooga, en el Tennessee, en noviembre.

La rendición del Sur

En marzo de 1864 Lincoln nombra a Grant comandante en jefe, eliminando a Stanton, que siendo secretario de Guerra, quería encargarse en persona de las operaciones. El Norte tiene al fin un general capaz de llevarle a la victoria.

Grant es un buen estratega y además un táctico decidido. Su plan, trazado de inmediato, consiste en converger sobre la capital sudista, Richmond, por tres lados, para conseguir algo decisivo en el frente del Este. En el frente del Oeste dispone que Sherman, otro de los nuevos generales prestigiados, arranque desde las proximidades de Chatanooga y, cruzando Georgia, llegue hasta el mar, partiendo así de nuevo el bando confederado, ya dividido en dos por la toma del Mississipí.

Las grandes ofensivas se inician en mayo. Y aunque en junio el sudista Early llega en una audaz incursión hasta Washington, la suerte del Sur está echada. Sólo le queda resistir muriendo y matando. Las batallas se suceden en el flanco que Grant manda con el ejército del Potomac: Wildernness, Spottsylvania, Cold Harbor. La guerra de resistencia del Sur cuesta cara. Grant, que es un duro, la define con una frase cruel: «Yo no cuento mis muertos». Richmond tardará en caer once meses.

Entretanto, Sherman ha iniciado su acción. Resulta todavía más brutal que la de Grant. Arrasa y quema como Atila. En septiembre toma Atlanta, la capital de Georgia, que arde por los cuatro costados. En diciembre, continuando su avance, está en Savannah, a orillas del Atlántico. Su objetivo se ha cumplido. El Sur queda partido en dos: lo divide un cortafuegos de tierra arrasada.

Por si esto no bastara, en agosto, en la bahía de Mobile, en Alabama, en el golfo de México, el Sur queda destrozado como fuerza naval. Sheridan, que ha iniciado su campaña conquistando el Valle de Shenandoah, el que tomara Stonewall Jackson, progresa a su vez.

1865 es el año de la guerra. Richmond se rinde el 2 de abril. En Carolina del Norte el gobernador Vanee, imbuido de las ideas de que cada Estado confederado dispone de su suerte como mejor se le antoja, presume de tener sus almacenes repletos de carne en salazón, así como de uniformes, cuando en la capital sudista los soldados han combatido descalzos y sin comer apenas.

Lee se rinde siete días después de la caída de Richmond, tras intentar el domingo de Ramos una ruptura desesperada del cerco para unirse a las tropas que restan. El gran general del Sur entrega su espada a Grant en Appomatox Court House, un pueblecito de la Virginia que ha defendido con uñas y dientes.

El resto de los ejércitos sudistas siguen los pasos de Lee. El 18 de abril se rinde Jonston, en Carolina del Norte; el 4 de mayo, el ejército de Taylor, que manda las tropas de Alabama y Mississipí. El 26 de mayo, Kirby-Smith, que mandaba otra sección de las tropas de Mississipí, y a cuyo encuentro se ha dirigido el fugitivo presidente Jefferson Davis con el tesoro de la Confederación.

Jefferson Davis es detenido poco después en Greensboro. Pero el dinero confederado ya no está con él. Y así comienza la última leyenda sudista. Y, al tiempo, el nombre de yanquees, con el que despectivamente motejaron los confederados a los soldados federales, pasa a ser poco a poco sinónimo de norteamericano.