Apéndice 5. Los Padres de la Patria
De Mienciclo E-books
HACIA 1772 la sociedad de las colonias inglesas en América ofrecía algún parecido a la del antiguo régimen próximo a la Revolución en Francia. Como en ésta, no se hablaba de otra cosa que de Rousseau y de sus ideas sobre el hombre y sobre el contrato social, pero allí estaban más en boga las ideas de Locke. El año citado, John Otis formulaba las aspiraciones que andaban en boca de todos, presentando, con Samuel Adams, a la Asamblea de ciudadanos de Boston —la primera, en el orden del tiempo— las Declaraciones de derechos de los colonos, como hombres, como cristianos y como ciudadanos. Y, a partir de esta presentación y de los acontecimientos que siguen, puede decirse que se produce en toda la América inglesa la aplicación del régimen político fundado en los dos principios que por todas partes han de consagrarse: la Declaración de Derechos y el Pacto Constitucional.
Los antecedentes de hecho, o pretextos inmediatos a la ruptura de las colonias con la metrópoli son demasiado conocidos: la Navigation acts, que reservaba exclusivamente a los navios ingleses el transporte a Inglaterra de todas las exportaciones coloniales y reglamentaba las importaciones de mercancías de las colonias de modo que favoreciese a los productos ingleses; ello afectaba gravemente a las colonias (sobre todo a las del norte) que no disponían de productos básicos para cambiar directamente en Inglaterra por productos manufacturados, y, por tanto, debían pagar en metálico sus importaciones. Este dinero se lo podían procurar mejor vendiendo madera, trigo, carne y pescado salado a las Antillas. Pero la ley de 1733 sobre las melazas cargaba con unos derechos prohibitivos (six pence por galón) toda adquisición de esta preciosa materia prima efectuada por Nueva Inglaterra en el mercado más favorable. En sus comienzos, los tremendo efectos en la economía de los colonos fueron moderados por el contrabando. La Sugar Act, promulgada en Londres en 1764, parecía ser una mejora respecto de la ley sobre melazas, pues reducía a tres peniques el impuesto; pero pronto se vio que en realidad constituía una severa agravación, por sus efectos indirectos: la misma ley autorizaba la aprehensión de todos los navios que infringiesen la prohibición del contrabando, cosa que se aplicó rigurosamente, acarreando gastos de justicia, multas y pérdidas desastrosas. En el mismo año, el Parlamento prohibió a las colonias emitir papel moneda, lo que hubiera permitido a los ciudadanos satisfacer sus deudas con sus corresponsables británicos. El hecho en sí ya era grave. Pero lo más desagradable consistía en que había sido dispuesto por un Parlamento ajeno, donde ellos no tenían voz ni voto. Al año siguiente el mismo Parlamento impuso a los colonos una nueva pesadumbre: el memorable impuesto del timbre (Stamp Act), que desencadenó un movimiento de resistencia casi unánime. Con él se pretendía obtener una contribución al menos de cien mil libras anuales para mantener en América un ejército de diez mil hombres. La ley gravaba en forma proporcional — desde medio penique a diez libras— las licencias, patentes, contratos, periódicos, folletos, almanaques, etc., y produjo otra oleada de protestas que desembocó en un «boicot» tenaz y continuado, sostenido por todo el pueblo y organizado por los abogados. La resistencia provocó numerosos actos de desobediencia y violencia, y dio lugar a la primera intervención pública de Benjamín Franklin como negociador cerca del Parlamento británico, en su caracter de agente de Pensilvania en Londres. A ello se agregó, poco tiempo después, una nueva exacción: la ley Townshend, que imponía a las colonias derechos de importación sobre el té, papel, cristal, plomo y pintura. El mero anuncio de estas medidas provocó reacciones firmes en toda la población. La clase trabajadora, de tendencias «radicales», se agrupó en masa en unas sociedades de activistas que habían tomado el nombre de Sons of Liberty y que se propusieron como deber luchar contra la opresión de la Corona y del Parlamento. Este, ante la gravedad de la situación, abolió en 1770 todos los gravámenes impuestos por aquella ley, excepto el del té. Pero ya era tarde.
El paso atrás dado por el Parlamento no podía sino animar a los colonos a perseverar en el camino de la resistencia. En Boston el viento de la rebelión era más violento en el pueblo y la organización de los medios de resistencia mejor ordenada en la clase dominante. La «matanza de Boston» —que, en verdad, apenas merece ese nombre—, una escaramuza entre un pequeño destacamento de «chaquetas rojas» (redcoats) —soldados ingleses— y una muchedumbre sarcástica y hostil, fue la mecha que ya no se apagó. Había habido efusión de sangre, y su resonancia fue enorme en las trece colonias. A partir de ese momento se lanzó a la lucha aquel agitador de alta clase y excelente organizador que era Samuel Adams, tanto en el seno de la «legislatura» de Massachusetts —de la que era miembro— como en las asambleas de los freemen de Faneuil Hall.
A lo anterior deben agregarse las quejas latentes en el orden eclesiástico, dirigidas contra la iglesia anglicana, ligada a la clase dominante y en modo alguno del gusto de la mayoría de protestantes, luteranos, baptistas y cuáqueros de las colonias. Todos aquellos disconformes no sólo no aceptaban el poder político en manos de la minoría anglicana, sino que se resistían a pagar el impuesto eclesiástico que garantizaba el sueldo de un pastor ajeno a su secta, que vivía a sus expensas.
Y, en fin —como otro factor de rebelión—, la negativa del gobierno británico a permitir el establecimiento de colonos más allá de la cima de los montes Apalaches, reservándose la Corona aquel inmenso territorio, ardientemente codiciado. Esta decisión constituía un golpe gravísimo a los frontiersmen (hombres de la frontera) y a los intereses de los comerciantes en pieles, especuladores de terrenos y cuantos esperaban procurarse una parcela de tierra nueva al otro lado de los montes.
Con todo, el factor de disensión entre la madre patria y las colonias que primaba por encima de los demás era sin duda la amplia difusión en éstas de ideas y doctrinas de carácter republicano, o por lo menos llenas de desconfianza hacia toda forma de despotismo monárquico. Los escritos de John Milton y John Locke habían hallado al otro lado del Atlántico un terreno especialmente fértil. Los dos Tratados de gobierno civil de este último (1690), pero sobre todo el segundo —del que ha podido decirse, no sin acierto, que contiene en germen la declaración de independencia norteamericana— habían causado una impresión duradera. Muchos norteamericanos habían hecho suyas las atrevidas concepciones del pensador inglés: la función superior del estado consiste en proteger la vida, la libertad y la propiedad de cada ciudadano. La autoridad política pertenece al pueblo, que la delega en el gobierno. Este es un simple mandatario, con el deber de ejercer en interés de sus mandantes el poder que éstos le han confiado. Si viola los derechos «naturales» de los ciudadanos, éstos tienen el derecho y el deber de revocarlo.
Las Cartas sobre la tolerancia, de J. Locke, también habían formado escuela entre los colonos. Los disconformes habían encontrado en ellas, con acento de irresistible convicción, unas ideas que respondían exactamente a sus propios deseos y a su propia situación: la Iglesia y el Estado poseen sus respectivos ámbitos propios, que deben permanecer separados. La Iglesia ideal es una organización únicamente espiritual, mantenida libremente por sus fieles, pero no por un Estado administrador y cobrador.
A favor de las circunstancias, todas estas ideas «radicales» habían de ser recogidas y desarrolladas con energía tanto por hombres reflexivos e instruidos, como Benjamín Franklin, Samuel Adams y James Otis, como por hombres del pueblo que por su oratoria y su ascendiente personal sabían convencer y arrastrar a las multitudes: Patrik Henry en Virginia, Christopher Gadsen en California del Sur… Los «Padres de la Patria».
Aquellos hombres, cuyo ardiente patriotismo estaba fundado en convicciones firmes y en una doctrina clara y que dieron lugar al nacimiento de una gran nación, al integrar la asamblea que declaró la Independencia, eran relativamente jóvenes todos. Franklin era el más viejo. Dayton, que era el más joven, tenía veintisiete años. Salvo Franklin y Washington, la mayoría no tenía cuarenta años.
Jorge Washington fue un hombre de méritos excepcionales como militar y estadista. Asumió el mando a la edad de cuarenta y tres años, en la plenitud de la vida. No tardaron en imponerse sus cualidades de hombre: y de jefe. Totalmente consagrado a su ideal de patriota norteamericano, inspiraba confianza por la calma y la sangre fría que conservaba en las situaciones más críticas. Su moral no falló nunca. Por su dignidad y por la autoridad que de su persona emanaba, ejerció sobre sus tropas un ascendiente jamás desmentido. Sus dotes estratégicas no llegaban a lo genial, pero poseía un juicio seguro, sabía en cualquier situación pensar rápidamente el pro y el contra, y todas sus decisiones resultaban ser lo menos malas posibles, que no es poco. En resumen, fue el alma de la guerra.
Alexander Hamilton había nacido en las Antillas, hijo de padre escocés y madre hugonote. Le devoraba la ambición. De espíritu extraordinariamente rápido, muy instruido, lleno de ideas, apto para toda clase de actividades y desbordante de energía, fue capitán de artillería durante la guerra de la Independencia. Atraído por sus cualidades, Washington le hizo entonces su principal ayudante de campo. De ideas aristocratizantes, preconizó una alianza de hecho entre el gobierno federal y la clase propietaria. Su gran contribución —como «Padre de la Patria»— la realizó cuando fue secretario de Hacienda en el gabinete de Washington, «cuando el nuevo régimen federal no disponía de un dólar». Fue el teórico de la supremacía económica del Congreso. Vio claramente que nada consolidaría la Unión como la creación de una economía y hacienda federales. Las tres grandes manifestaciones de la política de Hamilton fueron: la consolidación de la deuda, incluyendo las de los Estados; el establecimiento del Banco de los Estados Unidos y la inauguración de la tarifa proteccionista, con la que se ponían en acción tres de los poderes del gobierno federal: la de imponer contribuciones, la de contraer préstamos y la de regular el comercio. La hegemonía financiera e industrial actual de Norteamérica debe a Alexander Hamilton más que a ningún otro.
Thomas Jefferson fue una personalidad completamente distinta de la de Hamilton. Fue un hombre de reflexión, no de acción. Amó la libertad, por encima de la disciplina. Era cultivado y con madera de artista. Despreciaba las ciudades y las grandes organizaciones, generadoras de desigualdades, según él. Desconfiaba de los gobiernos fuertes y quería para su patria un porvenir en la riqueza agrícola principalmente.
John Adams fue el segundo presidente de los Estados Unidos. Ganó las elecciones por tres votos. Su mandato no fue renovado. Era un excelente jurista y muy avezado en el manejo de los asuntos públicos; poseía una sana comprensión de los intereses vitales del país, aunque, en la práctica, no pocas veces se dejaba llevar por el espíritu de partido y a veces acusaba cierta estrechez debida a los orígenes puritanos de su familia y de su medio — Massachusetts—. Cuando cometía errores de juicio, propendía a obstinarse en ellos. Pero su fervor y su personalidad dejarían un marca inolvidable en la historia del país y de sus instituciones originales.
James Madison fue el cuarto presidente de los Estados Unidos, sucediendo a Thomas Jefferson, su mejor amigo. Plantador y jurista, fue uno de los mejores teóricos políticos de la Unión. No se destacó demasiado como administrador ni como diplomático; amante de la paz, se vio arrastrado a una nueva guerra contra Inglaterra. Su gran prestigio radica en haber sido principal autor de la Constitución.
Junto a los Padres fundadores de la Patria sería justo mencionar también a James Monroe, el quinto presidente, y a Andrew Jackson, el séptimo. El primero es el creador de la doctrina que lleva su nombre y que se resume en la frase: «América para los americanos», esgrimida entonces para advertir a las potencias europeas que en lo sucesivo debían abstenerse de establecer nuevas colonias en el hemisferio occidental. Pero cuyo uso y abuso, posteriormente, sirvió para justificar las intervenciones imperialistas de los Estados Unidos en los países iberoamericanos.
Andrew Jackson simboliza la transformación democrática del gobierno de la Unión, que durante cuarenta años había estado en manos de una verdadera dinastía del litoral. Se puede afirmar que en la historia de la democracia americana la fecha de la ascensión de Jackson al poder es casi tan importante como la de 1776. Jackson encarnó el verdadero espíritu de la democracia en estilo norteamericano. Fue el vocero y protector de los pequeños propietarios y de los artesanos y obreros. Cuando Tocqueville visitó Norteamérica, Jackson ejercía la presidencia, y no debemos olvidar las palabras que el gran tratadista político dice en su obra Sobre la democracia en América: «En América los hombres se muestran más iguales por su fortuna y por su inteligencia o, en términos generales, más igualmente fuertes que lo que son en país alguno del mundo ni lo han sido en ningún siglo cuyo recuerdo conserve la historia».