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Apéndice 6. Cuando El Sol de España se Puso en América

De Mienciclo E-books

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Introducción

EL tema de la independencia de los países hispanoamericanos es tan exuberante, barroco y tropical que deforma frecuentemente la certera visión de los hechos. Cualquiera que se adentre en la acumulación de historias, memorias e interpretaciones particulares que nos brinda la historiografía, siente confusión y tristeza al ver tanta polémica inútil, tanto partidismo y tozuded en la radicalización de posturas por parte de los protagonistas del magno acontecimiento. El hecho sería insólito si no fuera porque forma parte de la crisis de España, y la crisis todavía sigue coleando.

Una pregunta previa se impone: ¿Se hallaba Hispanoamérica preparada para emanciparse de la tutela española? A la vista de los resultados y de la dramática conflictividad que jalona la historia de los Estados surgidos del imperio colonial español, parece que no. Pero inmediatamente se nos presenta otra interrogación: ¿Podía España dar algo nuevo a los pueblos alzados contra su autoridad? La respuesta también parece negativa.

El mundo estaba cambiando, había cambiado radicalmente, y España seguía encerrada en su absolutismo. La crisis que iba a sacudirla a todo lo largo del siglo XIX y buena parte del XX se hizo patente en el trance doloroso de la Guerra de la Independencia, pero venía de atrás. La primera en romper las esclusas del absolutismo en una revolución fecunda y creadora fue Inglaterra en el siglo XVII. La segunda fase del ciclo revolucionario se produce en sus colonias de Norteamérica, con un sistema constitucional que no tardaría en ser envidiado por las colonias españolas. Pero el gran detonante del mundo absolutista fue la Revolución Francesa. Inglaterra, Norteamérica y Francia revelaron que la libertad política era posible y que los derechos del hombre estaban por encima de los privilegios de la Corona.

Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano fue promulgada en Francia en 1789 y en Hispanoamérica circuló profusamente en 1794, traducida e impresa por el criollo colombiano Antonio Nariño en 1794. Aunque tanto en España como en Hispanoamérica se levantaron barreras contra la marea revolucionaria, la incipiente burguesía de ambos lados del Atlántico captó el mensaje que la llamaba a protagonizar la revolución y, tras el fracaso de la «Ilustración», que también había tenido amplias repercusiones en los cabildos de las ciudades americanas, hizo su aparición el liberalismo, que iba a socavar los cimientos de las rígidas estructuras absolutistas que regían en la España metropolitana y en sus colonias como un todo indivisible.

Aunque el proceso de la emancipación hispanoamericana se escapa a los estrechos límites establecidos por la cronología, entre 1808 y 1824, en este período de las guerras de la Independencia se consuma la separación entre una España debilitada por un proceso interno de Guerra Civil y una América desgarrada por el caudillismo de sus libertadores.

A finales del siglo XVIII la composición étnica de los pobladores de Hispanoamérica era la siguiente: indios, 46 por 100; mestizos, 26 por 100; blancos, 20 por 100, y negros, 8 por 100. Del total de blancos, sólo el 5 por 100 eran peninsulares y en su mayoría pertenecían a la burocracia colonial. Si los españoles monopolizaban el poder político como funcionarios de la Corona, los criollos, burgueses y aristócratas, detentaban el poder económico y cultural, y poseían el dominio real de la economía de las colonias.

Fue en los criollos de las ciudades donde germinó la idea de la emancipación. «En vísperas de la emancipación —escribe Mario Hernández Sánchez-Barba— era notable la desproporción en el reparto de la riqueza, apreciada en la inorgánica distribución de la renta entre la población económicamente activa, produciendo grandes diferencias en los niveles sociales de vida. Por un lado, la gran burguesía comercial que, al compás de las reformas liberales de Carlos III, entre 1765 y 1778, con el consiguiente aumento de la actividad mercantil, se había enriquecido todavía más, alcanzando una extraordinaria potencialidad económica; en torno de ella, las masas empleadas como mano de obra en el negocio comercial: cargadores, acarreadores, muleros, estibadores, etc. Por otro lado, la gran aristocracia terrateniente y feudal, detentadora en muchas ocasiones de los poderes políticos de la localidad de asentamiento, de vida fastuosa, ya fuese en sus palacios urbanos o en sus fincas rurales. Frente a ella, la más radical pobreza envolvía a los peones trabajadores de sus tierras, mal alimentados, peor vestidos y arrastrando una mísera existencia. Por otra parte, la alta burocracia administrativa ocupaba los altos cargos y giraba, como un remedo de la corte metropolitana, en torno de la virreinal, la de los gobernadores o la de los capitanes generales; por debajo, la burocracia administrativa, escribanos, conserjes, criados, etc. Por otro lado, el alto clero urbano, que gozaba de astronómicas rentas, contrastaba con el clero rural, sin medios casi para subvenir a sus mínimas y más perentorias necesidades vitales. Por último, el ejército, dividido entre los altos mandos y la oficialidad subalterna y la soldadesca. Una sociedad, en suma, caleidoscópica, donde existían tantos matices como en la amplia gama del mestizaje indiano. Pero con una separación extrema y cada vez más amplia, entre las altas capas adineradas y las bajas, pauperizadas».

Así era la rígida sociedad colonial que resistió los sucesivos embates de la revolución hasta que la crisis se produjo en la misma metrópoli. Lo que ocurrió después es un capítulo más de la lucha que se libraba en España entre liberalismo y absolutismo y los resultados corresponden al escaso o nulo interés que las autoridades imperiales prestaron a las demandas de la burguesía colonial en favor de la libertad de comercio y una mayor autonomía en los gobiernos coloniales para resolver las situaciones sin tener que esperar las resoluciones de Madrid. Los criollos, enriquecidos por el comercio, aspiraban a reformar las estructuras coloniales y a romper el aparato administrativo de los monopolios metropolitanos, y ante la imposibilidad de superar las lentas y esclerotizadas reacciones del centralismo español, optaron por desencadenar la lucha emancipadora y asumir el poder, al igual que pretendía la burguesía liberal española.

Al producirse la segregación de los países hispanoamericanos, España había agotado su capacidad de fecundación. Nada tenía que ofrecerles. Como diría Sarmiento, España había llevado al Nuevo Mundo lo mejor y lo peor de su forma de ser, se había integrado en el paisaje con su barroquismo y en la sangre con su cultura, su fe y su fiero orgullo. En América había sido vencida por sus propios hijos, pero nunca podría ser desarraigada su simiente.

Aunque España no tuvo poca culpa en el fracionamiento de América, por no haber atendido en su momento las peticiones de los propios criollos de crear un centro de poder bajo la égida de un príncipe de la Casa de Borbón, quien realmente hizo todo lo posible para que tal cosa ocurriera fue Inglaterra, que deseaba una reata de pueblos dóciles y empobrecidos para su mejor explotación. Por eso los libertadores que, como Bolívar y San Martín, aspiraban a unificar los países recién liberados, fueron barridos. El vizconde de Chateaubriand, ministro de Asuntos Extranjeros de Francia, pudo decir muy bien: «En el momento de su emancipación, las colonias españolas se convirtieron en una especie de colonias inglesas.» Nada más cierto. Desde su emancipación, Hispanoamérica ha figurado primero en la zona de influencia del imperialismo británico para encadenarse después al coloso norteamericano.

Y todo, ¿por qué? Porque España se había vaciado de contenido. Carecía de dinámica propia. Fluctuaba entre absolutismo y liberalismo sin acertar en el contexto de las grandes naciones. De esta manera, malamente podía ofrecer a las esquilmadas Repúblicas hispanoamericanas lo que no poseía.

José Martí, el gran patriota cubano que no llegó a ver a su país pasar del colonialismo español al norteamericano, analizando el comportamiento de los próceres y libertadores, escribe sobre el fracaso de los que intentaron el trasplante de los modelos extranjeros al peculiar mundo hispanoamericano: «La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en quienes quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diecinueve siglos de Monarquía en Francia. Con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro llanero. Con una frase de Sieyes no se desestanca la sangre cuajada de la raza india. A lo que es, allí donde se gobierna, hay que atender para gobernar bien, y el buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolo en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas. El Gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser del país. La forma de gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.»

Para comprobar que Latinoamérica todavía no ha llegado a la situación de madurez deseada por Martí y tantos prohombres que se enfrentaron con las oligarquías surgidas del criollismo triunfante en las guerras independentistas, bastará con observar la inestabilidad y espíritu latente de guerra civil que predomina en el área continental de Hispanoamérica. A más de siglo y medio de haber conseguido su independencia, todavía no han acertado a encontrar una dinámica integradora que les permita sacudirse las tutelas colonizadoras. Y eso a pesar de que todos sus intelectuales, artistas y políticos honestos saben y afirman a diario que Hispanoamérica tiene un destino común, como común es su origen y su acervo cultural.

A la hora de valorar las aportaciones que recibieron los independentistas en su colosal empeño emancipador, no se puede ignorar el papel que jugaron los liberales españoles en los resultados finales. Ya se ha dicho en otro informe que por Cádiz pasaban los hilos que el general Miranda movía desde Londres, ya que Cádiz detentaba el monopolio del comercio con América y era el puerto de embarque de las tropas españolas destinadas a las guarniciones coloniales. En las cortes de Cádiz hubo representantes hispanoamericanos y la Constitución de 1812, tenida como la carta magna de la revolución liberal europea hasta 1848, se leyó en las Plazas Mayores de todas las ciudades americanas. Pero, además, cuando Fernando VII inicia en 1814 la feroz represión contra los liberales, muchos militares liberales, por decisión propia o represaliados, son transferidos al ejército de América. Esto sin duda contribuyó a debilitar el realismo absolutista. Y cuando el general Riego se subleva en 1820 en las Cabezas de San Juan y obliga a Fernando VII a promulgar de nuevo la Constitución de 1812, las tropas acantonadas en Cádiz para acudir a reprimir los levantamientos independentistas, se niegan a embarcar. Algunos historiadores españoles achacan a este incidente la derrota decisiva que sufrieron en Ayacucho las tropas realistas españolas en 1824.

Relación geográfico-cronológica del proceso independendista

ARGENTINA: 25 de mayo de 1810; formación de la Primera Junta, también llamada «primer gobierno patrio».

BOLIVIA: 6 de agosto de 1825; la Asamblea Constituyente, convocada por el General José Antonio de Sucre, proclama la independencia de la «República de Bolívar» en Chuquisaca.

COLOMBIA: La guerra de la Independencia comenzó el 20 de julio de 1810 y culminó el 17 de diciembre de 1819 al aprobar el Congreso la República de Colombia y ser elegido primer presidente Bolívar.

COSTA RICA: La independencia se proclamó en noviembre de 1821. En julio de 1823 se reunió en Guatemala una Asamblea nacional constituyente, donde se formó la República Federal de las Provincias Unidas de Centroamérica.

CHILE: Las primeras tentativas de independencia fueron sofocadas pro el virrey español Abascal. Pero en enero de 1817 el general José de San Martín, nombrado por el Gobierno argentino generalísimo del Ejército de los Andes, derrota a los realistas españoles y el 13 de febrero entra victorioso en Santiago de Chile.

REPUBLICA DOMINICANA: Se declaró independiente en 1821.

ECUADOR: El acta de Independencia fue suscrita en Guayaquil por los patriotas ecuatorianos el 9 de octubre de 1820. Pero la independencia total no se produjo hasta el 25 de mayo de 1822.

GUATEMALA: Se declara independiente de forma pacífica en 1821, y el último gobernador realista, Sabino Gaínza, se pone al frente del Gobierno. Tras unirse al Imperio mexicano de Itúrbide, en 1823 pasa a formar parte de las Provincias Unidas de Centroamérica.

HONDURAS: Al separarse en 1821 la Capitanía General de Guatemala de la Corona española, Honduras se declara independiente. El 1 de julio de 1823 entra a formar parte de las Provincias Unidas de Centroamérica.

MEXICO: Tras los movimientos insurreccionales de los curas Miguel Hidalgo y José María Morelos en 1810, se sucedieron las tentantivas independentistas, pero éstas no cuajaron hasta 1821, en que el coronel Itúrbide se alzó contra las tropas realistas con el «Plan de Iguala».

NICARAGUA: Aunque en 1811 se produjeron algunos alzamientos promovidos por curas y frailes, la independencia no la alcanzó hasta el 15 de septiembre de 1821.

PANAMA: Formaba parte de la República de la Gran Colombia al declararse ésta independiente en 1821, y en 1826 fue sede del Primer Congreso Interamericano convocado por Bolívar.

PARAGUAY: Hasta su independencia este territorio formaba parte del virreinato del Río de la Plata. El 15 de mayo de 1811 depuso al gobernador español y asumió su independencia una Junta superior gubernativa.

PERU: La independencia del Perú corrió a cargo del Ejército de los Andes, bajo el mando del general argentino San Martín y la colaboración naval de la flota mandada por lord Cochrane. El general San Martín entró en Lima el 10 de julio de 1821, y el Cabildo abierto proclamó la independencia y nombró a San Martín Protector Máximo del Perú. Al retirarse San Martín (1822), fue elegido por el primer Congreso constituyente presidente de la República José de la Riva Agüero (27 de febrero de 1823).

EL SALVADOR: Obtuvo la independencia de España al separarse Guatemala en 1821; formó parte del Imperio mexicano de Itúrbide y el 1 de julio de 1823 se federó con las Provincias Unidas de Centroamefica (Guatemala, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y El Salvador).

URUGUAY: La declaración de la Independen cia en Buenos Aires (mayo de 1810), repercutió en Montevideo con el levantamiento de José Gervasio Artigas contra las autoridades españolas. Al frente de sus gauchos derrotó el 18 de mayo de 1811 a los realistas en Las Piedras. La verdadera independencia del Uruguay, sin embargo, no se produciría hasta el 28 de agosto de 1828.

VENEZUELA: Aunque en Venezuela maduró muy pronto el espíritu de independencia y hubo frecuentes desembarcos y levantamientos a partir de 1810, la emancipación del territorio venezolano del dominio español fue larga y costosa. El 5 de julio de 1811 el Congreso General de Caracas declaró la independencia de las Provincias Unidas de Venezuela, pero la resistencia española se mantuvo hasta 1823, en que se rindieron las plazas de Maracaibo y Puerto Cabello. El verdadero héroe de esta larga y accidentada guerra es Simón Bolívar, que promulgó constituciones en Perú, Ecuador, Bolivia, Colombia y Venezuela. La patria de Bolívar se declaró independiente de la Gran Colombia el 6 de mayo de 1830 y eligió presidente al general José Antonio Páez.