Apéndice 5. Las desigualdades sociales: obstáculo fundamental para la convivencia humana
De Mienciclo E-books
EN la primera mitad del siglo XVIII se había logrado cierto equilibrio entre las formas ideológicas renacentistas y las esencias de la tradición medieval. Este equilibrio es lo que traduce la designación de antiguo régimen; es decir, antiguo en relación a lo posrevolucionario, pero propiamente moderno si se considera como una combinación de dos mundos —el medieval y el renacentista— elaborada en el transcurso del siglo XVII e impuesta por la monarquía absoluta.
Con la excepción de Inglaterra, las bases en que se asentaba el antiguo régimen en los Estados europeos eran el trono, el altar y la tradición, una tradición difusa e instrumentada sólo para afianzar los grandes intereses de quienes —nobleza y clero— usufructuaban para sí todo el poder.
La ideología renacentista pura, a través del racionalismo francés y del empirismo inglés del siglo XVII, deriva en el siglo XVIII hacia una forma de pensar «moderna». Según sus mantenedores, todo puede ser explicado por la razón.
En el siglo XVIII, la aristocracia es el más firme apoyo de la monarquía y, en general, continúa reteniendo gran parte del suelo agrícola de Europa. Sólo los nobles forman la oficialidad del ejército y sólo ellos, con la clerecía, están exentos del pago de tributos al Estado. Ambos privilegios derivan de la época feudal. Se rodean de una serie de preeminencias que les desvinculan de la masa, del cuerpo mismo de la nación. Arzobispos, obispos y abades pertenecen a esta clase social y son propietarios de feudos. En la ciudad, gran parte de las rentas urbanas recaen y benefician asimismo a las órdenes y congregaciones religiosas.
En todas las naciones europeas los nobles se aferran a las antiguas instituciones campesinas y aún pretenden renovar costumbres caídas en desuso. En Francia, el hecho es tan evidente que los autores especializados hablan de un «segundo feudalismo». En el fondo se trata de aumentar las rentas y compensar los gastos producidos por el lujo.
En el occidente europeo, el desarrollo de la economía ha fomentado la formación de una clase social nueva, llamada burguesía, derivación del término con que eran designados en el medievo los habitantes de las ciudades (burgo = burgués), pero que en el siglo XVIII adopta caracteres propios. Latamente se entiende por burgués al que, sin ser noble, se libra del trabajo manual.
Lo importante del proceso histórico de la burguesía del siglo XVIII es que en esta etapa adquiere conciencia plena de su personalidad como ente social y de su importancia en el contexto y en los destinos de la nación. Este fenómeno se registró en Inglaterra en la época precedente, pero en el resto de Europa corresponde a esta centuria.
La burguesía del siglo XVIII es el campo abonado de la Ilustración, tanto en lo político como en lo religioso. De su seno salen gran número de los filósofos de más nota y los innovadores de la economía. Los burgueses quieren mayor tolerancia en el desarrollo de sus actividades comerciales e industriales; pretenden reducir las prerrogativas de la nobleza y establecer la igualdad civil y tributaria dentro del Estado. De momento, sus ambiciones no van más allá. Pero en ello se muestran unánimes, mientras que la aristocracia, en mera actitud defensiva, sin la menor imaginación, no sabe exactamente qué tomar de la ideología nueva ni qué desechar de ella; ni tampoco cómo adecuarse a las exigencias de los nuevos tiempos.
El régimen corporativo que creó la burguesía medieval subsiste todavía en el siglo XVIII, pero ya como mero arcaísmo histórico. Ni las corporaciones intervienen en el gobierno de las ciudades ni ejercen papel alguno en la economía. Mucho antes de que la Revolución las disuelva ya se habían disgregado de hecho. Los grandes burgueses, con sus fábricas y manufacturas, han quebrado las corporaciones. Se nota ya la incipiente vigencia de los principios o leyes de la competencia y la concepción del asalariado.
El individualismo burgués del siglo XVIII rompe la estructura corporativa de los siglos anteriores. Comienza el éxodo del campo a las ciudades. Los obreros de las fábricas y manufacturas —de origen urbano y campesino— forman el proletariado que, naturalmente, aún no tiene conciencia de su personalidad (clase) y se considera como miembro del llamado Tercer Estado, juntamente con burgueses y agricultores. El fin de los privilegios de la aristocracia (nobleza y clero) da paso a la preeminencia de la burguesía. La hora de las luchas proletarias aún no ha llegado. Sin embargo, las duras condiciones del trabajo en las industrias, sin reglamentación alguna, provocan de vez en cuando diversos motines que la fuerza pública reprime con severidad. La destrucción de las máquinas, en las cuales los obreros asalariados ven peligrosas competidoras, revela los primeros síntomas de lo que luego se llamará la «cuestión social».
Respecto de las clases campesinas, éstas experimentan una nueva presión: la tendencia de la nobleza a exigir con mayor rigor sus rentas, al aumentar sus gastos por el lujo, y aun la de aquellos derechos —como los grandes corvées o prestaciones gratuítas que los campesinos debían satisfacer a sus señores— que se consideraban en desuso, todo lo cual empeora su situación.
Todo esto nos está demostrando que no fue la Revolución francesa un hecho repentino, espontáneo, surgido en medio de inesperada calma, sino la consecuencia de una larga serie de hechos preparatorios. La Revolución era fatal, inevitable y si se produjo en Francia fue en virtud de condiciones que favorecieron su realización mejor allí que en otra parte; pero sus causas eran comunes a toda Europa.
Luis XIV encarna, históricamente, el papel del absolutismo más ciego: «Debéis estar persuadido —escribía para su nieto— de que los reyes son señores absolutos y que poseen naturalmente la disposición plena y entera de todos los bienes, así de clérigos como de seglares. Todo lo que se encuentra en la extensión de nuestros Estados nos pertenece a igual título… La sujección que pone al soberano en la necesidad de recibir la ley de sus pueblos es la última calamidad en que puede caer un hombre de nuestra alcurnia… El rey representa la nación entera. La nación no forma ningún cuerpo, sino que reside toda por entero en el rey». En esta tesis, la nobleza y el clero le hacían el coro. La iglesia — cuya jerarquía, ya se ha dicho, pertenecía a la nobleza— afirmó los privilegios de la estructura feudal, o de la omnipotencia del rey y la aristocracia, asumiendo una tarea de justificación teórica y «consoladora» del pueblo que sufría estos males terrenales, «inevitables para acceder luego al premio eterno». Bossuet es uno de esos teóricos del derecho divino de los monarcas y poderosos. En su Política de las Sagradas Escrituras, dice: «Dios es el verdadero rey, pero instituye como ministros suyos a los reyes y reina por ellos sobre los pueblos». El rey tiene ciertos deberes morales —vagos— pero ninguno es obligatorio, porque la autoridad real es absoluta. «Bueno o malo, es preciso servir, respetar y venerar al príncipe, porque hay santidad inherente al carácter real y que jamás pierde el príncipe por más crímenes que cometa en calidad de señor».
El rey dispone del dinero del país como si fuese dinero suyo. Luis XIV, además del enorme gasto de su Casa Real, de la creación de Versalles, Marly y los Trianones, del lujo asiático de sus campamentos y de los gastos que le ocasionaban sus galanteos, mantenía a los parásitos de sus palacios, sirviéndoles pensiones por valor de 40 millones al año. Solamente los Polignac recibían del rey 700.000 libras de propina. El rey gastaba lo que quería, no tenía que sujetarse a ningún presupuesto. «Un rey hace limosna gastando mucho», decía la seráfica madame de Maintenon.
En 1694 las contribuciones habían subido al doble de lo que ascendían diez años antes; habíase alterado el valor de la moneda subiendo hasta 40 libras el marco; creábanse empleos para sacarlos a la venta (40.000 en treinta años); se impuso una contribución sobre los bautismos, casamientos y fallecimientos; expendiéronse cartas de nobleza a 2.000 escudos cada una; establecióse el impuesto de la capitación (cédulas personales), pero la recaudación era tan feroz y onerosa que no llegaba al tesoro ni la mitad de lo recaudado. Había cien mil recaudadores. La décima parte de Francia mendigaba. «Vivimos por milagro, decía Fenelon. El Estado es una máquina vieja y disparatada…»
En el orden social había un verdadera división en castas: arriba el clero, la nobleza, los ricos, todos ellos cargados de inmunidades y privilegios, siendo los únicos capacitados para desempeñar empleos y obtener prebendas de todo género; abajo, la plebe, la gentuza, los menestrales, los curas de aldea, los jornaleros, los soldados, los labradores, todos los villanos.
Al morir Luis XIV dejaba una nación hambrienta, desmoralizada y sin base política. «Luis XIV —dice Guizot— había destruido todo lo que quedaba del antiguo sistema social sin poner en su lugar más que su persona, y su gobierno era un tronco sin raíces. No pudiendo un individuo formar un sistema, la monarquía había envejecido al mismo tiempo que el rey, y nada defendía al poder de la acción del tiempo…»
A la muerte del Rey Sol (1715) la revolución dio un gran paso; gobierna el regente Felipe de Orleáns y se agudiza el descalabro financiero. La nobleza acabó entregándose (a raíz de la imposición de las reformas monetarias y cambiarias conocidas por el nombre de su autor, un escocés llamado Law, discípulo de Newton y de Locke) al agio más desesperado y perdió todo el prestigio que le quedaba. Comenzó a imponerse la línea de la burguesía, apoyada por Colbert y mimada por el regente.
En 1723 asciende al trono Luis XV, degenerado e irresponsable personaje que pasa a la historia por su frase: «Después de mí, el diluvio», tan cínica como profética. La sensación de desastre irreparable le hace mirar con indiferencia la propaganda de economistas y filósofos. Aquellos abusos que en tiempos de Luis XIV habían sido tímidamente combatidos por Racine, Lafontaine, Moliére y Vauban, eran atacados ahora por Montesquieu, Voltaire, Rousseau y los enciclopedistas.
Pero no se daba una teoría revolucionaria única o uniforme en el seno de los ilustrados, sino más bien un análisis de los hechos —de la historia— en el cual estaban de acuerdo, y una serie de doctrinas, postulados y programas —vagos y algo difusos muchos de ellos— no tan armoniosos entre sí, sino más bien contradictorios algunos. Montesquieu, por ejemplo, aconsejaba el establecimiento de una monarquía constitucional a la inglesa y sentaba el principio de la separación de los poderes del Estado o del Gobierno. Voltaire, en cambio, se avenía con el absolutismo con tal que suprimiera los abusos contrarios a la humanidad (persecución religiosa, torturas, confiscaciones); zapaba los cimientos del poder, pero no atacaba de frente a la monarquía absoluta. Rousseau pretendía destruir la sociedad, la propiedad y el gobierno, retornar a la naturaleza, fundar una sociedad mediante un pacto social, estructurándose una asociación mediante la cual la fuerza común y total protegía la fortuna y los bienes de cada asociado y éste, con unirse a la totalidad, no obedecería, sin embargo, más que a sí mismo y seguiría siendo tan libre como antes. En suma: la soberanía popular y el reinado de la democracia. Los enciclopedistas querían destruir la religión, abolir las leyes y volver a la naturaleza, predicando que el placer y la utilidad son los únicos fundamentos de la moral.
El gran tema roussoniano no se agotó con la implantación del sistema político-económico burgués, pero tampoco sirvió para —asumido el poder por la burguesía— afianzar esa idea de igualdad original. La toma del poder por la burguesía, a partir del período del «despotismo ilustrado», significa un gran avance frente al absolutismo del viejo régimen y de la caduca estructura medieval que moría en el siglo XVIII. Significa también los primeros atisbos de legislación político-social, el parlamentarismo y aun el derecho electoral, con todas sus limitaciones y condicionamientos históricos, etc. Pero la igualdad entre los hombres está aún lejos. Del antiguo régimen a nuestros días se han modificado las formas, se ha morigerado el sistema de explotación, se lo ha sistematizado en base al reconocimiento ideológico clasista. Se ha producido un desplazamiento de poder, pero el esquema de la desigualdad de los hombres sigue sin tocar, sigue en pie, con cambios o transformaciones aparentes. La estructura económica de la sociedad está dada por la forma en que los hombres producen los bienes materiales. No son, por tanto, las ideas las que determinan el comportamiento de los hombres, sino que es la forma en que los hombres participan en la producción de bienes materiales lo que determina sus pensamientos y acciones. Esto no quiere decir que lo ideológico pueda reducirse simplemente a lo económico. El nivel ideológico tiene su contenido propio y de sus propias leyes de funcionamiento y desarrollo. Este nivel está constituido por diversas tendencias ideológicas (burguesas, pequeño-burguesas, proletarias, etc.); una de ellas domina a las otras y, por tanto, determina, en cierta medida, su forma de existencia.
La burguesía se valió de los ideólogos revolucionarios de la Ilustración para abatir el poder feudal, y necesitó el bonapartismo, aprovechándose de las mismas ideas, para combatir la revolución y afianzarse.
El gran tema de la desigualdad entre los hombre sigue en pie. Pero han de pasar muchos años para que el pueblo adquiera su propio instrumento capaz de liberar la tendencia ideológica proletaria de las deformaciones economistas y reformistas, productos de la ideología burguesa dominante en la mayoría de los países.