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Apéndice 5. Relaciones Entre las Ideologías Políticas Modernas y los Cientificos Contemporaneos

De Mienciclo E-books

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En el fondo, lo que late bajo un tema «ciencia y política» es algo más profundo que lo que podría suministrar la pura anécdota, los datos que proporciona la realidad (apoyo financiero de los goblernos a la investigación científica, diferentes orientaciones que el político aporta a la planificación científica, destino que da la sociedad a los descubrimientos), y también el punto de vista de las distintas ideologías (socialismo, capitalismo) al problema de la ciencia.

Efectivamente, política y ciencia encierran dos formas de poder, entendido como posibilidad y operatividad de acción sobre la realidad, lo que lleva, obviamente, al cambio. Política y ciencia comportan dos formas de poder, radicalmente distintas, como tendremos ocasión de comprobar.

El problema se ha agudizado particularmente en nuestro siglo XX, cuando el político, en un momento determinado, tuvo que llamar ai científico, que le podía proporcionar lo que necesitaba. Estamos hablando en concreto de toda la polémica surgida en torno a las armas atómicas, que se ha desarrollado ya en otro informe. El político buscó al científico para que éste le facilitara aquellos instrumentos con los cuales podía afianzarse o conseguir la supremacía sobre una potencia rival.

Los dos bloques ideológico-económicos, Rusia y Norteamérica, han sido particularmente sensibles a este poder del científico; los hombres de ciencia son o pueden ser cotizados, apoyados y mantenidos poí estas potencias en la medida en que son fuentes de un poder no solamente nuclear, sino tecnológico, médico, alimentario, etc.

A raíz de la comprobación del poder destructor de la bomba atómica, se habló de la posibilidad, más bien de la utopía, de un gobierno de científicos; incluso se llegó a pensar en un gobierno universal regido por sabios.

Estas ideas ya fueron desarrolladas en la antigua Grecia. También allí se pensó que un gobierno de sabios podría dirigir los destinos de las comunidades.

Las incursiones de los científicos en la política están fuertemente vinculadas, de cara a la opinión pública, a las intervenciones de ciertos científicos en el campo de lo que se debería hacer, que es precisamente el campo en el que se mueve el político.

El político se enfrenta con un programa de cambio social, de transformación de su país en una serie de campos: social, económico, político. Al político le interesa la ciencia como le interesan otras facetas de la actividad de la colectividad donde lleva a cabo sus programas de actuación. Sin embargo, al político, en un momento social determinado, le pueden preocupar mucho más que la ciencia otros problemas más inmediatos: cambios de gobierno, crisis económica, aspectos conflictivos del mundo del trabajo. La ciencia, obviamente, es básica a la hora de una auténtica transformación social, pero la política actúa muchas veces a corto plazo y aunque cuente con el problema, aunque no lo olvide, los resortes de su actuación están movidos por otras urgencias, urgencias que empiezan por su posición misma como política dentro de su país. El político se mantiene en su puesto, está ahí, en una situación social siempre cuestionada por su actuación pública: su éxito y su fracaso radican muchas veces en la acertada resolución de sus problemas inmediatos, entre los cuales no siempre se hallan, por desgracia, los problemas científicos.

Las relaciones, por otra parte, entre ciencia y política preocupan hoy en día de un modo extraordinario. La idea del periodismo científico —un periodismo que tenga por misión divulgar rigurosamente los avances de la ciencia— es motivo de análisis por diversas instituciones, organismos, entidades y pensadores. Aquí llegamos a otro tema de interés: el periodismo, puesto que su carácter de intermediario conecta mucho con la opinión pública que tanto interesa al político. En efecto, los problemas que preocupan al político son siempre el material informativo que recoge el periodista.

Expresión de esta preocupación ha sido el II Congreso Iberoamericano de periodismo científico (Madrid), en el que un sociólogo y periodista, A. García Pérez, ha expuesto estos problemas del poder del científico y del político con una gran agudeza. Enfocando el tema de la opinión pública (que es uno de los centros de interés del político) se pregunta el sociólogo español: «La opinión pública se nos muestra —preciso es reconocerlo— fascinada por el poder, subyugada por ese término que en realidad quiere decir tan poco y que es el concepto de “la política”. Es la suya una fascinación por el movimiento del poder, expresado casi siempre en sus manifestaciones más epiteliales y, por eso mismo, menos radicales y reales. ¿Poder qué?¿Poder para qué? ¿Poder cómo? Estas preguntas no parecen interesarle mucho a la opinión pública. Se confunde entonces toscamente el poder profundo y real, la capacidad de actuar sobre la realidad y modificarla, con la simbología del poder: grupos políticos, los líderes, las instituciones del poder formal…».

La despreocupación de la sociedad por la ciencia y, por consiguiente, la del político en ocasiones, esconde, según el autor que comentamos, «una temible ceguera de la sociedad ante el origen y la naturaleza misma del poder, porque, ¿quién es el poderoso, en realidad, el político que da o quita presupuestos para la investigación científica o el científico que descubre, maneja y domina las fuerzas últimas que mueven lo real? ¿No estamos, en el primer caso, en el de los políticos, ante la apariencia misma del poder, adornada espectacularmente con esa simbología del mando? ¿No es la actividad científica, por el contrario, la fuente real del poder?»

La política, como hemos visto, se asocia evidentemente con el poder, poder que transforma —mediante sus decisiones— aspectos cruciales de la sociedad. Pero esa idea de la ciencia como el verdadero poder (pues no lo hay sin conocimiento de lo real) no está suficientemente arraigada en la sociedad; de ahí viene el desinterés o la indiferencia que ante la investigación científica manifiestan, tácita o incluso expresamente, algunas sociedades. Ello está en función, lógicamente, del grado de desarrollo de cada sociedad: a mayor desarrollo, mayor preocupación por la ciencia, mayor apoyo a los científicos.

Prescindiendo de los dos bloques a que antes se ha aludido —para los cuales la ciencia es algo fundamental en la afirmación de poderío, de hegemonía del mundo— es en los demás países donde el análisis del grado de preocupación por la ciencia puede ser un importante barómetro para juzgar su desarrollo y el interés con que miran el futuro. El nivel de ciencia será un termómetro muy fino que mida, en cada país, su madurez colectiva.

Por otra parte, el científico y el político se encuentran alejados en cuanto a su actividad por un sinnúmero de razones: en primer término, por su propio trabajo: el político trabaja para el futuro, pero acuciado por las instancias de la cotidianeidad social de su país; el científico, por el contrario, está libre de estas urgencias, Además, la vertiente del trabajo del científico puede tener una aplicación inmediata, pero puede no tenerla; el científico, en su trabajo contemporáneo, puede estar construyendo un edificio cuya experimentación se prolongue años e incluso decenios. Otra realidad, muy diferente vive el político, aun el político que mira constantemente al futuro: la resolución del problema que, hoy, aparece ante él absorbe toda su atención. Lo cual lleva, también, a la necesidad de una política de largo alcance, como de largo alcance es intrínsecamente la ciencia.

La idea central es que el científico queda siempre un poco fuera de la realidad política, de la sociedad en que trabaja. La figura del científico aislado en la soledad del laboratorio puede ser un tópico, si se quiere, pero un tópico que esconde una profunda verdad: la ciencia, en la intrincada descripción de la realidad, camina, paso a paso, pero muy lenta, trabajosamente. Sólo de vez en cuando, muy de tarde en tarde podríamos decir, surge de ese laboratorio un descubrimiento extraordinario que interesa a la opinión pública. Y sólo entonces ésta —preocupada por lo que sucederá hoy, mañana y como mucho a medio plazo— vuelve la mirada hacia el científico. El cual, sin embargo, es el que detecta, verdaderamente, el poder profundo, el poder que está llamado a cambiar radicalmente el mundo.