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Apéndice 5. La Peripecia Cultural de España

De Mienciclo E-books

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EN octubre de 1571, frente al golfo de Lepanto, Felipe II defendió victoriosamente el Mediterráneo contra los turcos, provocando no sólo la ruptura de la potencia naval turca, sino también una gran conmoción en toda Europa. Francia, Inglaterra y los protestantes temieron que Felipe II aspirara a imponer su dominación en toda Europa Occidental, a desalojar de la Oriental a los turcos, creando en tierras de Grecia, Albania y Dalmacia un reino para don Juan de Austria o para otro príncipe español y a ocupar luego todo el norte de Africa.

La hostilidad contra España y su rey, que se había erigido como el máximo defensor del catolicismo frente a la Reforma que se extendía por el viejo continente, fue total. En la década siguiente al triunfo de Lepanto, sus posesiones soportarían, dentro de ese clima hostil, dos amenazas de gran importancia: una interior, la rebelión de los Países Bajos, y otra exterior, el creciente poderío y ambición de Inglaterra.

La Reforma había hecho muchos adeptos en los Países Bajos, la más rica posesión de la corona española en Europa. En 1564, Felipe II firmó una orden imponiendo allí el cumplimiento de los decretos del Concilio de Trento, por encima de los privilegios de que gozaban. Sus opositores firmaron el Compromiso de Breda (1566), lo que señaló el comienzo de la ruptura. Allí fue enviado el duque de Alba con instrucciones de reprimir la rebelión de los «Gueux» y aniquilar la herejía. Pero ya había empezado un nuevo proceso que iba a desembocar en la división de las 17 provincias que formaban los Países Bajos en dos grupos distintos, germen de dos nacionalidades: Bélgica y Holanda.

Cuando Felipe II abdicó su soberanía en esas tierras en favor de su hija Isabel Clara Eugenia, las provincias del sur, de mayoría católica, aceptaron la abdicación, pero las del norte, las Provincias Unidas, cuya independencia ya habían reconocido Francia e Inglaterra, la rechazaron, resueltas a persistir en la defensa de su libertad. Los sublevados exigían libertad de cultos y de predicación, restauración de las antiguas libertades, retirada de todos los españoles y demás extranjeros de todos los empleos del Estado. Esta guerra demostró también la magnitud de las dificultades económicas que había heredado Felipe II de su padre: fue decretada la suspensión de pagos y durante un año (1575) se paralizaron las operaciones militares. El descontento en el ejército provocó saqueos e insubordinación por la falta de pagas. A pesar de la violenta represión ejercida en 1579, la secesión era un hecho consumado. Este golpe fue moral y material: por un lado, suponía el triunfo de la Reforma y, por el otro, se rompió la solidaridad económica entre Castilla y Flandes, con marcadas desventajas para la primera.

Pero la amenaza inglesa fue aún peor y de más amplio alcance. En el trono de Inglaterra se sentaba una mujer que sería su permanente rival. Esta rivalidad sobrevivió a los dos monarcas y perduró durante siglos. El reinado de Isabel I (1558-1603) coincidió casi exactamente con el de Felipe II. En la isla, el anglicanismo era sostenido por la reina, y la reacción de los católicos ingleses depositó sus esperanzas en el rey español. Sin embargo, en un principio los dos soberanos evitaron la ruptura, aunque no dejaron de darse motivos recíprocamente para llegar a ella: Isabel, ayudando a los subditos del rey español disconformes, y Felipe II a los católicos de Inglaterra. Dos embajadores españoles fueron expulsados de la isla, y durante siete años se cortaron las relaciones diplomáticas. Los piratas Juan y Guillermo Hawkins y Francisco Drake causaban daños constantes a las naves españolas en las costas de América, que estaban bajo el dominio de España.

Felipe II llegó a considerar la posibilidad y conveniencia de intentar la conquista de Inglaterra. Después de la muerte de María Estuardo, se decidió a hacerlo en nombre de su hija Isabel Clara Eugenia. La empresa de la Armada Invencible fue la cristalización de este proyecto y el intento de terminar con esa amenaza externa. Pero fracasó en 1588, e Inglaterra aseguró así su predominio marítimo. Fue el triunfo de un nuevo imperialismo, y el poderío de España no duraría ya mucho tiempo.

En este período, de Lepanto a la Invencible, de un triunfo que atemoriza a los vecinos a una derrota que determina, en cierta forma, el fin del poderío externo, España va a vivir una época que la marcará hasta nuestros días. La censura inquisitorial y la actitud intolerante darán como resultado la decadencia económica, y, fundamentalmente, la cultural. La Inquisición esterilizó el pensamiento e impidió la adaptación de nuestra cultura a los tiempos nuevos.

«En la constitución de la España moderna, lo que dominará la vida y el pensamiento será aún la herencia de la prolongada lucha medieval, la concepción territorial y religiosa de la expansión más que de la ambición comercial y económica. A este mantenimiento del espíritu castellano, reconquistador y medieval —tan profundamente opuesto a los fenómenos nacientes del capitalismo— deberá el poderío español, en su apogeo, su originalidad, su grandeza y seguramente también algunas de sus flaquezas» (Pierre Vilar). Y ese espíritu medieval será también el que la llevará a su derrota externa y a su estancamiento interno en un mundo que avanzaba hacia nuevas formas de vida.

La mezcla de religiones, costumbres y razas que en el siglo XIII había creado la «elástica complejidad» de España, cedió su puesto a una «pasión de unidad», a un exclusivismo religioso que caracterizó, desde los Reyes Católicos, al grupo español. La Iglesia temía por la fe, ya que las herejías amenazaban, desde su punto de vista, al mundo y con mayor razón a España, penetrada del espíritu judío y moro. Era notoria la influencia, así como también el poder económico, de los judíos en las altas esferas. Campañas y matanzas contra ellos, conversiones en masa y forzadas que producían cristianos nuevos sospechosos y poco resignados determinaron un momento de crisis. En 1478 se instaló el tribunal de la Inquisición, organizado especialmente contra los judíos conversos y siempre sospechosos; en 1492 fueron expulsados los que no quisieron renunciar a su fe mosaica. Los moriscos, dedicados al trabajo más humilde de artesanos y campesinos al servicio de nobles cristianos, se sublevaron y fueron reprimidos, y en 1502 Fernando el Católico expulsó a todos los no conversos de los dominios de Castilla.

Pero el problema no se resolvió; Carlos V y Felipe II lo van a vivir intensamente y trataran de buscar una solución basada en la intolerancia y el miedo. Finalmente, Felipe III impuso la necesidad de una expulsión general que se ejercitó entre 1609 y 1611 y que, si bien por un lado logró la tan ansiada «unión interna», fue por el otro una gran pérdida para el país.

El mundo cambiaba, y España no se adaptó a ese cambio: la unidad religiosa fue responsable en parte de ello. Afectó, por un lado, a la actividad financiera de los judíos y, por otro, a la actividad agrícola de los moriscos de Levante y Andalucía. El triunfo del «cristiano viejo» significó cierto desprecio del espíritu de lucro, del propio espíritu de producción y una tendencia al espíritu de casta. Un claro ejemplo de esto lo tenemos en que, a mediados del siglo XVI, los gremios empezarán a exigir a sus miembros pruebas de su «limpieza de sangre»; no era ésta, evidentemente, la mejor forma para entrar en la era capitalista.

La Iglesia, además de defensora de la fe frente a moros, judíos y herejes en general, jugó otro papel que ayudó a la decadencia económica: el lugar que ocupaba en la sociedad no favoreció la producción y circulación de divisas. «La multiplicación del número de clérigos y de las instituciones de beneficencia obstruyen la economía con clases improductivas; las confiscaciones de la Inquisición, las donaciones a las comunidades crean sin cesar bienes de manos muertas. La Hacienda pública va a arruinarse por el vano empeño de proseguir la hegemonía en el orden espiritual». Necesariamente hay que hacer referencia al hecho de que España había descubierto América y la dominaba. A pesar de esa gran fuente potencial de riqueza que la podría haber puesto en primera línea en lo económico, no supo desempeñar ese papel; eso se lo debe, en gran parte, a esa «psicología religiosa, mezcla de elementos económicos y raciales, heredada de su Edad Media en decadencia». Mientras en el resto de Europa la burguesía se preparaba para alcanzar el poder político ante la decadencia de las clases dominantes, en España el viejo sistema se fortalecía; sobrevivirá mucho tiempo aún, lo que la marginará del resto del mundo.

Cervantes, tal vez el más inteligente intérprete de la decadencia española, resume en su obra la realidad de esa España. Su Quijote busca las soluciones medievales en el mundo moderno, y su locura es tan sólo por anacronismo. Y es Felipe II el símbolo de una España «desde entonces ineficaz por desadaptada», la armadura del Quijote, negativa al aburguesamiento.

Hay otro aspecto de esta época que puede considerarse, tal vez, más terrible por las huellas profundas que dejó: la decadencia cultural, que sin duda está íntimamente ligada con la económica y tiene un mismo origen, la intolerancia justificada en aras de la unidad española. En nombre de esa unidad, Felipe II prohibió cursar estudios en universidades extranjeras a todos los españoles (pragmática de 1559, ratificada en 1568); el 17 de julio de 1568, el Rey Prudente «por conservación de la fe católica», ordena que «ningún natural francés de cualquier condición que sea pueda enseñar ni adoctrinar muchachos en ninguna manera de letras en estos principados y condados» (Cataluña, Rosellón y Cerdeña), y también el ejercicio de la enseñanza a cualquier eclesiástico francés.

«El iluminismo, la audacia de ciertos reformadores españoles como Valdés o Servet, prueban que la península no escapaba (tal vez al contrario) a la tentación revolucionaria en materia de religión». Pero la Inquisición reaccionó rápidamente y actuó con la misma intransigencia que con moros y judíos. Y con sus métodos logró borrar, en 1535, el vigoroso brote del erasmismo.

Las medidas represivas adoptadas en aquel momentó contribuyeron, más que ninguna otra cosa, al embrutecimiento de la inteligencia nacional. El espectro de la Inquisición aparecía constantemente y era preferible la ignorancia a las llamas de la hoguera. La obligatoria delación, el procedimiento judicial infamante y la degradación humana empobrecieron el ambiente intelectual. A finales del siglo XVI triunfó el unitarismo, tanto contra la pluralidad religiosa del mundo moderno como contra los vestigios de pluralidad heredados del mundo medieval.

Pero, a pesar de todo lo negativo de ese momento, no se puede dejar de mencionar a un grupo de hombres que le dieron esplendor e hicieron que fuera conocido como Siglo de Oro. Surgieron al mismo tiempo que la Inquisición se extendía consumiendo con sus llamas todo vestigio de posible herejía, todo nuevo pensamiento. Sabios, teólogos, filósofos como Vives, considerado por Menéndez y Pelayo como «el más prestigioso entre todos los productos del Renacimiento»; místicos como Santa Teresa, San Juan de la Cruz, Fray Luis de León, en quienes la vida mística encontraba perfecta expresión verbal; pintores como El Greco y más tarde Velázquez; técnicos, médicos, astrónomos, botánicos, filólogos como Nebrija y Arias Montano, historiadores como Zurita o Mariana, se sucedieron desde el siglo XV a mediados del siglo XVII, con un máximo de actividad que se sitúa hacia 1580. En economía hombres como Saravia de la Calle, Martín de Azpilcueta y Tomás de Mercado; y en las letras los geniales Lope de Vega, Cervantes, Calderón, Quevedo, Góngora, etc., dieron a éstas un brillo que nunca más se alcanzó.

Pero no por su grandeza se iban a salvar de la vigilancia del Santo Oficio, y sobre muchos de ellos cayó el dedo acusador de la Inquisición. Valga como ejemplo el caso de Vives, que se desterró voluntariamente; o el de Santa Teresa de Jesús y Fray Luis de León, qué fueron acusados, entre otras cosas, por escribir en lengua que entendía el pueblo; o el filólogo Nebrija, por sus estudios; o el erasmista Juan de Vergara por sus ideas, etc.

Cabe señalar, finalmente, el juicio que emitiera Unamuno sobre la Inquisición: «instrumento de aislamiento, de protección casticista, de excluyeme individualización de la casta … Impidió que brotara aquí lá riquísima floración de los países reformados donde brotaban sectas y más sectas, diferenciándose en opulentísima multiformidad»; según él, él Santo Oficio era «mas que institución religiosa, aduana dé unitarismo casticista … podó ramas enfermas, dicen, pero estropeando el árbol., «Barrió el fango y dejó sin mantillo el campo».

El efecto negativo que sobre el pensamiento y la creación ejerció el destemplado absorbente y cerrado paternalismo inquisitorial se ha reproducido en épocas posteriores siempre que se ha tomado como referencia, en la práctíca, el Siglo de Oro y de la maxima extensión territorial del imperio español. Y todo ello porque sé ha establecido una relación cau-sa-efecto ehtre dos fenómenos contemporáneos que tienen muy poco en común.s unidad político-religiosa y florecimiento literario y hasta científico.

El fenómeno de la floración de los siglos XVI-XVII es consecuencia y fruto de un árbol con raíces y entronques surgidos de semillas y desarrollos anteriores. Lo mismo que es consecuencia de raíces empobrecidas por falta de abono y riego y de la falta de conexión con corrientes foráneas, la languidez cultural de los siglos XVIII-XIX y parte de los siglos XVII y XX.