Apéndice II. La Trata de Negros
De Mienciclo E-books
LA esclavitud en los Estados Unidos se nutre de negros. En esto coincide con todas las restantes esclavitudes de la Edad Moderna, practicadas por las potencias coloniales: Portugal, Inglaterra, España, Holanda, etc.
Los indios pieles rojas, por ejemplo, fueron combatidos y finalmente arrojados en reservas, de las que no podían salir, pero no fueron sometidos a esclavitud.
No es que a partir del descubrimiento de América no haya habido otro tipo de esclavos que negros. Los árabes, por ejemplo, se dedicaron con sus lanchas en el Mediterráneo a asaltar barcos y poblaciones. De ahí salían cautivos, que eran empleados en trabajos inferiores —remeros en las galeras, o en la agricultura o el servicio doméstico—. Después se conseguía dinero exigiendo que pagaran un rescate. Así, por ejemplo, fue liberado Cervantes en Argel por una orden de frailes —los mercenarios— que se dedicaba en España a esas operaciones.
Pero Africa proporcionó a partir del descubrimiento de América la mano de obra casi gratuita que las nuevas colonias necesitaban.
Los árabes, que habían colonizado Africa durante años, tenían establecidas por todo el continente caravanas para el tráfico de la «madera de ébano», como se llamaba a los esclavos negros. De modo que los europeos que llegan a Africa y se quedan desencantados porque no aparecen las riquezas de las leyendas —y las había, aunque no para la técnica de la época—, terminan viendo el territorio como una especie de mina de brazos humanos.
A diferencia de los esclavos de la antigüedad, los esclavos negros de la Edad Moderna se beneficiaron de un problema de conciencia que la esclavitud planteaba a los contemporáneos.
En efecto, en la antigüedad se consideraba normal que el esclavo, procedente de un botín de guerra, fuera como una cosa y que pudiera ser vendido como una cosa. Pero la trata de esclavos negros tropieza con la resistencia del cristianismo, para quien todos los hombres son iguales. De modo que, aunque se acepta la esclavitud por presiones e intereses económicos, la conciencia humanitaria del cristianismo supone ya desde el principio un freno.
Poco después, en el siglo XVIII, además, van tomando cuerpo entre el estado llano —la burguesía— las grandes ideas revolucionarias e igualitarias sobre las que se crearán los Estados modernos. Cuando se proclama la libertad, la igualdad y la fraternidad entre los hombres para negar a los reyes el derecho divino y disminuir el poder de los nobles, resulta muy difícil justificar la trata de esclavos.
Pero, además, los esclavos, que solucionan problemas de brazos trabajadores en un tipo de agricultura de enormes fincas, no resultan asequibles para una pequeña familia burguesa que aspira a ser dueña del poco terreno en que trabaja. Esto es, esa gente, que quiere romper sus lazos de servidumbre con el señor feudal, no podría luego, aunque quisiera, mantener esclavos.
Así que a las razones humanitarias, primero religiosas y después ideológicas, se añaden razones prácticas.
Por eso la trata de negros se encamina desde el principio a las colonias. Es allí donde las extensiones de tierra son enormes, donde no hay brazos para trabajarlas y donde se pueden cultivar ciertos vegetales para los que no importa la mala calidad del trabajo esclavo, ya que el suelo lleva siglos sin cultivarse, es muy rico y la humedad y las lluvias favorecen las cosechas.
Del siglo XVI al XIX, a pesar de que muy pronto comenzará a ser declarada ilegal, la captura de africanos y su traslado a América resulta un negocio floreciente practicado por aventureros sin escrúpulos.
No se puede calcular seriamente el número de negros que cruzó el Atlántico. Pero hay que cifrarlo en más de una decena de millones; teniendo en cuenta, además, que la cifra desembarcada en América ha de aumentarse al menos en una cuarta parte, ya que las condiciones del tráfico eran absolutamente inhumanas y un crecido número de la «mercancía» moría durante la travesía. A pesar de esas pérdidas, el negocio era rentable para los traficantes.
Pero a la hora de valorar el precio de este inmenso crimen hay que añadir otro sumando a la cuenta. Y es que para «cazar» unas docenas de esclavos, los cómplices, generalmente negros, de los mercaderes blancos, destruían innumerables vidas de adultos, mujeres y niños, quemaban aldeas y hasta ciudades enteras, así como bosques.
De este modo, la esclavitud, la trata, contribuyó a disminuir muy notablemente la población africana. Y, de manera muy especial, entre 1700 y 1800, período en el cual saltaron el Atlántico tantos negros encadenados como en los dos siglos anteriores y en el siguiente. El siglo XVIII fue la centuria de «la madera de ébano»: los esclavos negros. Los puntos de Africa donde los tratantes recibían «la madera» de los asociados negros a quienes pagaban por realizar la caza, eran éstos: el Senegal y Gambia, un poco más abajo de las Islas Canarias, hasta el siglo XVII; Costa de Oro y su vecina Costa de los Esclavos (en el golfo de Guinea, y que ocupa lo que hoy es Ghana, Togo, Dahomey y Nigeria), de donde salió el grueso de la mercancía en el gran siglo XVIII; los sustituyó el delta del Níger, el gran río del norte del Africa negra, y ahí se nutrieron los mercaderes del siglo XIX, ya que las condiciones geográficas del delta —islotes, manglares— facilitaban las operaciones de carga a los buques cuando la trata es ya un negocio ilegal, y hay que hacerlo a escondidas.
Hemos dicho que los tratantes de «madera de ébano» eran aventureros, pero también que, poco a poco, se entabla una lucha para declarar ilegal la trata, En consecuencia, una y otra cosa significan que, durante cierto período, el tráfico de negros esclavos fue, no solamente tolerado, sino aprovechado por los gobiernos, especialmente los de Inglaterra, Francia, Holanda y Portugal. En cuanto a España, que inició la compra de esclavos con destino a las Antillas, en 1502, prohibió inmediatamente a sus súbditos la trata directa de esclavos, a partir de lo cual, los esclavos llegaban a las colonias españolas por medio de traficantes extranjeros.
En el siglo XVIII, el gran siglo del tráfico de «ébano», ingleses y franceses se hacen la competencia. El mayor poderío naval da ventaja a Inglaterra. Sus traficantes, pese a la creciente oposición de la opinión pública más ilustrada del país, desplazan a los flamencos de todos los mercados.
Pero Inglaterra perseguiría pronto la trata. Será un arma decisiva. En el siglo XIX, ya prohibido el tráfico, los barcos que cargan carne negra en el fondo de la sentina ya no pueden enarbolar ningún pabellón nacional. El tráfico cae en manos de piratas. Aun así y todo, algunos de estos piratas hacen grandes fortunas; y familias hoy muy honorables, se enriquecieron en principio con el tráfico de esclavos.
Por fortuna, el tráfico duró poco: cuatro siglos es un período largo para la vida humana pero corto en la vida de la humanidad. Durante el gran siglo del tráfico, emergen con fuerza las ideas abolicionistas. Es el «siglo de las luces». Ya no son sólo las prédicas de sacerdotes o las quejas papales. Los hombres ilustrados tratan de influir en los reyes para que sea suprimida la esclavitud que atenta contra la libertad y la dignidad de la persona humana. Voltaire, Montesquieu, Rousseau, Diderot, Locke y muchos otros escriben contra la esclavitud. Sus ideas se extienden con rapidez entre los burgueses descontentos.
Los primeros pasos, sin embargo, los dan los cuáqueros en Inglaterra y en la que es todavía colonia británica de Pennsylvania. En el año 1727.
En 1765 se funda en Inglaterra la Sociedad Antiesclavista.
En 1722 las actividades de la Sociedad dan su primer fruto: la esclavitud es abolida en el territorio de las Islas Británicas; se tolera en las colonias, pero los súbditos que regresan a la patria ya no pueden traer sus esclavos.
En 1794 el comercio de esclavos es prohibido también en Francia por el gobierno revolucionario.
En 1807 se prohíbe introducir esclavos en las colonias inglesas. Y la cada vez más poderosa marina británica se encargaría de que se respete el orden.
En 1808 el comercio —no los esclavos— es abolido también por los Estados Unidos.
En 1815 el Congreso de Viena proclama solemnemente la abolición de la trata y la esclavitud. Y una de las grandes potencias del tráfico, Portugal, es obligada a no traficar con negros esclavos al norte del Ecuador.
En 1834 Inglaterra libera a todos los esclavos de sus colonias e indemniza a sus propietarios.
En 1848 la Segunda República francesa libera también a todos los suyos.
En 1856 es abolida por Portugal la esclavitud en algunas colonias.
En 1860 la esclavitud es abolida en las colonias holandesas.
En 1861 el zar de Rusia emancipa a los siervos; no son esclavos, pero viven en un régimen muy semejante al de la esclavitud, ya que están ligados a la tierra y su condición sigue siendo similar a la de la Edad Media.
En 1863 y 1865 se publican las proclamas de Lincoln aboliendo la esclavitud en Estados Unidos; primero la de los rebeldes, luego la de todos los súbditos de la Unión.
En 1867 Brasil procede a la emancipación de los niños esclavos.
En 1878 Portugal prohíbe el tráfico en el hemisferio sur, y quedan cerradas las únicas vías legales entre Angola y Brasil. Este mismo año es abolida la esclavitud en Cuba y las restantes colonias españolas.
En 1888 es abolida finalmente la esclavitud en Brasil.
Un breve análisis de este calendario de fechas, permite afirmar estas cosas: primero, que la batalla inicial de la abolición la dio Inglaterra; segundo, que la siguió la Europa de la Revolución Francesa; y tercero, que el combate posterior, visto que las leyes no son eficaces del todo, se da en el frente del comercio. Así, la solemne declaración del Congreso de Viena cierra los ojos ante la persistencia de las naciones que siguen tolerando esclavos en sus colonias más o menos legalmente, pero hace difícil y costosa la comercialización de los esclavos al haber de por medio un acuerdo internacional.
El instrumento más eficiente de la abolición de los esclavos fue la marina inglesa. La lucha de las fragatas de la Armada real británica contra los barcos negreros fue implacable. Conseguido esto, lo demás fue cambiando poco a poco, si bien todavía hoy continúa la trata por las viejas sendas africanas del interior, por algunas zonas de Asia y Oceanía y en dirección a los feudales territorios del golfo de Arabia.
En 1926, la Sociedad de Naciones elaboró un documento que venía a abolir legal e internacionalmente la esclavitud en su sentido más amplio: «Esclavitud es el estado o la condición de un individuo sobre el cual se ejercen los atributos del derecho de propiedad o alguno de ellos.» Hoy, al cabo de más de cincuenta años de haberse adoptado ese acuerdo, todavía existen unos 15 millones de seres humanos sobre los que, de una forma u otra, se ejercen algunos de esos derechos a los que se refiere el documento de la Sociedad de Naciones.
La esclavitud parece algo prehistórico, pero es de ayer, los turistas pueden ver en Senegal, frente a la capital, Dakar, en la pequeña isla de Gorée, la casa de los esclavos, un edificio del XVIII no muy grande, que servía de almacén de espera a los barcos que llegaban a Cabo Verde a buscar la mercancía. Allí están las argollas, los yugos, los látigos e instrumentos de tortura para los rebeldes. La mercancía aguardaba semanas, mal alimentada; sobrevivían los fuertes.
No hay desacuerdo sobre lo inhumano del trato en la travesía. Ocurría a menudo que el ansia de sacar a cada viaje un mayor rendimiento decidía a los negreros a cargar las sentinas más de la cuenta. Calculaban que como, día a día, deberían ir soltando cadáveres al mar, cuando el barco se encontraba en una latitud peligrosa por la frecuencia de las tempestades, ya iría con la carga justa. Pero a veces se calculaba excesivamente de más o morían unos pocos menos, y el barco entero, marineros libres, negreros libres y esclavos con cadenas se iba a pique a servir de alimento a tiburones y otros peces.
Otros cargamentos llegaban al final infectados por las fiebres tropicales —paludismo— o diezmados por la disentería. La comida a bordo era de pura subsistencia. Un poco de galleta salada, un poco de agua y nada más. Se confiaba en que la inmovilidad forzada por las cadenas no exigía otra cosa. Incluso ciertos negreros, si el viaje se retrasaba a causa de los vientos, prohibían los cánticos melancólicos de quienes trataban de fortalecerse y darse ánimos en las oscuras sentinas. Sostenían que el cantar agota las fuerzas y exige más comida.
Hoy, que el mundo de la esclavitud queda lejos, la polémica sobre este «mal antiguo» sigue siendo necesaria. Porque, aun en el supuesto de que la sociedad esclavista hiciera vivir al esclavo a veces en mejores condiciones que en las fábricas, las argollas y cadenas no pueden ir nunca unidas a la figura de un hombre.