Apéndice 5. La Mitología Futurista. Una Nueva fe del Hombre de Hoy
De Mienciclo E-books
DURANTE siglos, el hombre exploró el pasado para comprender más perfectamente los mecanismos del presente que vivía. Hoy, el vertiginoso avance científico-técnico nos obliga a proyectarnos hacia el futuro en busca de las posibles causas de la violenta transformación que se está operando en nuestros modos de vida. Este profundo cambio, que se viene observando desde hace tres siglos y que nos afecta cada vez más aceleradamente, no se reduce a la ciencia, la técnica y la industria; estos tres campos son un índice, aunque también una causa, por el cual podemos medir el alcance de la metamorfosis social que está dando lugar a una nueva psicología social e individual: la violencia, las neurosis de angustia y las nuevas enfermedades nerviosas, la racionalidad, son pequeñas muestras de esa grandiosa transformación. A propósito de esto apunta el sociólogo americano Lawrence Suhn que «actualmente pasamos por un período tan traumático como el que atravesaron los predecesores de la evolución humana al pasar de criaturas marinas a criaturas terrestres».
Esta crisis en la que se halla inmersa la Humanidad en todas sus manifestaciones es el centro de los estudios de numerosos científicos de todas las especialidades. El investigador Ross Ashby la compara con el impacto que produjo la revolución industrial; aunque para él tiene un mayor alcance social, de tal modo que la equipara al paso de la barbarie a la civilización. El físico inglés y Premio Nobel Sir George Thomson atribuye al fenómeno que nos ocupa la importancia que en su tiempo tuvo la invención de la agricultura y la revolución que trajo consigo en todos los aspectos de la vida del hombre. Para el sociólogo Daniel Bell y el economista Kennet Boulding nos encontramos en los prolegómenos de la era del súper-industrialismo, que no supondrá solamente una evolución social, sino que será un cambio radical del que surgirá una sociedad enteramente nueva. Según ellos, esta etapa súper-industrial estará dominada por los profesionales y los técnicos —«la tecnología será, al menos poten-cialmente, capaz de desarrollarse por sí misma»—, y se fundamentará en la economía de servicios; es decir, que ante la progresiva maquinización de la industria y la complicación del manejo de las máquinas, se necesitarán cada vez menos trabajadores que habrán de tener un nivel de preparación mucho mayor que el que se exige hoy día, y, como consecuencia del paro que esto provocará, multitud de personas tendrán que dedicarse a los sectores de servicios.
Pero, en definitiva, ¿qué supone esta transformación, tal como está llevada, para el hombre común? ¿Qué puede depararnos en un futuro no muy lejano? Esta es una pregunta que intentan contestar los escritores de ciencia-ficcioñ al tiempo que nos familiarizan con la idea del cambio.
Vivimos en una época de guerras antiimperialistas en el Tercer Mundo, de una avanzada y, desgraciadamente, irreversible destrucción del medio ecológico, de un distanciamiento progresivo de la naturaleza, del resquebrajamiento de los modelos políticos, de un estado de dependencia de los científicos, etc. El hombre medio ve, cada vez con mayor claridad, que la aplicación de la ciencia y de la técnica no ha tenido otra finalidad que la de buscar beneficios económicos; pero, a costa de esto, se ha sacrificado el medio ambiente, se han contaminado los ríos y los océanos, se pone en peligro la vida de la gente con el almacenamiento de residuos atómicos en lugares inadecuados; el hombre medio observa, no sin terror, casos como el de Seveso en Italia, que nos muestran la verdadera relación existente hoy entre la tecnología y la sociedad.
El poder tecnológico del hombre es grandioso; sin embargo, con su incremento aumentan también sus efectos colaterales, y los peligros venideros de que nos previenen los escritores de ciencia-ficción no nos parecen, en algunos casos, tan ficticios. Si la ciencia sigue siendo empleada como hasta ahora, pronto veremos arrasada la vida de los fondos marinos, fundidos los casquetes polares y los mares termocontaminados. La ecología natural quedará así desequilibrada y estaremos expuestos, como vaticina el biólogo Barry Commover, a «destruir este planeta como sitio adecuado para vivir el hombre».
El abismo abierto entre la ciencia y la tecnología, por un lado, y los intereses reales de la sociedad y de la naturaleza, por otro, es cada vez más profundo. No es extraño, pues, que la reacción desencadenada en los hombres en contra de estas monstruosidades se polarice en una especie de prevención y malestar ante el extraordinario avance científico que contemplamos en las últimas décadas. Este desequilibrio ciencia-interés real del hombre nos conduce a pensar en la necesidad de que la primera no esté solamente en función de los intereses económicos. La sociedad entera debería aprobar o no la construcción o puesta en práctica de las nuevas conquistas científicas y tecnológicas. Ya no ocurre como en el pasado, en el cual la ciencia surgía de una manera más o menos espontánea y sin premeditación alguna; hoy nos encontramos en la obligación de convertir el proceso tecnológico en un proceso consciente, y de estudiar sus riesgos potenciales a largo plazo, en los campos cultural, social, psicológico, etc. El futuro necesita ser configurado a la medida justa del hombre, puesto que la tecnología ha comenzado a desbordarlo.
Desde esta perspectiva del presente nace en el hombre una justificada decepción que le obliga a rememorar con melancolía el pasado todavía reciente en que las reservas de la naturaleza eran ilimitadas. Esta nostalgia del pasado ha cristalizado en el resurgimiento de artes decimonónicos, en la reaparición de «marchitos ideales populares», como Valentino, Bogart, Fields, en suma, en la expansión de concepciones de vida más simples y más gratificantes.
Sin embargo, esta vuelta al pasado no nos resulta enteramente satisfactoria y esa insatisfacción empuja al individuo a reencontrarse con lo mágico, que, de algún modo, sacrifica la realidad en beneficio de una «supra-realidad» inalcanzable. Para los defensores de esta orientación, Louis Powels y Jacques Bergier, entre otros, esa otra realidad está capacitada para explicar y dotar de contenido a la verdadera realidad que nos rodea. La caída de nuestros valores y el vacío que ello crea es terreno abonado —como ya ocurrió en las situaciones prerre-volucionarias del siglo XVIII— para el florecimiento de toda una amalgama de supersticiones y pararreligiones: multitud de personas dan crédito a cualquier horóscopo, multitud de personas sustituyen la Divina Providencia por el sino que profetizan los naipes de la baraja; multitud de personas, en fin, hacen cola ante la puerta de cualquier pitonisa, vidente o brujo.
La prospección del futuro tiene ya una larga historia. Encontramos descripciones imaginarias de sociedades perfectas en la República de Platón, en La Ciudad del Sol de Campanella, en Las Ruinas de Palmira de Volney, en Fourier y otros pensadores del siglo XIX, hasta llegar a las modernas utopías que nos ofrece la ciencia-ficción. Sin embargo, es con la futurología con lo que la previsión del porvenir se despoja de su carácter ficticio, y lo imaginativo es sustituido por lo científico. Para la obtención de una visión científica del futuro se ha ideado una serie de métodos de análisis entre los que destaca el método DELPHI, inventado por el matemático Olaf Helmer, que intenta reflejar el alcance de una innovación sobre otra, «permitiendo, por primera vez, un análisis anticipado de complejas series de sucesos sociales, tecnológicos y de otras clases, y de la velocidad con que es probable que se produzcan».
Universidades como las de Pitssburg, Columbia, Cornell y Harvard potencian grupos de estudio que intentan establecer las relaciones entre la tecnología y los valores sociales. De igual forma, se observa la aparición en los últimos años de multitud de centros de orientación futurista, como el Instituto del Futuro, fundado por Olaf Helmer, la Rand Corporation, el Hudson Institute, el Instituto de Stranford, etc., que sirven de plataforma para investigaciones económicas, sociológicas, biológicas, matemáticas y físicas, cuya meta es el pronóstico de acontecimientos futuros. En estos centros se realizan también estudios exhaustivos del pasado para descubrir paralelismos que puedan arrojar un poco de luz sobre las transformaciones que nos reserva el porvenir. Realmente, si debemos elegir conscientemente alternativas adecuadas para el futuro, necesitamos de gran cantidad de estas «visiones, sueños y mañanas potenciales», que nos ofrecen los institutos futuristas de tan prodigioso auge.
Uno de los más importantes propulsores de este tipo de actividades es el futurólogo Herman Kahn, quien durante los años cincuenta se reveló como una de las máximas autoridades en estrategia comparada. Hacia 1960 termina con estos estudios y, después de publicar su libro Sobre la guerra termonuclear, pasa a sumergirse definitivamente en la apasionante investigación del futuro. Por medio de algunas publicaciones, sobre todo con su libro El año 2000, que escribió en colaboración con Norbert Weiner, determina una cantidad considerable de novedades técnicas que, según él, aparecerán en el último tercio del siglo XX: nuevas aplicaciones del láser, descubrimientos de nuevas fuentes de energía, métodos de hibernación humana con fines médicos, naves aéreas y submarinas, fotografía tridimensional, etc., de tal forma que «las dos próximas décadas —afirma Kahn— serán las más importantes de la historia de la Humanidad. Marcarán el paso de la pobreza a la riqueza».
Paralelamente a Herman Kahn, existen numerosos científicos y futurólogos dedicados a la interesantísima tarea de augurar los posibles descubrimientos que nos traerá el futuro. Para algunos de ellos, en un plazo no muy largo, el hombre tendrá cien años de vida media; se desarrollará el cultivo de los océanos y se controlará el clima, pudiéndose convertir desiertos en vergeles; se logrará una inmunización general; se podrá modificar el sistema solar y se establecerán colonias espaciales, de las que existe un proyecto piloto, que estaría constituido por una colonia de 2.000 personas en uno de los puntos de la órbita lunar en que su gravitación y la de la Tierra se equilibran; se construirán superautopistas automatizadas y se logrará la antigravedad; se establecerán técnicas de control de opinión, manipulación del pensamiento y propaganda, por las que el comportamiento de la gente podrá ser dirigi-o, empleando técnicas físicas, químicas o psicológicas. En este sentido, el científico español J. M. Rodríguez Delgado ha hecho un experimento por el cual logró frenar la carrera de un toro por medio de control a distancia. La manipulación psicológica podrá conseguirse mediante el lavado de cerebro y el hipnotismo y, según algunos futurólogos, se ejercerá por medio de la televisión. Se construirán, asimismo, máquinas pedagógicas; se podrá crear vida por medios artificiales, es decir, que veremos realizados los famosos bebés-probetas sobre los que tanto se ha especulado; se establecerán bancos de reserva de óvulos de esperma; se logrará la simbiosis entre el hombre y la máquina y aparecerán robots caseros (de hecho en la Unión Soviética se ha llegado ya a la industrialización de robots destinados a sustituir al hombre en los trabajos más pesados); se descubrirán algunas drogas para el control de la personalidad, alucinógenos que nos permitirán gozar de artificiales estados de felicidad, de placer o de hipersensibilidad cuando nos parezca conveniente.
Esta especie de profetizaciones científicas pueden estimular nuestra imaginación o aterrorizarla. Si razonamos fríamente, sacaremos la conclusión de que nos encontramos ante un futuro despersonalizado, en el que el «hombre unidimensional» de que habla el filósofo alemán Herbet Marcuse, puede llegar a sus últimas consecuencias; es decir, que nos conviertan en seres planificados de antemano o robotizados. Un porvenir en el que «las máquinas puedan transcender, y de hecho transciendan, algunas de las limitaciones de sus diseñadores. Es posible que (…) podamos construir una máquina de la que, más tarde o más temprano, no seamos capaces de comprender los elementos de su conducta», según expresión del científico Norbert Weiner.
Pero, hoy como siempre, «el futuro se resiste a ser profetizado. La configuración que tenga dependerá de lo que se haga en estas décadas».
De hecho se está dando una lucha, más o menos generalizada, en los campos filosófico y sociológico, en el campo ecológico, etc. Sin embargo, la puesta en práctica de soluciones inmediatas, desgraciadamente, se encuentra abortada por consideraciones sociales, políticas y económicas.