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Apéndice 5. Los Grandes Cómicos del Cine Mudo

De Mienciclo E-books

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POR sus especiales características, el espectáculo cinematográfico ha tenido desde su nacimiento una notable inclinación hacia la risa. Quizá como obligación hacia su humilde origen en las barracas de feria, la historia del cine se encuentra jalonada por nombres señeros en el arte de hacer reír. Esperemos que nunca pierda esta servidumbre.

En el Olimpo de los grandes reyes de la risa, Chariot brilla con enorme fuerza y durante muchos años no ha habido nadie que se atreviera a hacerle sombra. Sin embargo, hay algunos cómicos que trabajaron también en los comienzos del cine mudo y obtuvieron el favor del público con procedimientos muy singulares y teñidos de gran personalidad. Uno de ellos disputa ahora —después de revisiones críticas realizadas en los años sesenta— a Chariot el puesto que ha detentado durante medio siglo.

Buster Keaton nació el 4 de octubre de 1896 en Pickway (Canadá), hijo de una familia de acróbatas. Como Chaplin, empezó a trabajar desde niño en compañía de sus padres. Llegó al cine algunos años después que Chaplin, debutando en 1917 en una serie de cortometrajes de dos rollos junto al enorme y gordo Fatty Roscoe Arbuckle. A partir de 1920 realiza sus propias películas en colaboración con Eddie Cline y esporádicamente Donald Crisp.

En España fue conocido como «Pamplinas», porque el personaje que Keaton encarnaba nunca reía y era capaz de superar las pruebas más endiabladas exhibiendo una conmovedora cara de palo en la que ningún sentimiento se reflejaba jamás.

Desde 1923, Keaton dirige una serie de películas largas —a la zaga en esto de Chariot— que figuran como uno de los capítulos más brillantes de la edad de oro del cine cómico americano. The Theree Ages (Las tres edades), Our Hospitality (La ley de la hospitalidad), Sherloch Junior (El moderno Sherlock Holmes), The Navigator (El navegante), Seven Chances (Las siete ocasiones), Go West (El rey de los cow-boys), The General (El maquinista de la «General»), Stem Boat Bill junior (El héroe del río) y The cameraman (El cameraman). Indudablemente es mejor realizador cinematográfico que Charles Chaplin, por cuanto no basa la comicidad de las secuencias en la simple interpretación de los actores, sino que la apoya y refuerza a través de la planificación y el montaje. Sin embargo, la inexpresividad de «Pamplinas» hace que el público conecte con mayor dificultad con este personaje introvertido que con el desvergonzado y extrovertido Chariot. La inexpresividad de Buster Keaton oculta, sin embargo, una muy profunda sensibilidad y una convicción moral que se expresa a través del pudor y la acción. Sus grandes condiciones acrobáticas le permitían realizar auténticas proezas con una facilidad asombrosa. Generalmente, las carcajadas eran provocadas por la impasibilidad del personaje ante las más difíciles situaciones: una revuelta de bandas rivales en el barrio chino de una ciudad, una tromba sobre el río, una batalla en la guerra civil o un gran barco a la deriva. Nadie podrá nunca acusar de sentimental a Buster Keaton, pero en todas sus películas existe una diáfana exposición de sentimientos.

Frente a la comicidad bulliciosa y dinámica de los «Keystone’es Cops» de Mack Sennett, llena de persecuciones, tartas de crema en el rostro y golpes y más golpes, se alzaban estos dos colosos que fueron Chaplin y Keaton.

Muchos años más tarde aparece una pareja de cómicos muy singular, que viene a reforzar la hegemonia del cine cómico americano. En España fueron conocidos como El Gordo y El Flaco, en realidad se llamaban Stan Laurel y Oliver Hardy. Contratados por Hal Roach, la pareja se forma en 1925 en la película Slipping Wives. Oliver Hardy, americano, nacido en Atlanta en 1882, era El Gordo. Stan Laurel nació en Tynemouth (Inglaterra) en 1890; era El Flaco, y… ¡sorpresa!, entre 1909 y 1912 formó parte de la compañía de Fred Karno, en donde fue el suplente y doble de… ¡Charles Chaplin!

Stan Laurel era el cerebro de la pareja, fue productor de algunas de sus películas y el que inventaba las situaciones divertidas de todas ellas. La pareja funcionaba como una bomba de efectos retardados. Cualquier espectador podía imaginar lo que iba a pasar cuando nuestra pareja intentaba vender un árbol de Navidad, o intentaba pasar un armario por una puerta demasiado pequeña. La gracia de ellos estaba en la aplicación de una lógica rudimentaria y sin imaginación a situaciones fuera de lo corriente. Por separado, probablemente fueran inofensivos y pacíficos, pero la parsimonia de Stan Laurel y la ira contenida y razonadora de Oliver Hardy creaba un explosivo de alta potencia. Fueron también los únicos cómicos de la etapa del cine mudo que consiguieron superar con éxito la llegada del cine sonoro. Y aunque en esta época, sus películas no gozaron de tantos aciertos como en la etapa muda, no perdieron el favor del público. Su última película, Atoo-K (Robinsones atómicos) fue realizada en 1951, por el director francés Leo Joannon. Oliver Hardy murió en 1957 y Stan Laurel, en 1965.

Otro de los grandes cómicos de aquella época fue Harold Lloyd, pero sus películas resisten mal el paso del tiempo, dado que el personaje que representaba (joven, con gafitas, elegante, tímido) respondía a un diseño prefabricado, con escasa naturalidad y ninguna emoción.

Harold Lloyd se incorporó al cine en 1916, atraído sin duda por el éxito de Chariot e intentó tres personajes antes de conseguir aquel que cuajó con los gustos del público. Los dos primeros estaban descaradamente inspirados en Chaplin y el tercero era una inovación demasiado elaborada. De todas formas, su comicidad era efectiva, cimentada también en las habilidades acrobáticas de Lloyd, que una y otra vez eran puestas a prueba. Su película más famosa fue Safety Last (El hombre mosca), en donde desarrollaba toda una larga secuencia en las paredes exteriores de un rascacielos.

Con él se inició en la industria cinematográfica Hal Roach. Y con Harold Lloyd llega también el comienzo de la decadencia del cine cómico de la edad de oro.