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Apéndice 7. El Comité de Actividades Antiamericanas

De Mienciclo E-books

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POCO después de acabar la segunda guerra mundial, comienza una guerra sorda e implacable entre la Unión Soviética y su hasta hace poco aliado Estados Unidos. Gracias al comportamiento heroico del pueblo ruso en los difíciles días de la guerra, la Unión Soviética goza de popularidad entre los americanos, el comunismo era una ideología de buen tono entre los snobs durante el mandato de Roosevelt. Pero una vez liquidado el enemigo común —el nacionalsocialismo de Adolf Hitler— y muerto el presidente amado, el liberal Franklin Delano Roosevelt, las fuerzas más conservadoras de la nación americana señalan con el dedo a su actual enemigo. La Unión Soviética ha salido vigorizada de la guerra y más poderosa que nunca; el comunismo es una amenaza real para el sistema político americano. Para ellos, el enemigo está dentro de casa. Bajo la aquiescencia del presidente Truman, un sector del Congreso inicia una furibunda campaña anticomunista. Organizan la House Un-American Activities Committee (Comité de Actividades Antiamericanas), cuya función sería llevar a cabo una limpia de los simpatizantes comunistas en los diversos campos profesionales, acusándoles de desarrollar actividades contrarias a la sagrada Constitución americana.

Hasta el Congreso habían llegado rumores o noticias fidedignas de que destacados elementos comunistas se habían infiltrado en la industria del cine. La popularidad casi mitológica de los astros de Hollywood, y la repercusión en los medios informativos de cualquier acontecimiento que suceda en la Meca del cine indica al Comité de Actividades Antiamericanas que los habitantes de Hollywood declarando ante el comité pueden ser una publicidad de valor incalculable.

Al frente del comité, en el año 1947 —año en el que Chaplin estrena Monsieur Verdoux—, se encuentra un ultraconservador senador republicano llamado Parnell Thomas, que comienza sus actividades en octubre de dicho año.

Sin embargo, este comité no gozó en ningún momento de popularidad. En el mismo Hollywood se organizó una contraofensiva en los sectores más liberales, que aducían que el Comité de Actividades, Antiamericanas era netamente anticonstitucional, al infringir evidentemente la primera enmienda de la Constitución americana que garantiza a todos los ciudadanos norteamericanos la libertad de pensamiento y expresión. Actores, guionistas, directores y algunos productores, organizaron un Comité de la Primera Enmienda que realizó una marcha sobre Washington en señal de protesta. Numerosos rostros conocidos figuraban en aquella manifestación que encabezaron Humphrey Bogart y el director John Huston.

Sin embargo, la industria del cine descansa en los sólidos cimientos de las oficinas de Wall-Street (la calle de las altas finanzas en Nueva York). Los grandes capitalistas americanos, propietarios en la sombra de toda la industria del cine, enviaron órdenes precisas a los directores generales de las grandes compañías productoras. Había que someterse al Comité de Actividades Antiamericanas, o perder los puestos de trabajo e incorporarse a las listas negras con la seguridad de no volver a encontrar un trabajo en mucho tiempo. Ante tan decisiva presión, el sólido y bien intencionado bloque de resistencia comenzó a desmoronarse.

Parnell Thomas trata de deportar al músico alemán Hans Eisler y a su mujer como comunistas; pero en realidad no lo son. Charles Chaplin acude en defensa de su amigo, protesta y escribe a Pablo Picasso a París para que los intelectuales franceses protesten también ante la Embajada norteamericana en la capital francesa. Este es el gesto que producirá —años más tarde— la expulsión de Chaplin de los Estados Unidos.

El procedimiento que seguía el Comité de Actividades Antiamericanas era sencillo pero desagradable. Convocaba a declarar a una figura determinada, sobre quien pesaban determinadas sospechas de procomunismo o tendencias demasiado izquierdistas. En su declaración debía retractarse de sus actividades sospechosas y dar nombres de colegas que hubieran cometido también el mismo error. Delatando podían hacerse perdonar sus pecados.

Las actividades de este comité —en el que dieron sus primeros pasos en sus respectivas carreras políticas Robert Kennedy y el expresidente Richard Nixon— ha pasado a la historia con el sobrenombre de La caza de brujas, por su similitud a las persecuciones despiadadas que en el siglo XVIII se llevaron a cabo en algunos puntos de la nación contra las mujeres acusadas de hechicería.

Hubo diez profesionales del cine que se negaron a declarar ante el comité amparándose en la primera enmienda. Fueron acusados de desacato al Congreso y todos ellos cumplieron breves sentencias de cárcel y tuvieron dificultad durante varios años para conseguir trabajo en Hollywood, sus nombres eran: Alvah Bessie, Herbert Biberman, Lester Cole, Ring Lardner jr., John Howard Lawson, Albert Maltz, Sam Ornitz, Adrian Scott, Dalton Trumbo (todos ellos guionistas) y el director Edward Dmytryk.

Charles Chaplin es acusado públicamente por el actor republicano Robert Taylor, quien dice: «Chaplin es un individuo peligroso, que se las da de experto financiero y militar, cuando nunca fue más que un emboscado». Tras Parnell Thomas toma la presidencia del comité el senador republicano Joseph Mac Carthy, quien lleva la caza de brujas hasta dimensiones ridiculas, creando en Hollywood y también en el resto del país una psicosis de pánico. Circulan listas negras de indeseables que son inmediatamente despedidos de su trabajo; en algunas ciudades se crean piquetes para impedir la entrada a determinados espectáculos sospechosos, los profesores de las universidades deben andar con tiento en sus citas literarias.

Un triste éxodo comienza a vaciar los despachos de Hollywood: Joseph Losey, Jules Dassin, Robert Rossen, John Berry, Orson Welles…, directores con talento y llenos de promesas, se ven obligados a abandonar el país para no declarar ante el comité.

El actor John Gardfield sufre un ataque cardíaco, del que muere, a consecuencia de las innumerables presiones del comité. Es el año 1952, el comité, embriagado por su fuerza, no duda en atacar a los más ardientes defensores del New Deal roosveltiano; acusa a la Unesco y también al político Adlai Stevenson, candidato a la presidencia.

La opinión pública comienza a inquietarse. El comité fue demasiado lejos. Una noche, en un programa de televisión, el presidente del comité, Joseph Mac Carthy, desliza un comentario, vejatorio para el público, a su vecino de mesa, cuando cree que el sonido de la emisora está desconectado. Pero todo el país le escucha. Es el año 1954, Mac Carthy es derribado y anulado por los mismos poderes que le impulsaron.

Años más tarde Orson Welles resumió así el triste período de la caza de brujas: «De mi generación somos muy pocos los que no hemos traicionado nuestra postura, los que no dimos nombres de otras personas. Esto es terrible. Y uno no se recupera de ello. No sé como se puede recuperar uno de semejante traición. Lo malo de la izquierda americana es que traicionó por salvar sus piscinas. No había una derecha americana en mi generación. No existían intelectualmente. Sólo había las izquierdas y éstas se traicionaron. Porque las izquierdas no fueron destruidas por Mac Carthy: fueron ellas mismas las que se demolieron, dando paso a una nueva generación de nihilistas. Esto es lo que sucedió».