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Apéndice 6. El Progrom. la Persecución del Pueblo Judío a lo Largo de la Historia

De Mienciclo E-books

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RECIBEN el nombre de «Progrom» o «Progroms» en el idioma ruso aquellos levantamiemos de tipo popular que desembocaban en matanzas de judíos.

Aunque, como veremos, el antisemitismo violento se ha producido a lo largo de toda la historia, se habla específicamente de «progroms» durante la época de Nicolás I. Hubo levantamientos en el sur de Rusia (de abril a julio de 1881), Podolia (1882), Kishinev (1903), Zátomir, Brest-Litovsk y Odesa (1905). Frecuentemente estas persecuciones fueron apoyadas por las mismas autoridades zarinas para desviar la atención del descontento del pueblo por la crisis socioeconómica del país. Al mismo tiempo se promulgaron leyes discriminatorias contra los judíos (1881-1883), en lo que respecta al lugar de residencia y a la enseñanza. También durante la guerra civil hubo «progroms» como el de Ucrania (en 1919).

La persecución del pueblo judío la encontramos a lo largo de todos los tiempos y en casi todas las naciones.

Así, durante el reinado de Amosis I, quien logró expulsar a los hicsos (que eran predominantemente semitas), los que quedaban en Egipto fueron oprimidos, y bajo Ramsés II la situación de los hebreos se hizo intolerable. Moisés logró sacar a su pueblo de Egipto hasta llegar a la península del Sinaí. Este éxodo, que fue considerado por los judíos como un milagro, es algo muy importante para la historia de los judíos.

En 598 a. de C, el rey de Babilonia, Nabucodonosor, tomó Jerusalén y puso en el trono a Sedecias, quien se sublevó contra Babilonia; Nabucodonosor destruyó Jerusalén y el reino de Judá, y parte del pueblo fue deportado a Babilonia; en Mispá quedaría Godolías como gobernador. Su asesinato llevó a muchos a huir a Egipto formando parte de las colonias de este importante foco cultural judío en Babilonia.

En el año 66, los extremistas judíos consiguieron apoderarse del Templo, extendiéndose la rebelión; Vespasiano, al frente de los romanos, pacificó el país y su hijo Tito arrasó Jerusalén (año 73). En tonces muchos judíos se dispersaron por el Imperio, muchas veces en calidad de esclavos. Se produjo la gran diaspora o dispersión.

El éxodo judío llegó a la península Arábiga: algunos se establecieron en las ciudades que estaban en las rutas de las caravanas (Khaibar, Taima, Fadak, Wadi-l-Qurá Yatrib o Medina); otros, en cambio, llegaron al Yemen. Se integraron con los árabes e hicieron numerosos prosélitos; vivían en tribus y hablaban la lengua árabe. Mahoma al principio toleró a los judíos, pero más tarde los combatió. El califa Omar expulsaría a los cristianos y a los judíos de Arabia.

Las revueltas antijudías y, como consecuencia, las conversiones forzosas fueron frecuentes en Europa.

Más modernamente, la intolerancia religiosa de la época de las Cruzadas fue la causa de sangrientas persecuciones contra los judíos en Renania, Francia e Inglaterra; se crearon leyendas difamatorias para fomentar este odio, como la de que los judíos sacrificaban un niño cristiano durante la Pascua. En 1290 fueron expulsados de Inglaterra, y en 1306, de Francia (en cambio, en Provenza permanecieron hasta 1507).

En 1280, en Castilla, se comenzó a detener a los judíos para pedir después una fuerte suma por su libertad; comenzó también la matanza de judíos, por lo que muchos de ellos se convirtieron al cristianismo (aunque secretamente siguieron con su religión). Al establecerse en 1478 la Inquisición, fue misión suya descubrir a los falsos conversos (llamados «marranos»). En 1492, durante el reinado de los Reyes Católicos, se ordenó la expulsión de los judíos que todavía quedaban en España, que eran unos 150.000. Aún quedan en todo el litoral mediterráneo comunidades judías de habla castellana, los llamados sefarditas.

Fue en 1648 cuando los cosacos, que se habían sublevado contra los señores polacos, realizaron el mayor asesinato en masa de judíos hasta entonces cometido; se les suponía servidores de la nobleza.

Llegamos así a la figura de Moisés Mendelssohn (1729-1789), quien obtuvo autorización para vivir en Berlín y fomentó intercambios culturales y tertulias entre judíos y cristianos. Nació así un movimiento judío parecido a la Ilustración francesa, que tuvo el nombre de Háskalá. Buscaba este movimiento acabar con el ghetto y hacer que los judíos llegaran a participar de la vida cultural europea; de este modo se intentaba acortar distancias entre los judíos y los cristianos.

Hubo medidas esperanzadoras por parte de las autoridades en favor de los judíos; por ejemplo, la Revolución francesa decretó que los judíos pasaran a ser considerados como ciudadanos iguales a los demás en deberes y en derechos (1791); esta igualdad fue posteriormente reconocida en los Países Bajos (1796).

La asimilación, sin embargo, no llegó nunca a ser completa por la constante inmigración de judíos que salían de Rusia y Polonia, donde eran perseguidos, y continuaban viviendo en los ghettos. La dispersión llegó no sólo a Europa occidental, sino también a los Estados Unidos y a Argentina.

Los «progroms» de 1881-1882 en Rusia trajeron como consecuencia el movimiento político sionista (1897) y la participación de los judíos en la Revolución rusa. Otros grupos de judíos llegaron a Palestina, con la anuencia de los sultanes turcos y, después de la I Guerra Mundial, con el consentimiento de las autoridades británicas que ejercían allí un protectorado.

En 1917, la Declaración Balfour reconocía a los judíos el derecho a tener un hogar judío en Palestina. Y así llegamos a la época del antisemitismo de los nazis, que produjo millones de víctimas durante la II Guerra Mundial.

Son muchos los que se han preguntado después de conocer el aberrante mundo concentracionario creado por los nazis alemanes para exterminar el pueblo judío: ¿Por qué los judíos se dejaron conducir al matadero como borregos…? Quizá la historia resumida de los «progroms» o «progromos» que antecede sea la única respuesta válida. El que a sí mismo se llamaba «pueblo elegido de Dios» estaba acostumbrado a todos los dolores y sufrimientos de la represión. Como dice Steiner, los «progroms» se habían convertido en el único contacto entre los israelitas y los pueblos que los acogían. Tradicionalmente siempre había ocurrido lo mismo: «Una noche, los gentiles pintaban una cruz negra en su puerta. Los judíos sabían lo que ocurriría al día siguiente. Escondían entonces los rollos de la ley y después se encerraban en sus casas para refugiarse en la oración. Los pequeños duraban un día, los grandes, una semana. Los judíos no se defendían jamás, no se rebelaban jamás. Los más piadosos veían en ello un castigo de Dios; los otros, un fenómeno natural comparable al granizo en tierras de viñedo o a la langosta en Marruecos. Se habían aprendido una cosa: el gentil es el más fuerte, rebelarse no hace más que atizar su cólera. Si un goy (gentil) te pega —enseñaban a sus hijos—, baja la cabeza y te dejará con vida».

Pero con los nazis falló esta táctica. En sus programas e ideales se habían propuesto exterminar al pueblo judío y habían programado concienzudamente su destrucción. Desde el doctor Rosemberg, el mitómano glorificador de la raza nazi, hasta el sádico Himmler, todos los jefes del nazismo coincidían en que el poderío alemán y el milenario imperio del hombre ario consistían en raer de la tierra a los semitas, y se aplicaron a la tarea con fanatismo sectario. Rosemberg teorizaba como intelectual y Himmler ejecutaba con fría metodología y refinada técnica. Las palabras de este último pronunciadas en una reunión de generales de la SS son reveladoras: «Quisiera hablar de la evacuación de los judíos, del exterminio del pueblo judío. Es ésta una cosa de la cual es fácil hablar. “El pueblo judío será exterminado”, dice cada miembro del partido, está claro, está en nuestro programa: eliminación de los judíos, exterminio; eso haremos». Cuando los dirigentes políticos de un país hablan así, ¿cómo podemos extrañarnos que se produjeran decenas de «programs» en Alemania y en todos los territorios de la Europa conquistada, que los ghettos fueran primero aislados por medio de alambradas y después cribados y extenuados por el hambre, que los campos de concentración y las cámaras de gas industrializasen el exterminio de los judíos…?

Lo más terrible de este enorme genocidio es que la operación fue planeada, dirigida y consumada con tal sigilo y disciplina, que ni los propios alemanes ajenos al monstruoso mundo de la Gestapo, llegarían a sospechar, hasta la terminación del conflicto bélico, las proporciones de la represión.

Toda la historia del pueblo judío determina ya configura y psicología de este pueblo. En la actualidad, a pesar de todas las peculiaridades que pueden diferenciar a los judíos, geográficas, socio-políticas, etcétera, hay un núcleo doctrinal espiritual que los mantiene unidos. Este núcleo conecta con los más antiguos principios del judaísmo: la creencia en un Dios único, a quien hay que honrar y respetar mediante la justicia, la piedad, la caridad y el amor, y la misión de Israel dentro de la historia para crear un mundo mejor. Al considerarse pueblo elegido, tiene una gran responsabilidad en este sentido. Sin embargo, el dolor y la desdicha han sido inseparables de su historia; esta continua dispersión, esa constante persecución han servido, sin embargo, para purificar a este pueblo, como si el sacrificio, la humillación y la marginación hubieran sido los catalizadores de una experiencia colectiva sido los catalizadores de una experiencia colectiva que puede llevar al pueblo judío a cumplir una importante misión en la historia. No podríamos entender la psicología del pueblo judío sin una compresión de su historia, de su peculiarísimo pasado como sociedad y como pueblo.